Barbarie-pensar con otros

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El freak show de la inmortalidad


por Silvia Veloso

Barbarie - pensar con otros

Los que pasamos con holgura los cuarenta, debemos ser la última generación criada analógicamente y tal vez también, la última que va a envejecer. Pensar en esto puede ponernos los pelos de punta, pero es muy posible que nosotros, los últimos futuros viejos, nos convirtamos en especímenes raros. Algo así como aquellos monstruos y aberraciones biológicas que durante el siglo XIX se mostraban en freak shows itinerantes para asombro de los espectadores que acudían a los morbosos espectáculos.

En el futuro parece que la arruga no será bella. En realidad, si somos francos, nunca lo fue. Tanto ponderar esos rasgos de la edad madura como signos inequívocos de experiencia vital, huele a consuelo pobre frente a los devastadores estragos cárnicos que causa en nuestros cuerpos el paso del tiempo.

Hasta ahora, conseguir una apariencia más joven pasa por intervenciones plásticas que en general producen resultados grotescos. Pero de aquí a unas cuantas décadas, los abuelos de pellejo arrugado se encontrarán en vías de extinción. Porque hoy, el objetivo de investigadores y científicos no es cortar o estirar excedentes de piel amojamada con el bisturí, sino detener el proceso de envejecimiento y hasta revertirlo. Arrugas, celulitis y flacidez serán rémoras indeseables del pasado. Los cuerpos tersos, saludables y casi inmortales de las generaciones del futuro mantendrán sus carnes prietas desafiando con desparpajo a la mismísima fuerza de la gravedad.

Entre los científicos, priman por ahora los escépticos y detractores. Aun así, el negocio de la inmortalidad se ha puesto en marcha y se proyecta suculento. Grandes tecnológicas como Google, Facebook, Apple, PayPal o Amazon ya donan o invierten en compañías de ingeniería biomédica dedicadas a la investigación para frenar la senescencia. Y si las grandes fortunas de Silicon Valley, con su sagaz olfato, han comenzado a apostar parte de sus ahorros en este frente, será porque intuyen ahí una industria que promete grandes lucros futuros. Cuando el capital identifica un nuevo filón de negocio rara vez da marcha atrás, y si la necesidad no existe, se fabrica.

Aunque detener el reloj biológico, además de caro, no es tarea fácil, ya se han dado algunos pasos importantes en experiencias de laboratorio que dejan la puerta abierta a la posibilidad de obtener el ansiado elixir de la eterna juventud. A finales de 2016, un equipo de investigadores del Salk Institute for Biological Studies, California, publicó un estudio en la revista Cell (1) en el que informaban que habían conseguido rejuvenecer órganos de ratones incrementando así considerablemente su normal esperanza de vida. Nos guste o no, tan diferentes no somos de un ratón, y tarde o temprano se encontrarán los métodos para extender la vida humana quién sabe cuánto tiempo.

En la Fundación SENS (Strategies for Engineered Negligible Senescence Foundation), la investigación se centra en la reparación y regeneración de tejidos. El director de SENS es el polémico profesor Aubrey de Grey, personaje bien paseado por los medios y de particular catadura -exhibe larguísimas y proféticas barbas que poco casan con la imagen de higiénica asepsia de los laboratorios. De Grey estima, que si fuéramos capaces de detener el deterioro físico, no habría razón alguna para que no pudiéramos vivir mil años. 969 años vivió según la Biblia el patriarca antediluviano Matusalén y Methuselah Project se llama uno de los programas sostenidos por la fundación del mismo nombre. Cofundada y dirigida por de Grey, aspira entre sus metas inmediatas, a convertir los 90 años en los nuevos 50, a más tardar en la década de 2030. O sea, a la vuelta de la esquina.

Detener el envejecimiento del organismo y reducir el deterioro podría retrasar, tal vez en muchos años, nuestro encuentro con Tánatos. Eso nos convertiría técnicamente en una especie de seres ‘amortales’, apenas expuestos al roce de la muerte en los casos de accidente fatal. De algún modo, sería como ver cumplida la promesa de vida eterna que la mayoría de credos y religiones ofrecen. Mas no en el otro, si no en este mundo.

¿Pero de verdad queremos o soportaríamos ser inmortales? Tal vez la eterna juventud nos seduzca más que la inmortalidad. Porque una cosa es llegar a los noventa con el aspecto y la energía de un jabato de veinte y otra muy distinta, arrastrar el cuerpo y el espíritu por esta tierra durante siglos como el judío errante. Acabar con esa última frontera y asumir la existencia con la perspectiva de una muerte postergada casi in aeternum, marcaría en nuestra psique un punto de inflexión sin precedentes. No se entiende la vida sin la muerte. Nuestra cultura, nuestros valores y nuestra forma de vivir tienen mucho que ver con esa particularidad del cerebro humano que hace del hombre el único animal consciente del fin irreversible.

Por lo que arrojan las encuestas, de momento la idea de inmortalidad no resulta tan atractiva como en un principio podría parecer. El aburrimiento se presenta como nuestra gran aprensión ante el horizonte de una vida extendida mucho más allá de los límites biológicos a los que estamos acostumbrados. ¿Quién podría tolerar soportarse a sí mismo mil años? Y lo que es peor, ¿qué hacemos con un planeta superpoblado por miles de millones de viejos lolos? A primera y segunda vista, esa escena parece sacada de un freak show del XIX y suena más bien espantosa.

Aunque nada es inamovible, las cosas cambian. Lo más probable es que en ese contexto entenderíamos el tiempo de otra manera y los ritmos de la vida se modificarían para adaptarse a la nueva realidad del ciclo vital. En el último siglo y medio, la humanidad casi ha doblado su expectativa de vida y nos hemos adaptado y sobrevivido a tales cambios. De ser común tener hijos en la adolescencia temprana porque raramente se sobrepasaban los cuarenta, hoy lo habitual es postergar la descendencia a la treintena. En un futuro de humanos matusalénicos y de eros híper extendido, quizá nadie se planteará ser padre antes de los convencionales doscientos años, edad por entonces prudente para formar familia, si es que la familia no es a esas alturas un concepto obsoleto del pasado.

Antes, el profeta se encargaba de adentrarse en el futuro transmitiendo sus visiones místicas del porvenir en forma de crípticas revelaciones metafóricas. Hoy, son los modelos matemáticos de análisis predictivo y data mining, o el pensamiento filosófico o especulativo, los que hacen futurología. Pero el futuro es un campo abierto a infinitas opciones tan inciertas antes como hoy. Juegue o no juegue Dios a los dados, puede ser que más allá de las matrices fácticas predictivas o de la mera especulación, teorizar sobre los escenarios por venir, no sólo nos coloque en el umbral de hipótesis caprichosas, si no que sugestione la realidad del presente que vivimos. El morbo por el catastrofismo del futuro debe ser parte también de la condición humana.

Las tecnologías disruptivas pueden suponer grandes avances en términos de progreso y bienestar. Pero es un hecho que, en sus inicios, lo más frecuente es que resulten tan costosas que sólo sean asequibles para los grupos privilegiados de las élites económicas. Los conflictos éticos que pueden surgir en relación con los avances de la tecnología, ocupan gran parte de los estudios teóricos.

Haciendo futurología sobre la longevidad, pensadores como Harari o Bostrom, opinan que el acceso restringido a tecnologías que podrían conducir casi a un salto evolutivo, no hará otra cosa que potenciar los guetos, perpetuar en el poder a esas mismas élites y aumentar la brecha de desigualdad entre parias e individuos mejorados.

En el libro ‘Sociedad post-mortal: hacia una sociología de la inmortalidad’ (2017), el danés Michael Hviid Jacobsen también reflexiona sobre los cambios y problemas culturales, éticos y socio políticos a los que estaría expuesta una sociedad súper longeva.

Por su parte el cine, siempre atento a lo que viene y con frecuencia hábil para visualizar en la ficción situaciones futuribles, ya nos ha entregado alguna distopia centrada en ese tipo de conflictos. La poco afortunada Elysium, dirigida por Neill Blomkamp, muestra un mundo dividido en el que un selecto grupo de personas ricas vive aislado en una colonia espacial paradisíaca con acceso a recursos inagotables y tecnología médica que les permite regenerar su organismo. El resto de la humanidad, desahuciada, sobrevive como puede en un planeta superpoblado y devastado por la contaminación, el hambre, la guerra, las epidemias y las enfermedades. La única esperanza para los parias de la Tierra es emigrar a Elysium y, entre el intento de la chusma por acceder a la colonia y el rechazo de la élite a ver invadido su exclusivo resort espacial, transcurre la película.

Nada muy novedoso, pues salvo por lo de la estación extra planetaria, Elysium podría ser cualquier barrio pudiente de las ciudades actuales. Como en la película, en los elysiums terrícolas también hay más zonas de recreo y áreas verdes, mejor vivienda, educación, seguridad y servicios de salud que en los distritos pobres.

Que morir vamos a morir y no querer morir forma parte de nuestro ADN. La inmortalidad y la eterna juventud son ideas y anhelos comunes a las culturas de todos los tiempos. De Gilgamesh a Fausto, Orlando, Drácula o el bello Dorian Grey, la literatura ha producido sobre estos temas obras maestras.

Los costos son siempre altos y todas acaban mal.

Fausto, por amor, debió fiar su alma al diablo para obtener la eterna juventud. Nosotros podremos fiar en la ciencia, aunque no sepamos el objeto de por qué ni para qué nos hacemos inmortales.

Tal vez a lo que de verdad tengamos miedo no es a la muerte, si no al olvido. Entonces, quizá las palabras que mejor expresan esa nostalgia del ser que acaba, son las de la inolvidable improvisación de Rutger Hauer, cuando en la piel de Roy Batty, lamenta cómo todo lo que vio más allá del hombro de Orión y de la puerta de Tannhauser,se perderá en el tiempo para siempre.

(1) Lectura del artículo disponible en researchgate.com

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