top of page

Resultados de la búsqueda

Search this site

Se encontraron 1250 resultados sin ingresar un término de búsqueda

  • Mario Amorós: «Es inexplicable esa crueldad, ese grado de violencia con Víctor»

    Ha dedicado su vida como autor a Chile. Ahora, a cincuenta años del golpe de Estado, el historiador y periodista español, persona de izquierdas, como dice él, publica La vida es eterna, una biografía de Víctor Jara. En esta entrevista explica el tránsito del artista desde el teatro a la música, habla de la importancia de su paso por la Acción Católica y el seminario, de su entusiasmo con el teatro de masas y de un asesinato que sigue siendo difícil de comprender. Ha escrito sobre Allende, Miguel Enríquez, Neruda y Pinochet, sobre la «trama civil contra la Unidad Popular», el pacto de izquierdas que gobernó Chile desde 1970 hasta el golpe de Estado del 11 de septiembre 1973; ahora escribe sobre Víctor Jara y pronto comenzará una investigación sobre Gladys Marín: «Mi interés por Chile nace por la figura del presidente Allende, hace ya casi 30 años», cuenta el historiador y periodista Mario Amorós (Alicante, España, 1973). «Como persona de izquierdas, como estudiante de historia, me interesó mucho empezar a leer sobre el proceso de la Unidad Popular. Viajé a Chile por primera vez en el año 97. El caso Pinochet (el arresto del ex dictador en Londres por una orden del juez español Baltazar Garzón) para mí significó, aparte de un activismo con los chilenos en España, potente, publicar una gran cantidad de entrevistas y adentrarme más en la historia de Chile, conocer a muchas personas relevantes». A partir de ese trabajo Amorós publicó Allende (2013), Miguel Enríquez. Un nombre en las estrellas (2014), Neruda. El príncipe de los poetas (2015), Pinochet. Biografía militar y política (2019), Entre la araña y la flecha. La trama civil contra la Unidad Popular (2020) y, este año, La vida eterna. Biografía de Víctor Jara (Ediciones B). «La verdad es que es un periodo que no deja de interesarme, porque cuando conoces más, tienes más maneras de saber por dónde encontrar cosas nuevas, archivos nuevos, personas que te hablan de determinados aspectos, en fin. Es un trabajo que no tiene fin», dice el autor, cuyos libros son distintas entradas o perspectivas para conocer un periodo: «Claro, desde el lado cultural con Neruda y Víctor Jara, desde el lado político con Allende y Pinochet. Además, esas biografías —Pinochet, Allende, Neruda— no solo recorren la UP, recorren todo el siglo XX», ratifica. «Y bueno, también mi tesis doctoral la dediqué a un sacerdote valenciano, Antoni Llido, desaparecido en Chile, que es otra manera de ver el proceso de la UP, desde Quillota, desde los cristianos por el socialismo». Nacido en Santiago Casi en la Alameda, al sur de esta, entre Bascuñán y Unión Latinoamericana, rodeado de comercio callejero, en el pasaje Arturo Godoy está lo que alguna vez se llamó Estadio Chile y que, desde 2003, lleva el nombre Víctor Jara. La mañana del golpe de Estado, en vez de quedarse en casa con su familia, con su mujer, Joan, y sus hijas, Manuela y Amanda, o buscar refugio, el músico partió a su trabajo, a la Universidad Técnica del Estado, la UTE (hoy, Universidad de Santiago), cuya entrada principal está apenas a unos 500 metros a pie del Estadio, cruzando la Alameda y bajando hacia el poniente. En la universidad él y otras personas fueron apresadas por los golpistas; luego las trasladaron ese medio kilómetro y quedaron detenidas en el recinto deportivo. «Lo real es suficientemente espantoso. Mucha gente ha inventado historias horribles, pero nuestra verdad no necesita exageración», dijo Joan Jara en 1980, la mujer de Víctor Jara. En 2023 esas palabras todavía interpelan a quienes ven alguna diferencia, incluso una revelación, en el hecho de que al cantautor no le hayan cortado las manos como parte de las torturas que sufrió, hasta que fue asesinado el 16 de septiembre de 1973. La causa de muerte fueron «las heridas múltiples de bala», según el informe de autopsia que cita Mario Amorós en su libro: «En la región parietal derecha hay 2 orificios de entrada de bala. En la región torácica hay 16 orificios de entrada de bala y 12 orificios de salida de diferentes tamaños. En el abdomen hay 6 orificios de entrada de bala y 4 de salida. En la extremidad superior derecha hay 2 heridas a bala transfixiante. En las extremidades inferiores hay 18 orificios de entrada y 14 de salida». Ya en vida, Víctor Jara, primero en el teatro, luego en la música, era una persona conocidísima, influyente. Luego de su asesinato, y quizás cada vez más, se ha convertido en una figura universal, reivindicada por músicos que van desde Los Fabulosos Cadillacs a Rage Against the Machine. Y a pesar de eso, de que lo conocemos —su arte, su música, sus letras, su secuestro, tortura y asesinato—, no sabíamos dónde había nacido, o más bien, el lugar que se indica hasta en su perfil de Wikipedia, San Ignacio, cerca de Chillán, no era el correcto: «Nació en Santiago de Chile (el 28 de septiembre de 1932). Ayer me llamó una periodista de La discusión de Chillán y parece que ha habido cierto revuelo en el sur, por esa cosa de apego a los que nacen en tu ciudad o en tu zona, ¿no? Bueno, Víctor Jara nació en Santiago, pero es algo anecdótico, porque en algún momento, muy temprano, sus papás, Manuel y Amanda, y sus hermanos mayores y él llegaron a ese pueblito de Quiriquina, que pertenece a la comuna de San Ignacio, en la entonces provincia de Ñuble», cuenta Amorós. «Amanda Martínez había nacido en Quiriquina, y es ahí donde empieza la vida de Víctor, en ese mundo campesino que después prosigue en Lonquén, hasta que tiene unos diez años y llega a Santiago. El propio Víctor a veces decía “nací en Santiago”, a veces decía “nací en Chillán”. Él tampoco ayudó mucho a aclarar el tema. Pero, bueno, he consultado los certificados de defunción y nacimiento y no hay ninguna duda». Así como Víctor Jara fue el músico comprometido que conocemos, clave en el desarrollo de la música popular chilena y latinoamericana, también fue muy importante para el teatro, en particular como director. De hecho, esa era su carrera, hasta que a mediados de los 60 comienza a arrimarse también a la música. Hasta que opta o debe optar por una, y elige la guitarra. ¿Esa decisión fue eminentemente política? Yo creo que sí, que el peso de la política ahí fue determinante. A lo mejor no lo digo tan claro en el libro, pero, ¿cuándo toma Víctor esa decisión?, en enero del año 70, cuando Allende ha sido proclamado candidato de la Unidad Popular. Ese año él toma una excedencia, porque sabe que viene una campaña electoral decisiva. Acaba de volver de Uruguay con Gladys Marín y con Quilapayún, y sabe que Chile va hacia un horizonte decisivo. Entonces, lo político, evidentemente, pesa mucho en esa decisión de Víctor, que luego se consolida en el año 71, porque ya es irreversible, él ya no volverá al teatro de la Universidad de Chile. Es algo impresionante, porque renuncia a su salario estable, a su fuente de ingresos estable, segura, la de un profesor universitario. Entonces, bueno, efectivamente, su compromiso político es determinante en esa decisión. Aunque lo musical también pesa: Víctor, cada disco que saca, tiene un éxito mayor; ya está DICAP (Discoteca del Cantar Popular), la discográfica de las juventudes comunistas, que va tomando vuelo. Él tiene una forma de grabar sus canciones comprometidas al margen de la industria discográfica convencional. Pero lo político es importante en esa decisión. ¿Crees que resintió el haber ido dejando el teatro? Aquí cito a Joan Jara. Víctor, en el año 72, dirige tres espectáculos de masas en el Estadio Nacional. Uno por el 50 aniversario del Partido Comunista, otro por el VII Congreso de las Juventudes Comunistas y el último, en diciembre del 72, el homenaje a Pablo Neruda. Dirige espectáculos de masas con la participación de centenares de personas, trabajadores, eminentemente, o sea, actores no profesionales; y son espectáculos donde está lo folclórico, lo musical, lo teatral, para representar escenas de la historia de Chile, del movimiento obrero, del Partido Comunista o de la poesía de Neruda. Según Joan Jara, Víctor se queda maravillado ante la potencialidad de ese teatro de masas, como él lo llama. Y Joan dice que en algún momento piensa dejar incluso la música para volcarse en un proyecto que dé continuidad a estas actividades en el Estadio Nacional. Esa es una pista que da ella, pero también es verdad que en el año 73 Víctor graba Canto por travesura, da conciertos en Perú y también graba esas canciones que quedaron, que se publicaron ya a título póstumo en Londres en el año 74, ¿no?, «Manifiesto», «Cuando voy al trabajo», etcétera. Créditos Fundación Víctor Jara Sé que es especulativo lo que te pido, pero, más aún con este antecedente del teatro de masas, ¿crees que lo de dedicarse tanto a la música, sobre todo por razones políticas, podría haber sido un paréntesis, un compromiso de tiempos álgidos, y que después hubiese vuelto a la normalidad, por llamarlo de algún modo... Víctor en el año 73 graba, y él lo decía, para sorpresa de muchos, un disco puramente folclórico, Canto por travesura, en un momento en el que Chile estaba en una situación política muy difícil. Y también se aparta de lo contingente con canciones como «Cuando voy al trabajo», «Vientos del pueblo» y «Manifiesto», que son canciones de una belleza enorme, que se alejan de la consigna política, que son también una explicación del vínculo que él sentía con su pueblo, sobre todo «Manifiesto», son las razones por las que él había empuñado la guitarra. Entonces, bueno, en ese año tan difícil, Víctor vuelve al folclore después de unos años y apuesta por dejar atrás lo contingente y crear canciones en un sentido introspectivo, intimista. Pero qué hubiera hecho Víctor después, no lo podemos saber. Hay un momento en el libro, por algunas palabras de Víctor Jara, en que uno tiene la impresión de que para él el arte debía ser didáctico, casi propagandístico, no lo digo necesariamente en un sentido negativo. Pero claro, están esas últimas canciones más íntimas. ¿Había una tensión ahí? No, es una evolución. Es una evolución al calor de lo que está pasando en Chile. Las canciones de Canto libre, del Derecho de vivir en paz, como «Abre la ventana», son una invitación al pueblo de Chile a sumarse al esfuerzo por construir el socialismo. Ahí está también la canción tan famosa de «Ni chicha ni limoná». Pero es verdad que en la Nueva Canción Chilena hay un debate, en el año 72, que se recoge en la prensa, sobre si (el movimiento) estaba en crisis. Ángel Parra y Víctor dicen que no, que no hay crisis, pero Fernando Barraza, gran periodista que aún vive y que tuve posibilidad de conocerle, en su libro que publica Quimantú, La Nueva Canción Chilena, habla de que la calidad de las canciones en general estaba bajando. Evidentemente, en una situación tan difícil, la tentación era lo contingente, lo propagandístico, entrar al combate político con la guitarra y con la canción. Víctor dice en varias entrevistas que eso es importante, que las canciones tienen su función en el instante; pero él, bueno, con su trabajo del año 73, da a entender que hay que pasar a una nueva etapa. Y es lo que él hace ese año. Te llevo un poquito más atrás para preguntarte cuán importante fue en la formación artística e intelectual de Víctor Jara el haber participado, primero, en la Acción Católica y, después, haber pasado por el seminario. Yo creo que el seminario es importante porque canta en el coro. Y después sabemos que entra al coro de la Universidad de Chile, lo cual es determinante, porque Víctor, que ha acabado el Servicio Militar, está sin trabajo y, con 21 años, sin un horizonte vital claro, encuentra ahí la puerta de entrada al mundo artístico. Imagino que también fueron dos años en el seminario donde pudo tener acceso a una biblioteca, donde pudo ir a clase ya con una edad madura. Fueron dos años importantes para su formación intelectual. Así como reivindicó el folclor nacional y llamó a cuidarse del colonialismo cultural, en particular el estadounidense, Víctor Jara no era, como muestras, un purista de las tradiciones. Hay una cita que haces en la que llama a no temer a la influencia extranjera, claro que sin imitar, sino que elaborando. Incluso cuentas que su grupo favorito eran los Beatles, sabemos también que no tuvo problemas con introducir guitarras eléctricas en sus canciones. ¿Cómo conjugaba eso de tener cuidado con el colonialismo cultural, pero no temer a lo extranjero? Eso lo conjugaba bien. Lo que sí hace, y es creciente, son sus críticas a la industria discográfica. Hay una gran cantidad de citas, que no he incluido en el libro, porque ya era repetitivo, pero Víctor, según avanza su vida, va siendo muy crítico con esa industria discográfica, que él entiende que manipula la canción protesta, que habla de ídolos de la canción protesta, término, el de ídolo, que él denosta. Pero al mismo tiempo incorpora la guitarra eléctrica de Los Blops a «El derecho de vivir en paz», algo que era insólito en la Nueva Canción Chilena. No tiene miedo a ese mestizaje, que se da mucho en ese tiempo, en Canto libre con los sonidos de Inti Illimani, del altiplano, y después el tema de las guitarras eléctricas de Los Blops en dos canciones. Pero sí que es verdad que es muy crítico con la industria discográfica y con esa penetración cultural que él denuncia, persistentemente, de la música anglosajona, porque difundía un ideal de vida que era el de la sociedad de consumo, capitalista, que Víctor no compartía. Imágen Mario Amorós. Créditos: Florencia Doray Hacia el final del libro reconstruyes el golpe de Estado, cuando él decide ir de todos modos a la UTE, cuando lo apresan a él y a otras personas. Después de investigar ese momento, de escribirlo, ¿lograste comprender el crimen?, ¿por qué lo mataron y por qué con esa saña? Eso es difícil de comprender, ¿no? Pero también es verdad que Víctor era uno de los símbolos en el terreno de la cultura de la Unidad Popular. El odio, el dolor que le causó la dictadura con las torturas, los vejámenes, las humillaciones que sufrió y que están en el sumario judicial y que yo cito, se explican porque Víctor era una de las personas que representaba el proyecto de la Unidad Popular. El odio de clase sembrado a partir del año 64, con la campaña presidencial, la de Frei, con aquella campaña tan atroz, anticomunista; el odio sembrado por la derecha, por Patria y Libertad, el discurso nefasto de Eduardo Frei y Patricio Aylwin que cito en mi libro Entre la araña y la flecha; Frei y Aylwin decían que Chile, de la mano de Allende, iba a ser una dictadura estalinista, por tanto, después del golpe, dijeron que las Fuerzas Armadas habían salvado a Chile de una dictadura estalinista. Todo ese clima de odio creado por la derecha, por estos sectores civiles, más la doctrina de seguridad nacional de las Fuerzas Armadas, más el clima de la Guerra Fría, lleva a que la represión en Chile tuviera la magnitud que conocemos. Lleva a explicar cómo es posible que Pinochet ordenara el asesinato de su antecesor, el general Prats (el 30 de septiembre de 1974), cómo es posible que la DINA se atreviera a atentar en Washington tres años después, cómo es posible la caravana de la muerte. Y en el caso del Estadio Chile, cómo es posible que mataran a uno de los grandes creadores de la historia de Chile como fue Víctor Jara. Comparto con Nelson Coucoto que evidentemente no fue una cosa de los tenientes del ejército en el Estadio Chile, tuvo que haber consultas a la jerarquía militar y seguramente a la Junta Militar para acabar con la vida de Víctor Jara. Pero para cualquier ser humano íntegro es inexplicable esa crueldad, ese grado de violencia con Víctor y el sufrimiento que la dictadura causó al pueblo chileno. Aunque demoradas, ha habido condenas por el asesinato de Víctor Jara. ¿Se hizo justicia o falta? Comparto las palabras de Joan en el libro, es decir, 45 años de espera no es justicia. Pero también vengo de un país, España, donde hay una impunidad espantosa, absoluta, de los represores del franquismo. Entonces, como vengo de ese país donde hay una impunidad absoluta y eterna, valoro mucho más que la mayoría de los chilenos los avances que ha habido en términos de reparación, en términos de memoria; hay muchos memoriales en Chile, desde el Cementerio General; y hay sentencias, hay represores, aunque sea Punta Peuco una cárcel especial, privados de libertad. Y algo importante que rescato también es que las propias investigaciones judiciales son una fuente de gran valor para los historiadores. La prueba es este libro. Si no hubiera habido investigación judicial sobre la muerte de Víctor Jara, lo que sabríamos es lo que ya sabíamos en el año 74. Porque en el año 74, 75, en el exterior de Chile, en el exilio, se publican testimonios de supervivientes del Estadio Nacional, del Estadio Chile, que ya dan cuenta, más o menos, de lo que había sucedido. Es el trabajo de la familia de Joan, de la familia de Víctor, de la Fundación Víctor Jara, de las agrupaciones de familiares de víctimas de la dictadura, con el apoyo de las fuerzas de izquierda, lo que ha permitido desarrollar estos juicios, persistir en la búsqueda de justicia y, además de lograr las condenas, lograr unas investigaciones judiciales que ayuden a entender mejor lo que pasó. Eso yo lo valoro mucho. La vida es eterna. Biografía de Víctor Jara Mario Amorós Ediciones B, 2023.

  • Joan Garcés: "Los actores más poderosos deciden preparar el Golpe cuando Allende aún no ha asumido"

    Joan Garcés (1944) fue el asesor más cercano a Allende durante su gobierno. El 11 de septiembre, momentos antes del bombardeo, el presidente le ordenó salir de La Moneda para ser quien contara al mundo la historia que empezaba a terminarse. Tras abandonar el país con la ayuda del embajador de España (en un avión para 150 personas que cruzó el Atlántico con tres pasajeros a bordo), Garcés escribió libros y dictó conferencias para cumplir con la misión que le había salvado la vida. De paso, fue el abogado querellante detrás del arresto de Pinochet en Londres, suceso que determinó el quiebre de un modelo de impunidad y el derrumbe cultural del pinochetismo. A Chile, sin embargo, nunca quiso volver. El año 2018, el vigésimo aniversario de aquel arresto, pero sobre todo los debates en torno al contexto histórico del Golpe (reactivados por las críticas al Museo de la Memoria) lo convencieron de conceder esta entrevista a The Clinic para relatar in extenso su versión de la historia. Una versión siempre incisiva, anclada en horas dramáticas, que le seguirá reportando a Garcés la admiración de unos y la antipatía de otros, pero sin que nadie pueda negarle su condición de testigo privilegiado. Muchos chilenos recuerdan su sensación de incredulidad al escuchar por primera vez que Pinochet estaba arrestado en Londres. Era demasiado bueno –o demasiado malo− para ser cierto. ¿Usted sintió lo mismo? No, porque yo mismo había firmado, en la víspera, la petición que permitió al juzgado ordenar su detención. ¿Pero de verdad pensaba que eso iba a resultar? Preparamos el caso para que fuera así. Yo firmé la primera querella −en nombre de la Fundación española Presidente Allende− el 4 de julio de 1996, de modo que ya habíamos reunido pruebas suficientes para sostener una acusación. El juicio a Pinochet fue la consecuencia de dos factores principales, pero el primero es la lucha cívica de la sociedad chilena y de las víctimas de la represión, que no se resignaron a esa represión y combatieron la dictadura con los recursos que la ley les ofrecía y que los tribunales les negaban. Ese esfuerzo de coordinación, muy propio de la cultura política que tenían en Chile los sectores populares, fue documentado y quedó archivado en centros como la Vicaría de la Solidaridad. Fue esa información −ya que los tribunales chilenos persistían en amparar la impunidad− la que pusieron a mi disposición y, a través mío, de los tribunales europeos. ¿Y cuál fue el segundo factor? Que la Guerra Fría había terminado. A eso Pinochet le temía: él era un engendro de la Guerra Fría, y quienes lo habían procreado y amparado ya no tenían el poder suficiente para impedir que los tribunales hicieran su trabajo. Por esos días, corrió en algunos medios la versión de que Pinochet había dicho “qué pena que no fusiláramos a ese Garcés”. ¿Sabe qué veracidad tiene esa frase? Lo que yo sé, porque me lo dijo quien lo escuchó, es que cuando le informaron que estaba detenido su primera reacción fue enviarme un pensamiento. En la misma clínica… Claro. La persona que le traducía las palabras del comisario de Scotland Yard, le escuchó decir: “Es Joan Garcés…”. Lo tenía identificado. Sí. En cuanto a la frase que usted menciona, si es que la dijo habría sido un deseo freudiano, puesto que yo nunca estuve a disposición de este señor en Chile. Siempre he sido un hombre libre. Mientras Pinochet estuvo en Londres, ¿qué rol jugó usted? ¿O ya había hecho su parte? Durante los 503 días de arresto estuvimos reuniendo más testimonios y pruebas, que debíamos adaptar a las circunstancias políticas y a las exigencias procesales de España, el Reino Unido, Estados Unidos y otros países. Así que fueron meses de muchísimo trabajo, pero pude contar con muchos y excelentes amigos en Chile −entre ellos don Víctor Pey− y donde fue necesario. Y también tuve que enfrentar la hostilidad de dirigentes en Chile y España, de conservadores en Inglaterra, en Estados Unidos y en el Vaticano, de servicios secretos, de organizaciones de empresarios y un largo etcétera. ¿Cuánto pesaban las gestiones en contra del gobierno chileno? Esas gestiones no fueron ninguna sorpresa. El entonces presidente era hijo de Frei Montalva, cuya responsabilidad en impulsar la insurrección militar estuvo clara para mí desde antes del 11 de septiembre de 1973. Pero esa petición de inmunidad, dada la gravedad de los delitos cometidos, fue derrotada ante la Cámara de los Lores. Y el 9 de octubre de 1999, la corte de Bow Street accedió a la extradición a España. Sin embargo, los gobiernos de Frei en Chile y de Aznar en España ingeniaron la estratagema de los exámenes médicos, un fraude del que se enorgullece el entonces canciller Insulza. En mayo de 2016, compartí una emisión radial de la BBC con Jack Straw [ministro del Interior que liberó a Pinochet por razones humanitarias] y él afirmó que había sido engañado. ¿Y usted le creyó? En mi presencia, hablando para la radio, dijo que se puso furioso cuando se dio cuenta del fraude en que lo envolvieron. Y lo repitió en un documental que TVN difundió en diciembre de 2016. ¿Cree que la imagen de Pinochet detenido, fingiendo demencia, expuesto al mundo como un criminal, de alguna manera cierra un círculo que abre Allende con su último discurso? No. Lo que empieza a cerrar es el paréntesis de la impunidad de esa dictadura, que hasta aquel momento seguía siendo absoluta: el dictador se sentaba en el Senado, los tribunales no investigaban los crímenes y el establishment político y económico le llamaba a eso “normalidad”. Y en su caso personal, ¿se sentía cumpliendo con la misión que le dio Allende cuando le ordenó salir de La Moneda? Se ha dicho eso, pero no. Lo que sí sentía era mucha responsabilidad, por lo que esto significaba para un pueblo que fue sometido a una represión física y social inhumana. Tenga en cuenta además que mis mejores amigos en Chile habían sido detenidos, torturados y muchos de ellos asesinados. En consecuencia, ayudar a la sociedad chilena a fracturar el muro de impunidad que protegía al principal responsable era un imperativo categórico, no una misión personal. Y también sentía mucha responsabilidad por lo que esto podía implicar como precedente internacional. Aquí no estaba en juego un solo caso, era algo mucho más trascendente. Hubo que esperar miles de años, hasta los juicios de Nüremberg (1945-46), para que los más altos responsables de un Estado fueran juzgados por crímenes de lesa humanidad. Pero desde Nüremberg, por las circunstancias de la Guerra Fría, no hubo ningún otro juicio semejante hasta la detención de este personaje. De modo que estábamos rompiendo un paréntesis de impunidad de medio siglo, y el efecto de bola de nieve se extiende hasta hoy. Los grandes criminales tenían más fácil su impunidad antes de ese juicio que después. EDWARDS, KISSINGER, FREI Como sabe, la disputa por el Museo de la Memoria reinstaló en Chile el debate sobre el contexto histórico del Golpe. ¿Cree que indagar en ese contexto arrojaría un cuadro de responsabilidades compartidas sobre el quiebre de la democracia? Eso va a depender de cómo se aborde ese contexto: buscando los factores históricos de mayor alcance o desviando la atención hacia detalles que no tienen el relieve que les gustaría a algunos para poder justificar lo que hicieron. Porque los actores más poderosos detrás del golpe deciden prepararlo cuando Allende ni siquiera ha asumido el gobierno, de modo que eso es lo primero que una lectura histórica necesita explicar. ¿Y qué nos muestra la historia al respecto? Que la Unidad Popular (UP) se enfrentó a una corriente autoritaria −y cuando se requirió, dictatorial− de muy larga data en la sociedad chilena. Un ejemplo simbólico: en 1936 y 1937, tras la sublevación militar de las derechas en España, el gobierno de la República denunció ante la Sociedad de las Naciones la intervención de la Alemania nazi y la Italia fascista en sus asuntos internos; y quien encabezó allí el frente diplomático favorable a los golpistas fue el representante de Chile, que se llamaba Agustín Edwards. Y es un Agustín Edwards [nieto de aquel] quien en septiembre de 1970, una semana después de que Allende ganara las elecciones, corre a Washington a pedir un golpe militar contra el sistema democrático chileno, el más desarrollado que existía en el mundo hispánico en aquellos años. Ahí ve usted simbolizada la continuidad de esa corriente… Como apunte historiográfico, esa secuencia podría empezar antes, con Agustín Edwards Ross financiando la sublevación contra Balmaceda. Bueno, esa vieja corriente fue la que activó la dinámica golpista sin esperar a que el gobierno comenzara. Fracasa en octubre del 70, cuando el general Schneider se opone al golpe al precio de su vida; fracasa en los tres años siguientes porque el núcleo constitucionalista de las FF.AA. no sigue las instrucciones de esos centros de poder; y finalmente prospera el 11 de septiembre por la traición del jefe del Ejército, que hasta horas antes se alineaba con los constitucionalistas y deja sin defensa al gobierno. Y un segundo factor histórico insoslayable es el internacional, la Guerra Fría. Porque es el gobierno de Nixon el que acoge la petición de Edwards y financia las campañas de odio –con las hoy llamadas fake news− y otras tantas operaciones encubiertas a las que William Colby, entonces director de la CIA, califica en sus memorias como el plan de desestabilización más sofisticado que Estados Unidos había aplicado en el mundo para derrocar a un gobierno democrático. En su libro Soberanos e intervenidos (1996, reeditado en 2012), usted compila casi un centenar de evidencias desclasificadas para mostrar cómo Estados Unidos intervino la democracia chilena desde 1945 en adelante. Sí, es una larga secuencia de control externo. Pero es importante no identificar el golpe del 73 con Estados Unidos como un todo: fueron sus grupos de poder más conservadores que, trágicamente para Chile, ganaron las elecciones de 1968 y 1972. Lo que pudo ser y no fue, nunca se sabrá, pero reemplace usted a Nixon y Kissinger por dos líderes demócratas de entonces y la historia de Chile habría sido otra, sin ninguna duda. El Partido Demócrata nunca apoyó un golpe contra Allende. Algunos de sus altos dirigentes, a los que yo conocí, incluso intentaron atajarlo, iniciando investigaciones en el Senado para exponer a tiempo la intervención de Nixon. Digamos, de paso, que gracias al Congreso de Estados Unidos es que hoy tenemos documentada esa intervención, porque el Congreso chileno no se ha interesado en investigarla. Roger Morris, asesor de Kissinger hasta el año 70, cuenta que en ese momento “se sucedían cataclismos en todo el mundo, pero sólo Chile asustaba a Henry”. ¿Por qué metíamos tanto miedo? Porque el proceso chileno amenazaba todo su esquema político de la Guerra Fría, según el cual “socialismo” era sinónimo de estalinismo y dictadura. En Chile, transición al socialismo significaba más democracia política y económica, ejercicio efectivo de las libertades civiles. La libertad de prensa era absoluta en el Chile de Allende. Y la separación de poderes, real. Por lo mismo, el proceso era seguido con muchísimo interés por las izquierdas democráticas de Europa, y ese era el peligro que angustiaba a Kissinger: que así como la chilena, las izquierdas llegaran al poder en países importantes de la OTAN, como Francia e Italia. Visto así, ¿el gobierno no supo leer la situación o el 11 de septiembre era un destino inevitable? No, no era inevitable. Se cruzaron factores internos y externos que no tenían por qué haberse dado, tal como podrían haberse dado antes, o después, o nunca. La prueba es que el mismo día 11, en un acto público en la Universidad Técnica del Estado, el presidente iba a convocar a los chilenos a las urnas para decidir qué camino elegían: el que ofrecía la oposición desde el Congreso o el que ofrecía el gobierno desde el Ejecutivo. Y el intento de golpe que preparaban antiguos edecanes de Eduardo Frei, los generales Arellano y Bonilla, no estaba previsto para el 11. Pero el domingo 9, el presidente les informa a Pinochet y al general Urbina, inspector general del Ejército, que va a convocar a un plebiscito. Y es entonces cuando, por primera vez en la historia de Chile, el jefe del Ejército traiciona a un presidente de la República, y un almirante a su Comandante en Jefe, y un carabinero a su Director General. Otro factor coyuntural sin el cual no se explica ese desenlace ocurre en mayo del 73, cuando el sector de Aylwin y Frei toma el control de la Democracia Cristiana (DC), desplazando al sector de Fuentealba, Reyes, Leighton y Tomic. Si alguien queda mal parado en sus libros, es Frei Montalva. Lo que puedo asegurarle es que esa nueva dirección de la DC asumió con la idea de crear las condiciones políticas para una sedición. No le quepa ninguna duda, son hechos y personas que yo conocí bien. Y ese dilema interno en la DC quedó bien reflejado en las primeras reacciones al golpe: mientras Frei está difundiendo por el mundo un mensaje de apoyo, Leighton, Andrés Aylwin y otros lo están condenando. ¿Allende aborrecía a Frei? No, de ninguna manera. Fueron muy amigos hasta las elecciones del año 64, cuando Allende, precisamente por esa larga amistad, le reprochó a Frei que hubiera tolerado una campaña de propaganda negra contra él. Eso entre amigos no se hace, entendía Allende. Pero le puedo contar que el año 72, Frei había vuelto de un viaje a Yugoslavia, donde había criticado el proceso chileno, y alguna prensa decía que le estaban amenazando por ello. Y yo estaba presente cuando Allende, en Cerro Castillo, tomó el teléfono y dijo “pónganme con Eduardo Frei”. Conversaron amistosamente y recuerdo esta frase de Allende: “Eduardo, tu seguridad me preocupa más que la mía”, así que dispuso medidas de protección. Allende distinguía lo personal de lo político, respetaba las discrepancias… si bien esa discrepancia fue cada vez más aguda en 1973. Frei, presidente del Senado desde marzo, auspiciaba la sedición y Allende lo sabía. Eso es más que una discrepancia… Sí, pero la respuesta de Allende no fue emprender ataques personales contra Frei. Denunciaba las posiciones sediciosas en términos políticos. Cuando tuvo lugar una intentona militar contra el gobierno de Frei el año 69 [el “tacnazo”], Allende es presidente del Senado y la condena en público de inmediato, pese a que le había retirado la palabra a Frei desde 1964. Compare eso con la posición de Frei desde el año 70, empujando desde las sombras a una insurrección armada. E indudablemente, saber que contaban con el acuerdo de Frei y de la dirección democratacristiana de Aylwin estimuló a algunos de los conspiradores. Por lo demás, ya en septiembre del 70, cuando la DC le pide a Allende que suscriba las “garantías constitucionales” para ratificarlo en el Congreso, ese sector del partido incluye la única medida que Allende no acepta: que el presidente no pudiera remover a los generales y almirantes. Ahí tuvieron que ceder, porque la respuesta de Allende fue categórica: prefiero no ser presidente a renunciar a una facultad constitutiva de la República que han tenido todos los presidentes de Chile. Pero usted ve que ya el año 70 ese sector de la DC está pensando en los militares para oponerlos al gobierno elegido en las urnas. LAS DECISIONES DE ALLENDE ¿Cómo conoció a Allende? Yo llegué a Chile el año 68, atraído por su historia, sobre la que estaba realizando una tesis doctoral. Allende preparaba su reelección senatorial y lo acompañé en algunos viajes por el sur, conversando –y coincidiendo− acerca de la realidad política y la historia de Chile. De manera que a comienzos del 70, cuando lo eligen candidato único de la izquierda, me escribió a Europa invitándome a poner en práctica las ideas que compartíamos. A mediados de julio, tras defender en Sciences Po y en La Sorbona aquella tesis doctoral –donde sostenía que Allende podía ganar en septiembre−, partí a Chile. En sus relatos, usted muestra a Allende enfrentado a las mayores encrucijadas, pero nunca dudando. ¿No lo recuerda atravesado por momentos de duda? ¿Dudas sobre qué? Sobre qué hacer. Bueno, Allende era un político hábil, hablaban de su “muñeca”, por consiguiente era un hombre flexible. Pero con convicciones muy arraigadas. Si usted lee sus intervenciones públicas de los años 30 y 40, notará una gran continuidad con sus planteamientos durante el gobierno tres décadas después. Y cuál era el núcleo duro de ese pensamiento: lealtad al pueblo chileno y compromiso de cambiar las estructuras que le reprimían cultural, social y económicamente. Si el pueblo lo respaldaba, cumpliría su compromiso; si no, seguiría trabajando para convencerle de esos cambios. Ese sentido de la lealtad le orienta hasta su última hora el 11 de septiembre, en que al tiempo que opone a los amotinados su propia vida, exhorta a los trabajadores a defender su dignidad y derechos sin dejarse masacrar. La principal autocrítica de la izquierda, como lección a sacar a esos años, ha sido que no se puede hacer cambios tan drásticos sin una mayoría política y social. ¿Está de acuerdo con que ese fue un error? Eso hay que ponerlo en su justa proporción, distinguiendo aquella realidad histórica de la reconstrucción a posteriori, tras la supresión de la libertad de prensa y el pluralismo informativo. Un ejemplo: la medida que más seriamente desafió a las empresas multinacionales, la nacionalización de la gran minería del cobre, fue apoyada por la totalidad de los senadores y diputados en el Congreso. ¡Estaba la nación entera detrás de esa medida! Y sin embargo, la administración Nixon decidió imponerle a Chile un castigo ejemplarizante. Aunque usted retrata a Allende bastante abrumado por la dificultad de alinear a sus filas con medidas que parecían urgentes, como el llamado a plebiscito o el acuerdo con la DC. Sobre todo al PS, que aparece como un permanente dolor de cabeza. Sí, eso es verdad. Pero así era hasta entonces la tradición política chilena, de mucho debate interno en los partidos. Es la historia del Partido Radical desde el siglo XIX, de los partidos obreros y populares en el siglo XX: agudos debates políticos que incluso provocaban escisiones. Y el mismo Allende protagonizó esos debates desde los años 30, de modo que sabía cómo lidiar con ellos. ¿Cuánto pesaba en Allende la experiencia traumática de González Videla –su traición al PC con la “Ley maldita”− como para inhibirlo de pasar por encima del PS? No solamente en Allende: toda la izquierda chilena está marcada en esos años por esa experiencia. Cada vez que Allende fue proclamado candidato, desde el año 52 hasta el 70, se recordaba la deslealtad de González Videla −que declaró ilegal a un partido de su coalición− como algo a evitar. Y en la coyuntura de 1973, la realidad es que la dirección del PS no aceptaba ningún tipo de acuerdo con la DC. Pero Allende, conociendo el riesgo de que el PS se retirara del gobierno, buscó ese acuerdo hasta el último momento. En la segunda mitad de agosto de 1973, después de una reunión con Aylwin, me dijo “estos son los seis puntos que piden, deme su opinión”. Y yo le entregué un análisis favorable al acuerdo que él llevó en la carpeta que le mostró a Aylwin en la última reunión que sostuvieron. En 1997, yo conversé con Aylwin en Madrid –le invité a ser testigo en el proceso judicial en curso contra Pinochet, a lo que se negó− y él recordaba muy bien la carpeta que le había mostrado Allende. La versión de Aylwin en los 80 era que el PS no le dio le pasada a Carlos Briones [ministro del Interior] para avanzar con esos acuerdos. En la noche del 10 al 11 de septiembre, sostuvimos una reunión en Tomás Moro que terminó hacia la una y media de la madrugada. Además del presidente, estaban Orlando Letelier, Augusto Olivares y Carlos Briones. Y Briones llegó con unas hojas y dijo “aquí tengo el acuerdo de la DC”. Otra cosa que el PS demoró fue el llamado a plebiscito. El plebiscito encontró apoyo en un partido de la UP, el PC, que pasado el mediodía del lunes 10 de septiembre entregó en La Moneda el acuerdo por escrito de su dirección. Con ese respaldo el presidente se dispuso a anunciarlo en la cadena nacional previamente fijada para esa tarde, la que se aplazó para hacerla coincidir con el discurso del martes 11 en la Universidad Técnica del Estado. ¿Cuál iba a ser la pregunta específica del plebiscito? Se iba a someter a consulta una reestructuración del Estado para adaptarlo a la dinámica social y económica en curso, según el proyecto de Constitución elaborado en 1972 por una comisión que, acogiendo una propuesta que yo hice, el presidente nombró a ese efecto. Un detalle llamativo de ese proyecto es que conservaba la Cámara de Diputados pero reemplazaba al Senado por una Cámara de los Trabajadores, elegida sólo con el voto de los trabajadores. ¿Diría que el concepto de democracia que manejaba la UP era diferente al que predomina hoy? El concepto de “trabajadores” en ese proyecto de Constitución comprendía a más del 80% de los electores, y cualquier ciudadano podía ser candidato. Esa cámara adaptaba, a la necesaria hegemonía de los trabajadores en la transición al socialismo, lo que fue el Senado conservador en el siglo XIX. Es decir, una cámara que la clase dominante de Chile mantuvo durante el siglo XIX y comienzos del XX para asegurar su hegemonía en el Legislativo. Yo adapté esa enseñanza de la historia de Chile para que los trabajadores, bajo esa amplia definición, pudieran tener la iniciativa legislativa por cauces democráticos representativos. Esa idea fue aprobada por el presidente, por los partidos de gobierno −que estaban representados en la comisión− y también por los comandantes en jefe del Ejército, la Marina y la Aviación, que recibieron una copia del proyecto. Y por la dirección de la CUT. En el último trimestre de 1972, era un proyecto perfectamente viable, siempre y cuando fuera respaldado en las urnas. Y si perdían el plebiscito que se iba a anunciar el 11, Allende renunciaba y adelantaba elecciones, ¿no? Bueno, en la noche del 10, Orlando Letelier decía convencido: “Lo vamos a ganar”. Pero en caso contrario, las alternativas que usted menciona Allende las tenía ya asumidas. A fines de agosto nos había pedido a personas de su confianza, independientes de los partidos –Gonzalo Martner, ministro de Planificación, Pedro Vuskovic, presidente de Corfo, y yo−, que estudiáramos si era o no conveniente para Chile que dimitiera y anticipara elecciones presidenciales. ¿Y él ya tenía candidato para esas posibles elecciones? No, porque a los partidos de entonces nadie podía ni pensar en imponerles un candidato. Pero él sí observaba qué personas podían reunir una mayoría electoral en aquel contexto. Y pocos días después de que el general Prats dimitiera, me comentaba: “Poca gente entiende por qué he aceptado la dimisión del general Prats, pero dentro de poco será la persona más importante de Chile”. Yo no necesitaba más detalles para entender. Y por cierto, ese posible agrupamiento de los demócratas chilenos en torno de Prats es lo que, en mi parecer, llevó a Pinochet a ordenar asesinarle en 1974 en Buenos Aires, y por igual motivo a Leighton en 1975 en Roma, y a Letelier en 1976 en Washington. Y es posible que el asesinato de Frei Montalva obedeciera al mismo motivo, cuando años después levantó la voz al dictador. Más allá de la legitimidad institucional que tenía el gobierno, y de los poderes que conspiraron contra él, cuesta atribuir a la pura propaganda que tanta gente –la mitad, o algo así− recuerde esos años como un desastre social y económico, y a la izquierda cegada por su retórica. ¿Concede usted, en alguna medida, que el gobierno de la UP haya sido irresponsable? Si su pregunta se relaciona con la sedición militar, la respuesta es un no categórico. Y lo que usted llama “pura propaganda”, por cierto, es un programa un poco más articulado y continuado: suprimida la libertad de prensa y todas las libertades civiles, clausurado el Congreso, llenas las cárceles de perseguidos políticos, con miles de personas asesinadas y desaparecidas, otras decenas de miles torturadas y casi treinta años de impunidad absoluta, la sociedad fue sometida a una sistemática campaña psicológica de desinformación por quienes sostuvieron la dictadura y legitiman hoy su legado. “ESO AQUÍ NO PASA” El viejo argumento a favor del golpe se basa en que buena parte de la izquierda −un sector grande del PS, el MAPU Garretón, el MIR− ya promovía la vía armada, por lo que habría sido cuestión de tiempo que en la UP se impusiera esa tesis. Es de nuevo la vieja propaganda de los que empujaron a la sedición. Entre junio y septiembre de 1973 hablaban de que había cubanos en Chile, de milicias armadas y no sé cuántas invenciones más. No había tal. Y Allende tampoco lo hubiera consentido. Recuerdo que en diciembre de 1968, haciendo campaña en Chiloé, me explicaba las razones políticas, sociales y hasta geográficas por las cuales estimaba imposible en Chile la lucha armada que conocían otros países. Y en varias ocasiones, estando yo presente, les recordó a algunos dirigentes de los partidos: “Yo no he sido elegido presidente para llevar a Chile a una guerra civil”. Todas sus decisiones durante esos tres años, hasta la última, son coherentes con esa convicción. De ahí que hubiera decidido abrir a los ciudadanos el camino a las urnas. ¿Cuánto le complicaba el MIR? El mayor impacto público del MIR era la portada de El Mercurio. El MIR no estaba en el gobierno ni influyó en sus decisiones. En Allende y la experiencia chilena, usted lamenta que no haya existido una política militar ad hoc al proyecto de sociedad, y recuerda haber propuesto sin éxito que se preparara una coordinación entre las FF. AA. y los trabajadores. ¿Era partidario de armar a los civiles? No es tan simple. El “ciudadano en armas”, como en Suiza y otros países, es un concepto que requiere organización, jerarquía, dirección política unificada. La idea que yo le propuse al presidente apenas fue elegido, y que él aceptaba –la expuso en un discurso que pronunció en Punta Arenas a fines de 1970, está publicada− era que, anticipando una insurrección contrarrevolucionaria, las organizaciones populares tenían que articular con las FF.AA. del Estado la defensa de la República. Y eso requería una política militar orientada a ese fin, dentro del más estricto respeto a la Constitución, para defenderla en cualquier terreno en caso de necesidad. ¿Pero cómo se articulaba esa política entre civiles y militares? Eso tenía que ser estudiado con el alto mando militar bajo la dirección política del presidente. Pero la idea no encontró acogida más allá del propio presidente. ¿Por qué? Porque en Chile no existía la memoria histórica, que yo sí traía de España, de una insurrección armada contra las instituciones republicanas. Si el día 10 de septiembre de 1973 usted hubiera descrito los crímenes que cometió la dictadura a partir del 11, casi todos le hubieran dicho “oiga, estamos en Chile, eso aquí no pasa”. Yo insistí mucho en ese punto, particularmente desde julio del 73. Y finalmente el presidente lo habló con el general Prats, pero esa política militar debió haberse implementado desde que Allende asumió el cargo. Si ya en octubre de 1970 la derecha había asesinado al Comandante en Jefe del Ejército, con armas ingresadas en la valija diplomática de Estados Unidos. Usted lamenta más de una vez la renuncia de Prats, un hecho decisivo. Cuando me enteré de esa dimisión, inmediatamente fui a hablar con el presidente y le manifesté mi sorpresa y desacuerdo. Pero él me contestó: “Sentado ahí −donde estaba yo en ese momento– he visto que el general Prats no está en condiciones de mandar al Ejército”. ¿Porque se había desmoronado? El asedio psicológico de que era objeto desde hacía meses finalmente había surtido efecto, y el general Prats estaba ese día emocionalmente derrumbado. Él había tomado medidas para evitar eso. Por ejemplo, no iba a recepciones diplomáticas, porque personas en esos ambientes le asediaban para que rompiera la disciplina de las FF.AA. Pero finalmente lo desbordaron en la tercera semana de agosto, cuando estando enfermo, en cama, las mujeres de algunos de sus generales le insultaron en la puerta de su casa. Ahí tuvo que escoger entre imponer su autoridad sobre esos generales o irse. Dimitió. Y cuando el presidente le pregunta qué general no le ofrece dudas respecto de su lealtad al gobierno, responde “mi Jefe de Estado Mayor”, Pinochet. Si hubiera recomendado al general Sepúlveda, o al general Pickering, ambos leales al gobierno y que tenían bajo su mando las tropas en Santiago, Pinochet hubiera pasado a retiro y la historia de Chile habría sido distinta. Sepúlveda y Pickering también dimiten antes del Golpe. Pero no antes que Prats. Como ve, el azar condiciona el desenlace de la coyuntura en ese momento. No estaba escrito que Prats se derrumbara, ni que recomendara a un general que, pareciéndole leal, resultaría ser un criminal que se tomó el gobierno junto a una banda de delincuentes y lo detentó mediante el terror. Sin estos hechos, fortuitos, Chile hubiera seguido otro camino, no sabremos cuál. Así los azares interactúan con los factores estructurales. Como pasó la noche del 10 en Tomás Moro, usted vivió el 11 con Allende desde el primer momento y cuenta que él parte a La Moneda convencido de que va a sofocar el golpe. Por la información que tiene hasta ese momento. El alto mando de Carabineros, que se mantuvo leal al gobierno hasta el final, le está informando que en Valparaíso se ha amotinado la marinería. Y el general Brady, jefe de la II División del Ejército y de la Guarnición de Santiago, le manifiesta por teléfono la lealtad del Ejército y que va a enviar tropas a Valparaíso. Con esa información es que el presidente ocupó su puesto de mando en La Moneda. Dos horas después, la situación había cambiado. “Tres traidores…”, me comentó en ese momento. ¿Por Pinochet, Leigh y Mendoza? Sus palabras fueron las dos que le he dicho. ¿Y por qué lo elige a usted para salir de La Moneda y contar al mundo cuál ha sido la historia? Quizás porque yo era su más directo colaborador personal, quien mejor conocía el por qué y el para qué de las decisiones que él había tomado durante su gobierno. Tengo que preguntarle por qué no ha vuelto nunca más a Chile. ¿Aún necesita que se lo explique? [Se ríe] Como habrá notado, mi visión de Chile es muy distinta de la que legó la dictadura. La transición española no fue muy distinta, ¿por qué siguió militando en el PSOE? Porque no creo en el individualismo. Por muchos años –desde 1975− no compartí la línea de quienes ocuparon la dirección del partido. Pero mi concepción de la democracia y del socialismo, como también habrá notado, tiene muy poco que ver con las políticas de Felipe González y los centros de poder detrás suyo. Lo que trata de hacer la actual dirección de Pedro Sánchez parece mejor: un acuerdo de las izquierdas como base de uno más amplio con el centro que desplace del gobierno a quienes nunca condenaron la dictadura antirrepublicana. ¿Y qué es para usted el socialismo, en el año 2018? Lo que espero que continúe siendo: una concepción de la sociedad que priorice estructuras de solidaridad, igualdad y dignidad humana, que preserve la naturaleza y supere los instrumentos de destrucciones masivas propios del sistema capitalista. Por cierto, es un horizonte que se aleja a medida que se camina hacia él, con avances y retrocesos, sabiendo que no hay victorias ni derrotas definitivas.

  • Marcelo Casals: "Hay una disputa para centrar la rememoración en la UP y no en la dictadura"

    Marcelo Casals es historiador y académico de la Universidad Finis Terrae [Chile]. Acaba de publicar Contrarrevolución, colaboracionismo y protesta. La clase media chilena y la dictadura militar, un libro que busca responder la pregunta de cuál es la base social de la dictadura militar chilena, en qué imaginarios se sostenía esa base, y a partir de qué identidades se construyó. Con una metodología poco habitual, el autor aborda la dictadura sin visitar a los de arriba ni a los de abajo, ni la represión estatal ni las formas de resistencia. Su foco principal es la clase media y su lugar en la dictadura: “la dictadura desde el día 1 logró construir una especie de memoria contrarrevolucionaria, muy antimarxista y anticomunista”. Contrarrevolución, colaboracionismo y protesta. La clase media chilena y la dictadura militar está entre los imprescindibles que hay que leer a propósito de los 50 años del golpe de Estado, ¿De qué se trata el libro? El hecho de que haya salido publicado este año fue una casualidad, no fue algo que planifiqué. El libro está basado en mi tesis doctoral que defendí el 2017. Reescribí, y me demoré varios años en eso. La vida académica no crea mucho espacio para hacer este tipo de cosas. Después están los tiempos de edición que tienen su lógica, se juntaron cosas y eso hizo que su publicación fuese este año, una buena casualidad que haya salido este año de conmemoración de los 50 años del golpe de Estado. ¿Qué viene a investigar este libro? Mi pregunta original de la investigación fue sobre la base social en la dictadura: en qué medida existía o no, cómo se comportó y quiénes la componían. ¿No se había investigado antes? No completamente. Sí ha habido investigaciones que abordan estos asuntos, sea en el caso chileno como en otras dictaduras de América del Sur. Pero, para el caso chileno, mi sensación era que algo faltaba. Porque las bases sociales de apoyo estaban investigadas sobre todo a partir de las iniciativas estatales: qué había hecho la dictadura para organizar, crear o mantener una base social. Investigaciones sobre las secretarías nacionales, la juventud, etcétera. Ese tipo de cosas que por supuesto me han resultado muy útiles para hacer este libro, pero no era lo que yo quería abordar. Después, en el proceso de investigación, me di cuenta que la clase media como categoría, como puerta de entrada y no la clásica investigación, sobre los de arriba hacia abajo, o desde el aparato estatal hacia la sociedad, sino desde otro lugar, me servía para entender dinámicas de construcción de bases sociales a favor de la dictadura, y por supuesto ahí me di cuenta que eso no se explicaba sino atendiendo también a la experiencia de la Unidad Popular y al gobierno de Salvador Allende. ¿Cuáles fueron las condiciones que permitieron la radicalización de estos grupos? La clase media surge a partir de organizaciones sociales que se desarrollaron durante el siglo XX en Chile y que de una u otra forma asumieron como representantes de la clase media: comerciantes, camioneros, profesionales, empleados, en fin, que desarrollaron sus propias organizaciones que, en su época, si fueron muy influyentes y tenían mucha visibilidad social. Es a partir de estos grupos en que me inmiscuyo en el mundo social y cultural de la clase media. A estos grupos lo que más les interesó, sobre todo desde los años 30 en adelante, era influir en el aparato estatal, influir en la generación de leyes, de políticas públicas y muchos de estos grupos lo lograban hacer de manera relativamente exitosa. Los colegios profesionales, por ejemplo, tenían una altísima influencia en el congreso, a través de contactos con partidos políticos de diferentes denominaciones. ¿Te refieres a influencia política? Hubo armonía cuando los distintos gobiernos lograron conectar y construir canales de negociación y comunicación con estos grupos. Eso, por supuesto, dicho de manera muy esquemática. Lo que sucedió con la UP es que al principio esos canales se mantuvieron, y Allende estaba muy consciente de que un aspecto central de la estrategia de la vía chilena del socialismo era mantener el apoyo de estos grupos. Porque se necesitaba construir mayorías políticas electorales para construir el socialismo en democracia. Ese era uno de los aspectos centrales de la estrategia de Allende. En el libro hablas de “luna de miel” entre estos sectores y la UP. Sí, hay una especie de luna de miel al principio del gobierno, dado que Allende está muy consciente de que hay mantener estos canales. Sin embargo, hacia 1971 el asunto comienza a cambiar, sobre todo porque la revolución de la UP se vive de una manera distinta a lo que pensó Allende. Hay un desborde popular, las políticas de nacionalizaciones avanzan mucho más rápido de lo que Allende hubiese querido, lo mismo en el sector agrario, porque la Reforma Agraria avanza mucho más rápida y se multiplican los conflictos. Incluso en su misma coalición de gobierno. Por cierto, existían sectores que buscaban radicalizar el proceso, y que no necesariamente estaban en la misma vía de construir el socialismo en forma democrática. Estos conflictos, por supuesto, empiezan a alejar a estos sectores de clase media, que sienten que hay una amenaza a su distinción social, incluso de su propia existencia como grupo. Sienten, y así lo dicen una y otra vez, que el proyecto de la UP es destruir a la clase media porque el gran temor de estos grupos es no ser capaces de distinguirse de sectores obreros o sectores populares. Es el gran miedo hasta hoy de alguien de clase media, volver o no ser capaces de diferenciarse de ese mundo popular. En el libro marcas dos hechos, primero un fuerte apoyo iniciada la dictadura militar de un 58% y luego el plebiscito de salida con un 44%, ¿Hubo cambios en los sectores de clase media con los 17 años de dictadura? Sí, lo de los niveles de apoyo iniciales es un cálculo muy esquemático y seguramente incorrecto, que se basa solamente en el apoyo a la oposición a Allende en la última elección de marzo de 1973 y que no indica necesariamente que la totalidad de las personas que votaron por la oposición en esa elección haya apoyado después la dictadura. Pero, de todos modos, sino es la mayoría que está cerca de eso, es la mitad al menos de la población en ese momento. Efectivamente durante 17 años de dictadura ocurren muchas cosas, pero hacía finales del régimen, la dictadura logra mantener un apoyo significativo. Aunque estos apoyos son diferentes, porque yo creo que -y esto fue algo que explotó la dictadura desde el día 1- logró construir una especie de memoria contrarrevolucionaria, muy antimarxista y anticomunista que penetró. Que respondía incluso a ideas imaginarias que existían desde antes. ¿A qué te refieres? Los camioneros, por ejemplo, que mantienen la adhesión a la dictadura, por la pervivencia de esta memoria contrarrevolucionaria donde además, según su relato, tuvieron un rol central en la derrota del marxismo. Es una afirmación casi identitaria que va en contra incluso de sus intereses económicos más inmediatos. Pero me atrevería a decir que la mayoría de la clase media organizada, la que pertenecía a gremios o a otras organizaciones, se inclina por la oposición. Sobre todo, por la oposición a la Concertación, porque ahí sucedió algo especial. Al emerger la Concertación como opción política a finales de los '80, esta se convirtió en la forma de ser opositor a la dictadura sin la necesidad de ser marxista. Es por eso que la Concertación chilena tuvo ese nivel de apoyo y ese éxito en el '88 y después en el '89. La mayoría de estos grupos de clase media, para finales de los '80, estaban muy inscritos dentro de esa estrategia política. Incluso, en muchos casos, los dirigentes de esos grupos eran militantes de partidos de oposición moderada. Dijiste que lo económico es el principal debilitamiento de la clase media. Las reformas económicas son la principal razón de la transformación política de estos grupos de clase media, que pasaron del apoyo de la dictadura a la oposición. Lo que pasó fue lo siguiente: las reformas económicas de la dictadura fueron pensadas, diseñadas y legitimadas como reformas científicas, que no obedecían a ningún grupo de presión. Reformas que no deberían ser negociadas, precisamente lo opuesto a lo que sucedía antes en formación de políticas públicas. Al mismo tiempo, algo que no es novedad, pero las reformas económicas generaron transformaciones institucionales, culturales, sociales y materiales enormes, de una profundidad que es difícil de describir. Sobre todo, en los años '70, la contracción del aparato estatal, un increíblemente alto costo social que pagaron mayoritariamente sectores populares, la desestabilización del Estado como la idea central desde la cual se construía la clase media, la mercantilización de derechos sociales, etcétera. Todo esto genera unos niveles de transformación únicos en el siglo XX y esto afecta profundamente a los grupos de clase media. ¿En qué medida? Es que la dictadura apunta a la destrucción del edificio institucional en que se apoyaba la reproducción de estos grupos, incluso con transformaciones institucionales legales de mucha relevancia. Entre muchos otros ejemplos, está la decisión de la dictadura, en 1981, de eliminar los colegios profesionales, por lo menos como se entendían hasta ese momento. Lo que los obliga a convertirse en lo que son hasta el día de hoy: asociaciones gremiales, cuestión que eliminó muchas de sus facultades y privilegios, por ejemplo, la obligatoriedad de la colegiatura. Es decir: cuestiones que los hacía muy influyentes. Entonces, por supuesto que hacia los años '80 hay una baja de las influencias de la clase media organizada. Se transformaron las instituciones que habían hecho florecer a esta clase media organizada a mediados del siglo XX. ¿Qué observas de la clase media y este momento de Chile y, el plebiscito de entrada y de salida para una nueva constitución? No es extraño que donde se mantuvieron más firmemente las identidades de clase, donde hay una conciencia más acabada de intereses de clase sea en la clase alta. Ahí las cosas están perfectamente claras y la gente no se engaña al respecto. Saben bastante bien quienes y cómo pueden defender sus intereses, que se equivoquen en eso ya es otra cosa, pero hay una consciencia grupal mucho más homogénea. Pero de ahí hacia abajo el asunto es mucho más complicado. Yo no creo que la clase media, como identidad social, haya jugado un rol relevante en el estallido social. Sí hay una serie de promesas incumplidas, algunas de las cuales yo creo que tienen relación con alguna expectativa de vida de clase media. Por ejemplo, mi familia se endeuda para ir a la universidad, y eso después no se cumple y al no cumplirse esas expectativas y obviamente la acumulación de rencores que explotaron de la manera en que explotaron. ¿Y el plebiscito? Yo no tengo una explicación tan acabada sobre el cambio radical entre el plebiscito de entrada y de salida. Por supuesto que podría decir algunas cosas bastante obvias, como la influencia de la sensación de inseguridad, la crisis económica, la inflación, cuestiones que hacen que las preocupaciones cotidianas no sean aquellas más abstractas de una Constitución, sino de algo más inmediato, de asegurar condiciones de reproducción social aquí y ahora, de llegar a fin de mes. Pero ese es el contexto, cosa que no explica una voltereta electoral a ese nivel, que fue muy, muy grande. Para mí esto guarda más relación con la crisis del Estado oligárquico de los años '20 o '30, antes que con el golpe o la dictadura. Desde que fue electo Alessandri el año '20 hasta que hubo otro orden establecido, podría ser con el inicio del Frente Popular, pero para esto pasaron 18 años, en los cuales sucedió de todo, una dictadura, Ibañez, el levantamiento de la Escuadra, la República Socialista. Es una época de inestabilidad bien radical y con un cambio político también muy fuerte de lado a lado. Creo que, con las diferencias del caso, estamos viviendo algo similar, una crisis esperando que se establezca otro orden, otro orden que se consolide como tal. No sé por supuesto cuál va a ser ese orden. No tengo idea. Pero estamos viviendo esta época de volteretas políticas, puede que nos queden unos años más de esto. ¿Qué orienta a las izquierdas en este momento? Creo que para las izquierdas que existen realmente, su gran problema no es necesariamente conectar con un sentimiento de clase media sea como sea que la definamos, sino su casi nulo arraigo a sectores populares, fuera de la capital, sobre todo, aunque en las capitales también. Si uno ve la distribución regional del último plebiscito, Santiago más o menos que se salva, pero fuera de la RM es un desastre mayor, mayúsculo, incluso en regiones que tenían una tradición electoral de izquierda, el norte o Magallanes. Mi impresión es que hay un problema de corte ideológico, doctrinario-social en quienes componen esta izquierda, que vienen de sectores más acomodados, de clase media urbana ilustrada profesional, con un discurso muy paternalista en muchos casos: o sea la gente votó lo que votó porque es tonta, porque la engañaron. Ningún atisbo de una explicación un poco más compleja del fenómeno y esto es un problema de corte ideológico cognitivo. No hay discusiones ideológicas hoy día en la izquierda. No hay lugares donde se dé esa discusión, revistas o qué se yo. Antes de hablarles a las clases medias, sea como sea que la entendamos, hay una urgencia de otro orden, pero creo que va a llevar mucho tiempo antes de que exista esa conciencia y en que se armen esas condiciones. ¿Por qué hiciste un paralelo entre el plebiscito de salida de la dictadura y las últimas elecciones presidenciales? Hay una cuestión de casualidad, que los porcentajes de voto hayan sido casi exactamente los mismos, aunque más en serio hay una cuestión de revitalización de la memoria, sobre todo de aquella memoria contrarrevolucionaria, por supuesto que también Gabriel Boric hizo una especie de reivindicación y apelación a la UP y a Allende, simbólica, se ha exagerado mucho ese vínculo. Pero desde el otro lado, sobre todo en la candidatura de Kast está esa memoria. Hay en ese sector político una reivindicación de la creencia contrarrevolucionaria en general, a partir de la dictadura, pero que incluye su propia experiencia contrarrevolucionaria de la UP. Es esa memoria como me explico la reacción virulenta ante cualquier tipo de cosas que les recuerde o que pueda conectar con esa experiencia por mucho que hoy día vivamos un contexto muy distinto. Estás hablando de la memoria ahora. Es que eso nos muestra cómo funciona la memoria. La memoria no es una cuestión lineal, no es simplemente una acumulación de recuerdos, la memoria opera o está mediada por la experiencia que sucede entre lo que se recuerda y el momento en que se recuerda, y por eso comienza a cambiar. No es precisamente algo que se mantenga de manera estable, y en periodos de crisis como lo que hablábamos antes, ahí se abren las ventanitas para la reformulación de memoria agilizada, que antes no podían ser vocalizadas en las esferas públicas, la defensa abierta de la dictadura, por ejemplo. Hoy día se puede hacer desde el congreso, o desde el consejo constitucional. El paralelismo está más allá de los números electorales, tiene que ver con la reformulación de una memoria contrarrevolucionaria. Un revival de esa memoria que tiene arrastre efectivamente, no solo de la gente que vivió esa experiencia contrarrevolucionaria, sino incluso en generaciones más jóvenes. Tú investigaste anticomunismo en Chile. Es un fenómeno enorme y por supuesto que no es solamente de Chile sino del mundo. Durante el siglo XX al mismo tiempo que se expandían proyectos revolucionarios como la URSS, hubo una enorme expansión de posturas políticas anticomunistas y antimarxistas que llegaron a transformarse en el elemento central de las identidades políticas de diferentes tipos de movimientos. Es algo mundial, latinoamericano y chileno, que se conecta además porque a veces hay una circulación de imaginarios anticomunistas entre diferentes lugares. Pero en Chile fue particularmente potente. En ese libro que haces alusión, postulo que se transforma en un elemento estructural de la política chilena, porque a diferencia de otros países de América latina, al menos con excepción del caso cubano, existió desde muy temprano del siglo XX una izquierda marxista bastante fuerte, visible y con arraigo social. A inicios del XX. Sí, porque en Chile cuando se entablaban este tipo de campañas no era contra un enemigo imaginario que algún día podría llegar, sino contra personas que iban a marchar a la calle con banderas rojas con hoz y un martillo, eran visibles. Creo que eso alimentó mucho más la identidad anticomunista en el país, que fue transversal y que obviamente anidó mucho más en las derechas políticas, pero no solamente ahí sino incluso en ciertos momentos y en ciertas coyunturas, llegó hasta el partido socialista. Una fracción del partido socialista apoya la ley de defensa permanente de la democracia en 1948. Entonces hay un anticomunismo bastante transversal, pero que por supuesto anida y que es mucho más potente en las diferentes derechas políticas. ¿Y en la dictadura? La dictadura es el momento de mayor difusión insistente del anticomunismo en la historia de Chile. En el momento en que se transforma en una ideología oficial, y sobre todo al principio de la dictadura cuando era el fundamento de la legitimidad del régimen. De ahí que haya sido el lenguaje que se reprodujo por el discurso oficial del Estado, desde los medios de comunicación hacia adentro en Chile, y era la forma de defenderse de este increíble aislamiento internacional de prácticamente todo el mundo contra Chile. Era la forma de la dictadura de protegerse de eso, de decir que el pueblo estaba engañado por el marxismo y por las campañas de la URSS. En este periodo el anticomunismo se transforma ahí en una ideología oficial de Estado, que se alimenta de una serie de imágenes, de conceptos y de ideas que circulaban con anterioridad. El libro que mencionas eso sí, se centra en el 64, en la campaña presidencial del 64 entre Allende y Eduardo Frei, donde también hay una instalación de una campaña de propaganda anticomunista enorme, con ayuda de la CIA, de EE. UU., pero con mucho arraigo local también, que prefiguran un poco los lenguajes anticomunistas que se van a utilizar en la UP y a consolidar en la dictadura. Respecto de esta conmemoración de los 50 años del Golpe de Estado ¿qué podemos esperar? Siempre los aniversarios redondos son momentos de conflicto y disputa y de revitalización de estás luchas por la memoria. Por supuesto, que no se trata de la memoria contra el olvido, se trata de distintos tipos de memoria, diferentes maneras de recordar, eso es lo que está siempre en disputa. Observo que el gobierno está en una posición de debilidad política, y de debilidad ideológica como antes hablábamos. No hay un proyecto claramente potente, que no sea simplemente una renovación de las elites por parte del Frente Amplio. No veo hasta ahora mucho más que eso, y de ahí que la propuesta gubernamental sea también bastante ambigua al respecto. Hay elementos que son rescatables: la confirmación de los Derechos Humanos como el límite político y moral que no debe ser atravesado, pero no hay una elaboración de un discurso histórico sobre la experiencia chilena, y por esa misma debilidad creo que sectores conservadores, unos más razonables que otros tienen la batuta acá. ¿A qué te refieres? Creo que hay una disputa. No es que sea algo organizado ni mucho menos, pero hay una disputa que están ganando los sectores conservadores, para centrar los esfuerzos de rememoración social en la UP y no en la dictadura. Muchos esfuerzos para incidir en la esfera pública, es cosa de leer El Mercurio, el libro de Mansuy es otro ejemplo que ha hecho mucho revuelo. Por cierto, que ese libro no es un simple panfleto, por mucho que yo tenga diferencias, está bien hecho. No es igual a otro tipo de intervenciones que son panfletarias. Sin embargo, el esfuerzo en hacer una disección de las creencias revolucionarias de la UP, con más o menos nivel de sofisticación, buscan igualmente demoler lo que va quedando si es que queda algo del ideal revolucionario, de lo poquito que va quedando. Así como también no justificar, pero al menos poner en contexto a la dictadura, para bajarle responsabilidades, ahí hay una intención subyacente que a veces se muestra de manera más explícita y a veces de manera más sofisticada. Te refieres a Salvador Allende: la izquierda chilena y la Unidad Popular de Mansuy. Sí, es que en esto obviamente el libro, que me lo estoy leyendo ahora, es algo propio de las formas conservadoras de lidiar con estos años, que es negarle la originalidad al proyecto de la UP y de Salvador Allende. Es como decir: esto iba a ser socialismo real si o si, por mucho que dijeron que no, que la real intención era la Unión Soviética en Chile, y eso es una línea interpretativa muy vieja, y que incluso tiene en sus orígenes los esfuerzos de legitimización del golpe el mismo día. Pero bueno, en síntesis creo que a partir de la debilidad política ideológica del gobierno no va a poder manejar mucho la agenda en ese sentido, en la forma en cómo rememoramos un evento fundacional de nuestro presente, y que la derecha en su amplia excepción, sus intelectuales, sus medios de comunicación, con diferencias entre ellos sin duda, de niveles de sofisticación, etc., tienen el sartén por el mango y que por todo esto su intención está más bien en centrar en la UP el debate antes que en la dictadura.

  • 50 años del Golpe - Tejas Verdes y las palabras que no alcanzan

    Leo en la prensa que el 15 de febrero murió en Alemania, donde residía, el escritor chileno Hernán Valdés, a los 89 años. Se me agolpan recuerdos, aunque nunca lo conocí. Lo que se pone en marcha es el hermoso tejido de los libros y de las lecturas, y también la triste hermandad de haber compartido un tiempo oscuro. 49 años exactos antes del día de su muerte, el 15 de febrero de 1974, esto es lo que vivía Valdés: “De cuando en cuando disparan contra las cabañas o muy próximamente. A nosotros nos da la impresión de que las balas estallan a muy pocos centímetros de las tablas. ¿Es cuando advierten que estamos espiando por las ranuras? ¿Es solo para mantenernos amedrentados? ¿O es realmente para producir una baja de vez en cuando?”. “Si logramos salir de aquí alguna vez, ¿qué seremos? En el mejor caso, individuos aislados, ocupándonos oscuramente de mantener nuestras vidas. Melancólicos de lo que no supimos hacer con la historia”. Tenía 39 años, había apoyado a la UP sin ser militante de ningún partido, había trabajado hasta hace pocos meses en el Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN) de la Universidad Católica –que fue cerrado tras el Golpe–, había escrito algunos libros, llevaba dos matrimonios y acababa de terminar una convivencia con una joven extranjera. El deshilachamiento de esa historia de amor se le antojaba entrelazado o incluso tal vez provocado por el desmoronamiento del castillo de naipes que fue ese veranito de San Juan de la vía chilena al socialismo. Aquel 15 de febrero Hernán Valdés estaba prisionero en un campo de concentración cuyo nombre desconocía, por razones que desconocía y junto a otros hombres que le eran unos perfectos desconocidos Se preguntaba si su expareja y sus amigos estarían movilizándose para encontrarlo, si los militares habrían hallado en su departamento del centro de Santiago unos artículos que había escrito sobre la situación política del país y temía por un posible interrogatorio con tortura que quizás vendría, y que días después padeció. Sobre todo, expresaba su enorme desesperación de llevar días sin dormir ni cagar pese a intentar con todas sus fuerzas en los escasos minutos en que les era permitido acudir a unas letrinas asquerosas. “No consigo expulsar más que unos vientos”. Valdés escribió Tejas Verdes, diario de un campo de concentración en Chile, no más ser soltado de ese lugar infernal, en el que estuvo recluido poco más de un mes. Ayudado por la embajada de Suecia en el camino al exilio, aterrizó en Barcelona, donde escribió su testimonio, el primero en publicarse en aquellos años acerca de la brutalidad con que la bota militar chilena estaba arrasando con todos a quienes consideraba sus enemigos. Valdés relató la vejación permanente, los comportamientos e historias de sus compañeros de presidio y, también, de un modo preciso y escalofriante, las sesiones de tortura a las que fue sometido. Habló de cómo su psiquis y su cuerpo, destrozados, procesaron el descenso a ese inframundo de deshumanización, y con su narración denunció lo que estaba pasando en los centros clandestinos de detención en nuestro país. Porque se ocultaba. Pocos sabían lo que hoy todos conocemos. Se susurraba que tal vez esos horrores ocurrían; circulaban las historias como un rumor, la confirmación de un temor. A veces queríamos creerlas una exageración. Eran murmullos entre quienes habían apoyado la UP o conocían a alguien, pero todo esto que ahora ocupa muros de museos y sobre lo que tanto se ha escrito era una realidad absolutamente ignorada por la gran mayoría de los chilenos que en ese verano de 1974 se bronceaban a muy pocos kilómetros del Regimiento Tejas Verdes, en Santo Domingo o en Llolleo, quizás apurando unos pisco sour antes del toque de queda. Valdés escribió cuando todos callaban y tuvo la impresionante valentía de recordar. Él mismo lo contó así años después: “Me sometí a revivir la experiencia pasada, hora por hora, día por día, con horror y al mismo tiempo con placer; el placer de decidir yo mismo el momento de mi liberación del horror y entonces bajar a tomar un buen café en Las Ramblas”. Editar el libro en la España todavía franquista no fue fácil. Pero la dificultad se sorteó y ese mismo año 1974 llegó a las librerías publicado por Ariel. Poco tiempo después un ejemplar de ese libro que decía una verdad que no escondía nada, ese libro que obligaba a mirar lo in-mirable apareció en el escritorio de mi padre en Bogotá, donde habíamos llegado en el mismo mes en que Valdés estaba preso, intentando tomar distancia de lo que pronto supimos sería feroz. Yo tenía 12 años cuando leí Tejas Verdes. Fue esta la narración que me impidió para siempre cualquier intento de acomodo o negación frente a hechos terribles que escuchaba intercambiar a los adultos en voz muy baja, cuidando de que yo no fuese a quedar choqueada, contaminada, dañada por imágenes demasiado espantosas, difíciles de asimilar como parte del repertorio del comportamiento humano para una joven aún en formación. Esto leí entonces en Tejas Verdes: “Me tiemblan las mandíbulas. No sé qué decir, no se me ocurre qué inventar. Volteo la cabeza de un lado a otro, la boca abierta. No me sale nada, entonces me introducen algo bajo la lengua y una mano me cubre la boca. La descarga estalla simultáneamente en la lengua y el sexo. Me desgarro los hombros al tratar de contraerme. No pierdo la conciencia. El dolor corresponde por una parte a una mutilación. Es como si arrancaran el sexo de raíz, como una dentellada que me deja abierto y arriba, en la boca, como una explosión que volara toda la carne, que dejara los huesos de la cara y del cuello al desnudo, los nervios petrificados, en el vacío. Es más que eso, no hay memoria del dolor”. Releo este párrafo ahora, en 2023. Ahora, cuando Hernán Valdés está muerto, yo no tengo 12 sino 60, y este año se conmemoran los 50 años del Golpe. Lo leo después de haber pasado una vida escribiendo y editando y pienso que el escritor que fue Valdés no pudo, no dio, no encontró palabras, no logró expresar, pese a lo nítido de su relato, cómo es el dolor de recibir descargas eléctricas en el cuerpo mientras se es humillado, insultado, minimizado, aniquilado. Renuncia el escritor a poder nombrar aquello. Se da cuenta de que no se puede. De que no alcanza. Tal como a Valdés no le alcanzaron las palabras para describir el dolor, no han alcanzado, en estos 50 años los textos, los testimonios, los relatos para transmitirles a todos los chilenos, a todos, sin excepción, el espanto de esos hechos. Sigue existiendo gente que los niega. Siguen personas minimizando –fue un momento, fueron solo algunos, fueron pocos– y continúa gente indignándose cuando se comparan estos hechos con los campos de exterminio nazis, como si no hubiese un evidente hilo común. Todavía cuesta decir, mirar, asumir. No son suficientes los textos, los discursos, las películas, los documentales, los tomos voluminosos del informe Rettig, los de la Comisión Valech, el enorme edificio para el “Nunca más” que alberga al Museo de la Memoria. Sigue sin alcanzar el relato. Sigue sin llegar. No alcanza a penetrar en todas las conciencias. No alcanza para avergonzarnos, para preguntarnos cómo pudimos salir de todo esto, así como dejando atrás un momento amargo y nada más. No alcanza para que entendamos hasta qué punto las esquirlas de esa bomba que estalló el 11 de septiembre de 1973 se han incrustado en nuestras vidas y siguen ahí, informando algo, diciendo algo que las palabras parecen no bastar para asir, nombrar, calificar, ni menos para sanar. Cuando leí en la prensa acerca de la muerte de Valdés sentí una necesidad imperiosa de releer Tejas Verdes. Puse en Google el nombre del libro pues sabía que había sido reeditado por LOM. Confirmé: en 1996. Pero descubrí que hay una reedición más reciente, de Taurus, en 2017. Miré en la Librería del Gam, en Buscalibre, en Lolita, en Antártica. Agotado. Lo encontré en Mercado Libre y llegó en tres días. Hace un año leí sobrecogida el libro La búsqueda, de Cristóbal Jimeno y Daniela Mohor, acerca de la desaparición del padre de Cristóbal, Claudio Jimeno, uno de los desaparecidos que fueron sacados la misma mañana del 11 de septiembre desde la Moneda. Se sabría muchos años después que fueron fusilados en Peldehue tras sufrir torturas monstruosas. Lo que me conmovió especialmente de La Búsqueda fue que se tratase de un libro que habla de aquel dolor pero que está escrito desde el hoy. Se editó en 2021. Es cuidadosa y respetuosa la forma en que Cristóbal intenta explicarles a los que piensan distinto y a quienes aún no habían nacido o eran muy jóvenes, de qué manera su padre entendía el proyecto de la UP, por qué adhería él, la naturaleza del idealismo y de la búsqueda de justicia que lo motivaban. También me pareció generoso que nos permitiese seguir el rastro de la herida en una familia que hace todo lo posible por sanar, pero que finalmente llega a comprender que siempre estará ese vacío, y que el Estado tiene con ellos y con tantos una enorme deuda de justicia, verdad y reparación. Sobre todo, en ese libro es impresionante constatar cómo los mecanismos de la impunidad, el silencio y el ocultamiento continuaron operando en democracia y siguen activos actualmente. Cómo hubo quienes intentaron lucrar con la esperanza de la familia que buscaba y jueces que, ya entrado el siglo XXI, plantearon que antes de hacer nuevas diligencias sería bueno despejar si Claudio Jimeno “no estaría en Argentina”. Tejas Verdes es el opuesto a La búsqueda. No hay perspectiva ni recorrido en él. Es un libro escrito en el momento. Lo que se lee en sus páginas es el relato de la experiencia en el Campo de Concentración dos años antes de que se acuñase la expresión “detenido-desaparecido”, que solo empezó a usarse en 1976. Así lo aprendí en un reportaje que hicimos en Revista Paula en 2003, para los 30 años del Golpe. Ahí Héctor Contreras, abogado de la Vicaría de la Solidaridad, contó que hasta ese año se seguía buscando a prisioneros vivos. Eran hordas de hombres y mujeres desesperados las que entonces hacían filas en las afueras de los estadios y de los regimientos, preguntando por los suyos. Entre ellos mi suegra, que tuvo la fortuna de ver liberado y vivo a su hijo mayor, mi cuñado. Pero fueron miles los que tuvieron que hacerse la idea imposible, injusta, imbancable, de que los suyos no volverían. Entre ellos dos primos de mi marido. A mí esta conmemoración de los 50 años me tiene inquieta. No me gusta cómo se enfrenta y cómo se mira. Los que ya sabemos hace rato, los que leímos Tejas Verdes, los que leímos La búsqueda, nosotros a quienes estas historias nos han cruzado, nos atrincheramos en afirmarlas una y otra vez, pero nuestra voz no alcanza, como no le alcanzaron a Valdés los adjetivos para describir la tortura, para llegar a los que aún prefieren hacer como que todo esto no pasó. A mí no me interesa que en estos 50 años volvamos a instalar entre los que ya entendimos, una y otra vez, lo que ya entendimos. Discursos, declaraciones, poemas. A mí me importa que el Estado pueda asumir las cuentas pendientes de verdad, justicia y reparación y que el resto de los chilenos podamos hablar. Quiero saber qué piensan los que niegan esto, qué les pasa cuando escuchan relatos como el de Valdés o el de Gimeno. Valdés cuenta que los soldados que lo pateaban y torturaban estaban convencidos de que todos los simpatizantes de la UP conformarían un ejército que tenía planeado aniquilarlos. Se ensañaban porque creían que habían estado a punto de ser ellos las víctimas. Recuerdo una noticia falsa muy instalada en esos días post Golpe: en todas partes se encontraban “listas” de personas a quienes los partidarios de la UP supuestamente matarían. Mis amigas, casi niñas aún, decían, orgullosas, justificándolo todo: “Mi papá estaba en una lista de Endesa”, “Mi papá estaba en una lista de Codelco”. A mí me interesaría tanto que pudiéramos dialogar. Quiero entender por qué niegan quienes niegan. Por qué siguen negando. También decirles a los más jóvenes que no era tan fácil ir a principios de los 90 a por los cambios que hoy se cobran como resultado de una desidia tras venir recién saliendo de aquellos horrores todavía latentes. Uno ya ha vivido y tiene una caterva de memorias. Esta, por ejemplo: es 1985 y en la revista APSI, donde entonces trabajaba, ideamos unos foros con público en los que se escenificaba el desaparecido programa de discusión política de TV “A esta hora se improvisa”. Estaban allí su mítico conductor, Jaime Celedón, y un público expectante sentado en unas graderías en semicírculo. El invitado principal era el general de la FACH Gustavo Leigh, miembro de la primera Junta de Gobierno. Se las daba por entonces Leigh de opositor, trataba de situarse como quien anticipó el ansia de poder de su socio Pinochet, intentaba lavarse las manos de los horrores cometidos. Estaba el hombre dictando cátedra, muy seguro de sí, cuando se escuchó una voz firme entre el público. “Estás mintiendo, Gustavo”. Era una mujer. Quien lo enfrentaba era Moy de Tohá, la viuda del asesinado ministro del Interior de Allende, José Tohá. Se paró de su asiento, le retrucó los argumentos. Él contestó. Se produjo un diálogo que paró los pelos. Todos escuchando. Ese tipo de interpelación directa, cuando víctimas y victimarios se miran a los ojos y dicen sus verdades; cuando convencidos y escépticos desmadejan sus argumentos, es escasa hoy. No ocurre en ninguna parte. O atacamos o nos escondemos. O lanzamos la piedra y luego nos refugiamos entre los que pensamos igual. ¿Por qué no podemos conversar entre quienes pensamos distinto? La herida, los miedos, la rabia, el dolor nos atraviesan a todos. En Colombia, donde la violencia ha sido asunto cotidiano por más de 60 años y los desaparecidos se cuentan por cientos de miles, han logrado hacerlo durante el proceso de Paz. Leer ese informe y ver los videos es ejemplificador. Cuenta Alfredo Zamudio, director de la misión en Chile del Centro Nansen para la Paz y el Diálogo, acerca de un encuentro, en el marco de ese proceso, en el cual el ex militar profesional Álex José Mercado Sierra le confiesa a Laura Piña, hoy de 29 años, que él fue quien mató a su padre. Y que ese día, antes de asesinarlo, el padre había salido a comprarle a ella una torta de cumpleaños. Dijo el militar que le relataba estos detalles a la mujer que hoy tenía delante, una adolescente entonces, porque ella durante más de una década se había sentido culpable de que por su causa -que el padre saliera a buscar alguna manera de celebrarle a ella los 15 - hubiese sido entregado a los militares. Eso. Mirarnos. Reconocernos. Incluir en ese diálogo a los que no creen, a los que jamás quisieron leer estas narraciones, a los que se niegan a ver. Incorporarlos. Entender sus razones. No soy nadie para decir cómo hay que hacer las cosas, pero ese eslabón me falta. Me parece fundamental. Que logremos al fin que los relatos alcancen. Milena Vodanovic - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Chile desde fuera: ven y mira

    En 2011 comencé un trabajo de recopilación de registros audiovisuales realizados por equipos de cine y televisión extranjera sobre la Unidad Popular, su contexto, y la posterior dictadura. Así nació el proyecto “Chile desde fuera” en el que se recolectan, en su idioma original, decenas de documentales de realizadores alemanes, franceses, suizos, muchos de ellos en color. Estos registros foráneos permiten conocer y evaluar, con testimonios directos, lo que fue ese proceso histórico. Sitio completo: > Chile desde fuera [Vimeo] Especial 50 años del Golpe: · Capítulo 1: La victoria de Allende y sus antecedentes · Capítulo 2: Capítulo 2. La Unidad Popular y su crisis · Capítulo 3. Dictadura: auge y caída · Capítulo 4. Viaje íntimo a la Junta

  • Balmaceda en 1973. Golpe, desmemorias y actualidad

    Placilla fue el epitafio del significante «guerra civil» y la consagración infranqueable de la oligarquía mercantil. Una partera de la verdad. Escenario ensangrentado donde capituló el principio de autoridad del Balmacedismo (1886-1891)[1] con su oscilación entre modernismo (estéticas plebeyas y artes cultas) y el «sublime industrial» (obras públicas y artefactos modernos). El horno de cadáveres fue un «golpe de memorias» que inscribió ante el «futuro abstracto» un semáforo de la historia. Un recado y un aviso en medio del descampado nocturno que dictaminó la ‘prevalente feudal’. Un parpadeo de imágenes intemporales de los cuerpos usurpados, intempestivas e indómitas, llenas de rubor. Los “fragmentos [de memoria] sin pertenencia, desconciliados, que vagan en las orillas de las recomposiciones lineales del pasado” (Richard, 2002). Y ello es así porque la práctica intelectual comprende memoria crítica (residuos) y crítica de la memoria (testimonios patrimoniales). En los campos del desbande (1891) quedó encarnada una espectralidad con distintas potencias e intensidades que cada tanto implican el retorno de lo reprimido. Pulsión o huella que centellea -silencio zumbante- con las multitudes de la cuestión social, sea en 1920 o 1973. Abismosidad del Portalianismo que estampó la forma palo y bizcochuelo para que la bastardía terrateniente nunca termine de abrigarnos. Don Diego en sus Cartas a Cea, nos decía que La Constitución es, ante todo, «una señora» que hay que «violar» cuando las circunstancias son extremas. Y es que, esa señora, que debe ser violada si las circunstancias lo ameritan es en realidad una parvulita por su propia inutilidad. La violación es una figura necesaria, remedial, tal cual como lo puede ser un golpe de Estado (y las operaciones de borradura). Hasta la procacidad imputada en las revueltas de octubre (2019). Un Daemon que nuestro mainstream desde la prisa nombró como una turba de “Raskólnikovs” y anomia (delictual). Nadie apeló a la acumulación de capital como golpe de desigualdad. La muchedumbre va a llegar -dirá Canetti- sin la “fobia del contacto” abriendo la escena epidemiológica del Centenario. Pero ella no goza de una filosofía trascendental. Es un vector, el pliegue de una potencia, que de vez en cuando relampaguea contra el diccionario (RAE) de las instituciones y las tecnologías de memoria. La aristocracia feudataria, ávida de monopolio estatal en los grises de 1891, no logró atesorar un relato contra los desbandes de la modernidad retratados en la destrucción del mundo. Porque como parafraseaba Marshall Berman, “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Muy por el contrario, se alzó en una epopeya invasora que ofrecía cañonazos y que, aún gobierna los cuerpos desde las tecnologías del temor. Ayer, mañana, siempre igual. La necropolítica de las batallas se explicaría porque los Bárbaros son inútiles ante todo proceso de modernización y, quizá sí, debían morir en Placilla, Concón o Santa María de Iquique. Tal es nuestro Auschwitz”[2]. Placilla fue un momento zigzagueante y, en sus devenires, desnudó una profecía feudalesca -vulgar y autocumplida- que el régimen parlamentario debió gestionar en los años 20’. En medio de la contienda los halcones de John North (Hawker Hunter) abjuraron de implementar reformas de inclusión para peones, proletas y muchedumbres en nombre del oro blanco. Y así, la dominante hacendal se restó a anudar «modernización y subjetividad popular» consagrando un capitalismo del despojo (epistemicidio) que explica la vigencia de nuestro «capitalismo jungla» - otrocidio-. La paradoja fue mordaz, porque ni el más intenso anhelo balmacedista -redistribución de las riquezas- buscaba transgredir la hegemonía elitario-estatal, sino pluralizar las formas colectivas del progreso y anticipar la rueda incierta del siglo XX. En su condición de estadista, el programa reformista cultivaba la libertad civil, religiosa y política. La tarea del momento era ilustrar al pueblo. Balmaceda imputaba a las «oligarquías mercantiles» -patrimoniales y patronales- por su desprecio hacia el juego democrático. Luego sus goces por el inquilinaje arrumbado en cerros de húmeros para buitres, y una aversión por la «lira popular». De allí la necesidad de implementar -como hombre de su tiempo- un campo de reformas nacionalistas que excedían la prevalente hacendal que posteriormente sucumbió al estallido de las multitudes de la segunda década del XX. Contra lo último, abjurar de las reformas y despreciar el teatro democrático, trazó las huellas de la cuestión social y forjó la sala de parto de las izquierdas con su acervo de memorias persistentes, tenues y dislocadas. La solución liberal (nacional-reformista-letrada) a la «guerra civil», ofrecía sedimentos y una fractura consensuada que abrazaba un rumbo intensamente más prometedor para levantar elites industriosas. Este fue un tiempo puerco donde la «hegemonía mercantil», se diluyó en la pérdida de toda ética empresarial y, una ceguera des-nacionalizante. Al punto de una dirigencia extraviada que, frente a una crisis epocal, optó por combatir contra sí misma, develando su incapacidad para contrarrestar la modernización. La arremetida cortoplacista de Jorge Montt (1891-1896), escoltado por el general Estalisnao del Canto, y los congresistas no permitió establecer convivencia alguna con el frenesí de la modernidad. De allí en más, se impondrá el «partido portaliano» (Karmy Bolton[3]), a saber, una facticidad oligarquizante que jamás podrá interactuar -o religar- el proyecto moderno y la imaginación popular[4], so pena del Estado de derechos (vieja república, 1938-1970). La Hacienda del 91, atrincherada, rompió todo pacto social con la «Justicia distributiva» y la producción de sentido desde el binarismo Civilización o Barbarie. No solo nombramos la tragedia de Balmaceda con mesocracias y mundo popular, sino la hegemonía colonial que perpetró el «desarrollo del subdesarrollo». De un lado, el suicidio en la legación argentina y, de otro, el desfonde irreversible entre hacienda, modernización y campo popular. Balmaceda, situado en su tiempo, representa el desgarro entre hegemonías hacendales del XIX y la potencia de iniciar un ciclo de emancipaciones burguesas. Su posición oscila entre un modernismo canónico-ilustrado y una modernización popular -inconclusa- que explotó en 1920. Citas secretas entre temporalidades disruptivas. A las retículas balmacedistas, advendrán las intensidades allendistas. ¿Y hasta qué punto los Balmadecismos agenciaron condiciones de posibilidad para los Allendismos? En su forma menos matizada, ¿Hay Salvador sin José Manuel? Y cómo el líder de la UP logró articular esos dos mundos -parlamentarismo y emancipación- en una «socialdemocracia maximalista». Polo institucional de 1938, expansión de capas medias, y las multitudes del cambio en los años 70’. Bajo estos gravámenes de memoria y sentido -décadas más tardes- el socialismo chileno se empeñará en “des-fetichizar la piochas del bronce republicano” y promoverá una concepción de Estado que emplazó las modernizaciones pastorales. En la parte final del testamento escrito en la embajada argentina, Balmaceda escribe “Cuando ustedes y los amigos me recuerden, crean que mi espíritu, con todos sus más delicados afectos, estará en medio de Ustedes”. Transcurridos casi ocho decenios, Allende sostiene con resignación, sosiego e infinita teología, “Seguramente radio Magallanes será acallada y el metal sereno de mi voz no llegará hasta Ustedes. No importa, me seguirán oyendo. Siempre estaré junto a Ustedes”. Placilla fue una hendedura que comenzó a hablar 30 años más tarde, luego fue un espectro para imaginarios de derechos y pancartas de la reforma que asedió -flujos indómitos- el colonialismo ancestral. Una alteridad respecto a las tecnologías de la memoria. Con todo, la hiedra hacendal nos legó una herida que no cesa de sangrar. Seguimos rehenes de los acuerdos juristocráticos (1833 y 1980). En suma, el recuerdo del horror no perderá su verdor de negatividad refractante, en medio de tanto monopolio mediático ávido de verdad bruta. Por eso conviene subrayar el hilo en voz entre agosto de 1891 y septiembre de 1973. Mauro Salazar J. y Carlos del Valle R. - [1] Podemos parafrasear al Intelectual de Tréveris. “Un fantasma recorre Chile: el fantasma del Balmacedismo. Todas las fuerzas de la oligarquía, en feroz jauría, se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: Walker, Montt, Mac-Iver, Aldunate, Larraín, Norton, Korner y Valentín Letelier forman parte del alzamiento”. [2] La guerra supone escenas tremendistas en sí misma, como aquella en que se cuenta que tanto Alcérrea como Barbosa les cortaron los testículos y el miembro para ponérselos en la boca. ¿Cómo representar una escena así? ¿Cómo se da cuenta de ese horror? Probablemente, la única manera sea mediante estas formas excesivas que deforman la realidad como intentando llegar al fondo La guerra supone escenas tremendistas en sí misma, como aquella en que se cuenta que tanto Alcérrea como Barbosa les cortaron los testículos y el miembro para ponérselos en la boca. ¿Cómo representar una escena así? ¿Cómo se da cuenta de ese horror? Probablemente, la única manera sea mediante estas formas excesivas que deforman la realidad como intentando llegar al fondo del pánico y de lo brutal, aunque en estricto rigor ello sea irreproducible. Constanza Ternicier, 2017. Imágenes de lo monstruoso. La batalla de Placilla de Marcelo Mellado y la lira popular. [3] El Fantasma Portaliano. Ediciones Universidad de La Frontera. Prólogo de Diamela Eltit (2022). [4] Respecto a este interregno Francois-Xavier Guerra (1991). “Nosotros somos el pueblo. Reflexiones sobre la modernidad y la democracia”. Revista Mapocho 29. Santiago. P. 56-66.

  • Infancia/dictadura: maldiciones y amuletos para gente sin pasado

    Tener un pasado es una frase que evoca muchas imágenes; de alguna forma, da cuenta de un recorrido, del cual se puede ser dueño, se puede decidir ocultar o reivindicar. “Tener un pasado” organiza de una determinada forma la relación entre memoria, pertenencia e identidad. Tener un pasado es algo que, en la mayoría de las ocasiones, se utiliza para dimensionar el tiempo que ha transcurrido desde la infancia, es decir, para enfatizar cuán lejos se está de ella. Los niños no tienen pasado; por ello prácticamente no deberían tener memoria. “Se les va a olvidar”, dice el adulto. El pasado de los niños es una situación que se construye a posteriori, y por lo tanto, siempre es víctima de la interpretación tardía de los hechos, de las interferencias y correcciones de los demás, aquellos que dicen “eso no pasó así” o los que agregan información: “Lo que tú no sabes es que en ese año...”. Para los niños –aunque también es así para las adultos–, muchas veces tener un pasado es haber llegado a un cierto consenso con los demás acerca de lo que sucedió en un determinado momento. Nadie es verdaderamente dueño de su pasado, ya que su escritura es anónima o nos pertenece a todos. Sin embargo, siempre hay un resto en la niñez que se resiste a la política de los consensos y guarda para si un saber que no requiere de su paso por el campo del otro. Es porque sí no más. Comencé a escribir sobre esto hace muchos años, en medio de una batalla dolorosa y despiadada, en un escenario lleno de nostalgia, canciones melancólicas y melodías que me enseñaron algunas lecciones sobre la derrota, la valentía y el futuro. Inicié esta escritura en medio de una derrota que duró 17 años, que empezó antes de que yo naciera y que se llamó dictadura militar en Chile. Sin embargo, no fue hasta hoy que decidí comenzar realmente a escribir. El recuerdo de mi hermana pequeña junto a mí en un columpio en una plaza de un barrio pobre, con tierra y desgastados juegos infantiles, ella y yo cantando secretamente la Cantata de Santa María, una de las historias más tristes y crueles de nuestro país, donde 3600 trabajadores fueron asesinados por el Ejército, por orden de los dueños de las salitreras, sin el más mínimo remordimiento. “Un niño juega en la escuela Santa María. Si juega a buscar tesoros ¿qué encontraría?”. Nunca busqué tesoros. Creo que de una manera muy dura entendí temprano que debajo de los adoquines no solo no había arena de playa, sino que era posible encontrarse con esos hijos de la pampa, una imagen que con el tiempo llegó a simbolizar la brutalidad y la inclemencia del enemigo. Y si buscara tesoros, ¿qué encontraría? El texto de Luis Advis en mi cabeza resonando como un presagio que, dolorosamente, se ha cumplido cada vez que enfrento la situación de escarbar o cuando los movimientos tectónicos que en dos o tres ocasiones han permitido que la tierra se abra y salga algo del magma doloroso que está bajo el suelo, moldearon en mí una forma particular de investigar y de hacer psicoanálisis, una forma que contiene y acoge aquello de lo que no se puede hablar –o que se puede hablar pero aun así no sana–, en la cual la palabra no es la única e indiscutible forma de sanar, menos aún la palabra confesional, aquella a través de la cual se obliga a decir todo, todo lo que “verdaderamente” sucedió. Bajo la promesa de sanación, se impone a la víctima la obligación de relatar con detalles, de volver imaginaria una escena y de hacer catarsis una y otra vez para sanarse, finalmente. ¿Qué pasaría si enfrentáramos de una vez por todas que esa idea de cura fracasó? Que el primero en desecharla fue el propio Freud: ya antes de 1900 se había rendido frente a la evidencia de que nunca llegaría al ombligo del sueño. Freud renunció a esa noción en que la razón, a través de la palabra, sabrá darle un lugar a lo sucedido y, que como una suerte de piedra expuesta al roce, el núcleo duro del trauma, se desgastará para quedar reducido a una fina arena que el viento se llevará. Solo así pudo ser fiel a su propio acontecimiento: el inconsciente. Sin embargo, esta idea de la elaboración persiste en casi todas las prácticas de memoria contemporáneas: los memoriales, los testimonios, las líneas curatoriales de los museos y sitios de memoria, se sostienen en gran medida en la idea de que la cura se encuentra en el decirlo o mostrarlo todo. A esta complejidad hay que añadir el trasfondo ético y político en el que de alguna forma se sostiene una lucha soterrada y silenciosa por lo que cada quien considera como la verdadera historia. No la verídica, sino la verdadera, esa que se construye con la primera persona, víctimas directas y casi siempre adultas, casi siempre. A mí no me convence esa idea de cura, menos aún la de desensibilización sistemática que se puede observar en la exposición constante al horror. Este enfoque conductista de pensar en el dolor humano me incomoda. Sí, creo en el poder curativo de las palabras, porque lo he visto, pero se trata más bien de palabras que abrazan, que acogen, que permiten narrar sin desgarrarse, que desplazan a un segundo plano la inevitable competencia entre los que sufren, que permiten que alguien pueda avanzar en un relato sin tener que preguntarse si eso le partirá el alma. Es decir, hay defixionum tabellae –textos mágicos escritos en los que un individuo maldice y entrega a las divinidades infernales un competidor amoroso, un rival o la facción enemiga– y lamellae –textos inscritos en filacterias destinados a proteger y prevenir de todo mal al poseedor de la misma. Conocí a la psicoanalista y escritora Mariana Osorio Gumá en México. Ella comentó que había escrito una novela sobre una niña que había vivido el golpe militar en Chile y que posteriormente partía al exilio en México. Hasta entonces yo conocía fundamentalmente el trabajo de Laura Alcoba, Alejandra Costamagna, Raquel Robles, Nona Fernández, Mariana Eva Pérez, en el campo de la literatura. Mucho tiempo después conocí el trabajo de Carola Martínez y Alejandra Moffat. Todas autoras que le han hecho frente a la difícil tarea de narrar desde la posición infantil las dictaduras del cono sur. Mar, la protagonista de la novela de Mariana, asiste a la escena del golpe desde el seno de su familia, quienes estaban fuertemente comprometidos con el gobierno de Salvador Allende. Los acontecimientos políticos rápidamente van cercando a la familia y la obligan a abandonar el país. Mar, en esos primeros momentos, corre riesgos importantes e invisibles para intentar transmitir a su padre un mensaje que nadie le ha pedido que entregue. En el curso de esta aventura, localiza la posición política de la familia de sus vecinos y temé ser descubierta y que con ello se cierna un destino fatal sobre la gente que quiere. Las reflexiones y acciones de Mar representan esta forma distinta e inmisericorde de pensar la niñez, una niñez cuyo carácter de ingenuidad no se pierde con el golpe, porque francamente nunca existió. Porque Mar no tiene un pasado y yo tampoco. En esta novela la protagonista tiene un objeto, una caja de música que recibe sus secretos, y que de alguna manera se transforma en una vía de comunicación con una figura protectora de la cual se encuentra definitivamente y para siempre separada (la niñera de la casa). La escena más dramática del libro, que incluso puede ser considerada como nimia (por un lector poco interesado en seguir las pistas de la posición infantil), se produce en el momento en el que la familia deja Chile. En la aduana, al revisar el equipaje, los militares destrozan la caja de música frente a la niña. La ruptura de la caja simboliza de modo especial la violencia muda ejercida contra los niños, ahí se representará lo ominoso e innecesario de la violencia de Estado y la falta total de consideración por aquello que los niños aman y conservan sin importar su utilidad. Mar se quiebra como su caja de música y, en el avión que la lleva al exilio, todos los adultos pueden comprender por qué están siendo expulsados del país, todos pueden dar cuenta de las perdidas, pero nadie tiene un verdadero recuento de las perdidas infantiles, ni del lugar que ocupan dichas perdidas en su memoria del horror. A nadie le importó la caja de música, excepto al lector de la novela, que sufre con la protagonista la banalidad criminal de la violencia de Estado contra todos en general y contra lo más propio, eso que no se incluye en los grandes relatos conmemorativos. Qué se puede hacer con las palabras que duelen, que marcan, que asustan. Muy pocas veces hemos pensado el trabajo de la memoria fuera del marco de lo restaurativo, fuera de lo que debemos hacer o saber para no repetir, como si el ejercicio de la violencia de Estado fuese una cuestión cognitiva o de acceso a la información. Es decir, la cuestión de la memoria suele pensarse como sustento para la proyección de la sociedad en el futuro, y muy poco para la elaboración del dolor presente. El dolor presente no sólo existe en la generación que fue apresada, torturada, desaparecida o exiliada, el dolor presente atraviesa a todos aquellos intergeneracionalmente concernidos por los actos que habilitaron la crueldad sin límites de la que como país fuimos y somos objeto, los concernidos por los actos que testimonian la pérdida de la humanidad. De algún modo, la inscripción de estas palabras malditas –allanamiento, desaparecido, ejecutado, exiliado, degollado, quemado, relegado, torturado– en la memoria colectiva señala el lugar de lo que en esos años se perdió en la oscuridad definitivamente, cuyo duelo nos ha sido imposible hacer, y donde lo que duele no es lo perdido, ni lo desaparecido –pues solo sabemos que se perdió por los efectos que estas palabras señalan–, sino lo muy presente que está hoy a través de su ausencia. El convivir cotidianamente con la crueldad es lo que duele. En la exposición Infancia/dictadura: testigos y actores (1973-1990) –montada en su décima versión en la Estación Mapocho hasta el 17 de septiembre– se asiste a la experiencia infantil de la dictadura a través de las producciones infantiles (cartas, dibujos, fotografías, postales y diarios de vida) que recuperan la vida cotidiana, las prácticas de cuidado y, en memoria, lo que hemos llamado las defixionum tabellae o las palabras que nunca debimos aprender. Las defixionum tabellae cumplen una función paradójica: por un lado, nos obligan a hablar del horror y, por ende, dar a conocer a las nuevas generaciones el significado singular de estas palabras; pero, a su vez, permiten darle un sentido, una localización, a lo que duele. Se trata, como dice Nasio (1996) –respecto a la función del psicoanálisis frente al dolor insondable–, de “encontrarle y disponerle un lugar en el seno de la transferencia en donde podrá ser gritado, llorado y gastado a fuerza de lágrimas y de palabras”. Ubicar lo real del dolor puede permitir construir una suerte de propuesta de lamellae, cuya finalidad no es necesariamente pedagógica, sino performativa y protectora, en tanto permite ubicar la crueldad y, con ello, hacer aparecer las coordenadas de la humanidad, el abrazo y el reconocimiento. * Patricia Castillo Gallardo es gestora del proyecto Infancia/dictadura: testigos y actores.

  • Laparoscopia onírica (o la técnica del símbolo como puente entre uno y otro lado)

    Hace un tiempo vengo pensando en una nueva política de la escritura, una escritura que nos permita desplazarnos del sujeto del conocimiento al que nos confinó la historia del pensamiento occidental. Que se resista al gobierno de la individualización, es decir, a las formas en que se nos convierte en individuos, y también a las formas en que cedemos nuestro remolino de fuerzas a esa instancia ficcional que es el cogito o la consciencia. Porque la resistencia debe tener dos movimientos. Uno hacia lo que se nos impone, otro hacia nuestra propia autopercepción como personas, como individuos, como almas encerradas en un cuerpo. En un ensayo que titulé como “Historias de fantasmas”,[1] decía que esa nueva política de la escritura debía al menos considerar tres cosas: los relatos de origen, las propias genealogías, lo que sabemos –porque nos contaron– de cómo vinimos al mundo, todo aquello que forma parte de nuestra configuración singular en términos de cómo nos hemos singularizado en una vida. Algo así como el propio mito de origen; y cuando digo “propio”, lo hago sólo sucumbiendo a las trampas del lenguaje: porque no se trataría de escribir nuestras biografías, sino de contar la manera en que los discursos –esas materialidades– nos conforman, constituyen lo que somos. En segundo lugar, una escritura relacional interespecie, aquella que puede entramar el vivir con otrxs. ¿De qué manera esas relaciones nos constituyen, si logramos suspender, en una especie de epojé fenomenológica, la idea de que somos individuos-indivisos, separados y atómicamente aisladxs de lxs demás? ¿Qué sucede si cae ese velo? ¿Cómo danzan y se mezclan los remolinos de unxs y otrxs? Y, por último, la escritura de los sueños, como desciframiento del mundo fuera del ámbito del diván y de la consciencia. Acaso una democratización en la interpretación de los sueños. Politizarlos, como una manera de volver disponible la manifestación del espacio onírico para todo el mundo, pero también como manera de comprender la forma en que los sueños intervienen en nuestra vigilia. Pues a contrapelo de una interpretación de los sueños que buscaría determinar cómo ellos se han configurado mediante restos diurnos, esta interpretación tendría como propósito determinar de qué forma los restos oníricos configuran nuestros días, o nuestras noches, o el tiempo de nuestra vida. Quizás todo esto pueda resumirse también en una escritura del síntoma –del síntoma entendido como aquellas marcas a partir de las cuales se constituye la singularidad de un cuerpo-: una escritura descarnada, en la medida en que se sale de la propia carne y se vuelca a la palabra. Una escritura del síntoma que da lugar a la perspectiva desde donde se escribe, en cuanto surge de la singularización de una subjetividad posthumana que resuena con determinadas cosas, de un cuerpo con marcas históricas precisas, de un modo peculiar de relacionarse con lxs otrxs y con el mundo. Una escritura producto de una “estrategia de desfamiliarización”, como la llama Rosi Braidotti, que consistiría en un ejercicio voluntario de extrañamiento del sujeto y de su posicionamiento jerárquico y privilegiado respecto de los otros vivientes.[2] Que puede transgredir o profanar el espacio que se nos ha asignado para hablar de nuestras verdades, y a eso que se ha llamado la “intimidad”, ese espacio encerrado que es la consciencia, ocupada en guardar monstruos, ideas y otras criaturas, como si lo que verdaderamente temiera el gobierno de la individualización es que aquellos salgan a habitar la Tierra. Se trataría de otra cosa. De lograr una despersonalización de los acontecimientos. Porque los sueños, como la vida, no tienen nada de personal. Hemos creído que es nuestra persona la que sueña, por la misma razón por la que creemos tener una vida personal. Pero, a decir verdad, apenas subjetivamos una vida, apenas singularizamos un tramo de una vida que pasa de forma en forma, que se nutre de los mismos cuerpos por los que ha transitado. * Es la madrugada del 2 de julio. Algo pasa con Teseo que me despierta, y termino yendo al baño y vuelvo a acurrucarme en la cama, cerca de las 7.30 am. Entro en un sueño. La composición tiene elementos que se me repiten: que estoy en la casa de mi abuela. Que esa casa es mía –o por alguna razón me corresponde, y voy a vivir allí–. Además, es un sueño en el que siempre estoy muy entusiasmada, porque descubro que la casa es muy grande, que hay más y nuevas habitaciones llenas de cosas y objetos. En muchos de esos sueños voy a entrando a esos nuevos espacios y pensando en cómo habitarlos, en poner un escritorio allí, en la decoración. Esta vez, recuerdo que tenía una gran lámpara, tipo araña, y que hablando con alguien que estaba de visita, le decía que los muebles y las cosas de la casa tienen ese toque antiguo, porque era la casa de mi abuela. Suena mi teléfono y lo miro: me llama la atención en el sueño que cuando levanto el teléfono aparece mi fondo de pantalla, justo el que tengo actualmente: una foto mía en la pirámide del Museo del Louvre. Como si algo de lo que llamamos la realidad –cuando estamos del otro lado– se hubiera colado en el sueño. Luego de eso, estoy en el patio de la casa, y llega el papá de mis hijos. Me dice que viene a hablar de los chicos. Nos sentamos en el pasto a conversar y –luego de una breve charla sobre si somos o no exigentes con ellos– me dice que tiene un bulto al lado del ombligo. Me muestra su panza: tenía dos agujeros, uno sobre el ombligo y otro más abajo. En ese momento, lo miro a Gregorio, a quien había estado acariciando. Gregorio se murió hace un poco más de un año, y en el sueño aparecía con una forma rara: no enfermo, pero no del todo vivo, como un gato zombi. Cuando lo miro, se convierte en aceituna. “¿Viste eso?”, le digo a Gonzalo. “Gregorio se transformó en aceituna. Pará. Esto es real”. Me despierto, desayuno, leo como todas las mañanas un rato, para entrar más suave y amablemente al mundo. Decido salir a andar en bici. Cuando estoy en el medio del paseo, me llega un audio del papá de los chicos. Me dice que ha llevado a Ulises a la guardia, porque tenía un dolor localizado justo al lado de su ombligo. Lo alerto: le cuento algo de lo que he soñado anoche, es probable que sea una apendicitis, que no lo manden de vuelta sin un buen diagnóstico. La tarde de ese día se cerró con una cirugía de apéndice laparoscópica para Ulises, que consiste en tres incisiones, dos de ellas exactamente en los lugares en los que las había visto en mi sueño, y una tercera al costado derecho del abdomen. Pienso en el sueño, y sigo boquiabierta. No hay modo de explicarlo, más allá de constatar que fue un sueño lúcido o premonitorio. Me obsesiona el tema del tiempo: cómo es eso de que el inconsciente es atemporal. Si el inconsciente es atemporal, Kant tenía razón: es el sujeto quien “pone” el espacio y el tiempo, para ordenar las representaciones (y con Kant, todo lo que ha sido posteriormente el desarrollo de la mecánica cuántica en lo que respecta a la naturaleza del tiempo. Estos pensamientos, lejos de reafirmarla, creo que hace cada vez más frágil la supremacía de la consciencia individual). En el sueño, además, aparecía Gregorio, el ser con el que más cerca creo haber estado en mi vida; venía a avisarme que eso no era solamente un sueño, haciendo algo que me llamara la atención –como convertirse en aceituna–, provocando como consecuencia la emergencia de una lucidez en el otro lado respecto de lo que estaba pasando en éste. Gregorio no era sólo un gato. No podría nunca rebajarlo a un sustantivo común como el de “animal”; animal se dice respecto a todos esos seres de los que nos hemos distanciado en nuestra arrogante humanidad, pero también a esa parte nuestra que, de tanto ser gobernada por el alma, hemos terminado empequeñeciendo, hemos reducido. Nos ha quedado esta consciencia con la que nos identificamos y creemos ordenar el mundo. Pero cuando aparece lo animal con todas sus fuerzas, traspasa el tiempo y el espacio, traspasa también las fronteras entre sujeto y objeto, o los límites de lo individual. Se vuelve puente entre los mundos y deja, de un lado y del otro, dos mitades. Dos mitades que no son binarias, que no se presentan como contrapuestas, sino por el contrario, como la continuidad de una cosa con otra. Como en la técnica griega del símbolo, que Foucault recuerda en La verdad y las formas jurídicas, al analizar la tragedia de Edipo.[3] Me encuentro releyendo esas lecciones, pues se cumplen cincuenta años. Y allí lo refiere: la técnica del símbolo es un procedimiento de poder que permite a alguien, que posee un secreto, fracturar un objeto en dos –como algo de cerámica–, guardar una de las partes y confiar la otra a alguien que debe ser el portador del mensaje, lo que atestigua su autenticidad. Gregorio había venido con una de las partes, era el mensajero. Los agujeros en la panza de Gonzalo (que había sido muy claro en el sueño: no venía a hablar de él, sino de los chicos) mostraban una de las partes del símbolo, que se completaría con las incisiones de Ulises por la laparoscopia, las que pude ver con mis propios ojos. De uno y del otro lado, las dos partes: el bulto en el ombligo y las imágenes de los agujeros. En la explicación de Foucault sobre la tragedia de Edipo, dice que hay dos formas que adopta la verdad: la profecía –la mirada eterna y omnipresente de los dioses– y el testimonio –lo que se ve con los propios ojos–. Es como una correspondencia: de los dos lados se ve lo mismo, pero dicho con diferente lenguaje y visto con diferentes ojos. Al fin y al cabo, una laparoscopia es eso: la posibilidad de franquear un límite y ver del otro lado, un lado que habitualmente no vemos. Quizás la técnica del símbolo nos ayude a encontrar el puente entre un lado y el otro, comprender que no hay dos lados o aprender a interpretar señales, como lo solicitaba el mismo oráculo en Delfos a quienes iban a consultar. Hay algo más aquí, que quizás sirva para una nueva política onírica, para desdivanizar los sueños, para sacarlos de la intimidad del secreto del inconsciente y que no se jueguen solamente en el espacio de la confesión de nuestros miedos y traumas. En el análisis de Foucault sobre la tragedia, lo que hay entre una y otra mirada, entre esas dos formas de verdad que son las de la profecía y las del testigo, entre los dioses y los pastores –que ven con sus propios ojos–, es Edipo. Y no es como se lo suele representar, como quien no sabía nada, quien estaba ciego a la verdad –el hombre del inconsciente para Freud–. Deleuze y Guattari denuncian esa interpretación como la forma de coacción del psicoanálisis para imponer a nuestro deseo la cura psicoanalítica.[4] Edipo es, para Foucault, en todo caso, el que sabía demasiado. Pero para no forzar la interpretación que Foucault hace de la tragedia de Sófocles (quien por otra parte está buscando mostrar en la Grecia arcaica la ligazón entre la verdad y las formas jurídicas o el poder político), pero con atención a una escritura de lo onírico que escape de la práctica de la confesión de nuestros miedos, deseos y desciframiento de los enigmas del espacio privado del diván, digamos que, como soñantes, somos quienes nos encontramos entre esos dos tipos de verdades. Quien sueña es quien termina reuniendo las dos partes del símbolo. Si continuamos la analogía con los dos lados, con el mundo onírico y con el más acá, quien sueña sigue siendo el hombre o la mujer del inconsciente, pero ya no un inconsciente gobernado por el pequeño drama burgués y familiar, sino por las fuerzas de lo animal que hace estallar la comprensión de un ego que pretende entender a partir de las formas puras de la sensibilidad. Quien sueña y quien se entrega a las fuerzas de su sueño, es quien puede escapar del encierro en la consciencia y reunir los fragmentos de uno y otro lado. Quien se desplaza en el tiempo. Quien, a fuerza de desconocimiento y de perplejidad, se encuentra a sí mismo –y no en esa cámara oscura donde creemos estar–. Hay algo más que investigar aquí. Dos cosas. Una de ellas, relativa al trabajo del pensamiento en un sueño, que termina siendo una de las partes del símbolo. Un tipo de pensamiento que se ha sustraído de la linealidad temporal, pero también de las reglas a las cuales nos acostumbra la identificación con el cogito. Estamos acostumbradxs a pensar que somos lxs causantes de lo que nos pasa. Aquella falaz identificación con la libertad de la voluntad, la que nos permitiría “elegir” y llevar a cabo aquello que hemos decidido. En fin: la ilusión de que soy “yo” quien recuerda, que soy “yo” quien intuyo algo, que soy “yo” quien me adelanto en una premonición, que soy “yo” quien sueña. Foucault –ya lo he nombrado mucho aquí, es que he estado releyendo varios de sus textos– decía algo bien interesante cuando, estudiando las prácticas de sí de lxs griegxs y romanxs, se refería al trabajo del pensamiento sobre sí mismo, como una de las formas en que constituimos un soi-même. Planteaba, como es su costumbre, una inversión: que no se trata del juego del sujeto sobre su propio pensamiento –es decir, de lo que “yo hago” con el pensamiento–, sino del juego efectuado por el pensamiento sobre el sujeto mismo, es decir, de lo que el pensamiento “hace conmigo” o “hace de mí”.[5] En este caso, podemos decir que ese trabajo del pensamiento es un ejercicio no sólo de interpretación, sino de traducción: aquello que hace que sea posible una relación entre un lado y el otro, ya sea entre las palabras y las cosas, como entre los agujeros en el sueño y las incisiones de la cirugía laparoscópica. Esa forma de pensamiento que es también la que permite que exista algo del orden de una experiencia, en el sentido en que Walter Benjamin lo expresaba: la experiencia como el don de percibir o la capacidad de producir semejanzas.[6] Nadie sabe de lo que es capaz un pensamiento, ni de lo que un pensamiento hace, de lo que constituye, de lo que transfigura. La segunda cuestión: la relación con nuestros muertos. Gregorio es quien viene con un presagio y cumple con la tarea de hacerme dar cuenta que aquello no es simplemente un sueño. Esa singular presencia en el sueño es lo que activa mi capacidad de despertar allí y me advierte de que no es solamente la construcción de mi imaginación. Se parece a los relatos de Vinciane Despret cuando habla de la potencia movilizadora de los enigmas –que no están allí simplemente para ser descifrados–; cuando expresa que, si bien los muertos no actúan nunca de manera directa, sí buscan influir, o hacer hacer, bajo una forma oracular. Como ella lo indica, el oráculo no anuncia, sino que pide la concesión de una atención, en el sentido de conceder una disponibilidad, un “estar al acecho” del acontecimiento. “El oráculo no predice el porvenir, abre posibles que no estaban siendo percibidos”.[7] Leo a Despret y advierto que he trabajado sobre estas nociones, tanto la de “disponibilidad”[8] como la de “acecho”[9] –en dos momentos muy distintos, sólo que ahora parecen integrarse–. Esa disponibilidad es también la del perspectivismo nietzscheano: dejar que las cosas se nos acerquen es la ruptura definitiva de la distancia entre sujeto y objeto. Y más: nos dice que la relación que tenemos con las cosas del mundo no es exclusivamente una relación de conocimiento. En todo caso, se trata de sensibilizar esa relación, de que se vuelva perceptible la interconexión con lxs otrxs seres y con el mundo de las cosas. Que la relación no sea, entonces, la de la distancia que propone la famosa objetividad moderna, sino la de las potencias de afectar y ser afectado –en clave moderna, pero spinozista, es decir, siguiendo una alternativa a la genealogía de la identidad y del individuo, de la cual finalmente somos herederxs–. Que hay otros modos de relación, de co-pertenencia, de disponibilidad, de continuidades que no son las propias de las causas y los efectos. [1] Vignale, Silvana (2023). Historias de fantasmas. Revista Ají. 5 de febrero. https://www.revistaaji.com/historias-de-fantasmas-silvana-vignale/ [2] Cfr. Braidotti, Rosi (2015). Lo posthumano. Barcelona, Gedisa. [3] Cfr. Foucault, Michel (1999). “La verdad y las formas jurídicas”. En Obras esenciales. Barcelona, Paidós. [4] Cfr. Deleuze, Gilles y Félix Guattari (2012). El antiedipo: capitalismo y esquizofrenia. Buenos Aires, Paidós. [5] Foucault, Michel (2001). La hermenéutica del sujeto. Curso en el Collège de France (1981-1982). Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, p. 339. [6] Cfr. Benjamin, Walter (2007). “Sobre la facultad mimética”. En: Conceptos de filosofía de la historia. La Plata, Terramar. [7] Despret, Vinciane (2021). A la salud de los muertos. Relatos de quienes quedan. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Cactus, p. 97. [8] VIGNALE, S. Prolegómenos del acecho: hacia otras relaciones entre sujeto y verdad. Revista Saberes y prácticas. Revista de Filosofía y Educación. CIIFE, FFyL, Uncuyo. Dossier: "Sujetos y saberes: perspectivas". Vol. I. 2016. http://revistas.uncu.edu.ar/ojs/index.php/saberesypracticas/article/view/776/485 [9] Cfr. Vignale, Silvana (2021). Filosofía profana. Hacia un pensamiento de lo no humano. Rojas, Nido de Vacas.

  • Vuelo rasante [tercera entrega]

    Visita Un abogado me dice, destapando una cerveza: “Estuve toda la tarde en el penal de Colina, treinta y cinco grados de calor, lleno de radios sonando, anoche hubo que hacer un conteo por una supuesta fuga, casi nadie durmió, el día amaneció con una riña, se incautaron diez punzones, un par de picanas, y uno quejándose”. El puchito caminando Un amigo, que lleva tres semanas sin fumar luego de haberlo hecho durante algo así como cuarenta años, me dice que echa especialmente de menos “el puchito caminando”. Al decirlo se recoge de manera invernal y hace como que fuma; en la calidez del gesto se observa un núcleo de intimidad insustituible, una sincronización espiritual. Entender esto explica lo complicado que debe ser abandonar una droga. Como cantó Amy Winehouse, “rehabilitación ninguna”. Escepticismo pirrónico Pirrón pensaba que es imposible juzgar algo, de modo que no lo hacía. Era su modo de llegar a la serenidad, su ideal de vida. De ella le hablaron lo sabios de la India que conoció formando parte de una corte alejandrina. Pirrón seguía las costumbres: no hay por qué no hacerlo; esto no significa que creyera en ellas. Fue famoso por su amabilidad. Quien nada juzga, ¿por qué habría de engancharse en una discusión? No escribió nada. En medio de un naufragio no entró en pánico, pues eso presupone que es mejor estar vivo. Al morir le hicieron en Elis, su ciudad natal, una estatua en el pórtico de la plaza del mercado. Sin melancolía de salida Hay discos que terminan arriba, sin melancolía de salida. La despedida es una última llamarada. Es el caso del Surfer rosa (1988) de Pixies, un álbum que nunca falla, pieza fundamental del rock reciente. Es más una interrupción que un final. Ahora, ¿qué pensar de un músico o una banda en que claramente la mejor canción de su disco es la última? Cabría hablar de una visión y una actitud. Para describir el gesto artístico, Nietzsche podría usar la palabra “solar”, adjetivo que emplea cuando su propia escritura lo inunda de luz y alegría. La cara de Samuel Beckett Escribe Daniel Klein: “Cuando Albert Camus escribió en su novela La caída, «Después de cierta edad, todo hombre es responsable de su cara», también lo decía como halago: el rostro de un hombre dice la verdad sobre él; la cara que adquiere procede de sus decisiones tomadas y las experiencias que les han seguido. Los isleños de Hidra [Grecia], aquí donde estoy, afirman que un hombre que se haya enfrentado a experiencias duras tendrá en la vejez un rostro curtido lleno de encanto. Es la cara que se ha ganado; su tosca belleza refleja una vida que ha sido vivida”. Un libro podría consistir sólo en este texto. En la portada quedaría bien la cara de Samuel Beckett, en la que brilla nítidamente la luz de la inteligencia, pero se verifica también una fortaleza estoica, fruto de la experiencia de haber conocido la locura, elemento nuclear de su obra. Blur Viene de lo anterior. Esto podría explicar la potencia emocional de Blur, sobre todo si se compara con la oscuridad un tanto teatral de Radiohead y de sus precursores Pink Floyd. Las canciones más desoladas de Blur, las más angustiantes, por ejemplo aquellas que encontramos en sus discos Blur (1997), 13 (1999) y Think Tank (2003), surgen de un fondo que a Beckett le habría parecido familiar. Episodios biográficos de Damon Albarn, y en cierto sentido también del guitarrista Graham Coxon, son elocuentes al respecto. La ingrávida belleza de un tema como “Sweet song”, cuya ternura no admitiría cuestionamientos, proviene del mismo lugar. Recuerda el verso inicial del poema “Kafka” (1959) de Enrique Lihn: “Soy sensible a este abismo”. Luego de apuntar estas líneas puse el Think Tank. Mi hijo Tomás, de once años, llegó a donde yo estaba antes de que terminara de sonar una canción y me pidió que por favor apagara la radio. “Es demasiado triste, papá, demasiado”. Primera vez que me pedía algo así. Blur: banda de contrastes únicos, dada su fama, paradójicamente aún por descubrir. Título “Viví soñando”, título que le puso un poeta chileno a su obra completa. Hoy sería más exacto decir “Viví corriendo”. Pero se entiende la razón: de la vida siempre esperamos más. Lastres del pasado Razonamiento hedonista: deberes que no incrementan el placer de nadie ni disminuyen su dolor, fuera. Obsesiones ¿Sería útil comprender nuestras obsesiones, especialmente las que más nos picanean? Es probable que en el mediano plazo sea posible hacerlo, mediante un análisis de nuestro comportamiento digital: detección de patrones en quinientos mil mensajes enviados, canciones escuchadas, compras, incontables búsquedas de información, movimientos por la ciudad, videos vistos. ¿Sería útil saber que bajo una serie de condiciones se nos disparan ciertos deseos? Alguno dirá: sí, para combatirlos; otro, para refinarlos y no perder más el tiempo con placeres de segundo orden. Habría de todo. Rilke prefirió no hacerse un psicoanálisis: no quiso que sus fantasmas ni demonios lo abandonaran. ¿Será justificable esta renuncia? ¿Sería como optar por no conocerse? Molestia doméstica Incluso ponen trabas para que los demás satisfagan sus caprichos. ¿De dónde les viene ese poder? ¿Sólo de su capacidad de estresarnos o hacernos sentir culpables? Si es esto último, ¿culpables de qué? Clásica pregunta que producen los mimados desagradables. Sobre la expresión “la voluntad de vivir” Cada vez que me encuentro con esta expresión, normalmente en contextos filosóficos alemanes, pero también artísticos y periodísticos, me pregunto si quien la usa querrá referirse al deseo de vivir y no a una suerte de fuerza “externa” (para el caso no importa su origen) que hace que vivamos aunque podamos estar deprimidos: porque ese es el punto, la voluntad de vivir es el opuesto al no querer hacerlo que padece el depresivo. Es una idea dorada y de rotunda eficacia; emociona encontrársela, saber que existe. He pensado en esta expresión al escribirle a un amigo que estuvo varios días en la clínica con mal pronóstico: “¡Por lo visto la voluntad de vivir no afloja!”. El mensaje pareció escribirse solo. Armando Uribe El flujo de escritura continua de Armando Uribe, que prácticamente no evolucionó —su poesía escrita a los catorce años no difiere de la última, de cuando tenía más de ochenta—, corresponde a lo que Nietzsche llamó “un arte para artistas”. Para algunos la operación es clara como el agua; para el gran público, extraña, eventualmente críptica. Uribe dio con una forma que le permitió todo: no hay en ella una distinción entre vida y obra, tampoco entre conciencia y pulsiones inconscientes. Es él mismo, siempre. ¿Qué significa esto? Pregunta clave, cuya respuesta tal vez el poeta avizoró cuando rimas improbables pero certeras lo hacían reír. Recuerdo algunas: vislumbre/podredumbre, adioses/dioses, corpiño/armiño, suerte/muerte. El segundo Wittgenstein Seguir los razonamientos de Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas (1953) puede ser un fin en sí mismo; las conclusiones a las que llega, en tal caso, adquieren un interés secundario. Aunque escribe en lenguaje natural, no técnico, a veces cuesta mucho seguirlo. Suponiendo que no es un problema de traducción, cabe la posibilidad —no baja— de que nuestro pensamiento no esté dando el ancho. Lo que leemos no es incoherente: es de una racionalidad que se nos escapa. La pregunta es si puede haber un orden, un sentido, al que nunca accederemos. Sería como un secreto de la mente. Evolución del hedonismo antiguo Puntal cirenaico: poseer sin ser poseído. Posición epicúrea: bastaría lo segundo. Una respuesta wagneriana ante la muerte La frase salió al vuelo en una conversación a las dos de la mañana. ¿Qué podría ser eso? ¿Morir magníficamente, con los brazos abiertos, de pie en un alto roquerío? ¿Enfrentarnos a ella agradeciendo el tiempo que estuvimos aquí, pues nada se puede dar nunca por descontado? Al volver a leer la frase veo que es también un espaldarazo, pues quien no teme morir menos temerá vivir.

  • El fracaso de vender

    A pesar de que Norteamérica se muestra como la tierra de los sueños, donde cualquier persona puede triunfar en lo que sea si se lo propone con pasión, hay una labor que los gringos vienen hace un tiempo asociando a la derrota (y no me refiero a los trabajos míseros realizados por inmigrantes sino a los de su misma población) Este es el caso del vendedor viajero, el "salesman". Esta mitología de la existencia de una profesión derrotada, quizás se hizo masiva con la famosa obra de Arthur Miller titulada "La muerte de un vendedor" (traducida como La muerte de un viajante) que curiosamente la cultura popular de los Simpsons, simboliza también con un dejo de frustración nerviosa y errática en el personaje llamado Gil Gunderson. La característica del vendedor medio es que refleja la apariencia de un hombre de mundo, bien vestido, con buen sueldo y un trabajo desafiante. Lo contrario del trabajo duro del hombre que no tiene educación o nacionalidad, el jardinero, el basurero, el jornal, pero que por su misma simpleza y conciencia de su posición, no se angustia por ningún sueño futuro. El vendedor debe confiar en este sistema e inmolarse a él si quiere conseguir algo en la vida. El padre de John Cheever era un vendedor de zapatos y sus escritos siempre cuentan con uno, retratado no de la forma más auspiciosa. Una de las hermanas Grimes, en la novela de Richard Yates, sueña con casarse con un hombre poderoso, pero Yates simboliza el fracaso de su empresa casándola con un vendedor. Para hacer radical esta falsa diferencia con los trabajos más miserables, en Chile al vendedor se le ha rebautizado como Ejecutivo de ventas, llevándolo a la misma categoría de un poder presidencial. Lo cierto es que como somos un satélite de las ideas y prejuicios de norteamerica, en nuestro país se sospecha del triunfo profesional que oculta ese traje con corbata. Cada vez vemos más personas (sumando a extranjeros con título universitario) vendiendo todo tipo de artilugios por las calles, confiando solo en su propio convencimiento y las oportunidades de la economía. Pero al parecer la economía no da oportunidades, sino sentencias. A pesar de que en el mundo todo debe venderse, desde un curso de poesía hasta una obra arquitectónica, el vendedor en el fondo es el gran relegado de las creaciones humanas, el símbolo del fracaso de los países de oportunidades. Dicen que el suicidio del actor Philip Seymour Hoffman se debió a sus adicciones y demonios internos, pero sus cercanos insisten que lo que finalmente lo devastó fue representar en el teatro a Willy Loman, el vendedor de Arthur Miller. Loman se lamenta en esta obra: "A veces me siento muy solo, sobre todo cuando las ventas no han ido bien y no tengo con quien hablar. Es como si nunca más fuera a vender nada, como si ya no fuera a ser capaz de mantener a mi familia, como si ese negocio con el que sueño para que mis hijos lo hereden jamás fuera a hacerse realidad..Hay tantas cosas que quiero conseguir..."

  • Lo histórico-político: algunas propuestas para este milenio

    *Texto escrito para la presentación del libro “Los procesos de subjetivación en psicoanálisis” de Luciano Rodríguez Costa 2022. Recibo el siguiente mensaje virtual: “Lila, ¿cómo estás? He de comunicarte lo siguiente: hace un par de meses en mi mundillo interior se decidió que serías presentadora de un libro que voy a publicar en Topía sobre procesos de subjetivación. Como me pareció una descortesía no avisarte y, peor aún, no darle forma de un ofrecimiento que pudiera tranquilamente ser rechazado por voluntad o contingencia, en este humilde acto procedo a invitarte a su eventual presentación…”. 2023 Estimado Luciano: He de comunicarte que esta presentación que felizmente ha llegado y está sucediendo hoy, ahora, será la ocasión en la que te enteres de todo lo que conversé con vos en mi mundillo interior mientras leía tu libro, mientras releía tu libro, mientras despertaba pensando en tu libro y cómo presentarlo, mientras daba vueltas hasta poder llegar al teclado y finalmente hacer lo que está ocurriendo en este momento: que estoy pudiendo escribir algo, parte de todo lo que conversamos vos y yo sin que lo sepas cuando te leí. Esto que estoy haciendo es también –creo- la mejor forma de hacerle honor, de estar a la altura de tu invitación. Hacerte yo a vos, hoy, una invitación que no vas a poder rechazar, por más elegante que sea su formulación. Por último, intentaré compartir con los futuros y ojalá multitudinarios lectores esa misma invitación. Una que no podrán rechazar. Pero no nos precipitemos. Vamos por partes… Decía, vamos por partes, pero no en orden. Me voy a tomar el atrevimiento de desordenar tu libro, y conversar desprolijamente (¿no es así como toda buena conversación ocurre?). Empiezo por el último de los capítulos de tu libro, llamado “Los procesos de subjetivación en psicoanálisis. El psicoanálisis ante el apremio de una revolución paradigmática”. Hallazgo porque el título sienta las bases y realiza su primera invitación en verdad: nos cuenta que vas a trabajar acerca de cómo piensa el psicoanálisis a los procesos de subjetivación, pero también que vas a trabajar acerca de cómo subjetivó el psicoanálisis a lxs psicoanalistas, y como esos procesos continúan, tal vez, hacia la posibilidad de no ser simplemente objetos de subjetivaciones sino actores o sujetos de las mismas. Es decir, cómo revisamos y reformulamos en la medida de lo posible y en la medida singular, propia, que cifra nuestros compromisos y esperanzas, esas subjetivaciones. Bueno, me doy cuenta que empecé por el título, vamos ahora al capítulo 5 y 6, el final. Te cuento que ahí sentí que entendí el porqué de tu preciosa invitación, quiero decir, ¿por qué a mí? Le ponés Sábato de nombre ficcional a aquel paciente o consultante. Soy alguien que está convencida de que la ficción nos permite comprender y pensar mejor las realidades, incluso orientarnos en ellas. Que no hay realidad sin ficción. Que la ficción como camino de escritura de materiales clínicos, y muy en particular los materiales clínicos que hablan de experiencias que nos han desafiado e interpelado, conmovido mal o bien, mal y bien, son las que más importa escribir. Hacerlo tiene importancia política y es una contribución a ese camino de huellas de la memoria con el que contamos en el campo de la salud mental en nuestro país. Escribir la clínica es un acontecimiento histórico político y de construcción de memoria colectiva, por excelencia. Que un libro de teoría, de exhaustivo trabajo teórico como este que escribiste y en el que te embarcaste, no tiene sentido alguno sino incluye, sino parte, sino llega a nuestras experiencias y prácticas clínicas e institucionales. Por eso elijo, o no puedo evitar, empezar por el final. Entonces, lo has llamado Sábato. Sábato se ha ido pronto, pero sí que te ha dejado conversando… escribiendo. Contémosle a lxs lectores las tres interpelaciones que ese material ocasiona, y que pueden ser la brújula para el recorrido rayuelístico de tu libro todo: 1. Un modo de pensar las relaciones entre lo histórico-político y el psiquismo, que nos demanda una exigencia de trabajo en cuanto a re-elaborar las matrices de análisis de nuestras prácticas. 2. Un análisis en relación a la propia implicación, que ya no tendrá por objeto de miramiento solamente a lo transferido, ni solamente a la propia fantasmática y mecanismos de defensa del profesional, sino que ahora también deberá ampliar el campo de análisis a la propia subjetivación. 3. En relación a los anteriores, una invocación a pensar cómo ubicamos nuestras prácticas en el campo social ante las violencias entendidas como formas de subjetivación desubjetivantes. Estos tres puntos que vos luego desarrollas, uno a uno, decía, son brújula, herramienta de lectura. Para recorrer el libro, pero además son propuestas para lxs psicoanalistas en el próximo milenio, parafraseando a Italo Calvino. Yo lo resumiría en un punto, pero sin borronear las especificidades que vos trabajas con paciencia y rigurosidad de artesano. El punto que los incluye es algo que vengo trabajando en algunos textos, respecto a la pregunta: ¿Qué hacemos lxs psicoanalistas con la realidad? La idea no es citar partes de tu libro y menos aún mis textos, sino señalar esa confluencia de interrogantes, preocupaciones y apuestas que nos convocan, porque a ambos nos importa que el psicoanálisis no quede “momificado” (palabra que proviene del mundo onírico de Sábato y del mundo que compone tu escucha, Luciano), es decir que no sea ecolálico, reducido a ejército, parroquia o iglesia, recitando la biblia como manual al que la realidad, las realidades, deben ajustarse. Me parece fundamental, capital, el modo en el que ubicas la presencia de la realidad en el funcionamiento psíquico y en el trabajo analítico. No la realidad psíquica únicamente, sino además la realidad material, la corriente histórico-política que trama pasado, futuro y presente. Nunca está de más situar que no pensamos binariamente ni escindidos el adentro y el afuera, pero ello que suele ser una declamación o acuerdo teórico, vos lo llevas en la médula de tu trabajo, en el modo de leer y pensar metapsicológicamente cuando recibís a tus pacientes en el consultorio. El libro logra restituir a la realidad su lugar en la metapsicología y en la escucha analítica. Comparto ese esfuerzo de restitución. Somos muchxs quienes pensamos que la realidad es una cuarta instancia psíquica. En segundo lugar, me importa mencionar cuán valioso, e infrecuente, es leer a un analista varón referirse a temas y problemáticas que se refieren a las “violencias de género”, o incluso hablar de patriarcado o del #niunamenos. Muy infrecuente. Tu libro es la generosa posibilidad de leer a un analista varón cis recorrer preguntas, interpelaciones, y asumir un determinado lugar de enunciación. Más aún, la decisión sostenida de no retroceder, de hacer de las preguntas e incomodidades ocasión de trabajo de pensamiento, y no suponer que hay problemáticas que quedarían por fuera del trabajo clínico psicoanalítico, arrojados al campo judicial o a cualquier tierra de nadie que deje bien a salvo nuestra moral. Si en la primera parte del libro te dedicas a la pregunta respecto de si los procesos de subjetivación son legítimo objeto de estudio y de trabajo del psicoanálisis, aquí la pregunta parece ser (leo yo) si los pacientes que ejercen violencia, crueldad y abuso de y contra las mujeres y disidencias son legítimos pacientes para el psicoanálisis. En tus palabras, que ojalá resuenen e interpelen interminablemente: “…si consideramos que en general sólo se ha delegado a la justicia la problemática de la violencia ¿cómo esperaríamos que cambien las estadísticas si de ellas no hacemos más que un elemento que no pruebe sino lo que la misma sociedad produce en su modo de concebir la violencia? Vale decir, si no se entiende que hay allí algo a la espera de ser tratado y en modos que requieren ser desarrollados, ¿por qué motivo habría un resultado diferente?”. En un momento decís que el principio de realidad ha sido un “descubrimiento” en el vector transferencia-contratransferencia. Me parece una afirmación de una potencia enorme. La discusión acerca de la neutralidad analítica no está saldada, no aún, y son muchxs lxs psicoanalistas que producen y reproducen violencias, crueldades y abusos varios en nombre de esas discusiones y supuestos teóricos que empujan a un relativismo en nombre de cierta “pureza” en el ejercicio profesional. Empecé entonces por el final, porque además creo que es desde la última parte que vale la pena re-leer el libro todo. El libro cobró otro sentido, se volvió tangible, cobró espesor y arraigó de muchas otras maneras una vez que leí la última parte. Entonces, si avanzo con la propuesta de una nueva “Rayuela”, propondría una guía de lectura opcional que empiece por el final. Hay, propongo, dos maneras por lo menos de leer tu libro. Paul Auster escribió: “se me ocurrió que no podría separar interior de exterior sin causar grandes daños a la verdad”. Volví sobre esas palabras que descubrí en un libro de Ana Berezin, en varios tramos de la lectura. Un dispositivo conceptual-epistemológico que pone la lupa y acerca, para luego alejarse, en un esfuerzo por situar diversos puntos de vista, unos de íntima precisión y otro de mayor generalidad. No es nada sencillo lograr pensar por fuera de binarismos y esquematismos, evitar abreviar los caminos o tomar atajos suele ser la respuesta frecuente, simplificadora. En tu libro no hay caminos cortos ni renuncia a hacer de problemas complejos un trabajo que esté a la altura de esa complejidad. ¿Cómo se imbrican el psiquismo y lo histórico-político? El psiquismo es en su constitución misma un acontecimiento histórico-político, sin por ello equipar psiquismo a subjetividad, y las teorías que lo piensan y proponen abordajes terapéuticos también son histórico-políticas, lo ignoren o lo sepan. En este sentido, ¿pensamos que lo histórico-político se “inscribe” en el psiquismo, o que –aún más- lo constituye? Yo me sitúo en la segunda parte de esa pregunta, de acuerdo con vos, que te tomas el trabajo de precisar de cuales modos, en qué términos, de qué maneras, llevando las preguntas hasta las últimas consecuencias. Me parece crucial hacer ingresar como pertinente al psicoanálisis cuestiones que eran atribuidas o adjudicadas al campo de la “sociología”. Ingreso antagónico a lo ridículo de suponer que Tótem y tabú o Psicología de las masas, por nombrar apenas dos, son los escritos “sociológicos” de Freud. Tus hipótesis me resultaron algo así como un bisturí filoso que procura hacer sucesivas divisorias de aguas e interpelarnos. Invariablemente fuerzan al lector a preguntarse por su particular o singular ubicación frente a las mismas. Para mí ha sido enriquecedora tu lectura minuciosa que hace ingresar lo histórico-político en las entrañas de la metapsicología. Me detuve un largo rato en una afirmación que haces, cuando ubicas a lo histórico político como “medida de exigencia de trabajo” para el psiquismo, dándole el mismo estatuto que a la pulsión. Las respuestas acomodaticias a las que haces referencia (la respuesta moral, la falsa articulación, la respuesta clínico-disciplinar y la esperanza nostálgica) no tienen desperdicio. Me hiciste reír y pensar por igual con cada una de ellas. Me encantó ese análisis sin concesiones frente a las trampas con las que podemos escabullirnos de las buenas preguntas, de las preguntas incómodas, que tampoco eludís formular y desplegar. Centralmente, les cuento a los futuros lectores, Luciano aborda cuestiones caras al psicoanálisis: la organización de la ley y las regulaciones psíquicas, de la sexualidad y el ejercicio de las violencias que las teorías propusieron en concordancia con ciertos códigos de subjetivación, mostrando cómo determinados desarrollos conceptuales fundamentales que han sido y son construcciones histórico-políticas, se tornaron en categorías a-históricas, a-políticas y “universalizables”. Es que las teorías pueden ser subjetivantes o des-subjetivantes, tanto de profesionales como de pacientes. Las llamadas al pie merecen un comentario especial. Realmente me encontré con vos, Luciano, dialogando y deteniéndome en tus palabras puestas a pie de página, lo cual no es usual. Allí no sólo hay citas o referencias bibliográficas sino verdaderas tomas de posición, proposiciones éticas, aportes clínicos, notas de lectura tuyas, gratitudes. En fin, me parece un hallazgo el modo en el que habitas ese espacio que suele ocupar un sitio menor en las escrituras y en las lecturas. El uso que haces del plural enunciativo, en eso también quisiera detenerme. Porque me gustó leerlo en términos de invitación colectiva a ese viaje de iniciación al que me referí en otro lugar, uno que no suponga que somos únicamente las mujeres psicoanalistas las que nos vimos y vemos transformadas por los feminismos. Entonces, diría, ojalá el plural sea un punto de llegada. Me importa destacar brevemente los modos en los que abrís y cerrás tu libro. En cuanto a la apertura, sitúas, es lo primero que haces, a la memoria como política de resistencia en la Argentina y forma de subjetivación. En cuanto al cierre, la referencia dedicada a la práctica y la experiencia clínica y a un trabajo de escritura de historiales y textos que hagan de la “ética” no solo una declamación políticamente correcta sino una posición encarnada cada día, en lo que hacemos, y memoria para el presente y el futuro. En el principio y en el final, la memoria. Pasado, presente y porvenir, engarzados por ese fabuloso hilo, con el que escribiste tu libro aquí y ahora. Por último, les cuento a les lectores cómo leí el apremio: la urgencia de no perderse la invitación a leer un libro que los va a convocar a conversar, a interpelarse, a volver a pensar lo ya pensado y a pensar de nuevo, pero más aún, no rechazar esa apremiante propuesta, la demanda que la realidad nos hace cada vez que en un encuentro se verifica que la hemos rechazado. La invitación que se juega en cada oportunidad en que abrimos la puerta real o virtual del consultorio, también a un Sábato, también a un Shakespeare: para que el psicoanálisis y su porvenir no sucedan ni se extingan, al margen de la realidad. Que no se nos informe cualquier día de estos, que el psicoanálisis se quedó afuera, hablando en jerga.

  • 32

    Mitigamos el sinsentido de la existencia con un ajetreo que lo mantiene a distancia. Lo ahuyentamos cada vez que sentimos su resuello en la nuca. Le anteponemos, a este sinsentido, un hormigueo de asuntos que nos mueven y cuya persistencia nos hace la vida tediosa. Pero con sólo alejarnos de ese trajín diario empezamos a reconocer, por el rabo del ojo, el taconeo del galope del sinsentido, la polvareda que levanta su manada. Y reculamos y nos afanamos en cavar una trinchera bajo nuestros pies que poblamos con los insignificantes compromisos que nos ocupan. Así pasan los años, mientras ensanchamos más y más la barricada contra el sinsentido, la extendemos hasta formar un círculo compacto en torno nuestro, no sea cosa que nos asalte por la espalda. En algún momento esta empalizada nos cerrará el espacio y hará más estrecho nuestro ajetreo. No importa. Tememos más vivir ese vacío que este encierro. Tratamos de olvidar que ese sinsentido es nuestra propia invención, sólo se hospeda en esta conciencia desbocada, no tiene otro asidero que el lenguaje del que estamos hechos. Lo que más nos hostiliza es parte de nosotros: la destreza para destruir coherencia y al mismo tiempo huir de esta devastación. Ya lo hemos puesto todo en la trinchera, no queda más de qué ocuparnos, tan sólo este pensamiento del sinsentido que, a medida que cerramos filas, vuelve a hacerse un espacio dentro.

bottom of page