Barbarie-pensar con otros

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¿A qué distancia miramos la diferencia?


por Catalina Mena

Texto curatorial Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso - FIFV 2018

La pregunta que articula esta octava versión del FIFV cuestiona profundamente nuestros vínculos sociales en el complejo contexto de la cultura contemporánea.

¿Cuál es esa justa distancia que me permite “ver al otro como legítimo otro”?

Esta connotación política -en cuanto introduce la idea de legitimidad- es la que utiliza Humberto Maturana para definir el escurridizo concepto del amor en su libro El sentido de lo humano: “Ver al otro como legítimo otro en la convivencia”. No existimos. Co-existimos. Nos configuramos y co-emergemos en relación al otro, dice el neurobiólogo.

Práctica de la visión y del encuadre, del “rectángulo en la mano”, como diría Sergio Larraín, la Fotografía es el arte de cierta distancia para “ver lo otro”. Otro que puede ser uno mismo, como cuando uno se abisma ante su propia contrariedad y se experimenta como siendo la diferencia. La Fotografía asume todas las posibles modulaciones de lo otro, enunciándose así como pregunta política y amorosa que cuestiona y perturba las categorías ideológicas y emocionales del recorte visual.

La distancia (fisura, rotura, quiebre) es necesaria para que surja la diferencia y, con ella, el sentido de la propia identidad. Sentido que siempre está bajo amenaza, precisamente por su relación dinámica con lo otro. George Bataille, en su libro El erotismo, se refiere a esta cuestión utilizando la inquietante categoría de la “discontinuidad”. El ser humano se percibe a sí mismo como discontinuidad, dice, pero su origen y destino es la continuidad. Lo otro es un alter que me constituye pero, inevitablemente, me altera. Antes de mi nacimiento me encontraba en una relación de continuidad con el cuerpo materno. Al nacer entré, violentamente, en la discontinuidad. Mi madre se convirtió en mi primer “otro”, resumen de todos los “otros” que no solo están allá afuera, sino también habitando en mis pensamientos. Precisamente esa separación, ese corte doloroso y vital a la vez, es el que permite esa separación, ese corte doloroso y vital a la vez, es el que permite que exista una distancia-diferencia, un espacio para que pueda circular el deseo. El deseo, entonces, como operación de alteridad, como impulso de vinculación con lo otro. La diferencia se vuelve erótica.

Bataille en su libro dice que tanto en el éxtasis del erotismo como en ocaso de la muerte se produce un regreso a la continuidad: son momentos en que la diferencia se diluye completamente, pero a costa de nuestra desaparición. Estamos entonces en una permanente tensión entre la necesidad de sostener la distancia-diferencia y la pulsión de fundirnos con lo otro, con todas las fantasías, miedos y neurosis que eso nos produce. Lo difícil es convivir asumiendo la tensión. Porque tanto si nos sobreadaptamos como si nos defendemos de la diferencia desaparece el deseo.

Cierta hipertrofia del ideal igualitario quisiera arrasar con la diferencia, olvidando en su reduccionismo homogeneizador que sin diferencia no hay vínculo. Es uno de los peligros en que pueden caer los nuevos activismos (feministas, veganos, celíacos, VIH positivos, revolucionarios democráticos, anticapitalistas, libertarios, fascistas, racistas, nacionalistas, ecologistas) que se han acentuado con la aceleración de la diversidad cultural producida por los movimientos migratorios globales, evidenciando los vicios y contradicciones de las democracias contemporáneas. Para los defensores de la homogeneidad (cualquiera sea su ideología), la diferencia emerge como una amenaza que hay que eliminar o como una grieta que hay que parchar. Sobran ejemplos de intolerancia, discriminación y violencia: excluir al otro, sacarlo del campo de visión, “hacer el aseo”. Pero también, en el extremo opuesto de la misma operación, abundan ejemplos de discursos que, con muy buenas intenciones, terminan aplanando las particularidades y diferencias, aplicando categorías como la “tolerancia”. Con razón el escritor Pedro Lemebel, que se autodefinía como “pobre, maricón y comunista”, declaró: “Me apesta la tolerancia”. La veía, ciertamente, como una actitud de superioridad moral, donde lo otro era “soportado” a regañadientes y rápidamente recortado por la mirada de quien tolera: una diferencia parchada, despojada de conflicto, convertida en exotismo. Es el otro asimilado, acomodado, parcializado, reducido a objeto de mi narcisismo. Camuflada en la “corrección política”, esta forma de absorber el problema del otro –bajo lo que podríamos llamar “discriminación positiva”– es quizás la más perversa de todas: eliminar la alteración de lo alter, aplicando el poder invisible de una posición hegemónica e incontestable. Este gesto hoy se repite con frecuencia en fotógrafos cuyas obras se arrogan el derecho y la misión de “dignificar” la diferencia sexual, racial, étnica, económica. Bajo sus buenas intenciones subyace, inconsciente, la ventaja jerárquica de quien dispara y registra al otro, terminando de confirmarlo en su anomalía social. Y aquí el “disparo fotográfico” adquiere toda su carga de poder y violencia. Por eso Lemebel no quería ser “tolerado”, tampoco solicitaba un certificado de dignidad: lo que exigía era el reconocimiento de su legítima complejidad.

Imposible sustraerse a los juegos de poder que toda mirada teatraliza. Quizás por ello, uno de los problemas más serios de la práctica fotográfica sea precisamente la pregunta: “¿Desde dónde se mira?” Y es difícil ser consciente de esa posición. Pero hay que atreverse a cuestionarla. La respuesta más honesta sería: “Se mira desde donde se puede”. Se mira desde los límites de la subjetividad, desde la propia memoria, desde el prejuicio, la curiosidad, el deseo, el miedo. Se mira desde lo que sabemos del mundo y de nosotros mismos pero, sobre todo, se mira desde lo mucho que no sabemos. Es a posteriori, cuando como observadores de la fotografía tenemos frente a nosotros una imagen, que recién podemos elucubrar sobre esa mirada, ya convertida en la mirada de otro. Y ojalá allí adivinar la complicidad de una imagen que logre transmitir ese intercambio amoroso entre el fotógrafo y lo retratado, ese estado de suspensión. Que la fotografía sea, en sí misma, testimonio de una relación, que despliegue ante nosotros la escena, siempre compleja y perturbadora, de vincularse con otro. Creo que son esas las imágenes que archivamos instintivamente en nuestra memoria.

En este encuentro la pregunta por lo otro no solo tiene que ver con el ejercicio de la mirada personal, sino también con el modo en que uno se organiza, trabaja y da valor a lo hecho. Por ello, la importancia de brigadas y talleres de fotógrafos y estudiantes que se juntan para dialogar y realizar trabajos colectivos, supeditando la autoría personal para que aparezca el vínculo. También hay una serie de exhibiciones que se despliegan en distintos puntos de la ciudad, promoviendo nuevas y diversas relaciones entre imaginarios personales y comunitarios.

La pregunta atraviesa la práctica y la obra de los fotógrafos que configuran la exposición central de este Festival, quienes vienen desde las más diversas latitudes del mundo. Son personas que interrogan su mirada. Ellos no ofrecen respuestas, no parchan grietas, no afirman discursos. Para ellos la Fotografía es una puesta en abismo de la relación consigo mismos y con los otros. Han llegando a Valparaíso dispuestos a participar en la tensión que subyace a todo vínculo para, desde allí, elaborar el relato visual que hoy despliegan. A través de sus imágenes se ofrecen como “otros” para nuestra mirada, reactivando el infinito juego de la alteridad.

C.M.

crítica de arte

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