Barbarie pensar con otros
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- También un año de música
A lo largo de este primer año de barbarie.lat hemos ido conformando una playlist con los temas con los que musicalizamos los posts y reels de difusión de los nuevos números que va publicando la revista. Compartimos aquí nuestra lista de temas (que continuará incorporando canciones) y te invitamos a seguirnos también en > Spotify y a escuchar en Jukebox las listas que han enviado lectores y colaboradores y que hemos ido publicando en esa sección. Si tienes una playlist para recomendar (propia o ajena) y publicarla en Jukebox, escríbenos a info@barbarie.lat envíanos el link de la lista y cuéntanos por qué la recomiendas.
- Lista recomendada: Esperando a Godot
Esta playlist ya es clásica para mí. Tenía unos 19 o 20 años cuando leí Esperando a Godot de Samuel Beckett y abordé la obra como lo haría cualquiera con una trilogía cinematográfica o una saga de libros o cómics, con la misma devoción que se trata la cultura pop en general. Existía algo que me encantó desde el comienzo sobre un par de vagabundos a los pies de un árbol mientras, esperando noticias sobre un desconocido. Decadencia, sí, pero belleza también, oscuridad bien nutrida, humor del mismo tono y cierta poesía. Para mí fue suficiente y me lancé al fanatismo. Quise ver todos los registros que pudiera encontrar en Youtube sobre la obra, adaptaciones de películas, hasta un tráiler con Ian Mckellen (no recuerdo si interpretaba a Vladimir o Estragón) incluso fragmentos de estudiantes de teatro que utilizaban alguna escena como ejercicio. Tenía a mi favor Internet que recompensa a quien se deja llevar por su corriente y me topé con la canción Waiting for Godot de Janina Gavankar. Una canción pop melancólica con toques de Dubstep. Se podría creer que me espanté al escuchar la canción, sin embargo sucedió todo lo contrario. La adicción que tuvo en mí esta canción era comparada con lo obnubilado que estaba con la obra de Beckett. Las drogas generan resistencia y en el momento en que los efectos de esta canción no fueron suficientes sentí curiosidad y un poco de abstinencia por saber que otra canción estaba inspirada en esta obra que se alimenta de los frutos de la derrota y la decepción. Esta es mi playlist y trae el nombre de la obra así como el nombre de todas las canciones. Sus géneros van desde el pop ya mencionado, pasando, por el jazz, el hip hop, lo indie y lo experimental, reunidos bajo un solo nombre, una sola premisa, dar con la banda sonora para una historia difícil de ubicar. Si quieres recomendar una lista para la sección Jukebox de Barbarie escríbenos a: info@barbarie.cl Síguenos en Spotify
- Tránsitos: la huella de la impermanencia, de Patricio Salinas A.
Del 17 de abril al 17 de mayo Galería Juan Naranjo Jardins de Montserrat s/n Barcelona @juannaranjogallery "Tránsitos: la huella de la impermanencia" nos sumerge en dos series del fotógrafo y escritor chileno-sueco Patricio Salinas A., cuyo trabajo visual nos invita a reflexionar sobre el carácter temporal y mutable de la existencia humana. A través de su mirada, Salinas A. logra capturar las múltiples capas de la memoria, invitándonos a desentrañar los pliegues ocultos de nuestras historias individuales y colectivas. Nos desafía a descubrir una narrativa que trasciende lo convencional, impulsándonos a explorar más allá de lo evidente. El prisma de la historia personal de Salinas A., marcada por el desarraigo y la constante deriva, se convierte en el punto de partida. En una búsqueda de respuestas sobre su origen, el fotógrafo se sumerge en el pensamiento del filósofo alemán Walter Benjamin, quien sostenía que la verdadera esencia de la memoria y la historia se encuentra en lo descartado, lo oscurecido, lo velado, lo no dicho. Para ello Salinas A. intenta reconstruir la mirada de flâneur de Benjamin invitándonos a recorrer imágenes de Portbou, el pueblo fronterizo en los Pirineos Catalanes donde el pensador alemán decide quitarse la vida en septiembre de 1940 y los escombros de Chacabuco, el campo de prisioneros en el desierto de Atacama, Chile donde Salinas A. estuvo detenido entre 1973 y 1974. Las imágenes de la serie "El Camino de Walter Benjamin", retratan la ruta que el pensador siguió desde Banyuls-sur-mer hasta Portbou. Estas fotografías revelan los paisajes agrestes y sinuosos que caracterizan el trayecto. Cada imagen nos sumerge en el tortuoso y desesperado recorrido que emprendió Benjamin, capturando la implacable naturaleza de las montañas y los valles, evocando su destino trágico y la incertidumbre que lo acompañó en su travesía. Frente a las historias oficiales, el recorrido de Salinas A. siguiendo los pasos de Benjamin es tentativo, buscando recuperar los restos de una memoria frágil y huidiza. La historia que recogen las imágenes de Portbou no es fija y lejana sino cambiante y contemporánea. Esta serie confronta directamente al espectador con un desarraigo que Benjamin no sólo experimentó sino que diagnosticó en la sociedad moderna, y que nos permite examinar nuestra realidad. Por su parte, las imágenes de la serie "Atacama: Geometría de un Cautiverio", nos sumergen en las ruinas del ex campo de prisioneros "Chacabuco". Estas fotografías capturan la conmovedora y trágica belleza del lugar, mientras revelan las huellas indelebles de la historia, impregnadas de violencia y desolación. Cada imagen muestra cómo la tierra misma guarda la memoria de los acontecimientos que han marcado su superficie. Los paisajes áridos y abruptos del desierto de Atacama ofrecen un punto fijo de referencia frente al cambio y la destrucción del campo de prisioneros, que había sido antes una oficina salitrera. La mirada de Salinas A. recupera los restos de Chacabuco y busca entenderlos, reconstruyendo un pasado que es tan biográfico como histórico. Lejos de entenderse como dos series aisladas, las imágenes de Portbou y Atacama se articulan en un diálogo que conecta ambas trayectorias personales con algunas de las reflexiones que han atravesado las obras de Benjamin y Salinas A. y que interpelan al espectador contemporáneo. A través de estas dos trayectorias, en principio alejadas histórica y geográficamente, “Tránsitos: la huella de la impermanencia” propone un recorrido no-lineal a través del desarraigo y la mutabilidad que atraviesan las historias individuales y colectivas. Patricia Abarca de la Fuente y Alma Gamper Sáez - - La exposición "Tránsitos: la huella de la impermanencia" también será exhibida en Portbou [Girona] en septiembre y en París en noviembre de 2024. - Patricio Salinas A. es autor, entre otros, de los libros Atacama, geometría de un cautiverio y Los últimos días de Walter Benjamin [ Editorial Saposcat ] IMÁGENES 1 A 12: SERIE "ATACAMA, GEOMETRÍA DE UN CAUTIVERIO" IMÁGENES 13 A 29 : SERIE "EL CAMINO DE WALTER BENJAMIN"
- Paisajes de otro mundo
4 Abril - 18 Mayo Exhibición 'Ese Lugar' Galería Isabel Aninat Paisaje, pintura y cultura son -a mi juicio- tres ejes esenciales en la obra de Germán Tagle. Ya en los primeros años de este siglo sus obras combinaban con desenfado analítico la mancha expresionista y los estampados del toile de jouy, aludiendo desde una figuración sintética, al mundo de la naturaleza y la arquitectura. Distantes en el tiempo y el espacio, aquellas coordenadas formales y culturales condensaban la idea de un mundo idílico -descrito en las escenas bucólicas estampadas en las telas- con la fractura violenta y sensual que imponía la pintura del artista sobre aquel imaginario. Una práctica, la suya, en qué el flujo pictórico sobre la tela se controlaba-en ocasiones-con técnicas propias del stencil. Otra forma de simbiosis, al interior de su práctica artística. La cultura plástica de la calle y las prácticas pictóricas de la tradición en un mismo lugar. Cuando el río suena Hago esta digresión inicial, porque aquellas inquietudes-aun intactas- le sirven hoy para continuar con una reflexión plástica sobre los efectos del Antropoceno en la naturaleza y en la imaginación visual. Como ya lo hiciera la ciencia ficción, particularmente en la obra de J.G.Ballard, German Tagle se ha propuesto abordar la crisis que nos rodea valiéndose de la belleza inquietante de la imaginación apocalíptica. Unas pinturas en las que el ser humano aparece deliberadamente ausente. Y es que la presencia ubicua del cambio climático y la crisis ambiental empujan al artista a un ejercicio que quiere ir más allá de su descripción alarmista. Ya no se trata de denunciar-mediante los recursos que sean- el actual estado de cosas. Lo que el pintor nos propone es viajar más allá de la catástrofe, a un mundo en el que la naturaleza, pese al ser humano, se ha sobrepuesto. Paisajes imaginarios y resilientes también, de un mundo enteramente no humano. Un desafío que significa repensar al propio género paisajístico, cuya práctica -desde sus inicios en el s.XVII- implicó entender y ordenar la naturaleza, según criterios que de un modo u otro, obedecían en general a los dictados que guiaban su propia explotación. Recortadas -contra aquellos fondos-con la precisión del stencil, reconocemos unas formas que semejan vegetales, pero sus contornos no parecen totalmente familiares. Se trata de injertos creados por el propio artista a partir de la fusión de las plantas que pueblan su balcón y los árboles y vegetación, que viven en el bosque milenario que visita todos los años, “estoy tomando siluetas (de dibujos y fotografías) de árboles nativos de un parque nacional en la precordillera de Chile, alojando en una casa construida en el año 1930 donde todo funciona con la misma leña que proporciona el bosque. Este se ha transformado en mi principal foco investigación hace ya 4 años. Las obras no sólo alteran las coordenadas botánicas, geográficas y temporales. En ellas Tagle ensaya varios cruces que extreman su práctica anterior. El color y la mancha, tributarios de las prácticas que arrancan, particularmente con la segunda generación de expresionistas abstractos adoptan aquí un carácter ominoso y referencial, muy lejano al puro formalismo que sostuvo aquella abstracción. Si en esos artistas, particularmente en Helen Frankenthaler la mancha aludía al paisaje natural, aquí -aquella reminiscencia- se conserva pero en relación a un espacio mutante. Como el propio artista señala “Todo estos ‘personajes’ (árboles y plantas) aparecen literalmente repetidos en las pinturas. Esto lo hago por varias razones. Una es poder ver un mismo lugar -de distintas maneras- algo similar al impresionismo... Segundo, quiero que el observador reconozca que esto es efectivamente solo UN lugar. La magnitud y desborde de un paisaje (plasmado en los fondos) se acota a una medida finita que habla también de una cantidad de recursos naturales finitos” El gesto tiene consecuencias cromáticas y técnicas, y creo también, culturales. Tagle hace desde la pintura algo que intuyeron algunos ilustradores de libros pulp, que ya desde los 50ˋs introdujeron coordenadas surrealistas y abstractas en el imaginario del terror y de la ciencia ficción, insertando la alta cultura en su propio mundo: formal y narrativo. Lo que el artista hace con su pintura - y su discurso- es permitir el acceso de la imaginación e instalar aquello como un horizonte de posibilidades pictóricas y discursivas. Estas pinturas son posibles a partir de una premisa muy sencilla y dramática: el mundo que conocemos ha desaparecido, la humanidad está extinta, las plantas no. Pero en vez de lamentarlo, el artista se fascina con lo que ve, e inventa los modos de plasmarlo según su nueva lógica. No hay pesimismo y si esperanza. Para hacerlo nos ofrece un puñado de imágenes fascinantes. En estas pinturas que remiten al género del paisaje, Tagle espera que el espectador “vea esta repetición de elementos, como signos que son direcciones, una forma de volver a casa. Volver a casa visto desde lo literal a lo metafísico. Volver a estar en contacto con los ciclos de la naturaleza, lograr que el ser humano vuelva a su centro.” El futuro en otro lugar El camino continua al otro lado Eléctrico
- La cadencia de la embriaguez
Sin el dragón nocturno Ideas de libertad están atadas a la bebida. Nuestro ideal de vida contiene una taberna Donde un hombre puede sentarse y hablar o sólo pensar Sin ningún miedo al dragón nocturno. O bien otra taberna donde no aparecen Letreros de No se Fía no de No hay crédito Y, dejando aparte las ilimitadas cervezas, Nos sentamos tranquilamente borrachos y locos a editar Panfletos de un país realmente mejor donde un hombre Puede beber un vino más delicado, ah!, no destilado Que intoxica suavemente sin dolor, Tejiendo la visión de una taberna inasimilable Donde siempre podemos beber sin pagar Con la puerta abierta, y el viento soplando. Malcolm Lowry En el texto que sigue, quiero reflexionar/pensar/revivir la embriaguez, en tanto estado vital y recreación del mismo. Y sobre las consecuencias de ciertas formas de vida que llevan al goce de la embriaguez, al estado autodestructivo de la adicción, en tanto formas de representación icónicas (cine) como también textuales (novelas, poemas) y sus cruces o entrecruces. La embriaguez es sin duda (en el espíritu, en la mente, en el cuerpo) una cadencia a veces fulgurante y sublime, a veces brutal y disruptiva: ritmo o repetición de determinados fenómenos, como sonidos o movimientos, que se suceden con cierta regularidad, tanto en la mente como en las tripas y el hígado, que es un órgano deliberante en estos casos. Número de casos o de apariciones como vaivenes, como el penetrar de una ola en otra, en el mar, en la hora de la pleamar, donde uno de baña despojado, poco a poco, de la conciencia y arropado por la húmeda liquidez del jugo de la vid y otros brebajes embriagadores. EMBRIAGUEZ Un breve y bello texto de Jean-Luc Nancy, titulado Embriaguez, para definir, o mejor dicho, acercarnos a la “experiencia de la embriaguez”, parte con un epígrafe del conocido texto de Baudelaire: “Hay que estar siempre ebrio. Todo reside en eso: es la única cuestión. Para no sentir la carga del Tiempo que nos parte los hombros y nos curva hacia la tierra, tienen que embriagarse sin tregua. ¿Pero de qué? De vino, poesía o virtud, como prefieran. Pero embriáguense”. ¿QUÉ ES ESTAR EBRIO? Así habla Baudelaire, lo sabemos demasiado bien. Finalmente, ¿por qué ese mandamiento como exergo de la modernidad? ¿Por qué hace falta un imperativo de embriaguez, sino porque a la belleza y a la virtud, se la adivina perdida, olvidada, agotada en dicha o esta modernidad…? Y porque “la carga del tiempo” se siente como tal, mientras que el tiempo podría ser la cadencia de la embriaguez, el ritmo de los impulsos y las torpezas de los goces, las locuras y los reposos que le dan su atractivo al retorno de las embriagueces como dicha dionisíaca o como esa ratio que supuestamente nos hace mejores, en tanto que pensamos, en tanto que deseamos no lo supremo, el goce de ese Dios migrante, como lo llama Marcele Detienne en Dionisio a cielo abierto, sino lo razonable, pasión versus razón?; “Dioniso, dice Detienne, es epidémico en el sentido pleno de sus entradas –más terribles que felices-, pues son más bien historias llenas de ruido y furor que se cuentan un poco por todas partes cuando Dioniso llega”. Porque Dioniso es el Dios un tanto apócrifo, que puede ser un “embutido de ángel y de bestia”, como diría Nicanor Parra, por su dudosa descendencia o prosapia, y por eso no es de aquí ni de allá, migra, aparece cuándo nadie lo espera, y nos envuelve con su manto de fiesta y desgracia que nos hace zozobrar por no tener un locus determinado, sino debido a su origen entre aristócrata y, a la vez, dudosa, como un desterrado desde una terra incógnita y siempre marginal. De ahí su ser un Dios enmascarado y sin lugar determinado. “Dieciséis siglos atrás antes de Baudelaire, Li Bai escribía en su Canción del reino de Wei: ¿Cómo ahuyentar la pena que nos oprime? El vino, sólo el vino tiene ese poder. Continúa su reflexión Nancy: “Ante el anuncio de un discurso sobre la embriaguez, podemos esperar ver surgir o bien un análisis paciente de las características propias de este estado y sus significaciones (el entusiasmo, lo dionisíaco, la fiesta, etc., o bien una exaltación fogosa del exceso, del extravío, el arrebato). Un discurso sobrio o un discurso ebrio, es lo que se aguarda, con temor o esperanza. Un movimiento hacia la sobriedad o hacia la embriaguez. No estamos lejos de pensar: razón o pasión, filosofía o poesía”. Lo único definitivo en el texto de Nancy es que “para embriagarse hay que beber”. Y ¿qué es beber entonces? Qué es beber en los relatos, en las novelas, pero sobre todo en el cine, en las imágenes aquellas, en las películas, en la representación icónica, en esa tesitura del celuloide, y además, en lo que hay de experiencia vital si la hay, en cada rollo de experiencia y vodka y vino y angustia y su fatalidad: ver la cadencia de la embriaguez en cada toma, cada recuadro, cada gesto, cada secuencia, cada experiencia transpuesta en la ilusión de movimiento, cuadro a cuadro. Si beber es esa paradoja que no se encuentra ni se busca, que no se aprueba ni establece –la verdad del vino y los niños- sino que está dada, enteramente dada antes de toda donación, “y porque mana de su fuente, de la botella, en una corriente que nada debe sino a la garganta que la acoge. Poesía o virtud, imagen o música, pensamiento, emoción: beber significa absorber, devenir esponja.” Un pensamiento, un deseo, una página. Un grano de helada Embriaga. La cabeza me da vueltas, me tambaleo, doy vueltas, de doy vuelta, estoy ebrio de mí, en toda mi extensión y también estoy ebrio de ti, de todo. Nosotros mismos separados de todo, fuera del mundo y de nosotros mismos, expansivos, corazón y pensamiento derramados, disueltos, absolutamente transcurridos. Entonces, nos absolvemos –ego te absolvo- pensando, escribiendo, recitando, por ficciones y veridicciones, nuestro goce, nuestro extravío –porque nos extraviamos y somos felices-, y para terminar vuelta a la literatura, a la poesía a las representaciones. Elijo para este texto – estas representaciones de la embriaguez- dos filmes –entre muchos- los que me son más queridos, por embriagantes en el sentido de Baudelaire, que Nancy recoge y hace suyo, porque al verlos en la oscuridad de una sala de cine perdida, como si fuera un bar al fondo de una calle o al borde de un barranco, “El Farolito” o el “Cecil Bar” de Concepción, me embriagué con las imágenes de poesía y de virtud, como si fuera de vino o de otro brebaje surgido ya sea de la vid, las papas o los cactus e donde se extrae el sumo del milagroso mezcalito del Cónsul de Bajo el volcán. El brillo de la proyectora y la ilusión de movimiento –ese vaivén de la cadencia entre la oscuridad y la luz me embriagaron de poesía y de virtud, casi solitario en un cine invernal de un lugar indeterminado del Mundo, porque esa cadencia de la embriaguez borra los entornos del espacio y del tiempo, nos suspende en su beatitud claroscura, tal como el líquido cálido que se va, lento, por tu torrente sanguíneo, haciéndote otro hasta la próxima copa: otro y otro más, como ese lema irlandés que dice que un hombre cuando bebe un whisky, es otro hombre y ese otro hombre quiere un whisky. BAJO EL VOLCÁN [LOWRY/HUSTON] -Mezcal- dijo el Cónsul Si hay una novela sobre (o desde) la ebriedad y, por lo tanto, sobre la adicción, Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, lleva un lugar de privilegio. Lo que su protagonista/narrador, el cónsul Geoffrey Firmin o el mismo Lowry tratan de expresares una entelequia, un relato sobre la ¿nada? o un cuento siniestro sobre la embriaguez y su centro fatal: el alcohol versus el amor en una discursividad -e imágenes- que emulan el delirium tremens (el delirio o sueño vívido supremo) en su más central y logrado episodio. El día de los muertos, el cónsul, en la película homónima de John Huston, personificado por un magnífico Albert Finney, deambula por las cantinas de Cuauhnáhuac bajo los dos fatídicos volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhualtl. Metáforas, metonimias, anáforas y alegorías del amor y la muerte, de la seducción del alcohol como ebriedad y embriaguez del deseo y su imposibilidad. La novela narra esa disrupción que media entre el alcohol y el amor, entre el amor y la embriaguez, entre la ebriedad de la vida y la ebriedad de la muerte. Y vemos, como en un sueño –en un delirium cinemático logrado por Huston, todas las máscaras del día de los muertos y sus transfiguraciones, trampas y brillos por la magia de la fotografía filmada –ilusión de movimiento y gestualidad y delirio- Entre ambas ebriedades media el paraíso o el infierno. La mujer deseada o el deseo del mezcal. El asunto es que el mezcal es igual a Yvonne. No hay cuerpo de Yvonne sin el espíritu del mezcal. No se puede vivir sin amar: no se puede amar sin beber. Es el locus fatal del Cónsul y por eso cae entre los dos volcanes sin remisión. La novela, destruida por incendios varios y calamidades similares a lo narrado, se cuenta en más o menos 515 páginas, las que son filmadas por Jonh Huston en 1984 en sólo 104 minutos. Una novela imposible de filmar, diríase, finalmente filmada, con secuencias e imágenes bellas y alucinantes, por ficciones y veridicciones que entran en la conciencia y la inconsciencia casi directamente al sistema nervioso central, mas no con un guion o una secuencialidad narrativa aceptable, como tal, pero que da cuenta de muchas formas del pathos y las pulsiones de Lowry, como lo hace el cine, de manera análoga al mecanismo de los sueños. Si entendemos, como Raúl Ruiz, en “Las seis funciones del plano (serio ludere)”, recogido en el libro Escritos repartidos, Ed. UDP, 2024, que cada cuadro secuencia es una película en sí, tendremos la posibilidad de filmar lo imposible, en tanto que cada plano de cada película es un filme en sí. No he contado cuántos planos tiene Bajo del Volcán de John Huston, pero son múltiples y eso hace disperso y extenso a este filme infilmable e inflamable para los sentidos: tantos planos secuencias y tomas como se tomaron en cada momento en el set y en el estudio y en las calles de Cuernavaca. Por eso Huston pudo, me parece según la teoría de Raúl Ruiz, filmar lo infilmable: el amor y su contraparte, y su flama, la caída a los volcanes y la belleza sublime de la muerte en un episodio de la urdimbre fantástica de la caída del amor a los infiernos del alcohol y toda su irredarguible pasión imaginada en imágenes de celuloide. THE LOST WEEK END [JACKSON/WILDER] Al adaptar la novela de Charles R. Jackson The Lost Weekend los guionistas Billy Wilder (director además de la cinta) y Charles Brackett tuvieron un problema fundamental: narrar el alcoholismo del protagonista eludiendo su homosexualidad, aspecto fundamental en la novela, que escribió de una manera muy personal y sincera. Por lo tanto, tuvieron que desarrollar otro tema, presente en el libro: el tópico del escritor con tranca escritural. El escritor contra el silencio. Es el relato de un “fin de semana perdido”, una visión del mundo negativa, mediante giros escriturales que logran armar una trama estropeada por el alcohol. El final de la cinta no plantea tan sólo la redención del alcohólico –forzadamente-, sino el logro de la escritura, a la manera del Hollywood clásico: la idea de que la literatura –y los guiones y los filmes por lo tanto- cobran valor cuando hay un mensaje, un mensaje que “supera” la mera literatura, apelando a los lectores / espectadores a LA reacción políticamente correcta. Al ver ahora “Días sin huella” (The Lost Weekend, Billy Wilder, 1945), en relación a los principales sentidos cinematográficos de los temas de la adicción y la embriaguez, se produce una suerte de simbolismo contradictorio del alcoholismo y la escritura. La inflexión entre el goce y la decepción entre ambas, no logran llegar a un acuerdo existencial sino sólo como falla y escisión. Un giro imprescindible, respecto a la novela homosexual, fue el darle a la película un look de cinema noir, sin serlo, dado que en ningún momento de la cinta hay un asesinato, sino sólo quizá el autoasesinato (suicidio por “alcohol”) del propio escritor frustrado y, sobre todo, las secuencias de delirium tremens, que acercan la estética de The Lost Week End al cine de terror y de esquizofrenia o locura a través de los episodios mejores logrados del desquiciamiento que produce el alcoholismo en Ray Milland. El escritor frustrado –el escritor sin letras y solo con alcohol- deambula en un fin de semana en el que quedará solo en su departamento. Su mujer y su hermano se deben alejar por motivos familiares. The Bottle se titularía su novela fallida- hay una serie de metonimias que aluden a la botella en tanto su alcoholismo, colgando botellas de los balcones del departamento, escondiéndolas en lugares impensados, en lugares que hasta él mismo olvida. La más terrible y paradójica: una que se esconde en lámpara de su propia habitación, que descubre por la sombra expresionista sobre el techo. Y el deambular por las calles de Nueva York, buscando vender su máquina de escribir para conseguir una botella de whisky, para canjear su ser por su no ser, su ser escritor por su ser borracho. Y en una de esas errancias, se encuentra con un barman, y le pide que no limpie la huella del vaso de whisky, sino que la deje ahí como imagen de la perfección del círculo del alcohol, y, en una suerte de elipsis cinematográfica, se van multiplicando las huellas del fondo del vaso, que pasan de ser la “perfección del círculo a la multiplicación de la (de) cadencia alcohólica”. Si bien tiene una estética noir, The lost Week End no es una cinta noir: lo es quizá en su fotografía, de F. Sewitz, en su claroscuro, en las secuencias de delirium tremens, en las secuencias donde una rata ataca a un murciélago, en las sombras que denuncian/enuncian las botellas escondidas en la lámpara del techo, en el miedo del mismo Birman cuando se ve reflejado a sí mismo –los espejos del cinema noir otra vez-como una suerte de monstruo humano por el alcohol. The Lost Week End enuncia y exhibe el miedo, el terror y la angustia de la embriaguez y, sobre todo, de la adicción, como en un filme de terror, similar a los de relatos de Edgar Allan Poe, como el “Gato negro”, donde el narrador se define como un perverso por motivos de su adicción (enfermedad) alcohólica: “Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales (…) no sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movido por el afecto, se cruzaba en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba –pues ¿qué enfermedad es comparable el alcohol”? /Edgar Allan Poe, “El Gato Negro”, Cuentos completos, Edhasa, Baires, 2004 (traducción de Julio Cortázar). Aunque Birman aprende y se reivindica, y podríamos ver un happy end en esta historia de alcoholismo y autodestrucción; el mismo Billie Wilder, en una entrevista afirma: “Para mí, la película termina con un punto de esperanza: Birman empieza a escribir de nuevo. Pero en realidad, el final es incierto; en cualquier momento puede darse la habitual recaída”. (Wilkder & Karasewk, 1992, p. 234). Pero el ebrio que transita desde el goce de la ebriedad hacia la autodestrucción del sí, tiende trampas, como la del clochard Andreas Kartak, de La leyenda del Santo Bebedor de Joseph Roth, que ve milagros donde solo hay dipsomanía y delirio: “Pero en las actualidad del alcohol/ me están sucediendo milagros/ -se dijo para sus adentros/ el Santo Bebedor que mora en el/ cáliz siempre lleno de nuestra sed-. (Thomas Harris, “Milagros” (ii versión. Joseph Roth). La Batalla del Ebr(i)o. Ajiaco ediciones, 2014, p. 28. Todos los que hemos transitado por el goce de la ebriedad, sabemos que al final, sin culpa ni miedo, a la vuelta de la esperanza, nos espera lo habitual: la recaída. THE LOST WEEKEND - BILLY WILDER 1945 UNDER THE VOLCANO - JOHN HUSTON 1984 BUVEUR D'ABSINTHE – AUTORETRATO DE JEAN D'ESPARBÈS [1899-1968] - MUSÉE DE L'ABSINTHE [AUVERS-SUR-OISE – FRANCIA]
- Cristian Vogel en Chile
5 Y 6 DE ABRIL INFRA CRISTIAN VOGEL + INVITADOS FACULTAD DE ARQUITECTURA UNIVERSIDAD LAS AMÉRICAS +INFORMACIÓN Y ENTRADAS PLATAFORMA GRIETA Con más de 30 años de carrera, un innovador en la composición, mezcla e interpretación de sonidos; un pilar fundamental de la escena electrónica mundial, y un asiduo artista de reconocidos sellos como Tresor, Mille Plateaux, Novamute, Shitkatapult o Sub Rosa; presentado por los proyectos Pueblo Nuevo, F.O.M.O. y Plataforma Grieta, llega por segunda vez y a más de 20 años de su primera visita a Chile, el músico, productor, DJ e investigador sonoro, Cristian Vogel. Bajo el nombre de INFRA, el encuentro contará, con un Artist Talk, un concierto experimental y una fiesta que tendrá al músico en un set híbrido donde mezclará sonidos programados y una selección de vinilos. El viernes 5 de abril, a las 19.00 horas y de forma gratuita, el encuentro dará inicio con un Artist Talk, realizado en conjunto con la Facultad de Arquitectura, Animación, Diseño y Construcción de la Universidad de Las Américas, que contemplará, además, el estreno en Chile, de la película "Agnete & The Merman", adaptación de la pieza de teatro sonoro inmersivo creada por Cristian Vogel, así como también habrán exposiciones e intervenciones artísticas desarrolladas por estudiantes de la UDLA. Ese mismo día se realizará el lanzamiento de un zine, con el relato biográfico y artístico de Vogel. INFRA continuará el 6 de abril con una muestra de música experimental que, además de la performance del productor chileno-inglés, contará con las presentaciones de las artistas YADAK, Valentina Maza y Alisú; tres exponentes locales que desde sus nuevas búsquedas han logrado construir mundos singulares y únicos.
- Doble
Nadando en la amniótica oscuridad los embriones gemelos se rozan y se apartan. Sus anatomías ínfimas, casi invisibles, ya son expertas en maniobras de pareja. [Catalina Mena] Clones fabricados sin la ayuda de los científicos: eso son los gemelos univitelinos. La historia comienza cuando un óvulo fecundado decide copiarse a sí mismo y duplicar, con maravillosa precisión, cada eslabón de la cadena del ADN. Son dos seres genéticamente idénticos, que alguna vez fueron uno solo. Y quizás ese crucial instante de la partición haya quedado oscuramente registrado. Destinados al paralelismo, los gemelos describirán una trayectoria amorosa que los mantendrá siempre en el límite del acoplamiento o la disolución. Por algo la tradición astrológica asocia el signo de los gemelos con el matrimonio. Desde su nacimiento los gemelos surgirán como dos figuras absolutamente sincrónicas. Si uno pide alimento, inmediatamente el otro lo pide; si uno se enferma, es seguro que el otro se enfermará. Ambos lucharán desde el principio por sus propias necesidades, pero durante la niñez vivirán su sincronía como un romance fraternal. Enredados en un juego simbiótico, los niños gemelos serán dos amantes inocentes, que olvidan pronto sus peleas y no toleran por mucho tiempo la distancia. Marjorie Wallace, una periodista inglesa, estudió el caso de June y Jennifer Gibbons, unas hermanas que llevaron su condición de gemelas hasta la patología. Wallace las conoció en un hospital siquiátrico. Las Gibbons actuaron, hasta adultas, de manera sincronizada. Realizaban los mismos movimientos, exactamente al mismo tiempo, manteniendo un estricto control mutuo. No hablaban con nadie, ni siquiera con sus padres y hermanos, y entre ellas utilizaban un extraño dialecto que luego, al ser grabado y escuchado detalladamente, se descubría como un inglés pronunciado a máxima velocidad. Más o menos sofisticados, con frecuencia los gemelos elaborarán algún tipo de código privado que puede ser un lenguaje gestual o un juego verbal. También será común que digan o hagan lo mismo simultáneamente. Incluso cuando estén separados las coincidencias se repetirán a cada rato, hasta en los detalles más triviales e insignificantes. Un gemelo hará un comentario y, al rato, llegará el otro y hará el mismo comentario. O ambos, en distintos momentos, se pararán frente a la misma vitrina de una calle cualquiera y al llegar a casa comprobarán que han comprado el mismo objeto: una velita rosada. Pero si el humor no es uno de los rasgos dominantes, este paralelismo se volverá karmático. La familia y otros adultos que rodeen a los gemelos jugarán un papel definitivo en el desarrollo de su relación. Desde su cochecito doble las criaturas serán asaltadas por miradas curiosas que se divertirán comparándolas y sumando coincidencias. Les regalarán ropitas repetidas y, más tarde, bajo el rótulo de “los mellizos” se evitarán el trabajo de distinguirlos. Los gemelos se pasarán el resto de la vida rectificando, majaderamente, su propio nombre. Para los gemelos ser confundidos puede significar un pequeño fastidio que podrán saldar con sabia indiferencia o sutil sentido sarcástico. Las gemelas Gibbons, ante las observaciones de los curiosos, giraban la cabeza lentamente para mirarse entre ellas y emitir, simultáneamente, una risita tonta. Sus compañeros de colegio las llamaban “los pájaros burlones”. Las permanentes confusiones serán el estigma de la adolescencia. Comienza entonces el clásico período de la crisis de identidad y cada cual quiere reafirmar su diferencia. Según cómo haya sido el trato familiar y dependiendo de los egos individuales, la lucha por la individualidad será más o menos intensa. Las peleas suelen incluir violencia física, sobre todo si continúan durmiendo en la misma pieza y la familia nunca ha entendido su necesidad de separarse. Junto con la disputa por la primogenitura (los cinco o diez minutos de diferencia al nacer) aparecerá el fantasma del útero materno. Entonces un gemelo le recordará al otro que ya en la vida intrauterina lo tenía arrinconado o le robaba la comida. Si los gemelos no logran un acuerdo satisfactorio la situación se complicará y entonces surgirá la alternativa de la separación física. Pero, como en todo hay excepciones, tampoco faltan las parejas que optan por la alternativa opuesta y deciden anular las causas del conflicto. En el extremo figuran los gemelos miméticos, que visualizan la posibilidad de volver a ser uno solo, viven en casas vecinas y siguen vistiéndose iguales hasta entrada la adultez. Los gemelos necesitan subrayar sus individualidades pero, al mismo tiempo, conservar una estricta equivalencia. De modo que el inconsciente siempre se las arregla para que no se diferencien demasiado. Nada pueden hacer contra la mutua dependencia: cada cual se refleja en el otro y ninguno de los dos soporta ver desfigurada su imagen. Por ello sus estrategias serán siempre fallidas. Aunque intenten proyectos distintos terminarán en lo mismo o en cosas parecidas; por más que cambien de peinado o ensayen nuevas apariencias no podrán deshacerse de la sombra del otro. Todo será inútil: el corte de pelo pasará inadvertido y en la calle seguirán gritándole un nombre que no es el suyo. A estas alturas muchos gemelos ya habrán realizado algunas negociaciones, repartiéndose ciertos roles que actuarán hasta sus últimas consecuencias. Uno ha decidido ser el atrevido y el otro el recatado; uno el ordenado y el otro el caótico; uno el solitario y el otro el sociable. Los gemelos respetaran algunas normas tácitas, a fin de mantenerse en los justos límites de la distancia. Si se acercan hasta el acoplamiento, desaparece cada uno; si se alejan demasiado, desaparecen los dos. Imagen: Juan Domingo Marinello Identical twins - Diane Arbus 1966
- Sobre las tumbas de dos amigos que se pelearon
La tumba de Jean-Paul Sartre junto a la de Simone de Beauvoir son como las tumbas de los rock stars y los poetas malditos. No sé si siempre causaron ese furor, pero cuando las vi, reconozco que algo me cayó mal. ¿Por qué venerar así a los pensadores de la libertad? ¿Por qué es tan fácil convertirse en groupie, incluso cuando se trata de causas ilustradas? Desconfío de esa espectacularidad, me parece ansiosa, aunque yo sea muy ansiosa, pero no me gustan los ídolos; sí los amores, pero no lo heroico. Hay algo molesto en los ídolos, se parece a lo que ocurre con el azúcar y los estimulantes, algo mentiroso que oculta lo amargo. En todo caso, hay mentiras que entran así, dulcemente: creer que el ídolo existe y que sabe bien lo que hace. Es un delirio muy humano, porque como dicen, ni Dios está en el trono. Creó uno eso sí, pero no cometería la tontería de sentarse en él. Dicen que el séptimo día, sentó al sabbat –la fiesta– en su lugar. El problema que tiene un ídolo es que no hay dónde colocar sus paradojas y absurdos. Al ídolo no se le permite tener carne, se lo sacrifica en nombre de la neurosis de los seguidores para tener una pantalla donde proyectar el anhelo de que la Idea exista: completa, consistente. El ídolo es una enfermedad de los hijos. Simone de Beauvoir, en la Ceremonia del adiós, llevó a cabo el gesto contrario al de los groupies. Decidió relatar los últimos diez años de Sartre, y de ella con él, a medias, amándolo como se puede amar: paradójicamente. Ahí cuenta como en torno al filósofo comenzó a darse una disputa. Los celos entre los viejos discípulos y sus nuevos cercanos –su hija adoptiva Arlette y su secretario Pierre Victor– tironeaban a Sartre. Cabreado, comentó alguna vez que lo trataban como a un muerto que había tenido el inconveniente de manifestarse. Asediado, le dijo a un editor: “Los sartreanos son para la risa”. Simone, como otros, consideraba que su nueva “familia” lo estaba manipulando. Los nuevos se arrogaban la verdad de Sartre, una que incomodaba a los antiguos. Temían que su maestro se hubiera vuelto un “talmúdico extraviado”, camino que le abrió su secretario Victor hacia lo que consideraban era una filosofía de segunda. Quién sabe si cansado de la prisión del ídolo, quiso molestar a sus seguidores que lo tomaban tan en serio, y actuó como esos padres que, justo al final, desprecian a sus hijos al verlos salivando ante el testamento. Tal como él mismo escribió: el infierno son los otros. Fue casi al final de la vida de Sartre cuando la pareja icónica de una generación rompió. Tras la publicación de unas entrevistas algo escandalosas de Victor a Sartre, Simone consideró que se trataba de “una corrupción de anciano”; se enfureció y lloró. A fin de cuentas, no era la lealtad de la monogamia la que los unía, sino el matrimonio intelectual. Y fue traicionada a último momento. Dicen que Sartre no pudo con ese arranque de cólera de Simone. Sartre no quería funerales oficiales y sobre todo no deseaba ser enterrado junto a su padrastro en Père Lachaise. Sus amigos decidieron encargarse y acudieron al director del cementerio de Montparnasse. Éste no conocía la obra de Sartre, pero sabía que era alguien muy importante, entonces les ofreció un lugar cerca de la tumba de Baudelaire. El funeral fue multitudinario, digno de uno de los hombres más importantes de cultura. Según Ariel Dorfman, Simone tenía la mirada pérdida, mientras que los seguidores despedían al filósofo como si se estuviesen despidiendo de un libro. Nada se parecía a los ardientes ritos funerarios de los países que defendió: “Ni un grito tropical, ni una lágrima vietnamita, y nada, por cierto, que se acercara a un alarido de furia argelina”. Lo más irónico fue que después de que Sartre despidió a tantos, a Gide, a Fanon, incluso a su examigo, Camus, a él, nadie lo despidió con la palabra; ni los sartreanos. * La disputa entre Sartre y Camus se convirtió en una especie de posición frente al mundo, estás con uno o con el otro. En las conversaciones entre Simone y Sartre que ella publicó, él le baja el perfil al asunto. Sartre le dice que Camus era divertido pero un poco vulgar y que, en realidad, nunca fueron íntimos. “¡Por supuesto que lo fueron!” replica Simone. A ella Camus le parecía un tipo con modales de “maleante de Argel”, pero reconocía que les gustaba pasar tiempo con él. La disputa comenzó con la publicación en 1951 de El hombre rebelde de Camus. Ensayo en el que criticaba la violencia revolucionaria y a la izquierda estalinista: ¿justifican los fines a los medios, o los medios terminan convirtiéndose, trágicamente, en los fines? Al círculo intelectual de la izquierda francesa no le gustó para nada, tampoco a Sartre, pero no sería él quien escribiría en su contra. Sino que publicó en la revista a su cargo una dura diatriba al libro, escrita por Francis Jeanson. Camus, considerado un traidor y un paria, quiso defenderse acusando a Sartre de haber publicado con los colaboracionistas durante la invasión nazi, arguyendo que él sí estuvo en la resistencia. Sartre no polemizó más, solo dijo que, si bien lo consideraba un buen escritor, era un mal filósofo. Aunque fue acusado de moralista, el libro de Camus no lo es para nada. Por el contrario, escribió que la rebeldía que se vuelve cruel e injusta, es precisamente la que crece bajo una moral absoluta. Aquella que, bajo la promesa de justicia y libertad, permite el crimen en su nombre. Habla de las revoluciones sin honor, cuando se vuelven calculadoras, ponen al resentimiento en el lugar de lo fecundo y sacrifican a los seres de carne y hueso por humanos abstractos por venir. Camus rechazó una filosofía que homogenizara todas las luchas, que omitiera sus singularidades. Si hubo algo que le costó caro, fue su relación con la liberación de Argelia, su lugar de origen. Se habla del “silencio de Camus” para referirse a su posición ambigua. Y es cierto. Él mismo escribió que hubo momentos tan complejos, en que no cabía en su cabeza tomar partido; prefería entonces callar. Pero a la vez, pensó, escribió y habló muchísimo sobre el tema. Fue criticado por no apoyar al Frente de Liberación Nacional de Argelia: rechazaba los métodos de los combatientes, le preocupaba la emergencia del nacionalismo y la idea de entregar a Argelia a un solo partido. Dijo alguna vez que no apoyaría a un movimiento que podría poner una bomba en un tren en el que viajara su madre. Si eso significaba libertad, entonces prefería a su mamá. Camus criticó al rebelde de escritorio tanto como al terrorista iracundo. Pero, sobre todo, a la rebeldía vuelta un sistema. ¿Cómo luchar contra la injusticia sin volverse injusto, igual al verdugo?, se preguntó. Y escribió que una rebeldía que es justa –tanto la pacífica como a la que le es inevitable tomar las armas – promete algo parcial, provisorio, no absolutos. Tal sería la condición que puede prometer cierta dignidad y justicia, y, además, cumplir la promesa. La rebeldía justa es la idea sobre la dificultad de lidiar con tensiones diversas, y su honor radica en la generosidad con el presente, con los vivos. Una rebeldía justa buscaría sobre todo crear instituciones que limiten la violencia, antes que grandes historias para que algunos cuántos puedan ser enterrados en tumbas monumentales, y otros muchos, en fosas comunes. A fin de cuentas, la complejidad que propone Camus es la de pensar cada conflicto, caso a caso, demorarse antes de tomar partido, pero hacerlo rápidamente a favor de los vivos. Algunos sostienen que después de la caída del muro de Berlín la balanza cambió de posición y se inclinó a favor de Camus. No estoy segura. Una cosa es que las revoluciones del siglo XX hayan perdido prestigio, y otra muy distinta es que la defensa de las ideas sutiles (dolorosas también, porque no llevan grandes promesas) como las de Camus, provoquen algún fervor. * Su hija le preguntó alguna vez si sentía deprimido, y él le respondió que en realidad se sentía solo. Leí que la tumba de Camus es austera, también recibe regalos y mensajes, pero no alcanza a ser un lugar de veneración fanática. Es una tumba sin melodrama. Creo que hay autores a los que puedes adorar y otros, a los que puedes amar, pero de manera íntima. Los primeros sirven como autoridad, para citarlos, los segundos, no son referencias, sino, de algún modo, te acompañan. Porque hablan desde una soledad, aquella de quienes se han alejado –pese al inconveniente de hacerlo – del “nosotros” (y su histeria). La visita de Camus a Latinoamérica en 1949 fue algo accidentada. Por esos días comenzaba a escribir El hombre rebelde. En Chile le tocó presenciar “la revolución de la chaucha”, un estallido social provocado por el alza del transporte público que duró unos cuantos días. Escribió en su diario que las manifestaciones fueron como un terremoto. ¿Cómo habrá imaginado que eran los terremotos? Los Charvet, una pareja francesa residente en el país, le había advertido que posiblemente por la exposición a constantes temblores, el chileno tenía un carácter inestable. Yo nunca había pensado en eso. Tampoco es seguro que él se haya llevado esa impresión. De quienes sí habló fue de la elite francesa o afrancesada que lo recibió en la embajada de Francia en Chile. Le parecieron absolutamente aburridos y esnob, salvo el embajador, a quien describió como divertido; al menos prefería bailar. Quizá quisieron impresionarlo, y como sus colegas en Francia, asumieron que era un francés de salón. Pero él, como antes advirtió Simone de Beauvoir, era más parecido a un tipo (“maleante”) de Argel. Porque, pese a volverse un intelectual tan burgués y europeo como sus amigos –y enemigos – era argelino. Su madre nunca quiso dejar su país. Y eso lo cambió todo. Un tormenta impidió que dejara Chile, lo hizo con un día de retraso. Sufrió un ataque de pánico en el cruce de la cordillera. Luego escribió: “En este estúpido viaje sólo me han reconfortado las imágenes y la gente de Chile…Chile me ha enseñado que los volcanes pueden ser tiernos”.
- Narrativas de la Infancia
DEL 14 DE MARZO AL 17 DE ABRIL GALERÍA PATRICIA READY SANTIAGO “Mediante las fotografías cada familia construye una crónica-retrato de sí misma, un estuche de imágenes portátiles que rinde testimonio de la firmeza de sus lazos. Poco importa cuáles actividades se fotografían siempre que las fotos se hagan y aprecien. La fotografía se transforma en rito de la vida familiar […]” Susan Sontag, 2006 [1977], 23 En esta exposición, la artista Francisca Reyes construye una bitácora o diario visual que documenta de manera sutil la cotidianeidad familiar, y, particularmente, el crecimiento de dos niñas, elemento iconográfico que justifica el título de la muestra. A lo largo de una serie fotográfica realizada entre 2016 y 2021, la artista explora la infancia y la adolescencia, capturando su fugacidad y alegría desinteresada. En otras palabras, Francisca a través de sus fotografías registra, desde una mirada que es tan estética como emotiva, el paso del tiempo, el fluir de la vida. En términos plásticos, las imágenes de Francisca se caracterizan por su cuidada composición, lo que se evidencia en la centralidad de la geometría y en la superposición de planos de color sugeridos por los mismos espacios, objetos y sujetos que fotografía. El manejo de la luz, a ratos con ciertos toques de dramatismo, subraya el colorido y, sobre todo, las texturas de los elementos. El modo en que resuelve estos aspectos tiene un evidente origen pictórico, disciplina en la que la artista se formó, rememorando una larga tradición instalada desde el Renacimiento. Del mismo modo, las imágenes tienen una dimensión cinematográfica, como si se tratara de los fotogramas de un filme, ya que al mirar el conjunto adquieren movimiento y un tono narrativo. Esta muestra es una invitación a mirar y a conectarse con el valor documental de las imágenes, con su capacidad para tramar historias y, muy especialmente, con sus aún insospechadas potencialidades de desarrollo artístico. A través de esta serie Francisca descorre el velo íntimo del álbum, invitando a reflexionar sobre el rol de la fotografía como rito de la vida familiar. - Exposición en Galería Patricia Ready
- Guerra
Palantiri son las siete piedras o esferas mágicas que en el Señor de los anillos permiten ver el futuro o escenas que ocurren en lugares lejanos o tiempos remotos. También comunicarse con quien tiene alguna de ellas en su poder. En la saga, parte de las piedras están en manos de las fuerzas del mal y, en consecuencia, las utilizan para ese propósito. Después volvemos sobre las Palantiri. Ahora el tráfico y los semáforos obligan a prestar atención. Los últimos días del verano austral son soleados y calurosos. Es la hora del almuerzo y las calles se ven más concurridas. En esas rutinas las ciudades se parecen. Aunque no son iguales. Incluso pasado un tiempo cada ciudad deja de parecerse a sí misma. Sigo el flujo impuesto en las intersecciones. Nadie mira a nadie, pero casi todos los peatones respetamos las reglas, el código que determina cuándo avanzar y cuándo detenerse. Nada extraordinario. En el caos urbano no se observa ninguna anomalía. Todo en su sitio, nada que indique algo fuera de lo común. Lo llamativo es que el año se inició con la palabra guerra infiltrándose en el relato mediático. Guerra más allá de Ucrania, del Sahel o Gaza, guerra como conflicto total, en el sentido amplio del término. Tiempo antes el concepto ya estaba presente en foros especializados de geopolítica y asuntos militares. También comenzó a aparecer en programas de análisis económico y financiero. Esto último es quizá la señal más alarmante. Igual seguimos como siempre, como quien oye llover. El 17 y 18 de enero la cúpula militar de la OTAN y los jefes de defensa aliados realizaron una cumbre en la sede de Bruselas para conversar sobre asuntos estratégicos, de seguridad global y sobre Steadfast Defender 24, los ejercicios que la organización ejecutará entre enero y mayo, los mayores que realizan desde la Guerra Fría. Durante la cumbre, tres de los principales comandantes de la cúpula militar participaron en una conferencia de prensa. Rob Bauer, Presidente del Comité Militar emitió entre otras, estas declaraciones: "Necesitamos que actores públicos y privados cambien su mentalidad de una era en la que todo era previsible, planificable, controlable y centrado en la eficiencia a una era en la que puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento. Una era en la que necesitamos esperar lo inesperado. [...] Tenemos que darnos cuenta de que no es un hecho que estemos en paz. [...] La gran diferencia con un año atrás, es que hay muchas cosas que han sucedido en las fuerzas armadas y en las organizaciones de defensa. Lo que aún no ha sucedido en nuestras sociedades es entender que es más que el ejército el que opera en un conflicto o en una guerra, es toda la sociedad la que se verá involucrada, nos guste o no”. Curiosamente en la sala de prensa se ven pocos periodistas, muchos asientos vacíos. Quizá eran los únicos medios acreditados, o tal vez a la mayoría el asunto no les interesa. El 3 de marzo, la portada del diario El País exhibió este titular de cabecera: Ningún conocido me hizo llegar un comentario. Puede ser que no lo leyeran, o que tengo pocos conocidos. En cualquier caso tampoco yo envié nada. Cómo vivía la gente los años y meses previos a la Primera y Segunda Guerra Mundial. Qué pensaban y leían. Qué soñaban. Qué análisis certeros o titulares sensacionalistas encontraban en los periódicos o escuchaban en los programas de radio. ¿Sería la gente de a pie consciente de lo que sucedía a su alrededor y más allá de sus fronteras, cambiaba en algo su vida cotidiana, sentían angustia o miedo? ¿Puede intuirse la guerra y si se puede, es posible imaginar lo que queda más allá de las ruinas? ¿Se puede inferir de los acontecimientos aparentemente inconexos que suceden en distintos puntos del planeta el germen de un conflicto como el que se vivió en aquellas tragedias mundiales? Estuvieran o no en los campos de batalla, neutrales o alineados a alguno de los ejes, ningún país salió indemne de la catástrofe. La década de 1930 fue compleja. Comenzó con el desastre económico al que arrastró la Gran Depresión del 29. Se sucedieron conflictos sangrientos como la ocupación japonesa de China y la guerra civil española. El imperio británico colapsaba y el nacionalismo se esparcía con rapidez por Europa y algunos países americanos. Italia incursionaba en África con ferocidad. Estados Unidos se atrincheraba en una neutralidad imposible tratando de salir de la depresión construyendo carreteras para reactivar la economía y el empleo. Alemania invadió Austria y Checoslovaquia sin que por ello hubiera reacciones o consecuencias relevantes. El mundo miraba para otro lado ante los avances del fascismo y las purgas comunistas. Stefan Zweig observó con desconfianza el ascenso del nazismo y anticipó de algún modo ese Anschluss que obligó a su país a integrarse por la fuerza en el Tercer Reich. En 1934 Zweig inició su exilio y comenzó a escribir El mundo de ayer, obra centrada en las dos primeras décadas del siglo XX, en las devastadoras consecuencias de la primera gran guerra y en parte de su experiencia personal. El libro termina con el inicio de la segunda guerra y debió ser esa melancolía ante la visión de un mundo que agonizaba en la violencia y caía a pedazos a su alrededor la que en 1942 le llevó al suicidio junto a su mujer Lotte Altmann en Brasil, un día después de que enviaran por correo el manuscrito a la editorial Bermann-Fischer Verlag. La Historia no se repite, pero los motivos y las fuerzas subterráneas que conducen al conflicto no se diferencian demasiado. La historia de la humanidad es la historia del comercio y de la lucha por el control de los recursos. Enmascarada bajo consignas nacionalistas, religiosas o ideológicas para movilizar a las masas, la guerra germina por causas similares y apunta a los mismos objetivos. Destruimos para reconstruir, para apropiarnos de un palmo más de tierra o mar que algo tiene de valor, para que la maquinaria y los negocios continúen funcionando. Sustituimos a fuerza de trauma modelos agotados. Ante la evidencia del factor económico que a lo largo de nuestra historia ha provocado el conflicto desorganizado primero y la guerra organizada después, podemos continuar engañándonos y atrincherarnos en la creencia de motivaciones en ocasiones utópicas y en otras delirantes o idealistas, pero si atendemos a lógicas más objetivas, sin pudor podríamos modificar el verso y decir: L'économie avant tout chose [...] et tout le reste est littérature. Cambian los hegemones y los polos de poder pero las razones y el modus operandi se mantienen casi intactos. ¿De verdad debemos prepararnos y pensar que se acabó esta especie de Pax Romana o las consignas de militares y medios masivos de este y del otro lado son faroles que persiguen otros fines, retórica y arengas discursivas dirigidas a electorados que deben participar en las numerosas elecciones que tienen lugar en 2024? Bauer habló de prepararse para una guerra total que tendrá lugar en algún momento en los próximos veinte años. Podría suceder en quince, siete o dos. El general no tiene una Palantir y quizá por eso se extiende tanto, o tal vez la tiene y sabe más de lo que cuenta. Es difícil no caer en el escepticismo. Los discursos de la propaganda mediática y la realidad a menudo no coinciden. Basta buscar algunos ejemplos. A pesar de las sanciones económicas tanto la Unión Europea como otros países occidentales continúan comprando petróleo ruso. Para que la impostura no sea tan evidente el crudo ha debido tener algún tipo de refinado en otro país distinto al de origen. El viejo continente ha jugado mal sus cartas, su malla energética es dependiente casi en su totalidad del exterior, está quebrada y su industria se hunde. Ante la súbita declaración de la controversial energía nuclear como energía limpia y la reactivación de las centrales de carbón en Alemania, el discurso flower power europeo hacia la transición verde y ecológica ya no se sostiene. Con toda la complejidad que tiene el conflicto, no se puede olvidar que frente a la costa de Gaza hay grandes yacimientos de gas muy interesantes para todos los involucrados. Si tenemos un problema con el suministro de petróleo y gas de Rusia nos amigamos con Maduro, la riqueza de Venezuela merece aguantarle las arengas soporíferas. Por su lado Maduro se deja querer, ya que el gran hermano ruso hace mucho tiempo que tiene la cabeza y sus intereses en otra parte. Según el estado de tensión, Israel compra petróleo a gran escala y discretamente a Irán, y este por supuesto, también discretamente, se lo vende triangulando vía Europa. En Estados Unidos la polarización está generando una fractura social que puede amenazar la institucionalidad y la democracia. Ante los posibles resultados de las próximas elecciones, desde la militancia de ambos partidos se han escuchado posturas que podrían promover acciones totalitarias de consecuencias inesperadas. China espera su momento sin descuidar imponer sus reglas en su zona de influencia, ya sea construyendo presas en el Mekong para controlar los flujos de agua y asegurar la producción de electricidad o extendiendo siempre un poco más allá sus pretensiones sobre el rico Mar del Sur de China. Corea del Norte va por libre jugando sola su Call of Duty particular en esa especie de Disney delirante que atisbamos en lo poco que sabemos y podemos ver del país. A África se la deja desangrarse en sus conflictos tribales y a merced de sus muchos dirigentes de opereta, de esa forma es más fácil que todos aprovechen a precio de saldo lo mucho que tiene para ofrecer. Los jugadores del llamado otro lado no son mejores que los de este, cada cual tiene su propia agenda. Nos quedan más lejos y nos resultan más herméticos, pero sería ingenuo pensar en una bipolaridad o multilateralidad segmentada en malvados y bienhechores altruistas. Como táctica de propagación del sectarismo, cada uno moldea a sus adversarios para exacerbar contra ellos el odio y la desconfianza. Monstruos arquetípicos simples de entender contra los que la opinión pública y los ciudadanos de a pie podamos dirigir fácilmente animadversión y miedo. Realpolitik. Detrás de los choques de civilizaciones, de las guerras santas o los conflictos ideológicos o culturales, están los recursos que alimentan los patrones industriales y energéticos de nuestro momento histórico: petróleo, gas y las tierras raras y minerales que necesita la industria tecnológica. También los que a lo largo del tiempo fueron siempre objeto de disputa: agua, recursos agrarios y control de las rutas de transporte y del comercio. Al contrario de lo que puede parecer, la amenaza nuclear ha servido para evitar la explosión de conflictos convencionales a gran escala que hubieran podido activarse con más facilidad de no haber mediado ese peligro. El juego de provocaciones veladas o directas sobre la posibilidad de un conflicto nuclear en numerosas ocasiones se ha puesto sobre la mesa como elemento de contención. Podremos confiar en ese juego de envites hasta que algún líder o gobernanza lo suficientemente desequilibrada imponga y arrastre a la humanidad a su particular visión de la Historia. Cualquiera que fuera la intención, no se puede ignorar que Bauer fue transparente. Habló de guerra a gran escala e incluso le puso plazo. A finales de febrero, la presidenta de la Comisión Europea instó a los socios a un rearme y a un "despertar urgente en materia de defensa”. Pocos días después, el comisario europeo de Industria, Thierry Breton, advirtió que “necesitamos cambiar el paradigma y pasar al modo de economía de guerra”. Pronto repararemos en que dichas inversiones supondrán recortes en los programas y presupuestos de las políticas públicas sociales. La declaración del estado de guerra o de entrar en economía de guerra, permite al Estado varias acciones de control que para cualquiera de los poderes políticos son interesantes en momentos de decadencia y crisis: planificación de la industria y de la economía, confiscación o expropiación de recursos, patrimonio o bienes y censura, control o recorte de libertades y derechos ciudadanos. La intención de infiltrar el concepto de conflicto a gran escala e instalarlo en el imaginario público de occidente es explícita. Sea por motivos electorales o por darle una salida lucrativa como la industria de las armas a una economía débil y maltrecha, será necesario y prudente estar atentos a las próximas consignas, a sus posibles intenciones y a lo que pueden querer decir de forma directa o entrelíneas. La guerra es también el quiebre traumático por el que se transita para sustituir modelos agotados. Nos encontramos en transición hacia la quinta revolución industrial. La presencia de las máquinas y de la inteligencia artificial va a modificar como nunca antes aspectos fundamentales de nuestra organización colectiva. No creo que se trate de la distopía en la que las máquinas y la IA alcanzan la singularidad, nos superan y nos esclavizan o extinguen. Lo que sí puede pensarse como horizonte posible es que su integración a los procesos industriales y de producción y su penetración en todos los órdenes de las dinámicas sociales humanas van a suponer un quiebre radical en aspectos fundamentales que, nos gusten o no, son intrínsecos e inherentes a nuestra civilización. En ese nuevo contexto, conceptos como la finalidad y el significado del trabajo, la propiedad, la gestión del ocio, la distribución de la riqueza, la estructura institucional, la privacidad o la autonomía pueden verse extremadamente modificados y con ellos, la forma en la que vamos a vivir. No tenemos una Palantir para ver si esa transición será gradual o llegará tras eventos traumáticos y disruptivos que ya han sido o están siendo planificados. Además de una piedra de videncia, en el mundo real y contingente, Palantir es una empresa de software y servicios especializada en análisis de big data muy vinculada a agencias de inteligencia y de gobierno. Su director ejecutivo ha dicho públicamente que ”la empresa es responsable de la mayor parte de la focalización de objetivos en Ucrania”. De igual forma, Rusia tendrá sus propios desarrollos. Ucrania está siendo un laboratorio de pruebas para las nuevas tecnologías y la aplicación de la inteligencia artificial a armamento y tácticas de guerra. En la edición del 26 de febrero, la frase Primera Guerra IA titula la portada de la revista Time. Termina marzo con Lituania y Polonia hablando abiertamente de Tercera Guerra Mundial si Rusia vence en Ucrania. Alguna vez le escuché a un historiador decir que en Europa han tenido lugar más de quinientas guerras en los últimos siete siglos. Un cómputo trágico y violento que le confiere al continente un estatus codiciado y preferente en el tablero de Risk. Hace unos días descubrieron que la guerra organizada y prolongada es más antigua de lo que pensábamos. Tal vez tenga sus raíces en aquel primer proto humano que descubrió lo efectivo que era herir o matar a un semejante golpeándolo con una piedra. Quizá confiamos demasiado en la inteligencia y la cultura, pero no debemos olvidar la biología, porque solo teniéndola presente y conociéndola podremos entenderla y controlarla mejor. En este hemisferio los días comienzan a ser más cortos. De algún modo consuela pensar que estamos muy lejos, si es que la lejanía puede ser un seguro físico y emocional en estos escenarios. Mientras espero para cruzar, leo en uno de los pocos diarios libres de suscripción que a partir de los datos de un estudio estadístico realizado en los últimos meses, por primera vez los jóvenes manifiestan sentirse menos felices que las generaciones de más edad que ellos. También llegan al teléfono las primeras notificaciones sobre un terrible y sangriento atentado en Moscú. Sus consecuencias pueden ser graves e impredecibles. En el caos urbano no se observa ninguna anomalía, nada que indique algo fuera de lo común. Nada extraordinario. Pero los datos de esa encuesta y el brutal atentado son ambos muy mala señal. Busco en Google y registro que el 3 de septiembre de 1939, con apenas algunas horas de diferencia, Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania. En la pantalla aparecen recortes como estos entre las imágenes que rescata el buscador: - Ojalá no nos toque leer los mismos titulares en los diarios digitales que seguimos en nuestros teléfonos. Cuando doy el primer paso para atravesar la calle, percibo que la consigna a la que atiendo automáticamente para moverme no parte del semáforo si no de una luz verde rectangular que está a mis pies incrustada en la acera. Las ciudades terminan por no parecerse a sí mismas. Nosotros tampoco.
- Atender es aprender a esperar
Ives Citton plantea que la crisis de la atención no es algo novedoso y que esta no es generada por los medios, sino por el capitalismo, el contexto socioeconómico que ejerce presión sobre el uso de los medios. Rebelarse, dentro de este marco, es estar distraído. Leímos El eclipse de la atención, de Amador Fernandez Savater, mientras íbamos camino a ver a nuestros hijos. Yo lo leí en voz alta, mientras Germán prestaba atención tanto al camino como a mi voz. El libro trata sobre la atención. Constanza Michelson, en su libro Hacer la noche, señaló que, según un estudio de Microsoft en 2015, en la última década habríamos perdido cuatro segundos en nuestra capacidad de concentrarnos. Ocho segundos es el tiempo promedio que un ser humano mantiene la atención antes de distraerse con otra cosa, un segundo menos que un pez dorado. Constanza se une a la ola de autores críticos con respecto a la cuestión del déficit de atención en una sociedad hiperconectada, hipersaturada y plagada de procrastinadores. Son críticos en el sentido de que plantean la pregunta sobre dónde se encuentra la atención en el presente, desde la lógica de la economía libidinal. Hace algunos años, participé en un panel junto a uno de los neurólogos infantiles más destacados de la Universidad de Chile. Fue en un torneo de ajedrez; a mí me invitaron para hablar sobre el juego, mientras a él le correspondía abordar el tema de la atención. Recuerdo claramente sus palabras: afirmó que la única posibilidad de crear algo nuevo residía en desconcentrarse. Mencionó que la aspiración de dominar la atención de un niño era más bien una necesidad del mundo adulto, alimentada por la creencia de que los niños aprenden al mirar fijamente algo. Pero, sobre todo, resaltó que esta aspiración era impulsada por la necesidad de los adultos de que esas señales de vitalidad propias de las cosas vivas desaparecieran, al menos por un rato. Puede ser que estas reflexiones finales las haya imaginado, tal vez el neurocientífico no las expresó de esa manera, pero lo que quise entender de su conferencia resultó ser un alivio significativo. Nunca he logrado concentrarme en una sola cosa. Mi hijo mayor, en el último año, ha desarrollado un interés inesperado por el fútbol. Ante mi desconcierto, le pregunté cómo llegó a acumular tanta información en su cabeza: futbolistas, ligas, campeonatos, goles, mujeres de futbolistas e incluso rutinas deportivas de cada personaje. Su respuesta fue reveladora: “Mira, saqué todo lo que aprendí en el colegio y ahí coloqué toda esta otra información”. Comprendí que los seres humanos prestan atención por amor y necesidad de compañía más que por cualquier otro imperativo institucional, incluso el materno. La necesidad de pertenecer parece ser el foco central de la atención. Aunque esta información no me resultaba del todo ajena, dado mi rol como psicoanalista y mi estudio previo sobre el tema, pero no todo lo que un psicoanalista estudia o escribe lo sabe realmente. En parte, leer este libro se asemeja a la idea de Simone Weil, quien plantea que solo aprende aquel que se deja “humillar” por lo que desconoce. Es importante destacar que El eclipse de la atención no es un libro de neurociencia, aunque se la mencione, ni es un libro de psicoanálisis, aunque también se lo mencione. En esencia, se trata de un libro de filosofía política. La reflexión sobre la atención se lleva a cabo a través de una conversación que construye una genealogía sobre la atención como acontecimiento, analizando con cada interlocutor las consecuencias de poner en movimiento dicho concepto al interior de sus respectivos pensamientos. El tema central de este libro es la atención, que interroga la presencia. La presencia, entendida como el estar aquí, se convierte en una señal inequívoca de un espacio intersubjetivo. Aunque pareciera simple, estar presente no siempre es fácil; a veces resulta imposible, y de hecho, en ocasiones, para escuchar es necesario estar ausente. Estar presente para otro implica la necesidad de vaciarse de contenidos para escuchar, una paradoja de la presencia cuyo registro evanescente escapa a lógicas cronológicas o físicas. A menudo, sabemos que estuvimos presentes a posteriori, en sueños, chistes, lapsus, desamores y nostalgia. “Atender es, en primer lugar, dejar de atender a lo que supuestamente debemos atender: detener radicalmente la atención codificada, programada, automatizada y guionizada por la búsqueda de logros, objetivos o rendimiento. Si la situación está llena, saturada, nada puede atravesarla; no corre el aire, no hay atención ni deseo”, nos dice Amador en este libro. Este enfoque se relaciona con la idea freudiana de interpretar un sueño, entendido como interpretar cualquier cosa para un psicoanalista. El soñante es el mejor interpretador, y la tarea del analista es seguir la pista a los detalles nimios, aquellos que pasan rápidamente y aparentemente carecen de sentido. Relanzar esos detalles mediante una interrogación puede abrir vías de asociaciones que revelan retoños inconscientes, los cuales, al vestirse con ropas preconscientes, han logrado acceder y ser parte de algo que necesita ser hablado debido a que ya están dichos. Amador afirma que atender es aprender a esperar, una cierta pasividad, pero de forma activa, estando al acecho. Esto contrasta con los impulsos dominantes en la actualidad: impaciencia, necesidad compulsiva de opinar, mostrar y defender una identidad, falta de generosidad y apertura hacia la palabra del otro, intolerancia a la duda, googleo y respuesta automática, cliché. El embotamiento actual de la atención se relaciona con estas formas de saturación. Se trata pues de una definición precisa de atención flotante y de abstinencia analítica. Porque la abstinencia análitica no es quedarse callado a todo evento, sino aprender a leer y hablar de otro modo. No obstante, este modo de atención en el trabajo del psicoanalista puede no ser necesario ni replicable en otros espacios. Las formas de habla en la vida social cumplen diferentes funciones. ¿Qué nos dice la impaciencia de la señora de la escuela palestina que no quería detener el habla de mi amigo Rodrigo Karmy para ajustar la presentación del ppt por Zoom para los que estaban conectados en línea? ¿Cómo se responde a la necesidad compulsiva de opinar, de mostrar y defender una identidad? ¿Qué es la intolerancia a la duda en el espacio social? ¿O la necesidad de confirmación y certeza que en este mundo incierto solo Google nos puede entregar? ¿Cuánto dinero exacto se robó Kathy Barriga? ¿Cuánta mermelada se comió la amante de Piqué? ¿Quién es Peso Pluma? Se habla por hablar, se escucha a medias, se hace por hacer, y en eso hay algo hermoso de los humanos también. Este libro es maravilloso porque contiene la energía de una conversación en la que no siempre estamos de acuerdo, no siempre nos escuchamos ni leemos entre nosotros. Ives Citton plantea que la crisis de la atención no es algo novedoso y que esta no es generada por los medios, sino por el capitalismo, el contexto socioeconómico que ejerce presión sobre el uso de los medios. La crisis de la atención es un problema colectivo, y asumir que estar atento está bien y estar distraído está mal es problemático. Citton argumenta que hay que distraerse del algoritmo, ya que todo lo que llega a través de las pantallas ha sido manipulado a partir de lo que nos gusta o queremos. Rebelarse, dentro de este marco, es estar distraído. Todos coincidimos en que si hay un problema con la atención, es porque tenemos un problema con el capitalismo. Esa es la esencia del asunto. Al final, la espera atenta es como poner un freno a la voracidad capitalista que lo absorve todo. Transformar todo en mercancía es, de alguna manera, convertirlo en algo masticable, tragable, destruible. No todo es mercancía, y lo que amamos debe ser salvado de la necrología del ya. Por eso es importante que existan espacios de “entrada liberada” que operen bajo lógicas de don y deuda filiativa. No toda deuda es negativa, y querer pagar por todo puede ser una forma de rechazar el lazo. Nunca hay ni habra proporción entre lo que damos y recibimos, en ese extra está el enigma del lazo social. Estoy de acuerdo con Bifo Berardi en la forma en que añade al problema de la atención no solo la cuestión de la presencia, sino también la del tiempo. Bifo afirma que el capitalismo es un sistema de deseo sin placer y que para sostenerlo es necesario acelerar el tiempo, manteniéndonos siempre cansados. Vivimos a una velocidad de escuchar audios 2x en todo, incluso en nuestra lucha contra el capitalismo. Hoy es por Palestina, mañana por el apruebo, pasado contra SQM y el sábado contra Milei, y por la tarde, quién sabe. Nadie reflexiona entre medio. Solo reaccionamos desde el afecto y la indignación. Pero el capitalismo nos ha convencido tan profundamente de esto que prácticamente nadie defiende el placer. En una conversación reciente con una amiga, hablamos del tiempo y me descubrí diciendo algo que creo que nunca había compartido con nadie: para el sexo se necesita tiempo. La fantasía de que todo debe ser rápido, como en las propuestas cinematográficas, las series, el porno, incluso si son imágenes deseables, no se puede alinear con el placer. Además, no entiendo por qué tendríamos que tener sexo apurado e incómodo. El sexo para los humanos está en el registro del placer, no de las necesidades vitales. Podemos esperar a tener tiempo para querernos. Eso pienso. Es lindo que Bifo diga entonces que “la afectividad es una dimensión que no puede acelerarse más allá de un cierto punto” y que la relacione con el pensamiento crítico: “la facultad crítica, no es una facultad natural. En el mundo antiguo, en el mundo que llamamos primitivo o salvaje, el pensamiento crítico no era posible porque no existía el instrumento que permitía el tiempo lento del análisis textual. Es la escritura la que introduce el pensamiento humano en la posibilidad de la crítica”. Bifo propone que para resolver el problema de la atención y la aceleración del tiempo es necesario recuperar la conciencia sensible, no como moral normativa, sino como ética de la sensibilidad. La sensibilidad proviene de la percepción del cuerpo del otro como propio, del sufrimiento del otro como propio sufrimiento, y es a partir de este sentimiento que podemos actuar éticamente. No hay ética sin empatía, y solo la empatía configura una ética que no sea policíaca ni obligatoria. Sin embargo, discrepo en que esta empatía provenga del cuerpo de la madre. No creo que exista realmente un declive de la ley paterna, a pesar de que el psicoanálisis conservador sostenga esta idea. Prefiero adoptar la posición de Recalcati sobre la función del padre y universalizarla en la concepción ética que refugia nuestra política. Recalcati propone que lo que salvaguarda la función tercera del padre en su declinación como función simbólico-normativa es la dimensión ética del testimonio. Esta respuesta del padre, como responsabilidad ética, radica en ofrecer una respuesta posible sobre cómo mantener unido el deseo a la ley, cómo sostener la alianza entre el deseo y la ley. Esta responsabilidad ética es lo que en última instancia queda del padre. La disolución del Edipo no implica la salida del padre de escena, sino la acentuación ética de su función, que ha dejado de ser trascendental. El padre encarna la división ética que significa que no todo es devorable. No habla, ni pedagogiza con ella, la transmite cuando se lo ve desfallecer, cuando sufre, cuando lo que hace no alcanza. Ese no es el padre del autoritarismo. Es la ética de quien se sabe vulnerable.
- Las paradojas de lo hospitalario [poética del hospital]
Los hospitales supuestamente son, como dice su nombre, lugares de hospitalidad: nos acogen, nos hospedamos en ellos transitoriamente para ser cuidados, protegidos. Pero, por lo mismo, son también lugares de hostilidad, donde se libra un combate y nos enfrentamos a un peligro. En principio el hospital está de nuestro lado, se supone, pero puede también volverse un lugar hostil por la violencia que implican los procedimientos mediante los cuales se nos cuida y se nos cura (como cuando se habla de un “procedimiento agresivo”), o por la violencia más sutil que puede ejercer la disciplina médica, basada en la superioridad de un supuesto saber que puede volverse impositivo, arbitrario, autoritario si no se ejerce adecuadamente. Derrida y Foucault han dicho mucho sobre esta ambigüedad de toda ley y de todo sistema de saber organizado como una herramienta de poder. Los hospitales son lugares extremadamente regulados, regidos por una disciplina casi militar en su respeto por las jerarquías (entre internos, enfermeros y doctores, distinguidos por sus uniformes, por ejemplo). Es un lugar que nos impone reglas de conducta, códigos de control: no gritar, no correr por los pasillos, despertar, dormir y alimentarse a ciertas horas. Algo hay en esto no solo de un hotel, con el que el hospital comparte los servicios de alojamiento y alimentación, sino también de un viaje o un vuelo en avión, un tiempo en el que estamos confinados a un espacio finito con sus propios ritmos y reglas. Como en un avión, nos traen comida en bandejas, y hay pantallas donde se proyectan películas para pasar el rato, junto a las pantallas donde se proyecta información de turnos, exámenes, monitoreo. A los hospitales se ingresa en principio por voluntad propia o de quienes nos cuidan (internarse, decimos, como si se tratara de un bosque o de un laberinto), pero no se sale solamente por decisión propia. Tienen que autorizarnos, darnos de alta, dejarnos salir como de un colegio, manicomio o cárcel. Ser paciente es también someterse a esta deposición de la propia voluntad, aceptar que otros tengan acceso y control sobre nuestro cuerpo. Esta entrega puede ser un alivio, pero también invasiva y exasperante: te causan dolor o lo controlan, lo calman o exacerban, te administran de un modo que a veces te anula. Te vuelves un cuerpo animal reducido a sus funciones básicas: infantilizado, anestesiado, monitoreado, invadido. El hospital es un lugar de cuerpos, de vida en su acepción más inmediata, biológica, cruda, y es por lo tanto también un lugar amenazado constantemente por el fantasma del fin de la vida, expuesta al riesgo de la muerte. El hospital está lleno de cuerpos tendidos en camas, abiertos, examinados, medicados, pero está habitado también por quienes acompañan a esos cuerpos, el personal del hospital y todos quienes estamos allí como visitas, como acompañantes, en principio eximidos de riesgo y peligro, típicamente inquietos por el destino de quienes acompañamos. A partir de una idea de Susan Sontag, Lihn escribió en su diario de muerte estos lúcidos versos: Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad pero, a la larga, eso no tiene sentido Duele separarse, poco a poco, de los sanos a quienes seguiremos unidos, hasta la muerte separadamente unidos. Por mucho que nos preocupemos, sostengamos la mano, abracemos, acariciemos, no podemos ponernos en el lugar de otro que siente dolor, no podemos compartir su dolor, y esto produce una soledad irreversible, una separación implacable y exasperante entre el paciente y quienes lo rodean, y una solidaridad con los otros pacientes que comparten esta condición. Una comunidad de camas. El hospital es un lugar de cuerpos, pero también, cada vez más, un lugar de máquinas, un lugar de sofisticadas tecnologías para administrar el cuerpo, invadido por sondas, rayos X, ondas electromagnéticas, vías intravenosas y químicos que entran por ellas o por los orificios del cuerpo. El propio hospital se asemeja por momentos a una gran máquina o a un gran cuerpo del que enfermeras, enfermos y visitantes somos las células. Una máquina eficiente, automatizada, regular como un reloj y compleja como un computador, un cuerpo organizado según ritmos asociados al día y la noche, la alimentación y el sueño. Recuerdo una obra de la artista Francisca Aninat sobre la que alguna vez escribí: se llamaba “Patio de luz”, y era una instalación que reunía objetos e historias dispares recopilados en el hospital San Juan de Dios junto a extraños artefactos fabricados por pacientes y familiares en los tiempos muertos y libros que recopilaban dibujos e historias de ese lugar donde muchos vieron por primera y por última vez la luz, o por el que pasaron por un tiempo para regresar a ella. Una acumulación de cosas entrelazadas con relatos, desechos obsoletos y registros, huellas y memorias, un intento de rescate de los cuerpos y las vidas olvidadas a través de los lugares por los que pasaron. ¿Hay una erótica del hospital, marcada por la exposición de los cuerpos en su intimidad y por la proximidad de la muerte, que anima a exacerbar la pulsión vital? Siempre se puede fantasear con ella, y con todo tipo de perversiones imaginarias en las que se asocien placer y dolor, enfermedad y amor, pero una de las operaciones que parece efectuar el dispositivo hospitalario es deserotizar el cuerpo, desprovisto desde su ingreso de su capacidad de sentir o provocar deseo. Recuerdo una ocasión en que, despertando de la anestesia necesaria para una operación, tuve que orinar con una sonda. Mi sexo literalmente dormido e insensible era todo menos un órgano erótico, manipulado por manos expertas como si se tratara de cualquier lugar del cuerpo, desprovisto de todo tabú y por lo mismo de todo interés particular. Más que una erótica, entonces, hay una asepsia. Como si la prevención del contagio requiriera también la anulación de toda mixtura o promiscuidad de los cuerpos. El cuerpo enfermo se aísla y anula en tanto que cuerpo deseante o deseable, se convierte en un documento hecho de síntomas legibles de manera unívoca y ya no de invitaciones o rechazos ambiguos. La asepsia intenta evitar el contagio, pero tiene también su reverso: las infecciones contraídas en los hospitales son las más temibles porque son causadas por virus o bacterias fortalecidos por su exposición a un ambiente adverso. Otra vez, la hostilidad al interior de la hospitalidad es la más peligrosa. No hay música en los hospitales, son lugares en principio silenciosos en los que resuenan los pasos de quienes se desplazan por los pasillos, los pitidos de los monitores, el habla chillona de los televisores y a ratos el llanto de algún niño o los gemidos de un vecino de pieza. ¿Será tal vez la ausencia de música otro signo de la anulación del deseo? En los hospitales privados se siente también el rumor del dinero como una presencia ominosa, una amenaza implícita constante. Todo se cobra, aunque no se sabe hasta el final cuánto tendrás que pagar, a qué equivaldrá el pagaré que te exigieron firmar al ingreso. En un libro reciente titulado El supermercado de lo visible, Peter Szendy propone pensar una “iconomía”, una economía de las imágenes a partir de la idea de Deleuze de que el dinero es el reverso de todas las imágenes del cine. En el caso del hospital, podríamos pensar el dinero como reverso del cuidado de los cuerpos, de la vida y la enfermedad, el dinero como flujo sanguíneo o suero, transferencia o transfusión que circula entre cuerpos, nutriendo algunos y desposeyendo otros. La sangre de la sociedad. “Sexo y dinero”, escribe Caetano Veloso en una magistral canción compuesta para el último disco de Gal Costa, “son espíritus desiguales (…). No pueden cruzarse jamás. Sexo y dinero son formas de liberación. Pero el dinero es una abstracción y el sexo una concreción: luz, instancia dispar sin denominador común. Pero ambos nos hacen ser seres de base igual…”. Salud, dinero y amor, dice el brindis, enumerando tres cosas que supuestamente garantizan la felicidad, o el menos la hacen posible. Tres cosas inconmensurables, tres caras de la vida en las que se entrelazan el cuerpo, los otros, la necesidad y el lujo. El hospital simplifica y reduce la vida, elimina el amor de la ecuación. Se puede amar en un hospital, pero es un amor enrarecido, suspendido, sin oxígeno, que espera la restitución de la salud para ejercerse libremente. Al salir del hospital, si salimos vivos de allí, vemos el mundo con ojos distintos, como si hubiéramos estado a punto de abandonarlo, iluminado con extraña vivacidad, teñido por el cansancio de las noches sin dormir o el cuerpo intervenido por violencias que, nos dicen, aseguran su supervivencia por un tiempo más, prolongan su estadía siempre transitoria en el país de los sanos.












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