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Recordando a Parra


por Pablo SALINAS

Hace años, cuando íbamos con Arriaza -ex encargado de cultura de Algarrobo- a visitar a Parra a Las Cruces, una noche este se extiende sobre sus incursiones con los beatniks, Ginsberg, Ferlinghetti, periplos por NYC de los sesenta.

Estamos los tres sentados en la mesita de la cocina, bajo la tenue luz de un tubo fluorescente. Se concentra en un poema que escribió en ese entonces, "apoderándose" de los textos inscritos en las placas de seguridad de los ascensores y estaciones del metro.

Qué sé yo -no conozco el poema mismo-, pero es algo RECORDANDO A PARRA como: "En caso de emergencia / Sírvase romper el vidrio / Y pulsar el botón" (lo citó en inglés). Parra lo propuso, el ejemplo, como un claro aporte suyo en materia de innovación, conceptual, escritural, algo que merece y tiene bien ganado su puesto en los anales.

La verdad, ninguno de los dos, con Arriaza, reaccionamos con demasiada efusión (por cierto, sí con interés y respeto). El caso es que Arriaza, quizá impelido por el silencio generado tras la alocución más o menos larga de nuestro anfitrión, tuvo la mala ocurrencia de hacer un comentario: "qué curioso". Ahí las mató. Parra endureció la mirada y nos citó a Nietzsche: "¿saben lo que dice Nietzsche sobre la verdadera amistad? Que en la verdadera amistad debe haber devoción. De-vo-ción", repitió, deletreando. No solo respeto, cariño, admiración, apoyo, sino, además, devoción. Fue una rayada de cancha bien de "guapo". Si ustedes acá, sentados frente a mi, con quienes comparto un plato de sopa, no logran captar el hondo sentido y valor de lo que hago, mi trabajo, y comentan, les aflora nada más que un "qué curioso", es que están en otra, así no se puede llegar muy lejos. No nos indicó la puerta de salida; dentro de todo, nos tenía cierto aprecio, raro, pero genuino.

Por lo demás, merecido lo teníamos el reto. Arriaza, pese a su formación y sensibilidad artística, sin particular conexión con la frecuencia de la experimentación poética del siglo veinte; yo, varios lustros atrás, con cierta altiva actitud de evitar mostrarme demasiado dócil ante la vieja eminencia de sobra laureada y agasajada. No fuimos entonces la compañía más adecuada y estimulante y, en el fondo, creo que siempre estuvimos lejos de serlo, para ese octogenario todavía con una reserva de combustible más que respetable en el estanque, plenamente activo y con no pocos proyectos. Aun así, nos recibía, una y otra vez, nos ofrecía un plato de sopa, y a veces conversábamos durante varias horas.

En este país, en ese rumor que se levanta como una nube de polvo, que parece tiznar como ese manto nuboso que uno no sabe distinguir si es contaminación o simple neblina y que tizna la cordillera, se escuchan los ataques, que parecen inevitables: ególatra, oportunista, ambigüo, político, ideológico... Ese grandísimo ego que no podía ver sino hacia sí mismo. Nada de eso. Pasarán los años y el paso de esta figura resaltará profundizando en sus brillos. Su casa de Las Cruces, que ahora permanece muda, resonará con los mismos acordes míticos de las otras casas icónicas de este litoral, como punto de encuentro donde convergían, muy por encima de cualquier mezquindad, ante una botella de vino, a un plato de sopa, distintas voces, variadas, disímiles, para aportar en la emisión de ese canto, ese raro canto, que desde no mucho más de un siglo emite de este país tan chico, pero nadie sabe bien por qué es tan grande.

Pablo Salinas es artista visual.

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