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Presentación del libro 'Hacer la noche. Dormir y despertar en un mundo que se pierde"

Textos de Catalina Mena, Sergio Rojas y Cecilia Sánchez sobre el libro "Hacer la noche" de Constanza Michelson (Ediciones PAIDÓS).


Presentación del libro "Hacer la noche. Dormir y despertar en un mundo que se pierde" de Constanza Michelson



Hacer la noche

por Catalina MENA


¿Se hace la noche? Eso dice Constanza Michelson, que la noche no está dada, así como tampoco está dado el mundo. Que ambos, la noche y el mundo, son lugares que debemos elaborar, pues sólo se vuelven habitables cuando encontramos un lenguaje capaz de iluminarlos y otorgarles cierto orden en la experiencia interior.


Para poder transitar la noche sosteniendo un sentido, no sirven las luces encandilantes que aplanan las formas y eliminan los contornos. Se precisan palabras que alumbren con una luz tenue, como la de una vela, que insinúen los bordes de las cosas, que dibujen las sombras, que nos permitan atravesar los claroscuros sin precipitarnos en el terror de la negrura.

No se trata de acabar con la noche, sino de hacerla habitable. Y es que el miedo a la oscuridad no se quita iluminándolo todo: ese es otro infierno, el de la transparencia. El gesto de hacer la noche es más humano pero no menos trabajoso. Es lograr dormir confiando en que después vendrá el día; es entregarse al ciclo de la alteridad, aceptar la distancia entre lo que no está y lo que está, entre lo ausente y lo presente, entre la necesidad y su satisfacción, entre la noche y el día. Estar en el mundo, entonces, pide inhalar, sostener y exhalar; resistir los intervalos, aguantar la incertidumbre, tener paciencia.


Esa espera es lo que las nuevas tecnologías sociales han eliminado con un click. La paciencia ha perdido todo su prestigio: estamos cogidos por la ansiedad. Y cuando la ansiedad se apodera del cuerpo podemos irnos a negro (desarmarnos psíquicamente) o atrincherarnos en un recinto bajo luces vigilantes (volvernos dogmáticos).

Constanza explora la posibilidad de un lenguaje a media luz, que valore el misterio, resista la ansiedad, preste consuelo y abra paso a la esperanza. Palabras que tienen más que ver con la poesía que con los saberes asentados. En varias de sus modulaciones, Constanza intenta salidas hacia otras dimensiones simbólicas, incluyendo la pregunta por lo sagrado. Una y otra vez, y como ha sido en todo su trabajo intelectual, nos recuerda las trampas de la razón y sus certezas autoritarias, revelando la violencia de los discursos que sobreiluminan, clasifican, miden y aplanan todo. La suya es una defensa del pensamiento creativo, un gesto que se arroja al género del ensayo (y del error).


Desde su práctica como psicoanalista, Constanza examina con especial atención los discursos de la “salud mental”, concepto que pone entre comillas, pues implica despreciar los diversos y particulares fenómenos, para homogenizarlos y hacerlos calzar en una grilla de ideas y diagnósticos pre-establecidos. Se refiere, por ejemplo, a la melancolía como un estado que escapa a las definiciones de la depresión. Constanza restituye el valor estético de las emociones, para entenderlas como material de un proceso abierto. Propone transitarlas sin fórmulas que nos encierren ni medicamentos que nos narcoticen. En vez de tomarse una pastilla, habría que tomarse las posibilidades creativas del lenguaje.


Este libro se escribió en un tiempo suspendido, en un clima de temor, confinamiento y perplejidad. Constanza escribe, precisamente, para poder hacerse su propia noche. Sus letras intervienen un fondo subjetivo de insomnio y arritmia. Sus palabras, acaso, son intentos de recuperar un ritmo cardíaco que sostenga el titubeo. Quizás sea esa la función primera del arte: imaginar un lenguaje para seguir respirando.




Un tiempo enfermo de tanto “darse cuenta”

por Sergio ROJAS


Cuando ingresamos en un libro movidos no solo por el interés en lo que allí se aborda, sino también correspondiendo al encargo de elaborar una presentación del mismo, una pregunta acompaña la lectura de los primeros párrafos: ¿para quién es este libro? Leyendo Hacer la noche, de Constanza Michelson, otra cuestión se suma a la anterior: ¿a qué tiempo corresponde esta escritura? ¿Cuál es el clima subjetivo que comparten la autora y sus lectores?


El libro está animado por una especie de voluntad de autoconciencia. No digo que su propósito sea “despertar conciencias”, porque, en cierto sentido, se asume que estas ya están “despiertas”; de hecho, ya desde el título, la figura del insomnio recorre intermitentemente el libro. Vivimos en el tiempo de la lucidez, ¿de la crítica? ¿De la desnaturalización de las autoridades y saberes heredados? En cierto modo sí, pero se trata de la crítica como des-ilusión. Nos encontramos en el tiempo del “darse cuenta”, y la escritura de Constanza en este libro no quiere solo contribuir a ese “darse cuenta”, sino más bien reflexionar qué hacemos con eso o cómo dar un paso después de estar despertando y no poder ahora, como se dice, “conciliar el sueño”. Porque el tiempo del “darse cuenta” es también el tiempo del individualismo, el clima de lo snob.


“No la pasé mal durante la cuarentena -dice el snob-, volví al yoga, leí el Ulises de Joyce, me tomé vacaciones de la condición humana”. ¿Qué es esto? ¿Qué clase de darse cuenta es el que se expresa -o se encubre- de esa manera? Escribe Constanza: “La pandemia hizo evidente la imprudencia con que se vive sin resistir —aunque a veces la señal es la angustia— a la vida invasiva, la vida sin soledad de la buena” (231). ¿Acaso durante el encierro aprendimos algo acerca de nosotros mismos y de nuestras relaciones con los demás? Cuando todo esto recién comenzaba nos decíamos que era “inimaginable” que permanecer enclaustrados durante meses. ¿Acaso después ello fue imaginable? Pienso que no. Sorprendentemente, lo que desafiaba a la imaginación era lo cotidiano transformado en escenario de lo excepcional; la pandemia significó un forzado domicilio en lo cotidiano, una completa subsunción de nuestra existencia en el concreto espacio de residencia, en el orden doméstico de los objetos y sus usos. La pandemia transformó una parte de nuestra existencia en un cuidadoso trato con las cosas. Las subjetividades se volvieron “hacia dentro”, pero el interior estaba lleno de pantallas, y una gran cantidad de palabras que antes nos eran del todo desconocidas se hicieron extrañamente familiares: “zoom”, “enlace”, “teletrabajo”, “plataforma”, “silenciar”, “desmutarse”, “compartir pantalla”, “nombrar anfitrión”, “enviar a sala de espera”, etc. Una extraña noción se fue instalando a la base de todas estas relaciones y operaciones: lo “no presencial”. Casi desde un comienzo vino la pregunta: ¿cuándo volveremos a la normalidad? Por favor, defina “normalidad”. “La pandemia, y especialmente las medidas de altura cinematográfica tomadas para contenerla, generaron una especie de ruina subjetiva” (56), señala Constanza, aunque, claro está, no fue la misma para todas las personas. En abril de 2021 las autoridades municipales informaban que en el sector de Estación Central existían espacios laberínticos en los que 30 o 40 familias compartían tres baños. También se conoció el fenómeno de los denominados “guetos verticales”: torres de más de 30 pisos que contienen hasta mil departamentos. Allí la interioridad del espacio no acoge a sus “habitantes”, más bien los expulsa. El hacinamiento y la soledad asfixian a la subjetividad en su propio “domicilio”. En ambas situaciones, el individuo hace consciente a tiempo completo el abandono en el que existe, es decir, que no tiene lugar en el mundo. Pero, en el otro extremo de la realidad, había quienes se encontraron acogidos en ese cómodo retiro hogareño que lo digital hace posible es también una forma de percibir las cosas. Se hablaba del “síndrome de la cabaña”. Como observa Zizek: “Hay muchas cosas que tienen lugar en el inseguro exterior para que otros puedan sobrevivir en su cuarentena privada…”. Tener que mantenerse durante meses encerrado ha sido ocasión para saber si uno pertenece a “los establecidos” o a aquellos que nunca logran salir de la intemperie. ¿Retorno a la normalidad?


El nuestro es también el tiempo del cinismo, sí, sobre todo del cinismo, que nos protege precariamente de la intemperie. El cínico transforma en su victoria personal la derrota de una época. Al parecer ahora se nos sugiere que, si queremos entender la lógica de la realidad, tenemos que volver a ver “El Padrino”, de Coppola, en versión remasterizada, claro está. Ingenioso, irónico, verosímil, pero… no puedes creer en eso. ¿O sí?


Hacer la noche es una escritura que se confronta con el escepticismo, su propósito es poner en cuestión esa peculiar soberanía individualista que consiste en solazarse en la propia desazón. Aunque por momentos el libro asume el riego de contribuir a esta. Es inevitable, me sucede ahora mismo a mí, escribiendo el texto de esta presentación.


¿Qué hacer cuando estamos despiertos y… aún no, aún no es la hora de iniciar el día, o cuando simplemente ya no, ya no es de día? Escribe Constanza: “morder un lápiz, prender un cigarro, la urgencia incontrolable por mover repetitivamente una pierna, masturbarse para poder dormir o para ir a un encuentro social o sexual, mirar el teléfono una y otra vez. Todas formas de hacer algo para soportar el tiempo, todas formas de estar ininterrumpidamente presentes, aunque no sepamos qué hacemos” (16). No saber qué hacer o, más precisamente, tener que soportar con el cuerpo el paso del tiempo que me arrebata mi condición de sujeto. Entonces se me impone darle lugar a esa inquietud que quiere salir sin tener a dónde, es decir, aún no o ya no.


Encontramos en las primeras páginas la referencia a la paciencia, algo que viene a ser esencial cuando el asunto que se reflexiona es justamente esa inquietud que parece por momentos no caber en el cuerpo. “La vida humana se abre con la paciencia. Y la paciencia es una distancia entre una necesidad y su satisfacción” (17). Acaso sea la paciencia una forma de habitar un mundo que nos resulta extraño; asumir que no es posible apurar el momento en que han de ocurrir las cosas. No se trata de un llamado a la “inacción” en favor de una existencia meramente contemplativa, sino de reflexionar el hecho de que de pronto parece que la medida del mundo ya no son simplemente nuestras necesidades. No es una cuestión fácil de asumir. Hoy las personas están descubriendo que, más allá de particulares necesidades insatisfechas, no son felices, y con esto no sólo viene la conciencia de que tienen derecho a ser felices, sino que tienen también derecho a exigirlo, o a ser al menos “curadas” de su infelicidad. Podemos, lo que se dice, “tener paciencia” cuando se trata de hacer esperar una necesidad, pero la demanda de felicidad es otra cosa.


“La experiencia de una noche verdadera -escribe Constanza- es siempre, de algún modo, la de la solidaridad de los conmovidos” (29). Es cierto, pero ello no significa que estás menos solo en la noche, aunque puedas o quieras creer que hay una épica en ello. Esa sombría “solidaridad” me recuerda aquella pintura de Edward Hopper titulada “Aves nocturnas”, en la que un grupo de individuos se acompañan, en silencio, ensimismados, como en un lugar donde llegan los que han perdido su lugar en el mundo. Ese no-lugar es la experiencia del insomnio.


Insisto. El libro no pretende ser una “vuelta de tuerca” sobre la lucidez de la conciencia desdichada, sino que se trata de pensar la intemperie, más allá de la “psicología del individuo”, como un hecho epocal. ¿Qué es aquí la intemperie? “El exceso de realidad es insoportable para cualquiera” (46), escribe Constanza, y más adelante señala: “el exceso de realidad deja a la vida en la intemperie, en un presente infinito sin sombras ni profundidad” (59). ¿Cómo entender este “exceso de realidad”? Por cierto, tiene que ver con una inédita disponibilidad de información, también con plataformas digitales de consumo y entretención cuyo funcionamiento 24/7 sugiere que dormir ya no hace diferencia en el mundo; incide también un cúmulo de terapias de todo tipo cuya presentación comienza por hacerme saber que la vida que llevo no es buena, que somos esas “maquinas deseantes” de las que habla Guattari, que funcionan estropeándose sin cesar. Por otra parte, también dispongo de recursos para anestesiarme frente una realidad en la que no encuentro correspondencia: “los nuevos juguetes técnicos van creando prácticas que generan indiferencia: el swipe de las aplicaciones de citas, la aceptación de las cámaras apagadas en las clases y las reuniones Zoom, o la velocidad rápida para escuchar audios en WhatsApp, generan una distancia que desensibiliza” (146). Esta distancia artificial no anula la intemperie, sino que me permite transitar como un consumidor de efectos especiales en medio de ese “exceso de realidad”.


Se trataría, por lo tanto, al menos en parte, de una abrumadora oferta que viene desde el mundo, pero solo en parte. Porque la cuestión de fondo no es la realidad que se me viene encima desde el mundo, sino cómo es que estoy expuesto a esa realidad. Es decir, hay que preguntarse no solo qué pasó en el mundo, sino qué pasó con el sujeto. Lo que me expone a un “exceso de realidad” es la pérdida de la condición de sujeto. Comenta Constanza que “a una conocida le impresiona que en el ranking de los libros más vendidos de no ficción tantos sean de autoayuda” (204). Es cierto, pero las personas encuentran su literatura de “autoayuda” en lugares a veces insospechados. Nietzsche puede leerse como literatura de autoayuda, también Cioran, incluso Bukowski. Es como si, tomando nota de que las cosas podrían estar todavía peor, se abriera un lugar para seguir esperando lo que viene, aunque no necesariamente con esperanza.


La intemperie, eso que se devela en las noches de insomnio, consiste en encontrarse sin lugar en el mundo, más precisamente, hacérsele abruptamente a uno presente que no tiene lugar. De aquí se sigue la noción de amor que, sin ser algo así como una tesis, cruza el libro de Constanza: “El amor (…) nace de la precariedad existencial, de la necesidad de ser ‘alojados’, dada la fragilidad que nos constituye” (140). Encontrar un lugar, sentirse alojados, hacer de esa “fragilidad que nos constituye” no solo la necesidad de dormir, sino también la posibilidad de soñar. En el documental “Woodstock. Tres días de música, paz y amor”, se le pregunta a uno de los asistentes por qué considera que la música es tan importante para los jóvenes. Él responde: “no creo que la música sea algo tan importante para la juventud, lo que sucede más bien es que mucha gente que siente que no tiene lugar en el mundo ha venido hasta acá, creyendo que este es un lugar”.


En más de un pasaje Constanza se ha referido a la nostalgia en nuestro tiempo: “El mundo se ha ido poblando en la última década de tentaciones nostálgicas (los “great again”)” (27). Lo considero un aspecto fundamental del fenómeno del insomnio tal como se desarrolla en Hacer la noche. Acaso esos “grandes regresos” sean justamente sueños que no nos dejan soñar. Una utopía que se hundió, un amor que se acabó, un atesorado proyecto que fracasó. ¿Cuántas veces podemos despertar en medio de un sueño y luego seguir soñando? “Nadie sabe lo que puede un cuerpo -escribe Constanza-. Puede, por ejemplo, hacer algo tan asombroso como soñar. Nadie sabe tampoco lo que un sueño nos hace” (174). Si es cierto que los sueños son relatos que dan ropaje significante a intensidades que vienen desde una especie de fondo interior, fuerzas que dejan sin piso a ese que diurnamente creemos ser, entonces es el cuerpo y no el sujeto el acceso más poderoso a los mundos posibles. De aquí el equívoco poder inaugural que se le otorga a las drogas: “para muchos -escribe Constanza- las drogas siguen siendo una apertura de mundo, una forma de demorar, pero también, quizá para muchos más, hoy son una anestesia o un inductor de energía: efectos instantáneos que hablan de una angostura de mundo” (237). Las drogas serían más bien el fallido intento por transformarse el individuo en sujeto del cuerpo.


Dejo hasta aquí estas notas que he ordenado para la presentación de Hacer la noche, un libro cuya escritura inteligente se hunde en el presente de la subjetividad. Decía que el libro prácticamente se inicia con la afirmación de que “la vida humana se abre con la paciencia”. Pues bien, pocas líneas antes del final del libro encuentro esta frase: “La impaciencia es una especie de falta de esperanza” (242). Claro, un “darse cuenta” que prohíbe soñar. Hacer la noche es, pues una lúcida y provocadora lectura de nuestra condición contemporánea.




Haceres corporales de una espera ansiosa

Lo que puede la ropa y los zapatos

por Cecilia SÁNCHEZ


El “hacer la noche” referenciado en el libro de Constanza Michelson y su relación con el tiempo y el cuerpo es, para mi gusto, lo más seductor del libro. El camino que sigo en mi lectura es lo se entiende por hacer y su cruce paradójico con ese tramo temporal que experimentamos como “noche”.


“Hacer”, palabra cotidiana, generalmente asociada al hacer objetual, al trabajo, incluidas las tareas domésticas y otras de diversa índole. También tiene una dimensión filosófico-política, que Hannah Arendt despliega paso a paso en La Condición Humana, sobre todo cuando declara con absoluta simpleza que el propósito del libro es “pensar en lo que hacemos”: se refiere a lo que se entiende por labor, trabajo y acción en la tradición occidental, dándole la preferencia a la acción. Considero que el libro de Constanza es la contraparte del libro de Arendt, ya que el hacer en este caso son los pequeños actos corporales que nos acompañan día y noche.


En mi opinión, la originalidad del libro radica en la ampliación de lo que se consideraba actividad, incorporando haceres inconscientes o poco conscientes, que van desde comerse las uñas y toser sin tos, hasta mirar el celular constantemente o mover una pierna. Estas diminutas acciones corporales nos revelan o delatan en nuestro atado con el tiempo existencial (digo atado en el sentido chileno de atadoso o aproblemado). Si recurrimos a Heidegger, más que de hacer tendríamos que hablar de ocupación o de cuidado ligado al mundo, debido a que este es el hacer originario de nuestra existencia. Precisamente, en la medida en que la trama de nuestra vida se despliega o extiende temporalmente hacia adelante entre el nacimiento y la muerte “acontecemos” (Ereignis), otra palabra de Heidegger que entrega claves para hablar de la apertura sin fundamento del ser tempóreo que somos.


“Voilá “, he ahí el nudo, el dilema de este libro. El tiempo que medimos con relojes y calendarios es diferente a la espera: esta es existencial (nos dice Constanza). Palabra saturada de sentido, de esas que acostumbra la filosofía. Aclaremos, dicha espera es constante en nuestras vidas, en especial, si se trata de la vida que nosotros mismos nos damos o que hacemos en el mundo. El aspecto trágico del nudo comienza cuando dicha espera no sabemos manejarla, en especial durante la noche. Así comienza el ansioso hacer corporal de la noche.


Por este tipo de planteamientos, el libro de Constanza me recuerda la poesía de Elvira Hernández, en especial me resuena el irónico poema “Seña de mano para Giorgio Chirico”, que comenté hace ya bastantes años. La repetición del hacer corporal es similar a la persistente “gotera” de actos que perseveran sin jamás extinguirse; metáfora de la temporalidad utilizada por Elvira para referirse a mecanismos ciegos como el de la masticación corporal, entre otros. En otro poema, Hernández alude al neoliberalismo mediante el símil del “carrusel” que gira sobre sí mismo sin avanzar, evidenciando que, quizás, la ansiedad y los procesos económicos desarrollan mecanismos semejantes. Al terminar el primer poema mencionado, Elvira habla de la noche de lo idéntico. Tras lo cual, con ironía notifica “ya volvemos”. Hasta donde leí, “la noche de lo idéntico” bien puede asemejarse a “la noche ansiosa” de Constanza, con algunas divergencias, por cierto.


En ambos casos se trata del cruce entre un gran relato, por así llamar al acontecer existencial, y el momento corporizado al que ingresamos cuando perdemos la paciencia, el “desespero corporal”, lo llama Constanza, aquel que nos hace fumar o morder un lápiz: hacer sin telos equivalente a un momento vacío o sin intervalo entre su inicio y su repetición sin fin. Esta es la forma en la que la autora ingresa en el problema de la ansiedad, sobre todo de aquella experimentada en la noche cuando no logramos suspender la conciencia para anular la fatigosa construcción del yo personal; tema al que se refiere Bataille como “enceguecimiento” o “dispendio”. Dormir es uno de estos actos, también está el erotismo de la pequeña muerte, el llanto, la risa, entre otras.


Para Constanza, uno de los antídotos para este laborioso estado corporal es el lenguaje (aunque veremos que no cualquiera), pues ayuda a enfrentar la “noche primitiva”, aquella que no permite el reposo o la calmada espera hasta la llegada del nuevo día. Es muy curioso este libro porque como subtexto tenemos el dormir plácido como recomendación para un dormir humano, de alguien más descorporalizado o, al menos, con sus uñas intactas. Lo explicitado, en cambio, es el padecimiento de la noche primitiva o en tinieblas, noches oscuras aludidas por grandes autores: Pascal, San Agustín, entre otros/as.


A estas alturas no se puede ocultar que este libro está escrito desde una mirada crítica a la salud mental. ¿Por qué no evidenciarlo desde el comienzo? Porque me parece importante destacar la veta existencialista del libro. En el libro se proclama este contraste. En un caso hablamos de una condición humana, por usar las palabras de Arendt, en el otro, del estado supuestamente anormal enfrente del cual bien vale una receta tecnocrática. Podría decirse que el lenguaje médico no puede obviar que tiene un objeto al que mira de modo desconectado. Así también, desde el lado de la ansiedad, la vivencia insomne parece generarse por una falta de “política”, nos dice Constanza muy cerca de las palabras de Arendt, puesto que el recurso que ayuda es el de la reconexión con el mundo como “amor al mundo”.


Es curiosa la atención prestada a Arendt desde el psicoanálisis. Tanto Constanza Michelson como Julia Kristeva la interrogan permanentemente, pese al deprecio de Arendt por el psicoanálisis debido a que trata con pasiones generales como el odio y la ira. En cambio, las pasiones políticas pueden singularizarse sólo cuando están mediadas por el lenguaje en el espacio público y aceptan el debilitamiento o traducción de gran parte de la ira inicial. Bien valdría una enseñanza de este tipo de lenguaje para la ira de los días viernes en Chile, aunque podría decirse que la actividad de la convención constitucional parece representar algo de esta rabia tamizada por el quorum de los tres tercios.


Volvamos a la espera ansiosa, esa que antes que acontecer se mantiene en el hacer del desespero corporal. Considero esta reflexión muy decisiva en nuestro tiempo, aunque no es nueva. A Walter Benjamin le debemos haber pensado la modernidad de modo sensorial, a distancia de la mirada kantiana de una voluntad moral autónoma. La distancia que supuestamente puede poner o autodonarse el hombre o la mujer moderna es trascendental, pero no sirve a quienes se encuentran enredados o prisioneros de una deuda, crisis personal o por estímulos persistentes. Nuestro problema es vivir el siglo XXI con las categorías del siglo XVIII. La comprensión benjaminiana de la modernidad, por el contrario, es “neurológica”, como sostiene Susan Buck-Morss, pues tiene su centro en el shock. Se trata de shocks cotidianos producidos por los persistentes estímulos de los ambientes tecnológicos y multitudinarios que se convierten en traumas nerviosos, uno de cuyos testimoniadores es nada menos que Baudelaire. El poeta francés que por este motivo ya no puede ser un vate ni usar recursos líricos porque habita un “tiempo desmembrado”, cuyo correlato en Latinoamérica es la escritura de José Martí y también la de Rubén Darío. Elocuente es el célebre prólogo de Martí al Poema del Niágara de Pérez Bonalde.[1] Ya desde el siglo XIX los movimientos repetitivos de la fábrica hacen desparecer la memoria, la imaginación y el pensamiento, según Benjamin. A fines del siglo XIX Martí se reconoce traspasado por velocidades que fragmentan la mente humana, estado que ni siquiera le permite al o la poeta una palabra sosegada. En la modernidad neurológica el cuerpo se defiende con café, tabaco, licores, drogas o tratamientos como el electroshock; remedios posibles ante la neurastenia o el colapso nervioso. Desde la perspectiva posmoderna, F. Jameson pronostica para hoy la esquizofrenia, sin que se trate de la enfermedad psiquiátrica que conocemos, sino de la fragmentación cultural propia del capitalismo tardío. Quizás, por la veta neurológica del primer Freud, bien vale la caracterización que hace Constanza del creador del psicoanálisis como consumidor de cocaína (en ese tiempo recetada como remedio). De modo equivalente a como Benjamin discute con Kant, Constanza conversa con Freud, el médico coquero que busca la anestesia o desensibilización química.


En la trama del hilo que estoy siguiendo, me encuentro con la palabra crítica de Constanza frente a la solución química que convierte al cuerpo en un “cuerpo cerrado”, que es tal sobre todo por carecer de preguntas existenciales, además porque evade el sometimiento de todo cuerpo al dormir y al comer. Podríamos decir que ya desde la modernidad y para qué decir la posmodernidad se querría liberar al cuerpo del sometimiento del trabajo. El problema es que dicha liberación se hace desde la potencia de lo “superhumano”. A nivel de reflexión Constanza da con un problema crucial cuando explicita que la meta de la ciencia tecnológica es la creación de superhumanos que transgreden su condición. La cocaína, el viagra u otros estupefacientes liberan a quienes los consumen de los “nervios” ante la falla. La paradoja es que sólo viven en las certezas de la anestesia, acota Constanza.


El sí mismo moderno parece ser uno de los problemas, pues su autonomía va más allá de lo humano. Constanza nos recuerda que para amar, dormir y soñar debemos “desconectarnos”, aunque la desconexión es más compleja que separarse del afuera. También nosotros nos sentimos permanentemente interpelados por nuestras propias demandas. ¿Cómo apagarse? El miedo a dormir para algunos/as es el miedo a morir porque nos separamos de nosotros mismos. De este modo, el libro nos lleva desde lo insomne a la incertidumbre no codificada que, desde Freud, se llama Ding (Cosa), lo innombrable, el límite de nuestro lenguaje. Desde la Cosa, Constanza apela a la experiencia de la pandemia, pero continua en la incerteza del insomne, de quien vive una “noche totalitaria”, como diría Lévinas (citado en el libro).


A lo largo del libro no cesaba de echar de menos una referencia a Humberto Giannini, por la atención que el filósofo chileno le presta a la experiencia del “demonio del mediodía” y con ella al aburrimiento o acedía. Hasta que encuentro la referencia a propósito del tedio que se asocia al desierto, a lo chato, mas no a la pereza, que con sutileza Constanza actualiza como experiencia de la pobreza, de la guerra o la vida nuda de los inmigrantes. ¿De qué desierto se trata? Hablamos ahora de la intemperie como presente infinito.


Frente a las grandes catástrofes del cuerpo y a las formas de existencia antes descritas, el texto de Constanza nos conecta con antídotos humanos como el lenguaje que además de vincularnos con el mundo nos permiten soñar, pero sobre todo con la simbolización. ¿Es suficiente? Es severo el juicio hacia las respuestas estandarizadas como las de la salud mental. Este juicio es parte de su propia experiencia en la posdictadura en un consultorio que asume un Programa Nacional de Depresión que, curiosamente se precave del “policonsultante”. No podía dejar de mencionar este episodio porque es el ingrediente autobiográfico que faltaba para buscarle una escena a este libro.


Constanza Michelson no es una pensadora indignada, en especial porque no cree tanto en discursos, aunque cree en los efectos benéficos que produce el lenguaje y en el hacer de los síntomas. ¿Cómo reconciliar estos dos aspectos? El lenguaje con efecto consolador o respiratorio acalla los síntomas, cuyo contraste es el lenguaje aburrido de la economía y la eficiencia, el lenguaje jurídico, el que da atribuciones morales como aquella de votar por una mujer, por ejemplo (con esto último sí muestra sus dientes a cierto feminismo). ¿De qué se trata?


Advierto que la escena que prepara el libro a partir de los síntomas enumerados hasta aquí es una escena humana de sanación. No puedo ir tanto más allá para no retardar en demasía esta presentación, pero es imposible no ponerse a pensar junto con Constanza y acompañarla en sus recorridos infatigables. Hasta podría decirse que el libro desarrolla una voz ansiosa sobre la ansiedad, aunque sabe consolarse con el lenguaje humano, el principal abridor de mundo, reserva de placer, capacidad de movimiento y de desahogo. En este consuelo llega a un resultado similar al de Arendt con respecto a la narración que resiste no sólo al pensamiento de la masa, también el del totalitarismo incluido el dolor, aunque el primer citado acá es Michel de Certeau.


Me parece que la escena explícita en la que se mueve el libro es un tipo de sanación que proclama la mediación de hilos y lazos dadores de sentido. Por mi parte, creo que la escena del libro es más que sanadora, es hospitalaria y veladora, calma la fuga del cuerpo por la técnica de la anestesia. Lo paradójico: es que el libro dice (junto con Heidegger) sí y no a la técnica justo en la antesala de la dominación de la Inteligencia artificial que ya nos envuelve y roba casi todas nuestras iniciativas.


Antes de terminar, agrego que a la escena de la psicoanalista acogedora se le superpone otra. Un querer saber a toda costa más allá del punto final; lo digo midiéndola nada menos que con Arendt. Aunque Arendt le puso un límite a su libro, aunque no al problema, sino al sentido que ella podía entregar cuando dice ya no comprender el mundo moderno de las bombas atómicas, según señala en el Prólogo. Constanza la sobrepasa cuando no considera que nuestra tecnología y crisis climática ya se autonomizaron de nosotros/as. ¿Cómo cerrar el asunto de este libro? Constanza se acompaña de Sergio Rojas, para dejar el problema abierto. Después de todo la filosofía o ciertas filosofías saben de eso, me refiero a las aporías y los callejones sin salida. También el lenguaje da para eso, “presta ropa”, dice Constanza, o “da de sí” como los zapatos, digo yo acompañada del escritor colombiano Fernando Vallejo. [2] Cito estas metáforas entre ropa y lenguaje para subrayar que la ropa y los zapatos literalmente nos salvan de la intemperie, sobre todo cuando se adaptan a nuestros requerimientos corporales y angustias mentales. Simbólicamente, se encarnan en cuerpos y lenguajes posibles si consideramos su semejanza con lenguajes abiertos confrontados con los que nos cierra el paso. Si bien este libro abre muchos otros tránsitos, hasta aquí puedo llegar con mi lectura. Recomiendo sinceramente este libro, sobre todo por su contemporaneidad, por el espejo que Constanza nos pone para mirarnos, por su bella locura y búsqueda de infinitos.


[1] Julio Ramos llega decir de este escrito que parece un escrito menor (escribe sobre la obra de otro), pero es una de las primeras reflexiones sobre la modernidad y el poder en América Latina. [2] Me refiero a la metáfora favorita de Fernando Vallejo cuando habla del lenguaje en el Cuervo Blanco, una novela muy curiosa sobre el filólogo Rufino José Cuervo.




"Hacer la noche. Dormir y despertar en un mundo que se pierde"

Constanza Michelson


Ediciones PAIDÓS