Barbarie pensar con otros
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- Carlos Leppe: El día más hermoso
El día más hermoso Carlos Leppe Montaje de Smiljan Radic Hasta el 14 de julio Ala Matta del Museo Nacional de Bellas Artes Carlos Leppe nació el 9 de octubre de 1952, diez para las siete de la mañana, en Santiago de Chile. Pesó cinco kilos al nacer, creció sin padre, como hijo único, en una familia de clase media. Su madre, Catalina Arroyo, fue su eterna compañera y figura recurrente en sus obras. Leppe estudió arte en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile a principios de los setenta, durante la Unidad Popular, cuando ser homosexual y hacer la revolución eran simplemente incompatibles por la homofobia de los partidos políticos de izquierda. Tras el golpe de Estado de 1973, el escenario cambió drásticamente. En dictadura formó parte de la llamada «Escena de Avanzada», colaborando en la creación de obras, exposiciones, publicaciones y nuevos espacios para el arte con otros artistas como Carlos Altamirano, Juan Domingo Dávila y la crítica Nelly Richard cuya escritura –cómplice y fundamental– es parte indisociable de la obra de Leppe. Desde entonces, su obra implicó un fuerte cuestionamiento del cuerpo: el cuerpo social, los cuerpos disidentes y, por supuesto, su propio cuerpo bajo la represión de la dictadura cívico-militar. Para ello Leppe encarnó, en sus obras, diferentes figuras marginales y «técnicas de travestismo» utilizando su cuerpo como soporte: se vistió como vendedor ambulante y vagabundo, se hizo pasar por ciego, se transformó en vedette, se maquilló y peinó como Gertrude Stein, Marcel Duchamp, María Callas, José Feliciano y Carlos Gardel. Leppe murió en 2015 a los 63 años y pasó a la historia como uno de los mayores exponentes del arte de la performance en Chile y Latinoamérica. Nuestra intención con este proyecto es recuperar su figura para despertar las fuerzas dormidas del arte de la performance en las nuevas generaciones. El desafío, entonces, es reactivar estos recuerdos y archivos presentando el cuerpo de Leppe ante nosotros de nuevo o por primera vez. Por eso El día más hermoso no es sólo el título del bolero que acompañó su primera acción corporal, sino también el día en que ocurre, frente a nuestros ojos, algo único e inolvidable como una performance. En este sentido, hemos seleccionado diez de sus obras a partir de dos ideas centrales: la «sentimentalidad» de Leppe y la forma en que se transmiten en el tiempo esos afectos a través del cuerpo, el registro y la música. Porque Leppe siempre actúa para la cámara y detrás de la cámara siempre hay un otro. La mayoría de las veces son sus parejas, amantes, amigos o amores platónicos los que miran e imprimen un afecto en el registro. Un registro sensible que nos habla del deseo de capturar un cuerpo como la impresión que nos queda de otro cuerpo después de bailar con él al ritmo de la música popular y romántica. El día más hermoso. Exhibición de Carlos Leppe. Montaje de Smiljan Radic. Hasta el 14 de julio. ala Matta del Museo Nacional de Bellas Artes.
- Corazones verticales
El trabajo de Macarena Jofré descubre su origen en una escena autobiográfica. Cuando estaba en el colegio, le pidieron llevar un corazón de animal para estudiar su estructura y funcionamiento. Su madre fue a un matadero y consiguió un corazón de vaca recién extraído. Era un órgano húmedo y tibio, aún palpitante, que le entregó a su hija en las manos, como si se tratara de un amuleto o de una ofrenda sacrificial. Macarena recuerda este momento como un estímulo de gran intensidad donde se mezcla el asombro, el pudor y la fascinación. Desde entonces, la imagen del corazón quedó grabada en la poética de su escultura: un objeto orgánico que transita entre lo muerto y lo vivo, lo arcaico y lo emergente. La obra que ha realizado la artista está amarrada a esta memoria. La palabra recordar viene del latín “recordari”, que significa “volver a pasar por el corazón”, pues es en este órgano donde, en la antigüedad, se ubicaba la sede de la memoria. Curiosamente, en los últimos años, la neurociencia ha vuelto a considerar esta función pensante del corazón. Se ha comprobado que este órgano posee miles de neuronas que intercambian información con el cerebro. La obra de Macarena Jofré consiste en un conjunto de esculturas que dejan ver fallas y grietas por las que se asoma la materialidad interna de la obra. Estas presencias se prolongan en especies de antenas neuronales que comunican el suelo con el cielo, evocando la posibilidad de transitar entre distintos niveles perceptivos. - La exhibición tuvo lugar en la Galería NAC
- Horóscopo
Una lectura del cielo para la dimensión mitológica en la tierra Aries: Con Quirón cabalgando desde hace un buen tiempo en tu signo, aliado con el Nodo Norte como señal del camino de alma, es muy probable que estés conectando con tus dolores de infancia y adolescencia internalizados o proyectados. La Ilíada lo llamó “el más humano de los centauros” porque en vez de pelear, emborracharse y violar ninfas, era benéfico y sabio. Su herida nunca pudo ser sanada así que se dedicó a la medicina. Cuentas con este guía simbólico y sentirás más calma ahora que Marte sale de tu signo. Géminis: “¿Ojos? ¿Para qué preciso arriba y llena de lumbres?”, dice la voz de El reparto, por Gabriela Mistral. Y es que hay una notable concentración de planetas dentro de tu territorio. El dios padre Júpiter te expande y, si le pones intención, te envía milagros. Tu planeta de las comunicaciones Mercurio se ha sentido muy cómodo en su casa de origen y Venus, diosa de la belleza y el placer, recién dio señal de inicios benéficos. Tienes al Sol hasta mediados de mes acompañándote. Excelente momento para brillar. Cáncer: Venus desciende todas las noches y es la primera luz de la madrugada. Por ello recordaba a los antiguos nahuas el viaje de Quetzalcóatl cual serpiente emplumada que muere y renace una y otra vez. Buena metáfora para el inicio de tu temporada solar a mediados de mes. Hay un canalizador en Mercurio, quien lleva informaciones de la tierra al cielo, y una grandiosa luna llena el día del solsticio en tu opuesto complementario. Es decir que tu vuelta al Sol viene llena de magia si invocas tu naturaleza interior. Leo: El brillo y el calor del Helios sabe que cuando practicas generosidad el sistema planetario danza dichoso a tu alrededor. Pero desde hace un mes las sombras se presentan con Plutón quien está retrogradando en tu opuesto complementario. Basta mirar hacia afuera para ver las revoluciones colectivas y los acelerados cambios tecnológicos. Aparece lo mejor y lo peor. El dios de la muerte purga, la sombra eres tú mismo. El arcano sin nombre del Tarot está a tus espaldas con su gran guadaña, cortando cabezas. Virgo: Los sueños oceánicos del dios Neptuno necesitan materializarse en el plano concreto gracias a que el dios anciano del tiempo Saturno avanza a tus espaldas. Puede ser que no lo notes conscientemente, pero si pones atención a sueños y visiones sabrás que estos se encuentran más activos que nunca. Puedes utilizar tus talentos para registrarlos y canalizar revelaciones. Observa ahora la obra visual de Leonora Carrington junto a sus palabras “La realidad no está ahí para ser creída, sino para ser creada” Libra: Se te piensa desde la suavidad, pero hay una fuerza interna que pocos imaginan hasta que te conocen en verdad. Tu bella planeta Venus y su paso por Géminis te trajo alternativas que puedes sopesar desde lo que te trae placer y alegría ojalá a largo plazo. La medicina del centauro Quirón a tus espaldas quizás te ha contactado con heridas en el área de las relaciones de pareja. Si buscas a Astrea en la historia del arte verás que raramente se la representa con su balanza equilibrada, esto podrá ayudarte para aterrizar tus altos ideales. Escorpio: Tanta actividad en la zona Tauro, área de tus vínculos de pareja, se fue calmando para pasar a Géminis en tu zona de lo oculto. Te precipitas por lo que parecen las paredes de un pozo muy profundo, como la cueva del conejo de Alicia en el país de las maravillas. A muchos les asusta la transformación pero a la energía escorpio le encanta. Estos días son para fusionarte con otros, investigar, ir a lo más profundo de las situaciones, espiritualizar el sexo así como para atraer dinero. Sucederá con potencia si aplicas la intención. Sagitario: Es un mal momento para creer que ya lo sabes todo. A la energía sagitariana le gusta practicar la arquería para expandirse alegremente. El dios milagroso Júpiter a tus espaldas necesita que lo aproveches aprendiendo nuevas filosofías y experimentando de nuevo la curiosidad, como un niño. Los sumerios, cultura de donde viene la astrología griega, identificaron a Sagitario como Pabislag, antepasado principal. Es provechoso ahora utilizar el afán de movimiento hacia atrás, en una autoinvestigación del propio pasado. Capricornio: Este mes será la Luna llena en tu signo el mismo día del solsticio. Es un momento idóneo para festejar el año nuevo de los pueblos nativos americanos, junto con un simbólico parto para ti, pues verás materializarse algo que fue sembrado hace seis meses cuando estuviste de cumpleaños. La cabra que te representa comprende muy bien el sentido del tiempo en la tierra, no tiene ningún problema con la paciencia. El trabajo está hecho y ahora, después del ciclo escalado llega una recompensa. Acuario: El dios de la muerte Plutón suele ser mal comprendido porque en nuestras sociedades contemporáneas occidentalizadas el miedo a la muerte es un gran negocio. Pero lo que se teme de la muerte es la vida misma. Ya lo dijo el Julio César de Shakespeare, “Los cobardes mueren muchas veces antes de morir, los valientes prueban solo una vez el gusto de la muerte”. Ahora tú la conoces profundamente ya que está avanzando y retrocediendo en tu signo para dejarlo muy depurado y en contacto con tu poder. Piscis: El misticismo, la comprensión universal que nos muestra cómo todos somos uno, puede ser algo difícil de comprender salvo para la energía piscis. Y con tu dios Neptuno navegando en las aguas de tu alma estás soñando en grande pero ya no ´puedes perderte en las mareas, como quizás te suele suceder, pues Saturno te exige responsabilidad para concretar. En resumen el dios del tiempo dice que es momento de materializar. Hacer de tu vida un sueño y de tu sueño una realidad, como el Principito, puede ser ahora tu lema.
- El soplo al corazón: “Cigarette burns”
A Carmen Espinosa, mi mamá, con quien vi la película, sin saber… …”el torrente sanguíneo no tiene sonido, salvo cuando las pulsaciones se hacen irregulares, entonces se escucha un susurro, a eso llamamos soplo”… (Google) “En la violenta pasión que mi madre me inspiraba, jamás imaginé, ni un instante, que pudiera, incluso en los momentos de mayor extravío, convertirse en mi amante”. Georges Bataille: Mi madre Algo hay de rousseauniano en el cine de Louis Malle; algo también de perenne adolescencia, como en Lacombe, Lucien, el delator enamorado, algo y mucho de la nostalgia inmensa de los niños que parten, mucho del duelo de la novia que vistió de negro cuando asesinaron a su novio en la puerta de la iglesia por un juego irresponsable, algo también de insensato, pero justo en su obsesiva venganza, algo que se entrelaza a los chicos que cruzan transgrediendo las normas del set cinematográfico y los museos y su suntuosidad, de Golpe Aparte, de Jean Luc Goddard y de Los soñadores de Bertolucci que los emulan, encerrados en una casona de París, con Eva Green, mucho cine dentro del cine y mucho sexo esta vez sin asomarse a la calle hasta…, en los días finales de las revueltas del 68 del siglo XX, y también de Antoine Doinel de los 400 golpes de Truffaut, su Bildungsroman irrepetible, que comienza al final de su primera parte, mirando el mar, y también con el mismo espíritu de la Nouvelle Vague, dígase lo que se diga, en cuyo corazón estuvo Louis Malle, entrando y saliendo, en sístoles y diástoles, como el fotógrafo de Pretty Baby, y la misma Pretty Baby, y claro, el adolescente Laurent Chevallier y su madre, Claire, de El soplo al corazón, esplendente de juventud, belleza e ímpetu erótico. Como todos los nombrados en esta pequeña troupe aludida, también bullente de juventud, disrupción, deseos de ruptura, sturm und drang, deseo y entrega, ganas de comerse al Mundo y de escupirlo a la vez. El soplo al corazón es un filme que a pesar de su director, del movimiento en que se inscribía su película (fue estrenada en 1971) y el ethos que aún pervivían en ella, en su trama, en su manera de ser filmada, en sus colores y sus personajes, en su contexto tanto de la enunciación diegética como de su enunciado, como los ideales, los deseos, las múltiples rupturas, el ímpetu y la pulsión, la pasión y la liberación, y el prohibido prohibir, el haz el amor y no la guerra, el seamos realistas pidamos lo imposible, no deja de causar una extrañeza, más que estética cultural y, sobre todo, también vital, en tanto nos sentimos a la vez repelidos como seducidos por ella y su específico soplo al corazón: el incesto entre un hijo de 14 años (Benoît Ferreux) y su joven y bella y liberada madre (Lea Massari). Decíamos que algo hay de rousseauniano en el cine de Louis Malle, de nostalgia de una forma de amor más que prohibida, casi ancestral y sin tabúes, casi, como diría el mismo Malle, sin tanta “estructura rígida” de la sociedad occidental moderna y sobre todo la de los paradójicos años 50 y 60, sobre todo en las capas burguesas y pequeño burguesas de la sociedad. Más que “amor libre”, que advino entretanto y después con los movimientos “contraculturales” beat y hippies, algo así como un mundo o una sociedad tribal sin interdictos, sin la gravedad que hace del erotismo, erotismo: sexo más cultura, como diría Octavio Paz, la llama azul y la llama roja: esos crepitares, y su malestar: felicidad o seguridad, . El acontecimiento tiene lugar hacia el fin de la película, pero entretanto, como toda trama pensada concienzudamente y con deseos de exhibir paulatinamente lo que se propone o anhela, desde las primeras secuencias que van quedando en la mirada –y que intentan soplarte el corazón a como dé lugar- desde las tomas iniciales que nos adentran en Dijon, en la casa de la familia burguesa de Laurent y Clara Chevallier, su adusto y distante padre, sus hermanos dominantes que lo inician –o intentan- en el sexo con una prostituta neorrealista, el amante de Claire siempre abierta al deseo, el año, 1954, cuando la caída de Dien Bien Phu, que marca el inicio del fin del imperio colonial francés, y Laurent como un fisgón de todo el proceso, mirando a los integrantes ya sea del bando colonialista como del anticolonialista enfrentarse en las calles, o a cada uno abogando por su causa. Y esa secuencia donde descubrimos que la banda sonora del filme es la pasión musical de Laurent, que en una escena aprovecha la pequeña revuelta en una tienda de discos para robar el último hit de Charlie Parker–que junto a Dizzy Gillespie y Sidney Bechet forman parte del soundtrack que irá ritmando la historia y sus imágenes-, surge el dispositivo detonante de todo lo que vendrá; la enfermedad de Laurent, el soplo al corazón, ese órgano que se asocia con el amor, la pasión, los deseos, y todo aquello que surge desde los intersticios del cuerpo que no se relacionan con la mente, si los sueños radican en un vértice de esta, que casi no se imbricaran. En este punto de la película, comienza el interludio en las existencias de Laurent y Claire. Una pausa, un stop en sus vidas burguesas e integradas, un alto en el devenir que debiera. Este interludio se produce en un sanatorio para la enfermedad, el soplo, si un soplo es una enfermedad, y este sanatorio queda en unas termas que aparentan una ciudad aparte de las ciudades, con un mundo aparte del Mundo. En todo espacio de sanación, todo sanatorio, en la literatura, en la ficción, se producen algo así como maravillas, estados alterados de las cosas, de la situación, de los contextos: le ocurrió a Hans Castorp, en La montaña Mágica de Thomas Mann, cuando fue a visitar a su primo enfermo de tuberculosis y quedó atrapado por el mal en la montaña imponderable, donde se enamoró, donde la amada Claudia Shauchat en lugar de regalarle una foto de su rostro, le dejó como todo recuerdo una radiografía de sus pulmones, y donde asistió a las eternas discusiones filosóficas de Naphta y Settembrini, que por esas cuestiones filosóficas finalmente se retaron a un duelo al parecer insensato; y al periodista Pereira, de la novela Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, cuando en una clínica de terapias naturales conoce al doctor Cardoso y traban amistad y comparten intereses culturales y literarios. Y Pereira le confiesa a Cardoso una impensada inquietud: piensa que quizás Monteiro Rossi y Marta tengan razón al oponerse al poder fascista, y eso le hace sentir que su vida no tiene sentido y que debe arrepentirse de todo. Es cuando el médico le expone una teoría sobre la confederación de las almas según la cual Pereira estaría mudando el "yo hegemónico" que dirige su personalidad. Su nuevo amigo le cuenta que se dispone abandonar Portugal para irse a Francia lo que incentiva a Pereira a dejar (soltar) su pasado y dejar emerger a su nuevo yo. Algo similar a la amistad que establece el narrador alter ego de Thomas Bernhardt al conocer, también en un espacio, apartado, al “sobrino de Wittgenstein y trabar una inusual y permanente amistad; también un lugar así podría ser la terraza de Una jornada particular de Ettore Scola, donde en la soledad a la queda abandonada el edificio por la visita de Hitler a Roma el año 1935, un periodista homosexual y comunista, clandestino, Marcello Mastroiani, traba una amistad impensada con una ama de casa con seis hijos y cierta simpatía por el fascismo, y se narran sus vidas que van variando sus formas de concebir el mundo y el ser. No son espacios siniestros, ni uncanny, son lugares de apartamiento que se definen por esa alteridad casual o, si se quiere, predestinada que los deja bis a bis en el interludio. Allí es posible tanto el intercambio de la foto del rostro por una radiografía de los pulmones, un duelo a muerte por asuntos filosóficos, el baile de un periodista homosexual y comunista con una ama de casa inconforme sin saberlo, entre las sábanas blancas secándose al sol pálido del día de la visita del Führer. Y el incesto sin culpa ni tragedia de Laurent y Claire, contra toda pulsión cultural. Espacios fuera de todo espacio cultural, interludios de toda forma de represión. Cuento de hadas cinematográfico. Utopía fantasmática. O como decía Baudelaire; “…en cualquier lugar, mientras sea fuera del Mundo”. En El soplo al corazón, en la pantalla, también, vemos muchos libros. Como Don Quijote, como Hamlet, como el capitán Nemo, Laurent es un lector compulsivo para su corta edad. Un adolescente cuya pulsión primera, antes del sexo, del deseo, de la música, son los libros, la lectura. En Dijon, vemos a Lauren sumido en la lectura de Albert Camus, El mito de Sísifo. ¿Qué fragmento del libro lee Laurent? Podría ser el que le da ¿sentido? al absurdo: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía”. Un personaje cercano le cuestiona su lectura de Camus: “No deberías leer a Camus, no es serio. Si el suicidio te interesa deberías leer a Clevel”. Sabemos que René Clevel fue un poeta surrealista, miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios del Partido Comunista de Francia, que no discutió sobre el suicidio, sino que lo llevó a cabo en 1953. El consejo, entre líneas: la acción por sobre la palabra, propio del ethos de la época del filme. Otro libro que Lauren lee de manera furtiva en su habitación de adolescente, es Escupiré sobre vuestras tumbas, un texto “proscrito” por su violencia sexual y racial de Boris Vian –también jazzista compulso- que Laurent encuentra en un anaquel de la biblioteca familiar de los Chevalier ¿Quién lo puso ahí?- obra firmada como Vernon Sullivan supuestamente traducida por Vian, que años más tarde por el éxito editorial asumió como propia. La trama: un apuesto/supuesto hombre blanco, pero que tiene genes negros, asesina a una mujer blanca cando esta descubre su secreto: un asesino en serie, posteriormente, cuyos asesinatos se narran con una crudeza y crueldad inusitada, en contraste a libros como La espuma de los días o El arrancacorazones, que si bien son transgresores y raros, no llegan a esos extremos, y sus tramas extrañas son adulcoradas por su particular sentido del humor. En el desarrollo del filme van apareciendo más y más libros, algunos sólo mencionados por uno que otro personaje, como El principito de Saint-Exupéry o Las aventuras de Tin-Tin y Milou, un clásico adolescente francés. Ya en el balneario/sanatorio, continúan apareciendo libros y lecturas que Laurent devora: en el Hotel donde se alojan con Clara, su madre, reencuentra a Camus, Estado de Sitio, la alegoría del totalitarismo, en forma dramática, donde Camus afirma que el siglo XX es el siglo del miedo, y en el cual contrapone al miedo el amor, como forma vital del existencialismo para vadear el absurdo del ser. Entre los amigos (y amigas) que hace Laurent en el balneario/sanatorio, hay un muchacho simpatizante del fascismo quién le recomienda leer a Proust, En busca del tiempo perdido. Una vez hecha la recomendación le espeta: “Claro que tú no lees a escritores judíos”. Laurent no es antisemita, pero para lograr la amistad de este otro lector, finge, pero finalmente sabemos se adentra en la lectura de La Recherche… y todo lo leído va haciendo su efecto en Laurent/Malle, quién era un admirador de Proust. Hay otro libro que descubre Laurent, en la mesa de noche de Clara, otro libro prohibido, La historia de O, porno soft, una especie de Las 50 sombras de Grey, pero el clave femenina, y escrita por una mujer, Pauline Réage. Este momento lector es crucial en la trama del filme; Clara, siempre acercándose amorosamente a Laurent, cuando se entera de que el hijo ha descubierto su lectura secreta, reacciona con una suerte de desaprobación, de malestar, de enojo. Esta secuencia, paradójicamente, más que distanciarlos, los acerca en la intimidad y el secreto: los libros cumplen su prometido: Laurent, lector compulsivo, con hazañas textuales “prohibidas” y transgresoras (Vian, Camus, Proust) descubre que Clara, como él es una Don Quijote, una Hamlet, ella, su madre, es también una lectora que se las cree y se sume en lo “transgresor”, en lo prohibido de libros que “hay que ocultar”, como Madame Bovary. Uno para el otro o la otra: la madre. El máximo homenaje a la lectura y a los libros aparece en un recuadro del film de Laurent leyendo con el gesto del placer de la lectura, como diría Barthes, a Proust y su Recherche… Homenaje y reconocimiento de Malle a Proust y su incorporación subliminal a El soplo… y, claro, lo que vendrá. El acontecimiento acontece como todo acontecimiento: casi sin premeditación, como algo natural, pero fatal, predestinado, es decir, aunque se edulcore, trágico. En el balneario/sanatorio, ese lugar apartado y afuera, en un tiempo sin tiempo o un tiempo detenido, como todo interludio, o como diría Baudelaire: Anywhere Out of the World. El 14 de julio, cuando Francia entera celebra la Revolución de 1789, cuando todos beben y festejan y pierden la conciencia de lo usual y debido, o sea el deber ser: la escena sucede en cuasi penumbras, en un claroscuro en tonos pastel y rojizos, apartando cromáticamente a Laurent y Clara, de lo ya apartado, el espacio de afuera de lo legalizado, de la fiesta patriótica, los fuegos artificiales o fatuos, la algarabía de los demás. Una intimidad aparentemente pura y fuera de lo previsto y aceptado por la interdicción. En la secuencia posterior al acontecimiento, madre e hijo se miran cara a cara, la música exterior amaina, cesa. Los planos de ambos se contraponen. Entonces, Clara le dice a Laurent que no quiere arrepentimientos ni remordimientos. Será –como en el afiche oficial de la cinta-, eso, un secreto entre ambos, un silencio. Como el susurro del soplo al corazón. La siguiente secuencia muestra o connota, la paz o el apaciguamiento de lo sucedido, del acontecimiento en un siguiente acontecer: unas campanas distantes y amortiguadas por la misma distancia desde donde tañen, nos hacen ver la madrugada, un ¿otro? amanecer. En el siguiente plano, Laurent mira dormir a Clara plácidamente. El silencio que se intensifica en el balneario/sanatorio nos dice que el 14 de julio ha terminado. Con el dedo de Clara cruzando sus labios, después que el acontecimiento ocurrió. Nosotros, como voyeristas del acontecimiento, finalmente, antes del fin de la película, cuando en los bordes superiores del celuloide, aparecen esos cigarret burns (quemaduras de cigarro por símil) significan que se cambiará el rollo que terminó por el siguiente, imagino, y decidimos si es justo y posible el secreto y la absolución de Laurent y Clara y el acto de amor soberano, pero fantasma. Y de Malle, su deux ex machine.
- Sobre la obra Tamizar, de Anamaría Briede
Las obras de Anamaría Briede Westermeyer (Valparaíso, 1971) son viajes humanos de tacto, vuelo poético y flujos del inconsciente tan laboriosos y concretos como diseñar una casa en un papel o buscar la falla de un motor sin manuales. Surgen de tocar, dejarse llevar por el ojo y la mano, trazar, demarcar, señalar, glosar, diagramar, descartar, desplazar, sobreponer, velar y enfatizar formas, letras, palabras y movimientos con pensamientos libres, nunca mecánicos, aunque se hagan con máquinas, de escribir o fotocopiar por ejemplo. Las obras de Briede surgen de una relación única, mágica o magistral, entre la voz, la mano y la obra. Sus dedos a la vez pintan, dibujan, copian, superponen, desplazan y escriben. Lo hacen de manera rigurosa y pulcra, siempre con varios enfoques posibles, visuales y poéticos, pero están cruzados por lo sensorial, y funcionan muchas veces como activación, a veces efímera, de formatos precarios, leves, imprevistos, inimaginables con lógicas de espectáculo o de consumo inmediato. Sus materiales de trabajo son tan delicados y fundamentales como el agua, la tinta y las tinturas, la piedra, la materia y fibra vegetal, la sombra, la transparencia y la luz eléctrica. Con ellos la artista hace, diría que siempre, partituras de una voz humana en conexión íntima con los materiales. Con esa voz que es la suya acompaña a su mano y juntas especulan entre lo visible y lo audible en obras donde la experiencia estética tiene que ver con algo onírico que es letrístico y algo filosófico que es botánico e incluso geométrico, pero también es didáctico, confesional, expresionista y abstracto. Briede opera igual que una pianista que canta, cosa que muchas veces hace literalmente, pero que además replica en forma natural al desarrollar sus acciones de dibujo, pintura o esparcimiento y disposición de materiales volubles sobre papel haciendo visibles ideas e imágenes que se tejen detrás de sus cantos y asoman así diluidos, apenas, como asoma la poca tinta restante de ese ejemplar de Alicia en el País de las Maravillas que Briede coció, estrujó y recicló para hacer el papel con que dio vida a una de las series de obras que forman parte de esta muestra Tamizar. De esa misma manera la voz de la artista se esparce y asoma apenas entre las hojas que dibuja, pinta o cubre; y por eso las obras de Briede pueden leerse, en cierto modo, como formas de notación, como partituras. Si uno se detuviera el tiempo suficiente a observarlas, podrían escucharse. - Este artículo de Martín Gubbins es una versión editada del texto de sala que escribió como curador de la exposición de Anamaría Briede titulada "Tamizar. Ejercicio partitural editorial", realizada en Sala Departamento Jota en Santiago del 6 al 20 de abril de 2023.
- Guillermo Núñez, artista: “Si me roban un cuadro hago otro"
Guillermo Nuñez sigue produciendo sin parar y una de sus metas es lograr dibujar como los niños preescolares, antes de que la educación les arruine la creatividad. Por Catalina Mena [Esta entrevista fue publicada en 2019 en el diario La Segunda] Dice que cuando obtuvo el Premio Nacional de Arte, en 2007, fue como si se lo hubiesen dado a otra persona. “Ese no era yo. Yo era un gallo que estaba trabajando, nomás”. Y así sigue: trabajando. Ahora mismo, tiene cuatro exhibiciones simultáneas y está pronto a inaugurar otra. También medita (pero no siempre, porque a veces se le olvida), lee de política y de filosofía oriental, recoge piedras y ramas, y camina por entre los árboles de la parcela donde tiene casa y varios talleres, en el sector de Quebrada de Macul. Allí vive junto a su pareja, la teórica literaria Soledad Bianchi, 18 años menor que él y con quien lleva 40 de matrimonio. Guillermo Núñez es una figura icónica en la historia del arte chileno. Representante ejemplar del artista comprometido con el sueño socialista, participó activamente en el gobierno de la Unidad Popular, siendo director del Museo de Arte Contemporáneo entre 1971 y 1972. “Pienso que he sido el peor director del MAC”, ha dicho. “Lo que a mí me interesaba era apoyar al gobierno de Allende y mostrar el arte callejero, lo que se aleja mucho del concepto de museo. De hecho las muestras que yo organicé fueron muy criticadas por esa razón. Yo quería divulgar contenidos políticosy mi primera medida fue dejar de cobrar entrada. Recuerdo que Allende iba a todas las inauguraciones. Me decía: ‘Éste es mi museo favorito’” Tras el golpe militar estuvo varios meses preso: primero en la Academia de Guerra, luego en Villa Grimaldi, Cuatro Álamos, Puchuncaví. Allí supo del horror y del dolor, del propio y del ajeno, y también pasó meses con los ojos vendados lo que, hoy reconoce, activó mucho más su pensamiento y su imaginación. Tras la experiencia volvió a exhibir una obra muy controvertida que hablaba precisamente de lo vivido, en 1975, la que no alcanzó a estar dos días expuesta. Nuevamente fue detenido y, al poco tiempo, se exilió en París, donde vivió 12 años, vinculándose con otros artistas e intelectuales, como Roberto Matta, con quien tuvo una estrecha amistad. De vuelta a Chile, a finales de los 80, ha continuado trabajando y exhibiendo sin parar. Sus obras son políticas y emocionales a la vez, patean la perra sobre la violencia y las injusticias, interpelando al espectador, planteando preguntas y pidiendo su participación. En ellas se juega la manualidad y el gesto, a través de textos, grafías y pinturas. Muchas se presentan como libros, cajas o afiches que regala en los espacios de exhibición, pero también en la calle. “He hecho muchas cosas con rabia” -El sueño socialista se despedazó, pero has dicho que igual volverías a creer. -Exacto. Cuando ya no hay nada qué cambiar, no vale la pena vivir. Hay que morirse no más. Además uno siempre pude seguir haciendo cosas que tengan un sentido colectivo. -¿Sirve la rabia para crear? -Claro. Yo he hecho muchas cosas con rabia, y todavía es un motor, pero se me ha ido pasando un poco. Las filosofías orientales hablan mucho del serenarse, algo que al ser humano le cuesta. Siempre estamos juzgando, es muy difícil no juzgar. Y la otra cosa, es que hay que vivir en el presente. A mí me cuesta, porque siempre estoy en el futuro, vivo imaginando cosas, inventando tonteras. -Será por eso que te ves tan joven. ¿O el secreto es haber tenido muchos amores? -Sí. Picado de la araña. -Pero ¿cuántas mujeres has tenido? -Varias. Pero las importantes han sido como dos o tres no más. Y la más importante es mi mujer actual, porque, imagínate, llevamos más de 40 años. -¿Y se nota la diferencia de edad entre ustedes? -Antes se notaba, pero ahora no tanto. Ella tiene 70 años ya -¿Tiene más pilas que tú? -Muchas más. Por supuesto. Y además es muy sociable. Yo tengo muy pocos amigos, me van quedando muy pocos amigos. Los realmente amigos, son los que menos veo. -¿Y con ellos hablas por gmail ponte tú? -No. Yo no sé manejar el computador. La máquina de escribir es lo único que uso y tengo un celular sin internet. “Sin el fracaso no puedes hacer nada” -Oye, y estos dibujos que estás haciendo son como garabatos de cabro chico -Ojalá pudiera dibujar como niño. No es nada de fácil. Tener la libertad, la emoción del dibujo de un niño antes de que vaya al colegio y le echen a perder su forma de dibujar. A Picasso le dijeron una vez: “Pero esto lo puede hacer cualquier niño”. “Sí”, dijo, “pero no cualquier grande”. -¿Y por qué te interesa eso? -Me interesa el fracaso, el error, la mancha. Que algo torpe sea hermoso. -¿Cuál es la belleza del fracaso? -Sin el fracaso no puedes hacer nada, porque es ahí donde saltas para arriba. Cuando una obra no me resulta, trabajo, trabajo y trabajo hasta que la doy vuelta y la transformo. Y esas son las que me quedan mejores. A mí me gusta la honestidad del error. Debe ser porque yo he crecido muy poco. Todavía pienso como si tuviera cinco años. Estoy medio ahuevonado. No entiendo muchas cosas. -¿Como qué cosas? -Cosas a las que la gente le da importancia. Hay cosas que andan buscando con tanto ahínco tener plata y todas esas cosas, no entiendo. Por ejemplo, el otro día estaba pensando en este señor Luksic, y que se acaba de comprar otro negocio. No entiendo para qué quiere más plata, si podría vivir tranquilo, ponte tú, en Zapallar, sin que nadie lo moleste. Tú ves que todos esos narcotraficantes que tienen tanto dinero andan con guardaespaldas. Al final es más libre el gallo que vive en la calle, que no tiene nada que perder. -El afán de los artistas por vender para ti es raro, dices. -Uno tiene que tener dinero para poder vivir y para hacer cosas. Si uno venden obras, es para poder hacer otras. Pero la plata, en sí misma, no vale nada. Yo me eduqué en otra cultura. Cuando estudiábamos pintura, nunca pensamos que el arte se vendía. Yo tengo otra mentalidad. Regalo muchas cosas y también me engañan mucho. Hay galeristas que venden obras y ni me cuentan. O me roban la obra, qué se yo. Chao pescado. Si me roban un cuadro hago otro. ¿Sabes tú? La diferencia ahora es muy enorme. Antes nadie tenía auto y nadie ambicionaba tener. En el fondo, uno mientras más desea, más pobre es. Eso es lo que está pasando ahora con la delincuencia. Todos esos chicos aspiran a tener una ropa de marca que al final es igual de mala que la que no tiene marca, porque son los mismos chinos los que la hacen. Estamos viviendo en un mundo y en un país muy absurdo. -Pasamos de la violencia de Estado a la violencia del mercado. -Y es más violento ahora. Es de una crueldad tremenda que la gente se muera en las listas de espera de los hospitales, porque no los pueden operar. Se habla de un país rico y es mentira. Cada vez tenemos menos. No sé, no entiendo. -Hay entrevistados que tienen respuestas para todo. -A mí me desesperan las entrevistas, porque nunca sé lo que quieren que conteste. ¿Qué puedo contestar? No tengo idea. ¡Pero si no sabemos nada! No sabemos por qué estamos vivos. Y es fantástico, ¿te fijas? Por ejemplo, tenía un árbol ahí, una higuera que no daba frutos. Le empecé a hacer cariño y dio frutos.
- Memento mori
Las representaciones visuales asociadas al dicho Memento Mori (recuerda que morirás) dan forma a un vasto repertorio iconográfico. A través del estudio de estas imágenes y sus metáforas, también entendemos una serie de estrategias representacionales que varían de acuerdo a cosmovisiones epocales. Evidenciando, por ejemplo, diversas formas con las que el ser humano ha lidiado con la muerte. Más allá de ser solo una experiencia irrenunciable, “la muerte” es una idea que va definiendo tanto nuestra espiritualidad como nuestro cuerpo y sus cuidados. Afectando a nuestra individualidad así como al devenir del cuerpo colectivo.Esta exposición es el resultado de un diálogo iniciado en marzo en torno a la frase “Memento Mori”. Observamos en conjunto una pintura de Demetrio Reveco (Chile, 1862 - 1920): un bodegón con pájaros muertos titulado “Caza”. A pesar de ser literal, en ciertos momentos, la imagen del animal muerto se ha entendido como una metáfora de la muerte del ser humano. Mirarse a través de animalidades, es ahora, y en este caso, una manera de repensar nuestra forma de enfrentar la muerte como experiencia que va más allá de lo humano. En esta trama museográfica, quedan en evidencia asociaciones materiales, que ocultan relatos, ideas, memorias, rituales, miedos y deseos. Se inscriben en una contemporaneidad donde los muertos nos exigen, y aunque sea fugazmente, permanecer en la vida y en nuestra memoria. Nos acompañan a enfrentar el olvido de la Historia. Transforman nuestros rituales, y participan del devenir de nuestros afectos. Usando palabras de Vinciane Despret, los muertos y los vivos gozan de una relación prolífica. Los que mutuamente se recuerdan su muerte, no para enfrentarse al vacío, sino para reafirmar sus existencias. La exposición fue presentada en la galería D21 Proyectos de Arte reuniendo obras de Catalina Bauer, Andrea Breinbauer, Marcela Correa, Justine Graham, Josefina Guilisasti, Nayadet Núñez, Alejandra Prieto, Francisca Sánchez y Paula Subercaseaux.
- Manipular la ausencia (Fragmento de "Nostalgia del desastre")
La gran explosión nos condenó a lo singular Solitos flotantes mínimos Sumergidos en el caldo absoluto deseando otra vez el Enlace Rosabetty Muñoz Cuando su mamá se fue, hubo intemperie. Hay una soledad cuya luz es más parecida a la de la tarde del domingo que a la del fin del verano. La del verano es melancólica, la del domingo, en cambio, presiona los nervios y revuelve el estómago. Existe una soledad de otro mundo. Primero, antes de la aparición de los pronombres yo y tú, su mamá fue un olor, con mayor precisión diría que un pedazo de tela: ella, la niña, agarrada de su camisa de dormir verde agua. Tenía miedo (todos tenían) de que el diablo se la llevara en la noche (en realidad se llevaba a su madre). Su mamá iba y venía, nerviosa. Linda siempre. Arreglada. Un día se perdió. Veía piernas de gente grande y se agarró con fuerza a las de una mujer que sabía no era su mamá. Pensó, o cree que pensó, que tenía que aferrarse a una mamá, cualquier mamá. De grande ha replicado esta estrategia cuando se pierde demasiado y olvida que: yo soy yo, y los demás unos tú de los cuales no corresponde andar colgándose. Después de que su mamá se fue y volvió, estaba preocupada de que la mirara. Ella sabía que a veces la miraba, aunque nunca la pilló haciéndolo. Siempre estaba nerviosa. Arreglada. Iba y venía sin parar. En todo caso, ¿no es eso una madre: alguien que va y viene? Roland Barthes escribió que a veces se soporta bien la ausencia, nos comportamos como los normales, nos ajustamos a las formas en que todo el mundo soporta la partida de alguien. Mientras que hay una ausencia dura, de la que es necesario resistir con más fuerza y disimular para no quedar colgados de cualquier pierna. La soledad que puede ser agradable ocurre cuando hay al menos una variable constante, y aunque no esté presente, lo que importa es saber que hay alguien en cuya cabeza estamos presentes. Mientras que en la desolación no hay madre, pero tampoco sustitutos. Barthes dice: voy a manipular la ausencia. Vivian Gornick, experta en apegos feroces, escribe en Mirarse de frente que el feminismo fue un oasis en el cual por fin pudo descansar del desgaste de perseguir a los hombres, de esperar estar bien con alguno para poder, recién ahí, comenzar a desarrollar su trabajo. “Pronto sería dueña de mí misma”, pensó, imaginando ese gran momento. Para ello debía estar preparada, si no para renunciar al amor romántico, al menos aspirar a tener un “apego adulto”, o sea, sostener un yo y tú con la distancia que promete la anhelada madurez emocional. Pudo por un tiempo. Pero luego algo pasó, el movimiento feminista empezó a erosionarse, las relaciones a desinflarse y las ideas a repetirse demasiado. De pronto con sus camaradas no tenían mucho más que decirse. Gornick dice que, de vuelta a su soledad, ya no se desesperó, pero se deprimió. Es cierto que en el enamoramiento, como en los colectivos y las pandillas, olvidas por un rato que yo es yo y que entre yo y tú hay un abismo. Son un oasis en el desierto, pero también un espejismo. Esa clase de unidad, tarde o temprano, se rompe. La sensación de ser uno para todos y todos para uno se triza cuando aparecen los deseos individuales, aunque a ratos creamos que pensamos lo mismo con nuestros socios. Inevitablemente se vuelve a la soledad después de cada fiesta, y eso debe ser crecer, salir de la manada y responderle a la vida. Ese ejercicio lo repetimos innumerables veces en la vida, ir y volver a ser juntos y solos otra vez. Y creo que duele siempre. Es posible que cada nueva separación sea un eco de la primera: una madre que se va. Aunque vuelva. Debe ser por eso que algunas separaciones se tornan absurdamente traumáticas en la adultez. Hablo de las absurdas, porque es especialmente inquietante que unas relaciones que nunca despegaron a nada, apenas unas verrugas en la historia, sean las que suelan provocar mayor conmoción. Quizá lo que no alcanza a ser nada replica el primer desengaño, pero de una manera patológica, ¿cómo separarse de lo que no hubo? *** Pequeño ensayo sobre el amor voraz No sabe qué siente, ama tanto que no puede respirar, lo que no significa que sepa exactamente lo que ama, porque si es franca con ella misma, también lo odia. Odia su risa y los ojos chinos que ya le quedaron así de tanto fumar pitos, le parece estúpido lo que habla; la gente como él, que muy joven discute de política como mueca de los padres, le parece un síntoma grave de discapacidad espiritual, pero sobre todo odia verlo tan cómodo consigo mismo; siempre está bien, nada le hace falta, cuando está excitado le gusta mirarse al espejo, ¿nunca miras a nadie gran hijo de puta? Pero lo que más odia es odiarse a sí misma por cómo se pone con él, en un segundo se siente una subordinada de cuarta, no le salen las palabras, queda atrapada buscando que la mire cuando él mira siempre en otra dirección, y cuando la mira, se pregunta ¿qué mira en mí? ¿Ve algo? ¿Qué más tengo que hacer? ¿Ser más bonita, más inteligente, más caliente? En todas las idas y vueltas –porque él iba y volvía, y ella también: ella obligada, él por descaro– fantaseaba que pasaba por delante sin mirarlo, y entonces él al fin la mira; como se dice, se da vuelta la tortilla. Y ella ¿qué haría entonces para sostener ese segundo de gloria? Porque sabe que ella, que no soporta la espera –porque la palabra ausencia le rima a sentencia, violencia y demencia– se entregaría a la primera, entera, toda; y otra vez caerle encima, y él que nunca quiso eso, porque eso es algo que incluso ella sabe: nadie quiere a otro encima; lo llevaría a él otra vez a abandonarla; así, ganosa con la boca abierta. Triste. Si ella goza de su entrega y esclavitud no significa que él la tome como esclava, y ese rechazo la vuelve aún más desesperada. Pero no está loca, aunque lo este, él es parte de este juego perverso, de dar y quitar, de usar ese poder que a él también le extraña, porque sabe que no tiene nada más allá de la cáscara: reconoce un cordón umbilical invisible, donde el triunfo de uno es la derrota del otro. ¿Qué haría finalmente si algún día lo tuviera para ella? Sospecha, sin jamás reconocerlo ante quienes se victimiza por vivir este amor terrible, que, de tenerlo, entero, todo para ella, lo devoraría, lo masticaría, hasta no dejarle carne; así extinguir al fin ese amor que odia. Sabe que le pasa exactamente igual cuando tiene una caja de chocolates, no soporta dejarlos en el cajón, debe comerlos todos, así ya no siente más esas ganas de algo que la vuelve loca. El psiquiatra le dice que sufre de ansiedad, y el doctor le parece absolutamente estúpido; nunca se le ocurrió preguntar qué mirada es la que anhela. Si al menos la hubiese ayudado con nuevas rimas de la palabra ausencia, por ejemplo, presencia o creencia. Quizá la habría llevado a comprobar si con ellas podía cerrar un poco esa boca tan abierta. *** En la obra de las artistas Louise Bourgeois y Tracy Emin llamada Do not abandon me (No me abandones) hay desesperación. Desesperarse: no soportar el espacio que separa a uno de otro. Bourgeois pintó torsos, Emin los intervino. En la imagen I held your sperm and crie (Sostuve tu esperma y lloré), una pequeña mujer arrodillada toma el semen del pene de un gran torso de contornos maternos. Esa imagen podría ser ella, la niña, colgando de la pierna de cualquier mamá. Un par de amores terribles fueron exactamente la sombra de la madre imaginaria detrás de unos cuerpos que tuvieron demasiado significado. ¿Será que en los amores dramáticos podemos repetir el melodrama original? Aunque hagamos el ridículo. La primera tragedia es verificar que nuestro primer amor, la mujer que conocimos por dentro, mira en otra dirección, y no hay ofrenda que podamos hacer para recuperarla. Porque, en primer lugar, nunca fue nuestra. ¿Somos capaces de terminar por comprender esto? Podemos preguntarnos toda la vida ¿qué más quieres, mamá? Y ella siempre responderá lo mismo: no sé de qué hablas. Cuando estos dramas se repiten de manera severa, los psicoanalistas le llaman estrago. La etimología dice que estrago viene de ruina y confusión. Es un daño generalizado, una devastación total por alguien que en realidad poco importa, podría ser cualquier pelele, cualquier pierna, que por un juego perverso del inconsciente oculta la sombra de la madre que se ama y se odia, esa que va y viene. Pérfida, cuya mirada se busca y no se encuentra. ¿Tan obvia soy para ti? La capacidad para estar a solas no está en absoluto garantizada. No nace, se hace. Primero se requiere de la presencia real de los padres o cuidadores, después puedes soportar estar en la pieza de al lado sabiendo que ellos existen cerca, para lograr, por último, llegar al último escalafón del aprendizaje de la soledad: jugar a solas junto a ellos. O sea, estar solo con otros, al lado de otros y compartir la soledad sin colgarse de la pierna de nadie ni rumiar de manera obsesiva la pregunta: en qué piensa cuando no me habla. Eso es precisamente lo que el vampirismo emocional no soporta. El vampiro quiere un pedazo de alma del otro, chupar su sangre: estrago es también tragar, como se traga cuando aún no se sabe masticar. Eres un barril sin fondo. Los niños son grandes expertos en el tratamiento de la ausencia. Lo que hacen es introducir un ritmo con su juego, “está, no está”. Esa es una forma de manipular la ausencia. El juego significa manejar el ritmo de la presencia y la ausencia activamente, las cosas están y no están, y el ritmo retarda la sensación de amenaza de que un día, ciertamente, el otro no volverá más. El juego es un ensayo para las pérdidas, algo así como vacunarse de duelo en pequeñas cuotas. Es un antídoto al resentimiento, porque de algún modo, en ese juego de presencia y ausencia, aceptaste la cláusula de la vida. Y notas que no está mal. Digo: voy a manipular la ausencia. Al volver a su soledad, Vivian Gornick trató de trabajar. No pudo. Se quedaba en la cama. En ocasiones, antes de levantarnos, necesitamos cinco minutos más (de mamá). Lo problemático es que sean mucho más que esos cinco minutos, supongo que a eso se le podría llamar depresión. Gornick primero no pudo comenzar. Hasta que pudo. Pudo cuando su mantra de fervor religioso “el trabajo lo es todo” cedió. Leyó de Chéjov: tengo que sacarme al esclavo que hay en mí, gota a gota. No era el trabajo lo que la salvaría, sino la humildad del esfuerzo diario, como si fuera un ritual de salvación. Una constante. El trabajo puede ser más que el trabajo. Para algunos, el secreto de su productividad es trabajar para hacerle el quite a lo insoportable de la soledad. Y escribir, por ejemplo, no traiciona, siempre tendrás un trabajo por hacer. Sísifo enseña algo al respecto. Destinado a llevar todos los días la misma roca, que cada día volvería a rodar abajo, sin promesa alguna, acepta ese sinsentido. Sin esperar el gran momento, solo comienza cada día y seguramente en una de esas idas y venidas, algo le pasó. En la caída pudo ocurrir que dio un beso y empezó a urdirse una trama, o incluso, si tuvo suerte, encontró un oficio, un deseo, y como todo sentido que vale la pena, no lo usó como excusa para vivir, sino que le dedicó la vida y terminó haciéndole una dedicatoria. Gornick quebró la desolación, diría que, bajo el truco de la dedicación. Sin exigirle más ni a un dios, ni a un hombre, ni a una pandilla. —¿Tú crees que yo puedo estar sola? —No —¿Cómo no? —No. ¿Para qué me preguntas, entonces? —Pero si he soportado separaciones durísimas. —Pero decías que esa vez, la peor vez, solo sentiste paz interior cuando tuviste que tomar el jarabe para la tos. —Pero quizá ahora sí pueda. —Quizá.
- El odio a los pacos
En la mañana escuché en la radio Carabineros de Chile su nuevo slogan: "La radio que todos escuchan pero nadie lo reconoce". En el fondo es un lema bien triste. ¿De donde viene el odio hacia los pacos? Ya Balzac decía que "el policía vive la emoción del cazador". Y por ende, nosotros los ciudadanos deberíamos ser los cervatillos a cazar. En los tiempos hippies de Jim Morrison era moda odiarlos. Ese tipo de odio (al menos el de los blancos porque los negros tenían buena razón para odiar) era más bien adolescente. Era como el enojo del joven con el papá que no lo deja ir a una fiesta. Pero como casi todos los periodos de desorden, EEUU empezó a querer a sus policías y a convertirlos en héroes de sus series televisivas durante los años ochentas, cuando Nueva York se hundía en la decadencia absoluta. El odio chileno a los pacos tiene diversas aristas. Está el odio al paco pinochetista, ya casi extinto, el más joven de esos pacos debe ser un conserje de setenta años. Está también el odio automático. El que siente el barrista y el delincuente. Este se da de forma natural, porque obviamente odian al que les pega palos todo el año. Y está el odio anarquista. Este es el más justificado, porque no odian a un paco determinado, odian incluso al paco simpático, al que entrenar perros, al que cocina, al que ayuda a los damnificados de Chaiten y al que ordena el tránsito afuera del colegio de su hijo. El paco es la punta de lanza del verdadero enemigo, el Estado. Los odios particulares son volátiles. Por ejemplo, la delegada presidencial metropolitana Constanza Martínez hace unos años los odiaba, hoy los ama (y lo confiesa) tal como Camila Vallejo. Están a cargo de ellos. La radio de los pacos quizás sea la mejor radio de música boomer de Chile. No creo que los pacos la escuchen. ¿Habrá un premio tipo altazor o del diario de la Cuarta para su programador? Al final me gusta su eslogan. Lo imagino en el mundo de la literatura: "X el escritor que todos leen pero nadie lo reconoce."
- La ética artificial es una impostura
La noticia ha resonado como un potente trueno. La última versión del “robot conversacional” Chat GPT, desarrollado por la empresa Open AI, está dotada de un poder de locución tan sofisticado que ya se asemeja al de un humano. A este respecto hay que destacar que lo que de entrada llamó nuestra atención es que estos robots escriben textos cuya calidad sintáctica y coherencia permitirían ya que los estudiantes de secundaria los utilizaran para hacer las tareas, o los medios de comunicación con el propósito de producir artículos, entre otras muchas situaciones. Sin embargo, estas perspectivas, al movilizar nuestros afectos, nos han llevado a ocultar el hecho principal. Es decir, mucho más que escribir textos por encargo, estos programas empiezan a dirigirnos la palabra de forma autónoma y natural. Y esto con vistas a un gran objetivo industrial: guiarnos continuamente por el buen camino. Esta disposición es el resultado de los imprevistos avances de la inteligencia artificial desde principios de la década de 2010, que ha permitido desarrollar sistemas capaces de evaluar, a velocidades infinitamente superiores a nuestras capacidades cognitivas, situaciones de todo tipo. Pero también, por consiguiente, formular recomendaciones. Waze, por ejemplo, que interpreta las condiciones del tráfico en tiempo real a la vez que sugiere las mejores rutas. Esta arquitectura ha hecho que surja un nuevo modelo económico, con fuentes inagotables de riqueza: la interpretación y la orientación de nuestro comportamiento. Desde hace quince años, las tecnologías se conciben para guiar nuestros gestos con sus luces cada vez más omniscientes, principalmente con fines comerciales. Se establece un lazo umbilical al que la voz de la máquina da ahora una forma fluida y familiar. Porque, a la larga, todo empezará a hablar. Después de los altavoces conectados, que salieron al mercado en 2016, nuestro smartphone, el habitáculo de nuestro vehículo, nuestra cocina… Los laboratorios, en su inmensa mayoría privados, trabajan sin descanso para robotizar el lenguaje, antes de poner sus productos al alcance de todos, como de la noche a la mañana. ¿Y cómo nos hemos enterado de la existencia de este prodigio tecnológico? Por las noticias de prensa. En otras palabras, a posteriori. Un fenómeno recurrente y que debería llamarnos la atención es de la desincronización entre, por un lado, la sociedad que se encuentra ante un hecho consumado y que, al final, lo único que hace es reaccionar; por el otro, una poderosa industria, ahora hegemónica, que desde hace dos décadas se esfuerza constantemente por hacer que nuestras vidas dependan de sus logros. En este sentido, demasiado a menudo desestimamos a las figuras que sustentan todo este mecanismo: los ingenieros. Aquellos que en su mayoría se lanzan a una carrera cada vez más enloquecida por la llamada “innovación” y que, por estar supeditados a la industria digital, solo se someten a pliegos de condiciones establecidos con el único objetivo de generar ganancias. Lo que los caracteriza es que participan activamente en el diseño de dispositivos que, en la mente de la ciudadanía, plantean un número cada vez mayor de interrogantes. En esto se encuentran en una posición incómoda que a veces llega a hacerles sentir remordimientos de conciencia. Entonces, para quedar bien, se mantiene desde hace mucho tiempo una hábil campaña para fabricar el consentimiento, haciendo así posible nadar y guardar la ropa. Esto mediante el uso constante de un concepto, con aires de pócima milagrosa o de arena en los ojos, destinado a tranquilizar a las multitudes: la “ética”. En los últimos años hemos visto la celebración de conferencias organizadas por la corporación o la plétora de obras escritas por algunos de sus miembros, repitiendo a coro un sempiterno estribillo. Aquel según el cual, no cabe duda, todos nos beneficiaremos de los continuos avances tecnológicos, frente a cuyos posibles abusos, sin embargo, conviene protegerse. Y tantos otros discursos repetidos en bucle por personas que, además, son juez y parte. A decir verdad, lo característico de esta postura es que solo ratifica las cosas en la medida en que lo que ordinariamente se entiende por esta noción únicamente remite a vagos cortafuegos normativos o legislativos, sin tener nunca en cuenta el alcance civilizador y antropológico de los cambios que ya están en marcha. A saber, un destierro progresivo de nuestras facultades impulsado por la creciente automatización de los asuntos humanos. Aquí es donde conviene subir de nivel las apuestas y pasar de la ética –tal como se emplea, bastante vulgarmente, hoy– a una dimensión que se consideraría superior: la moral. La primera se deriva de la aplicación de algunas reglas de supuesta buen conducta a casos concretos. La segunda se entiende como el respeto incondicional a nuestros principios fundamentales. Entre ellos, aquel que no ha dejado de verse erosionado por la digitalización de nuestras vidas y que, como tal, debe ser defendido más que nunca: la mejor expresión de nuestras capacidades, de lo que depende el buen desarrollo de cada uno de nosotros. Porque, después de haber experimentado un debilitamiento de nuestra autonomía de juicio debido a la generalización de los sistemas que orientan con diversos fines el curso de nuestra vida cotidiana, lo que ahora se presagia es una renuncia a nuestra facultad de expresarnos. Por eso, nos corresponde a nosotros oponernos a un ethos que, en realidad, proviene del odio al género humano y que solo pretende reemplazar nuestros cuerpos y nuestras mentes, de facto incompletas, con tecnologías concebidas para garantizar una organización supuestamente perfecta del funcionamiento general y particular del mundo. Ha llegado el momento de alzar la voz –nuestra propia voz– y retomar la fórmula de Albert Camus en El hombre rebelde y afirmar que “las cosas han durado demasiado (…), ustedes van demasiado lejos (…), hay un límite que no franquearán”. Eso sería un verdadero humanismo de nuestro tiempo. No clamar en todo momento, corazón en mano y de forma siempre muy vaga –como los gurús de Silicon Valley o las hordas de ingenieros–, queriendo poner “al hombre en el centro”, sino establecer la manifestación adecuada de nuestra riqueza sensible e intelectual como la condición imprescindible para unas sociedades plenamente libres y plurales. *Le Figaro, 9 de febrero de 2023; en español, El País - Anatomía del espectro digital Éric Sadin Saposcat | Otra Ciencia | abril 2023
- Irma Vep: hule, seda, y terciopelo negro
Cuando las películas se acaban adquieren personalidad propia. Esa es su magia oscura. Las invocas, te despiertan y luego te abandonan. En el limbo (Irma Vep de Olivier Assayas) IRMA VEP - OLIVER ASSAYAS 1996 Mira (Alicia Vikander) es una actriz/estrella de cine que vive un proceso de depresión tanto por su carrera en franco declive como por una actual ruptura sentimental. Al comienzo de la “serie” viaja a Francia para encarnar a Irma Vep, un personaje surrealista y extraño de los tiempos del cine mudo francés, en una adaptación del clásico del cine mudo galo Los vampiros de Louis Fuillade. A medida que avanza el rodaje, Mira se da cuenta de que los límites entre ella misma y sus traumas y el personaje de los años 30 que interpreta comienzan a difuminarse y a fusionarse de una manera muy surreal e inquietante, donde la actriz y musa de los surrealismo francés, “Musidora” (Jeanne Roques (París, 23 de febrero de 1889-París, 11 de diciembre de 1957), va poseyéndola poco a poco, desde la vestimenta, un traje de hule negro que muta en un vestido de terciopelo negro, y sus sinuosos movimientos solicitados por el guión de René Vidal, un director neurótico y extravagante y depresivo. Irma Vep, de Oliver Assayas, explora, de esta manera excéntrica e inquietante, la delgada línea roja –o de terciopelo negro- que separa la ficción de la realidad, lo artificial de la veracidad, así como también el cine (mudo) de la revisitación, real y simbólica (hablada). En 1915, Louis Feuillade se dio a la empresa de contar con Musidora, su/la musa del momento –alabada y amada por los surrealistas cercanos a Breton-, para rodar uno de sus proyectos más intrigantes, Los vampiros, un thriller criminal con una trama oscura, casi cine noir, que llevaban a un París aterrorizado por una organización conocida como Los vampiros, una banda, criminal que perpetra robos, secuestros, asesinatos y otras alevosías, que está liderada por un siniestro personaje conocido como el Gran Vampiro y sobre todo su seductora y fatale compañera, Irma Vep. Ese es el origen de todo esto. IRMA VEP [LES VAMPIRES] - LOUIS FEUILLADE 1915-1916 Considerada por la crítica de la época y también por algunos fans de la serie –y sobre todo de la enigmática Musidora- como una de las mejores películas de terror clásicas, durante sus 420 minutos, divididos en 10 capítulos, narraba la desesperada lucha del periodista Philippe Guerande, obsesionado por adentrarse en los misterios de la banda retorcida y perversa que aparecía imbricada en todos los intersticios de la alta sociedad parisina de los años 30. Habría que agregar que fue un éxito del cine mudo francés paranoico, como Fantomas, y significó no sólo una de los éxitos del creador del ladrón y elegante criminal que hizo de las suyas en un París subterráneo, como en A la sombra de la guillotina (1913), sino sobre todo propició la pasión del público por la inusual, erótica y sinuosa diva Musidora, que volvió a trabajar con Feuillade en la excelente cinta del “género negro”, Judex en 1916. Frente a Irma Vep de Olivier Assayas cuesta dar cuenta cabal de la serie. Lo primero es decir que es un ejercicio de estilo, notable, de cine dentro del cine en la televisión, de sus orígenes tanto cinematográficos como personales de Assayas y del magnífico resultado de todo esto. Ejercicio de la construcción en abismo del cine dentro del cine Tal vez un homenaje a la original serie, folletinesca, Les Vampires del director de los años 30 Louis Feuillade y a su protagonista Musidora, una diva de esos tiempos fundacionales del surrealismo y la danza y el baile de la época y su mito, que de personaje secundario de Les Vampires pasó a ser la primera musa fatale, de la pantalla grande, con un traje que la hizo tal, un vestido, o más bien una funda negra de hule que le dio esa estampa inquietante y erótica –deseante- para la época, y sus sinuosos movimientos. Y a la misma serie, que Feuillade se negó a concebirla como tal, sino como una cinta de ocho horas. Y al propio Feuillade como director de un folletín que se hizo legendario por sí mismo. Hoy, por la revisitación, el remake de Assayas del año 1996 aprovecha el formato de las series del streaming para filmar una película, una cinta tan extensa como Les Vampires, donde, en abismo, nos enfrenta a demasiadas puestas en escena del cine sobre el cine, de la nostalgia –miradas transpuestas- de un director sobre esa cinta original. Su remake, por lo tanto, y esta actual nueva revisitación y los múltiples sub-géneros que la habitan. Es complejo dar cuenta de esta propuesta. Pareciera ser un extraño y poco usual producto, casi destinado al fracaso por exceso, (la pulsión de la reiteración, puro significante, en su a veces agotador manierismo), pero que finalmente, resulta todo lo contrario: una hipercodificación tanto en su trama como en su resultado final. René Vidal -¿alter ego de Assayas?- , filma con todas las complejidades de un director neurótico y depresivo: sus fantasmas, su proyecto de hacer “presente” el filme -o serie extensa- de Feuillade y su heroína, la actriz que se hace llamar "Musidora": como si un set de rodaje fuera “un espacio místico” y además de conflictos permanentes por las distintas percepciones, tanto del director, actrices, actores, productores en cintas como La noche americana de François Truffaut (1973) y otras cintas que tratan del asunto: quizá 8/2 de Fellini o Le Deprise de Jean Luc Godard. Assayas ya había realizado una cinta, como decíamos, un remake de bajo presupuesto y poca duración de Irma Vep: por su espíritu e inspiración se deja poseer metafóricamente por Maggie Cheung, actriz y “amour fou” de Assayas, hasta que vive la transformación que se produce en la parte más fantasmática de la serie. El personaje de la misma Irma Vep –o Musidora reencarnada- está basado o duplicado, además, por la historia de la espléndida actriz Alicia Vikander: tres Irma’s Vep que se van espejeando desde los tiempos hasta transformarse en un cuerpo vestido de fantasma con un traje de hule hacia el terciopelo –un tránsito-, que puede atravesar paredes y tiempos y las sombras del cine y sus tantos imaginarios. Y sobre todo la magia del cuerpo trasvestido, hecho de luces y sombras y deseo: el vestido negro de terciopelo y su sinuosidad y el fantasma presente y final de Alicia Vikander (¿es ella entonces la reencarnación de Musidora o de Irma Vep, o ambas en tres cuerpos a la vez?). Irma Vep, es así, una película que sobrepone el vestido al cuerpo y los va haciendo uno, no rompe el cuarto muro, sino que atraviesa los muros y los espejos de nuestro deseo de mirar, ese voyerismo que devuelve la mirada en su transmutaciones perversas e insatisfechas. Insatisfacción que hace posible esta (in) existente y espejeante hiperficción abisal. Una pregunta necesaria, que queda vibrando en la retina: ¿y dónde está la piel? IRMA VEP - OLIVER ASSAYAS- SERIE HBO 2022
- Ser con-otros: diálogo, conversación y convivencia democrática
Es preocupante nuestra dificultad relacional. Humberto Giannini nos dice que en medio de un conflicto necesitamos “hospedar ideas”, pero también “dejar partir” algunas de nuestras convicciones más arraigadas. Es curioso, pero en Chile estas acciones se califican de “volteretas”, confirmando que apreciamos como virtudes las coherencias fundamentalistas carentes de examen crítico. De modo global, hoy aparece en entredicho el diálogo: ya como conversación, acuerdo y/o desacuerdo e interpelación, tan válidas unas como otras. En Chile, este déficit se presenta bajo el manto de la desconfianza en la esfera de la política y la economía; también en las escenas pedagógicas, familiares, ciudadanas, entre otras. Es preocupante nuestra dificultad relacional, porque facilita la percepción fantasmática del Otro bajo formas devaluadas que precipitan la violencia del acoso escolar, de género, la xenofobia y el individualismo en general. En la esfera de la política se vuelve costumbre la relación dicotómica entre “ellos” y “nosotros”, que en Chile fue ejercitada por Valentín Letelier en el siglo XIX, en un artículo bajo este mismo título para dar cuenta de la oposición entre liberales y conservadores. Oposición entre posturas carentes de mediaciones, cuyo ejemplo más reciente es la discusión sobre una nueva constitución, a la que debimos renunciar por carecer de virtudes dialogantes. ¿Por qué es tan necesario conversar, dialogar o interpelarse? En primer lugar, porque nos permite convivir. Un convivir democrático, de género y antirracista que nos admite en una conversación infinita. También facilita el acto de pensar, definido por Platón como una conversación con otros, pero también consigo mismo/a. El filósofo chileno, Humberto Giannini, nos dice que un diálogo se entabla cuando reconocemos un problema, pero sobre todo cuando se nos revela la condición “bicéfala” del lenguaje y del pensamiento, pues nos hace aceptar que hay más de una forma de abordar un problema. Siguiendo con Giannini, nos dice que en medio de un conflicto necesitamos “hospedar ideas”, pero también “dejar partir” algunas de nuestras convicciones más arraigadas. Es curioso, pero en Chile estas acciones se califican de “volteretas”, confirmando que apreciamos como virtudes las coherencias fundamentalistas carentes de examen crítico. A nivel ético-político, cada vez importa más revisar nuestras capacidades para la conversación, la convivencia, la amistad y la solidaridad por tratarse de posibilidades que nacen de nuestra condición de seres plurales. En esta línea, Hannah Arendt rescata el perdón y la promesa; Emmanuel Levinas la responsabilidad ante la interpelación que nos hace un otro y Enrique Dussel destaca la solidaridad, que en Chile felizmente no nos falta en medio de los desastres que nos acechan. Cuando carecemos de estas cualidades Jean-Luc Nancy responsabiliza a la concepción moderna del individuo que, encerrado en sí mismo, carece de inclinación al otro. De igual modo, Jacques Derrida nos recuerda que conversaciones o acuerdos puramente fraternales son peligrosos cuando se centran en la discusión entre amigos, pues la amistad entre iguales es equivalente a una relación familiar incapaz de relacionarse con un o una diferente, que Dussel caracteriza de “amistad alternativa”. Desde el lugar del Otro, el mismo Enrique Dussel nos hace saber que en América Latina hemos sido calificados de “inmaduros” o “inferiores”, haciéndonos “culpables” ya por “pereza” o “cobardía” ante lo que en Europa se entendía como progreso. Estas calificaciones también nos indican el necesario diálogo entre culturas y la necesidad de abandonar el solipsismo de una modernidad autocentrada para poner en su lugar una co-modernidad que se resiste a las definiciones tajantes y a los saberes asimétricos. Para terminar, quisiera que admitamos nuestra condición de seres relacionales de ser-con otros, así convivimos en la convergencia y divergencia, como nos dice Maximiliano Figueroa en su lectura sobre Giannini. Por mi parte, creo que desde el momento en que hablamos tenemos un camino reflexivo ya hecho porque salimos del solipsismo de nuestra intimidad para presentarnos ante los demás. De este modo, abandonamos la soledad de nuestras emociones y nos singularizamos, sin seguir la corriente y el eslogan fácil al que nos acostumbra la cultura de masas que intenta administrar nuestras individualidades. - Esta reflexión forma parte de la investigación Fondecyt: “Examen ético-político sobre la modernidad y el problema del Otro en América Latina”, ANID, N°1200231. Kazimir Malevich, Peasants (c. 1930)












