Barbarie pensar con otros
Revista de pensamiento y cultura
info@barbarie.cl
www.barbarie.lat
<!-- Google Tag Manager -->
<script>(function(w,d,s,l,i){w[l]=w[l]||[];w[l].push({'gtm.start':
new Date().getTime(),event:'gtm.js'});var f=d.getElementsByTagName(s)[0],
j=d.createElement(s),dl=l!='dataLayer'?'&l='+l:'';j.async=true;j.src=
'https://www.googletagmanager.com/gtm.js?id='+i+dl;f.parentNode.insertBefore(j,f);
})(window,document,'script','dataLayer','GTM-MNF8HCS');</script>
<!-- End Google Tag Manager -->
<link rel="icon" href="/path/to/favicon.ico">
Resultados de la búsqueda
Search this site
Se encontraron 1250 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- Germán Carrasco
Para las urracas o el abatido nido de sus ojos brillan los tesoros: sillas de ruedas, baratijas en manos virginales, en regazos. Capta su plasticidad: el sol puede afiebrarte como a un recién nacido o a un raquítico y afectado manos finas al concentrarse en los trozos brillantes de una botella rota en plena acera, al asolar y desolar las fachadas continuas de esta parte; al enmarcar defectos físicos, bellezas excesivas; al cruzar parabrisas y ojos claros. No es justo decir que afea el día cuando pone un velo de bruma sobre el género insidioso, acentuado de las cosas ni culpar a la noche de la traición, el crimen o de los últimos sucesos, cualesquiera que estos sean. Un buen día (se podría decir) a pesar de la engañosa apariencia del sol sobre las cosas. Además, recuerda lo terrible que fue ver (aunque por algunos segundos) al sol como una moneda vieja o una ampolleta de bajo voltaje hace algunos años, en el eclipse, en Putre. -- Del libro ‘La insidia del sol sobre las cosas´ Germán Carrasco Ed. Dolmen 1998 - Imagen obra: Umbral Federico Assler 1969
- Catalina Mena Larrain
Hablas impetuosamente y tus palabras me traen el mundo. ¿Cómo podemos hacer que el mundo exista sin partirnos en dos? Podríamos jugar con intervalos de tiempo. Por ejemplo, usar 16 letras, 8 comas, 4 guiones, 2 puntos. Y así que quede abierta la frase, esperando que llegue algo a contratiempo. Podríamos arrancarnos, correr apuradas hacia un delante sin detrás. Cuando el mundo se iba a acabar, soñé que la humanidad entera se precipitaba al océano para salvarse o ahogarse. ¿Sabes? Hace unos días atrás volví a soñar con agua. Soñé con la tina del baño que había en nuestra casa de infancia. La tina se tapaba y cuando iba a mirar, sacaba del desagüe un puñado de pelos. Eran pelos de mujer. Pero no era mi pelo. -- Texto del libro Ilusión óptica Catalina Mena @catalina_menal Editorial Las Bacantes 2026 @lasbacanteseditorial - Imagen: pastora dasanesh, Etiopía
- Victoria Herreros
En esta casa, todos los espejos están rotos, desde que no estás, nos reflejamos desfigurados y por partes, tus bellas fotografías ocupan su lugar, pero están malogradas, y descoloridas, como un viejo recuerdo, con medio cuerpo en el olvido, porque tu nombre no se pronuncia, porque tu ausencia nos acompaña desde lejos, pero implacablemente, porque un pájaro gris vino una noche a buscarte, y se desangró por los ojos, porque le sostuviste la mirada, hasta que, ciego se azotó contra todo lo que podía trizar. En esta casa, todas las ventanas están quebradas, las dejamos así, porque te esperamos con ansias, pero tu recuerdo póstumo se fractura pisando los cristales desperdigados, porque el retorno es una mera ilusión, en la que aún insistimos en creer, nadie retorna, menos tú, porque el pájaro gris te vigila con ojos rojos desde lo eterno, porque las tumbas son prisiones certeras y absolutas, porque no cerraste los ojos ante lo inminente, porque no te queda carne en los huesos, y porque desde que no estás, tu nombre no se pronuncia, tu nombre no se pronuncia, Beatriz. - - Texto del libro Beatriz Victoria Herreros Schenke @vicherreros Editorial Signo, 2017 - Imagen: pastora beduina - Hadramaut, Yemen
- Héctor Lira
una oleada de hierbas revienta contra los edificios arrastra rumores de erupción desde napas subterráneas una bestia mira una flor como si hubiese brotado de su mano —nace una deuda o acaso un fruto tibio todavía sobre su placenta una manada de oficinistas huye hacia los árboles quisieran oír cómo suena el mar en una nuez y no el ruidito de los huesos trabajando una oreja por cada hoja auscultan el pulso de una raíz tabular un ojo en cada nudo -- Texto del libro Recurso Humano Héctor Lira @lira_bot Editorial Deriva 2019 - Imagen: pastora andina, Perú
- Francisco Undurraga
a mí me parecen más bellas irresueltas dije y transferí mi vena bruma el otro que busco sueños cultivo repetición de gestos doble engranaje facultad de extinción caminata por el bosque en las costillas de vacas flacas haré mi trampolín -- Fragmento del libro TR3S Francisco Undurraga @paco_undu Ed. Los perros románticos [2025] - Imagen: Cristóbal Riesco @cristobalrie De la serie Dead hours IAG
- Soledad Fariña
Con este lazo rojo Salgo loba a la calle corro por la calle elevando remolinos de polvo así no me ven Abro puertas fauces llaves dejo las llaves abiertas las puertas abro las fauces elevando remolinos de polvo Así no Me ven Agazapada a tu espalda hundiéndote los dedos dónde llamar agoté las fichas no hay más fichas no hay más números dónde llamar -- Del libro Narciso y los árboles Soledad Fariña @solfar43 Editorial Cuarto Propio [2001] - Imagen: Cristóbal Riesco @cristobalrie De la serie Dead hours IAG
- Pablo Fante
Las pantallas relucen ante el ojo, lo iluminan con sueños de otras vidas, historias en pixeles y con líneas que imprimen las cortezas a su antojo. Se rinde el ojo ante la luz tupida, fascinado por sus brillantes textos. Se entrega la pupila al movimiento de adorar la pantalla cual polilla. Se agitan los pixeles en su oleaje, creciendo más allá de lo visible con su urgente mensaje que nos tiñe. Cierro el ojo y apago la vorágine. En el párpado fulgen otros fuegos: en la gruta consciente brilla el cuerpo. -- Del libro Pantallas Pablo Fante @pablo_fante Las Bacantes Editorial [2025] — Imagen: Cristóbal Riesco @cristobalrie De la serie Dead hours IAG
- 73
No entramos en contacto con el enigma cuando lo develamos sino cuando él se oculta en nosotros. El custodio no sabe lo que custodia hasta mucho más tarde, y a esa demora tiene que atenerse. Comienza este trabajo de preservación con un gesto casi arbitrario de no entender lo que se hace. Cuidar sin saber lo que se cuida, sin siquiera adivinarlo. Ocultar el enigma incluso de sí mismo, y del posible desgaste en el empeño por revelarlo. Hacerlo con tal prolijidad que en algún punto se sorprenda uno cuidado por el enigma.
- Una réplica de la primavera
[sobre Año interior, de Jaime Sepúlveda Llevaneras] Hace un par de meses, en China, en una de las mesas giratorias donde se suele servir la comida, la camarera colocó un platito con unas misteriosas nueces amarillas. Mientras giraban una y otra vez, nuestro grupo intentó descifrar qué eran, sin mucho éxito. Finalmente, la camarera nos dijo: son semillas de ginkgo cubiertas de miel. El sabor era ligeramente amargo y medicinal, que la miel dulce solo disimulaba parcialmente. Efectivamente, resulta que esta semilla se usa con frecuencia en la cocina china, pero también en la medicina tradicional china, debido a sus múltiples propiedades beneficiosas para la salud. Con más frecuencia que las semillas, son las hojas las que se utilizan como suplemento. El ginkgo está disponible en forma de pastillas, y sus hojas también se pueden infusionar en agua y beber como té. Aunque la ciencia médica aún no ha comprobado estas afirmaciones, algunos profesionales de la salud hacen afirmaciones asombrosas sobre el ginkgo biloba, basadas principalmente en su capacidad para aumentar la circulación sanguínea, lo que, entre otros efectos, supuestamente puede ayudar a mejorar la capacidad cognitiva, revirtiendo los efectos del Alzheimer, por ejemplo. En China, el ginkgo biloba también goza de fama por su resistencia y longevidad. Este árbol, con sus grandes hojas en forma de abanico, es monstruoso en el sentido de ser extraño, extraordinario e intimidantemente grande, evocando lo lento y lo antiguo en una época de progreso y velocidad. Técnicamente, es un fósil viviente, que ha sobrevivido desde la era de los dinosaurios; es capaz de sobrevivir en diversos climas y en ciudades con altos niveles de contaminación, desplegando sus frondas verdes y flores amarillas, y produciendo sus semillas, tanto en los mejores como en los peores momentos. Por ello, se le ha considerado un símbolo de supervivencia ante la adversidad. Incluso sobrevivió al bombardeo atómico de Hiroshima; los árboles cercanos a la zona de la explosión volvieron a brotar al cabo de pocos meses. Hablo tanto de la gingko biloba porque está en el corazón del poemario tranquilo y sutil de Jaime Sepúlveda Llevaneras, Año interior, centrado en un período de introspección y meditación del poeta. La flora, con sus ciclos de muerte, vida y renovación, se convierte en metáfora. La hoja del gingko aparece en la portada del libro con su doble fronda, y el gingko también aparece dentro de los poemas. Déjame leer el primer poema completo: El Gingko que observa con sus hojas pie de pato es sagrado en este monasterio cuando las hojas se tornan amarillas solemos asignarles nombres de mujeres nombres que nunca había escuchado el árbol de los cuarenta escudos ha sobrevivido, la corteza parda por más de ciento cincuenta años Yah-Chio no pierde la memoria el impulso de la sangre. Después de la oración tomo distancia observo desde lejos el Gingko sus hojas pie de pato se transforman ahora son abanicos de un sueño templado y húmedo.Yah-Chio es el término chino para ginkgo biloba, y un interés abstracto por China y una suerte de filosofía budista también están muy presentes en este libro, al igual que un interés por lo terrenal y lo material. Esto no tiene por qué ser una paradoja; para Sepúlveda la filosofía no es algo abstracto, sino algo muy práctico, una herramienta para la vida. Lo material y el mundo natural se convierten en un contrapeso a la fantasía, a los delirios que a veces crean mundos mentales ajenos a la realidad. (No recuerdo qué escritor argentino una vez elaboró una lista de consejos para la felicidad, que incluía escribir literatura realista y evitar a toda costa la ficción especulativa . . .) El libro de Sepúlveda se divide en cuatro secciones: «Estaciones», «Días», «Meses» y «Lunas». Hay algo no del todo lineal, no del todo cronológico, algo que escapa al análisis crítico, y que me resulta atractivo. ¿Cuál es la relación entre Estaciones y Lunas, por ejemplo? ¿Se trata de una lógica circular, o acaso el paso de las estaciones a las lunas sugiere un calendario distinto? Cada sección está precedida por un epígrafe, de Charles Wright, Albert Camus, Louise Glück y Li Po, respectivamente, quienes representan tradiciones poéticas y culturas diferentes a las que se suelen asociar con la poesía chilena o latinoamericana, pero que comparten el interés por una poesía centrada en el preciso instante de la introspección existencial, donde las simples observaciones de lo cotidiano dan paso a transformaciones. Sepúlveda cita el famoso poema de Li Po sobre un hombre en la naturaleza con una jarra de vino, solo y a la vez acompañado, pues bebe con la luna. Sin duda, hay peores maneras de afrontar ciertos momentos que esta. Aquí me gustaría citar otro breve poema de Du Fu, otro poeta de la dinastía Tang, que leí hace poco. Es uno de sus primeros poemas, que escribió durante un período de decepción tras fracasar en el examen del servicio civil imperial, importante para conseguir un trabajo. Después de esto, emprendió un viaje que lo llevó a una montaña sagrada y dejó estos versos. Monte Tai—¿Cómo es? Su azul infinito se extiende por las provincias de Qi y Lu; Aquí el Creador reúne maravillas divinas, Sus escaleras norte y sur, yin y yang, separan el crepúsculo del amanecer. Pechos que se alzan—nubes estratificadas en crecimiento, Ojos desbordados—aves que regresan; Un día yo también ascenderé a la cima más alta, Donde, en una sola mirada, todas las demás montañas se desvanecen. —traducción al español combinando dos versiones en inglés, de Daniel Hsieh y Frank Watson. Los distintos aspectos de la geografía se corresponden con diferentes atributos éticos y con periodos de oscuridad y luz. La naturaleza, ya sean montañas, árboles, piedras o animales, a menudo nos atrae, quizá por su capacidad de subsistir con instinto y perseverancia, más allá de las decepciones de la razón. Hablo de instinto y perseverancia porque, en una primera lectura, el estilo de los poemas de Sepúlveda es deliberadamente sobrio, de tono uniforme y elusivo. El motivo exacto de su introspección queda ambiguo, aunque, como en la mayoría de las búsquedas espirituales, probablemente se encuentre arraigado en un momento de profundo sufrimiento. En este libro percibo un anhelo de tranquilidad alimentado por diversas corrientes espirituales y tradiciones culturales, que buscan reconciliarse con el cambio y la transitoriedad de la vida. Hay referencias reiteradas a un monasterio, un espacio de contemplación, silencio y cercanía a la naturaleza, que bien podrían aludir al jardín del propio poeta. Y como ya comentamos, aunque originalmente no sea un símbolo budista canónico como el loto o el árbol bodhi, el ginkgo puede considerarse un emblema del pensamiento budista, que simboliza la resistencia, la compasión y el desapego de los deseos mundanos. Dicho esto, hay momentos en que Sepúlveda rompe con su tono meditativo y parece rebelarse contra su condición y la falta de deseo que ha cultivado, revelando otras emociones de frustración o ira. En lugar de intentar negarlas, se permite sentirlas como parte del proceso cíclico del libro. Ciertos símbolos, como la lluvia, fuerza a la vez destructiva y transformadora, acompañan estas emociones. Hay muchas otras metáforas poderosas en este libro, muchas de las cuales tienen que ver con atreverse a mostrarse, a revelar aspectos o talentos hasta entonces desconocidos, a florecer o dejarse mostrar como los frutos del caqui, y luego, finalmente, también a permitirse hundirse de nuevo en la tierra, en un tiempo que termina como el cuerpo, volviendo a las raíces, a una humedad fundamental. El poeta escribe: Vuelvo a mirar el jardin el fluir del mundo del verde al rojo del rojo al castaño. Vuelvo a las cosas reales para limpiar mis delirios repito la plegaria ya somos miembros. El cambio de colores y el proceso de la vitalidad a la decadencia y de regreso a la vitalidad es algo que vivimos y presenciamos de forma acelerada en la naturaleza, como una especie de anticipo de lo que está por venir. Y todas las emociones forman parte de este proceso, aunque podemos gestionarlas peor o mejor. En este poema, también me llama la atención la oración «somos miembros». ¿Se refiere «miembros» a la pertenencia a algún tipo de comunidad o grupo, o a partes del cuerpo, las extremidades? Espero que no esté fuera de lugar mencionar el álbum King of Limbs de Radiohead, es decir, El Rey de las Extremidades, cuyo título, según una entrevista, está inspirado en el ritmo. El ritmo es el rey de las extremidades, y la falta de ritmo es la muerte. Esta idea tan simple está presente en toda la naturaleza y sus pulsiones, por supuesto. Pero también inserto esta mención al rock por otra razón. Cuando Javier Llaxacóndor me invitó a presentar este libro, pensé que se refería a otro Jaime Sepúlveda, el líder de una conocida banda de rock chilena. Me alegró descubrir que en realidad era un nuevo poeta que no había conocido antes. Quizás todos tenemos vidas alternativas, posibilidades que pueden florecer. En efecto, en diversas tradiciones místicas —y este libro del poeta Sepúlveda está profundamente comprometido con lo místico— la idea del doble o la réplica posee un poder especial. Cito otro poema: Durante el otoño existe un momento una réplica de la primavera aromas que se asoman por última vez a la ventana como un místico que lo entendió todo y guardó silencio.En este poema, el aroma que llega en otoño es una réplica del de primavera. Pero Sepúlveda no trata estas réplicas como ilusiones, como engañosos veranitos de San Juan que vienen y van dejando un invierno más profundo, sino como momentos de una verdad aún más profunda. ¿Cómo funciona eso? Interpreto la palabra «réplica» en «una réplica de la primavera» no como copia, sino como respuesta. El aroma forma parte de un diálogo secreto entre las estaciones, que hablan y contestan, una conversación que no se da con palabras, sino con otras formas de comprensión. Sepúlveda menciona la palabra dignidad, que en el uso común suele significar la actitud que se mantiene, por lo general por la gente sin recursos o poder, al sufrir injusticias sin quejarse. La verdadera dignidad quizá no implique el intento de reprimir las emociones, lo cual tiende a generar reacciones explosivas, tanto a nivel individual como social, sino más bien crear las condiciones para una vida plena. Sobrevivir no basta; para prosperar se necesita, como el árbol, raíces, humedad, un lugar donde crecer hacia un cielo expectante: un desarrollo significativo. Para ello, son necesarios el deseo y el cambio, no solo la inmovilidad. El deseo de acabar con el deseo, la urgencia de vivir con la mayor intensidad posible pero también de encontrar la calma, tienen en su interior una paradoja amarga como la semilla de ginkgo; una filosofía vital se abre a estos cambios de energía, a estos flujos estacionales. Sepúlveda busca un libro de consejos, más que de meras instrucciones; este libro se lee como un intento de dar forma al tiempo, de tender la ropa en el tendedero en lugar de acumular la experiencia, para ocupar una de sus metáforas. Un ejemplo para todos nosotros podría ser el ginkgo de Xi’an, la antigua capital de China, ubicado en el antiguo templo de Guanyin. Cada otoño, sus hojas se tornan de un amarillo brillante, como si vistiera un «abrigo dorado». Se dice que el emperador Taizong de la dinastía Tang lo plantó personalmente, y que después de 1400 años se mantiene frondoso y lleno de vitalidad. El secreto parece residir en que crece justo encima de un manantial con el que conserva una relación simbiótica. El árbol y el manantial se nutren mutuamente, de una forma saludable. En lugar de sucumbir a las emociones y su potencial destructivo, o intentar reprimirlas, las amistades y relaciones sanas —y quizás la poesía— pueden ayudar a que estas emociones fluyan de una manera más rica y simbiótica, para que podamos perdurar con buena salud, en un estado simultáneo de cambio y constancia; si no durante miles de años, al menos en esta luminosa existencia. - Año Interior Jaime Sepúlveda Las Bacantes, 2025 Imagen de cabecera que ilustra el texto en homepage: generada con IAG por Cristóbal Riesco > @cristobalrie
- 74
Al trance del júbilo le sigue primero un regodeo en su evocación y más tarde la insistencia en que recurra. Pero el júbilo acontece por asalto. Que infunda este anhelo de retorno no es asunto suyo, por más que parezca una consecuencia anticipada, o deducida, de su advenimiento. Me pregunto si hay un camino al júbilo, si podemos entrenarnos en una voluntad que le permita entrar en nosotros sin que ningún acontecimiento excepcional lo precipite. Tendría que ser una disposición natural y, sin embargo, fruto de un largo esfuerzo. Una astucia largamente cultivada para sosegar al júbilo, hacerlo entrar en confianza como si no tuviésemos intención de retenerlo, como si estuviésemos bien dispuestos para una relación puertas afuera.
- El amante y el amado
[sobre La balada del café triste, de Carson McCullers] Se es amante del otro incluso mucho después de que la historia termina. El cuerpo sigue haciendo, macerando, cocinando, hirviendo los detalles del amor, aunque no esté. Aunque haya terminado para siempre. La traición de mi lengua, Camila Sosa Villada Hay pueblos que parecen difuminar su pedacito de mundo. En La balada del café triste, Carson McCullers dibuja la anatomía secreta de ese fragmento: un territorio detenido, silencioso, donde las casas sostienen desde hace años el eco de una desgracia. Allí, entre polvo, calor y miradas que se estiran, se organiza la historia de Miss Amelia, del jorobado Lymon y de Marvin Macy. Pero lo que la novela pone en escena no es un triángulo amoroso, sino algo más preciso y más inquietante: la desproporción. Porque el afecto —cuando ocurre— rara vez se reparte con justicia. Siempre hay alguien que ama y otro que apenas respira dentro del deseo ajeno. En esa asimetría se funda una de las encarnaciones más tenaces de la soledad. En el núcleo de la obra aparece una intuición que funciona como teoría íntima del amor: existen dos arquetipos inevitables, el amante y el amado. El sentimiento puede ser compartido, aunque nunca sea equivalente. La voz del narrador, que interviene con la distancia analítica de un cronista o un coro antiguo, lo precisa en las páginas de la novela: «La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello [...]. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja [...]. Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor». El primero vive inclinado hacia el otro, sostenido por una espera que organiza su realidad. El segundo, en cambio, habita una distancia que no necesita justificarse. A veces ignora la intensidad que provoca; otras la recibe sin llegar a comprenderla por completo. Esa lejanía no es un accidente del lazo afectivo: es su condición. Y el amante no solo la padece; también la necesita. Porque es allí, en lo que no se deja colmar, donde el deseo alcanza su expresión extrema. El amado no es el simple emisor de una negativa. Es una superficie de proyección: algo acumulado durante años encuentra, de pronto, un lugar donde fijarse. El sentimiento no nace en él, pero se revela a través de su figura. En esa revelación, quien ama no descubre tanto al otro como la magnitud desconocida de su propia herida. El amor aparece entonces como un acontecimiento tardío. Llega cuando aquello que lo hace posible ya está, en algún punto, marcado de manera irreversible. Miss Amelia parece, al comienzo, ajena a ese destino. Su cuerpo fuerte, sus manos ásperas, sus botas de caña alta y su modo seco de ocupar el espacio la ubican fuera de cualquier código convencional del deseo de la época. Su singular corporalidad parece blindada; sin embargo, es allí donde ocurre lo inédito: el afecto no elige lo que encaja, sino lo que desarma cualquier lógica. La llegada del jorobado Lymon introduce una fisura en ese cofre de apariencia sellado, abriendo una vulnerabilidad radical que vuelve su experiencia más honda. Amelia abre el café, limpia las mesas, deja las luces encendidas hasta la madrugada. El pueblo —una comunidad estancada y alienada— reorganiza sus noches alrededor de ese espacio, consumiendo el drama ajeno para escapar de su propia apatía. Porque el amante no borda un vínculo: construye la materia de una espera. Levanta un universo para que el amado, aunque sea por un instante, pueda habitarlo. La tragedia se vuelve visible en la dirección torcida del anhelo. Amelia ama a Lymon; Lymon se inclina hacia Marvin Macy; Macy permanece encerrado en su propia violencia. Nadie alcanza a quien desea. El amor circula sin reposo, desplazándose de un cuerpo a otro. La novela no organiza un triángulo sentimental: organiza una cadena de desajustes. Y en ese tránsito revela algo más incómodo: el amor casi nunca coincide. Llega desfasado. También en El amante, Marguerite Duras escribe: «Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde». La frase parece contener un nervio que recorre en silencio la novela de McCullers: ciertos encuentros llegan para alterar los pliegues del tiempo. No porque duren, sino porque continúan irradiando mucho después de haber concluido. Algo se desplaza entonces en quien ama. El mundo sigue avanzando, pero la experiencia permanece suspendida en una zona difícil de nombrar, como si una parte de la vida hubiera quedado para siempre mirando hacia ese instante. La disparidad radical explica por qué el lazo se vuelve insoportable para quien lo recibe de forma pasiva. El exceso de voltaje del amante deviene en una fuerza invasiva que el amado termina por rechazar. La propia autora refuerza este desamparo en otro pasaje de la obra: «La mayoría preferimos amar a ser amados. [...] El amado teme y odia al amante, y con razón, pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado. El amante fuerza la relación con el amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor». Por eso, la verdad que se desplaza aquí no reside en la violencia de Marvin Macy ni en la traición de Lymon. Ocurre cuando el amante descubre que el mundo construido dependía por entero de la presencia del amado. El café de Miss Amelia —sus mesas, su luz en la noche, las conversaciones suspendidas— no es más que la forma visible de ese entramado interior. Cuando el amado se retira, no se derrumba solo una alianza: se desarma una estructura entera de sentido. Después no llega el vacío absoluto. El pueblo recupera su monotonía y el café vuelve de a poco a la penumbra. Sobre las mesas queda polvo; las ventanas se cierran otra vez; la madera conserva el olor del alcohol y del calor acumulado de los años. El café ya no es lo que fue, pero tampoco es pura ausencia: es un resto. Como ciertas manchas de tuco sobre una camisa blanca: el tiempo las atenúa, las vuelve menos visibles, pero nunca consigue borrarlas para siempre. Como señala Paulina Flores en el prólogo del libro, el universo de McCullers está hecho de presencias que persisten incluso después de desaparecer. Ese vestigio no es recuerdo, sino una forma de existencia desplazada: algo que ya no pertenece al presente, pero tampoco se deja chupar por el pasado. Por eso el amor del amante no concluye: se repliega, se aquieta, muda su piel. Se vuelve más tenue, más opaco, pero no desaparece. Permanece en una zona casi imperceptible, como ciertas dolencias —várices del afecto— que trazan bajo la piel un mapa secreto del tiempo. Alguien puede ignorarlas durante años. Después, una noche cualquiera, regresan con una leve pulsación bajo la carne. Y entonces retorna. Vuelve ineludible en un nombre. En una foto. En el perfume atrapado durante años entre las páginas de un libro. - Imagen de cabecera que ilustra el texto en homepage: generada con IAG por Cristóbal Riesco > @cristobalrie
- Desvaríos de un microdramático compulsivo. Sobre "Microdramas".
I “Un microdrama es una escena en la que alguien se juega un pedazo de vida”. Así abre Microdramas. El peso de leve, un conjunto de ensayos o de crónicas —acaso una novela— sobre los pequeños dramas que componen la existencia. Su hibridez seduce y las escenas invitan a la identificación o a la búsqueda de los microdramas propios. No será difícil encontrarlos: del microdrama no se huye; deja una marca muy profunda y personal, irreconocible y subestimable para los otros, como cuando te muerdes el labio hasta romperlo de puro nervio o de pura rabia. Directa, aguda y con ironía fina y mordaz, Constanza Michelson disuelve la frontera entre lo personal y lo público, y a través de retazos de historias, momentos y fotografías de lo aparentemente fútil, realza su insospechado peso para la existencia. A través de puertas entreabiertas el lector vislumbrará pequeños dramas del tamaño del mundo. Pedazos de vida en juego que, como en un dibujo de puntos, al unirse forman una figura. Un espejo. Nuestro rostro, así, sin filtros. Extrañamente extraño y real. Uno de los primeros ejemplos de microdrama que ofrece Michelson, aparece en su Crónica de un impulso. Parte así: “me levanté en pijama, caminé a la cocina, tomé las tijeras. Las miré un momento, como si hubiera olvidado para qué sirven. Verifiqué que no tuvieran restos de comida. Luego fui al baño. Tomé un mechón. Corté. Sin medir, sin simetría.” Este acto, lejos de buscar una mejora estética —pues ella misma admite que termina viéndose peor—, persigue el objetivo existencial de "ser otra en dos minutos" y establecer un "milímetro de distancia" consigo misma. Eso en principio, pues luego viene la otredad a hacer lo suyo: los hijos y el hombre. Los primeros parecieran reclamar a la madre original, exigirla. El otro, no dice nada. Recuerdo una película de terror sobre dos gemelos que, al encontrar a su madre con la cara vendada tras una cirugía estética, empiezan a sospechar que ha sido suplantada por una impostora. El horror de los hijos, más allá de los detalles propios de la película, se contrapone a la posibilidad de anhelo de un cambio propio, de una búsqueda de esa singularidad, como si la madre fuese solo ese rol y nada más. La imposición de esa mirada ajena carga con el horror de la mirada del lobo. El verdadero terror. (Nota al margen: no importa lo que hagas, siempre criarás cuervos.) Un microdrama, entonces, lucha contra la mirada del otro, aquella que amolda, clasifica, reduce. Pero también contra la propia y las filtraciones del deber ser al punto de extraviarse. El microdrama es micro, claro, pero busca su presencia, su impronta. Dice aquí estoy. Esto soy. Y qué tanto. II En Tema libre, el escritor Alejandro Zambra dice que los temas de la literatura podrían reducirse no a dos, como se suele enseñar en las escuelas: amor y viaje, sino a uno nada más: pertenecer. Y es que esa es la historia de lo humano: ser parte de algo más. Rehuir a la verdadera respuesta a la pregunta ¿esto es? Pertenecer. O un sinónimo forzado: hallarse. No me hallo. Ser parte de sí mismo. Encontrar el ritmo, el propio, bailar a la pinta de uno y que por ahí nos sigan. Que el ritmo —o el ruido— del mundo se adecúe a nuestros pasos y no al revés. Nadar contra la corriente. Gritar contra la corriente. Bailar contra la corriente. Contra la corriente de la silla eléctrica, a veces. Esa es la búsqueda del microdrama. Una y mil veces relegada al fracaso o al olvido. Su destino trágico, hasta ahora. Cuando el ángel de la historia de Benjamin llora con el rostro vuelto hacia ese pasado pisado, pues se hace consciente de que el viento del progreso que lo arrastra no le permite retener la magnitud de esa Historia con hache grande, hemos de suponer que lo que se pierde, ruinas entre las ruinas, son microdramas. El microdrama como un pedazo de mundo olvidado solo real para quien lo habita. La resistencia a ese olvido a punta de espasmos o tijeretazos. Es la toma de conciencia de la pequeñez; obstinarse en su grandeza. Un grito dentro de un silencio forzoso. La pataleta, no para el resto —o no principalmente— sino para uno mismo que reclama aquí estoy. Esto es lo que soy a pesar de. Seré el que seré. Y, sin embargo, esa Historia con hache de hacha, como dice la autora, pasará por sobre nuestras minúsculas historias, nuestros pequeños dramas insondables, arrasándolos. Por eso entiende Michelson es importante su realce. Cada fragmento resiste análisis. Los teólogos dicen que quizá en un escenario total en donde fuera posible ver todos los trocitos de historia del universo hasta el mal tendría sentido. O algo así. Igual parece una argucia conveniente. En fin. Lo cierto es que solo vemos lo que queda, lo que la ola deja, pedazos de un plato roto al que se le han perdido partes y que aun así remiten a una coherencia mayor. Tal vez eso sea un microdrama. Un trozo queriendo ser el jarro del que vino por los siglos de los siglos. Ser el jarro de algún modo. Pretender. Porque ese jarrón enorme es todo un drama, un dramón. Esa es la materia prima del microdrama: The Drama. O todo lo opuesto, el microdrama es el gesto rebelde de huida a ese jarro mayor, tan anticuados y ya sin flores. Terco, además. Si dramáticamente lo estrelláramos en el suelo saltarán sus mil pedazos extendiéndose por todo el piso o por todo el espacio. Y en sus partículas deseantes pero imposibilitadas de uniformidad, paradojalmente, aún reverbera un drama común. Existir, diríamos dejándonos seducir por el melodrama. Pero el microdrama no es melodrama, es más rebelde, adolescente en el mejor de los sentidos posibles, terrorista, extremista quizá. Llama a no conformarse. A tomar los fragmentos y hacer algo con ello. Otro jarro, más feo, más tosco, más honesto y real. Hermoso, en fin, en su sincera imperfección. III Cito: “Los microdramas aparecen por todos lados. Se esconden como un error inexplicable en un plan que parecía perfecto, se cuelan en los desvíos de las cifras, fuerzan su entrada en teorías sociales. Pero cualquiera los reconoce en su propia casa. Un microdrama es intenso, sucio, ambiguo, vital. Tiene su propia lógica, una inteligencia oblicua.” El microdrama quiere hacer su propio escándalo, pero nadie lo oye. Choca con el ruido del mundo. Esa es su tragedia. Da una batalla desigual. Y tiene razón en darla. Obstinado. A eso nos invita el libro. Ahí radica su valentía. Sobre todo en estos tiempos farsantes que simulan un orden y una pulcritud imposibles. Deleuze y Guattari, que sí son dos, no como esos impostores de Ortega y Gasset, decían que solo pedimos un poco de orden para protegernos del caos. Pues bien, en la era del imperativo del orden y la productividad (o de su ilusión, su pantomima), Michelson nota la necesidad de invertir el petitorio, abrazar el caos, el del mundo, el de los otros, el propio, para resistir al mito moderno. “Venimos a ordenar la casa” / ¡Zak! ¡Zak!, suenan las tijeras IV Lo siguiente no sé si es verdad, pero nos servirá. Se dice que los antiguos maestros del haiku, antes de morir, escribían su último haiku, como una suerte de intento de capturar ese momento, aproximarse a la muerte, hacer contacto. En ese contexto, los discípulos del gran poeta Shisui esperaban que su maestro hiciera su último poema e impacientes por la posibilidad de que este muriera sin componerlo, fueron a pedirle que lo escribiera: su último haiku, el haiku fatal, el haiku de la muerte. Shisui, sin decir nada, tomó el pincel y, con sus últimas fuerzas, dibujó un círculo de un solo trazo. Dicen que inmediatamente después se murió. Traigo esta historia a colación para intentar responder a una pregunta que abre el libro. Dice: “Hay cosas que son un haiku. No puedo escribirlos pero puedo reconocerlos cuando pasan: un segundo en que el pasado y el presente se separan solos, sin drogas de ninguna clase. Un segundo donde los ojos no van de izquierda a derecha buscando un sentido. Como ante un haiku: se ve de golpe o no se ve. El yo pesa. Dios mío, cuánto pesa. Me acuerdo ahora que esa vez, en vez de gritar, me corté un mechón. ¿Un grito es un haiku?” Entiendo que la pregunta es retórica, pero finjamos que no. ¿Un grito puede ser un haiku? Por qué no, lo fue el círculo del moribundo poeta Shisui. Con todo, diría que no. El grito se encuentra en las antípodas del haiku, porque un haiku se aproxima al vacío, mientras que el grito lo repudia. De ahí el llanto al nacer, acaso el primer microdrama (aunque podrían ser las patadas en la guata también): ese rechazo al vacío, al silencio. El grito, el corte de pelo, decir una pesadez a alguien sin razón, un palo, son gestos para aparecer y no para desvanecerse, no buscan hacerse uno con el entorno; para reconocerse en él. Sin embargo, como ocurre con todo lo que se opone, las similitudes brotan. El haiku y el microdrama tienen el mismo impacto, el de su inminencia. Podría el viejo Shisui haber gritado y ahorrarse tinta, es lo que supongo haría Zurita en su lugar, pero de haberlo hecho, ese círculo o ese cero, la pelá, se revestiría de su potencia opuesta, sépase: jugarse la vida, pedir a gritos una, enfrentar a la muerte en el más literal de los sentidos. La pequeñez y simplicidad del haiku no es igual a la del microdrama, pero corre en líneas paralelas. Lo que allá funciona como contemplación y aceptación, acá es hastío y dislocación. Como el ying y el yang, se nutren, conversan o así al menos le dicen cuando discuten. El microdrama es una antihaiku: reclama su espacio, no renuncia a él. Rechazar el silencio zen. A veces hasta lo escupe. V Al releer el libro de Constanza Michelson noto algo propio: mi escritura está llena de microdramas. En un taller literario en el que participé, el profesor me preguntaba qué ocurre en el cuento. Me sugiere. Me dice un crimen. Me habla de un deseo, una motivación oculta que en algún punto estallará. Le dije que no sabía. ¿Pero qué pasa entonces? Nada, no sé, respondo. Y es que a veces no pasa nada. Nada grande, nada gravitante y eso es lo terrible, eso, precisamente eso, es lo que pasa. La contundencia y monotonía de un ritmo hostigante que de pronto un impulso torpe se anima a romper. No un asesinato; una pelea tonta, voltear los ojos, botar algo, una carta, una foto, qué se yo, insistir ¿qué es lo contrario de gobernarse? No es abandonarse, pues en ese descontrol de pronto uno se halla. O esa es la esperanza. Supongo que la razón por la que Constanza me invitó a escribir algo para la contraportada de su libro y presentarlo, más que obedecer a una sintonía intelectual o literaria, que sin duda la hay, corresponde a una afinidad microdramática. Propensión al impulso del yo queriendo saber que existe. Buscándose en su anarquía y, quiera Dios, hallándose. O al menos abriéndose pasos entre este laberinto; inventando pasos propios, espasmódicos, en este baile tan agotador. Cerremos. Microdramas es un libro valiente. En él Michelson revisa mitos, contingencia, historias de anónimos y, sobre todo, microdramas personales. Porque este libro es muy personal. Aunque a ratos haga amagues de no serlo —tiene sus trucos, la prestidigitación de una prosa hábil y perspicaz—, lo es. Se expone, se desnuda, muestra sus vergüenzas, permitiéndonos apreciar ese patetismo propio del que los lectores somos parte. En fin. Léanlo, léanlo. Léanlo y luego léanse. Les aseguro que no se van a arrepentir. Encontrémonos después con nuestros flequillos recortados. Reconozcámonos, pero no tanto, no al punto de confundirnos, la imperfección de cada tijeretazo dará cuenta de un tono propio, de una resistencia. Dan ganas de arrancarle la tripa a un plumón fluorescente y exprimirla sobre sus hojas para destacar todo lo importante, todo lo enigmático y todo lo bello, en un torpe intento por ganar fuerzas para cargar el insoportable peso de lo leve. Yo no lo hice; leí la versión en digital. - Microdramas (el peso de lo leve) Constanza Michelson Paidós 2026











