Barbarie pensar con otros
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- Amputaciones
Siempre son bienvenidos los ejercicios escriturales cuyos procedimientos expresivos busquen desestabilizar ciertas ideas de raigambre burguesa y conservadora que aún predominan en las obras literarias actuales. De tradición burguesa, por ejemplo, podríamos citar la idea de “voz propia”. Como bien lo expresa Constantino Bértolo, la búsqueda febril de una voz propia responde muchas veces a ese anhelo de diferenciarse, distinguirse en medio de un mar de escrituras que parecieran ser todas iguales. Pues bien, esta voz —una voz que se añade a la que ya existe, en cada individuo particular, por el hecho mismo de ser, en efecto, uno mismo— es un influjo de ese individualismo que fermentó con la burguesía, la que habitualmente persigue la competitividad por diferenciación al lado de otras escrituras. De tradición conservadora, en cambio, podríamos nombrar la persistencia en tramas bien trabajadas, sin contradicciones y desprovistas de fallas, las que lleva a los autores a hiper corregir sus textos, a descartar sus contradicciones y eliminar los pasajes menos legibles, todo en función de algún ideal inexistente sobre los requisitos que debería cumplir una novela aceptable. Por supuesto, existen muy buenas obras cuyos autores poseen una marcada voz propia, con tramas bien estructuradas y personajes bien trabajados. El problema viene cuando se les exige a todas las producciones estas características. ¿Según qué autoridad las escrituras deben cumplir con una lista de supermercado para ser aprobadas en la república de las letras? Así entonces, para no hacer del ejercicio de lectura una actividad conservadora y ahistórica, más que exigir ciertas características o valores “trascendentales” en las obras literarias, podríamos averiguar si lo que propone un texto se condice con lo que hace. Es lo que se llama la materialidad misma del texto, cuyo examen se lleva a cabo considerando el momento histórico y cultural específico de su producción (con sus ideas, tensiones y luchas) y los desplazamientos que genera en cualquier época (exageraciones, mantenimientos, rupturas) tal como cualquier otro producto del trabajo intelectual que una persona puede realizar en su vida cotidiana. He dicho todo esto para descartar ciertos flancos que se podrían abrir al leer Ampliaciones (2023) de Diego Armijo. Al texto no se le puede achacar que los personajes no estén bien trabajados, que la trama por momentos se estanque, que su escritura no sea pulida. No se le puede imputar nada de esto porque, básicamente, no es su propósito. Podríamos asegurar, incluso, que la despreocupación de estos elementos es su objetivo. Hay que buscar, entonces, en otra parte, en otro sitio, que desde mi punto de vista se halla en la estructura que propone el texto, su sintaxis, la voz de quienes hablan en la trama y su diálogo o ruptura con el mundo en el que se inserta. Así las cosas, el primer escollo que salta a la vista es su estructura. Heredera de la poesía concreta de los años 30, la relación que establece entre las palabras, la forma y el espacio no resulta una continuación o reflexión productiva de esas ideas, sino que se observa un leve retroceso de dichas propuestas. Si en la poesía concreta la relación de estos elementos responde a un proceso de reflexión donde las palabras son tomadas en su materialidad misma con el objetivo de entregarnos formas nunca rígidas u obvias, en Ampliaciones esas formas están en varios pasajes preestablecidas, son toscas y predecibles, y por tanto al lector no le queda otra que la pasividad en la formación del sentido. La mesa es una mesa (un bloque rectangular largo), la silla es una silla (un bloque rectangular más pequeño), y lo mismo ocurre con otras de las varias formas que aparecen en la novela. En estos pasajes, la pericia escritural se reduce a simular con la prosa el mobiliario y las estructuras de una casa, pero no pasa de ser una adecuación tosca de los objetos. Afortunadamente, esto no ocurre en todo el texto, pues hay momentos donde logra escapar a esa obviedad formal, particularmente en capítulos como “Cambio de orden por favor” o “Ley del mono”. Sin embargo, en general, las formas están desprovistas de una relación con el vacío (el vacío de la hoja, el espacio en blanco) que permita la participación del lector, llegando incluso a concesionar la pretendida experimentalidad del texto. Hay otra opción, a pesar de todo: que tomemos varios de estos pasajes como poemas por derecho propio. En ese caso, el resultado tampoco es muy favorable. Ya sea en forma de poemas o no, nos encontramos con una solución sintáctica que abusa de la coma y su efecto más rudimentario, para entregarnos una sencilla enumeración de frases simples de rastrear, donde cada sintagma (junto a su correspondiente significado semántico) se añade horizontalmente al sintagma anterior. Es la utilización de la coma en su sentido más elemental. Aquí no hay juego de subordinaciones que haga de la lectura un momento de resonancias y divergencias, un momento donde se nos vuelva desafiante la lectura (precisamente, por no adaptarse a la prosa dominante). Lo que hay, en su lugar, es una tosquedad que se intenta contrabandear por puesta en relieve de la sintaxis. Un ejemplo servirá para ilustrar este hecho: «Este y los individuales, regalo, no nuevo, pero sí de cariño. Donación, traspaso, de una profesora que al Felipe le hizo clases en la básica, entonces ni el cariño nuevo, prolongado, renovándose». Nada de esto sería tan relevante si no estuviera presente, en el fondo, una idea reaccionaria de lo que constituye el uso de la lengua en los sectores populares. A este respecto, es necesario mencionar que en nuestra literatura estas ideas positivistas de la relación entre condiciones materiales de existencia y uso de la lengua han encontrado un refugio seguro que comporta beneficios simbólicos para quienes lo defienden. Estas ideas conservadoras se pueden resumir en lo siguiente: existe una relación directa entre precariedad material de la vida y un uso de la lengua amputado e insuficiente. Son ideas que comenzaron a ser desbaratadas en los años setenta por lingüistas como Michael Alexander Kirkwood Halliday, el iniciador de lo que hoy llamamos la “Lingüística sistémica funcional", pero que sin embargo todavía son reproducidas por el discurso de la dominación. Por eso, no es extraño escuchar una y otra vez opiniones tales como que los flaites hablan mal, que los pobres hablan mal, o que en general los chilenos hablamos mal. Así, independiente de las intenciones que nuestro autor haya tenido a la hora de concebir el texto, lo cierto es que olvida que quienes hablan en su novela son los personajes, no un narrador en tercera persona que cuenta los hechos con relativa distancia o cercanía. Esto es clave: si quienes hablan en Ampliaciones son los mismos personajes involucrados en la trama, cuyas vidas se encuentran precarizadas y marginalizadas por un sistema económico segregador, permear su uso de la lengua con la misma escasez de materiales con las que construyen su hogar (símbolo de una vida con restricciones económicas) es reproducir el discurso dominante, al que ya hemos aludido antes. Muy por el contrario, la cantidad de literatura especializada que demuestra la capacidad creadora (y por tanto rica en sus recursos) del habla popular es tan inmensa como su desconocimiento en el espacio público. Ir en contra de estas ideas conservadoras y positivistas es justamente narrar a contrapelo de lo que estos discursos dominantes quieren instalar, los que sólo llevan agua al molino de quienes piensan que lo popular es principalmente precariedad y pobreza, en todo ámbito y sentido de la vida. Por eso, no deja de ser paradójico que la denominada “novela social”, una de nuestras tradiciones narrativas más fructíferas a lo largo de la historia de Chile, haya mostrado la inmensa capacidad creadora e imaginativa de lo popular y no se haya cerrado a representar lo obvio. En épocas donde la pobreza alcanzaba porcentajes descomunales, autores como Manuel Rojas o González Vera (obra que excede con creces a la “novela social”) fueron capaces de poner en sus páginas a obreros cuyas vidas bullían de experiencias, con capacidad fabuladora e imaginativa para contar historias. El texto de Armijo, muy a su pesar, demuestra que no todo experimento literario logra sus propósitos cuando hace vista gorda de las narrativas ideológicamente dominantes que sostienen el estado de las cosas, o que procede guiado por clichés que no alcanzan el centro de las contradicciones de los discursos instalados. Ahora bien, sería injusto achacarle tanta responsabilidad a un sólo texto. La verdad es que la escuela de la “romantización de la pobreza” es ya una tradición en nuestro país. Es cosa de pasearse un poco por la narrativa nacional y darse cuenta cómo una inmensa cantidad de obras “consagradas” no hacen otra cosa que reproducir lo que se dice siempre de los pobres: que sufren mucho, que no van a la universidad, que todo es carencia. La literatura sociológica, como la llaman algunos. Por eso, es necesario una literatura que encuentre pobreza en la riqueza, riqueza en la pobreza (“Potencia plebeya”, como diría García Linera). Que ponga patas arriba el sentido común y no proceda como funcionario municipal que otorga beneficios sociales. Una literatura, en fin, que vaya a contracorriente de lo que todos ya saben y reproducen, y que por decirse tantas veces se instala como verdad irrefutable en los espacios “culturizados”.
- El punto oscuro donde todo se transforma
¿La fenomenología del espíritu podría haberse llamado El acontecer del alma? ¿Hubiera tenido el mismo impacto que a La interpretación de los sueños Freud la nombrara Reflexiones en torno al instante onírico o que Los sonetos de la muerte fueran Los versos de la no vida? De lo evasivo, libro de François Jullien, tuvo otro título. ¿Qué nos dice eso del filósofo y de su búsqueda de una alternativa a la metafísica occidental? Antes de De lo evasivo, este libro se iba a llamar Ese punto oscuro donde todo se transformó (Ce point obscur d'où tout a basculé). Asumo que el título es desde ya una radicalidad adherida a la biografía de un texto; radicalidad que, por lo general, no permite oscilaciones, o de haberlas, tienden a ser modificaciones ligeras que no sabotean el sentido primero que nombra al escrito. El título no es un exergo, un cronopio, una inscripción subsidiaria. Es el texto en su imaginería más temprana, una suerte de estructura fundamental que —con o sin éxito— apunta a abreviar las páginas que le sucederán en búsqueda de algún sentido; el título es un síntoma de la trama-porvenir del libro. ¿La fenomenología del espíritu podría haberse llamado El acontecer del alma? ¿Hubiera tenido el mismo impacto que a La interpretación de los sueños Freud la nombrara Reflexiones en torno al instante onírico o que Los sonetos de la muerte fueran Los versos de la no vida? Podríamos cuestionar, y es justo como lectores, qué es lo que hizo que François Jullien tomara esta decisión. Por qué cambiar el título o “evadir” el nombre inicial. Porque El punto oscuro donde todo se transformó era un gran título; una sinuosa pero bella correlación de palabras que impugnaban, que se querellaban y abrían hacia un cierto caos donde la promesa de la transformación total era el comienzo de algo. El punto oscuro donde todo se transformó: título cautivador que traslucía una estética carnavalesca y peligrosa para las categorías típicas, para la tradición y la metafísica; un recorrido semántico con imágenes aleatorias pletórico de pérdida, de bifurcaciones, sin cartografía a la vista ni precisiones de ningún tipo. Quizás, un título que desde su enunciación primera nos habitaba como “descoincidencia” —otra palabra-fisura de François Jullien que atraviesa toda su obra—. Décoincidence, descoincidencia: perturbación del sentido, grado cero, verdad impactada por lo que no encaja, lo sin lugar —incluso para el lenguaje— que disloca nuestra idea sobre el tiempo y el espacio. Palabra poética de muerte que estremece las certezas ontológicas y que se enrola en la tropa in-significante, dinamitando la santería categorial, la membresía filosófica, la esquemática parroquial de los sabios. Ahora ¿por qué pasar a De lo evasivo? Tres palabras y once letras que invocan una pertenencia. Se dice de lo evasivo, es decir de todo aquello que le es propio, de lo que deviene de lo evasivo mismo y que encuentra en esta zona —evasiva— no importa cual agencia en la historia. De lo evasivo es la expresión que Jullien parece escoger para sacar al ser de la escena (aunque esto sea imposible). No somos de lo metafísico, de lo ontológico, somos de lo evasivo. Aquí estaría algo así como el principio y el fin, o el principio del fin, el atentado a la cosmogonía parmenídea arqueologizada por Heidegger. Entonces, lo evasivo como fuerza impulsora que se escapa de la prisión metafísica, de la lengua del ser como dice la bajada del título (o el postítulo a esta altura), y en la que se encuentra la voluntad de existir de una manera completamente otra, percibiendo también la fuerza de la vida, el rasgo increíble, el gesto fabuloso, la tentación desbordante de François Jullien. Todo esto para decir que el filósofo evadió el primer título de su libro, es decir, el nombre mismo nos lanza a la biografía de una evasión; es la reyerta de lo evasivo de cara a cualquier sentido anterior. De lo evasivo, ante todo, evade, y nos convida fascinados a un finísimo movimiento de la escritura y la imaginación para habitar las palabras; hablamos de en un flujo que no intenta desconocer al occidente costumbrista que a Jullien le es tan propio, tan de su propia historia como filósofo francés de la École Normale Supérieure de Paris, pero que, con la misma fuerza, es su atavismo y su límite. La filosofía cada vez lo mismo y más; presa de aquel espiral reiterativo y empalagoso que insiste y no desiste en el ser como estructura fundamental de la existencia. Es como si Jullien se dijera a sí mismo “otra vez con la manija del ser y el cuento del tío Heidegger”, “de nuevo con la cantinela de lo ontológico para exorcizarlo todo y seguir, entonces, en perfecta coincidencia con el hábito”. En el pensamiento chino —en el cual Jullien no solo busca la salida al ser, sino que es su refugio y su consolación—, la palabra que sería el principio de todas las cosas es shi, que se traduce como “propensión”. Propensión a la no causalidad habitual de occidente, a tomar una ruta distinta a la que exige la inclinación dialéctica. No hay ser como lo preexistente, tampoco ente como lo existente. Hay propensión como transcurso, recorrido en ciernes, diáspora; lo no-teleológico y la alteración sistemática de los fusibles que dan corriente al logos. Pero pese al esfuerzo descomunal de Jullien por salir de la lengua del ser y pretender indicar una ruta donde la maleza ontológica pueda despejarse, él solo puede pensar desde el ser mismo. Y aquí, no sé si la tragedia, pero el intento de superación de la metafísica occidental y de la ontología no podría sino ser entendida desde una concepción original en donde el ser, otra vez, adquiere su protagonismo innegable. Esto, por cierto, no le quita un solo mérito al arrojo del pensador, a su angustia transformada en filosofía, en crítica, en poética. François Jullien es un filósofo occidental que reconoce en el flujo incesante de la impronta del ser, el impulso sensitivo para imaginar y vertebrar un pensamiento alternativo. Se evade algo, se evade el ser, somos el soplo de lo evasivo. - - De lo evasivo François Jullien Ediciones UCM, 2023, $12.000.
- Zambra y el problema de la repetición o la creación del padre
Terminé de leer el libro “Literatura Infantil” de Alejandro Zambra y, después de haber pasado por unas cuántas otras novelas del mismo autor, creo que preferiría quedarme con esas otras. Pienso que tuve esa experiencia a propósito de ser el libro de un escritor ya leído y muy distinto hubiera sido si lo hubiera leído como el primer libro de Alejandro Zambra que pasaba por mis manos. Pero no fue así ni es este el punto que vengo a proponer como resonancias de lectura. De todas maneras, como libro, no deja de ser un libro bastante entretenido. Ahora bien, en este libro, con algunos cuentos, poemas, narraciones, etc., Zambra expone lo que se entiende es su vida como padre primerizo y el encuentro no sólo con esta criatura hijo que le interpela sino la pregunta respecto de sus propias nociones de lo que es un padre a propósito de transformarse en padre. O, más bien, de lo que es irse transformando en eso que pudiera considerarse es el “estar siendo un padre”. En muchos puntos me parece que se trata acá de un “papá ñuñoino”, si me disculpan la expresión. Preocupado de los libros que leerá su hijo, el relato y las memorias que le legará hacia el futuro, la forma de manifestarle el cariño y él mismo encontrarse con su sensibilidad respecto de la imagen de este niño. Pero hay que rescatarle un gran punto, independiente de esa crítica a lo que pudiera ser una sensibilidad de clase quizás poco extendida en otros sectores de la sociedad. Y es lo que dice relación con el problema del cómo se enseña el ser padre: “Mientras a las mujeres les transmitían a sus hijas el asfixiante imperativo de la maternidad, nosotros crecimos consentidos y pajarones y hasta tarareando Billie Jean. Nuestros padres intentaron, a su manera, enseñarnos a ser hombres, pero no nos enseñaron a ser padres” (p. 16). Zambra arma lo que está contando, se entiende, con su padre como pivote. Un padre lejano, sin muchas “habilidades” (como gustaría decir a cierta psicología), al que le es más fácil ser padre de niños ajenos que lograr situarse como padre de sus hijos. En ese sentido el ocupar ese lugar de padre para un hijo no está asegurado por la herencia biológica o genética que se tenga. Algo ocurre en el nivel de la elección o, como dirá el autor, “la biología nos asegura un lugar en sus vidas, pero igual ansiamos que nos elijan como padres. Que alguna vez digan esta frase tan maravillosamente rara: mi padre fue mi verdadero padre” (p.19). Es en ese sentido el padre que describe Zambra parece ser uno que no está muy preocupado por llegar a ocupar ese lugar. Se es padre porque se tuvo un hijo y ya está, pensaría. Lo cual no es la lógica que va tejiendo el autor respecto de esta pregunta que atraviesa el libro. No quiero dejar pasar la incomodidad y hasta molestia que me generó en algún punto esas preocupaciones del autor respecto de su hijo y su paternidad, mientras leía mi libro en una micro camino a un lugar periférico de Santiago a trabajar con hijos y padres que pudieran estar a años luz de esa pregunta porque son otras las necesidades materiales que les aquejan quizás. No obstante, también puedo pensar, que la molestia que se me generó no es más que la respuesta a que en algún punto es en efecto una preocupación personal por la pregunta sobre una paternidad diferente a la vivida, que también creo que me interpelaría como le interpela a Zambra si llegase mi momento. Creo que es importante no desconocer el lugar desde donde se piensa y se habla. Pero vuelvo al punto que me trae a esta reflexión: No hay transmisión sobre la paternidad, pudiera leerse entonces gracias a este libro. Hay repetición. Y no me parece tan extraña esa idea a la luz de que el mandato familiar no tan antiguo decía que la vida era para casarse, trabajar y tener hijos. Casarse, trabajar y tener hijos. Casarse, trabajar y tener hijos. Y no, no está en la triada el ser padre. Porque tener hijos y ser padre no es lo mismo. Desde aquí pude preguntarme ¿qué padre se puede demandar a ocupar un lugar de padre cuando sólo tenemos hombres formados por otros hombres? Y extiendo esta pregunta a propósito de la conversación con un amigo con el que hablamos sobre este tema -con quien trabajamos por allá por ese otro Santiago donde iba en mi micro-: ¿qué padre le demandamos a esos hombres que han tenido un hijo cuando hablamos de “habilidades”? ¿Se podrá resolver meramente desde la psicología o las ciencias? ¿desde qué lugar se les demanda “habilidad parental”?¿Qué se desconoce en el encuentro con esos padres y sus hijos entre instituciones, profesionales, intervinientes e intervenidos? En este libro de Zambra se puede leer el conflicto al que nos enfrentamos en el momento en que surge la pregunta, en el mejor de los casos, si ser un padre de repetición u otra cosa. Y en este momento es que algo sucede en el libro que pudiera permitir una re lectura una vez terminado. Zambra va hablando de ese tránsito que elige realizar entre lo que significa empezar el camino de “no quiero ser como aquello que conocí” y “qué es esa otra cosa” que pudiera llegar a ser él para su hijo. Y Zambra lo hace. No es nada espectacular, no es un big bang que revolucione el ritmo del libro, no es un momento de gran revelación ni para el lector ni para el autor. Es una creación, pequeña, casi imperceptible, pero de la cual no hay otra igual a ella ni dentro del libro ni fuera de él. Es una creación singular. Ya no se es padre de repetición sino de creación. Inventa con su hijo un pequeño juego de una palabra -que no les contaré acá cuál es para no caer en el spoiler- que es, como puedo leer, el momento en que el autor se instituye como un padre para ese su hijo. Hay que reconocerlo, es bella la manera en que con mucha ternura Zambra va desarrollándose él en este problema. No estoy seguro que sea evidente pero hay bastantes elementos que permiten proponer esta lectura. Hay padres de repetición y padres de creación. Hay padres que supieron serlo y otros que no. Hay padres que estarán para sus hijos e hijos que con su padre al frente jamás lo encontrarán. Porque de todas maneras, como esa pequeña palabra que crean padre e hijo, probablemente después de unos años podrá escucharse que significa cosas distintas para cada uno y al fin y al cabo no sea una vez más el reflejo de la insalvable posibilidad de que las cosas no calcen ni cierren, no obstante sigue siendo un punto de subjetivación. Para quienes trabajamos desde el psicoanálisis pudiera leerse en este libro el desarrollo, no de la idea de que el padre está muerto, sino de la idea de que para que exista un padre este debe estar tachado. Ahí reside su potencia subjetivante y creadora. Se le podrá criticar al libro que no hay mucho de madres en él. Que es auto referente. Que repite el royo que viene repitiendo desde hace un rato en otros libros. No se le puede criticar lo entretenido de la escritura. Pero se rescata, de este libro y su autor, la valentía de un hombre que con su historia se lanza a la odisea subjetiva de instalarse allí como un padre para un hijo: “la literatura le ha cedido a la autoayuda casi todo el espacio reflexivo que la paternidad requiere” (p,17). En este punto, el autor le ganó un poquito de terreno a la autoayuda y sí también a la mera repetición.
- El pasado es un mundo por venir
Un fragmento de pasado me atravesó fugazmente. Suelo decir que La Plata es una ciudad gris. Eso no le quita valor emocional a nada de lo que pueda asociar con lo vivido allí. Es sólo el color que en mí la envuelve. Los adoquines. Las nubes. Las escaleras de la facultad. El piso áspero de la terraza. La soledad del fin de fiesta. Había noches en que las estrellas estaban ahí para decirme que la tragedia era algo temporal. Vivía a la vuelta de la peatonal. En Entre Ríos también. Sus luces en la noche me daban algo de calma. Recuerdo las sensaciones de intensidad. La velocidad con la cual apuntaba en dirección a una idea: estaba seguro que la vida terminaba en ese tramo. Un punto abrupto. Creer en un final justifica todo, la historia ya está narrada. Pero no. Me acuerdo de la desilusión de entender que seguiría con vida. Como cuando brindás el treinta y uno a las doce y no pasa nada. O cuando emerge una manifestación masiva y en la desconcentración ves disolverse para siempre esa única oportunidad. Al haber vivido en un edificio toda mi infancia me acuerdo de forma hiper-nítida las escenas que me forzaba a imaginar cuando miraba al río desde el noveno piso. Una ola gigante vendría hacia mí. A veces, no había forma de escapar, como en esa película de Lars Von Trier en la que se viene un planeta encima. Nadie podría escapar. Otras veces el agua llegaba hasta el techo del octavo piso. El mundo a mis pies estaría bajo agua. Mi viejo corría regatas. Su velero tenía mi nombre. Una noche me largué a llorar porque el reflejo de las luces de la ciudad que se proyectaba en la ventana se me presentó como un enorme plato volador. El terror que le tenía a las abducciones era panicoso. Que me lleven…que me rapten… ¡Jamás! ¿A dónde iría a parar? ¿Me traerían luego de haber cortado partes de mi cuerpo para examinar la especie como lo hacían con las vacas? Una ola gigante no te devuelve. Ahogarse no tiene término medio. Había decidido que la catástrofe nos pasa a todos o les pasa a otros. El fin del mundo era necesariamente plural. Como en “Armageddon” o en “Día de la Independencia”. En ese entonces sufría de asma severo como mi madre. No tenía forma de escapar. Ahora que lo pienso nunca fantaseé con nadar hacia la otra orilla. ¿Sabés lo que me gustaba de la peatonal? Un momento en que con ocho años tomaba Coca en lata y gastaba la plata de mis viejos en “Final Lap”. Ahí siempre hacía calor. Tenían pool. Más tarde agregaron el ping pong pero ya no era lo mismo. No tenía impregnado el olor a pucho y fichas. Ya no podía volver a descubrir el solo de November Rain y se había perdido por completo la idealización a esos adolescentes que yo veía como arquetipos del adulto al que aspiraba ser. Todavía pensaba que mi hermano mayor tenía todas las respuestas y que la vida se trataba de tener un solo trabajo que te permitiría lo demás. Sonreía con la Coca en lata mientras el aire agitaba fritura y cebolla. Enfrente de los juegos había un negocio de rock. Remeras, cadenas, gorros. Símbolos que brillaban en misterio. Algún día comprendería esos mitológicos significados que habitaban encriptados en las letras estampadas. Un futuro anhelado en el que sería revelada ante mi la verdad que escondían los cortos surrealistas de MTV y podría usar lentes de sol sin dar ternura. En la vidriera una remera con toda una invocación: “La balada del Diablo y La Muerte”. Cada día iba a leerla. Todavía no había escuchado La Renga, aquello no se trataba de la música. Un día fui con un cuaderno a copiar la plegaria. El hecho de entrar a esa galería configuraba una especie de ritual. La fuga a otros mundos. Un portal a la vuelta de la esquina. Nunca compré esa remera. Sí tuve otra que la llevé pegada al cuerpo por mucho tiempo. Era la imagen de La Muerte. Hay una foto familiar, todos vestidos en tonos pasteles en el patio de la casa de mi abuela. Yo de negro con una enorme sonrisa. Que pibe tan vulnerable. Mi tío estaba al lado. Murió la semana pasada. No lo veía hace años. Lo último que recuerdo de él es la pelea familiar por esa casa. Hacia la otra esquina del edificio había una playa de estacionamiento. Tengo el recuerdo vibrante de que para mí era un desierto. Habré tenido nueve o diez años cuando desde ahí tiré una piedra a la calle. Pasó el paredón y fue directo a pegarle a la botella de cerveza que estaba tomando mi viejo con un amigo en la mesa del kiosko. Fue una especie de puntería fuera de toda voluntad. Ese día tomé cerveza por primera vez. Una Quilmes caliente. Si presto la suficiente atención, ese sabor lo encuentro en cada vaso. Era verano. Época de Carnaval. El despliegue de las carrozas alrededor de la plaza convocaba a toda la ciudad. Pero la mejor parte era cuando terminaba. La calle cortada nos ofrendaba el lugar para salir a dar vueltas sin la mirada de los adultos. Esperaba atravesar la madrugada antes de que me llamen. Pero invariablemente, en la desconcentración veía disolverse para siempre esa única oportunidad. La peatonal también estaba desértica. Hay pocas cosas más hermosas que esa imagen. Me acuerdo de aquellas madrugadas en que recorría Calle Ocho. Sus luces sobre el gris. Cierta vez pensé al mirar las cortinas metálicas bajas en los negocios: “Si se les dieran los locales que cierran de noche a las personas que no tienen donde dormir, este mundo se arreglaría de un día al otro”. Un fragmento de pasado me había atravesado fugazmente, la idea de un futuro imaginable. Un remedio contra la incertidumbre. Como aquellos días en que mi hermano tenía todas las respuestas. Cuando no había insomnio ni ataques de pánico y el ahogo era definitivo, único y abrupto. Ahí estaba. Con el fin del mundo cantado por Steven Tyler. Con la fantasía bailando en el carnaval. Con la muerte sólo en una remera.
- 48
El bisturí de Chéjov ante la corrosión de la costumbre: “Si temes la soledad, no te cases”. Amores perdurables se vuelven, bajo este bisturí, máscaras que el tiempo fija, muecas que se desentienden del rostro original y dialogan por cuenta propia. Algo queda secuestrado en el solipsismo de cada cual cuando lo que entre ambos prevalece es la repetición del gesto o el comentario. Se dirá que la complicidad se vuelve entrañable si ya no hacen falta palabras para confirmar la cercanía, y que son más sutiles, no más toscos, los hilos que viajan del uno al otro a medida que pasan los años. Generosa mirada. La otra, la de Chéjov, dirá que tarde o temprano nos despertamos, un día, sin saber cómo burlar el confinamiento con tanto exceso de proximidad. Aun así, seguimos allí. La costumbre hizo impensable la alternativa de despertar sin el roce de un cuerpo familiar o íntimo que alivia del espanto de morir solos. Pero una cosa no quita la otra. El matrimonio —largo, constante, continuo— tal vez sea lo que mejor nos señala hasta dónde llega, y cómo se agota, el recurso de permearse de otro cuerpo y de otra vida. Por lo mismo —y aquí Chéjov— hay más soledad en la sordera entre dos que en el mutismo interior, porque en esa sordera habla la desazón de no llegar nunca a estar en el otro; o estarlo tanto y con semejante saciedad, en una saturación mutua, involuntaria, que no cesa de aislar entre dos. Nada personal contra el matrimonio. No es que se pierda la confianza ni el cariño, o no necesariamente: sólo se hace más difícil descubrirse en el otro cuando ese otro se ha vuelto tan idéntico a sí mismo ante nuestros ojos, que nuestros ojos descubren, a pesar suyo, el viento helado de la extrañeza en medio de la familiaridad.
- 47
Una mentira piadosa, movida por el bien del prójimo. Compite en el mundo de las virtudes con una verdad desnuda, no malintencionada, involuntariamente hiriente. A veces se encierran a negociar. Si algo acuerdan, es porque ambas han mentido en el camino.
- Aquí no pasó nada
Creo que todos recordamos con una cierta picardía la irónica situación que vivió Clemente Pérez, el día 16 de octubre de 2019, unos días antes del “estallido”, cuando, refiriéndose a las evasiones masivas realizadas por los estudiantes de segundaria, señalaba que estos acontecimientos no tenían el apoyo de la ciudadanía sentenciando con una frase lapidaria “Cabros, esto no prendió”. Ya han pasado 5 años y sigue siendo un desafío comprender las fuerzas que desestabilizaron la inercia social en la que vivíamos. Hoy, con harta agua pasada bajo el puente y dos procesos constituyentes fracasados en el cuerpo, seguimos con una sensación permanente de crisis y debacle institucional que, sin embargo, convive con una extraña inmovilidad sociopolítica. Interpelan las preguntas acerca de la cualidad de los movimientos sociales que hemos vividos. ¿Por qué un discurso moviliza y otro resulta estéril? ¿Por qué en un momento se anhela algo nuevo y luego vuelve, implacablemente, el instinto conservador? ¿Por qué en algunas circunstancias se hace intolerable la injusticia social y luego se la reniega sutilmente? Estos tiempos, tan abrumadores, dejan correr mucha tinta. Cada cual, desde su disciplina, intenta esclarecer la complejidad de nuestra época. Como bien lo intuye Pablo Aravena “nuestro tiempo se ha vuelto indeducible”. Debemos hacer frente al pesimismo del mundo intelectual, a la caída de los metarelatos, aceptar el fin de la historia, del sujeto histórico, de la modernidad, que a su vez deriva hacia las complejidades de una serie de “pos”: posmoderno, poshumano, posverdad, posnarrativo. Un mundo líquido que marca el fin de una era quedando sin señales de un nuevo horizonte. Sin garantía de futuro, vuelven a surgir, como también sucedió en otros tiempos, las fantasías apocalípticas. Se conjuga la experiencia de un pasado perdido, de un irremediable y doloroso duelo, que nos enfrenta a las desilusiones generadas por promesas que nos iban a devolver un paraíso extraviado. Cabe asumir, ante esta nueva caída, que seguiremos tropezando con la misma piedra, esa roca dura que nos enfrenta a un mundo y un existir sin significaciones preestablecidas. Las pesadumbres psíquicas se hacen presente a través del manto depresivo que ha infiltrado todos los rangos etarios. Frente a una época marcada por una ruptura entre generaciones, lo depresivo es lo único que nos une. Este estado, caracterizado por la agonía del deseo, ¿Es el síntoma de un duelo no resuelto? ¿De una alienación infranqueable? ¿De una abdicación frente a los imperativos del goce? No hay duda de que estamos ante una crisis de lo político y que la inercia, su opuesto, ha conquistado los territorios de lo posible. Entonces, frente a demostraciones grandilocuentes de energías y emociones surgidas desde el estallido y la parálisis total de las reformas que pretendían responder a las diversas causas que habían sido vociferadas, ¿Prendió o no prendió, cabros? Parecemos vivir en un mundo de gran efervescencia. La era de la información nos hace experimentar una sucesión infinita de acontecimientos, sin embargo, esa velocidad, no es la velocidad de las posibilidades de lo sociopolítico. Tanto dinamismo informacional no implica en absoluto reales movimientos en las esferas de lo político, esto último entendido, como diría Jorge Alemán, como aquello que disloca la inercia que implica lo social y permite una apertura hacia posibles derivas. Dos discursos han llegado a movilizar la esfera social en estos últimos tiempos. Uno que generó apertura y que proviene del movimiento feminista del 2018 y otro, proveniente de las llamadas derechas alternativas lideradas por tipos con Trump, Bolsonaro y más recientemente Milei, que proponen conservadurismo disfrazado de rebeldía al statu quo. Los movimientos feministas y de las minorías sexuales han generado un enorme impacto en nuestro sistema moral. Una generación joven se identificó con las denuncias al sistema patriarcal, a través de las nociones de lo subversivo, lo disidente y lo neurodiverso. Estos significantes quedaron cargados de sentido, impregnados por una fuerza vitalizadora que pujó el cerco de los límites del Otro patriarcal. Este proceso identificatorio nos tiene que interpelar en la medida en que responde a una necesidad que lo social no lograba abarcar. Lo “Queer”, lo “torcido” son significantes que ofrecieron un espacio habitable en un lenguaje, pausando una errancia simbólica juvenil. Este conflicto no develó únicamente la estructura patriarcal, hizo patente su asociación con el capitalismo neoliberal. Estas dos estructuras generaron, a su vez, un match perfecto con los nuevos dispositivos tecnológicos ofreciendo las condiciones suficientes para el crimen perfecto. Los movimientos feministas no pudieron enlazar una fuerza transversal que abarque luchas universalistas, un lugar común frente a la opresión y vulnerabilidad sentida durante el estallido. Lo que ha quedado inalterado hasta el día de hoy es la imposibilidad de reflexionar e incidir sobre los síntomas de la estructura neoliberal. El estallido fue interpretado como un grito de desesperación ante la indignidad vivida en un sistema económico tan desigual. “Hasta que la dignidad se haga costumbre” y “no era depresión era capitalismo” nos pueden orientar hacia esa dirección. Pero ni la más grande revuelta en democracia ha logrado mover la aguja y esta situación nos obliga a pensar en la inexistencia de un “espacio potencial” para lo político. Hoy, la mayoría de los chilenos piensa que el estallido fue negativo para el país, dejando este evento social como un mero “error en la matrix” sin elevarlo al estatuto de síntoma que dice algo acerca de nuestro desgarro, evidenciando hasta qué punto el neoliberalismo en Chile es como un gato que siempre cae sobre sus cuatro patas. La inercia en lo político tiene relación con las secuelas de la cultura neoliberal y sus condiciones de existencia que arrasa con la capacidad germinativa y fomenta la depresión y la adicción. Y sin embargo, no podemos dejar de creer en el neoliberalismo. Sufrimos reproduciendo lo que creemos es nuestra salvación. El capitalismo se sostiene porque el sujeto adquiere un cierto grado de complicidad con su promesa: acumular riqueza como vía por la cual asiento mi seguridad e independencia ante el lazo con el Otro, soñando con el lujo y la sobre exposición mediática de los Kardashian y la capacidad de emprender de Jeff Bezo o Elon Musk. La idea de “lo común” se ha, extrañamente, transformado en el significante de la amenaza a las posibilidades de emancipación. Cada crisis, en las que proliferan el miedo y la incertidumbre, vuelve a erigir, a través de sus portavoces, el neoliberalismo como el único rescate posible. Este es nuestro goce social. Los liderazgos de Trump, Bolsonaro, Milei destituyen los medios, la ciencia, el estado, la democracia y sus políticos, pero no piensan el capitalismo neoliberal, lo exacerban. La “mera vida” en lo neoliberal es asegurar la supervivencia, pero “El superviviente equivale al no muerto, que está demasiado muerto para vivir y demasiado vivo para morir” (Chul-Han, 2014). Esa es la condición del sujeto neoliberal depresivo y adicto. Lo neoliberal y las redes sociales introducen dos imperativos que llevan al burnout del sujeto. Por un lado, la exigencia del goce favorece la dependencia a objetos configurando una ilusión de autosuficiencia con relación al Otro. Por otro lado, el imperativo de optimizar el yo con el fin de responder a demandas ilimitadas. En la adicción el sujeto, empujado por sus impulsos, desencadena un funcionamiento evacuativo de la tensión, con escaza elaboración simbólica, rechazando los límites que impone el Otro. El encierro en un goce monádico conlleva el deterioro de la construcción fantasmática y de la vida en el lenguaje. Recalcati señala que el uso de sustancia tiene un carácter analgésico, amortiguando los embates de la realidad. Pero existe otro tipo de uso que él llama “normódico” y que, en vez de buscar la separación con el Otro, genera una identificación adhesiva, acrítica, impersonal con el Otro social. Presenta la cocaína como un tipo de sustancia que fomenta la adaptación al discurso de la cultura hipermoderna. Por mi parte, agregaría la adicción al smartphone y las experiencias en las redes sociales en esa misma esfera. El estilo depresivo, por su lado, abdica ante la imposibilidad de tener éxito frente a las demandas ilimitadas del Otro neoliberal. La inclinación hacia lo depresivo nos enfrenta al desvelamiento de la crudeza de la vida, desnudando el sinsentido de nuestra existencia. El sujeto se ve forzado a reconstruir una y otra vez su imagen para compensar su inadecuación esencial. Los “likes”, o la falta de, han hecho demasiado evidente la dolorosa sujeción que nos ata al Otro. El discurso capitalista ilusiona presentando el consumo como una promesa de reencuentro con lo faltante. Recalcati señala que la cobardía moral consiste en la oposición obstinada al carácter irreversible de la pérdida. Esa cobardía es la fuerza que permite el sostenimiento de este discurso. Ciertas interpretaciones que explican el estallido social chocan con la oposición infantil a hacerse cargo de un duelo, el de reconocer que nuestro sistema socioeconómico no resulta tan prodigioso, que el oasis del expresidente Piñera sigue siendo para muchos un espejismo, que mucho de nuestros lazos no se sostiene en la cooperación, por lo contrario, en la agresión de unos pocos sobre una mayoría. Cuesta aceptar que las figuras idealizadas que lideran el sistema “nos están cagando” y que nuestras expectativas se sostienen sobre quimeras y autoengaños ¿Sino cómo entender la postura irreflexiva y acrítica de los votantes ante figuras políticas que evaden impuestos y eluden los controles a través de paraísos fiscales y un sinfín de comportamientos antisociales? La agonía del deseo en nuestra sociedad arrastra a su vez otro aspecto fundamental de nuestra experiencia vital. El gusto por explorar, conocer y construir un saber, que encuentra su fuerza en la pulsión de vida, se ve amenazado en un ambiente que propicia el empobrecido circuito del goce. Esta pulsión empuja hacia preguntas fundamentales acerca del origen, la sexualidad y la muerte favoreciendo la producción creativa de los procesos culturales, sus símbolos y la construcción de discursos con las características de lo político. El capitalismo neoliberal y su conexión con lo sociodigital ha obstaculizado la relación investigativa que sostiene el sujeto con la alteridad. La curiosidad, presente en todos los niños/as, refiere a una disposición de apertura, de observación contemplativa que implica un más allá de la tendencia narcisista. Posiciona al sujeto de una manera excitante ante lo desconocido. La pregunta es su paradigma y la respuesta su desvanecimiento. La posverdad y las fakes news desmantelan justamente el carácter investigativo al ofrecer “certezas” que refuerzan percepciones, prejuicios y creencias. Los algoritmos que alimentan los sujetos con información que respalda sus percepciones engañosas muestra el goce que se efectúa en la posverdad: la exacerbación del permanente retorno de lo mismo dejando atrás una estela de “parálisis de la imaginación” señalada por la filósofa Mariana Garcés. Chul-Han señala que la multitud indignada, a través de lo digital, es fugaz y dispersa. No engendra ningún futuro. Agrega que esa fugacidad no permite desarrollar una energía política porque falta un nosotros, una acción común. Aunque muchas indignaciones masivas si han llevado a movilizar ciertas agendas políticas, coincido con la idea de no futuro. La labilidad de las identificaciones mostradas por el electorado muestra la poca capacidad que ha tenido lo simbólico de amarrarnos en la construcción de una narrativa más densa, trabajosa, que se resiste. El movimiento feminista logró dar vida a ciertos significantes que conmovieron y permitieron una nueva relación con el orden simbólico. Por su parte la derecha alternativa ha encendido las pulsiones destructivas que desestabilizan lo institucional y lo “políticamente correcto” revelándose y transgrediendo lo que han rotulado como la “policía del pensamiento” progresista. Ambas comparten el deseo de subvertir un estatus cuo. Sin embargo, el movimiento feminista vio sus avances truncados cuando sus deseos de cambios alcanzaron las esferas de la estructura económica. En cambio, la derecha alternativa socava la institucionalidad para desregular y exacerbar los alcances del discurso neoliberal. Pero en ambos casos, son discursos que generan una ruptura en la inercia, sostienen un aspecto contestatario y contracultural. La derecha alternativa ha sido muy exitosa justamente porque sus líderes prometen cambios inmediatos, concretos y pragmáticos. Al cerrar el segundo fracaso constitucional, sobre el pedestal en dónde habitualmente se elevaba la estatua del general Baquedano, se encontraba la escultura de un uróboro, con la forma de nuestro país. Este colectivo artístico mostraba una interpretación de esta serpiente que se come la cola y que habla del carácter cíclico de los acontecimientos, de un eterno retorno, y agregaría un eterno retorno de lo igual haciendo infructuosa la lucha realizada para impedir la sobre determinación de ese inevitable destino. La curiosidad desgarra los velos que impiden ver lo que hay más allá del síntoma del estallido social. “Aquí no pasó nada”, no refiere únicamente a hechos concretos como por ejemplo la incapacidad para, en 10 años, legislar sobre el asunto de las pensiones. Alude también a la negación que opera para no ver una cruda verdad: que lo mismo que nos hace sufrir (el exceso del neoliberalismo desregulado) lo elevamos al estatuto de salvación, quedando atrapado en un doloroso placer. Si dios, la ciencia y el comunismo han fracasado, después de 40 años de una hegemonía del capitalismo neoliberal, resulta difícil asumir el fracaso del sistema. “Aquí no pasó nada” es también el cándido velo infantil que impide ver y asumir el fantasma de un insistente conflicto de lucha de clase, de una repartición desigual de las abundancias materiales, del acceso a la salud, de las riquezas culturales. En nuestro país, el significante “comunismo” ha sido excesivamente manoseado por los representantes de la derecha que desde una estrategia discursiva, han pervertido maliciosamente su significado para abarcar, erróneamente, todo pensamiento con afán socialista que intenta pensar y trabajar sobre las desviaciones y excesos del neoliberalismo. Este significante ha quedado sellado en el imaginario social como un sinónimo de revolución, destrucción, y caos reavivando el fantasma de la fractura estructural provocada por la dictadura militar durante la guerra fría y más recientemente la violencia asociada a un nuevo significante asociado a lo anárquico: el “Octubrismo”. Esta estrategia de oposición ha dañado irremediablemente la complejidad de nuestros debates políticos. Stefanoni señala que la derecha alternativa ha instalado un relato en el que el progresismo es un “marxismo cultural” encubierto que ha colonizado nuestras formas de pensar y que, aunque haya sido derrotado en el plano económico, ha ganado la batalla cultural. Es a partir de este discurso paranoico que esta derecha enaltece el capitalismo neoliberal como la “verdad” que otros quieren difamar creando, así, una épica en torno a este sistema, que se termina presentando como una promesa rebelde y emancipatoria. La democracia, a diferencia de los sistemas totalitarios, deja un espacio vacío para la movilización del deseo y de la política. El neoliberalismo impide, por su sobre determinación de todas las áreas del quehacer sociopolítico, ese espacio en disputa. La caída del “homo politicus” planteado por Wendy Brown, es la pérdida más importante ocasionada por el dominio de la razón neoliberal. La democracia, su arma principal, es la fuente desde dónde podía oponerle otras visiones de existencia. Cabe seguir reflexionando sobre su crisis. Debajo de toda democracia sigue operando la ley de jungla, un conflicto de todos contra todos, en el que una elite financiera, con estrategias sofisticadas y camuflada bajo ciertos modales racionales y técnicos de la modernidad, sigue corrompiendo las bases de nuestro contrato social. En ese sentido, nada ha cambiado. - - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.
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Cuesta soportar la forma en que uno es visto cuando lo ven como alguien que no ama. Tal vez sería una liberación estar de pie, sostenerle la mirada a quien te enrostra tu falta de amor, dejarse ver de esa manera sin ofuscarse ni rendirse ante esos ojos tristes que finalmente, en señal de derrota, bajan los párpados. Una liberación valiente a su estilo, miserable a su manera.
- Presentación del libro "Sergio Larraín, la foto perdida" por Catalina Mena Larraín
Una oportunidad única para conocer más de cerca a uno de los fotógrafos más importantes y enigmáticos de Chile, a través del íntimo retrato que la autora realiza de su tío. En esta ocasión, Catalina Mena conversará en Fundación Larivière sobre la experiencia de crear un relato sobre la vida y obra de Sergio Larraín, figura sobre la cual escuchó hablar desde su infancia. Acceso al libro > Sergio Larraín, la foto perdida. JUEVES 16 DE MAYO 18-horas Fundación Larivière Caboto 564 Barrio La Boca Buenos Aires
- Taller de poesía en fácil
¿Te gustaría acercarte a la poesía? La poesía no tiene por qué ser difícil, pero a veces los poemas suelen ser crípticos y difíciles de abrir, cuesta liberar la emoción que contienen. Pero la poesía sana y salva las inquietudes perdidas. Este taller te ayudará a desentrañar los poemas, y, así, disfrutar más de la poesía como una experiencia profunda de conexión contigo y más allá de ti. Ella nos conecta con nuestro mundo interno y con lo que nos rodea. Leeremos poetas, conversaremos a partir de sus poemas y haremos ejercicios poéticos que desarrollarán la dimensión poética de nuestra vida. No se requiere tener experiencia previa, simplemente deseo o curiosidad acerca de lo poético. Fechas : Martes: 7, 14, 21 y 28 de mayo Hora 19:00 hrs a 20:30 hrs Lugar: Rita Roux Juan Bautista Pastene 2827 Vitacura - Santiago Valor: $80.000 pesos Programa Sesión 1: La curiosidad es el problema de toda palabra. Sesión 2: Aprende a escribir un poema sin volverte poeta. Sesión 3: La poesía no sirve para nada, pero es absolutamente indispensable. Sesión 4: Poemas conmemorativos: baby showers, cumpleaños y funerales. Javier Llaxacondor (Lima, 1982) Es autor de Fondo de ojo (Ars Lucis, 2023), libro objeto con ilustraciones de Mabel Palavecino y relatos de Alejandro Palavecino, así como autor de Autoícono (Ars Lucis 2022), libro de artista elaborado en colaboración con Nelson Plaza, y de Pez del éxodo y el vacío (2019), obra plástica basada en su relación con los lenguados y su vida como pescador. Sus poemas han sido traducidos parcialmente al italiano, rumano, francés, chino, árabe, inglés, canarés y alemán, así como publicados en Perú, Chile, Venezuela, Italia, Canadá, Rumania, Marruecos, China, España e India. Es director del Festival Internacional de Santiago de Chile – FIP Santiago
- Manifiesto contra el blanqueamiento del terrorismo
Los firmantes de este documento, conscientes de la posibilidad de que los herederos de ETA puedan gobernar en nuestra comunidad autónoma, declaramos ante la opinión pública lo siguiente: Desde el final de la dictadura franquista se organizó en el País Vasco y Navarra un movimiento totalitario que asesinó a cientos de personas atentando contra el pluralismo político y nuestros derechos y libertades más elementales, provocando el exilio de miles de vascos y obligando a otros muchos a vivir con protección policial. Este movimiento estuvo dirigido por ETA, así como por Herri Batasuna y otras organizaciones de su entorno (MLNV), que utilizaron el terrorismo para expulsar del País Vasco a los ciudadanos que no compartían su visión ultranacionalista. El último proceso de negociación con ETA supuso la legalización de su brazo político para que dejara las armas e hiciera política en las instituciones. El hecho de que ahora vuelvan a ser legales no les convierte en demócratas. Si los dirigentes de la autodenominada “izquierda abertzale” acabaron aceptando la derrota policial fue por motivos estratégicos, y no éticos. Exigimos a los partidos y representantes políticos que no pacten ni gobiernen con los herederos de la banda terrorista. Entendemos que no hay nada más reaccionario y antidemocrático que matar para poner una frontera donde no la hay. ETA mataba asegurando que hay culturas ancestrales o pueblos naturales que han estado ahí desde el origen de los tiempos. Los pistoleros y sus cómplices entendían España como un ente “artificial” y “opresor” mientras Euskal Herria resultaba ser lo “natural”. De ahí sacaron la expresión que calificaba a España como “cárcel de pueblos”, y así justificaban sus crímenes. Nadie tiene derecho a decidir sobre lo que es común. Nadie tiene derecho a levantar una frontera étnica. Nadie tiene derecho a convertir a su vecino en un extranjero. Nadie tiene derecho a matar. Entre los firmantes de este manifiesto, cabe destacar a las siguientes personas: 19 de abril de 2024 Jon Viar (cineasta y dramaturgo), Fernando Savater (escritor), Iñaki Arteta (cineasta), Imanol Ortiz (cineasta), Ana García Urcola (pianista), José María Alemán (dibujante e ilustrador), Javier Mina (pintor y escritor), Iñaki Ezkerra (escritor), Lucía Vallejo (escultora), Daniel Múgica (escritor y cineasta), Pablo Castrillo (guionista), Ángel García Ronda (escritor), Álvaro de la Rica (escritor), Jacobo Bergareche (escritor), Miguel Ángel Tobías (productor y realizador), Álvaro Bermejo (escritor), Begoña Ameztoy (escritora), Eli Tolaretxipi (poeta). - - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.
- “Fingir demencia”. Vivir y sobrevivir en la era Milei.
Fingir demencia, dice una expresión que se volvió lo que hoy se llama “tendencia”. Puede no gustarnos nada esa expresión, y de hecho no acordar con los términos que utiliza, sin embargo, me interesa intentar analizar algo de lo que expresa. Voy a seguir ese derrotero (nunca me ha servido tanto esa palabra como ahora), valiéndome de algunas pistas que tomaré de Raquel Robles, de Tamara Tenembaum, y del inolvidable filósofo, dibujante y escritor que supo llamarse Quino. Todos autores que habitaron y habitan esta misma latitud en la que me encuentro hoy escribiendo estas líneas. Raquel Robles[1] hace unos días atrás escribió un texto para leer varias veces. Me dejó pensando unas cuantas cosas, además de darme esa preciosísima sensación que tenemos los lectores cuando sentimos –con los ojos clavados en una hoja- que no estamos tan solos. La noticia del día son las cuadras interminables y hambreadas frente al indigno ministerio del capital humano, tan indigno como su propio nombre. Vuelve a mí Raquel y su texto que inicia hablando del absurdo. Es martes hoy, mientras escribo y también leo a Tamara Tenembaum[2], que escribe y alude a esta generación a la que ella pertenece, y a las generaciones más jóvenes en general, ubicándolas respecto del ¿utópico? horizonte deseable –cada vez más nos dice- de sentir menos. No es menos importante decir que hace referencia a ello no únicamente para hablar de cuestiones sexo-afectivas sino también a cuestiones políticas, electorales. Tal vez he leído mal, pero me dejó pensando que si todo es del orden del comercio, necesitamos anestesiarnos lo suficiente o embebernos de suficiente cinismo como para que en esos intercambios el corazón y la sangre que nos recorre no se pongan en juego. Decía en un comienzo que me quedé pensando, entre otras cosas en cuánto importa volver a señalar que sentir y pensar son indisociables. Quiero decir que sería imposible pensar sobre cosas que no nos importan en absoluto. Pensar requiere, tiene por condición necesaria aunque no suficiente, que algo nos importe, que el objeto sobre el que tenemos que pensar nos importe. Un modo de plantearlo es apelando a la curiosidad infantil que motoriza y soporta cualquier futuro aprendizaje. Claro está que esa curiosidad no se autoengendra, tenemos que haber importado a otros, tenemos que poder importar, nuestra actividad de pensamiento tiene que poder importar de algún modo. Nadie piensa solo. Nadie siente solo. Pero por sobre todo pensar no es posible si no se siente nada. Si el horizonte para toda una generación es predominantemente sentir menos, estamos en verdaderos problemas, porque si ese es el caso no se trata solo de una mutilación afectiva sino también –al mismo tiempo- de la mutilación de la capacidad de pensar. Lo que más horror me causa es que esa mirada respecto de las propias realidades se torne autocomplaciente. Ahora bien, cuando decimos que “fingimos demencia” queremos decir una serie de cosas, no una sola. Pero vamos por partes. 1. Fingir. Empecemos por fingir. Se trata de fingir, dice esa frase. Surgen algunas preguntas: ¿Todo refugio reclama o exige fingir? ¿Cómo se puede seguir viviendo y disfrutando mientras el país se desangra y las violencias se expanden sin pausa? Sin embargo, también es cierto que fingir, en condiciones extremas, nos permite sobrevivir, en ese sentido vienen a mí la película “La vida es bella” y el recientísimo libro de la gran Leila Guerriero, La llamada. No voy a profundizar en ello aquí pero sí me importa señalar que en ocasiones fingir es lo único y lo último que nos queda. Y que en ese acto decidido, no estamos solos. Me encuentro con amigos, pacientes, colegas, conversando acerca del derecho a estar tristes, de la necesidad de estar tristes porque otra cosa no cabe. Aun así, mientras tanto, vivimos. Me quedo entonces con Quino y ese recorte de Mafalda en el que decide apagar la radio y disponerse a jugar, mientras dice: “Hoy quiero vivir sin darme cuenta”. Es cierto, jugar, disfrutar, soñar, demandan un espacio protegido del bombardeo de realidad en el que vivimos. Pero ¿qué hacemos con la realidad mientras tanto? ¿la negamos, la desmentimos, la dejamos a un costado, la ponemos en suspenso? Pienso que hay una primera gran diferencia, clave, entre esos refugios que nos transforman, rescatan a nosotros mismos, al tiempo que también intentan transformar la realidad de y con otros. Y están los refugios-burbuja que la eliminan, desconocen y silencian o sepultan. En estos días en que llevo esa vieja canción incrustada en la cabeza y en la punta de la lengua (“La vida no vale nada si otros se están matando y yo sigo aquí cantando cual si no pasara nada… la vida no vale nada si no es para merecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama”). Yo me quedo con los primeros. Pienso, ahora, en la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, y en las resistencias y supervivencias y batallas que desde adentro pugnan por sobreponerse a la extinción de la memoria y la realidad por más dolorosas que sean. Yo me quedo con esos resplandores que en lágrimas, pesadillas, jirones de recuerdo, brechas de esperanza, confían, siguen confiando en horizontes de utopía. Sentir más, no menos. Sentir. 2-Demencia. Ese es el otro punto. Están quienes se rebelan contra el uso de un término que tanta carga de sufrimiento impone a quienes lo padecen y a su entorno. Me interesa subrayar ahora no ese punto sino otro, que al pasar mencioné: la demencial brutalidad de la opresión a salvo de cualquier escrúpulo y conciencia. Esa es la demencia que están, estamos, fingiendo, que estamos obligados a fingir y que más me preocupa. Como si pudiera normalizarse lo inaceptable, y mientras tanto continuar el debate parlamentario, los buenos o malos modales con los que se discute puertas adentro mientras puertas afuera se balea y gasea y persigue y encierra. Cuánta demencia. Pero no es locura ni patología, no, es la cordura fascista, lo hemos dicho y lo repito. Es la aterradora cordura fascista. ¿De qué salud nos vamos a valer para enfrentar este mundo cada día más insano? Yo no tengo respuesta, o sí, diría que la única salud posible es la que se decide a dar batalla sin romperse en mil pedazos. Un poco de locura, un poco de cordura, lo necesario para poder vivir en este mundo insano. Demencia no es locura ni olvido ni mentira ni disociación o un mecanismo de defensa. La demencia es el exterminio progresivo de la identidad y de los procesos psíquicos que nos constituyen en el propio dominio intrapsíquico. No se la deseo a nadie, ni aun en chiste. Puertas adentro del recinto hay bocas que se llenan con la palabra “patria”. No daría por sentado qué significa patria para cada quien. ¿Patria es un territorio selectivo con pocos adentro y muchos afuera? ¿Patria significa que las crueldades, las desigualdades y las violencias que ocurren en el territorio propio conciernen e importan más que las que ocurren a océanos y cordilleras o indiferencias de distancia? ¿Cuánta distancia necesitamos incorporar y producir para que NADA nos afecte? Una foto de Hiroshima y Gaza nos afecta pero lo que ocurre en la vereda de nuestra casa, o en la esquina, o del otro lado de la Panamericana, no? Paradojas del tiempo y el espacio. ¿El sufrimiento con arte nos conmueve (porque no tenemos ni podemos hacer nada con eso) y el sufrimiento encarnado en figuras de la miseria y el horror delante nuestro, no? ¿Cuánta demencia sabemos y aprendemos a fingir para tolerar caminar inconmovibles las calles del pueblo, ciudad, territorio que habitamos? ¿O lo que queda mal y suena feo es reconocerlo, ponerlo en palabras, porque las palabras nos obligan a reparar en lo que nombran y dejan, a veces, menos margen para la hipocresía? En tiempos tan devastadores ¿vivir es un privilegio? ¿Fingir demencia es un privilegio? ¿Para vivir en tiempos crueles necesitamos algo de olvido? ¿En qué momento deja de importarte el dolor de los otros, o qué operaciones hacen posible que nunca te haya importado? ¿En qué momento la libertad como valor supremo pasa a ser la libertad del dios mercado, por encima de los derechos y libertades de los sujetos que habitamos este país? ¿Cuáles indiferencias, cuáles demenciales indiferencias permiten plantear las condiciones en que vivimos en términos de mercancía y pura economía? Libertad se transformó en “irrestricto”, quitar de restricciones para comerciar con cosas y personas. Entonces, cuando Raquel Robles habla de arte y solidaridad no está hablando de cuestiones sofisticadas sino de devolver o restituir condiciones humanizantes frente a procesos de des-humanización salvajes. Tal vez la distopía concluya en que aquello que creemos fingir se volverá tan real como suponemos cuando nos recluimos en “apariencias” o indiferencias. Nadie sobrevive a la tragedia intacto. [1] https://www.pagina12.com.ar/709617-dato-no-mata-relato?ampOptimize=1 [2] https://www.eldiarioar.com/opinion/sentir_129_10893269.html - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.











