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La pintura pervertida (I)


por Pablo SALINAS

A cualquiera que sienta una pasión honesta, fina y desenfrenada por la pintura, una conexión desde el estómago, las vísceras y las neuronas por el gran arte de la pintura, se le hará muy difícil empantanarse en algún escollo de tipo moral enfrentado a alguna obra, cualquiera que sea.

ALBRECHT ALTDORFER - LOT Y SUS HIJAS (1537)

El Jardín de las Delicias de El Bosco, por ejemplo, emerge, antes que nada, como una gran representación teológica medieval, como, en más de un punto, su más perfecta y soberbia culminación. Las bestias y seres alucinantes que pueblan paraíso, purgatorio e infierno entran en nítida consonancia con los crispados aires incubados durante siglos en abadías, claustros y monasterios. No podemos sino agradecer a su autor, ese genio misterioso, por haber acometido una empresa semejante con tal entrega, intensidad y nervio.

Las figuras de El Bosco son fruto de la mente de un ser más místico -casi calamitosamente místico-, que animado por pasiones más simples, más carnales. La gimnasia que despliegan esas criaturas en esos parajes supraterrenos nunca será erótica, sino filosófica, incluso metafísica. Basta echarle un ojo a la Eva de su paraíso, cuan pálida y sobria luce junto a un padre creador de rizadas barbas y despejado semblante.

Su contemporáneo casi perfecto, el alemán Cranach, pintó varias Evas. Aumentando apenas un punto en voluptuosidad, nos propone una versión notablemente más sensual. En rigor, confrontadas, la Eva de El Bosco parece una figura de éter; las del alemán de verdadera carne. E incluso, algunas de ellas, predispuestas a los excesos.

Cranach es, de hecho, el primer pintor de la carne propiamente tal. Los pintores del Quattrocento italiano pintaron muchos y variados desnudos, pero imbuidos todos en un grado de rigor clásico tal, que por encima de sensualidad, enfrentados a estos se respira perfección (la Venus de Botticelli es bella, no necesariamente sensual).

Con Cranach todo cambia. La misma resolución y franqueza con que abraza, en el terreno religioso, la naciente causa protestante, se ve reflejada en su trabajo pictórico, en el que en sus temáticas igualmente se emancipan del canon imperante y abren sus propias rutas.

Mientras su gran amigo Lutero se empeña en traducir las Escrituras a la lengua del pueblo, Cranach realiza una operación equivalente al intentar dotar a las figuras de los textos sagrados con visos de verdadera humanidad. Se trata de un rebelde de primera línea: es capaz de plantarse ante la inmaculada efigie de vírgenes y santos y sacudirles las marmóreas cabelleras, picarles un poco los dientes, sugerirles miradas menos hieráticas, hacerlos un poco vulgares.

EVA - IZDA: EL BOSCO | DCHA: CRANACH

Las féminas de El Bosco son criaturas pálidas, delgadas, casi esmirriadas, de frente amplia y abombada, largas y deslavadas cabelleras casi siempre pelirrojas. Hasta cierto punto, muy en la línea de las de Memling, pero con menos lirismo.

Las de Cranach, en cambio, parecen interpelarnos, directo, sin ambages. Sin dominar, ni tampoco, en el fondo, pretender ahondar en el camino de la verosimilitud formal iniciado por los maestros italianos (huella que su coterráneo Durero recorrerá con paso maestro), el interés de este artista notable pasó de crear figuras que inspiraran recogimiento y devoción a pintar criaturas que despertaran sentimientos humanos muchos menos encumbrados, simples, comunes. Pasiones. Deseo. Apetito sexual. Lascivia. El temporal descabezamiento de la autoridad religiosa tras la arremetida protestante propició un ambiente de tolerancia moral no conocido en mil años.

La producción pictórica de ese período habla por sí sola. Altdorfer, gran amigo de Durero, pintó quizá el primer cuadro con visos de abierta obscenidad de toda la historia cristiana, Lot y sus hijas. Acá no hay nada de ese atribulado patriarca que sucumbe ante la ingesta casi forzosa de vino y que actúa como un vehículo de la divinidad para la indispensable perpetuación de la raza, como había sido pintado antes y lo continuaría siendo pintado después, sino que nos enfrentamos a un viejo de sonrisa pícara que con ambas manos apresa a su desnuda hija, la que posa sin el menor recato sus voluminosas caderas sobre la pelvis también desnuda del anciano.

La única copa de vino que vemos la sostiene ella, la que tampoco pretende llevar a la boca del viejo sino que mantiene despreocupada sobre su muslo. A cierta distancia, en segundo plano, vemos otra figura femenina, sentada, completamente desnuda. La otra hija. No sabemos si pensar que descansa tras haber ya cumplido con su misión incestuosa, o si espera su turno, acicalándose unos metros más allá. También, dada la intensidad de la escena del primer plano, no resulta improbable suponer que pronto se pondrá de pie y vendrá a sumarse a la fiesta familiar.

Ese cuadro alucinante, pintado justo dos décadas después que Lutero hubiera claveteado sus 95 tesis, es el opus uno de la pintura pervertida.

Pablo Salinas es artista visual.

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