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  • Mudanza de libros

    Nos estamos cambiando de casa. Es con esos movimientos que uno se da cuenta de cómo vive, y de cuánto ha acumulado: cajas, closets y repisas repletas de papeles, juguetes, recuerdos, ropa, fotografías, cachureos, fotocopias. Pero sobre todo libros y más libros, de todo tipo: catálogos de exposiciones, manuales de teoría literaria, clásicos en ediciones baratas, diccionarios, enciclopedias, libros de artista y libros de cocina, folletos informativos y libros infantiles. El departamento nuevo es amplio, pero no sabremos si cabrán todos, y con mi pareja estamos de acuerdo en que estaría bueno aligerarse un poco de equipaje… Recorrer con la mirada los estantes de tu biblioteca buscando libros de los que deshacerse es una experiencia inquietante pero también liberadora. No son necesariamente libros que no me gusten, hay de todo: los que me encantaron pero no creo que relea, los que tenemos repetidos, los que creo que no voy a leer nunca. Mientras reviso los estantes siento que los libros se estremecen ante la perspectiva de ser destinados al exilio, pero en realidad lo que les sucederá es lo mismo que a mí, cambiarse de casa. Me gusta la idea de pensarlos como objetos migrantes, que pasan de mano en mano, en vez de propiedades perpetuas. Cuando publico en Instagram unas fotos de libros explicando que quiero “podar” mi biblioteca, alguien me dice que le duele ver a Rebeca Solnit y Patti Smith entre las autoras descartadas. Ellas están entre los libros que me encantaron pero que no creo que relea: como un jardín, le respondo, las bibliotecas necesitan podarse para seguir vivas. ¿Qué libros dejar ir y por qué? ¿Con cuáles quedarse? Las razones no son homogéneas ni del todo lógicas: hay autores sobre los que he trabajado mucho y no me quiero deshacer de esas colecciones aunque es poco probable que regrese a ellas. Hay libros que me regaló alguien que quiero, o que quise. Otros que creo que podría necesitar algún día, o que me parece bueno tener en la biblioteca. Me doy cuenta de que los que dejo ir son sobre todo novelas que compré para pasar el rato o enterarme de lo que se estaba publicando. No soy un gran relector de narrativa, o de ensayos, típicamente solo los releo en diagonal para enseñarlos. La poesía, en cambio, tiendo a no darla por leída: un buen poema es un texto al que siempre se puede volver (aunque no necesariamente lo hagamos). El otro día un amigo me contaba que iba por su tercera lectura de La guerra y la paz, y que cada una había sido una experiencia única en la que aparecieron dimensiones distintas del libro, en distintas etapas de su vida. Es verdad que uno olvida tanto de lo que lee que casi es absurdo, como explica Pierre Bayard, decir que uno “ha leído” un libro, porque tan pronto como lo dejamos la experiencia de sus páginas comienza a borronearse y transformarse en un recuerdo selectivo, muchas veces deformado por nuestra propia mirada. Leí La guerra y la paz en una traducción inglesa excelente, en un viaje largo en tren por Rusia, y luego me deshice de la carga del voluminoso ejemplar para continuar viaje ligero. ¿Volveré a leerlo alguna vez? Al escuchar a mi amigo me doy cuenta de que solo conservo de esa lectura un puñado reducido de escenas y personajes, más una impresión general muy vaga. He ido reuniendo, con los años, una biblioteca considerable. Al sumarse a la biblioteca de mi pareja, con la que además se ha ido entremezclando poco a poco, se volvió algo desbordante y exagerada. De estudiante compraba libros muy de vez en cuando y frecuentaba mucho las bibliotecas, con el tiempo me he puesto más dispendioso. He tenido también proyectos de investigación con fondos para adquirir libros, algunos tan específicos que probablemente no le interesen más que a mí y a un puñado de personas. Cuando he comprado libros con esos fondos ha sido la única vez en que he acumulado muchas cosas que termino no leyendo: en general no me permito comprar libros nuevos si no he terminado los que ya compré. Georges Perec, en su libro Pensar, clasificar, tiene un precioso ensayo sobre la imposibilidad de ordenar los libros a partir de un solo criterio, ya sea alfabéticamente, por colores, por país, por encuadernación, por época (de publicación o adquisición), por géneros o por idioma. Allí también recuerda a un amigo que se había impuesto como máximo un número limitado de libros. Si lo superaba, debía deshacerse de algunos para volver al máximo permitido, pero de a poco comenzó a hacer trampa, considerando como un solo libro una colección, todos los libros de un autor o todos los libros sobre un tema, con lo que finalmente el número máximo se refería a los ítems y no a los volúmenes físicos. Mi biblioteca está ordenada, como todas, a partir de una mezcla de criterios incompatibles: a veces por tamaño (hay libros que no caben en todos los estantes), a veces por nacionalidad o zona geográfica, a veces por editorial, otras veces por tema. Y están, por cierto, las estanterías a las que van a parar los libros inclasificables, o secciones en que se mezclan libros cuya afinidad es evidente solo para mí. Los volúmenes se concentran en dos grandes estanterías situadas en muros opuestos. La primera consiste en tres estantes de madera de pino pintados de negro. En el primero tengo, arriba, el Tesoro de la juventud junto a los inmanejables tomos de Umbral de Juan Emar, regalados por una amiga que decidió que nunca llegaría a leerlos (yo no pierdo la esperanza). Luego vienen secciones de poesía chilena ordenada semi alfabéticamente, prosa chilena (ensayo y narrativa) y escritores latinoamericanos de diversos géneros. El segundo estante se divide en dos: arriba están los libros de literatura anglófona, sobre todo inglesa y norteamericana. Abajo están los libros de y sobre China, en cuya literatura y cultura me sumergí algunos años. El tercer estante tiene arriba las literaturas europeas en orden algo antojadizo: antigua, medieval, polaca, portuguesa, rusa, algunos libros del mundo árabe (¿?), luego una hilera dividida entre Alemania e Italia, con un par de libros españoles y catalanes entremedio, y finalmente una hilera de libros franceses. Las tres hileras de abajo son libros brasileños. Esta organización parece en principio razonable, pero tiene sus incoherencias y sus paradojas: ¿Qué hacen los libros árabes al lado de los rusos, en la sección europea? ¿Es Rusia realmente parte de Europa? ¿Por qué separar el portugués de las demás lenguas romances? ¿No debiera Portugal estar más cerca de Brasil que de Alemania? Mirando ahora, mientras escribo, me doy cuenta de que entre los libros catalanes hay un volumen de Ursula Le Guin que debiera estar en la pequeña sección de libros de aventuras y ciencia ficción que tengo en la estantería del frente. A algunos amigos les ha parecido sintomática la distribución de los libros en estos estantes: el mundo angloparlante encima de la China milenaria, los árabes junto a Europa, encima de Brasil, Chile por sobre Latinoamérica. No se trata de un comentario geopolítico intencional, sino de una mezcla del azar de cómo fui poniendo los libros y del espacio que ocupan. Preferiría tener más libros latinoamericanos, pero la verdad es que son menos que los chilenos y por eso quedaron relegados a un rincón. Brasil podría estar con Latinoamérica, pero entonces todos esos libros no cabrían en el mismo estante. Tal vez algunas de estas paradojas se solucionen al trasladarnos a una nueva casa, pero sospecho que aparecerán otras. Toda biblioteca está condenada a un orden imperfecto e inestable, como toda vida. La estantería del frente de la que acabo de describir pertenece a este departamento, y por lo tanto será imposible replicarla en el departamento nuevo. Su clasificación es más diversa y compleja que la anterior, y un poco más caótica. Además de libros, tiene mi colección de DVDs, CDs y de discos de vinilo, un par de estantes con instrumentos musicales y partituras, mis libretas personales y todo tipo de objetos decorativos. El resto se divide entre una colección de libros experimentales o de artista (frágiles y de tamaños y formatos muy diversos), una zona dedicada a los cómics, otra de catálogos de exposiciones y libros sobre arte, una en desuso de diccionarios en papel, varias de cine, otras de música, filosofía, teoría y psicoanálisis. Aquí aparecen otras paradojas y problemas: ¿los libros de filósofos chilenos debieran ir en la sección de prosa chilena o en la sección de teoría? Opté por lo segundo, salvo en casos en los que me pareció que la filosofía se aproximaba al ensayo. En cuestiones como estas, la clasificación de libros se acerca a la crítica… No me considero, para nada, un coleccionista, pero indudablemente mis libros constituyen una colección, la única en la que perseveré luego de breves intentos adolescentes por entusiasmarme con las monedas, billetes o estampillas. Walter Benjamin tiene un precioso ensayo sobre el momento de desembalar su biblioteca tras una mudanza, en que propone una reflexión sobre el coleccionismo como arte. Sus libros, que oscilan entre el caos y el orden obsesivo, son también la historia única de cómo cada uno ha llegado a sus manos, pasando de ser una mercancía deseada obsesivamente a ser una posesión cuya historia se entrevera inextricablemente con la de su dueño. Me mudé a esta casa recién separado, inicialmente con nada más que los mínimos muebles: una cama, un escritorio, un par de sillas, un sillón cama donde dormía mi hijo los días que estaba conmigo. Era una vida algo inhóspita, pero me gustaba ese aspecto algo ascético: separarse es también soltar el conjunto de cosas en torno a cuya acumulación se construye una casa en común: cuadros, muebles, loza, electrodomésticos, discos, partituras, alfombras. Recuerdo que cuando imaginaba separarme me agobiaba preguntarme cómo lo haríamos para dividir algunas de esas cosas. Resultó, por supuesto, banalmente fácil: esto para mí, esto para ti. Cuando estaba a punto de traerme a esta casa todas las cosas que acordamos que me correspondían, comenzaron rumores de un virus muy contagioso que estaba llegando y le propuse al encargado del flete que esperásemos unos días antes de hacer el traslado. Era, por supuesto, sin que lo supiéramos el inicio de la pandemia, que me hizo volver por unos meses a la casa de mi ex a cuidar juntos a nuestro hijo pequeño. Durante algo así como un año y medio, fui trasladando poco a poco como hormiga, en cajas y maletas, mis cosas a esta casa, hasta que se abrió la cuarentena y pude por fin traerme todo lo que quedaba. Casi podría decir que solo entonces terminé de separarme. Escribo ahora rodeado de cajas de libros que he ido llenando estos días y que iré trasladando en los próximos. Sé que el nuevo espacio me obligará a redistribuir los libros, a inventar otras maneras de clasificarlos, a redescubrirlos en un nuevo espacio. Tal vez Brasil quede ahora más cerca de América Latina. Tal vez me anime a retomar algunos libros que aún no he leído y, quién sabe, tal vez incluso a releer alguno. Mi biblioteca y la de mi pareja se entrelazarán cada vez más, hasta volverse indistinguibles: ya regalamos los libros que estaban repetidos. La biblioteca de mi hijo seguramente irá creciendo. Cambiamos de casa acompañados por cosas, colecciones que crecen pero también a veces se aligeran. Nos hicimos socios de la biblioteca municipal a ver si en esta nueva etapa compramos menos libros. Descubrí allí a una escritora por casualidad, Milena Busquets, y su diario desenfadado, descaradamente frívolo y por lo mismo adorable, en estos tiempos de tomarse tan en serio. Me dejó con ganas de volver a escribir un diario. Tal vez lo haga en la nueva casa, que no solo albergará nuestros libros, vasos, ropa, cuadros, mesas, sillas, sino también los libros y proyectos que uno lleva consigo y que tal vez con una nueva luz y espacio se den mejor, como las plantas. Todavía quedan cosas sueltas por meter en cajas mientras le pongo punto final a estas líneas. Sería fantástico, me digo, llegar a una casa nueva llena solo con cosas nuevas: libros, ropa, muebles diferentes, como cuando uno aloja en casa de un amigo. Renovarse por completo. No tener nada propio. Pero necesitamos, como los niños, objetos a los que nos aferramos para conseguir un poco de continuidad entre un espacio y otro, un hilo narrativo hecho de cosas que nos acompañan, saben quiénes somos y hemos sido y nos lo recuerdan cada día.

  • Esta no es mi historia: nacer a la infancia

    Es la historia de Jaime, durante la infancia de Jaime. Es una historia sobre la importancia de las palabras de los niños y de los libros, sobre cómo él encontró en la escritura de cartas la posibilidad de expresar sus deseos y a la vez refugiarse. Y sobre un juego: el de, cada mañana, en vez de salir rápidamente de su cama, representar ante su madre adoptiva a un pollito que estaba naciendo de su cascarón. Voy a contar una historia que no es mía. Una historia que tiene por centro los libros de vida y la escritura en los distintos modos de las infancias. La importancia de escribir durante la infancia, en el cuerpo de las infancias, la inscripción de símbolos, las palabras que expresan los niños y niñas, y la importancia de los libros para que, durante las infancias, tengan un soporte, un apoyo para ayudar a orientar nuestros pensamientos y emociones, para sostenerlos, no solo como organismos, sino como sujetos de palabras apoyados en la historia. Los libros ayudan a esa irrupción a la vida de la que habla Aïcha Liviana Messina en “Nacer a la infancia”, la introducción que escribió para el libro Infancia y ceguera de Carlos Casanova. Para comprender lo que se juega en la infancia debemos pensar en lo que Groddeck llamó la compulsión a usar símbolos: “A través de la compulsión a asociar, que también es una característica de lo inconsciente se unen al primer símbolo con otros que determinan el curso de la historia hasta cierto punto”. (El subrayado es nuestro). Esta es la historia de Jaime, a quien conocí muy de cerca cuando trabajaba en un centro residencial de niños y niñas pequeños separados de sus madres y padres. Lo conocí porque me tocó estar presente de diferentes maneras mientras él vivía situaciones difíciles, tal vez increíbles si nadie las hubiera contado de algún modo, y que incluso tristemente podrían caer en el olvido si no se escribieran. Hasta la fecha admiro y me sorprende su manera de hacerle frente a los acontecimientos que no quisiéramos que ningún niño o niña tuviera que experimentar. Su historia que no es mi historia me acompaña cuando de tiempo en tiempo debo explicar lo que significa la escritura y los libros de vida mientras los niños y niñas viven en un hogar o centro de protección, cuando toca cuidarlos o cuando sus progenitores no pueden hacerlo. Se trata de un niño que vivió una serie de sucesos que me enseñaron sobre su humanidad, toda su vulnerabilidad que encontró, en la escritura de las cartas, la posibilidad de expresar sus deseos y a la vez encontrar refugio. O tal vez puedo decir, que, entre los dos, mientras compartimos, descubrimos que escribir era una buena idea para poder sobrevivir, literalmente, a la fuerza de los hechos, a los golpes que nos reservaba una y otra vez la realidad. La escritura de los adultos que le rodearon a su vez fue una manera que pudo reunir presente y pasado y, gracias a ello, poder reestablecer los lazos de confianza con los otros. Su escritura y la escritura de los otros le permitieron “nacer a la infancia”. Lamento haberme tardado en escribir su historia, porque ella es ejemplar, en el sentido que desarrolla Todorov en Los abusos de la memoria. Este libro nos propone una pregunta muy simple: ¿cómo recordar el dolor? Cuando el recordar alimenta el rencor y la revancha, abusamos de la memoria; cuando recordamos en un sentido que nos permite “aprender de la experiencia”, podemos abrirnos a nuevas formas de relacionarnos con otros, volver a tejer el lazo social que ha quedado fracturado. En la historia que contaré ello se hace muy evidente. Jaime fue ingresado a un hogar del Estado de Chile a los seis meses de vida por solicitud de su progenitora. Sus relatos, como el de muchas mujeres, nos señalan que entre todos los problemas que pudo haber tenido, la violencia de pareja y el quiebre de vínculos familiares le hacía imposible no solo criar a su hijo, sino mantener su vínculo con él. No sabemos mucho de ella, no obstante, hasta el día de hoy tengo curiosidad de esta persona, pienso que tiene un valor que no quedó reflejado en ninguna parte, como la mayoría de las experiencias que nos toca escuchar en estos contextos. Creo eso sí, que algo de su coraje subsiste. Luego de dos años a la espera de un fallo judicial (esto ocurrió entre los años 2003 y 2008), se decidió que Jaime estaba en condiciones para ser acogido por una familia adoptiva. Este periodo tan prolongado no estuvo marcado por desidia del equipo psicosocial que trabajaba por su situación, sino por el hecho de que los tiempos de la justicia eran de una fastidiosa y dolorosa lentitud, incomprensible hasta el día de hoy, tal vez porque las situaciones de estos niños o niñas nunca ha sido su verdadera prioridad. Una vez que fue declarado como susceptible de ser adoptado, Jaime tuvo que permanecer catorce meses más en el hogar, para que el antiguo Servicio Nacional de Menores (Sename) le asignara una familia. ¿De qué sirvió este inútil tiempo de espera? La espera fue vivida por todos nosotros con impaciencia, y se hacía notar a través de sus enojos y su intenso llanto. También se expresaba con golpes que llegaban sin anuncios claros para quienes estábamos allí. La tentación de nombrarlo como un “niño agresivo” o “difícil” era muy grande, y como su psicólogo tuve que luchar contra un sistema que quería poner esa clase de etiqueta, un rótulo que para el Sename no era más que el peso de una historia sin nombre. Luego de todos estos años de espera, llegó una familia adoptiva. Sin embargo, al cabo de seis meses los adultos decidieron “devolver” a Jaime al Sename. No fueron muchas las explicaciones que se dieron. Lo más impactante para mí fue que hubo que convencer a las autoridades de ese momento de que regresara al mismo hogar en que había vivido, para que esto no implicara un nuevo cambio. Los adultos entregaron al niño junto a algunas pertenencias en una bolsa. Y me tocó intentar explicarle a Jaime, cuando ya tenía cinco años, que debíamos regresar al hogar en el que había vivido por casi cuatro. Todavía admiro su entereza para volver conmigo luego de haber fracasado un proyecto que todos le habíamos prometido como el más auspicioso. En una carta enviada al Sistema le solicitamos una explicación de lo ocurrido, esta no llegó nunca, todavía estamos a la espera para saber qué ocurrió en esos seis meses que quedaron en una oscuridad impalpable. A su regreso, Jaime nos dijo que no quería volver a vivir más con una familia adoptiva. Que prefería vivir “para siempre” en el hogar que conocía. Trabajamos con él para que pudiera abrirse nuevamente a la posibilidad de tener una familia solo para él. No fue fácil, tampoco fue difícil, su principal recurso fue la llama de una esperanza que subsistía en él a pesar de todo. Esa es la fortaleza que encontré a lo largo de todo el tiempo que tuve ocasión de hablar con Jaime. Su idiosincrasia lo hacía un chico afortunado; por ejemplo, en una rifa al que fue invitado, se ganó un cuadro de Rafael Sanzio, El triunfo de Galatea, y, sin saber qué hacer con él, me lo regaló para llegar a ser parte de mi oficina, decorando nuestras conversaciones sobre el verdadero amor que podíamos proyectar hacia el futuro. En un momento, para decirme que ya estaba preparado para intentar integrarse a una nueva familia adoptiva, me pidió que escribiera una carta, de la cual expongo los extractos más importantes: “Queridos Papás, Quisiera pedirles si me pueden traer un libro con fotos parecido al que le trajeron a mi amiga Antonia. Me gustaría que este libro tuviera muchas, muchas, pero muchas fotos. Me gustaría que me dieran una linda pieza y una linda cama. Y también quiero que tengan una linda foto mía, no tan fea. Y también quiero unas lindas pantuflas y muchos juguetes. También quiero enviarles una carta. Me gustaría tener una familia como esta que encontré por internet con el psicólogo que trabaja en este Hogar que se llama Matías (Adjunta una foto de una familia numerosa). También quiero que me quieran mucho. Con amor, Jaime” Afortunadamente esta familia llegó para él. No corresponde revelar detalles. Gracias al contacto que mantuvimos, particularmente con su madre adoptiva, nos encontramos felizmente con una historia muy singular que permitió coronar la larga espera con un encuentro lleno de una complicidad y ternura que me atrevo a relatar aquí de una manera muy sintética: viviendo ya con su familia adoptiva, durante mucho tiempo, por las mañanas, al despertar, Jaime hacía un juego: en vez de salir rápidamente de su cama, él se representaba como un pollito que estaba naciendo de su cascarón. Cada vez, su madre adoptiva debía representar el nacimiento de ese pollito que tímidamente iba rompiendo el cascarón, hasta que podía salir completamente de este, y de así su día comenzaba, nacía. El juego se fue complejizando y cada vez tenía más sutilezas que construían entre su madre y él. Era un juego cargado de emociones que daban cuenta de su temor a nacer, de sus inseguridades, pero también de la intensa alegría que le causaba volver a nacer en su misma nueva casa, con su misma nueva madre quien, por su historia y para su sorpresa, lo volvía a recibir una y otra vez, cada día, cada vez. Podemos decir con Jaime que se nace a la infancia como una irrupción. Lo más hermoso de esta historia llega en el momento en que al juego del nacer se sumó un nuevo elemento: su libro de vida. En este se encontraban las fotos y las historias que escribieron sus generosas cuidadoras mientras vivió en el hogar, en donde le relataban que este periodo no fue un tiempo perdido, sino un tiempo de mucho amor y entrega de sus cuidadoras por él. Antes de salir del hogar con su nuevos padres adoptivos se les entregó este libro. Jaime lo llamó “el manual de instrucciones” y decidió llevarlo consigo dentro del cascarón del juego. Su madre adoptiva debía leerlo cada mañana para hacerlo nacer otra vez. Jaime se representaba estando dentro del huevito, y dentro de este tenía su libro de vida que la madre debía leer y contarle lo que ella reconocía de su pasado. Jaime se lo pasaba a hurtadillas por entre las frazadas. Se repitió en incontables veces esta misma rutina en donde este niño había supuesto un saber respecto de su pasado, que la madre debía relatar para que su nacimiento fuera posible. Su madre debía ser capaz de apropiarse o de empaparse o de entrelazarse con su historia. Así, por meses, mantuvieron este juego donde su nacimiento venía precedido de una historia que tenía un soporte material bien claro. Hasta aquí la conmovedora historia de Jaime. Seguramente hay detalles que he desformado producto del paso del tiempo, pero creo que retiene lo esencial. Ahora pensemos un poco más en esta historia. Esta que no es mi historia, sino la historia de Jaime que me atrevo a contar. Podemos dibujar su trayectoria de esta manera: Jaime se manifestaba abierta y claramente. Su mirada, enojos, llantos y movimientos se hicieron notar desde su ingreso al centro residencial. Su cuerpo y comportamientos estaban orientados a inscribir algo que, de su sufrimiento, no tenía palabras. Eran cartas y yo quería ser, al menos, uno de los destinatarios. Nuestro desafío consistió, para poder ayudarle a contar su historia, en dejar de lado las explicaciones causales de su conducta, no porque no existieran, sino porque, independientemente de ellas, estaba en búsqueda de las palabras que nombraran lo que el cuerpo decía con insistencia simbólica. Todo su cuerpo, mirada y movimientos nos hablaban de un pasado que no alcanzamos a conocer en primera persona. Sus intentos por inscribir el excesivo tiempo de espera y el fracaso se tradujeron en que su orina y, a veces, sus heces, no podían esperar más dentro de su cuerpo. Ellos eran la expresión de nuestra insostenible espera. En su trayecto, en sus primeros años de vida, hasta sus cuatro años, su espera tuvo un soporte material: el libro que contenía las experiencias que iban reuniendo y trenzando los afectos de y con quienes lo tenían en una especie de cascarón, a la espera de sus primeros pasos a la vida. Mientras tanto se iba construyendo, metafóricamente hablando, su manual de instrucciones, una guía que debía ser cuidadosamente elaborada, para luego ser el puente que le ayudaría a nacer. Esta vez, se trata de otro nacimiento, un nacimiento con la historia de su propio deseo. Una conducta muy característica de los niños o niñas que se integran a través de la adopción a sus familias es que experimentan tal nivel de regresión que parecen querer llegar hasta el nacimiento mismo. Por eso lo llaman un segundo nacimiento, e incluso algunos rituales se organizan para representar, en el momento del primer encuentro del niño o niña con sus padres adoptivos, ese nacimiento; es un momento clave en donde se intenta solucionar de golpe y en un solo acto los duelos de la infertilidad, los duelos de la pérdida del lazo consanguíneo, u otras pérdidas que implican este simbólico encuentro. Sin duda, es necesario para ello no solo este ritual, sino también recibir y construir su historia. Desde muy temprano Jaime quería cartas y fotos, muchas fotos.

  • Heddy Navarro

    No era usual que en una ciudad de Chile los referentes poéticos fueran tres poetas mujeres. Tal vez en los sesenta, cuando Alicia Galaz conformó el grupo Tebaida; o ya en la actualidad, donde las poetas han construido paisajes feminizados. Maha Vial, Verónica Zondek y Heddy Navarro, han creado prácticas poéticas asentadas profundamente en Valdivia. Con la temprana muerte de la primera, aunque no su presencia en la ciudad, más que terminar un modo de comprender el ejercicio poético, se expandió a otras poetas mujeres más jóvenes una forma de comprender la poesía en relación con las artes, el teatro y la escena. En el caso de Verónica Zondek, el oficio de la escritura se ha acendrado en la manera de asimilar la poesía como un trabajo intelectual, emotivo y constelado en el boscaje de la lectura. Mientras que en Heddy Navarro la escritura ramifica su quehacer en una práctica cultural y política a partir de la red de mujeres. Varias poetas, de diferentes generaciones, han comenzado a reconocerse como tales gracias a las invitaciones de Heddy a talleres y conversaciones en torno a la escritura poética. Años de esta labor que aún persiste en el Colectivo Locas Mujeres. Ya sea en librerías, casas o por internet, Heddy ha propiciado comunidades de mujeres que rescatan literariamente su propia historia. Publicaciones de primeras obras que se deben a este espacio de reconocimiento. No puedo dejar de pensar a Heddy en constelación. Para el estallido de 2019, lectoras jóvenes lanzaron panfletos o escribieron en las murallas de Valdivia versos de Heddy y otras poetas mayores, textos reconocidos por su feminismo y la historia de lucha en el entramado de la ciudad. PROCLAMA 1 Me declaro ingobernable Y establezco mi propio gobierno Inicio un paro indefinido Y que el país reviente de basura Esperando mis escobas Soy mujer de flor en pecho Y hasta que se desplomen los muros de esta cárcel Me declaro Termita, abeja asesina y marabunta Y agárrense los pantalones Las faldas ya están echadas. En esos días de revuelta, luego de renunciar a inaugurar un encuentro de poesía llamado A la deriva (sí, un título anticipatorio), participamos en un programa radial de Cristina Gallardo: Maha Vial, Verónica Zondek, Heddy Navarro y otros poetas, leyendo y conversando la situación que estaba viviendo Chile. Heddy y Bruno Serrano, su compañero de vida, visitaron nuestra casa, charlamos con poetas de diferentes generaciones pensando en modos de articularse y cuidarse; las poetas mayores dieron sus consejos a los jóvenes. Hasta el día de hoy guardo en el velador la lista de teléfonos y nombres a quien avisar por si acaso llegaba a pasar alguna situación más compleja. Entre paréntesis: todavía seguimos viviendo la organización del pesimismo. Heddy Navarro, como poeta, conforma una red feminista de trabajo. Desde su militancia política en los setenta, la resistencia contra la dictadura, el desarrollo del trabajo en terreno con el mundo mapuche, junto con la labor cultural y erótica entre mujeres, resulta sugerente cómo en su práctica política la lectura conforma el tejido de la comunidad. En esta persistencia parece clave la creación -a fines de los ochenta y durante la Concertación- de la revista Palabra de mujer, dirigida por Heddy Navarro y Alicia Salinas. Quizás en algún momento pueda delinearse una lectura sobre los paisajes creados por las poetas dibujantes, editoras, artistas del libro y otros soportes. Una constelación en que la manierista y recargada visualidad violeta de Palabra de mujer, expresaría materialmente una postura popular de representación poética y gráfica femenina. Intencionalmente, las florituras, los dibujos y la lana funcionan como símil de la unión de las hojas y el tejido; una revista hermosa, fabricada a partir de la materialidad del papel kraft con una gruesa lana que une las páginas. Si, como un caleidoscopio, movemos la imagen hacia el erotismo, podemos observar filiaciones con escrituras feministas que reconocen en el cuerpo la rebeldía a los dictámenes de época. En sus “Poemas insurrectos”, Heddy cristaliza en la escritura la oposición a la dictadura y al canto del macho, “hacen falta mujeres/ que tengan por norte el sur/ y planeen sobre las copas/ con todas las banderas/ desplegadas”. Las santas laicas y eróticas muestran en su poesía una filiación militante de izquierda, “agitadora de los siglos venideros”. Si giramos el ángulo, la poética de Heddy se puede mirar a través de otras figuras consteladas, en cierta semejanza de trabajo con Sybil Brintrup o Rosabetty Muñoz sobre y desde el sur. Canto de una Oveja del Rebaño provoca un efecto aciago e irónico se carga de sentido ante la evocación del paisaje patagónico y la correlación con la herencia bíblica. Brintrup articula un pliegue visual a esta mirada: la foto de una oveja trasquilada por la mitad, el canto de “las hembras del sur”, la oposición del lobo y el mujerío, dan cuenta de la pulsión y el deseo que se remonta a la lana. Poética material empleada a su vez en Palabra de mujer, con dibujos creados por Heddy Navarro, donde en un ejemplar aparece, por ejemplo, una lúdica caricatura de Marx flotando en las páginas. Hogar del sentido, si se quiere leer en una clave psicosocial, al considerar la lana desde el entramado que urden las palabras, el abrigo y la casa, fabricando un legado en el ritmo manual, el tejido de la escucha y la creación de la narración entre generaciones. Calidoscopio: Heddy Navarro, artista plástica, que encontró en la poesía una forma de comunicación con la precisión que el trazo comparte entre letra y dibujo. Heddy, poeta que volvió al sur, para encontrar en el tejido de la lectura otra manera de crear una comunidad perdida en dictadura. Heddy, escritora política, que creyó en un país justo durante la Unidad Popular y enfrentó la dictadura viviendo desde el lugar de la mujer las implicaciones de su militancia. Heddy, poeta del erotismo, que ha urdido comunitariamente la ternura a partir de la locura mistraliana.

  • 40

    Si el presente no se excediera, ¿con qué se fabricaría el futuro? Pero lo vemos al revés: es por falta de presente que apelamos al futuro. En rigor, no hay futuro que venga sino sólo presente que se abre paso. Sin embargo, nos disponemos a algo que pareciera venir desde allá para acá: ese tiempo no acontecido y que no es nada mientras no acontece. “Llegará el día”, decimos. Dejamos en nosotros un espacio vacío para que ese otro vacío, el de lo que aún no llega, se arme su lugar. Sabemos que en rigor nada se anticipa, pero aun así una parte de nosotros hace de vigía en esta nave, pretendiendo avistar lo que todavía no vivimos como si nos aguardara a la vuelta de la curva. Con tanto azar de por medio, el vigía se vuelve irrelevante. Pero no suelta el binocular, atento en la proa, apostando al desembarco en una isla que sólo será tal cuando desde ella podamos ver, a nuestras espaldas, un barco anclado del que nos vamos alejando.

  • 39

    No te uses de carnada para atrapar a la felicidad. Confórmate con atestiguarla. Toma palco en tu establo interior y mírala corcovear como un corcel sin jinete.

  • Taller de verano: Te dejo mi experiencia por Catalina Mena

    “Una facultad que nos pareciera inalienable, la más segura entre las seguras, nos está siendo retirada: la facultad de intercambiar experiencias”. Walter Benjamin. En este taller grupal y presencial vamos a elaborar, a través de la escritura, situaciones biográficas para transformarlas en experiencias intercambiables. [-] Coordenadas: Modalidad: Presencial. Lugar: Providencia. Sesiones: 4 miércoles de enero de 2024. Entre 19:00 y 20:30 horas. Miércoles 3 Miércoles 10 Miércoles 17 Miércoles 24 Cupos: 8 - Valor total: $65.000 p/p Contacto: catalinamena66@gmail.com

  • Escribir con tinta roja

    –¿No conoce su propia condena? –No –repitió el oficial, y después se quedó callado un instante como reclamando del explorador una detallada fundamentación de su pregunta, y entonces dijo: –No tendría sentido anunciárselo. Lo experimentará en su cuerpo. En la colonia penitenciaria, Franz Kafka Ramón Gómez de la Serna escribía con tinta roja para "ver circular la sangre de las ideas". Gerard de Nerval escribió con tinta roja "El desdichado". Serguéi Esenin escribió con la tinta roja de sus venas en la Navidad de 1925, en un espejo del Hotel Angleterre de Leningrado, "Hasta pronto amigo mío, sin gestos ni palabras/ no te entristezcas ni frunzas el ceño./ En esta vida el morir no es nuevo/ y el vivir, por supuesto, no lo es". (Paradójicamente ambos se enamoraron de sendas bailarinas: Isidora Duncan, Esenin, de la menos glamorosa Jenny Colon, Nerval, la Aurelia del Príncipe de Aquitania). Rodrigo Lira, poeta chileno de la generación de los 80, trazó un “poema concreto” en el agua de su bañera, con la tinta roja de sus venas en su navidad número 32 víctima de la melancolía e imagino de los tiempos infaustos que corrían. No dejó un epitafio: tal vez sus Obras completamente incompletas lo sean. Más paradojas: los poetas suelen enamorarse perdidamente de bailarinas y suicidarse en Navidad. Navidades, bailarinas, tinta roja. Antes se solía corregir con tinta roja. Ahora, en la llamada posmodernidad o capitalismo tardío, como se quiera, no sé si habrá poetas que escriban con la tinta roja de sus venas. Y quizá ni siquiera con tinta. Las letras virtuales del computador titilan negras sobre un fondo glauco, artificial, dañino para las córneas que enrojecen. Alberto Fuguet, un notable escritor, excéntrico e indispensable de los años 90, escribió un libro titulado Tinta roja: un thriller notable, porque además del policial, maneja los códigos cinematográficos como pocos narradores chilenos. Jean Paul Marat también bañó su tina de baño con rojo, tras ser apuñalado por Charlotte Corday, considerada por el régimen que sacó del poder a Roberpierre, que mucho de su historia se escribió con tinta roja o, simplemente sangre (Simple Blood), como en la película de los hermanos Coen. En la pintura La Mort de Marat , homenaje de su amigo, pintor de la revolución, Jaques-Loius David, vemos a Marat tumbado al borde de una bañadera, hacia el costado izquierdo, desde donde miramos la escena, una herida punzante poco más debajo de su esternón, en su torso desnudo, y sobre un paño blanco en el mismo ángulo, una fuente de sangre o, para ser más precisos, de óleo color rojo, que se desliza y seca por el paño, y en su mano, que descansa tras la muerte sobre un escritorio o cajón de madera que servía para esos efectos, o sea escribir –también junto la mano de Marat, hay una pluma con la punta ensangrentada-, y una hoja de papel también manchada con sangre. Pero, por lo que se sabe, en este papel escrito con tinta azul, pero como lacrado –sellado- por una mancha de sangre –o de pintura roja- Marat no escribía su epitafio, sino una lista donde se anunciaban los nombres de todos aquellos que serían condenados a la guillotina. En el cajón que servía de fatal escritorio a Marat junto a la bañera de tablas, una dedicatoria del pintor proclive a la Revolución Francesa: A MARAT / DAVID. El poeta romántico Alphonse de Lamartine narra de esta manera el episodio: Charlotte evitó detener su mirada sobre él, por miedo a traicionar el horror que le provocaba a su alma este asunto. De pie, bajando los ojos, las manos pendientes ante la bañera, esperó a que Marat la interrogase sobre la situación en Normandía. Ella respondió brevemente, dando a sus respuestas el sentido y el color susceptibles de halagar las presuntas disposiciones del demagogo. Él le pidió a continuación los nombres de los diputados refugiados en Caen. Ella se los dictó. Él los escribió. Luego, cuando había terminado de escribir esos nombres: "¡Está bien!" dicho con el tono de un hombre seguro de su venganza, "¡en menos de ocho días irán todos a la guillotina!". Marat solía llevar un turbante empapado en vinagre –con el que se le ve en la pintura de David- y tomar baños fríos para suavizar los violentos ardores de una enfermedad de la piel que había contraído un par de años antes, cuando se vio forzado a esconderse de sus enemigos en las cloacas de París y su única escapatoria fue esconderse allí. Sobre la bañera improvisaba un pupitre para escribir sus listas de nombres de gente que debía ser ejecutada por crímenes contra el Estado. David era amigo íntimo de Marat, como un firme partidario de Robespierre y los jacobinos. El pintor estuvo siempre abrumado por la capacidad natural de Marat para convencer a las masas con sus discursos, algo que él todavía no había logrado a través de la pintura (por no mencionar sus dificultades a la hora de hablar, debido a una deformidad facial causada por una herida durante un duelo). Determinado a conmemorar a su amigo calvo, David no solo le organizó un espléndido funeral, sino que pintó su retrato poco después. La muerte de Marat, quizá la pintura más famosa de David, ha sido llamada la Pietà de la Revolución. De Charlotte Corday se cuentan contradictorias y disímiles versiones, que era girondina por convicción y también por despecho, que se había ganado la confianza de Marat, que de alguna manera había una pulsión erótica entre su odio a los jacobinos y el propio Marat; pero el asunto es que Charlotte fue guillotinada y su cabeza, según también, se dice, fue abofeteada por el verdugo: el castigo y la violencia más innecesaria, post mortem, cuando el cuerpo de la ajusticiada ya no puede sentir, y la ofensa no puede ser más obscena. Un doble castigo: el del revolucionario que había llevado hasta el límite (la línea roja) su utopía de libertad, igualdad y fraternidad, y de la heroína que por querer rescatar de Marat y los revolucionarios la lista negra –roja- pero que al verse sorprendida por Marat –o por una pulsión de amante sorprendida en doble falta, nada está claro en este episodio, casi erótico y pasional más que político- no duda en clavarle una puñalada bajo el esternón, en pleno corazón, estando el héroe de la Revolución desnudo –la mayor indefensión y en una bañera-. Dos castigos por dos condenas o pecados de hibrys, de desmesura de toda revolución o su contrarrevolución. Hay otras pinturas que nos muestra la el asesinato o la muerte de Charlotte: Charlotte Corday después del asesinato de Marat, 1861 de Paul Jacques Aimé Baudry. Una Charllote sin culpa, como una asesina fría, limpiando el cuchillo con un rostro frío, después de cumplir con su propósito. O la pintura de Arturo Michelena (1889): la vemos hierática rumbo al cadalso. El pintor, a la derecha, también como un fotógrafo de la escena. Una pintura casi naturalista de lo que ocurre y ocurrirá y su testigo. Donde una luz lateral la ilumina no sabemos si cómplice o santificada a Charlotte. También Munch pintó el episodio, de una manera expresionista, muy sexuada, se cambia el cadáver de Marat desde una bañera a una cama, ya no es agua sino sábanas las teñidas de rojo, en las versiones de las pinturas de Munch. Sangre o su representación: cual haya sido el episodio, está manchado de sangre, de color sangre, de pintura roja, de escritura o pintura salpicadas de sangre. Sacrificio o sexualidad: bañadera o cama. La tinta roja es la tinta de la corrección. Corregimos con rojo. Y el rojo es el color que simboliza el peligro como también el error y el castigo. Algo así como la letra con sangre entra: la primera metáfora, la más evidente de "La colonia penitenciaria" de Kafka (a veces la lectura primera, la más denotativa, suele ser la más tremenda y prístina en Kafka, el más "interpretado" quizá de los escritores occidentales del siglo XX): pero donde a veces sus lecturas denotativas suelen ser las más feroces, porque parecen connotativas o metafóricas y su a la lettre nos conturban con mayor rigor literario y existencial. En “La colonia penitenciaria” tenemos una máquina para escribir con tinta roja, con la tinta roja de las venas del condenado el motivo de la condena. Y la escritura, es decir la grafía de la condena no puede ser, para el verdugo –o para Kafka-, una grafía simple, una escritura clara, porque "no puede matar enseguida": la escritura de la condena, es, también el texto de la ejecución, la letra que con sangre desangra y mata, debe ser una grafía laboriosa y barroca, lenta y lacerante. El cuerpo, como página en blanco donde se grabará la condena, debe sufrir en cada letra, en cada sílaba, en cada frase, o, a la inversa, en cada partícula lingüística significativa, sea esta un morfema o un rasgo diferencial de un fonema, ese dolor, esa culpa, tu culpa, morosamente. Hasta que el escribano de la tortura se transforma en un niño torpe, que derrama la tinta roja sobre el cuaderno (el cuerpo) asaz impoluto y lo transforma en un cuaderno manchado, una página del cuerpo manchada de rojo, donde, finalmente, el lector (el explorador en el relato kafkiano) exclama desesperado: "No puedo" (leer). A lo que el oficial, el escribano del castigo, el torturador, a fin de cuentas, aclara: "No es caligrafía para chicos de primaria. Hay que leer largamente en él. Con seguridad Ud. también lo interpretaría. Naturalmente no puede ser una escritura simple; es que no debe matar enseguida, sino término medio, en un lapso de doce horas; el momento crítico está calculado para la hora sexta; por lo tanto, la escritura en sí debe estar rodeada de muchos, muchos adornos; la verdadera escritura cubre el cuerpo sólo en una pequeña faja; el resto del cuerpo se destina a ornamentaciones". Escrito sobre un cuerpo se titula el un libro de Severo Sarduy sobre el barroco: la letra con sangre entra, es un gesto barroco, parece. Cuando chicos nos corregían las tareas mal hechas con tinta roja. En los cuentos de hadas el rojo es el color y el olor del deseo. Y ese deseo también es castigado. Ahí aparece el lobo con sus fauces tintas en rojo. Es mal visto parece firmar un documento legal con tinta roja. Mal vista la tinta roja. Escribir con rojo. Evoca la menstruación. No se debe hacer el amor cuando menstrúas. ¿Dónde está escrito ese mandamiento? ¿No gozar con, sino a pesar de ese fluido vital y tibio, amargo y dulce a la vez como lo gustaba el conde Drácula según Bram Stoker en la novela homónima? También los letreros de neón en los prostíbulos eran de color rojo, cuando los prostíbulos existían como tal y no como casas de masaje o cafés camuflados en el centro del centro de Santiago de Chile a pocas cuadras de la Biblioteca Nacional. Los letreros EXIT en los escapes de los cines de antaño. Las revoluciones también, como dijimos, también suelen ser rojas simbólicamente y la sangre que derramaban (derraman) las revoluciones. Pero ya no hay bailarinas con zapatillas rojas, condenadas a bailar hasta que le corten los pies, ni heroínas revolucionarias que valgan su utopía en rojo, ni, creo, que poetas que escriban con tinta roja. Los poetas ahora suelen suicidarse con excesos de alcohol, como el Garcín de Darío, que tenía un pájaro azul en la jaula de su cabeza que clamaba por su libertad; o, simplemente, por excesos de escritura, de noches pasadas en vano para dar con el poema que premiaría el Consejo del libro y la lectura. Blake escribió: The road of excess leads to the palace of wisdom. ¿Se disolvió también en el aire, Marx mío, la tinta roja? Queda el recuerdo de los semáforos, después de la medianoche, cuando te detenían por sospecha, o según las nuevas leyes te detendrán, ahora, en 2023, en Santiago de Chile, también por sospecha. ¿Por qué tanta sospecha, vigilancia y castigo?: ¿de tirar a rojo? ¿De tirar con rojo? Y en las calles hoy mismo, esta noche, quedan los semáforos dando sólo una luz, hasta la madrugada, como cíclopes parpadeando sobre el asfalto, cuando los poetas malditos, ya tan pasados de moda como sus versos, regresan a su hogar, tan jóvenes, si es que tienen un hogar, o podían regresar a algo así como un hogar, después del toque de queda, a las 2 P.M., después de la Hora del Lobo. Del lobo y sus fauces rojas de tinta prohibida. En los remotos 70 y en los tan actuales y crispados 2022 a 2023, cuando se nos vino después de una pandemia y una revuelta social fallida, y la evidencia del clima que enloquece, y desuella los arrecifes de coral, que se trasparentan desde la superficie azul del mar en ese rojo de los cuerpos sin piel y dos guerras inmisericordes y un horizonte sin palabras, quizá con un abrupto y post apocalíptico THE END o como en el himno de The Doors este sí con letras rojas simulando sangre fresca, como en las películas de vampiros de la Hammer Films: THE END… 1 y 2 EDWARD MUNCH - Der tod des Marat 1907 3 ARTURO MICHELENA - Charlotte Corday camino al cadalso 1889 4 JACQUES-LOUIS DAVID - La mort de Marat 1793

  • El cenáculo [sobre el debate de la crisis de la crítica literaria]

    El arte del crítico consiste en crear consignas sin traicionar por ello las ideas. Las consignas de una crítica deficiente malvenden el pensamiento en aras de la moda WALTER BENJAMIN 1 Habría que partir haciendo una aclaración: hay un tipo de crítica literaria que sí goza de buena salud, que posee estrado para hablar y prestigio para imponer sus términos. Es un tipo de crítica que, de un tiempo a esta parte, se ha mostrado incapaz de generar debate público, pues quienes la ejercen se aproximan a los textos con ideas ya preconcebidas, y al parecer sus integrantes se sienten cómodos así. Estoy hablando de la crítica literaria académica. Revistas indexadas, investigaciones, becas al extranjero, posdoctorados, post posdoctorados; nadie podría decir que no hay lugar allí. Que su robusta producción tenga poca —por no decir nula— incidencia en el debate público es otro asunto, pero nadie que habite ese lugar podría decir que no se está escribiendo. Se escribe, ¡y mucho!. 2 La rigurosidad intelectual no debería ser patrimonio exclusivo de la academia; antes bien, cualquier crítica debería ejecutarse con el mayor profesionalismo posible. La empresa en la que se han embarcado algunas personas que busca desprestigiar la rigurosidad intelectual en favor de un populismo ramplón propicia, como bien señala Lorena Amaro, el fascismo, lo reaccionario. Es un discurso que suele aparecer en los círculos literarios en forma de declaración de principios pero que, si nos detenemos bien, suena más a parche antes de la herida: frente a la propia incapacidad de escribir con profesionalismo, sin incurrir en una pretendida oscuridad del lenguaje, se opta por abandonar ambas tareas. Resultado: textos deficientes, comerciales, que no hacen más que repetir una y otra vez las mismas ideas y hasta las mismas palabras: "texto urgente", "texto necesario", "novela de una sinceridad impresionante", "interesante", "híbrido", etcétera. No está demás decir que, como cualquier otro ejercicio de escritura de alta intensidad, la crítica literaria se mueve en medio de dos aguas: en el de las consignas y en el de las ideas. Una crítica literaria que apueste a cumplir un papel relevante en la opinión pública debe saber transitar con pericia en esta cornisa. O bien, juntar las aguas y hacerlas una sola. Si no me creen a mí, vayan al inicio y lean nuevamente la cita de Benjamin. Luego vuelvan, convencidos, a este mismo punto. 3 Sigo con Benjamin: “Al público nunca hay que darle la razón, pero, aun así, tiene que sentirse representado por el crítico”. 4 La incapacidad de la crítica literaria de crear consignas —es decir, posiciones que merecen ser defendidas aquí y donde sea— y, al mismo tiempo, de no traicionar la densidad de las ideas es, a mí parecer, una de las razones de la actual crisis de la crítica. Las consecuencias se pueden observar a la luz del día: la crítica como parásitos de las grandes casas editoriales, la crítica como una forma de escritura inocua; la crítica como una forma de catapultar nombres y apellidos, la crítica como un club de amigos y compadrazgos. No soslayo la responsabilidad que me apremia: digo aquí y ahora que todas estas formas de escritura son, en efecto, crítica; como ocurre en otras discusiones, la manera más fácil de no hacerse cargo de algo es decir que eso no tiene que ver con uno. Sí, esas escrituras son crítica, y es de ese fuego abrazador del que hay que salvar a la misma crítica. 5 La proliferación de las editoriales denominadas “independientes” ha comportado sin lugar a duda beneficios incalculables para la literatura chilena y latinoamericana. Sin ellas, probablemente, los lectores no hubiésemos contado hoy con textos como Hermano ciervo de Juan Pablo Roncone, Hienas de Eduardo Plaza, Paisajes (No habrá muerte. Aquí termina el cuento) de Macarena Araya Lira, Retrovisor de Mónica Drouilly, Motel Ciudad Negra de Cristóbal Gaete, Los multipatópodos de Yosa Vidal, Historial de navegación de Carlos Araya Díaz, Mientras dormías, cantabas de Nayareth Pino Luna, Ropa de Diego Armijo, Piñen de Daniela Catrileo, Iluminación artificial de Cristofer Vargas Cayul, Diario de Koro de Gastón Carrasco, Jeidi de Isabel M. Bustos, La filial de Matías Celedón, La posta restante de Cynthia Rimsky, entre muchos otros que engrosan la lista. Sin la aparición de estas editoriales, que hasta hace un tiempo representaban proyectos receptivos a otro tipo de escrituras, la literatura chilena no sería la misma. Sin embargo, en los últimos años, me atrevería a decir incluso en los últimos dos o tres años, ha ocurrido un fenómeno paradojal: las editoriales denominadas independientes han ido perdiendo, a mi juicio —no todas, por cierto— esa apertura a las escrituras arriesgadas, a escrituras otras. En paralelo, ha sucedido que una primera novela o incluso una primera obra de gran calidad han sido publicadas por editoriales grandes. Dos ejemplos de esto: El vasto territorio de Simón López Trujillo y No reinas de Bernardita Bravo Pelizzola (autora que publicó su primer libro de cuentos en una de las editoriales denominadas independientes). Una posible explicación de este fenómeno diría que, ante la calidad de sus trabajos, ha existido un natural traspaso de autores que han suscitado la atención de las grandes casas editoriales. Es una razón plausible, pero me parece que no basta, no explica la totalidad del fenómeno. Creo que una de las grandes razones guarda relación con algo que ya hemos hablado anteriormente: la camaradería de la crítica, los escritores y los editores. Hubo un tiempo en el que parecía que algunas de las editoriales denominadas independientes estaban más preocupadas de impulsar la imagen autoral que la obra. Importaba más aspectos de la vida persona del o la escritora que la factura del texto. Y como cada editorial o grupo de editoriales tenían a sus críticos comerciales favoritos, éstos oficiaban de catapulta para la imagen autoral de la nueva adquisición. En ese escenario, cualquier crítica a un texto era vista como una forma de romper esa camaradería que se juzgaba necesaria entre las editoriales independientes. ¡Cómo nos vamos a criticar, si nos necesitamos para sobrevivir! Hoy en día, como consecuencia, podemos decir que estas editoriales no tienen ni por cerca el monopolio de las apuestas más arriesgadas de lo que se publica hoy, y si la razón de ser de las editoriales independientes ha sido proponer escrituras que habitan en los bordes de lo oficial, ¿cuál será su razón de existir hoy? 6 Por cierto: la pregunta anterior es una provocación. Las editoriales denominadas independientes son necesarias, y aún publican textos arriesgados —sin ir más lejos, textos como Autor material de Matías Celedón demuestra esa vigencia— pero sin duda que ya no son las únicas que han puesto sus ojos en las escrituras otras. La crítica literaria en los años de apogeo de las editoriales independientes bailó muchas veces la música del mercado, qué duda cabe. La música del mercado y los amiguismos. Y según el caso, aún lo sigue haciendo. Parte de la agonía de la crítica literaria chilena de hoy se explica por este fenómeno: una especie de miedo a romper con la camaradería de las editoriales y sus agentes. 7 Volvamos a Benjamin. Varios de sus textos nos llevan a pensar que el mejor momento para observar un fenómeno es cuando está en crisis. Walter Benjamin es, en estricto rigor, un crítico que hace de ese “instante de peligro” una oportunidad. Si hoy la crítica literaria está en crisis, tal vez es momento de mirar hacia otros lugares. Estoy en gran parte de acuerdo con lo que sostienen Careaga, Amaro, Chiuminatto, Pino Luna, Castillo, G. Soto y Leiva Quilabrán. Matices más matices menos, existe un análisis base compartido al que adhiero. Sin embargo, creo que, y no a propósito, algunos d estos textos han omitido olímpicamente el hecho de que existen otros lugares desde donde se está escribiendo crítica literaria. Lugares que, lejos de rehuir el debate, lo afrontan, se hacen cargo, crean debate. Puedo nombrar alguno de estos: Oropel, Carcaj, Barbarie.Lat, La antorcha magazín, Plataforma crítica. En más de alguna de estas revistas, quienes acusan el silencio inusitado de la crítica encontrarán textos destinados a obras como Limpia, Literatura Infantil o Falla humana. Y no sólo a estas obras, sino también a otras escrituras que no han llamado la atención de los dos o tres críticos que escriben periódicamente en los medios de comunicación de masa. ¿De quién es la responsabilidad de desconocer —en el caso de que se desconozca y no que se omita voluntariamente— esos otros lugares de escritura crítica y otras voces, cuando esos lugares y voces existen? Pareciera ser que, en cenáculo de agentes literarios, editores, escritores y académicos, ya nadie quiere blandir sus armas con algún otro para debatir; una paz burguesa reina en los pasillos. Yo les diría, salgan y escuchen: allá lejos, los ruidos de las armas llevan tiempo espantando bandadas de pájaros. Literary Criticism, caricature of literary critics removing passages from books that displease them Charles Joseph Travies de Villiers c.1830

  • El reencuentro con el paraíso

    Atrás quedaron los abrazos a los árboles, el hidrógeno verde y la lucha contra el calentamiento global. Ahora todo es guerra, el berrinche de la civilización no tan civilizada demoliendo hasta sus cimientos a las mismas ciudades por las que hasta hace poco nos desvelábamos para intentar rediseñar de manera amistosa con la naturaleza. ¿Será que la huella de carbono no aplica para las bombas? La sostenibilidad aún no está lo suficientemente arraigada como para modificar estos berrinches de nuestra sociedad. Cuando viene la ansiedad ideológica, hacemos la pataleta a la antigua, y nos damos permiso para quemarlo todo. Si, no solo en Europa Central y el Medio Oriente, también en el metro de Santiago. Y si vamos a la pandemia, también sucedió con las billones de mascarillas que nos salvaron la vida pero que terminaron en el mar atragantando a las tortugas marinas. Sin un dios que nos guíe, la humanidad parece estar huérfana, avanzando en un zigzag a ciegas. Estamos sedientos de encontrar nuevos caminos, pero nos inundan las ideologías recicladas baratas, cuando lo que necesitamos es una verdadera utopía, de esas que nos sirvieron para levantar imperios. Y hay una que emerge cada vez con más claridad: volver la mirada a la casa de todos, el planeta tierra. Los antiguos, los más antiguos de todos, por allá por la prehistoria, ya lo habían visto. Es el respeto a las fuerzas del universo y la naturaleza lo que podrá darnos la calma y la sabiduría para poder volver al paraíso. Que ironía ver que en los últimos milenios de civilización, hemos creado las más increíbles tecnologías, y al mismo tiempo hemos dejado una estela de destrucción sobre aquellos dioses que más respetaban nuestros antepasados: los glaciares, los ríos, los bosques, el viento y el mar. Solo se salvan las estrellas. - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Cosmopolítica del desastre

    Un mundo en el que los eventos distantes no tendrían ningún impacto en nuestras vidas no existe desde hace mucho tiempo. Pero, al mismo tiempo que se volvía cercano, este mundo se volvió virtual, de manera que la distancia mínima y el sentido de la realidad necesarios para un juicio equitativo han desaparecido Se habla mucho en estos tiempos de la “importación” del conflicto israelí-palestino en Francia. Esta presentación de cómo una guerra aparentemente lejana se introduce en nuestras tierras es equívoca. Incrimina a poblaciones ya presentes, condenándolas a reproducir aquí sus afectos y, a veces, sus rabias hacia lo que sucede allá. Se ha dicho mucho que Francia alberga a las comunidades judía y musulmana más importantes de Europa. Este hecho probablemente explique por qué existe aquí, más que en otros lugares, una sensibilidad aguda hacia las violencias en el Medio Oriente. Pero esto de ninguna manera implica el deseo de estas comunidades de “importar” una guerra implacable a un suelo que es bueno recordar que es suyo. Utilizada en este sentido, la imagen de la “importación” es aún más engañosa, ya que sugiere que las violencias ocurren en otras partes del mundo y que cada uno de nosotros (y no solo judíos y musulmanes) podría mantenerlas alejadas de nuestras preocupaciones. Sin embargo, un mundo en el que los eventos distantes no tendrían ningún impacto en nuestras vidas no existe desde hace mucho tiempo. En el siglo XVIII, Kant ya mencionaba algo así como una globalización de los sentimientos que hace imposible la indiferencia del aquí hacia las injusticias de allá. Las interacciones entre los humanos se han vuelto tan intensas y los medios de comunicación están tan desarrollados, escribía el filósofo, que “la violación del derecho en un solo lugar de la tierra se siente en todas partes” (Proyecto de paz perpetua, 1795). Kant veía en esta globalización de las emociones morales un argumento a favor de un cosmopolitismo cuyo horizonte sería la paz. El filósofo de las Luces creía que, afectados por los eventos lejanos, los hombres modernos tomarían conciencia gradualmente de que la tierra es esférica y que su extensión es finita: comprenderían que todos sus esfuerzos por separarse unos de otros son vanos. En esta hipótesis optimista, la conciencia de la cercanía de lo lejano debería incitar a cada uno a considerarse a sí mismo y a ver a los demás como “ciudadanos del mundo”. Debería llevar a la humanidad a desear lo que, por otro lado, la razón preconiza: un orden internacional basado en el respeto al derecho y el rechazo de la guerra. El mundo de Kant, basado en la abolición de la diferencia entre lo cercano y lo lejano, se ha realizado, pero no así las promesas pacíficas que contenía. Las “violaciones del derecho” perpetradas a lo lejos ahora son accesibles con un clic. El mundo entero está depositado en nuestros teléfonos inteligentes, disponible para cada una de nuestras indignaciones. Pero, al mismo tiempo que se volvía cercano, este mundo se volvió virtual, de manera que la distancia mínima y el sentido de la realidad necesarios para un juicio equitativo han desaparecido. El conflicto israelí-palestino muestra, después de otros, que muchos siguen juzgando los crímenes lejanos a la luz de sus prejuicios personales. La negación de las injusticias coloniales perpetradas por Israel responde al rechazo de equiparar los actos de Hamás con el terrorismo. Los muertos, por ahora, principalmente civiles, se acumulan en las pantallas y cada uno cuenta los suyos en función de la idea que tiene de la justicia. El cosmopolitismo, es decir, la conciencia de habitar el mismo mundo porque pertenecemos a la misma humanidad, nunca ha tenido tantos argumentos a su favor en la historia. Más allá de las guerras a las que ahora estamos conectados día y noche, el cambio climático, y las migraciones de las que es una de las causas, son una prueba tangible de que hay un solo mundo: aquel que, independientemente de nuestras pertenencias, se ha “importado” en nuestras vidas. Sin embargo, este mundo que se ha vuelto presente como desastre no debe ser juzgado a la luz de nuestro propio mundo, aquel que está tejido por nuestras preferencias, nuestros sesgos ideológicos y nuestros miedos. Para construir un cosmopolitismo no desastroso, se necesitará algo más que solidaridades virtuales que proyectan ideas (o más bien imágenes) preconcebidas sobre lo lejano. Será necesario un esfuerzo para distinguir las responsabilidades sin jerarquizar las injusticias. También será necesario recordar que el mundo solo tiene sentido si es el de todos. No tiene ninguna posibilidad de construirse si exportamos hacia él nuestros prejuicios. Texto publicado en Libération el 26 octubre 2023; se traduce y publica en Barbarie.lat con autorización de su autor. - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Otra vuelta de tuerca

    Escribir, leer, comprender. Se escribe en compañía de libros. Es decir que la práctica de escribir no solo está enmarcada en prácticas de lectura, sino que toda escritura es, ella misma, una lectura y, por lo tanto, supone un recorte. En este sentido, funciona como una fotografía. Puntualmente, mientras miro de lejos los terribles acontecimientos que se despliegan en los Territorios Palestinos Ocupados y que me impulsan a articular estas palabras, hay un libro que me acompaña. Se trata de V13: una crónica judicial escrita por Emmanuel Carrère que aborda el juicio a los acusados de los atentados del viernes 13 de noviembre de 2015 en París. El texto identifica víctimas y victimarios y da voz a ambos en un intento de “no juzgar, no deplorar, no indignarse, únicamente comprender”[1]. Y si es capaz de esto último es porque se posiciona firme en una sentencia: comprender no es disculpar, comprender no es justificar, comprender no es respaldar. Para Carrère, en cambio, comprender supone contextualizar no solamente a los victimarios, sino a las propias víctimas con quienes se identifica. Supone poner de relieve esas diferencias históricas y acontecimentales, pero sobre todo cotidianas, que colocan a unos de un lado y a otros del otro para encontrarlos a todos en la muerte. Este texto también tiene una vocación de comprensión. Ya no del conflicto palestino-israelí en sí mismo o de los grandes hitos que nos permiten historizarlo y entenderlo (algo de eso he articulado en otra intervención[2]), sino de las palabras y las imágenes que enmarcan nuestra concepción del mismo y, al hacerlo, nos indican los posicionamientos posibles. ¿Cómo sortear esos límites? ¿Cómo ampliar esos márgenes? Las palabras. Resistencia o Terrorismo. Genocidio o Defensa. Estas son solo algunas de las palabras que se adosan al desorden, a las bombas, al dolor, al sufrimiento, a los pedidos de clemencia, ya-basta-por-favor. Ninguna de ellas se detiene en la mera descripción, sino que son significantes nodales de los que se desprenden y a los que llegan una serie de caracterizaciones del conflicto, de los actores implicados, y acciones legítimas (y legales) tanto por parte de ellos como hacia ellos. Así, se pone en evidencia, una vez más, la imbricada relación entre palabras y política. Cuando en distintas conversaciones aparece este último capítulo del largo conflicto palestino-israelí, suele remarcarse lo difícil que es hablar en estas circunstancias. El dolor y la angustia que producen el temor por la vida de los seres queridos, las masacres a quemarropa, los borramientos de miles de personas (muchas de ellas niñxs) y el desplazamiento forzado de millones, nos conducen a cuidar nuestras palabras para ser respetuosos y comprensivos con el dolor del otro. Este registro es de celebrar en un momento histórico que no se caracteriza por esas limitaciones que nos imponen el cuidado y la palabra cuando se encuentran. Los límites nos obligan a tomarnos tiempo para buscar la palabra precisa, para detenernos a reflexionar en lo que estamos diciendo. ¿Por qué? Porque “las palabras duelen, vibran, curan, consuelan, repercuten, permanecen”[3]. Pero hay límites que no apuntan a una regulación de la palabra sino contra la integridad moral de las personas. Son modos violentos de cancelar pensamientos, posiciones políticas, que ubican a las personas y no a (algunas de) sus palabras en categorías pre-armadas: sionista, anti-semita, tibia, terrorista, islamofóbica… Todas estas etiquetas pueden funcionar al mismo tiempo porque surgen de la absolutización de las interpretaciones que se hacen de los textos, de los fragmentos que se resaltan y se fijan. Así, la etiqueta cae sobre la persona, implacable. Son modos que a un tiempo otrifican y crean identidades rígidas, severas: señalan condenados y salvados. En este sentido -y en tantos otros-, están sostenidos sobre la lógica binaria que atraviesa y constituye a la modernidad/colonialidad. Son etiquetas que abrazan una jerarquía moral, política, existencial. Aquí se enmarcan las acusaciones de anti-semitismo e islamofobia, ambas formas de racismo que funcionan efectivamente en los discursos que engalanan a este conflicto y que también impiden la identificación clara de responsables de estas violencias sin ropajes. Estos actos de crueldad sin mediaciones devienen realizables porque se sostienen sobre un ordenamiento jerárquico de las vidas y sobre la idea de que ciertos pueblos solo conocen el lenguaje de la fuerza. No es la primera vez que somos testigos de estos mecanismos nefastos a los que estamos amarrados: han sido puestos en funcionamiento una y otra vez. Y sin embargo, aquí estamos, atascados en el mismo barro, siendo testigos de las mismas atrocidades sobre los mismos pueblos. Por supuesto, hay responsables fácilmente identificables de este nuevo recrudecimiento de la violencia sobre los cuerpos. Pero, ¿cuál es nuestra responsabilidad? ¿Qué hacer si no podemos simplemente no hacer nada frente al horror? Quizá el máximo despliegue de esta lógica binaria se encuentre en el tándem víctima/victimario: otra forma de lenguaje para llamar a sujetos que están implicados en conflictos y que constituye el modo en que los entendemos. ¿Quién es la víctima en este conflicto?, nos preguntamos. ¿Quién, el victimario? Una vez identificados es fácil tomar partido: uno siempre se coloca del lado de las víctimas. Pero como toda categoría política, esta tampoco es transparente. Podríamos acordar que hay víctimas absolutas en este conflicto: son los niños y las niñas sobre los cuales en este momento se está ejerciendo la violencia y que deben crecer aterrorizados, traumatizados, despojados, empobrecidos, en muchos casos, solos. Por fuera de los niños estas posiciones no son tan claras, puesto que tiende a haber un desplazamiento que hace de aquel que se considera víctima un victimario, para luego volver a ser víctima y nuevamente victimario, y así sucesivamente. ¿Podemos implicarnos con estas categorías o solo nos sirven para juzgar (al otro) desde una posición de exterioridad? La lógica binaria, constitutiva de la modernidad/colonialidad, nos encierra en estas lecturas, nos lleva a no poder concebir el conflicto más que en términos de unos contra otros. Pero, a pesar de su nombre, el conflicto palestino-israelí no es un conflicto entre dos y nunca lo fue. En primer lugar, porque, como todos los pueblos, tanto el pueblo palestino como el judío son heterogéneos: a su interior conviven distintas clases, distintos modos de relacionarse con la religión, distintos posicionamientos políticos. En segundo lugar, porque desde su inicio es un conflicto atravesado por actores, procesos y discursos internacionales y regionales que han constituido a palestinos y a israelíes y que han facilitado u obstaculizado sus objetivos políticos. Por supuesto, la violencia amalgama a las partes: el otro que ejerce la violencia sobre el yo se convierte en una amenaza que hay que exterminar si se trata de defender la propia vida. Pero la historia nos ha mostrado una y otra vez que los exterminios no solucionan nada: cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo, solo suman una capa más de odio, dolor, rencor y sed de venganza. ¿Es posible hacer política con estos materiales? Las imágenes. A la corroboración fotográfica de las atrocidades cometidas por nuestro lado, la respuesta estándar es que las fotos son una fabricación, que ninguna de esas atrocidades tuvo lugar, esos son cuerpos que el otro lado trajo en camiones de la morgue de la ciudad y los colocó en la calle, o, sí, eso sucedió y fue el otro lado el que lo hizo, a ellos mismos[4] Cuerpos adultos y cuerpos niños muertos, mutilados, ensangrentados, bajo escombros: “ruinas de carne y piedra”[5]. Gritos mudos que atraviesan el dispositivo. Rostros aterrorizados y en llanto angustioso, miradas alienadas. Tristeza, dolor, una vida de esfuerzo y sufrimiento que es (una vez más) derribada. Cargar en brazos a niños, a bebés, a seres amados a los que la vida se les escapa. Objetos de violencia física re-objetualizados por las cámaras, un dolor que se hace público sin consentimiento. Quienes estamos lejos, nos convertimos en espectadores de imágenes que nos sacuden, nos indignan, nos hieren. Como las palabras, las imágenes también nos cuentan una historia y nos conminan a posicionarnos, pero su funcionamiento no es exactamente igual. Reflexionar sobre la especificidad de lo que hacen es fundamental en este contexto en el cual nuestros principales canales de información son dispositivos que funcionan a través de la producción y reproducción de imágenes. Estas pueden estar producidas en el terreno donde efectivamente acontecen los hechos o por fuera de ellos (ya sea en escenografías armadas para tal fin o mediante IA). En todos los casos, se trata de imágenes producidas. Las imágenes condensan y simplifican. Por eso son también potentes dispositivos de memoria: hay imágenes que se nos fijan como representativas de ciertos momentos. La materialidad de las imágenes actúa también haciéndonos suponer que todos miramos lo mismo. Sin embargo, las imágenes no hablan por sí solas. Al ser interpretadas a partir de marcos preestablecidos, de creencias, refuerzan nuestras posiciones, porque lo que podemos interpretar de ellas es lo que ya sabemos. Así, en lugar de crear comunidad, empatía, las imágenes refuerzan, ahora desde la afectividad, los binarismos. “Fotografiar es encuadrar, y encuadrar es excluir”[6], es visibilizar al tiempo que se invisibiliza. Nuevamente, se nos impone la lógica binaria. Nuevamente debemos elegir entre el sufrimiento de unos o de otros, entre la vida de unos o de otros. ¿Es posible estar a favor de los palestinos y de los israelíes? Pensamiento crítico y política. Hay quienes consideran que estas tragedias de las que, evidentemente, no podemos salir, no son un buen momento para pensar: hay que actuar y actuar supone tomar posición. Yo sigo creyendo que hay algo muy podrido en nuestro modo de comprender(nos) en el mundo que es condición de posibilidad de esta violencia que nos conmueve. Y que, en lugar de reforzar esas formas de saber, poder y ser, estos momentos nos tienen que servir, a quienes estamos lejos, para reflexionar sobre ellas, denunciar su funcionamiento y desarmarlas. Porque si no lo hacemos estamos condenados a la repetición. Ahí radica nuestra responsabilidad, así nos implicamos. En este marco, es en estos momentos cuando las Ciencias Sociales y las Humanidades muestran su utilidad, pues son las que nos permiten –aun más: nos fuerzan a- salir de la reacción inmediata, evitar el vómito desparramado sobre el teclado. En tanto parte de un proceso reglado de construcción de conocimiento, ellas nos obligan a tomarnos un tiempo que nos permite la comprensión, herramienta necesaria para poder conversar con el otro, puesto que nos permite entender que las personas nos movemos a partir de experiencias, palabras e imágenes que nos atraviesan el cuerpo y se hacen creencias. Y actuamos a partir de lo que creemos. Si –además- a la comprensión le inyectamos crítica, podemos ser capaces de poner en cuestión nuestras propias convicciones y acercarnos al otro, devolverle su humanidad. La comprensión crítica nos permite la política, ausente en las lecturas que ven como única alternativa de los actores implicados el asesinato masivo de civiles. Esos posicionamientos cierran, se convierten en armaduras que, al tiempo que impiden que otras voces nos atraviesen, también nos separan de los otros: un nuevo muro de separación. ¿Cómo desactivar –detener- aquello que está sucediendo a la vista de todxs, es decir aquello que nos está sucediendo ahora a nosotrxs? Tengo pocas convicciones estos días, pero una de ellas es que si seguimos encerrados en estos modos de relacionarnos con el otro la vida resulta imposible. [1] Emmanuel Carrère (2023), V13. Crónica judicial, Anagrama, p. 144. [2] https://www.revistaanfibia.com/la-vida-imposible-medio-oriente/ [3] Alejandro Zambra (2020), Poeta chileno, Anagrama, p. [4] Susan Sontag (2003), Regarding the Pain of Others, Picador (traducción propia). [5] Sontag, op. Cit. [6] Sontag Op. Cit. - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Milei y la inteligencia artificial

    Hace apenas cinco años, en el marco de una entrevista, intentando justificar la necesidad del achicamiento del Estado, esto es, de un Estado llevado a su mínima expresión, y frente a la pregunta del entrevistador de quiénes eran los que deberían conducir ese Estado mínimo, si los políticos, los tecnócratas o los intelectuales, frente a esa pregunta, un político que todavía no era tal, pero que en su destino estaba ganar las elecciones Primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias de 2023, respondía: “Está la posibilidad, ahora lo han diseñado, que sea conducido por robots”. Frente a esta respuesta, el entrevistador, sorprendido, señala que deben faltar muchos años para que eso pueda ser real y, en todo caso, que una sociedad gobernada por robots no puede ser una sociedad humana. Frente a lo que su interlocutor insiste que está hablando de la sociedad actual y señala: “De hecho hay un hotel en Japón que está manejado por robots, con capacidad de empatía y en España hay robots con trece sentimientos”. Más allá de lo disparatada que pueda ser la afirmación, insiste en ella en otra oportunidad, utilizando el mismo ejemplo del hotel automatizado y señalando, para darle fuerza a su argumento, que ese hotel era el más económico en comparación al resto de los hoteles de la ciudad. Pequeña disgresión: el hotel en el que estoy escribiendo estas líneas, uno de los más baratos de San Miguel de Tucumán, no es atendido por robots y dudo mucho que si fuera atendido por robots pudiera ser más económico de lo que es. Indudablemente, cuando Milei hacía esas afirmaciones en 2018 no se imaginaba que él mismo estaría con posibilidades de ganar una elección presidencial, o al menos no tan pronto. ¿O lo que tenemos que imaginar es que se piensa a sí mismo como un robot? Ahora bien, pensar a fondo esa afirmación, significa dejar de pensarla como una fabulosa distopía de ciencia ficción en donde en un futuro cercano un humano le pasará los atributos presidenciales a un robot que, a partir de entonces, empezará a gobernarnos del modo en que los robots atienden el hotel japonés. Pensar a fondo esa afirmación significa pensar que hoy mismo estamos bajo el dominio y, en algún sentido, somos gobernados por lógicas algorítmicas que no elegimos más que superficialmente a partir de plataformas de las que desconocemos su funcionamiento sutil, y que ya están aquí, operando en todos los dispositivos electrónicos que creemos manipular y que, secretamente, nos manipulan más de lo que creemos. Que el ultraliberalismo se emocione con esta posibilidad de que nos gobierne la inteligencia artificial, se articula con la idea de Estado mínimo que tiene en mente: un Estado destinado solamente a proteger la propiedad, y por lo tanto un Estado cuyo alcance solo se restrinja a brindar seguridad y justicia. El problema reside en que la pretendida neutralidad de lo que para el ultraliberalismo significa la seguridad y la justicia no es tal, y esta confusión (sea ingenua o intencional, no importa) se engarza en la abstracción conceptual en la que descansa todo su andamiaje teórico. También su concepto de libertad es abstracto, en tanto ella pueda significar “morir de hambre”, como se ha dicho con un desmedido cinismo. El ultraliberalismo actual persiste en los principios anticuados de una libertad que es considerada eminentemente como una libertad negativa, lo que en su momento Benjamin Constant llamó “la libertad de los modernos”, una libertad de “no interferencia” para que los individuos puedan realizar sus acciones en el ámbito privado como mejor les plazca. ¿Qué significa esto? Que no merece importancia el principio público de despliegue de la libertad, la célebre “libertad de los antiguos”, sino simplemente la posibilidad de su desarrollo en el ámbito privado. Así, amparado en un discurso de la libertad privatista, se deja a las corporaciones reinantes determinar el modo en el que se construye positivamente nuestra forma de ser colectiva. Se destruye así la voz pública que puede definir qué es lo que queremos ser como sociedad. El ultraliberalismo termina coincidiendo con un fascismo corporativo. No es un fascismo estatalista, como lo fue el del siglo XX, sino que este, el del siglo XXI, es un fascismo empresarial que se vuelve difícil de precisar justamente porque circula a través de la inteligencia artificial, entre billeteras digitales, bitcoins y criptomonedas. Es decir, de manera anónima. *** Nuestro interés reside en señalar que la inteligencia artificial está asentada en una política y ella misma es política. Frente a los juegos distópicos que se preguntan si las inteligencias artificiales algún día dominarán al humano, o si la vida humana estará en riesgo de ser exterminada por una inteligencia artificial que se independice lo suficiente para volverse contra ella, la realidad es que día a día la inteligencia artificial acecha la vida de diversos modos. El extractivismo de la inteligencia artificial corroe la vida de forma cotidiana, puesto que ella misma no puede sino existir fundada en la extracción de los recursos minerales del planeta, como así también de la extracción de datos a escala masiva, a lo que se suma la mano de obra barata. La inteligencia artificial, como señala Kate Crawford en su Atlas de inteligencia artificial, “es otro tipo de megamáquina, un conjunto de enfoques tecnológicos que depende de infraestructuras industriales, cadenas de suministros y mano de obra extendidas por todo el mundo, pero que se mantienen en segundo plano”. Esa infraestructura que depende fundamentalmente de los recursos naturales, entre ellos actualmente el litio (componente fundamental para las baterías recargables que utilizan desde nuestros smartphones hasta los autos eléctricos), no puede sino ponerse en funcionamiento sino a través de la energía eléctrica. Por ello mismo es importante mostrar la materialidad extractivista que está en la base de cualquier tipo de data mining o “minería de datos” que es un tipo de extractivismo desdoblado. Este extractivismo de recursos naturales normalmente tiende a ocultarse a partir de unas retóricas en donde todo el andamiaje digital se resume en la idea de “nube”, que pretende mostrarlo de forma evanescente, como si comportara una estructura meramente ideal. Por esto mismo tampoco es casual que los poderes financieros que se benefician directamente de este extractivismo le hagan decir a sus portavoces, de manera increíble, que el calentamiento global no existe. *** El desarrollo de maquinaria, en su fundamental ensamblaje con el desarrollo científico aplicado a la producción, lleva a una tendencial desaparición del trabajo. Pero eso no significa una desaparición de la pobreza ni de la exclusión, muy por el contrario, se necesita menos cantidad de mano de obra a medida que los procesos productivos-cognitivos son realizados por la maquinaria-algoritmo. Y en paralelo el proceso de concentración se vuelve cada vez más extremo, llegando a niveles pocas veces vistos en el pasado. Marx decía con razón que “el valor objetivado en la maquinaria se presenta además como supuesto frente al cual la fuerza valorizadora de la capacidad laboral individual desaparece como algo infinitamente pequeño”. Y ello cuando el nivel maquínico-algorítmico es de niveles gigantescos como los actuales, la capacidad laboral se vuelve directamente invisible y hasta gratuita. Trabajamos diariamente para los algoritmos, dándoles información a través de nuestras interacciones y búsquedas, insumos básicos para que los algoritmos de rankings de Google y Meta sigan procesando la información de todos y de cada uno bajo la lógica estadística del Big Data. El feedback del que se nutre el algoritmo lleva al extremo la sociedad de consumo en el sentido en que no sólo genera estadísticas para ofrecer mejor “en general” los productos que se ofrecen, sino que, a la manera del poder pastoral, opera en omnes et singulatim, es decir, en todos pero también –y esto es lo importante– en cada singularidad en particular. El algoritmo así puede ofrecernos lo que estamos buscando, o lo que se orienta a través de nuestras búsquedas y de esta forma maximizar su productividad y la productividad del capital. Y eso no solo tiene que ser un producto físico, por supuesto, sino también millares de productos digitales que crecen de manera acelerada: desde imágenes y videos, pasando por infinidad de servicios de streaming, hasta apps de todo tipo. De esta forma el algoritmo va construyendo perfiles para cada individuo al que le ofrece contenido en la línea del que consume habitualmente. Estos nuevos procesos significan un cambio radical en nuestros modos de existencia, puesto que llevan la dimensión del yo al límite de una mismidad absoluta, disminuyendo al extremo la posibilidad de un encuentro con algo verdaderamente novedoso, extraño o diferente a lo que estamos acostumbrados. Y, por supuesto, este proceso no sólo se remite a productos sino también a opiniones y corrientes de opinión: en general, el algoritmo nos muestra aquello con lo que solemos acordar, con lo que se reafirman nuestras habituales convicciones y se cierra así nuestra experiencia en el círculo de una homogeneidad totalitaria. De este modo, nuestra existencia se separa radicalmente de lo otro, en el sentido en que se refuerza la construcción de una individualidad absoluta tras la soledad de nuestras pantallas. Al ultraliberalismo no le resulta difícil montarse sobre esta dinámica existencial que produce el algoritmo y de este modo crece en acumulación política. Su concepción de la libertad como mera “no interferencia” encaja a la perfección con la individuación que técnicamente produce el algoritmo. Así todo conflicto público debe ser reprimido de la misma forma en que pueden ser silenciadas las stories de Instagram que ya no queremos ver. La fascinación del ultraliberalismo con la inteligencia artificial es que, con ella, empieza a acercarse tendencialmente la posibilidad de que todo conflicto público pueda silenciarse con un click. *** Que las mercancías parezcan que valen independientemente de las relaciones humanas que las sustentan, ese quid pro quo, como dice Marx, ese tomar una cosa por otra, de escamotear lo que es producto de relaciones humanas y ponerlo como si fuera una relación de las cosas con ellas mismas es lo que pretende desmontarse como la mayor ficción que sustenta al capitalismo. En su célebre “Fragmento sobre las máquinas” de los Grundrisse, Marx se refiere al proceso de autonomización del capital frente al trabajo a partir del creciente desarrollo de la maquinaria como capital fijo. El proceso de enajenación que tan bien explica en los Manuscritos, aquí se ve en su progresiva expansión a partir de la maquinaria. Si el productor podía tomar como ajenas a las cosas producidas por él mismo es porque en el proceso productivo se encuentra el origen de esa enajenación y dominación: “En la maquinaria el trabajo objetivado se le presenta al trabajo vivo, dentro del proceso laboral mismo, como el poder que lo domina”. La labor del trabajador pasa a ser así un apéndice de una fuerza que se le aparece como externa y, en tanto tal, se le impone. Luego es un efecto de ello que, en el día a día, las mercancías se le aparezcan como algo completamente ajeno y las relaciones sociales que son el fundamento de su valor se muestren como relaciones entre las cosas. La inteligencia artificial en tanto maquinaria etérea también ejerce ese quid pro quo: se muestra como algo independiente, ajeno e inhumano que nos domina, pero en tanto trabajo objetivado es, de hecho, producto de nosotros mismos. Y en ese sentido responde a un qué, a un quién y a un para qué. Mostrar el modo en que se engarza con formas políticas ultraliberales y éstas a su vez con un capitalismo financiero globalizado, es lo que no tenemos que perder de vista en una época en donde el algoritmo está alcanzando un nivel de autonomización extremo. *Extracto de conferencia dictada en el marco del XX Congreso Nacional de Filosofía AFRA, San Miguel de Tucumán, del 20 al 23 de septiembre de 2023. - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

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