Barbarie-pensar con otros

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Apocalipsis 3.0


por Silvia Veloso

Barbarie-pensar con otros

Para muchos popes evangélicos Donald J. Trump es un ungido de Dios llamado a tener un papel protagónico en el Apocalipsis. Es la encarnación del ángel de la última trompeta, la séptima, aquella que a toque de tweet tronará para anunciar el fin de los tiempos y la apertura sumarísima del juicio final.

Con siete mil millones de candidatos para el casting, sería descorazonador pensar que Dios tuviera el mal gusto de escoger a semejante instrumentista para tan magno evento.

No. Dios no se arriesgaría a hacer el ridículo enviando como emisario a un angelote en tan mal estado físico. Además debe pertenecer a ese selecto 7% de americanos (adultos) que, según un estudio reciente realizado por el Centro de Innovación Láctea de Estados Unidos y difundido en The Washington Post, cree que la leche chocolatada se extrae de las vacas de color marrón.

No le demos a Dios tan poco crédito. Es mejor pensar que los popes evangélicos se precipitaron en su entusiasta exégesis profética.

Libro de las señales milagrosas. Habsburgo c. 1550

Es posible que estos obispos consideren también como otra señal inequívoca del final de los tiempos, que uno de los cuatro jinetes apocalípticos ya está en esta tierra y que tal caballero no es otro que el Putin que unos años atrás vimos montando a torso desnudo por las verdes pampas de Siberia. Hay que agradecerle a la actualidad que nos regale de vez en cuando estas magníficas estampas.

No es por meter cizaña y tratar siempre de pueriles a los norteamericanos. Igual de bizarra resulta la costumbre china de colocar en la tumba de seres queridos reproducciones de cartón de bolsos Vuitton o Prada para así pasar más elegante y feliz en el otro mundo.

O ya en terreno más cercano, también es perturbadora la devoción que se manifiesta por ciertas botellas que se dice contienen un estornudo del Espíritu Santo, un suspiro de San José o los rayos de la estrella que guió a los Reyes Magos desde Oriente. Consciente de la insanidad de semejante fetichismo, la propia Iglesia se encargó de retirar discretamente las veneradas reliquias de Padua y de Blois, y de encerrarlas a cal y canto en el Sancta Sanctorum para ver si así nos olvidamos en algún momento de tan extravagantes, aunque poéticas, supercherías y nos concentramos en lo que importa.

Con todo, a pesar del desarraigo de la fe o de las estrambóticas carambolas en las que se enredan las nuevas fes, el tema del Apocalipsis cataclísmico y del exterminio final es una de esas cuestiones que nos fascina y aflige desde siempre. Ciencia y religión, como buenos enemigos, cada cual por su lado, propone sus conjeturas y aventura sus pronósticos.

En principio sus postulados parecen muy distantes entre sí pero, prescindiendo de ángeles y demonios y en una suerte de tránsito que va del relato simbólico al pragmatismo científico, los acontecimientos devastadores que vislumbran los académicos y pensadores del siglo XXI mantienen una curiosa semejanza con los desastres y calamidades revelados al Evangelista en su trance místico dos mil años atrás.

Instituciones libres de toda sospecha de esoterismo como el Future of Humanity Institute de la Universidad de Oxford o elCentre for the Study of Existential Risk de la Universidad de Cambridge, están concentrados en identificar los potenciales escenarios de riesgo que podrían provocar la extinción de la especie humana. Estos escenarios incluyen casi siempre en primer lugar, la crisis ambiental y el cambio climático, seguido de la amenaza nuclear y bacteriológica, la posibilidad de un colapso sistémico de estilo malthusiano asociado a la superpoblación y, de un tiempo a esta parte, incorporan también como factor de riesgo la AI (inteligencia artificial), sobre la que ya se leen conjeturas fascinantes.

Según la futurología científica, escenarios inestables o fuera de control pueden provocar fenómenos y catástrofes naturales devastadoras, hambre, guerra, invierno nuclear que haga inviable la vida, migraciones masivas, colapso social, supremacía de las máquinas o pandemias a escala planetaria entre otros. Se barajan hipótesis de extinción fulminante, en casos de destrucción cataclísmica, o progresiva, en forma de lenta agonía de los seres humanos a consecuencia de condiciones ambientales excepcionalmente adversas que impidan la supervivencia o provoquen la infertilidad de la especie, panorama desolador que excita la imaginación y que en la ficción ya se ha tratado en varias películas y en la reciente y exitosa serie The Handmaid´sTale.

Como comentaba antes, aunque utilicen otro lenguaje y estén fundamentados en estudios metodológicos y empíricos, muchos de los desastres anunciados por los investigadores tienen un asombroso parecido con las plagas, la muerte de todos los seres del mar, el calor sofocante, la oscuridad de los cielos, la sequía del río Eúfrates (bonita metáfora) o los terremotos que describen las revelaciones proféticas a toque de trompeta y apertura de sellos. De algún modo, el relato que con alarma manifiesta la comunidad científica parece una versión 3.0 del Apocalipsis bíblico.

Aun así, muchos fieles creyentes en las visiones juanistas se niegan a aceptar la existencia y los riesgos que entraña la crisis ambiental y el cambio climático. Convencidos de que el problema no existe, se despachan airosamente tratando el asunto de argucia alevosa Made in China, idea que sus muy esclarecidos líderes han sabido venderles muy bien, disfrazando de amenaza amarilla su afán por mantener el statu quo de sus privilegios e intereses económicos.

Cada época y cultura tiene sus visiones y su marketing del fin último de los tiempos y de la extinción, y cada cual interpreta o adhiere a lo que más le acomoda. Fines del mundo, mitológicos o matemáticos, se han pronosticado muchos. Malthus preveía una catástrofe socio-demográfica para 1880 y aunque no dio exactamente en el clavo, sus teorías no han perdido vigencia.

Judíos, cristianos y musulmanes esperan un juicio final para el que aparentemente no se arriesga fecha, aunque la cristiandad parece ser especialmente sensible a los saltos de milenio. Hindúes y antiguos griegos tienen en común imaginar un devenir cíclico de creaciones, destrucciones y eras, en el que no queda muy claro si alguna vez la rueda del tiempo se detiene.

El Doomsday Argument (argumento del juicio final) del que tanto se habla, especula con probabilidades estadísticas y conjetura como posible extinción de la especie el año 4580.

Para conspiranoicos, simpatizantes tardíos del movimiento new age y otros mistéricos, el mundo tal cual lo conocemos no pasaba del 21 de diciembre de 2012, última fecha contenida en el calendario maya. Sobre este tema escuché comentar con mordaz ironía que por más maestría que se tenga con el cincel, no es posible grabar en un círculo de piedra un calendario eterno y que si la civilización maya no hubiera colapsado en el siglo X, una vez terminado el ciclo de la estela que concluía en 2012, los mayas modernos hubieran hecho un nuevo calendario para los próximos veinticinco mil años.

Tanta obsesión por el apocalipsis debe ser un síntoma de la ansiedad compulsiva que domina a nuestra especie, lo cual no sirve de excusa para pasarse a las filas de los negadores de riesgos y desoír la alarma que hacen sonar los científicos. Menos aún cuando en estos días leemos que se cancelan vuelos en Estados Unidos porque en algunos lugares las temperaturas alcanzaron 50 grados.

Parecen malos tiempos. Quizá podría consolarnos ese divertido comentario del cáustico Lichtenberg que dice que no debemos preocuparnos porque “el famoso visionario Swedenborg escribe en su obra Doctrina Novae Hyerosolymae que el juicio final ya pasó y que tuvo lugar el 9 de enero de 1757”. Tal vez tenga razón y el Apocalipsis ya fue y no nos dimos cuenta, o será que estamos hechos para vivir sintiéndonos siempre al borde de la catástrofe y del abismo.


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