Barbarie pensar con otros
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- Voces en movimiento [Fragmentos]
El derecho de decir yo soy Nasaria Navarro, 59 Mi vida en República Dominicana era muy feliz, muy hermosa. Vine por vacaciones a Chile, pero me gustó y me quedé. Yo estaba separada del padre de mis hijos. Me vine trayendo a mis hijos uno por uno. Tengo cuatro hijos y ocho nietos. El único varón que tengo vive en Japón, a él me lo traje antes de un año, porque no requería visa y duró dos años aquí. En Argentina estuvo como cuatro años, volvió a República Dominicana y luego se fue a Japón. Una hija está en Dominicana, otra vive en Santiago y en Punta Arenas vive conmigo la más pequeña. Uno dice voy a probar suerte en otro país y se queda tirando aventura. Desde que yo regresé a Chile me hicieron mi contrato y a los tres meses ya tenía mi carnet. Antes no había tanto requisito para hacer los trámites, aunque se demoraban más tiempo en darte la definitiva. A mí me la dieron como a los cinco años y tanto. Yo trabajé en distintas partes, tenía distintos contratos. Al principio conseguí un trabajo en un hotel y como a los tres días me hicieron un atraque a mano armada. Después trabajé en un restaurant. Cuando vine a Chile el 2010, no había que buscar visa, el que entraba, entraba legal y podía buscar alguien que le hiciera su contrato, pero no había tanto inmigrante como últimamente. Yo no estoy de acuerdo con la gente que viene por detrás, como decimos nosotros, con la gente que viene por pasos no habilitados, porque son muchas las vidas que se han perdido. No es justo que pase tanta gente, les quitan el pasaporte y les cobran por todo. Espero que hagan algo ahora que se ha perdido tanta gente. Ningún migrante viene de gratis, porque pagamos impuestos, venimos a trabajar. Pero al cruzar así, las mujeres se arriesgan a que les roben todo o las violen. Hay muchas mentiras sobre nosotros, porque mi hija trabaja en un lugar donde hay solo inmigrantes, son todos colombianos y ella es la única dominicana, pero llega un chileno a trabajar y deja el trabajo botado. Nosotros los inmigrantes conseguimos un trabajo y sí o sí tenemos que hacerlo. Nos explotan como quieren. A diferencia de los chilenos nosotros no tenemos una casa, por lo que estamos obligados a trabajar. Una vez me estaban arrendando una habitación en 150 mil pesos y no me mudé, pero cuando le busqué una chica chilena él se la dejó en 50 lucas, entonces ¿de qué estamos hablando? Hasta en la feria nos venden las cosas más caras. Todo lo que digo es en base a mi experiencia. Yo viví mucha discriminación. En la calle tuve mucho inconveniente, porque hay mucha gente racista; es difícil para los extranjeros. La gente es muy discriminadora, te ven el color y dicen: “tú eres lo peor”. La gente te lleva a un lugar en que no te puedes quedar callado, tienes que responderle. Caminando por la calle la gente te dice todas las cosas feas: “negra… de tu madre, devuélvete a tu país”. Muchas veces en el ascensor había gente que se paraba detrás de mí y me tocaban el hombro y me decía que yo no podía entrar al ascensor, porque era para enfermos. Un día me costó contestarle a un señor y decirle: “llévese el ascensor para su casa, así el ascensor es para usted”. Trabajé dos años cuidando adultos mayores y dejé el trabajo por eso. Aunque yo sabía que estaban enfermas, había mujeres que me decían “esta negra… de su madre”, “ándate al inodoro y tira la cadena”. Vi mucha cosa que no me gustó, como maltrataban a gente enferma. Yo ganaba bien, pero decidí irme. Ahora vivo en Punta Arenas hace tres años. Aquí es muy distinto. Vine a visitar a una amiga y vi la tranquilidad. La gente no te pasa a llevar, te saludan, aunque hay discriminación igual, pero no es todo el mundo. De todos los lugares de Chile en los que viví, Punta Arenas fue el que más me gustó. Mi hija me dijo: “si hubiera sabido que era así, no hubiera perdido tanto tiempo en Santiago”. Me traje a mi nieto, que no agilizaba en el colegio porque lo molestaban, y aquí mi nieto es una bendición en su clase. Comencé a realizar trabajo sexual, al ver que me mataba trabajando. La renta era mucho más y no tengo que esperar un mes para cobrar el sueldo. Ahora no soy empleada de nadie y me dedico a mi trabajo. A veces pasaba en el hotel cuatro días sin volver a mi casa, porque no llegaba mi relevo, pero me estaba matando. En el trabajo sexual no cumplo horarios, saco la plata que necesito y resuelvo mis problemas. No es lo mismo que trabajar con un patrón. En este trabajo nadie obliga a nadie. Hay muchas mujeres que no nos atrevemos a decir que somos trabajadoras sexuales, por el estigma y la discriminación que vivimos. Algunas dicen que salen a trabajar vestidas de enfermera y cuando llegan a los lugares se cambian la ropa, porque sus familias no las aceptan, no se atreven a decir lo que son. Si tú vas al hospital y dices que eres trabajadora sexual, piensan que eres un parásito, un bicho. Creen que somos focos de infección y es mentira, porque hicimos muchas encuestas, fuimos a todos los lugares, a todas las compañeras, y no nos salía a ninguna con VIH. Se hizo un estudio que las amas de casa tenían más porcentaje de VIH que nosotras, las trabajadoras sexuales. Tuvimos que sensibilizar al personal de carabineros y médicos. Ser trabajadora sexual e inmigrante es peor. Si es blanca, aunque sea dominicana o colombiana, pasa, no la discriminan tanto. A lo que la gente le tiene fobia es al color. Nos dicen que venimos a quitarles los maridos, pero es mentira. Nosotras no vamos a la casa de nadie, son ellos los que vienen donde una está. Después conocí la Fundación Margen, nos capacitaron en promoción del VIH Sida. Allí tengo como siete años. Primero conocí a Herminda González y Nancy Gutierrez, ellas iban donde nosotras trabajábamos, por San Antonio, nos llevaban preservativos y nos invitaban a tomar cafecito o tecito a la sede y nos dieron talleres, nos mostraron las enfermedades que había y nos enseñaron a defendernos. Había mucha represión de la policía. Aunque una no hiciera nada, los policías te detenían y te dejaban tres horas esposada. Luego te hacían firmar un reguero de papeles y no te dejaban leerlos. En la Fundación todos los meses hacíamos asambleas, también había personal de Derechos Humanos. Primero me hice monitora y después me gané el puesto de vicepresidenta de la Fundación. Fundación Margen integra la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe REDTRASEX. Somos una organización internacional que está en catorce países y luchamos por la regulación del trabajo sexual, para tener los mismos derechos que tienen los demás. Nosotras lanzamos un libro: Más allá del margen. Memorias de trabajadoras sexuales en Chile, editado por el periodista Víctor Hugo Robles, coordinador en comunicaciones de la Fundación. Se trata de todo lo que nosotras hemos hecho y vivido. Nosotras lo hicimos, un libro muy bonito. Con esta pandemia han mencionado a todo el mundo, pero a nosotras no nos nombran, no existimos. Estamos luchando por eso, para que nos atiendan en el hospital, nos den créditos bancarios para una vivienda. Nosotras pedimos que se respete a las trabajadoras sexuales, que tengamos salud integral, que no te vean como una escoria, porque es un trabajo como cualquier otro y esperamos que algún día se regularice. ¿Por qué tenemos que estar tapando el sol con un dedo? Vamos a la realidad. Queremos que todos sean libres, que nadie tenga que ocultar lo que es. Queremos el derecho de poder decir yo soy con la frente en alto.
- Manifiesto por una vida verdadera de Luis Roca Jusmet
Después de los Ejercicios espirituales para materialistas (Terra Ignota, 2021), Luis Roca Jusmet aboga por una propuesta radical. Pretende reivindicar una auténtica vida, la vida verdadera a partir de la hibridación de los textos –y actitudes– de tres filósofos de muy distinta tradición e incluso de ideología. No se trata de reelaborar textos o ideas ajenas bajo un nuevo prisma o de enfrentar posiciones que puedan diferir pero que compartan similitudes. Este ensayo conjuga las tres dentro de un marco común y un objetivo concreto. Este libro no es un recetario, sino, dice el autor, una “caja de herramientas para pensar una ético-política de lo que llamo una vida verdadera” (p. 9). Se agradece que el autor no haya tomado el camino tedioso de ir discutiendo diferentes acepciones de cada uno de las nociones de su propuesta. Parte, eso sí, de una concepción básica de lo que sería una “vida verdadera” a la que va añadiendo propuestas enriquecidas de un diálogo entre Oriente y Occidente. Parte de una cita de Rimbaud, “la verdadera vida está ausente” Rimbaud. Pero, ¿qué es una vida verdadera? Frente a la banalidad y la irreflexión la vida verdadera asumiría el mandato ilustrado sobre el saber aplicado a la búsqueda de la felicidad, poniendo los pies en la tierra tanto en los presupuestos como en el objetivo. El método es hacer corpóreos los procesos filosóficos. Como ya analizó en su libro anterior, los llamados “ejercicios espirituales”. Comienza analizando las aportaciones de Foucault, en especial los procesos de subjetivación. La subjetivación implica, tomémoslo literalmente, tanto hacerse sujeto único como estar sujetado. A Foucault le interesa tanto uno como lo otro pues insistió en la cualidad creativa del poder –micro y macro–, al que siempre se describe como represivo y coartador: “Ese Otro que es la Ley que nos quiere normalizar”. Si aceptamos la sentencia de Marx sobre que todo lo sólido se desvanece, la modernidad conlleva la disolución de vínculos y certezas, más aún con la globalización. Tendríamos ahora un sujeto vacío de la modernidad con derechos: “El poder neoliberal no se opone a subjetividad, sino que la atraviesa con la propuesta de ser sujetos gobernados empresarialmente” (p. 15). La vía filosófica es el nombre de la primera parte donde se presentan estos tres filósofos contemporáneos: Pierre Hadot, Michel Foucault y François Jullien en un diálogo con los antiguos. Tienen en común la filosofía como forma de vida. Hadot a partir de la lectura atenta de los antiguos, procurando desentrañar tanto el sentido original de cada concepto como de su transformación a través de la tradición filosófica. Así aparece el concepto de “ejercicio espiritual” que, avant la lettre, se rastrea en la manera estoica de entender el modo de vida estoico. Se trata de aprender a vivir, a dialogar, a morir y a leer lo que nos interpela para emprender una acción justa. Más bien podríamos decir que es un estoico que aprende del epicureismo con el gozo. Hadot conseja huir de la fantasía, que nos evade del presente, hacer con lo que se tiene, imaginar las posibilidades. La filosofía “es una forma de vida que nos hace mejores y más sabios (…). Viene a ser, por tanto, la vía para una vida verdadera” (p. 29). De Foucault podemos aprender a cómo pasar de sujeto sujetado a sujeto activo. La subjetivación puede ser un camino para la libertad. Dependería de cómo el sujeto se trata a sí mismo. Foucault propone, en especial a partir de la segunda y tercera parte de su Historia de la sexualidad, un combate para ser libre, contra las pasiones (a nivel interno) y contra las formas de dominio (a nivel externo)[1]. En su práctica como activista y en su literatura, Foucault empuña la virtud de la parresía, el valor para decir la verdad frente a posturas acomodaticias. Ese sería uno de los ejercicios, de las técnicas, de la gimnasia para fortalecer al sujeto. Otras serían la escritura, como las hypomnemata de Marco Aurelio. A este tipo de prácticas, ejercicios espirituales incluidos, es a lo que llamamos ejercicios espirituales, concepto actualizado. François Jullien, en lugar de partir de Grecia, parte de China. La civilización oriental prefiere basarse en el texto, no en la palabra. La vida buena, sostiene, es buscar las raíces, nutrirse y que circule el principio vital (qi) y evitar obstrucciones (p. 40). La referencia china es la agricultura, un proceso, la “persistencia de lo ordinario” y de “maduración, sin las prisas del carpe diem. “Vivir existiendo” Es un flujo, en fin, cultivarse a sí mismo. Esta visión, añadimos, conecta con las propuestas de Sloterdijk, e incluso con la razón vital de Ortega cuando propone vivir para superar el cogito cartesiano. Para Jullien sería una “segunda vida”, entendida como una transformación. Utiliza la metáfora de un “buen invierno”. El diálogo entre Foucault y Hadot es fecundo en sus diferencias. Hadot no escribe para transformar al yo (Foucault), “sino para eliminarlo” (p. 55). Foucault descubre el cuerpo y los placeres. Otra diferencia está en la versión política, el cuidado de los otros. En la segunda parte, La vía psicoanalítica, Luis Roca Jusmet introduce en el juego el psicoanálisis. En principio podría considerarse que el psicoanálisis es una forma de sujeción, es decir, una relación de dominio como forma contemporánea del poder pastoral (Foucault), o, por el contrario, una práctica que posibilita formas éticas de subjetivación. En el primer caso partimos de un ideal del Yo, que siempre nos han presentado como dependiendo del “Otro”. En el segundo habría que construir un deseo propio, plantear el psicanálisis como superación de la alienación, el conformismo y sometidos al amor del otro. El Psicoanálisis de Lacan, en este sentido, aboga por el discurso como alternativa a la sujeción, frente a la uniformización: “Todos estamos locos, todos deliramos”. Tanto Lacan como el autor toman con todas las precauciones el carácter de cartel de psi y la “catarsis” como método. El psicoanálisis aborda técnicas son “prácticas meditadas y voluntarias mediante las cuales los hombres no solo se fijan reglas de conducta, sino que procuran transformarse a sí mismos, modificarse en su ser singular y hacer de su vida una obra de arte” (Foucault, citado en p. 68-69). En el proyecto de sublevación, Lacan intentaba (1) liberar el psicoanálisis de su vinculación con las técnicas psi y con el discurso médico; (2) “que el psicoanálisis no fuera un proceso de normalización, sino una teoría del sujeto”; (3) liberarse de la visión tradicional del sujeto y (3), utilizar un lenguaje hermético para hacer trabajar. Como conclusión, La apuesta por la vida verdadera, termina por condensar los ingredientes propuestos. La filosofía es la gran enemiga de la retórica y las prisas del mundo contemporáneo no dan tiempo a elaborar experiencias y no da tiempo a que aparezca el deseo y de ahí el sectarismo y la violencia. Se pregunta Luis Roca Jusmet, ¿cómo pararse a pensar? Las técnicas heredadas de los estoicos vía Hadot y Foucault incluyen la lectura, escritura, examen de conciencia y visión global. Y, con el psicoanálisis lacaniano, “atravesar el fantasma” y responsabilizarnos de nuestro deseo. No se trata de un proceso solipsista, hay un compromiso político, “un yo con los otros”, no contra los otros ni con el sujeto aislado. Somos individuos dependientes que queremos autonomía. De ahí que debamos estar en defensa siempre de los derechos de los gobernados, de la vida digna, y reivindicando lo singular para vivir la pluralidad. Una vida verdadera. [1] Cabría preguntarse si el autodominio no podría comportarse como una forma de tiranía extrema al servicio de un sujeto no consciente de cómo es inducido a desear en una dirección concreta. Manifiesto por una vida verdadera Luis Roca Jusmet NED Ediciones 2023 96 páginas
- A partir de “El cuerpo ausente”, exposición de Victoria Jolly
El cuerpo ausente Parque Cultural de Valparaíso, 2023 “El cuerpo ausente” es una obra múltiple generada a partir de una larga investigación sobre -y con- las mujeres fundadoras del proyecto “Ciudad Abierta” en las dunas de Ritoque en los años 70. 1. Instalar el cuerpo ausente. La instalación de la obra y sus documentos comienza en la entrada con la proyección gigante de un videoarte donde destaca la toma aérea (drone) de una performance de la artista en el estero Mantagua, cuyas aguas mueven lentamente un lienzo plástico de unos doce metros de largo semisumergido, sostenido en un extremo por la mano de la artista y en el que se lee el texto color magenta “el cuerpo ausente”. El flujo transparente del agua remueve restos de pigmento blanco dejando una estela a la manera de una nube, como un humor que es exhalado desde el tiempo pasado. La proyección está flanqueada por los textos de la “ronda curatorial” de siete mujeres expuestos en lienzos negros que cuelgan desde lo alto. Tras la proyección se extiende la sala donde hay una serie de instalaciones. La primera es un habitáculo de forma cupular hecho de esterillas de totora, accesible, en cuyo interior se ilumina de forma cenital una mesa con diversas fotografías de la vida cotidiana de las primeras décadas de la Ciudad Abierta. A continuación, en el centro de la sala, una instalación de mesas concéntricas, cada una con una pantalla y sistema de audio donde se puede ver y escuchar por separado el registro de las entrevistas en profundidad realizadas por la autora con cada una de las diez mujeres fundadoras de Ciudad Abierta que componen el corpus principal de la investigación. Esta instalación, contiene la palabra y el sonido de las voces a la manera de un coro. “Coro rebelde” (Kirwood, 1987) que devela la vida omitida, la ciudad invisibilizada de las mujeres. Las paredes de los costados de la sala exhiben fotografías en pequeño formato en blanco y negro dispuestas de forma perpendicular al muro. Más adentro, desde el cielo cuelgan una serie de lienzos gigantes de tela cruda intervenida con tintura de cúrcuma generando un estrecho pasadizo liminal dispuesto diagonalmente al eje de la sala que conduce hacia el último tercio de la muestra donde en la gran muralla del fondo se proyecta un registro audiovisual de varias acciones y performances de la autora en el territorio de Ciudad Abierta. Abajo, recortando la proyección, una instalación con arena gris de Ritoque en el suelo, emula el paisaje dunar donde se emplaza la Ciudad Abierta. Al costado, otras telas están intervenidas con la pintura de los rostros difusos de las diez mujeres y sus nombres. 2. Invocar el cuerpo ausente. “El cuerpo ausente” busca visibilizar la vida y obra de las mujeres de Ciudad Abierta, saldando una deuda histórica con las co-autoras de un proyecto arquitectónico relevante a nivel internacional, mayormente ausentes de su historiografía masculina e invisibles en sus registros y circulación documental. En este proyecto multidisciplinar confluyen las artes visuales, la arquitectura y la antropología para crear un espacio liminal de la memoria tanto de la obra colectiva Ciudad Abierta como de su contexto cruzado por el golpe de estado de 1973, lo que implica transitar los vacíos y las ausencias en diversas capas de la experiencia en el relato historiográfico. Victoria Jolly cruza también un umbral epistemológico de sujeto y objeto al construir su investigación y su obra “con” las propias mujeres, fundadoras de Ciudad Abierta, en un presupuesto co-autoral o de “ciencia participante” al decir de Julieta Kirkwood (1987), y adicionalmente, somete la obra a una curatoría en forma de una “ronda curatorial” con otras mujeres invitadas al proyecto, deconstruyendo así el binarismo museológico artista-curador. 3. Exhumar, exhibir el cuerpo ausente. La muestra gira en torno al rescate del cuerpo de mujeres, en su mayoría arquitectas, diseñadoras y artistas, desplazado durante cinco décadas del relato historiográfico fundacional preeminentemente masculino. La historia del proyecto de Ciudad Abierta nace luego de una mítica travesía continental realizada en 1965 por un grupo de hombres compuesto por arquitectos, artistas, poetas, filósofos, cuya épica fue recogida en la obra poética colectiva fundacional titulada Amereida (Jolly et al., 2018). Ciudad Abierta se enmarca dentro de un proyecto de reforma sustantiva -vigente hasta nuestros días- del plan de formación académica de la Escuela de Arquitectura y Diseño en la PUCV. También se enmarca en la más amplia corriente de transformaciones sociales y culturales en Chile y en el mundo, contemporánea también a la llamada segunda ola feminista. Por lo tanto, “El cuerpo ausente” busca recuperar el impulso pionero de las mujeres que protagonizaron también ese esfuerzo, busca tornar visible –“sacar a la luz, parir”, diría Kirkwood-- la perspectiva femenina que ha sido apartada de los archivos. Victoria Jolly destaca que las mujeres de Ciudad Abierta no solo se las batieron con la instalación constructiva del proyecto, a más de labores de crianza de hijos, si no que principalmente crearon y desarrollaron el arte de la hospitalidad como principio ordenador y guía del proyecto mismo. Porque no habría sido la arquitectura, según la autora, la que modeló un proyecto de vida al interior de la Ciudad Abierta, si no por el contrario, fue la praxis y la vida misma las que dieron forma al proyecto de arquitectura. ¿Por qué esta omisión, este vacío narrativo en un proyecto de visibilidad y reconocimiento internacional, cuyos presupuestos en permanente actualización han sido expuestos en los escenarios de arte contemporáneo más importantes como Kassel, Venecia, São Paulo, Museo Reina Sofía?. La investigación y exhibición de Victoria Jolly propone buscar respuestas junto al público, exhumando el cuerpo ausente. Exhumando el “cuerpo vivo” (Leib), la experiencia vivida de sus mujeres, y cuya estela blanca “da a ver” como en una gran acuarela, en la transparencia de las aguas del estero de Ciudad Abierta. 4. Intersecciones en el cuerpo ausente. Esta obra ha sido expuesta cuando se cumplen 50 años del golpe de estado en Chile y la consecuente dictadura cívico-militar. En este contexto, es ineludible la intersección y la superposición simbólica de lo liminal y lo ausente de esta obra con lo liminal y lo ausente en la obra de memoria más abarcante de la historia de Chile. No podemos “no leer” el cuerpo ausente de las mujeres del proyecto de Ciudad Abierta, en la obra de Victoria Jolly, sin las intersecciones de la proximidad histórica -espacial y temporal- con los tiempos dictatoriales en los que emerge la presencia aledaña del campo de concentración de Ritoque. Victoria Jolly junto al colectivo Punto Espora, en otra intervención anterior a esta muestra, pero en la misma sala, en el Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso en 2022, instaló una serie de registros de una performance colectiva en el mismo sitio donde estuvo emplazado el campo de prisioneros, actualmente un sitio eriazo. Esa intervención también interpela por la hospitalidad, pues aquel fatídico campo se emplazó en 1973 sobre un complejo vacacional comunitario, que era parte de un plan social del gobierno democrático. Hoy es una tierra baldía, liminal, invisible). 5. Los cuerpos presentes: la rebelión del coro Aparte de la muestra múltiple, la exhibición incluyó un programa de encuentros abiertos de conversación con las mujeres de Ciudad Abierta y una serie de performances en vivo con música y lecturas poéticas. Estos encuentros trajeron a la sala ya no el registro, si no al coro mismo de voces de las mujeres, cuya presencia relevante inauguraba no solo una nueva historiografía del proyecto, si no que a la vez resarcía la invisibilidad y la ausencia de sus cuerpos. A las diez mujeres protagonistas del proyecto, se sumó la ronda de curadoras compuesta por siete mujeres, además de dos mujeres artistas presentes en una performance. Tras la épica de los héroes inmortales de Amereida, se subleva ahora el coro de mujeres rebeldes que transgrede el archivo masculino y también el binarismo de lo público y lo privado del proyecto de Ciudad Abierta, dispuesto desde su fundación para “el estudio, el trabajo y la vida”. Desde ahora las aguas interiores de la hospitalidad se rebalsan como fuerza configuradora de una praxis pública de las artes sin omisiones, convocante, circular, inclusiva. Una praxis pública de la hospitalidad.
- La partida
Valparaíso, espacio complejo, lleno de grietas, profundo, seductor y exuberante. Es un rincón íntimo donde lo interior y lo exterior se fusionan para develar los ecos del desarraigo. Avanzo deslumbrado por el regocijo de reencontrar mi historia. Su belleza y melancolía me recuerdan que en la piel y en la cabeza siempre estamos solos. En este retorno desde Suecia vuelvo a la inocencia, me repliego y contemplo serenamente el paisaje. Dejo entrar todo. Volver a Valparaíso es revisitar el pasado sin el disfrute de lo cotidiano, reconociendo la pérdida y abrazando la incertidumbre. Nicolás Wormull FIFV Exhibición en el Parque Cultural de Valparaíso Hasta finales de noviembre
- Mapa sin territorio [Fragmentos]
Valdonzella/Montealegre La guerra es racional. Las torturas, los asesinatos en serie, las ejemplificaciones, los bombardeos, las muertes, las cárceles y la bestialidad; los corvos de noche, los trabajos forzados, la falta de alimentación y ropa; las violaciones de mujeres; el genocidio de pueblos; miles de seres humanos en espacios pequeños; la guerra es sencilla; la matanza posee su análisis, los degollados tienen su lógica. El odio es racional; toda vida es breve. Esta es la palabra. Esta es la palabra. Major/ de la Salut Al despertar, pasado el mediodía, ve un documental en televisión sobre mujeres en Siria, acostumbradas a comenzar desde cero. Hijos perdidos en la guerra o desaparecidos por milicias extranjeras. Mujeres violadas, cuerpos recogidos entre basurales; esposos retornando a las ciudades manchados de sangre. Vecinas alimentando hijos de vecinos que ya son sus hijos. La vida retorna en muchas formas, murmuró la abuela en la TV mientras hablaba con su hija. ¿Cedía el relato a la muerte? Retocar los finales: máscaras, hay que pintar muchas máscaras. El mundo es una condición ciega. Ve a un anciano. Sus hijos han muerto. Habla con sencillez ante la cámara. Quiere darles una muerte digna. Su serenidad es inquietante, como sus arrugas que parecieran acaparar los siglos. LAS SOMBRAS DESCRIBEN UN AIRE OBLICUO Las campanas resplandecen todos los días, a media mañana, con la luz del mediterráneo, árabes, indios, chinos, sudamericanos en los estrechos pasadizos góticos, vocean idiomas disonantes, una canción sube por las piedras negras, bares solitarios, fotografías de soles desteñidos, paseos entre sombras y gárgolas. Los rostros, durante milenios, buscan un hogar: banderas con sus estrellas de origen. Los desconocidos conservan sus pertrechos: datos ajados en los bolsillos, souvenirs de monedas, emblemas y enjambres de paisajes silenciosos. De la Riereta/Sant Martí Se junta con L a despedirse. L regresará por un tiempo a Buenos Aires. Se fijan en una foto de infancia que le envía su hermano por internet. L se acuerda cuando se fue de la casa de los padres, repleta de historias y tramas; una novela de la que nunca se sale. Quiere escindirse; ve las virtudes de la casa y la angustia de someterse a los muebles. No quiere más mudanzas. Se concentra en ese no querer, en esa no preferencia. La casa la atosiga, la increpa. La pieza vacía, una experiencia de inanidad; agotada y agradecida a la vez de casas sin atributos. Cuando sale del escenario doméstico, ve la multitud de ojos, la caída de los sentidos. Gente moviéndose a ganar una guerra. Quiere moverse hacia otro lugar, a otra ciudad, a otra casa, pero se acuerda del sueño que tuvo anoche cuando gritó: “¡Asesino!”. Pasaje de la Sardana/Pujada del Mirador Sólo quedan ancianos en el pueblo. Quizás nunca vivió más gente. Los peregrinos quieren conocer el lugar específico de la muerte de Walter Benjamin, almacenar un souvenir de su historia, aunque sea un resto. Las calles están subtituladas con acontecimientos de la vida del filósofo. El pueblo frente al mediterráneo sobrevive de esta manera. Lo más llamativo es la costa, los escasos veleros, los viejos que trabajan las quillas como sus antepasados fenicios. La lentitud es un pasaje a la historia. Algo de ese sentimiento de partida se percibe en los bares; decorados en una proximidad remota tanto en la música como en los muebles. Tierras lejanas de la memoria que se exilian mientras más se aproximan a deseos sin nombres, a turistas sin necesidad de identidad. En Port Bou se construyó un memorial a Benjamin, una escalera que ingresa a un túnel de vidrio y metal; un pasaje oscuro donde el visitante se sumerge como un minero a las fauces de la tierra y termina llegando a la luz y a las olas. En el acantilado que da hacia el mar, asoma un vidrio que lleva inscrito el fragmento de las tesis de la historia sobre los seres anónimos. El cristal dificulta la lectura; y es necesario mover la cabeza varias veces buscando al trasluz las letras para no confundirlas con los colores del mediterráneo. Mauricio Amster también estuvo en Port Bou. En un cruce de caminos de la imaginación, Benjamin viajaba en dirección contraria; buscaba escapar hacia el lado de la orilla catalana. Amster quería pasar a Francia después del desastre de los republicanos. No coincidieron en tiempo y espacio, pero sí en el territorio desesperado de la frontera. Exiliados, expatriados, perdidos entre una costa y otra, integrando los miles de espectros, como los que filma Angelopoulos en La mirada de Ulises, con sus maletas a cuestas contemplando las montañas; Amster y Benjamin, lectores, coleccionistas y amantes de los libros, cargan en sus equipajes las reliquias de una historia inmemorial de las palabras, sus leales compañeras en el anonimato y la violencia.
- Atisbos [Fragmentos]
¿Está listo para pasar? ¿Qué pasaba en mi cabeza, que me concentré en la mujer? El Servicio Médico Legal, ubicado en Avenida La Paz. Paz. “Antecedentes de suicidios ocurridos en Santiago durante este año…”. Había cuervos en la entrada. Eran personas. Hombres. Había colillas de cigarro; miles. Algunas con restos de rouge; otras, fumadas hasta el filtro. Dos cuervos intentaron venderme cosas. Luego me pidieron monedas. En el suelo la línea amarilla. Esto es fácil. Cualquiera puede seguir la línea, caminando lentamente: Simulando caminar: Arrastrándose como un invertebrado lento y casi ciego. Una suerte que la línea fuera amarilla. “Contiene datos relacionados con fallecidos ingresados al Servicio Médico Legal en la Región Metropolitana, cuya causa de muerte implica heridas auto infligidas (suicidio), según los datos arrojados por la pericia respectiva…”. Arrojados, sí. Arrojado al vacío. ¿Listo para pasar? Sí, listo. Estoy listo. Pasar a un pasillo, un pasadizo. Comprendí que avanzaba: A mis costados varias puertas retrocedieron. ¿Qué viste cuando los pisos retrocedían? ¿Qué viste mientras caías? Al vacío: Una laguna de tinta china. Un túnel lleno de puertas cerradas. Manillas, botones dorados. Solo destellos en el hoyo negro. Las estrellas que se ven en los ojos con un golpe fuerte. O peces ígneos en el fondo del mar. En el fondo más profundo, donde no llega jamás la luz. Ahí hay una criatura marina que es alba, fosforesce. Sin luz y, sin embargo, viva. ¿Listo? ¡Por aquí! Acompáñeme por el pasillo por favor. Sígame. Hágame el favor. * * * Este grillo es mío solo: Un amante. Es insomne y gentil. Su canto. No alcanza a ser gemido. No alcanza a ser siquiera canto. Es un código que él sabe. Sé que me quiere enseñar ese lenguaje. Y sé que ya lo estoy aprendiendo. Vuelvo por la tarde a mi refugio. Preparo comida. Como. Bebo agua. Dilato el encuentro. Lo postergo. Enciendo la televisión. Cuando todo está en silencio, todo apagado. Pantallas, luces; cortinas cerradas. Cuando mi respiración y el latido dentro de mi cuerpo. Cuando el único sonido animal es el de la sangre que me queda. Avanzo, descalza. No hay luna afuera, no hay focos traspasando el ventanal. Esa noche vi la luna en los cristales de tus lentes. Hace un poco de frío, por eso, su canto es más lento. Espaciado. Me está enseñando a calcular la temperatura de mi cuerpo. Me está indicando que mañana amanecerá helado. ¿Escarcha? Sí, escarcha. Mi amante es experto en ritmos. Estridulación se llama ese frote que produce la melodía. Él ya se ha adueñado de tu pieza. Como hace siglos, pido permiso. Permiso para entrar en tu pieza. El grillo detiene su cortejo solo un segundo. Me reconoce: Retoma su canto con más fuerza. Agrega una nueva tonalidad. No lo veo, no sé en qué parte de tu pieza se esconde. Me estiro en el suelo sin muebles. Mi pelo en torno a mi cabeza es otro animal. Una medusa, un felino, una araña. Inhalo en silencio para no perturbar el ritual. Me entrego a la hipnosis del bello cortejo nocturno. *** Las huellas se envían a… Huellas dactilares, ¿cómo es posible? ¿Cómo es posible que sea en este lugar donde deba identificarte? Me concentré en sus dientes, las paletas superiores. Dientes que, gracias a la anatomía de su rostro, esos labios, revelaban también gran parte de sus encías mientras hablaba. Labios, lápiz labial. Ahí había maquillaje. Detrás de esos labios, los dientes. Animales. Desgastados los bordes inferiores. Huesos pulidos. Dientes. Dentadura: Otra manera de identificar. Ella dijo: Las huellas se envían a… Para comprobar. La mascarada de los labios no consiguió engañarme: Alguien había tomado muestras de tus dedos muertos. Algún adhesivo o papel especial. Otra bolsa plástica y tu identidad dentro. Alguien enviaba la evidencia en ese momento. Quizá podías revivir en otro sitio. Una reencarnación fantástica, simultánea. Otra identidad y otra oportunidad. Como si el tiempo que tardaba un microscopio en enfocar su lente… El ojo que buscaba el ajuste en la aureola de goma… Como si en los dedos de un funcionario aséptico se escondiera un polvo mágico capaz de revertir tu estallido molecular. Huellas dactilares. Dientes que forman un cerco único. Labios que buscan una exaltación colora. Quizá el lápiz labial sea una práctica profesional, una preparación o un rito requerido para la graduación de la sangre. Quizá yo debí agradecer que la boca que me hablaba de tu identidad ya estaba ensangrentada.
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No ser ya el testigo de lo que acontece, sino el atestiguando: el testigo que se borra como tal y deja en su lugar una mirada flotante, apenas un gerundio, una rémora del yo. Registrar el presente sobre una página vacía, pero sin aguar la fiesta del vacío. Ofrecer, al acontecimiento, una mirada sin dueño en la que pueda reconocerse, replicarse, escribirse a sí mismo mientras ocurre.
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El regocijo del que no busca nada. ¿O más bien su indolencia? La línea divisoria es muy clara vista desde dentro. Pero cuesta distinguirlos a la distancia. La indolencia lo sabe, pero le da lo mismo. El regocijo ni se entera, distraído en su goce.
- El placer musical per cápita
Leo un reportaje a Carlos Fonseca. A principios de los noventas no conocí a nadie de una población que comprara en la disquería Fusión, seguramente habían, pero era lo que yo quería creer en ese entonces. No habían porque era un poco ridículo. Es como si hoy, calculando las proporciones del ingreso per cápita, alguien de Puente Alto comprara un libro Siruela tapa dura en el mall Casa Costanera de Vitacura. Habían melómanos poblacionales, de hecho, pero preferían la piratería del Bio Bio. Yo compré en esa época, creyendo que era el único (¡cuánta importancia era ser el único por ese entonces!) dos cassettes en Fusión, B.B King Live in Cook County Jail y Syd Barrett, The Peel Session. Me detengo en este último porque aún recuerdo cuanto me costó $3.900. Usando la calculadora de inflación, queda al día de hoy en aproximadamente $18.000. Pero ese dato no basta, porque 18 lucas hoy no asustan tanto como en esa época. Creo que para tener un panorama mayor, habría que considerar el valor de la canasta básica y el sueldo mínimo de ambos periodos. Ahí por fin podríamos entender lo que realmente significaba la disquería Fusión. Llega a dar risa (por no decir que dan ganas de llorar) que hoy en día un plan de estudiante en Spotify cueste 2500 al mes. Debe existir una relación muy cercana entre la facilidad con que escuchamos música y el desarrollo del gusto. Comprar música en esa época no sólo era pagar por una experiencia estética, también era una especie de ridícula demostración de esfuerzo. Pero esa ridiculez nos prepararía a ese grupo de especuladores del conocimiento, a ser los grandes googleadores de las próximas décadas. Un título no muy honorífico que digamos, pero un título al fin y al cabo.
- Verdadera culpa
Desde chico me han fascinado los agujeros negros. Perdí hace mucho tiempo la copia de mi padre de la Historia del tiempo, o bien la presté y la perdieron, que es lo mismo. La recuerdo con ambigüedad como un libro fantástico –años después, El Aleph de Borges me devolvió la misma sensación. Mi conocimiento sobre los agujeros negros alcanza apenas a divagar en las cuestiones metafísicas y teóricas, pero cuando al leer el párrafo que contiene las ecuaciones se cierra en mi ignorancia. Toda lectura requiere de algún entrenamiento. Aun así, sus conceptos, el umbral que detiene el tiempo (llamado el horizonte eventual) y la perpetuidad de la caída, siempre me calaron. Nunca lo relacioné con mi educación católica, la culpa, hasta que vi la primera y excepcional temporada de True Detective: cuando Rust Cohle llega al final del agujero de carcosa, persiguiendo al villano, antes de que lo sorprendan y le claven un cuchillo en el estómago, tiene una de sus tantas visiones o flashbacks: un gran agujero negro en la noche azul eléctrica. Luego, en el epílogo de la serie, relata su revelación a su compañero Marty: “Hay solo una historia: luz contra oscuridad”, que para mí es lo mismo que oponer el bien contra el mal, y el espacio ambiguo e infinito que se abre entre los dos, la culpa de algunos, o el tránsito descuidado entre un borde y otro de otros. Pensé, cuando lo vi y lo pienso cuando lo vuelvo a ver, que mi fascinación u obsesión radica en la culpa, menos explicable o menos abordable que la teoría física, y que para mí es esa culpa la que detiene el tiempo, la expansión de la vida, el crecimiento y la maduración. La culpa es el agujero negro que amenaza con contenerlo todo. Ahora mismo, mientras tipeo estas palabras, pienso en castigar este trabajo que enturbia otros deberes domésticos, o la responsabilidad afectiva de la convivencia, o el trabajo remunerado que ha quedado pendiente. Me detengo, transito en la quietud histriónica, pierdo el flujo narrativo, divago en figuras retóricas. La culpa absorbe todo con la fuerza de una estrella muerta. La teoría indica que para un observador, un objeto que entra en el horizonte eventual de un agujero negro cae inmediatamente en su oscuridad, sin transición, pero el objeto experimenta otra realidad, queda detenido a perpetuidad en ese horizonte, sin posibilidad de regresar, pero nunca cayendo, como las ruinas que detallaba Baudrillard y que bien comparaba con las carreras armamentísticas de las potencias que, en sus palabras, previenen el apocalipsis nuclear. Como en Pompeya: el objeto es una ruina que nunca deja de caer. En ese espacio, el objeto culposo mira en retrospectiva, teme la caída, añora el edén, y se aflige, a sí mismo, y a los otros objetos atrapados en el horizonte. Ese horizonte abre un espacio donde la culpa se puede sentir a piacere, mas no previene ningún comportamiento, ya que su perpetuidad lo permite todo. La consigna de Burroughs, tan citada –“Nada es verdad, todo está permitido”– se desnuda de su carácter nihilista y muestra su cizaña católica, un embrujo para experimentarse en el horror. El lugar culposo, eterno y cíclico, es precisamente el hogar del daño sin caída, ciertamente una plétora de amenazas sintomáticas y traumas sociales, alcoholismo, violación y tedio, pero sin destierro, y sin salida. Cuando pensábamos que todo estaba permitido, ¿era para avanzar hacia el horizonte o para prevenir la caída? La culpa es la esperanza sin voluntad tanto de la caída como de la vuelta atrás. Es el coqueteo semi inerte (algo de valor debo atribuir a estas reflexiones) entre la luz y la oscuridad del detective. Entre la ley y la corrupción de la ley. Entre el apego y la desafectación. Entre el dolor masoquista y el goce sádico. Un aparato determinado y determinante que funciona como cadenas kilométricas ancladas a un yunque cuyo peso solo podemos intuir. ¿Es la culpa estrictamente un aparato católico? ¿Tenemos algún otro nombre para el arrepentimiento impávido pre monoteísmo instalado? Hablo de la ambigüedad antes de la rabia y el castigo impuesto por los hombres en nombre de Dios. Pareciera ser que, como el loco florece con el ocio de los leprosarios franceses, toda esa estructura inútil post pandemia, el culposo es otro personaje inventado que transita el borde definido por los hombres de ley, inventado para corregirlo pero, como el loco, encerrándolo con un objetivo distinto del moral. Buscamos sanar al loco pero lo obligamos a trabajar, Foucault nos cuenta en Historia de la locura en la época clásica. ¿Qué se esconde en la altura moral de la culpa, su aparente corrección? ¿Sumisión? ¿Entumecimiento? ¿Desorientación? ¿O simplemente la oponemos a la vergüenza, como aseguran otros teóricos, y así evitar el suicidio ritual y perpetuar la mano de obra? Rust, el verdadero detective, sobrevive a sus heridas pero no entiende cómo ni por qué. Su culpa lo convertía en merecedor de la muerte por terceros, pero no sentía vergüenza: era incapaz de tomar su propia vida. Y sobrevive para darse cuenta de que nada se ha resuelto y la batalla continúa. La culpa sobrevive y lo recluta para su ejército moral. Se alinea con el bien, que es el mal de sus enemigos ocultos. La dualidad no cesa. Cae al horizonte tras resolver su caso y sobrevivir y ahí perdura. La culpa, tal como un agujero negro, opera en los confines y en el centro, y su fuerza mueve toda la organización del sistema al que pertenece. O bien el sistema le pertenece a ella y es su gravedad increíble la que mueve los hilos de las voluntades o los miedos. Conozco y me conozco: tanto esfuerzo controversial por abandonar una culpa que lo único que hace es permitir la reincidencia del dolor, nunca avanzando, redundando en el error, el horror, el daño. Suspendiendo incluso el conocimiento íntimo, reemplazándolo por la inercia del chicote, la voz severa de Dios, el castigo que pronto adviene. Solo algo me aclara esta reflexión: la culpa se siente, sí, pero debemos observarla. Podemos toparnos, quizá, con la revelación que temprano recibí en mi adolescencia por parte de un buen amigo: “Cuando sientes culpa, siempre se trata de alguien haciéndote sentir culpa”. Quizá, tras apropiarnos de esa revelación, podemos finalmente caer. Eso, porque a eso debemos aspirar si tenemos dignidad. Sabido es que tras cualquier acción o inacción no hay vuelta atrás. Pero desplomarnos, mantenernos ahí, caídos, nos da perspectiva. Las cosas se observan en diagonal, quebradas, y empatizamos más y mejor con quien da tumbos y erra. Vivir el daño, cuando decidimos dañar. Vivir el daño cuando nos dañan. Vivir el daño cuando hay daño. Sin ese momento que elude, sin esa observación, sólo cedemos al tránsito, la corrección, las estatuas morales. Caemos esperando ponernos de pie y el primer verbo pierde ímpetu o virtud. La resiliencia, otro ardid para otra reflexión, mengua la empatía. Triunfa el new age, la autosuperación, el culto, los popurris de psicologías coach-ontológicas. La revelación del yo exacerbado que busca su gloria paradisíaca y se estaciona en su atalaya moral, donde todo ve, todo cubre, todo conoce y nada añora. Sacerdotes que se masturban predicando la abstención. Deseando en secreto que todo caiga menos ellos, que son el cielo y la ley. Sin observación de la culpa y la caída severa, no hay otra cosa que moral esponjosa y peor, vengativa.
- Leer apoyando el oido
Notas sobre Cuaderno del poema. Seguido de De dónde hacia dónde estar, de Gabriel Cortiñas (Marginalia Editores, 2023) “¿Qué escucho cuando leo un poema?”. La pregunta se repite, insiste, su reiteración hace que el tímpano y el pensamiento se tensen bajo su ritmo. “Volvemos a la misma pregunta”, anota Gabriel Cortiñas en la página 76 del Cuaderno del poema, acaso advirtiéndonos que en este ensayo la lectura, la escritura y el pensamiento son prácticas que requieren que volvamos a escuchar de nuevo. Citando, como quien dice, de oídas, Cortiñas precisa: “Voy a citar mal a Paul D. Miller o DJ Spooky cuando dice que no es tan necesario descubrir nuevas formas de oiir, sino nuevas percepciones de lo que podemos oir” (p.114). Leer sería, entonces, una percepción amplificada de nuestras posibilidades de escucha. Otro modo de decir que en el poema anida el tiempo para que un oído interrumpa su afán, se apoye a tientas sobre la página y se entregue a la travesía de explorarse. Por eso, apunta Cortiñas, “el poema ensancha el presente” (p.14), porque la vida encuentra ahí la cantera donde recuperar la capacidad de tener experiencias que, como bien sabía Walter Benjamin, es lo que el engranaje del capital, su modo abrasivo de ordenar el tiempo, nos ha arrebatado. Para contrarrestar esta inclinación anestésica, nos dice con ironía el Cuaderno, sería preciso leer un poema y luego ir a “abrazar al prójimo antes de que se rompa la pantalla de tu próximo celular” (p.66). Cómplice con el gesto de los obreros franceses que, como recuerda Benjamin en sus tesis sobre la historia, en plena Revolución de Julio comenzaron a disparar “al mismo tiempo y sin previo acuerdo” a los relojes de las torres de París, “el poema que contradice el mandato del mercado se escribe en la grieta de una pantalla rota…” (p.95). Para escuchar, dice la etimología de auscultare, la oreja, la auris, debe inclinarse, dejarse tocar por la materia sonora que toca al cuerpo, asumiendo el riesgo de la alteración de nuestro tejido sensible. En el Cuaderno del poema, el poema nos dice que hay que aprender a leerlo con el oído, auscultando, como quien apoya un estetoscopio sobre la piel de la página para sentir qué se agita ahí abajo. El poema se ofrece, entonces, como “una caja de resonancia” (p.29). Lo que escuchamos en él es “la lengua [que] se abre como un cuerpo a punto de parir” (p.49). Si se presta atención, se percibirán los significados de las palabras “chocan[do], empuján[dose] unos a otros” (p.11), se oirán los versos friccionándose entre sí, se sentirá cómo la semántica, habitualmente inclinada a las formas fijas, comienza a salirse de quicio por la deformación que le imprime el ritmo. Y al ritmo, ese pulso indomesticable, hay que leerlo escuchando, como quien se inclina hacia la hendidura donde la vida repiquetea, sin que podamos comprender lo que allí bulle o murmura, porque el poema, como la vida, no es algo que esté hecho a la medida de nuestro ojo ni de nuestro entendimiento. Vida y poema tensan los sentidos, su latido se escucha. El autor del Cuaderno se anota un recordatorio en la frente: “Alguien que confunde el mundo con su propio discurso podría estar equivocado” (p.100), recordándonos que este libro es, entre otras cosas, un artefacto que ensaya formas de moverse en el mundo, imaginando tropos que, inscribiéndose en el cuerpo, puedan hacer grietas en los petrificaciones del discurso. “¿Qué escucho cuando leo un poema? Algo que se eleva hacia el cielo como una minoría”, apunta Cortiñas en la página 35. El Cuaderno del poema nos avisa así que el poema también toma posición, como dice Didi-Huberman –pensando en el Abecedario de la guerra de Brecht– que pueden hacerlo las imágenes, revoloteando ambos, la imagen y el poema, como mariposas inquietas, contra el “afán de medirlo todo”, contra el anhelo de “matar cualquier vestigio de anormalidad, o sea, de vida, en las cosas” (p.66). “¿Por qué algunos se esmeran tanto en querer que el poema «se entienda»?”, reclama el Cuaderno en la página 101, porque este ensayo es, también, un libro de preguntas, que inventa formas para hacer escuchar la pregunta que se escucha en el poema: “El poema”, escribe Cortiñas, “es una pregunta que toma la forma de un llamado” (p.49). En el Cuaderno del poema el poema se arremolina en nuestros oídos, su presencia se hace llamada, apelación. Y lo primero que nos dice es que leer no es del orden del saber ni de la claridad, que si en él se desliza algo semejante a un sentido es un sentido en movimiento, un “sentido aún por construir” (p.33). “¿Qué escucho cuando leo un poema? Una forma del lenguaje aún por nacer abriéndose a a la historia”, responde el Cuaderno en la página 53, pero Cortiñas sabe, como sus estudiantes del Tercero B, que se preguntan “cómo sueñan los ciegos si nunca pudieron ver”, que solo se trata de intentar, tanto en el ensayo como en la vida, respuestas provisorias para una pregunta cuyo tiempo permanece abierto. Volvemos a la pregunta que vibra en el Cuaderno como una cuerda tensada. ¿Qué escucho cuando leo un poema? En la página 77 se ensaya una respuesta, provisoria como toda respuesta lo es, pero que quedará resonando entre nosotros como el aullido de una manada salvaje. Un aullido de lobo. Todo violonchelo tiene una parte de su mástil en la cual el sonido se satura, y provoca un zumbido disonante; a eso le dicen lobo. Por ende, existe un dispositivo llamado matalobo que se pone en la tercera cuerda para evitar ese agujero en el sonido del lenguaje musical. Dicen incluso algunos que la destreza de los grandes chelistas es tocar sin ese dispositivo y, no obstante, evitar el lobo. El poema funciona de manera contraria. Si uno se preguntara el para qué de un poema podría arriesgar que este artefacto tiene como fin hacer sonar ese aullido disonante de la lengua, que en la cotidianeidad solemos silenciar o ni siquiera advertir. ¿Qué escucho cuando leo un poema? El lobo del lenguaje (p.77). Hay en el poema sonidos irreductibles al sentido, ruidos de cuerpos, de cosas, de palabras, susurros y bramidos de la materia sensible insumisos a la forma. Respondiendo a su llamado, el Cuaderno del poema nos invita a leer de oído, como quien se inclina hacia la “hendidura…donde…la vida alumbra” (p.34), no esperando ver la luz, solo sintiendo la ebullición de su movimiento indisciplinado. Aquello que hay de inesperado, de inquietante en el acto de leer, pensado de este modo, es la manera en que lo leído se incrusta en el muro del sentido, abriendo en nuestro tímpano una fisura por donde brota lo inesperado. “Un libro debe ser como un hacha que rompa el mar congelado que tenemos dentro”, anota Kafka en la señera carta que escribió a los 23 años a su amigo Oskar Pollak. El Cuaderno ensaya una imagen próxima, una justa imagen, para darnos a oír la fuerza indócil que emana del poema: “Los grandes poemas serían como la proa de un barco rompehielos que va con su paciencia enorme ensanchando la lengua” (p.99). Cuando el poema zarpa nos desancla de la tierra apisonada del lenguaje, inventando con su travesía solitaria un lugar desconocido, un espacio otro donde podemos entrever el deseo de una vida nueva y, a la vez, común. Leer con el oído es, lo sabemos ahora por ese colectivo de viajes, encuentros y lecturas que restalla en el Cuaderno, la apertura de una ruta, un poro para que la piel respire: “La piel también escucha como otra forma de respiración”, leemos en la p.84. Una vía de emancipación que el poema, en el vaivén inquieto de su ritmo, nos tiende. Marcela Rivera Leer apoyando el oido
- 30 NOV.1980 e.dittborn
En julio-agosto tuvo lugar una primera versión del taller DITTBORN INTERMINABLE, centrado en el estudio del libro único UN DÍA ENTERO DE MI VIDA, realizado por Eugenio Dittborn entre marzo y mayo de 1981. Ahora, preparo un segundo taller, destinado a trabajar sobre la exposición que este realizó en Galería SUR en diciembre de 1980, y que sirvió de marco para el lanzamiento del libro de Ronald Kay “Del espacio de acá”. Esta ya había tenido como antecedente la publicación en junio de 1979, de “N.N.: aUTOPsIA”, en que anticipa un nuevo léxico formal en la escena plástica chilena: excavación, disposición, mancha, tintura, décollage, que será clave en la reflexión sobre el estatuto del impreso y de la fotografía. Cada uno de estos términos designa el aspecto singular de un diagrama de obra que se verificará en la pintura aeropostal. El propósito de este taller es reconstruir el funcionamiento del método constructivo sobre el que Eugenio Dittborn ha montado una poética que ha sido decisiva en la constitución del campo plástico. Esta vez, como primicia inicial, analizaré las obras que aparecen en un corto registro video realizado de manera artesanal, que recorre la muestra y proporciona información de un valor inestimable para el estudio de su obra de conjunto. Estas imágenes tienen un valor particular, porque permite definir con precisión el tiempo de sedimentación de la obra. Este taller está destinado a investigadores jóvenes y a artistas deseosos de conocer el método de trabajo puesto en obra por un artista fundamental. Taller impartido por Justo Pastor Mellado D21 Nueva de Lyon 21 DP 31 Providencia Inscripciones: info@d21.cl www.d21.cl

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