Barbarie pensar con otros
Revista de pensamiento y cultura
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- El silencio que nos habita (fragmento)
Algunas palabras… Este libro es el resultado de un gran trabajo realizado por un grupo de mujeres que estudiaban con Pilar el asunto de la violencia, sobre todo de la violencia “institucionalizada”, aquella implícita en la legislación y por tanto en el funcionamiento de las instituciones, y qué hacer con ella desde la perspectiva de un trabajo psicoanalítico que profesionales especialistas han de poder realizar cuando se trabaja con ciertos niños, niñas y su filiación. Un trabajo de compromiso que fue asumido con responsabilidad y dedicación. No exento en lo absoluto de dificultades como fue en particular el fallecimiento de Pilar cuando se había iniciado este proyecto. Un trabajo que habla de una historia ya que allí se reúnen escritos tanto de Pilar como de las integrantes del grupo que fueron presentados en diversos eventos científicos. Un trabajo que transita entre la depresión y la pérdida hasta el rescate de los últimos fermentos y que adquiere además todas las características de un homenaje en tanto pretende conservar en los escritos el flujo del pensamiento creador. Hay una promesa que leo tácitamente y que tiene que ver con un trabajo abierto de seguir reflexionando con Pilar a pesar de su ausencia, pensando y llevando a la práctica esa producción. Se trata de pensar un psiquismo que está determinado por lo sociopolítico, vieja preocupación de Pilar y de sus amigas que la acompañan también en este libro, ilustrando diversas problemáticas del trabajo clínico, muchas de ellas compañeras de formación en México o también de ruta, más tarde en Chile. Pilar pudo avanzar en pensar el asunto de la violencia institucionalizada. Decirlo así es una redundancia, jamás las instituciones hicieron aquello para lo que fueron creadas, y no me refiero únicamente al Servicio Nacional de Menores, núcleo de la polémica pública durante muchos años; finalmente se le cambió de nombre. Para ello, se valió de las propuestas de Piera Aulagnier, las que fue ajustando a sus necesidades de conceptualización. Ahí fue incorporando luego otros autores. Violencia porque busca el sometimiento, porque pretende tener a merced a los sujetos, sean los que fueran. Es un asunto del Estado, ya que la ley somete y por tanto obliga. Violencia de Estado es un término conocido en Chile, evoca toda su historia más allá de la dictadura. Haber completado este libro supuso para las autoras y compiladoras recorrer toda la obra de Pilar con sus dificultades, ya que ella nunca estaba contenta con el resultado de lo que escribía, más allá de que el texto estuviese muy logrado desde un inicio. Su autocrítica y rigurosidad conceptual exigía una revisión certera de aquello que era la producción de su pensamiento. Afortunadamente, las mujeres del silencio asumieron el complejo trabajo de realizar la tarea de selección de sus textos más precisos y acabados. Puedo asegurar que lo logrado ha resultado inmejorable. El libro se corona con un maravilloso prólogo de Rosa, realizado con cuidado y con cariño, que sitúa en la perspectiva los diferentes capítulos que lo componen, su contribución y aporte. Solo estelas en la mar…(Machado) Junio 2023 HF
- La culpa viste a la moda: Culpa, responsabilidad y cuidado
“El capitalismo no es algo dado por naturaleza; es nuestra incapacidad para imaginar lo que lo hace insuperable. Somos incapaces de imaginar el comunismo porque nuestra imaginación está atrapada por el cinismo. No pueden imaginarse lo bella que puede ser la vida. Créanme, sé por experiencia propia cuán bella puede ser. La codicia, el conformismo, el cinismo y la ignorancia están frustrando y empequeñeciendo nuestra capacidad de experimentar vívidamente la imaginación.” Franco “Bifo” Berardi Cómo, cuándo y qué de nuestra práctica podemos sustraer de la necropolítica neoliberal, que erosiona sistemáticamente nuestra imaginación y, con ello, la capacidad de disfrutar de lo bello que es la vida. Los psicoanalistas no somos ajenos a los discursos sociales y políticos que otorgan sentido a las acciones cotidianas. Por ello, es imperioso ser muy celosos de nuestras categorías, cuidarlas con ternura y no dejarlas abandonadas para que terminen subidas en cualquier carro neoliberal, profanadas, irrespetadas, vendidas y comercializadas por los agentes del cinismo. La culpa tiene mala prensa. La culpa es eso: un concepto con mala prensa, como la vergüenza y la envidia. Sin embargo, Silvia Bleichmar nos advierte sabiamente que “un análisis donde no hay interpelación por el síntoma, culpa o vergüenza y deseo de cambiar, no funciona”. En psicoanálisis, la culpa tiene un sentido interesante. Responde a la distancia entre el ideal del yo y el yo en una situación específica. Yo diría que es más bien eso que la gente llama “decepcionarse de uno mismo”, pero no por algo que se haya pensado o hecho, sino por algo que se ha deseado hacer o porque algo que se hizo satisface más de una meta en su recorrido, entre ellas, un deseo inconciliable. Para Freud, ese deseo inconciliable es el resultado del anudamiento de un retoño de lo inconsciente, de lo reprimido originalmente, con una representación que lo arropa y lo hace decible, pensable o actuable. Por ejemplo, me cuenta una amiga que tuvo una relación pésima con su hija adolescente, terrible. Ella decidió invitarla a un viaje, y la chica hizo todo lo que estuvo en sus manos para no ir, sin decir "no voy". Finalmente, lo logran, se suben al avión y llegan a su destino. Se quedan en la casa de unos amigos, y la chica conoce a otros adolescentes y planifica algunos paseos sola con amigos. Mi amiga lo pasa mal, suda, se tortura; los amigos le toman las manos, intentan calmarla. Llora de angustia. La imagina perdida en esa ciudad y sin poder volver nunca más. Yo diría que esta es una escena que grafica de forma acertada la culpa neurótica que menciona Bleichmar: “La culpa neurótica no se corresponde con una falta real, sino que surge de conflictos internos no resueltos que hacen que el individuo se sienta culpable por deseos o fantasías inconscientes". Si esto fuera un caso clínico, lo recomendable, no es exonerar de la culpa por lo cometido, pues en rigor no se ha hecho nada, sino permitir la posibilidad de la verbalización de lo inconfesable. Culpa originaria: Si, soy una mierda pero no por eso. La culpa es originaria porque está en la falta en ser que acompaña primariamente a los seres humanos. La culpa es el efecto de no poder solos, el resultado de la vulnerabilidad inicial, la consecuencia de la dependencia biológica y amorosa que es constitutiva de nacer como humano. La instauración del superyó/ideal del yo es el testimonio de la dependencia, contiene justamente los mandatos sociales y familiares sobre qué hacer para no perder el amor. Porque no se puede vivir sin amor. Los niños lo saben mejor que cualquiera. Es decir, el superyó en sí mismo es una instancia que totemiza la omnipotencia. Está ahí para recordar duramente al yo lo que debería hacer si quiere ser amado y que no ser amado significa el aniquilamiento. “Angustia de aniquilamiento” le llamaba Melanie Klein a la angustia de los recién nacidos. El ideal del yo es la marca universal de las sujeciones humanas. Nadie alcanzará nunca su ideal porque el ideal del yo es no necesitar a nadie ni nada. Es por eso que el ideal del yo es cruel en ocasiones, y, por culpa, rompemos lazos y cosas. En realidad, nos rompemos porque a veces el yo se cansa de tratar y se entrega, como diciendo: "Si, soy una mierda, ¿cuándo se termina esto?". Eso es la pulsión de muerte. Y a eso algunos lacanianos le llamamos: goce. Clínicamente, esta reflexión es vital. Si la culpa es el resultado de la integración del Otro y, con ello, de la evidencia de que el amor es condicional, se trata de un representante de lo reprimido que en términos freudianos quiere decir que nunca fue consciente, nunca estuvo ligado a una representación, hizo su marca antes de que el viviente accediera al registro imaginario y simbólico. Freud en “Lo inconsciente” menciona que lo que ocurre entre las distintas instancias psíquicas es del orden del desplazamiento de la investidura y que lo originalmente reprimido (sin imágenes, ni palabras, solo restos) está permanentemente pugnando por salir a la conciencia y que para ello envía sus “retoños” a que se unan a lo reprimido secundariamente (es decir, lo que por moralmente inconveniente se ha desalojado de la conciencia cotidianamente). Así se construyen sueños, síntomas, lapsus, sueños, chistes y actos fallidos. Por eso a veces sentimos o actuamos culpa por cosas que no son tan graves. Pero peor aún, los discursos sociales señalan los aspectos transgresores y los seres parlantes dicen sufrir por desear algo de eso, y no, se sufre porque se sufre. Se sufre porque vivir cansa, se sufre porque lo reprimido originalmente existe. La culpa viste a la moda. Entonces, hay que desarmar los anudamientos de lo reprimido originariamente, alivianar apalabrando aquello que se piensa que es la causa del sufrimiento y permitir que la ambigüedad haga distancia con eso que del inconsciente está mudamente sobreacentuando el discurso. Es un imperativo clínico. A eso Melanie Klein le llamaba quitarle sadismo al superyó y Lacan acotar el goce. En ese sentido, puede comprenderse mejor que no es que las madres sufran por el deseo inconfesable de no haber sido madres o de no soportar a sus hijos en el presente o de pensar que desearon que se perdieran en alguna ciudad lejana. La culpa originaria se anuda a un significante que la propia cultura propone. Nunca se había visto tanto video, meme, imagen de madres y padres denunciando el agotamiento y los límites que la mater/paternidad supone. Son todos muy graciosos y, por lo mismo, también tramitan goce. La culpa, para los psicoanalistas, es un concepto que debemos sustraer del discurso legal y neoliberal. Es una categoría fundante y, por tanto, su abordaje debe ir más allá de la simple noción de castigo o remordimiento, y orientarse hacia una oportunidad para la reflexión crítica y la reparación, aunque esa reparación no es un acto sino más bien una forma de tramitar la angustia poniendo en palabras cuestiones que muchas veces son inconciliables pero que no son reales pues están en el plano de la fantasía. La responsabilidad afectiva es una redundancia. Mientras tanto, la responsabilidad es otra cosa. La responsabilidad está relacionada con acciones concretas que han causado daño a otros y que el individuo reconoce como erróneas. A diferencia de la culpa, que puede estar atrapada en la dinámica del superyó y sus mandatos contradictorios, la responsabilidad implica ir más allá de estas imposiciones y encontrar una posición subjetiva que reconozca el deseo propio y el del otro. Es una posición que busca una ética basada en el reconocimiento y la asunción de las propias acciones y sus efectos. El sentido común aplica indiscriminadamente la demanda de responsabilidad a cualquier cosa. Responsabilidad le llaman a escribir al otro día a alguien con quien se tuvo una cita o a quien desiste de un encuentro amoroso y no se hace cargo de los sentimientos que ha creado voluntaria o involuntariamente. Pareciera que este concepto alude a que las personas actúen como adultos, es decir, se hagan cargo de su falta en ser, de su impotencia, de que su deseo está en otra parte, que reconozcan sus deudas económicas, amorosas o filiativas. Y, por lo mismo, el concepto de responsabilidad está marcado profundamente por los mandatos sociales que cada momento histórico supone. Pero no porque los seres humanos se sometan a ellos, sino justamente porque los localizan y evaden. Nada hace tan bien el ser humano como buscar formas de evadir la responsabilidad. De ahí que las discusiones de pareja sean un eterno “es que tú...”. Porque si la culpa construye síntomas y fallidos de toda clase, la responsabilidad va de la mano con la vergüenza, una mirada retrospectiva sobre una escena en la que podemos vernos desde afuera y que nos incomoda. Por eso, frente a la responsabilidad, hay evasión: cruzar la calle para no saludar, evitar para siempre ciertos lugares, en fin. La responsabilidad subjetiva, que es la que nos compete a los analistas, no se refiere a la observancia de las normas sociales externas, sino a una fidelidad al propio deseo y a la verdad subjetiva, y por tanto, los actos mediante los cuales un sujeto se hace responsable y que no es posible prescribirlos en un manual. Ser responsable subjetivamente con el deseo propio y con el del otro perfectamente puede ser no contestar el teléfono. Ser responsable subjetivamente es saber que no siempre se sabe por qué se hace lo que se hace y que no todo tiene una explicación. Eso, por supuesto, no le gusta a ningún policía del pensamiento de la corriente que se quiera. No tiene sentido igualar culpa a responsabilidad, ni hablar de responsabilidad afectiva, pues la responsabilidad siempre es yoica, siempre supone conflicto y siempre involucra afectos. Cuidar desde la ignorancia docta. Entonces, ¿qué entendemos por cuidado? En primer lugar, se trata de reconocer que no podemos solos. La fragilidad de los seres humanos, independientemente de su edad y su contexto, es un punto de partida para una ética que se contrapone, por principio, al individualismo que, como bien sabemos, es el núcleo fundamental del modelo neoliberal. Sin embargo, cuidar será para nosotros, los psicoanalistas, un desafío más complejo, pues no basta con reconocer la fragilidad constitutiva; esto debe acompañarse con una afirmación ética mucho más profunda: nadie sabe qué es lo que le hace falta a un sujeto para construir su seguridad, su identidad o su felicidad. Es decir, los psicoanalistas no sabemos nada respecto al deseo de cada quien y, por tanto, si bien el dispositivo nos permite reconocer los bordes de la fantasía e identificar la repetición, nada de eso nos habilita para saber lo que el otro necesita. Debemos reconocer la radicalidad de ese principio: no sabemos nada respecto de aquello con lo que cada quien ha hecho cadena a través de los derechos de uso que ha adquirido durante su historia de padecimientos. Un psicoanalista es, en principio, alguien que no sabe, pero que desea saber. Ese es el deseo del analista. Por eso no puede ser alguien que haga tratamientos afirmativos, porque no hay nada que afirmar ni negar. No hay psicoanalistas con una perspectiva específica; la única perspectiva de un psicoanalista es la del aparato psíquico y su funcionamiento. Si no sabe eso, no sabe nada, y entonces dará lo mismo que sea tierno, comprensivo, buena persona o políticamente correcto: será un peligro. Otra cosa es, por cierto, proveer condiciones de escucha para que lo que no se sabe sea dicho de la forma que sea o como se pueda, detectar los retoños reprimidos del inconsciente y alivianar la carga de distinguir la fantasía de la realidad. Sufrir menos.
- El gabinete de Lacan
Sus lentes en la punta de la nariz, sus pañuelos al cuello, el puro torcido que rara vez enciende, pero que lo acompaña. Sus sesiones son cada vez más cortas. En algunos círculos de la intelectualidad parisina, se comenta que sus pacientes apenas son escuchados. En su departamento de Rue Lille , en una de las habitaciones que da hacia un patio interior, por el que se descuelgan rectangulares y delgadas ventanas, entre medio de libros, Jacques Lacan escucha a alguien. Su trabajo es escuchar. El psicoanalista enciende la luz de mesa o más bien olvida encenderla. En la penumbra, el diván tambalea imperceptiblemente. Su puro como un dedo artrítico descansa en los bordes de un cenicero. El vaivén del diván provoca que los analizantes se sienten incómodos. Lacan le ha pedido a su carpintero, que por lo demás es chileno [1] , que pula y rebaje una de las patas del diván. El carpintero piensa en la típica mesa coja de los bares y restaurantes de su país, recuerda que la última vez que estuvo ahí, el mozo acomodó una servilleta, en la punta de una pata y el vaivén de la mesa cesó. La idea es que cojee, pero que sea leve, casi como si se tratara de una cojera imaginaria. El carpintero no comprende la petición de monsieur Lacan, pero realiza un espléndido trabajo. Lacan, se sitúa detrás del diván, en su mano tiene una libreta. Tendido de espaldas, el analizante fija su mirada en una pared desnuda. El psicoanalista, no pronuncia palabra alguna, espera. No sabe lo que espera, pero lo hace porque sabe que en cualquier momento algo puede cambiar. Emite sólo monosílabos, tonos que suben y bajan, tintes de voz, pues entiende que si interviniera sacaría al paciente de la lavadora de su inconsciente. La palabra paciente en realidad no se emplea, tiene un alcance peyorativo. Desactiva. Promueve una asimetría. En un momento, el analizante llega a una situación pudorosa, que había evitado contar. Lacan asiente con un gruñido que adelgaza a tal punto que desaparece. La situación no importa. Bajo cualquier escenario es irrelevante. Lo que importa es el vaivén del diván que se parece al de una barca. Lacan lo sabe, porque lo conoce. Sin embargo, lo ignora, tiene que ignorarlo. Se trata de una navegación indetectable. Se trata de una escucha abierta que deambula y destroza su propia movilidad. Se trata de interrogar los papeles del habla. ¿Quién habla? ¿Quién escucha? Esas son las preguntas que Lacan se hace, pero que no verbaliza. Él sabe que es una escucha que no escucha, sabe que acecha el residuo, el fragmento inadvertido que se asoma en lo inoportuno, en lo incalculable. ¿Qué papel cumple el fragmento en la escucha? ¿Se aloja en alguna parte? El analizante no puede verlo, fuera de rango es una presencia. Un fantasma. Pero lo que nos importa es el fragmento en su devenir que se desmiembra, en el momento de su aparición pierde toda forma. No hablo de la huella intransferible en los recodos del aire, en los recodos del oído. Pienso en la “escucha de archipiélago, descendidos al olvido, desprendidos entre todo recuerdo y toda ausencia de recuerdo”. [2] Freud afirma, que la norma principal del análisis puede resumirse en un solo precepto: no querer fijarse en nada en particular. ¿Qué se escucha entonces? Tal parece que no es el significado, sino más bien el significante, el significante como efecto poético, lo informe que se inyecta a la vena del significado. Wittgenstein afirma que “lo que puede decirse puede decirse claramente, y aquello de lo que no se puede hablar hay que dejarlo en silencio”. O sea, un resto retraído. El silencio del deseo reconociéndose en la resta. ¿Entonces qué se escucha cuándo se escucha? Lo audible es frágil y puntual como una burbuja, y es justamente por eso que el oído es siempre el teatro de un querer-tener , de un deseo notablemente intenso e insistente de guardia y posesión o dominio. El diván apenas se tambalea. Es una barca que flota en las aguas del inconsciente. El analizante habla y escucha al mismo tiempo, “hace poesía” [3] , pero él piensa que sólo habla. Cuando logre escucharse a sí mismo habrá pasado tiempo. Aunque el tiempo es una noción difícil de aquilatar. Por el momento expulsa, difiere. Los movimientos del analizante son involuntarios. Lacan toma notas. En realidad, dibuja unos nudos encadenados. El modo de escuchar psicoanalítico es un “movimiento de vaivén entre la neutralidad y el compromiso”. Después una burbuja flota en la habitación, una imperceptible ráfaga de viento la conduce hacia la ventana. Algo que no podemos nombrar ha desaparecido. Cuando emerge lo que no sabemos, la palabra, puede llegar a ser una servilleta enroscada en la pata de una mesa. [1] El poeta chileno Grillo Mujica, que vivió décadas en París, dentro de sus oficios fue el de carpintero, y cuenta que fue al despacho de Lacan y pulió una de las patas de su diván. [2] Véase “Fragmentos sobre la escucha” de Daniel Glasserman, pág139. [3] Frase célebre de Lacan, según Rosario Herrera Guido en “(Po)ética de la escritura”.
- Pensar inclinado: Presentación Tiempos y modos. Política, crítica y estética, de Nelly Richard
“El orgullo de quien está en pie se funda en la sensación de ser libre y no necesitar ningún tipo de apoyo. Quien está en pie se siente independiente”. Elías Canetti Si hay algo que atraviesa de cabo a rabo el trabajo crítico de Nelly Richard es una suerte de escepticismo poco habitual en las escrituras que buscan desentrañar las complejidades del mundo. Quiero decir que para Nelly no habría trabajo crítico sin una disposición escéptica, es decir, sin una preocupación por salvar a los fenómenos de una serie de conceptualizaciones que además de volverse dogmáticas, terminarían por gratificar más a quienes las emiten que a la cosa pensada. “ Selfies -autosatifactorias de su propia inquietud”, les llama Didi-Huberman a las fantasías personales que buscan pasar por deseos colectivos. Los escépticos, a diferencia de los dogmáticos, que en su apuro por descifrar los problemas se cansan demasiado rápido y construyen entonces soluciones aceleradas, ideas directrices, consignas, lecciones definitivas, los escépticos, digo, “observan mucho, aprenden mucho, piensan mucho, critican mucho, se conmueven mucho, inventan mucho”, no se cansan mucho. Ser escéptico, dijo Pablo Oyarzun en una entrevista reciente, es seguir buscando y resistirse a cualquier tentación que impida seguir buscando. En Tiempos y Modos. Política, crítica y estética , Nelly Richard reúne una serie de ensayos escritos entre enero del 2020 y noviembre del 2023, textos entonces apegadísimos a una serie de acontecimientos que irrumpieron como zonas blancas en el mapa de lo conocido: la revuelta de octubre, el plebiscito que invitaba a pronunciarse sobre la derogación o vigencia de la Constitución del ochenta, la pandemia, el proceso de la Convención Constitucional, la asunción del presidente Gabriel Boric, el triunfo del rechazo a la propuesta de Nueva Constitución, la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado. Tarea arriesgada la de Nelly. ¿Cómo pensar y escribir desde el corazón mismo del acontecimiento? ¿Cómo pensar y escribir en medio del ruido –de la calle, de los medios de comunicación, de las imágenes que se amontonan como moscas? ¿Cómo pensar y escribir allí donde la estridencia se convertía en el tono que golpeteaba la cabeza de los días, nuestras propias cabezas? Nelly toma una primera decisión: tratar a los hechos como cursores frágiles e imprevisibles y concentrarse en las interpretaciones que se hacían de ellos. De allí que sea el tono que la intelectualidad adoptó en el arco de esos tres años uno de los asuntos que están en el centro de la reflexión de este libro. ¿Cuál fue el tono de la izquierda clásica, de la filosofía radical, del octubrismo, de los filósofos de la revuelta –todas fórmulas que aparecen en el libro– cuando llegó la hora de pensar los vínculos entre crítica y sublevación? Nelly recorre esta pregunta desde una inclinación feminista. Digo inclinación, y lo aclaro rápidamente para evitar que la palabra quede atrapada en sus resonancias morales, para decir que el feminismo de Nelly, al menos el de este libro, tiene que ver más con una geometría de los cuerpos y los afectos que de un casillero que permitiría aprehender directamente lo real imponiéndole una transparencia general que lo tornaría inteligible. Una inclinación, eso es precisamente lo que Nelly observa que le faltó a la filosofía de la revuelta. Ha sido Adriana Cavarero –en un diálogo cercano con Butler– la que le ha otorgado a la inclinación un estatuto estético-político privilegiado. Discutiendo con la idea del sujeto soberano de la tradición metafísica –un sujeto autónomo, autárquico, libre, independiente, vertical, erecto, rectilíneo–, la filósofa italiana propone pensar otro paradigma geométrico y postural, otra comprensión de la subjetividad que se dirija a los problemas de la vulnerabilidad, lo inerme y la dependencia como condición primordial de la existencia humana. “El concepto fundamental de la ética desde el punto de vista de lo vulnerable es precisamente la inclinación”, dice Cavarero. E inclinación es aquí un concepto y una experiencia que implican fuertemente al cuerpo, que flexible y contorsionado, se inclina al otro en un ejercicio de acercamiento y tacto. Supone también un tipo de mirada. Así lo ha trabajado Didi-Huberman en su texto Pensar inclinado . La vista desde arriba, dice, la visión del hombre recto, supone un sujeto establecido en la postura de dominar lo que está considerando, mientras que la vista abarcadora implica un sujeto en movimiento, tomado en el gesto de inclinarse, de acercarse. La vista desde arriba fija el mundo y lo objetiva en coordenadas mensurables. La vista abarcadora, en cambio, se somete a un mundo en movimiento y se abre a lo imprevisto. Demasiado apegada todavía al imaginario de la sublevación como “potencia destituyente”, es decir, como destrucción sin resto de todas las estructuras de dominación, la filosofía de la revuelta no pudo desapegarse de las nociones de violencia, agresividad y destrucción propias del sujeto vertical y su contraparte, la doctrina liberal que hace de los Estados estructuras beligerantes y mortales. En palabras de Nelly, la filosofía de la revuelta no pudo salir “del libreto binario del ataque-contra-ataque violento que la masculinidad ocupa contra el enemigo que encara el sistema de dominación, para disparar de vuelta una misma carga de agresividad”, es decir, no pudo salir del léxico político que enfatiza el primado de la violencia como condición de la política. Sin compartir la moral anti-octubrista, sin desestimar la fuerza vital de la Revuelta, su dignidad, Nelly Richard desliza una hipótesis que me parece fundamental, porque desmonta lo que ella llama la “lógica aniquiladora” que atraviesa el pensamiento de la filosofía radical a partir de otra lógica: la de la vulnerabilidad y la inclinación. Si la revuelta encontró su chispa en el hastío frente al saqueo neoliberal –“no son 30 pesos son 30 años”, fue una de las consignas–, el sujeto que producía y fagocitaba la filosofía de la revuelta se volvía demasiado parecido al sujeto del neoliberalismo, uno que agotado y sofocado por la economía de la deuda y la victoria, era emplazado a conducir su malestar hacia un imaginario guerrero y viril. O dicho de otro modo, si la revuelta fue una revuelta contra el régimen productivo que ha resignificado todos los aspectos de la vida bajo la lógica del rendimiento, el empoderamiento, la acción, la estimulación, la agitación, lo que requería ese tiempo, además de lentitud, era otra gramática para pensar los cuerpos políticos del desencanto, es decir, una revuelta de las propias categorías que la izquierda ha utilizado para pensar la sublevación, escrituras que pudieran imaginar una cadena conceptual distinta a la del sujeto beligerante, vocablos que no llevaran sobre sí la “carga semántica de la producción y la eficacia, la impronta de una hacer proyectivo y programático que tiene al sujeto como causa y garante”. Y ese es el esfuerzo que hace Nelly en este libro. Se podrá decir que lo hace ex post , después de los hechos, pero recordemos que los textos de Nelly son contemporáneos a esas escrituras de la revuelta, de allí también su lucidez y delicadeza. Cito un pasaje del libro: “Pese a la fascinación ejercida en la izquierda radical por la tesis de la desintegración total de las estructuras existentes, debería considerarse que la suma de violencia (revuelta) y dolor (pandemia) agotan el cuerpo y el ánimo, despertando el deseo humano de regresar a algún tipo de regularidad compartida que ofrezca, aunque provisoriamente, un orden al cual sujetarse en medio de un paisaje sacudido primero por la furia y luego por el miedo” (43). No creo que se trate de un pasaje que podamos leer en clave reaccionaria, como más de alguno podrá reclamar. Se trata, así me gusta pensarlo, de un pasaje que busca pensar otro arquetipo de lo humano, otra forma de pensar la vida en común que tendría en su centro la vulnerabilidad y la dependencia. Si en formulaciones como resistencia martirológica, stásis, osadía troyana, institucionalismo salvaje, barbarie del despertar, podemos advertir la idea de una “resistencia que destruye sin dejar nada para la reproducción del viejo orden”, una excepcionalidad que rechaza toda reproducción filial anterior, Nelly propone en cambio una “ética débil”, un “pensamiento minimalista” que pueda hacerse estas preguntas: ¿cómo no ofender, no herir, no lacerar? Que pueda pensar la sublevación no necesariamente como un levantamiento sino como una inclinación hacia los otros. Que pueda imaginar una subjetividad que no pase por la plena autonomía sino por minúsculas dependencias. Inclinación y dependencia, ¿no podrían ser esos los términos de una rebelión que permita pensar otras formas de acoger los sufrimientos del hombre? Al efecto desértico que producirían las escrituras de la revuelta, un desierto que en nombre de la caída de la historia nos dejaría también sin palabras, sin lugar donde aferrarnos, sin nada que nos salve de caer en la insignificancia, el aburrimiento y el sinsentido; al sedentarismo de un saber que aquieta el carácter moviente del pensamiento, Nelly busca contraponer momentos donde el teatro de la guerra y sus consecuencias mortíferas tienden a desbalancearse para dar en cambio asilo a lo vivo. Y dar asilo a lo vivo quizás pase primero por la lengua, por sus usos, por las palabras que escogemos para nombrar y rechazar el daño. Nelly prefiere, así lo dice en su libro, aquellas escrituras que buscan “dotar de palabras a la incertidumbre mediante diversas retóricas de lo tenue, lo fragmentario y lo incompleto”, escrituras que “exploren a tientas las pequeñas narrativas del día a día, agujereadas por la duda y la tristeza”. Escrituras, diría, de una insolencia suave, que pueden ser sin embargo más fuertes que la tiranía y la violencia que buscan denunciar. Escritura como la de Lotty Rosenfeld, que en plena dictadura, con su cuerpo inclinado sobre el pavimento, traza con austeridad una serie de líneas horizontales sobre los ejes verticales de la calzada, introduciendo en el espacio de la ciudad y en su propio cuerpo, otra fisonomía geométrica. Escritura como la de Carlos Arias, que a través del pequeño ritual de la puntada y el hilo, inclinado sobre la tela, con una paciencia casi anacrónica, reconstruye la memoria biográfica e histórica con la “finura y el cuidado” de quien prende sus manos de los hilos que dan forma a las palabras y las imágenes. Es interesante que Nelly haya escogido dos artistas que trabajan con hilos, líneas y trazos. Tim Ingold, antropólogo que ha pensado la vida social a partir de la vida de las líneas, discute en sus libros la rigidez y verticalización del pensamiento moderno, pero también la fragmentación del mundo postmoderno. La linealogía le permite en cambio pensar otras formas del conocimiento y del encuentro con otros, más cercanos a las curvas, las bifurcaciones, los nudos, los espirales, las errancias, las torsiones, las flexiones, los pliegues, todas formas que le permiten pensar una vida hecha de contacto, roce, deseo y frágiles dependencias. Cito a Ingold: “Somos criaturas a la deriva. Lanzados sobre las mareas de la historia tenemos que aferrarnos a las cosas esperando que de alguna forma el roce de ese contacto sea lo suficiente para compensar las corrientes, que de otra forma nos barrerían hasta el olvido. Cuando niños, lo primero que hicimos fue aferrarnos. ¿No es sorprendente la fuerza que tienen las manos y los dedos de los niños? De hecho, se puede deducir que en ese aferrarnos o agarrarnos los unos a los otros, se basa la esencia de la socialidad”. Ingold es cercano en ese sentido a Cavarero, pero también a otras escritoras y escritores –pienso por ejemplo en Butler, Dufourmantelle, Recalcati– que han optado por pensar no tanto los finales –el fin de la historia, el fin del capitalismo– sino las formas de echar a andar otra vez la máquina de la vida. “Hace falta, dice Nelly, desde el arte y la literatura, modelar lenguajes sensibles a la carencia y la falta; unos lenguajes marcados por una conciencia del daño y la reparación”. Me atrevo a decir que el libro de Nelly es un libro valiente, no solo porque repone una práctica que parece antediluviana: la de ejercitar el disenso como forma de reafirmar la amistad intelectual, la de exponer sus propios argumentos a la prueba exigente de la polémica, la de pensar el saber no como un acopio de resultados transferibles sino como una experiencia de búsqueda incesante. No solo por eso, decía, sino porque decide no adherir tan rápidamente al horizonte moral de su época. Si hay algo que nos mostró la revuelta –pero también la pandemia–es que cuando el mundo se derrumba se derrumban también con él los aparatos de saber que han buscado interpretarlo y que acostumbrados como estamos a los tonos asertivos y a las respuestas automáticas, olvidamos que si de una revuelta se trata, ella da a luz no solo una serie de objetos híbridos sino también los medios que nos permitirían pensarla. Para hacer lugar a ese espacio de pensamiento inaudito hace falta, dice Nelly, audacia y valentía, “pero también un lento arte de la espera, que requiere paciencia y sabiduría”. Ese arte, acota, es el que ha venido ejercitando la política feminista, que a diferencia de las escrituras de la revuelta, que fueron en su mayoría masculinas –y lo masculino aquí no es una fisonomía sino una forma de pensar la vida en común, de habitar, tratar e interpretar el mundo– sabe que en nuestras maneras de imaginar yacen las condiciones para nuestras maneras de hacer política. Hay imaginaciones catastróficas que, como dice Alexandra Kohan, inhiben los cuerpos e impiden ir hacia . Imaginaciones mortíferas, oscuras y hostiles que terminan por estar más cerca de las certidumbres que de un eros vital. Hay también imaginaciones poéticas que, a diferencia de cierta tradición de la filosofía académica, se atreven a correr el riesgo de barrer con las palabras cansadas, los modos de vida enfermos por no poder caer, tambalearse, arrastrarse, que se atreven a cambiar las formas de hablarse a sí mismo, de nombrar las cosas, de ligarse a los otros. Eso hace Nelly en este libro: romper, rememorar, rehacer. Y lo hace con humildad, a ras de suelo, a la altura de lo sutil, preservando su vulnerabilidad. ¿No es esto también, a su modo, una revuelta?
- Poética de los juguetes
Tropiezo con ellos, desparramados por todos los rincones de la casa. Pequeñas piezas de LEGO, peluches, globos medio desinflados, una furgoneta de lata, un dragón enredado en una cuerda. Los días que mi hijo no está en casa, prolongan silenciosamente su presencia, o más bien subrayan su ausencia de un modo discreto, insistente. Se diría que me observan, que contemplan con distancia mis rutinas de adulto que escribe, cocina, lee, habla por teléfono e intenta poner orden, sin jamás conseguirlo del todo. ¿Tú tenías legos cuando niño?, me pregunta mi hijo, ¿y cómo eran? Sí tenía, le digo, me encantaban, pero eran más simples que los tuyos. ¿Dónde están? No sé, le digo, algunos se perdieron, otros están en la casa de la abuela. Claramente considera que él debería heredarlos…¿Por qué ya no tienes juguetes? ¿No queda ninguno? Le digo que queda el osito que le heredé: no le parece suficiente. Vamos a buscar si queda algún otro a la casa de la abuela, me propone. Los adultos, le explico, ya no tenemos juguetes. Nos entretenemos con otras cosas, digo, como tocar música, leer libros, escribir, cocinar. Y me quedo pensando si no son juguetes todos los accesorios con los que llevamos a cabo esas actividades, si no es todo lo que hacemos un juego pretendidamente serio. Juguetes mi piano, mi ukelele, mi guitarra, mi teléfono, mi computador, mis libros...por cierto que lo son, en cierto sentido, pero algo les falta para serlo del todo. Los uso para ocupar el tiempo, me entretengo con ellos, pero también a ratos me sirven para trabajar, para comunicarme. Incluso los instrumentos musicales, con los que no tengo una relación profesional, los tomo con una determinación y seriedad que los alejan del juguete. Me dedico a practicarlos, los convierto en instrumentos, herramientas, modos de trabajo sistemático aunque sea el de sacar una canción o descifrar una partitura por el gusto de hacerlo. Un instrumento musical “de juguete” es uno que en principio no sirve para hacer música “de verdad” (aunque hay composiciones fascinantes para piano de juguete y videos musicales notables en que se ejecutan canciones conocidas solo con ese tipo de instrumentos). Los juguetes son un mundo mágico, un mundo en miniatura que podemos construir y destruir a nuestro antojo. Un microcosmos diminuto, delicado, controlable. Tal vez la fantasía de los juguetes aterradores que cobran vida tiene que ver justamente con que el reverso de esta sensación de control es la sospecha de que pueden tener voluntad propia, y tratarnos a nosotros con la misma brutalidad que ejercemos hacia ellos. Una clasificación tentativa de los juguetes podría dividirlos en: vehículos (autos, aviones, barcos), seres vivos (animales, insectos, figuras humanas y toda clase de monstruos), bloques y piezas para armar en general, desde una torre a un puzle. ¿Hay otras categorías? Los juegos de mesa no son, me parece, juguetes propiamente tales, aunque se juegue con ellos. Ni las cartas. Están los accesorios deportivos: pelotas, paletas, patines. Tampoco son juguetes: la disciplina del deporte los asocia demasiado con la seriedad, el desempeño competitivo, las reglas. Es notable el rechazo violento de los niños hacia algunos juguetes. Mi hijo siempre se negó a interesarse en una figurita de Thor, martillo en mano, de pie sobre un montículo. Supuestamente, según cuenta siempre mi madre, yo de niño me indigné cuando me regalaron unos soldados que no eran los playmóbiles con los que me gustaba jugar sino figuras de otro tipo. “Esas porquerías no me sirven para nada”, le dije a la cara a la señora que me los había regalado. Uno sabe con certeza instintiva qué juguetes sí y qué juguetes no, aunque después ese juicio pueda variar. Cuando le propongo a mi hijo integrar un soldado G.I Joe a una construcción de LEGO, rechaza tajantemente la idea: él no es de este juego. Intento explicarle que no importa, que lo decidimos nosotros, pero no hay caso. Los juegos de guerra, las armas de juguete son ciertamente otra categoría. Desde un palo para golpear cardos o una piedra para aplastar insectos a las ametralladoras con sonido y las espadas o pistolas. Cuando niño mis padres pacifistas no querían comprarme juguetes bélicos hasta que vieron que me fabriqué una pistola con un pedazo de pan. Coleccioné pistolas de varios modelos por muchos años y me encantaba jugar a dispararlas. Alrededor de los diez años me obsesioné con la paz mundial. Ahora me considero una persona pacífica y tranquila, bastante poco agresiva. No creo que jugar a disparar y acribillar a amigos, primos y vecinos me haya hecho ningún daño espiritual o cognitivo. Pero, por la época en la que estamos, mi hijo tiene pocas armas de juguete y las utiliza con cautela: la vez que le compré una ametralladora que sonaba a todo volumen y se iluminaba cada vez que disparaba y se dedicó a acribillar a todo el mundo desde el asiento trasero de mi bicicleta, nos miraron con cara de pocos amigos. Recuerdo todavía el día en que mi mamá se puso a botar mis pistolas de juguete: no las usas, me dijo, y varias están rotas, las vamos a botar o regalar. Me opuse indignado, ofendido, dolido. Sabemos que desprendernos de los juguetes es finalmente desprendernos de la infancia, con su libertad imaginaria y sus privilegios, para entrar al mundo adulto en que se cierran esas puertas fantasiosas. Mi hijo me ha hecho prometerle varias veces que nunca regalaré nada, y cuando recibe regalos de otros niños que ya crecieron se inquieta con la posibilidad de que sus padres cometan el mismo acto cruel de obligarlo a deshacerse de las prendas de una infancia que no quiere abandonar. De niño nunca me entusiasmé demasiado con los aparatos de destreza, como el trompo y el yo-yo, los volantines o el skate. Era torpe y poco persistente. Sí enganché con las bolitas, pero sin alcanzar ningún nivel de maestría en su manejo. Las lanzaba sin nunca acertarle al premio mayor de un bolón metálico, de rodamiento, o rarezas como los tiritos. Tengo todavía fresco el día en que, creo que en quinto básico, llegué el primer día de clases con mi ratonera y mi bolsa de bolitas, solo para enterarme de que ya no se jugaba a ellas, como si por un acuerdo tácito del que yo no me enteré todos hubiesen madurado bruscamente menos yo. A mi hijo la sola idea de competir le resulta odiosa a menos que tenga la certeza absoluta de ganar, lo que en estricto rigor le sucede solo cuando juega conmigo y me impone reglas que incluyen dejarme derrotar reiteradamente: tú no me encontrabas, no me podías ver, yo te empujo y tú te caes. Cuando en las batallas de ejércitos de soldaditos plásticos se me ocurre alguna estrategia novedosa que pudiera llevarme al triunfo, o amenazar su superioridad, confisca de inmediato mis tropas o los accesorios ilícitos. A veces no resisto infligirle alguna derrota, me digo que por motivos pedagógicos pero sospecho que es también porque si no me aburro, por el placer infantil de ganar. Tampoco tuve nunca ningún entusiasmo por esos juegos serios, difíciles, bruscos y competitivos que son los deportes. Mi padre me transmitió su casi total desinterés por asistir, en vivo o por televisión, a los partidos de fútbol o tenis. Recuerdo haberme enojado cuando lo vi gritar en un mundial, sentí que estaba fingiendo euforia frente a mis tíos: él me aclaró que sí le gustaba ver fútbol, pero sólo los grandes partidos. Nunca le creí del todo en esa época. Yo no veo ningún deporte, ni siquiera los mundiales, si puedo evitarlo, y el ejercicio que hago es la natación no competitiva, dar vueltas solo a mi ritmo por una piscina temperada pensando en lo que se me ocurra, sin romper récord alguno de velocidad. Tampoco llegué a obsesionarme con las colecciones: junté monedas y billetes extranjeros, estampillas, láminas, pero sin nunca fascinarme suficiente como para alcanzar el fetichismo sin el cual ningún coleccionista lo es del todo. Sí me fascinaba totalmente, en cambio, la simulación, sentirme parte de un mundo más vibrante e intenso que el habitual, jugar a los espías, Jedis, astronautas, caballeros de la mesa redonda, soldados. Esa desconexión momentánea del mundo es algo que se pierde irrevocablemente con la adolescencia y la adultez, o en todo caso muta, se desvía hacia otras áreas. Me fascina cuando me doy cuenta de que mi hijo está ido, compenetrado con un juego normalmente solitario hasta el punto de olvidarse de lo que lo rodea. En esos casos hace ruidos de explosiones, motores, máquinas, disparos y exclamaciones imaginarias, una suerte de zumbido que me indica que estará un rato en eso, muchas veces a partir de los accesorios menos espectaculares: una piedra pintada, una caja de cartón con ruedas, un conjunto de enchufes ensamblados con forma de robot. A S, hijo único de padres separados, le toca tener dos casas, cada una con sus juguetes que a veces viajan de una a otra, con el consiguiente riesgo de extravío o de que estén en la otra casa cuando los quiere. Ahora que está con su madre, algunos de sus juguetes desperdigados por la casa quedan como rastro suyo, como marcas de su pertenencia a esta casa, a este territorio. Tengo a mi derecha un mini auto volcado, con las ruedas hacia arriba como un escarabajo que no logra voltearse, a mi izquierda en el sillón un peluche monstruoso, de un verde estridente y sonrisa siniestra, que le regaló mi pareja. En el sofá frente a mí, enredado entre sus pantuflas, se asoma el ojo de vidrio de un koala gris, también de peluche. En el baño, la cocina, el hall de entrada y en nuestro dormitorio hay también, como espías apostados en lugares estratégicos, otros peluches, autitos, insectos, linternas, dinosaurios y robots. Tropiezo con ellos, desparramados por todos los rincones de la casa. Pequeñas piezas de LEGO, peluches, globos medio desinflados, una furgoneta de lata, un dragón enredado en una cuerda. Los días que mi hijo no está en casa, prolongan silenciosamente su presencia, o más bien subrayan su ausencia de un modo discreto, insistente. Me miran curiosos, preguntándose por qué los dejé atrás, por qué me hice adulto y los cambié por herramientas tan sosas y descoloridas como el computador en el que escribo esto.
- Horóscopo
Una lectura del cielo para la dimensión mitológica en la tierra. Por Rocío Casas Bulnes Aries: Con Marte entrando en Géminis, tu zona de las posesiones, habrá mucha acción en temas relacionados a cómo te vinculas con lo que consideras tuyo. Fuego y aire se inspiran y se engrandecen, danzan en espirales ascendentes y bajan a la tierra en forma de estelas fugaces que quebrarán las estructuras jerárquicas y rígidas en ti. Observa la carta del Tarot XVI “La torre”, en otras versiones “La casa Dios”. Verás que dos personajes caen o flotan en el espacio. Si no te resistes este quiebre sucede con placer cósmico. Tauro: La revolución francesa tuvo como lema libertad, igualdad y fraternidad. “La libertad guiando al pueblo” de Delacroix retrata a una mujer que con su luz muestra el camino. Más tarde la artista contemporánea Cristina Lucas crea un video donde vemos a esa mujer del cuadro siendo aplastada por los que parecían honrarla y seguirla. Los errores sirven para aprender y la conjunción de Urano- Marte en tu signo así se siente, que los altos ideales guíen el camino de tus pasiones para luchar por las mejores causas. Géminis: El dios la guerra, las pasiones, el sexo y energía masculina entra a tu territorio. Su presencia se hace notar y depende mucho de cómo la integres, alguien que trae mucha acción puede llegar a tu vida o bien quizás eres tú quien te activas, ya sea que proyectes o internalices. Como tu signo es aire y Marte demanda acción, puede ser fructífero observar tus ideas mediante el ejercicio de la escritura automática. Escribe sin detenerte a pensar, durante al menos diez minutos, y podrás conocer tu mente subconsciente. Cáncer: Después de tanta actividad en tu signo las cosas se calman y, aunque todos tenemos a los doce planetas del zodíaco en las casas correspondientes, tu territorio solar se queda por un momento en descanso. Podrás trabajar con mucha ayuda planetaria en tu zona material así como en tus vidas pasadas y regresiones de memorias enterradas a tus espaldas. Bert Hellinger, autor de las constelaciones familiares, dijo “El momento oportuno es breve”. Con la luz solar por un instante apartada de tu escenario ese momento llega. Leo: La diosa de la belleza y la sensualidad Venus hará oposición a Plutón, el dios de los inframundos y de la muerte, tensión donde muere una forma antigua de vincularte con lo que consideras bello. Tiene sentido esta entrada porque después la diosa estará acompañada en tus terrenos por el Sol y Mercurio. Esto se parecerá mucho al bajo relieve de su primera versión sumeria Innana, actualmente en el Museo Británico, donde se la ve como diosa de la noche custodiada por búhos y leones, mirando fijamente al espectador con ojos en trance. Virgo: El dios de la comunicación, Mercurio, quien además rige tu signo, retrograda en tus terrenos. Revisar, reordenar, reescribir, repensar. Los tránsitos de Mercurio retrógrado, lo que astronómicamente es un efecto visual, son excelentes para las mentes analíticas como la tuya. Se le teme porque en estas sociedades tenemos sobrevalorada la acción de avanzar, pero retroceder con consciencia es una gran evolución. Como alquimistas medievales, es buen momento para entrar en tu laboratorio y estudiar tu naturaleza interna antes de saltar. Libra: La primera mujer de la creación bíblica fue Lilith, quien se reveló a Adán porque no quiso ser sometida sexualmente. Dios la castigó y desde ese momento representa un espacio femenino de nuestra psique que ocultamos ya que nos da vergüenza por ser políticamente incorrecto. Ahora entra en tu territorio para quedarse nueve meses. Tal como el mito lo indica así se ven las relaciones, representadas por tu signo. Jung dijo que la iluminación es conocer profundamente nuestras oscuridades y darles voz, esta es tu nueva labor creativa. Escorpio: La diosa Higía es representante de la sanación y lleva una serpiente que sale de una copa. En el siglo XVII europeo las farmacéuticas adoptan este símbolo para imponer su lugar en la sociedad. Sería bueno que le rindieras tributo ahora ya que el dios de la acción Marte entra en tu zona de la salud y el servicio. Un himno anónimo antiguo te ofrece para ello estas palabras: “A través de ti desaparecen las enfermedades del hombre/ y cada casa florece, llenándose de alegría./ Y a través de ti, las artes también nacen”. Sagitario: Tu planeta Júpiter, dios padre que trae expansión y milagros, se opone a ti. Esto puede sentirse como aprendizajes profundos que te llevan a avanzar de nivel. Júpiter es tan benéfico astrológicamente que rara vez, incluso con tensiones, muestra su lado oscuro. Cicerón lo retrata como “la sobrecogedora presencia de una mente suprema”. Le gusta transformarse en animales pero su principal representante es la gran ave de presa “águila sideral, viña de bruma”, como le llama Neruda. Con su vista nada quedará oculto sobre ti. Capricornio: “Hay tanta soledad en ese oro./ La Luna de las noches no es la Luna/ que vio el primer Adán. Los largos siglos/ de la vigilia humana la han colmado/ de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo”. Así dice el poema a La luna de Borges. Y es que el terreno de tu signo está muy lunar últimamente, ya que ahora será tu segunda Luna llena del año lo cual no ocurre siempre. Toca fluir con la energía femenina, receptiva, y poética. Es tiempo de permitir y observar manifestaciones. Acuario: En estos días el dios de los inframundos en tu signo se opone a Venus y las tensiones se hacen notar. Desde tu perspectiva sentirás a tus espaldas un impulso de belleza, armonía y sensualidad desde donde miras con nuevos ojos las experiencias de transformación. Podrás comprender mejor que nadie la metáfora del relato francés del siglo XVIII La bella y la bestia : no importa cómo te veas por fuera, es lo que llevas dentro lo que hace te da hermosura. Piscis: Los poemas homéricos dicen que “una pequeña roca retiene una gran ola”. Perfecta imagen para Neptuno que estará retrógrado en tu signo hasta diciembre. En sus antiguas versiones Poseidón hacía sus primeras apariciones en esas literaturas orales del cercano oriente y se posicionó como un dios que no necesita ataviarse con ropas elegantes pues su apariencia ya es imponente por sí misma. Su retrogradación te pone los pies en la tierra, responsabilizándote de tus sueños, para fijarte en la realidad que estás creando.
- Quelentaro: obra gruesa
La presencia más bien subterránea del conjunto dentro de la música popular chilena tiene su antídoto en Los hermanos Eduardo y Gastón Guzmán, Quelentaro (Malamadre, 2023), del sociólogo e investigador Carlos Rodríguez González. En la casa de mi abuela había un rincón donde ella guardaba los casetes. Eran pocos: Inti-Illimani, Congreso, Illapu, Quilapayún y Silvio Rodríguez. Estaban ocultos detrás de otros objetos. Como niño, entendía que era un sutil recordatorio de que Chile, en la segunda mitad de los ochenta, aún estaba en dictadura. Cuando alguien tocaba la guitarra, aparecían canciones de Víctor Jara, Pablo Milanés y León Gieco, y mis parientes conversaban sobre música. El nombre de Quelentaro se mencionaba con solemnidad y en voz baja, como un secreto. El grupo de los hermanos Guzmán, decían los adultos, era “otra cosa”: estaba en una categoría única, misteriosa, una realidad sin adornos. A veces alguien palabreaba algunos versos de Quelentaro, mirando alrededor, cual invocación de fuerzas ancestrales. Eran frases que yo no descifraba por completo; las relacionaba con el campo, la pobreza entrelazada con la pena, y la sacrificada vida de pueblo, esa que estaba al otro lado de la puerta en mi Molina natal. Escuché con atención sus discos mucho tiempo después, cuando dirigía Radio UNO, emisora que se dedicó exclusivamente a la música chilena entre 2008 y 2016. Existía en Quelentaro una poesía desgarradora, una evocación amarga, una belleza tierna escondida detrás de esas carátulas con fotografías rurales, ilustraciones aguerridas y rostros adustos. A diferencia de otros artistas de la Nueva Canción Chilena y del Canto Nuevo, movimientos que Quelentaro atravesó sin radicarse en ellos, era difícil rastrear sus álbumes y su historia. Por esos años, además de los discos usados y/o quemados , los materiales más a mano eran el libro Quelentaro por dentro (2006) de Antolín Guzmán Valenzuela y las reediciones de Carpa de La Reina (1966), Coplas al viento (1967) y Lonconao (1982) que hizo EMI para la Colección Bicentenario, junto al sitio Musicapopular.cl . El autor propone una mirada documentada, cariñosa y sincera a través de doce relatos que funden los testimonios de treinta y ocho entrevistados, junto a valioso material de archivo y una guía discográfica. El tono otorga cercanía y calidez para retratar a los hermanos en sus distintas épocas: la infancia lluviosa en Angol, los años formativos, el nacimiento como cuarteto y los periplos como trabajadores de Endesa, el encuentro clave con Violeta Parra, las andanzas en peñas santiaguinas y boliches bonaerenses, la clandestinidad, el exilio, los destierros, las presentaciones por Europa y el retorno a un Chile que les quedó debiendo gratitud. Al respecto, Rodríguez González aborda distintos factores: “Al lado de los demás que estaban muy ligados al mundo universitario o a un ambiente netamente artístico, los Quelentaro siempre se identificaron con el trabajador y eso porque ellos mismos siempre lo fueron. Eso hizo que los dos solos se tuvieran que abrir camino”. De este modo, su militancia fue social y sindical, más que al servicio de intereses partidistas o gubernamentales. Hubo aliados, por supuesto, como la mencionada Violeta Parra; Rubén Nouzeilles, director artístico de EMI Odeón y responsable de sus primeras grabaciones; y Sergio “Tilo” González, de Congreso, compañero de casa discográfica y el productor que motivó la expansión instrumental en los arreglos del grupo a partir de fines de los setenta y durante los ochenta. El folclorista René Inostroza sostiene que “en la obra de Quelentaro usted se encuentra con el desarrollo de una oralidad popular, y eso históricamente ha estado muy menospreciado (…) Los cantores populares son los que escriben el primer borrador de la historia de su pueblo, lo recogen de lo común que se siente en el aire, y ese elemento fundamental, lo colocó en la mesa gente como los Quelentaro”. El recitado, ese “cantar hablando” que es el principal legado del dúo, es el equivalente musical a las fotografías de Antonio Quintana y Fernando Opazo: un paisaje humano de Chile, de esas manos, caras y espíritus agrietados por la labor y la naturaleza. Una estética que es el galope que busca el centro del canto, con palabras certeras y verbos estremecedores. “El trabajo obrero lo hicieron poesía. Finalmente, toda su obra es muy representativa de lo que era Chile en ese tiempo y de lo que al parecer seguirá siendo”, afirma “Tilo” González, recalcando la vigencia del mundo quelentariano. Porque los textos del dúo son un asunto actual en un país revuelto; tal como ellos mismos escribieron en la presentación de su libro Amanocheciendo (2002), “el cantar de Quelentaro es porfiado y volvedor”. La fotografía en la portada muestra a los jóvenes hermanos Guzmán en un paseo familiar en el verano de 1968. Es una escena sosegada con niños, animales y cerros. Bajo el sol, los músicos posan con naturalidad y relajo: es una buena forma de recordarlos también, una que aporta balance con esa imagen dura y fragosa de sus álbumes. El autor cierra el volumen con su propia experiencia de descubrimiento y colaboración con los hermanos, otra decisión que humaniza y desmitifica el perfil público de los músicos. Rodríguez González logra el equilibrio y la profundidad, en un texto que, parafraseando a sus biografiados, “clava el hacha al cráneo de la injusticia” del tibio reconocimiento a un dúo formidable.
- El lugar de un mártir (fragmento)
3 El colegio del que hablo era una mala creación con todas sus letras, y con esto quiero decir que mejor hubieran hecho una playa de estacionamientos en su lugar. Pensándolo bien, era malo, pero no execrable. No sería justo si dijera que cargó en nuestras psiquis con un reguero de secuelas. Al menos no lo creo así y prefiero ni pensarlo. Dicen los entendidos que hay que afrontar estas cosas, pensarlas y darles vueltas, pero yo digo que hay que saber guardar las batallas. En serio, uno termina por dejar entrar una sospecha y es capaz de expandirse como carcinoma. Mejor ni sospechar, no es cosa de cristianos. Además, es muy fácil imaginarse todo tipo de cosas desde donde estoy ahora, luego de unos años. Ese es uno de los tantos problemas de estar en calma, imaginarse todo tipo de cosas, sobre todo cuando uno ni siquiera ha cumplido la mayoría de edad y pretende ser la más honrada de las criaturas. Me acuerdo de la fila para ir a calentar la comida en el casino, en tres microondas sobre unas planchas de melamina. El olor era de esos capaces de ahogar la primavera. Una vez, el gran tonto de Hans reventó un huevo adentro del microondas, y ese desastre dejó sus marcas y su putrefacción durante meses, tanto que no me extrañaría que alguien leyera el futuro en las esquirlas de ese huevo hecho añicos. Ese es solo un ejemplo, hay miles como aquel. Otro: el nombre en araucano del colegio era Pumahue, lo que quiere decir “lugar de pumas”, pero debajo del logo, que consistía en dos pumas hieráticos y desmañados dispuestos en una especie de gablete sobre la reja de entrada, había un slogan en latín en que se podía leer virtus vincit. Traducido para la comunidad: “él que vence la virtud”. Perdón si hablo del colegio como si ya no existiera, la verdad es que no tengo la menor idea y poco me importa. Se hacían pasar por cristianos, piadosos y entendidos, y si de verdad supieran un poco de las escrituras, se habrían enterado de que eso de la sabiduría y la virtud son patrañas. No lo digo yo, lo dice San Pablo en la Carta que escribió a los Corintios: Porque está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y reprobaré la inteligencia de los entendidos . Y también el Rey Salomón en el Eclesiastés: Porque conocí que en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia añade dolor. Pero por ahora no me quiero desviar. Mi gran amigo por ese tiempo, vísperas de las fiestas patrias, era, como dije antes, Stefan Thompson, hijo de Thompson, el marinero con bienes raíces. En el colegio nos agasajarían con una empanada de pino per cápita, lo que se comunicó a los padres a través de una fotocopia corcheteada en la libreta de comunicaciones. Me acuerdo bien de ese día en particular en que comeríamos la empanada, era el año 2001 y la semana anterior habían golpeado las Torres Gemelas, tuve problemas para levantarme de la cama y mi padre me sacó de una oreja, lo que se supondrá no era complicado, y por poco se vuelve loco. Tomó una escoba y se puso a barrer en mis narices, restregando las pobres cerdas de la escoba contra el piso con una fuerza inaudita. —Mira y aprende, pendejo ––gritó—. Si no quieres estudiar empieza por lo menos a barrer, que lo harás toda tu vida. Quiero ser justo con mi padre, nunca lo había visto así y supongo que a cualquiera le pasa. Sin bañarme y sin comer, me subí al auto: no era un niño en aquel entonces, era una serpiente deslizándome desde las sábanas al tapiz del automóvil. Sólo diré que odiaba ese tapiz. Mi madre, en una actitud precavida, lo había cubierto con unas fundas plásticas, lo que era muy lejano a la sabiduría de las escrituras, que en su Proverbios enseña que los manjares del tacaño son como un pelo en la garganta. Pero ya hablaré de mi madre. Adentro del auto estaba mi hermano dando una batalla contra el cinturón de seguridad. Le daba mil vueltas en su antebrazo y simulaba tener una coraza con la que golpeaba la ventana con ganas de hacerla añicos. Nadie dijo nada: ya estábamos acostumbrados. Al colegio no habrán sido más de veinte minutos, la mayor parte de ese tiempo era una cola que se formaba en la calle lateral repleta de madres y furgones estacionados en segunda fila. Esto era siempre un mal preámbulo. Así que rogué en vano que el trayecto se extendiera por una eternidad. Creo hacer bien en suponer que aquél deseo lo ha tenido cualquiera que haya sido llevado alguna vez al colegio en este mundo. Pero en vez de dejarnos en paz por un momento, a mí y mi hermano, mi padre ponía un casete de un tipo que hablaba en inglés, una especie de nativo de la lengua. Ahí mismo nos intentaba animar para que pusiéramos atención. Aprender inglés les abrirá muchas puertas, nos decía y, pensándolo bien, era un poco cursi, pero le agradezco. Conozco de papás que creen que sus hijos tienen que aprender chino mandarín, los conozco de cerca, pasó con mi amigo, el Águila Zapico, ya hablaré de él. A esos sí que les deberían quitar la tuición y declararlos interdictos. En serio, nadie puede intentar aprender a hablar en chino mandarín a los diez años sin pasarse la vida en ello. Es un idioma arcaico, de diferentes tonos, es decir, hay que ser un poco músico para hablarlo, porque cada silaba va con un acento distinto, lo que es como tocar un instrumento. Además, a esa edad, el cerebro ya no tiene vuelta. Esto no lo digo yo, lo dice una señora a la que escuché en la feria y que parecía muy madura y convincente, y que así mismo se lo dijo a una que le pedía consejo, que se calmara y que tomara las cosas como son, que a cierta edad la cabeza ya no tenía vuelta, y a mí me pareció que llevaba a cuestas toda la razón del mundo. Y quizás es mejor que así sea, me refiero a todo esto acerca de la cabeza que no tiene solución. No quiero ni imaginar qué pasaría si fuese lo contrario. De momento se me ocurre que las decisiones y el carácter de cada quien pasarían a segundo plano, o simplemente a fuera de foco, y ya a nadie podría considerársele como a alguien maduro o convincente, como a la señora que escuché en la feria, porque un logro como ese, con una cabeza dócil, no supondría ninguna gracia. Y mucho peor, una frase tan digna de autoayuda como yo no soy lo que me sucedió, yo soy lo que elegí ser , o la sagrada yo soy el que soy , perderían todo eco y trascendencia. 4 Ocurrió el mismo día. Ya eran la una de la tarde y estaba hambriento. Antes de aquella hora teníamos dos recreos de quince minutos donde con Hans, Thompson, Correa, Olor a Res, el Águila Zapico y otros tantos, acostumbrábamos a dar chutes en el pasillo. Los grandes, que siempre eran un problema, se habían apropiado de la cancha multiuso. Colgaban en ella dos paneles de básquetbol sin aros y el suelo era un resquebrajadero. Habíamos tenido la suerte de agregar cuarenta y cinco minutos al recreo: un profesor no llegó a la sala de clases y nos dedicamos a fomentar disparates y hacer acrobacias mientras las niñas bailaban coreografías junto a una radio de compact disc del porte de una pequeña maleta, con un mango para transportarla hacia todos lados. Debía hacerse todo esto tras las cuatro paredes de la sala, con las ventanas cerradas y la puerta sellada desde abajo con un bloque de polerones. Éramos coordinados: si el ruido llegaba a oídos del inspector vendría a improvisar una clase en la que se sentaba a leer los mensajes de su beeper, enfundado siempre en la correa del cinturón, y a atusarse la barba de candado, mientras nosotros abríamos algún libro y enterrábamos la cabeza adentro. Por ende, nuestro mayor problema era convencer a María Canto, la sabelotodo, de que mantuviera la boca cerrada. Ella sufría con las horas perdidas como habría sufrido Dios si acaso Adán, expulsado del paraíso, se hubiera puesto a cosechar manzanas transgénicas. Pero gracias a su cerebro estereosomático, María Canto no tenía problemas en entender lo que significaban las súplicas y, como presidente de curso, no podía desechar tan fácilmente los ruegos de todos. En el fondo, y es algo de lo que aún no estoy seguro, no daba puntada sin hilo, como en general hacen todos los que aspiran a gobernar algún asunto y respiran en este mundo. Aunque sea gobernar la junta de vecinos. Lo que pasó después fue que cuando tocaron el timbre del recreo de almuerzo salimos corriendo, hacia el casino, por la empanada. Una vez en el casino a Stephan Thompson, sentado a mi derecha, no se le ocurrió mejor asunto que aprovechar sus descarados brazos, robarme la empanada y alzarla en el aire unos segundos. Esto lo hizo seguramente sin un propósito, como todo lo que él hacía. Yo salté por la empanada, de verdad. Había estado pensando todo el día en ella. A Thompson, sorprendido, se le resbaló de entre los dedos y se azotó contra las cerámicas. Siempre creí que esas cerámicas las trapeaban con el trasero. Recogí el trozo de empanada y de un impulso lo restregué por la cara de Thompson. Nadie sabe por qué uno toma ciertas decisiones y no es que sean la gran cosa o que esté muy orgulloso de ello, sobre todo cuando es el mejor amigo de uno con quien se intercambian tan malos modales. La cuestión es que el jugo de la carne caliente transitó por su rostro hasta mancharle la camisa y una aceituna emasculada rebotó hasta mis narices. Juro que vi salir volutas de humo sobre las mejillas de Thompson. Las mesas no eran más que unas luengas tablas sobre caballetes y sólo había cuatro dentro del casino. Al menos un tercio del colegio giró su cabeza para ver lo que pasaba. Todo fue interrumpido por la directora, una señora llena de alhajas, que también era dueña de la institución. Corrió indignada a salvar de la disnea a Thompson, hijo de marinero, y a pegarme unos golpes en la nuca con sus falanges llenas de anillos. Me dio con una fuerza incomprensible para su envergadura. En serio que hubiese preferido que tirara de mis impúdicas orejas, de tan duro que me dio con un anillo en el cráneo. Resulté más mal herido que Thompson, que apenas terminó en enfermería con las mejillas con ungüento, pero no dije nada. Nada bueno podría salir de decirle algo a la directora, aquella esmirriada señora que era como una callampa crecida en un tronco seco y que tenía la energía de alguien que se pasa la vida masticando semillas. Una energía, hay que decirlo, que la llevó a instalar ese colegio, una mole de cemento, en un sitio de tierra estéril. 5 Permanecer a la intemperie, a pleno sol, erguido sobre unas escalinatas de concreto, fue mi castigo. Como era mi costumbre, lo viví sin hacer mayores aspavientos. No permitiría que nadie viera un segundo a Juan Andrés Tolosa, amigo de todos, candidato a mejor compañero del curso, santo en ciernes y todo eso, quejarse de las injusticias. Cada diez minutos el inspector, esbirro y polizonte de la directora, me añadía capas de ropa encima. La ropa era un conjunto de trapos que había traído de la bodega de la ropa perdida. Por poco y fermentaba en mis narices. Después de unos treinta minutos de ser abrigado, yo ya era un bolón campana, pero así y todo había tomado una decisión: pasara lo que pasara iba a dejar en evidencia al inspector, como el pelmazo que era, y aguantaría el castigo. Si su deseo era que no expirara asfixiado, me iba a tener que suplicar que me moviera de ahí. La quinta vez que me agregó ropa debí haber tenido la forma de uno de esos cúmulos de roca desperdigados por el desierto. De verdad que tengo una fijación con el desierto, se pueden decir mil cosas malas de este, pero nadie puede negar que no hay nada más limpio que la arena. Para la sexta puesta de ropa, el inspector ya sólo ubicaba las prendas sin ninguna convicción sobre mis hombros: chalecos como si fueran bufandas, pantalones rancios cubriéndome la cara como esclavinas y dejándome la anchura suficiente solo para respirar. Al fin, después de una hora bajo el sol, tocaron el timbre del término de clases. Naturalmente, se había corrido la voz y todo el colegio había venido a ver. Entre el montón de ropa solo sobresalían mis orejas, las que pensé seriamente podían fracturarse. De repente a través de algunas telas, y por un ojo, podía ver hacia el exterior. No hubiera sido raro que el inspector me escupiera ese único ojo que sobresalía entre los ropajes, como hizo el legionario con los ojos de Jesús en El Calvario, y tampoco exagero si digo que en mí podrían haber estado anidando aves. Eran momentos de epifanía, en serio, sobre todo lo digo por la cara del inspector. La cara del inspector es algo que nunca podré olvidar, estaba sobrepasado. Sus movimientos se asemejaban a los de la gente que espera que una mala noticia no sea tan mala como cabría suponer. Tontamente me dieron ganas de llorar, al ver su cara, pero no lo hice. Digo que habría estado loco si inundaba el único ojo que me permitía atisbar alguna cosa y además me ayudaba a sentir que la respiración seguía a mi alcance. Aunque, pensándolo bien, qué me iba a importa a mí, Juan Andrés Tolosa, respirar, aquella actividad tan pedestre. Ya se podía prosternar el inspector ante mí y encender sus holocaustos y sus inciensos. Bienaventurado, me mantenía en trance, esclarecido bajo la luz del samadhi, en el magma primigenio, esas cuatro o cinco células procariotas que flotaron en algún charco cálido por alguna parte —según las mustias suposiciones de ese aguafiestas de Darwin—, cuando ni siquiera había partes en las que flotar, y desde las que emergió toda la hermosa vida en este planeta.
- Cómo narrar la muerte
¿Cómo narrar la muerte? Quizás debiéramos decir “cómo leer la muerte”. Esa muerte que se asoma con guantes quirúrgicos, la profilaxis, los fármacos. Lo antiestético. Porque la muerte es cotidiana, poco glamurosa. Y los significantes de la muerte conviven en esta existencia tribal y atávica: significantes que en “Atisbos” migran. No hablo de metaforizar la muerte, sino desplazarla: convertirla en minga. En hacer con sus diversas voces el cambio de escenario. Trasladarla de un lado al otro, pasarla de manos, hacerla gregaria. Y así leemos la muerte en Atisbos de Nicolás Poblete. La leemos polifónica, incómoda, grotesca, culpógena, saturada de referencias. El autor no le pide permiso a las palabras para corporeizar la muerte. La muerte es muerte como el san se acabó. Un vine, vi y vencí pese a los esfuerzos. Atisbo es sospecha. La intuición atada a las tripas. Otro enunciado para barrunto, donde me unto en el barro. Es saber dónde queda el Servicio Médico Legal aunque nadie nos haya citado allí. Creemos ostentar el poder de modificar el caos que precede a la muerte cuando no somos más que intersticios repletos de un vacío ignoto. Porque nunca NUNCA sabremos del otro. El espejo se rompe. No somos el otro. La impertinencia en este plano se dibuja con total certeza cuando leo: (p. 123) ¿Qué viste mientras caías? Al vacío: Una laguna de tinta china. Un túnel lleno de puertas cerradas. Manillas, botones dorados. Solo destellos en el hoyo negro. Las estrellas que se ven en los ojos con un golpe fuerte. O peces ígneos en el fondo del mar. En el fondo más profundo, donde no llega jamás la luz… Es el ascensor en caída libre. No: en libre caída. ¿Listo? ¡Por aquí! Acompáñeme por el pasillo, por favor. Sígame. Hágame el favor. ¿Cómo leer la muerte? Como quien sobrevive, deshojando los minutos del día como desmigando un pan. ¿Cómo escribir la muerte? Con total desprecio por la siutiquería. No me des la mano, no me tengas lástima. No, no necesito nada, mañana te llamo. Sí, estoy mejor pero ya se me pasará y voy a escribir con rabia y asco y con el reloj en contra y me van a leer y todo va a volver, porque la Parca se pasea dando respiros en las nucas. Nicolás Poblete Pardo reinaugura el tópico de lo exánime con una gracia difícil de adjetivar, pero aquí vayan algunos intentos: de manera grácil, antropofágica, tremendista. Cada verso nos fagocita y quedamos huesos. Somos huesos. De la materia de la que están hechas las explosiones siderales. Las estrellas. Todos terminamos por estrellarnos. Lo raro es vivir.
- Sobre el trabajo y la vocación
“El camino es fatal como la flecha, pero en las grietas está Dios que acecha” Jorge Luis Borges “El camino, más que camino, es un lugar, un lugar para estar en él,como en todo lugar, nada más que un momento”. Roberto Juarroz Cuando Anna andaba entre los cuatro o cinco años, en la casa que habitaba por aquellos tiempos, su padre, comerciante, se iba antes del amanecer a su trabajo y regresaba cerca de la medianoche. En tanto, su madre, miraba religiosamente y, muy entusiasmada, una telenovela por la televisión abierta. Ella dejó su profesión de bioquímica para “ ser ” ama de casa. Siempre quiso “ ser ” médica. En la época de los años ochenta ella(su madre) encendía el televisor que estaba en la cocina mientras preparaba la comida, limpiaba la casa, y, cómo si fuera poco, cuidaba al abuelo paterno (de Anna) recién operado. Realizaba aquellas actividades con la mirada perdida; estaba ahí, pero no estaba. A veces pienso en la cantidad de veces que, permiso Virginia Cosin, habrá dejado en suspenso los artefactos de limpieza para utilizar un bisturí, abrir los tejidos y colocar un marcapasos para que el corazón siga latiendo. No sé el proceso evolutivo de la sutura. ¿Cómo olvida la piel cuando se rompe? Un día no fue al jardín de infantes (con lo que le gustaba no ir) y pudo observarla - como es posible vislumbrar - a unos metros de distancia, efectivamente afectada por una escena de la telenovela que (sin saber) guardo en su memoria: Rosa de Lejos protagonizada por la escritora, actriz y directora Leonor Benedetto y dirigida por la cineasta María Herminia Avellaneda. En ese capítulo Rosa tomó una decisión; se separó de lo que “ debía ser ” y comenzó - frente al mundo- a responder. Aprendió a leer y a escribir, a descoser y a coser, se convirtió en costurera. Creo que la Directora (gran lectora del Segundo Sexo de Simone de Beauvoir), sin quererlo sopló (como a una ave) las alas de su madre - y de otras mujeres- para impulsarla a un vuelo. Los flebólogos dicen que, si una persona interviene, a tiempo, puede volver a circular la sangre coagulada. Años más tarde, ya en la adolescencia, la misma persona que le sugirió a su madre estudiar una carrera que no le gustaba le preguntó qué estudios comenzaría una vez finalizada la secundaria. Y, cuando le contó que sería letras, le dijo que iba a morirse de hambre y que para sentirse en el paraíso lo mejor era que se dedicara a otra cosa. Por esos tiempos todo le daba miedo; le creyó y fue por otro lado. Quizá podría discutir con esa persona(o con otrxs) si tuvo o no hambruna pero si se sintió a morir varias veces; a lo mejor porque en el paraíso está la quietud, ni el amor, ni el odio. Pasaron las décadas, gobiernos que se fueron y volvieron; subsidios que quitaron, centros culturales que cerraron. Buscar un empleo, encontrar otro y preguntarse: “¿es esto lo que quiero para mí?” Varias veces se perdió… Ni el trabajo, ni los afectos ahí, compañeras y amigas, como nos canta Fito Páez, le daban alegría a su corazón. Una noche llegó a su casa y encendió la televisión - sorpresa para ella - encontró Rosa de lejos . No miró la telenovela en su totalidad, pero si repasó fragmentos que, a su vez, repetía capítulos de una historia conocida; estudiar una carrera que no era la deseada, desempeñar un papel que la dejaba (como los estanques del campo) detenida y con la probabilidad de pudrirse. Pero - además del color de las raíces - también heredó un bisturí; para reparar primero hay que saber sangrar, después coser, después seguir. Así como Rosa, que ya había sido realizada ( Simplemente María ) fue la mirada de su Directora quien, tomando el mismo argumento narrativo, transformó a su protagonista en la hacedora de su destino. ¿Habrá llegado Anna a buena tierra? ¿Cuándo se llega? Lo que me enteré (por nuestrxs amigxs en común) es que retomó la facultad; no estudió Letras, pero si Filosofía y no fue sin aquellos períodos de angustia que hicieron su devenir. Como suele decir la filósofa Florencia Abadi: “No hay bien que por mal no venga”. Desconozco qué habrá más allá de la tierra laboral (la de ella y de la nuestra) y me deja con las ganas… Después de todo, el deseo es la distancia. - P.D A María Herminia, por la linterna. A Virginia, por el bisturí.
- Homenaje a Fabián España
El pasado mes de Junio el fotógrafo aysenino Fabián España desapareció del mundo. Tenía 40 años y nadie sabe qué le pasó. Dejó una obra seria y profunda, como la de quien ha vivido. Fabián España nació en las anchuras de Aysén, en el sur de Chile. Ya a los 13 años hacía fotos. Su despertar adolescente se encauzó en el registro de su mundo y familia campesina, que se trasladó a vivir desde Cochrane a Coyhaique. Allí, a los 17 años, hizo fotos para un diario regional y luego fue corresponsal de El Mercurio y de La Tercera. A los 23 se fue a vivir a Santiago, y en la capital trabajó para distintos medios. Fotógrafo autodidacta, siguió su propio instinto, sin influencias externas. Recién cuando llegó a Santiago se enteró un poco de lo que era la tradición de la fotografía chilena y mundial y conoció a autores que le interesaron, como Sergio Larraín. Influyó su ingreso al Instituto Alpes, donde despertó el interés de la directora Leonora Vicuña, quien lo postuló al Premio Rodrigo Rojas de Negri, que obtuvo a los 25 años. Durante los últimos años, ya de vuelta en Aysén, se dedicaba sólo a su obra personal. No trabajaba con flash ni con iluminación artificial: se apegaba a la luz natural. Tampoco le preocupaba obedecer a los cánones técnicos. "No me importa si algo sale desenfocado, lo que me interesa es plasmar la emoción que una escena me produce", dijo una vez. Pasó por la foto digital, pero terminó regresando a la foto análoga. "Con la digital tomaba demasiadas imágenes. El hecho de no disparar tantas fotos te hace estar más tranquilo, observar más la escena, el gesto, la luz y la huella", reflexionaba. El proyecto fotográfico de Fabián le tomó prácticamente toda la vida. Sus imágenes buscaban profundizar sobre su propia historia, investigando a los primeros colonos que llegaron a la Patagonia, entre quienes estaban sus antepasados. "Recién me estoy dando cuenta de que la fotografía ha sido la manera que encontré de narrarme a mí mismo". Su formato visual fue el libro, porque allí podía narrarse. También tuvo su propia editorial. Algunos de sus libros “La balada de José y Valeria: Espacios Escondidos” (Editorial Ocho Libros 2010), “Secretos de Familia” (Editorial Ocho Libros 2011), “Desilusiones” (Editorial Ocho Libros 2014), “Regresiones” (Editorial Trapananda Ediciones 2016) y “Libro/Postal Colonos” (Editorial Trapananda Ediciones 2016).
- Inês Paulino: (auto)retrato de archivo
Investigar un archivo personal es como ingresar a un jardín en ciernes, donde se cultivan objetos, imágenes e ideas que permiten abrir nuevas narraciones dentro del contexto histórico de su procedencia, además de otras relaciones potenciales con el presente. Mientras que trasladar el archivo como se conserva en el espacio íntimo que lo alberga, para desplegarlo y exhibirlo, es un gesto de generosidad y apertura sensible, en este caso de Inês Paulino frente a la mirada pública. Esta exposición es una aproximación a su fondo documental, que cuenta con más de 60.000 negativos y algunos documentos. Por otra parte, es el deseo de intentar retratar a la autora a partir de su trabajo y compromiso como fotorreportera durante dos décadas, a través de la obra Autoretrato (1984) que permite dimensionar su veta de retratista, como su vínculo afectivo con la escena cultural e intelectual chilena de la cual fue parte. A partir de la singularidad de los materiales utilizados (archivadores pintados a mano, cajas de papel fotográfico usadas para el resguardo de sus negativos y tiras de contacto, descripciones escritas a mano, fotocopias, entre otros), así como revistas que dan cuenta de su oficio y algunos documentos personales, queremos poner en valor el trabajo realizado por la fotógrafa Inês Paulino Mori (Sao Paulo, 1944), para que siga siendo investigado como un material imprescindible para la memoria política, cultural y social de nuestra historia reciente. En cada foto que tomaba, dejaba de respirar En una conversación con Inês ella comenta: “En cada foto que tomaba, dejaba de respirar”. Esa frase devela el oficio de fotorreportera - la urgencia de asegurarse de que las imágenes existieran, como la sensibilidad de una mujer que decidió ser testigo de su época. El cuidadoso resguardo del material fotográfico y de prensa, documentos y retratos personal es, ha sido custodiado por el artista Oscar Gacitúa, permitiéndonos acce der a una pulsión material y de vida de una mujer que fotografió insistentemente la vida política, social y cultural de Chile. Son imágenes que reconstruimos a partir de las indicaciones manuscritas que nos indican el territorio extenso y diverso al que accedió, así como el amplio espectro político que retrató y la cotidianeidad que sigilosamente siguió su curso. Exhibimos las cajas de papel fotográfico que resguardan hasta hoy los negativos monocromo 35 mm de su trabajo de reportera gráfica entre los ´80 y ´90, con indicaciones sobre el contenido fotografiado (fechas, nombres, lugares); algunas contienen hojas de contacto y ampliaciones. La presencia de los ejemplares de APSI (Agencia de Prensa de Servicios Internacionales, 1976-1995), revista de oposición a la dictadura civil-militar nos muestran el lugar donde Paulino participó activamente como fotorreportera y luego también como directora de fotografía, desde 1980 hasta el cierre de la publicación. Esta fue la primera, que en sus 511 números, por medio de la ironía y la crítica, insistió en develar los acontecimientos de uno de los episodios más oscuros de nuestra historia Me ataranta lo que veo Me ataranta lo que veo es un verso del Poema de Chile de Gabriela Mistral (1889-1957), que siempre ha resonado en Inês, invitándonos a observar crítica y reflexivamente el lugar que habitamos, sus diversos relatos y variadas historias. La fotógrafa lo hace a través de una mirada aguda y afectuosa, reporteando en épocas complejas y desafiantes, pero también conservando con delicadeza y cuidado su archivo, que indiscutiblemente es parte de la memoria colectiva. En 2016 el Archivo Fotográfico y Audiovisual de la Biblioteca Nacional adquirió por primera vez parte de su archivo: 5.092 negativos monocromo en formato 35 mm. Así, se convirtió en la primera mujer fotógrafa en ser parte de ese acervo, acción que cuenta de su valor fotográfico, político y social. Hoy, luego de un minucioso trabajo, el acervo está digitalizado y se ha puesto a disposición a través de la plataforma en línea de Biblioteca Nacional Digital. Para esta exposición se seleccionaron 27 fotografías que dan cuenta de su labor fotográfic a. Autorretrauto En 1984 se exhibió en galería SUR por primera vez el proyecto “Autoretrauto” de Inês Paulino, que constó con la participación de personas vinculadas al arte y la intelectualidad chilena. La idea se inició cuando en septiembre de 1982 la fotógrafa realizó el envío de 100 sobres con dos retratos idénticos ampliados en blanco y negro, de 18 x 24 cm a distintas personas. Cada persona recibió uno como obsequio y el otro debía ser intervenido y reenviado a la dirección personal de la fotógrafa en un plazo de una semana. La instrucción original decía: “Píntelo, recórtelo, fotocópielo, rómpalo, haga con él lo que quiera…”. El resultado se expuso en orden alfabético, co mo si se tratara de un gabinete de retratos. “Autoretrauto” es una suerte de cartografía afectiva, donde subyace un complejo entramado de relaciones que, junto al acervo foto periodístico, dan cuenta de la relevancia del trabajo de Inês Paulino en la elaboración de nuevas lecturas sobre nuestra historia. El poeta Enrique Lihn, comenta en el texto del catálogo del año 1984: “Muchos de los invitados al desdoblamiento pueden haber aceptado el juego sin poder, en rigor, participar en él. Por inercia e, incluso, por vanidad; así como no se deja de asistir a una reunión social si se sospecha que todo el mundo estará allí. Por sus reservas los reconoceréis, por su inhibición del disfraz y la fomedad o excesiva astucia de su pinta. También habrá otros con los que, por comparación puede uno empatizar (¡y quién es uno?), ya que tienen el hábito “perverso” de los espejismos y las ilusiones, de los rostros falsos”. Biografía La fotógrafa Inês Paulino Mori (São Paulo, 1944) llegó en 1970 a Chile, dedicándose inicialmente a la traducción. A finales de la década comenzó en el oficio de registradora de hechos , como ella misma se describe, trabajando para diversos medios de prensa de oposición a la dictadura civil-militar como Hoy, Clan y APSI. Fue una de las fundadoras de la Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI), creada en 1981. En su trayectoria como fotógrafa capturó diversos acontecimientos noticiosos, retratado a un sinnúmero de protagonistas y también documentado la vida cotidiana y cultural nacional, particularmente la violencia y la resistencia, sobre todo en Santiago de Chile.












