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Francisco Zegers o la urgencia editorial


por Catalina MENA

“Me di cuenta, a los 6 años, de que los profesores me enseñaban lo que ellos querían. Ahí se me complicó la existencia. Hay un libro que escribió un gringo, Herbert Kohl, que se llama I won’t learn from you. Él era profesor y estudió los casos de niños a los que les iba mal en el colegio a pesar de que eran muy inteligentes. Y se dio cuenta de que estos alumnos tenían una resistencia. Que decían: “No quiero aprender de ti”. Y que era una actitud. Es súper bonito. Es cuidar tu integridad. Que no te violen”.

IMAGEN: JORGE BRANTMAYER

Estas son palabras de Francisco Zegers que recuperé en la última, y quizás la única entrevista que dio en su vida, realizada a finales del 2011, diez meses antes de su repentina y misteriosa partida. No sé por qué en esa conversación póstuma hablamos muy poco de su trabajo, en cambio nos distrajimos en anécdotas de su niñez. Tal vez intuíamos la proximidad de un final que abraza su comienzo.

Zegers intentó explicarme por qué se había resistido, sistemáticamente a la autoridad, por qué no había terminado el colegio ni había cursado estudios universitarios. Su discurrir adquiría, en ese momento, un potente voltaje de actualidad, pues el país se encontraba sacudido por la movilización estudiantil de aquel año. Zegers encarnaba el productivo fracaso del sistema educacional y se erigía como la figura ejemplar del autoconstruido. Pero sabemos que esa figura es equívoca, como todo cliché. La experiencia nos recuerda que estamos construidos de pedazos de otros.

Y también él lo sabía. Porque Francisco Zegers fue un aprendiz constante, un atento escuchador, un lector incansable y un observador agudo. Nunca se negó a aprender de otros, por el contrario: se educó en ese vínculo. Pero defendió su autonomía, resistiéndose a la imposición autoritaria de los saberes y sospechando sin tregua de cualquier razón que exigiera obediencia ciega.

Al momento de esa entrevista, Zegers había dejado el trabajo editorial y estaba dedicado a su obra personal. Su obsesión era explorar las posibilidades de representar el rostro humano, como una cartografía biográfica irreductible. Este dato es importante, porque lo consigna como sujeto del arte. Zegers se identificó, genuinamente, con los autores que publicó: se las arregló para, a través de ellos, emitir su propia voz.

Pero vuelvo a sus palabras, como intentando extraer un deseo pre discursivo.Vuelvo y me agarro de unos sonidos y unas imágenes, como si necesitara traer aquí su voz, ahora, a esta conversación. Desagrego: “quieren enseñarme lo que ellos quieren”, “no quiero aprender de ti”, “es cuidar tu integridad”, “que no te violen”. Son fragmentos que nombran una necesidad primaria que luego se expresa en su madurez, y que se realiza precisamente en el momento en que la sociedad chilena está sometida a la violación física y sicológica de un discurso incontestable. Es entonces, en ese contexto de dictadura, que Francisco Zegers hace su intervención en la cultura local, consciente de la urgencia de resguardar la integridad de unas voces periféricas, críticas y creativas, para captarlas, elaborarlas, registrarlas y aunarlas en un soporte editorial.

Ya lo han dicho Diamela Eltit y Nelly Richard: Zegers es insustituible. En el momento en que inicia su trabajo como editor cultural no existía otro personaje que pudiera comparársele. Se trata de una figura única, improbable, rara, que observa y distingue en la aparente oscuridad, atando las hilachas sueltas de producciones artísticas e intelectuales muchas veces dispersas, otorgándoles un sentido de conjunto. Y lo hace en el descampado total. No hay industria editorial, no hay sistemas de distribución, no hay demanda ni mercado. La suya es una empresa a la vez solitaria y solidaria. Ya se sabe: él no tenía ninguna estructura como editorial más que su cuerpo y su cabeza. El suyo es un gesto que sólo podría haber sido realizado por alguien capaz de mirar su entorno con perspectiva, alguien que puede administrar el riesgo porque anticipa la construcción futura de un valor simbólico. Zegers intuye una escena antes de que se configure: la visualiza. Lanza un fuego en la intemperie, como ejercicio de imaginación que la historia, después, condensó en imagen.

Pero no solo es capaz de sopesar la calidad artística e intelectual de unas producciones emergentes que deambulan en la periferia, sino que además se interesa en las obras más irreverentes e incómodas. Todos los autores y autoras que él edita comparten su necesidad de resistirse al canon, torciendo los códigos oficiales. Desde su primera publicación Francisco Zegers edita libros experimentales, que exploran géneros y lenguajes híbridos y que además juegan en las zonas de lo prohibido, burlando la posibilidad real, en ese entonces, de la censura. Esta es la política de su deseo.

El primer libro que realiza constituye una jugada de una audacia y una densidad que hoy sigue sorprendiendo. Se trata de Cuerpo Correccional, publicado en 1980, con textos de Nelly Richard e imágenes de la obra del artista Carlos Leppe. Un libro iniciático, pues también fue el primero de Richard. Se publicó cuando ella tenía 32 años y Zegers tenía 27. Yo tenía 14 y aún no imaginaba la existencia ni de Richard, ni de Zegers, ni de Leppe. Todos personajes que conocí en los 90 y que hoy son referentes fundacionales en sus respectivas áreas: la crítica cultural, la edición y la performance.

Libro iniciático también en instalación de un habla, de una forma de pensar y decir, cuyo rendimiento crítico hoy se comprueba en la investigación y producción de muchos intelectuales y artistas. Cuerpo Correccional instala, además, la potencia poética y política del cuerpo homosexual que, en ese momento, era objeto de desprecio y castigo.

Este primer gesto editorial de Zegers, creo yo, puede ser considerado como una especie de manifiesto, que permite entender el carácter de una apuesta que atraviesa la dictadura y se adentra hasta avanzada la década del 2000.

El trabajo de Zegers recuperó autores diversos que ahora aparecen como configurando un campo referencial para la cultura y explicitando sus conexiones. Esta escena, tal como hoy la conocemos, está articulada por el gesto editorial que la convocó. Algunos de los autores que Zegers editó se asocian a lo que podríamos llamar “el campo expandido de la Escena de Avanzada”, partiendo por Nelly Richard, que la nombró, y contemplando a sus figuras asociadas fundamentales, como Carlos Leppe y Juan Dávila, junto a otros autores y artistas en diálogo estrecho, como Eugenio Dittborn, Gonzalo Díaz, Paz Errázuriz, Diamela Eltit y Raúl Zurita.

Pero la curiosidad de Zegers no se sometió a ninguna cofradía intelectual, lo que le permitió transitar y captar los distintos focos energéticos de la producción crítica. Así captó a otros autores que hoy son muy relevantes y que circulaban por otros lados, como Diego Maquieira o Cecilia Vicuña.

El gesto de Zegers, más allá de otorgar soporte a las obras, posicionó culturalmente a sujetos sociales que, en los ochenta, estaban muy invisibilizados: otro rasgo de su deseo. Además de interesarse por artistas que problematizaban homosexualidad, se interesó mucho en la producción mujeres. Es cierto, como decía su viuda, María Luisa Figueroa: Zegers profesó un respeto intelectual por las mujeres poco frecuente en los hombres chilenos de su generación. También en este asunto, se adelantó a su tiempo. Apostó por autoras conscientes de su fuerza política, que resistieron y se sostuvieron en el tiempo, y que ahora también nos sostienen a nosotros.

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