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La guardiana del semillero del desierto

por Catalina MENA

revista Sábado


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En las áridas tierras de Tatara, sector rural del Valle de Huasco, Hortensia Lemus se dedica a recolectar, guardar, multiplicar y regalar semillas tradicionales que se estaban perdiendo. Hoy, apoyada por agrónomos e investigadores de la Fundación Biodiversidad Alimentaria, cuida un semillero con más de 1.000 especies diferentes, algunas en peligro de extinción y otras tan antiguas que llegaron en la época de la Conquista y que las familias campesinas han heredado de sus ancestros.


En Tatara el viento sopla fuerte y el paisaje es seco y pedregoso. El agua, que nunca abundó en esas tierras de Atacama, es cada vez más escasa. Antes había canales comunitarios que todos podían usar para regar sus cultivos domésticos; hoy los canales son propiedad de privados y hay que pagar para tener acceso a la poca agua disponible. Pero los campesinos de la zona están acostumbrados a lidiar con la adversidad. La mayoría pertenece a la etnia diaguita y ha vivido por varias generaciones en esa zona.

Son gente de esfuerzo, pequeños hortaliceros y crianceros de cabras que hacen milagros con lo poco que tienen. Hortensia Lemus, de 56 años, es diaguita, el tercer pueblo originario más masivo de Chile, con casi 100 mil personas que así se declaran. Y en estas tierras habitaron sus ancestros agricultores. “Mis abuelos sembraban porotos burros, hallados, gansos y varias otras variedades que habían desaparecido y que ahora hemos recuperado. También hacían huesillos de los almendrucos (duraznos de segunda floración que crecen al interior del Valle del Huasco). Mi abuela era hiladora y tejedora, teñía la lana usando hierbas y arbustos”, cuenta Hortensia por teléfono. De joven, Hortensia vivió en Vallenar y en Copiapó, donde se dedicó a la peluquería y a la producción de tomates. Pero hace 20 años decidió regresar a sus orígenes y rescatar tradiciones y cultivos que se estaban perdiendo: “Y aquí estoy en mi cerro. Partí otra vez de cero”, dice.

Comenzó con cultivos de lechugas y de habas que no prosperaron. “Costó tanto que se dieran. Tiré 200 sacos de guano, buscando formar suelo”. Pero no se desanimó y siguió insistiendo. Con la ayuda de Esteban Órdenes, un joven agrónomo interesado en la agricultura sustentable, fueron mejorando el suelo en pequeñas superficies y comenzaron a usar semillas tradicionales que consiguieron de los campesinos más viejos y que en ese momento estaban casi olvidadas. Yes que muchos pequeños agricultores han reemplazado las semillas antiguas por las que ahora se venden junto a paquetes tecnológicos que prometen una mayor productividad, pero que están genéticamente modificadas y han sido tratadas con productos químicos.

Además —explica Hortensia—, estas semillas nuevas producen especies homogéneas, limitando la diversidad. A diferencia de ellas, las semillas tradicionales son todas distintas y se adaptan naturalmente a los territorios donde han sido cultivadas por generaciones. “Es una semilla que tiene vida, es única: muta, cambia. La semilla se alegra y me alegra a mí”, dice Hortensia. “Tú puedes comer algo de distintos colores, incluso cada color significa que hay distintos nutrientes. La gente está acostumbrada a comer solo un tipo de porotos. Pero hay morados, azules, amarillos, lilas, rosados. Y los colores tienen un significado, por algo la naturaleza los creó así. Eso es lo mágico de la biodiversidad que tiene la semilla tradicional, porque las otras son todas iguales”. Utilizando estas semillas tradicionales, Hortensia ha logrado que en su tierra prosperen muchas especies. “La tierra no es mala, hay que darle su cariño”, dice.

Además de distintas clases de tomates y porotos, se le han dado muy bien las habas y las arvejas. También cultiva camotes, pepinos, higos, duraznos, guayabos, naranjas y limones. Hoy, junto con ser agricultora, trabajar en tejido y cerámica, fabricar queso, criar cabras y gallinas —entre otras actividades que realiza para sobrevivir—, es la guardiana de un semillero comunitario de Huasco que tiene más de mil variedades de semillas antiguas y que es administrado por la fundación Biodiversidad Alimentaria, a la que pertenece Esteban Órdenes, junto a otros investigadores y agricultores que están trabajando en recuperar y conservar semillas junto a pueblos originarios y comunidades campesinas. Esta experiencia ha sido tan exitosa que la fundación ha sido invitada a exponerla en diversos encuentros internacionales. De hecho, Hortensia viene llegando de un encuentro sobre agricultura sustentable y biodiversidad alimentaria en España. “La biodiversidad alimentaria es una de las cosas más importantes que estamos perdiendo y la gente no se da cuenta, nuestros gobiernos ni nadie se da cuenta. No toman conciencia del riesgo que estamos corriendo. Todo lo que comemos tiene químicos y eso enferma a nuestros niños”.


Taitas y maimas. Para recuperar las semillas antiguas, Hortensia y sus colaboradores recorrieron el Valle de Huasco visitando a los antiguos campesinos que tenían guardados ejemplares en peligro de extinción. “En ese trabajo conocimos agricultores de desierto, casi sin agua, familias muy sufridas, con pocos recursos, que hacían maravillas con sus semillas, con muy poca tierra. Eso me convenció del valor de lo que estábamos haciendo. Cuando hay esfuerzo y sacrificio, las cosas valen más”. La semilla tradicional no es cualquiera, dice Hortensia. Es una que tiene historia. Hay semillas que llegaron del extranjero en la época de la Conquista, pero se adaptaron al territorio y han pasado generaciones y siguen estando ahí. “Antiguamente trabajaba toda la familia en torno a una semilla, había más comunicación. Hemos ido y conversado con los taitas y maimas antiguos; ellos contaban cómo era el proceso de las semillas. Recolectar y cosechar se hacía comunicándose. Así era la forma de trabajar. Ahora la gente hace todo sola. Hay un conocimiento encerrado en la semilla. Lo que está ahí tiene información de nuestros antepasados”.

Ser guardadora de semillas no es ser coleccionista, aclara Hortensia. No se trata de conservarlas como en un museo, sino de reproducirlas y hacerlas circular. Y eso es lo que ella y sus colaboradores hacen. Las semillas se plantan, se multiplican y se regalan. Los campesinos que las reciben a su vez las siembran y reproducen; luego deben devolver una parte al semillero para que sean redistribuidas.

En este proceso no hay dinero de por medio y todo es autogestionado. Ni Hortensia ni sus colaboradores ganan un peso por este trabajo. “La semilla no es de nadie y es de todos”, afirma ella. “Eso es lo que ahora a la gente le cuesta comprender. Antiguamente los campesinos del interior del valle se las regalaban. Uno pasaba la semilla y el otro sembraba y compartía su cosecha. Ese es nuestro principio de trabajo. Pero en la cultura capitalista en que vivimos la gente piensa que todo se compra y se vende y quiere apropiarse de las cosas. Eso no va con la semilla, porque ella no tiene precio. Tiene que circular, tiene que estar en movimiento, como la vida misma. Esa es la clave para que pueda seguir con vida. Una verdadera cuidadora de semillas no es egoísta, sabe que compartir es fundamental”.


“Se está perdiendo la vida”. Hortensia es una autoridad de la comunidad diaguita Chipasse Ta-Tatara. Incluso llegó a ser su cacica, la encargada del “buen vivir” de la gente, de representar a la comunidad en ceremonias y trámites, de mantener vivas las tradiciones, los valores y las creencias.

“Nosotros los diaguitas creemos que existe un Creador de todo, el arquitecto del mundo. Da igual cómo le llames, si quieres lo llamas Dios. No somos católicos, no tenemos santos ni intermediarios, tratamos directo con el Creador. Nuestros valores son muy simples: respetar a la naturaleza y respetar a las demás personas. También ser agradecidos y conscientes de lo que nos rodea: de la tierra, del agua y del aire que respiramos”, dice.


—¿Es usual en la cultura diaguita que las líderes sociales sean mujeres?

—Nuestra cultura es igualitaria, se respeta por igual a hombres y a mujeres. Pero yo creo que a nivel de autoridad es más matriarcal. Somos las mujeres las encargadas de transmitir las tradiciones y los conocimientos. Hay más cacicas que caciques.

—¿Usted terminó el colegio?

—No terminé cuarto medio, pero aprendí lo necesario. El resto lo he aprendido sola. Soy inquieta y trabajo mucho. También pregunto y hablo con los más ancianos. Siempre ando con un cuaderno y un lápiz y cuando alguien dice algo que me parece interesante, lo anoto. Las palabras sabias vienen del alma y por eso hay que valorarlas y guardarlas”.

—Las semillas hablan del tiempo, de los ciclos naturales.

—Claro. En la agricultura hay temporadas. La tierra tiene que descansar y luego se vuelve a plantar, no se puede explotar todo el rato. Es cíclico, como la vida misma. Uno no puede pedirle al invierno que sea verano; aunque exista el cambio climático, siguen existiendo las estaciones. Pero además con esta aceleración se está perdiendo la vida. No hay tiempo para descansar, para observar, para conversar, para jugar y aprender, que es lo importante. Hay que educar a los niños en valorar las cosas importantes, en volver a la tierra, al agua. Acá cuando vienen niños a mi casa los llevo a sacar huevos de las gallinas, a ver las plantas. Es importante que los niños tengan experiencias reales.

—¿Qué le parece la propuesta constitucional de que Chile se convierta en un Estado plurinacional?

—Es que siempre ha sido así. En Chile conviven diferentes pueblos originarios, distintas culturas. Eso hay que reconocerlo y darle el valor que tiene.

—¿Alguna vez se sintió discriminada por ser indígena?

—Nunca. Ni se me ocurrió pensarlo, porque yo sé quién soy, sé de dónde vengo y sé la incalculable importancia que tiene lo que estoy haciendo. Pero no soy ni mejor ni peor que nadie.

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