Barbarie pensar con otros
Revista de pensamiento y cultura
info@barbarie.cl
www.barbarie.lat
<!-- Google Tag Manager -->
<script>(function(w,d,s,l,i){w[l]=w[l]||[];w[l].push({'gtm.start':
new Date().getTime(),event:'gtm.js'});var f=d.getElementsByTagName(s)[0],
j=d.createElement(s),dl=l!='dataLayer'?'&l='+l:'';j.async=true;j.src=
'https://www.googletagmanager.com/gtm.js?id='+i+dl;f.parentNode.insertBefore(j,f);
})(window,document,'script','dataLayer','GTM-MNF8HCS');</script>
<!-- End Google Tag Manager -->
<link rel="icon" href="/path/to/favicon.ico">
Resultados de la búsqueda
Search this site
Se encontraron 1250 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- La Soga de Alfred Hitchcock, en Technicolor y a lo lejos
Sin duda Hitchcock pensó en El asesinado considerado como una de las bellas artes, cuando tramó este tremendo filme, claustrofóbico, mentiroso, agobiante. Pero en ningún momento cita a Thomas de Quincey ni su libro... y es curiosamente, una de sus cintas donde más libros aparecen mencionado, pero sin sus títulos, solo la soga que los amarra. Todo seguidor de sus películas sabe que se filmó en un plano secuencia alterado, dado que las tomas por esa época no superaban un tempo de duración, y para fingir el plano secuencia agobiador de toda la acción de la cinta, lo soluciona con la cámara situándose, cuando debía venir el corte, en la espalda de uno de los protagonistas -creo que la mayoría de alguna manera lo son- en sus espaldas. ¿Cuántos cortes hay en La soga?, o sea, ¿cuántas espaldas donde se adosa la cámara? ¿y de quiénes son esas espaldas? ¿Esas espaldas tienen una significación semántica más que cortar el plano secuencia para fingirlo? Los cortes son nueve. Como los invitados a la fiesta macabra. ¿Son nueve? En realidad en el departamento de Brandon son ocho. La única espalda ausente es la de David, el asesinado. No podría aparecer, ya que estaba oculto en el baúl que servía como mesa de las comidas y bebidas, lo que hace más macabro el asunto. La única espalda que no sirve al plano secuencia es la del cadáver. La espalda del muerto no puede ser el chivo expiatorio para el corte del plano secuencia, dado que está oculta, y quizá -eso nunca es ve en la cinta-, está de bruces o de espaldas en el cofre o ataúd, sobre el cual se come. De David sólo se ve el rostro en la agonía suprema cuando muere ahorcado con la soga. Su rictus final. En el comienzo de la siniestra cena hay un olvido de una invitada, la astróloga, de una película que vio en la que actúa James Mason: también se nombra a otros actores de cine de la época: Gary Cooper e Ingrid Bergman, entre otros. Solo los asistentes a la cena recuerdan a los actores, pero todos olvidan las películas en las que los vieron actuar. ¿Qué significan ese esos olvidos? Sólo recuerdan a los actores y no las películas. Si La Soga hubiese sido filmada en estos tiempos posmodernos, indudablemente, habrían nombrado a James Stewart, o él mismo se habría nombrado como actor, y quizá, alguien, cualquiera de los asistentes a la macabra cena, incluso él mismo, se habría nombrado como actor de... ¿la misma La Soga? ¿En qué habría influido esta cita? Freud es mencionado una vez por su nombre, y en la trama por los actos fallidos del profesor: es lo que le permite regresar a la escena del crimen cuando sus dudas ya son certezas. El único problema de La Soga, si algún director o productor desubicado quiera hacer un remake, es el sombrero equivocado que le entrega la empleada al salir. Hoy ya no se usan sombreros, como parte de la vestimenta habitual. Y es lo habitual lo que permite descubrir los asesinatos en los thrillers de antaño u hogaño. En los de Hitchcock sobre todo, lo Unheimlich. Curioso: una tremenda cinta ya no es verosímil por el uso de la vestimenta: el sombrero. ¿Qué pasará con las corbatas? Ni el asesinato considerado como una de las bellas artes puede contra la moda de una época. Y finalmente, la causa principal por la cual el profesor descubre el crimen, ya no es, digamos, el objeto que desnuda el centro de la trama, del asesinato: un sombrero. La única certeza que va quedando, antes del asesinato considerado como una de las bellas artes o como una demostración de La voluntad de poder de Nietzsche, antes de la primera toma del asesinato, ¿es el mismo Hitchcock como un policía del tránsito haciendo parar un automóvil para que unos niños puedan cruzar la calle? ¿Era él? La distancia es enorme para verificarlo... un descuido del policía, o un movimiento fallido de sus manos, que no son de pianista ni de estrangulador, ese podría haber sido el crimen perfecto. El descuido de un policía del tránsito agobiado con su rutina. El crimen inusual, por agobio, por rutina, el menos asesino, comete el crimen perfecto. Lo veríamos en Technicolor y a lo lejos. Eso si era Hitchcock ese policía que dirigía el tránsito y cuidaba la seguridad de los niños cruzando la calle. Si todo en la película era lo que parecía ser visto y narrado, como no lo era el plano secuencia tan famoso como tramposo, por las dificultades técnicas de la época. Y si estas dificultades, por un problema de recursos mecánicos, finalmente, se traducen en significantes de una trama muy, pero muy perversa, donde el perfecto asesino es el propio Hitchcock. Thomas Harris
- Crisis de pánico
I Pareciera que la tierra se está moviendo. Una especie de catástrofe se anuncia en el cielo: cargado, rojo, amenazante. Esta tarde el cielo está cayendo como una trampa. El sol calienta despiadado, pero se oculta bajo la veladura de las nubes. Y capaz que sólo sea la odiosa humedad de Buenos Aires. Alineadas en el barrio residencial más encumbrado de la ciudad, las casonas blancas como novias son el fondo sobre el cual se imprime el reverso de esta escena. Delante, unos chicos con zapatillas de marca bordean la cuneta, escarbando entre montones de desechos de comida que arrojan los restaurantes plagados de turistas. Ella, otra turista, carga una bolsa impresa con el logo gigantesco de la tienda que acaba de satisfacer su ansiedad primavera-verano. No ha comprado zapatillas deportivas, sino un calzado de noche y un abrigo de buena piel sintética. Se ha pensado elegante, feliz, luminosa, y ha salido a la calle cargando ese entusiasmo tan feroz como pasajero. Justo entonces la agarró esa tarde que cubrió el brillo de sus zapatos nuevos. Suerte que un taxi la levantó para llevarla a Palermo. Y ahora se encuentra a la intemperie urbana de las fachadas continuas y las terrazas borrachas. Y falta el aire. La sangre ya no circula por sus piernas que, desobedientes al clima, se han entumecido. Seguro que va a desmayarse. Y sólo hay dos alternativas: despertar en el cielo o en el infierno. Piensa en el infierno y concluye que ya está ahí, en su desatada subjetividad. Repentinamente se ha quedado ciega frente a las imágenes del mundo. Da lo mismo. Retrocede el discurso existencial. El asunto es que no podrá llegar al aeropuerto. Y todos perderán el avión por su culpa. Se quedará estampada sobre el mapa de esta ciudad que se supone debería fascinarle pero que, en secreto, detesta. Aún así, el hecho es que siempre termina en Buenos Aires: porque es trans y barata, justifica. Lo urgente es que va a desmayarse y no hay un baño cerca. Necesita irse por el desaguadero y no hay dónde morirse. Su corazón late a mil por segundo. Qué poco piensa en su corazón. Se le olvida. Pero ahora él se encarga de recordarle su radical existencia. La cosa es que falta el aire y quiere vomitar. La humedad es insoportable, perderá el avión. Y no sabe cómo se llama la calle ni cuál es el baño más cercano. En emergencias como ésta, hasta el más mínimo signo gráfico se deja leer como señal divina. “Ánima”, dice la placa colgante. “Restobar”. Café, librería, vegan style. Calle Armenia. Puede inventarse algo para pagar poco y entrar al baño. Digamos que un jugo de frutas ¿Con pulpa o colado? No, mejor un vaso de agua, sin gas, por favor. El baño tiene que ser un lugar de escape, al fondo de un pasillo. Hacia allá se dirige su atrofiado radar. Efectivamente. Se interna en un pasadizo que a cada lado tiene una puerta. Equivoca la entrada y distingue figuras masculinas orinando en fila. Quisiera irse a negro y que en ese preciso minuto apareciera the end en la pantalla. Pero lo que hace es salir corriendo y en breve da con la puertecita del lado, que rápidamente cierra con pestillo. Una mujer forrada en un traje sastre se acomoda el peinado frente al espejo. Delgadísima. Pálida. Ojerosa. Su imagen no ayuda a contener el vértigo, no conecta con la comodidad de algún cliché. ¿Colchón?, Comodidad mental, pero es metal, de taladro. Es el ruido de los obreros empleados en la ampliación del local que, al otro lado de la pandereta, golpean sus martillos de tercer mundo. Después ya no recuerda. Sólo a ciertos intervalos la cara de su marido, el reloj de su marido (la correa de cuero, la hebilla y el peluche de Sara, su pequeña hija. Ese conejo rosado que alguna vez fue mullido y brillante, pero que de tanto roce y tanta cama hoy es un imbunche difuso, una cosa rara de piel escarmenada. Ese objeto, sustituto del amor, es que se le ha pegado al cuello. Es su hija quien la está abrazando sin soltar su conejito. No fue la sonda lo que la conectó con el mundo, sino ese objeto caliente que su hija insistía en adosarte. Ahora lo sabe: el conejo de Sara le salvó la vida. II En el sueño se le iban cayendo los dientes uno a uno. Ella se agachaba y su pelo le impedía ver las piezas que rebotaban sobre la vereda como las cuentas de un collar de perlas. Era un sueño recurrente. Entonces pensaba en todo el tiempo que perdería si se dedicaba minuciosamente a recoger su dentadura y volver a colocarla en su lugar. Pistas para leer el sueño de los dientes: “Puede significar que estás hablando más de la cuenta y que te arrepientes de lo que dices”, era la primera. La segunda, un poco más catastrófica: “Los dientes representan a la familia”. La tercera, más verosímil: “Soñar que se te caen indica que tienes miedo de no poder sostener tu imagen”. Podía ser una combinación de las tres. Pero hay algo: después de los cuarenta años, las personas dejan de soñar que vuelan y empiezan a soñar que se les caen los dientes. La secuencia era así. Primero se soltaban. Ella agarraba los dientes delanteros con un dedo y sentía que estaban flojos. Volvía a removerlos y caían al suelo. Pero no había sangre. Y no se sorprendía. Luego examinaba el resto de su dentadura y todas las piezas estaban sueltas y todas iban cayendo desordenadamente. No lloraba. Y no se sorprendía. Ninguna ansiedad, ningún extrañamiento. Se agachaba para recogerlos y los iba colocando cada uno en su lugar. Sólo los presionaba un poco y ahí quedaban, nuevamente instalados, perfectamente ordenados. Y lo que veía era el fondo de su boca: una caverna oscura donde al final se anunciaba un pequeño y nervioso músculo rojo. III Ese órgano palpitante ahora era la luz de un monitor: roja, candente, al fondo de su oscuro campo visual. Ella extendió el brazo izquierdo para encender una lámpara de velador y recién entonces comprobó que estaba en una pieza de hospital. A través de la puerta entreabierta, avistó una imagen blanca que se duplicaba en los espejos laterales del pasillo. Desde su posición horizontal, distinguió el delantal ceñido de la enfermera. Todo parecía haber pasado por el sintetizador. Hasta la voz de esa figura blanca le sonó como salida de un aparato. No había acústica en el pasillo, ni en los blancos pulmones de los funcionarios. Las frases se emitían cortas: para cada información, una fórmula. Por los altoparlantes escuchó un mensaje que no logró descifrar. No se esforzó en afinar la puntería de su oído tonto. Dejó que su atención se disparara. Levantó los ojos para leer la gráfica de su corazón amplificada en la pantalla del computador. “Esto es como una fotografía”, le explicó el médico. Era la segunda vez que la internaban temiendo un infarto y de nuevo sólo se había tratado de una crisis de pánico. Todos los exámenes habían salido normales. Era su cuerpo el que sobreactuaba una corriente invisible, un movimiento subterráneo que aún no podía ser registrado por la tecnología clínica. Qué aliviador sería que de un día para otro se le borraran las palabras de la cabeza. Entonces definitivamente todo importaría nada. Pero también era aliviante estar ahí, sobre la cama, dejando que otros pensaran por ella: Alprazolam a la vena. Ya no tenía miedo, tampoco pasión, concluyó, recordando esa frase corta que leyó en el colegio, de Hobbes: “El miedo ha sido mi única pasión”. Es más. Ya su cuerpo estaba desmemoriado. Palpitaba sin saberlo. Dijo su nombre. Qué raro, no había olvidado su nombre: estaba escrito en la pulsera plástica que le colocaron en la muñeca izquierda. Avanzó lentamente sobre las ruedas de la camilla. Por debajo de la puerta 15 se proyectaba un rayo de luz azuloso y escuchó voces reconocibles. “Las del noticiero”, pensó. Debían ser más de las 9 de la noche y alguien se enteraba de un incendio en un asilo de ancianos, de un trasplante de hígado, de un diputado que defendía su honra pisoteada. Comerciales. Ya de lejos, le llegó la canción de la gaseosa. Y no necesitó estar ahí para imaginar la palmera sobre una arena demasiado blanca, en la tarde de un verano que sólo existe en la publicidad. IV Sólo hay una certeza: cuando toda ella se convirtió en su trastorno, en ese mismo instante se volvió invisible. Se fundió con el mobiliario. Anduvo fantasmática, se incubó en el vientre de su trastorno. Así atravesó multitudes sin que nadie la advirtiera. Ni siguiera ese desconocido que esquivaba sin alharaca en la cama, la cocina y los pasillos, siguiendo movimientos domesticados por las costumbres matrimoniales y los placeres cotidianos. Cuando se borró, todos se borraron a su alrededor. V De vuelta al hotel, intentó reconstruir la cronología de los hechos. ¿Qué fue primero? ¿Tembló realmente? Va pensando que no se acuerda y mira la pulsera plástica en la muñeca izquierda. Pero no puede quejarse, piensa. Al menos le han dejado una buena provisión de calmantes. Cuando inyectaron la primera dosis, el miedo desapareció instantáneamente. No lo podía creer. El miedo, esa presencia tan vívida y terrible, era borrado en un segundo por la efectividad farmacológica. Qué precariedad la suya, qué absurda la sobreactuación de sus emociones. Si al final el miedo era químico, el amor era químico, la rabia era química. Y ella que siempre habías creído en las tragedias. Cómo no se había dado cuenta antes: la muerte era el final de la química. Catalina Mena
- El reverso del agua
Valentina Marchant (Santiago de Chile, 1988), ha publicado Tránsito Ciego y El reverso del agua (Editorial Comba, Barcelona, 2022). Actualmente reside en Barcelona, donde cursa un doctorado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (UAB) y co-dirige la Revista Saranchá, Atisbos de literatura iberoamericana actual. hay nubes cargadas de lluvia en el cielo pájaros que gritan en mi balcón esta tarde roja una mosca da vuelta en círculos sobre dos cuerpos que descansan sin el más mínimo contacto de sus plumas el sol se proyecta débil en el piso mostrando las huellas de una silla particularmente filosa capaz de hendir la belleza de cualquier parquet hay polvo cajas semiabiertas por si falta meter algo más algún cuchillo rezagado en la cocina la posadera celeste del jabón para lavarse las manos las flores de plástico que no supimos si tirar o no a la basura es jueves es invierno el camión está a punto de llegar y de pronto el cielo se abre en un solo grito hondo hay gaviotas que se estrellan contra los cristales una lluvia marítima que cae lenta toneladas de peces que descienden en picada hasta mi balcón y yo me pregunto por qué han venido a morir justo aquí a estas horas y en medio de baldosas que hace meses no barro. * no se puede ir contra el flujo de los ríos contra el cauce que empuja a un cuerpo río abajo esa mañana lo supe amurallada contra el hambre de las cuatro paredes de mi casa lo supe tras correr el velo de la cortina principal y que el sol me diera directamente en los ojos ciega como estaba en realidad me acordé: no se puede ir contra el flujo de los ríos contra el cauce que empuja a un cuerpo río abajo. * Partir. Qué palabra es ésa. Nadie parte fácilmente y nunca del todo. Algo queda flotando en el partirse. Una estela de sombra como rastro en el camino de los que se van. Partir. Pienso en los muertos. La tierra que guardé en mis bolsillos. En los que abandonan la ciudad al mediodía, con las botas puestas y un manojo de llaves. En la tinta que queda impregnada entre los dedos, la marca de partirse estampada en una carta que nunca llegará a destino. Nadie abandona fácilmente. Algo queda flotando. Retazos de cuerpos familiares que se aparecen en cada esquina. La mano que se acerca a saludar pero es otro el que voltea. El nombre, el apellido, la residencia. El intento desesperado de nadar a contracorriente: el salto suicida del salmón, río arriba en picada contra el cielo. * movía su aleta izquierda intentando decir algo en la poza de sal, tras el diluvio que lo dejó casi sin escamas los ojos pequeños, levemente rasgados y doradísimos igual que toda la animalidad solar que lo cubría estaba herido de muerte y aún así – o quizá por eso — era hermoso jadeaba expelía el hedor propio del alga que lleva mucho tiempo varada en la orilla era un hilo de voz, un balbuceo insólito que me llamaba en plena calle que me llamaba por mi nombre en plena calle a mí o eso quise creer. * Besé a cada una de sus amigas. Hundí los pies en el agua y reconocí su flujo vital. El oro relampagueando entre los dedos, la imagen de una mujer dándome la espalda. Y el sol, su altura sobre nuestras cabezas que miraban directo al vertedero. Cómo decirlo. Lo que estaba más allá, de la montaña, del vidrio y la copa que se ofrece cuando se camina desnudo, al descampado. Apostamos sobre quién podía resistir más. Cuánto puede soportar el cuerpo sobre la arena caliente de los arrecifes. El aliento que escapa. La imagen de un árbol que se incendia hasta la raíz. Los trozos de las manzanas que tragamos durante las noches. Su crujiente brillo. El jugo que se escurre. El poder que reside en los dedos para alargar el día, estirar las horas para desvestirse y nadar. Besar a sus amigas, juntar a dos o tres peces en una misma habitación e iniciar la danza; del cuello, la mano que se hunde, los pies que navegan otro río, el gavilán y la gallina de los huevos de oro, riendo sobre mi cama. El poder que tenía sobre mi cuerpo. ¿Era eso el amor? Salir, con la blusa en la mano y el estómago revuelto. Ser igualmente culpable. Hundir los dientes en la piel de otro nombre que escapa. Sentirse extranjera incluso así en la cama mientras llueve. * la aleta se incrusta se clava es diente cariado áspero temblor en el oído ciénaga guijarro entre los dedos en la punta de la lengua se atraganta basura cósmica que quiebra rompe parte era su forma de callarse su caliente animalidad era hasta el fondo hilo negro que no sangra no zurce la garganta tan adentro en las posturas más insólitas debajo del agua en el techo la plaza pública en la librería de la esquina el baño el pasillo la escala entre las obras completas de Trakl y la pila de revistas agujereadas anónimas Romances Medievales de segunda mano sus escamas sus ojos su boca peluda salpica endurece pezones uñas nalgas las suyas las mías daba igual: había que escribirlo alguien tenía que escribirlo porque el frío era mucho y la lápida dorada de calor que nos cayó encima era demasiado grande. * me dicen que no te humanice que no te ponga rostro que te saque los lentes y el jockey azul con el que te paseabas que mejor trabaje en las distintas fases del pez que te deforme mancha o grito trazo de pez pájaro en la espuma les digo que sé hacer eso que lo he hecho muchas veces que siento asco llevarte, por ejemplo, a una playa para dibujar un círculo en la arena y luego quizá un triángulo para coronar tu partida al otro lado del muro pero no basta con decir que los peces amanecieron muertos en la puerta de mi casa o que tengo una extraña obsesión por coleccionar ojos de peces muertos que caen en las puertas de casas que no son mías no basta y por eso la prosodia podrías, en realidad, llenar cualquier hueco convertirte en cualquier forma ahora que no estás y te someto al ejercicio de las figuras ser un cisne que olvidó ocultar su cabeza en el agua o una extraña gaviota que vuela en sentido contrario a la orilla hasta perderse en esa línea difusa que no es mar pero tampoco cielo. * he visto tantos barcos partir tantas velas ondear y expandirse hasta el horizonte amarillo del sol ciego los barcos parten algunos vuelven otros simplemente se van los fantasmas recogen mi cuerpo en noches de lluvia se sientan al borde de mi cama cuando duermo o finjo dormir esa intermitencia de estar de no haber sido la posibilidad de ser una cosa y luego otra palabras que no alcanzan a zurcir el despeñadero de la ola que estalla y se recoge barcos que vienen y van en el devenir de los días piedras lanzadas en un camino trazado por otra mano invisible que enmudece un atardecer rojo atravesado por la espuma mis pies al borde del mar de otra sombra que se parte el único cuadro que pinto y clavo en la pared como un recordatorio inútil o un señero deforme de la evanescencia. El reverso del agua Valentina Marchant Editorial Comba, Barcelona, 2022
- Tres poemas gráficos de contragolpe
Estos “Tres poemas gráficos de contragolpe” corresponden a una constelación más amplia (53 piezas), pensada a partir de los 50 años del Golpe de estado y los 53 de la Unidad Popular. Estas series, parte de ellas dispuestas en paneles, están conformadas a base de documentos de propaganda que difundió la dictadura, fotos de una pintura al óleo de Rodrigo Rojas De Negri, una cadena de montajes sucesivos de grabados, versos y letras, entre otras sedimentaciones. Los títulos corresponden a la dialéctica de imágenes del contragolpe; figura futbolística y subtítulo que Sergio Mansilla dio a la poesía chilena -sobre todo en el sur- como respuesta a la dictadura. Agradezco a Rodrigo Gómez Mura por fotografiar los poemas gráficos. CONTRAGOLPE 1 CONTRAGOLPE 2 POESÍA CHILENA 1/ PUEBLO Las fotografías de los poemas gráficos fueron realizadas por el artista visual Rodrigo Gómez Mura.
- El camino de mi bacteria
Escribo de la bacteria asesina durante un insomnio. Sostenía un sueño plácido, hasta que de pronto, desperté, súbitamente, a eso de las dos de la mañana con ganas de tomar Coca-Cola. Cedí a mis impulsos y aquí estoy, escribiendo de la bacteria asesina. A mediados de julio del año pasado, la contraje. Sé que fue durante una fiesta donde bailé bastante. Hasta muy tarde. Luego, salí de madrugada a la intemperie y pasé frío. Mucho frío. Aclaro que esta no es una fábula sobre las niñas buenas que se portan mal y deben pagar las consecuencias. Tampoco es una fábula para ayudar a que las niñas malas se queden en casa y no saliendo de madrugada, pasando frío. Esta es, más bien, mi propia especulación acerca del lugar específico donde la bacteria se alojó en mí. A propósito, la bacteria tiene nombre, se llama "piójena". Sí, casi igual al "mal de Diógenes". A la semana de haberla contraído ya me había comido casi por completo el pulmón derecho y me tenía casi completamente perjudicado el hígado y el riñón. Estaba saturando apenas 55 de oxígeno, cuando lo normal es sobre noventa y cinco. Podía caminar sólo cuatro pasos y escupía sangre. Pese a eso, igual hablaba. Ningún doctor logró entender nunca cómo alguien con el pulmón, a ese nivel de herido, tenía las ganas y la energía de seguir transmitiendo su rollo doméstico de que debía comprar salchichas, pan, queso y jamón para los niños al desayuno. En un tono, dicho de paso, de barítono italiano; tan alto como una mala opereta calabresa de bandejón. La junta médica aseguró que solo tenía 40 por ciento de posibilidades de vivir. Yo pensaba que todavía necesitaba tiempo para criar dos niños, escribir tres libros y conocer Japón. Le pregunté a la enfermera si acaso creía que la gente como yo moría. Me respondió que no, que la gente como yo, que entraba hablando como barítono italiano desafinado, no moría. En cambio los que sí morían eran los que no tenían voz ni para quejarse; las mujeres que entraban con nariz de pájaro y ojos cerrados, y los hombres que llegaban con tono amarillo y estómago cervecero enflaquecido. Esos, eran víctimas seguras. El optimismo de la enfermera me entregó futuro. El doctor me preguntó si consumía drogas. Le respondí, que desgraciadamente no podía, pero que felizmente había probado varias, y que estaba esperando la mayoría de edad de mis hijos para seguir probando. El doctor me pregunto si consumía alcohol. Le respondí que, infelizmente, más del que yo quisiera, y que la botella de whisky me duraba, con suerte una semana y que con visitas, no llegaba al miércoles. El doctor me preguntó si fumaba, le respondí que mínimo tres cajetillas a la semana, y que si venían visitas, cuatro. A mi casa siempre vienen visitas. A mi casa llegan las visitas, ponen el vinilo de Nirvana, y como por arte de magia comienzan a sentirse jóvenes. Los inunda una especie de nostalgia noventera y una mala literatura comienza a apoderarse de ellos. La mayor parte del tiempo debo echarlos con fuego; si no me acusan de mala amiga. Gran parte de ellos donaron sangre, me fueron a ver y recurrieron al ruego de sus dioses para salvarme. Con mis respuestas, infelizmente los doctores, dictaminaron que era como Janis Joplin, pero sin guitarra. Me internaron en la UCI, en una cama blanca con olor a alcohol gel, entubada, consciente. Me ataron con unas correas de cuero de vaca, en posición de cruz a los barrotes de la cama. Le explicaron a mis parientes que era imprescindible, puesto que el dolor del entubamiento consciente es tal, que instintivamente, la mayor parte de los pacientes tienden a sacarse el tubo y ahogarse. Se ahogan de inmediato porque si llegas a ese estado, es porque llegaste al estado donde no puedes respirar sola. Donde respiras con ventilador artificial. Para resistirlo te dan todo tipo de remedios que te drogan y te trasladan a otros mundos. Uno alucina. Ve estallar una burbuja roja, que después se transforma en amarilla, verde y morada. Yo, cada noche, alucinaba que estaba en una cantina de los años cuarenta, y que debía arrancarme porque me querían reclutar. Veía zorros de bigote negro curvado y corbatín. Todos llegaban prometiéndome cosas, con ánimo de estafarme. O a veces me visualizaba reptando en el suelo de baldosas blancas de la cocina, bajo la mesa, intentando contar las hormigas que corrían tras una lata de salsa de tomates de tarro, desparramada. De verdad creía que iba a morir. De verdad creía que debía hablar con alguien porque estaba siendo víctima de una conspiración. Cómo no podía hablar, pedía una hoja y un lápiz para comunicarme. Pero como no me lo daban, se agudizaba más aún mi paranoia. Comencé a creer, en serio, que era víctima de una conspiración. La bacteria asesina, asesina tu voluntad. Tus creencias. Fue difícil derrotarla. Los médicos lo hicieron, (los mismos, que según yo, manejaban una cantina). Cuando me sacaron los tubos, comencé a decir cosas inconexas. A veces pensaba que estaba en una película. A veces pensaba que habría preferido morir víctima de una sobredosis de heroína que de una bacteria. Pero en lo que más pensaba era en mis hijos. Quería ver su mayoría de edad. Salí de la clínica y negué todo. Me negué a escribir el libro de autoayuda, tipo "vi la luz y ahora le hallo sentido al sunset". Darle sentido a un sunset no depende de la muerte, sino, de la vida. Active el Tinder. La verdad, nunca lo tuve desactivado. Conocí a alguien. En la primera cita pensé que era como un remedio. Me dije que me iba a costar tomarlo pero, que una vez que lo hiciera, me iba a hacer bien. Mentira: la gente que te gusta debe ser como el chocolate, a la primera mascada, o sino, no. La gente cuando se pasa en una UCI cuatro semanas, vuelve a tener cuatro años, así que paciencia. Volveré a escribir de esto en otro insomnio, por el momento, nada: la vida. Leo Marcazzolo Obras creadas con bacterias Agar Challenge - Microbe Art Competition - American Society for Microbiology
- No sabemos lo que puede un cuerpo
O por qué conviene imaginar el fin del mundo en vez de (y para producir, si queremos) el fin del capitalismo. ¡El canto de los cielos, la marcha de los pueblos! Esclavos, no maldigamos a la vida. A. Rimbaud, "Una temporada en el Infierno" Si hay algo que siempre me ha parecido fascinante de la ciencia ficción es ese gesto simultáneamente futurista y regresivo con que intenta sintetizar modernidad y obsolescencia, un oxímoron de historia y especulación. Por mucho tiempo aluciné con las visiones espaciales de "El Capitán Futuro" (1980, 'donde siempre ocurre lo inexplicable') o "Espartaco y el Sol Bajo el Mar (1985), donde una antigua civilización avanzada escapa de un Gran Cataclismo y acaba refugiada en lo profundo de la corteza terrestre, al abrigo de un Sol artificial. Pero cuando de niño conocí estas historias, a mediados de los ochenta, habían terminado hacía tiempo los años mozos de este género literario, por lo que seguramente mi fascinación personal tiene poco que ver con el impulso entusiasta que llevó a sus autores a imaginar mundos futuros, formas de vida extrañas, otras leyes de la Naturaleza, estados alternativos de una humanidad cuya ciencia parecía arrebatarle de vuelta el fuego a los dioses. Lejos ya de esas épocas, hoy pareciera como si la idea misma de futuro fuera una cuestión retro, donde todas estas visiones del porvenir no son ya motivo de asombro sino más bien de una cierta nostalgia, un cansancio, un dejo de pena o dolor similar al de la vejez. Pienso que quizá esta suave tristeza sea el síntoma de algo más generalizado cuando queremos adentrarnos en alguna especulación sobre el tiempo: la constatación de que no tenemos futuro. Por cierto, hay que tomarse con cuidado este tipo de diagnósticos. Ya hemos tenido suficientes fines de la Historia, Armageddones, Terminators y Juicios Finales: en nuestro contexto mediático y cultural aún las más nítidas visiones de toda clase de desastres acaban transformadas en un espectáculo, y lo espectacular, en condición de posibilidad del ver. Pero como nunca antes, esta banalidad convive con una catástrofe climática cada vez más evidente, donde la desorientación política aumenta en la medida que vamos constatando que la promesa del progreso indefinido no es, ni fue nunca, factible. Lo que se instala entonces es un horizonte apocalíptico ineludible pero contradictorio, palmario e imperceptible, farandulero y trágicamente inimaginable. Un apocalipsis que no sabemos ver porque, como dice Mark Fisher, este mundo quizá ya no termine en un golpe seco sino desmoronándose gradualmente en un cataclismo lento. Merodeando entonces los márgenes de esta visibilidad es que se estructura la muestra Es Mejor Imaginar el Fin del Mundo que el Fin del Capitalismo, un conjunto de pinturas y obras gráficas que ponen en escena la cuestión de lo apocalíptico en dos versiones, a la vez antagónicas y complementarias, ocupando las dos salas superiores del museo. El título es una sutil inflexión de la célebre frase que se atribuye tanto a Frederic Jameson como a Slavoj Zizek de que "es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo", la idea de que hemos naturalizado a tal punto las condiciones de vida establecidas por el actual orden económico global que nuestro sentido de lo posible o, mejor dicho, de lo imaginable, es incapaz de concebir otra alternativa. Pero justamente porque hemos hecho del apocalipsis una cuestión rutinaria, casi trivial, la invitación de esta exposición es a reavivar nuestra capacidad imaginante recurriendo precisamente al extenso y paradójico acervo visual que la cultura occidental ha producido en torno a la visión del fin de los tiempos, y explorar los ecos de esa memoria ancestral sobre la trama de ciertos problemas actuales: la saturación mediática, la superstición tecnológica, la estandarización perceptiva, la infertilidad de una cultura subordinada al mandato predictivo de los algoritmos, y cuyo futuro quizá sólo le depare una serie interminable de reiteraciones, pastiches y revivals. Con un montaje simultáneamente teatral y archivístico, esta exposición busca entonces articular dos modos o estados de lo apocalíptico para deshacernos de los clichés y lugares comunes que lo rodean y poder reimaginar la historia del mundo y el porvenir de sus finales. Al modo de El Jardín de las Delicias, de Hieronymus Bosch, ambas salas de la exposición funcionan como aquel panel en su doble dimensión, como artefacto gráfico y pictórico que permite desdoblar nuestra mirada mediante las imágenes de su propio fin, no sólo como tragedia sino también como revelación. Adrián Gouet “Es Mejor Imaginar el Fin del Mundo que el Fin del Capitalismo” MAVI UC - Museo de Artes Visuales Santiago - Chile 6 de abril - 18 de junio de 2023
- María Moreno, escritora argentina:“Las palabras de la política te cagan el estilo”
Feminista que se ríe de sus problemas de identidad, cronista que reniega del boom de la crónica, María Moreno sólo está segura de una cosa: todo va a salir mal. Pertenece a la vieja escuela de periodistas autodidactas formados a la sombra de la dictadura y al calor de las conversaciones en bares y talleres improvisados. Por eso ha escrito sobre casi todo en un estilo que no se parece casi a nada, aunque eso se lo deba a muchos. “Es tal vez el mejor de los narradores argentinos actuales”, afirmó sobre ella Ricardo Piglia. Rescatamos esta entrevista publicada por The Clinic en 2014, cuando la escritora participó en la versión santiaguina de la Filba. No le hace gracia salir del hotel para hacer las fotos de la entrevista. “Soy de bajo tierra, no veo el sol”, se queja. Pero conoce el ritual y coopera. Hace más de tres décadas que María Moreno (Cristina Forero para la ley) escribe crónicas en diarios y revistas, pero también ha hecho escuela propia como entrevistadora. Su técnica es “parecer boluda” y casi no hacer preguntas. Su fobia, que el entrevistador transcriba “muy buena tu pregunta”. “¡Eso me indigna! Yo, por un tema de elegancia, hago que el entrevistado me humille”. Suena a mujer brava y algo de eso hay, pero no le quita lo tímida. Lo supo un día el escritor José Bianco, quien a fuerza de humillar a la chica extravagante de pelo rizado y zapatos con plataforma que lo estaba entrevistando, la vio desmayarse frente a sus ojos. Han pasado unas décadas, pero todavía le aterra hablar en mesas redondas y ser entrevistada. Experta en llevar a la página la oralidad ajena, desconfía de la propia. “Me siento súper expuesta porque sé que puedo hablar de más, pierdo la noción de la escena. Pero ya que crucé la cordillera, ¡que la violación sea completa!”, dice dispuesta a comenzar la entrevista, aliviada, en realidad, porque acaba de cumplir con su última actividad en la Filba y sus nervios pasaron la prueba. ¿Vale la pena ir a escuchar en persona a los escritores que uno lee? En general no, salvo por el cholulismo de ver el fetiche cerca, qué sé yo... El escritor profesional tiene un ritual público que no suele ser interesante. Mi historia personal estuvo ligada a escritores a los que conocía físicamente, pero en los años 70, que fueron una época de bares. No había una diferencia entre el tipo al que leía y el que estaba en la mesa del bar. Te formaste en un periodismo literario que pasaba mucho por esa conversación de bares, pero dices que el tipo de crónica que salía de ahí ya no es posible. Lo que ya no es posible es aquella formación no académica, autodidacta, que en realidad no era formarse solo sino formarse en todas partes. Esa cultura era muy de la época, con un Enrique Raab, un Rodolfo Walsh, que tenía el secundario incompleto... Gente que tenía maestros a los que elegía, no los de la universidad, pero donde la ciudad en sí misma era una gran usina para aprender. Había muchos centros de pensamiento, talleres de formación, los mismos grupos políticos clandestinos tenían escuelas de cuadros. Había tipos como Sciarretta, que era un maestro oral increíble de marxismo, los grupos del psicoanálisis también eran muy importantes. Por eso todos tenían saberes diversos, eran entre comillas cultos, ¿no? Eso para mí fue un caldo de cultivo y sobre todo a través de la palabra oral. Debo muchísimo a las conversaciones en los bares. Y el paso de los saberes desde el bar a la academia, ¿es una involución? No, simplemente hay un montón de elementos que lo hacen imposible, porque además eso se daba en el marco de unas izquierdas revolucionarias que perdieron. ¿Pero no es una pérdida que ya no se cultive esa transmisión oral de los saberes? Eso sería decir “mi generación propuso un cambio que fue pervertido”, y no me animaría a decir eso. Ahora más personas escriben y tienen menos autoridades encima, fundan sus propios espacios en internet... Lo que podría decir es que ahora, un periodista que va a hacer una nota a la villa, ¿qué hace? Toma testimonios. Pero no trae detrás, como podía traer un Walsh, nociones más amplias sobre ese espacio: una historia de las villas miseria, una historia del discurso popular. Ahora agarrás a una travesti, que además le falte una pierna, y que además sea nazi, y ya: tenemos una nota. Pero la crónica está de moda. Sí, está de moda, pero es un blef [bluff]. Mejor dicho, es en gran parte una construcción reciente de la academia norteamericana. Ella que valoraba el gran género, el género pija, que es la novela, de pronto tenía que encontrar otra cosa, entonces transformó a la crónica en un valor. Y un montón de periodistas que redactan, cosa que en cualquier otro momento hubiera sido lo mínimo para pedir, ahora se consideran cronistas. Ahí soy medio jerarquista, creo en la crónica literaria, la que hacían Darío, Vallejo, y que tuvo una función importante en la invención y formación de las ciudades modernas en Latinoamérica. ¿Esa crónica sobrevive cuando te van a leer desde un teléfono? No tengo idea, no pienso en eso. Yo he estado recontra formateada por cada medio, pero para mí no hay una “zona pura” que no esté formateada por los medios. Escribo en medios y siento que siempre hice lo que quise. Aparte siempre trabajé en lugares como Página/12, donde se podía esperar que hubiera un discurso literario. Has dicho que la censura de la dictadura influyó mucho en tu estilo, porque forzaba a sugerir más que decir. Sí. Como había un cerco informativo, las redacciones culturales de pronto se convirtieron en un laboratorio literario. Pero eso lo voy viendo ahora, en el momento no me recuerdo teniendo un pensamiento escondido detrás de ese estilo. Simplemente era un estilo menos afirmativo, gozoso quizás, donde por ahí importaba más el ritmo, la forma, que el sentido. Se valoraban modelos que ahora serían insoportables, como describir a alguien y recién a la página decir el nombre. Y cuando aparece la democracia, creo que empeora mi literatura, ¡ja, ja, ja! ¿Por qué? Porque el retorno de los discursos políticos me hace entrar en diálogos donde necesito decir cosas, más que esa experiencia formal. Muchos amigos me dicen que escribía mejor antes, porque ahora todas las palabras terminan en “ción”. En algún texto definías tu estilo como “empapado en purpurina barroca con un fleco de jerga psicoanalítica, otro de materialismo dialéctico pop y otro de feminismo fashion, más algunas motas de argot farandulero y tartamudeo histérico". Es que a mí me gusta lo plebeyo. Uso los saberes de la cultura tradicional, pero sometidos a la contaminación de algo muy plebeyo, lunfardo incluso. Lemebel se reía de los nuevos discursos de la diferencia que usan palabras como “heteronormatividad”. ¿Te simpatizan esos movimientos? Por supuesto que me simpatizan, he trabajado con ellos, y por supuesto que las palabras de la política, como “heteronormatividad” o “desterritorialización”, te cagan el estilo. Yo no las uso y creo que Lemebel tampoco, hay otras maneras. En los tiempos de la izquierda tampoco usaba “enajenación”, ni me gustaba decir “clase”, todo eso me parecía jibarizar una cabeza. La izquierda nunca pensó más allá de sus dicotomías y creo que todavía no se articula con nuevos sujetos sociales, como las travestis, los gays… El pensamiento subjetivo sigue siendo lo que le falta. Lo incorporó como mercado, pero nunca hizo realmente el cruce entre políticas de la vida cotidiana, sexuales, etc., con la política-política. “SOY TRANS” Moreno, el apellido, se lo robó a su marido de entonces. Habrá sido una broma, pero bien resume su relación de ida y vuelta con los géneros. Desde los años 80 viene fundando suplementos y revistas feministas, además de El Teje, el primer periódico travesti latinoamericano. En “La pasarela del alcohol”, de las pocas crónicas en que se confiesa o aparenta hacerlo, aclara: “Las encuestas registran que mis ex amantes varones me consideran heterosexual y mis ex amantes mujeres, lesbiana. Pero es evidente que unos y otros están jactándose”. ¿Sigues siendo feminista? Sí, claro, aunque siempre fui una feminista independiente, no una afiliada. Digamos que me siento más cercana al feminismo de la diferencia que al de masas. Por supuesto que defiendo el aborto legal, la igualdad de derechos y acompañé esos procesos jurídicos, pero me descorazona que todo se reduzca a una demanda de reconocimiento y una resolución jurídica. Tiene que haber derecho al chalecito, casarse, lo que sea, pero eso no me parece interesante. Creo que los movimientos feministas y gays trataban de pensar otra forma de vida. ¿Ese cambio no llegó? A lo mejor sí, porque tendemos a traducir lo nuevo a lo mismo y no es lo mismo, hay que mirar mejor. Yo creo que a todas estas nuevas familias, con una caída o redibujo del Edipo, todavía no las podemos mirar en lo que puedan tener de subversivo. Falta tiempo, son experiencias frágiles y todavía muy ligadas al reconocimiento jurídico. ¿A ti te llama lo trans? Te diría que soy trans. Pero soy trans mucho más allá de lo sexual, tengo problemas con la identidad en general, me equivoco con las puertas de los baños… Bueno, ya cambiar de nombre es correrse de la identidad. Lo que me llama de lo trans es empezar a escuchar nuevas novelas, pero fuera del formato jurídico y fuera de decir “heteronorma”, obvio. Por ahora prima el discurso del reconocimiento, me parece que la literatura va a aparecer más tarde. Es como la dictadura: el primer discurso se dedica a encontrar a los asesinos, a denunciar la tortura. Pero pasan los años y aparecen discursos desde lugares donde el enemigo ni siquiera participa, como Eduardo Jozami, un ex preso político que sacó su libro de memorias y cuenta que en prisión, al quedar eximido de sus deberes revolucionarios, pudo reconocer un deseo: quería ser escritor. Se hace escritor en la cárcel. Pienso que eso va a suceder también con estos grupos que hoy demandan reconocimiento. ¿Te provoca alguna fascinación que los géneros y las identidades se desdibujen? A mí no me provoca fascinación nada. Pero nada, ¿eh? ¿Por qué? Porque soy más bien escéptica. Creo en lo que decía Freud sobre la educación de los niños: se haga lo que se haga, va a salir mal. Y ya que va a salir mal, ¿no hay un placer en contemplar cómo las identidades se vienen abajo? No, lo que me provoca es una risa. Una risa de saber que todo se aburguesa, que un matrimonio sadomasoquista tiene un discurso más burgués que nadie sobre la pareja. Una risa de todas estas necesarias ilusiones, necesarias estrategias, y saber que siempre va a salir mal. O sea soy escéptica de... qué frase patética, pero soy escéptica respecto de la humanidad en general. Pero sí creo en los momentos fecundos, que son aquellos en que parece que hay algo que no se va a cristalizar. Hay de esos momentos. ¿También eres escéptica respecto del sexo? ¡Pero si es un gran mito! Yo creo que dentro de unas décadas se van a morir de risa de que estábamos todos enajenados al sexo, que era la gran coacción, el gran deber ser. La gente no va a dejar de coger, pero esto de que el sexo es salud, que el sexo marca tu identidad, que el sexo es el bien, eso se va a volver totalmente irrisorio. Porque no es libertad sino todo lo contrario: son todos unos cuáqueros, pero que en vez de evitarlo tienen que cumplirlo. Incluso en estos grupos liberados algunos tienen más goce de identidad que goce de partenaire. ¿Una sexualidad reivindicativa? Yo no creo que el saber modifique esas conductas. El matrimonio igualitario generó salidas del clóset, sin duda, pero los fantasmas sexuales se mantienen a pesar de las leyes. La angustia de ser sexual, la angustia de tu feminidad, del rollo que tengas ninguna ley te libera. Tampoco creo en esa otra pavada de que la prohibición favorece el goce, pero las chicas de los 70 sabíamos cómo no embarazarnos y sin embargo nos embarazábamos… Parece que todo el tiempo hay algo que se escapa, no somos máquinas enteras ligadas a la voluntad. ILUSIONES Y ÉTICAS El año 2001, en pleno fervor de la crisis política argentina (“que se vayan todos”), María salió a la calle a capturar voces. Entrevistó a intelectuales, dirigentes obreros, arregladores del mundo. De esos registros emergió mucho después La Comuna de Buenos Aires, un libro tardío que, sin quererlo, resultó incómodo. ¿Por qué necesitaste salir a escuchar en ese momento? Esa fue una trama medio personal, porque yo estaba en una situación muy mala y aparte mi madre estaba muriendo, además por alzheimer, algo justamente relacionado con falta de memoria. Y yo estaba tomada por voces interiores, por así decirlo, y necesité salir a ser atravesada por otras voces. Así que fue poco política mi intención. Al recoger voces de tanta gente, ¿descubriste algo que no podías intuir desde tu casa viéndolo por la tele? No, para nada, es un registro de testimonios y siempre hay una posición ya tomada por quien va a registrar. Lo interesante, cuando lo publiqué mucho después, es que quedó como un documento de mil formas de ilusión, pero nadie que habló en esa época quería decir “yo me hago cargo de eso”. ¿Por qué? Porque considerando lo que sucedió después, no hubo ahí ninguna claridad en el análisis político. Lo que había era una explosión popular y una esperanza en la izquierda de conducirla, pero nadie supo ver lo que venía. Y te diría que a muchos no les gustó que lo publicara, tuvieron pudor de lo que habían dicho. Pero el 2001 también hubo de esos momentos fecundos, que no tienen por qué capitalizarse, como la señora de derecha que salía a la calle con un discurso que dejaba corto a cualquier troskista. Esa experiencia valió por sí misma, no creo que hubiera que ordenarla y capitalizarla. Has dicho que la crónica asumió un “deber ser” político y dejó, por ejemplo, de cubrir a las clases altas. Sí, el progresismo copó la cultura y hay un prejuicio sobre cubrir ciertos lugares. Es una pena, porque los ricos y sus espacios de privilegio son algo interesante, además se están muriendo grandes conchetos con vidas impresionantes. Aparte, contar eso mismo puede hablar de lo otro, por contraste, ¿no? Pero hay un prejuicio, hay un pobrismo en la crónica, una debilidad por el “sujeto otro” marginado. Esa tradición justiciera está bien, pero lo otro también está bien. ¿La ética se volvió una impostura? Depende, porque también hay distintas éticas. Cristián Alarcón, por ejemplo, ha hecho en las villas de Buenos Aires lo que él llama “crónica en sumersión”, y no es que se pase al otro y pretenda estar de su lado, pero sí, por ejemplo, una narcotraficante que fue clave en una de sus investigaciones le encargó que fuera padrino de su hijo. Eso me parece bien: no usar y rajarte, hacer algún tipo de transacción. Pero mis ejemplos son investigadores que trabajan años, no el chico que va a la villa una sola vez y después hace su nota del “cronista en peligro”, que es el clásico. Me parece que son éticas diferentes. ¿Has creído en la idea de “darles voz a los sin voz”? Es que esa es una expresión desgraciada, porque los “sin voz” tienen voz. Yo trabajé en una cárcel de varones, en Ezeiza, y mi laburo con ellos tenía más que ver con hacerles reconocer lo que ya sabían que con transmitirles algo. Lo que sabían de las cárceles, de hospitales, pobreza, villas… El proyecto era que ellos escribieran, eliminar al caficho que va y le pone un grabador al otro. Fue un fracaso, por supuesto. ¿Por? Porque hay algo obvio: valorar la escritura y la autoría es algo nuestro, lo que ellos quieren es escapar de la cárcel. Al hablar hacían unos textos increíbles, criticaban “Los asesinos” de Hemingway desde su punto de vista de asesinos, o yo les leía un relato de Lemebel donde un asaltante lo perdona y ellos se acordaban de cuando le perdonaron la vida a alguien. Pero eso tenía un valor de texto en mi oreja, ellos hubieran preferido que yo fuera Moria Casán y los llevara a la tele. De hecho el delito en muchos de ellos venía del deseo de fama. Querían ser reconocidos como autores, pero de delitos. Si uno quiere descubrir algo que no sabía, ¿siempre conviene buscar criminales, locos, alcohólicos? No creo, hay locos con discurso de psiquiatra y los asesinos suelen ser de un moralismo extremo. Lo que yo veo es que a medida que se niega la experiencia, como en toda una batería de teorías recientes, al mismo tiempo hay una nostalgia tremenda de la experiencia. Y lo que vos decís lo veo como un síntoma de eso. Se lee a Lamborghini, pero se lo consume, se lo canibaliza como “vida intensa”. Y la vida intensa es la misma de siempre: sexualidad disipada, drogas, suicidio. Es un mercado del otro, de la intensidad, que sigue gustando. Tú escribes en primera persona. ¿Cómo te llevas con el desprestigio del yo? Es lo que te digo: están todas estas teorías de desprecio por el yo y sin embargo la gente come yo, canibaliza yo, desesperada. Interesante, ¿no? Es un síntoma. ¿Tu “yo” es confesional? No, tengo una apariencia confesional pero es absolutamente construido, no es hablar de mí, para nada. Yo digo “yo” estratégicamente. “La pasarela del alcohol”, donde hablas del alcoholismo, ¿sería una excepción? Sí, pero es un texto donde el alcohol es una contraseña, en realidad es sobre mi generación, esta vida de los bares que te decía, una especie de conjunto de retratos. Y tiene un artificio extremo, muchas teorías internas, es demasiado trabajado para decir que viene de la expresividad de una confesión. Aunque va a ser leído así. Ese es el punto, ¿no? La gente come intensidad. Yo escribí un montón de cosas, pero prefieren recordarme entrevistando a una master sadomasoquista. Y ahora les gusta este texto. Lo que dices en ese texto, ¿lo dirías en una entrevista? No, pero puedes poner que estaba borracha, ¡ja, ja, ja! Y no sería tan falso porque me tomé un whisky después de la presentación para bajar los nervios, porque para mí es una angustia total. Pero no llevaría el tema del alcohol a lo oral. Creo que hay que leerlo como una operación literaria y dentro del libro. Te podría hacer ese show, pero prefiero que no. Por algo necesité ponerlo en un libro. Además, soy muy consciente de cómo se construyen los espacios para ser leído. Mi manera de integrarme al espacio cultural ha sido el lugar de la extravagancia, y el alcohol también forma parte de eso. Si no ocuparas seudónimo, ¿tus libros dirían lo mismo? No, no creo. Yo me muevo con María Moreno como si fuera un personaje, y puedo diferenciar lo que ella dice respecto a lo que diría yo, o sea Cristina Forero, que ya no existe.
- Pasión y muerte de la historia
Prolífico autor de ensayos y artículos periodísticos donde la filosofía y la teología van de la mano con un análisis de la contemporaneidad, Sergio Fuster (Argentina, 1965) es licenciado en Teología (ISEDET) y en Ciencias de la Religión (1995-1999). Docente en Universidades e Institutos privados de larga trayectoria, sus ámbitos de estudio son el Antiguo Testamento, la Filosofía y la Historia de las Religiones, pero siempre acercando lo clásico a la actualidad. Fuster tiene la capacidad de explicar lo complejo de manera simple. Podría decirse que es un divulgador de la teología y la filosofía. A sus clases fuera del ámbito académico, asisten curiosos que quieren saber más sobre los asuntos existenciales Esos que nos desvelan a todos: ¿cómo surgen las religiones? ¿Existe la muerte? ¿Y Dios? ¿Qué es, quién es? ¿Podemos dejar de creer? Entre 2013-2019 editó y dirigió la revista digital: “Los Tiempos Nuevos”. En 2016 participó en el congreso mundial de Pensamiento Complejo: “Los desafíos de la globalización”, UNESCO, París. También fue columnista del programa “Acá estamos” (Más allá de la caverna) emitido por radio Municipal 89.5. (2020-2021) y desde 2019 participa del programa “En contacto” emitido por radio Simphony 91.3. Actualmente es parte de la redacción de la “Revista Histopía”, escribe en el diario “La Gaceta Mercantil” y en el suplemento cultural del diario “Perfil”. Tu último libro Pasión y muerte de la historia acaba de publicarse, supongo que lo escribiste durante la pandemia. En realidad, mi libro Pasión y muerte de la historia lo escribí un año antes de la pandemia, es solo que no se publicó hasta ahora por razones editoriales. Como podrás ver no hay ninguna referencia a este suceso viral, ya que no me pareció necesario agregarlo. Igualmente, no veo que modifique mi tesis central sobre “la muerte de la historia”. Me interesa lo que decís en el prefacio sobre la historia como construcción, como un discurso que es de todos y no es de nadie. Un discurso que va tejiéndose con distintas miradas. Por un lado se me ocurre que con las redes sociales, son muchas más las voces que pueden participar de esa construcción discursiva, y por otro lado, no puedo dejar de pensar que la historia es también el relato de los que pueden contarla, ¿no? Y, en este sentido, ese poder de contar está vinculado al poder de turno, a la ideología dominante en un momento determinado. Pienso que la historia es una edificación colectiva y, desde luego, subjetiva. No hay nada como una “cosa” externa llamada “historia”, como postula generalmente el marxismo. Precisamente por eso que comentás, lo que han hecho las redes y el mundo de la comunicación masiva digital no solo aporta una multiplicidad de perspectivas, sino que, precisamente por ello hacen imposible el pensar una historia lineal unívoca. La pluralidad de historias inmediatas, por su fugacidad, dan la sensación del “no tiempo” y, como tal, pareciera que no pasa nada trascendente, o lo que pasa no se recuerda en las consciencias colectivas: Facebook, TikTok, Instagram y otras plataformas similares no construyen memoria, sino momentos insustanciales, donde todo transcurre de modo líquido e infinito. Por lo tanto, más que en un cambio de la época, creo que da para pensar en un deceso de la historia. Con respecto al poder y al uso del control, indudablemente, ahora las “sociedades disciplinarias” son mucho más eficientes que antes. No solo hemos perdido la historia, sino que hemos perdido nuestra capacidad de observar en función de querer ser observados. Es cierto que hay una tiranía de los grandes medios de comunicación como constructores de la realidad, pero también hay una tiranía del yo, donde el poder ha pasado al individuo como creador de sus propios contenidos y aquí se pretende una exacerbación de sí mismo, y justamente por esa necesidad de aparecer en una pantalla, también hay una des-habitación del sujeto. Pienso también en la memoria como construcción y en la memoria no solo como construcción de la historia, es decir del pasado como narrativa, sino de la memoria como construcción de los sistemas de creencia, de las religiones. ¿Qué podés decir sobre esto? En cuanto al concepto de memoria, esto también está en riesgo. Veo en esta situación a una sociedad víctima del olvido, de lo pasajero, por ello hay una necesidad imperiosa de fundamentos, de una moral clara, de referentes. Y esto es precisamente la razón por la cual buena parte de la población los busca en escapismos mitológicos: para resguardarse del olvido. Mito y recuerdo se retroalimentan. El retorno a la escena mundial de los fundamentalismos religiosos parecen ser un síntoma de ello, asimismo los proyectos políticos que reivindican los orígenes sagrados para legitimarse y constituir totalitarismos cuasi-teocráticos. Por ello, la necesidad de recordar y de ser recordados lleva a las masas a un retorno a lo religioso, que no siempre está expuesto, sino que a veces está enmascarado. Recuerdo a George Steiner y su libro Nostalgia del absoluto, donde sostiene que frente a la caída de los grandes sistemas de creencia nacen las metarreligiones, sistemas alternativos que pueden generar la misma dependencia que las religiones tradicionales pero que no siempre tienen un sustento (un andamiaje teórico, si se quiere) o una larga tradición. Hoy, en la pospandemia, ¿son las religiones o las metarreligiones las que tienen más peso? Sí, no solo están de regreso a los viejos dioses, sino que la falta de sentido se reemplaza con “metarreligiones”: tales como el dinero, la acumulación de capital informático y, por supuesto, la fe en la ciencia y en la tecnología, como si estas nuevas divinidades nos fueran a traer la ayuda buscada. Vos mencionabas a la pandemia, fíjate que quien nos ha salvado no han sido los dioses del mito sino los laboratorios farmacéuticos. Recuerdo cuando se celebró la Pascua en el Vaticano durante la cuarentena en completa soledad bajo un cielo tormentoso, parecía una escena apocalíptica. A pesar de las plegarias a las estatuas los dioses nada pudieron hacer para salvarnos, lo hizo precisamente la ciencia, la tecnología de punta y, desde ya, una gran inversión financiera. Pero, por otra parte, la pandemia nos puso sobre la consciencia la realidad de la muerte, del desamparo ante lo desconocido, ante una plaga similar a las que Dios le envió al faraón de Egipto. La cercanía con la muerte revive la espiritualidad, sin embargo, pronto se olvidó, como todo, fue fugaz. No creo que este suceso viral cambie algo en sentido religioso, o tal vez agregue a lo sanitario como otro medio de redención. Todo es reciente. Esperemos a ver qué pasa. ¿Qué lugar ocupa el mito en las religiones? ¿Y cómo opera en la configuración de la fe? Tenemos una parte interna del ser que es irracional y el mito se nutre de ello. El mito es esencial, es un recurso narrativo existencial y dador de sentido. Es decir, viene en nuestro auxilio cuando otros procedimientos son insuficientes. No hay experiencia religiosa sin mito. En el mito tenés que creer: por ejemplo, creer que Dios se le apareció a Moisés en el Sinaí; o que Jesús resucitó; o en que un ángel habló con Mahoma. Nunca habrá una prueba histórica ni científica de lo sobrenatural. Tampoco el devoto la requiere. Esta forma de creer en lo imposible es lo que sostiene el andamio de la fe. En el primer capítulo hablás de la necesidad de encontrar una nueva manera de considerar los tiempos históricos. Tenemos los siglos, tenemos la clasificación según el orden que domina (la globalización, por ejemplo), tenemos también propuestas más filosóficas (como la posmodernidad o ahora la posverdad) y ahora se suma la dimensión sanitaria: el mundo pre y pospandémico. En contraposición a las explicaciones “aplastantes” de las que hablaba Amos Oz, ¿cuál te parece que podría ser la mejor manera de pensar el tiempo? Indudablemente tenemos que hallar una manera de repensar el tiempo. No acuerdo con Nietzsche ni con Foucault cuando dicen que “no hay hechos, que solo hay interpretaciones”. Los hechos existen, son, y también existen las interpretaciones. Lo que pasa es que la cantidad de información acumulada en estos últimos treinta años solo ha propiciado que todo se perciba como pasajero, de gran impacto mediático en el momento, y en poco tiempo todo se diluya. Cuando todo es global no hay percepción de duración. Según mi opinión la historia ha muerto, en el sentido hegeliano marxista, ha muerto porque no hay trascendencia de ningún acontecimiento, todo pronto se esfuma en función del siguiente suceso y así. Es cierto que la pospandemia hará que se modifiquen algunas conductas y, por supuesto, para muchas personas que han perdido a seres queridos o hayan sufrido algún revés psicológico esto será un referente, pero no parece que sea un acontecimiento tal que resucite la idea de la historia. La historia la hacen los hombres y esto fue un suceso natural. Yo lo que trato de plasmar en mi tesis es que es necesario recuperar una nueva manera de entender la época, de escribirla, por la sencilla razón que sin historia clara no hay sujeto visible, y sin sujeto no hay posibilidad que nuestra civilización salga adelante. Me gustaría que me cuentes a qué te referís cuando hablás de “acontecimiento absoluto” y “acontecimientos gravitacionales”. Los “acontecimientos absolutos” son aquellos que marcan un suceso indeleble, un punto eje, un espacio de no retorno. Una huella. Un trauma global. Lo comparo como una vivencia mística colectiva. Lo gravitacional serían todos aquellos hechos que no serán recordados, pero son necesarios para que confluyan en el hecho absoluto. Como el viento que gira alrededor del ojo de un huracán. Existe cierta tendencia generalizada a asignarle a esta era el nombre de “posverdad”, una época donde pesan más las emociones, las creencias y las opiniones que la razón, los hechos comprobables o la evidencia. En tu libro hablás de “la diosa razón”. ¿Cómo ves esta época, qué rol ocupan las creencias personales o las de ciertas tribus que se erigen conocedores de “la verdad” como algo absoluto? Y respecto de esta idea de verdad como algo “revelado”, ¿qué opinás sobre la cancelación, hay espacio para el que piensa distinto? Justamente este tiempo (o no-tiempo, como quiera que se le llame) es el de la muerte de la verdad. Nada de lo que ocurra podemos estar completamente seguros de que sea tal cual nos lo cuentan. Estos son los “acontecimientos gravitaciones”. Cada uno tendrá, no solo su perspectiva, sino su verdad alterna, aquella que construye ideologías cerradas y no permite el diálogo con el otro. Cada quien tiene su idea de Dios, su idea de lo que pasa después de la muerte (si es que algo pasa), asimismo su preferencia política y su cosmovisión. El problema es que estas cosas suelen constituirse como ideologías absolutas. No prima la razón, sino la creencia ciega. Hay algo de religioso en ello, en creer en supuestas realidades que la prueba nos dice que no es así, pero, a pesar de ello se cree. Yo llamo “mitopolítica” a la creencia en la divinidad de algunos lideres políticos, en la construcción de su santidad, donde no hay espacio para la reflexión sino para la totalización del sujeto en función de un proyecto colectivo irracional. Esto lleva a cancelar al otro. El cristianismo ya nos hablaba de creyentes y paganos, el Islam de fieles e infieles, convertir o destruir, nunca consensuar y abrirse al otro. Opino que así no lograremos constituir una sociedad más justa. No tengo mucho optimismo. ¿Se puede dejar de creer en algo? ¿Son las creencias fenómenos flexibles? Sí, claro, aunque no es lo habitual. Toda creencia lleva en sí el germen de la duda. Por eso la fe ciega posee cierta inseguridad. Dichas inseguridades tienden al totalitarismo y a la violencia, a silenciar al otro, precisamente por su debilidad. No hay flexibilidad en la ceguera de la creencia, hay cerrazón, solo hay flexibilidad en el amor. A partir de aquí podemos empezar a hablar. ¿Nos podés contar qué es el transhumanismo? El transhumanismo es la postura de que se puede mejorar al ser humano a partir de la tecnología. La mitología cíborg es propia de ella. Si bien es cierto que la medicina ha adelantado mucho para bien a través de prótesis y diagnósticos por imágenes, el transhumanismo va más allá. Piensa que es posible que el hombre deje de ser lo que es, un ente natural para pasar a ser mitad máquina y mitad humano. Más allá de las opiniones al respecto y de sus posibilidades reales, considero a la idea en sí muy peligrosa, porque hablar de un hombre superior implica que habrá otros estados ontológicos, es decir, subhumanos: ya todos sabemos las consecuencias que tuvieron en los fascismos del siglo XX. Pienso que hay que tener cuidado ante estos tipos de filosofías que ponen en juego los valores de la ilustración. Me gustaría saber si existen trabajos sobre cómo opera la tecnología en los sistemas de creencia. ¿Las nuevas tecnologías, como las redes sociales, promueven la necesidad de creer en algo o la diluyen? Posiblemente a raíz de esto sucede un fenómeno muy singular. Por una parte, las redes sociales y este nuevo fenómeno comunicacional diluyen la posibilidad de hallar una verdad objetiva; sin embargo, por otra parte, acentúan la cristalización parcial de una verdad propia, hecha a su medida, subjetiva. Como vos decías, se crean “tribus”, cada una defendiendo una realidad paralela. La verdad, aún contra su naturaleza, adopta un carácter plural. Pero detrás de este fenómeno social, se está constituyendo otro fenómeno que es cuasi religioso: las nuevas tecnologías se están configurando poco a poco como un nuevo Dios. Yo hace un tiempo publiqué un libro llamado El Dios digital. La Internet cumple un papel divino: es omnipresente, está en todos lados mediante las redes de wifi, es omnisapiente, no hay nada que Google no te responda, y es omnipotente, la técnica te hace creer que todo lo puede. Por último, ¿estás trabajando en algo nuevo? Estoy por publicar un libro sobre historia de las religiones, es una compilación de mis clases dadas en los últimos veinte años, pero hace poco incursioné casi por casualidad en el periodismo. Estoy, siempre desde la reflexión, publicando columnas de opinión en algunos medios, como en “La Gaceta Mercantil” y en el diario “Perfil”. Esto requiere un desafío: tratar de hacer una meditación más pausada en medios que requieren de mucha celeridad. Veremos. Qué está leyendo Sergio Fuster: Por hábito siempre leo la Biblia y también los textos védicos. A pesar de que me interesan temas de filosofía, psicoanálisis y de pensamiento político, nunca abandono las fuentes de los textos sagrados. Estoy leyendo, además, una obra de Luis Farré sobre Filosofía de la religión y últimamente me está interesando bastante la obra de Spinoza tratada en el libro de Jonathan Israel La ilustración radical. Libros de Sergio Fuster: La fe según los textos bíblicos. Ed Bubok. (2009). La religión del Antiguo Israel. Ed Bubok. (2010). Estudio de los pactos. Ed Bubok. (2011). Redención y liberación. (ISBN 9789873339875). Ed. Antigua. (2012). La espiritualidad como contraexistencialismo. Ed. Bubok. (2013). El espíritu sin tiempo (ISBN 9789873334160). Ed. EDI. (2013). Magia y religión en el mundo bíblico. Ed. Bubok. (2014). La religión partida (ISBN 9789871812653). Ed. La luna qué. (2014). El Dios digital (ISBN 9789873378812). Ed. EDI. (2015). El campo de la trascendencia. Tomo I (ISBN 9789874610935). Ed. Antigua. (2016). La religión en el mundo contemporáneo (ISBN 9789873707490). Ed Antigua. (2018). La sacerdotisa (Novela) (ISBN 9789873707612). Ed. Antigua. (2019). El campo de la trascendencia. Tomo II (ISBN 9789874610935). Ed. Antigua. (2020). Pasión y muerte de la historia (ISBN 9789873707773). Ed. Antigua. (2022). Escritos profanos (2011-2019). Ed. Bubok (2022). Por qué hablamos de espiritualidad. En coautoría con Raquel Bianchi y otros, (ISBN 9789876490344). APSA. (2011). Psiquiatría, psicología y espiritualidad. En coautoría con Raquel Bianchi y otros, (IBSN 9789872993405). Ed. Tribunales. (2014). Salud mental y espiritualidad. En coautoría con Raquel Bianchi y otros, (IBSN 9789873707506). Ed. Antigua. (2018). *Entrevista publicada en BeCult
- 24
Kafka: “El camino auténtico como una cuerda pegada al suelo, hecha para hacer tropezar y no para ser recorrida”. Acto seguido, invertir a Kafka: el tropiezo sólo como una primera caída, algo que precede al camino mismo, el impulso inicial que mueve a recorrerlo, por más que insista en hacerse pasar por él. Erguirse luego, echar a andar, no dejarse engatusar en adelante por tropiezos disfrazados de caminos.
- 23
La dicha no tiene cómo ser dicha. La desdicha no puede desdecirse. Mejor encógete de hombros, disimula esa carcajada inoportuna.
- Buen Vivir: Matías Aguayo y Eli Wewentxu en Temuco
Jueves 25 de mayo 9 a 18.30 horas Facultad de Arte, Arquitectura, Diseño y Oficios Creativos Universidad Católica de Temuco EVENTO GRATUITO El “Buen vivir” descentraliza la cultura y llevará a Temuco experiencia multidisciplinaria. El artista y música alemán-chileno, Matías Aguayo, y el multiinstrumentista mapuche Eli Wewentxu, serán los protagonistas de esta iniciativa. El encuentro es organizado por Plataforma Grieta y la Facultad de Arte, Arquitectura, Diseño y Oficios Creativos de la Universidad Católica de Temuco, Colaboran el centro cultural Casa Varas y la comunidad de Música Electrónica Wallmapu (MEW) Música en vivo, talleres sobre procesos creativos, conversatorios e instalaciones serán parte de las actividades que desarrollará el proyecto “Buen Vivir”. La iniciativa, que impulsan plataforma Grieta y su proyecto Estrategías Oblicuas, en conjunto con la Facultad de Arte, Arquitectura, Diseño y Oficios Creativos de la Universidad Católica de Temuco (FAAD), se desarrollará, de forma gratuita, este 25 de mayo, en las instalaciones de la casa de estudios. El encuentro tendrá como objetivo, en esta edición, desentrañar la idea de lo “lo común”, para esto, el destacado músico, productor y co-fundador del sello berlinés Cómeme, Matías Aguayo, será el invitado que permitirá reunir a académicos y estudiantes de la FAAD, con el objetivo de pensar los puntos donde convergen y cómo, en este encuentro, se adquieren nuevas y mejores formas de abordar los propios proyectos e ideas. La iniciativa buscará, además, promover la cultura local, con el fin de potenciar sus trabajos, por lo que otros de los invitados será el multiinstrumentista mapuche, residente en Berlín, Eli Wewentxu, quien exhibirá su trabajo e investigación como intérprete, compositor y artista interdisciplinario. “El buen vivir”, además, desarrollará un conversatorio, enfocado en entender lo "común", el cual será abierto a ciudadanos y protagonistas de la escena cultural actual de Temuco. El encuentro será desarrollado el día Jueves 25 de Mayo, en la FAAD y el Aula Magna de la Universidad. Programa: Jueves 25 de Mayo 9:00 a 13:00 Hrs. El dia partirá con ESTRATEGIAS OBLICUAS: un workshop transdisiciplinar dirigido por la plataforma Grieta, que contará con la participación de 20 estudiantes y 4 Docentes de la FAAD y que tendrá como objetivo responder la pregunta ¿Qué es lo común dentro de este contexto del “Buen vivir”? El músico Matías Aguayo, será el invitado que nos permitirá reunir a académicos y estudiantes de las carreras de diseño, arquitectura, artes y oficios, con el objetivo de compartir conocimientos, crear redes colaborativas interdisciplinarias, encontrar los puntos en común y descubrir nuevas metodologías de trabajo que fomenten la conversación y el cruce disciplinar. La instancia comenzará con una mesa de diálogo con la cual se discutirán y definirán los temas “comunes” para todas y todos y de qué manera servirán como materiales de trabajo. Posteriormente, se desarrollará un taller, donde todas y todos los participantes permitirán poner en práctica las conclusiones extraídas, dando como resultado una intervención grafica-espacial y que será parte de la escena y soporte del concierto que realizará Matías Aguayo y Eli Wewentxu. Jueves 25 de Mayo 15:00 a 18:30 hrs. Evento desarrollado en el Aula Magna de la Universidad Católica de Temuco; Gratuito y Abierto a la comunidad de Temuco. Desde las 15:00 a 17:00 tendremos la apertura del evento realizada por la improvisación musical de Matias Aguayo y Eli Wewentxu, quienes con todo lo reflexionado durante el día nos regalaran una experiencia sonora inmersiva que nos hará vibrar, bailar y compartir. Durante el mismo momento del concierto y en tiempo real los estudiantes y profesores activaran el espacio con el montaje del escenario diseñado durante la mañana, generando una performance transdisciplinar en el escenario. De 17:00 a 18:30 realizemos una mesa redonda con creadores, organizaciones y autoridades de la región para reflexionar sobre interrogantes desarrolladas en el workshop matutino y la importancia de trabajar colaborativamente para convocar y potenciar programas culturales que promuevan el "buen vivir" en la Araucanía. ¿Quiénes participan? Grieta Plataforma cultural que a través de diversas disciplinas artísticas, genera encuentros transdisciplinares, que buscan dar a conocer procesos creativos, mediante encuentros, como Coloquio de Perros, la música, como los encuentros Estrategias Oblicuas o Ladridos, realizado en conjunto con Nicolás Jaar y su sello Other People; o a través de la edición con su revista Grieta Mag, y el sello de discos y libros, Grieta Editora. Matías Aguayo Músico, productor y fundador del sello, reconocido internacionalmente, Cómeme. Nació en Chile y, al poco tiempo, se radicó en Alemania. Su trabajo se ha caracterizado por mezclar formatos y disciplinas, prueba de esto es lo que hizo en su irreverente estadía en Argentina, a principio del 2000, con callejeros y reivindicadores shows BUMBUMBOX; performance fugaces, sin horario ni ubicación específica, que consiguieron una comunicación transversal entre los transeúntes; así como lo realizado Chile, donde a partir de conciertos, dj sets, y apoyo a la escena underground, lo transformaron en una figura clave dentro de la comunidad electrónica de nuestro país; o su propuesta televisiva, “2031: Televisión del futuro para gente del pasado”, proyecto transmitido a través de Twitch, y que fue parte de la programación del canal Drem Access TV (DAT), fundado en Detroit, por reconocido dj y productor norteamericano, Seth Troxler, o lo que hizo en “True Matías Show”, donde creó una propuesta insólita, extraña, multicultural e interdisciplinaria, que mezcló conversación, gastronomía, música y diálogo con artistas, durante una jornada ininterrumpida de 12 horas que fue transmitida a todo el mundo. Eli Wewentxu Artista mapuche, residente en Berlín. Toca el violín desde los 9 años y desde allí comenzó su historia con la música. Trabaja como intérprete, compositor y artista interdisciplinario.











