Barbarie-pensar con otros

Contenidos culturales

Brasillach, el intelectual al que Francia mató por sus ideas


por Pablo SALINAS

publicado en El Indagador | 17 junio 2016

Pasan por estos días “El Pianista” de Polanski por el cable. La película tiene ya más de 10 años, pero como la verdadera joya del cine que es, se deja ver y re-ver una y otra vez. La recreación fílmica de los aciagos días de vida clandestina del polaco Wladyslaw Szpilman, durante la ocupación nazi de su patria, empuja a reenfocarse con ineludible espanto en los horrores ocurridos en pleno siglo XX en la corazón de Europa.

Es imposible que no empaticemos, en la aflicción, con ese joven héroe, brillante intérprete de Chopin, forzado a punta de bombas y balazos a abandonar su hogar y a huir durante largos años bajo la omnipresente amenaza de la gran bota nazi.

Con mayor o menor mérito artístico, tanto Hollywood como el cine europeo han abordado esta temática un sinfín de veces. A veces, cuando tras las cámaras hay un director de verdadero talento, como es el caso de Polanski, vemos un esfuerzo serio por eludir el estéreotipo y dotar con visos de humanidad a la contraparte antagónica (el alto oficial de la SS que, tras escuchar a Szpilman al piano, le da acogida en su cuartel, es un buen ejemplo de ello.) Cuestión que se agradece, porque se buscan y se nos ofrecen aproximaciones que de alguna manera nos ayuden a entender por qué pasó lo que pasó, quiénes eran verderamente los actores tras ese gran mega baño de sangre que fue la Segunda Guerra Mundial.

Aún así, al parecer todavía estamos bien lejos –segunda década del XXI- de que los productores ofrezcan a las grandes audiencias, en un esfuerzo similar de rescate histórico, la recreación fílmica de los amargos días de Ezra Pound, el gran poeta norteamericano del siglo XX, tras la guerra, su encarcelamiento, juicio y condena por traición. Como tampoco la de Céline, quizá el más influyente escritor francés de todo el siglo pasado, declarado “desgracia nacional” por las autoridades francesas victoriosas, escarmentado, humillado y exiliado en su propio país de por vida. Y, todavía mucho menos, la de Robert Brasillach, quien aún con peor suerte que sus pares, una vez entregado a De Gaulle el control de Francia por los yanquies, este lo hiciera fusilar, sumariamente, pese a la petición expresa de las figuras más renombradas del arte y la intelectualidad gala –Valéry, Claudel, Mauriac, Camus, Cocteau, entre otros- por impedirlo. Una vez ahuyentados los nazis, la reacción de la parte triunfadora poco tuvo de civilizada, y esta es una verdad que todavía incomoda. Pound admira a Mussolini, acusa al cartel financiero internacional y a los mismos gobiernos anglo-americanos de ser los responsables de la guerra, escribe contra la usura, como una de las grandes formas de opresión contra los pueblos. Céline, desde mucho antes de la guerra controvertido por sus publicaciones de carácter antisemita, desencantado del comunismo y, en el fondo, de todas las grandes ideologías del siglo y del ser humano mismo, escribe en plena ocupación: “Es la presencia de los alemanes la que es insoportable. Son bien educados, se portan como boy-scouts. Pese a ello, no se les soporta.

¿Por qué?, me pregunto. No han humillado a nadie. Repelieron al ejército francés que no pedía más que irse al carajo. ¡Si se tratara de un ejército judío como los adularían!” Nunca se le probaron cargos como colaboracionista. Igual, a poco de terminada la guerra, es detenido y encarcelado. Pasa un año y medio en prisión, se le condena a pagar una fuerte multa, se le confiscan la mitad de sus bienes. Y Brasillach, el menor de todos, escritor de méritos –finalista en el premio Goncourt- durante la ocupación desarrolla una intensa labor periodística como editor del semanario Je suis partout. Terminada la guerra, van por él. En casa no encuentran más que a su madre y a su cuñado. Los detienen. A los pocos días, Brasillach se entrega voluntariamente, quizá confiando en el imperio de la ley y la razón humana. Se le enrostra una fotografía de alguien que se le parece vestido con el uniforme alemán, pero no es él. Tras una deliberación de veinte minutos se le condena a muerte.

Encarcelado, “sin más esperanza que morir bien”, escribe: "No pierdas la sonrisa ni siquiera cuando te vayan a ejecutar. La vida es una broma de mal gusto; en vez de centrarte en el "mal gusto", céntrate en la "broma". Si buscas justicia en vez de tranquilidad en este mundo democrático, suicídate. Para vivir hoy hay que saber reírse de la estúpida realidad".

Ninguno de los tres cometió ningún crimen. No mataron ni mandaron matar a nadie, no engañaron, no robaron ni traicionaron a nadie. Su única y mayor falta fue la de nunca someter el vuelo de sus pensamientos, el filo de sus lenguas, a la pauta de la conveniencia social, cultural y política. Y eso, ciertamente, los que detentan el poder, en todas las épocas, en todas las latitudes, es lo que más repelen.

Pablo Salinas es artista visual.

#pablosalinas #wladyslawszpilman #degaulle #céline #ezrapound #brasillach #artículoscrónicascolumnas #artículoscrónicasycolumnas

Barbarie.- pensar con otros

generación de contenidos

cultura - sociedad - debate - encuentro

 

<meta name="google-site-verification" content="v8EKwtjc8TZhalvR2IkMKzftz7Or6p3CdeCGehXh0SU" />