Barbarie pensar con otros
Revista de pensamiento y cultura
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- Barullo [Fragmento]
19 Leo a Fabio Morábito que lee a Kafka. Dice que lo más interesante, la jugada maestra del checo en La metamorfosis, es la represión. “La supresión del grito”, apunta. El hecho de darse cuenta de que no necesita narrar ese grito lo convierte en el escritor que es. Porque cuando Gregorio Samsa se despierta y se reconoce bicho, en lugar de pegar un alarido, en lugar de entrar en pánico, se preocupa por no llegar tarde al trabajo. Y cuando su madre le pregunta qué hace todavía en la cama (mamá nunca hacía fiaca), él responde: “Ya me levanto”. Como si nada. Y, sin embargo, todo gira alrededor de su transformación. (Bárbara Blasco: “La enfermedad parece un arte abstracto, pero es figurativo”). Pienso en mi vida, en lo que no digo (en lo que no dije) y en lo que me pasa (en lo que me pasó), en el grito que eludo (en el que de chica no vomité). En mis sueños se repite la imagen de un sendero de lágrimas quietas en la carita de una nena que soy y no soy yo. También se repite la imagen de una mujer vestida de negro. A veces me arropa y entona canciones que no reconozco. Otras, yo estoy tirada en el piso, ella me da la mano para levantarme y después la saca. Como que amaga y se va. Trato de no evocar el momento de la supresión de mi grito, pero de repente irrumpe, tal como los sueños, que nadie los pide y llegan igual. Suena una canción y ellos cantan y enseguida el ruido y el qué-está-pasando y el silencio. En los alrededores, personas que me miran como si yo fuera un circo (¿y si yo pudiera transformarme en público, en ellos?, algo así debo haber pensado, miraba demasiados dibujitos, leía demasiados cuentos fantásticos, la idea de ser otra no me parecía tan imposible). Está la sangre. También la mía. Hay cosas rotas, los coches que hacen fila para seguir su camino. Las sirenas, de los bomberos, de la policía, de los médicos. Y esa voz que me dice/ dijo tranquila, ya te sacamos. Deseaste que fuera mamá. Era muy chica y lo suficientemente grande como para darme cuenta de que lo que no se mueve y no habla es porque no vive. Los quietos quietísimos están muertos (aunque siempre existen excepciones, gente que post mortem simula vivir con espasmos, evacuaciones involuntarias de orina o heces, sonidos e incluso erecciones). No son ellos, es lo que de ellos queda. Saber no es lo mismo que entender. Saber no es lo mismo que entender, es cierto. Según me enteré después, fue mi abuela la que me sostuvo la mano mientras dormía en el hospital (estábamos cerca de Entre Ríos, ya casi llegábamos cuando la vida mía se fue de tono). Era ella la que estaba sentada al lado mío y todavía teníamos nuestros dedos entrelazados cuando una enfermera le dijo la mano, un ratito saque la mano, por favor, así el doctor revisa a la nena. Al rato avisó que todo bien, a la mañana pueden irse. También dijo que teníamos que ver a una psicóloga, ¿te acordás? Por eso, después, una vez por semana, íbamos a lo de Perla y armábamos torres con bloques de madera y hacíamos dibujos y peinábamos a las Barbies mientras comíamos galletitas surtidas que la abuela compraba a granel en un almacén. Nos encantaba mirar las latas en los estantes y elegir dos de estas, tres de las otras y así. Una vez, la primera creo, le dijimos:mamá y papá se atropellaron. Y a Perla se le escapó una carcajada. Tengo incrustados, me astillan los detalles del momento en que salí del hospital. Me veo ahí, la veo: remera blanca/ calza gris mélange/ buzo con capucha a la cintura/ trenza cocida floja (se le armaba un jopo adelante, la abuela trató de disimular mojándole el pelo, pero no hubo caso)/ caja de caramelos confitados color pastel(regalo del abuelo)/ venda en la mano izquierda/ bolsa de residuos blanca con ropa sucia/ valijita rosa para jugar a la mamá, regalo de la abuela (a-la-mamá). Muy oportuno el regalo. Seguramente ni lo pensó, no era de analizar tanto ella. Era lo que le salía y ya. Me acuerdo de un momento concreto: el instante exacto en que pensé en mi mamá y dónde estaría y dónde iría yo si ella no estaba. Adónde iría y con quién. ¿Mi casa seguiría siendo mía sin ellos? Fue justo cuando avanzábamos en el cubículo de una gran puerta giratoria, parecida a la calesita a la que iba con mamá. Esta no tenía nada de divertido. Al poco tiempo se vendió, los abuelos compraron un departamento en la Capital, y ahí entendiste un poco más. Papá y mamá nunca conocerían el cuarto donde dormirías tan mal como siempre, la cocina donde engullirías fideos con manteca los lunes y miércoles (los viernes y domingos, pizza), la mesa donde jugarías al dominó los feriados, la terraza donde organizarías meriendas rococó y ofrecerías bolitas caseras de vainillas y dulce de leche, la pizarra en la que el abuelo Pepe te enseñaría a dividir y la raíz cuadrada y fracciones, el living: ahí festejarías los 11 y los 12 y los 13 y los 14 y los 15 y los 16 y los 17 y los 18 y los 19 y los 20. Pero esa tardecita, casi noche, no fui ni a mi casa ni a ese departamento, porque todavía era solo una idea en la cabeza del abuelo. Me subieron al auto, anduvimos un par de cuadras y estacionamos justo enfrente de un hotel. Les pregunté si nos quedaríamos ahí y me respondieron que sí. Me preguntaron si me parecía bien pedir unas hamburguesas a la habitación y asentí. Comimos sentados en una cama grande mientras mirábamos Susana Giménez. La abuela puso una toalla para que no mancháramos el acolchado. La comida estaba rica. El abuelo me dijo que tocaba baño polaco porque éramos tres y se hacía tarde. Los azulejos eran blancos con flores azules. Dibujé nubes en el espejo empañado.Antes de irme a dormir pedí que dejaran la tele encendida. Es todo lo que me queda de la noche que sigue sin amanecer. No, no es todo.La abuela te dijo, cuando ya eras grande, que mientras dormías te contó una historia. Un cuento era, y vos sonreías. Y eso le dio esperanza. Ibas a estar bien. Vas a estar bien, Maca. ¿Voy a estar bien?
- Solvay, el empresario que amaba las ciencias
Las enormes fortunas amasadas en el siglo XIX sacando provecho del desarrollo tecnológico, que a tantos les resolvieron las tripas, o, en su defecto, les sirvieron de pasto para activar enardecidos discursos, permitieron, también, que se propiciara la práctica de un fenómeno, en más de un punto, nuevo: la filantropía. Los teóricos de hoy y de entonces tienen y tuvieron una explicación para esta novedad: nunca antes tanta riqueza pudo concentrarse bajo el control de un solo individuo, por lo que nunca antes un puro individuo, o, si se quiere un solo clan familiar, tuvo la posibilidad de disponer y jugar con montos de envergadura tal como para competir con los del poder político mismo: el estado. Estos capitalistas de marca mayor, cuya sola evocación le mantenía la pluma con la tinta a tope a Carlos Marx, entraron así a operar directamente a nivel de las políticas estatales, a intervenir, corregir o enmendar las hoy llamadas políticas públicas. Esto sigue siendo más o menos el sueño, o aspiración máxima, de todo capitalista de cierta estatura dentro de un contexto nacional. Pero en el siglo XIX, hubo algunos que tuvieron una claridad superior, estratégica, o, quizá, mayormente sentimental, de repartir plata a raudales con fines altruistas. Algunos ejemplos se nos vienen encima: Andrew Carnegie, el gran magnate del acero que, pese a los trajes caros, mantuvo hasta el final de sus días el aspecto algo rústico de sus raíces obreras en su Escocia natal. Figura prototípica en el imaginario yanqui, empezó arrimándose al filósofo más reputado de entonces, Herbert Spencer, sembrando librerías por todas partes de los Estados Unidos y el mundo, para terminar creando universidades y enarbolando su propio discurso sobre el arte de la filantropía (según él mismo, su "evangelio"). También, Alfred Nobel, el infatigable inventor sueco, hombre solitario que prefirió legar el grueso de su enorme fortuna a la instauración de un premio que distinguiera los talentos de la humanidad toda, por encima de a su propia descendencia. Menos conocido que Carnegie y Nobel, el belga Ernest Solvay, sin embargo, se apuntó una performance más discreta pero poderosa, que además, analizada bajo la lupa del tiempo, sobresale por lo visionaria y como marca simplemente insuperable. Su historia también contiene ingredientes de empuje y auto-superación que resultan característicos en estos casos –en el suyo, una enfermedad a edad temprana que le impidió ir a la universidad. Pese a ello, se las arregla para alcanzar una formación científica lo suficientemente sólida como para, veinteañero, introducir mejoras sustanciales en un proceso químico de relevancia en la industria. Su método para perfeccionar la elaboración de carbonato de sodio, elemento esencial en la fabricación de vidrio y en la metalurgia, lo lleva a convertirse en magnate antes de los cuarenta, a la cabeza de una firma que hoy, a 160 años de su nacimiento, sigue siendo una de las más fuertes a escala mundial. En pleno auge del capitalismo, Solvay exhibe un desempeño atípico como empresario. Aboga por los derechos sociales de los trabajadores y lleva hasta el parlamento sus iniciativas como senador. Hacia el final de su vida, la inclinación filantrópica se acentúa. Pone a la Universidad de Bruselas bajo su amparo, financia la creación de institutos de Sociología, Fisiología, Comercio, y vela por la alimentación de sus compatriotas en medio de los apremios de la Gran Guerra. Hasta acá, los movimientos de Solvay todavía podrían encajar dentro de las maniobras, más o menos hábiles, propias del capitalista de rango mayor que aspira a dominar el tablero de juego inmiscuyéndose en el diseño de sus reglas. Sin embargo, cuando nos ponemos por delante del más alto de sus esfuerzos en el mecenazgo, ni la mente más endurecida por la ideología podría resistirse a aplaudir la contundencia del logro. Quiso promover y fomentar las ciencias, donde él mismo había tenido un desempeño nada menor, y para ello dispuso de las mejores condiciones para la organización de un encuentro internacional. En 1911 se llevó a cabo la primera de estas convocatorias, el listado de los convocados resulta apabullante: Marie Curie, Ernest Rutherford, Henri Poincaré, Henrik Lorentz, junto a otros todavía en tránsito hacia la plena consagración, como Max Planck y un joven Albert Einstein. Todos reunidos para debatir en torno a la “teoría de la radiación y de los quanta”. Es decir, ciencia todavía en rango experimental, de total avanzada. Por entonces, los primeros lineamientos de la cuántica habían sido esbozados solo hacía diez años y Solvay entrevió que se podía alcanzar algo importante por ese camino. Su acierto no pudo ser más pleno, alentando el estímulo de las conquistas en el campo del conocimiento donde recién 60 o 70 años después terminaría concentrándose el liderazgo del movimiento económico del planeta. Los Congresos Solvay continuarían realizándose cada tres años, con las únicas pausas de las guerras mundiales, hasta la actualidad. Hace 112 años, nadie podía todavía sospechar que en algún momento del desarrollo futuro de los mercados la supremacía del gran capital ya no estaría más en la producción de máquinas –barcos, trenes, automóviles–, ni productos –ropa, cosméticos, joyas–, y ni siquiera en la banca, sino giraría en torno a unos nuevos dispositivos, con capacidad de almacenamiento e intercambio de datos a niveles simplemente prodigiosos, que generarían cambios profundos en los hábitos de consumo e incluso de vida entre los seres humanos. Y esas maquinitas de fábula serían posibles gracias a las disquisiciones harto incomprensibles en torno a la radiación, los quanta y las características más intrínsecas de la materia de un grupo de científicos, invitados, acogidos y auspiciados por el dueño de una fábrica productora de carbonato de sodio.
- Imposturas varias
Lo sabemos: el oficio de escribir, sobre todo luego de la aparición de los agentes literarios, ha tenido que vivir en constante estado de amenaza. Asediado por la crítica, atenazado por el mercado, quien escribe puede verse tentado a ceder su independencia creativa por la venia de cualquiera de estas instituciones que cohabitan el sistema literario, y que ofrecen distintos tipos de prestigio a sus nombres. Aunque sabemos bien los peligros que implica ceder el trabajo escritural ante el mercado, las consecuencias de querer agradar a la crítica no han sido tan desarrolladas en Chile. Esto ha ocurrido fundamentalmente por dos razones: la primera, porque la crítica literaria en Chile es escasa y timorata; la segunda, porque al ser escasa y timorata, su práctica adquiere alto valor en algunos círculos culturales. No es casual, por ejemplo, que una buena parte del éxito de un escritor o de una primera obra en Chile dependa casi exclusivamente de la opinión de una sola crítica literaria (de entre otros que ejercen el oficio), una opinión plenipotenciaria no porque se auto atribuya el poder absoluto, sino más bien debido a un panorama poco habituado a la discusión estética de la obras. A despecho de este vacío, una suerte de camaradería insana ha ido surgiendo en medio de ese espacio que muy pocos han intentado llenar; una paz burguesa (en tanto que evita el conflicto) donde se ha vuelto habitual escuchar de lectores o agentes culturales que debes leer a tal o cual autor porque es marginal, a tal o cual autor porque es activista, haciendo de la literatura una cuestión más de nombres que de obras. Ahora bien, de un tiempo a esta parte, otra fuerza externa ha tentado a las y los escritores nacionales a la hora de pensar sus textos. Se trata del momento social e histórico que vive el país, con sus conflictos y sus actores en juego. En efecto, no son pocas las obras que, de alguna u otra manera, han intentado hacer referencia a lo que ocurre "allá afuera". El problema, sin embargo, ha sido la técnica utilizada y el poco oficio desplegado por los autores en aquella tarea. Resultado: escenas forzadas, poco originales, que parecen colocadas ahí sólo para lograr el aplauso de los críticos o de sus círculos de influencia que les exigen hablar explícitamente de la contingencia como testimonio de un compromiso político. Limpia (2022), la última novela de la escritora Alia Trabuco Zerán, es la más reciente representante (hasta el momento) del gremio de los "mi texto también habla de lo que pasa allá afuera". Presa tal vez de una alta expectación luego de la espléndida La resta (2014) o de una regular Las homicidas (2019), Limpia opta (sabiamente) por la voz sublime y decidida de una trabajadora de casa particular que hace explícita la dialogicidad del texto literario. Es una voz altamente culta, que reclama para sí el derecho de poder ocupar términos complejos, impropios para una trabajadora de casa particular, pero que convive con una sorprendente repetición de lugares comunes en la composición de los otros personajes: una familia de clase alta compuesta por un marido implacable (es médico), una esposa algo superficial (es gerente de una empresa maderera) y una niña inteligente y llevada de sus ideas. El contraste del espacio "casa" con lo que ocurre "allá afuera" se desarrolla fundamentalmente a través de lo que aparece en la televisión. Una televisión que está, qué duda cabe, ubicada en la cocina del inmueble, el hábitat natural de la nana. Así, las escenas en donde se asoma en algo la injusticia cotidiana que sufre la protagonista se vinculan con las imágenes que proyecta la televisión. Allí, desfilan protestas, barricadas, el mundo real. ¿Habrán sido unas cinco escenas, tal vez diez, donde este mismo patrón se repitió? Es fácil perder la cuenta. Lo importante en este asunto, en todo caso, es la falta de originalidad a la hora de hacer dialogar lo íntimo con lo social. La televisión es la única fórmula que tiene la autora para establecer ese vínculo, y por tanto se agota el recurso hasta el paroxismo. Ahora bien. Todo esto encuentra su punto de condensación en la última escena. La nana es desvinculada de su trabajo por obra y gracia de la niña de la casa: ella le ha confesado a su madre, con tan sólo mostrarle su pierna, que ha sido mordida por la perra que la nana ha estado dejando entrar hace ya bastante tiempo. La nana se va de la casa de madrugada y comienza a caminar. Camina y sigue caminado. La sigue de cerca un chico que ha conocido en una bomba de bencina hace ya algún tiempo. En un momento suponemos que ha llegado al centro de Santiago y entonces se siente parte de algo más grande, algo que la desborda: es una masa de gente que camina en su misma dirección y que van hacia una manifestación. La nana, esa que páginas atrás había reclamado con justa razón su derecho a hablar en un lenguaje elevado, ahora se encuentra en medio de una manifestación, tirando piedras y corriendo de la policía, sin saber por qué. Guiada tan solo por esa rabia de clase orgánica, irracional, natural que posee ella, el texto incurre aquí en algo que ya se ha visto una infinidad de veces en la literatura nacional: la mirada paternalista que tienen los autores respecto a las clases bajas. Claro: se tiran piedras y no se sabe por qué. Se asiste a una manifestación y no se sabe por qué. Lo único que guía estas acciones es una rabia espontánea, una especie de intuición estomacal, un deseo mimético que nunca da lugar a un proceso de reflexión o de pensamiento. La nana es por tanto una hoja que ha caído al río y es llevada por su cauce sin voluntad propia. Se reduce su condición a sólo un número de entre la masa. No hay singularidad en ella, pues tampoco hay decisión en su actuar. Cabe preguntarse entonces, ¿por qué una trabajadora de casa particular que se manifiesta sólo mediante intuiciones es la única en toda la novela que reclama su derecho a no seguir los modelos de clase? Notemos la impostura: todos los personajes, en todo lo que hacen durante la novela, siguen patrones ya trazados por el sentido común y los productos de la sociedad de masas. Todos, menos la protagonista y el lenguaje utilizado por ella. ¿No será que existe aquí un miedo a escribir "mal"? ¿No habrá en esta novela, como dice Ricardo Piglia, un miedo pequeñoburgués que empuja a la hipercorrección? Son preguntas válidas, sin respuestas, pero que saltan a la vista cuando se intenta construir un personaje y una novela que lo único que tiene de inusual es el lenguaje utilizado por la protagonista, porque todo lo demás, incluso el comportamiento del personaje principal es un producto casi calcado de la cultura de masas. - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.
- Sobre la obra Rosario Perriello: Cómo camuflarse en la ciudad y desaparecer
Esta obra de Rosario Perriello presenta una reflexión sobre la idea del habitar la ciudad. Partiendo del estallido social en Chile del año 2019, la artista propone distintos recursos de salvación a través de una serie de trajes de camuflaje que protegen al habitante y evitan que sea reconocido. La etimología de la palabra habitar está estrechamente relacionada a hábito. Luego de la piel, la siguiente capa que habitamos es la indumentaria-hábito-, luego nuestros hogares, hasta extendernos a la ciudad. El término también significa costumbre, rutina, comportamiento aprendido y reiterado. Se dice que una acción repetida por cuarenta días se transforma en hábito. Cuando nos referimos a habitar la ciudad, implícitamente significamos interactuar activamente con ella en una relación de afectación mutua. Recientemente, Kathya Araujo liberó su libro Hilos Tensados, una compilación de textos que tratan de entender el estallido social de Octubre de 2019. La autora, propone que nos encontramos en un momento de intensa, contradictoria e incierta reconfiguración, una transformación de los principios normativos en los que nos orientamos, de las lógicas sociales y las legitimidades que ordenan las relaciones. Las expectativas de horizontalidad se estrellan con las jerarquías naturalizadas que se sostienen por medio de la negación o ‘borramiento del otro’. La obra de Perriello cristaliza la ausencia del otro como referencia. Una de las estrategias utilizadas por Perriello es la sublimación de la arquitectura sobre los trajes. Por su parte, la palabra sublimación tiene su raíz del latín sublimare, un verbo transitivo que significa exaltar o poner por lo alto. En el psicoanálisis, ssignifica canalizar un deseo o impulso desde un plano material–por ejemplo violento– hacia un plano mental –por ejemplo artístico o intelectual–. En términos científicos, el concepto refiere a pasar del estado sólido al gaseoso directamente. La artista también ha creado pequeñas cuentas de porcelana que ayudan a proteger la indumentaria de camuflaje. La porcelana, como recurso pictórico, permite una riqueza cromática y de textura, al mismo tiempo que le da dignidady volumen a los trajes.Los chinos dicen que es la cerámica que suena como metal al ser golpeada;es la cerámica más resistente por su contenido de cuarzo, y en combinación con los materiales de desecho sugiereuna reflexión sobre la relación entre el valor, el consumoy lo desechable en la cultura contemporánea. El material de desecho en los trajes de camuflaje está integrada en un gesto cuidadoso de embellecimiento y dignificación, cortando y plegando latas y envolventes plásticos para convertirlos en elementos modulares decorativos. La ornamentación es un elemento fundamental en la vestimenta, incluso existen comunidades originarias que carecen de elementos de abrigo y ocultación del cuerpo, como los yámana, pero no existen comunidades sin ornamentación. En el caso de los trajes de camuflaje, la finalidad de la ornamentación implica una reflexión estética de la apariencia física y se realiza para evitar llamar la atención de los demás. La simultánea satisfacción de estas dos tendencias contradictorias e incompatibles invita a reflexionar sobre la estrecha relación entre la indumentaria y la ciudad - hábito y hábitat - y cómo el camuflaje se convierte en una estrategia de resistencia en un contexto social y político hostil. La obra de Perriello en colaboración con Alma Vargas, diseñadora de vestuario, fusiona arte y indumentaria, pero sobre todo busca cuestionar las formas en que vestimosy habitamos la ciudad, y cómo éstas pueden ser utilizadas para construir identidades y resistencias frentea la opresión. La exposición incluye cinco trajes, cuatro fotografías y un video que ilustran el camuflaje en distintos espacios de la ciudad. En una de las imágenes, una persona con capucha y buzo se camufla entre los grafitis del muro continuo al Colegio de Arquitectos en plena Alameda. La primera escena delata al sujeto salir de alerta cuando se voltea con el pecho blanco para salir del cuadro, mostrandola dualidad entre la necesidad de camuflarse y la de ser visto. Darse vuelta, dar la espalda que está en blanco.Araujo explica que las promesasde igualdad trajeronun consecuente desencanto y luego desapegoque “se asociacon el adelgazamiento con los vínculos que nos unen a la sociedad, a la vida en común […] Al reducir la intensidad del vínculo con la sociedad, desincentiva la adhesión necesaria para emprender acciones coordinadas y colectivas.” En otra de las imágenes, dos jóvenes se mimetizan con la arquitectura de Miguel Lawner en la salida sur del Metro Universidad Católica, en una narrativa tan fantasmagórica como el proyecto arquitectónico UNCTAD III metros más atrás. Los trajes de camuflaje de Perriello no se ciñen al cuerpo, lo que hace irreconocible la figura escondida.Los dispositivos corporales desafían la identificación facial y control en la ciudad. El último traje se camufla en el blanco del plinto del General Baquedano, en donde capas de polvo suspendido se hacen inmortales en frías superficies. El polvo es el vestigio inevitable del tiempo, la huella de su implacable paso sobre todo lo que ha existido y ya no es. Carolina Arévalo La exhibición puede visitarse en Matucana 100 - Santiago. Hasta el 16 de julio.
- Phono Sapiens, nuevo EP de F600
TRUTH OR CONSEQUENCES, etiqueta independiente italiana con base en Roma y Londres, regresa presentando un nuevo catálogo digital en el que retoma su línea de publicar experimentos sonoros de vanguardia para los seguidores y amantes de la música electrónica. En esta ocasión ingresa a su equipo y catálogo a Miguel Conejeros -aka F600-, productor musical y DJ en constante evolución y búsqueda de nuevas direcciones musicales quien, desde los 80, comenzó su carrera con la legendaria banda de art-punk Pinochet Boys y continúa hasta hoy a la vanguardia de la música electrónica. Miguel es un artista y compositor que siempre sabe cómo entregar lo inesperado y dejar un gusto dulce y de sorpresa. Su nuevo EP, PHONO SAPIENS, es un crudo análisis de la nueva era del transhumanismo y el hombre hiperconectado... Pero aún hay esperanza.
- 30
Me sorprendo asintiendo ante otro que argumenta, sin prestar atención a lo que dice. A veces el gesto de asentir es una disposición de cortesía con el interlocutor, pero de escasa consideración a lo que nos comunica. A veces, también, es la forma más expedita de dejar la cara estampada en la puerta de entrada ante un posible predicador que insiste en ser oído, mientras el pensamiento aprovecha el biombo de esa mirada cortés para retirarse, sin hacer olas, a sus impasibles aposentos.
- 29
Las mentiras madres son aquellas que terminan enganchando al mentiroso en un mar de mentiras sucesivas que procuran evitar que se devele esa mentira original. La fertilidad de la mentira madre es tal que a la larga el mentiroso siente que ha sido ella quien lo inventó a él, y no al revés. Esa es otra de sus mentiras.
- Lumpen o flaiteburguesía: la gente como uno
El 12 de agosto de 2021, José Luis Vásquez Chogue, un representante del pueblo selk’nam, habló en la Convención Constitucional: «Mi apellido Chogue es de origen francés. Siempre se me preguntó en el colegio de dónde era mi apellido, de dónde era yo y yo siempre dije que era un selk’nam, un ona más conocido. Siempre crecí en el colegio y hoy en día nuestros hijos, los nietos, los bisnietos y los tataranietos de Carmelo [su abuelo] seguimos escuchando en los colegios que estamos muertos. Es muy doloroso, porque también nuestras familias abandonan esta tierra, yéndose y escuchando de que estamos muertos». Antes de eso, cuando se presentó, mientras decía quién era y a quién representaba, a Vásquez se le quebró la voz: «Me emociona estar aquí, delante de ustedes...». Mostró una foto de su abuelo, dijo el nombre indígena de este, contó que se lo cambiaron y que lo ingresaron a una misión salesiana. Que sobrevivió al genocidio. «Es difícil decir aquí quién soy porque este Estado no nos reconoce. No puedo decir quién soy con la frente en alto. Quisiéramos nosotros caminar libres. Hoy en día nosotros hemos crecido junto a ustedes, caminado, trabajado, levantando también a este país, pero este Estado no nos reconoce, nos niega y se ríen de nosotros». «Pasó la hora de empatizar con el aluvión de demandas, anhelos, sueños que este proceso ha despertado, todos muy legítimos pero que, si no son procesados y ordenados, pueden transformarse en un temporal de expectativas», dijo el entrevistador y columnista Cristian Warnken. No sé si tenía en mente aquel testimonio. «Es la hora de la política, de la razón, de dejar de ser desbordados por las emociones primarias, de elaborar esas emociones (no negarlas), de darles un cauce constructivo, de dejar de ser niños o adolescentes con “pataleta”, rabia o pena, y comportarnos como adultos en esta hora histórica», mandó. «Nos parece que ya pasó la hora de la “catarsis” de la primera etapa de la Convención». ¿Quiénes son «nosotros»? ¿Qué significan esas palabras? ¿Que la razón y la política soy yo, «nosotros», que ya está bueno ya, los escuchamos, muchas gracias, pero ahora nos toca hacer a los adultos, quizás con ustedes, pero en nuestros términos, en nuestra ley, la única legítima, madura, racional, normal? Parece que sí. Recordemos que hace poco, ya rechazado el proyecto constitucional de la Convención, y tras meses de negociaciones para abrir un nuevo proceso, Warnken y los Amarillos, invitados por la derecha, se negaron a que un nuevo órgano constitucional fuera cien por ciento electo. La repuesta del líder amarillo frente a esa idea fue: «Se está instalando una suerte de dictadura de facto». La democracia y la razón, en cambio, exigen que sean parte y vigilen el proceso los «sabios de la tribu». Tiene sentido que lo diga quien, previo al plebiscito de septiembre, se espantó ante la posibilidad de que las personas leyeran el proyecto constitucional; «¿alguien cree que la mayoría de los chilenos leerá la propuesta constitucional?», preguntó el sabio Warnken. «Y si la lee, ¿contará con las herramientas de análisis y los conocimientos para descubrir las falencias y errores que este texto incluye? Si pensamos en lo paupérrima de nuestra formación cívica y conocimiento histórico, y los bajos niveles de comprensión lectora, eso es poco probable. Es cosa de ver cómo se están revendiendo esos libros (tan generosamente regalados) en las ferias libres». Lumpenproletariado llamó Marx (y el marxismo) a lo más bajo del proletariado, personas incluso al margen de él, y sin conciencia de clase: «Los plebeyos, que ocupaban una posición intermedia entre los libres y los esclavos, no llegaron a ser nunca más que una especie de lumpenproletariado», dicen Marx y Engels en La ideología alemana. Hay moralina y desprecio en el término, un roteo y hasta clasismo en el sentido chileno de ambas expresiones. Son los harapientos o andrajosos (lumpen en alemán significa harapos o andrajos), y, más allá de la jerga marxista, donde este aspecto también está presente, son los pillos o pícaros, los patanes; o sea, de nuevo en chileno, los rotos o los flaites. Una suerte de presencia fantasmal, monstruosa, que reconocemos, o proyectamos, en ciertos aspectos, en ciertas pieles y rostros, y que amenaza, o eso imaginamos, la tranquilidad nuestra de todos los días, el aseo y ornato de nuestras vidas, la moral y las buenas costumbres que somos. Por ejemplo: afligido por lo que hacía la Convención Constitucional, Warnken, iluminado por el faro del que siempre tiene la razón, guardián de lo bueno y lo justo, de la república y la democracia, encendió las alarmas, lanzó una alerta, temía lo que pudiera ocurrir con el proceso constitucional, con la nueva Constitución: habló de «engendro», «imbunche», «tsunami», «erupción volcánica submarina», «peligro», «terremoto», «aluvión», «temporal», «fuego». ¿Por qué recurrir a metáforas o figuras como «imbunche» o «terremoto», o sea, cosas disruptivas y temidas? ¿Por qué la odiosidad y el ninguneo? ¿Por qué esos arranques verbales? Imagino que porque quien profiere esas palabras se siente amenazado, teme lo que desconoce. Y si lo desconoce, pues, claro, debe ser malo y debe ser detenido, rechazado, insultado. Y si lo vamos a incorporar, que sea bajo nuestras condiciones, como algo exótico y folclórico, por ejemplo. Pero siempre bajo control. Supongo. * «No quiero ser duro con el reguetón, pero es evidente que es una cultura que tiene problemas asociados al éxito fácil. Hay un modelo de “hacerla”. Y eso es complicado para el mundo escolar. Yo he conversado con profesores y es difícil combatir ese modelo de éxito del “influencer” y otros casos afines. ¿Qué alternativa puede ofrecer un profesor?», dijo en una entrevista el historiador Marcelo Somarriva. «Es difícil que la educación, con las herramientas convencionales de la enseñanza, resulte atractiva frente a la competencia del skate o la calle. Es una pelea desigual, porque el modelo del triunfo es Marcianeke. Marcianeke la hizo. Todos quieren ser Marcianeke. Y esa cultura te dice que la educación forma “perkins” y la calle te ofrece ser bacán». Las palabras de Somarriva responden a la pregunta que le hace el periodista, Daniel Rozas, sobre su idea de que «el lumpen se articula alrededor de la cultura de las barras bravas, el trap, el reguetón y el narco». Poco antes, en la misma entrevista, Somarriva se refiere a la crítica, o más bien diatriba, que hace la filósofa Lucy Oporto contra lo que ella llama «lumpenconsumismo», o sea, contra el flaiterío expresión de la sociedad de consumo, que habría estado detrás del estallido social. Es otra versión, en realidad la misma, de la letanía conservadora (de izquierda o derecha, da igual) contra el consumo que corrompe las buenas costumbres del pueblo sencillo (o algo así). Somarriva cuestiona la nostalgia detrás de esos juicios y la demonización del consumo. Pero olvida ese acierto, su cuestionamiento a las ideas de Oporto, cuando, líneas más adelante, rotea al reguetón, al skate y la calle, a la cultura de «hacerla», del éxito fácil. Digo, esa cultura sí es expresión, efecto y hasta culminación de la sociedad de consumo. El problema de diatribas como la de Oporto no es la vinculación entre consumo y «hacerla», sino la nostalgia y el roteo; lo mismo en lo que cae Somarriva a la vuelta de la página. Dicen que nuestra sociedad es de consumo porque consumir, lo que consumimos y hasta ostentamos, es la manifestación, la muestra del éxito; o sea, del reconocimiento, de que hemos cumplido con lo que la sociedad espera de nosotros. Es nuestra representación o conceptualización de la realidad. Tengo dinero (efectivo o a crédito), puedo comprar, consumir. Me ha ido bien en la vida, eso es el consumo. Y como somos animales sociales, ese juicio, que me ha ido bien, no depende sola ni principalmente de que yo me vea así, sino de que los otros lo reconozcan. De que digan «la hizo». De que quieran ser como yo, que soy o he llegado a ser lo que se debe hacer. Entonces, sí, Marcianeke con sus zapatillas, joyas y sus fiestas la hizo, tuvo éxito. También la hicieron Ponce Lerou, Cardoen, Piñera, Lavín y Délano, epítomes, mucho más que cualquier trapero... ¿que cualquier harapiento, andrajoso?... Epítomes, digo, Ponce Lerou, Cardoen, Piñera, Lavín, Délano y afines, del modelo chileno, que en realidad tampoco es puramente chileno, ni tan reciente; también la hizo Edison, por ejemplo, y no la hizo Tesla. Aquí también la hicieron, la siguen haciendo, los Luksic, Angelini y Matte. Epítome quiere decir resumen, compendio, exposición fundamental y muy precisa de una materia; eso son Ponce Lerou, Cardoen. Piñera, Lavín, Délano y la oligarquía o burguesía chilena, nacida y en algunos casos renacida al alero de las avivadas hechas en dictadura y normalizados en democracia. También la hicieron quienes boleteaban para Penta y SQM, claro, y los que repactaban unilateralmente y los coludidos y los cascadas y los información privilegiada y los forestales y los que roban agua. Acumuladores de dinero y poder. Modelos de éxito, de hacer lo que haya que hacer para triunfar; personas que, como dijera el expresidente, no respetan a nada ni a nadie. Lumpenburguesía, podríamos llamarlos, pero como estamos en Chile, prefiero flaiteburguesía. También flaiteoligarquía o simplemente cleptocracia. Gente, como ellos, que no respeta la ley: «Dicen que Adán y Eva fueron los primeros innovadores», dijo Piñera; vivos, ganadores, faltos de toda humildad, tanto como están llenos de prepotencia; individualistas que hacen lo que quieren porque pueden. Y que el resto se aparte porque aquí vengo yo (a Piñera, en los bellos noventa, lo apodaban la locomotora; era un elogio). Es casi la definición de flaite. Claro que en Chile el roteo va para Marcianeke y no para Piñera, Ponce Lerou y afines; supongo que ahí empiezan a funcionar cuestiones de clase que dividen al mundo entre el flaite bueno, «gente como uno», y el malo, gente de la calle, esa que ronda mi casa de todos. «Está bien consumir, ser exitoso, pero por favor mantén las formas, mis formas, no me molestes, no me invadas la playa... Se humilde, austero, estudia». Algo así dicen. Como si no fuera en la escuela y los liceos —y su bastión, los liceos de excelencia estándar, de competencia, de hacer lo que haya que hacer, de descarte de los malos— donde te enseñan que hay que estudiar para que te vaya bien en la vida, para surgir, para llegar a ser alguien. ¿Y qué significa eso en la sociedad de consumo? Hacerla. «Ellos», dice Somarriva, asombrado, como si identificara una contradicción o más bien una fluidez difícil de cuajar, ellos «pueden estar en la mañana en Plaza Italia y un poco más tarde en un McDonald’s». O sea protestar, vandalizar y luego consumir (y más encima comida rápida). «Ellos» son los marcianekes, el lumpen, el mundo pop, «liviano o vaporoso», que vive en cruces «que no son fáciles de asimilar por la cultura más tradicional», explica Somarriva; o sea, por la gente como uno. Si uno adopta el tono despectivo al decir «lumpen», el tono clasista-chileno, descubre otro rasgo sorprendentemente marxista y otro lazo entre el lumpen de arriba y el de abajo: el lumpenproletariado, según Marx, no solo no tiene conciencia de clase, sino que muchas veces actúa en favor de las clases dominantes, de la burguesía y la aristocracia, porque, al no tener medios de producción ni fuerza de trabajo, se vende a ellas y así la hacen. «Bajo el pretexto de crear una sociedad de beneficencia», leemos en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, «se organizó al lumpemproletariado de París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes bonapartistas y un general bonapartista a la cabeza de todas. Junto a roués arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra, toda es masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème: con estos elementos, tan afines a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de Diciembre, “Sociedad de beneficencia”, en cuanto que todos sus componentes sentían, al igual que Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora». Pues bien, ¿para quién trabajan o trabajaban las barras bravas, el «lumpen» que, dicen, asoló Chile durante el estallido social? ¿Quiénes los usaron desde los noventa, sino antes, y todavía los usan como fuerza de choque, como herramienta de «apriete»? A diferencia del tono que tiene el entrevistador —que lanza tesis del tipo: «Frantz Fanon [...] en 1961 escribió cosas como la siguiente: “La nueva sociedad debe nacer producto de la violencia y de la lucha armada”. Cosas que suenan muy similares a la retórica del 18-O», «En Hollywood se hacen películas que son apologías del anarquismo»—, a diferencia de ese tono, digo, el de Somarriva no es odioso ni hiperbólico. Parece más la voz de quien describe algo, siempre desde sus circunstancias, por supuesto, de modo que detrás de la descripción hay perspectiva y juicios de valor. Pero no es indignado, no son las maneras furibundas, ninguneadoras, el roteo típico de otros comentaristas y activistas de la gente como uno —«lumpenintelectual» o «flaiteintelectual», podríamos llamarlos—, desde Teresa Marinovic a Pablo Ortúzar, pasando por Iván Poduje, Marcela Cubillos, Cristián Valenzuela, Luis Larraín, Gerardo Varela, Pilar Molina, Cristián Warnken, Cristián Larroulet, Patricio Navia, los hermanos Kaiser, Natalia González o Sergio Melnick. Roteo a los flaites, al lumpen y a los sectores políticos que, en su imaginación, reivindican y hasta conducen al lumpen (los jóvenes, los progres, el Frente Amplio, los comunistas, las feministas, los indigenistas y otros fantasmas). En el papel, ese tono se expresa en una sarta de adjetivos más o menos ingeniosos para calificar a los malos, en cierta tendencia a la coprolalia y la cursilería y en el uso de comodines como «batalla cultural», «marxismo cultural», «corrección política» o «cultura de la cancelación». Ahora también dicen «Woke». En vivo, o al menos en sus caras, el tono se refleja en mandíbulas y cuellos tensos, incluso si intentan disimularlo con una sonrisa y un sarcasmo; en narices arrugadas, como si olieran caca. Parece resentimiento, pero esa palabra, ese concepto —«resentimiento»— hay que preservarlo como virtud creadora y no manía restauradora y clausuradora. ¿Qué es, entonces, esa rabia flaiteoligárquica? «Váyanse, rotos, devuélvanme mi país». «Tú no puedes estar aquí y si estás es bajo mis condiciones, a mi pinta». «Ya no puedo decir y hacer las cosas que hacía y decía sin más». ¿Cómo llamar a esa cólera y sus arrebatos? ¿Al enojo, al dolor, a la molestia, a la irritación de los favorecidos? ¿Qué sentimiento es ese? ¿Tal vez desprecio? Sí, es probable que el fundamento sea un desprecio hacia los otros. A esos que me quitan lo mío, mi tranquilidad, mi mundo. (¿No pasa lo mismo con el roteo tipo «facho pobre»?). Desprecio. Eso a nivel explícito o más evidente. Pero, implícito, más escondido, más al fondo, en ese abismo que aloja a la propia identidad, ¿no será que hay también, fundamentalmente, un desprecio hacia sí mismo? ¿No será un sentimiento de inferioridad que asoma como rabia al ver que los otros pueden ser como yo —«¡Dios, mío!»—, que tienen los mismos méritos o tal vez más, o que en realidad nadie los tiene, yo no al menos, o sea que yo no soy quien creo que soy, no soy la medida de todas las cosas, y ellos, que son distintos a mí, son iguales a mí? Intuir eso, imagino, debe provocar una sensación de vacío; y el vacío horroriza. ¿Es eso lo que motiva el desprecio? No lo sé, pero si es así, el desprecio, el menosprecio vuelve a tocarse con el resentimiento, comparten una conciencia: la conciencia de una situación injusta; o al menos de que algo ya no cuadra, no cuaja, cruje, hace ruido. Solo que a uno, al despreciativo, la situación lo beneficia, o lo beneficiaba, mientras que al resentido lo perjudica. El despreciativo cree que es injusto que los rotos sean como ellos. El resentido sabe que los ricos son tan imbéciles como él. Tampoco sé si hay conciencia en el desprecio flaiteoligarca. Un sentimiento de inferioridad implica cierto grado de conciencia, darse cuenta de algo, juzgarme desde el otro y no juzgar al otro desde mí. Esto, en cambio, esta rabia, parece menos mediata que reactiva, una sensación no muy elaborada de que algo va mal, de que ronda un peligro. Es una resistencia. Una reacción. Un rechazo. ¿Miedo a que las cosas cambien, a que se derrumbe mi mundo, el mundo? ¿A que lleguen los bárbaros? ¿A que llegue el tren a Cartagena? «Vengo llegando de uno de mis largos y habituales paseos por la playa de este litoral central», escribió Warnken en enero de 2021. «Vengo con un sentimiento encontrado: alegre y vitalizado como siempre por la potencia y belleza de esta costa, de la naturaleza en todo su esplendor y biodiversidad, pero triste por ver a la orilla de estas olas que tanto amó y cantó Neruda, un pueblo esclavo de su propio cuerpo y sus malos hábitos, un pueblo condenado por el sedentarismo, la obesidad, la expresión de una nueva pobreza tanto o más lacerante que la que superamos en esos famosos y tan vilipendiados “30 años”». Sea lo que sea, incluso como inconsciencia, como mero miedo, extrañeza o qué sé yo, igual parece que el desprecio y el resentimiento comparten un origen, una cierta situación y hasta la percepción de injusticia o descuadre; la diferencia, claro, está en el lugar que cada cual ocupa en esa situación dada, en la perspectiva, en qué se identifica como injusto, negativo, malo, que es lo mismo que decir quién identifica la injusticia, el mal. Según eso, se apuntará a unos u otros, a esto o esto otro. Quién... quién la hace, esa es siempre la diferencia. * Termino de revisar este texto, escrito hace varias semanas, el mismo día, 9 de enero de 2023, en el que seguidores de Bolsonaro atacan el Congreso, el Palacio Presidencial y la Corte Suprema de Brasil. Seguro que algunos aquí en Chile —que toleran, conviven y hasta son parte del bolsonarismo local, quienes le regalaron una torta a Bolsonaro (Piñera) y felicitaron a Brasil por haberlo elegido presidente (Horst Paullman), quienes dijeron que Chile necesita un Bolsonaro (Cristián Valenzuela), o sea, el lumpen o flaiteburguesía y su lumpen o flaiteintelectuales— harán un paralelo entre ese asalto y el estallido social en Chile (y por supuesto que apuntarán a la izquierda). ¿Por qué? Por oportunismo y para sacarse los pillos, por vivos, para hacerla, pero sobre todo, pienso, por lo ya dicho, porque lo sustancial es quién, quién la hace; y siempre son «ellos» —los «otros» son «lumpen», «flaites»—, nunca «nosotros», los razonables y sabios, aunque también lo seamos, «nosotros», la «gente como uno», como ellos. De eso se trata. Juan Rodríguez M. - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.
- Soy liberal: nadie es perfecto
Ser liberal no está bien visto por la izquierda y, sí lo eres de manera consecuente, tampoco por la derecha. Yo me considero un liberal radical y me gustaría explicar cómo lo entiendo. Apuesto por un liberalismo político, que si es coherente ha de ser democrático. Ya sé que el liberalismo no era democrático en sus inicios: Domenico Losurdo explica en su “contrahistoria del liberalismo” todos los abusos que se hicieron en su nombre. Bueno, hay que saberlo, pero es como hablar del socialismo o del comunismo mostrando todos los abusos que también se hicieron en su nombre. De lo que se trata de saber es si es una propuesta política conduce necesariamente por este camino nefasto o abre alternativas constructivas. Creo que ni en un caso ni en otro es así, aunque hay un peligro de que tenga esta deriva. El nazismo y el fascismo, en cambio, son propuestas políticas que llevan inevitablemente a lo peor. Podemos hablar históricamente de que también el liberalismo aparece como crítica del absolutismo. Immanuel Wallernstein los explica muy bien en uno de sus volúmenes sobre la historia del orden económico mundial capitalista. El socialismo lo presenta como una radicalización del liberalismo. También para Bernstein, fundador de la socialdemocracia, el socialismo es la maduración del liberalismo. Cómo bien dijo el liberal republicano Benjamín Constant es la aparición de la libertad de los modernos combinada con la libertad de los antiguos, es decir la libertad individual ligada a la idea republicana de igualdad de derechos. Hace décadas, un pensador tan singular como inclasificable, Norman O. Brown, afirma en su libro "El cuerpo del amor" el liberalismo es por su propia lógica antipatriarcal y antimonárquico, ya que representa la igualdad fraternal frente a la jerarquía. También el liberalismo, por su propia dinámica, tenía que ser democrático, aunque Locke no se definiera como tal, aunque sí lo hizo Spinoza. También el sufragio universal es una consecuencia del liberalismo político, basado en la idea de ciudadano y de igualdad de derechos. Esto incluye a la mujer y al obrero y si no fue así inicialmente, era porque el mantenimiento del patriarcado y los intereses de la burguesía eran contrarios a la práctica del liberalismo. Pero liberalismo político quiere decir libertades políticas, elecciones, separación de poderes. El liberalismo incluye también las libertades civiles, que es lo que más propiamente tiene que ver con la libertad de los modernos, que es la del del sujeto individual como aquel que elige, dentro de sus límites, la vida que quiere llevar. Esto es para mí el liberalismo. Nada que ver con el nacionalismo, aunque en la práctica histórica se hayan mezclado. El liberalismo tiene que ver con los ideales de la ilustración y con el Estado de Derecho. Tiene más que ver, tal como lo entiendo, con lo que se ha llamado la izquierda que con la derecha. Lo que resulta entonces problemático y parece llevar el liberalismo hacia la derecha es lo que se llama el liberalismo económico. Pero aquí nos encontramos con una ambigüedad: podemos entender por libertad económica dos cosas bien diferentes. O bien que existe libertad de empresa y un mercado regulado por el Estado o bien una economía autorregulada. Ya nos avisó Karl Polanyi de lo ilusorio del mercado autorregulado: al final el Estado acaba apoyando a los oligopolios, como ya complementó con sus análisis Immanuel Wallernstein. Si es el Estado el que regula ya es otra cosa, porque entonces este liberalismo económico se vuelve coherente con el liberalismo político y social. Este es ni liberalismo. Que es, de alguna manera, anticapitalista, ya que el capitalismo es un orden económico mundial en el que domina la lógica del máximo beneficio. Aquí ya hay un desmarque con la derecha. Este liberalismo coincide bastante con el republicanismo democrático. Pero el republicanismo, si no es liberal, tiene el peligro de ser comunitarista y diluir la libertad individual. Soy individualista, lo cual quiere decir que la referencia, el sujeto, es el ciudadano y no la comunidad. No que no sea cooperativo, que sea competitivo o egoísta. Es igualmente bastante afín con la socialdemocracia, aunque este arrastre un excesivo estatismo. Michel Foucault, que en su última etapa tenía bastante de liberal, ya señaló en el liberalismo como el que ponía límites de al Estado. El poder burocrático del Estado es uno de los grandes peligros de la modernidad. John Rawls, Amartya Sen, Judith Shklar, Richard Rorty, Marta Nussbaum son algunos pensadores liberales contemporáneos que me parecen interesantes. Resumiendo: a falta de algo mejor, me defino como un liberal de izquierdas. Nada que ver con el confuso término de neoliberalismo, que se define en unas conceptualizaciones que oscilan entre los defensores de un sistema económico no regulado que defenderían desde dictadores como Pinochet hasta neoconservadores como Reagan, Margareth Tatcher o el PP español hasta los que defienden una subjetivación liberal en que la base sería entender la vida como una empresa. Nada. que ver con lo que defiendo, ciertamente. En España, por ejemplo, no veo un solo partido liberal mínimamente consecuente. ¿Ser liberal, entonces, quiere decir ser ecologista, feminista, antirracista y anticapitalista? Pues parece que sí. Pero sin elementos identitarios, como simples adjetivos, sin radicalismos. El liberal es, valga la paradoja, un radical que no se radicaliza. Alguien que intenta hablar con la voz baja de la razón, que quiere llegar a acuerdos, que no ve la política como un juego de identidades ni como una forma de autorrealización. Que lo entiende como el escenario más adecuado para una buena convivencia, para garantizar los derechos básicos y que cada cual pueda dedicarse a aquello que quiera, dentro de sus limitaciones. La política como el marco posible que permite que todos podamos vivir con libertad y dignidad. Este es el ideal. Pero de esto hablamos, de ideales cuya realización progresiva sea posible. ¿Utopías? No gracias, ya sabemos que se acaban transformando en totalitarismos. Luis Roca Jusmet - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.
- Lucio y la historia del horror
Hay espantos que nos sacuden como si fueran nuevos: hechos que nos sorprenden y nos aterran, situaciones para las que nunca estamos preparados porque rozan lo inconcebible. Sin embargo, muchos de esos horrores son tan antiguos como la humanidad. La historia abunda en ejemplos de actos malvados. Pero muchos de ellos eran, en ciertas épocas, “naturales”, formaban parte de la vida normal de la gente hace milenios y hasta estaban contemplados y codificados por la ley. El filicidio que hoy nos estremece era una práctica relativamente habitual, ya fuera por razones religiosas, cívicas, políticas o “sanitarias”. El sacrificio de niños está atestiguado en numerosas culturas, desde las orientales hasta las latinoamericanas. Las célebres momias de Llullaillaco, que pueden observarse -no sin cierto temblor- en nuestro Museo de la Alta Montaña (Salta), son una prueba patente. Niñas vírgenes y pequeños, muchas veces primogénitos, eran ofrendados a los dioses como bienes preciosos para poner su voluntad a favor de los mortales. Una de las costumbres perfectamente aceptadas, tanto en Grecia como en Roma, era la llamada “exposición del niño”. Si el progenitor, por alguna causa, no quería conservar al recién nacido, simplemente lo dejaba en algún lugar público. A veces el chico era recogido por alguien que se hacía cargo de su crianza, frecuentemente con el propósito de convertirlo en esclavo o venderlo. Pero lo más habitual era que la criatura quedara ahí, como un objeto desechable. La muerte era su destino más seguro. Edipo, Rómulo y Remo y tantos otros personajes del mito y la literatura son casos que ilustran tal costumbre. En Roma se lo depositaba en el suelo de la propia casa. Si su progenitor lo levantaba, eso significaba que lo aceptaba como hijo. De esa manera el adulto se convertía en padre. Como decía Eva Giberti, todo hijo es adoptado: es preciso que medie una operación simbólica de acogimiento del nacido para que la paternidad/maternidad advenga. Se sabe: ser padre o madre no es un hecho biológico, sino cultural y legal. Pero, si esos actos filicidas eran aceptados en la antigüedad, ¿qué es lo que cambió? ¿Por qué ahora constituyen la máxima aberración? Es Jean-Jacques Rousseau, en su libro Emilio o De la educación, de 1762, el primero que concibe al niño como un ser con características propias, diferente al individuo ya crecido. Hasta ese momento (siglo XVIII, ¡ayer nomás!), el infante era tan solo un “adulto en miniatura”, es decir, una todavía-no-persona, un mayor fallido. Su inmadurez implicaba un defecto que le impedía entrar en la categoría de ser humano cabal. Así, constituía más bien un objeto, algo de lo que se podía hacer uso y abuso ya que no contaba como ser completo. Las consideraciones de Rousseau -en vísperas del Iluminismo- dan el puntapié inicial para cambiar esa mirada y otorgarle al pequeño el status de persona. Deberán pasar todavía más de dos siglos para que se dicten los Derechos del niño, en la huella de los también revolucionarios Derechos del Hombre (luego, Derechos humanos). Pero la realidad es que, durante milenios, ese estatuto de persona y de sujeto de derecho -que tenemos asumido e incorporado- era algo absolutamente impensable. El homicidio del pequeño Lucio nos retrotrae a las épocas más oscuras de la historia. Esa mujer, su genitora -imposible llamarla madre-, hizo de la criatura el blanco de una crueldad que excede todo lo que podamos imaginar. Usando como justificación (¿ante sí misma?) una ideología falsamente feminista, profesaba un recalcitrante “odio al varón” y lo actuaba sin miramientos. Es imprescindible tomar en cuenta tal factor: en algunas vertientes del feminismo se confunde función paterna con patriarcado. Se pretende prescindir por completo del padre, como si este fuera un monstruo o un tirano. Está visto que la tiranía, el sometimiento y la opresión no tienen género. Si en esta rara configuración familiar hubiera habido un padre mínimamente a la altura de su función, habilitado por la ley y reconocido por la “madre”, tal vez habría podido evitar el terrible desenlace, separando al chiquito de una mujer (ya dudo incluso de llamarla así) devoradora, que cosificaba al niño y lo degradaba hasta lo más atroz. Reducir el hijo a la condición de cosa descartable -es decir, anularlo, volverlo nada- era el sentido de esas prácticas antiguas en Grecia y Roma, paradójicamente, las cunas de nuestra cultura. Tal vez no se ha reflexionado lo suficiente al respecto. Las criaturas abandonadas en plazas, templos o portales mediante la exposición eran, literalmente, expósitos (expuestos). Quiso la mala fortuna, la casualidad o no sé qué diabólica coincidencia que ese sea el apellido de la homicida: Magdalena Espósito. Alguien podrá decir: cruel ironía del destino. Tragedia o muerte anunciada. Sin embargo, acá no hubo dioses en cólera exigiendo sangre de niños sacrificados, rituales de una cultura que “cree” en tales acciones, impuestas por la tradición y las normas de su comunidad. No, no es una tragedia, donde el héroe tiene poco margen de elección. En el caso que nos desvela, hubo plena conciencia del crimen, de la diferencia entre bien y mal, de las consecuencias inevitables que sobrevendrían. Las asesinas eligieron torturar y matar. Ese vientre del que nació Lucio no lo dio a luz (otra resonancia con el nombre) sino a la más tenebrosa oscuridad. Tampoco se debe confundir deseo de madre con capricho o antojo de posesión. La maternidad es una de las situaciones más complejas y difíciles de la especie humana. Ni angelical ni natural, es más bien un rol que se elige, una función a construir, con fallas y aciertos, con dudas e incertidumbres. Pero tiene como condición ineludible la capacidad de alojar al recién nacido indefenso y frágil, ligarlo filiatoriamente y darle un lugar en la propia existencia. Solo así madre e hijo se vuelven humanos. Elección, responsabilidad, amor y trabajo: los hilos del manto que protege la nueva vida. Diana Sperling *Artículo publicado en el diario El Clarín - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.
- Responsabilidad y memoria
“Recuerden: en una sociedad democrática, algunos son culpables pero todos somos responsables”. Abraham Joshua Heschel I: Introducción Esta semana se cumplió un nuevo aniversario del atentado a la Embajada de Israel en la Argentina. El atentado ocurrió un 17 de marzo de 1992 durante la presidencia del presidente Carlos Saúl Menem. 31 años sin justicia, 31 años sin siquiera una reparación a las 22 víctimas fatales y los 242 heridos. Sin embargo, dos años después, ocurrió otro atentado: esta vez fue en la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina). Con respecto al segundo atentado se cumplen 29 años. En ambos casos, la injusticia fue institucionalizada a través de promesas falsas, de jueces inoperantes, de personas que obstruyeron al poder judicial; pero, todavía más, porque su irresolubilidad perdura en este tiempo y continúan los atentados pero por otros medios. No podemos hablar de tal o cual gobierno como responsable, sino del Estado. El Estado, ese Leviatán gigante y abrasador, como el garante de la injusticia. Por lo tanto, cabe preguntarse, ¿y nosotros? ¿Qué podemos hacer nosotros para que no se perpetúe, para que no prevalezca y para que no se mantenga la injusticia? ¿Hay algo para hacer? Porque, por un lado, estamos bajo la tutela del Estado como quien da vida y quien da muerte y, por otro lado, también permanecemos en ese Estado que no resguardó y no pudo hacer algo por esas vidas. Entonces hagamos la pregunta, ¿qué y cuán responsable somos? ¿Cuál es la diatriba y qué nos acontece como sujetos de derecho? ¿Qué significa hacer justicia a treintaiún años del atentado a la Embajada de Israel y a veintinueve años del atentado a la AMIA? II: Tradición bíblica Pirkei Avot, o el Tratado de nuestros padres, es uno de los tratados más representativos e importantes de la narrativa ética de la tradición rabínica talmúdica. En el primer capítulo se recogen las palabras de Rabán Shimón ben Gamliel que enseña que el mundo se sostiene bajo tres premisas: la justicia, la paz y la verdad. Así Pirkei Avot dice en la Mishná 1:18: “Rabán Shimón ben Gamliel dijo: sobre tres cosas se sostiene el mundo: la verdad, la justicia y la paz”. Sin embargo, es interesante observar que luego de que Dios haya creado el mundo, en Génesis 1:11, dijo “produzca la tierra planta”; la palabra para tierra planta, en hebreo bíblico, es deshe. Con las tres letras de la palabra deshe comienzan la justicia (din), la paz (shalom) y la verdad (emet). El mundo perdura en tanto que se mantengan estas tres premisas porque, de otra manera, no habría mundo alguno. Pero concentrémonos en el din, en la justicia. ¿Cómo aparece en el Tanaj? La Biblia dice, entre tantas cosas, que seamos solidarios con la viuda, el pobre, el huérfano y el extranjero -con quien no tiene esposo, quien no tiene los medios para mantenerse, quien no tiene padres y quien no tiene o no está en su país. En uno de los libros del Tanaj, en el décimo capítulo de Deuteronomio (10:18-19), ya habla de hacer justicia: “[Dios] hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al extranjero para darle pan y vestimenta. Amarán al extranjero, porque extranjero fuiste en la tierra del Egipto”. La Biblia es producto de la sabiduría de Dios porque Él hace justicia, Él la trae al mundo. En otras palabras, el mundo depende de la justicia pero ella es traída por Dios. Él no solo la hace, sino que también hace a la justicia. Zacarías, uno de los profetas, dice en su libro 7:10: “No oprimirás a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre”. Es decir, la reiteración de hacer justicia, de no oprimir, de salvaguardar siempre es una obligación con el otro. La Torá y la sabiduría judía en general también nos dice otra cosa: ser hospitalario con quien no tiene cobijo; tener hospitalidad con quien no está en su hogar y no está arropado. La justicia con quienes están en la intemperie por producto de la Historia se convierte en una obligación porque el judío o, desde aquí en más, el errante tiene como tarea el Tikun Olam -el arreglo del mundo. Leamos el Tikun Olam de otra manera: justicia social, justicia económica y justicia política; solidaridad con el abyecto y la abyección. Ahora los tiempos han cambiado. No son los judíos los que tienen que ser hospitalarios con la viuda, el extranjero, el huérfano y el pobre. Porque durante la década de los ’90, los argentinos (judíos o no) fuimos atacados en nuestro judaísmo universal y particular, en nuestras instituciones, en nuestras raíces, en nuestro pluralismo, en nuestra tierra que converge en eso que solemos llamar argentinidad; los argentinos sufrimos no uno sino dos atentados terroristas y la seguridad, desde entonces, con la que deambulábamos fue perpetrada. Personas argentinas fueron asesinadas por un ataque terrorista y la apelación al alterno, al ajeno y al otro volvió a tomar notoriedad como una emergencia para que el mensaje bíblico, en una situación lamentable como esta, se escriba en presente. III: Pensamiento judío Si retomamos el epígrafe de este texto, Abraham Joshua Heschel —el rabino que marchó con Martin Luther King de Selma a Montgomery y que dijo en una ocasión: “cuando marchaba con el reverendo King, sentía que mis pies rezaban”— asevera en forma taxativa: algunos son culpables, pero todos somos responsables. La culpabilidad selecciona y es personal, en cambio la responsabilidad recae en todos. La culpa es del individuo, la responsabilidad es de todos. En este sentido, Emmanuel Levinas —el filósofo judeolituano nacido en Kaunas— decía que una responsabilidad que se puede transferir a otro no es una responsabilidad. Si la responsabilidad es de todos, ¿cómo puede ser que Levinas afirme que no puede ser transferida otro? ¿Cómo transferir algo que es de todos? Porque, en forma certera, el filósofo piensa en una responsabilidad determinada; Levinas piensa en la responsabilidad judía, que la podemos sintetizar en un epigrama: yo soy responsable por el otro. El otro me constituye, me define, me afirma. No obstante, si yo soy responsable por el otro —la vida es crecimiento indeterminado del Yo—, la responsabilidad no se puede transferir al otro ya que mi semejante no solo me constituye sino que también soy quien soy por él —no por nada Dios le dice Moshé: “Eiyeh Asher Eiyeh”; Seré el que Seré o Seré lo que ustedes hagan de mí. Entonces el carácter básico de la responsabilidad no es su no-compartimento, sino su capacidad de cargar con el otro y su aptitud por compenetrarse con toda una comunidad y/o ciudadanía; así la responsabilidad judía sedimenta su sendero a través del pensamiento y el laicismo de la sociedad moderna. La hendidura del trayecto tiene dos vías: una por la vía rabínica neojasídica (Heschel) y otra por la vía filosófica post-Auschwitz (Levinas). Y toda comunidad responsable no se crea al elegir una vía o la otra, es decir, a través de la disyunción. La comunidad responsable se realiza como acontecimiento a través de la conjunción con la “y” como cultura de mezcla: mezcla entre lo que no podemos delegar, lo que tenemos que hacernos cargo, y en reconocer la responsabilidad compartida al formar parte de algo porque si no hacemos nada, también somos parte de ello. La forma de construir esta sociedad que trata, esboza, intenta hacer algo para encontrar la justicia es a través de que se equilibren tanto libertad como igualdad y el único modo de determinarlo es basándolo en el encuentro entre personas; ese encuentro que tiene el nombre de acontecimiento o evento irreductible en la vida pública, en la política. IV: Reflexiones actuales Al principio, nos preguntábamos por la justicia. Si es posible alcanzarla y si es así, qué justicia es posible. Pero la pregunta, y no la respuesta, es la incendia el edificio. El judío -pero es extendible a la humanidad toda- si no puede hacerla, lleva con él la demanda de la justicia. Es muy conocida la frase que aparece en Deuteronomio: “Justicia, Justicia perseguirás”. El interrogante rabínico y secular, mainstream y vernáculo, divino y profano es ¿por qué dice dos veces Justicia? ¿Por qué hay una doble mención al aspecto de lo justo? Rashi, uno de los comentaristas más reconocidos del Talmud que vivió en Francia durante el siglo XI, sostuvo que era porque había que cumplir con la justicia -divina y secular- y establecer jueces correctos. Él hablaba de “buscar un buen tribunal”. Es más, el comentario que hace -y pensemos que el comentario es la continuación de la pregunta pero por otros medios- prosigue: dice que debemos buscar buenos jueces, jueces justos, para que prosperemos y tengamos un lugar en la tierra. Tarea nada sencilla porque, por un lado, ¿cómo encontrar jueces con un sentido de rectitud? Y, por otro lado, ¿la justicia corresponde al género humano? Ibn Ezra, rabino andaluz del siglo XII, matizó que la repetición de la palabra justicia se debía a dos senderos plausibles: o bien la justicia debe buscar un resultado justo -sin importar qué ganancias o pérdidas nos encontremos- o hay que buscar la justicia una y otra vez durante toda la vida sin importar la institucionalización. De todas maneras, y para volver al tema que nos acontece, no hay justicia posible sin un principio de responsabilidad. Sin responsabilidad, no hay justicia. Porque, como sostuvimos, la responsabilidad hace a la justicia y la responsabilidad es siempre con el otro. Responsabilidad primera: nunca no es con efectos. Así como no podemos pensar sin el que nos interroga en nuestro propio ser, tampoco podemos ser responsables sin el otro. Y, puntualmente, el pensamiento tiene toda su voracidad en la responsabilidad. Por tanto, ¿qué hacemos si no somos responsables de lo que pensamos? ¿Qué es acaso la justicia sino esa conjunción de pensamiento y responsabilidad? La alteridad ocupa un lugar particular en el pensamiento judío. Pensamiento arraigado en el alterno, en el que está en la otra costa de mí. Hacer justicia, para el pensamiento judío que se funda como universal, es no sólo tener memoria sino hacer memoria. Digámoslo de otra manera: lo contrario del olvido -olvidar a los asesinos, olvidar a nuestras ruinas, olvidar a nuestros muertos- no es la memoria, es la educación. Por eso, en ese sentido, educamos para el recuerdo. Nos fijamos en él. El judío sabe y conoce que el pasado es inolvidable, pasado del que viene su erradura y es digno heredero de la carga que tiene sobre sus hombros. Porque si antes nos preguntábamos por la justicia y su posibilidad, ahora la afirmamos y la continuamos a través de la educación. La justicia no olvida, se demanda y se aprende de la educación. Memoria, responsabilidad y justicia se entrelazan entre sí. La demanda por justicia no tiene que ser de los judíos, sino de la sociedad. No sólo clamar por ser un lugar más justo, sino también a no consentir a esa “justicia” -secular y profana- y a no mirar para el otro lado. Porque un país que nunca va a resolver sus atentados terroristas o al que nunca van a dejar resolverlos, y que no pueda darle algo de paz a sus muertos, es un país donde nunca va a haber justicia. La exigencia sigue acá y nosotros somos responsables, esa es la verdad. Este llamado, llamado a la memoria, es a la justicia y al Nunca Más. Porque el deber de invocar estas fechas no es otra cosa que encontrar su destino y que su memoria se transforme en bendición. Facundo Milman - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.
- A propósito de Charlie, Anto y otros gordos como yo
Acabo de ver The Whale. Me animé a verla por la controversia que generó una influencer que criticó a Brendan Fraser y el casting de la película, por no darle el protagónico a un obeso mórbido. Estas son mis reflexiones, de una persona obesa. Me vi durante dos horas en la tele. Al contrario de Charlie (el protagonista), soy obeso desde los 5 años. Pero ambos nos fuimos a la mierda cuando murió el amor de nuestra vida. En mi caso, mi abuelo, que murió de un infarto mientras jugaba conmigo. Su cara de dolor no me la he podido sacar nunca más de la cabeza. Vive en mi corazón su gesto valiente, de profundo amor, al bajarme al suelo y dejarme a un lado para no aplastarme. Ese fue el último esfuerzo de su vida. Vi su cara en el rostro de Charlie, cada vez que se agitaba. Desde ahí, mi vida nunca volvió a ser lo mismo. Con 4 años tuve que aprender que la gente muere, que existe el tiempo y se acaba, que no todas las ambulancias lo llevaban a él. Nadé en la soledad absoluta. Nunca he amado a alguien como lo amé a él. Tal como Charlie con Alan, su amante, quien lo liberó de una homosexualidad reprimida y supo lo que era el deseo con él. Sentirse amado y acompañado, el centro del universo: ¿cómo vivir después de llegar a un umbral de amor? Eso en cuanto a historia. Ya en detalles más ¿técnicos? y sin ser experto, creo que la personificación y caracterización de Brendan Fraser fue espectacular. Hay una cara que él captó a la perfección, cuando le dicen que cuide su salud. Me vi en esa cara, cada vez que me insisten en ir a un doctor. Puede ser una perogrullada, pero la cantidad de veces en que la gente te da consejos es demencial. Y está bien: se preocupan por ti. Pero la cara que logra sacar da justo en el clavo con la expresión “si no muero hoy, será mañana: live and let die”. Eso es la obesidad: un exilio de la vida en territorio propio. Uno renuncia a esa soberanía. Por los motivos que sea, declinamos hacernos cargo de nuestro cuerpo y su salud. Por eso me gustó también que nunca se mostrara el Charlie anterior, o una versión delgada. Yo no recuerdo lo que es sentir que no me pese el culo. Todo eso queda enterrado. En cuanto apareció Ellie, la hija de Charlie, supe inmediatamente que era todo lo que él necesitaba: alguien que lo trate como basura, que lo confronte ante sus errores y actitud desidiosa, que le pregunte los por qué y cosas incómodas, que lo haga llorar. Yo también he tenido gente así. Y no hablo del profesor de educación física que me hacía test de resistencia para verme fracasar. No, esos son imbéciles. Hablo de gente que tiene una conexión emocional, que te quiere tanto, que hará todo lo posible por mostrarte otro camino. En mi caso, era una mujer bellísima, hermosa. Cuando me vio manchas en el cuerpo por la resistencia a la insulina me dijo que era un tarado. Cuando tuve mi primer ataque de cálculos renales, se enojó porque no me cuidaba. Este tipo de gente ayuda, porque en estos casos, suelen haber muchas “Liz” (la “cuidadora” de Charlie), gente que te quiere y se resignó a que harás nada, entonces te ayudan a administrar el desastre. También son personas valiosas. Efectivamente, Ellie lo salvó. Le entregó el único argumento para irse de este mundo sabiendo que hizo algo bueno, a pesar de haberla abandonado. La liberación siempre es violenta. La verdad es que no pretendía dedicar palabras a Anto Larraín, porque creo que su crítica palidece ante una obra que muestra con respeto una tragedia social y humana. Pero me alegra mucho que todos hayan salido a tratarla como lo que es: una cuica aburrida con ganas de figurar. La gente como ella vivirá una derrota cultural gigante. Dos o tres veces más apoteósicas que la de los hippies y los punks. No habrá lugar en el mundo donde puedan ir a vender sus mierdas. Porque, a decir verdad: plantearte como una “activista gorda”, sabiendo que la obesidad arruina la vida y el destino de millones de personas diariamente, te hace una miserable. Y una vaga. Búscate un trabajo honesto. No podemos dejar que algo tan grave pase a ser otra lucha identitaria más. A no perderse: creo que todos merecemos respeto por estar en el mundo y nadie debería sentirse apartado o excluido por el talle de su cuerpo. Pero yo no confío en ninguna lucha cultural e identitaria para solucionar un problema de salud pública. En ese caso, yo me quedo con la herramienta política: construyamos una solución en grande a este grave problema social. Dicho esto: busca ayuda. Acude a un especialista. Destrúyete, revoluciónate, anda al fondo del problema y hazte cargo. Una y mil veces. Por mi parte, el sábado pasado me compré ropa deportiva. Parezco paté. En dos semanas compro la membresía al gimnasio. Voy a iniciar, una vez más, el camino de bajar de peso. Tengo 100 kilos de los que deshacerme. No quiero que mi cuerpo siga sufriendo. Cuando terminé de ver la película, un fuego germinó en mi corazón. Te amo, Brendan Fraser. Hugo Pérez - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

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