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Gran Muralla

21.198 KM

China | c. 400 a.C. a 1600 d.C.

"El rey encomendó a Nan Zhong dirigirse a la región de la

revuelta y construir una muralla.

 

¡Cuán numerosos eran sus carros!

¡Cuán espléndidos sus estandartes con el dragón,

la serpiente y la tortuga!

El hijo de Cielo nos ha encomendado construir una muralla 

en la región del norte.

 

¡Qué imponente era Nan Zhong!

¡Y los xian-yun fueron así barridos del reino!”

 

Shi jing - Odas menores de Corte*

551-479  a.C.

王命南仲、往城于方
出車彭彭、旂旐央央
天子命我、城彼朔方
赫赫南仲、玁狁于襄

La compilación del Shi Jing, Poesía Clásica o Libro de Odas, tradicionalmente ha sido atribuida a Confucio, quien depuró la colección que en su tiempo constaba de unos 3.000 mil poemas reduciéndola a los 311 que hoy se conocen. Sin embargo, estudios más recientes, estiman que la colección fue compilada y organizada con anterioridad a Confucio pues en las Crónicas de Zuo Zihuan, relato histórico del siglo IV ac pero que se cree incorpora material bastante más antiguo, se menciona que la Poesía Clásica ya tenía la cantidad de poemas y estructura que tradicionalmente se ha atribuido al filósofo.

 

La Gran Muralla de China es el resultado títánico de casi veinte siglos de fortificación que comienza con las primeras construcciones aisladas iniciadas por los estados chinos del período de Primavera y Otoño (771–476 bc) y de los Reinos Combatientes (472-221 a.C.), unidas después por el primer Emperador Qin Shi Huang en el siglo III ac. En sus diferentes etapas a lo largo de los siglos, la construcción de nuevos tramos de muralla y reconstrucción de los existentes llegó hasta el siglo XVII.

 

El pasaje de la Oda de Ch’u Ch’e es una de las primeras referencias a la construcción de fortificaciones destinadas a proteger el reino chino de las incursiones e invasiones de las tribus nómades del norte. El monarca que en el poema encomienda al general Nan Zhong la construcción de la muralla es probablemente Xuan de Zhou, 11º rey de la dinastía Zhou que reinó de 827 a 782 ac.

 

Alrededor del año 48 a.C., aparecieron “Las canciones de la gran muralla no han cesado hasta ahora”, del escritor Jia Quanzhi cuyas letras dejan traslucir los sufrimientos que la construcción causaba a gran parte de la población, obligada por monarcas tiranos a trabajar casi de por vida en las murallas. Trabajo exhaustivo que en muchas ocasiones llevaba a los obreros al agotamiento físico y a la muerte: Una de estas canciones dice:

“¡Si nace un varón, no lo críes! Si nace una niña, aliméntala con carne seca. ¿No ves que bajo la larga muralla los esqueletos de los hombres muertos se apilan unos sobre otros?”

Traducción libre al español de Deconstrucing the Great Wall of China. The Jesuits' and British encounters., 2012 ((New Songs from a Jade Terrace: An Anthology of Early Chinese Love Poetry translated with Annotations and Introduction, Anne Birrell. George Allen & Unwin. London, 1982).

 

También forma parte de las tradiciones y relatos del folklore chino relacionados con los sufrimientos causados por la construcción de la muralla, el relato de Lady Meng Jiang. Existen numerosas versiones del cuento cuya trama central relata el viaje de Meng dirigiéndose al norte en invierno para llevarle ropa a su marido que trabaja en la gran muralla. Al llegar allí descubre que ha muerto aunque no encuentra su cuerpo. Su desconsolado llanto hace que los muros caigan y que aparezcan los huesos de su marido. El emperador, enojado por este hecho que mina el prestigio de su persona y de su construcción, la condena a muerte, pero al conocerla, cae subyugado ante la belleza de Meng y le pide matrimonio como concubina. Ella accede a casarse pero solicitando al emperador que se cumplan tres condiciones: que el emperador deje pasar 49 días y le dé un entierro digno y con honores a su marido; que todos los generales y corte del monarca estén presentes en el funeral; y que construya una terraza de 49 pies de altura junto al río en la que ella realizará una ofrenda especial como homenaje para el difunto. El soberano accede, pero cuando se está realizando el funeral, Meng, para sorpresa y humillación del gran emperador, tras llorar desconsoladamente junto al ataúd dorado en el que han sido colocados los huesos de su marido, se arroja desde la terraza a las aguas del río (Amarillo), convirtiéndose, según la leyenda, en un pez plateado.

Esta leyenda tiene profundo arraigo en China. Incontables versiones de la misma pueden encontrarse desde el cómic a la animación, el teatro, el cine y la ópera.

 

Uno de los documentos históricos más interesantes que mencionan, aunque de forma muy indirecta la muralla, es el conocido como “Quema de los libros y sepultura de los eruditos” supuestamente llevada a cabo en el siglo III ac durante la dinastía Qin. Si bien muchos historiadores ponen en duda la veracidad de todo o parte de los hechos, esta crónica, recogida por el historiador Sima Qian un siglo más tarde, muestra cómo, desde siempre, el poder y el fanatismo ideológico han aplicado implacablemente la censura y han tratado de destruir todo conocimiento considerado como subversivo o contrario a sus intereses para controlar el flujo de información e imponer discursos hegemónicos.

Sima Qian, uno de los grandes historiadores de todos los tiempos y considerado como el Herodoto de Oriente, dedicó su vida a completar la obra Shiji (Memorias Históricas) donde se narra este pasaje:

“El canciller Li Si dijo: ‘yo, tu consejero, recomiendo que sean quemados todos los registros de los historiadores excepto los del estado de Qin. A excepción de aquellos académicos de la corte cuyos cargos permiten la custodia y posesión de libros, toda persona bajo el cielo que tenga en su poder copias del Shi Jing [Clásicos de Poesía], Odas, del Shujing [Clásicos de Historia], o de los escritos de las Cien Escuelas de Filosofía, deberá en todos los casos enviarlos al gobernador o a su comandante para que dichos ejemplares sean quemados. Todo aquel que por ventura se atreva a comentar o citar públicamente las Odas o los Documentos Históricos, será ejecutado en la plaza pública. Todo aquel que utiliza la historia del pasado para criticar el presente, será ejecutado junto a su familia. Todo oficial que observe o conozca violaciones a esta ley y no las reporte, será considerado también culpable. Todo aquel que no haya quemado tales libros pasados treinta días de la promulgación de este decreto, será marcado, tatuado en el rostro y condenado a trabajos forzados en la muralla. Quedan exceptuados de esta orden y no serán quemados los libros de medicina, adivinación, agricultura y cría de ganado. Todo aquel que esté interesado y quiera estudiar las leyes y sus reglamentos, deberá aprenderla de los oficiales’.El emperador aprobó esta propuesta”.**

 

Algunos historiadores y sinólogos afirman que el emperador ordenó guardar dos copias de cada libro condenado a la hoguera en los archivos imperiales. Otros, sostienen que la dificultad que hubo en recuperar los textos que milagrosamente se salvaron gracias a que algunos estudiosos ocultaron sus ejemplares,, echan por tierra esa suposición. También hay quienes ponen en duda la totalidad del pasaje, que fue recogido por Sima Qian más de un siglo después de los acontecimientos narrados, por lo que presuponen podría ser un acto de propaganda y tener como finalidad denigrar a la anterior dinastía.

 

Nada nuevo bajo el sol. La historia es un galimatías, una superposición de verdades a medias, constructos, interpretaciones y re-interpretación de los hechos, reales y, en muchos casos, inventados o supuestos.

Consideremos el famoso episodio de Maratón, uno de los hitos sobre los que occidente ha cimentado su memoria cultural y con el que identifica los valores heroicos de su espíritu. Sin embargo, ese pasaje de la historia no es más que un enredo de fuentes (de Plutarco, siglo I d.C.) o un invento (de Luciano, siglo II dc, quien atribuye a Filípides haber corrido de Maratón a Atenas para anunciar el famoso: “Nikomen”, ¡alegráos hemos vencido!, antes de caer exhausto tras el esfuerzo de la carrera).

Hemos crecido en esa leyenda, porque el anuncio de la victoria gloriosa y aplastante de un ejército en clara desventaja de fuerzas es más emocionante que el relato que del mismo hecho hace Herodoto. El historiador, el más cercano a los acontecimientos (¿y por ello posiblemente el más veraz?, puede que no), cuenta que la carrera de Filípides fue de Maratón a Esparta y para solicitar ayuda a los espartanos contra el enemigo.

Por tanto, si fue y volvió de Atenas a Esparta, debió recorrer unos 240 kilómetros, hazaña sobrehumana y mayor, en principio y objetivamente, a la de los 40 kilómetros que median entre Maratón y Atenas. Pero la gloria de ser el heraldo encargado de cantar la victoria heroica de un pueblo, es mucho más atractiva que la crónica triste de haberse dejado la vida corriendo seis veces esa distancia para transmitir sólo un mal augurio.

Nos emociona más y resulta más inspirador el Filípides que corre de Maratón a Atenas, aunque en las antípodas del imaginario heroico, no olvidemos el origen escatológico de la “cloaca maxima“ que empoderó a Roma.

 

Volviendo a la China imperial, al año siguiente de la quema de los libros, a pesar del consejo contrario de su hijo, que por tal motivo fue enviado al exilio, el emperador Qin Shi Huang emprendió además una persecución contra los académicos que aún veneraban los textos y la filosofía de Confucio. Según las crónicas, entre 400 y 700 intelectuales fueron enterrados vivos.

 

 

 

*LEGGE, James

詩經 Shi Jing (Shijin, Poesía Clásica o Libro de Odas). Odas menores de corte. Libro I Década de Lu Ming – IV .3 Ch’u Ch’e.

Traducción libre al español de la traducción en inglés de The Chinese Classics, in Seven Volumes. Vol.IV Part II. 2nd ·3rd and 4rd Parts of the She-King or The Minor Odes of the Kingdom, by James Legge. Trübner & Co. London, 1871.

 

 ACCESO AL TEXTO DE CHINESE TEXT PROJECT

 

** Traducción libre al español de las traducciones: 史記 Shiji-Les Mémoires Historiques, tome deuxième par Se-ma Ts'ien. Ttraduits et annotés par Édouard Chavannes. Ernest Leroux Éditeur. Paris, 1897 y The Chinese Classics, Vol. I translated by James Legge. Trübner & Co., London, 1861.

 

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