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La soledad era esto


por Silvia VELOSO

Las fotos de los suburbios de Tokio suelen mostrarnos cielos velados de gris o deslavados por una turbia pátina amarilla, como de radiación post nuclear. También brumas de invierno entre las que asoman, fantasmales, kilómetros de monoblocks. Muchos de ellos están ahora vacíos. Sus habitantes son cada vez más viejos. La mayoría están solos.

Así los encuentra la muerte, sentados en el sofá de la sala o acurrucados en el futón, esperando. A la propia muerte le extraña tanta soledad y silencio. Antes su teatro era otro, mucho más bullicioso, con llantos y escenas grotescas a cargo de deudos fieles que acompañaban al finado hasta el mismísimo suspiro final. Había pompa y circunstancia, protocolo. Pero por los monoblocks de los suburbios de Tokio la muerte pasa ahora sin espectáculo ni pasión, no hay comparsa, su trabajo es un mero trámite.

En ocasiones transcurren meses hasta que el cadáver es descubierto. Nadie reclama a esos muertos solitarios. Un olor nauseabundo colándose bajo la puerta de entrada, la proliferación de moscas revoloteando por los pasillos del edificio o la falta de pago del alquiler, disparan la alarma administrativa ante la falta de afectos.

Entonces la maquinaria se pone en marcha. Si el propietario del apartamento o la corporación fueron precavidos, se activarán sus seguros y alguna ‘compañía de limpieza post muerte solitaria’ hará su trabajo de desinfección con diligencia eficiente. Provistos de ropa de trabajo similar a la de los laboratorios bacteriológicos, retirarán lo que quede del cadáver, rasparán las heces y colonias de insectos que celebraban por doquier el festín necrológico, vaciarán el inmueble de trastos, basura y enseres y una vez todo limpio, fumigarán a conciencia y dejarán instaladas por unos días máquinas de desodorización ambiental. Para sacar las malas vibras, existe también la posibilidad de contratar, con costo adicional, un ritual de purificación. Completada la rutina, el apartamento en los suburbios de Tokio queda listo de nuevo para alquiler o compra. Si alguien lo quiere.

Los restos de quienes murieron solos y nadie reclamó, son enterrados en fosas comunes, sin lápidas que recuerden su nombre.

No hay nada de poético en esa postal nostálgica de los suburbios. La soledad es la forma más sutil y silenciosa en la que se manifiesta la violencia contemporánea. Sin estridencia, socava y carcome las raíces de lo que hasta ahora vertebraba al individuo, los afectos en su más atávica y rudimentaria expresión, la pertenencia al clan. El aislamiento ahoga y castiga. De algún modo, se parece a aquella tortura medieval en la que se emparedaba a personas vivas. Hoy las paredes del monoblock que separan a la gente del mundo pueden ser de cartón, pero el efecto es casi el mismo.

En 2000, la prensa japonesa publicó por primera vez un caso de muerte solitaria. El esqueleto de un hombre de 69 años había sido encontrado tres años después de haber fallecido en un mega complejo de apartamentos de Tokiwadaira. El suceso conmocionó entonces a la opinión pública. Dieciocho años después, la muerte solitaria ya no sorprende. Más allá de las palabras, de las imágenes y las alegorías, está la fría realidad de los números para los que la tragedia de la soledad es un índice que se mide como cualquier otro en planillas estadísticas.

En un estudio realizado en 2011 por la consultora japonesa NLI Research Institute, se estimaba que en el país se producen más de 30.000 muertes solitarias al año. Cifra que irá sin remedio en aumento porque Japón es uno de los países con mayor porcentaje de población envejecida y también de personas que viven solas.

Una publicación reciente del National Institute of Population and Social Security Research, proyecta que para 2040, el 40 por ciento de sus ciudadanos vivirán solos debido a la postergación del matrimonió o la vida en pareja y al incremento de divorcios. También advierte que, en 2065, el 44 por ciento de los japoneses tendrá más de 65 años. Para entonces será el país más envejecido del planeta y sin perspectivas de reposición. En la página web de este instituto aparece una pirámide interactiva que grafica a todo color y con cruel pragmatismo matemático, estas desalentadoras proyecciones.

Como sucede con cualquier tendencia, en el mercado siempre aparece una industria nueva que capta al vuelo la oportunidad y sabe sacar sus réditos. En Japón, la soledad ha dado alas a la robótica de compañía y a las aseguradoras y empresas de limpieza post muerte. Un segmento en expansión que recoge los tristes lucros de la fragilidad humana en su camino de salida.

Volviendo a las fotografías, acercándonos un poco más y adentrándonos por las ventanas de esos edificios, podemos fisgar la vida de sus inquilinos. Enseguida se percibe que muchos son acumuladores, salta a la vista la ausencia de orden y rutinas, choca la negligencia y el abandono. Aunque no es difícil imaginar que la soledad extrema hace perder la noción del tiempo y el espacio y hasta la conciencia de uno mismo.

Previendo el final que les espera, algunos solitarios que aún conservan un poco de intimidad con otro ser humano, para no molestar ni siquiera en ese último trance, por pudor y vergüenza a ser encontrados como desechos nauseabundos, intentan resguardar un último resto de dignidad. Con ese propósito, de acuerdo con algún vecino, combinan un código que alertará al otro de que algo anda mal o ha fallecido y que debe avisar de inmediato a los servicios de salud. Acciones sencillas como bajar una cortina al anochecer y subirla cada mañana, o regar una maceta del alféizar diariamente a una hora precisa. Así de mecánicos y desoladores pueden ser los últimos lazos que ligan a algunas personas con el mundo.

En Japón hay barrios de monoblocks deshabitados, viejos olvidados, máquinas que reemplazan la falta de trabajadores, robots sexuales y androides de compañía, empresas que limpian y desodorizan la soledad de los muertos. Un país que en los próximos cien años, verá reducida su población de 127 a 50 millones. Mientras, en otras partes del mundo hay millones de desplazados, gente sin patria, ni casa ni oficio. Admito mi ingenuidad e ignorancia sobre los postulados que mueven la economía, pero aun así me pregunto si no habrá formas de hacer coincidir la necesidad con la falta.

Quizá nos consuele pensar que los japoneses son muy raros y que nada tienen que ver con nuestra cultura, pero la globalización opera en todas las direcciones y la nube negra de la soledad comienza también a planear sobre occidente.

"Kodokushi" es el término japonés para la muerte en completa soledad. Una palabra que irá colándose en el vocabulario popular del resto de las lenguas como en otro momento lo hicieron harakiri, kamikaze o tamagochi.

Mirando fotos de los suburbios japoneses y leyendo sobre sus muertos solitarios, me acordé de un viejo libro de J.J. Millás, ‘La soledad era esto’. Nada tenía que ver con robots de compañía, cibernética o empresas de limpieza post mortem, pero sí con la soledad como naufragio del tiempo.

La cita con la muerte es personal e intransferible. Nos morimos solos, pero siempre será bueno sentir que alguien estaba allí dándonos la mano.

IMAGEN TORU HANAI - REUTERS

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