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  • Negar nuestro consentimiento

    Primo Levi estuvo detenido durante dos años en Auschwitz. Era un joven bioquímico de 22 años que se había ido al monte a buscar partisanos para luchar en la resistencia contra los fascistas. No los encontró, pero en cambio se topó con los soldados de Mussolini. Cuando lo interrogaron, le pareció que decir que era judío era menos malo que confesar que era comunista. En definitiva, ser judío era algo que él no había decidido, en cambio el comunismo era una ideología que había abrazado a consciencia. Pero se equivocó. Era algo difícil de comprender, algo que iba a destruir la misma noción de sentido en pocos días, pero era así: el ser era más peligroso que el hacer. En el gueto en el que se preparaban los envíos a los campos de concentración, se encontró con familias, jóvenes como él, niñas, niños, personas muy viejas. La comunidad variopinta que se había formado ya había logrado organizarse para que hubiera hasta escuela. El día anterior a la partida, los maestros dieron clase a sus párvulos, les enseñaron cosas nuevas y les anotaron tarea en los cuadernos. Como si el tren no existiera, como si el futuro fuera un lugar en el que esas niñas y esos niños crecerían y se convertirían en miembros activos de sus comunidades. Las madres lavaron pañales y los pusieron a secar en las alambradas y al final de la noche algunos cantaron, otros rezaron. Hubo quienes dedicaron la noche al amor y también quienes lloraron sin consuelo. Primo Levi pasó la noche en vela, sin saber qué sentir. No le llevó más que dos o tres días de habitar el campo de concentración para comprender que estaba en una fábrica de muertos. Con la eficiencia de cualquiera de las grandes empresas que el capitalismo había impuesto en su Revolución Industrial, la cadena de montaje se cumplía a la perfección. Sólo que, en vez de montar, los iban desmontando. Primero la ropa y todos los objetos personales, después el pelo y el nombre –reemplazado por el número tatuado en el brazo-, y finalmente la primera evaluación: quiénes irían con la toalla y el jabón a las duchas que no duchan, y quienes irían a desempeñar las distintas tareas que se desarrollaban en ese territorio autosustentable. Cuando supo que el producto final de la fábrica era la muerte en sus distintas versiones, quiso morirse lo antes posible. Ceder al objetivo de los nazis blandamente y rápido. Entonces, una mañana helada, en el baño, mirando el dibujo del piojo asesino en la pared junto a la leyenda en alemán que instaba a la higiene personal, sintiendo en cada célula el cinismo, la crueldad, la estupidez, de ordenar a los prisioneros una limpieza matinal del cuerpo con agua sucia, se sentó en el piso y empezó a morir. A morir a consciencia. A morir a propósito. A desobedecer para ser castigado con la cámara de gas, o golpeado en el barracón, o ahorcado en la plaza del recuento frente al resto de los prisioneros. Pero no estaba solo. A pesar de haber decidido aprovechar esos minutos para estar a solas con su mente y poder tomar esa decisión; en las piletas, sujetando el traje a rayas entre las piernas y frotándose con furia el cuerpo con esa agua marrón y congelada, estaba Steinlauf. Enérgico, vigoroso y por lo tanto fuera de lugar, de casi cincuenta años, el ex soldado de la Primera Guerra Mundial, le preguntó a Primo por qué no se bañaba. La pregunta misma, el requerimiento de saber las razones de por qué alguien hacía algo o dejaba de hacerlo, a pocos días de ingresar en Auschwitz era ya una rareza. La violencia ha logrado que la mayoría de la gente concentre sus poquísimas energías en sobrevivir y nada más. Primo se envalentona y le retruca que para qué querría bañarse si en minutos va a estar cargando bolsas de carbón ensuciándose por completo. No le dice nada de su decisión de llegar más rápido a la meta de la muerte, pero el soldado Steunlauf parece adivinarlo y le da una “lección en toda la regla”, como diría Primo Levi en su libro Si esto es un hombre, años más tarde: “… precisamente porque el Lager es una gran máquina para convertirnos en animales, nosotros no debemos convertirnos en animales; aun en este sitio se puede sobrevivir, y por ello se debe querer sobrevivir, para contarlo, para dar testimonio; y para vivir es importante esforzarse por salvar al menos el esqueleto, la armazón, la forma de la civilización. Somos esclavos, sin ningún derecho, expuestos a cualquier ataque, abocados a una muerte segura, pero nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento”. Negar nuestro consentimiento. Esa flaquísima y última dignidad fue la bandera de muchos detenidos en aquel campo de concentración y en muchos otros. Tanto la de no morir cuando los verdugos determinaron su muerte, como la de morir cuando esos mismos verdugos pretendían alargar la vida para sacar más frutos de un cuerpo destruido. Recuerdo la historia de un detenido en la ESMA que después de una sesión de picana, metió la cabeza en un inodoro para que la electricidad que todavía corría por su cuerpo lo matara. Recuerdo también las historias de mujeres intercambiándose la ropa cada mañana para que el tiempo no fuera una masa sin marcas. Y la de tantos presos políticos haciendo obras de teatro para arrancar risotadas de los compañeros y hacer volver a la alegría ahí donde gobernaban la tristeza y la miseria. Negar nuestro consentimiento. La Memoria, así con mayúscula, se ha vuelto de un tiempo a esta parte, en el relato de las crueldades a la que fueron sometidos los cuerpos de nuestros seres queridos. Los Sitios de Memoria, son aquellos lugares donde se fabricaba la muerte. Pero ¿qué pasaría si en la Memoria –así, con mayúscula- cupieran también todos esos actos de resistencia? Porque, si en esas circunstancias extremas, donde le margen de decisión era del tamaño del cabello de recién nacido, hubo quienes pudieron negar su consentimiento, ¿qué no podríamos nosotres que estamos en libertad? En libertad quiero decir, que no estamos en un campo de concentración y que no vivimos en una dictadura. ¿No podríamos negarnos a ver las imágenes pornográficas del dizque presidente cumpliendo su sueño adolescente de ser una estrella pop? ¿No podríamos negarnos a hacer como si la vida siguiera su curso cuando cada vez hay más sillas vacías en nuestros lugares de trabajo? ¿No podríamos negarnos a la negación de seguir de largo cuando vemos gente durmiendo, comiendo, existiendo a la intemperie, en la vereda, en las plazas de nuestra ciudad? ¿Podríamos, quizás, negarnos a luchar por un lugar en un escenario, por una silla en las primeras filas de un acto, y reservar esa energía para luchar contra el enemigo? Y ¿qué tal estudiar, pensar, crear y expropiarle a la maquinaria de producción capitalista el tiempo que nos roba para usarlo en cosas que “no sirvan para nada”? Puede parecer naif y hasta una consigna de gurú new age, pero cuando el enemigo golpea y aturde, aturde y golpea, sin solución de continuidad, salir de esa cadena de producción del mal, puede ser un gesto de resistencia fundamental. Si devolver el golpe aún no se puede, si la organización comunitaria todavía es frágil, si hasta la defensa parece un torpe correr de espaldas, todavía podemos la dignidad de negar nuestro consentimiento. Cuando hacer es muy difícil, recordemos que ser sigue siendo peligroso para el enemigo. No lo olvidemos. Que la memoria no sea sólo del mal que nos hicieron, sino también de quienes resistieron antes que nosotres y aún desde la muerte nos tiran tips de dignidad. *Nota publicada en Página12

  • Lo culposo

    Antes de poder sentirse culpable de haber cometido una mala acción, el ser humano se hace culposo, es decir, construye psíquicamente las condiciones de posibilidad del sentimiento de culpa. Lo culposo se funda en una fantasía primaria: la de una instancia omnisciente que, por tanto, nos impide poseer una existencia íntima. A esa instancia podemos llamarla madre. No es el dios que prohíbe comer del fruto –de nombre padre–, sino aquel ante el cual las criaturas no pueden ocultarse. En sintonía con esta dimensión culposa anterior a la culpa, la noción de pecado original no tiene el sentido de una falta personal en cada descendiente de Adán (como ya explicó Girard), sino que nombra más bien esa privación de la inocencia que supone la aparición de un espacio velado, oculto, íntimo, que será constitutivo de lo humano. La intimidad supone una separación, un pliegue que contrasta con la idea de inocencia. Este lazo con la intimidad explica que el sentimiento culposo sea hermano de la vergüenza. Ambos remiten a lo que no puede contenerse en el interior. El rubor de la vergüenza es un signo claro de esa imposibilidad. El culposo no puede mirar a los ojos, tampoco el vergonzoso. En ambos casos, la intimidad se exterioriza en la misma medida en que es estigmatizada, en que pone al sujeto en la situación de ceder su poder (de ahí que al culposo se lo manipule y al tímido se lo mandonee). Si no es preciso a priori sentir vergüenza o culpa por aquello que nos sucede o aquello que somos o sentimos, no es porque tengamos el derecho a mostrarlo sin más, sino por el derecho que tenemos de ocultarlo. Solemos pensar que la vergüenza no comporta un juicio como lo hace la culpa, pero tampoco el sentimiento culposo tiene su núcleo en el juicio –en efecto, es anterior a este–. Del mismo modo, no tiene su núcleo en el error, si bien el perfeccionista no tardará en hallarlo. Tiene su núcleo en la presunta obligación de no guardar secretos ante una instancia que lo sabe o lo sabrá todo, una instancia a la que en algún momento deberemos rendir le cuentas y a la que sería conveniente aplacar, entonces, confesando. II El sentimiento culposo es una fuerza imperiosamente actuadora porque conlleva una incontenible necesidad de reparar (de lavar) alguna falta que no ha tenido lugar. Sin embargo, el culposo monta escenas que finalmente tienen como efecto algún traspié. Si se actúa con sentimiento de culpa, se terminará teniendo la culpa; el culposo se hace culpable. Freud lo expresó con claridad en “Los que delinquen por sentimiento de culpa”, donde remite a Nietzsche, quien también había señalado este aspecto. Puede pensarse que el culposo busca un castigo, pero esa necesidad es anterior a la mala acción. La precede una falta imaginaria: la de guardar un secreto, la de tener una existencia íntima. Mediante el autorreproche, el culposo busca evitar anticipadamente toda idea de responsabilidad. Si se juzga mal a sí mismo, le ganará de mano al otro, supone. Si pone el cuellito, quizás no se lo corten, supone mal. Si la culpa es ya un castigo, no debería hacer falta superponerle otro. III Lo culposo supone una relación con el decir, una creencia de que debemos decirle todo a alguien. No exige que se posean malos pensamientos, sino simplemente que se sienta la obligación de no guardar secretos. Es persecutorio, porque si uno cree que debe decírselo todo a alguien, es porque cree que ese alguien ya lo sabe todo. Decirlo, entonces, es más estratégico que callar. Quizás nos quite de encima su mirada, cuya tonalidad reprobatoria excede todo juicio. Se está en falta frente a esa mirada en la medida en que se tiene una intimidad. En esa medida, la libertad no es tanto de hacer o no hacer, sino de decir o no decir. La instancia madre es el destinatario evidente de ese decir; en tal sentido, se trata de una madre confesionario (“¿A quién, si no, podría contarle todo?”, se pregunta Theodor Adorno en relación con la suya). Así se actualiza la relación fusional, mediante una prohibición de lo íntimo. En sueños, entonces, la madre también espía, persigue, descubre. El narcisista, que se fusiona con el ideal materno entregándole su vida, es notablemente culposo. El modo en que se sacrifica a esa imagen ideal es un modo de ser de la madre, de no ponerse en juego eróticamente separadamente), de negarse a sí mismo. Entre los atributos de la función materna se encuentra la conformación de esta instancia psíquica, que puede luego depositarse en otros, como el analista o el sacerdote. IV Aquello que es íntimo por antonomasia es la sexualidad. El hecho de que su existencia misma se funde en el tabú que cae sobre ella –tabú que es más que una prohibición, es más bien aquello que constituye la vida sexual como “reverso de una fachada” (fórmula batailleana)–, hace que la sexualidad sea la fuente primordial de la culpa, aquello que no podemos decir cabalmente, ni a la madre ni a nadie. El carácter intrínsecamente morboso del deseo sexual sobreimprime al velo un halo de oscuridad, poniendo al sujeto frente a una información inconfesable. Por mucho que se hable de sexo, nunca se dice todo. El sexo es ese asunto sobre el cual no puede decirse todo. Un goce ligado originariamente al abuso (Freud) nos advierte que la humillación y la crueldad ocupan un lugar insoslayable en la vida secreta de los seres humanos. La sexualidad no es el objeto de la culpa, sino aquello que establece las bases del mecanismo por el cual sentimos culpa, las bases de la existencia íntima que no confesaremos a la madre. V El culposo se hace el bueno. Como un alma bella, sostiene un ideal de transparencia, de sinceridad, no tolera la opacidad natural que le da tener un espacio íntimo. Si el ideal fusionante de transparencia pertenece al narcisismo, el egoísmo –opuesto del narcisismo– tiene en cambio una inclinación a ocultar. A veces oculta simplemente para reservar un ámbito propio, y por eso se trata menos de comprender qué oculta que el hecho de que oculte. El secreto le brinda sentido de la individualidad y, además, una fantasía de control, en la medida en que maneja una información que no comparte. Cuando el egoísmo se manifiesta como permiso para priorizarse, decir que no al otro o simplemente no decir, la libertad cobra espesor y la culpa no tiene lugar. Cuando el egoísmo está viciado, no se trata ya de quien puede decir que no al otro sino de aquel que no puede no decir que no, porque es impotente para ceder, dar o servir. El “no” aparece entonces de modo compulsivo, automático. Esto se ve con claridad en la película de Maggie Gyllenhaal La hija perdida, una película sobre el egoísmo, aunque la crítica se haya despistado con la temática materna. El personaje de Leda responde “no” de manera automática a una familia que le pide un cambio de reposera y que recibe con incredulidad la negativa a ese pedido trivial. En otra escena de mayor intensidad dramática, tiene enfrente a su hija pequeña, desbordada de llanto, que le muestra un dedo que se ha lastimado y le ruega que lo bese, pero la madre no puede consentir en el pedido. La impotencia se revela aquí como el fundamento del egoísmo viciado, en que no hay sentimiento de culpa pero tampoco libertad. La estructura egoísta permite echar luz sobre el asunto, en principio extraño, que recorre la película: el hecho de que Leda oculte sin motivo supuesto la muñeca de una niña. VI Piera Aulagnier ha sostenido una tesis tan clara que cabe entera en el título de su artículo “El derecho al secreto: condición para poder pensar”. Si el discurso de la locura puede concebirse como una carencia de filtro entre lo que se dice y lo que no, la posibilidad de guardar (una idea, una representación) resulta esencial para el acto saludable del pensamiento. No hay sujeto que se constituya sin ese espacio de secreto que pide la liberación de la sombra que pesa sobre él. La libertad como derecho de no decir, tal como expresa aquel refrán popular que nos recuerda que somos dueños de lo que callamos, exige que no recaiga sobre ese silencio amenaza alguna. De eso se trata la idea de derecho que supo destacar Aulagnier. La obligación de confesar comporta necesariamente la culpa, y en ese sentido resulta difícil creer que la ética que predicaba Jesús admita ese dispositivo que desplegó la Iglesia romana. Su consejo de rezar en secreto, de hablar con Dios a puertas cerradas (presente en el Evangelio de San Mateo), revela una concepción de la interioridad y de su eficacia en el ejercicio espiritual que se echa a perder en el confesionario. “Di sí, sí, no, no, lo que es más que eso, de mal procede”. Para que haya cosecha debe sembrarse adentro, en la oscuridad, cuando la luna no se deja ver en el cielo, debajo de la tierra, en el interior del cuerpo. - *El presente ensayo forma parte del libro El nacimiento del deseo, publicado por Pólvora Editorial, 2023. Imagen: The lost daughter - Maggie Gyllenhaal 2021

  • Lo mío es mío y lo tuyo es de los dos. Propiedad y psicoanálisis.

    Seguro han escuchado esa frase. Siempre me ha causado mucha gracia. Una de las cosas de las que menos hablamos y, sin embargo, más naturalizada tenemos, es la de la propiedad. Hablamos de lo que nos pertenece con una soltura insólita: mi casa (que estoy pagando con un dividendo a 25 años o que le arriendo a alguien), mi gato (que en realidad piensa que tú eres SU humano), con mi hijo no (como propiedad y objeto), tu hijo (cuando estoy enojada). Nunca me voy a olvidar de una de las frases que leí en las entrevistas que hicimos a egresados del ex SENAME: 'Carolina, ya no te podemos tener más acá. Por favor, agarra tus cosas y ándate'. Cuando recuperamos la frase para el libro que un día sacaremos se coloreaban automáticamente en una negrita imaginaria la palabra Tener y Tus cosas. ¿Quién los tenía? ¿alguien tiene a los niños del exsename? Tener un hijo. La palabra "tener" proviene del latín "tenēre", que significa "sostener", "mantener" o "poseer". En su origen etimológico, "tener" está asociado con la idea de mantener algo en posesión o control, ya sea físicamente o de manera abstracta. A lo largo del tiempo, su significado se ha ampliado para incluir diversas acepciones relacionadas con la posesión, la acción de tener algo en propiedad, la tenencia de algo material o inmaterial, así como el hecho de experimentar o sentir algo. Tener frío, tener hambre, tener miedo, tener pena. Quizás esas eran las "tus cosas" que Carolina tenía que agarrar. Sin embargo, la frase es tan desconcertante que el sujeto busca objetos para completar esa demanda absurda: un cepillo de dientes, un frasco de perfume sin perfume, "mis cosas", "Yo tenía pocas cosas”. Un 'mi', un 'mío' supone un 'yo'; por eso, para los niños pequeños, 'mío' es todo, 'mío' es nada. Recuerdo a un papá que cuenta que su hijo va por la calle señalando todos los objetos que ve, diciendo 'Mío'. 'Mío' en ese caso describe más bien el movimiento pulsional de capturar una representación de un objeto y hacerla mía. Ese es un paso esencial en la subjetividad. Se trata de poblar el mundo interno con representaciones capturadas desde el mundo externo y que, puestas en diálogo con las otras representaciones ya adquiridas o por adquirir, definen lo verdaderamente mío: eso que yo singularmente hice con ese encadenamiento. Es la frase que construí con lo visto y lo oído, y que puedo reconocer como mía porque es el resultado de mi trabajo de desear, de preguntarme por lo que el otro quiere y construir un trayecto para intentar ser la respuesta. Mi fantasma es mío, mis síntomas son míos, el malestar no; el malestar es de nadie y es de todos. Sin embargo, nadie puede hacer ese trabajo sin el otro. Es decir, el camino de construir lo mío es un camino acompañado. No por nada se habla del Gran Otro, y en un primer tiempo, ese Gran Otro está encarnado por la madre. Ese Gran Otro tiene la tarea de asignar al viviente su primer derecho de uso: el tesoro de los significantes. Los significantes no tienen dueño. Imaginen que aquello que es lo más importante en el mundo de los seres parlantes no tiene dueño. Se usa. En los primeros años de vida, la dependencia inicial de los seres humanos difumina la distinción entre lo heredado y lo propio, entre lo tuyo y lo mío. Los bebés, ubicados como una extensión del deseo de quienes los trajeron a la vida, son parte de esa piel. La madre se crispa, el cuerpo del bebé se crispa; la madre se asusta, el bebé se asusta. La maternidad/paternidad en los humanos nos enseña que el dolor se puede encarnar en un cuerpo ajeno. De hecho, es el único modo. El niño se cae, la madre sufre; la niña lo mira y ahora sabe que eso duele, llora. Hasta sentir dolor es una herencia del otro. Hay derecho de uso del dolor porque no le pertenece a nadie. Los seres del lenguaje, los imaginales, somos seres tan sociales que el miércoles pasado lloramos todos por el hijo de la actriz Mariana Derderian. Lo imaginamos ardiendo y nos dolió. Los hijos no son de nadie; los hijos son de todos y los hijos no deberían arder en el fuego, ni morir bajo los escombros en Gaza, ni ahogados en el Mediterráneo tratando de huir de la miseria. Los psicoanalistas nunca hemos dicho que los individuos sean propietarios de algo, ni siquiera el “psicoanálisis del yo” lo ha hecho. Esa es una consecuencia radical de la novedad freudiana y la idea de aparato psíquico. Las huellas mnémicas son el resultado del encuentro con el mundo; construir un cuerpo supone recuperarlo de ese circuito en el que todo el placer/dolor es prodigado por el otro. Para tener un cuerpo, el bebé debe sentirlo en su boca, autoacariciarlo, distinguirlo como si fuera un regalo que el otro le dio, y entre la lengua y el labio sentirlo y reconocerlo ajeno. El cuerpo siempre será ajeno. Nadie es dueño de su cuerpo. También es un derecho de uso. Hay gente que no tiene el derecho a usar su cuerpo, no pudo extraerlo, ni siquiera una partecita, de la devoración del otro y, por eso, lo atacan: no comen, no lo alimentan, lo drogan, lo quieren extinguir, lo prefieren escuálido, informe y destruido que sometido a los designios del Otro. Las defensas yoicas nunca han sido una defensa de la propiedad. Son lo que en psicoanálisis reconocemos como la prueba empírica de que somos frágiles y de que no tenemos nada. Qué tanto nos enloquezcamos con esta verdad es la diferencia entre defensas altas y bajas. El problema es que el sistema capitalista/neoliberal, con bastante ayuda de los discursos psi, ha puesto a disposición de los sujetos objetos que obturan la fragilidad y pretenden ofrecer seguridad, felicidad, completitud, independencia, eternidad, etc. El apego de las personas a los bienes es una cuestión que atenta contra el lazo social de dependencia y fragilidad. "Hay que viajar ligero", me dijo Silvana Rabinovich en una entrevista hace algún tiempo, mientras me contaba que cuando estaba trabajando con los saharahui en el desierto tuvo una horrible pesadilla. Ella vive en Ciudad de México, país sísmico como Chile. Soñó que había un terremoto y que el edificio en el que estaba se le caía encima. Despertó muy angustiada y, al verse a sí misma en una carpa, le dio un ataque de risa porque todo lo que se le podía venir encima era algo así como tela y palillos. Los saharahuis son nómades y viajan solo con lo que pueden cargar. Nunca sus bienes los van a aplastar como a nosotros. Pero, en general, nuestro problema no es la conciencia de que nuestros bienes son algo más que lo que podemos cargar. El problema del "mío" es más bien el miedo a que alguien más lo ocupe, lo lleve, nos lo robe. La enfermedad del "mío" es la celotipia, por ejemplo. Yo diría que en el momento actual, las subjetividades enfrentan la caída de lo imaginario de la posesión por una vía melancólica, retirando la investidura del mundo, o bien, más grave aún, por un tipo de lazo paranoico. Que, pensando con Melanie Klein, es un mecanismo de defensa muy primario en la constitución subjetiva. Luigi Zoja dice en su libro "Paranoia", utilizando un fragmento de la Odisea sobre el personaje Ayax, que su principal enemigo es el tiempo. “La paranoia, en efecto, está convencida de que sus enemigos son muchos. Sobre todo, tiene un enemigo que no es una persona: el tiempo. Una vez concebida su idea central, la paranoia quiere actuar de inmediato. Así como no acepta espacios vacíos en el pensamiento, tampoco los acepta en el tiempo. No admite postergaciones. ¿Cómo no pensar en lo que pasa en nuestra sociedad en relación a los sentidos de urgencia, prioridades políticas y estatales, complots construidos para presionar que se decrete A o B, o se le dé sentido de urgencia a A y B?. La mente de Áyax, dice Zoja, está básicamente vacía. Y como el vacío se llena por ley natural, aparece en ella la sensación de que algo está a punto de suceder. Una novedad desconocida, de la cual la mente desconfía, pero a la cual se confiará si tiene necesidad de hacerlo. En la espera, la ansiedad aumenta. En un cierto punto, bastará poner a su disposición un enemigo y el simple se sentirá, paradójicamente, más en paz: es decir, en guerra, porque para él, a esta altura, ambas cosas resultan ser lo mismo. Lo importante es no vivir en la incertidumbre. No tener que seguir haciendo el esfuerzo atroz de entender. La máquina simplificadora de la lógica paranoica podrá funcionar con fluidez: la presencia del enemigo lo explica todo. La sospecha de un complot se convierte en certeza. Pero Áyax hunde la empuñadura en la tierra y la punta en el propio pecho: hace de esa espada un uso trastornado. La inversión de los procesos simbólicos es un rasgo trágicamente recurrente en los paranoicos de todos los tiempos: en las mentes armadas por la sospecha, la creatividad de los símbolos se transforma en destructividad; el proceso vital, en un proceso de muerte. Esta realidad queda confirmada no tanto desde la psiquiatría como en la historia. Nuestra historia. "Quien vive en medio de los hombres vive entre los deberes colectivos que los unen: los valores comunes, como el respeto por la familia. Pero quien vive en medio de la desconfianza no vive entre hombres, sino entre adversarios. Y el único deber en relación con los adversarios es vencerlos". Yo creo que hay que buscar el gesto tierno en lo cómico o, como dice Luigi Zoja, transformar la burla destructiva en una sonrisa sabia y benévola. Hoy tenemos dificultades para eso. La incapacidad de reírse es el indicador más antiguo de la paranoia. La capacidad de hacerlo es la defensa más instintiva contra ese mal. Fallar torpemente y ser recogido con ternura por el hijo es quizás una salida para una nueva configuración que no es ni edípica ni antiedípica. Una en la que el padre encarna justamente su relación equivoca y errante con lo propio, eso que hizo con sus derechos de uso (lenguaje y cuerpo) y que en el acto fallido retorna como siempre ajeno y en movimiento. Nunca la ley se transmitió en el autoritarismo del padre y está sociedad no es realmente una sociedad sin padre. Viajar ligero sabiendo que algo se puede hacer con que el hecho irrefutable de que no somos dueños de nada es quizás más importante.

  • El psicoanálisis: entre el don y la mercancía

    La relación social ya no se trata de algo que sucede entre sujetos que comparten una historia, sino entre consumidores. La figura del consumidor plantea un dilema para el psicoanálisis. El riesgo de los procesos terapéuticos es adquirir también el lenguaje de la mercantilización, transformando al paciente en un cliente. ¿Qué es un consumidor? ¿Qué estatuto subjetivo podemos reconocerle al sujeto consumidor? Un consumidor es un viviente –aunque no necesariamente un sujeto– al que, al parecer, el Estado debe garantizar su derecho al consumo bajo las premisas de la libre elección. La libertad, si es que existe, está en términos de elección mercantil. El Estado, si es que existe, es, como plantea Lewkowicz, un Estado técnico-administrativo y ya no la expresión de un modelo de lazo social en el que la institución estatal ocupaba el lugar de representar y cuidar al pueblo. De esto se desprenden una serie de transformaciones del espacio público y del lazo social. El no-Estado contemporáneo parece ser demandado únicamente para regular la supuesta libertad del mercado, respondiendo a las recientes subjetividades neoliberales, cuya principal sospecha no recae sobre la distribución de la riqueza ni sobre la deuda en derechos universales, sino, por el contrario, sobre el propio Estado y sus intervenciones. Lewkowicz ya lo decía en 2004, anticipando quizás la motosierra esgrimida por Milei. Con un dejo de ironía, Lewkowicz nos pregunta: “¿El consumidor es también un integrante del pueblo? ¿Es el átomo de la gente?”. Sin embargo, es un átomo del pueblo en el que el lazo está definido por ese registro de intercambio económico. Esto no es nuevo, en todo lazo hay transacción; la economía libidinal es, al fin y al cabo, un término que propuso Freud. Pero, en este caso, se trata de una determinación económica financiera, especulativa y, en ese sentido, es una determinación que evapora el intercambio. Ningún objeto circula, solo expectativas, deuda, humo. El lazo sostenido por la producción industrial admitía al menos la posibilidad de conflicto y lucha social. La expectativa sobre un Estado que cuida supone la existencia de demandas, de derechos. La relación social ya no se trata de algo que sucede entre sujetos que comparten una historia, sino entre consumidores que intercambian mercancías, o peor aún, ideas de mercancía. El Estado no garantiza la vida buena, sino una experiencia constante de intemperie. Los excluidos actuales son aquellos que no pueden consumir protección. Si en la modernidad la locura era la representación de la exclusión, hoy podríamos pensar que el excluido es el que no consume, el que no participa del intercambio financiero mercantil. Consumidores y excluidos constituyen la medida de la desaparición de una ficción: el estado-nación y los derechos universales. La figura del consumidor plantea un dilema para el psicoanálisis. En nuestros códigos: el sujeto es valorado por lo que ofrece, pero lo que ofrece no es equiparable a una mercancía, ni a un objeto. El sujeto ofrece su falta, su deseo. El objeto deseado es, por naturaleza, ausente, ya que el deseo revela la falta inherente al objeto. Esta premisa tiene implicaciones éticas significativas: el psicoanálisis no promueve consejos o recetas para la vida como mercancías, sino que resalta la diferencia entre la mercancía, el deseo y el don. Se centra en la dimensión ética de un sujeto inmerso en un contexto social donde el intercambio es de naturaleza simbólica, es un intercambio de faltas. El objeto de deseo siempre está ligado a una demanda de amor y reconocimiento que no se reduce a un bien. Es posible interpretar estas ideas como una idealización superficial; sin embargo, la labor de un analista consiste en cuestionar constantemente las idealizaciones o las ilusiones de deseos disfrazados como mercancías. Esto se relaciona con lo que Recalcati describe como el “deseo de nada”, que revela la insatisfacción profunda generada por dicha confusión. Así mismo, no podemos omitir los problemas actuales de sujetos excluidos, es decir, los que no pueden acceder a nada. Es importante, como dice Silvia Bleichmar, alentar a los psicoanalistas a someter a cuestionamiento afirmaciones sobre la restricción y el goce en contextos sociales donde la desigualdad y la pobreza, efecto de una economía neoliberalizada, deja a los individuos a la intemperie no sólo económica sino también simbólica. El malestar sobrante ligado a los profundos cambios históricos que despojan al sujeto justamente de la posibilidad de elaborar el displacer y la angustia que las mismas condiciones sociales establecen. El malestar sobrante de la exclusión social supone un exceso que no puede ligarse vía la restricción o la tramitación simbólica y cuya manifestación es cada vez más anómica y violenta. Los derechos actuales no proceden de una determinación simbólica, sino más bien de una declaración imaginaria: “YO tengo derechos”, son atribuciones a un yo especular meritocrático. Por lo tanto, el excluido queda fuera del espejo, sin repertorio identificatorio que lo ubique en el contrato social. Bleichmar señalaba que la violencia no deriva de la pobreza, sino de la deconstrucción de la categoría de semejante y la impunidad social. Sustraerse de los mandatos dominantes de una época es difícil, y los psicoanalistas son parte de esta época. Por supuesto, hay formas psicoanalíticas, y psicoanalistas, que hoy están desubjetivados o se han transformado en mercancía y están convencidos de que tienen algo para vender. La ética del psicoanálisis no puede ser pensada solo en términos de abstinencia/mudez o en el ejercicio pulcro de la técnica. La ética del psicoanálisis, que permitirá sustraerse de la lógica mercantil, se juega en el posicionamiento del analista que ubica al otro como sujeto que sufre. Como plantea Bleichmar, se trata de leer la escena de la transferencia, y eso supone como causa la falta y el deseo en el propio psicoanalista. Además, el riesgo de los procesos terapéuticos es adquirir también el lenguaje de la mercantilización, transformando al paciente en un cliente. Esto es especialmente preocupante cuando ese lenguaje viene del propio consultante, que, amparado en la lengua de su época, espeta frases como “esto me sirve” o “esto no me sirve” en nuestras consultas, expresiones utilitarias que eluden la posibilidad de recibir algo del otro. Recibir algo distinto a la mercancía que creen haber adquirido. El riesgo contemporáneo sería quedar atrapados en la religiosidad mercantil, por así decirlo. Hay un cuento muy bonito de Isol sobre una niña insatisfecha que quiere TODO y tiene la suerte de encontrarse con un genio que le cumplirá un deseo. La niña no sabe qué pedir y, al no poder decidirse, pide TODO. El genio busca interminablemente en su lista de deseos y no encuentra “todo”, así que finalmente le da un conejo, un animalito para cuidar, diciéndole que su deseo no está en el catálogo y que no tiene más tiempo para esperar que elija otro, así que le dará lo que tiene más a mano. Este cuento, me parece, pone en juego la distinción magistral entre el don y la mercancía. La posición ética del analista sería la del genio que descompone la ficción de ese objeto-mercancía protegido por la demanda de “todo”. Pero “todo” no está en el catálogo y el analista también está atravesado por el tiempo y tal vez da lo que tiene más a mano, porque ni los genios tienen todo.

  • La gran mesa liberal

    Recuerdo hace algunos años, cuando en algún bar veía a muchos  jóvenes gritar de alegría, otros mirar la carta y pedir una excentricidad, disfrutar de la cocaína que hace veinte años estaba reservada solo para los que podían pagar un traje de Wall Street, a mujeres perfectamente vestidas repletas de proyectos artísticos inconducentes, entonces ponía en mute la acalorada conversación de mis amigos y mientras observaba a mi alrededor pensaba : "Solo un sistema egoísta puede darnos estos nuevos placeres (que de niño ni sospechamos)” Un país que apostara por una verdadera socialización de su economía, debería privarse de este circo para alcanzar a brindarle una mínima línea de flotación hasta el último integrante de su sociedad. Es gracias a ese último integrante social que vive hundido, que nosotros podemos pagar cuentas de cincuenta lucas. Pero esto algún día se acabará, como se acaba cualquier placer en la vida, de forma abrupta y absurda, sin derecho a devolución. Y entonces vendrá la rabia, no de los que siempre estuvieron abajo, que desde Espartaco, eso siempre ha ocurrido, sino de estos mismos comensales que han expandido tanto su paladar que no soportarán que alguien se los venga a arrebatar. Pero este falso nivel de vida (que estos hedonistas creen que es bien o mal administrado por un gobierno puntual) siempre termina agotándose. No hay economía que llegue bien al último pobre y permita, a su vez, pagar la cuenta de un grupo de jóvenes de gusto exigente, de cerveza belga, de economía abierta, de liberalismo silencioso. Una gran economía se puede reflejar en una pequeña. Grupos de amigos desde el más adinerado al más pobre supieron convivir en una mesa por años. Algunos pagaban más, otros menos, otros nada y el mundo igual parecía funcionar. Pero llega el momento en que esa ilusión se disuelve. El que gana debe seguir recorriendo su camino de expansión. No pasará el resto de su vida cuchicheando en una cantina de mala muerte con los amigos de infancia, debe conocer las pirámides aztecas, beber un trago tropical en alguna isla con un papagayo en el hombro, y si se refina y alcanza una educación que le permita ganar con el intelecto y no sólo girando perillas, podrá leer manuscritos medievales en alguna universidad europea. ¿Y el que pierde? Siempre ha existido el que pierde, lo que es nuevo es la facilidad con que estos hundidos pueden seguir monitoreando en detalle la vida del que gana. Si existiese la sociedad que pudiese asegurarles a estos hundidos una mínima calidad de vida, además de subirles su autoestima (diciéndole por ejemplo eres importante e inteligente si te esfuerzas probablemente tu hijo saldrá adelante y se incorporará a los ganadores), el liberalismo podría funcionar sin estallar cada cuarenta años. Pero todos sabemos que esto no pasará nunca y así terminaba abruptamente mi larga ensoñación en ese bar caro y me hacía volver a la mesa con mis amigos. —¿De qué estábamos hablando?

  • Léanla, léanla, léanla

    Mi primer impulso a la hora de escribir este texto fue hablarles de la novela, comenzar diciendo lo bien que la pasé leyéndola; o contarles del atractivo juego que María Eugenia despliega entre el dramático presente que vive Alejandro, postrado en una cama, imposibilitado de comunicarse, y el repaso de su vida; o replicar lo que hizo hace algunos años ese candidato que, ante el poco tiempo que tenía, redujo su mensaje en la franja electoral a una sola palabra: trabajo, trabajo, trabajo, y decirles, a propósito de este libro, ¡léanlo, léanlo, léanlo! Resolví poner a raya mi ansiedad y declarar, por si fuera necesario un ejercicio de trasparencia, que conozco a María Eugenia desde hace poco más de 10 años y que, invariablemente, nuestros encuentros han sido al alero de este rito, el de las presentaciones de libros. La primera vez que supe de ella fue a partir del Premio Municipal de Santiago, allá por el año 2011. Yo integraba un jurado en el que también estaba Jaime Collyer. Aquella vez premiamos como el mejor libro de cuentos un volumen de Pablo Toro, pero resolvimos dar la mención honrosa a una autora desconocida en ese entonces, Alicia Fenieux, quien había publicado La mujer del café virtual en una editorial de la cual tampoco sabíamos de su existencia: Forja. Cuando averigüé un poquito más supe que detrás del proyecto, que había sido lanzado el 2009, estaba María Eugenia Lorenzini, quien además ya sumaba dos novelas a su haber. Con el correr del tiempo, tuve la suerte de presentar otros títulos de Forja. A saber: dos o tres libros de Alicia Fenieux, que siguieron a La mujer del café virtual; también un libro de cuentos de Roberto Rabi; otro de Julio Calisto y, hace no mucho, un libro de cuentos de Ximena Güiraldes, a la que me atreví proponerle que golpeara la puerta de editorial Forja para su estreno como escritora. Recuerdo que hace un par de años, María Eugenia me obsequió un ejemplar de Escucha, corazón, su tercera novela. Confieso, con algo de vergüenza,  que la puse en el altillo de lecturas pendientes y que continúa ahí junto con otros títulos que han ido quedando postergados a consecuencia de cumplir con otras tareas que el trabajo diario impone. En alguna medida, celebro que haya sido así, porque permitió que me asomara a El silencio de Irene sin ningún tipo de preconcepto sobre el arte literario de María Eugenia. Este acercamiento a un autor o autora absolutamente nuevo o nueva es algo que disfruto. Sí, porque cuando uno ya ha leído a un autor o una autora, sabe más o menos a qué atenerse, intuye el tipo de historia y los derroteros por los que esta nos llevará, conoce, en cierto modo, las estrategias y los trucos de quien escribe. Pero con un autor o autora a la que uno no ha leído, todo es incertidumbre, expectativa, ansiedad, mariposas en el estómago. Cuando abrí la novela, María Eugenia Lorenzini era un misterio para mí. Un misterio que comenzó a resolverse a poco andar. En este sentido, el arranque suele ser revelador. El de El silencio de Irene dice así: «Sigo aquí, pensó Alejandro Pissano al ver el tubo de luz fluorescente justo encima de su cabeza. Y otra vez deseó estar muerto». Lo leo de nuevo: «Sigo aquí, pensó Alejandro Pissano al ver el tubo de luz fluorescente justo encima de su cabeza. Y otra vez deseó estar muerto». Gran comienzo, intrigante, ¿dónde está Pissano?, ¿por qué tiene un tubo fluorescente encima de su cabeza?, ¿Por qué desea estar muerto? El silencio de Irene es una novela-trampa, de esas que tras atrapar al lector se resisten a liberarlo. Tampoco es que uno luche demasiado para zafarse, porque del mismo modo que le ocurrió a Francisco Núñez de Pineda, este es un cautiverio feliz, no por la historia que se cuenta, que es dramática, emotiva, intensa, sino porque si hay algo que hace feliz a un lector es que se le cuente bien una historia. María Eugenia es una maestra en aquello que el director y guionista de películas como Buscando a Nemo o Toy Stories, Andrew Stanton, definió como la «teoría unificada del 2 + 2». ¿En qué consiste esto? En no darle todo hecho a la audiencia, obligarla a que ate cabos; no le den cuatro, dice Stanton, denle 2 más dos. Y la novela de María Eugenia está construida sobre esta estrategia. Nos va entregando la información con cuentagotas y nosotros como lectores estamos del otro lado pidiéndole más, y más, y más, tratando de descubrir la pieza faltante, el por qué Alejandro ha quedado postrado en cama, el por qué Irene no está, el por qué habiéndose amado como se amaban la novela se resiste a mostrarlos juntos. Esta novela es una suerte de montaña rusa, que condensa en 260 páginas una vida y un tiempo. La vida de Alejandro, que en buena parte es también la vida de ese Chile oscuro y terrible que arrancó con el Golpe de Estado y se prolongó en una dictadura que cambió las reglas del juego y la forma que teníamos de relacionarnos. ¿Es una novela política? Sí y no. Lo es porque plantea una mirada de mundo, porque toma posición, porque la historia de Alejandro es también una metáfora de Chile. Pero es mucho más que eso, aquí hay una historia de amor tan hermosa como compleja, que se resuelve de una manera imprevista. Es más, cuando uno piensa que la autora ya agotó todos los recursos para sorprendernos, vuelve a sacar otro as bajo la manga y le da otro giro a la historia. Por otro lado, la autora es capaz de construir personajes complejos y empáticos. Cómo no enamorarse de Irene, cómo no querer a Alejandro, aunque muchas veces uno quisiera gritarle cosas a la cara, hacerle ver que el asunto no es por ahí, que se está equivocando. Y el final, qué se puede decir del final… No mucho, obvio, porque no vamos arruinar la historia. Solo plantear que a medida que uno se acerca al desenlace se pregunta cómo hará la autora para cerrar esto y lo hace de una manera soberbia. Podría seguir enumerando virtudes de El silencio de Irene, pero prefiero imitar a ese candidato que abogaba por el trabajo, y decirles: ¡Léanla, léanla, léanla!

  • Vuelo rasante (quinta entrega)

    Dark Plato La experiencia histórica ha mostrado, una y otra vez, que afuera de la caverna de Platón no brilla el Sol del Bien, sino la Estrella de la Muerte. Sólo gente sola Las tecnologías que vemos en Blade runner ya no impresionan tanto, lo que incluye androides y virtualidades de todo tipo. Aquella anticipación que resulta notable —y aterradora— es la soledad de la gente, por ejemplo en las “calles” y los sitios de comida. Es como si la sociabilidad humana hubiera colapsado. No hay amistad, tampoco hay hogares, calor humano, afectos. El apocalipsis de fondo. Whatever I do is right Toda esta semana me he estado preguntando por qué la canción “Whatever I do is right” de The Clean produce algo tan único (toda buena canción pareciera producir algo único). Me refiero a la emoción específica. No sé si es una o son varias luego de escucharla tantas veces. Pero al parecer se trata solo de una: un desnudamiento no trágico, una suerte de reírse de sí mismo en clave clever y por eso verosímil. Hay una seriedad en la voz (que se la cree), pero la melodía y el órgano sempiterno le reman en contra. La letra: espléndida. Última estrofa: “Cualquier cosa que haga está bien, cualquier cosa que diga está bien, cualquier cosa que haga, cualquier que diga, siempre está mal”. Los dos sentimientos al mismo tiempo imposibilitan la preeminencia dramática. Se trataría de una operación cómica. En una parte la canción dice: “Lo tomo ahora, te lo pago después”. Para tomar nota. Con todo ordenado Las fuerzas entrópicas son colosales, por eso habla bien de alguien que se las haya arreglado para morir “con todo ordenado”. Según se avanza Hay elementos que aparecen en las crónicas de Joaquín Edwards Bello que nos recuerdan que para el autor la escritura es un proceso activo. Me acabo de encontrar con uno. Al comenzar un párrafo dice “ahora me asalta una duda”. ¿Por qué no borrar lo anterior y reformularlo? Podemos inferir que no es posible pues hay poco tiempo (la hora de cierre del periodismo impone sus reglas). Otra posibilidad: esta vacilación le surgió como lector de lo que estaba escribiendo. Se gana realidad. Fantasmas Cada vez que escucho “en su momento se verá”, como fundamento para aplazar una decisión complicada, pienso por qué no vivir siempre bajo este principio. Pero algo pasa que lo impide. Lo mínimo posible Cuando supe hace 25 años que a Wittgenstein le gustaban mucho los westerns, me pregunté la razón, y me he dado cuenta que la falta de respuesta no ha dejado de rondarme. Sobre el punto una inteligencia artificial me dio explicaciones prácticamente aleatorias (quizás mejoren con el tiempo; será un barómetro para evaluar la evolución tecnológica). Por ahora sólo cabe especular. En los westerns hay naturaleza y en general diálogos breves y concisos; para alguien que se pasaba el día pensando en algo tan jabonoso y fundamental como el lenguaje (qué es y cuál es su relación con el mundo (qué es el mundo), qué significa que algo tenga significado, etcétera) ver a cowboys, indios, caballos, bisontes y carretas en acción permite descansar la mente bajándole la frecuencia al flujo de palabras que con facilidad se vuelve obsesivo. Las tramas son sencillas y normalmente entretenidas: hay conflictos morales y/o estratégicos y siempre querremos saber cómo le irá al protagonista. Si alguien muere, rara vez sufrimos, aunque sea un personaje del que nos hemos encariñado. Las conversaciones de vaqueros suelen ser pragmáticas, sobre todo las de los malos bajo estrés. “Dejémonos de estupideces, Joe, y larguémonos rápido de este miserable polvorín”. Joe intentaba convencerlo de que convenía evaluar opciones, pero su compañero juzga que eso es basura y actúa. En un contexto de habla así, tan icónico, casi todo puede ser considerado una estupidez. Sería interesante hacer una lista de las excepciones. La principal creo que es esta: de lo que se trata es de tener pepitas de oro en el morral; si algo no contribuye a este propósito, podemos pasar, y si es necesario hacer encerronas y disparar a quemarropa, se hace. Persona relevante o de interés Es notable seguir la evolución de los eufemismos. Pareciera haberse llegado hoy a un cierto límite. Lo que antes llamábamos “sospechoso” hoy es una persona relevante o de interés. La delantera la tomó hace años el concepto de “confuso incidente”, padre o abuelo de formulaciones cada vez más —cómo decirlo— divertidas. Problemas Si un problema tiene una solución entonces no es un problema. Y si no tiene solución, ¿debería importar? Un bufón de la realidad Cada vez que el perro Patán ríe —no se le conoce otro interés— pareciera tener la razón. Los superfluos afanes del ego. Jabonera En el baño de mi abuela materna había una jabonera plástica que le habían regalado para su matrimonio, en 1939. En ese momento era un material de avanzada, valioso. Yo prefería ir a ese baño antes que al de visitas; cruzaba la puerta y lo primero que hacía era mirarla. Su magnetismo se debía en parte a que era de un color inespecífico entre el café y el morado; dudo que haya sido así al principio. Calculo que la observé al menos desde 1978, año de mis primeros recuerdos. En 1992 entró a trabajar una enfermera que la botó por vieja. En su lugar puso una roja, reluciente —un aporte para la casa—. Pensé que mi abuela se apenaría. No: cuando le pregunté qué había pasado con “mi” jabonera, mencionó sonriendo el incidente, y agregó: “Se ve que es una buena mujer”. Cine y libros El cine y los libros son placeres insustituibles. Cualquier película sobre Lolita de Nabokov se quedará corta (si bien hay distintas maneras de quedarse corto). En Poor things hay una escena que ningún libro podría dar cuenta bien: el momento en que Bella le tira la taza en la cara al presunto marido que la tiene encerrada. Es la emancipación de la mujer, pero también la de todo ser humano. Prevención Cuando en un cuento un narrador omnisciente dice hacia el final “todo era más simple de lo que pensaban”, es imposible no sonreír si se demuestra que es así: las cosas se magnificaron fantasmáticamente. La inteligencia puede dar botes; es útil recordarlo. Drunk on me Llevo algunas horas escuchando una y otra vez la canción “Drunk on me” de Twerps. Acaba de empezar de nuevo. ¿Por qué es tan placentero oírla? Por sus elementos armonizados: voz, guitarras. Es una canción redonda, con algo de mantra. Hay una emoción que roza la tristeza; eso hace que todas las otras emocionen adquieran más fuerza. Por eso la canción llega hondo. Sea cual sea el mensaje, creemos en él. Y está “dicho” de una manera muy bella. Es como asomarse a otra vida o que nos capten en la intimidad de nuestra mente. Canciones como estas me parece que confirman la idea de que el arte engrandece el espíritu. Hace poco vi el documental de Quincy Jones. En cierto momento dice “música y agua”.

  • Quién le teme a Eunice Odio: La marca de fuego de la escritura

    Hay libros que implican un antes y un después. No todos pueden ser de ese tipo. Digamos que son libros como ritos de paso, libros iniciáticos, libros con ese tono misterioso que nos dice por debajo que está ocurriendo una transformación, a medida que leemos, algo va cuajando sin darnos cuenta. Creo que El tránsito de fuego (Agnición, 2023) de la poeta costarricense Eunice Odio (San José, 1919 – Ciudad de México, 1974) entraría en ese tipo de libros. No solo porque fue escrito arduamente durante 8 años, no solo porque es un poema de más de 400 páginas escrito a manera de diálogo metafísico, no solo porque se dice que fue escrito siguiendo el dictado de una revelación mística. Desde su mismo título ya nos indica que atravesaremos un estado y llegaremos a otro: este libro ejerce su fuerza magnética desde el inicio, antes siquiera de haberlo abierto. Esta nueva edición chilena de un texto publicado originalmente en 1957 en El Salvador, muestra que su vigencia es indudable. Curiosamente en la última década comenzaron a emerger nuevas ediciones, lo que habla de un poema que insiste aún en ser tomado en cuenta como lo merece, quizás en un futuro lejano y posible que preveía Eunice Odio. Agnición se ha tomado el trabajo de editar este tránsito, al que ha agregado dos particularidades importantes: un epílogo o conversación imaginaria de la poeta costarricense Mía Gallegos, a modo de programa radiofónico, donde le da una voz póstuma a la autora. La otra particularidad ha sido incluir en la portada una pintura de una artista talcahuina, Lorena Alarcón. Es emotivamente expresiva y resuena con el contenido, sobre todo considerando que el poema es inagotable, inabarcable, en los límites de lo representativo. Antes de entrar al viaje que significó este libro, enumeraré mis anteriores encuentros con las letras de Eunice Odio, para describir una especie de inventario. 1) La primera vez que leí su nombre, hace varios años, fue cuando la vi nombrada por Sharon Mesmer, una poeta estadounidense ligada al mundo de la poesía performática y la escena punk. En aquel momento ella tenía un blog donde publicó una entrevista que hacía mención a Odio y específicamente a El tránsito de fuego (The Fire’s journey en inglés), destacándolo como un hito de la poesía épica, como una mezcla entre Blake, Whitman y Dickinson. Lo que más me llamó fue que una poeta de habla inglesa, residente en Nueva York, se haya fijado en una poeta centroamericana de habla hispana. Tenía en mi haber más bien el movimiento contrario: la mirada del sur al norte, en vez de una genuina mirada del norte al sur, quitada de oportunismo. 2) El segundo encuentro, varios años después, fue a través de Este es el bosque (La Pollera, 2021), una antología que reunía 25 poemas de Odio junto a un estudioso prólogo de Vicente Undurraga, donde descubrí que esta poeta tenía vínculos serios con las visiones y el misticismo. De ahí que se le tilde comúnmente de poeta visionaria. Cada vez me atraía más, pero en aquel libro todavía no lograba hallar el núcleo. 3) El tercer encuentro, ya más reciente, fue a través de La lucha por la lengua (Los Tres Editores, 2023), una hermosa edición que incluye una entrevista para la prensa de Salvador Elizondo y la consecuente respuesta de Eunice Odio. En resumen, Elizondo critica el carácter ríspido del castellano, que no logra ser apto, por ejemplo, para ser un idioma filosófico dada su supuesta sensualidad e imprecisión. Eunice Odio en su respuesta muestra cómo la lengua castellana tiene particularidades y bellezas que ninguna otra podría comparársele, y lo más importante, la sitúa en un lugar de valor como he visto pocas veces, como podría ser en Lezama Lima o Sarduy. Por sobre todo, Odio reclama el valor de la lengua ejerciéndola. Este libro fue realmente un hallazgo, porque leer la voz de la autora en acción, en disputa con elegancia e ironía, declarando su amor absoluto por la lengua materna desde la que escribe, fue el paso decisivo para querer comenzar el viaje. Con todo aquel preparativo entré a este océano de fuego, pero nunca realmente imaginé lo que se avecinaba. El libro comienza con dos frases: “Nada estaba previsto / todo era inminente” (p. 9). Poema de origen, de inicio del mundo o de un mundo que se abre. Pulsión de naciencia o ciencia del nacimiento. Porque sí, este poema es tan científico como filosófico, tan esotérico como mitológico, tan teatral como hermético. Este soplo de vida inicial, similar a los momentos más místicos de Lispector, da inauguración al porvenir de una serie de escenas que son guiadas principalmente por la voz de Ion, una especie de demiurgo que intentará fundar el mundo y la palabra. Este nombre nos trae reminiscencias griegas: quizás de la obra Ion de Eurípides, donde Ion es el hijo abandonado de Apolo y Creúsa. Sonoridad cercana también al Aión o Eón, figura compleja que hace referencia a un tiempo eterno sin comienzo ni final, que ya ha sido mencionada por Jung o Deleuze, o también incluido como arquetipo en la baraja del tarot de Thot en reemplazo de la carta del Juicio. Ion reúne este asunto del tiempo liberado y el ser apátrida, dando a ver que su retorno es la constante creación. Sin entrar en estos laberintos misteriosos, la voz guía de Ion y todas las demás apariciones y nombres, me parece, hay que dejar que emerjan en la lectura antes que buscarles significados finales o últimos. Quiero decir que El tránsito de fuego es un viaje que tiene todos los ingredientes para dejarse llevar en una experiencia que llamaría lectura de trance. La arquitectura de este trance está dividida en cuatro momentos fundadores: Integración de los padres, Proyecto de mí mismo, Proyecto de los frutos y La alegría de los creadores. Estas cuatro partes conforman una ópera ancestral que renueva los mitos de la creación, o también muestran hasta qué punto la poesía también puede ser una colección de escenas. Cómo la poesía también es razón secreta. En este viaje podemos tener evocaciones de sueños que seguramente hemos tenido alguna vez, como si fuesen de un reservorio sagrado y compartido. Porque este tránsito está lleno de pluralidad. Se hace mención varias veces a esa múltiple voz: “El Nombre de la Palabra es Legión” (p. 188). Aquel momento que resuena con la forma daimónica, como decía Barthes citando a la Biblia, el demonio que hace referencia a una voz de muchos a la vez. Aquel pluránimo. Este viaje también muestra constantemente el dolor de crear, un imprevisto dolor. Es precisamente donde se genera el cruce de realidad entre aquellos seres que parecen ser omnipotentes, y que, sin embargo, para crear deben sumirse en la vulnerabilidad de lo creado. La entrega del ángel a la mortalidad. Hay un secreto que recorre el viaje y que los personajes del poema sugieren: lo innombrable. La sucesión de escenas da a ver cómo lo nombrado y lo imposible de nombrar juega un motivo crucial en cualquier escritura. Qué se nombra o quién nombra, con todos los ecos bíblicos o gnósticos que puede haber, da una columna vertebral al texto, como si en aquella lucha se engendre lo dicho. “Yo no he venido a disfrutar lo hecho / sino a fundar desconocidos frutos” (p. 85), dice Ion, como un lema desafiante. El atrevimiento de cruzar la frontera, dejarse perder, es el contagio que me genera este poema. Una escritura que deja ver cosas que antes no podían ser vistas, el ejercicio activo de palabras-videncias, como diría Didi-Huberman cuando comenta cómo la poesía puede ser una forma de sublevación al orden común. Podría seguir nombrando la constelación de escrituras que me llama este viaje (Somers, Di Giorgio, Bellessi…), así como las innumerables referencias a fábulas o personajes míticos. Sin embargo, lo que deja este viaje, es que mi lectura es solo un posible recorrido, y que quizás si la repitiera, vería otros mil significados que no vi la primera vez. Este libro carga una densidad simbólica que, siento, transmite algo aunque no captemos con exactitud de qué habla o de dónde sacó tal nombre o cita. Como si nos quemásemos la cara y nos dejara una huella indeleble. Este libro es una especie de sesión de tatuaje. No hay vuelta atrás, y con todo, quedamos con la sensación de querer repetir la experiencia en un tiempo más. Este poema es como el mensaje que deja un sueño: no dudamos de su verdad, aunque no lo podamos descifrar.

  • Mundo tal (extracto)

    EL MUNDO “…había quedado tan sólo una gran nada solar, una especie de vacío solar que manifestaba la tensión que emanaba de atrás de las montañas, como de una fuente secreta…” W.G El cáncer, con su dramatismo dosificado, nos regala todo tipo de rituales: diagnósticos, visitas, despedidas y funerales. El mundo nos deja de una forma similar, sin violencia explícita, ofrendando su recuerdo que difumina. El mundo antiguo ya cesa en el romance o el género. Desconocemos los afectos de nuestros hijos. Nos sentimos más cerca de nuestras mascotas que de nuestros mejores amigos. Animales entrenados en el recuerdo del hambre que confundimos por amor. Esa confusión es el mundo desborbitado, cayendo en diagonal como bolita de acero hacia una esquina inédita. De aquella antigüedad, sobreviven como best seller las meditaciones de Marco Aurelio. No sobrevive la fiesta, sino el rigor moral. Lo oscuro nunca se revela. El estoico siempre está a la espera. Ese velo es la pornografía y otras adicciones que sobreviven más allá. El mundo va dejando una estela, la excitación de un nocturno, la daga que entra y sale en las páginas de un libro. Mientras, el pañuelo blanco se agita en ralentí, el amante olvida olvidar y la trama nunca concluye, como telenovela británica. Donde hubo mundo ahora hay un poema que se agita como colibrí. Tirita de juicio la mano que lo escribe. LA VIDA, ESE POSTRE El dolor físico siempre ha sido una buena causa, excepto para los animales que caminan con las vísceras rozando el suelo. Pero no es esto lo que me ata a la silla, de por sí incómoda; su gravedad imponente viene del estudio y la clase, lo que evoca la arquitectura, el espacio para escuchar. El piano instruye palabras opacas que se dicen acariciando el aire. El traje, los guantes que se oponen a la madera negra, como trozos de carne curtiéndose al sol, los rostros avejentados cuya dignidad depende de la telas y las joyas que también cuelgan, todo eso observa en silencio la música. Como si el sonido hubiese que mirarlo, prohibido el movimiento o la condensación del aire que titubea en las fosas nasales, silbando al ritmo de la orquesta. Me recojo, me entumezco, pero es peor el dolor de recuperar el movimiento. Además ¿para qué incomodarla? El programa anunciaba figuras y paisajes, y como quien se arroja y no puede sino avanzar en esa dirección, esos mismos paisajes florecen como postales. Salimos de la sala disimulando la cojera. Alguien viene a levantar de su silla a la condesa. Se respira tedio. Nos escondemos en el bar. La condesa deja el recinto por la puerta de atrás. Los vasos se agitan y resuenan cuando el salud llena de cerveza la mesa de madera. Alguien zapatea. Risas guturales. Crimen. Incendio. Mueren todos quemados en el local. COSAS VOLUPTUOSAS I Buscando datos para encontrar un desorden o parafrasear. Entre la rabia de algunos textos, insignia masculina u otras revelaciones menores que solo me hablan a mi. Por ejemplo: que detrás de una cima siempre habrá otra montaña. Que la resaca cede y vuelve el boicot. O bien que no tiene sentido enamorarse antes de cierta edad. Dejo los enlaces y el tosco liderazgo para escucharme. Mi voz es como un graznido. Mi cuerpo va peor y mejor. La familia empobrece y ya no llora. II Lista recuperada de otra voz: Una nada se ajusta a todo lo que quiero decir: superar la ansiedad sexual, recuperar el vigor, estrechar lazos que parecen destruirse a penas doy medio vuelta. Descubrir un lenguaje o proyecto que no se agote párrafo a párrafo, sacudir un miedo íntimo para poder sentir un miedo catastrófico, donde la raza deambula en la punta de una navaja, y tantas otras cosas que intuyo en mi desacompasado pulso cardiaco. III Esa distancia que te inspira es una distracción. A esta edad ya no se llora en las duchas. IV Un choque que no ocurre, el tráfico que mengua, la enfermedad que remite: cosas voluptuosas. DESNUDO La desnudez es una tradición sórdida. Combate la desesperación. Cuando lloramos, cuando dolemos, creemos ser honestos. La confesión enmarca la traición y la sostiene. La culpa navega el delta de las lágrimas y se disipa en el arrullo. Si se prefiere el secreto, lo oculto, lo enigmático, las conclusiones colapsan. Un yunque se estaciona. La desnudez lo traga todo. Lo devuelve sintetizado, consumido por los aminoácidos, despojado de su forma. El velo descubre un miembro flácido, del que recordamos su rigidez. La bailarina se mueve sin ritmo, quebrando la armonía. Joyas de acero se incrustan en sus pezones. Aplausos y juerga en la noche latinoamericana. De noche, tras el choque, el auto parece un esqueleto prehistórico. Leyeron del motor su placa. Sacaron de la billetera las credenciales. Cremaron el cuerpo en el subterráneo. Las cenizas descubrían su peso por volumen. Recuerdo los comentarios inertes, desacertados, raquíticos. El corazón como fruto sin estación. La pieza como living de recepción. Desnudo, frente a la cerámica blanca, apenas un reflejo deforme. La piel cuelga como propaganda. Oímos el discurso. El pasto recién cortado. El olor a perfume dulce. Azúcar rubia que destiñe con el agua. Recogí mi ropa del suelo y el gesto de vestirme me avergonzó más que la performance. El frío otoñal cesaba en los pensamientos. Me abrazaban las ideas de torpeza. Caminé hacia la ducha. El semen se cortó con el agua tibia. Mientras me vestía, el vapor no se disipaba. Mi rostro en el espejo estaba cubierto por la bruma. SELF KNOWLEDGE I En ese estilo peculiar, no particular, deja huellas que la vanidad intuye, pero no se está diciendo nada en particular. Se abre el espacio poético como comienza la creación medieval, es decir, cuando aceptamos la invención de dios. Ese estilo destila en duda y carencia, muy parecido a las afecciones modernas que rugen en las consultas psicológicas. La afirmación de un cariño que ya no fue. No te permitas, entonces, entender. Por el contrario, se debe entender lo que se permite. II Lo creativo azuza la ignorancia. Lo creado convida. Cada vez que vemos una viga o un arco, sometemos al arquitecto. Mucha memoria es mucho espacio olvidado, desajustado, temeroso de encenderse. La manía de un compulsivo de chequear las brasas. La brasa amaga, se divierte, se desdibuja. La brasa es como la sonrisa que esperamos o la retribución del te amo occidental. III Una filosofía que reúna el conocimiento con dios, esa es la ensalada rusa. Disculpen los magos. Me permito, en el delirio, escribir por mi y por todos mis compañeros. DISCURSOS SOBRE LO INERTE III Varios discursos sobre lo inerte. La velocidad anima trozos de neumáticos y bolsas grises. Medusas y crustáceos flotan en la berma. Se han ubicado prudentemente fuera del tráfico y en el confín de la mirada que no se distrae de la carretera. A los detractores del plástico: ¿qué es lo antinatural sino una palabra para describir su horror particular? El suicidio animal, aberración del triunfo de no morir. Para mi, un niño violado, un niño al que aún no le cabe un dedo meñique en la boca, ese es mi horror. Dejo las bolsas hagan su baile con toda idiosincrasia, como si tuvieran un lazo naranja atado al pelo rubio, delgado, largo hasta las caderas. Bolsas que leen a la luz de la vela, neumáticos que cuentan historias en bares de la periferia. La velocidad es dramática, y siempre atrás de la muerte habitué, los minerales eructan y gritan. Son el público de esta joda inerte, festín seco, compañía premonitoria. TURISTA De César sólo tiene la camiseta. Llena las manos de los pobres con acelga. Se compadece de los perros vagabundos. Arrienda carrozas tiradas por caballos en las plazas municipales. Regatea y lo timan. Enriquece un álbum de fotos digitales. Piensa en la seguridad, el vuelto y la ruta. Ignora el lujo salvo el pasaje. Duerme en palacios ajenos. Ve en el bloque de mármol un bloque de mármol. Sueña con abrir un pub en Machu Picchu. Piensa en bautizar calles o repartirse cauces. Confía exclusivamente en sus tocayos. Sospecha de los chinos, los venezolanos y los moros. Es su propio rey, santo y devoto. Tiene apetito para todo. No ignora la comida callejera. No. Se la roba. CONSEJO NO SOLICITADO Considerar el miedo como única medida de la precaución. La cautela, tras el arroyo, no seca ni las botas. El miedo o nos vence o nos avienta. MUNDO TAL Santiago se estrecha o ensancha más allá de la pared que llamo mundo, un velo lo contrae y la imaginación clausura amistades, propone el encierro, y otra locura: aventuras, zapatos rotos, corazón ideal la O de orgasmo palpita en el miembro flácido solo como un ave tuerta el mundo demasiado cerca como para alcanzarlo los abrazos, insignia manotazos de aire llegan al confín donde se inventa un nombre de apellido se agota, se agota, cómo se agota la cascada que adelgaza, adelgaza y la naturaleza tiembla de miedo es otoño y el frío malogra el vino, el cigarro enturbia el sabor del beso las canciones demoran la luz del semáforo que la ciudad disipa distraída más manso, entre méritos o rigor el velo sugiere su amplitud, despegan poemarios y novelas sobre la borla del río agua dulce donde cabe el adjetivo que amarga la desembocadura el mundo respira ciudad y ensancha su programa de excéntricos varieté menor que cuelga de los bares y micros el aire sacude el polvo y me alcanza apenas un rubor que debo desestimar otoño, el río engorda su turbio marrón y las luces tempranas persisten en el horizonte que se aprecia en los edificios nosotros, con los pies en la tierra solo vemos el suelo el pavimento el caucho la solera y la caída pero no sufrimos el vértigo

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    Encontrarse de casualidad en una esquina con quien te había tocado compartir momentos muy esporádicos en tu vida, unos pocos que puedas recordar y que probablemente fueron amenos pero nada significativos, encontrarse allí, digo, en esa esquina, con quien guardas simpatía pero nunca tanto como para referirte a ese otro como un amigo, abrazarse espontáneamente, considerar el abrazo como parte posible de esa proximidad discreta, y, de manera un tanto imperceptible, ir más allá del abrazo comedido que uno esperaría, o que el otro esperaría, considerando que son conocidos pero nunca tanto, abrazarse, digo, y permanecer allí con los brazos claramente rodeándose las espaldas, las palmas de las manos adheridas a esos omóplatos, poseyéndolos sin disimulo, por más que sea poca la confianza, sostener ese momento plegados, torso con torso, llevarlo a una duración que no guarda proporción con el afecto moderado que, de acuerdo a tu memoria, los une o más bien los distancia, reposar en ese abrazo al punto en que se insinúa una desproporción, un entusiasmo que se podría malinterpretar aunque nada haya para malinterpretar, porque sólo ocurre que ambos, sin decirse una palabra, coincidieron al ir un poco más lejos en expresar lo que un abrazo puede llegar a expresar, obviaron, digo, sin razón aparente, ese punto en que habría que empezar a soltar al otro, retomar la distancia entre ambos o esperar del otro que suelte, ceda un poco, digo, no se sabe quién decidió y quién consintió, en medio del abrazo, desentenderse de esa compostura, quién fue, si acaso fue uno de los dos, el de este gesto, el paso adelante, la prodigalidad casi ofensiva de seguir abrazados un buen rato, un poco extraño, cierto, pero pensándolo bien, por qué no.

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    A quienes tienen mal carácter, o uno impermeable, o uno que presagia desastres, pareciera que el destino les confirma su negatividad o sus premoniciones. Suele fundirse, el carácter, en un destino, cuando quien lo encarna no fructifica pese al talento o las oportunidades, cuando trunca la vida de quien insiste en extremarla, cuando el amor da la espalda porque hay un goce extraño en sabotearlo, cuando la vocación salvífica pinta de mártir o la manía justiciera inunda de adversarios, cuando se es víctima no por mala suerte sino porque se desconfía de la suerte. Muy de vez en cuando, un carácter logra torcer un destino aciago en lugar de provocarlo, resarcirse hasta que emerge, en ese triunfo sobre su destino, un nuevo carácter.

  • La vida es eterna en cinco minutos

    Comencé escribiendo este texto mientras leía a Gabriela Mistral sobre su inquietud hacia lo divino, al tiempo que escuchaba el suspiro de mi abuela noventona que dormía cerca mío. Me había ido a quedar con ella porque sus suspiros empezaban a ser cada vez más divinos, en el sentido del aproximamiento a la divinidad espiritual que buscaba Gabriela. En lo personal, habito una gran fascinación sobre lo que viene después del sueño eterno, tanto así que añoro el día de mi muerte. Más por una curiosidad sociológica que por una inclinación suicida. Siempre me he sentido más de allá que de acá eso sí, cargando con esta sensación de estar medio muerta que me hace atravesar de manera fantasmal el día a día. Sensación que tiraba a dormir, en pleno día, como un animal cansado, a la Mistral. Yo podría dormir todo el día, y toda la noche. Me quedo dormida en todas partes. Tengo una habilidad para hacerlo sin discriminar ni espacio ni tiempo, al punto que recuerdo una vez que llegué a soñar estando parada en un vagón del metro en hora pick. Esto fue en mi vida universitaria. Quizás eso es, he vivido muchas vidas en muy poco tiempo. Las múltiples vidas pasan la cuenta, porque cada una porta su muerte también. Yo creo que estoy viviendo el duelo de mi última. Cuento con siete, como los gatos. Esta debe ser como la cuarta. Y me cuestan los duelos, pasar a otro estado. Como mi abuela, que finalmente agonizó dos días. Se iba, pero volvía. Hasta que no volvió más. La idea de que alguien no vuelva más me deja sin suelo. Esa sensación se ha manifestado principalmente en mis pérdidas amorosas, pero inician cuando mi madre me dejaba, por unos minutos, sola en casa, a eso de mis infantiles tres años, cuando se iba a trabajar. Me decía que sólo serían cinco minutos, mientras llegaba la señora que me iba a cuidar. Al final eran quince o veinte. Pero a los tres años no se tiene noción del tiempo, por lo que cuando ella se iba solo había espacio para experimentar el abandono: una sensación que me ahogaba en angustia y me dejaba llorando en la ventana de la pieza de ella, mi madre, que daba adelante de jardín, mientras veía su silueta perderse por la calle, a la vez que me dejaba perdida a mí en el sin saber qué hacer con el vacío que sobrepasaba mi diminuto cuerpo de tres años. Seguro ahí empieza mi problema con el tiempo, porque desde ese momento el tiempo se me desdibujó. Los segundos pasaron a ser minutos; los minutos, horas; las horas, días; los días, años y los años, minutos nuevamente. Desde entonces que me cuesta dormir a la hora, despertar a la hora, salir a la hora, llegar a la hora. Es un tiempo que se resiste en mi cotidiano y que le cuesta hallarse en el tiempo social. Un tiempo que se pierde y se repite en esto que mi madre llama, con tono de reproche, “dar la vuelta”. Dice que soy buena en eso. Un tiempo inacabado que no llega a su fin. El filósofo chileno, Sergio Rojas, plantea la idea de vivir en el tiempo del fin, pensando el fin no como un acontecimiento que va a suceder, sino como un proceso que ya comenzó. Existir en el fin. El tiempo en el que el sentido de las cosas se va cayendo junto al “doméstico soporte de lo cotidiano”. Quedarse sin suelo cuando las cosas dejaron de ser y ya no están. Y en ese no estar es donde paso la mayor parte del tiempo, debatiéndome, como mi abuela, en ese estado de agonía del sin fin. La agonía de ella me pareció surrealista. Esas miradas que se perdían en algo más allá de la percepción de las personas que la acompañábamos. Elevaba su torso y brazos buscando un abrazo que no alcanzaba a llegar. Es probable que también añorara el abrazo materno en ese espacio del no ser ni viva ni muerta. Pero se perdía en el acto y caía en la cama al ritmo de su exhalación. Sus suspiros removían la habitación, cargando años, secretos e historias que, en su conjunto, emitían un ruido estruendoso proveniente de quizás qué profundidades. Fueron dos días de una danza con la muerte que a mi abuela la dejó agotada. Finalmente se entregó, pero le costó. Fue el mismo día en que se impuso el rechazo por sobre el apruebo respecto a la posibilidad de una Nueva Constitución. Pasar a otro Estado también le puede costar a un país, pensé. Y a mí me cuesta, por lo que no soy quién para juzgar a un país. Mientras tanto me resisto, me entrego y me agoto en un tiempo que se desdibuja, donde los segundos pasan a ser minutos; los minutos, horas; las horas, días; los días, años y los años, minutos nuevamente. Ya Víctor Jara lo advertía cuando cantaba “la vida es eterna en cinco minutos”. Con tres años lo comprendí, cuando la ilusión del regreso de mi madre a casa no tuvo fin.  “Son tan solo cinco minutos”, me decía. Solo cinco minutos.

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