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  • Fricción Social

    Desde hace aproximadamente una década el control social en Chile está venido a menos. Los arrebatados y procaces hacen lo que se les viene en gana sin padecer ningún costo por sus transgresiones a la civilidad y a la decencia. Ni siquiera son penalizados aquellos que en el espacio público perpetran delitos que están tipificados por la ley. Permisividad, impunidad, indultos. Tal es la tónica del último tiempo. Es como si hubiera licencia para delinquir. No es necesario ser un agudo observador para constatar que las ciudades dejaron de ser tales y que se transmutaron en urbes sin urbanidad. Un número creciente de sus habitantes pisotean las reglas básicas del comportamiento civilizado. No pocos ciudadanos han devenido en bárbaros urbanos, esto es, en personas zafias, inciviles, soeces. Ello quedó en evidencia en los días posteriores al Estallido Social. En esas semanas emergieron desde el interior de las urbes hordas de bárbaros. Una de ellas se hizo célebre por su afán destructivo: los vándalos. No en vano durante esas semanas se usó profusamente el verbo vandalizar. Pero también hay otros tipos de bárbaros. Están los de oficina y los de salón; ambos relinchan de manera estrepitosa (fatigando tímpanos y cristales) en reuniones y restaurantes. Con toda razón decía el poeta Ovidio que los bárbaros no ríen ni sonríen, simplemente carcajean, porque aún no han llegado a la sutileza de la sonrisa. Asimismo, está el energúmeno motorizado que es aquel bárbaro que no tiene ningún respeto por el descanso nocturno del prójimo, es el que se complace en ultrajar el silencio de los espacios íntimos con su vehículo a escape libre. También está el bárbaro que no le basta rayar los espacios públicos, sino que además orina y hasta defeca en ellos, degradando así plazas, plazuelas y plazoletas que fueron diseñadas, sin desatender a criterios estéticos, por arquitectos y urbanistas. El nuevo bárbaro no tiene domicilio socioeconómico, está por doquier, irrumpe desde el interior de cualquier estrato social, desde el más alto al más bajo y viceversa. Coloquialmente recibe varias denominaciones: orco, flaite, bochinchero, narco, gamberro, «loletario», nihilista, etcétera. A nivel mediático, él es el protagonista (anónimo y multitudinario) de los grandes acontecimientos políticos del último tiempo. ¿Una conjetura disparatada? Hechos como los referidos incitan a preguntarse qué sucedería si los gamberros —o, si usted prefiere, el tropel del caos, las cuadrillas de la devastación o, simplemente, los magos de la extorsión— devienen en los machos alfas de la «sociedad». La misma conjetura expresada en un lenguaje políticamente correcto quedaría así: ¿qué pasaría si los «excluidos» (con y sin comillas) adquieren características de grupo dominante? Aquellos que distinguen entre poder y dominación, siguiendo a Max Weber, dirán que la conjetura carece de validez empírica porque en la actualidad no existe ninguna forma de dominación, sino que tan sólo relaciones de poder. Si esa fuera la objeción, ella sería correcta. Entonces habría que preguntarse qué ocurriría si los oprimidos se convierten de facto en un grupo de poder incontrarrestable. La interrogante tiene visos de disparate. Por cierto, quienes tienen el poder de alterar casi cotidianamente el funcionamiento «normal» de las urbes serían los oprimidos y quienes padecen los malestares serían los opresores. Es el mundo al revés. Pero los imperativos de la corrección política con su capacidad para trastornar el sentido común y para obnubilar el entendimiento impiden plantear la conjetura de otro modo. Con todo, una de las dificultades para responder la pregunta (en el caso concreto de Chile) estriba en el hecho de que hoy no está absolutamente claro cuál es el poder preponderante. No sabemos si es el político, el social o el económico. Pese a lo indicado, no se puede desconocer que existen algunos indicios para sospechar que el poder reinante es el social por las razones que más adelante esbozaré. Lo que sí sabemos con certeza es que la alianza entre esos tres poderes (o la superposición entre ellos) hoy no es del todo evidente. Depreciación del poder político También está claro que el poder político —que en teoría es quien supra ordena a todos los demás poderes— hoy es el más débil de los tres. Si es así, él ya no sería indiscutiblemente el poder soberano. Se podrá contraargumentar que durante la pandemia el Estado —o sea el poder político— recuperó su soberanía e hizo entrar en vereda al poder social. En parte fue así. Pero sólo en parte, porque muchos de los que optaron por no salir de sus casas lo hicieron más por miedo al virus que por temor a la sanción estatal. Además, como se recordará, quienes andaban en la calle sin mascarilla solían ser más frecuentemente increpados por otros transeúntes —es decir, por partículas del poder social— que por los agentes del Estado. El miedo al virus sigue siendo todavía tan grande que hasta el día de hoy suelen verse personas usando mascarillas en las calles. Incluso de vez en cuando en los restaurantes algunos clientes proceden ellos mismos a limpiar con las botellitas de alcohol que portan las mesas que usarán. Como se ve, el orden que imperó durante la pandemia no es en modo alguno sólo imputable a las virtudes del poder político. El poder social es, actualmente, el único que está sometido a su propia voluntad, no hay nada por sobre él y, en tal sentido, bien podría decirse que es soberano. Es arbitrario, caprichoso e impredecible. El poder político no logra controlarlo, menos aún ordenarlo. El poder económico, por su parte, lo elude, no quiere enfrentarlo. Hoy en día el poder social no está sometido a ninguna ley. En cambio, el poder político está encorsetado por el Estado de Derecho y maniatado por el discurso de los Derechos Humanos. De soberano ya no le queda casi nada. El poder económico está sometido a sus propias leyes: las del mercado. Ambos están sometidos a algún tipo de reglas, no así el poder social. Se dirá que tras este último subyace una racionalidad económica y que estaría sometido a ella; pero no es así porque también las emprende en contra de aquello que lo puede beneficiar económicamente. Supremacía del poder social En Chile, actualmente, el poder incontrarrestable es el social. Los gobernantes lo temen, el clero lo teme, la academia lo teme, la prensa lo teme. Su manera más inocua de expresarse es a través de los sondeos de opinión; los gobiernos y las empresas están atentos a los números de las encuestas y son dóciles a los resultados de ellas. Una de sus maneras más ostentosas de manifestarse es a través de las protestas sociales. Las hay pacíficas, incluso con visos festivos y con ribetes casi carnavalescos. Pero hay otras que son violentas y culminan con saqueos a emprendimientos y con destrucción de bienes públicos. Estas últimas son expresión de un poder que no está sometido a ningún dispositivo normativo; es circunstancial, impulsivo, coloidal. Es el poder, por decirlo de alguna manera, en estado salvaje. No sólo es anómico y voraz, también se muerde su propia cola, se depreda a sí mismo, es autodestructivo. Esta faceta del poder social ha opacado —hasta casi invisibilizarlas— a otras caras del mismo en el último tiempo. El poder político que es el encargado de disciplinarlo es incapaz de hacerlo. De hecho, actualmente, tal faceta del poder social carece de contrapesos. Ella es quien vulnera la integridad física y el honor de las personas y es quien usurpa sus enseres sin recibir sanción alguna. En el día a día los ciudadanos temen más a una funa que a una sentencia judicial; temen más a los asaltos a mano armada que a un allanamiento policial; tienen más temor a ser violentados por un paisano que por un uniformado; en definitiva, temen más al poder social que al poder político. Una de las cosas que llama la atención de los chilenos es su ambivalencia frente al uso de la violencia por parte del poder social. Unos la celebran, otros la condenan. Para hacerlo no dudan de adjetivarla de legitima o ilegítima, respectivamente. ¿A partir de qué rasero se puede dirimir si es o no es legítima? Esta pregunta hoy no se puede responder. Y en ello radica, precisamente, la imposibilidad de avalar o de impugnar de manera enfática ya sea la violencia que ocupa la referida faceta del poder social, ya sea el uso de la fuerza pública por parte del poder político. El hecho de que no se pueda responder es un síntoma de cuán anómica es nuestra situación. Obviamente que la pregunta se puede responder en términos teóricos; pero la respuesta teórica, sea cual fuere ella, carece de validez empírica general, debido a la existencia de mosaicos axiológicos. Los principios de legitimidad se definen históricamente y, por lo mismo, tienen una vigencia espacial y temporal acotada. Dicho de otro modo, no hay principios universales ni eternos. El asunto es que ahora nos encontramos en un interregno normativo, por consiguiente, por el momento no tenemos un principio de legitimidad que sea unánimemente aceptado. La descripción del poder social aquí esbozada quizás pueda desconcertar, especialmente a quienes conciben a dicho poder únicamente como la emanación de un todo orgánico, es decir, de un conglomerado humano bien ordenado, con cierta armonía y con sentido de los límites al que algunos suelen llamar sociedad civil. Esa dimensión de tal poder existe y, además, es deseable y necesaria. Pero es sólo una de sus múltiples caras y concreciones. A ellos habría que recordarles que los enjambres también son un tipo de conglomerado humano y éstos, por ser tales, poseen una dinámica de relaciones de poder bastante diferentes y dejan al descubierto otra faceta del poder social. Una de las principales características de los enjambres radica en el hecho de que son inorgánicos, abrasivos y anómicos. En ellos difícilmente pueden prosperar relaciones afables o distendidas, debido a que carecen de un consenso normativo que aliente la autocontención individual y que regule las interacciones entre las partes. Los límites, internos y externos, de las unidades que los componen son rebasados en ambas direcciones. No hay filtros, ni reglas de prudencia, ni respeto. Es el desborde. Por tal motivo en ellos reina el miedo, el recelo y la desconfianza; en definitiva, la sensación de inseguridad. En los enjambres el poder lo ejerce una partícula en contra de otras partículas en una rebatiña autodestructiva. Por eso, en tales casos, algunas entidades del enjambre comienzan a clamar por un poder que se empine por sobre las partes y ponga fin a la mutua depredación. Me parece que en Chile ya se están comenzando a escuchar tenuemente esos gritos de auxilio. En síntesis, el problema de la supremacía del poder social —en cualquier conglomerado con ribetes inorgánicos— es que deviene casi ipso facto en anomía y, a poco andar, quienes hasta la víspera clamaban por su supremacía ahora comienzan a vocear con una angustia creciente: «¡Por favor, sálvennos de nosotros mismos…!» Luis R. Oro Tapia es politólogo. Licenciado en historia (Pontificia Universidad Católica de Valparaíso), Magíster en ciencia política (Universidad de Chile) y Doctor en filosofía (Universidad de Chile). - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Viejas aterradas

    Toda la vida he ido al sur de vacaciones, cerca de Temuco, Lautaro, Villarrica. La familia de mi mamá era de españoles que llegaron a fines del siglo XIX, después de la gran masacre de mapuche, cuando se bajó con matanzas y engaños el límite de convivencia del Biobío, lograda por los españoles anteriores, al Malleco. Estos nuevos españoles fueron ferreteros, terratenientes, madereros, agricultores, se hicieron algo ricos (mi mamá torció el destino de casarse con un dueño de fundo y vino a Santiago a estudiar periodismo, donde conoció a un arquitecto que venía de Valdivia, hijo de chileno con suiza). Esos inmigrantes explotaron el bosque, como la legión de extranjeros que llegó a todo el sur y apenas dejaron algo intacto (en el caso de mi mamá, seis hectáreas de bosque nativo junto a trigales y avellanos europeos). En esa época, un poco antes, otros inmigrantes, de apellidos vasco-franceses, como Larroulet y Etchepare, se apoderaron en Arauco y Malleco no solo de algunos fundos, sino de haciendas tamaño provincia, y junto con los militares usurparon a los mapuche con contratos falsos y guerra a muerte. Como señala Martín Correa en El despojo, son casi esas mismas haciendas las que se traspasaron a la industria forestal en dictadura. Habría que ver el mapa de la usurpación en Arauco y los incendios que asolaron el sur este verano, con lugares como Nacimiento, donde se quemó hasta el 75% de la comuna. Incendios ha habido demasiados y periódicos en la historia de Chile, según investigó en la década de 1950 Rafael Elizalde, el primer ambientalista chileno, hoy apenas recordado. Todos los estudiosos, desde los curas jesuitas hasta Claudio Gay, advirtieron de las quemas y la destrucción del bosque como la ruina de Chile. Se quemaban para plantar otras cosas, dejar ganado o simplemente “limpiar”. Son los terroristas, dice la derecha, es decir los mapuche. Perfectamente les sirve la CAM, cuya vocación es boicotear a las forestales, destruyen máquinas. Pero no son ellos. La ministra del Interior tiene que salir a explicar que es multicausal: el cambio climático, las forestales mal reguladas, los delincuentes, los malos vecinos, los idiotas, “los locos”. Existe el relato decimonónico de Pichi Juan, un pirómano que habría arrasado la zona huilliche en la época que llegaron los alemanes, pero es solo una historia, porque es muy violento para el mapuche quemar un bosque. Lo que más se quema no son bosques, sagrados para los mapuche y los pueblos originarios americanos –míticamente en todas las culturas los árboles son dioses–, sino plantaciones forestales: una industria acelerada en dictadura, enormes extensiones de trementina inflamable y cero interacción (eso que hace la vida). Los bosques son los espacios de mayor biodiversidad en el planeta: están llenos de bichos, pájaros, hongos. Las forestales en cambio, por definición, son una multitud de seres egoístas, como diría Isabelle Stengers, que no generan un espacio para convivir con los demás –insectos, pájaros, hongos–, sino que crecen para ser explotados como pulpa de celulosa o madera, son recurso, no vida, no mundo, que luego se usa en China o cualquier parte del mundo, para cajas o bolsas de embalaje (el 2% del papel se usa para libros; la gran mayoría de las certificaciones ecológicas de las forestales son falsas). Es un problema que, con el ultra neoliberalismo chileno, se vuelve vertiginoso por escala: cuando un territorio chico abastece a un gigante y va eliminando el medioambiente anterior –que producía otro clima–, es muy peligroso. Y es más peligroso, en lo estrictamente social, si además sus beneficios van solo a una familia, a una mega empresa, a los dueños de Chile, en desmedro de las creencias e intereses de los pueblos originarios expoliados por esos ancestros capitalistas. Cuando se quema el país, el presidente (de izquierda) dice que hay que regular a las empresas forestales y le hacen capotera. La defensa a las forestales se basa en mentiras vergonzosas: “No le echen la culpa al bosque”(Sofofa, Corma: no son bosques); “Aportamos al cambio climático porque captamos carbono” (CMPC: no captan, o muy poco en comparación a un bosque); “Un árbol devuelve el 98% de su humedad a la tierra” (columnista de La Tercera: ¿qué árbol?). Mientras tanto, CMPC, la gran destructora del bosque, auspicia una tienda en un mall de lujo en Vitacura que se llama Primeros pueblos, como en Canadá, donde venden productos caros de artesanía sureña. (Hace cincuenta años mi mamá trabajó en promover el arte popular, o artesanía, junto a Lorenzo Berg, en la magnífica feria de la UC del Parque Bustamante. Desde 1936 existe en la Universidad de Chile el Museo Popular de Arte Americano, MAPA, que dirigió Tomás Lago, hoy con sede en el GAM y en el Campus Juan Gómez Millas). Cuando uno va por la carretera desde Santiago a Villarrica, Arauco es lo más feo del camino. Asusta. El valle longitudinal parece un vergel al lado de esos cerros devastados. No era así cuando yo era chica, siempre consideré que una vez cruzado el Malleco empezaba el sur. Debe haber sido porque a esa hora, de viaje en Renoleta, llegábamos como a las 7 u 8, a la hora que cambia la luz. También es cierto que hasta ahí llegaban las abrumadoras forestales del paisaje anterior, Los Ángeles, o eran muchos menos. Hoy están en casi todas partes, como mostraría el mapa de los predios de CMPC, Arauco, Mininco. Por todo el Biobío y la Araucanía. Hasta en Valdivia se atrevieron a reemplazar la magnífica selva por sus especies de alto rendimiento. No son bosques, son forestales. Arauco es una pena. Por suerte en Valdivia mantiene el Parque Oncol. ¿Gracias? Como dijo la ministra Tohá, es un problema multicausal, pero desafío a cualquier turista a identificar un bosque de una forestal y comprender la diferencia: le caerá un espectro frío. Miedo, desolación. Lo triste y pobre en los pueblos junto a las forestales, como Tomé, al lado del mar, con su pasado también industrial de telas de lana. Quedan restos y sus alrededores se queman cada año. Cuando crucé el Malleco este verano, antes de los incendios, pensé en algo que cuenta Correa: los militares chilenos mataron a casi todos los mapuche que encontraron a su paso: rompieron un pacto pero dejaron vivas a las viejas, aterradas, para que contaran en los otros lof lo que había pasado. Pensé en mi abuela, que no era aterrada pero sí desconfiada y ácida; en mi mamá, que no le tenía miedo a nada pero siempre se ingeniaba para tener a mano algo que le parecía un arma (un martillo, un abre cartas grueso, un bate de béisbol mandado a hacer). Por suerte le tengo poco miedo a las intrusiones, pero me dan pavor los incendios y el calor. Me da miedo el uso demasiado privado de lo que es común. Me dan pavor los milicos, las camionetas enormes, las motos de agua. Da miedo que el lago Calafquén, un lugar prístino único en el mundo, no lo protejan de los motores a petróleo. Las comunidades querían limitar las lanchas para que no se transforme en una catástrofe como el Villarrica o el Llanquihue. Hoy, bajo la ya inexistente discusión sobre los derechos de los pueblos originarios sobre sus territorios ancestrales, la Corte Suprema dice que no se prueba la contaminación: hasta yo puedo probarla, la vi por primera vez en Calafquén, la misma de siempre en el Villarrica. Este verano, métanle motos de agua. Y carabineros les tira al piso las rosamosquetas a las huerteras mapuche en Temuco. Les quitan las cosechas. Hay que pelear cada cosa. Y como dijo la ministra del Interior, no hay que amurrarse ni frustrarse. De hecho se podría pensar en un programa contra las moras, las zarzas, especie introducida invasora, que quizá propague los incendios: reemplazarla por murta, por ejemplo, maravilla endémica. No hay que amurrarse, chilenismo que comprendí este verano: se aplica a una persona a partir de la experiencia de llegar y no poder entrar a un lugar lleno de murras, como le dicen en el sur a las moras por la mala pronunciación de los alemanes. No vengan con el terrorismo y sus aportes económicos al país. La explotación y destrucción del bosque en Chile es una vergüenza. La industria forestal no puede seguir así. Tienen que cambiar y parar. Parar. No poner una tienda en el mall más cuico de Chile. Soy adicta a las series sobre casos de crímenes psicopáticos no resueltos y en ellas, cuando las mujeres se hacen cargo de una injusticia perniciosa, las cosas tienden a mejorar. Lo femenino, que ve la información de otra manera, puede tener cualidades de reparar, de cuidar, de sostener, de discriminar lo verdadero de lo falso. Las suplicantes. Si quedamos las viejas, hablaremos, aterradas de lo que son capaces de hacer por plata. Marcela Fuentealba Fotografía: Exposición "Bosques de fuego," colectivo Agencia de Borde - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • La condición celular

    Tal vez no nos hemos dado cuenta y los marcianos ya están entre nosotros, tal vez somos nosotros. Tú y yo. Desde siempre, desde ahora. Afines y extraños a este el único planeta, a nosotros, nosotras. Capitalistas. O mejor: capitalizados. «Yo solo pretendo que mires a tu alrededor y que percibas la tragedia. ¿Qué tragedia? La tragedia consiste en que ya no hay seres humanos; hay extrañas máquinas que chocan entre sí», dijo Pasolini. Hablaba del consumo y la sociedad de consumo, cuando despuntaba, afines de los sesenta y principios de los setenta. Nosotros podríamos hablar, aunque mejor quitemos el juicio trágico, del capitalismo digital, ese platonismo al revés, apariencia de libertad y virtualidad sobre un fondo —realísimo— de precariedad y materialidad, desde el litio a la carne humana que es la verdadera inteligencia artificial. Internet, dicen que ese es el gran cambio de nuestro tiempo; también dicen que todo cambio es el camino para seguir igual, como en El Gatopardo. Antigüedades, modernidades, eternidades. Da lo mismo. Aquí estamos, y ahora. El cambio es Marte. En 1971, en los albores del mundo nuestro de todos los días, David Bowie pregunto si hay vida en Marte. Y en 1999 respondió: «Creo que la potencia de lo que internet le va a hacer a la sociedad, bueno y malo, es inimaginable. Creo que realmente estamos en la cúspide de algo estimulante y aterrador». El periodista le replica que es solo una herramienta. «No», contesta Bowie, «no lo es». Y sonríe y luego ríe y dice: «Es una forma de vida alienígena... ¿Hay vida en marte? Sí, acaba de aterrizar». Y es un cambio, que como todo cambio, es nuestro y no lo es, como le pasa a Gregorio Samsa; algo que nace de nosotros pero no es de nosotros, o algo que iniciamos nosotros pero adquiere vida propia y nos devora, o nos integra, o nos incorpora, o lo incorporamos, no sé. Una suerte de gran suple; una máquina o tal vez un armatoste, un ingenio, como el inspector Gadget que hoy se llamaría inspector app, aplicación. Pensemos en los celulares (me gusta el nombre porque sugiere algo orgánico), celulares que capaz que pronto sean antiguallas, reemplazados quizás por qué novedad, otra novedad, la misma novedad. Pero pensemos en ellos, extraños y familiares. Siempre a la mano y casi mano. O pensemos, mejor, en mi celular. La pantalla ha muerto, mi celular ha muerto, veo sombras y arcoíris rectos, pero nada de lo que debería ver. Ya compré uno nuevo, espero que llegue pronto. Mientras, miro a ese útil inútil y me pregunto si tiene vida un celular más allá de nosotros. No solo este que parece muerto, sino cualquiera cuando no está con nosotros. ¿Qué hace un celular en esos pocos y breves momentos en que lo dejamos solo, olvidado en el baño o en alguna mesa? ¿Sigue informando los datos que recoge, informando nuestra versión digital?, ¿o tiene vida propia, tiempo para sí mismo, desconectado de las plataformas, inútil? Tal vez añora recibir una llamada, ser un teléfono, el teléfono que casi nunca ha sido. La de los Nokia era vida, piensa, nostálgico de un pasado que no conoció. Mi primer celular, teléfono celular, me lo regaló mi mamá. Debo haber tenido veintitrés o veinticuatro; llevaba años negándome a tener uno. En el liceo nadie tenía. Nadie hasta que un tipo apareció con uno; ¿para qué quería un celular, con quién iba a hablar? Eso fue en 1999. En 2004, 2005, por ahí, llegó mi mamá con el celular. Como regalo, como obligación. Deuda y deber. ¿Fui el último de mis amigos en tener uno? No lo sé. De ahí en más siempre he tenido uno conmigo. No recuerdo mi primer teléfono inteligente. Recuerdo, sí, que un amigo, estudiante de ingeniería, allá en los primeros dos mil, me contaba que un profe suyo les decía que los celulares, los que eran solo un teléfono móvil, estaban desaprovechados; que se podía hacer mucho más con esa tecnología. Tenía razón, se podía hacer mucho más. Cuando, como ahora, se caen Facebook, Instagram, WhatsApp, cuando no salen mensajes no llegan mensajes, algo descansa el celular. Pero ya le tocará recibir y mandar de golpe todos los mensajes que quedaron colgados no sé dónde. ¿Cómo saber si quien responde mis mensajes al otro lado del celular no es un algoritmo, una inteligencia artificial, mi propio celular? Quizás no haya nadie al otro lado del celular. ¿No podría ser Dios el que está al otro lado? O incluso, ¿no será que Dios está encerrado en mi celular? ¿Acaso no responde el celular a todas mis preguntas, sean escritas o habladas? Ustedes dirán que es Google. Pero Google, hasta donde llega mi visión, está en mi celular. Dios está ahí, tan cierto como el aire que respiro. Un celular, este en el que escribo, uno antiguo, mientras llega el nuevo, ¿es una extensión o una externalización de mi cuerpo, de mi interior, algo mío que tengo en mis manos? En el segundo caso, que me gusta más, el celular es una externalización una extroversión en la que entro. Podría decirse, entonces, que entro en mí mismo o que me desenvuelvo hacia mí, que el celular es volverse sobre sí mismo. Pero no lo es. ¿O sí? Digo, ¿hay alguien ahí afuera, perdón, aquí dentro, en el celular?, ¿alguien más? ¿Me consta? ¿El celular es un atributo mío o será que yo soy un atributo del celular? ¿O seremos yo y el celular atributos de algo más, de una sustancia o cosa que podríamos llamar internet (una sustancia colonizada o plataformizada)? El celular también soy yo, creo que eso sí lo puedo decir; y el mundo que habita en este celular, o mejor, el mundo al que me conecto también soy yo. Y también soy yo el mundo ¿fuera del celular?, el mundo que nos rodea a mí y al celular. ¿Un gran organismo, una continuidad? ¿La condición celular es una suerte de realidad o naturaleza spinoziana, una sustancia única y sus atributos? No sé. Con los celulares no es tanto o no es solo que se vean, es que se tocan, nos tocan. Hay una relación corporal, una familiaridad. Y hay algo de amputación cuando perdemos el celular, una falta; como una herida sin marca o un desmembramiento sin desgarro. Será que, como la televisión y quizás la radio, ¿el celular es parte de nuestro sistema nervioso?, ¿o será que el sistema nervioso no es nuestro, que nosotros y los celulares somos parte de un gran sistema nervioso? Hasta puede que nosotros, nuestro cuerpo, cerebro incluido, seamos parte, no sé, del hardware de un sistema informático o computacional. También puede que esté diciendo lo mismo de distintas maneras. Sea cual sea el caso, tocaría preguntarse de qué vida o ser somos sistema nervioso, a qué software respondemos. ¿El Capital? ¿Ese es el ser o vida del que participamos? ¿El capital informa y computa? Seguro es la lógica a la que respondemos. ¿Somos medios, herramientas de sus señales o pulsos?, ¿de su información o cómputo? ¿Somos humanos poshumanos transhumanos? No sé. Volvieron las redes. Pero a mí no sirve de nada porque la pantalla de mi celular ha muerto. Que llegue el nuevo. ¿Y el viejo? ¿Qué será de mi celular viejo? ¿Y qué habrá sido de la pequeña agenda imantada que tuve, trozo de memoria del tamaño y forma de una tarjeta? Esa sí que sería una rareza hoy, un marciano; esas agendas que se abrían como acordeón, expandibles y comprimibles. La mía estaba llena de nombres y números, verdes, rojos, azules, negros. ¿Dónde están? ¿Están en mi celular? ¿Son parte de esta cosa de la que somos parte? Juan Rodríguez M. Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Fitzcarraldismo

    Dicen que no hay chico que no sea choro. Cuando hay alguna amenaza, los más bajitos pegan primero por si acaso, son buenos guerreros. También se dice que no hay persona baja de estatura que no sea wagneriana y baritonal. Quizás algo similar ocurre con los países pequeños y tal vez pasa lo mismo con los poetas con complejo de inferioridad: poseen una sed desmedida de trascendencia y épica, como esos montañistas que reafirman acaloradamente y a grosería limpia que ellos hicieron la cumbre y que lo que muestran en la foto otros montañistas no es la cumbre real. Toda esta voz alta de los Homeros, Virgilios, Dantes y superhéroes tiene uno de sus orígenes en la estructura de capitanía y fundo del territorio. Es la palabra hecha dictadura. Les gritaron mucho durante siglos y ellos devuelven esa exclamatividad sin cromatismo ni matices que es su única forma de comunicación. El carpetazo. Por eso hablan de “reventarla”. No andan tan lejos del lenguaje del porno, como quienes titulan youtube cosas como “Kast destroza a periodista progre”. Altazor es uno de sus superhéroes fundacionales, afortunadamente poco recordado. Vuela por el firmamento como un condorito francés. Inauguró la moda de traer la última papa europea a estas lejanías, cosa que luego hacían los hijos de exiliados en la época pre-internet. El inmensismo es una pulsión constante en la poesía chilena. Si pudieran, alinearían las estrellas para escribir en el cielo la palabra pico. El caso de Parra se puede leer desde esta perspectiva hacendal: el futre manduquea pero el campesino le toma las palabras y juega con ellas, le devuelve una especie de koan que es su mecanismo de defensa. Lo de antipoesía es simplemente una marca, muy bien pensada pero sólo una marca que debería estudiar en marketing. Como sea, si el producto es bueno, por qué no inventarle una marca, especialmente en un país en donde los escritores son empresarios de sí mismos. Pero ojo, no son empresarios auto-gestionados. Parasitan desde siempre de los fondos del Estado. Lo social, la contracultura, el territorio y la comunidad no les interesan. No tienen calle ni saben de necesidades, de trabajo comunitario y mucho menos de coordinación de energías. Gonzalo Millán y Hernán Miranda intentaron algo opuesto al inmensismo, y se plantearon desde lo minúsculo, lo bicho, lo critter, el detalle y hasta el virus. Relación personal y especialmente Virus son los libros más transformadores de Millán. La levedad, observación y lozanía del primero, y la metáfora escogida en el segundo fueron una cosa inédita. Pero sólo se recuerda y cita La Ciudad ¿Por qué? Porque habla en oraciones copulativas y gramática simplificada, que es la característica del mandato patronal y castrense: Esto es así, esto es asá, pasa esto, pasa lo otro. Y también porque es la épica de la derrota del golpe de estado. Lo mismo ocurre con Elvira Hernández Su producción es interesantísima, Cuaderno de deportes, Arte de pájaros por nombrar sólo dos, pero se menciona siempre la Bandera de Chile: oraciones copulativas simples más épica o anti-épica. La voz baja. Hernán Miranda tuvo siempre una relación cercana con Argentina, en donde se refugió cuando fue perseguido, trabajó con Daniel Freidemberg, su hermano argentino en la prensa. Por supuesto, no lo invitaron a ningún evento estatal en Buenos Aires. Ni a nadie relacionado con Buenos Aires, ni a nadie haya escrito toda su vida sobre Santiago (que es el tema de la feria, feria en donde no se decide nada relacionado con literatura, que eso se hace en otras instancias y lugares). No invitaron a nadie capaz de hacer algo por ambos países en términos culturales, que conozca a sus intelectuales y creadores y que sea capaz de generar redes y pensamiento. La voz baja y lo tenue en Chile es castigada con una serie de encerronas, cartas y llamadas telefónicas, la idea es que es eliminar o dejar en la pobreza, asfixiar al autor que se atrevió a salirse del canon inmensista y sagrado. En cuanto a las poéticas femeninas, el trámite es un poco más largo, en general tengo que hacer un llamado o enviar un mail y pedir autorización, porque puede ser que a la poeta no quiera que la citen, incluso elogiosamente. Me parece bien porque yo habría sido feliz de no ser considerado en algunas antologías hechas a granel y feliz de no aparecer en esa sucesión de chistes fomes y bajadas de línea encubiertas que es Poeta Chileno de Zambruchi, el pillín. Como sea, hay varias poetas y muy buenas así que necesitaba hacer esa aclaración. Rosabetty Muñoz, Eugenia Brito, Julieta Marchant. Hay varias y muchas que olvido. Y muchas que se bajaron y que tenían poema. La gente se baja, se sale, a veces no se puede. Re-escribir, no pisar callos, no olvidar mencionar a este, que este otro es intocable. Todo eso cansa y detiene. Recuerdo por ejemplo unos poemas de Verónica Poblete que me encantaban y que leí durante el tiempo de los milicos en la revista Solidaridad, de la Vicaría y en algunas cosas mimeografiadas muy precarias, que es quizás como se debería volver a publicar porque hay que gastar mucho menos: el inmensismo se caracteriza por el gasto desmesurado en la edición. ¿Por qué las poeta y escritoras que tienen buena letra dejan de escribir o lo hacen en secreto? Se aburren de la sordidez, de la violencia? ¿Por qué no hay representación laboral en la escritura? Quizás porque no hay representación popular en ninguna administración progresista desde la recuperación de la democracia en la medida de lo posible, estatua de Aylwin incluida. El campo de acción se hace cada vez más estrecho en un país que ya es estrecho, más segregado más atomizado, separatismo patotero, neoliberalismo puro en el campo cultural. Un país-fundo exige el látigo, la prepotencia, lo sólido. Así que no se les dio la importancia a las poéticas de lo pequeño, del aspecto, no totalizantes ni inseminantes. La voz baja y el susurro. A cambio de eso hay Harriers y Portaviones, delirios de grandeza, fiebre. Para mí los aviones significan, en el mejor de los casos, un medio para ver familiares y amigos en Buans Aires o, en el peor, los bombardeos a la Moneda y Malvinas. Pero como dice la cultura popular, no hay poodle que no sea bravo. Cada tanto aparece algún lío de poetas por ahí a chuchada limpia con algún consagrado diciendo groserías y golpeando la mesa, pidiendo dar cara y nombres. Dar nombres en un país de quemas en la plaza pública. La prensa, feliz. Los filisteos que detestan el oficio de los versos, felices, especialmente si son mascotas. Perros dóciles eso sí, nada de gatos que se manden solos. A la oligarquía le encantan las mascotas y condoritos: son su antiguo roto, su antiguo inquilino que renace para criticar, con bastante razón a veces, a las izquierdas con su primera línea de actores de telenovela y gente relacionada con la televisión. El lema de las mascotas es “No tengo obra pero leí a Barthes así que para qué más, pienso esto y pienso lo otro, soy una mascota pero también un muro de facebook”. También le pegan fuerte al oficio de los versos, que no comprenden ni han leído. Su filisteísmo tiene algún sentido porque los vates parecen competir por hacer el ridículo. Las únicas apariciones de poetas y narradores en la prensa son estos exabruptos verbales, o que alguien desapareció por días preocupando a medio mundo porque se fue de copas sin avisar a nadie, o que en una fiesta se le ocurrió beber con desconocidas, cosa que como todos sabemos, no se debe hacer desde hace años, o el pintoresco Uribe y su envidia parida y clasista con Parra, y algún que otro chiflado. Este autoritarismo, esta palabra dictadurizada no es patrimonio de los varones, como podría creerse. No voy a dar ningún ejemplo para no armar lío porque además no tengo blindaje ni familia con apellido ni contactos ni partido político. Y este es un territorio mu de patear patoteramente en el suelo. Pienso en la palabra quebrada de la Mistral de Tala (Desolación se publica en Nueva York, Tala, en Buenos Aires, a Mistral le dan primero el Nobel y años después el nacional en Chile), la palabra entrecortada de Dickinson, la levedad y el sentido del instante de Levertov. Ninguna escritura nueva o rara o tenue podría hacer nacido en Chile, a Joyce y a Arlt les habrían corregido sus manuscritos que habrían sido considerados erratas, le habrían sacado los guiones de tartamudez a Dickinson. Hay una necesidad urgente de barbarie, deformidades y malas escritura, de publicar lo impublicable porque eso deberían hacer las editoriales independientes, pero a cambio hay editoriales bien portadas y parásitas del estado. Hay una urgencia de lingo, de fisura, de errata, de tentativas sintácticas subversivas, de inventar lenguajes, de incluir subjetivos ausentes, de lo brígido y el amor. La literatura independiente te tiene que quemar las manos al leerla, provocar algo, de lo contrario estamos condenados a permanecer para siempre en la morgue de las palabras En Chile es estrictamente necesario alimentarse de otras tradiciones, dado la condición isleña y la monotonía de la palabra autoritaria y el culto y la santificación de los autores, a quienes no se lee pero se los convierte en un esténcil o un altar. Mientras más sufrientes y alejados del placer, mejor. Se valora la brocha gorda y la prepotencia porque así fueron criados nuestros bisabuelos y sus padres. Por eso se habla de poemas contundentes o sólidos y por eso se habla despectivamente de lo frágil, que al menos yo considero un valor. Por esto también es parte de esta poética fitzcarraldista y dictadurizada el name dropping, el eurocentrismo pedorro, el elitismo de provincia y la cita a destajo. Existe una necesidad provinciana de nombrar a mil autores en un poema o ensayo, ya en la segunda página saltan los nombres de filósofos alemanes y franceses y un cuánto hay de citas. Ni hablar de los prólogos, blurbs y contraportadas. Autor: autoritarismo. La valoración fálica de lo opaco y la construcción ingenieril de teorías lo más alambicadas, chamuyentas y nebulosas que sea posible también tiene que ver con este culto a la ciencia, de la que nada se sabe pero que se concibe como incuestionable. Este desprecio a la honestidad verbal tiene que ver con el habla alambicada del engaño burocrático, del poder: “ellos saben, nosotros no, es leguaje técnico que probablemente no comprendemos”. Y con todas las barbaridades y delitos que esconde bajo la alfombra la santa madre iglesia. Lo mismo con el poema y la crítica cultural. No se trata de una valoración de la tentativa verbal, si no de lo alambicado y nebuloso. El inmensismo tenía algún sentido en tiempos de nuestros abuelos, cuando las conquistas sociales eran urgentes en países con una desigualdad nivel esclavitud, cosa que no ha cambiado. El inmensismo de Neruda y de Rokha eran importantes cuando el sindicalismo tenía poder y la izquierda tenía valores y proyecto de país. Por eso el Neruda de Alturas de Machu Picchu, el de Rokha de Mahoma, Satanás, Jesucristo y los profetas tenía eco. Hoy pretender eso es no comprender la naturaleza del neoliberalismo y, en nuestra provincia, es ignorar un conservadurismo sórdido omnipresente que permea el pensamiento progresista, algunos feminismos y varios otros discursos. Lo tentacular e inmensista sin embargo permaneció aunque no sean los tiempos de los pablos. El fitzcarraldismo es una enfermedad cuya cepa se desarrolla con mucha agresividad en Chile. Consiste en delirios épicos irrealizables aunque la verdad no tanto no porque se suele recurrir siempre a los fondos estatales para financiar cualquier chorrada como, por ejemplo, ocupar aviones o helicópteros para arrojar poemas desde el cielo, mandar poemas en una sonda o un satélite al espacio (sí, tal cual, no es Nocturno de Chile de Bolaño ni una de Aira), o cualquier cosa de índole espectacular que implique mucha plata y mucho espectáculo. Sí, que pagan todos los chilenos se queja con mucha razón el mundo liberal, libros carísimos llenos de cachureos, recortitos, anzuelos, transparencias y cosas por el estilo. Gastadero, Diseñismo. Alharaca. Es lo opuesto al poema, que es un ejercicio de humildad, que es la voz baja y el rumor, rumor de los delincuentes y los amantes, el secreto. En décadas posteriores había en el mundo del arte obras que ocupaban una cantidad de hierro, cobre, estructuras que era un gastadero impresionante de plata, para luego cruzarles un neón con una frase ambigua sin gracia verbal. Todo eso se puede resumir a un papelito muy barato. Con la plata de cada obra de arte o de cada performance fitzcarraldista se puede solucionar el problema habitacional de muchas personas, o la construcción de bibliotecas públicas muy funcionales. El hecho de que no exista contracultura es bastante grave. Nos señala que todos están contentos con el estado de cosas. Escritores conservadores que en cualquier otro lugar del mundo ni siquiera serían invitados a una ponencia, acá son entrevistados y resucitados ¿Por qué no hay underground ni contracultura en Chile o son muy escasas? Con sus niveles de desigualdad, de trauma, sería lo más lógico. Por eso, y me excuso por esta bajada de línea y afirmación inmensista: la única performance fue el estallido social. El único hecho artístico de interés la única expresión polifónica de subjetivos sin mordaza, intransitiva, sin objetivos mercantiles ni de posicionamiento. La gran parada de carros que luego fue sofocada por el poder como los del estallido sabían muy bien, por eso no se plantearon objetivos sino un solo evento sin líderes ni discursos, como en el poema Los Bárbaros de Kavafis. Hacerse ilusiones con alguna administración política es una ingenuidad en la que, desde el regreso a la democracia, ya nadie cae. Y la corrupción sigue reinando en el campo cultural, como siempre, mientras mucha gente se hace a un lado sabiendo que no hay caso, que lo mejor es trabajar en silencio y poner tu palabra por ahí con el riesgo de que te hagan una encerrona a la chilena, un auto de fe, un cogoteo zorrón patotero y coordinado. Por eso muchos se alejan, se dedican a escribir en soledad fuera de todo el panorama lleno de gente de la televisión, clase media sin calle y administraciones ineptas o provenientes del mundo de las telenovelas. Iván Rublev de Tarkovsky dura aproximadamente tres horas. Aunque nunca simpaticé con el cristianismo alharaco del director ruso, creo que es la película de él que hay que ver. En esa obra hay un personaje alucinado e inmensista que quiere construir una campana de dimensiones gigantescas para que los tañidos se escuchen en todo el continente, y ojalá en todo el mundo. Tamaña es su pretensión. Debe ser chileno ese chiflado, estoy seguro, se va a saber en algún momento. Ese personaje con delirios mesiánicos es un ejemplo nítido del fitcarraldismo. Otro de los aspectos del fitzcarraldsmo es la obsesión con la locura: mientras más loco esté el actor o el realizador o el poeta, mejor aún, por eso el Sr. Kinsky, originario de Munich y más loco que un plumero cae como anillo al dedo en las películas de Herzog. Ya lo había ocupado a ese actor el año 1972 en la obra Aguirre. La locura es clave en el fitzcarraldismo, es su gran obsesión, por eso a los poetas más sufrientes se los pone en un altar. Pero todos sabemos que lo realmente difícil es resistir con cordura, intentar crear sentido, construir una relación de pareja, trabajar, pagar las cuentas. Los altares son fundamentales en el fitzcarraldismo. Sus cultores se sueñan profetas. En el altar se pone entonces a las figuras, da lo mismo a cuáles porque no los leen. Son altares o hacen esténcil para poner sus rostros en la ciudad. El fitzcarraldismo tiene siempre una necesidad urgente de símbolos. No pueden vivir sin ellos, les da agorafobia. Yo me crié en dictadura con todo el padecer que eso implica y al que no me voy a referir, a todos nos pasaron cosas terribles y hacer un negocio de eso es algo que no comprendo cómo se sigue haciendo. Me persiguieron hasta con pistola y vi mucho de esto y aquello. Me da risa la sensibilidad actual, cuando alguien dice que lo amenazaron de muerte. Supieran las cosas que escribe la gente por mail. Hablaba de la dictadura. Antes de la caída del muro leímos a Kundera, un checo crítico del sistema soviético pero no un propagandista de brocha gorda. El ya hablaba del kitsch de los símbolos. Y su lectura hecha por los comunistas más autocríticos fue productiva. Sería interesante retomarlo en estos momentos no sólo para analizar este fenómeno estético del inmensismo fitzcarrraldero y sus pretensiones de estadio sino también como un escritor que pensó Europa del Este sin visceralidad. Entonces tenía sentido discutir sobre libertad, no cualquier periodista que visita Cuba y escribe un libro es escritor como muchos creen. Ese no es el sacramento para convertirse en escritor. Lo es escribir algo con riesgo que no se haya escrito antes. Pero eso es imposible en un lugar en donde el formato y la redacción eunuca son la regla, donde la escritura no tiene inconsciente, en donde la redacción sin fisuras reemplaza al intento de crear un idioma nuevo. El término fitzarraldismo lo adoptamos de uno de los máximos cultores de esta tedencia: Werner Herzog. Herzog y Wenders filman sus últimas películas en Tokio. Van en búsqueda de imágenes puras. Ozu ya señala en sus películas que esas imágenes hermosas y tenues están desapareciendo o convirtiéndose en otra cosa. Eso está claro en Historias de Tokio, en la figura de los ancianos que se van a la playa, que buscan silencio y terminan sentados y resignados pensando en que el mundo cambió. Pero todo fitzcarraldista es un tozudo a muerte. Wenders viaja a Japón para encontrar esas imágenes, ese Japón puro de algunos planos de Ozu. Se encuentra en Tokio con Herzog, otro buscador de imágenes inexistentes, idealizadas y por favor repitamos esta palabra: puras. No las encuentran, la juventud japonesa se reúne a bailar algún subproducto del rock and roll con ropas americanizadas y sus padres juegan golf en unos cubículos, lo que causa el espanto del director alemán, que no sabe qué filmar. Se indignan profundamente y Herzog dice “si es que tengo que ir a Marte a ir a buscar esas imágenes, lo haré” Pues que vayan a Marte, el inmensismo fitzcarraldista tiene una obsesión que no es solo terrestre y que sueña no sólo conquistar el mundo sino también la galaxia, la vía láctea. Wenders Filma a un camarógrafo de Ozu, le ponen obscenamente la cámara encima, el camarógrafo se emociona hablando de su maestro. Pasan y pasan minutos y no le quitan la cámara de encima, hasta que el japonés se emociona y se pone a llorar. Exactamente igual al periodismo más chatarra, a los ardides más teletonescos. Luego el Sr. Herzog viene a Chile. Cae como anillo al dedo en este país amante de su estética apoteósica. Lo trae la Universidad Católica así que es perfecto, se puede entrevistarlo sin que diga nada incómodo. Haber traído al director italiano Nani Moretti, en cambio, fue un cacho ya que el italiano no podía creer cómo funcionaba económicamente el país y lo dejó claro. Por supuesto que no apareció en ningún medio. No les servía, no se podía entrevistarlo, exhibirlo. Pero con Herzog no había ese problema. Aunque señaló muy a la rápida que Chile debía resolver el tema del corredor oceánico con Bolivia y el tema mapuche. Como si se pudiera hacer de un día a otro, como si hubiera voluntad política. Gran parte de la población quiere eso. Pero un obsesionado con la otredad como él (la obsesión con la otredad no es sino racismo) no podía dejar pasar esos temas, para quedar como un luchador romántico, audaz como cuando se jacta de haber burlado la vigilancia en la estación ferroviaria de Tokio y filmar ahí. Si yo hubiera estado la estación de Tokio, yo mismo le pongo las esposas y lo meto en cana. Nos manda a los chilenos analfabetos a leer. Hermano, lo leemos todo, incluso lo que no está traducido. Dudo que él conozca la producción escritural latinoamericana actual. Así que hay que leer como Herr Herzog ordena, no dice qué pero bueno, hay que hacerle caso. Como si no tuviera sentido revisar las cinematografías recientes de Irán, Japón, Corea y todo Asia, como si no tuviera sentido filmar documental y ficción sobre la realidad latinoamericana que él desconoce completamente, porque si no es indio ultra–otro, ultra estereotipado, no le interesa; si no son parajes vírgenes a donde lo llevan, no le interesa. Nos manda a leer a nosotros, pobres analfabetos sudamericanos que él supone, no conocemos la prosa inteligente y resentida de alemanes y asutríacos, Elfriede Jelinek, cuya prosa es algo nunca visto antes, los poemas de Ingebor Bachmann, los cuentos de Herta Müller. Grass, Böll, etc. El cine de Christian Petzhold y el de Farocki. La precisión actoral de Nina Hoss, hija de un sindicalista. Todo eso y mucho más aún. ¿Dónde cree que está el Señor Herzog? En la selva amazónica, donde se cagó de miedo como confiesa en su documental sobre la filmación de Fitzcarraldo y en donde ve a la natura como un enemigo feroz? El proceso de des-colonización se tiene que hacer efectivo y no ser letra muerta, tiene que haber una lectura y crítica cultural. Aplicar, no sólo hablar del tema encuevados en la academia. No debe ser fácil llegar a viejo sin la infección de la vida, y creer aún en el poema, no importa en la forma en que el concibamos, cine o ficción, psicoanálisis, crianza de orquídeas como la poeta Paula Alderete, de la Araucanía. Llegar a viejo sin bajar línea debe ser algo muy difícil, por eso quizás mi pánico a la vejez. Dicen que Clotario Blest era un sabio de voz baja y suave. La claridad del ensayista Al Alvarez, las relaciones inéditas que hace Eliot Weinberger en sus ensayos. Goenka, Thích Nhất Hạnh, el lingüista Gilberto Sánchez o el gramático chomskiano Marcelo Novoa, que había trabajado en barcos en su Iquique natal y que decía que preguntaba cómo se decía tuerca, perno, bujía, cornamusa, bichero en inglés, que decía ¡mánchense las manos con la grasa de la gramática!; el traductor Marcelo Cohen cuyo libro Música Prosaica no sólo es sobre traducción sino que es una puerta de entrada para comprender la literatura argentina; los poetas Eduardo Milán o Daniel Freidemberg. Conozco maestros llenos de sabiduría, que leen a los jóvenes y mantienen encendida la hoguera de la crítica y el poema, en voz baja. Las parejas se preparan para sus cambios hormonales, quizás así mismo debería uno prepararse para no llegar como algunos a la recta final de este pique. En tanto, el señor Herzog, luego de bajar línea, mandarnos a leer y recomendarnos que solucionemos el problema de la salida al mar a Bolivia y el tema mapuche en segundos se va feliz a hacer un trekking a algún paraje chileno virginal y puro para luego degustar mostos locales y las cosas buenas de la vida. Acá seguimos su ejemplo: gasto, desmesura, épica, una visión entomológica de lo precolombino. Y la estética de tirar manteca al techo. Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Las elecciones municipales y autonómicas españolas y sus imprevistas consecuencias

    En España se realizaron el pasado domingo 28 de mayo elecciones municipales en algunas comunidades autónomas. El problema es que no se puede decir " España" delante de los nacionalismos periféricos y la izquierda institucional. Hay que decir "Estado español". El primer error de la izquierda es éste, el de hablar de España plurinacional, rechazar la lengua común y hacer el juego a los nacionalistas catalanes y vascos interiorizando parte de su discurso. Veamos primero sus consecuencias previsibles. La primera es analizar los resultados en la Comunidad Autónoma de Madrid. Esta comunidad es un feudo de la baza más carismática de la derecha, su actual Presidenta, Isabel Díaz Ayuso. Un fenómeno que juega con una mezcla de neoliberalismo y populismo que se basa en el orgullo de ser madrileño y en la libertad entendida como que te dejen hacer tu vida y pasarlo bien. Mientras, su política desmonta servicios públicos y no toma ninguna medida contra la contaminación y el dominio del coche en la ciudad. Ayuso desbordó todas las expectativas, ganando por una cómoda mayoría absoluta. Al igual que ella, un miembro de su equipo gana ampliamente en el ayuntamiento de Madrid. La segunda consecuencia tiene que ver con los resultados en Barcelona. El proyecto de la actual alcaldesa, Ada Colau y de su grupo político, Barcelona en Común, se presentaba como totalmente innovador, con una idea de ciudad sostenible basada en el transporte público, la bicicleta y el caminar. Al mismo tiempo con una política que apunta a una cierta limitación del turismo que tuviera como prioridad mejorar la vida de los vecinos en los barrios. Una ciudad ecologista, feminista (si esto quiere decir algo más allá de la retórica) y antirracista. Así presentaba Ada Colau su proyecto, contra “las élites” que quieren dominar la ciudad. La candidatura de Ada Colau representa un símbolo cuya candidatura es apoyada por los VIPS no solo de la izquierda catalana sino del mundo mundial -desde los inevitables Mujica y Chomsky hasta filósofas del feminismo radical como Judith Butler pasando por la chilena Elisa Loncón. La candidatura de Colau fracasó, quedando detrás de la del nacionalista conservador Xavier Trías y empatada con la del socialista Jaume Collboni. Pero lo más importante era saber las tendencias del electorado de cara a las elecciones generales de diciembre. Indirectamente estas elecciones se leían en términos del apoyo o del rechazo al gobierno del PSOE y Unidas Podemos y, más específicamente, del Presidente del Gobierno Pedro Sánchez. Los resultados fueron muy claros. Avance espectacular del PP, exceptuando Cataluña y País Vasco. Los gobiernos de izquierda presididos por los socialistas que gobernaban en Aragón, Valencia, Extremadura y Baleares van a caer todos. Aumento también muy importante de los resultados de la extrema derecha populista de Vox. Desaparición de Ciudadanos, que pretendía ser un partido bisagra entre el PSOE y el PP. Bajada de los grupos situados en la izquierda del PSOE, empezando por Podemos. Únicamente en Cataluña aumentan sus votos los socialistas sobre los independentistas, cuyo proceso puede darse por acabado. En el País Vasco, en cambio, arrasan los nacionalistas. La segunda fuerza política es Bildu, que, no lo olvidemos, es la continuación de Herri Batasuna, brazo político de ETA. Por mucho que pidan perdón a las víctimas y digan que hay que renunciar a la lucha armada, su relato legitima ética y políticamente a ETA. Esta sería la primera lectura, la de un toque de atención de cara a las próximas elecciones generales de diciembre. Pero el lunes 29 aparece Pedro Sánchez disolviendo el parlamente y anticipando la convocatoria de elecciones para el 23 de julio. La noticia toma por sorpresa a todos, no solo a la oposición sino a sus aliados e incluso a los dirigentes y militantes de su partido. La jugada de Sánchez es tan arriesgada como astuta. Con esta apuesta a una sola carta Pedro Sánchez quiere evitar ser cuestionado por los líderes de su propio partido, entrar en tensiones con sus aliados de Unidas Podemos y evitar un acoso de la oposición, que sale fuerte de estas elecciones. Se abre un período de incertidumbre. Parece que vamos a dos opciones posibles: un gobierno PSOE-Sumar o un gobierno PP-Vox. Pedro Sánchez sabe que puede salir reforzado dentro del polo de la izquierda. El proyecto Sumar de Yolanda Díaz tendrá que acelerar su construcción y obliga a Podemos a entrar precipitadamente en él. Puede levantar el fantasma de una alianza de la derecha del PP con la extrema derecha de Vox. Pedro Sánchez seguramente ha pagado electoralmente dos cosas. Su interiorización del discurso de las nacionalidades periféricas con su propuesta de Estado plurinacional. Y los excesos y arrogancia de Irene Montero con sus leyes de autodeterminación de género y de " solo si es si". Este malestar oculta los logros de este gobierno: legalización de la eutanasia, reforma laboral que ha favorecido los contratos indefinidos, subida del salario mínimo, mantenimiento del poder adquisitivo de las jubilaciones, límites a los precio de alquiler… El peligro es que gane un gobierno PP-Vox que incorpore a España a la deriva autoritaria de bastantes países de Europa (Grecia, Polonia, Hungría, Italia) y al que apuntan otros (Francia). Esta precipitación no deja a la izquierda tiempo para la comprensión de sus errores y un replanteamiento estratégico de su dinámica. Una vez más, es la aceleración y el cortoplacismo los que marcan la agenda. Luis Roca Jusmet - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Asonada republicana: incomprensión dialéctica entre tradición y progreso

    Nancy Fraser decía, posterior a la victoria de Trump, que una fuerza política que no era capaz de mejorarle las condiciones materiales a esa misma población que calificaba de retrógrada, medieval, racista, homofóbica y machista por ser incapaces de adaptarse rápidamente a los cambios culturales, estaba destinada al fracaso. Nadie podría decir que Fraser es reaccionaria ni que está en contra de las luchas por los más excluidos. Nadie, salvo quienes creen que las transformaciones son inmediatas y no procesos de largo aliento, que llevan décadas o tal vez siglos en sedimentarse, donde habitan en un mismo tiempo y espacio personas que piensan de manera distinta, que viven en un mundo simbólico distinto, tienen expectativas distintas y hablan distinto. Esta es, a mi entender, una de las razones principales de la derrota total de la izquierda en Chile. Ya no es una derrota económica, sino también cultural. Con la victoria de la ultra derecha en la discusión constitucional poco queda en pie de aquello que hacía del progresismo un proyecto aún vigente, con opinión para proponer soluciones y erigirse como una voz autorizada de ciertos temas. En el fondo, hay una incomprensión casi absoluta de cómo funciona la cultura en el transcurso generacional, donde constantemente existe una pugna entre tradición y novedad, entre pasado y futuro, entre quietud y movimiento. Para rastrear la razón de porqué ocurre esto, quizá habrá que remontarse a los años de la caída del muro de Berlín. Todas las instituciones que configuraban el Yo en una relación con un otro hoy están completamente desprestigiadas: los sindicatos, la familia, los partidos políticos, el Estado, las instituciones gubernamentales. Por dar un ejemplo, la familia, para muchas personas (sobre todo jóvenes), actualmente no es más que una fuente de traumas o de cadenas que imposibilitan el despliegue de la libertad. Es cosa de leer a autores como Deleuze y Guattari, quienes, en su famoso Anti-Edipo, se refieren a la familia prácticamente como una podadora del verdadero deseo humano. La familia no es ya ese lugar donde la psique se configura, donde se ensaya a escala pequeña lo que ocurrirá allá en el mundo; no es el lugar donde se transmite y se recibe todo el saber acumulado por siglos de antepasados ni menos donde se originan los afectos (con aciertos y desaciertos). No. La familia es, en cambio, allí donde se le impide al individuo ser lo que desea ser, comportarse como quisiera comportarse. Si antes los dictados de la familia tenían fuerza de ley, consagrando así la cultura patriarcal, hoy no son más que simples obstáculos, a lo más sugerencias, que el individuo escucha como quien oye la radio a lo lejos sin tomarle atención alguna. Se podría hacer una anatomía de las instituciones desprestigiadas en nuestros tiempos, pero vale la mención a la familia como representante de este fenómeno que es un síntoma de nuestra época. La disminución del Estado por el protagonismo de los privados, la inexistencia de sindicatos por la negociación entre empleador y empleadores, el desprestigio de los partidos políticos por la valorización de la "independencia política", todo es agua que va hacia el mismo molino: el de un Yo que tiene que vérselas solo contra el mundo. Un Yo sin referentes, sin modelos, sin pautas, pero que por lo mismo busca desesperadamente, cada cierto tiempo, algún ídolo al que pontificar. La izquierda en Chile ha sido parte de ese desprestigio. Sólo basta con recordar cómo muchos y muchas se sumaron al descrédito de la totalidad de la clase política, arriesgando incluirse en el mismo saco que el resto, sumado también a la celebración por la "independencia partidista" y a la "refundación" de Chile. Dos narraciones confluían aquí: el mencionado descrédito a las instituciones políticas y la refundación como única forma de solucionar el momento destituyente. ¿Cómo habrán interpretado los convencionales lo destituyente? No lo sabemos, o quizá sí: hay que recordar qué se cantaba en la última sesión de la Convención, donde se escuchaban unos versos que decían lo siguiente: "El pueblo, unido, avanza sin partido". "Que se acabe Chile", al parecer, ya no sólo era una metáfora: muchos así lo querían. Una vez a Slavoj Zizek le preguntaron qué idea valiosa había sacado del cine. Respondió que en la política como en el cine, el mensaje es la forma. ¿Qué mensaje entonces debía interpretar la población de esos cánticos contra los partidos políticos, de esos "que se acabe Chile", de esos "hay que quemarlo todo"? Cuando se enlodan las instituciones sin ánimo de explicitar también lo que posibilitan (básicamente, la vida social), entonces “nadie sabe para quién trabaja”. Si la política ya venía gravemente herida con su desacople a la realidad, el golpe de gracia lo dieron todas esas voces que más que dotar de nuevos significados a la institucionalidad (lo que no quiere decir reformar la constitución del 80, por cierto) buscaron convertirla a cenizas. En ese escenario, despojados de algo donde sostenernos, cualquier grupo que cooptara mejor el malestar y ofreciera soluciones rápidas a problemas complejos podía tomar el control. Es lo que ocurrió con el Partido Republicano, esta vez, de forma inapelable. Como decíamos, cuando el Yo no se configura en relación con los otros y busca sus explicaciones en sí mismo, ocurren varias cosas. Por de pronto, las instituciones ya no tienen sentido, pero también se viven tiempos de alta inseguridad. Las instituciones en sociedades como la chilena ofrecen reglas de acción, claro está, pero también son fuentes de seguridad. Por eso los avances culturales en las sociedades contemporáneas se juegan en la ambivalencia entre lo antiguo y lo nuevo, entre la tradición y el avance. Pensar que la inseguridad sólo guarda relación con el aumento de la delincuencia es un error. La inseguridad es un síntoma de nuestra época, es un escenario del campo de batalla. La asonada Republicana llega en momentos de alto desprestigio institucional y de alta inseguridad. Ese es su caldo de cultivo y su posibilidad de existencia. Los republicanos no son el fascismo, sería un error calificarlos así, pero son en cambio la despolitización y el populismo de derecha: soluciones inmediatas, desprestigio de las instituciones democráticas y una vuelta romántica al pasado terrateniente. Ningún país transita de ser de izquierda a extrema derecha en dos años y medio. Lo que hubo ahí en medio fueron una serie de demandas que la izquierda no pudo significar de manera colectiva, entendiendo que este proceso, en cuanto a formas y contenido, no podía soslayar la ambivalencia entre tradición (elemento que confiere seguridad) y avance (elemento que se arroja hacia la aventura, el salto al vacío y la libertad). Lo que se vio, entonces, fue una izquierda que no entendió que el mensaje también son las formas y que perdió la oportunidad histórica de cambiar una constitución por enfrascarse en discusiones identitarias que hicieron de la política una pugna entre grupos de interés particular, en vez de colectivizar esas discusiones que le interesaban y le pertenecían a todos. Si alguien no está de acuerdo con esto, hay que recordar cómo se ha dado el debate identitario en los últimos años: sólo quienes dicen pertenecer a esos grupos de interés particular, víctimas de un sistema de opresión (qué duda cabe que efectivamente lo son) están habilitados para hablar con legitimidad sobre algo. De lo contrario, una sombra de sospecha se ciñe sobre las palabras de quienes no son parte de esos grupos. Esto me hace recordar a un episodio que ocurrió a finales del siglo pasado, una controversia que anticipó quizás como nada la forma en que se darían estos debates. Para ilustrar, vale la pena recordarlo. El año 1998, cuando se estrenó La vida es bella de Roberto Benigni, no fueron pocas las voces especializadas que, indignadas, afirmaron con denuedo que la película italiana, cuyo telón de fondo era el holocausto judío, pasaba a llevar el régimen de lo permitido en el arte. La historia de un padre con su hijo pequeño, donde aquel simulaba para su vástago (al interior de un campo de concentración) ser parte de un concurso donde los ganadores obtendrían como premio un tanque real, fue acusada durante los primeros meses del estreno de frívola e insolente. Y es que, a esas alturas, el genocidio perpetrado por los nazis era un tema intocable: todo aquel que quisiera hacer de este hecho su material artístico, era inmediatamente observado de cerca por la comunidad judía y la opinión pública. Esto, porque según la comunidad, se debían respetar con recelo ciertos parámetros de aceptabilidad en el tratamiento de las obras sobre el holocausto, a razón de no pasar a llevar ciertas susceptibilidades. La aparición cinco años antes de La lista de Schindler, otra película sobre el holocausto, iba a modelar la forma en que este tema debía ser abordado en las producciones sobre el genocidio, a juicio de las víctimas: un mundo de buenos y malos, de blancos y negros, donde el bando victimario era retratado como deliberadamente abyecto mientras que el de las víctimas, en su representación, sólo se mostraba capaz de actos llenos de humanidad y compasión. Así debía ser abordado el genocidio judío, no de otra forma. Por eso es que la película de Benigni, una comedia que se sitúa en un campo de concentración y que no en pocas ocasiones suscita la risa del espectador, era vista como una infracción grosera a ese molde, una violación temeraria a unos parámetros establecidos por quienes se consideraban las únicas víctimas de la segunda guerra mundial. En medio de ese clima de acusaciones cruzadas, de imputaciones y censura (en Israel, La vida es bella fue prohibida en las salas de cine hasta que el film ganó el Oscar a la mejor película extranjera) es que el escritor húngaro Irme Kertész, sobreviviente de Auschwitz y uno de los novelistas más importantes de la europa de la posguerra, salió de su mutismo con un valiente texto, ¿A quién pertenece Auschwitz? Mirado desde hoy, ese texto tiene valor de tratado ético y filosófico. En este ensayo, donde defendió a Benigni de los ataques de la comunidad judía y la crítica especializada, Kertész afirmó que mientras la película Hollywoodense de Steven Spielberg (La lista de Schlinder) hablaba desde el archiconocido cliché de un mundo de buenos y malos, con un sentimentalismo vergonzoso y una noción de “persona” que jamás existió en los campos de concentración, la comedia de Benigni se atrevía a abordar el asunto desde un lugar incómodo, inédito, “humanista” en más agudo sentido posible, derribando esos moldes que habían sido prescritos por ese coro de “puritanos del holocausto” que se sentían con el derecho y la autoridad de establecer cómo se debía mostrar el genocidio nazi. Así fue como, finalmente, el futuro premio nobel se preguntaba en su ensayo: ¿A quién pertenece Auschwitz? Y se respondía sin aspavientos: a todo aquel que tenga el valor de oponerse al fantasma del holocausto. De este episodio, surge entonces la pregunta: ¿Sólo quienes son víctimas de algo tienen derecho a hablar sobre el tema que los atañe? ¿Ser víctima es razón suficiente? ¿Sólo por pertenecer hace válida una opinión? Si se observa cómo se ha dado el debate sobre seguridad pública en Chile (y no sólo en Chile, también en El Salvador y otras partes del mundo), sabremos que hacer política desde la posición de víctima a veces nos puede llevar a soluciones desastrozas. Soluciones que proponen, por ejemplo, eliminar la proporcionalidad en el uso de la fuerza de carabineros, soluciones como los linchamientos y las humillaciones públicas. En este debate, todos actúan desde la posición de víctima: a todos nos han asaltado, todos conocemos a alguien que ha sufrido un robo. Entonces aparecen en televisión víctimas de portonazos y lanzasos pidiendo militares y mano dura, aparecen víctimas que respaldadas por esa posición piden leyes menos garantistas y jueces más valientes. Tal vez, ya es hora de decirlo: hacer política desde la posición de víctima es peligroso. René Girard, uno de los grandes antropólogos y psicoanalistas del siglo pasado, afirmaba que las hordas que persiguieron a muchas personas inocentes a lo largo de la historia tenían algo en común que los hacía cumplir un patrón: todas se sentían víctimas de aquellos que intentaban eliminar. Los chivos expiatorios, en palabras de Girard, condensaban la totalidad los males de la época: problemas económicos, políticos, sociales. Eran momentos donde las diferencias que antes podían dividir a la horda (diferencias de clase, de casta, de ideología, de moral, de religiosidad, etc) eran suspendidas en pos de sacrificar al nuevo chivo expiatorio. Lo hemos visto en la historia. Chivos expiatorios han sido los cristianos, las mujeres, los judíos, los palestinos, los homosexuales, los comunistas, los extranjeros. Y no en pocas oportunidades, los mismos perseguidos pasaron a ser después perseguidores. Existen quienes con tan solo escuchar de alguien el concepto de "política de identidad" levantan muros y se parapetan en sus posiciones. Acusan que quienes estamos en contra de hacer política desde un punto de vista identitario tememos por nuestros privilegios y que queremos menos derechos para las "minorías" (qué palabra aquella: "minoría"). Pues bien, a este respecto, hay que hacer una aclaración: si toda posición política conlleva ubicarse desde una identidad, una situación de enunciación (de clase, racial, de género, entre otras), no toda identidad se vuelve política identitaria. ¿De qué depende esto? De, como decía Zizek, las formas políticas. Si a la hora de hablar de violencia de género eludimos otros tipos de violencias (racial, de clase) y buscamos que ciertos grupos de personas sean las únicas que puedan hablar de esto con propiedad (siguiendo así toda una lógica binaria, un concepto mirado muy de lejos por estos mismos grupos), entonces una identidad pasa a ser política identitaria. En definitiva, el movimiento implica hacer de un tema de importancia universal, uno de pertinencia reducida. Estar en contra de la política identitaria no es negarse a las demandas y derechos que necesariamente la sociedad debe ir otorgándole a los grupos excluidos; más bien, es negarse a la forma maniquea de plantear el tema. Hacer política identitaria nos lleva al inicio de todo esto: la incomprensión de la dialéctica tradición-progreso. El mundo se divide claramente entre malos y buenos, víctimas y victimarios, atrasados y modernos, y no hay más. El derrumbe de las instituciones democráticas, esas que, como dice Enzo Traverso, son el producto de una serie de esfuerzos por parte de nuestros antepasados, posibilita una grieta que al día de hoy tiene al populismo de derecha logrando su triunfo más importante: el de escribir una nueva constitución. La izquierda, mientras tanto, tendrá que revisarse a sí misma sin complacencia, sin culpabilizar al otro de las propias responsabilidades, sin eufemismos. Deberá, al final, observar con mayor detenimiento el costo de haber sido parte de ese coro que quiso eludir la importancia de la tradición, dividiendo el mundo entre héroes y villanos. Toca, entonces, mirar cómo se anuncia el peso de una noche que se advierte larga. Esperemos que esta vez, sin embargo, no sea en vano. Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Libros y lectura. Cultura para una política.

    En abril se presentó la nueva Política de la Lectura, el Libro y las Bibliotecas. Es bastante larga y su primer énfasis es en los lectores y la diversidad. Realmente pone en el centro a los lectores (“y no lectores”, como se declararía el 52% de la población). Incluye muchos conceptos, promueve la ecoedición y la perspectiva de género, lo territorial y patrimonial, por ejemplo. Valora a las bibliotecas y las divide en tres: nacionales, internacionales y digitales; busca favorecer a “bibliotecas públicas y escolares, relacionadas con autores y publicaciones nacionales, regionales y locales, incluyendo creaciones de valor simbólico y cultural, que enriquezcan el tejido social y patrimonial de los territorios y en distintos soportes”. Es difícil meterse en la ambigüedad, la amplitud o la estrechez de expresiones como “autores y publicaciones nacionales”, “tejido social y patrimonial”, o “creaciones de valor simbólico y cultural”, pero hay preguntas básicas y complejas: el énfasis en los territorios, lo local, por supuesto, pero una biblioteca tiende a lo universal y diverso –a la bibliodviersidad–; los soportes, ¿libros o qué? Claro, revistas, películas, programas, pero hay libros digitales y libros reales. Las bibliotecas necesitan libros de papel. ¿Por qué? Simplemente porque los libros sacan de las pantallas, dan otra relación con el lenguaje; la capacidad de leer tiene que ver con el tiempo y con la capacidad de hablar. De parar y pensar. La lectura del papel da otra experiencia. Se lee también lo que está escrito en las paredes y las pantallas de los teléfonos, dirán, como dijo el ministro de las Culturas en el Día del libro: “No hay que quedarse atrás”. En ese campo abierto, el libro es tanto más acogedor, con su estética y formas creativas en varios niveles. El libro, como dice el lugar común, es un logro mayor de la cultura, imperativo ante el cambio ritmo y sentido que imponen lo digital y lo vociferante. Si una política del libro ve lo digital como horizonte de superación, no es una política del libro. Es una política de la lectura, que está bien. Hay libros y libros digitales, así como hay inteligencia natural y artificial, la lechuga del huerto y la comida ultraprocesada. Los libros son lo opuesto a lo “digital” –aunque se puedan leer en un kindle– y al robot que sabe redactar y “aplicar” sentido. Sí, hace un super buen resumen de tres papers, pero las operaciones de búsqueda, lógicas y sintácticas, no son la escritura, ni la lectura es una suma de desciframientos. Hace un buen rato podemos buscar en un procesador de texto, copiar y pegar, corregir, buscar sinónimos, etc. Los libros, en cambio, no son una ingeniería de rendimiento de hace un par de décadas, sino el fruto de varios siglos de evolución, del esfuerzo de varias personas que no caben en una instrucción de datos. Son hechos en otro tiempo y proponen otro tiempo, el de las palabras y las imágenes trabajadas. Son artesanales, industriales y populares al mismo tiempo, y también pueden resultar la mezcla ruinosa de las tres cosas. Si el precio del papel sube al doble, se imprime la mitad, así de materiales son los libros. Para los niños, reemplazar los libros por lo digital es más perjudicial, y ya varios sistemas educativos, como el sueco, se han devuelto al papel. Catherine L’Ecuyer resume las muchas alertas: “La medicina insiste en que no hay evidencia de que la tecnología sea beneficiosa para los niños. Es todo lo contrario: el uso de tabletas en las aulas a partir de la primera infancia puede interferir con el aprendizaje de la lectoescritura y fomentar la multitarea tecnológica, que dispersa la atención. No hay estudios que establezcan sus beneficios ni la ausencia de sus perjuicios. Sí hay una industria con un presupuesto de marketing ilimitado para patrocinar congresos educativos o estudios puntuales de rigor cuestionable y que se basan en criterios subjetivos (“gusta más”). La multitarea tecnológica les pasa factura a los niños: más errores, más superficialidad en el pensamiento, pérdida del sentido de la relevancia, de contexto, confunden información con conocimiento”. La biblioteca, en estos tiempos, debe ser un centro de información para el conocimiento y el contexto, con actividades que siguen ese otro tiempo de los libros –el tejido y la cerámica, el huerto, la serigrafía o el yoga–, para detenerse a pensar. Puede incluir lo digital, pero si su perspectiva es digital, la biblioteca puede considerarse inútil. Sin espacio físico, cuando resulta que las cosas, la gente, los libros, como todo, ocupamos un lugar. No somos un espectro descargable. Los niños no son operadores de herramientas para el conocimiento, son seres que sienten. Los libros, que son cosas, tampoco son simplemente mercancías. Aunque haya que considerar seriamente por qué una persona se gastaría 12 o 18 mil pesos en un libro y no en una comida, un carrete o una polera, debemos tener libros a nuestro alcance, es realmente un derecho. Todos los países tienen redes de bibliotecas, por ejemplo, y usarlas parece de lo más atinado y civilizado. Con la política nueva, en Chile hay muchas palabras y hechos inciertos al respecto. Aunque se construyen nuevas bibliotecas regionales y existan más de 600 bibliotecas en el país, además de planes y cruzadas público-privadas por la lectura, la realidad de las políticas del libros son más penosas. Las bajas sostenidas en compras y producción editorial, el avance de lo digital en el Ministerio de Educación, el debilitamiento de la Secretaría del Libro del Ministerio de las Culturas –que ejecuta el fomento de la lectura y gestiona concursos para fondos, compras, premios, ferias, becas, viajes del “ecosistema del libro”–, y retractarse de la invitación de honor a la feria de Frankfurt en 2025 después de años de trabajo ministerial por internacionalizar el libro –supuestamente para favorecer el desarrollo local–, son algunos de varios ejemplos de una crisis de desvalorización, sin concepto ni comprensión de una cultura, de algo difícil que se sabe hacer. Pongamos un ejemplo reciente, el stand de Santiago en la Feria del Libro de Buenos Aires. No me refiero al tan bullado programa de autores invitados, logrado y respetable –del poeta David Aniñir a Lola Larra, de Óscar Contardo a Carlos Peña, por nombrar a cuatro de más de 60, incluidas casi todas las lumbreras–, sino a la experiencia del stand de Santiago, ciudad literaria invitada, que estaba muy bien para acoger visitantes cansados y actividades, pero no a los libros. Débilmente expuestos de a uno en repisas metálicas de bodega; desordenados, solos. En el muro de fondo, grandes libros de lujo junto al anaquel principal, vidriado, con botellas exclusivas de vino y pisco, además de collares y otros elementos de “diseño” dentro. Como si no fueran suficientemente atractivos y valiosos, como si no fueran diseñados, los libros parecían un adorno incómodo. En vez de un espacio para ver una exposición diversa de narrativa, poemas, crónicas, fotos, pinturas (autores, editores y libros) sobre la ciudad de Santiago –mesones, básicamente, además de estantes y gráfica que contara algo–, era un ejercicio arquitectónico trasparente y modular con varios desniveles (riesgo de tropiezo cuando uno mira libros) para exhibir cualquier cosa. Había cojines gigantes siempre con niños descansando y jugando, sillitas modulares para actividades, música chill out, jóvenes mediadores con overoles verdes y un guardia amable que parecía avergonzado de cuidar botellas de alcohol de supermercado. Qué vergüenza, en un país productor de vinos y con sólida cultura librera. A pesar de las importantes dificultades económicas, en Buenos Aires aumentaron otra vez las ventas y los participantes. En Argentina los bibliotecarios de una red de mil van a las ferias de libros a escoger sus libros con doble subvención, y los mandan a sus bibliotecas ahí mismo por correo. El presupuesto del Estado se cuadruplicó. En Chile hace al menos cinco años sigue igual y a la baja. En libros para bibliotecas públicas no escolares (la escolares bajaron de unos 7 mil a 4 mil millones en seis años) se gastaban nítidamente unos 1600 millones al año –para comparar, son 2 millones de dólares, lo mismo que el Ministerio de Ciencias gasta en actividades divulgativas para un solo festival de tres días–, pero ahora parece que bajaron a mil. Todo el negocio del libro serían 50 millones de dólares, me dicen, “así de poco” (no entiendo el negocio). Si imprimir cuesta el doble, las compras bajan, las licitaciones del Estado se vuelven lejanas e incomprensibles, y lo digital avanza junto otras amenazas tanto peores, cuesta tener fe en que exista una cultura del libro que soporte la política y su difícil ejecución. Marcela Fuentealba - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • La eterna pequeñez del más profundo trabajo mental

    Para Martín Cerda el ensayo, la escritura en fragmentos de su tiempo, fue una misión vital, un imperativo. Habla de “la obligación del ensayista”, que consiste en develar lo “esencial” de cada objeto que lo ocupa, “sin afirmar nunca dogmática o arrogantemente que su palabra es la última, sino solo una palabra exacta (Barthes), libremente producida y responsablemente conducida. No se trata, en consecuencia, de que solo sea un discurso bien escrito”. Martín Cerda se cita siempre porque, en la dificultad, da con la palabra: se entiende y da qué pensar. Pensaba sobre palabras, con la escritura de otros. A treinta años de su muerte (1930-1991) es un clásico vivo. Los jóvenes lo publican, lo investigan, lo redescubre cada generación. La palabra quebrada es el nombre de una revista. Feliz consagración de un hombre al que le interesaban las ideas, las cuales, escribió, “trabajan siempre con el futuro: son el aporte humilde que un hombre, visualmente apaleado por la adversidad, la soledad y la incomprensión, hace a otros hombres que, desde el próximo horizonte, anuncian que todavía es posible otra vida”. De su vida se destaca siempre que siguió temas “altamente intelectuales”, guiado por la universalidad de las ideas, descentrado o aparte de “esa tierra episódica donde nací”. No importa mucho Chile, donde lo marcaron las lejanías de los barcos y los puertos. Nació en Antofagasta en 1930, estudió con los curas franceses en Viña del Mar y a los 21 años se fue a París a seguir Derecho y Literatura en la Sorbonne, donde, dijo, sacó “carnet de existencialista”. En las décadas de los 50 y 70 pasó varios años en Caracas, donde trabajó en la editorial Monte Ávila. En Chile vivió a ratos en Santiago y terminó en Punta Arenas. Publicó este, su primer libro, en 1982; en 1987 apareció su continuación, Escritorio. En 1990 obtuvo una beca para trabajar en la Universidad de Magallanes, donde proyectaba escribir los otros cuatro libros que comentaba: Historias burguesas, que sigue a Escritorio; La fascinación de la muerte, ensayo sobre suicidas; Montaigne y el nuevo mundo y Crónicas de viajeros australes, sobre navegantes del siglo XVIII. Se instaló y al poco tiempo perdió su biblioteca en un incendio. Un año después murió de un ataque al corazón. Nunca se situó demasiado en los lugares. Andaba medio a contrapelo, han dicho, aunque animaba la conversación en bibliotecas y bares. Tuvo amores e hijos. En Chile colaboró en varias publicaciones, desde un diario popular como Las Últimas Noticias hasta la revista de crítica PEC, dirigida por Marcos Chamudes, que en los 60 se decía la financiaba la CIA. Aunque así fuese, sus textos bien podrían haberse publicado en la prensa comunista, como de hecho ocurrió. Por eso se lo trata indistintamente de hombre de derecha y de izquierda. Él iba a otra cosa, a superar la dialéctica. La expresión “en último trámite”, uno de sus giros habituales, muestra que son varias las fases de ese “tiempo de pensar”. No se trataba de cumplir la tarea que, por limitación cultural, se suele asignar a la crítica: poner orden, definir un canon, vigilar lo bueno y lo malo mediante criterios cada vez más objetivos y científicos. Para Martín Cerda esa es una superficialidad intolerable: a él en cada ensayo se le iba la vida. Como le interesan las ideas tiene que enfrentarlas: por la verdad, lo oculto o indeterminado, contra las verdades, las ideologías terminales. Las palabras se rompen, quiebran y quebradas se forman una y otra vez, en un movimiento tan liberador como angustiante que llamó despensar. Sobreviviente de los 60, tiene que pensar otra vez, reconocer el caos y la barbarie cuando quiere llegar a lo “esencial”. A lo esencial, no al dogma. No evade nada políticamente, al contrario, asume la triste condición del impotente pero deseoso que sobrevive bajo un sistema que sabe no sirve. El saber abstracto es un último refugio que no existe mucho. Su vasto e intenso conocimiento de literatura y teoría francesa, de Montaigne a Foucault, formaban su sentido personal. Al comienzo de este libro cita al húngaro Georg Luckács –uno de sus héroes teóricos– para definir el ensayo como destino: “Las cosas devienen en formas; el momento en que todos los sentimientos y todas las vivencias que estaban más acá y más allá de la forma reciben una forma, se fundan y adensan. Es el instante místico de la unificación de lo externo y de lo interno, del alma y de las formas”. Esa vida mística y a la vez sinuosa explica por qué no quiso recopilar sus textos: está contra lo final, contra lo absoluto. Solo intenta, prueba, ensaya. Es filosófico: no es la duda radical, fría con el mundo, sino el pensamiento radical –otro– que por lo tanto nunca acaba ni concluye. “El ensayo es un acto ocasional, regularmente ocasionado por un objeto, y, al mismo tiempo, provisorio, en el sentido de que no cesa nunca de buscar la forma cerrada del sistema. Esto explica que en cada ensayo donde los demás descubren valores, verdades, ideales y certezas, el ensayista solo encuentre problemas, incertidumbres y despistes”. El ensayista, un hombre con destino, con obligaciones, nunca se sitúa realmente, ni material ni idealmente. Avanza a tientas, porque no hay un orden, o ese orden, absoluto, voluntarioso, es una farsa. “Descubre en todo (vida propia, organización familiar, sistema laboral, estructura social) no una armonía, un cuerpo orgánico, sino, más bien, una pluralidad de conflictos, desequilibrios y contradicciones. Este descubrimiento, usualmente doloroso, lo obliga a preguntarse irremediablemente por la ‘razón de ser’ de cada uno de ellos y, por ende, a enfrentarse con ese otro, orden de ideas, valores y opiniones —ordo idearum— que los instituye, justifica o enmascara”. El sistema cerrado, el universo, es impensable, y aquí todo se escurre. En ese callejón su estrategia es la ironía, el “disimulo”, eironeia derivada de éromai (yo pregunto), el “arte de preguntar fingiendo ignorancia”. Solo sé que no sé. En ese fingir parece estar todo, en esa puesta en escena volátil, entre conceptos que quiere siempre superar, decir mejor; no puede afirmarse más que en lo pequeño: “El ensayista rechaza sus propias orgullosas esperanzas que sospechan haber llegado alguna vez cerca de lo último; se trata de explicaciones de las poesías de los otros, y en el mejor de los casos de explicaciones de sus propios conceptos: eso es todo lo que puede ofrecer. Pero se sume en esa pequeñez irónicamente, en la eterna pequeñez del más profundo trabajo mental respecto a la vida, y la subraya con irónica modestia”. En la época de Martín Cerda, el pensamiento independiente se volvía una secta. El se declaró, por cortesía, humilde y modesto. Lo explica para que sigamos: “La escritura consiste en (re) comenzar un libro imposible, donde lo esencial siempre es la pregunta”. El hombre a la interperie que se lanza. Martín Cerda ejerció como historiador de un mundo en ruinas, sin mapa, fuera del mapa. Cosmopolita, original, laborioso. Desde este horizonte lo leemos otra vez y nos alegramos. Marcela Fuentealba saposcat.cl - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Leer desnudo o volverse un principiante: sobre De algún modo aún de Sergio Rojas

    «Somos todos principiantes cuando, con algo de suerte, aprendemos los unos de los otros», escribe Cristina Rivera Garza en Los muertos indóciles. Con algo de suerte, una poeta es principiante en la filosofía y, con algo de suerte, en ese camino que es comenzar cada vez en la filosofía, la poeta es alumna de un filósofo, a quien lee, oye y mira asombrada. No son las palabras que entiende las que la asombran, sino las que no comprende. El filósofo le dice que quedarse en el asombro suspende el pensamiento y ella toma apuntes y escucha, con algo de suerte, un ruido que proviene de la mente del filósofo. No se trata del ruido que provoca la filosofía, sino del que produce el pensamiento. Algo más allá o más acá de la filosofía. Granos de mente. El ritmo de una mente. La danza de la mente. Escucha la casa de la cabeza del filósofo, le dice el yo de la poeta al yo de la principiante. El filósofo es Sergio Rojas y la poeta soy yo. Hablo, entonces, desde el lugar de la principiante y de la alumna, que principia o comienza cada vez, a la escucha o ante la expectativa de lo que el filósofo tiene para decirle y que así, con algo de suerte, pueda aprender del otro. Cuando Sergio Rojas se ve asediado por las preguntas en torno a los trabajos finales de los seminarios que dicta, suele decir: «Escriban algo necesario». Indica rangos laxos de cantidad de páginas, fechas más bien aproximadas, como si los límites que la academia le pone a la mente le causaran malestar. Si ocho páginas son necesarias, entreguen ocho. Si diez páginas son necesarias, entreguen diez. Que el seminario sea ocasión para pensar. Incluso lo que pasa afuera del seminario, las ideas que quedan circulando y que comentan entre ustedes en los pasillos, en los cafés, en los bares. Capturen ese momento en que escuchan el ruido de la mente, agrega el yo que vive en mi cabeza. Intento hacer lo necesario, Sergio, para que aprendamos, con algo de suerte, los unos de los otros. Sergio intenta hacer lo necesario para que, con algo de suerte, yo –que he aprendido durante años de él– tenga algo que decir hoy ante ustedes. El gesto de pedirle a una alumna que lo lea me asombra, pero apenas empiezo a leer el libro caigo en cuenta: en De algún modo aúnhay un filósofo (Sergio Rojas) que, para leer a un escritor (Samuel Beckett), decide retirar los dispositivos habituales de la filosofía. Un filósofo se ha retirado de su filosofidad. Es decir, ha tomado la decisión de quedar desnudo ante la literatura. Y nosotros somos testigos de esa forma de desnudez. En otras palabras, Sergio presiente que, para aproximarse a la literatura de Beckett, debe apartar el peso del discurso filosófico y oír lo que la literatura dice, ese susurro incapturable e incomprensible para los mecanismos de la filosofía. Quizá Sergio Rojas necesita volverse un principiante para poder aprender de Beckett. Si leer es un contacto, en el sentido de ser tocado –pienso con Nancy–, tal vez estar sobrevestido implica protegerse de la yema del dedo de las palabras con las cuales la literatura nos llama. ¿Sergio lo sabe? Diría que sí. Y hay otra cosa que sabe: esa desnudez no es una ortopedia, como lo es, por ejemplo, a ratos el aparato conceptual que intenta subsumir la literatura a lo categorial, sino que parecer ser una de las exigencias de la lectura de Beckett. Cuando se presenta un libro de un autor que se remite a otro autor, quien presenta se enfrenta a un problema que parece formal, aunque no creo que lo sea: ¿hablo de los contenidos del libro, en cuyo caso tendría que hablar de Beckett y releer a Beckett para luego poder hablar con propiedad de este libro (y quizá en el camino, a lo mejor sin querer, obviar a Rojas), o hablo del autor, en cuyo caso tendría que hablar de Rojas, releer lo que he leído de su obra y poner este libro en una constelación de lo que conocemos de este pensador del fin, es decir, subsumir lo que leo a un marco más general (y quizá en el camino, a lo mejor sin querer, obviar la singularidad de De algún modo aún)? Incómoda ante estas dos alternativas, di con una tercera. Si acá estamos leyendo a Rojas leyendo a Beckett, ¿de qué es posible hablar que no sea de Beckett en general o de Rojas en general en un tiempo tan acotado? Propongo una tercera vía: lo que leemos acá es una disposición. La clave no me llegó sola, estaba en el libro, en cómo Sergio va recorriendo la escena de las meditaciones de Descartes, la manera en que Descartes se dispone. Y, en un segundo momento, cómo hace dialogar eso con la escritura de Beckett. «Beckett ha dado vida narrativa a la ficción filosófica del sujeto moderno» (88) es probablemente una de las propuestas de lectura más extensivas del libro: cada personaje de las novelas de Beckett va siendo leído desde el asunto del yo. Para ello, Rojas se remonta a Descartes y a la separación entre la mente y el cuerpo, donde el segundo queda signado como «territorio de la sensibilidad y fuente de espejismos y engaños» (64). Así, el camino de ensimismamiento que emprende Descartes es ir hacia la razón –dejando la materialidad del cuerpo–, «conducirse hacia el interior para construirse en el sujeto del pensamiento y, en esta misma operación, darse un lugar como un Yo» (65). Esta disposición no es algo posible de dar por sentado, sino que se trata de algo que se produce, que se hace. La intención de Descartes, como sabemos, es deshacerse de todas las opiniones que tenía hasta entonces y volver a los fundamentos, esto es, desengañarse. Para producir aquello, se retira de la inmediatez del mundo y se dirige hacia el yo. O más bien: da «un paso atrás de sí mismo dirigiéndose precisamente hacia ese su “sí mismo”» (67). Soy una cosa que piensa es una de las formulaciones a las que arriba el pensamiento cartesiano, evidencia y seguridad que permite la meditación misma: la existencia del yo es garantía. Y esta operación, apunta Rojas, decanta en un desdoblamiento: está el yo que se ha retirado de lo mundano, y que reflexiona acerca de qué cosa es, y está el yo que «ha quedado inmerso en el mundo (…), algo de lo cual se habla cuando se escribe la meditación –cuando se medita por escrito–, pero él mismo no habla ni escribe, no dice que piensa» (68). Es decir, Descartes «habla de sí mismo como de otro» (68). Contra la visión de que los personajes beckettianos son profundos, Rojas postula que, en realidad, están inmersos en la cotidianidad. No es que estén pensando y hablando en un afuera de lo cotidiano, sino que este cotidiano es una especie de lodo en el que se encuentran y en el cual se entrampan, evidenciando su ineptitud e inoperancia. Es decir, a diferencia de Descartes, estos personajes no se retiran de lo mundano. ¿Qué significa este no retiro? Desde este punto, Rojas formula uno de los enlaces con el pensamiento cartesiano: «El solipsismo beckettiano –si cabe la expresión– no refiere a la autopercepción ensimismada del yo, incapaz de trascender la propia existencia, sino al hecho de que decir yo implica decir aquí; se percibe y se piensa desde un irreductible punto en el espacio y en el tiempo; es decir, desde un lugar. Este lugar es el cuerpo. Entonces, leyendo-escribiendo, Beckett empuja el pensamiento de aquellos filósofos hacia sus corporales implicancias y consecuencias» (91). Diría, al fin –¿cuál fin?–, que lo que ocurre en De algún modo aún es que Sergio, que ha leído a Descartes dejando el cuerpo afuera para pensarse y que ha leído a Beckett poniéndole cuerpo a un cierto cartesianismo, ha evaluado que una manera distinta de leer a Beckett desde la filosofía (y así evitar caer en las categorías habituales en que esa misma filosofía ha encajonado su obra como ilustración de, por ejemplo, el pesimismo) es poniendo el cuerpo en la escena de lectura. Pero ¿ha evaluado? No lo sé, quisiera creer que no ha podido evaluar del todo, que algo ha desbordado la posibilidad de la evaluación. «En la lectura intento ejercer una suerte de voluntad de no entender, porque la lectura es algo que efectivamente sucede», dice Rojas en una entrevista del 2018. Equivocadamente leí «la lectura es algo que efectivamente me sucede», en el sentido de me pasa, ocurre en el cuerpo. Releyendo la frase pienso que agregué el «me» de manera azarosa, dado que el enunciado tiene un pie en una zona de control –las palabras «ejercer» y «voluntad» me hacen recular–. Pero, en otra entrevista de este año acerca de este libro, ese «me» toma cuerpo: «Esa escritura [la de Beckett] sintonizó algo en mí. Esto ocurre con algunas escrituras, me refiero a que te ponen en relación contigo mismo». O en el epílogo de este libro: «El no entender es aquí una forma fundamental de acceder a un sentido que se toma toda una vida para entregarse haciéndose esperar. Un sentido cuya medida es una vida no es sino un sentido desmedido» (200). Lo que leo que ocurrió es que ese coeficiente filosófico –que desborda a la filosofía misma– en la obra de Beckett, y que probablemente intuyó un joven Sergio Rojas hace cuarenta años, ha ido golpeando, a lo largo de la vida, al adulto Sergio Rojas, pero ¿qué golpea? O dónde golpea. En principio, golpea el cuerpo. Y ese golpeteo, una y otra vez, en vertical, de lado, de frente, desde abajo, en las raíces, y desde arriba, por atrás, fue agrietando las vestiduras del filósofo –los conceptos, las categorías, los edificios filosóficos que calman la pregunta que es el mundo y su infinita cotidianidad–. En otras palabras, los golpes pusieron en riesgo al yo del filósofo mediante la literatura. Y acá subrayaría «en riesgo». Parafraseo otra cosa que hace Sergio en clases: formular un enunciado y decirnos qué subrayaría él de esa frase (cosa que hace en su escritura, mediante el uso de itálicas o de enunciados como «más precisamente»). A veces subrayo lo que él dice que subrayaría y otras subrayo exactamente lo opuesto. Las más, agarro mi cuaderno y subrayo lo que no comprendo y con esas frases compongo poemas. Tengo decenas de poemas compuestos con frases de Sergio Rojas. ¿Por qué? (este «por qué» también es muy suyo). Podría guardarme el motivo por biográfico, pero se los digo. Para ello voy a colgarme de otra escena. Hace unos meses, en un seminario sobre el asco que dicta Sergio Rojas, un alumno levantó la mano. Estábamos leyendo a Hobbes y en un punto la lectura de Sergio se nos empezó a volver insoportable. Más que una pregunta, este compañero formuló una posibilidad: existen otros autores para pensar este problema, los autores que estaba proponiendo Sergio nos estaban dejando en un callejón angustiante del que no podíamos salir; quizá, si leyéramos el asunto desde otras perspectivas teóricas, podríamos vislumbrar el acceso a la salida. La respuesta de Sergio, después de un silencio, fue: pero ¿queremos salir del problema? Podríamos proponer otras directrices teóricas, otros libros y autores, y saldríamos de esto, pero ¿por qué querríamos salir? La academia, sin duda, nos ha domesticado para salir. Salir es resolutivo y, por ello, indica que hubo un origen: entramos por esta puerta, salimos por esta otra. Pero Sergio nos estaba invitando a no salir, a quedarnos en el problema, porque intuía que la salida era, en realidad, una salida falsa, que generaría el efecto aliviante de la categoría y que, sin embargo –o por ello mismo–, dejaría el problema intacto. La solución –o la antisolución– fue, entonces, quedarse. Pero ¿quedarse dónde? Quedarse simplemente ahí, experimentando lo problemático del asunto, pensándolo cada vez. Si escribo poemas con las clases de Sergio Rojas es exactamente por este motivo. Porque lo que me interesa es oír lo que no puedo entender, lo que desafía a lo que soy y lo pone en un abismo. Escribir poemas es quedarse en el problema: la poesía no resuelve nada. ¿No es acaso eso también lo que Rojas hace en este libro? Acceder a un sentido mediante una forma de incomprensión. A veces Sergio se detiene un momento, mientras hace clases, experimenta una pausa y luego dice: ¡esto es fascinante! Es como un golpe, un acuso de recibo, una interrupción, un retiro de lo discursivo, allí donde lo discursivo resulta insuficiente. Es como si se sorprendiera de lo que está diciendo, como si su cada vez signara un aún. Llevo toda la vida pensando a Beckett y, no obstante, aún. Aún sigo pensando, aún sigo golpeado, aún sigo comenzando, cada vez comienzo. El asombro en ese «esto es fascinante» no deja de conmoverme. El asombro, probablemente, nos deja sin palabras, atónitos, y eso, en principio, por su mutismo, imposibilita el pensamiento. Pero (subrayo este pero) sin asombro, quizá, no habría pensamiento, habría categoría, entendimiento, concepto, habría domesticación: «En el inicio del ejercicio del pensamiento hay una exigencia no pensada, un pensamiento del que no se es sujeto» (64), cito a Sergio. De algún modo aún, así leído, es la cartografía de un asombro –cómo puede estar permitido escribir así, se pregunta Rojas sobre Beckett–, la cartografía de un asombro, decía, de un filósofo al que le queda corta la batería categorial y que deja filtrar la impotencia de la filosofía ante la literatura. ¿Esto significa retirarse? No. Significa leer cada vez, cada vez aún, no dejar de leer, tener la sensación de que no se ha empezado aún y retomar la labor. ¿Al desnudarse, Sergio Rojas se ha deshecho de la filosofía? Creo que no, en principio porque no sé cómo un lector que no tiene noticias de la filosofía podría entrar a este libro. No se trata de eliminar la filosofía u olvidarla, además ¿por qué olvidar la vida filosófica cuando parece la vida misma, la del filósofo, estar en riesgo ante la literatura? Se trata de seguir siendo filósofo, aún, pero serlo cada vez. Emprender la tarea de la filosofía, ver la salida falsa y quedarse. Por eso decía más arriba que lo que puedo leer aquí es una disposición. Sergio es un filósofo, pero entra y sale de su filosofidad, porque sabe de su límite y desea más. ¿Qué es ese más? (siento que todas estas preguntas son muy suyas y temo estar imitándolo). El más de allá de esta filosofía: el cuerpo. ¿Estoy resolviendo algo presentando a Sergio? ¿Me estoy dando siquiera la molestia de presentarlo? No, no estoy resolviendo nada. Sergio sigue leyendo el aún de Beckett –y el aún de sí mismo– y yo, después de tantos años oyendo a Sergio, sigo en su aún. Sabemos, él y yo –conjeturo–, que este aún es tremendo, pero también es una fiesta, en parte, porque signa una enorme pulsión de vida. Aún todavía aún quizá podría ser sin embargo sí no sino tal vez aún si de condicional sí de afirmación pero niego: el ruido de la cabeza, Sergio, es demasiado y suficiente. Aunque habría que seguir emprendiendo la tarea. Nos quedamos. Tu invitación fue a quedarse y yo me quedo. ¿Ustedes se quedan? De algún modo aún aún aún aún. Todavía, con un poco de suerte, hay un aún. Y acá digo FIN, como se indicaba en los libros antiguos: Fin Fin Fin Fin , Julieta Marchant Este texto fue leído en la presentación del libro De algún modo aún. La escritura de Samuel Beckett (Ed. Pólvora, 2022), de Sergio Rojas, 28 de julio en la Sala Agustín Siré, Departamento de Teatro de la Universidad de Chile. - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Ella está próxima y viene con pie callado de Ricardo Azuaje

    “… es muy cierto que la vida se vive y que la historia se cuenta. Subsiste una diferencia infranqueable, pero queda parcialmente abolida por el poder que tenemos de aplicar a nosotros mismos las intrigas que recibimos de nuestra cultura y de probar así los diferentes papeles asumidos por los personajes favoritos de las historias que más nos gustan”. Paul Ricoeur, “La vida: un relato en busca de narrador”. Se lee en esta ácida y extraordinaria novela del escritor venezolano Ricardo Azuaje: “Una teoría en torno a las muertes del metro decía que no eran suicidas pasionales o producto de una decisión meditada, eran muertes por hambre: él o ella estaban de pronto ante el foso, sin trabajo, sin dinero que llevar a sus casas, embarazadas o algo bebidos, y se lanzaban. […] De ser cierta la teoría de Matías habría que considerar la vida de una fragilidad extrema, lo que nos ata a ella. Basta el gesto de otro (puede ser a Personal, a Recursos Humanos, o a alguien que amas) para que el lazo que nos arrastra se corte por un golpe de metro” (p. 27). Sostiene Eduardo Cobos, en el Prólogo, que el presente del relato es la Caracas de agosto de 1993. Descartando la hipótesis de la enfermedad mental, por poco interesante, ¿qué es lo que le ha tocado vivir al protagonista, el periodista David “Davidovich”, para caer en el estado de alma que se puede deducir de la cita de arriba? El 27 de febrero de 1989, en las afueras de Caracas, comienzan violentas manifestaciones a causa de las políticas privatizadoras del gobierno de Carlos Andrés Pérez, guiado por el Fondo Monetario Internacional. Las protestas y saqueos se inician a causa del aumento del costo del petróleo de consumo interno y del transporte del que se servían miles de trabajadores para movilizarse diariamente desde las afueras de la ciudad hasta el centro de Caracas. Entre el 27 de febrero y el 8 de marzo se contaron oficialmente 276 muertos dado que el gobierno decidió “poner control” sacando a las Fuerzas Armadas a la calle. No obstante, cifras de organismo internacionales estiman las muertes en cerca de 2000, registrándose incluso hallazgos de fosas comunes clandestinas. Todo esto en el que venía siendo el país más estable de Latinoamérica, con una generosa economía basada en el petróleo. La elección de Carlos Andrés Pérez (de Acción Democrática) se había dado con grandes expectativas (con más del 52%) luego de dos gobiernos (Luis Herrera Campíns y Jaime Lusinchi) que no habían logrado frenar el declive económico, desde la caída del precio del petróleo a inicio de los 80’. Pérez ya había gobernado un primer período, a mediados de los 70’, en pleno Boom del petróleo, por lo que formaba parte de una memoria, y esperanza, de prosperidad. De hecho, gana con la promesa de una "Venezuela Saudita". Pero la popularidad de Pérez no se repone luego del Caracazo, y la crisis se agrava. En 1992 debe enfrentar dos intentos de Golpe de Estado: el 4 de febrero, al mando del Teniente Coronel Hugo Chávez (quien termina en la cárcel), y el 27 de noviembre, al mando de Hernán Grüber Odremán. El gobierno de Carlos Andrés Pérez finaliza en mayo de 1993 con éste enjuiciado y destituido por “peculado doloso” y “malversación” de doscientos millones de bolívares (diecisiete millones de dólares). Entre mayo y junio asume interinamente el presidente del Congreso Octavio Lepage, para luego asumir Ramón José Velásquez hasta completar el período de Carlos Andrés Pérez en 1994. De modo que este es más o menos el vertiginoso contexto del protagonista de esta novela, Davidovich. Otra cosa es el contexto de escritura y publicación de ésta, que, si su primera edición es del 2003, se trata ya de la Venezuela de Hugo Chávez, que llega al poder en 1999, luego de la presidencia del Demócrata Cristiano Rafael Caldera, quien lo ha sacado de la cárcel. Davidovich en cambio no alcanzó a conocer nada de esto, pero así y todo tuvo suficiente como para caer en Nietzsche y Ciorán, lo que se entiende mucho mejor si tomamos en cuenta que recién su mujer lo ha dejado. En un encuentro de periodistas y excompañeros de universidad Davidovich piensa: “comprendo que estoy completamente fuera de lugar, que a nadie le importa lo que cuento, ni siquiera a mí. Que han dejado de interesarme los sucesos, la política, el periodismo y este grupo de amigos… El despecho está propagándose como un cáncer, haciendo metástasis fuera de sus esferas habituales, del amor y la vida conyugal ha saltado al resto” (p. 41). En efecto, el despecho es similar a un estado de combustión: incontrolable y solo cesa en el momento en que ha ardido todo dentro de uno, si es que no pasa -como con Davidovich- que comienza a incendiar todo cuanto uno mira y examina. Hay que poner un límite, y David lo hace integrando el Club de los Suicidas: “puede ser una buena razón para vivir el hecho de saber que en cualquier momento puedes matarte” (p. 61). Pero, ¿cómo se puede llegar a este punto? ¿qué mundo es ese en el que hay que poner la muerte ahí para que nos contenga? Se puede llegar aquí por dos vías (si es que tiene hoy sentido la siguiente distinción): la intelectual (el total desencantamiento del mundo), o la puramente “experiencial” (lo que es hoy cualquier vida ante la intemperie material y de los afectos). La psicoanalista Constanza Michelson sostiene que, a pesar de lo terrible que suena, es bueno que tengamos todavía, al menos, la posibilidad de contar con un límite. A veces se necesita uno radical para vivir. Hay gente que se autoinflige cortes cuando lo simbólico ya no es capaz de “cortar” nada: el infinito, la monotonía, es el infierno. Pablo Aravena Núñez Ricardo Azuaje, Ella está próxima y viene con pie callado Valparaíso, Schwob Ediciones 2022 63 páginas Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Sobre Limpia, de Alia Trabucco Zerán*

    La alegría siempre es poca, anoten eso en algún rincón. Limpia, Alia Trabucco Limpia arranca como un policial –ese género menor respecto de la gran tradición de la novela– un policial que desde el comienzo nos cuenta lo que tiende a desplegarse casi siempre hacia el final: Estela, una empleada doméstica, se encuentra testificando sobre la muerte de la niña que debía cuidar. Sabemos desde un comienzo, entonces, que una niña muere, y que Estela (Estelita, Lita), la empleada, está allí en condición de testigo. Es interesante, en ese sentido, una frase que aparece casi al final del libro. Cito: “Lo que define a una tragedia, dijo la mujer, es que siempre sabemos el final. Desde el principio sabemos que Edipo ha matado a su padre, ha tenido sexo con su madre y que va a quedar ciego. Sin embargo, quién sabe por qué, seguimos leyendo. Seguimos viviendo como si no supiéramos cuál va a ser el final”. Si la tragedia anida la idea de que un día todo terminará –la única grandeza del hombre es su tragedia, es decir, el hecho de que va a morir, decía Pasolini–, ¿por qué seguimos leyendo, por qué seguimos escribiendo cómo si no supiéramos cuál será nuestro desenlace? Creo que Limpia es, primero que todo, una extraordinaria reflexión sobre los modos en que la literatura produce sus respuestas formales a los problemas de la injusticia y el sufrimiento humano. No encontraremos en este libro, eso me apresuro a decirlo, una clase social representada en la literatura, sino una literatura que reflexiona sobre la experiencia social sin tener que atenerse necesariamente a ninguna realidad fáctica. La astucia de Alia en ese sentido es total. Al hacernos ingresar de lleno en el plano de la literatura, nos alivia del peso de tener que escuchar el relato de Estela como si fuéramos nosotros también jueces, porque es a los jueces a quienes les interesa tener un dato que corroborar o un dedo con el que apuntar. En Limpia, la piedra de la palabra es arrojada no para acusar o denunciar sino para que sea escuchada. La palabra es aquí el deseo de ser acogido. Con la insistencia en la tragedia, eso venía diciendo, la novela evita así su tránsito al melodrama burgués, ese estilo o género al que suele arribar la tragedia cuando ocurre en una casa, sobre todo en una casa de clase alta. Si el final ya lo sabemos –el final de una historia, el final de nosotros mismos–, si pareciera entonces que vivimos como supervivientes de una tragedia que ya siempre sucedió, lo que queda es narrar, contar, usar las palabras, incluidos sus silencios, pasión que por cierto define al que sobrevive. “Son curiosas las cicatrices (…) A lo mejor somos eso al nacer, no lo había pensado antes: una enorme cicatriz que anticipa las que vendrán”, dice la narradora. En ese sentido el monólogo que estructura de principio a fin esta novela, el monólogo de Estela, no es solo una forma de rescatar de la mudez, de la ataraxia y la pasividad a un vasto alfabeto muchas veces sepultado por la lava de la literatura. La escritura insomne de Alia, esa escritura atenta, afilada, astuta, comiquísima a veces, se vuelve en el monólogo una operación que permite que la protagonista sea la narradora y no lo narrado. Sabemos, por el propio relato de Estela, que todo lo que está diciendo viene después de meses de silencio. Había perdido el deseo de hablar como se pierde el apetito. Pero ahora habla, frente a un jurado, y entonces nunca terminamos de saber si resistir es hablar o callar. “Hablo con ustedes, los que toman nota, los que al final me juzgarán. Les incomoda mi voz, ¿me equivoco? Hablemos de eso, de mi voz. Esperaban otra, ¿no es verdad? Una más mansa y agradecida. ¿Están registrando mis palabras? ¿Están grabando mis digresiones? ¿Qué les pasa ahora? ¿La empleada tampoco puede usar la palabra digresión?”, se oye decir a Estela. Y dar la palabra, en esta novela, no tiene que ver con ocultar o disimular la distancia que nos separa del otro. Alia no escribe para achicar las distancias sino para poner en escena todas las posibilidades que nacen de esos abismos: entre la escritora y lo escrito, entre el campo y la ciudad, entre la empleada y sus jefes universitarios, entre la infancia y la adultez, entre la vida animal y la vida humana, entre la calle y el espacio doméstico, entre el miedo y el deseo de sublevarse. Dar la palabra, entonces, no es producir gente –“esa bruma vaga e informe en la que se evapora al otro”–. Tampoco una identidad, sino algo más parecido a una singularidad. Por eso quizás en este libro el zoom está puesto muchas veces en la forma de las bocas (alegras, rabiosas, afligidas, neutrales), las manos, los gestos, todo eso que de lo vivido parece imprimirse como imagen en el cuerpo. En Limpia, eso creo, el monólogo se vuelve el recurso narrativo que más cerca está de producir intimidad. Me gusta eso que dice Wajcman, el psiconalista, sobre la intimidad. Dice que cuando nos liberamos del otro, cuando nos sacamos de encima sus ojos, podemos por fin mirarnos, pero cuando lo hacemos, descubrimos que somos un enigma para nosotros mismos, una opacidad, un misterio. Salvar lo íntimo es salvar la sombra que siempre inevitablemente somos. Por eso Estela, la narradora de este libro, en su monólogo, pone menos en escena una identidad (de clase, por ejemplo) que una trama de afectos contradictorios. Estela se encariña y siente rabia, cuida y desatiende, se enamora y desencanta, llora y ríe, desea vivir y desea morir, expulsa y acoge, hace bromas y teme, siente lástima y odia. En su monólogo, Estela no nos habla para decirnos quién es, sino para dejar ver la dirección imprevisible a la que la arrastra esa catástrofe que es a la vez personal y social, individual y generacional. No hay revelación de una verdad, decía, sino la descripción clínica, ruda, íntima y descarnada de una mutación, es decir, de una vida. “Contar una tragedia es contar cómo alguien se convierte en lo que es”, dice Juan Villegas a propósito de su film Los suicidas. Que el monólogo produzca intimidad, es decir, opacidad, hace de Limpia una novela que se cuida de caer en los peligros de un paternalismo que nos deje satisfechos y tranquilos. Nada entonces más lejos de esas oposiciones rígidas que hacen posible que se adhieran a ellas toda clase de compasiones (que no es lo mismo que conmoción). Estela, la empleada doméstica, la nana, no aparece en este libro como objeto de saber o como una materia prima para la corroboración de una hipótesis sociológica. Eso no quiere decir que la lucha de clases aparezca en este libro apaciguada, estetizada, estilizada, sino expuesta en toda su angustia, una angustia que menos que identificarnos nos golpea fuerte en la nuca. La angustia, la desesperación, es aquí ofrecida no como un rasgo natural del mundo sino como un problema cuyo origen hay que pensar una y otra vez. La angustia de Estela, la angustia de Julia, la niña, la angustia de Mara, la señora, la angustia de Juan Cristóbal, el señor, como si no hubiera lesión personal que no sea al mismo tiempo una llaga abierta en el mundo, a causa del mundo. “La vida tiende a ser así: una gota, una gota, una gota, una gota, y luego nos preguntamos, perplejos, cómo es que estamos empapados”, leemos en Limpia. Pienso que Alia, como escritora, cree menos en la voz, esa suerte de signo natural, que en la narración, que está siempre hecha de artificio, de juegos de lenguaje, de procedimientos. Estela ha sido dejada de lado, maltratada, traicionada, denigrada, pero en este libro puede narrar, puede ser escuchada, puede inventar un mundo, puede incluso interpelarlo: ¿Les molesta que les diga amigos?, ¿demasiado confianzuda?. Me pareció oír un ruido al otro lado, ¿fue un bostezo? ¿Les duelen las nalgas sobre la silla? ¿se muerden las cutículas a la espera de la ansiada causa de muerte?, son algunas de la preguntas con que Estela encara a los jueces, también a nosotros, los lectores. Y narrar, en este libro, es disgregarse en partes, irse por las ramas, como le gusta decir a Estela, armar remolinos con las palabras por donde da vértigo asomarse. Narrar es dudar de las palabras. Confiar también en ellas. Me gusta como lo dice Hofmannsthal en la Carta a Lord Chandos: “Las palabras que de forma natural debe usar la lengua para emitir cualquier juicio se me deshacían en la boca como hongos podridos”. Todo aquello que suele emitirse de manera sencilla y con la seguridad de un sonámbulo, todas esas palabras que nos llevamos a la boca y que solemos servirnos sin demasiados reparos, cobran en este libro a veces, una gracia extraordinaria y otras, una pesantez asfixiante. A veces las palabras yacen ahí con sus sentidos ya abrochados, completamente literales y otras, ofrecidas en sus infinitos desvaríos. A veces son un aparato siniestro y otras criaturas completamente familiares. Narrar es hacer entonces posible la percepción y multiplicación de todo aquello que hace que una vida sea siempre una fuerza que rebasa las identidades, la representación justa, las adjetivaciones, la imagen nítida de sí. Limpia. Por eso quizás en esta novela hay todo menos un espacio pulcro, depurado, inmaculado. Hay basura, costras de caca en la loza del guáter, hay dialecto, palabras mal dichas, hay ratas y pulgas y garrapatas, hay niños crueles, hay olor a vinagre, moho y huevos y sangre, hay dedos rotos, manos quemadas, hay desprecio y desesperación. Pero lo que definitivamente no hay, y es eso lo que vuelve a este libro un libro trágico, son unos brazos donde poder hacer mundo. En sentido literal, solo hay tres momentos donde los cuerpos se sostienen aquí: cuando el padre le enseña a nadar a su hija, en un encuentro furtivo entre Estela y un hombre casi desconocido y en el entierro de un perro muerto. Son poquísimos en medio de tanto desamparo. Y no hay cómo entonces no preguntarse por la infancia, por la vida de esa niña que muere. “Ser niños es apretar los dientes y seguir”, dice Dolores Gil en ese libro conmovedor que acaba de publicar. “Miramos el mundo una vez/en la infancia. El resto es memoria”, dice Louise Glück. “El niño es constantemente decepcionado, pero sigue persistiendo en su esperanza, ¡Qué soldadito tan valiente! Y ese movimiento de espera a pesar de todo lo constituye hasta en sus fibras, porque el niño es casi enteramente y todo el tiempo esperanza”, dice Dufourmantelle. En Limpia, es la infancia la que no puede seguir, la que no puede hacer memoria, la que no puede inventar unos padres para poder narrarlos. Lo que está obturado entonces son las vías por donde la esperanza de que algo sobrevenga pueda abrirse paso. Si no hay infancia (no como edad cronológica sino como experiencia), lo que hay es realidad efectiva, cruda, inamovible, nada más lejos de la literatura, nada más lejos de este libro que hace de la narración un lugar que no clausura los problemas que toca, sino que los deja resonando en su naturaleza conflictiva. Paz López * Este texto fue leído para la presentación de Limpia, la última novela de Alia Trabucco Zerán (Lumen, 2022), realizada el 6 de octubre en BiblioGAM. - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

  • Sin cuarto propio: Tillie Olsen

    El lugar común es que los hijos culpen a los padres de lo que sea, porque sí y porque no, con o sin razón. Pero los hijos también cargan y pueden cargar toda la vida; y arruinar la vida de sus padres. De la madre, por ejemplo, cuando esta ha debido entregarles todo, a ellos y a su marido, cuando ha renunciado a sí misma, a sus sueños de revolución y cambio social, a su amor a la literatura, para convertirse en empleada de su familia, sin derecho a jubilación. Tanto que se hace costumbre, hábito. Una mujer que en las reuniones familiares solo está cómoda yendo de la cocina a la mesa y de vuelta, u ordenando algo, sin sentarse nunca. Como la protagonista de “Dime una adivinanza”, el cuento que le da nombre al libro de relatos de Tillie Olsen. El matrimonio de esa historia es viejo, siempre fue pobre; él se la pasó en trabajos temporales. Son rusos, socialistas, que al parecer llegaron a Estados Unidos huyendo de la fallida revolución de 1905. La misma que hizo arrancar a Trotsky, Lenin y otros. Llevan 47 años casados, sus hijos ya tienen vidas propias y, piensa él, al fin pueden tener un futuro que no sea trabajar: vender su casa e irse a vivir a un lugar llamado El Refugio, una residencia cooperativa para la tercera edad. Ella no quiere. Él intenta convencerla diciéndole que la tratarán como una reina (“Nunca me gustaron las reinas”), que no tendrá que preocuparse de los platos, de la basura, de la ropa sucia ni de comprar comida. “¿Y qué otra cosa voy a hacer con las manos vacías? Mejor comer en mi propia mesa a la hora que me plazca, y comer y cocinar lo que me apetezca”, le responde ella, parca, molesta, sarcástica. ¿Ahora les preocupa, a él y a los hijos, que se suman a la tarea de convencerla, ahora les preocupa la limpieza y la comida? Lo pasaríamos bien, insiste el marido. Hay un club de lectura donde leen a Chéjov, “ese que te gusta”. “¡Pasarlo bien! —Saboreó las palabras—: Ahora sí, cuando te interesa, me buscas un club de lectura. Y hace cuarenta años, cuando los niños eran unos renacuajos y había otro club, ¿te quedaste alguna vez en casa con ellos para que yo fuera?”. En la contratapa de Dime una adivinanza leemos elogios de Alice Munro y de Margaret Atwood: “Siempre que leo Dime una adivinanza, me rompe el corazón”, dice la primera. Y Atwood: “Respeto se queda corto, «reverencia» es la palabra”. No exageran las dos escritoras; cada una de las historias, y el libro entero una vez leído, te dejan apesadumbrado, incluso resentido, hay que respirar profundo una o dos veces antes de poder salir de ahí. Se mezclan, extraños, el sentimiento de derrota y el de dignidad. Eso vale una reverencia. En “Aquí estoy, planchando”, una madre le habla sin hablarle a su primera hija, a la que no pudo poner tanta atención, a la que tuvo que dejar con una vecina, mandar a una guardería y llevar con la familia del padre, separarse de ella, porque debía trabajar para sobrevivir. “Yo tenía diecinueve años. Era la época de la Depresión, antes de los servicios de asistencia y los programas de empleo del gobierno”, dice la mujer. “Tardé mucho tiempo en reunir el dinero para traerla de vuelta. Entonces enfermó de varicela y tuve que esperar aún más. Cuando finalmente volvió, casi ni la conocía. Caminaba rápida y nerviosa como su padre, se parecía a él, delgada y vestida de rojo vulgar que le amarilleaba la piel y le resaltaba las marcas de la viruela. Toda su belleza de bebé se había esfumado”. Hay mucho de la vida o el mundo de Olsen en sus cuentos. El libro es autobiográfico, pero en el sentido en el que lo son esas memorias personales que al pasar por la imaginación —y no olvidemos que los recuerdos ya son imaginación—, se transforman en historias sobre la condición humana. Podríamos pensar, por ejemplo, en Manuel Rojas e Hijo de ladrón. Tillie Olsen nació en Nebraska, sus padres era refugiados rusos, judíos y socialistas, que huyeron de la Rusia zarista tras la revolución de 1905. Ella comenzó a escribir en la década de 1930, durante la Gran Depresión en Estados Unidos, que siguió a la crisis financiera de 1929; la década, también, del New Deal de Franklin D. Roosevelt, la política primero de emergencia y luego de bienestar que aún no llegaba cuando aquella madre de 19 años, en “Aquí estoy, planchando”, tuvo que dejar a su hija. Olsen comenzó a los 19 años su primera y única novela, Yonnodio, sobre un hombre de clase trabajadora. Ella misma había dejado el colegio para trabajar y así ayudar a sus padres; logró un contrato para terminar y publicar su novela, llevó a su hija con unos familiares para escribirla, pero no aguantó la separación y dejó el libro. Y su literatura, porque se casó y tuvo que trabajar en lo que hubiera para criar a sus cuatro hijas. Lo que no dejó fue la lectura, gracias a las bibliotecas públicas; tampoco la política, el activismo. Ya en la adolescencia fue miembro de la Liga de Jóvenes Comunistas, en 1934 la encarcelaron por involucrarse en luchas sindicales. Escribió ensayos políticos. Su marido también era activista. Fueron perseguidos en la época del macartismo. Ella fue seguida por el FBI. En 1953, Olsen pudo volver a la literatura: su hija mayor la convenció de matricularse en un curso de escritura. Destacó y el profesor le dijo que tomara cursos universitarios; en 1955 y 1956 ganó una beca y escribió las cuatro historias de Dime una adivinanza. Virginia Woolf dijo que las mujeres necesitaban de un cuarto propio para escribir y para escapar del mandato femenino. Pero, claro, tener un cuarto propio no es cosa universal; Woolf podía tenerlo porque perteneció a la alta burguesía británica. Tillie Olsen no. Y así y todo escribió. O tal vez esa beca, y antes las bibliotecas públicas, y el trabajo, y el sindicalismo, la política, la vida pública, hayan construido el cuarto de esta obrera escritora. No convirtamos esto, eso sí, en un ejemplo de que si se quiere se puede; solo es manifestación de que el tiempo es un privilegio, el tiempo y el espacio. Olsen fue también una temprana feminista que con su obra y activismo hizo ver lo difícil que era para una mujer dedicarse a la escritura, especialmente para una madre trabajadora; así lo escribió en Silences, “un ensayo sobre el silencio al que se vieron obligados autores y autoras por su origen y clase social, ideas o género”, según el resumen en la solapa de Dime una adivinanza. Como dijo The Guardian en 2007, con su trabajo Olsen ayudó a muchas aspirantes a escritoras a encontrar su voz. Las historias de Dime una adivinanza son historias sobre maternidad, familia, vejez, racismo y trabajo; muestran a la clase obrera estadounidense de la primera mitad del siglo XX, con sus sentidos y sinsentidos económicos, sociales y políticos. Cualquier coincidencia con otros tiempos y lugares no es coincidencia. La lucha a veces a muerte por el reconocimiento de la propia dignidad define a las conciencias, creía Hegel. Yo también soy humano, humana, le reclama una vida a otra; soy fin, no solo medio. Me libero, pero tal vez para liberarme domino a otra, a otro, con o sin conciencia. Es la paradoja del reconocimiento, de la identidad; es la interseccionalidad, las contradicciones, la dialéctica que nunca acaba: raza, sexo, clase, género, religión, nacionalidad, familia... Etcétera. Y lo demás. “La contradicción es el signo de la escritura de quien está cambiando el mundo en el sentido de un antes y un después, claro que no para todos”, dice María Moreno en Contramarcha. Y es como si hablara de Olsen. “¿Qué barco, marinero?”, el segundo cuento de Dime una adivinanza, comienza así, o mejor, nos planta así en un mundo: “Bajo la luz mugrienta, se concentra el olor del tabaco fumado mucho tiempo atrás y del alcohol bebido mucho tiempo atrás; voces que fanfarronean, maldicen, persuaden y se arrastran; nota el tacto pegajoso de la barra cada vez que busca el vaso a tientas”. Es la historia de un marinero que ha regresado a tierra tras su última vuelta al mundo; trae dinero, parece que harto, tanto como lo mucho que ha trabajado, y lo gasta en ese bar. Se aloja en alguna pieza. Está borracho. Hasta que decide ir a la única casa y familia que parecen suyas, aunque en realidad no lo son: “Voy a ver a Lennie y Helen y las niñas, sin regalos para nadie, y ni siquiera me siento bien”, piensa. Lo reciben, lo cuidan, los más chicos le piden historias de sus viajes; pero la hija mayor de la familia amiga, ya adolescente y algo arribista, se avergüenza de él, lo rechaza, le hace la desconocida (salvo cuando le regala algo). En “Oh, sí”, parece que la familia es la misma, pero esta vez la narradora es la madre, quien habla de una de sus hijas; de la amistad que tiene la niña con una compañera de la escuela, una amiga negra. Una amistad que poco a poco comienza a diluirse, porque, como descubre la madre, y para su pesar, el racismo está haciendo mella en la cabeza de su hija, desde la escuela al barrio. Esta descripción de los relatos de Olsen no les hace justicia, podrían sonar a panfletos o cuentos meramente discursivos, reivindicativos; pero no hay tal. Hay vidas, detalles, pensamientos que lo hacen a uno espectador de distintas vidas, que lo van envolviendo en distintas vidas. Y de algún modo en todas las vidas, pero en dosis sutiles: un gesto, un pensamiento, objetos, miradas. Dosis que a veces curan y otras envenenan, como las palabras. La escena es bella y hasta sublime, por lo estremecedora, abismante y a la vez sutil; hemos vuelto a “Dame una adivinanza”, con ese viejo matrimonio de exiliados rusos: están en la playa, luego de mojarse los pies en el mar, ella, enferma, débil, pero ahora sí alegre, se sienta en la arena. Todos, menos ella, saben que morirá pronto. Él la acompaña, la cuida. Le preocupa que pueda resfriarse. Ella junta arena en un pañuelo y lo anuda haciendo una bolsa. Parece libre. “Se tendió con la bolsita contra la mejilla”, escribe Olsen, “mirando hacia la orilla que había nutrido la vida cuando esta, hace millones de años, salió reptando en pos de la conciencia”. Juan Rodríguez M. Dime una adivinanza Tillie Olsen Traducción de Blanca Gago las afueras, 2020. CUENTOS - Barbarie es un espacio para el pensamiento crítico que acoge diversas y divergentes posturas. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, los puntos de vista de esta publicación.

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