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Gustavo Buntinx, crítico y curador de arte peruano: No hay nada más erotizante que el pudor

por Catalina MENA

diario LA SEGUNDA




Durante más de 30 años ha puesto en valor imágenes mestizas y populares. Entrando y saliendo del sistema del arte, Gustavo Buntinx es un influyente agitador cultural. Acaba de pasar por Chile para ser jurado de la nueva Beca Fundación Actual-Mavi que financia a artistas chilenos de mediana trayectoria.


El nombre de Gustavo Buntinx (61) es sinónimo de persistencia y liderazgo en proyectos latinoamericanos que cruzan arte y política. Historiador, crítico y curador peruano, en los 80 fue un comprometido trostkista y participó de la revolución popular peruana que se anunciaba tras las dictaduras que arrasó con el país vecino en los 70. Después se retiró de la política partidista, porque encontró que reproducía los mismos vicios y juegos de poder que denunciaba, pero siguió ejerciendo el activismo artístico en el gobierno de Fujimori. Lideró acciones poéticas como “Lava la bandera”, que apareció en muchos diarios de todo el mundo. Se trató de un acto público en el que los ciudadanos se congregaban frente al Palacio de Gobierno de Lima con bateas, agua y detergente para lavar el emblema patrio como un acto simbólico contra la corrupción reinante. Este fue uno de los gestos que desarrolló en el contexto de su colectivo “Sociedad Civil”, junto a su mujer de siempre, la artista Susana Torres.


Su plataforma de operaciones es Micromuseo (micromuseo.org.pe). Desde allí genera exhibiciones y publicaciones. Él no habla de “arte” (de hecho detesta cada vez más la institución artística) sino de “cultura material”. Un letrero, una artesanía, un traje de baile, una escuela rural, una canción, un recorte de prensa, un icono popular: son esas las manifestaciones que le interesa relevar y colocar en el foco de la atención estética.


El discurso poliamoroso es una degradación del eros”.


-¿Qué es lo político para ti ahora?

Es lo colectivo puro, la polis. Una praxis que relaciona a las personas a partir de experiencias reales compartidas y no de dogmas y mandatos. En estos tiempos en que las redes sociales han banalizado todo, dando volumen a las posiciones más burdas y autoritarias, es urgente pensar en la salvación del alma personal y colectiva. Recuperar parte de la esencia de lo humano, que es la interioridad, el recogimiento, la contemplación, la reflexión.


-¿Recuperar también lo sagrado en el arte?

Yo creo que es una batalla perdida, pero hay que librarla de todas maneras. Borges decía que las únicas causas que valen la pena son las que están perdidas. Para volver a darle dignidad al arte hay que recordar, primero, que el arte no tiene que ver con certezas y dogmas, sino con la contradicción, la complejidad y el vínculo con otros.


-Hay un exceso de discurso con pretensiones de superioridad moral. Uno ve muchos artistas dando cátedra en contra del capitalismo, del machismo, del colonialismo, sintiéndose librados de todos esos vicios.

Es el imperio de lo políticamente correcto, pero sin ninguna peligrosidad ni riesgo. En tiempos de dictadura militar hacer arte político, contestatario, implicaba arriesgar la vida, porque te podían apresar o desaparecer. Hoy ser transgresor es una moda sin ningún compromiso real. Lo que se está perdiendo es el riesgo del compromiso y también la profundidad. No hay ningún problema con que se haga arte político, pero tiene que surgir de la propia experiencia.


-Ahora no hay nada más comercial que ser subversivo. A los coleccionistas les encanta comprar arte subversivo.

Y ser monógamo se considera conservador, aburrido. A mí me pasa eso, que llevo muchos años casado y dedico mucho tiempo a la crianza y educación de mis hijos. Eso se considera aburrido. Ahora hay que ser poliamoroso, lo que parecería libertario, pero es el capitalismo en su expresión más perversa e individualista. La ficción de que eres libre de autoconstruirte, realizarte, ser feliz, eternamente joven, potente y que nadie te moleste. Un consumidor ideal. Puedes elegir dentro de un amplio abanico de posibilidades, todas en vitrina, a la vista, y si no te gusta lo cambias y te devuelven tu dinero. El discurso poliamoroso, que aparece como algo muy erótico, es una degradación terminal del eros, porque el verdadero eros no puede dejar de tener misterio. No hay nada más erotizante que el pudor y la reserva.


-Claro. Como que esto está todo a la vista. Como una hipertransparencia que no es erótica, sino pornográfica

Yo le llamo “pornogracia”. Vivimos en tiempos de pornogracia, es una estructura mental que alude a la transparencia total, a la idea de mostrar todo, pero en realidad no se muestra nada. Es una trama exhibicionista que oculta y que no compromete nada profundo. Yo creo que para involucrarse en cualquier cosa hay que asegurarse de que cumpla cuatro condiciones: la primera es el sudor. Contra la ética de la pereza, hay que insistir en el esfuerzo, que las cosas te cuesten, que transpires. La segunda es el silencio: tienes que poder estar otra vez a solas con tus propios pensamientos. Eso es algo que el sistema aborrece. Hasta en los ascensores te ponen música ambiental y en los restoranes te ponen las pantallas. La tercera es la belleza, el arte. Haz las cosas con un grado de compromiso total, aunque te falten conocimientos y habilidades. Si la entrega es real, el producto final será bello. Pero la cuarta condición es la crucial: es la pérdida. Nunca hagas nada sin saber de ante mano que cuando termines, algo importante habrás perdido.


-Claro. Y en el poliamor no hay renuncia.

Exacto. Y el amor es renuncia.


-Nos van a decir que somos conservadores.

Yo no soy conservador, yo soy reaccionario. En algún momento hay que reaccionar.



“Yo no enveneno el pozo”


-¿Es muy peleador el mundo del arte en Lima?

Absolutamente. Los argumentos no se ganan por su peso específico, por su complejidad, por su discernimiento, sino por su estridencia…


-El que grita más fuerte gana.

El que más insulta y el que más hipócritamente asume falsos activismos. Por ejemplo, se tiran en contra de la feria de arte o de alguna institución. A mí no me molesta que alguien decida prescindir de algo, lo que me parece inaceptable es que pretenda hacer de su proclama un mandato moral exigiendo que todos se comporten según el paradigma de su fantasía megalómana y su narcisismo herido.


-Tal vez siempre ha sido así, solo que ahora las redes sociales amplifican la miseria humana.

Hay una expresión en inglés: “Do not poison the well”, “no envenenes el pozo”. El pozo de agua. En otras palabras, si quieres pelear está bien que lo hagas, pero no lleves ese clima de beligerancia a un punto tal que envenenas el pozo, es decir, vuelves tóxica la existencia compartida para todos. Eso es lo que está sucediendo no solo en el arte, sino en la sociedad en su conjunto. Lo que se está desvirtuando es la propia condición del humano.


-¿Has peleado con mucha gente tú?

Mucha gente ha querido pelearse conmigo, pero yo decidí que lo que me queda de vida lo quiero dedicar al eros y no al tánatos. Ya no hay gente de izquierdas o de derecha, lo que hay son eróticos o tanáticos. Hay gente que responde a un impulso de vida, para generar una energía de creación, y hay otra gente que busca la manera de destruir al otro. No me interesa un arte cuyo sentido de existencia es denunciar


-O tener la razón.

Imponer la razón. La cantidad de gente que yo veo involucrada en destruirse mutuamente es impresionante. Cuando considero la posibilidad de trabajar o de reflexionar sobre un proceso, no me interesa ya cuál sea la posición declaradamente política, sino cuál es la pulsión que motiva a esa persona, si quiere crear o quiere destruir. No puedo estar involucrándome con cada narciso herido y con cada patán de las artes.


-Entonces no peleas.

No me meto en peleas destructivas. Yo no enveneno el pozo. No puedo estar desgastándome en discusiones absurdas y en foros ilegítimos como Facebook, donde nada de lo que se dice es comprobable. Pero si recorres Facebook vas a encontrar las historias más abominables y nauseabundas sobre mi persona… Pero esto no es una condición especial mía, no es un privilegio, le pasa a muchos.


-¿Hay que volver a hablar del amor aunque te tilden de kitsch y reaccionaria?

No puedo estar más de acuerdo. En algún momento hay que reaccionar. Hay que volver a reivindicar los sentimientos profundos y reponer la idea de un arte que surja de una necesidad interior. Yo lo resumo con un verso de César Vallejo, el poeta. Decía: “Quiero escribir, pero me sale espuma”. ¡Ba! Eso puede interpretarse de 365 maneras. Pero la manera que a mí me interesa es que la generación de un texto cultural o de una obra supera tu voluntad y tu control, es casi una pulsión somática. Es decir, escribo o hago arte porque no puedo dejar de hacerlo.


-“Sin querer queriendo”, como decía el Chavo del 8.

Esa es una de las frases más sabias, profundas y complejas de la filosofía occidental.


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