Barbarie-pensar con otros

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Viejos de mierda


por Catalina MENA



A pesar de que el momento no tiene nada de alegre ni de festivalero, hay quienes manifiestan ciertos arranques de entusiasmo que, según dicen los “expertos” (uno levanta una piedra y le salta un “experto”) ayudan a fortalecer el sistema inmunológico.


Hay personas que quieren más a los animales que a los humanos. Por eso les produce una euforia espiritual ver que el mundo, tal como lo conocíamos, se cae de a pedazos. Pregonan que esta crisis derrotará al capitalismo (¿en serio?) y que por fin el ser humano frenará la destrucción masiva de la naturaleza. La buena nueva va seguida de una ficción estética que, sin lugar a dudas, es de alto voltaje. Cómo no va a ser bonito ver a unos ciervos reposando bajo ciruelos en flor de un parque urbano de Japón; un jabalí, cual Pedro por su casa, paseando en las calles de Barcelona; un zorrito peinando las veredas vacías de San Francisco, y así.


¡Qué mueran los humanos y vivan los animales!. Esto es lo que se llama “salirse de la escena”. Gesto intelectual que solo se puede practicar con jardín, pisco sour, Internet y Netfllix. Ah, y si eres joven. Anda a hablarle tú de zorros y jabalíes a un conductor del Transantiago, que en plena cuarentena se movía por la ciudad con la micro vacía y que me dijo que a sus 70 tenía que seguir trabajando porque la pensión no le alcanza. O al repartidor de delivery (esos también coparon las calles) que vi volar por el aire junto a su bicicleta, al ser atropellado por un automovilista distraído. O a un médico de urgencia que me contó que no sabía si estaba contagiado o no, pero no le quedaba otra que cumplir turnos porque en el Hospital del Carmen, donde trabaja, muchos no tienen contrato y la cuestión es “hora pagada, hora trabajada”. Bueno, es que los humanos, además de ser una raza deplorable y destructiva, necesitamos comer.


Pero vayamos eliminándolos del mapa de a poco, así el mundo será un paraíso natural. ¿A quién eliminamos primero? A los viejos, obvio. No trabajan, son una carga para el sistema, requieren muchos cuidados, y además igual se van a morir luego. Como anillo al dedo nos quedó el virus, porque al parecer –ya no se sabe mucho si es cierto o no—es más mortal en los mayores de 60, 65, 70 (el tope etário va variando). No, mejor que no se mueran, porque nosotros somos gente buena y amamos a los abuelitos. Por eso les pedimos que se guarden, que no salgan, que nadie los vaya a ver. Y que ni se les ocurra aparecerse por las urgencias, ya que serán los últimos candidatos al preciado ventilador.


Ya se sabe que en todo el mundo, a los viejos se les ha pedido confinamiento voluntario cuando el resto de la población no estaba en cuarentena. Y los viejos se han rebelado y han acusado discriminación, reclamando que sus derechos (especialmente el derecho a la salud mental) están siendo despreciados. En Francia el movimiento tiene nombre, se llama “La Revolución de las canas”. (A propósito, muchas mujeres que estamos en vías de ser viejas hemos pensado dejarnos las canas. Otras no: las marcas de tintura para el pelo han aumentado exorbitantemente sus ventas).


Una iniciativa en la plataforma change.org que reclama que no se confine a las personas mayores de 65 años durante más tiempo que al resto de la población, al ser "inconstitucional" y suponer "una discriminación por razón de edad", consiguió reunir en torno a las 50.000 firmas en menos de una semana. Y en Francia Macron tuvo que recular con su medida de prolongar por más tiempo el confinamiento para los mayores de 65.


La recomendación es dejar solos a los ancianos –para cuidarlos, dicen-- Y así cada día aparecen historias de viejos que mueren en hogares de seniors (suena bien, in English) ¿De pena? No, cómo se te ocurre, de Coronavirus.


Declaraciones de políticos y medios de comunicación de diversos países han asegurado que se encuentran ante la dicotomía de elegir entre proteger a sus ancianos o resguardar sus economías. En Chile, donde la experiencia nunca se ha valorado, donde envejecer es lo peor que te puede pasar, donde ya a los 50 años no te contratan en ninguna parte y donde, finalmente, vales lo que vale tu pensión (o sea, 3 pesos) la gerontofobia está prendiendo como pasto seco, disfrazada de protección a los “abuelitos”. Y la gran idea es que las familias se comuniquen con ellos por zoom o por otras plataformas de internet, lo que refuerza la indignación de los viejos, porque muchos son “analfabetos digitales”, como dice mi padre, que va para los 90. Ignoro cuantos viejos –que han quedado completamente solos-- estarán pesando en suicidarse (total, qué tanto) ante la obligación de comunicarse on-line.


“En mis fantasías paranoicas he anhelado un grupo resistente de viejos en un bosque tipo Fahrenheit 451 que construyen una comunidad para preservar el conocimiento que se va perdiendo con la dependencia tecnológica”, me dijo un viejo de 76. (¿Viejo?)


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