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Defensa del ocio


por Baltazar CÁCERES

El ocio, aquella actividad tan venerada por los antiguos, hoy se mira de reojo, con la sospecha de que cualquier contacto con él nos ocasionaría un grave perjuicio.

El diccionario de la Real Academia entrega cuatro posibles definiciones: 1) Cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad (pensemos en la vida de un jubilado). 2) Tiempo libre de una persona. 3) Diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio, porque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas y 4) Obras de ingenio que alguien forma en los ratos que le dejan libres sus principales ocupaciones (armar un cubo de Rubik, por ejemplo).

Cualquiera sea el sentido en que tomemos el concepto, las cuatro definiciones descansan más o menos sobre lo mismo: aquel reservorio de acciones, inacciones, hobbies o pasatiempos que las personas incorporan a su rutina diaria.

Para los griegos, el ocio era el espacio de tiempo que dedicaban a deliberar sobre asuntos políticos y filosóficos. Cicerón, el orador romano, lo perfila en algunas de sus obras como componente esencial de la vida humana. En El orador disgrega: “Y si esto no fuera así, ¿quién habría de ánimo tan duro y agreste que no me concediera esta recreación y entretenimiento, ahora que no puedo dedicarme al foro ni a los negocios públicos? Yo no puedo entregarme al ocio, y temo más la tristeza que las letras. Lo que antes me aprovechaba para los juicios y la curia, ahora me deleita en casa.

Y no sólo me ocupo en cosas tales como las que este libro contiene, sino en otras mucho más graves y mayores, y si logro verlas terminadas, pienso que mis ocios domésticos igualarán a mis defensas judiciales”. Una vida cuyo eje girara en torno al ocio, entonces, era mejor ponderada que una vida entregada a los asuntos públicos. A su vez, el pleno goce de una vida dedicada al ocio implicaba la renuncia a la participación política que exigía la comunidad. Sólo así, renunciando a las exigencias de la vida pública, era posible alcanzar la paz espiritual, más allá de la ambigüedad y de las diversas significaciones que puede tener esto último.

Sin embargo, las sociedades modernas parecen haber relegado a un segundo o tercer plano el renombrado lugar que el ocio ocupó en la antigüedad, sustituyéndolo por una oprobiosa connotación. El ocioso es quien no logra dirigir sus fuerzas físicas y espirituales a los asuntos verdaderamente relevantes, a saber: el estudio y/o el trabajo. No vemos en el ocio más que un sinónimo de flojera.

En tal sentido, las alternativas para acabar con la pasividad son ilimitadas, pudiendo compatibilizar –así se sugiere que sea- unas con otras; desde el cultivo del cuerpo según una disciplinada rutina de ejercicios o trotes matutinos, –los honorables runners- pasando por la defensa de un discurso político revestido de seriedad, hasta abrazar fervorosamente la última tendencia que de un momento a otro se convierte en materia de interés nacional. Mientras más ocupado te mantengas, mientras menos tiempo quede para ti y para ese monólogo que a veces acompañan los fantasmas, tendrás mayor protagonismo y tu voz será más escuchada. El juego neoliberal niega la posibilidad de retirarse antes de tiempo y ha generado, como reverso, una sociedad que exige altos estándares de participación ciudadana en todas las esferas de la vida pública, reduciendo las chanches del individuo para el ejercicio de su intimidad prácticamente a cero.

¿Cómo fue que el ocio se desvalorizó a través del tiempo? ¿En qué momento se nos comenzó a demandar una actividad- física y psíquica- constante?

Si bien las actividades que el ocio ha abarcado en una y otra época no son las mismas -difícilmente hoy alguien, en una sociedad intoxicada de información y después de una extenuante jornada de trabajo, destine parte de sus horas libres a tocar la lira, aprender latín antiguo o dudar de los sentidos envuelto en el calor que despide la chimenea como lo hizo Descartes- ello no logra explicar por qué el ocio, entendido como una pasividad física y mental, envejeció tan mal, por qué es preferible oponerse tenazmente a la caza de ballenas en península Valdés o repetir bien pensadas ideas políticas, a tumbarse en la cama a mirar los globos que produce la humedad en el techo de la pieza.

No sólo resulta agobiante responder de forma activa a las exigencias que la sociedad cada tanto deja caer sobre nosotros, sino que además esto lesiona la relación del hombre consigo mismo. No es mucho el tiempo que nos demandará, entre el trajín de tanta actividad, atender a las palabras de Cicerón: Nunca estoy más ocupado que cuando estoy ocioso.

Baltazar Cáceres es Licenciado en Filosofía

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