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La política del deseo


por Catalina Mena

presentación del libro Neurótic@s de Constanza Michelson

Constanza Michelson vino a colocar la pregunta por el deseo en el debate público. Un asunto que desde siempre nos ha movido (incluso mientras dormimos) y del que se ocupa su disciplina, el psicoanálisis, hace más de un siglo. Esa energía tan innegable que ha sido núcleo de la filosofía, la literatura, el arte, y que, sin embargo, ha estado totalmente ausente de los enfoques y argumentaciones que aparecen en los medios de comunicación. Nada nuevo: el discurso racional siempre ha sospechado del deseo. Entonces Constanza instala esa pregunta en los diarios, en la web, en facebook. Restituye su lugar como un núcleo político. Y claro, más de alguno se pondrá nervioso.

Llegué tarde a su escritura. Fue a través de una foto donde aparecía el recién instalado presidente de Brasil, Michel Temer junto a su primera dama, joven y esbelta, envuelta en un vaporoso vestido rosa. Al otro lado, salía de escena Dilma, ni joven ni esbelta, literalmente retirándose. “Bella, recatada y doméstica”, se titulaba su columna en The Clinic, publicada en mayo del año pasado. En ella, descuartizaba el modo en que los medios hablaban del recambio de los cuerpos femeninos en la escena del poder, celebrando la vuelta al plató de mujeres más glamorosas y apegadas al ideal tradicional, como la señora de Macri y, ahora, la de Trump a quien, entre paréntesis, Constanza anunció como el nuevo presidente de Estados Unidos cuando nosotros, los tan bien pensados, creíamos que era imposible.

Pero volviendo a la columna, su autora concluía que el problema, a estas alturas del partido, seguía siendo la mujer en el poder, de otro modo no se explicaba que las críticas en vez de hablar de la gestión o las ideas, hablaran de los vestidos hasta la rodilla que usaba esta primera dama. Por otra parte se preguntaba por qué una señora tan guapa y cachonda se forraba en esa estética impostada del recato. En un movimiento que me pareció muy relajado, pero también radical, la autora de repente estaba cuestionando su propio feminismo: decía que las feministas eran las culpables de que se mantuviera el statu quo que tanto deploraban y que ahora, en pleno siglo XXI, siguiéramos enrolladas en las mismas cosas que hace 50 años. El problema, apuntaba, es que el feminismo que grita más fuerte, el que impone su superioridad moral, desprecia a las mujeres que, además de adherir a la legítima demanda por una distribución justa de los derechos, también queremos ser objetos de deseo. Con estas estrictas normas, que le ponen un tapón al deseo, la gran mayoría de las mujeres de carne y hueso quedamos excomulgadas. Y el feminismo nos pierde.

La escritura de Michelson me sedujo de inmediato. Y es que ella se aproxima al lector horadando los relatos instalados (como el deshollinador de chimeneas, una figura muy bonita que aparece en este libro), abriendo huecos para que pueda circular el deseo. En ese sentido, uno de sus gestos amorosos es poner el propio cuerpo. Porque precisamente este libro, que complicita con los neuróticos, empieza con la narración de una experiencia personal, donde devela su neurosis.

Cuenta que entró a un programa de la tele motivada por otra cosa, queriendo algo que no sabía que era, haciendo lo contrario, sabiendo que iba a perder y lanzándose suicida hacia su fracaso. “El diseño de la propia catástrofe”, así bautiza a esta clase de embrollo neurótico en el que todos nos hemos metido más de una vez. Y claro, admite que del enredo salió apaleada. Y que después escribió. Parece que la escritura ha sido su forma de recogerse de a pedacitos: la sintaxis salvadora de unas contradicciones que no piden un “like” ciego, sino un “yo también” (emoticon que hasta ahora no aparece)

Su voz potente, pero a la vez tierna y compinche, se distingue del bullicio de la opinología y de los discursos activistas, de esa matraca frígida que no admite lapsus ni quiebres. No solo porque “sin querer queriendo” Constanza inyecta erudición y profundidad, sino también porque allí donde nos quieren imponer una película aburrida de héroes y villanos, ella busca y encuentra las hilachas de la contradicción, incluida la suya propia.

Este libro le devuelve su prestigio a la neurosis: ese tormentoso juego del deseo, del cual es imposible escapar. Aunque quisiéramos refugiarnos en la pureza de un paraíso incontaminado y exclusivo–compulsión en boga que este libro demuestra con distintos ejemplos-- estamos permeados por la cultura y su lenguaje: nuestros deseos son opacos para nosotros mismos, amarrados, por un lado, a la falta y, por el otro, a la cultura. No tienen nada de limpios ni de transparentes, contaminados como están por el deseo de los otros. Y, precisamente, porque estamos fisurados, fracturados es que el otro nos penetra, nos confunde y nos ensucia, pero también nos salva.

Hay mil maneras de ser neurótico, porque somos mayoría, pero la fórmula “activista fanático” es la más extrema de todas, pues se dirige contra la neurosis misma: es la compulsión por sellar la grieta, para evitar cualquier posibilidad de contaminación. Esta utopía higienista no es posible, dice Constanza, a no ser que nos convirtamos en sicópatas (o sea, que eliminemos al otro) o en depresivos (que nos sustraigamos de la vida y sus placeres). Porque la fisura que nos constituye, es la condición de existencia del deseo, el amor y el erotismo, asuntos que, según varios indicadores, hoy agonizan.

Y aunque, a lo largo de todo el libro, la autora despliega un humor irónico, pienso que su postura está lejos del cinismo. Su humor no opera como marcador de distancia, sino como deshollinador del propio relato, no sea que también se taponee. Intuyo que cuando Constanza Michelson cuestiona la “corrección política”, no está jugando del lado de la provocación francotiradora–aunque a ratos pudiera parecerlo—sino que, ubicada en la cancha del lenguaje, que es la del sicoanálisis. Lo que defiende es el carácter indomable del deseo, como motor creativo que mueve el pensamiento, pero también como posibilidad del encuentro con el otro.

Es más. La autora arriesga hipótesis que podrían ser objeto de burla para un cínico postmoderno. A lo largo del libro sugiere que, inevitablemente, si queremos bailar con los otros, aunque bailemos mal, junto con aceptar nuestra fractura compartida, estamos obligados a controlar la locura narcisista, a negociar, ceder, renunciar, esperar, ser humildes, incluso: actitudes que no están muy de moda en estos días.

Por eso mismo, que los deseos nos atormentan, porque tenemos que administrarlos. La neurosis, en cualquiera de sus versiones, no sería otra cosa que una demostración de que el otro nos importa: es el precio de sufrimiento que pagamos en el intento de sostener el pacto social. Por ahí van las preocupaciones de Constanza. Pacto que siempre vuelve a estar amenazado por el surgimiento de discursos que, en su desesperado intento de domesticar a la fiera, generan intolerancias y exclusiones. Con bien intencionados consejos, no solo nos imponen recetas sobre cómo vivir, qué comer o cómo educar a los hijos, sino que también ejercen una vigilancia de corte religioso sobre el deseo y las palabras.

Y como esos discursos sí tienen poder –de hecho están fabricados para ser incontestables-- uno anda un poco paranoica a la hora de elegir entre tal o cual palabra, o utilizar el genérico masculino para despachar rápido la frase, en vez de darse la pega de escribir “niños y niñas”, “chilenos y chilenas”, para cumplir con la corrección retórica. Por suerte ya se adoptó la solución del arroba trans, que se utiliza en el título de este libro. No sea que alguien acuse a Constanza Michelson de herejía o que le caiga encima la policía, no muy secreta, del lenguaje correcto.

Finalmente este libro nos hace reconocer y hasta querer la propia neurosis. Uno se pilla averiguando, con cierto placer, cuánto tiene de histérico o de obsesivo. Y llega a la conclusión de que es una mezcla de ambos. Lo claro es que la neurosis obsesiva, esa que necesita Dios y ley, está en problemas, dice la autora, mientras que la histérica, esa que siempre quiere ser la pulga en el oído del otro, está en su momento estelar, sobre todo gracias a los exhibicionismos que favorecen las redes sociales.

Pero el que busque salvavidas, podría decepcionarse. Daniel Hopenhayn, en muy buena entrevista que apareció en The Clinic, comenta que el libro parece de “anti- autoayuda”, porque ofrece puras preguntas y ninguna respuesta.

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