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Blake, el mago


por Pablo Salinas

La fama de William Blake goza hoy de una salud innegable. Cualquiera lo conoce (quiero decir, no hace falta que se tenga un doctorado en Historia del Arte para saber de quién se trata). Incluso no hace demasiados años, un crítico inglés del The Guardian lo señaló como el "más grande artista que Gran Bretaña ha producido". Nadie obligó al crítico a hacerlo (supongo), pero expuso inspiradas razones del porqué Blake merecía ser reconocido como el genio creador inglés por antonomasia.

No deja de llamar la atención un encumbramiento tan alto para un artista que dejó una obra nada voluminosa, y, en parte, marginada de las grandes formas de su tiempo. Blake escribió versos e hizo grabados permanentemente, toda su vida. Lo suyo fue el dibujo y el grabado, muchas veces con color, pero supongo que nunca pintó un cuadro al óleo, por ejemplo. De vivir ahora, el cuño "artista visual" le acomodaría particularmente bien, pues nunca fue un pintor.

A una edad relativamente temprana, antes de los 18, compré una estupenda selección de su obra escrita; así me interioricé de su mundo y trayectoria. Borges, el antologador de ese volumen, lo ensalzaba en un prólogo muy breve y brillante. Personalidad rara como pocas, a medio camino entre el artista y el visionario místico, me parecía que su influjo operaba todavía a niveles un tanto soterrados, como una reconocida fuente inspiradora y abridora de rutas, pero claramente posicionada en una segunda fila dentro del escalafón histórico. Creo distinguir que, en las últimas décadas, la plusvalía de Blake se empinó entre las de crecimiento más explosivo del circuito.

De mis lecturas de aquel librito siempre me llamó la atención -- además de la fuerza y el misterio de su obra poética-- la afición de Blake, casi compulsiva, por echarle mierda a figuras destacadas, como Reynolds y Rubens, y su abierta idolatría hacia Miguel Ángel. Todo muy majadero. Blake, que nunca fue un verdadero pintor, difícilmente pudo alguna vez llegar a acercarse a la maestría de Reynolds ni, mucho menos, a Rubens. Siempre se me hizo muy notorio eso: la evidente impericia técnica de Blake frente a cualquiera de las dos figuras denostadas por él. Y también su desventaja frente su archivenerado Miguel Ángel: comparados con los de su ídolo, sus escorzos se ven irremediablemente pesados y artificiosos. Y aún así, criticaba. Y aún así -y acá reside lo más notable del arrogantillo inglés- muchas veces sus obras, sus imágenes, de la mano su particularísma técnica, consiguen momentos de una poética alucinante.

Gran parte de la peculiar cercanía con la que se percibe la figura de Blake hoy tiene que ver con esto mismo. Su praxis creadora, desde cierta precariedad, ofrece un ejemplo bastante notable de una premisa que las futuras generaciones de artistas irán haciendo suya cada vez con mayor resolución: en arte toda limitación formal puede ser subsanada si el fuego de tu inspiración es lo suficientemente fuerte y potente. Blake, de hecho, insiste con la figura humana, la emplea incluso como el elemento motriz de su discurso, y muchas veces dibuja brazos, piernas, torsos que dan miedo. Repleta sus figuras de músculos porque no sabe: no tiene ni la mitad del manejo que ostenta su bienamado Buonarotti y se aleja aún más del virtuosismo que despliega su detestado Rubens. Pero, aún así, se las arregla para lograr obras notables.

Solo por eso Blake merece ser considerado como un mago, como uno de los más grandes.

Pablo Salinas es artista visual.

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