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  • Desenterrando la utopía

    En El amanecer de todo, David Graeber y David Wengrow atacan la proposición de que hay una flecha de la historia. Las sociedades de cazadores-recolectores podían ser miserablemente jerárquicas; algunos grupos indígenas americanos, engordados con la recolección y la pesca, tenían aristócratas vanagloriosos. Las comunidades agrícolas podrían ser maravillosamente democráticas. Las sociedades podrían tener grandes obras públicas sin agricultura. Y las ciudades podrían funcionar perfectamente sin jefes ni administradores. Que la historia de nuestra especie vino por etapas fue una idea que vino por etapas. Aristóteles vio la formación de entidades políticas como un proceso tripartito: primero, tuvimos familias; luego tuvimos las aldeas en las que ellas se agruparon; y finalmente, en la fusión de esas aldeas, obtuvimos una sociedad gobernada, la polis. Los teóricos del Derecho natural ofrecieron más tarde nociones tipo fábula de cómo la política surgió del estado de naturaleza, culminando con el relato de Thomas Hobbes de mediados del siglo XVII sobre cómo el soberano rescató al hombre prepolítico de una guerra incesante de todos contra todos. Pero fue Jean-Jacques Rousseau, cien años después, quien popularizó la idea de que podíamos observar nuestra prehistoria y discernir etapas de desarrollo marcadas por cambios en la tecnología y los arreglos sociales. En su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755), los seres humanos pasaron de ser brutos solitarios a cazadores-recolectores sociables e igualitarios; pero con el surgimiento de la metalurgia y la agricultura, las cosas tomaron un giro terrible: la gente se civilizó y la humanidad se arruinó. Una vez que te encontrabas cultivando un pedazo de tierra, surgía la propiedad: el campo en el que trabajabas era tuyo. La propiedad privada condujo a la acumulación de capital, las disparidades de riqueza, la violencia, la subyugación, la esclavitud. En poco tiempo, las sociedades políticas “se multiplicaron y extendieron sobre la faz de la tierra”, escribió Rousseau, “hasta que apenas quedó un rincón del mundo en el que un hombre pudiera escapar del yugo”. Incluso las personas que rechazaron su política quedaron cautivadas por su relato de origen. En el siglo XIX se aportó un mayor rigor empírico a la historia conjetural que había desarrollado Rousseau. Un arqueólogo danés dividió la prehistoria en las Edades de Piedra, Bronce y Hierro; uno británico dividió la Edad de Piedra en el Paleolítico y el Neolítico. Para la disciplina emergente de la antropología, las etapas cruciales fueron establecidas en La sociedad primitiva (1877) por el etnólogo estadounidense Lewis Henry Morgan. Los seres humanos, concluyó, habían emergido de una fase de “salvajismo” de cazadores-recolectores a una era agrícola sedentaria “bárbara”, marcada por la domesticación de los cereales y el ganado. Las tecnologías de la agricultura avanzaron, surgió la escritura, los pueblos y ciudades gobernados se fusionaron y se estableció la civilización. El modelo de evolución social de Morgan, presagiado por Rousseau, se convirtió en la comprensión usual de cómo surgió la sociedad política. Luego vino otra etapa importante en la historia de las etapas. En la década de 1930, el arqueólogo australiano V. Gordon Childe sintetizó los hallazgos antropológicos y arqueológicos de sus predecesores: después de una era paleolítica de caza y recolección en pequeños grupos, una revolución neolítica vio el surgimiento de la agricultura (de nuevo, principalmente la cosecha de cereales y el pastoreo de rumiantes), una población en alza, el sedentarismo y, finalmente, lo que él llamó la “revolución urbana”, caracterizada por los grandes y densos asentamientos, la complejidad administrativa, las obras públicas, la jerarquía, los sistemas de escritura y los Estados. Este relato base de la evolución social ha sido refinado y revisado por estudiosos posteriores. (Un punto de énfasis reciente es que el grano, al ser almacenable y difícil de ocultar, se prestaba para ponerle impuestos). Pero se considera principalmente —como nos gusta decir en estos días— direccionalmente correcto. Creemos que habría una conexión gradual entre sembrar cereales en nuestro pasado primitivo y hacer cola en el Departamento de Vehículos Motorizados. El amanecer de todo: una nueva historia de la humanidad, del antropólogo David Graeber y el arqueólogo David Wengrow, ataca la proposición de que hay algo así como una flecha de la historia desde los cereales a los Estados. Un modo de producción, insisten, no viene con una política predeterminada. Las sociedades de cazadores-recolectores podían ser miserablemente jerárquicas; algunos grupos indígenas americanos, engordados con la recolección y la pesca, tenían aristócratas vanagloriosos, relaciones de dominio y esclavitud. Las comunidades agrícolas podrían ser maravillosamente democráticas. Las sociedades podrían tener grandes obras públicas sin agricultura. Y las ciudades —este es un punto crítico para Graeber y Wengrow— podrían funcionar perfectamente sin jefes ni administradores. Ellos elocuentemente previenen en contra de asumir que lo que sucedió tenía que suceder: en particular, que una vez que los seres humanos inventaran la agricultura, sus descendientes estaban obligados a ser súbditos del Estado. Hemos sido persuadidos de que las comunidades a gran escala requieren que algunas personas den órdenes y otras las sigan. Pero eso es solamente porque los Estados, que asfixian al mundo como un evento tóxico transportado por el aire, se han promocionado a sí mismos como un desarrollo natural e inevitable. (Graeber, quien murió el año 2020 a los cincuenta y nueve años, fue, entre otras cosas, un teórico, defensor y activista anarquista). Tanto Hobbes como Rousseau, se argumenta en El amanecer de todo, nos han desviado gravemente. Ahora, si a uno no le gustan los Estados, naturalmente le irritará la afirmación neohobbesiana, hecha en libros como Los ángeles que llevamos dentro (2011), de Steven Pinker, de que somos más nobles —menos propensos a la violencia y generalmente más agradables— cuando nos sometemos a la autoridad centralizada, con sus interminables reglas y restricciones burocráticas. Sin embargo, los neo-rousseauianos no son una gran mejora, según el relato de Graeber y Wengrow, porque representan el pecado de la desesperación. Está todo bien con que el antropólogo Marshall Sahlins (profesor guía en el doctorado de Graeber en la Universidad de Chicago) haya hablado de la superioridad —moral y hedónica— del estilo de vida cazador-recolector respecto al nuestro, o que Jared Diamond haya dicho, por razones similares, que la revolución agrícola fue un terrible error. El hecho es que nuestro planeta no puede sustentar a 7.700 millones de personas con la caza y la recolección: no hay vuelta atrás cuando se trata del desarrollo de la agricultura. Si el cultivo de cereales lleva a la instauración de los gobiernos —si implica nuestra sumisión al poder estatal— no hay mucho que hacer; nos queda ver videos de YouTube del feliz pueblo !Kung, en el desierto del Kalahari, y suspirar sobre nuestra taza de café de comercio justo. Graeber y Wengrow rechazan ese pesimismo paralizante. Creen que el evolucionismo social es una estafa, cuyo objetivo es hacernos pensar que no tuvimos más remedio que renunciar a nuestra libertad por la comida y que los Estados que encontramos en todas partes son el resultado inexorable de desarrollos de hace diez o doce mil años. El giro hobbesiano conduce al triunfalismo terco; el giro rousseauniano conduce al derrotismo quejumbroso. En opinión de ellos, deberíamos renunciar a ambos y rechazar la inevitabilidad de los Estados. Tal vez la historia no proporcione ningún contraejemplo edificante: comunidades duraderas, a gran escala, autónomas y no dominantes sostenidas por la ayuda mutua y la igualdad social. Sin embargo, argumentan Graeber y Wengrow, nuestra prehistoria sí lo hace. Para imaginar un futuro en el que seamos verdaderamente libres, sugieren, debemos comprender la realidad de nuestro pasado neolítico, para ver lo que casi fue nuestro. El amanecer de todo, repleto como está de minucias arqueológicas y etnográficas, es una lectura extrañamente apasionante. Graeber, que hizo su trabajo de campo en Madagascar, era bien conocido por su ingenio cáustico y su prosa enérgica, y Wengrow también se ha establecido no solamente como un consumado arqueólogo que trabaja en el Medio Oriente, sino también como un escritor de tanto talento como brío. Un volumen de macrohistoria —incluso de anti-macrohistoria— necesita aterrizar sus puntos de vista con cierta regularidad, y Graeber y Wengrow no son reacios a repetirse. Pero, en la mayor parte del libro, transmiten una sensación de reto e incluso de suspenso. Esta es una prosa a la que es fácil rendirse. Pero, ¿debemos rendirnos a sus argumentos? Una cuestión es cuán persuasiva encontramos la historia intelectual del libro, que se desarrolla principalmente desde los comienzos de la Ilustración hasta los macrohistoriadores de hoy y cuenta cómo las verdades consiguientes acerca de los arreglos sociales alternativos se ocultaron de la vista. Otra cuestión es cuán persuasiva encontramos la prehistoria según el libro, en particular su desfile de comunidades neolíticas a gran escala que, según sospechan Graeber y Wengrow, eran autónomas y no dominantes. En ambas escalas de tiempo, El amanecer de todo es jubilosamente provocativo. Entre sus afirmaciones más llamativas se encuentra que los intelectuales europeos no tenían un concepto de desigualdad social antes del siglo XVII porque el concepto fue, efectivamente, una importación del Nuevo Mundo. Las voces indígenas, particularmente de los bosques del este de América del Norte, ayudaron a ilustrar a los pensadores de la Ilustración. Graeber y Wengrow se centran en un diálogo que el barón de Lahontan, que había servido en el ejército francés en América del Norte, publicó en 1703, aparentemente reproduciendo conversaciones que tuvo durante su estancia en el Nuevo Mundo con un interlocutor wyandot (hurón) al que llamó “Adario”, teniendo como base un espléndido estadista wyandot conocido como Kondiaronk. Graeber y Wengrow dicen que Kandiaronk, en su oposición al dogma, la dominación y la desigualdad, encarnó lo que ellos llaman “la crítica indígena”. Y era inmensamente poderosa: “Para el público europeo, la crítica indígena tuvo que resultar una sorpresa, una revelación de posibilidades de emancipación humana que, una vez conocida, no podía ignorarse”. Los historiadores de la corriente dominante, como Richard White, parecen inclinados a pensar que la voz de Adario es en parte de Kondiaronk y en parte de Lahontan. Graeber y Wengrow, por el contrario, sostienen que (permitiendo algún ebellecimien) Adario y Kondiaronk eran la misma persona. No tiene importancia, dicen, que las afirmaciones de Adario de que su pueblo no tenía ningún concepto de propiedad, desigualdad ni leyes simplemente no fueran (como ellos reconocen) verdad para los wyandot. Tampoco se da importancia al hecho de que Adario comparte el deísmo anticlerical de Lahontan, expresa críticas específicas de la teología cristiana asociada con Pierre Bayle y otros philosophes tempranos, y ofrece una crítica sorprendentemente detallada de los abusos del Poder Judicial francés. Si el diálogo no presenta argumentos conceptualmente novedosos, eso es lo que cabe esperar; después de todo, dicen Graeber y Wengrow, “hay un número limitado de argumentos lógicos que uno puede plantear, y la gente inteligente, en circunstancias similares, responderá con enfoques retóricos similares”. Tal vez sea así. Con todo, nuestra comprensión de la crítica indígena se habría fortalecido si los autores hubieran tratado de determinar qué era y no era, para su época, distintivo en este diálogo. Pero entonces habrían tenido que descartar la tesis de que los europeos, antes de la Ilustración, carecían del concepto de desigualdad social. Esta afirmación está claramente fuera de lugar. Basta mirar hacia el sur y se encontrará que Francisco de Vitoria (circa 1486-1546), como otros de la Escuela de Salamanca, tenía mucho que decir sobre la desigualdad social; y él, a su vez, podría citar a eminencias como Gregorio Magno, quien en el siglo VI insistía en que todos los hombres eran iguales por naturaleza, y que “querer ser temido por un igual es enseñorearse de los demás, contrariamente al orden natural”. O mirar hacia el norte y se encontrará al radical alemán Thomas Müntzer en 1525 incitando a la Gran Revuelta de los Campesinos: “Ayúdanos en todo lo que puedas, con hombres y con cañones, para que podamos cumplir los mandatos del mismo Dios en Ezequiel 14, donde dice: ‘Os libraré de los que se enseñorean de vosotros con tiranía…’”. Una oposición vehemente a la dominación y a la desigualdad social fue ciertamente parte de la Reforma radical. Consideremos la teoría y la práctica, en el mismo período, de grupos anabaptistas como los huteritas, entre los cuales la propiedad privada fue reemplazada por la “comunidad de bienes” y posiciones de autoridad sujetas a elección. Curiosamente, Graeber y Wengrow incluso se apresuran a pasar por alto el famoso ensayo de Montaigne de 1580 que retoma un episodio en el que los exploradores trajeron tres tupinambás de América del Sur a la Corte francesa. Los tupinambás se maravillaron de que la gente de la Corte se sometiera a la obediencia de un pequeño rey Carlos IX en lugar de a alguien que eligieran entre sus propias filas. Se maravillaron aún más, escribe Montaigne, de que “había hombres llenos y ahítos de toda suerte de bienes” mientras que otros “mendigaban a sus puertas, demacrados por el hambre y la pobreza”. Los tupinambás se maravillaron de que estos desdichados “pudieran soportar una injusticia así sin coger a los otros por el cuello o prender fuego a sus casas”. Es como si Graeber y Wengrow temieran que esta crítica indígena restara valor al sistema que asocian con Kondiaronk. David Graeber y David Wengrow, autores de El amanecer de todo ¿Qué pasa con su posicionamiento ante Rousseau? Siguiendo a Émile Durkheim y otros, insisten en que su historia de cómo las cosas se pusieron mal nunca tuvo un significado literal; fue simplemente un experimento mental. Es cierto que el Discurso tiene una frase en ese sentido: “No hay que tomar por verdades históricas las investigaciones que puedan emprenderse sobre este asunto, sino solamente por razonamientos hipotéticos y condicionales, más adecuados para esclarecer la naturaleza de las cosas que para demostrar su verdadero origen”. Pero interpretaciones más plausibles —en particular la ofrecida por el historiador intelectual A.O. Lovejoy— toman ese descargo de responsabilidad como una precaución de publicación, o lo que Lovejoy llama “el usual pararrayos contra los rayos eclesiásticos”. El relato es simplemente demasiado detallado (la metalurgia, según la hipótesis de Rousseau, surgió de la observación de lava volcánica) como para pensar que no estaba hablando en serio al respecto. Luego, Graeber y Wengrow repiten la conocida línea de que Rousseau pensaba que todo estaba bien hasta que surgió el Estado, mientras que Hobbes pensaba que hasta entonces todo estaba perdido. Es por eso que dicen que la versión de la historia humana de Rousseau, al igual que la de Hobbes, tiene “terribles implicaciones políticas”: si los graneros inevitablemente significan gobiernos, “lo mejor a lo que podemos aspirar es a ajustar el tamaño de la bota que tendremos siempre sobre el cuello”. Sin embargo, esas implicaciones no se siguen. De hecho, Graeber y Wengrow han pasado por alto el hecho de que Rousseau y Hobbes estaban de acuerdo en un punto crítico: en el período que precedió directamente al surgimiento del Estado, las cosas eran horribles. Donde Hobbes hablaba de un bellum omnium contra omnes, Rousseau invocaba una “negra inclinación a dañarse unos a otros”. Se podría decir que Rousseau comienza su historia antes que Hobbes (Lovejoy contó atentamente cuatro etapas que preceden a la sociedad política en el Discurso, aunque se podrían trazar las líneas de forma ligeramente diferente); pero los dos terminan en el mismo lugar. El problema que identificó Rousseau es que los ricos nos vendieron un pacto social amañado que aseguró sus intereses a expensas de nuestra libertad. Y la solución no era volver a los días felices del forrajeo y la caza, sino elaborar un mejor pacto social. La afirmación más significativa de Graeber y Wengrow, en el campo de la historia intelectual, es que “nuestra deficiente metanarración histórica acerca del ambivalente progreso de la civilización humana”, en realidad “se inventó en gran medida para neutralizar la amenaza de la crítica indígena” —que esas etapas desde los graneros a los gobiernos representaron una “reacción conservadora” contra las voces de la libertad. Fueron diseñadas para persuadirnos de que no podemos prescindir de la obediencia a la autoridad centralizada y que debemos hacer lo que se nos dice. Dejemos de lado la desconcertante inferencia de que el Discurso sobre la desigualdad de Rousseau, en este relato, al mismo tiempo promulgó la crítica indígena y la sofocó. Cuando miramos a destacados evolucionistas sociales, ¿encontramos apologistas de la autoridad centralizada? Más bien lo contrario. “La centralización es la tendencia y el resultado de las instituciones de gobiernos arbitrarios y despóticos”, sostuvo Lewis Henry Morgan en su conferencia de 1852 “La difusión contra la centralización”, denunciando un orden político en el que “la propiedad es el fin y el objetivo”. En La sociedad primitiva, Morgan pretendía revitalizar, no neutralizar, una política de emancipación. “La democracia en el gobierno, la fraternidad en la sociedad, la igualdad de derechos y privilegios y la educación universal presagian el próximo plano superior de la sociedad”, escribió. El esquema tripartito de Morgan fue revisado en Teoría de la clase ociosa (1899) de Thorstein Veblen. Los salvajes pacíficos y productivos, según cuenta Veblen, dieron paso a bárbaros más depredadores y menos productivos; el surgimiento de los derechos de propiedad y el poder estatal es esencialmente una consecuencia del patriarcado. Pero Veblen era hostil al determinismo del tipo que encontró en Marx. Lo que favorecía no era rendirse al statu quo, sino una versión no estatal del socialismo, que algunos estudiosos han llamado anarquismo. V. Gordon Childe, por su parte, era un socialista con tendencias sindicalistas que tenía esperanzas en arreglos políticos radicalmente diferentes. A mediados del siglo XX, cuando el evolucionismo social cayó en desgracia entre los antropólogos, su defensor más vigoroso en la disciplina fue Leslie A. White. Y White —quien fue profesor de Sahlins, quien fue profesor de Graeber— era un socialista receloso del estatismo. Quizá la interpretación reciente más notable de la historia desde los cereales a los Estados aparece, con elaboraciones novedosas, en Contra el Estado, de James C. Scott, quien también es el autor de Elogio del anarquismo. Si esta metanarración se construyó con el propósito de reconciliarnos con un statu quo empobrecido, es curioso que sus máximos exponentes abogaran por la transformación política. Graeber y Wengrow podrían estar completamente equivocados en su historia intelectual, por supuesto, y completamente en lo correcto acerca de nuestro pasado neolítico. Sin embargo, su modo de argumentación se apoya en gran medida en algunas estrategias retóricas. Una es la falacia de la bifurcación, en la que se nos presenta una elección falsa entre dos alternativas mutuamente excluyentes. (O Adario es Kondiaronk o Kondiaronk no tiene presencia en el diálogo de Lahontan). La otra es lo que a veces se llama la “falacia de la falacia”: debido a que se plantea un mal argumento para una conclusión, la conclusión debe ser falsa; o porque se ha hecho un mal argumento en contra de una conclusión, la conclusión debe ser verdadera. Y que la ausencia de evidencia sirve rutinariamente como evidencia de ausencia. A través de una curiosa alquimia retórica, el argumento de que una afirmación no es imposible se transmuta en un argumento de que la afirmación es verdadera. Graeber y Wengrow tienden a introducir una conjetura con las calificaciones requeridas, que luego se desmoronan, como un andamiaje una vez que se ha erigido un edificio. Hablando del asentamiento mesopotámico de Uruk, advierten que cualquier cosa que se diga sobre su gobierno es especulación; solamente podemos decir que no tuvo monarquía. La ausencia de una corte real es consistente con todo tipo de arreglos políticos, incluido el gobierno de un grupo de familias de alto poder, de una élite administrativa, militar o sacerdotal, de caudillos de barrio y jefes de consejo cambiantes, etc. Sin embargo, cien páginas después, la falacia de la bifurcación entra en vigor: hay un jefe real o no hay jefes, y estamos seguros de que Uruk disfrutó de “al menos siete siglos de autogobierno colectivo”. Una simple conjetura de “¿y si fuera?” se ha desviado y regresado en el traje de tres piezas de un hecho establecido. Se presenta una lasitud similar cuando visitamos los megayacimientos de Tripilia (4100-3300 a. C.) en la estepa forestal de Ucrania. La mayor de estas áreas de asentamiento, Talianki, se extiende sobre 1.3 millas cuadradas, los arqueólogos han descubierto más de mil casas allí, y Graeber y Wengrow nos dicen que la población por sitio era, en algunos casos, probablemente más de 10.000 residentes. “¿Por qué dudamos en dignificar lugares así con el nombre de ciudad?", se preguntan. Debido a que no ven evidencia de administración centralizada, declaran que es “la prueba de que una organización muy igualitaria ha sido posible a escala urbana”. ¿Prueba? Un arqueólogo en el que se basan ampliamente para su relato, John Chapman, indica que el recuento de personas que invocan Graeber y Wengrow se basa en un desacreditado “modelo maximalista”. Él sospecha que esas mil casas no estaban ocupadas al mismo tiempo. Basándose en al menos nueve líneas de evidencia independiente, concluye que estos asentamientos no se parecían en nada a las ciudades. De hecho, piensa que un lugar como Talianski puede haber sido menos un pueblo que un sitio de festival, menos Birmingham que Burning Man, el evento del “hombre en llamas” de Nevada. Un lector que haga la arqueología de sillón de excavar a través de las notas finales, se encontrará repetidamente con este tipo de discordancia entre lo que dice el libro y lo que dicen sus fuentes. ¿Estaba Mohenjo Daro —un asentamiento que data de alrededor del 2600 a. C., en un lado del río Indo en la provincia de Sindh en Pakistán— libre de jerarquía y administración? “Con el tiempo, los expertos han acabado acordando que no hay pruebas de sacerdotes-reyes, nobleza guerrera ni nada que podamos reconocer como Estado en la civilización urbana del valle del Indo”, escriben Graeber y Wengrow, y citan investigaciones del arqueólogo Jonathan Mark Kenoyer. Pero Kenoyer concluyó que Mohenjo Daro probablemente fue gobernado como una ciudad-Estado; señala, por ejemplo, que se encuentran sellos con un motivo de unicornio en los asentamientos del Indo e infiere que pueden haber sido utilizados por funcionarios "que eran responsables de reforzar los aspectos económicos, políticos e ideológicos de la élite gobernante del Indo". ¿Por qué dudamos en dignificar (o denigrar) lugares así con el nombre de Estado? Luego está el yacimiento de Mashkan-shapir en Irak, que floreció hace cuatro mil años. “Una intensa prospección arqueológica”, se nos dice, “reveló una distribución de la riqueza, de la producción artesana y de herramientas administrativas llamativamente regular” y “sin un centro de poder económico o político evidente”. Aquí están resumiendo un artículo de los arqueólogos que excavaron el sitio, un artículo que en realidad se refiere a las disparidades de la riqueza de los hogares y un “recinto amurallado en el Oeste, que creemos que era un centro administrativo”, y los arqueólogos piensan, puede haber tenido una función administrativa similar a la de los palacios en otros lugares. El artículo dice que los centros comerciales y administrativos de Mashkan-shapir estaban separados; cuando Graeber y Wengrow presentan esto como la afirmación de que puede haber carecido de un centro comercial o político, es como si se hubiera pasado un cepillo de pelo a través de evidencia enredada para que se alineara con su tesis. Ellos gastan mucho tiempo en Çatalhöyük, una antigua ciudad o protociudad de Anatolia que se asentó por primera vez hace unos nueve mil años. Afirman que el registro arqueológico no arroja evidencia de que el lugar tuviera una autoridad central, pero sí una amplia evidencia de que se reconocía y honraba el papel de la mujer. El hecho de que se hayan encontrado más figurillas que representen a mujeres que a hombres indica, ellos aventuran, “una nueva conciencia del estatus femenino, con toda seguridad basada en sus logros a la hora de unir estas nuevas formas de sociedad”. Lo que ellos no dicen es que la gran mayoría de las figurillas son de animales, incluyendo ovejas, vacas y cerdos; entonces, es posible ser menos optimista de si las figurillas de mujeres establecen el empoderamiento femenino. Es posible que aún uno se encuentre persuadido de que una preponderancia de mujeres desnudas entre las representaciones de cuerpos humanos con género es, como piensan Graeber y Wengrow, evidencia de una sociedad ginocéntrica. Solamente hay que prepararse para ser flexible: cuando discutan la cultura de la Edad de Bronce de la Creta minoica, el hecho de que solemente los hombres estén representados desnudos se tomará como evidencia de una sociedad ginocéntrica. Luego está el hecho de que el 95 por ciento de Çatalhöyük ni siquiera ha sido excavada; cualquier afirmación radical sobre su estructura social está destinada a ser rehén de la fortuna de la excavación. Y así sigue, mientras, jugando al luche, nos abrimos paso por el planeta. Si, una generación atrás, un historiador del arte propuso que Teotihuacan era un “experimento utópico en la vida urbana”, no escucharemos mucho sobre los murales de reflexiones y los argumentos presentados por todos los arqueólogos que desde entonces han llegado a conclusiones bastante diferentes. La vista que se nos ofrece es emocionante, pero como evidencia gana claridad a través de la filtración. Dos verdades a medias, ¡ay!, no hacen una verdad, y tampoco lo hacen mil. De la primera sumisión del hombre: El amanecer de todo tiene mucho interesante que decir sobre la naturaleza del Estado. Pero si se lo toma como una prueba de estrés de la prehistoria convencional, se descubrirá que sus objetivos y sus logros no están del todo alineados. De hecho, cuando el polvo, o los dardos, se han asentado, encontramos que Graeber y Wengrow no tienen mayores problemas con la “metanarración histórica estándar”, al menos en sus repeticiones más cautelosas. “Existen, ciertamente, tendencias en la historia”, conceden, y las versiones más reputadas del relato estándar no se refieren a reglas inexorables, sino, precisamente, a tendencias: un desarrollo crea condiciones que son propicias para otro. Después de la agricultura vinieron asentamientos más densos, ciudades, gobiernos. “A largo plazo”, admiten, “la nuestra es una especie que ha acabado esclavizada por sus cultivos: trigo, arroz, mijo y maíz alimentan al mundo, y es difícil imaginar la vida moderna sin ellos”. No discuten que las sociedades de recolectores, con fascinantes excepciones, tienden a tener menos acumulación de capital y desigualdad que las sociedades agrícolas sedentarias. Están enfáticamente de acuerdo con muchos evolucionistas de los últimos dos siglos en que “algo fue terriblemente mal en la historia de la humanidad”. Al mismo tiempo, una idea absolutamente plausible fluye a través de El amanecer de todo. Los seres humanos están desgarrados por impulsos realistas y regicidas; somos propensos a erigir jerarquías y propensos a derrocarlas. Podemos ser profundamente crueles y profundamente cariñosos. “Los principios básicos del anarquismo —autoorganización, asociación voluntaria, ayuda mutua— se refieren a formas de comportamiento humano que se consideraba habían formado parte de la humanidad desde sus inicios”, escribió Graeber sobre los pensadores anarquistas del siglo XIX en sus Fragmentos de antropología anarquista (2004). “Lo mismo se puede decir de su rechazo del Estado y de todas las formas de violencia estructural, desigualdad o dominio”. El amanecer de todo puede leerse como un esfuerzo por construir la tesis de “la humanidad desde sus inicios”. Deberíamos aceptar fácilmente que los seres humanos rutinariamente se resisten a ser dominados, incluso si rutinariamente buscan dominar; que la autoorganización, la asociación voluntaria y la ayuda mutua son fuerzas vitales en nuestra historia social. Es solamente que Graeber y Wengrow no se contentan con plantear esos puntos: quieren establecer la existencia de asentamientos grandes, densos, similares a ciudades, libres de gobernantes o reglas; y, cuando los humos de la conjetura se disipan, nos quedamos sin un solo ejemplo inequívoco. Cualesquiera que sean sus deficiencias empíricas, el libro debe considerarse un éxito imaginativo. El Capital de Marx llegó con un edificio de conjeturas prehistóricas e históricas; los principios básicos del marxismo no se sostienen ni caen con él. El amanecer de todo también tiene un argumento que es independiente de todos los trozos de cerámica y todas las notas de campo. En una era en la que la crítica social procede en gran medida en nombre de la igualdad, argumenta, a la manera de una profecía social optimista, que nuestra principal preocupación debería ser, en cambio, la libertad, que resume como las libertades de movimiento, de desobediencia, de reordenamiento de los lazos sociales”. Hay que decir que Graeber, en libros como La utopía de las normas (2015) y Trabajos de mierda (2018), fue exactamente ese profeta social: satírico, bufonesco, apasionante. Es imposible no lamentar la pérdida de esa voz. Su visión es de particular importancia porque no encaja fácilmente dentro de las posiciones políticas habituales de nuestra era. Lo que los lectores de El amanecer de todo no deben pasar por alto es que el tipo de desigualdad que más nos preocupa hoy a sus autores solamente les preocupa en la medida en que choca con la libertad. En su esencia es una propuesta fascinante sobre los valores humanos, sobre la naturaleza de una existencia buena y justa. Y así podemos abordar este libro de manera provechosa teniendo en mente el descargo de responsabilidad de Rousseau: “No hay que tomar por verdades históricas las investigaciones que puedan emprenderse sobre este asunto, sino solamente por razonamientos hipotéticos y condicionales, más adecuados para esclarecer la naturaleza de las cosas que para demostrar su verdadero origen”. Sí, se pueden presentar muchos argumentos en contra de la visión anarquista de Graeber y Wengrow; algunos también funcionan como argumentos en contra de los libertarios. (Nótese, por ejemplo, la naturaleza paradójica de la “libertad para desobedecer”: no podemos ser mandados —y por lo tanto no podemos desobedecer mandatos— sin instituciones que autoricen el mando.) Pero estos son, precisamente, argumentos; pueden estar equivocados, en parte o en su totalidad. Deben sopesarse, evaluarse, probarse y tal vez modificarse frente a los contraargumentos. Y el peor argumento que se puede hacer contra el anarquismo —contra una forma de gobierno sin política— es que aún no lo hemos visto en funcionamiento. “Si la teoría y la práctica anarquista no pueden seguir el ritmo, y mucho menos ir más allá, de los cambios históricos que han alterado todo el panorama social, cultural y moral”, escribió el eminente anarquista Murray Bookchin hace tres décadas, “todo el movimiento terminará convirtiéndose en lo que Theodor Adorno lo denominó: un ‘fantasma’”. Vivimos en la era de la Web, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la inteligencia artificial y una crisis climática. No necesitamos escudriñar nuestro pasado prehistórico para decidir qué pensar sobre estas cosas. “Por favor, señor MacQuedy, ¿cómo es que todos los caballeros de su nación comienzan todo lo que escriben con la ‘infancia de la sociedad’?”, pregunta un reverendo epicúreo a un economista político en la novela Crotchet Castle (1831) de Thomas Love Peacock. Este hábito, tan arraigado en esa época, ha persistido a través de la nuestra. El amanecer de todo a veces me recuerda el best-seller internacional de Riane Eisler de 1987, El cáliz y la espada. Eisler, recorriendo a través del Neolítico, vio que el modelo de “sociedad” favorable a las mujeres de “gilania”, que alguna vez prevaleció, fue suplantado, en etapas, por el modelo “dominador” de la “androcracia”. Al igual que Graeber y Wengrow, ella tenía una profunda antipatía hacia la dominación; como ellos, abrigaba una visión de libertad y cuidado mutuo; como ellos, pensó que la vislumbraba en la Creta minoica. Pero el argumento moral aquí no depende de si creemos que la gilania estuvo alguna vez muy extendida: un pedigrí antiguo no hace que el patriarcado sea correcto. Los profetas sociales, incluidos los de la tradición anarquista —desde Piotr Kropotkin y Emma Goldman hasta Paul Goodman y David Graeber— hacen la contribución vital de ampliar nuestra imaginación social y política. De cara al futuro, podemos realizar nuestros propios experimentos de vida. Podemos idear las etapas que nos gustaría ver. Eso es lo que llegó a pensar Rousseau. Cuando publicó El contrato social (1762), había abandonado la noción de que el argumento político necesitaba estar respaldado por alguna utopía primordial. “Lejos de pensar que no hay ya virtud ni felicidad para nosotros”, argumentó, “esforcémonos por sacar del mismo mal el remedio que debe curarlo” —reorganicemos la sociedad, es decir, a través de un mejor pacto social. No importa el amanecer, nos instaba: no encontraremos nuestro futuro en nuestro pasado. Artículo aparecido en New York Review of Books 16-12 (2021). Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia Ficha El amanecer de todo David Graeber y David Wengrow Trad. J. Andreano, Editorial Ariel, Barcelona, 2022, 842 pp., $29.900.

  • Hogares Adentro

    Este podcast se construye en base a los resultados del proyecto de investigación fondecyt regular 1190150 “Infancia Institucionalizada y vida cotidiana de la niñez en las residencias de protección de Santiago de Chile (1979-2000)” dirigido por la investigadora Patricia Castillo Gallardo. Escucha aquí todos los episodios > HOGARES ADENTRO

  • Caminos sinuosos

    Por primera vez en su larga trayectoria, el artista chileno Samy Benmayor expone junto con sus dos hijos, José (38) y Matilde (35). La exhibición ocurre en Argentina, en el barrio de Palermo, en Buenos Aires. Curada por Irene Gelfman, la muestra propone un camino sinuoso obras que dialogan entre sí y muestran, por sobre todo, la inclinación compartida por la pintura, el color y la forma. La muestra puede visitarse hasta el 15 de septiembre en la Galería Gachi Prieto, Uriarte 1373. A Samy Benmayor se le nota una importante dosis de buen humor mientras conversa por Zoom desde su casa en Santiago. Quería dar la entrevista desde el taller, pero no llegó a tiempo, cuenta. Ubicado en la calle Girardi, en barrio Italia, linda con el de Carlos Maturana (Bororo) y está cerca del de Matías Pinto, otros dos artistas con quienes integró hace varias décadas, junto a Pablo Domínguez y otros, la Promoción del 80, para reivindicar la pintura en un tiempo fracturado políticamente, cuando el arte conceptual de la Escena de Avanzada ya había resquebrajado el canon con sus nuevos lenguajes críticos. Pero estos artistas continuaron pintando y no fracturaron ni el lienzo, ni el color ni la forma. Susana, su esposa, le trae un café. El sol se asoma paulatinamente a su espacio y Samy se acomoda para no encandilarse. “Ella es economista; es la única normal de la familia. Mis dos hijos son artistas; mi nuera es poeta y mi yerno cantante. Mis nietos no sé qué quieren ser, pero nadie quiere ser normal”, cuenta. El circo, un imaginario lejano Samy, de padres oriundos de Estambul, nació en la capital chilena y vivió cerca de un circo hasta sus quince años, en un departamento con poca luz, alfombrado, con cortinas y muchos objetos, de un estilo que parecía oriental, en el sexto piso de un edificio antiguo en la avenida Alameda, al lado de un terreno amplio y baldío. Allí, en esa parcela ociosa, dos veces al año se instalaba un clásico circo, con carpas grandes, elefantes y acróbatas. En el living había una ventana alta, pero si se paraba sobre el sofá y se asomaba por ella, podía ver todos los movimientos del circo. “Viví una infancia mágica. De mucha soledad, pero muy especial”. En la casa vivían tres: la madre, la nana y él. El padre había fallecido cuando era un niño. Tiene una hermana mayor pero mucho mayor y ya no vivía en su casa cuando él nació. Entonces quedaron los dos solos. “Quizás esa soledad, esa historia, ese lugar tan especial, fue definitorio para que yo fuera artista, pienso que sí. Tú sabes que todo es un misterio; el artista puede nacer en cualquier lugar”, dice como pensando en voz alta. Fue en ese tiempo y en ese barrio donde nació el artista. Una vez, una profesora del colegio les puso una pieza de Petrushka y Stravinsky con la propuesta de que los alumnos pintaran lo que sintieran. “Y yo empecé a pintar, a pintar, a pintar y pintar, y de repente sentí como que me rayé, que me volví loco. Me paré arriba de la silla, hice show, me tiré al suelo, hice cualquier cosa. Se me despertó un personaje interno; la pintura no alcanzaba. Después me dio mucha vergüenza. Me había pasado algo extraño y no me reconocí a mí mismo. ¿Por qué hice todo esto? Una artista una vez me explicó que había caído en trance, que era algo chamánico. Con el tiempo entendí que ahí pasó algo importante”. En el fondo, dice, siempre supo que quería ser artista. “Yo quería ser pintor porque realmente era súper inútil para todo; no tenía talento para nada; ni siquiera yo creo que para la pintura. Pero por lo menos en la pintura me sentía libre”. Pocos años después, ingresó a la facultad de Bellas Artes en la Universidad de Chile. “Era como un sueño; era maravilloso. Tenía constantes ataques de regocijo”. Fidelidad a la pintura A principios de los años 80, Samy se fue con Susana a vivir un año a Nueva York para estudiar Arte gracias a una beca. Compartieron un departamento muy chico en la Séptima avenida, con otra pareja de amigos. Si bien hubiese querido quedarse, la visa se vencía y tuvo que volver. Corría el año 1983 y el clima del país estaba tenso, dictadura y toque de queda. En esa época, se estrenaba la película Missing y en la escena del arte visual y literario se exploraban lenguajes neo-vanguardistas que intentaban burlar la censura. Pero Samy siguió en lo suyo y continuó pintando. “Los artistas conceptuales preconizaban que la pintura estaba muerta y que lo que yo hacía no se podía hacer —recuerda—. Esa fue mi primera liberación. Se acabó todo esto, la teoría del arte, hasta luego. Yo me voy a juntar con gente a quien quiera y que me quieran, y voy a hacer arte en un lugar donde seamos libres para hacer lo que se nos antoje. No voy a pescar nada. Fue espectacular haber hecho eso, en el terreno de uno, en la simple cosa de uno. Tener esa libertad nomás, eso es todo”. “De eso se trató su pintura, de ser libre”, reflexiona su hija Matilde conversando en un bar en el East Village en Manhattan, donde vive desde hace ya unos años y trabaja como asistente de Cecilia Vicuña, además de continuar con su propio trabajo artístico en su taller de Chelsea. “Siempre fue una persona muy valiente. Hizo toda la vida lo que él quería y no se dejó influenciar por lo que hay que hacer, o lo que está mejor o lo que está de moda. Él hizo lo que él necesitaba hacer. Diría que es sincero y feliz. Sobre todo muy feliz”. En el taller A sus hijos los llevaba una vez por año al taller. Querían ir más seguido, pero se portaban pésimo. Una vez Samy le dijo a su hijo que no agarrara el cuchillo porque se podía cortar; pero lo agarró y por supuesto, se cortó. “Hacíamos puras tonteras y no nos podíamos concentrar tanto rato”, confiesa el hijo. “Como las visitas eran poco frecuentes, uno se cargaba de expectativas”, recuerda, mientras fuma un cigarrillo desde su propio taller en esta entrevista por Zoom. Desde la pantalla pueden verse colgadas algunas de sus obras: un cuadro con la caja de Zucaritas y otro con la cajita de fósforos de la típica marca chilena Los Andes. “Me encantaba la onda de su taller, todo era muy estimulante y entretenido. Desde que tengo memoria quiero dedicarme a esto y tener mi propio taller”. Hay una pintura del artista canadiense Phillip Guston recientemente exhibida en la muestra retrospectiva de este expresionista en la National Gallery of Arts en Washington DC y próximamente en el Tate Modern, que habla de ese espacio tan particular como es el taller del artista. La obra se titula The painter´s table y una frase acompaña el óleo: “Cuando entras al taller, mucha gente entra contigo: el pasado, tus amigos, tus enemigos, el mundo del arte, pero sobre todo, tus propias ideas… Pero a medida que pintas, se van yendo uno por uno y te vas quedando completamente solo. Y si tienes suerte, tú también desapareces”. En la imagen de Guston hay una mesa rosa viejo, la mesa del taller del artista, con todas sus cosas. Su paleta, sus zapatos, su cigarrillo, su cenicero, y hasta un ojo que lo mira. Al principio del texto curatorial de la muestra de los Benmayor, Gelfman cita justamente estas palabras de Guston. “Esta frase me tocó tanto que yo se la dije a Irene, y ella la puso en el papel. Básicamente esto representa la esencia de lo que es el trabajo de un pintor o de un artista”, reflexiona Samy. “Ser artista es siempre difícil. Hay miles de personas que opinan miles de cosas; hay ideas propias y ajenas. Tú mismo acarreas con un historial. Hay una aproximación al arte que tiene que ver con la entrega, con aquel momento en que si tienes suerte, tú también te vas. El punto es desaparecer —explica—. Hay un monstruo interno, como el cíclope de la Odisea, que juzga constantemente todo lo que haces. Es necesario matarlo y entregarte a lo que estás haciendo, a tu trabajo”. Con un camino de años, Samy admite que sus obras se han ido enhebrando las unas con las otras, como tejiendo una trama narrativa desde su lenguaje plástico. “Yo no busco las cosas, pero de repente pasan y te encuentras un hilo que quieres seguir durante un tiempo. Ese hilo te puede llevar a otros lugares y entonces uno va encontrando la manera de hacer las cosas”. Samy Benmayor "Un pájaro que toma fotos" Búsqueda y disfrute ¿En qué se parecen y en qué se diferencian las obras de esta familia de artistas? ¿Hay puntos en común, de diálogo y conversación?, son algunas preguntas para empezar el itinerario de esta colectiva familiar. Hay cuatro obras de Samy colgadas desde el techo en medio de la sala como si fueran la tapa y contratapa de dos libros. Hay otras sobre la pared. La autoría está intercalada y no están identificadas, no se indica ni el autor ni el título de la obra. Algunas son de Samy, otras de José y otras de Matilde. ¿Cuál es de quién?, jugará a descifrar el visitante. En los tres casos, y más allá del trazo, el estilo y la temática propios de cada uno, hay color, trabajo con la forma y composición, pero sobre todo, sentido del placer. “Tenemos un punto en común que es la búsqueda en el interior de uno a través de la pintura. Hay una libertad en el goce de pintar y de hacer lo que uno necesite hacer”, afirma Matilde. “Cuando uno se mete en una disciplina y logra disfrutar de la cuestión, la cabeza explota”, dice José. Es posible que esta muestra contagie a quien la mira, una sensación de alegría y liviandad. Cuerpos y almas de mujeres que sostienen y se sostienen Las pinturas de Matilde en esta sala sintonizan en forma y color con las de su padre. Incluso, en una parte de la exposición, puede verse una suerte de composición con trabajos de ambos. Una de Samy en el medio, acompañada por cuatro de Matilde, dos a cada lado. Al fondo, destaca una obra suya titulada Tomando sol, que muestra un corte transversal de la tierra con algunas mujeres que, unidas por sus pies, se sostienen entre ellas. El tema se reitera con la figura de los pies que se deja ver entre la abstracción que reaparece una y otra vez en sus distintas obras. Las mujeres como red de contención. Las formas cóncavas de sus lienzos evocan la capacidad de alumbrar desde el interior femenino; de recibir, de engendrar, y de dar. Matilde Benmayor "Tomado el sol" 120 x 226 cm Capturar el pasado La obra de José recuerda la muestra Del cielo a casa del Malba. Tal vez porque ambas traen a la memoria ciertos objetos pertinentes al pasado. Sus obras se distinguen fácilmente de las del padre y la hermana. Suelen ser acrílicos sobre tela de un hiperrealismo pop, o un realismo falso, como él lo llama. “Las cosas no se ven así. Es como un realismo que me para hacer mis cosas”, explica. La textura de las imágenes se ve lisa y depurada, y sus líneas delimitan nítidamente las formas. En una de sus pinturas aparece una de esas máquinas de antaño, a la que si le ponías una ficha y te acompañaba el azar, sacabas un muñeco de regalo. La cosa era que la máquina lograra con su pinza de metal agarrar el muñeco. El tono de José tiene algo de nostálgico, porque quiere capturar ese pasado, de la misma manera que la máquina al juguete y su propio trazo a la forma. “Trato de inmortalizar objetos para que el espectador los pueda ver y se reconozca en ellos. Busco mostrar lo que había en mi época y ponerlo ahí, para que quede para siempre”, explica el artista. José pinta mirando. En vez de sacar una foto y copiarla; elige los objetos, los coloca, los ordena, enfoca su ojo y mueve el pincel. Así, la imagen va a ser por siempre irrepetible. La ventana Samy crea un imaginario de paisajes abstractos, pero siempre incorpora el factor sorpresa: hay seres que, con cierta irreverencia, te miran de perfil. A veces un siervo, un pájaro, un marciano con nariz triangular y alargada, un señor con una gorrita en la cabeza fumando, o unos ojos sueltos por ahí. Puede haber una luna, un sol, y hasta un cielo nevando. “¿Por qué está nevando? ¿qué estoy haciendo? ¿una tarjeta postal? ¿una tarjeta de Navidad? ¿por qué estoy haciendo esto? —se pregunta—. A mí me gusta sorprenderme y reírme”. El tono lúdico se apropia de cada uno de sus lienzos con un estilo a veces caricaturesco y personajes que parecen salidos de un cómic de mediados del siglo pasado. Tal vez haya algo del imaginario de su infancia, de aquella época cuando se subía al sillón para espiar por la ventana. José Benmayor "Some friends" 100 x 140 cm

  • La realidad de los muertos

    Fotografía de Patricio Salinas, de su libro Atacama. Geometría de un cautiverio (Saposcat). Me pillo subrayando nombres en una novela para luego buscarlos (sé que no lo haré, pero me gusta engañar a mis manías) y ver si corresponden a personas reales. Dejo a medio camino la raya que estoy haciendo, la interrumpo, me interrumpo, porque me pregunto si realmente quiero saber si son nombres reales o no, si son representaciones o son del todo invenciones. Si las personas o personajes nombrados realmente existieron. Antes de esa pregunta ya había buscado el nombre del protagonista, que en el libro es un musicólogo y orientalista; lo busqué porque supuse que era real, como lo son otros personajes de la novela, y me encontré, bajo ese nombre, con un jerarca nazi, compañero de Hitler, que no fue musicólogo ni orientalista, al menos según me informa internet. ¿Será el personaje del libro una versión de él? ¿Por qué eligió el autor ese nombre? Apenas llevo un tercio de la novela, quizás al avanzar la historia encuentre alguna respuesta. Sin embargo, ¿tiene sentido preguntar si ese nazi real será también, versionado, el personaje del libro? ¿Tiene sentido preguntar si el personaje de una novela es real, incluso si comparte al pie de la letra la biografía de una persona real? Esto de la representación y la realidad de los nombres se me había aparecido ya a propósito de otra novela, una sobre un boxeador chileno, que leí justo antes que la del musicólogo. La novela del boxeador es Muriendo por la dulce patria mía, de Roberto Castillo, que hace ficción con la vida del iquiqueño Arturo Godoy, el peso pesado que peleó el título mundial de boxeo, dos veces, con Joe Louis, el bombardero de Detroit. La otra historia, la del musicólogo, es Brújula, de Mathias Enard, protagonizada por el austriaco Franz Ritter. Cuando terminaba de leer el libro de Castillo, antes de empezar el de Enard, antes de los subrayados de nombres, quedé perplejo al descubrir que la historia de Gabriel Meredith, uno de los protagonistas, su final, es la que cuenta —vive— el fotógrafo Patricio Salinas en su libro Atacama. Geometría de un cautiverio; la misma historia que me había contado y que le había oído contar a otros. Aunque tampoco me consta que sea la misma historia, pero coinciden, coincidieron, la realidad y la representación confluyeron en ese momento, hacia el final de Muriendo por la dulce patria mía; la representación se me hizo realidad. Tras el golpe de Estado (¿cuántas historias comienzan “tras el golpe de Estado”?), en noviembre de 1973, Patricio Salinas fue llevado junto a quinientos prisioneros al abandonado campamento salitrero Chacabuco, en el desierto de Atacama; el lugar había sido reconvertido en campo de detención por la naciente dictadura chilena. Salinas era el prisionero número 32, pasó ahí un año, fue trasladado a otros campos de prisioneros y luego fue expulsado de Chile. Regresó al país en 1985, viajó a Atacama, a Chacabuco; lo hizo muchas veces entre 1985 y 2009. En noviembre de 2020 publicó Atacama. Geometría de un cautiverio, un ensayo visual que, en textos y fotos, hace memoria de esos desiertos. En una entrevista que dio en 1989, todavía en dictadura, Nissim Sharim cuenta la vez en que Roberto Parada, en plena función del Ictus, se enteró del asesinato de su hijo, José Manuel Parada, y a pesar de eso decidió seguir con la obra. Él hacía de un padre que tenía un hijo preso: “Las palabras que se decían en la obra”, recuerda Sharim, “ya no se sabía si eran de la obra o eran de la realidad [...] Roberto me hablaba a mí y parecía que estuviera hablándole a su hijo. Y yo nunca como en aquella época, pude darme cuenta de la distancia absolutamente efímera que hay entre la realidad y la ficción”. También dice Sharim: “Cuando el Ictus insiste en la temática de los Derechos Humanos [...] es porque nuestro corazón está profundamente herido”. Sharim plantea dos asuntos que, creo, también están presentes en el trabajo de Patricio Salinas: el primero es el de los límites entre realidad y representación o, dicho de otro modo, ese punto o momento cuando el arte excede la mera representación y se transforma en realidad o te transporta a la realidad. El segundo tema es el de las heridas abiertas como motor del arte, de la representación; el tema de las heridas o quizás de las ruinas pasadas y de cómo se puede crear a partir de ellas. El libro anterior de Salinas, Los últimos días de Walter Benjamin, también muestra ruinas: sigue los pasos hacia la muerte del filósofo que dijo que en las ruinas viven las posibilidades de nuevos mundos, y que todo documento de civilización es también un documento de barbarie. ¿Por qué Salinas regresó a Chabuco, a Atacama, más de una vez? ¿Y por qué quiso fotografiarlo o representarlo, documentarlo? En Atacama, en el texto y en las fotografías, hay al menos tres historias, tres momentos distintos pero superpuestos: la historia del desierto, de esa inmensidad despoblada de la que habla Manuel Vicuña en uno de los ensayos que introduce el libro; la historia de la salitrera Chacabuco, de la llegada, luchas y retirada del capital y el trabajo; y la historia del campo de prisioneros y de Salinas allí. Y entonces, pienso, Atacama. Geometría de un cautiverio es y no es la historia del desierto, es y no es la historia de una salitrera y, también, es y no es la historia de un campo de prisioneros. Está eso, todo eso, pero hay algo más, quizás la ruinas, no sé. ¿Qué historia cuentan estas fotos? A propósito del subtítulo, “Geometría de un cautiverio”, podríamos hablar de la manera en que trabaja Salinas. Cuenta él que durante su año como prisionero en Chacabuco se dedicó a hacer estadísticas, a perfilar en números a las personas y el lugar (Salinas estudiaba sociología en la Universidad de Concepción). Hay algo geométrico o ingenieril en ese gesto, en ese perfilamiento; ingenieril en el sentido de intuitivo, imaginativo, como si Salinas quisiera captar ese mundo en una forma o imagen simple. Y eso lo hace antes, muchísimo antes de transformarse en fotógrafo. Captar, primero en estadísticas, luego en fotografías. Documentar. Las fotos de Salinas, y en realidad todas las fotos, se podrían entender como un intento de captar un mundo en una sola forma, en un solo encuadre. Y entonces, puede preguntar uno, ¿cómo se aproxima Salinas a los lugares que va a fotografiar, cómo se prepara? ¿Se prepara? El relato que escribe Salinas, el de su paso por Chacabuco, sin dejar de ser crudo, emotivo, o quizás por lo mismo, tiene momentos en que parece un informe, con datos, cifras y hechos que se yuxtaponen. Incluso cuando cuenta la muerte de un amigo, un amigo que de algún modo es un padre; esa historia simplemente pasa, Salinas se contiene. ¿Le sale así o es algo que hace conscientemente? No sé si tenga que ver con esa contención, pero insiste Salinas en el libro, y se lo he escuchado varias veces, en que él no vuelve a Chacabuco ni hace este libro como víctima. Es casi una advertencia, quizás una reivindicación. ¿Por qué? ¿Por qué toma esa precaución? En sus varios viajes a Chacabuco, Salinas recogió objetos —documentos, incluidos algunos que dejó allí durante ese año como prisionero, esas notas que hizo el estudiante de sociología—, sacó fotos, del desierto, de las ruinas. Compuso con eso una historia y la convirtió en un libro, en un volumen, en Atacama. Geometría de un cautiverio; realidad y representación. Y entonces también podemos preguntarnos: ¿volverá Patricio Salinas a Chacabuco? Vuelvo yo al subrayado de nombres en Brújula: Franz Ritter. Lo busqué y leí en Wikipedia que fue “uno de los primeros miembros del NSDAP, colaborador financiero de Adolf Hitler y feroz perseguidor de comunistas alemanes”. Y vuelvo también a Muriendo por la dulce patria mía, donde leí esto: “La señora «O» no tenía cómo saber que en el momento en que ella escribía Gabriel Meredith ya estaba en el campamento de prisioneros instalado en las ruinas de la antigua oficina salitrera de Chacabuco. Allí, con cincuenta y dos años, Gabriel burló la vigilancia de sus guardias, encontró las ruinas de la casa de su infancia y se colgó en una viga”. Y vuelvo a Atacama: “Al poco llegar a Chacabuco cultivé amistad con Oscar Vega, un hombre ya anciano y de mirada cansada. Nos juntábamos por las mañanas, después del desayuno, a jugar sobre un tablero mientras me contaba su historia...”. Así comienza la historia, no sé si la misma historia, qué importa si la misma historia, que cuenta Patricio Salinas, la de ese amigo muerto que mencioné más arriba. “Curiosamente, cuando niño había vivido con su familia en ese mismo pueblo, en Chacabuco. [...] Una mañana de noviembre, Oscar no apareció. Ya me había señalado en qué casa había vivido y partí a buscarlo allí, en la calle Serrano 71. Encontré su cuerpo aún caliente, atado al cuello a una viga de madera”. En otro libro de Roberto Castillo, Muertes imaginarias, Meredith (¿Vega?) revive como editor de una revista de cultura y arte; una revista imaginaria que publica necrológicas imaginarias; aunque, claro, en el libro son reales o eso parece. “Aquí está entonces esta barca de muertos, para que quienes no los conocieron los saluden y quienes los reconocen los despidan. Los muertos siempre encuentran la manera de devolver la atención que les brindamos”, dice el editor. Casi transcribo, por error y tal vez deseo, que los muertos siempre encuentran la manera de volver. Atacama. Geometría de un cautiverio Patricio Salinas Saposcat, 2020. Muriendo por la dulce patria mía Roberto Castillo Laurel, 2017. Muertes imaginarias Roberto Castillo Laurel, 2020. Brújula Mathias Enard Literatura Random House, 2015.

  • Escribir el duelo, continuar la conversación

    Leí Dar (el) duelo: notas para Septiembre (Galerna, 2020) de Vir Cano y también la nota que escribió en Heterotopías[1]. Sentí la necesidad de acompañar esas escrituras y publicar a su vez las notas que venía tomando de manera esporádica acerca de mis propios duelos, resignificadas en parte por lo que Vinciane Despret ha escrito en A la salud de los muertos: relatos de quienes quedan (Cactus, 2021). Un llamado y una habilitación: la necesidad de compartir y ampliar un cambio en el registro de escritura -múltiple y variado- que vengo practicando hace tiempo.[2] Quizá un modo de componer las diferencias que no pase por el clásico contrapunto o la discusión, la argumentación o la explicación, que no tome por objeto de análisis lo dicho por el otro, o que simplemente se dedique a halagarlo o enaltecerlo; en fin, un modo de entrar en resonancia poniendo en juego las propias experiencias, palabras y conceptos que no encuentran medida común, que hacen cuerpo de un modo singular, porque tratan de un dolor insondable, expuesto a la consideración pública. Un modo de curar y ser curados, como dice Claudia Masin. No importa así qué viene primero, si el habla o la escritura, hay un salto entre ellas, un cambio de registro que las resignifica y del cual -paradójicamente- no siempre se toma registro. Esto afecta singularmente cuando se trata de decir lo real y, ante la imposibilidad situada, se lo escribe. No se escribe del mismo modo que se habla, como tampoco se muere del mismo modo que se vive. Escribir anticipa la muerte: corte, condensación, recapitulación precipitada de una vida. Hablar en cambio es un modo de distraer la muerte: contarnos historias, ampliarlas, adornarlas para que resulten entretenidas. No me gusta quienes escriben del mismo modo que hablan, como tampoco quienes creen saber de la muerte porque viven. Quienes no han atravesado los umbrales de este mundo, habitado los bordes del lenguaje, entre la vida y la muerte, hablan sin saber y escriben sin sentir. Pretenden decir qué hacer cuando no se han hecho siquiera a sí mismos. La tarea infinita de hacerse entre escritura y habla, lectura y escucha, meditación y prueba, en el anudamiento inexorable de esos modos irreductibles, quizá ayude a otros mientras dure una vida. Pero no hay garantías, mucho menos entretenimiento o recompensas, cuando se vive éticamente. Cuando escribir es una forma de vida. Sí hay alegría de pensar sin distraer ni decir necedades para convencer a nadie. Una tarea a puro gasto. * Camila me dice a veces que le hubiera gustado conocerte, y yo le vuelvo a decir que anticipaste su llegada, tocando la panza de Andrea; que como abuelo hubieses sido un poco pesado, no como el típico abuelo que consiente todas las mañas. Aunque quizá me equivoque, no sé, hace mucho que no conversamos. La última vez te vi en sueños y estabas bastante cambiado: más joven, sin canas, el pelo negro brillante, estabas más alto y delgado. Yo te preguntaba sobre ese cambio y me decías algo de un régimen que estabas siguiendo. Eras vos pero no eras vos, claramente. También aparecía Mariano, más alto y delgado, con una trencita larga, decía que venía de recorrer el mundo. Estábamos todos muy contentos y éramos diferentes, aunque nos reconocíamos. Tendría que saber cómo continuar ese relato, cómo continuar estas conversaciones, cómo volver a tejer nuestra historia de caminatas, zambullidas en el mar, mates con churros, asados y vinos. ¡Qué felicidad dona un padre sin saberlo! En un rato prendo el fuego y te cuento. A vos y a Mariano, que debe andar cerca, porque aquí también lo despedimos. 26 de febrero de 2023. * ¿Qué pasa cuándo nos morimos? Nada, no pasa nada. Nos disolvemos en partículas, nos convertimos en otra cosa, polvo que se hace parte de la tierra o se va con el agua. ¿Pero qué se sentirá morir? No se siente porque no hay quien sienta ya nada, al menos nadie ha vuelto para contarnos, cuando se muere es como si se apagara el mundo. Te quedaste pensando y te dije que preguntaras en la clase de filosofía. Pero la profe no sabe porque no ha vuelto de la muerte. No sabe eso, pero a lo mejor surgen preguntas interesantes. Habría que preguntarle a alguien que estuvo cerca de morir. Bueno, yo casi muero cuando vos estabas por nacer, pero no me quería ir sin conocerte, no me iban a llevar tan fácil, y menos mal que me quedé. Tu existencia, tu crecimiento me emocionan, el ser parte de tu vida me emociona, saco una foto del momento en que te dejo en el cole para guardarla en mi memoria y, contradiciendo lo que había dicho, me doy cuenta que no se sentiría nada bien haber muerto. Eso último no te lo dije, claro, ahora lo estoy escribiendo. 25 de abril de 2023. * Hace unos días Cami, con su modo de interrogar tan hermoso (le llamo “camilético”), me hizo dar cuenta de algo: estoy en un momento único de mi existencia, situado justamente entre dos siglos, tengo 23 años vividos en el siglo XX y voy a cumplir 23 años vividos en el siglo XXI. Esta distribución simétrica no se repetirá jamás. Y ahora, mientras leo Dar (el) duelo de Vir Cano, quien lleva la cuenta de los años que tendría su hermano fallecido y de ella misma acercándose a la edad que tenía su madre en ese momento, me doy cuenta que Mariano también tenía 23 años cuando murió. Es como si hubiese vivido dos vidas de mi hermano. Y sin embargo nada se repite exactamente, dos vidas no se pueden contar de igual manera. Estos modos entre mágicos y obsesivos de contar tienen que ver con el duelo, con tratar de suturar una herida que no cierra. Pero al escribir se libera. 15 de julio de 2023. * Hace algunas semanas soñé que me llamabas por mi nombre, escuchaba clara tu voz, venía de otra parte de la casa, como si fuese la habitación de al lado, donde dormía Cami. Traté de moverme de la cama pero no pude, ahí tuve la fugaz consciencia de que dormía, porque el cuerpo no respondió, pero alcancé a percibir que estaba en la habitación, veía una parte iluminada y otra oscura. Me hundí en el sueño sin pavor ni esperanza. 4 de agosto de 2023. * Un día como hoy, hace 14 años nos dejaba mi hermano Mariano. Siempre me impactó esa frase de Lacan sobre la finitud, lanzada a su auditorio: “Hacen bien en creer que van a morir, de no ser así, ¿podrían soportar la vida que llevan?” Esta vida, muchas veces insoportable, solo se hace vivible sobre un trasfondo ético ineluctable: decidir cada vez si se sigue o no. Solo a partir de allí, cada gesto cobra un valor inusitado. Eso lo entendí con el tiempo y las cicatrices, hermano mío. Te abrazo al infinito con una frase que me regaló Cami: “Pienso en alguien que a su vez está pensando en alguien, y así, al infinito...” 6 de agosto de 2020. * Estoy leyendo La escritura o la vida (Tusquets, 1995) de Jorge Semprún. Él trata de escribir lo imposible, lo real, y lo logra: la experiencia humana, demasiado humana, padecida en los campos de concentración y cómo eso afectó su vida para siempre; vida teñida de allí en más, incluso en sus momentos más gozosos, de irrealidad o sueño. No se vive la propia muerte pero sí la de quienes nos importan. Cada vez que llegamos a esta fecha lo mismo: cómo escribir lo imposible, lo que nos afectó para siempre, cómo darle a la vida valor en medio de relaciones humanas, excesivamente humanas, que la desprecian. No hay que tomarse lo humano demasiado en serio, ni siquiera uno mismo, que va haciendo con eso como puede; solo rescatar el valor de los gestos que nos redimen, los instantes eternos, los rituales que nos permiten condensar todos los tiempos. Quizá entre tanta desidia generalizada, cotidianeidad programada, fluctuaciones anímicas, poderes y deberes, uno no es más que ese gesto profano y simple que toca la eternidad; gesto en el que podría permanecer indefinidamente porque ha traspasado los fines y motivos. Pura gratuidad. ¿Quién dice que pese a todo no lo había alcanzado, mi hermano, cuando decidió partir? ¿O Primo Levi? Quienes seguimos vivos podemos dar testimonio en nuestros propios gestos que algo de ello nos ha sido legado, transmitido, y podemos dar fe. Así revivimos a los muertos queridos, porque ellos viven también en nosotros, como cada instante en la eternidad. Anoche prendí el fuego, hoy escribo, como si la fecha ya no tuviera el peso de la gravedad. 6 de agosto de 2022 * Me despierto y lo primero que leo es el relato de un HIJO que encontró a su hermano desaparecido. Alegría, entusiasmo, amor, como también evocación del horror, de lo imposible, de vidas sujetas a una búsqueda agotadora. Siento en la boca que he mordido toda la noche, hay algo que no puedo dejar de masticar, como una pena vieja y amarga que retorna. Hubiese querido soñar con mi hermano, pero esta vez no he podido. Aunque deseo evocarte con alegría, hermano, no siempre es posible. También era domingo aquel 6 de agosto en que habías desaparecido, fueron apenas unas horas de desesperación que se hicieron eternas. La certeza anticipada, el llanto, el dolor, la contención, la insoportable banalidad de los rituales sociales, de los trámites que se deben hacer igual porque nadie espera nada. Quizá haya pasado demasiado tiempo. Recuerdo otras veces que volvías en sueños como si te hubieses ido de viaje a lugares extraños, que habías estado perdido o dando vueltas por el mundo, recuerdo una vez que volviste como una fuerza impersonal que se suspendía ante mi ventana, y yo sabía que eras vos. Sentía una sosegada confianza. Anoche sin embargo no he podido soñarte, he masticado la bronca nomás, aunque ahora lo escribo y sé que algo de estas letras va triturando la cosa. Ese agujero que anticipé hace tiempo, que te pasé escrito en balbucientes caracteres, va siendo bord(e)ado con infinitas letras. No es que busque, encuentro. Quizá sea mi modo de hacer el ritual de una manera más conveniente. 6 de agosto de 2023. * Veía la foto de la última vez que nos encontramos, allí, en tu lugar en el mundo, sentados alrededor de la mesa tomando mate. Recuerdo esas conversaciones que me incomodaban un poco, tus cerrazones e insistencias, lo políticamente incorrecto e injustificable, lanzabas aserciones caprichosas para provocar o divertirte. Pero Cami ya estaba en camino y tuviste ese gesto tierno, como de adivino o médico sabio, presagiando que ella vendría, contra lo que nos habían dicho los especialistas por imágenes. No me di cuenta, o no quise ver en ese momento, que lo hacías con cierto desapego o resignación, como si también supieras que ya no ibas a estar para recibirla. No tuve la sensibilidad ni el coraje para darme cuenta que esa serie de incomodidades y precauciones como hijo se cerraba, el ciclo concluía y se abría otro: la responsabilidad inaudita de ser padre; eso que tantas otras veces habías tratado de decirme. Una y mil veces me he preguntado qué es el cuidado, cómo ejercerlo con quienes se ama tanto o más que la propia vida, cómo no olvidarme jamás de buscarla en ningún lado, cómo no dejar que se pase una tristeza, un sueño, una caída, un mal encuentro sin ponerle palabras, cariño, escucha, atención, brindar algunos elementos indispensables para elaborarlo, para sanar, para aprender, etc. Y sin embargo, la vida pasa, el dolor, el sufrimiento, la pena son inevitables. Ha comenzado el trágico mes de agosto, he seguido el ritual de tomar la caña con ruda y aquí estoy de nuevo: con la espalda lastimada por un movimiento que no tendría que haber hecho. Me culpo, me siento un imbécil, alguien incapaz de aprender, cómo podría enseñar cualquier cosa, cómo podría cuidar si no me cuido. Tampoco quiero reprocharme en exceso, caer en el victimismo, ser demasiado duro. Cami me consuela, me abraza, me mima, me dice ya te vas a curar. Quizá también se trate de eso ser padres: dejarse cuidar. 8 de agosto de 2023. * Me levanto un poco mejor, reviso el muro de los recuerdos y encuentro la clásica cita de Spinoza que usé como clave de lecto-escritura en La razón de los afectos (Prometeo, 2021). ¿Cómo es posible que, por entender la causa adecuada de la tristeza que nos afecta, podamos subvertir la situación y sentir alegría? Nadie sabe lo que puede un cuerpo, sea para romperse o para recuperarse, hasta el último momento. Solo en virtud de la razón, el círculo virtuoso se abre para quienes se detienen a considerarse a sí mismos: “‘El contento de sí mismo puede nacer de la razón, y naciendo de ella, es el mayor contento que puede darse’. Demostración: El contento de sí mismo es una alegría que surge de la consideración que el hombre efectúa de sí mismo, y de su potencia de obrar. Ahora bien, la verdadera potencia de obrar del hombre, o sea, su virtud, es la razón misma, que el hombre considera clara y distintamente. Por consiguiente, el contento de sí mismo nace de la razón. Además, el hombre, en tanto se considera a sí mismo, no percibe clara y distintamente, o sea, adecuadamente, nada más que lo que se sigue de su propia potencia de obrar, esto es, lo que se sigue de su propia potencia de entender; y así, de esta sola consideración brota el mayor contento que darse puede. Q.E.D.” Hoy se cumplen 9 años del día en que repentinamente nos dejaste. Recuerdo nítido ese trágico momento. Me impactó ver tu cuerpo sin vida, estabas frío como el mármol y tenías una sonrisa calma. Eras duro, siempre decías, en la palabra y en el cuerpo, que había llevado la peor parte: soportado distintas roturas, traumas y desgastes. Pero seguías vivo y disfrutando. Puedo decir que he recibido lo mejor de tu legado, y he aprendido a ablandarme cuando es necesario. Q.E.P.D. 10 de agosto de 2023. [1] Vir Cano (2023), “Notas de Dar (el) duelo”, Heterotopías, UNC, Córdoba. https://revistas.unc.edu.ar/index.php/heterotopias/article/view/41594/41512 [2] También en 2020 publiqué Leer, meditar, escribir: la práctica de la filosofía en pandemia (La cebra), que apuntaba algo de eso.

  • Cada quien con sus drogas: la evangelización de autenticidades felices

    Retomo este texto, qué difícil se me ha dado, quizás por abordar un tema complejo de pensar, y aún más de alcanzar, como la felicidad. Vuelvo al día en que Sinead O´connor falleció. Su partida me impulsa a seguir pensando cuestiones como la felicidad, la religión, la autenticidad. A ella se la describe como una cantante con una voz de esas que sobresalen; como un alma atormentada; como alguien que fue pionera en denunciar los abusos de la iglesia católica, entre otras cosas. Por alguna conexión inexistente, veía la película alemana Camino de la cruz que inicia con la escena donde un cura educa en la religión a un grupo de niños diciéndoles que deben renunciar a todo por Dios; a todo lo que les genere placer. Tomar decisiones desde la renuncia y sacrificio de su deseo para alcanzar la salvación. Mientras escucho esto, antes que la reacción predecible en contra de los dogmas religiosos, se me cuela más bien una alerta respecto a lo que identifico como dogmas modernos. Me pregunto si tomar decisiones sacrificando el placer no va en la misma línea de tomar decisiones sometiéndose al placer, al placer de lo inmediato. Y esto último considero se ha vuelto algo dogmático, manifestándose mediante una especie de evangelización de la felicidad en base a frases resonantes como Namasté o Carpe Diem. Hoy el nuevo confesionario católico podría equivaler a las redes sociales, lugar por excelencia para propagar el mindfulness, una especie de nueva religión donde Dios es reemplazado por el individuo mismo; donde los milagros se construyen a fuerza de voluntad; una espiritualidad basada en el exitismo. La espiritualidad de los tres pasos: fácil, cómoda y placentera. Sin costos, donde cualquier delirio creativamente religioso es reemplazado por frases motivacionales, y el fin último de trabajar esa vida interior con sabor a Coca-Cola es la felicidad misma. Porque hoy todos quieren ser felices. La felicidad se ha instalado como una idea culturalmente totalizadora que me atrevería a decir que trasciende, como pocas cosas, las clases sociales. Hoy todos demandan felicidad. En estas mismas plataformas digitales, una amiga me comenta sobre su inclinación a buscar la felicidad y la autenticidad de forma simultánea. Para ella, ser auténtico equivaldría a dejar atrás lo que nos dicta el sistema y eso, en sí mismo, constituiría un acto de amor propio. Ese es un pensamiento que apela a una fuerza o una verdad interior mayor y, muchas veces, en oposición a lo establecido por el entorno social. En ese sentido, la cultura actual ofrece una serie de códigos y herramientas del tipo emocional y terapéutico que apelan a expresar, guiar y conformar al yo en lineamiento con esa supuesta verdad interior, que es lo que nos volvería sujetos auténticos. Esto es lo que la socióloga Eva Illouz define como cultura de la introspección, difundida masivamente a través de industrias culturales como el cine, la prensa popular, la televisión y la industria editorial, cuya expresión máxima son los libros de autoayuda. A su vez, recuerdo cuando otra amiga psicoanalista me comentó que en los años ochenta la gente iba a consulta terapéutica buscando ser normales. Hoy lo hacen buscando ser auténticos. Sentirse especiales. De esta manera, y siguiendo a Illouz, la felicidad y la autenticidad se instalan como dos de los grandes principios de la modernidad. Es así como llegué preguntarme si se puede ser auténtico y feliz a la vez. Si miramos la historia, encontraremos que las personas que han desafiado el sistema imperante de su época difícilmente llevaron una vida que podríamos considerar feliz. Más bien sus biografías están trazadas por la desgracia, el dolor y la tragedia. Pienso en una Violeta Parra, en una Gabriela Mistral, en una Teresa Wilms Montt, en una Frida Kahlo. Dos de ellas se suicidaron y las cuatro dejaron registro de su dolor y vidas padecientes en sus trabajos artísticos y literarios. En este punto pensé que mis ejemplos, al no responder a mujeres actuales, podrían quedar descontextualizados. Pero aquí aparece Sinead O´Connor nuevamente, para recordarme que las cosas no han cambiado del todo. Que no se puede pretender ser auténtica sin grandes costos. Ella los pagó públicamente cuando tuvo el coraje de denunciar los abusos de la Iglesia por televisión en un momento en el que nadie parecía interesarse por aquello. Hay un diálogo en la serie The Marvelous Mrs. Maisel que se genera en la mesa familiar, donde el padre de Mrs. Maisel, que encabeza esta mesa, se pregunta por qué no han mencionado la prueba de aptitud que hacen a principio de año a todos los niños del colegio donde va, por lo que entiendo, su nieto. Ahí le dicen que el niño reprobó y se comenta que solo tiene potencial para ser feliz. En ese momento, el abuelo prosigue diciendo que se espera que el primogénito de la familia sobresalga y no que sea feliz. Una de las mujeres de la mesa le rebate que el que sea feliz no significa que no sobresaldrá, para él continuar argumentando “Nadie que alguna vez haya logrado algo de valor en la vida ha sido feliz. Nómbrame un hombre de ciencias feliz; un artista valioso, alegre; un padre fundador relajado”. Me parece interesante no solo la ironía de la escena, sino también el que se lleve a cabo en la mesa familiar, lo que podría explicar por qué el niño de la serie se trata de un niño feliz. La socióloga Sara Ahmed dice que hay cosas que asociamos a la felicidad por la manera en que nos afectan. Con esto, la autora no quiere decir que la felicidad exista por sí sola de manera aislada y autónoma, sino que tiene que ver con el carácter contingente que tienen ciertas cosas de afectarnos o conmovernos de la mejor manera posible. Esto hace que nos orientemos a determinados objetos asociados a la felicidad, y uno de los objetos felices que opera a nivel social sería la familia, por ofrecer un horizonte de experiencias compartidas. Con esto Ahmed acusa el carácter social de la felicidad. A su vez, la felicidad circula a través de objetos, como la mesa familiar, que sería una forma de heredar la familia. En palabras de Sara Ahmed “lo que permite que una familia sea un objeto feliz es todo el trabajo que hay que hacer para mantenerla unida. Mantenerse unidos significa tener un lugar en la mesa, o bien ocuparlo de la misma forma”. De esta manera, la autora devela cómo la idea y, por consiguiente, la experiencia de felicidad tiene que ver con tener un lugar, ya sea en la familia o en la sociedad, lo que implica a su vez una alienación con los demás. Lo planteado iría en contraposición al llamado de autenticidad de mi amiga, con ecos del mindfulness, que ve en la fuga de la alienación del sistema un acto de amor propio que promete felicidad. De lo contrario, no se buscaría con tanta dedicación. Bajo esa idea, muchas veces expresada como devoción, nos encontramos con que ser auténticos parte de la base de amarse a espaldas del mundo, en oposición al reconocimiento social. Para la escritora Joan Didion, el amor propio constituye algo así como una reconciliación privada que no se produce sin asumir el precio de cualquier cosa digna de ser poseída. Una especie de agalla moral propia de la gente dispuesta a “invertir algo de sí mismos” y a aceptar riesgos, como las mujeres citadas en este relato que sí supieron de riesgos. En todo caso, no solo hablaría del amor propio, sino del amor en general, porque el amor es riesgo. En ese sentido, me cuesta entender esto del amor seguro, con un montón de cláusulas para no sufrir y para, en definitiva, no amar ante una protección del otro. Amar(se) en negación de la otredad, como si la autoestima, otra forma en que es expresado el mandato del amor en términos felices, se autogenerara, idea también tensionada por Eva Illouz quien acusa que la autoestima requiere de sistemáticas reafirmaciones sociales para mantenerse en el tiempo. De todas formas, ser auténticos –a partir de lo que nos comprueba la historia y no los discursos motivacionales de Tik Tok, precisamente– es pararse de la mesa familiar e institucional y no volver a sentarse en el mismo lugar, rompiendo así con la promesa de felicidad. Sinead fue de las que rompió. Rompió la foto de Juan Pablo II en su momento y, con esto, cualquier posibilidad de encontrar un lugar donde sentarse y apoyar su frente valiente y dolorida, porque –literal– la bajaron de los escenarios. Eso te traslada a otros espacios o escenarios, dependiendo de la vocación. Esos otros espacios pueden ser geográficos, pero también reflexivos, porque te mueve a pensar las cosas no dadas ni heredadas, lo cual te acerca, de manera obligada, a un mayor grado de lucidez –o de locura. Como sea, tanto en la lucidez como en la locura hay lugar para el goce, también. Al fin y al cabo, ¿por qué aspirar a una felicidad fácilmente adormecedora? O en palabras de la recién fallecida Jane Birkin “¿Pero quién quiere una vida fácil? ¡Es aburrido!” Aunque para no desmerecer el esfuerzo de quienes llevan una vida fácilmente feliz, en los términos planteados, cabe mencionar a Félix Guattari cuando piensa la vida conyugal, que también opera como un objeto feliz a nivel social por prometer una intimidad con gustos que mantienen a la pareja en un horizonte compartido: “No interesa despreciar a personas que toman drogas para protegerse –sean drogas conyugales o no. Lo importante es que en toda situación permanece –en principio metodológicamente– la posibilidad de intentarlo”. Quizás de eso se trata, de intentar autenticidades menos fatalistas y felicidades menos alienadas, de intentar otra cosa.

  • Poder popular y miedo al pueblo

    Como aparece en el documental La batalla de Chile (que recién se pudo ver aquí en 1997), en los años de Allende, sobre todo en el paro de octubre de 1972 y en los meses antes del golpe, la gente, entonces llamada el pueblo, se organizó por sí misma para superar el boicot y la desestabilización implacable de la oposición. Ser leal al gobierno y lograr algo con la revolución, o la vía chilena al socialismo, fue una fuerza impredecible que hoy, 50 años después, aparece como la más perdida y clave del momento: la casi total desaparición del pueblo, de la sociedad, ante un Estado hipertrofiado, errático, que tiende a corromperse, con una elite dueña del país que no cede ningún milímetro de sus privilegios, un poder mal diluido entre buenas intenciones de participación: gracias por llenar el formulario online y responder a nuestras preguntas; voto obligatorio por unos candidatos que cambian de discurso según las encuestas o la noticia de hace media hora. Ante la huelga de los camioneros y los comerciantes en 1973, del campesino al obrero encontraron sus propias formas de relación, como pregonaba el MIR, y por eso también llegaron a querer prescindir de los representantes políticos: querían ellos mismos diseñar y realizar lo común y lo público. Ese fue el poder popular que asustó incluso a la izquierda y se hizo demasiado peligroso. Era el poder que Allende pretendía legitimar en el plebiscito que anunciaría el martes 11 de septiembre. Propondría crear una cámara de los trabajadores, con poder de ley tal como la de diputados y el senado, para que tuvieran incidencia directa en organización del Estado. Tenía una base de voto de más del 40 por ciento: esa siempre fue su jugada, avanzar por la vía democrática en los derechos del pueblo, entonces pobrísimo y con mucha conciencia política. La organización social que surgió con la UP es un giro de poder fundamental que fue brutalmente aplacado: no es el Estado sino la sociedad –la sociedad contra el Estado, como teorizó Pierre Clastres sobre los indios guaraní–, los trabajadores organizados, la que crea nuevas formas de funcionar. El Estado, en cambio, se queda entrampado en una legalidad y burocracia penosas que favorecen a su aparato y a los dueños del país, siempre incapaz de perder sus beneficios. Es la derecha que hace 50 años tenía un feroz brazo armado, Patria y Libertad, que llamaba directamente al golpe y a derrocar el gobierno, ponía bombas en los trenes y mataba a dirigentes y obreros. Un grupo contra la sociedad y el Estado: el pueblo unido, vencido por los militares, la fuerza legítima que debía respetarlo. “Los momios nunca han respetado al gobierno, los señores de la plata están escondiendo las cosas que la gente tiene que consumir, para que la gente se de vuelta contra el gobierno”, decía justo antes del golpe un obrero del Cordón Cerrillos, donde 250 fábricas tomadas por los trabajadores estaban unidas; era uno de los 31 cordones industriales del país. “Los trabajadores somos más, los patrones son menos. Existe la inteligencia del pueblo, los comandos comunales, la solución orgánica para unir a la clase proletaria para las soluciones concretas”. Cincuenta años después, vemos que con el golpe ese pueblo organizado fue humillado y tras diecisiete años de dictadura recién empezó a “salir” de la pobreza: se volvió sujeto de crédito, el usuario lo paga todo, con bajos sueldos y pocas prestaciones. Los índices económicos de Chile en los treinta años siguientes serían de los mejores del continente, incluso del mundo, repiten los economistas, pero la supuesta mejora generó la paradoja del descontento. ¿De qué se quejan si han mejorado tanto?, se preguntan esos economistas, sin darse cuenta de la impotencia y la desesperación de vivir siempre debiendo, siempre pagando, nunca dueño del tiempo propio e incapaz de lograr aunque sea un sueldo justo. Si el pueblo trabajador hace 50 años encontraba una dignidad y una posibilidad de futuro en ese trabajo –“Nosotros nunca habíamos tenido nada”–, hoy es más bien una obligación penosa y desconfiada donde se consume y triunfa el que “la hace” para sí mismo –“Con mi plata no”–, sin que importe mucho ni el resto ni el lugar ni el futuro. En dictadura era peor: lo social llevaba el miedo a la delación y al prójimo. “No se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza”, dijo Allende en su último discurso. Hoy ese proceso social, degradado a números estadísticos, otra vez se demoniza por un estallido de descontento con las instituciones encargadas de él –de los fondos de pensiones a la salud y la educación–, un poder popular sin estrategia y siempre condenado por violento. Para peor, la parte más baja de ese pueblo, los llamados asentamientos precarios, son objeto de trabajo dudoso para organizaciones “sin fines de lucro”, donde jóvenes profesionales con léxico sociológico cobran los cientos de millones que el pueblo jamás podrá tener para su supuesta capacitación y ordenamiento. Sirva una reflexión de Isabelle Stengers sobre esa incomodidad, burla o horror ante el poder popular, peor mientras menos manejable. “¿No es a fin de cuentas lo que podríamos llamar ‘miedo al pueblo’? Los pensadores del siglo XIX usaban palabras que hoy nos causarían rechazo, pero no por ello han perdido su fuerza. Cuando la muchedumbre es descrita como una mujer irracional, influenciable, sensible a todas las seducciones, sujeta a crisis de violencia, a los arrebatos más odiosos, queda claro que tanto la muchedumbre como la mujer esperan a su amo con esta alternativa insuperable: ¿demagogo o pedagogo? El pueblo es peligroso, muestra el demagogo que sabe llamar a los monstruos enterrados. Solo una pedagogía racional, que lo separe de sus demonios, puede constituir al pueblo en una fuerza de porvenir, dicen los que están tentados de reírse entre dientes”. Cómo son de tristes y siniestras esas sonrisas.

  • Instantáneas

    No es sólo lo que se observa en una fotografía, sino también lo que queda fuera del campo visible: sus condiciones de producción, la trama, la historia; todo aquello que se puede contar a partir o a pesar de ella. Este es uno de los temas principales de Lanallwe (2023), texto de carácter híbrido (la contraportada dice “ensayo autobiográfico”) de la investigadora y docente Ángeles Donoso Macaya. En sus páginas la autora da cuenta de sus intentos por reconstruir la memoria de la casa de sus abuelos. Una narración entreverada y difusa plagada de silencios, contradicciones, historia íntima y colectiva. El texto arranca dando cuenta de la anatomía de la casa, de su composición y estructura. El gran disparador de los recuerdos son unas fotografías que la autora decide mostrar en el texto, imágenes donde aparece la abuela sentada frente al lago Lanallwe, la casa en el sur donde la escritora vacacionaba todos los veranos, entre varias otras. La historia se construye a partir de estas fotografías que son también instantáneas, un modo de producción de imágenes que, al decir de la autora, hacen que el presente se vuelva en el mismo momento pasado. Lo llamativo de este texto tiene que ver con esta forma de elaborar la historia: a partir de aquello que no necesariamente se ve en las fotografías, se va construyendo el texto. Lanallwe podría ser un libro glosa o un libro comentario, si tomamos en cuenta esta forma particular de componer el texto. La evolución temática de este volumen va desde las dudas personales sobre la casa del sur a ciertos procesos de carácter social y político. Así, la historia personal y familiar comienza a ser invadida o contaminada de manera progresiva por las dudas de cómo la familia adquirió el terreno donde se construyó el inmueble. A poco andar, mediante diálogos con algunos familiares y consultando archivos del lugar, la autora empieza a despejar algunas interrogantes sobre el origen de ese terreno. Se encuentra con la historia del despojo de las tierras mapuches, la reforma agraria y el abuso de la aristocracia y las empresas madereras. Se da cuenta de que la historia de la casa de sus abuelos se imbrica allí, en esas grietas. Lo que en un inicio eran sólo sospechas, empieza a materializarse de a poco. Donoso Macaya narra un proceso de reconstrucción afectiva que, no sin dudas y pasajes oscuros, sugiere cuestionar su propia historia y la de su familia. La construcción de la memoria personal en relación a la historia colectiva se alterna también con ciertos hallazgos que la autora realiza en función a otros intereses: la fotografía. Llegado a este punto, es necesario referirnos al mayor problema que encuentra este texto: la utilización de la segunda persona singular. Si volvemos a lo que dice la contratapa (“Lanallwe es un ensayo autobiográfico…”) podemos identificar rápidamente que existe desde ya un significante (“autobiográfico”) que ofrece —por no decir fuerza— una forma de leer este texto. Lo que propone es un pacto tácito de lectura, uno donde asumamos que quien escribe la obra se identifica con la narradora y a su vez con la protagonista. Es decir, que son la misma entidad. Si a esto le sumamos que el texto se trata también de un ensayo, un ensayo autobiográfico, es imposible escapar de la primera persona singular sin que la obra concesione su potencia referenciadora a lo que está afuera de sus páginas. El texto hace agua precisamente en las partes donde la narradora cuenta sus hallazgos con los materiales de investigación fotográfica. La experiencia es tan específica, tan singular, que hacerlo en segunda persona impide que el relato genere la correlación referencial entre autora, narradora y experiencia de la protagonista. Elegir el punto de vista para contar una historia, ya sea que hablemos de un ensayo, una autobiografía, una autoficción o una auténtica ficción, no obedece a cuestiones aleatorias. Narrar en segunda persona del singular puede tener alguna razón de peso detrás, experimental si se quiere, pero si no logra al mismo tiempo la complicidad con el lector, si no busca interpelar, si no se juega todas sus cartas en función de establecer una identificación con quien lee (como ocurre magistralmente en Un hombre que duerme de Perec), entonces es mejor utilizar otro punto de vista. Las escenas demasiado específicas de investigación junto a otros pasajes de corte autobiográfico exigen la primera persona singular, pues ningún ardid que busque mitigar la referencialidad que asume el lector entre autor, narrador y protagonista podrá borrar esa expectativa. Con todo, Lanallwe es un texto que ofrece una mirada singular de leer el conflicto mapuche. Es original en ello. La conjunción de historia afectiva, familiar y social en relación a la fotografía hacen de este texto un volumen particular tanto en su composición estructural como en su manera de tematizar el conflicto político del despojo.

  • Lecturas desde la escritura

    Cinco escritores que vienen de publicar obras en las últimas semanas nos revelan, en exclusiva para Barbarie, qué lecturas influyeron en su escritura y de qué manera aparecen esas huellas en sus textos. Y, a modo de yapa, recomiendan libros que tienen ese nosequé que enamora y nos sumerge en un estado de trance. El trance que es, en definitiva, el acto de leer. Julieta Marchant (Santiago de Chile, 1985). Codirectora de los sellos Cuadro de Tiza Ediciones y Editorial Bisturí 10. Coordina talleres de poesía. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía El nacimiento de la hebra (Edicola, 2015), Reclamar el derecho a decirlo todo (Pez Espiral, 2017), En el lugar de la mano el ímpetu de un río (Bisturí 10, 2020; HD,2021; Liliputienses, 2021) y el ensayo Contra el cliché: genio y técnica en la poesía (Mundana, 2022). Acaba de publicar Poemas somos que otros escribieron (Concreto, 2023). Tres lecturas que influyeron en tu escritura Difícil pregunta, porque para mi último libro (Poemas somos que otros escribieron) seleccioné a treinta autores a quienes plagié para componer los poemas. Así que diría que esos treinta. Pero, si me piden reducirlos a tres, podría responder con los cuales me fue más difícil escribir: Esta parcela de Guadalupe Santa Cruz, Los materiales de George Oppen y El poema acecha en los intervalos de Nadia Prado. Tres lecturas que te gustaría recomendar Diría esas mismas tres, pero, saliendo de mi libro, pensaría en tres autoras a las que me hubiera gustado plagiar y a las que no pude, porque se me salían del marco que me impuse: componer poemas solo con libros y autores que hubiera editado. Visto así: Viriditas de Cristina Rivera Garza, Bluets de Maggie Nelson y La ciudad lucía de Paula Ilabaca. Graciela Batticuore es escritora, editora, profesora de Literatura Argentina en la UBA e investigadora del Conicet. Publicó las novelas Marea (que tiene traducción al portugués) y La caracola, que fue finalista del Premio Nacional de Novela Sara Gallardo en 2022. También es autora de los libros de poesía Cuaderno de espera, Sol de enero, La noche y El fin de la noche. Entre sus ensayos se destacan El taller de la escritora. Veladas literarias de Juana Manuela Gorriti. Lima - Buenos Aires, La mujer romántica. Lectoras, autoras y escritores en la Argentina, 1830-1870 (Primer Premio de Ensayo del Fondo Nacional de las Artes en 2005), Mariquita Sánchez. Bajo el signo de la revolución y Lectoras del siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina. Coordinó el volumen colectivo Mujeres en revolución. Otros comienzos, en colaboración con María Vicens, tomo I de la Historia feminista de la literatura argentina. Dirige la colección Lector&s en la editorial Ampersand. Acaba de publicar Música materna (Alfaguara, 2023). Tres lecturas que influyeron en tu escritura Más que lecturas, durante el proceso de escritura de Música materna me acompañaron algunos clásicos del cine italiano de posguerra, entre ellos Luchino Visconti con La terra trema; Roberto Rossellini con Stromboli. Terra di Dio, Federico Fellini con La Strada. Y también un film de Vittorio De Sica al que hace referencia mi novela, I Girasoli. Tres lecturas que te gustaría recomendar Hay muchos posibles pero elijo tres, de grandes escritoras del siglo XX: Hasta no verte Jesús mío, de Elena Poniatowska; Espejo roto, de la española Mercè Rodoreda; Una mujer, de Annie Ernaux. Félix Bruzzone nació en Buenos Aires en 1976. Publicó el libro de cuentos 76, las novelas Los topos, Barrefondo, Las chanchas y Campo de Mayo. También es autor de las aguafuertes Piletas y de los libros álbum Julián en el espejo, Julián y el caballo de piedra, y Julián es un pulpo. Fue traducido en Francia, Suecia y Alemania, donde recibió el premio Anna Seghers, que se entrega a un autor latinoamericano cada año. Algunos de sus libros fueron adaptados para cine, teatro y ópera. Escribió la obra de sitio El silencio de las piedras, dirigida por Emilio García Wehbi; hizo las performances Campo de mayo, con Lola Arias y Lucas Balducci; Cuarto intermedio, con Mónica Zwaig y Juan Schnitman; y el documental Camuflaje, dirigido por Jony Perel. Escribe para distintos medios, es profesor de la carrera Artes de la Escritura de la UNA, de la Maestría en escritura Creativa de la UNTREF, y da talleres de escritura de todo calibre. Acaba de publicar 307 consejos para escribir una novela. Tres lecturas que influyeron en tu escritura Las novelas de Manuel Puig. Los cuentos de Martín Rejtman y Miguel Briante. Tres lecturas que te gustaría recomendar La interlengua, de Mónica Zwaig. Los sorrentinos, de Virginia Higa. Los mejores días, de Magalí Etchebarne. Pablo Pschepiurca nació en Buenos Aires en 1953. Es arquitecto por la Universidad de Buenos Aires y fotógrafo por afición. Realizó docencia y trabajó en crítica histórica de la arquitectura en distintos centros académicos. Publicó numerosos artículos de su especialidad y es coautor, junto con Jorge Liernur, del libro La Red Austral (Prometeo – UNQ, 2008). En cuatro palabras (Ediciones Paradiso, 2023) es su primera novela. Tres lecturas que influyeron en tu escritura 1.“Sí hay un medio de atravesar la frontera: hacer pasar a alguien delante de uno. Cogiendo el saco de lona y caminando sobre las huellas de los pasos, y después sobre el cuerpo inerte de nuestro padre, uno de nosotros se va al otro país”. Este fragmento pertenece a Claus y Lucas, de Agota Kristof, un relato descarnado y amoroso sobre el horror, en una tierra que podemos suponer parte de Hungría. El primer hallazgo de la autora es lograr que, de inmediato y de modo imperceptible, aceptemos, con tanta naturalidad como fascinación, la primera persona del plural en el narrador, el recorte arbitrario de los escenarios, el carácter esencial de su escritura, de un tiempo metafísico en el que los sucesos parecen flotar más que transcurrir. Una vez que nos tiene allí, sumergidos entre diversos narradores, sucesos que se repitan impidiendo toda cronología, superponiendo mentiras y verdades, paisajes que ya nos ha mostrado, personajes que, como en el teatro, entran y salen de escena continuamente, nos puede contar, sin temor a que nos escapemos, una de las historias más crueles que esta humanidad haya desplegado, sin necesidad de explicar demasiado: lo vemos todo en el texto. 2.“—Las horas podrían haber sido más largas. O más numerosas. ¿No se propuso acaso decimalizar tanto el día como la semana? Diez horas muy largas o cien muy breves. Me reuniré con usted, ciudadana, a las 93,55”. En Sinfonía napoleónica, Anthony Burgess logra sumergirnos en su historia aunque con recursos casi antagónicos al de Kristof. Esta vez nos deslumbramos frente a la pura exhibición, la de un erudito que dirige la orquesta con gestos desmesurados. Burgess usa todo su virtuosismo para mostrarnos hasta la más fina pincelada de grandiosas batallas, hasta el último rasgo de cada personaje de la enorme y aborrecible colección de detestables guardias, parientes reales o supuestos, lacayos, oficiales y mariscales. Una vez inmersos en ese contexto, excesivo pero construido cuidadosamente, el personaje de Napoleón se nos presenta vivo y cercano, despojado de toda pompa y ostentación oficial. Ríe, sueña, grita, delira y protesta. La familiaridad que se establece entre el autor y su personaje es entrañable y vívida, basada, sobre todo, en los conocimientos históricos y su escritura irreverente. 3.“Cuenta tú. No, cuente usted. O tú cuentas. ¿O ha de empezar acaso el actor? ¿O los espantapájaros, todos a la vez? ¿O vamos a esperar a que los ocho Planetas se hayan apelotonado en el signo del Acuario? ¡Hágame el favor de empezar usted”. Para relatar Años de perro, Günter Grass inventa un lenguaje nuevo para contar la historia de Alemania de entreguerras. Es ese nuevo lenguaje (aunque lo leí en la traducción española de Alfaguara) el que se apropia del lector. En esa continua avalancha de palabras están todas las emociones. Grass publicó en 1963 esta novela monumental, con la que completaba la denominada Trilogía Danzig, junto a El tambor de hojalata (1959) y El gato y el ratón (1961). Se trata de un relato magistral que analiza los caminos del fascismo, describiendo las claves que transformaron el país. En la amistad del miembro de la SA Walter Matern y Eduard Amsel, judío, se representa la tragedia desplegada después del ascenso del nazismo, pero la novela es un enorme fresco de Alemania mientras nace, se desarrolla y es derrotado el régimen de Hitler. El libro tiene la misma vigencia hoy que el día en que se publicó. Tres lecturas que te gustaría recomendar A contraluz, Tránsito y Prestigio, de Rachel Cusk. El reino de los réprobos, de Anthony Burgess. Solo en Berlín, de Hans Fallada. Carlos Aletto nació en Mar del Plata en 1967. Es licenciado en Letras y periodista cultural. Publicó la novela Anatomía de la melancolía, el libro de cuentos Antes de perder y el ensayo Julio Cortázar. Diálogo para una poética. Estas obras recibieron premios y elogios públicos de prestigiosos escritores y críticos como Ricardo Piglia, Noé Jitrik, Guillermo Martínez y Ana María Shua. Fue editor de la revista literaria Unicornio, un caballo con suerte y director del Suplemento Literario Télam (SLT). Obtuvo el primer premio en el Concurso Internacional "Dante en América Latina", entregado por el consorcio de veintiuna universidades italianas, y el Primer Premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires, galardón que recibieron, entre otros, Alfonsina Storni, Roberto Arlt y Jorge Luis Borges. Acaba de publicar Once segundos (Sudamericana, 2023). Tres lecturas que influyeron en tu escritura Me resulta difícil elegir lecturas que me influyeron realmente, porque creo que al imaginarlas está mi deseo por un lado y los hechos por el otro. Hubiera deseado, por ejemplo, ser influido por William Faulkner o Juan Carlos Onetti y quizá me influyeron Osvaldo Soriano y Georges Simenon. De todas formas me arriesgo a pensar tres lecturas que pueden haber condicionado mi escritura: 1) El Conde Lucanor y el Siglo de Oro Español, en particular El Quijote. 2) El Gabriel García Márquez de El amor en los tiempos del cólera y El coronel no tiene quien le escriba. 3) Los cuentos completos de Abelardo Castillo y Julio Cortázar. Tres lecturas (y un par más) que te gustaría recomendar 1) Las novelas Glaxo, Lumbre y Una música, de Hernán Ronsino. 2) Villa de Luis Gusmán y Dos veces junio, de Martín Kohan. 3) La Virgen Cabeza, de Gabriela Cabezón Cámara; y Ladrilleros. de Selva Almada. Podría recomendar otras literaturas u obras sueltas, pero creo que las lecturas deben hacerse en un corpus. Para qué recomendar escritores muertos o extranjeros cuando hay personas cercanas que son muy recomendables.

  • Un poema de amor, Matías Rivas

    Los que pertenecemos a la Generación X tuvimos como educación sentimental una cinematografía que hoy sería imposible exhibir por corrección política bien o mal aplicada. Bitter moon de Polansky sería impensable hoy en día. Cuando se acaba el milagro del sexo, cuando se acaban los juegos, las perversiones se encargan del resto de la fiesta. Hasta que llega la resaca brutal, las pequeñas sobras y miserias de lo que alguna vez fue la parte hermosa de la relación, que está fuera de cuadro en estos poemas. Actualmente, el cuestionamiento del amor de pareja heterosexual alcanza casi niveles de boicot. Por eso este libro es audaz. Si romper la lógica de la pareja heterosexual es una manera de acceder a alguna conquista de género o incluso de especie, es posible. Pero quienes quieran optar por el amor de pareja heterosexual no deberían ser considerados poco menos que una especie de fascistas. Me imagino que todas las opciones pueden convivir y ser celebradas ritualmente en conjunto, de alguna manera. Las conquistas implican ampliar el mundo y no hacerlo más estrecho y lleno de obstrucciones incómodas. Lo que hacen estos poemas en ese contexto es exponer abiertamente la relación heterosexual y el dolor que trae naturalmente adherido. Todos nos enamoramos un poco de ese dolor, pero el hablante pareciera gozar con (el retrato de) ese dolor y los pequeños malestares, hipocondrías y resacas del sentir. Se proyecta como un viejo melindroso, expone su misantropía. No hay lítote, atenuación ni cromatismo alguno. Todo es seco, sin ambigüedades y en su estructura profunda, católico y penitente, creo yo. Voy a intentar decir algo que creo importante: el habla certera de la clase dominante, la prosa planchada y sin aristas ni matices, con rotundez, con mayúsculas a principio de verso y prepotencia se vuelve contra sí misma en estos poemas quizás como el amor de pareja se vuelve contra sí mismo. Comedia del anciano violento. Auto boicot. Prepotencia verbal de clase dominante, claro, pero de rara avis, sin embargo. Porque ser poeta u hombre de letras en el mundo de los ultra ganadores y dueños de la pelota es de perdedores, de maricones o de estudiantes pobres que leen marxismo con mala luz en una pieza gris o en pedeéfes escaneados. Por eso el hablante es hasta desclasado por momentos. La literatura, además, es de gente que resiste (o sea de chorxs). Señala que a sus ex amigos les va estupendo en los negocios pero sus novias culean con el vecino. Al hablante en cambio, sí le interesa el tema de la pareja y el amor, con todos sus sinsabores. Los celos lo hacen mierda pero preferiría ese infierno a que le mientan. Está enamorado de su realidad. Pasea al perro sabiendo que esos súper ganadores lo miran como alguien que cedió en la vida y el amor. Pero él los desprecia el triple. En el sexo y en el poema, sabemos bien, no sirve el esmero. No se puede “querer enamorarse” o buscar el poema como sabueso, no funciona así la cosa. El esmero es lo opuesto al poema y al amor. Y como dice en otro de los buenos libros que han aparecido últimamente, de la poeta Ashle Ozulevic, el esmero del sobre riego o sobre protección puede pudrir un árbol. La imagen insoportablemente kitsch de regar el árbol de la relación para que no se seque. No hay esmero acá porque se nota que estos poemas son casi exabruptos, salieron con violencia quizás para ver con distancia y de manera narcisa los momentos de esa relación. Están escritas las escenas, ahí queda la evidencia de los poemas, ya pasaron. Todo cicatriza y hasta el clonazepam abandona su rastro en el hígado y borra para siempre, afortunadamente creo yo, algunas escenas de la memoria. Y este libro es el álbum con la constancia de esos momentos. Los poetas esmerados que parece empresas de sí mismos provocan lástima y desprecio, la misma lástima que da quien quiere ser amadx pero hay cero respuesta de la contraparte. El esmero, la obsesión chilena del poeta nacional, la ridícula obsesión con el premio Nobel o con cualquier medalla, lo mismo sean amateurs o cinturones negros. El esmero da asco. Un poema de amor mal escrito es algo horrendo, el mal gusto se torna incluso embarazoso, quizás por eso la opción o lo que salió fue de hablar con un malestar y cierta violencia. Yo habría agregado unos poemas de amor propiamente tales, cristalinos, porque me parecen una prueba de fuego para un poeta. Volvamos a esas películas francesas y polacas en donde íbamos, ex profeso, a sufrir en masa en la oscuridad de la sala de cine viendo el espejo de nuestras relaciones intensas que estrujábamos infringiendo y auto infringiéndonos daño. La búsqueda del poema y el amor eran un calvario: infidelidades, abortos, adictas y adictos, lectores insomnes, idealización de ciertas lecturas mal digeridas. Y luego sufriendo al leer Madame Bovary cuando se la culea un hijo de puta sin corazón aprovechándose de la búsqueda de esa mujer que éramos nosotros. Sufriendo con Isabelle Huppert y Juliette Binoche. Poniéndonos como hombres en la piel de esas mujeres. La onda era ir al cine a ver una especie de espejo. Algo como eso se aprecia en estos poemas: “Prefiero el suplicio de los celos/a que me mientas como a un profesor”. Nada más lejano a la moda actual de evitar el dolor teniendo mascotas o relaciones “amplias” como dicen con orgullo los adoles que no han tenido golpes de estado en sus corazones impecables como sus manos que sólo conocen el teclado del notebook. Las relaciones intensas son rechazadas por las generaciones actuales que proponen la levedad, el amor vegetal, y sus inventos para no sufrir como el famoso poliamor, cuyos resultados aún no están evaluados pero que probablemente serán un fracaso como el amor libre de los sesenta, un intento fallido de inventar maneras de amar sin dolor, pero en donde se sufría lo mismo porque las y los desalmados, egoístas y frescxs de siempre se salen siempre con la suya. La plata habla. Los feítos y feítas quedan fuera de la fiesta y los gurus chamullentos y barsas seleccionan su harén. La lectura de este libro coincidió y rimó con volver a ver en este invierno parejas besándose en la calle. No veía esas escenas desde hace mucho tiempo. Y eso, probablemente como al hablante de este libro, me llena de alegría.

  • Frankenstein ideológico

    Hace unos días atrás, el escritor Alberto Fuguet visitó Punta Arenas. Luego de su charla, repleta de público, surgió la idea de ir a cenar a un interesante restaurant del Cerro de la Cruz. Mientras tomábamos el taxi nos fuimos alegremente conversando de cuanta cosa se nos ocurría. A propósito de escopeta nos tocó un taxista (muy distante al de las canciones de Arjona y Franco de Vita) que se arrojó una perorata gratuita en contra de homosexuales e inmigrantes ilegales: hablaba de limpiar el país de la corrupción y de los delincuentes y enarbolaba (sin máscaras) un panteón de personajes casi como si se tratara de los Avengers: Bukele, Putin, un poco Milei y veladamente Kast. Fuguet descendió del taxi un poco contrariado. Curioso el odio a los inmigrantes en Punta Arenas, ciudad fundada en base a la inmigración. Huelga decir que Bukele viene de inmigrantes palestinos y el padre de Kast fue un oficial del ejército nazi, al menos según la fuente del Archivo Federal Alemán (Bundesarchiv). En mi modesta opinión, desde que leí la novela Frankenstein o el Moderno Prometeo de Mary Shelley quedé con la certeza que construir un ser con partes de otros era la moraleja de una abominación. No porque no crea en el eclecticismo, sino porque tengo la sensación que la política no es un supermercado donde compro lo que quiero y omito lo que no deseo. El plan de Bukele contra los maras que son un verdadero flagelo en Centroamérica, despierta mucha euforia en personeros del mundo conservador y derechista. Pero, omiten que el mandatario salvadoreño fue alcalde de Nueva Custaclán bajo la bandera del Frente Farabundo Martí, del que después se alejaría. Se ha declarado de izquierda y admirador de los logros sociales de Cuba. De igual manera, ha dicho que es anticapitalista porque este sistema enfrenta en forma desigual a un tigre con un venado. De repente, le salen unos arranques medio religiosos y mesiánicos a mi juicio. En su anverso, hay quienes aseguran que Putin es una especie de jerarca colectivista, encarnación de la antigua Unión Soviética, principalmente un neocomunista. Me cuesta digerir esa expresión en alguien que siendo alcalde subrogante de San Petersburgo se declaró admirador de la dictadura de Pinochet y enfatizó que la violencia política es criminal si tiene como objetivo descartar las condiciones de la economía de mercado, «ineludible» si promueve o preserva las inversiones del capital privado. Su régimen es ultranacionalista, ultraconservador, religioso y anti-izquierdista, al punto que el Partido Comunista ruso está en la oposición y ha reclamado por persecuciones políticas. Debemos recalcar el asedio contra la comunidad LGTBI rusa, algo francamente medieval. Si tiene vínculos con gobiernos como Venezuela o Cuba es simplemente por razones geopolíticas, tal como los tuvo con Bolsonaro y con Vox. En eso veo hasta la izquierda chilena un poco perdida. El eufórico Javier Milei se ha declarado anarcocapitalista, libertario, liberal, respetuoso irrestricto de la libertad del prójimo (aunque no lo aplica en el tema del aborto), respetuoso además de los derechos humanos (aunque cree que la cifra de detenidos desaparecidos durante la dictadura argentina es hiperbólica), dice que quiere romper relaciones con China y ha esbozado la siguiente máxima: alguien de derecha es quien no le molesta con quien comercializas pero no le molesta con quien te metes en la cama; alguien de izquierda es alguien que no le molesta con quien te metas en la cama pero le molesta con quien comercializas; un libertario cree en el proyecto irrestricto de la vida del prójimo por lo tanto no le molesta ni con quien comercializas ni con quien o quienes te metes en la cama”. También ha dicho que el Papa Francisco es el representante del Maligno en la tierra ya que promueve el comunismo y cita Sagradas Escrituras diciendo que se oponían a esas ideas estatistas y socialistas (harto curioso porque Marx es el del siglo XIX) Y de Kast… está contra el aborto, dice que no puede ver al comunismo (pero no cortaría relaciones con China), que el matrimonio es entre un hombre y una mujer, que hay que establecer una zanja para los inmigrantes (suerte que sus antepasados no corrieron esa suerte), que se debe imponer duras penas a los delincuentes (a menos que estén en Punta Peuco), que el estado debe rescatar a las isapres, una medida casi socialista. Bueno… ¿en qué quedamos? ¿Libertad económica, pero no en mi vida privada? ¿Arremeter contra inmigrantes siempre y cuando sean latinoamericanos o africanos? ¿Economía científica en base a textos religiosos? ¿Penas extremas a los delincuentes, pero indulgencia a criminales de lesa humanidad? ¿Libertad económica y reducción del Estado al mínimo salvo cuando se trata de salvar a los bancos y las isapres? Raro todo. ¿sale algo de todo esto junto? Cuantas veces la historia en su apetito por el orden ha caído en abismos de irracionalidad, de callejones sin salida, de ciudadanos que piden que los gobiernos sean verdugos y no democracias. Nadie en su sano juicio defiende la delincuencia y la corrupción. Hay que condenarla y combatirla como ciudadanos de a pie incluso. Pero ¿será una solución el monstruo de Frankenstein que nuestro taxista veía como un ángel vengador? Oscar Barrientos - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Isabel Allende y Enrique Lafourcade: de 50 años y contradicciones

    Quizás por qué sesgo nunca la leí antes. De esos que uno tiene tan marcados que ni siquiera sabe ya de dónde viene. Ojalá sea que los años nos van poniendo no necesariamente más sabios pero sí menos puristas. Pasar de “cómo voy a andar con un libro de la Isabel Allende” a “qué tontería la mía de no haberla leído antes”. La casa de los espíritus, un libro extensamente leído, pero que solo hace unas semanas pasó por mí. Una semana antes terminé Palomita blanca, de Enrique Lafourcade, y contaba en algunos encuentros lo sorprendido que quedé con su lectura. En mis tiempos de estudiante no lo leí y no sé si por no haber estado interesado en la lectura (como tantos en la juventud mal nutrida de la belleza de leer) o porque es una novela con temas bastante candentes como para haber sido referenciada en un colegio católico. Ambas novelas se me aparecieron, sin querer, como necesarias hoy, en el contexto de “los 50 años” del golpe de Estado. En Palomita blanca, publicada en 1971, se cuenta la historia de “la María”, joven de clase obrera y enamorada de un pituco. O “Ana María”, como debe nombrarse en algún momento para poder insertarse en el ambiente de los jóvenes del otro lado de la ciudad. Es hija de una madre que pone por delante a un hombre y la acusa a ella, su hija, de meterse con él a sus 7 años. Mujer de un barrio popular donde se describe la esperanza de recibir las casas que garantizaría la llegada de Salvador Allende a la presidencia y el miedo de que incluso entre vecinos se puedan expropiar. Discursos contra discursos. Palomita blanca desarrolla cómo se ubica María frente al enamoramiento de Juan Carlos, el pituco, y al ser nada más que “la Negra” en el Club el Golf. Todo esto, relatado en el lenguaje simple, inocente y cotidiano de una “palomita” (quizá el más genial de los aciertos de parte del escritor), de una mujer violentada por distintos sistemas sociales que operan en la novela, desde el abuso del cuerpo de niña hasta la discriminación y ridiculización por parte de los personajes con los que se encuentra de aquella clase social a la que no pertenece y que se lo hace saber con insistencia. En La casa de los espíritus la historia es otra, aunque a ratos da cuenta de un Chile similar. Publicada en 1982, relata en detalle el devenir de una familia en sus distintas generaciones. Eso sí, gira en torno a la historia de un padre, Esteban Trueba, que en su juventud fue un monstruo. Enamorado de una mujer bella, sensible e idealizada, mientras él era capaz de descargar su animalidad ejerciendo toda su violencia contra las mujeres de su campo —si es que cabe pensar que a ellas las reconocía por algo que no fuera más que su cuerpo—, es un hombre que se para en el mundo desde la necesidad de orden y patria y que descarga su ira contra quienes no responden a sus mandatos. Sus hijos —he aquí el conflicto—, cada quién con ideas “liberales”, parecen revelarse y allegarse cada vez más a ideales socialistas. En el clímax, su Alba, su nieta menor, quien se enamora de un revolucionario, es tomada por la dictadura y torturada, situación en la que se ve envuelto un hijo producto de una violación que Esteban Trueba comete en su juventud. Trueba, quien es parte de las acciones en las que se gesta el golpe militar para derrocar al gobierno de Salvador Allende, no puede más que terminar por aceptar que su apuesta política soltó las amarras de todo tipo de excesos que no dejaron de tocar a su familia y que incluso le quitaron todo su poder político como respetado senador de la derecha chilena. En ello se desarrolla su historia y la de los tantos. “Ni tan tan ni muy muy”. En las dos novelas vemos a individuos que están en conflicto consigo mismos y el contexto en el que viven. A ratos con emociones muy cruzadas, disfruté profundamente las miradas de un Chile de los 70 y 80 convulso, angustiado, emocionado, feliz, inocente, acalorado. Quizás el conflicto interior de cada persona pueda ser aún el punto de esperanza para el porvenir. “Si cada quién sigue en su trinchera probablemente cada quién siga en su trinchera”. Una frase obvia que me repito con frecuencia al verme también parapetado cuando el tema es la conmemoración de los 50 años del golpe. Y de ahí me parezca relevante reconocer a quienes han escrito nuestra memoria, quienes con buena pluma nos adentran en los recovecos de las tensiones humanas. El amor, la política, el deseo, los anhelos, la familia, los miedos. Esa maraña de experiencias que cada quien vive más o menos conscientemente y que dirige, también más o menos consciente, el camino de su destino. Aun cuando intentemos acordar como sociedad algunos puntos intransables para poder seguir en la senda de lo humano, estas novelas nos devuelven que nada es tan blanco ni tan negro como tal vez quisiéramos; por eso me pareció menester traerlas. No por los hechos, sino por las vivencias. Pero más aún, traerlas para subrayar cuántas cosas siguen a 50 años haciéndose de manera tan parecida y con efectos tan poco diferentes. Como lo describe una de las escenas más sencillas e icónicas con la que me encontré en uno de los libros: a propósito del viaje de uno de los personajes desde al campo a la ciudad, este señala haber visto “un estropicio de obreros haciendo hoyos en el pavimento, quitando árboles para poner postes, quitando postes para poner edificios, quitando edificios para plantar árboles...”. Quizás sea este todavía el resumen de nuestros ires y venires. Tuve la suerte de tener las ganas de tomar estos libros que podrían haber sido escritos desde cualquier semana de 2023. Y de aquí que me quede la pregunta que ambos textos me hicieron resonar: ¿hasta qué punto y cómo es posible sostener la tensión y la contradicción inherente de cada quien cuando todo parece empujar a un lado o a otro?

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