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Ignacio Gumucio, pintor - Una obra de arte es buena cuando sabe que puede fracasar


por Catalina MENA

para diario LA SEGUNDA


Su obra siempre se ha caracterizó por mostrar, con sensibilidad fina, atmósferas inciertas y banales. Esta especie de silencio, admite ahora, fue su salvaguarda frente a los excesos discursivos de la cultura de izquierda en que creció. Pero a sus 45 años, el pintor Ignacio Gumucio quiere correr el riesgo de hablar y equivocarse. "Hay que probar la fuerza de la propia voz", dice.

Lugares de la imaginación, suspendidos, en un colorido anacrónico, colores pasteles como de baños o piscinas o de polaorid deslavadas, o de los años 70. Son salas de espera... Prácticamente hace una muestra al año. La última fue el año pasado en el Mavi y se llenó. Tiene mucho reconocimiento.

Yo pinto para mostrar, es lo que más me gusta. En el taller no lo paso tan bien como montando la exhibición. Uno hace las cosas para que lo reconozcan, pide la atención de otros. Me cuesta mucho estar en la situación oscura, íntima, asilada. Es un poco patético.


Pero es amoroso hacer algo para otro...

Sicológicamente esa necesidad de aprobación y de atención es una enfermedad.


Es buscar el vínculo.

Bueno, creo que el arte tiene que ver con crear una especie de reconciliación con la gente. Podríamos llamarlo simpatía. Es como adecuar el tono de uno a lo que está ocurriendo. No sé, estoy diciendo puras wevadas, no me hagas caso.


Después de la película que hizo para el MAVI, donde mostraba los vicios en la educación del arte. "Me costó muchísimo volver al taller a pintar". Ahora está haciendo una serie para Instagram, que es en capítulos, videos de un minuto, que habla del mismo problema. De la crisis de autoridad y cómo eso arrastra la figura misma del profesor, que queda deslegitimado y al servicio de los alumnos como clientes. "La educación pública tiene que ver con el poder del profesor, es esa monstruosidad. Entonces estos jóvenes que están luchando por la educación pública no saben lo que es. El profesor clásico siempre ejerció una especie de abuso del poder, tenía que rasgarles los dibujos a los alumnos, decirles que eran malos, exigirlos. Es raro. Y es un problema para mí, porque finalmente me convertí en un profesor. Y uno está lidiando con una generación que se siente merecedora de todo, que no tiene ningún sentido de la autoridad, que reclama derechos que uno nunca tuvo.


Hay una caída del orden pero no hay otro orden...

La serie que hago se trata de eso. Lo que hago es la historia de un profesor que cae en desgracia por su ejercicio. Y es un tipo que solo puede funcionar con la idea de que es discípulo o es maestro y esa mentalidad le destruye la vida.

Estamos en un momento muy crítico, porque es un movimiento contra el poder en general, que no reconoce ninguna autoridad.

Y esto afecta a los artistas que dicen yo solo voy a digerir lo que quiero, que tiene que ver con la tecnología, con elegir en un menú de opciones lo que quieren. No es como nosotros que vimos televisión, que nos mamamos lo que daban en la tele. La Universidad sigue funcionando con la idea de mamarse muchos contenidos y los alumnos no quieren. Es muy complicado.

Ser profesor es la derrota más fructífera que he tenido...Cuando era joven encontraba que ser profesor era patético, que era como los artistas que les había ido mal y tenían que enseñar. Pero después me tocó a mí, yo vivo mucho de ser profesor mucho más que de la venta de obras. Y me he dado cuenta de que ya soy eso. Cuando hay paros uno dice "qué bueno, ahora voy a pintar". Pero no lo hace, uno quiere volver a la Universidad, allí pasan cosas, ahí uno piensa y se le ocurren muchas cosas. Me pasa algo raro: que el lado más puntudo sobre el arte lo tengo en las clases y el lado más momio y aburrido lo tengo en el taller.

Pasa que el arte puede ser algo muy inútil, la gente se pregunta ¿para qué sirve? Ha caído en desgracia esa especie de búsqueda de la verdad que tiene el arte, lo mismo que la religión. Se convierte en algo ridículo, caprichoso. Entonces cuando hago clases pienso que, en medio de todo este absurdo, tal vez haya algo. Cuando hago clases, cada cierto tiempo, aparece la idea de que tal vez esto sea muy importante.


A lo mejor eso es como lo sagrado, la posibilidad de que aparezca de repente un destello de sentido...

Claro. La educación está toda planteada como un fraude, una estafa, pero tal vez no. Es ese tal vez como posibilidad. Esa posibilidad cambia todo. Ponte tú que en medio de este absurdo aparezca un pedazo de verdad. Eso con las clases lo veo más claro que cuando estoy encerrado pintando, que es una situación mucho más egótica.



Lo anodino y el silencio vs decir algo


Llegaste a los 13 años de París y decías que Santiago era como la nada misma. Y que para ti fue interesante porque después pudiste pintar esa nada...

Bueno, llegando a Santiago había dos alternativas. O encontrabas que esto era horrible o te obligabas a que te gustara. Cuando digo que no pasaba nada me refiero a una banalidad estética. El centro de la ciudad no tenía nada de lo que a uno le habían inculcado como la belleza y tampoco tenía una intención de mal gusto. Era una sala de espera con un gomero o una arquitectura extraña, un poco modernista, pero que tiene un macetero de Pomaire entre medio. En este mundo desinteresado por la belleza yo encontraba que había algo la raja, porque me permitía mostrar algo que mucha gente no veía.


Una especie de lugar suspendido, sin novedad, anodino.

Yo creo que fue algo que le pasó a toda mi generación. La prédica de nosotros con respecto a la generación artística anterior era: "Paren los discursos pre hechos y miren este mundo que no alcanza a decir nada". Rechazábamos los discursos que hablaban de cosas nobles e importantes, la retórica de la UP, la oda a Valparaíso. Preferíamos la nada de Santiago, la ausencia de solemnidad. Para mí se expresó en este asunto de la relación con Santiago, con esa idea de lo feo y lo anodino. Y eso iba acompañado de un rechazo a los discursos, de la idea de que había que hacer puras preguntas y no tener respuestas.


Pero ahora dices que te cansó el exceso de esto, de preguntas.

Lo que pasa es que, desgraciadamente, nuestra generación ganó. Se instaló esta ambigüedad de la pregunta, como qué choro el gomero loco en la sala de espera. Entonces para mí ya no resulta nada productivo pensar desde ahí. La verdad es que últimamente se me dio vuelta la tortilla, tal vez porque estoy más viejo. Me cansó esta ambigüedad que tienen los artistas jóvenes, donde todas son preguntas, y no hay afirmaciones. Dicen "me interesa el arte político" pero no se refieren a nada específico, es un coqueteo con la nada que se convirtió en fetiche y ahora es de buen gusto.


¿Entonces ahora habría que decir algo, emitir algún contenido más claro?

Ahora en pintura estoy dedicado a hacer paisajes huevones, me estoy saliendo del tema de la ciudad, porque he visto muchos artistas que están haciendo lo mismo, se transformó en una estética hipster.

Eso mismo te iba a decir, que encuentro que hay hartos gumucitos pintores, que trabajan una atmósfera parecida.

Bueno, esa atmósfera ahora me cae mal. La razón por la que me empecé a hacer estas películas es porque comenzaron a caerme mal mis pinturas. Me aburrió ese silencio, perdió potencia. Y cuando empecé a hacer las películas dejé totalmente de lado la imagen, lo único que me interesó fueron los textos. Las imágenes las hace el camarógrafo. En estos momentos estoy más interesado en qué decir que en la visualidad. O sea, es lo contrario de lo que he predicado durante 20 años.

Fíjate que a mí me pasa lo contrario. Encuentro que hay un exceso abrumador de opiniones, de ideas, que todos quieren decir algo.

Claro, pero el silencio en la pintura de los jóvenes se ha vuelto tramposo, es la pose del que no tiene nada que decir. Pongamos un ejemplo típico. En una mesa donde todos voficeran hay un tipo callado. Entonces las mujeres piensan: "Este tipo es interesante, es como una isla de virilidad silenciosa". Pero después cuando habla resulta que era un imbécil. Es el falso misterioso, que también solo hace preguntas. Alguien le pregunta: "¿cómo estái?" Y él responde: "¿Cómo estai tú?". Y se jacta de su capacidad para escuchar. "Yo hablo con hechos, no con palabras", afirma. Entonces no dice nada pero te pasa el salero. Hay mucha pintura actual que usa esa seducción pueril.

Es complejo, porque no se trata de repetir discursos grandilocuentes pero tampoco de refugiarse en un silencio que no corre ningún riesgo o que se queda solo en algo visual.

Yo he estado pensando esta cuestión y creo que una obra de arte que vale la pena tiene que tener la posibilidad de fracasar, de autodestruirse, de ser incomprendida. Hay una enorme cantidad de obras de artistas jóvenes que no tienen esa posibilidad, es decir, cualquier cosa que suceda está bien.


¿Porque no corren riesgo?

Porque no vislumbran el punto en donde pueden fallar, entonces no tienen miedo al fracaso. Finalmente no hay ninguna posibilidad de que la obra fracase, porque no arriesga nada. Yo ahora creo que hay que decir algo, pero que tenga la fuerza de tu fuerza, que siempre es limitada. O sea, lo que no resulta es agarrarse de grandes estructuras ideológicas, citar a Marx, no sé. Pero creo que es válido emitir algo con la fuerza de lo que uno piensa. En este momento lo que me tiene enfermo del arte contemporáneo y de los artistas jóvenes es que todos hacen preguntas y nadie dice nada.


Aunque uno diga algo y se equivoque. Pero jugársela por alguna afirmación.

Sí. El problema del arte discursivo es jugar con fuerzas que no eran propias, eran imposturas. Creo que hay que poner a prueba la fuerza de la propia voz. No digo que uno tenga que ser coherente, uno puede decir cosas contradictorias, también uno puede oscilar entre posturas y cambiar de opinión, pero ahora siento más necesidad de tomar partido en cada momento. Eso se ve también en mis últimas pinturas. Algunas afirman que la pintura es representación, es historia, y otras afirman que es pura materialidad. Pero toman partido. En el fondo, cuando uno afirma algo, siempre corre el riesgo de contradecirse. Por eso pienso que ahora, seguir haciéndose el callado, no es más que una forma de asegurarse.

Esa belleza del fracaso es medio católica. Es como Jesús, el héroe crucificado. Hoy sería algo muy poco exitoso.

Claro, hay que pagar.


¿Encuentras patudos a los artistas?

Algo así. Porque nosotros llamamos trabajo a algo que no es trabajo. Es indecente disfrazar esto de trabajo, porque no es lo mismo que trabajar en una fábrica. Hay un precio que pagar por ser artista y ese precio es hacer el ridículo. Que uno cuando dice algo corra el riesgo de que se burlen de las estupideces que dice. Creo que he aprendido más de la situación salvaje y mala onda chilena que lo que podría haber aprendido en un sistema profesional.


¿Hay belleza en el fracaso?

Una de las quejas típicas de los artistas de mi edad es que Chile es como las pelotas, que en Finlandia las cosas funcionan de verdad, que hay galeristas de verdad y coleccionistas de verdad. Pero a mí no me gusta ese sistema del arte, lo encuentro indecente. No encuentro bueno que haya gente que gaste millones en tener una colección de arte. Entonces cada vez que fracaso estoy pagando y encuentro que está bien. Porque ser artista no es nada puro ni limpio.

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