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Chile: la ideología de lo abyecto


por Pablo SALINAS

Lo de la marca, la huella indeleble de los 17 años de dictadura a veces tiene sentido, a veces no tanto. Puede hacerse aburridora, majadera, sobre todo cuando se machaca en exceso sobre esa tecla. Y entre los ya mayores, puede sonar a comodín, en términos de explicación magna, corolario que no admite nota al pie o salvedad alguna. Pero está vigente, cómo no; un período así de extenso dejará siempre una marca, una repercusión más o menos considerable.

Tan vigente está, que recién la semana pasada, en reunión en casa de nuestro amigo Alberto en Las Cruces, salió nuevamente al tapete. Esa huella indeleble, pero también ese corte en dos, de este país. ¿Qué hace que nos cueste tanto armar equipos de trabajo, creer en proyectos colectivos, entablar canales de diálogo creativo, participativo, comunitario? Los 17 años de dictadura. Los más jóvenes, presentes en esa reunión, asienten: demás que sí, lo que vivieron todos estos pobres viejos en ese período oscuro fue algo terrible; si todavía están traumados, se entiende. Parecido le pasa a uno con los todavía más viejos, que pueden ver del otro lado: antes del 73, este país era otro y ya nunca más volvió a ser el mismo. En cierta medida (ya han pasado casi treinta años del fin de la dictadura), este país ya se podría dar por descontado que alguna vez volverá a ser el mismo. Cuestión que, hasta cierto punto, no debería ser necesariamente ni trágica ni dramática. Ni tampoco muy rara. Todos los países, cada uno de los pueblos, las sociedades de este planeta vienen experimentando un cambio no menor en estas últimas tres o cuatro décadas. Cada uno, con o sin cismas o períodos de represión interna más o menos violentos, sufre un trastorno relativamente importante. Y sociólogos, historiadores, filósofos y analistas descargan desde todos los frentes sus respectivos ajustes interpretativos sobre esta gran muda de piel planetaria.

Pese a ello, lo de Chile, pese a todo lo lejos que procures situarte para alcanzar una visión menos nublada y en caliente, no deja de ser lo que es: un cagazo de marca mayor. En cualquier caso, la pobredumbre venía de mucho antes, mucho antes de la UP y el Golpe. Eso conviene tenerlo claro. "El Mercurio", el diario y su clan propagandístico, por ejemplo, venía desde su fundación con ese tranco pestilente, que por cierto mantuvo orondo durante la dictadura y que mantiene hasta el día de hoy (a todo esto, mucha gente sigue comprándolo, sobre todo en fin de semana, para poner ojo y quedar al tanto de sus consideraciones culturales, por ejemplo). En julio de 1969, Víctor Jara se presenta en un show artístico en un colegio del barrio alto de Santiago. En marzo de ese mismo año, en el desalojo de una toma de terrenos en Puerto Montt, Carabineros habían matado a 10 pobladores. El hecho genera conmoción. A las pocas semanas, el cantautor escribe una canción inspirada en la tragedia, cuyo principal responsable, a la cabeza de la policía, era el ministro del Interior Pérez Zujovic. Jara lo interpela -"Señor Pérez su conciencia / La enterró en un ataúd"- y lo hace entonces, ante esa audiencia estudiantil. Uno de los presentes, un hijo del ministro, de 17 años, advierte que si Jara osa cantarla "reaccionará violentamente". La furia del nene provoca el término abrupto del espectáculo con una lluvia de piedras. A los escolares, se suma un grupo de apoderados, tan o más enardecidos. Al día siguiente "El Mercurio" titula "Incidentes por penetración marxista en colegio católico". La sociedad ya da señales claras de una preocupante fractura interna; el diario se refocila cumpliendo como agente de agravamiento.

Luego, tras el Golpe, a lo que asistimos fue a la eclosión plena de esos impulsos propagandísticos. Si hasta antes hubo cierta contención, después hubo luz verde para actuar a destajo. Y, claro, si en alguna parte queremos rastrear evidencias del trauma, es justo ahí donde el terreno está más nutrido. Si hoy, sobre todo entre los más jóvenes, el mote de "marxista-leninista" suena mucho más cerca de lo académico que de lo cotidiano, haría falta recordar que hace treinta, treinta y cinco años, su vigencia era robusta, diaria, majadera, invadía los medios, como pretendido sinónimo de infeccioso, lúgubre, terrorífico. Y a los que eramos niños y adolescentes en ese entonces no nos quedó más que formarnos bajo esa homilía de lo abyecto y del terror. Cuando en 1976 se encontró el cuerpo mutilado de Marta Ugarte, un diario tituló en portada: "Estrangulan a hermosa joven". ¿Acaso todos los adultos en Chile ignoraban en masa, por completo, que en este país la represión era tremenda y que desde hacía ya tres largos años se detenía, torturaba y asesinaban personas, que todos atendieron sin asco, sin queja, y, por el contrario, con incontenible morbo, a saber más detalles de este lamentable "crimen pasional"? Pobre chica, la estrangularon, era bella...

Luego, cuando los dos bandos se jugaron el turno de sentarse en el caballito más lindo del carrusel, y los que habían apedreado a Víctor Jara escogían hábilmente sumarse a las filas de los "opositores", la prensa pudo dejar por un rato de jugar al bandido: la coyuntura hizo que las vulgaridades salieran solas, sin necesidad de amañar titulares. Guzmán, Jaime, el mismo que tras morir acribillado en una esquina de Santiago mereció que se le construyera un memorial de ensueño (a escasos metros de una rotonda que desde años antes llevaba ya nombre del también acribillado Pérez Zujovic) en la entrada del barrio alto, el líder, el principal ideólogo del bloque pinochetista. 1988, en la antesala del plebiscito para dilucidar la continuidad de la dictadura, Guzmán se lanza, sin freno: "Eventual triunfo del NO paralizaría las inversiones" "El NO significaría inmediato aumento del desempleo" "Triunfo del NO llevaría a serio enfrentamiento entre marxistas y Fuerzas Armadas"...

Parte del trauma, de ese gran trauma enquistado, se ve cuando captamos que todavía hoy muchos, fuera de una sintonía por afinidad ideológica, dicen sentir admiración por los brillos de la inteligencia y la oratoria de Jaime Guzmán.

Pablo Salinas es artista visual.

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