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  • Lo que informa el miedo - Reflexiones sueltas a días de esta última elección

    Soy una mujer que ya ha vivido muchos años. Regularmente, cuando converso de la vida con mujeres más jóvenes -lo que ocurre a menudo y son diálogos intensos, profundos y cariñosos- me sorprendo escuchando asuntos que un día me tomaron por entero y que ahora, para mí, han quedado atrás. Hubo una vez en que también me tensionaba en mi deseo de pasar más tiempo con los hijos y la pasión por el trabajo o la creación; hubo un tiempo en que me invalidaba aquello que entonces llamábamos “dolor de ovarios” un par de días cada 28, pero yo seguía como si nada, acorde a los mandatos de mi época, desoyendo ese ciclar del cuerpo femenino que decía que pese al sangrado y su remolino interior había que trabajar igual, ir a la fiesta igual o correr la maratón. Qué falta de respeto. Escucho a las mujeres jóvenes desde el lugar de haber atravesado ya tantas zozobras y a la vez maravillada de lo que tienen para entregarme. Es impresionante lo que ahora saben y defienden; aquello que yo alguna vez traicioné y ellas se han jurado proteger cueste lo que cueste. Son más fuertes y conscientes del yugo patriarcal. Hay muchas cosas que las atormentan y quisiera decirles que lo que están experimentando es solo una etapa. Que la vivan, que abran los ojos, que den las peleas que haya que dar, pero que ojalá puedan mirar con perspectiva, que ese momento particular de sus existencias tiene un plazo. Pasará. Es algo imposible de trasmitir. Me abisma eso. Cómo el transcurso de una vida y lo que se consigue destilar de ella, eso que podríamos llamar “la experiencia”, es tan complejo de compartir con los que vienen más atrás; la enorme dificultad de que el tránsito vivido le pueda ser útil o servir de mapa o quizás de contrapunto a los que toman el testigo de la posta cuando uno va saliendo de la cancha. Cada generación carga su cruz y parte su camino bastante ciega a lo que signó a la anterior. Es una cadena que a ratos se conecta y la mayor parte de las veces se quiebra o se enlaza mal, con lo eslabones medio torcidos. Pasa igual cosa en la política. No es ese mi terreno de fortaleza, aunque el destino de mi país ha cruzado mi vida entera. Nunca he sido ajena a él. Definió los cursos de mis decisiones: la carrera, los trabajos, los amores. Tejida he estado por el acontecer de la patria mía. Esta elección reciente, este triunfo republicano apabullante, esta mayoría de 3/5 de la derecha para darnos legítimamente una constitución que reemplace a aquel engendro impuesto con artimañas -lo recuerdo bien, estuve allí- por la dictadura, me ha golpeado y me lleva a hacerme muchas preguntas. Sorprendida no estoy. Se veía venir. No así la magnitud. Tampoco es que desconozca que así es el juego democrático: a veces se gana, a veces se pierde, se trata de eso. Me declaro además consciente de la liquidez en que hoy se mueve el electorado, oportunista, individualista, teñidas sus decisiones por la coyuntura inmediata. Y por cierto no se trata de que los republicanos me parezcan unos seres alados venidos de Júpiter. Los conozco bien. Los gremialistas estaban en mi Campus Oriente reinando bajo el manto de su líder, Jaime Guzmán, y supe muy joven leer sus motivaciones y sus anhelos. Conocí su vehemencia y la gran eficiencia de su actuar, pues su cohesión se debe a la profundidad de sus convicciones. Hay en ellos una buena intención, no los mueve el interés ni el dinero, aunque no dejan de servir a ese gran ordenador; creen estar haciendo lo correcto, y parte de su fuerza radica en el tinte mesiánico. Para ellos, la política es un acto de la obra de Dios en la tierra. Tengo amigos republicanos también. Hombres buenos que con los que he trabajado en ambientes agradables y con quienes he compartido diálogos y risas desde el respeto por la otredad que claramente configuramos cada uno para el otro. Podemos querernos y compartir buenos momentos, pero sabemos que estamos en las antípodas. Ellos creen fervientemente en cosas en las que yo no creo en absoluto. Y sé que la defensa de esos valores, que motivará sus decisiones y actos, significa para mí, en muchas ocasiones, un cercenamiento a la libertad, mi valor más importante en la lista de las palabras grandes. Ahí topamos y hasta ahí llegamos. Por lo mismo, percibo algo que me inquieta. Intuyo que quienes creemos en el crecer de los pueblos, en la justicia social, en el derecho de las mujeres sobre sus cuerpos, en el de cada quien a ser y vivir de acuerdo a su identificación de género y orientación sexual, en la creación y la expresión sin barreras ni “peros”, en el cuidado a la naturaleza y la necesidad de poner freno a su explotación, esos “nosotros”, pasaremos un tiempo complicado. Los vientos soplaron para otro lado. Las banderas que creímos ya ganadas y establecidas podrían tambalear y es eso lo que nos hace quedarnos algo callados, estupefactos, luego de los comicios recientes. Crecí en dictadura. No voy a desplegarme aquí sobre lo que ello significa. Pero sí quisiera poner atención en un elemento específico muy presente en aquellos años: el miedo. Esa, la de Pinochet, era una cultura de la dominación y el terror. Pasé, como muchos, demasiados años viviendo con miedo. Miedo a ser expulsada de la Universidad, a que mi padre fuera apresado, a que me tomaran detenida y me hicieran quién sabe qué, a ser excluida de algún grupo por pensar distinto, a que la CNI me secuestrara en la calle, a salir al exilio y no poder volver, a que me mataran a mí o a mis amigos. Y, sobre todo, a que esa cárcel horrorosa no terminara jamás y mi existencia estuviese condenada a vivir en ella eternamente. Hay tantas vidas en el mundo que han quedado atrapadas en contextos insoportables. El “NO” significó una puerta de salida a aquella asfixia y la apuesta de hacerlo sin revancha. Había en ello, en lo que fundó la Concertación, algo de poesía, de ética y de futuro: no dar vuelta la tortilla, jugar con otras cartas, demostrar que se podía ser respetuoso, atento, que la tortura y la censura no eran necesarias para controlar un país, que éramos hermanos, que podíamos mirarnos a los ojos. Pero en esa apuesta que signó los años venideros -esos 30 vapuleados años de crecimiento económico, paz social y también mucha gente dejada debajo de la mesa- también estaba la comprensión profunda del miedo. Había mucha conciencia política de lo que podía significar gatillar miedo de los otros. Si se daba un paso demasiado brusco, si se cruzaban ciertas líneas que a la derecha, a los pinochetistas, a los militares les activaban sus botones de pánico, todo se desmoronaría. Había que ir moviendo esa frontera poco a poco, con cuidado, siempre atentos a la reacción del que es distinto y está del otro lado. Un trabajo cuidadoso como cuando se va enfrentando a un ser humano a su fobia. Un proceso de desensibilización paulatina. ¿Cómo explicar eso a los que no vivieron los recovecos del miedo? Para los jóvenes progresistas de hoy, que se han criado en libertad y con acceso al mundo y a todas las cosas a través de aparatos electrónicos que les caben en la palma de la mano, esos años concertacionistas son vistos como una transacción obscena. Les da hasta asco mirar lo que se transó entonces y lo que no se hizo. Su actitud nos ha remecido al poner énfasis en lo que falta. Como toda fuerza joven, pide más, señala las pequeñeces y acomodos de los predecesores. “No podemos seguir con lo que falta”, decían algunos rayados emblemáticos del estallido. Ha sido, muy resumidamente, uno de los elementos constitutivos en el discurso del Frente Amplio. Bastante se ha hablado de ello: enrostrarle al “padre”, a la generación previa, su cobardía, su falta de arrojo, sus falencias. En muchos aspectos concuerdo con ellos porque es verdad que, más allá de ese buen diagnóstico inicial, con el transcurrir de los años hubo, en esa elite concertacionista de la que formé parte, un cierto acomodo, una asimilación a las leyes de “los otros” -el consumo, el libre mercado, la excesiva genuflexión ante el poder del dinero y sus representantes-, pero si en algo no falló políticamente ese período de la historia nuestra fue en mirar siempre, con atención y preocupación, cómo reaccionaría el adversario ( la derecha, el conservadurismo, los poderes fácticos) frente a cada intento de mover el cerco. No se minimizaba su poder. Se sabía lo que su miedo podía provocar. La lección había sido aprendida en dictadura y muy especialmente luego del fracaso de la UP: un experimento casi poético de transformación social que se fue a pique por su falta de cohesión interna, la suicida vehemencia de la ultra y la obcecación impulsar muchos cambios profundos simultáneamente sin construir las mayorías necesarias para apoyarlos. Y, también, digámoslo, por su ingenuidad. El fascismo parecía lejano. Eso no ocurriría en Chile. Éramos un país civilizado, de larga tradición democrática. No fue así. Los otros, los que se oponían a ese proyecto revolucionario, tuvieron demasiado miedo frente al correr de aquellos cercos. Y el miedo, es muy importante recordarlo, a veces apoca a los hombres, pero también puede volverlos implacables. Los lleva a defenderse con todo. Y, para defenderse, se ataca. El miedo es el origen de todas las violencias. Se trata de una emoción básica, incómoda y desagradable. No nos gusta hablar de ella porque siempre es mejor sentirnos dueños, libres, conductores de nuestra vida, valientes. Pero eso es una estupidez. El miedo signa nuestras vidas y las del colectivo. Es un motor. Nunca, jamás, minimizar el miedo. Mirando cómo opera y con qué palabras susurra podemos prever escenarios de reacción. Propios y de los otros. El miedo, digamos, es una gran fuente de información. Y aquí estamos ahora. Los que se cagaron de miedo con el estallido, aquellos a quienes ese terremoto les activó los peores temores, se reagruparon se organizaron y dijeron “no pasarán”. Y los “progres”, los “rojos”, los que para el estallido social aplaudimos o respaldamos o quisimos ver en esa explosión impensada una gran ola de cambio -al fin la basura sacada desde debajo de la alfombra- no sabemos qué pensar. Ya no somos los dueños de la interpretación. Pasó el momento de ver confirmados nuestros sueños. Ahora somos nosotros los que sentimos miedo. Poco aún. Difuso. Pero miedo tenemos. Básicamente, a que todo pueda ser peor. Al día siguiente de la votación me pidieron en Barbarie que escribiera algo. “Imposible, estoy confundida”, contesté en el chat del comité editorial. Me respondieron: “Ese es un buen título”. Luego, entre emojis de risa y de llanto, surgirían otros titulares. Una integrante resumió así las cifras de los comicios: “Un cuarto vota republicano, otro cuarto anula o vota en blanco, otro es de derecha y el otro somos nosotros”. Contesté: “’Nuestro cuarto’, he ahí un lindo titular” Y luego apareció un tercero: “Lo peor es que puede ser peor”. Me quedé pensando en este último. ¿Puede ser peor? Claro que sí. Es posible que quienes pertenecemos a “este cuarto” acabemos rechazando la propuesta que de aquí surja; es decir, prefiriendo la Constitución del 80 remodelada por Lagos. Puede ser que se avance en discursos de odio; ya escuché la misma mañana, al diputado del partido triunfador, Cristián Araya, decir que no había que gastar un peso más en encontrar a los detenidos desaparecidos, que lo importante eran “los problemas de la gente”, ejemplificados en el dolor de una familia al que le matan a alguien en una balacera narco. Como si el dolor de los familiares de detenidos desaparecidos fuera menos. Como si ambas cosas no fuesen lo mismo. En fin. Estamos llenos de ejemplos. Podría ser peor. Y estoy, estamos, los de “nuestro cuarto”, al aguaite. Apostando con cierta parsimonia a que quizás la “liquidez” con que hoy se comporta la escena política nos dé alguna nueva sorpresa, soplando las piezas para otro lado. No dejo de pensar en el costo que nos ha traído y cuán caro pagaremos el farreo que hicimos en el proceso constituyente anterior. Un espacio en el que todos los países del mundo pusieron los ojos: una Constitución que sería escrita por pueblos indígenas, profesores, activistas del agua, una científica, un buzo. Paridad. Sonaba hermoso y pudo serlo. Creo no equivocarme cuando pienso que aparte de la locura fragmentaria de ese esquema electoral, de las fake news y todo lo que sabemos, fue la falta de conciencia del miedo de los otros lo que llevó a ese grupo humano a pasarse de rosca en la contra culturalidad de la propuesta que presentó al país. Fue escaso el esfuerzo que se hizo por convencer a quienes dudaban y claramente no hubo trabajo de construcción de mayoría para aprobar. Se pensó que bastaba con la belleza de la renovación. Con el estallido y la Convención se activaron todos los botones de pánico del monstruo dormido. Ese que en 30 años se había mantenido agazapado, nutrido y contenido. Bueno pues. Despertó. Más aún, tal vez lo despertamos. Algo hicimos con nuestro bullicio confiado, y un poco irresponsable que puede haber resucitado al dragón. No digo que seamos, los de “nuestro cuarto”, enteramente responsables de lo que hoy ocurre, pero es importante, ante un escenario adverso, observar hasta qué medida nuestros propios actos contribuyeron a crearlo. ¿A qué temen quienes ahora están eufóricos y celebran? A distintas cosas. Fundamentalmente, a la ruptura del orden establecido, a que se aborten criaturas, a que las mujeres rompan su lugar en la estructura familiar, a que el mundo LGTB-Trans ahonde aquello, a perder sus privilegios, a un Estado burocrático e ineficiente, a no tener control sobre sus tierras y propiedades, a que nos volvamos Chilezuela. ¿Cómo han logrado que la gran mayoría del país que no tiene tierras, ni dinero, ni privilegios confíe en ellos y los siga? Me arriesgo a la interpretación simple: nutriéndose de sus miedos. Alimentando la inseguridad que campea, el temor al caos. ¿Estás asustado? Yo con mi manto firme te daré un refugio. ¿Hay que pagar un precio de libertad? Tranquilo, sin seguridad no existe nada. Entrega algunos sueños, deja de lado tanta diversidad, vamos a poner orden y todo va a estar bien. Y ahí estamos los de “nuestro cuarto”, viendo cómo todo giró en 180 grados. No tomamos en serio los miedos de los otros. No consideramos lo que esos miedos podían generar y ahora nos toca enfrentar los nuestros. ¿Qué hacer? ¿Volverá el péndulo al otro lado? No tengo esa bola de cristal ni las herramientas del análisis experto. Recuerdo, sí, qué se hizo antes: resistir, afirmar, no caer en el mismo juego, perseverar, no abandonar, estar. Se ha hecho eso tanto. Una y otra vez. No se aprende automáticamente de lo que antes pasó. No podemos traspasar tan prístinamente a los que vienen atrás lo que hemos visto o concluido. Los ejemplos históricos son gigantescos y parecen no servir bastante poco. Así es la vida, ¿no? Llevamos siglos en esta vuelta de la espiral. Y, bueno, nada es para siempre.

  • Elecciones en la Frontera

    Me tocó ir a cubrir las elecciones a la frontera. Un lugar donde amanece más tarde y oscurece más temprano (por ahora), donde el "que se apura pierde el tiempo", un lugar limpio donde todo se detiene cuando el viento sopla demasiado fuerte… básicamente, me tocó cubrir las elecciones en otro planeta, pero ese planeta también es Chile. Los árboles siempre de lado dan testimonio de lo que ha sido resistir en esos territorios. El mar negro, a veces calmo, muchas veces picado, sin duda es hogar de monstruos marinos y despeñadero de barcos. En ese sur - sur, el viento, la luz, el frío y la falta de cordillera siempre me han llevado a un rincón interno que me deja más callada, pero con los ojos un poco más abiertos.La República independiente de Magallanes guarda algunas cosas de un país que fuimos y de otro que jamás hemos sido. La gente es amable y acogedora con "los del norte" y tiende a evaluar a las personas por lo que sabe de ellas. Esa disolución del individuo en eslóganes y pactos, allá no vale. A cada patagón que le pregunté por su voto, me respondió con largas historias sobre sus candidatos y candidatas. De qué familia venían, si eran trabajadores y buena gente, si habían ganado su voto con respeto, porque “acá si uno hace las cosas mal, todos se enteran”. Esa escala, aún humana, ese valor de la honra que se analiza para dar el voto, es un tesoro muy antiguo que ha quedado resguardado por el frío patagónico. Quién sabe por cuánto más… El 7 de mayo amaneció en el estrecho, a eso de las 8.30, entre nubes violeta y el océano negro. Esperábamos el voto del presidente, en un ritual que la prensa conoce de memoria, pero lo que no esperábamos es la forma en que lo hace Boric. Si, venía con su familia, pero una que sale de los arquetipos y tiene otras reglas y originalidades. El presidente viene con su pareja, que no es su esposa. Camina delante suyo su madre con un niño al que cuida de unos 7 años, vestido de Spiderman (María Soldad Font es guardadora temporal), pero este hombre araña tiene capa y coche, y, dentro del coche, tiene una guagua. Ella le acomoda la máscara con cuidado y ternura varias veces. Es una imagen original y conmovedora. Luego, tras el Presidente y su pareja, viene su hermano Simón, que también trae un coche. Esta vez la guagua es real. Al final camina el papá. Esa postal es la deconstrucción patriarcal hecha familia. Todos, con gran naturalidad, votan y acompañan al mandatario luego al punto de prensa. Al igual que el año pasado, el niño maneja, ya no una bici sino su coche durante las palabras del presidente. Mientras sigue la ceremonia de la elección, pienso en este Chile de frontera donde una madre cría hijos propios y ajenos, los hombres llevan los coches y cuidan guaguas al mismo tiempo que se sienten superhéroes, y el padre camina al fondo, tranquilo. Acá no es impresentable que un niño juegue como niño, mientras los adultos hacen cosas de grandes: todos coexisten. Un Chile de frontera. Durante la tarde, Magallanes logra protagonismo porque sus mesas cierran antes. Sin querer, con el cambio de horario, los magallánicos pusieron los ojos del centro en la última de las regiones, y entonces, miramos en cadena nacional ese ritual electoral de conteo de votos que sabemos no van a ser representativos necesariamente. Allá se inscribe un candidato independiente y es uno de los que tiene individualmente más apoyo. Solo en Magallanes podía tal vez alguien sin lista, ganarle a ese sistema de amarres que se eligió para proteger a los pactos y dar estabilidad. Es que Magallanes es siempre Magallanes. Sin embargo, la gloria de las regiones se acabó cuando se abrieron las mesas de Santiago y comenzó la avalancha de reportes capitalinos que siempre ha inundado e indignado a las audiencias regionales. Pasa la aplanadora de Providencia y Puente Alto, y quedan las regiones y sus particularidades en silencio. Inmediatamente, los equipos que fuimos destinados a esta cobertura sabemos que no nos volverán a preguntar cómo va la elección y en esa pausa nos enteramos de la muerte, a los 84 años, de Patricio Bañados. Un ícono del periodismo y de la historia muere el año en que se cumplen 50 años del golpe, el día en que se elige un nuevo grupo de personas para redactar una propuesta de Constitución que reemplace a la que fue redactada en dictadura. Dios es un guionista. Ya lo sabemos. Aun así, sabemos que esta historia no es exactamente un círculo. Vivimos en un país 50 años diferente, y se redactará la nueva propuesta en un órgano paritario, con un escaño para un representante de los pueblos originarios. El destino de este documento lo conoceremos en otra votación a la que acudirá este joven presidente, acompañado de su madre y un niño vestido de superhéroe que sabe cuidar guaguas. Vivimos igual en otro Chile, de eso no hay duda.

  • Apuntes de la elección constituyente

    1. Si el plebiscito de entrada transmitió su energía a la primera elección de constituyentes, el plebiscito de salida transmitió la suya a la segunda elección de constituyentes. El plebiscito de entrada fue 80 vs. 20 a favor del Apruebo, y eso luego se reflejó en la composición de la Convención Constitucional, donde la derecha obtuvo apenas un 20%. El plebiscito de salida fue 62 vs. 32 a favor del Rechazo, y ayer las fuerzas de derecha sumadas obtuvieron prácticamente lo mismo. Para el gobierno, la derrota de ayer es sólo una réplica del verdadero terremoto que fue el 4S de 2022: fue allí cuando quedó sepultado su proyecto político original. 2. En los últimos procesos eleccionarios, las proyecciones han sido acertadas en la tendencia pero han fallado en la magnitud de la tendencia: en 2020 sabíamos que ganaría el Apruebo pero nadie anticipó tamaña paliza; en 2021 sabíamos que le iría mal a la derecha, pero nadie pensó que le iría tan mal; en 2022 sabíamos que el Rechazo tenía más posibilidades de imponerse, pero nadie vaticinó ese margen. Ahora sabíamos que los vientos eran favorables a las fuerzas de derecha, y en especial a la derecha más dura, pero nadie apostó a este tsunami de Republicanos. 3. Hay varios factores que permiten construir una hipótesis explicativa de este cambio pendular que va de la izquierda a la derecha. Una es la introducción del voto obligatorio: los chilenos que antes no votaban, y ahora lo hacen bajo pena de multa, prefieren las opciones que reducen la incertidumbre, no las opciones transformadoras. Esto se combina con un clima político en el cual las prioridades de la gente son orden público y prosperidad económica, que suelen ser agendas más bien conservadoras que progresistas. Finalmente, hay que añadir que en todo el mundo los electores están usando los procesos eleccionarios para castigar a los incumbentes: en este caso, un voto por la derecha es un vehículo para reprobar al gobierno de Boric. Esto quiere decir que no son necesariamente votos ideológicos de derecha. Son votos que premian a la voz más antagónica de aquellos que quieren castigar. 4. Por lo anterior, el triunfo resonante de Republicanos encierra una paradoja: la derecha tiene un gen rechazista, porque no cree en la necesidad de una nueva constitución, pero ahora se encuentra frente a la inesperada responsabilidad de conducir un proceso constituyente y de llevar el barco a buen puerto. Por eso han bajado las expectativas y han evitado hacer la “gran Stingo”, es decir, amenazar con imponer sus números sin dialogar con el adversario. Es una responsabilidad compleja para el partido de Kast, porque es mucho más fácil ser oposición sin rendir cuentas. Ahora tendrán que rendir cuentas en un proceso complejo, teniendo a la vista que la Convención pasada fue una moledora de carne reputacional, y que cualquier controversia podría dañar la opción presidencial del propio Kast. 5. Por el lado de la izquierda, la otra paradoja: tienen un gen apruebista, pero si el texto queda más a la derecha de lo que pueden aceptar, quizás les convenga llamar a votar Rechazo, haciendo fracasar definitivamente la opción de reemplazar la constitución de Pinochet, pero con la alternativa de modificar la actual desde el Congreso con un quórum de 4/7 (que es incluso más bajo que los 3/5 que los expertos recomiendan respecto de texto en construcción). 6. Dos continuidades respecto del proceso anterior. La primera es que Chile sigue políticamente polarizado. Si bien la vez anterior se fortaleció la izquierda radical, ahora se favorece la derecha radical, pero el centro sigue desaparecido. Si alguien pensó que el 4S era un regreso a la moderación centrista, como los Amarillos o los llamados Demócratas, erró el diagnóstico. La segunda es que los electores siguen ahuyentando a los representantes de las elites políticas tradicionales. Algunos partidos pensaron que usando nombres instalados en la opinión pública, con trayectoria en los vilipendiados “30 años”, cosecharían triunfos, pero la gente sigue rechazando esas alternativas (Carmen Frei, Andrés Zaldívar, Jaime Ravinet, etc.). 7. En lo inmediato, el gobierno adopta la voz correcta cuando urge a Republicanos a “no cometer los mismos errores” que cometieron las izquierdas en el pasado proceso. Es un reconocimiento importante porque se aleja de las tesis conspirativas (fake news) y de inmadurez del pueblo que campearon en ese mundo tras el 4S, y apunta al problema central de la Convención: su voluntad revanchista y excluyente. La paradoja es que esa estrategia fue animada por el PC, que ahora obtiene una buena votación. En cambio, la moderación que representa la ministra Tohá queda en entredicho porque su partido prácticamente desaparece del mapa. Por de pronto, la agenda legislativa del gobierno (previsional, tributaria) se complica porque la derecha tradicional está notificada de que la gente premia a las voces más duras, y no necesariamente a las más dialogantes.

  • La representación: chamullo sobre las elecciones del domingo

    El domingo ganó el Partido Republicano (sic), la ultraderecha; es un hecho. Y si suma sus consejeros constitucionales con la derecha hasta ahora predominante tienen los votos suficientes para escribir la Constitución que quieran; otro hecho. El PPD, la DC y los radicales, los partidos que creyeron en la existencia de una nostalgia concertacionista, no eligieron a ningún consejero; hecho. Felipe Harboe, exconvencional, exsenador, exmilitante del PPD, exdiputado, exsubsecretario del Interior dijo en El Libero: «La centroizquierda desaparece porque abrazó el octubrismo». Interpretación. Esa cuña —concentrada en las elecciones del domingo, en ese hecho— parece suponer que la historia comenzó hace poco más de tres años, el 18 de octubre de 2019; y que antes todo estaba bien, incluyendo la Concertación o centroizquierda. Pero la historia es más larga y quizás más profunda. Un punto solo muestra algo cuando lo juntamos con otros puntos y se dibuja un perfil; un hito solo es hito cuando es parte de un camino; los hechos solo dicen algo cuando los tejemos en un relato. De lo que se trata es de interpretar. En la elecciones municipales de 2000, la hoy extinta Concertación logró 3.396.274 votos, un poco menos que los 3.417.154 que obtuvo en 1992, en las primeras municipales tras la dictadura y en pleno gobierno de Aylwin, que fue elegido presidente de Chile con 3.850.571 de votos. Quien lo sucedió, Eduardo Frei Ruiz-Tagle ganó con 4.040.497. Luego Ricardo Lagos, en 1999, pasó a segunda vuelta con 3.683.158; la novedad fue que con apenas nueve años de democracia, un pinochetista de rostro amable, Joaquín Lavín, obtuvo 3.495.569. ¿El fin del siglo XX y el comienzo del XXI marca el quiebre o al menos el primer indicio de que el conglomerado hasta entonces dominante empezaba a declinar? Hasta entonces, la derecha, heredera de la dictadura, acomodada en su minoría que el sistema electoral y los amarres constitucionales transformaban en fuerza equivalente y hasta superior a la Concertación, o en todo caso con el poder de vetar cambios, conservar su Constitución y su orden político y económico (y hasta moral), había obtenido entre municipales y presidenciales de 1,7 a 2 millones de votos. En 2001, cuando ya se hacía evidente que un malestar recorría Chile, una agencia de publicidad realizó una campaña que llamaba a darle una vuelta y pensar positivo, a contagiar optimismo, como si el descontento fuese una suerte de problema de ánimo o de psicología colectiva que podía resolverse con un eslogan de autoayuda. Claro, el cuento oficial era que Chile, el jaguar, estaba muy bien, avalado por las excelentes cifras y promedios macro; el consumo se había democratizado, y el consumo libera. Nos estábamos quejando de llenos. En las municipales de 2000 la derecha obtuvo 2.612.307 frente a los 2.046.001 que había logrado cuatro años antes. La Concertación, en cambio, bajó entre 1996 y 2000, fue la primera vez: de 3.536.842 de votos a los ya referidos 3.396.274. ¿Y en la presidencial que ganó Bachelet? 3.190.691 en primera vuelta, unos 500 mil menos que Lagos. En la parlamentarias de 1997 los votos nulos y blancos llegaron al 17%, solo comparable a lo que acaba de ocurrir el domingo, donde fueron el 21% de los votos. En las elecciones de alcaldes y concejales de 2004, la Concertación obtuvo, respectivamente, 2.827.514 y 2.932.350 votos y, en las de 2008, 1.826.824 y 1.694.494. En las presidenciales de 2009, 2.065.061 en primera vuelta. ¿Existía para entonces el Frente Amplio? ¿La Concertación había renegado de su obra, como se supone que ha hecho? ¿Se había ido a la izquierda, abandonado el centro, como dicen que ha hecho? No. ¿Había habido un estallido social y una Convención Constitucional que, como creen o al menos dicen algunos, arruinó el oasis? Tampoco. Y entonces, ¿por qué la pérdida de electorado de la Concertación, alrededor de un millón de votos en diez años? Obvio, porque cada vez convocaban menos, representaban menos; eso son los votos. Estaban perdiendo el vuelito del Sí y el No. No veían, no se representaban el malestar; quizás porque estaban ocupados en ganar y gobernar el Estado, tarea gigante, como se ha dado cuenta el actual gobierno. Y cuando pasa eso, cuando un sector político no representa, algunos no votan, otros buscan la novedad del momento, o en todo caso lo distinto al gobierno, todavía dentro de la institucionalidad, y después, cuando eso tampoco resulta, los ojos y hasta el deseo se va hacia lo ajeno a la institucionalidad; a la destitucionalidad, si me permiten la palabra. Por ahí andamos nosotros ahora. Que en 1999 casi ganara la derecha fue la primera evidencia de que había una insatisfacción, de que se quería un cambio; y Lavín dijo «¡Viva el cambio!», además de consumar el eslogan «Gana la gente», de Aylwin, en «resolver los problemas de la gente» (o sea, algo así como «dejar de lado las ideologías y las disputas políticas»). Que en 2005 estallara la revolución pingüina fue otro aviso de que se había resquebrajado la inercia transicional (y de que la disputa siempre es política, de que la política, la sociedad, siempre está ahí). Luego, la serie de manifestaciones de decenas y cientos de miles de personas a partir de 2011, con el movimiento estudiantil a la cabeza, las protestas en Aysén en 2012, también en Freirina, y de ahí en más hasta el estallido de octubre de 2019, dejaron clara la fractura no entre política y sociedad, sino entre clase dirigente y sociedad, incluso entre Estado y sociedad; los “políticos” habían devenido meros administradores públicos, profesionales en el manejo y disputa del Estado, tecnócratas, para decirlo en lindo. O sea, se habían despolitizado. Mientras, la sociedad, que no puede sino estar viva, que no puede sino ser política, seguía su curso, o sus cursos, sin que estos encontraran representación en la institucionalidad. Hace algún tiempo, digamos que en el siglo XX, la segunda mitad, si hubiese existido y se hubiese buscado en Google «crisis de la representación», probablemente los resultados habrían tenido que ver con literatura, con discusiones entre modernismo y posmodernismo, sobre la posibilidad o imposibilidad que tiene la literatura de representar el mundo, sea lo que sea que signifique eso. Hoy, en cambio, los resultados son todos, al menos en la primera página, sobre política y democracia: «Estado y crisis de representación», «Crisis de la representación política en América Latina», «La crisis de representación política como crisis de los partidos». Crisis de la representación o crisis de representatividad nombra el abismo que se ha abierto entre partidos o clase política y ciudadanos, entre la administración del poder y la pólis; es la crisis de la democracia liberal, un fantasma que recorre el mundo y que en Chile se llevó por delante —también— el proyecto constitucional de la Convención y ahora, parece, puso a los republicanos a cargo de (no) cambiar las cosas. Razones más o menos, dimes y diretes, creo que podemos estar de acuerdo que lo que pasó el 4 de septiembre de 2022, en el plebiscito, en el 62% de rechazo, fue eso: el texto, y entonces los representantes que lo redactaron, no representó a los supuestos representados. Y lo del domingo parece una prolongación de eso. Y, entonces, supongo, a estas alturas y bajezas de la crisis política, y con mayor razón luego de que, tras años de inscripción automática y voto voluntario, en el plebiscito de salida irrumpiera una masa olvidada de electores, ya es tiempo tal vez de preguntar, como en literatura y en general en las artes, por la posibilidad o imposibilidad de la representación; discutir si es posible y cómo que la clase política, que los representantes reflejen a la sociedad, a los ciudadanos, al pueblo, la voluntad popular, esa cosa rara, misteriosa y capaz que inexistente o imperceptible. Preguntar si no será que hoy asistimos al descubrimiento y hasta develamiento de una ilusión o quimera, ¿una mentira?, ¿una ficción? No sé. Puede que el primer paso para hacer frente o para empezar a pensar el problema de la representación sea reconocer que la realidad escapa a nuestro control y que, entonces, sí, es irrepresentable. Preguntar por la posibilidad de la representación, a propósito de su crisis, supone, pues, cuestionar cuánto hay de democracia, de gobierno del pueblo, en la democracia representativa o por último en esta democracia representativa. Y hasta puede que implique cuestionar si la democracia puede ser representativa. O aceptar de una buena vez que el pueblo es irrepresentable, como la realidad que no controlamos; y que, por eso, por ejemplo, no puede haber un órgano o institución que sea el poder constituyente o que sea el pueblo. ¿Los representantes, cuando devienen clase política (y en sociedades complejas no pueden sino devenir clase) representan o dictan? Tal vez dictan, dicen, cuentan y las cosas funcionan hasta que ya no funcionan, si me disculpan la obviedad. Y entonces estallan y luego, ojalá, hay que reordenar, volver a contar. Y tal vez, también, las luchas políticas no son otra cosa que ensayos, intentos, esfuerzos para sumar voces, palabras, trazos a la imposible representación de la realidad. Voces, palabras, trazos que, probablemente, tiendan a la cacofonía, al borroneo, y que quizás generen sus propios silencios... que de repente gritan. La irrupción del Frente Amplio, tal vez la última posibilidad institucional de abordar la crisis política, de representación, o lo que sea, es efecto y no causa de dicha crisis. Y parece que no bastó, que el derrumbe fue muy pronto y les tocó gobernar antes de tiempo, y ahora intentan caminar sobre ruinas, y tropiezan, y hasta han tenido que intentar rearmar algo con viejos materiales; pero no saben, o no pueden, o no están convencidos, y probablemente dé lo mismo porque puede que sea imposible. Pero había que hacerlo, les tocó gobernar. Lo otro era ponerse como esos jóvenes que en los sesenta y setenta abogaban por la lucha armada o por golpes de Estado y dictaduras. Pero no, ellos, hijos de la democracia, armaron partidos políticos y se presentaron a elecciones. Y si bien lograron un electorado, están lejos, como todos, de representar el malestar. Hay otra versión, no banal, del dale una vuelta piensa positivo; una que está en línea con la tesis del fin de la historia de Fukuyama: el triunfo definitivo del capitalismo y la democracia liberal, y entonces el establecimiento de una sociedad de bienestar y tecnócrata, sin pasión, sin arte, sin filosofía, sin lucha, que terminaría por aburrirnos y nos haría anhelar los conflictos. Eso habría sido el Chile de los noventa, un oasis de progreso material, de modernización capitalista, de aplanamiento de la política, de mera racionalidad técnica; tanto que, ya en los dos mil, elegir a Piñera, a la derecha, no era más que un quinto gobierno de la Concertación. Y entonces, mimados, pero sin saber que hacer, nos aburrimos y estallamos. Sin embargo, no creo que estamos aburridos, no al menos en ese sentido, que de tanto bienestar (supuestamente) y tecnocracia, la vida se puso monótona, puro cálculo sin deseo, y entonces estallamos; sí, hay monotonía, tecnocracia y despolitización, y entonces olvido de la sociedad, del pueblo, de la pólis; pero sospecho que el resultado de eso es rabia, no aburrimiento, que el malestar solo existe cuando las cosas nos importan, cuando estamos insatisfechos, o sea, cuando hay deseo; pero esperamos demasiado tiempo, quizás de eso sí nos aburrimos, nos hastiamos, y nos frustramos, y el malestar devino rabia, y, claro, la rabia siempre va en contra, rechaza, objeta lo que sea que represente al poder. El cuento podría ser este, o al menos es el que me estoy contando hoy: si hay malestar es porque hay insatisfacción; si hay insatisfacción es porque hay deseo; si el deseo no se satisface, o al menos, porque es imposible satisfacerlo, si no se lo oye, si no se ve reconocido, si no se representa, entonces el deseo se transforma en rabia. Y la rabia en algún momento estalla. Y es impaciente y rechaza todo, es opositora. El desconocimiento, el no reconocimiento es desigualdad, y eso no va con la democracia. La historia larga, de al menos veinte años, incubada en los diez anteriores, y quizás en los veinte anteriores, es la de una política... perdón, es la de una administración del poder, del Estado, que no representa a la sociedad, a la pólis, sus deseos, que pueden ser esperanzas, alegrías que ya vienen, pero también temores (alegrías que se pierden, que se van, por ejemplo, con una enfermedad o al jubilar, o con el narco, o con la corrupción empresarial y la de las fuerzas que tienen las armas), temores y frustraciones; dignidad y a la vez seguridad, o seguridades. ¿Se trata, entonces, de que, tras veinte años, al menos, la política profesional vuelva a ser representativa, vuelva a ser política, que de algún modo que ignoro sea expresión de la política que es las sociedad? Pero tal vez es cierto que la representación es imposible y solo se trata, con arte, de hacer como si existiera, como si se lograra escribir o pintar algo que llamamos realidad. Hasta que, quizás por falta de arte, cuando todo es economía (o datos) y el resto se desecha porque es música, o por descaro o porque alguien hace o deja de hacer algo, y entonces el deseo no es representado o imaginado, puesto en escena, o al menos deja de ser contenido, elaborado y por qué no engañado, la insatisfacción es cada vez mayor y de repente un niño grita que el emperador está desnudo. Tal vez nos falta la mentira, o mejor, la ficción reguladora que satisfaga nuestro deseo. Ni idea cómo se hace eso. Eso es más grande y hasta más fundamental, anterior que una Constitución. Esta podría abordarlo, pensar el problema de la representación y hasta preparar el suelo para empezar a resolverlo —¿para una nueva mentira, para otra ficción, para un contrato social, un sentido, un centro, una cosa pública, una palabra compartida que sostenga una institucionalidad?—, pero eso supone hacerse primero la pregunta por la representatividad, pregunta política. No es lo que ha ocurrido hasta ahora, más bien el proceso constitucional, quizás ya desde el segundo gobierno de Bachelet, ha pasado a ser parte de la sopa de pelos que es hace tiempo la disputa electoral, está atrapado en los vaivenes de una competencia, sin sentido, por ganar la contienda del momento. Por mientras: captar la rabia, el descontento, la inseguridad, el malestar, la contra; en eso estamos, hace mucho, y así se pueden ganar elecciones, unos y unas, otros y otras, pero no se logra representar nada y cada quien se cuenta cuentos y sobreinterpreta resultados a conveniencia. En 2023 seguimos en los mismo: en las presidenciales de 2021 la versión Fruna de la Concertación, Nuevo Pacto Social, obtuvo 815.429. En las elecciones de gobernadores la derecha casi desapareció, en la de convencionales las izquierdas arrasaron, de la ex Concertación solo se salvó el PS. En 2022 se rechazó la propuesta constitucional. Ahora arrasa la derecha y en particular Republicanos. ¿Ellos representan a Chile? ¿O son solo un apoyo, un hito en el camino de la rabia? ¿Y mañana quién ganará, qué pasará? Quién sabe. Probablemente todavía estemos molestos, enrabiados. ¿Deseosos? Ojalá, porque esa podría ser una esperanza, pero también es una desesperación y de nuevo rabia, todavía rabia. Así es que no, la centroizquierda no desaparece porque abrazó el octubrismo; eso solo puede creerlo y decirlo un antioctubrista, que es la versión original y hasta diría que única del octubrismo. La Concertación, sostén de la institucionalidad que funcionaba, se desfondó sola, se desfondó siendo gobierno. ¿Cómo se vuelve a tener fondo?, porque ya quisiéramos poder tocar fondo. ¿Cómo se representa? ¿Cómo se instituye? ¿Cómo se ficciona? ¿Cómo y qué? De nuevo: ni idea. Pero al parecer de eso se trata el momento, la crisis, de interpretar y de la falta o de la mala interpretación, poco o nada performativa, poco o nada realizativa; o en todo caso es una manera de contar, hablar... interpretar, chamullar los hechos hoy, quizás mañana ya no. «Tú ves lo que quieres ver», decía aquella campaña buena onda para pensar positivo. Juan Rodríguez Medina

  • Tres veces la muerte

    1. Buscar la muerte en las palabras Leo la crónica amable, triste, bella, decidora que Álvaro Bisama escribió sobre Pablo de Rokha —Mala lengua—, leo el suicidio del poeta y pienso, se me ocurre, imagino escribir un libro, que se podría llamar No pudimos: buscar la muerte en las palabras, un ensayo que busque el suicidio de De Rokha, Violeta Parra, Rodrigo Lira, Clarence Finlayson, Joaquín Edwards Bello y otros y otras en sus últimas publicaciones, poemas, ensayos, crónicas, canciones; o tal vez en toda su obra, su obra completa por suicidio. Leer y anotar, ojalá en el margen y transcribir. Pero luego pienso para qué —«para qué»—, ¿no sería redundante, banal, frívolo escribir esas palabras? ¿Y qué si lo fuera? En «Canto del macho anciano», poema de 1961, siete años antes de decidir morir, De Rokha escribió: «Voy a estallar adentro del sepulcro suicidándome en cadáver». Lo recuerda Bisama y pienso, me pregunto y escribo: ¿qué es suicidarse en cadáver? ¿Querrá decir, dice, dirá que se suicida quien ya está muerto, que solo un cadáver, muerto viviente, zombi se suicida? Pero hay vida en los zombis, pulsión, frenesí incluso, deseo insaciable: quieren comer, siempre quieren comer, temen dejar de querer comer, temen morir de hambre, temen perder del todo, perderse, quieren sobrevivir incluso si están menos que vivos, porque menos que vivos es más que muerto, es más que nada. Es algo. Siguen, buscan, deambulan. Un suicida no, imagino que no: no quiere, sí quiere, quiere morir. 2. Preguntas para Al Alvarez El 23 de septiembre de 2019 murió el ensayista, crítico y poeta inglés Al Alvarez. De él, cuando escribí esto, solo había leído los ensayos El dios salvaje y La noche. En el primero habla del suicidio y la depresión; en el segundo, de la vida nocturna y los sueños. Hubiese querido entrevistarlo, pero demoré mucho. Esto o algo de esto le hubiese preguntado: 1. Leí en algún lado que el suicida no quiere acabar con su vida, sino con su sufrimiento. ¿El suicida quiere vivir sin dolor? Si la respuesta es sí, si el suicida quiere vivir, y después de la muerte no hay nada, ¿entonces el suicidio es ilógico? Usted es un suicida fallido; después de un intento de suicidio, ¿la vida le parece distinta? Y si, como dice usted, el suicidio es una confesión de fracaso, ¿un suicidio fracasado es entonces un triunfo? 2. Quizás estas preguntas se vinculan, contradictoriamente, con las anteriores. Usted escribe, o escribió, que «el suicidio es un mundo cerrado de una lógica propia e irresistible», que es «demasiado total». ¿El suicidio es consistente y completo, como quisieran ser los sistemas axiomáticos?, ¿es híper lógico, híper racional? Es, en ese sentido, ¿una locura? 3. ¿El suicidio es la prueba definitiva contra la existencia de Dios? ¿Allí dónde alguien intenta suicidarse, allí debería revelarse Dios? ¿Si no se revela es porque no existe? 4. ¿Todavía lo asusta la oscuridad? ¿Por qué la noche nos recuerda nuestra fragilidad? Ahora que... recuerdo, dice usted que su temor a la oscuridad desapareció, «y a veces hoy siento esa desaparición como una pérdida». ¿Por qué la siente así y en qué oportunidades le ocurre o más bien le ocurría que sintiera esa desaparición como una pérdida? ¿Cómo recuerda el miedo a la oscuridad?, ¿qué sentía? ¿Cuáles son los placeres del sueño? ¿Usted sueña mucho (o recuerda mucho sus sueños)? 5. Perdone la grandilocuencia. De Platón en adelante ¿Occidente es una cultura entregada a la luz, negadora de las sombras y la oscuridad? ¿Qué ha implicado la apuesta de occidente por la luz? ¿El conocimiento es una lucha contra el miedo a la oscuridad? ¿La civilización es el avance contra la oscuridad? (¿O con la oscuridad?) 6. Si Dios es luz, ¿Dios no existía antes de que Él mismo dijera «hay luz»? Y si es luz, ¿cómo es que Satanás es el lucero, Lucifer? ¿Será que Dios es el Diablo? ¿La Edad Media fue una edad oscura? Y en caso de haberlo sido, ¿no es una paradoja que la edad de Dios haya sido la de la oscuridad, la de las tinieblas? ¿O será que en realidad la época de Dios es la de las Luces? 7. Usted juzga que dar nombre a los demonios y aportar detalles físicos sobre ellos «son maneras de satanizar el miedo inefable, de contener lo incontenible». ¿Será que el miedo es miedo a nosotros mismos, al animal que somos, a lo irracional o el sinsentido que nos sostiene y motiva?, ¿tememos a la falta de control? Y a propósito, ¿no será Dios la conceptualización de esa bestia que, dice usted, siempre nos acecha y vigila? ¿La bestia es uno, soy yo, es usted? ¿El infierno no son los otros? 8. Según recuerdo, usted afirma o afirmó que la poesía es una forma involuntaria de soñar, y sin embargo, aclara, no todo sueño es poesía. ¿Por qué no lo es? ¿Qué necesitan los sueños para ser poesía? ¿La literatura usted la vincula más al día o a la noche?, ¿y la lectura?, ¿y la escritura? ¿Por qué suponemos que los sueños tienen significado?, ¿por qué en toda marca vemos un signo? (¿Tiene sentido escribir los sueños? ¿Tiene sentido no escribirlos?). ¿El surrealismo es realista?, ¿literalista?; ¿y el realismo, mágico? Cosas, no pensamientos, ¿define la expresión de William Carlos Williams lo que son los sueños? 9. Le repito dos preguntas que hizo Kierkegaard y que usted cita: ¿cómo he entrado en esto y cómo vuelvo a salir?, ¿cómo termina? Y, ya muerto, ¿qué piensa del suicidio y la oscuridad? Y, por último, ¿quién fue usted?, ¿quién es? O si prefiere: ¿qué significa? 3. Que descansen en paz Si hubiera vida después de la muerte, deberíamos los vivos, los de este lado de la vida, deberíamos cuidarnos los de aquí de importunar a los de allá, a nuestros seres queridos ya muertos: no pedirles, no rezar, no hacer juegos esotéricos que los fuercen a venir, a tener que hablarnos. ¿Por qué perturbar su descanso eterno? ¿Es tanto nuestro egoísmo? Que vengan cuando quieran, si quieren; en sueños, por ejemplo. Pero no los hagamos trabajar, no otra vez. Y si no nos importa molestarlos, si solo nos importa satisfacer nuestro deseo de volver a rozar a nuestros muertos, quizás esta advertencia sirva para reprimirnos: junto con los bellos fantasmas que invocamos, podemos convocar también a los monstruos. Alimentar nuestra vida no con sueños, sino con pesadillas. Puede ser, incluso, que esos feos monstruos sean todo lo que hay para nosotros de los bellos fantasmas. O peor, puede que haya sido nuestra invocación la que convirtió a los ángeles —aliviados al fin en el más allá, alivianados, livianos—, en los pesados —apesadumbrados— demonios que vagan perdidos acá, en pena y sin gloria. Si hubiera vida después de la muerte, quizás sea mejor esperar a que el barco pase por nosotros, abordar y reencontrarnos con los fantasmas. No queramos subir antes, no nos apuremos, tampoco queramos abducir a los pasajeros. Y digo que no nos apuremos, porque no hay garantía de que, una vez arriba, los bellos fantasmas nos recuerden; ni de que nosotros los recordemos. Ese barco, la muerte, se puede llamar olvido, y subirnos antes significaría apurar, consumar la desvinculación eterna, la muerte de esa relación que son los seres queridos: la relación puede sobrevivir, herida, a la muerte de una de las partes, de uno de los términos, pero probablemente no a la muerte de las dos. Relative, dicen en inglés al pariente. La muerte es totalmente muerte cuando es absoluta, cuando no queda nada relativo, cuando no hay relación porque no hay los dos o más de la relación. Si uno pudiera contemplarse muerto, justo en ese momento, vería al fin al ser humano que llegó a ser. ¿Te gustaría saberlo? ¿Correrías el riesgo de saberlo? Podría agradarnos o no lo que vemos, lo que somos, lo que fuimos, lo que habremos sido; podríamos horrorizarnos o deleitarnos con lo que hicimos, hicieron y se hizo de nosotros. Pero no podemos contemplarnos muertos: es sabiduría, tino, que la vida nos ahorre nuestra totalidad, que nos cuide de presenciar la esencia que llegamos a ser, la existencia que ya no somos. Tal vez invocar a los muertos sería exponerlos a su vida. Tal vez, mejor que invocar a los muertos, que interrumpir su descanso, sea quedarse con algo de ellos, un objeto, un recuerdo. María, por ejemplo, viuda de José, y ya muerto su hijo, Jesús, conservó la silla que usaba su esposo. Una silla, dice ella, dijo, que nadie puede usar, «reservada para alguien que no volverá». Así lo cuenta Colm Tóibín en El testamento de María. Allí, tras la muerte de Jesús, María, ya vieja o cerca de la muerte, sola, aunque atosigada por dos hombres ridículos, seguidores de su hijo, recuerda a José y dice: «Sabía que tal vez había llegado la hora de olvidar al hombre con el que me casé, ahora que no tardaría en reunirme con él». Olvidarlo, es decir, olvidar la silla, ese recuerdo, ese souvenir. Sin embargo, María no se apura: «Tal vez había llegado la hora de sepultar esa silla en la nada, pero lo haría el día en que ya no me pareciera importante. Rompería su hechizo a mi debido tiempo». Jesús, en cambio, no era cauto como su madre, en el libro de Tóibín es un hombre, solo un hombre, que se toma demasiado en serio a sí mismo, tan en serio que la desconoce a ella. Por eso no extraña que se arrogara el derecho de importunar la muerte de Lázaro, su sosiego. Que lo obligara al desgarro de volver y de volver a verse, verse completo. Solo alguien que se cree Dios hijo de Dios hijo del Hombre podría creerse con el derecho a tamaño despropósito. No seamos así, molestos, dejemos la impertinencia y la desprolijidad para los dioses, y los recuerdos para nosotros. Juan Rodríguez Medina Imagen: Resurrección de Lázaro, de José Clemente Orozco Flores (en mexicana.cultura.gob.mx)

  • Los psicoanálisis y la afirmación del género

    “¿Qué es un travesti? ¿cuándo te diste cuenta que eras así? ¿te sentís discriminada? ¿qué se siente al ser lesbiana? ¿cuántos casos de intersexualidad hay? ¿cómo le explico a mi hijo lo que son? (…) Y así, cientos de preguntas que nombran y producen la diferencia, las diferencias. Preguntas que exigen un saber, una revelación, una explicación, una confesión. Pero también preguntas que exhiben un saber. Se sabe, porque se aprende, que la distancia como condición de impunidad e inmunidad para hablar del otrx no se marca en la respuesta sino en la propia formulación de la pregunta” – val flores. Esta cita de val flores (2013) es tremenda. Tremenda en su interpelación a quienes preguntan y también a quienes respondemos, especialmente desde el lugar de la psicología y los psicoanálisis. Preguntas y respuestas: alguien demanda y otrx explica; algunxs siempre preguntarán y otrxs siempre tendrán que explicar, explicarse, volverse inteligibles frente a la mirada atenta del otrx y su curiosidad a ratos pornográfica. Hasta que las preguntas se acaben, o hasta que quedemos exhaustxs, sin energías, a disposición de lo que el resto diga de nosotrxs, en nuestro nombre, sin nuestro consentimiento, incluso después de la muerte. En los últimos años, las personas trans han sido sometidas a todo tipo de preguntas. Sí, sometidas: forzadas, obligadas, contra su voluntad. Preguntas que se sienten como un bisturí, una cama de disección o de tortura, una radiografía, un test de Rorschach, un peritaje, un informe judicial. ¿Qué eres? ¿Eres realmente trans? ¿Estás segurx? No vaya a ser que te arrepientas. Si tú sientes que eres trans, ¿por qué yo no me puedo sentir un perro o un gato? ¿Cuántos casos hay? ¿Cómo le explico esto a mi hijx, cómo evito que se confunda, que piense que también puede ser trans? En nombre de la curiosidad, la preocupación y la comprensión – esa distancia de la que habla val flores – la existencia de las personas trans se ha vuelto objeto de debate, de sospecha y de temor. Y cuando las preguntas no son satisfechas, o cuando la invitación a debatir es rechazada y queda expuesta la violencia en su impronta deshumanizante, se les acusa de violentxs: ellxs, las personas trans, son las que no quieren debatir, lxs que imponen sus formas de vida y borran nuestra existencia; ellxs son lxs que cancelan el intercambio de ideas y no nos dejan hablar. Cuando tu existencia se reduce a una idea o un debate, a tus genitales, al baño que ocupas y a las operaciones que te hiciste, se te deshumaniza y, como sugiere Siobhan Guerrero (2020), te conviertes en el objeto del odio, la sospecha e incluso el asco del otrx, quedando expuestx y vulnerable a la violencia. Al deshumanizarte, no se te reconoce como víctima, al contrario. Negarse a responder y participar del debate es así resignificado por la audiencia cisgénero como una agresión, un gesto violento, una cancelación. Y el aprendizaje es claro: si no eres humanx, si no eres inteligible ni clasificable dentro de los parámetros que establece la cis-heteronorma[1], no puedes ser agredidx, no tienes derecho a serlo ni exigir reparación por ello. O como diría ALOK: “éstas son [también] lecciones de gramática: algunxs de nosotrxs solo tenemos permitido ser pensadxs por otrxs, nunca pensar por nosotrxs mismxs”, incluso cuando se trata de denunciar la violencia y los ataques trans-odiantes. La existencia, humanidad y dignidad de una persona no son cuestiones opinables. Visibilizar la violencia de tu pregunta y hacerte responsable de sus efectos no es cancelarte ni silenciarte. Porque tal como dice Travis Alabanza (2022), tu “comprensión no es un pre-requisito para que nosotrxs existamos”. Porque al contrario de lo que muchxs piensan, las identidades trans no son una moda ni se contagian, tampoco son un fenómeno reciente ni una invención de las redes sociales (y la evidencia es contundente y ha estado ahí siempre!)[2]. Y aquí es donde nosotrxs trazamos un límite ético: no toda pregunta vale, no todxs estamos igualmente posicionadxs para responder, ni todxs somos igualmente escudriñadxs. Y, por sobre todo, no siempre tenemos que responder. No responder puede ser una forma de hacer frente a la violencia, de ponerle límite, de cuidar y honrar la propia existencia, el nombre propio, nuestro cuerpo, nuestra identidad. Es también el ejercicio que hacemos cuando llevamos esas preguntas a nosotrxs mismxs, nuestrxs hijxs, nuestrxs amigxs—¿qué eres? ¿eres realmente cis? ¿estás segurx? ¿cuándo te diste cuenta? Etc. Probablemente nos resultaría absurdo, sin sentido, una falta de respeto. Esa claridad: que nos ayude a no responder, a evitar preguntas que son violentas. En defensa de la afirmación: una propuesta Tener en cuenta estos planteamientos se vuelve hoy crítico para la clínica, especialmente en lo que atañe a los psicoanálisis y lxs analistas cisgénero, específicamente quienes nos planteamos desde una posición despatologizante, afirmativa y respetuosa de los derechos humanos de las personas (tres principios inseparables!). Estamos hoy en medio de una disputa que es ética y política, donde la salud afirmativa y la existencia de las personas trans y no binarias está siendo brutalmente asediada: desde el aparato estatal, el saber disciplinar y ciertos feminismos; e, incluso, desde profesionales que se declaran progresistas y en contra de una práctica clínica que sirve a la normalización y la estandarización, al “saber explicativo”, como dice val flores. Pero, ¿qué decimos cuando decimos afirmación de género? ¿Cómo pensar la afirmación cuando se trata de los psicoanálisis? Shon Faye (2022) lo explica de la siguiente manera: “El género es una de las primeras cosas que preguntamos y buscamos o intuimos en una persona. Los hombres y las mujeres cis tienen la enorme ventaja de no haber sido pensadas nunca como personas que se equivocan, se engañan o quieren engañar a otras sobre un hecho tan fundamental de su condición humana”. Y esa ventaja está a la base de lo que hemos ido comprendiendo como el trabajo de la afirmación de género desde nuestra experiencia como profesionales cis. Ese reconocimiento, que es relacional (aunque se nos olvide), inaugura dicho trabajo; es el punto de partida que hace posible el encuentro genuino con le otrx. Porque como señala Tobias Wiggins (2021), nuestro género como personas cis es constantemente afirmado: nos movemos con una “línea base” que garantiza que seamos siempre vistxs en conformidad con nuestro género y las normas culturales que regulan su expresión. Y nos da algunas pistas: “quizás un enfoque psicoanalítico afirmativo es aquel que reconoce… el trauma del no reconocimiento. Tal vez la afirmación muestra que existe cierta sensibilidad y toma de conciencia de los efectos de la transfobia [por parte de lxs profesionales de salud mental], la cual facilita cierta apertura” para conversar sobre esto, para que nos encontremos, para que podamos hacer preguntas. Cuando no reconocemos esa ventaja a la que nos referíamos antes, la actuamos como transfobia en la contratransferencia, en nuestros vínculos terapéuticos e institucionales. Como respuesta, el psicoanalista Griffin Hansbury (2017) propone desviar la mirada sobre el paciente trans, objeto habitual de la mirada reguladora profesional, para preguntarnos qué ocurre con lxs analistas y terapeutas cis que se encuentran con una persona trans en la consulta. ¿Qué ocurre cuando es el monstruo el “que se levanta del diván y toma la palabra”? (Preciado, 2020). El giro aquí es epistemológico y técnico: mucho de lo que el psicoanálisis cree saber sobre las personas trans ha sido escrito desde esa posición ventajosa, escasamente interrogada. En ese sentido, dicha ventaja tiene una historia que es importante rescatar: “Durante más de un siglo de historia escrita por psicoanalistas cisgénero sobre pacientes trans, comenzando en 1911 con el análisis aplicado de Sigmund Freud sobre el juez alemán Daniel Paul Schreber, lxs clínicxs han revelado sus actitudes y prejuicios a medida que daban forma a las narrativas psicoanalíticas sobre las personas trans”. Y son esos los relatos que han sedimentado nuestros aprendizajes sobre el género y las identidades trans: contados por personas cis, para personas cis. Lo que sabemos, entonces, dice mucho más de nosotrxs y el marco ideológico psicoanalítico que de las personas trans y sus necesidades de salud. Y es en este punto donde nos parece que no podemos restarnos: como psicoanalistas y profesionales psi, debemos renunciar al poder de dar existencia a un otrx; de ser sus guardianes y custodixs. Es un imperativo ético. Un llamado a trabajar nuestras propias ansiedades de género, aquellas que se vuelven impensables y terminan proyectándose sobre los cuerpos y subjetividades trans, quienes hacen de contenedores del terror que nos produce imaginar la caída del binario de género, esa base que nos sostiene, que nos afirma y que le da continuidad a nuestra experiencia como personas cis (Hansbury, 2017; Alabanza, 2022). Desde aquí, el trabajo de Maggie Nelson (2018), y en especial su maravilloso libro “Los Argonautas”, nos ha ayudado a pensar estos asuntos, proponiendo ciertas orientaciones, no certezas ni seguridades, para perdernos y revisitar lo que sabemos. Dado que el lenguaje no alcanza para todxs (por su incompletitud, al modo de Wittgenstein, pero también porque ha sido construido por algunxs), Nelson se pregunta qué podemos decir, si debemos decir algo, y cómo podemos pensar todas estas experiencias de vida que hacen explotar nuestros imaginarios y certezas sobre lo que es ser humano, hombre, mujer, familia o pareja. Y nos invita a seguir adelante, ya que “no vamos a castigar a una red por tener agujeros” señala, vamos a hacer lo que podamos, porque no pretendemos un pensamiento sin agujeros (en eso nos mantenemos psicoanalistas). Sin embargo, y esto es importante, para hacer este trabajo debemos incluir en la ecuación las ansiedades del mundo cis y dejar de poner los cuerpos trans y sus existencias bajo el microscopio del estructuralismo y el biologicismo que esconden la posición de enunciación – aquella ventaja de la que nos habla Shon Faye – y limitan la posibilidad de la transformación. Para eso, y citando a Zewig, Maggie Nelson propone pluralizar y, al mismo tiempo, especificar. En la metapsicología, es importante pensar en el más que en el uno, salirse de la experiencia individual. Y pluralizar es pensar en más que uno, más que cien. Pero, y esta es la paradoja, al mismo tiempo debe permanecer finito, porque la experiencia humana lo es: quien está hablando frente a nosotrxs, quien trae el material sobre lo que pensaremos es un ser humano. Unx. Y probablemente sufre (y disfruta, se divierte y tiene alegrías que contar!). Frente a ese malestar, la invitación es a especificar. Las personas son diferentes entre sí. E incluso, como nos lo recuerda Wiggins, para todxs el género es no conforme, y esa fantasía de conformidad, certeza y alineamiento es la que nos tiene entrampadxs a todxs, no solo a las personas trans. Es más, sabemos que nuestros cuerpos tienen significados distintos para diferentes personas. Toda experiencia corporal puede adquirir un significado novedoso si traemos escenas de la vida cotidiana y particular de cada quién. Sólo abrazando la repetición de lo mismo particular (una y otra vez, hasta el hartazgo) podemos ver cómo se produce lo nuevo, el cambio en la repetición. De esto sabemos lxs analistxs y analizadxs. Finalmente, Maggie Nelson nos desafía a tomar posición, ese posicionamiento del que fue testigo Paul B. Preciado en su propio proceso terapéutico, ya que para él “el éxito o fracaso de mis análisis dependió en gran medida no de la lealtad de los analistas a Freud, Klein o Lacan, sino, por el contrario, de su ‘infidelidad’ o, para decirlo de otro modo, de su creatividad, de su capacidad para salir de la ‘jaula’”. Y es frente a esa jaula, a las jaulas de nuestros marcos conceptuales y sus efectos que no podemos mantenernos silentes o en una ilusión de neutralidad que no es tal y que al ser invocada como límite a nuestro quehacer sólo expone su carácter defensivo y sintomático. Parafraseando a Sara Ahmed (2015), toda vez que la psicología y los psicoanálisis proscriben aquello de lo que se puede pensar y decir en nombre de la neutralidad, estamos presenciando un mecanismo de poder: ¿a quiénes le sirve nuestro silencio y nuestra complicidad? ¿A quiénes protege la neutralidad, la abstención? Los psicoanálisis no pueden avanzar en su pensamiento si no es desde la clínica, ese es su origen y destino, la pluralidad específica de la clínica. Como nos advierte Hansbury, sólo al aflojar el control sobre la sobrepreocupación analítica por la etiología y la conformidad de género; al alejarnos de la pregunta, tantas veces violenta, ¿Por qué trans? y dar paso a la pregunta ¿Cómo trans?, los psicoanálisis y lxs terapeutas en general comenzaremos a analizar nuestras propias reacciones transfóbicas, esas angustias impensadas que nos protegen y que actuamos violentamente sobre otrxs. Tomás Ojeda y Trinidad Avaria Colectivo Trenza Tomás Ojeda: Doctor en Estudios de Género e investigador postdoctoral en el Centre for Transforming Sexuality and Gender de la Universidad de Brighton. Trinidad Avaria: Magister en Psicología Clínica Universidad de Chile y Cofundadora Colectivo Trenza @trenzacolectivo Referencias Ahmed, Sara. 2015. “You Are Oppressing Us!” Feministkilljoys. Febrero 2015. https://feministkilljoys.com/2015/02/15/you-are-oppressing-us/. Alabanza, Travis. 2022. None of the Above. Reflections on Life Beyond the Binary. Canongate. Ashley, Florence. 2020. “Homophobia, Conversion Therapy, and Care Models for Trans Youth: Defending the Gender-Affirmative Approach.” Journal of LGBT Youth 17 (4): 361–83. https://doi.org/10.1080/19361653.2019.1665610. Faye, Shon. 2022. Trans. Un Alegato Por Un Mundo Más Justo y Más Libre. Traducido por Rosa María García. Blackie Books. flores, valeria. 2013. Interruqciones. Ensayos de Poética Activista. Editora La Mondonga Dark. Gill-Peterson, Jules. 2021. “Transgender Childhood Is Not a ‘Trend.’” The New York Times. Abril 2021. https://www.nytimes.com/2021/04/05/opinion/transgender-children.html. ———. 2022. Historias de La Infancia Trans. Traducido por Javier Sáez del Álamo. Bellaterra Edicions. Gozlan, Oren, Jordan Osserman, Laurel Silber, Hannah Wallerstein, Eve Watson, and Tobias Wiggins. 2022. “Transgender Children: From Controversy to Dialogue.” The Psychoanalytic Study of the Child 75 (1): 198–214. https://doi.org/10.1080/00797308.2021.1975462. Guerrero, Siobhan F. 2020. “Enlacémonos. Entrevistas en torno al Feminismo Radical y al Transfeminismo.” No es Normal. Septiembre 2020. https://cerosetenta.uniandes.edu.co/enlacemonos-entrevistas-en-torno-al-feminismo-radical-y-al-transfeminismo-siobhan-f-guerrero/. Hansbury, Griffin. 2017. “Unthinkable Anxieties. Reading Transphobic Countertransferences in a Century of Psychoanalytic Writing.” TSQ: Transgender Studies Quarterly 4 (3–4): 384–404. https://doi.org/10.1215/23289252-4189883. Nelson, Maggie. 2018. Los Argonautas. Tres Puntos Ediciones. Preciado, Paul B. 2020. Yo Soy El Monstruo que os Habla. Informe Para Una Academia de Psicoanalistas. Anagrama. Radi, Blas. 2020. “Notas (Al Pie) sobre Cisnormatividad y Feminismo.” Ideas. Revista de Filosofía Moderna y Contemporánea, no. 11: 23–36. http://revistaideas.com.ar/wp-content/uploads/2020/06/dossier-feminismos-1.pdf. Serano, Julia. 2023a. “All the Evidence Against Transgender Social Contagion.” Medium. Febrero 2023. https://juliaserano.medium.com/all-the-evidence-against-transgender-social-contagion-f82fbda9c5d4. ———. 2023b. “Explaining Assigned Sex Ratio Shifts in Trans Children.” Medium. Febrero 2023. https://juliaserano.medium.com/explaining-assigned-sex-ratio-shifts-in-trans-children-12c6d01903a3. Vaid-Menon, Alok. 2020. “Grammar Lessons.” En Your Wound/My Garden. https://www.instagram.com/p/CoArtQ2ufyH/. Notas [1] La cis-heteronorma refiere a las prácticas y discursos que privilegian aquellos cuerpos y subjetividades que se alinean y conforman con las expectativas culturales cisgénero y heterosexuales. Siguiendo a Blas Radi (2020), la cisnormatividad, por su parte, es una categoría analítica que hace visibles las creencias sobre sexualidad y género que pasan como sentido común y que esconden su carácter ideológico. [2] Recomendamos leer el tremendo trabajo que hace Jules Gill-Peterson en su libro Historias de las infancias trans (2022); sobre el mito del contagio, el trabajo y la crítica de Julia Serano (2023a, 2023b) ha sido clave, así como también lo que ha investigado Florence Ashley (2020) en relación a la afirmación de género.

  • El planeta enfermo. Guy Debord

    La «contaminación» está de moda hoy en día, exactamente de la misma manera que la revolución: se apodera de toda la vida de la sociedad, y se la representa ilusoriamente en el espectáculo. Es la palabrería fastidiosa que llena un sinfín de escritos y discursos descarriados y embaucadores, pero en los hechos agarra del cuello a todo el mundo. Se expone en todas partes como ideología y gana terreno como proceso real. Esos dos movimientos antagónicos, el estadio supremo de la producción mercantil y el proyecto de su negación total, igualmente ricos en contradicciones en sí mismos, están creciendo juntos. Son los dos lados por los que se manifiesta un mismo momento histórico largamente esperado y a menudo previsto en formas parciales e inadecuadas: la imposibilidad de que el capitalismo continúe funcionando. La época que posee todos los medios técnicos para alterar absolutamente las condiciones de toda la vida sobre la tierra, es también la época que, en virtud del mismo desarrollo técnico y científico separado, dispone de todos los medios de control y previsión matemáticamente incuestionables para medir por adelantado adónde lleva —y hacia qué fecha— el crecimiento automático de las fuerzas productivas alienadas de la sociedad de clases: es decir, para medir el rápido deterioro de las condiciones mismas de la supervivencia, en el sentido más general y más trivial de la palabra. Mientras los imbéciles pasadistas siguen disertando todavía sobre (y contra) una crítica estética de todo eso, creyéndose lúcidos y modernos porque fingen adaptarse a su siglo, declarando que Sarcelles o las autopistas poseen una belleza peculiar, preferible a la incomodidad de los «pintorescos» barrios antiguos, u observando seriamente que el conjunto de la población come mejor que antes, por más que digan los nostálgicos de la buena cocina, el problema del deterioro de la totalidad del medio natural y humano ha dejado ya completamente de presentarse en el plano de la supuesta calidad antigua, estética o no, para convertirse radicalmente en el problema mismo de la posibilidad material de la existencia del mundo embarcado en tal movimiento. De hecho, la imposibilidad ha quedado ya perfectamente demostrada por todo el conocimiento científico separado, que ya no discute sino el plazo que queda y los paliativos que, de aplicarse con firmeza, podrían alargarlo un poco. Una ciencia semejante no puede hacer otra cosa que acompañar en su camino hacia la destrucción al mundo que la ha producido y a cuyo servicio está; pero ella se ve obligada a recorrer ese camino con los ojos abiertos: con lo que muestra en grado caricaturesco la inutilidad del conocimiento sin empleo. Se está midiendo y extrapolando con excelente precisión el rápido aumento de la contaminación química de la atmósfera respirable, del agua de los ríos, los lagos y los océanos; el aumento irreversible de la radiactividad acumulada por el desarrollo pacífico de la energía nuclear; de los efectos del ruido; de la invasión del espacio por productos de materias plásticas que aspiran a una eternidad de vertedero universal; de la natalidad demencial; de la falsificación insensata de los alimentos; de la lepra urbanística que viene ocupando cada vez más el lugar de lo que fueron la ciudad y el campo, así como de las enfermedades mentales —incluidos los temores neuróticos y las alucinaciones, que no tardarán en multiplicarse a propósito de la contaminación misma, cuya imagen alarmante se exhibe en todas partes— y del suicidio, cuyas tasas de expansión coinciden ya exactamente con la de la urbanización de semejante ambiente (por no hablar de los efectos de la guerra nuclear o bacteriológica, para la cual ya están ahí los medios, cual espada de Damocles, aunque siguen siendo evidentemente evitables). En suma, si el alcance y aun la realidad de los «terrores del año mil» son todavía materia de controversia entre los historiadores, el terror del año dos mil es tan patente como bien fundado; a partir de ahora, es una certeza científica. Y, sin embargo, lo que está pasando no es en el fondo nada nuevo: sólo es el fin forzado del antiguo proceso. Una sociedad cada vez más enferma, pero cada vez más poderosa, ha recreado en todas partes el mundo concretamente como entorno y decorado de su enfermedad, como planeta enfermo. Una sociedad que no ha llegado aún a hacerse homogénea y que no se determina por sí misma, sino que está determinada cada vez más por una parte de si misma que se sitúa por encima y al margen de ella, ha desarrollado un movimiento de dominación de la naturaleza que no se ha dominado a si mismo. El capitalismo ha aportado finalmente, por su propio movimiento, la prueba de que ya no puede seguir desarrollando las fuerzas productivas; y no cuantitativamente, como muchos habían creído comprender, sino cualitativamente. Y, sin embargo, para el pensamiento burgués sólo lo cuantitativo es, metodológicamente, lo serio, lo medible, lo efectivo; lo cualitativo no es más que el incierto decorado subjetivo o artístico de lo verdaderamente real tasado en su verdadero peso. Para el pensamiento dialéctico, por el contrario, y, por tanto, para la historia y para el proletariado, lo cualitativo es la dimensión más decisiva del desarrollo real. He aquí lo que el capitalismo y nosotros hemos acabado por demostrar. Los dueños de la sociedad se ven ahora obligados a hablar de la contaminación, tanto para combatirla (pues ellos viven, a fin de cuentas, en el mismo planeta que nosotros: he aquí el único sentido en que se puede admitir que el desarrollo del capitalismo ha realizado efectivamente una cierta fusión de las clases) como para disimularla: pues la simple verdad de las «nocividades» y de los riesgos actuales es suficiente para constituir un inmenso factor de revuelta, una exigencia materialista de los explotados, tan vital como fue en el siglo XIX la lucha de los proletarios por poder comer. Tras el fracaso fundamental de todos los reformismos del pasado —que aspiraban todos a la solución definitiva del problema de las clases—, se está esbozando un nuevo reformismo, que obedece a las mismas necesidades que los anteriores: engrasar la maquinaria y abrir nuevas posibilidades de ganancia a las empresas punteras. El sector más moderno de la industria se lanza sobre los diversos paliativos de la contaminación como sobre un nuevo mercado, tanto más rentable por el hecho de que podrá usar y manejar gran parte del capital monopolizado por el Estado. Pero si ese nuevo reformismo tiene de antemano la garantía de su fracaso, por exactamente las mismas razones que los reformismos del pasado, lo separa de éstos la diferencia radical de que ya no tiene tiempo por delante. El desarrollo de la producción ha demostrado cabalmente, a estas alturas, su verdadera naturaleza como realización de la economía política: el desarrollo de la miseria, que ha invadido y arruinado el medio mismo de la vida. La sociedad en la que los trabajadores se matan trabajando y sólo pueden contemplar el resultado, ahora los hace ver –y respirar— con toda franqueza el resultado general del trabajo alienado en tanto que resultado mortal. En la sociedad de la economía superdesarrollada, todo ha entrado a formar parte de la esfera de los bienes económicos, incluso el agua de las fuentes y el aire de las ciudades; lo que es decir que todo se ha convertido en el mal económico, la «negación total del hombre» que está llegando ahora a su perfecta conclusión material. El conflicto entre las fuerzas productivas modernas y las relaciones de producción, burguesas o burocráticas, de la sociedad capitalista, ha entrado en su última fase. La producción de la no-vida ha seguido cada vez con mayor rapidez su proceso lineal y acumulativo; ahora ha traspasado un último umbral de su progreso, produce directamente la muerte. La función última, declarada y esencial de la economía desarrollada actual, en todo el mundo en que impera el trabajomercancía que asegura todo el poder a sus patronos, es la producción de empleo. Bien lejos estamos, pues, de las ideas «progresistas» del siglo pasado, acerca de la posible reducción del trabajo humano gracias a la multiplicación científica y técnica de la productividad que, según se creía, iba a asegurar con cada vez mayor facilidad la satisfacción de las necesidades hasta entonces reconocidas como reales por todo el mundo, y eso sin ninguna alteración fundamental de la calidad de los bienes disponibles. Ahora, en cambio, se trata de «crear puestos de trabajo» hasta en el campo huérfano de campesinos, es decir, de usar el trabajo humano en cuanto trabajo alienado, en cuanto trabajo asalariado: para eso se hace todo lo demás; y en consecuencia se están amenazando estúpidamente las bases, actualmente más frágiles aún que el pensamiento de un Kennedy o de un Bréznev, de la vida de la especie. El viejo océano es, en sí mismo, indiferente a la contaminación; pero no así la historia. La historia no se puede salvar más que por la abolición del trabajo-mercancía. Y nunca antes la conciencia histórica había tenido tan urgente necesidad de dominar su mundo, porque el enemigo que está a las puertas ya no es la ilusión sino su muerte. Cuando los pobres amos de la sociedad cuyo penoso resultado estamos presenciando —resultado mucho peor que cualquier condena que antaño pudiera fulminar a los más radicales utopistas— se ven ahora forzados a admitir que nuestro entorno se ha hecho social y que la gestión de todo deviene un asunto directamente político, hasta la hierba de los campos y la posibilidad de beber, de dormir sin demasiados somníferos o de lavarse sin sufrir demasiadas alergias; en un momento como éste se está viendo a las claras que también la vieja política tiene que confesar que está completamente acabada. Está acabada en la forma suprema de su voluntarismo: el poder burocrático totalitario de los regímenes llamados socialistas, porque los burócratas que ostentan el poder no se han mostrado capaces ni siquiera de gestionar el estadio anterior de la economía capitalista. Si contaminan mucho menos (Estados Unidos produce él solo el 50% de la contaminación mundial) es porque son mucho más pobres. No pueden sino desviar, como en China, por ejemplo, una parte desproporcionada de sus míseros presupuestos para regalarse la parte de contaminación de prestigio de las potencias pobres: algunos perfeccionamientos o descubrimientos de segunda mano en el terreno de las técnicas de la guerra termonuclear, o más exactamente de su espectáculo amenazador. Tanta pobreza material y mental, sostenida por tanto terrorismo, condena a las burocracias que ostentan el poder. Lo que condena al poder burgués más modernizado es el resultado insoportable de tanta riqueza efectivamente envenenada. La gestión llamada democrática del capitalismo, sea en el país que sea, no ofrece más que sus elecciones-dimisiones que, como se ha visto siempre, no han cambiado nunca nada en el conjunto —y muy poca cosa en los detalles— de una sociedad de clases que se imaginaba que iba a durar indefinidamente. Tampoco van a cambiar mucho más cuando esa misma gestión pierde la cabeza y finge esperar de su electorado alienado e idiotizado algunas vagas directrices para resolver ciertos problemas secundarios aunque urgentes (como sucede en Estados Unidos, Italia, Inglaterra o Francia). Todos los observadores especializados han señalado siempre —aunque sin tomarse la molestia de explicarlo— el hecho de que el elector no cambia casi nunca de «opinión»: pues para eso justamente es elector, esto es, aquel que asume, por un breve instante, el papel abstracto que está destinado precisamente a impedirle que sea por sí mismo y que cambie (el mecanismo ha sido desmontado mil veces, tanto por el análisis político desmistificado como por las explicaciones del psicoanálisis revolucionario). El elector tampoco cambia cuando el mundo a su alrededor está cambiando cada vez más precipitadamente; y, en cuanto elector, no cambiará ni en vísperas del fin del mundo. Todo sistema representativo es esencialmente conservador, aunque las condiciones de existencia de la sociedad capitalista no han podido conservarse nunca: se modifican sin interrupción y cada vez más deprisa, aunque la decisión —que viene a ser siempre, a fin de cuentas, la decisión de dejar hacer al proceso mismo de la producción mercantil— se deja enteramente en manos de los especialistas publicitarios, ya sea que se presenten a la carrera solos o en competición con quienes quieren hacer lo mismo y además lo declaran abiertamente. Aun así, el hombre que acaba de votar «libremente» a los gaullistas o al PCF, lo mismo que el que acaba de votar, a la fuerza y obligado, a Gomulka, es capaz de mostrar lo que él es verdaderamente participando, la semana siguiente, en una huelga salvaje o en una insurrección. La supuesta «lucha contra la contaminación», en su vertiente estatal y reglamentaria, va a crear ante todo nuevas especializaciones, servicios ministeriales, puestos de trabajo y ascensos burocráticos. Su eficacia será exactamente la que a tales medios corresponde. No puede convertirse en voluntad real sino transformando el sistema productivo actual en sus raíces mismas, ni puede llevarse a cabo con firmeza sino en el instante en que todas las decisiones, tomadas democráticamente y con pleno conocimiento de causa por los productores, sean en todo momento controladas y ejecutadas por los productores mismos (los buques petroleros, por ejemplo, seguirán infaliblemente vertiendo el petróleo en los mares hasta que no manden en ellos unos verdaderos soviets de marineros). Para decidir y ejecutar todo eso, hace falta que los productores se hagan adultos: hace falta que se hagan con el poder entre todos. El optimismo científico del siglo XIX se ha desmoronado en tres puntos esenciales. En primer lugar, la pretensión de garantizar la revolución como solución feliz de los conflictos existentes (la ilusión hegeliano-izquierdista y marxista; la menos compartida por la intelectualidad burguesa, pero la más rica y, después de todo, la menos ilusoria); segundo, la visión coherente del universo y aun simplemente de la materia; y tercero, el sentimiento eufórico y lineal del desarrollo de las fuerzas productivas. Si llegamos a dominar el primer punto, habremos resuelto el tercero; más adelante sabremos hacer del segundo nuestro asunto y nuestro juego. No hay que curar los síntomas, sino la enfermedad misma. Hoy en día el miedo está en todas partes, y no vamos a salir de él más que confiándonos a nuestras propias fuerzas, a nuestra capacidad de destruir toda alienación existente y toda imagen del poder que se nos haya escapado. Sometiéndolo todo, exceptuando a nosotros mismos, al solo poder de los consejos de trabajadores que posean y reconstruyan en cada instante la totalidad del mundo; es decir, a la verdadera racionalidad, a una legitimidad nueva. En materia de medio ambiente «natural» y construido, de natalidad, de biología, de producción, de «locura», etc., no habrá que elegir entre la fiesta y la desgracia sino, conscientemente y a cada paso, entre mil posibilidades felices o desastrosas, pero relativamente corregibles, y, por otro lado, la nada. Las terribles decisiones del próximo futuro sólo dejan esta alternativa: o la democracia total o la burocracia total. Quienes duden de la democracia total deben hacer el esfuerzo de probársela a sí mismos, dándole ocasión de probarse sobre la marcha; de lo contrario, sólo les queda comprarse la tumba que más les agrade, pues «lo que es la autoridad, la hemos visto en acción, y sus obras la condenan» (Joseph Déjacque). «Revolución o muerte»: esa consigna ya no es la expresión lírica de la conciencia rebelde, sino la última palabra del pensamiento científico de nuestro siglo. Y eso es aplicable tanto a los peligros que corre la especie como a la imposibilidad de adhesión para los individuos. En esta sociedad, donde el suicidio progresa como sabemos, los especialistas debieron reconocer, con cierto despecho, que éste había recaído a casi nada en Mayo de 1968. Esta primavera obtuvo también, sin lanzarse precisamente a su asalto, un cielo bello, porque algunos coches habían ardido y a todos los demás les faltaba el combustible para contaminar. Cuando llueva, cuando haya falsas nubes sobre París, jamás olviden que es culpa del gobierno. La producción industrial alienada trae la lluvia. La revolución trae el buen tiempo. * Escrito en 1971 para el número 13 de la revista de la Internacional Situacionista, La planète malade no llegaría a publicarse debido a su proceso de disolución, y apareció más tarde en un libro del mimso título con otros ensayos. Traducción aparecida en Indy Media Argentina. Fotografía de Jan Paul Evers

  • Los choroyes

    El castaño más grande del parque está justo a un par de metros frente a nuestra ventana y su tamaño está muy por encima de los cuatro pisos que tienen estas torres de departamentos. Si fuera un edificio tendría ocho pisos por lo bajo. Su follaje es tan voluminoso que los extremos de sus ramas bajas caen pocos metros por encima del suelo y la cantidad de frutos que entregó esta temporada alcanzó para animales humanos y no humanos. De hecho, días atrás apareció una ruidosa bandada de choroyes que aprovechó las castañas de las ramas más altas para alimentarse. Esta clase de loro debe ser por lejos el ave menos chilena en lo que respecta a su carácter. Su vuelo es rápido y festivo. El plumaje verde veteado de rojo y amarillo me recuerda a las camisas floreadas de los cumbieros amazónicos con su garbo de sicodelia ayaguasquera. A diferencia de bandurrias, palomas y treiles con su paleta de colores de funcionario de impuestos internos, los choroyes son la persistencia de la primavera y el verano. Van por ahí como una pandilla que rebota de cantina en cantina hablando fuerte, riendo y celebrando cualquier cosa. A propósito de pájaros, pajarracos y pajaritos, se me ocurrió que podría clasificarse a los poetas con los mismos taxones que usan los ornitólogos: hay poetas choroyes y poetas paloma. Poetas treile y poetas huairavo. Poetas gaviota y poetas lechuza. Poetas carancho y garza cuca. Óscar Petrel –por ejemplo— es un choroy. Nos encontramos hace poco en un coloquio en el que compartimos mesa junto a Jorge Polanco, poeta y amigo, entre otras y otros que pululan alrededor de la nunca bien ponderada Academia. Una digresión, ya que estamos: hay escritores que creen que un académico es peor que un derrame de petróleo o un accidente nuclear tipo Fukushima. Por extensión, la Academia —dicen— es la kriptonita que debilita sus genios impenetrables, la responsable de todas las malas lecturas. La Academia, balbucean, es La Casita del Terror; la Academia no es la calle, compadre, y yo tengo calle –«Me gusta la calle, los peligros de la calle» dice el humorista Felipe Avello en una parodia donde lo vemos gesticulando en una mala imitación de un clip noventero de los Panteras Negra y aplica a cierta exaltación medio irracional de algo así como La Experiencia Pura, animal más extraño y escaso que el ornitorrinco. Como sea: ahí estábamos nosotros, Óscar con su camisa de choroy, intentando justificar nuestra prescindible presencia en ese lugar con textos a ratos soporíferos y serios como funeral de gerente. Un viernes por la tarde no podía quedar sepultado bajo el peso de togas y birretes, así es que fuimos en patota a la casa donde Óscar estaba alojándose. Había prometido interpretar para nosotros algunas cumbias en su acordeón y cumplió a cabalidad. Mientras corrían el vino y la cerveza, Petrel versionaba canciones de Los Mirlos o nos contaba historias alfonsoalcaldescas de Puerto Montt y su fauna. Óscar tiene ojo y pulso de etnógrafo. En algunos de sus poemas el sur de Chile aparece deslavado de la mística marketera que inventaron primero los viajeros europeos y luego las agencias de turismo. Su representación del paisaje es en realidad el escombro del paisaje: el detritus que deja la industria, sea salmonera o forestal. Por ejemplo, en el poema «Los ochenta» podemos leer lo siguiente: Lo único memorable del puente Chacao fue esta imagen: la colosal estructura proveniente de China flotando en el Seno de Reloncaví. Se parecía al SDF-1 de Robotech Los versos los tomé de su libro HD. El título —me parece— hace referencia a la alta definición de las imágenes como síntoma de una época cuya cifra podría ser la obsesión por registrarlo todo: el planeta y sus calles como mapa interactivo disponible a cualquier hora para los usuarios de Internet. El extractivismo de materias primas necesita también del extractivismo de información y –me van a disculpar la sociología de cuneta— la disponibilidad inmediata del mundo como escenario del Age of Empire o algún juego afín. Pero Petrel vive en Puerto Montt y Puerto Montt pertenece a Chile. Petrel es un choroy colorinche en el imperio de la fealdad. Por eso su carácter vital es el humor y la joda. Por eso quizá la cumbia y la versión particular que él y su banda inauguraron –la cumbia afrochilota. Podría haber escogido el pospunk, el rap político o el black metal, pero aprendió a tocar el acordeón. Enloqueció con Los Gaiteros de San Jacinto y viajó a verlos para constatar que más cerca del trópico la palabra poesía se aleja del verso libre y se acerca más al canto popular y colectivo. Junto a su primera banda viajó de pueblo en pueblo hasta el Amazonas tocando en bares, sedes vecinales y canchas de fútbol. Con el mismo acordeón que nos deleitó a nosotros puso a bailar a peruanos de la sierra y la ciudad, bolivianos mascando coca y otras muchas gentes de las muchas américas que hay en América. «Tú deberías escribir Los detectives salvajes de la cumbia», creo que le dije o quizá me lo estoy inventando. Ahora, mientras intento cerrar este texto, el sol pintarrajea sepia la parte alta del castaño. El temporal del fin de semana no pudo con su armatoste de hojas que, según leí en Wikipedia, solo terminarán de caducar en invierno. Quizá pasen los choroyes de nuevo aunque todo indica que las temporada de castañas llegó a su fin. A veces, de camino a alguna parte, los escucho revolotear por ahí, como Petrel y sus cumbieros. Habría que decir con Gabriela Mistral: menos cóndor y más choroy.

  • La grieta

    Hace pocos días, entrevisté al filosofo y profesor de derecho Hugo Herrera. Decía que si seguíamos a los tambaleos, quedaríamos congelados. ¿Me pregunto en qué consiste ese congelamiento? ¿Estamos entumecidos? ¿El cansancio dio paso al hastío? ¿Entramos en una agotadora dinámica de avanzar, retroceder y viceversa? Hasta hace un par de años, se decía que el país había virado enteramente a la izquierda. Ahora se afirma que los chilenos y chilenas dieron la vuelta en U para ir hacia la ultra derecha. Quizá hay que esperar que baje un poco el agua y recién ahí mirar la profundidad. Lo que sí me parece medianamente claro es que las cuentas no coinciden. Persiste la grieta entre las cuentas que hace el mundo político con las cuentas que hace la mayoría ciudadana para llegar a fin de mes. Esa distancia se ha profundizado. Es el cotidiano. El día a día sembrado de temor e incertidumbre. Una rabiosa sensación de no ser vistos ni escuchados. Entonces, ¿las urgencias ciudadanas tienen ideología? ¿Es desde ese clivaje que la gente observa el nuevo mapa político? Es de esperar que la polarización se diluya, que no se enquiste. El país necesita reformas. Hay una urgencia por cambios económicos y sociales que requieren encontrar un cauce. Si eso no sucede, Herrera tendrá razón: no podremos salir del círculo del congelamiento. Claudia Alamo

  • La soledad era esto

    Las fotos de los suburbios de Tokio suelen mostrarnos cielos velados de gris o deslavados por una turbia pátina amarilla, como de radiación post nuclear. También brumas de invierno entre las que asoman, fantasmales, kilómetros de monoblocks. Muchos de ellos están ahora vacíos. Sus habitantes son cada vez más viejos. La mayoría están solos. Así los encuentra la muerte, sentados en el sofá de la sala o acurrucados en el futón, esperando. A la propia muerte le extraña tanta soledad y silencio. Antes su teatro era otro, mucho más bullicioso, con llantos y escenas grotescas a cargo de deudos fieles que acompañaban al finado hasta el mismísimo suspiro final. Había pompa y circunstancia, protocolo. Pero por los monoblocks de los suburbios de Tokio la muerte pasa ahora sin espectáculo ni pasión, no hay comparsa, su trabajo es un mero trámite. En ocasiones transcurren meses hasta que el cadáver es descubierto. Nadie reclama a esos muertos solitarios. Un olor nauseabundo colándose bajo la puerta de entrada, la proliferación de moscas revoloteando por los pasillos del edificio o la falta de pago del alquiler, disparan la alarma administrativa ante la falta de afectos. Entonces la maquinaria se pone en marcha. Si el propietario del apartamento o la corporación fueron precavidos, se activarán sus seguros y alguna ‘compañía de limpieza post muerte solitaria’ hará su trabajo de desinfección con diligencia eficiente. Provistos de ropa de trabajo similar a la de los laboratorios bacteriológicos, retirarán lo que quede del cadáver, rasparán las heces y colonias de insectos que celebraban por doquier el festín necrológico, vaciarán el inmueble de trastos y basura y una vez todo limpio, fumigarán a conciencia y dejarán instaladas por unos días máquinas de desodorización ambiental. Para sacar las malas vibras, existe también la posibilidad de contratar con un pequeño costo adicional, un ritual de purificación. Completada la rutina, el apartamento en los suburbios de Tokio queda listo de nuevo para alquiler o compra. Si alguien lo quiere. Los restos de quienes murieron solos y nadie reclamó, son enterrados en fosas comunes, sin lápidas que recuerden su nombre. No hay nada de poético en esa postal nostálgica de los suburbios. La soledad es la forma más sutil y silenciosa en la que se manifiesta la violencia contemporánea. Sin estridencia, socava y carcome las raíces de lo que hasta ahora vertebraba al individuo, los afectos en su más atávica y rudimentaria expresión, la pertenencia al clan. El aislamiento ahoga y castiga. De algún modo se parece a aquella tortura medieval en la que se emparedaba a personas vivas tras un muro de ladrillos. Hoy, las paredes del monoblock que separan a la gente del mundo pueden ser de cartón, pero el efecto es casi el mismo. En 2000, la prensa japonesa publicó por primera vez un caso de muerte solitaria. El esqueleto de un hombre de 69 años había sido encontrado tres años después de haber fallecido en un gran complejo de apartamentos de Tokiwadaira. El suceso conmocionó entonces a la opinión pública. Poco más de veinte años después, la muerte solitaria ya no sorprende. Más allá de las palabras, de las alegorías y las imágenes, está la fría realidad de los números para los que la tragedia de la soledad es un índice que se mide como cualquier otro en tablas y estadísticas. Ya en 2011, la consultora japonesa NLI Research Institute estimaba que en el país se producían unas 30.000 muertes solitarias al año y que la cifra iría en aumento.Con cruel pragmatismo matemático, estudios recientes del National Institute of Population and Social Security Research proyectan que para 2040, el 40 por ciento de los ciudadanos vivirán solos debido a la postergación de la vida en pareja. También advierte que en 2065, el 44 por ciento de los japoneses tendrá más de 65 años. Como sucede con cualquier tendencia, en el mercado siempre aparece una industria nueva que capta al vuelo la oportunidad y sabe sacar rédito. En Japón, la soledad ha dado alas a la robótica de compañía y a las aseguradoras y empresas de limpieza post muerte solitaria. Un segmento en expansión que recoge los tristes lucros de la fragilidad humana en su camino de salida. Volviendo a las fotografías, acercándonos un poco más y adentrándonos por las ventanas de esos edificios, podemos observar la vida de sus inquilinos. Enseguida se percibe que muchos son acumuladores. Salta a la vista la ausencia de orden y rutinas, choca la negligencia y el abandono. Aunque no es difícil imaginar que la soledad extrema hace perder la noción del tiempo y el espacio y hasta la conciencia de uno mismo. Previendo el final que les espera, algunos solitarios que aún conservan un poco de intimidad con otro ser humano, para no molestar ni siquiera en ese último trance, por pudor y vergüenza a ser encontrados como desechos nauseabundos, intentan resguardar un último resquicio de dignidad. Con ese propósito acuerdan con algún vecino un código que alertará al otro de que algo anda mal o que ha fallecido y que debe avisar de inmediato a los servicios de salud. Acciones sencillas como bajar una cortina al anochecer y subirla cada mañana, o regar una planta del alféizar diariamente a una hora precisa. Así de mecánicos y desoladores pueden ser los últimos lazos que ligan a algunas personas con el mundo. Ya no se muere solo como un perro, se muere solo como un viejo. En Japón hay barrios de monoblocks deshabitados, viejos olvidados, máquinas que reemplazan la falta de trabajadores, robots sexuales y androides de compañía, empresas que limpian y desodorizan la soledad de los muertos. Un país que se prevé verá reducida su población de 127 a 50 millones en los próximos 100 años. Mientras, en otras partes del mundo hay millones de desplazados, gente sin patria, ni casa ni oficio. Admito mi ingenuidad e ignorancia sobre los postulados que mueven la economía, pero aun así me pregunto si no habrá formas de hacer coincidir la necesidad con la falta. Quizá nos consuele pensar que los japoneses son muy raros y que nada tienen que ver con nuestra cultura, pero la globalización opera en todas las direcciones y la nube negra de la soledad hace tiempo que también planea sobre Occidente. El primer Ministerio de la Soledad se creó en el Reino Unido en 2018. Su objetivo es contener a los casi dos millones de ancianos mayores de 75 años que viven solos sin apenas contacto con familiares ni con el mundo exterior. "Kodokushi" es el término japonés para la muerte en completa soledad. Una palabra que irá colándose en el vocabulario popular del resto de las lenguas como en otro momento lo hicieron harakiri, kamikaze o tamagochi. Mirando fotos de los suburbios japoneses y leyendo sobre sus muertos solitarios, me acordé de un viejo libro de J.J. Millás, ‘La soledad era esto’. Nada tenía que ver con robots de compañía, cibernética o empresas de limpieza post mortem, pero sí con la soledad como naufragio del tiempo. La cita con la muerte es personal e intransferible. Nos morimos solos, pero siempre será bueno sentir que alguien estaba allí dándonos la mano. Silvia Veloso a CVC

  • A 50 años de la muerte de Picasso: Madame Errázuriz

    1973. Año de tintes aciagos en la historia chilena, marca además la partida de varios importantes artistas chilenos: Rolando Alarcón, Manuel Rojas, Camilo Mori, Neruda... Pero también parte ese año la figura de mayor fama y renombre del arte del siglo XX, Picasso. El 8 de abril, en su palaciega villa de la costa azul francesa, el malagueño infernal muere, a los 91. Durante su larga vida, no fueron pocos los chilenos que se vincularon con el reconocido capitán de las huestes de la vanguardia mundial. El mismo Neruda, y Huidobro, tuvieron una relación de relativa cercanía; Manuel Ortiz de Zárate una todavía más estrecha, integrando éste el círculo íntimo del español en sus primeros años parisinos. Pero quien, entre los nacidos por estos pagos, tuvo con Picasso por lejos una relación, aparte de cercana, de mayor importancia, incluso trascendencia, fue Eugenia Huici, nacida en La Calera, hija de un millonario boliviano avecindado en Chile en la segunda mitad del siglo XIX. Y acá, en este vínculo tan estrecho, se da un fenómeno harto curioso, porque la chilena no solo llega a ser una amiga, una muy íntima, del pintor. Casada con José Tomás Errázuriz, otro hijo de magnates, amasan entre ambos una considerable fortuna, la que emplean en viajar por el mundo y en levantar fastuosas mansiones, pero, muy especialmente, en arte, en promover arte, en fomentar arte. Errázuriz es pintor; inicia su formación en Santiago y la termina en Europa, junto a Singer Sargent y Giovanni Boldini. La Huici, por su lado, se convertirá en la gran mecenas de Picasso cuando éste recién empieza a abrirse paso en la escena europea, pero también de varios otros artistas en situación similar. La lista impresiona: Stravinsky, Rubinstein, Diaghilev, Cendrars... La chilena, del español, se convertirá, más que en una simple benefactora, en una verdadera madrina. Recién casado con la rusa Koklova, Picasso pasará su luna de miel en la mansión de "Madame Errázuriz" en Biarritz; en señal de agradecimiento, el artista cubrirá las paredes de un salón con sus pinturas. Como resulta más o menos típico en casos parecidos de mecenazgo por parte de connacionales, poco y nada del patrimonio artístico que la Huici, o, digamos, que el tándem Huici-Errázuriz logra poseer en vida ha quedado como legado dentro de nuestras fronteras. Errázuriz muere en 1927. Eugenia evalúa la posibilidad de volver a Chile; le encarga a Le Corbusier el diseño de una casa, que proyecta construir en Zapallar. Al parecer, el estadillo de la guerra significa un trastorno en sus finanzas. En el verano de 1945 le escribe una carta a Picasso, en la que se invierten los roles: le ofrece una mesa con terminaciones de bronce dorado, ya que, se lamenta, no le quedan más que “10 mil francos”. En 1949, se despide definitivamente de Europa y se establece en su hacienda calera. Lo concreto es que ni la casa de Le Corbusier se llegará a construir –terminará levantándose en ¡Japón!–, ni los cuadros de Picasso, ni los de Singer Sargent, Sorolla y un largo etcétera, lograrán llegar hasta nosotros, formando parte, por ejemplo, de una colección pública para ser conocidos y gozados por todos. Pablo Salinas

  • Verbo mamá

    Mi mamá primero fue un olor, con mayor precisión diría que un pedazo de tela; yo agarrada a su camisa de dormir verde agua. Tenía miedo (todos teníamos) de que el diablo me llevara en la noche (en realidad se la llevaba a ella). Mi mamá era bonita. Todavía es. Pero dicen que de joven era de las bonitas bonitas, y dicen también que ese tipo de bonitas llevan la tragedia de que se les acercan los más narcisistas, los bravucones sin ley ni respeto; es que parece que a los hombres les asusta hablarles a las bonitas bonitas. O les hablan como idiotas. Mi mamá iba y venía, nerviosa. Linda siempre. Arreglada. Un día me perdí. Veía piernas de gente grande y me agarré con fuerza a las de una mujer que sabía no eran de mi mamá. Pensé, o creo que pensé, que tenía que aferrarme a una mamá, cualquier mamá. De grande he replicado esta estrategia cuando me pierdo demasiado. Yo sé que mi mamá también me mira, aunque nunca la pille mirándome. Siempre está nerviosa. Arreglada. Va y viene (a veces no me doy cuenta cuando se escapó. Es un poco Houdini). Pero sé que me mira por las cosas que me dice. Cosas que solo sabe alguien que te mira con la atención que requiere el amor (desde luego también el odio). Una vez me dijo que yo no me había dado cuenta, pero mi guagua, mi primera guagua, se reía. Me acerqué a la cuna (a la cuna chica adentro de la cuna grande. Yo era una primeriza aterrorizada. Nerviosa. Desarreglada. Iba y venía. Pero no veía) y era así tal cual, mi primogénita había aprendido a sonreír. Mi mamá me dijo, sin decirme, que tener una hija no era parir una, sino que madre es algo más parecido a un verbo, una cosa que se hace, unas formas de ver, que seguramente algo tienen que ver con la posibilidad de la risa. Un verbo de conjugación compleja. Otra vez me dijo algo que es la versión que más me gusta de ella. Un día tomábamos café, calculaba que ya era tiempo de jubilarse (cosa que creo nunca hará. Ella siempre dice cosas. Va y viene) y reconoció que llevaba tanto tiempo mintiendo, diciendo que tenía una profesión que no tenia, una profesión improvisada en el tiempo de la desesperación. Pero —pensó— que al final, era verdad que era eso que dijo tantas veces. Su oficio y ella son una creación mutua, como una escritura. Creo que me dijo dos cosas en esa oportunidad: que la verdad es otra cosa que un dato. Y lo segundo: que su herencia es el sentimiento de vida. Mi mamá nunca nos leyó cuentos, y se quiso morir unas cuantas veces, pero nos dejó esa pepita pulposa. Tengo varias mamás a las que recurro. El pedacito de tela. Pero esa no me gusta, es sin distancia, demasiado narcótica, sin esperanza. Me vuelvo unas garras que no sueltan. Pero no voy a renegar de ese recurso. Otras veces mamá es una forma de ver que me vincula, para que ocurra la risa. Otras, es el deseo de la vida en mí. Siento gratitud infinita. Madre es el susurro para calmar —eso lo descubrí con mis propios hijos—, es también (esta es la mejor mamá) cualquier cosa que dé espacio: una palabra, la paciencia, concentrarse en algo. Y es que madre no es el origen —creo que eso lleva a cometer unos errores trágicos— sino algo que dice Pascal Quignard sobre el paraíso: no es un espacio anterior al que volver, más bien es el punto de nacimiento del espacio. “Hay un fragmento de útero por encima de la vulva donde se aloja el embrión, donde el embrión se enrosca, un punto que forma una bolsa y va creciendo en volumen hasta volverse espacio”. No basta la carne humana para nacer. Todo se trata del nacimiento del espacio para existir. PD: Curruquita para mis hijxs: No se deja la pata afuera. Menos si anda espirituada. Ud. tapadita. ¿No ha visto que cuando una se convierte en pedacitos, pide que la abracen fuerte? Fuerte fuerte, porque más que amor, lo que la piel necesita es reconocer su orilla. Los miedos viejos se tratan de formas viejas, primero se acurruca, después se inclina la cabeza, puede juntar las manos también; para que el grito se vuelva ruego, y el ruego, pregunta. "Purgatory" (Mount I), Tacita Dean.

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