Barbarie pensar con otros
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- El Oscar 2023
Hace tiempo que no publico nada. El silencio otorga. Al igual como le ocurre a muchos, cesé mis publicaciones, creo, debido a que hubo tiempos en que la realidad se sobrepuso a la ficción. A tal nivel que escogí el "mutismo" como mi mejor antídoto. Debo admitir que me he quedado muda desde Piñera para adelante, estallido, pandemia y bla, bla, bla. Sin embargo después de ver esta última versión de los Premios Oscar 2023, siento el impulso de opinar, arriesgándome, obviamente, a que me ignoren o a que me increpen, "qué a quién le importa", porque creo que nada puede ser peor que querer decir algo y no hacerlo. Creo de verdad, fervientemente, que en esta versión del Oscar 2023 se desplazó el discurso. Un buen puñado de películas lograron salirse del cliché y lo políticamente correcto, para jugársela de lleno por puntos de vista disruptivos sobre los temas que más nos convocan hoy. "Ellas Hablan", por ejemplo, se hace cargo del tema del voto femenino, desde un lugar absolutamente nuevo. Desde la institucionalidad pro igualdad de géneros que debiera existir para siempre y por siempre, y no desde la victimización de la mujer, provocando un efectismo, ya por nosotros conocido de temprana caducidad. "Tár", por otro lado resulta única, en su esfuerzo por debatir la nueva hegemonía de las minorías, y cómo éstas terminan influyendo y medrando nuestro legitimo derecho a la libertad de opinión y expresión frente a la vida y el arte. "La Ballena", en cambio, habla a un nivel tan profundo de la obligación de perdonarnos a nosotros mismos, que de verdad uno sale con la certeza de que debe corregir algo. Yo no sé si el cine enseña (o si debiera ser su obligación enseñar), pero la ballena sí enseña. Es tan cruda la metáfora de Moby Dick. Es tan perfecto el ritmo como Darren Aronofsky va develando los secretos de su protagonista, que cada una de las líneas terminan resultando perturbadoras y a la vez sorprendentes. "Los espíritus de la Isla", por otro lado, aunque desde un punto de vista temático, es menos actual que las anteriores, plantea como ninguna, el trasfondo ético de la amistad. Nos plantea una pregunta que siempre nos hemos hecho, (o que al menos yo siempre me he hecho), ésta es si acaso uno tiene o no derecho a abandonar a un amigo; al clásico amigo aburrido que jamás te ha dañado. Según el director de esta cinta, uno al menos tendría que planteárselo. “El triángulo de la tristeza”, por último, es, creo, la mejor alegoría del mundo donde chapoteamos hoy. Si el Titanic se hundiera, indudablemente sería como esa película. En ella, de hecho, explota un crucero, (que vale millones de dólares) y terminan hundiéndose todos los ricos -literalmente en su propia mierda- y mandando los pobres. Pero los pobres no se vuelven buenos, sino que se corrompen. Se analiza el poder, más cerca de su condición de "artefacto líquido" que de reivindicación social. Los personajes, todos muy frescos y muy actuales, son la oposición misma de los estereotipos que manejamos de ellos. Son seres humanos que triunfan frente al cartón piedra de la ficción. Y eso es lo mejor y por eso sorprende; porque en vez de recitarnos lo que pensamos, nos abre los ojos, justamente, frente a lo que no pensamos. Lo mismo ocurre con estas seis obras. Ninguna fue creada bajo la obligatoriedad del consenso, y por lo mismo, todas sorprenden. Ninguna es completamente revolucionaria, pero igual todas resultan disruptivas en su originalidad. Están hechas desde el sentido común de directores, en su mayoría jóvenes, que examinaron cada árbol antes de crear el bosque. Quizás sea el resultado de escribir desde una pandemia, desde un lugar que lucía más distópico que cualquier ficción.
- “Morimos sin saber quiénes fuimos, y eso es terrible”.
“Los odio, me traicionaron todos”, declaró en 2001 a El Mercurio. Se refería al equipo de The Clinic, que integró casi desde el principio y del que salió en los peores términos posibles. En 2003 se fue de Chile y poco se volvió a saber de él. Dejó una larga lista de ex amigos, pero también un buen anecdotario y el aura de un cocainómano maldito que había pasado por todas y si no, las inventaba. En 2015, The Clinic lo contactó en Buenos Aires y él accedió a conceder esta entrevista. Vivía solo en una “pensión de mierda”, aquejado de la salud, arrepentido de sus errores y más seguro que nunca de que la vida es nefasta. Llegó a Chile en 1998 y rápidamente empezó a hacer lo que sabe: construir su propio mito. Adicto a la cocaína por décadas, supuesto amigo de truhanes y delincuentes, partidario de todos los excesos y todas las angustias, Enrique Symns sedujo a intelectuales y rockeros –usando al bar Liguria como centro de operaciones– y al poco tiempo ya tenía gente que se preocupaba por él y lo ayudaba a cubrir sus escasas pero particulares necesidades. Tampoco había llegado como un don nadie. En Argentina había fundado y editado la mítica revista under Cerdos & Peces, era amigo de casi todos los rockeros –muchos lo invitaban a sus conciertos a hacer monólogos– y, por cierto, no escribía mal. En este contexto se integró a The Clinic, cuya sala de redacción no era por entonces la abstemia oficina de profesionales que es ahora. Después de un período virtuoso, la relación entre el trabajo que aportaba y los problemas que generaba fue cada vez menos feliz y su vínculo con el equipo se quebró. Symns amenazó con encadenarse a las puertas de la revista y citar a una conferencia de prensa. Finalmente, aceptó una indemnización para no hacer más lío y a los pocos meses dio una entrevista a El Mercurio “confesando” que todo en The Clinic era mentira, que él había creado todos los suplementos y que el dueño secreto de la empresa era un ministro del gobierno de Lagos. Cada vez más solo a medida que agotaba paciencias, Symns siguió colaborando en Las Últimas Noticias, hizo algo de tele, escribió biografías de Los Tres y Jorge González –que ellos le encargaron, y en las que él se encargó de difamarlos–, hasta que un mal día del año 2003, en la miseria, se volvió a Buenos Aires. Hoy vive en una pensión del barrio Constitución, conocido en la ciudad por sus putas, dealers y maleantes. Nos cita al mediodía en el muy poco bohemio restorán La Casona de Jesús, que le queda a una cuadra. “¿Hay una casona de Jesús en Constitución? Mamita querida”, bromea el taxista. Un Enrique Symns mucho más gentil y cándido que su personaje público de hace 15 años espera en una mesa que da a la calle, con su bastón apoyado en la ventana. Aunque parecía viejo mucho antes de serlo, se lo ve débil, y no es para menos. Recién ayer salió de una internación de urgencia que lo tuvo 24 horas sufriendo horrores indecibles en el lugar que más odia y que más ha visitado en los últimos años: el hospital. Primero tuvo un accidente cerebro vascular. También es diabético y se cuida poco. “Te estás muriendo”, le dijo un amigo hace cuatro años y lo mandó a la clínica. Llegó con 800 de glucosa. “Me estoy muriendo”, se quejaba entre alaridos por el teléfono el día anterior a esta entrevista, insistiendo en realizarla de todos modos. –Me duele mucho –se queja ahora, sin entrar en detalles–. No debería haber venido, pero me tentó volver al Clinic. Ya que llegaste atrasado, ¿por qué no me vas a comprar el Clarín y unos cigarrillos? Cumplo con el pedido aunque parece incierto que Symns esté en condiciones de fumarse esos cigarrillos. Pide una omelette que apenas probará y se dispone a responder preguntas en un tono de lamento ininterrumpido. Da la impresión de que lo hubiera perdido todo, menos el arte de ser Enrique Symns. En Chile quedaron muchos recuerdos de tu paso, pero nadie te siguió la pista. ¿Qué pasó contigo después? Volví a Buenos Aires muy frustrado, hecho mierda. Y acá me encontré no con Buenos Aires sino con Corea. Yo me había ido al final del menemismo y volví en el 2003, a un año y pico del corralito y la crisis… Otro país. Estaban los piqueteros, piquetes por toda la ciudad, no podías andar por ningún lado. Y había un fenómeno nuevo: los que viven de revolver la basura, pero que ya estaban organizados, tenían trenes para ellos… A la noche la ciudad era basura y gente furiosa. Y nadie me conocía ni se acordaba de mí, así que anduve de mendigo. Estuve durmiendo en las calles, en los zaguanes, en trenes, en plazas. Vencido, sintiéndome responsable de todo lo que me había pasado, de mis errores en Chile… A pesar de que considero que Chile es un país traidor. Hay tres países malditos en Latinoamérica: Argentina, Chile y Uruguay. Ninguno de ellos es América. Uruguay es Suiza, ustedes Inglaterra y nosotros Francia. En Brasil vos vas por la calle y si alguien a las siete de la mañana te pide diez pesos para tomarse un trago, se los das, no lo mandás a Alcohólicos Anónimos como acá. Pero de los tres países, Chile es el peor. ¿Por qué? Es muy traidor. Además muy machista. Y nos odian mucho, no nos quieren. Excepto el chileno que ha viajado. El chileno que yo conocí en Holanda o en España, por el exilio, era aventurero, ya estaba hecho por el mundo. Pero el chileno nacionalista, el que mamó la patria… Bueno, volví acá, hasta que estando tirado en una calle –me había hecho alcohólico, por supuesto– pasó una mina de Rolling Stone, me reconoció ahí tirado y me pidió si podía entrevistarme. Y la entrevista de Rolling Stone me hizo famoso, porque era Enrique Symns al máximo, ¿no? Parecía que a mí me gustaba estar en esa situación, que yo había querido terminar así. Y lentamente empecé a volver. Empecé a escribir mejor que antes todavía, en el último lamparazo de la lucidez cocainómana. Me puse a escribir en el diario Crítica, de Lanata, unas notas extraordinarias. Escribí en MaviRock, en Rolling Stone, publiqué el libro El señor de los venenos (2004), que esmi mayor éxito, tiene seis ediciones vendidas. Y después escribí cuatro más. Son best seller underground, vendo todas las ediciones rápidamente. Ahora estoy escribiendo el sexto, que se llama La nieve del tiempo y es sobre la vejez. Porque fui volviendo pero al mismo tiempo me llegó la vejez. Las enfermedades, la diabetes. La verdad es que yo me morí. Eso fue lo que pasó conmigo en este tiempo: me morí. ¿Cómo fue eso? Es que empecé a viajar por todo el país tomando cocaína, hecho mierda, siempre con cocaína. Hasta que me dio un ACV en un bosque de Bariloche, a 40 kilómetros de la ciudad. Estaba con unos amigos y quedé paralizado del lado izquierdo, “le, le, le” [se imita en ese estado]. Me subieron a un auto, me llevaron a un hospital, yo pedía que me mataran, que me dieran un revólver para suicidarme. Y cuando llego al hospital y entro a la enfermería, se me pasa. Duró 20 minutos. Igual no me dejaron salir del hospital, me atraparon, me hicieron de todo. Al final me dijeron que estaba perfecto. Pero después del ACV cambió todo. Ya dejé de tomar cocaína, me asusté. Aparte la cocaína ya no pegaba como antes. ¿Cómo era antes? A mí siempre me dio inteligencia. Mucha inteligencia. Al punto que llegué a creer que no podía hacer nada sin la cocaína. Pero fue pasando lo que te digo. Viví en muchas partes. Viví en Bariloche, viví mucho tiempo en El Bolsón, en Mar del Plata viví tres años… Y ahora me mudé acá a una pensión de mierda, porque estoy pobre. Y estoy soportando la vida. Soportando el peso del tiempo, que es una trampa fatal de la que nadie se puede escapar. ¿Cómo te llegó la vejez? Sola, me di cuenta que estaba viejo. Pero seguía tomando merca… Me acuerdo que a los 61 años estaba haciendo un programa de radio muy famoso, que se llamaba “El falso impostor”, y la noche anterior me había cogido a una peruana de 16 años, le había echado como cinco polvos, con cocaína, éxtasis, todo, y lo festejé por radio. En ese programa se podía decir de todo, además la minoría de edad no estaban tan perseguida como ahora. Pero seguía muy estimulado porque la merca me excitaba sexualmente, ya había pasado a su peor etapa, como explica Freud, que es la etapa sexual y la etapa de violencia. Andaba armado, con lo que volví a mi juventud, cuando fui pistolero. Entre paréntesis, planeé muchas veces matar a… a tu jefe. ¿A Pato Fernández? Sí. ¿De verdad? Sí, de verdad. Y no lo maté porque pensé en las consecuencias para mí, no por él. ¿Para no ir preso? Sí, además en Chile. Matar a un personaje como él me podía salir muy caro. Pero allá tenía muchos amigos pistoleros, ex guerrilleros que se habían hecho ladrones, y ya se lo había encargado a uno, pero no le había dicho quién era. Menos mal. Ya estaría muerto. Bueno, contabas que los 61 seguías excitado y tomando coca… Y cuando tenía 63, me agarró el ACV. Ahí cambió todo. Cambió mi erotismo, se perdió para siempre. También perdí uno de los incentivos para escribir, que era la cocaína con el alcohol. Y empezaste a alternar bares con hospitales. Eso fue lo peor. En los últimos seis años, desde el ACV, estuve internado en: hospital de Bariloche, hospital de El Bolsón, hospital de Azul, hospital de Olavarría, hospital de Mar del Plata, hospital Udaondo, de acá, hospital Argerich, ayer. Estoy escribiendo sobre los hospitales, no solamente lo mío, sino lo que veo. Es horrible. ¿Tu pesimismo es el de siempre o ahora es mayor? El pesimismo con los años sólo puede crecer, ha engordado. Hay dos teorías grandes sobre la vida: la única verdadera es la pesimista. El optimismo es un disfraz del miedo, del fracaso. ¿Quién puede ser optimista? Un mentiroso. Desde el momento en que vos sabés que existe la muerte, no te queda más remedio que ser pesimista. ¿Asumir eso no es también empezar a exagerarlo? Ayer leí un texto tuyo que terminaba diciendo: “Seguir pegado a ese dolor imaginario que uno mismo ha creado”. Lo que pasa es que con el tiempo comprendí algo que siempre supe pero no lo aplicaba a mí: que uno es responsable de todo lo que le pasa. Inclusive la víctima de una violación. Algo hiciste: caminaste por la calle errada, algo hiciste. Yo en Chile me equivoqué mucho. Sobre todo el mayor error de mi vida, la cocaína. Fue un error. No, jeje. Pero si pudiera no haberla probado, por ahí no sé. Tome 30 años, todos los días. En Chile encima era buena. Entonces, ¿calculaste mal o elegiste tus dolores? No, uno no elige nada, “todo te sucede como la lluvia”, decía alguien. Pero uno se pone en determinado lugar del maldito tren arrollador del destino, y yo me he puesto en el lugar equivocado. A pesar de que he tenido una vida muy placentera. He viajado por todo el mundo, he sido ladrón, le he disparado a personas –pero no las maté–, he tenido más de 500 amantes, me di el gusto de ser lo que quería: ser periodista, actor callejero, escritor de libros. Pero como dijo Maradona cuando era el hombre más famoso del mundo después del Papa, los laureles conseguidos no sirven para nada. No hay consuelo en el pasado. ¿Crees en tener una moral propia, o no hay moral posible? Yo no creo en la moral, creo en la ética. La moral, como dijo Freud, es la más repugnante de las perversiones sexuales, porque no hace nada. La ética es distinta porque es solidaria: evitas hacer algo porque no quieres hacer daño. Yo no tengo moral. Bueno, tengo sí la estupidez de los principios que todo ser humano lleva en el código genético y que puso allí el maldito Dios o el arquitecto de mierda o la nada. SIN SABER QUIÉNES FUIMOS A estas alturas, ¿algo sobre The Clinic que quieras decir? No, no… Mirá, The Clinic me pareció siempre una pésima revista. O sea, no era una revista, era un folletín. Especialmente cuando empezamos, que eran ocho páginas, creo. Y además, con uno de los peores elementos periodísticos que yo conozco, que es el humor. Es un truco bajo. Por eso los dictadores no hacen nada y nadie se enoja por sus chistes. Yo me acuerdo que estaba en Chile y puse “el ex dictador retirado Pinochet” y el diario me puso “el ex senador vitalicio”. En cambio si hacés un chiste, como The Clinic, no te hacen nada. O sea que el humor es una estupidez. Y el valor de The Clinic era ese, como las revistas de humor en las que trabajé acá, El Satiricón… Las otras revistas que tenían buen humor eran Charlie Hebdo y Hara Kiri, que era la anterior a Charlie Hebdo y era mejor. ¿La leíste Hara Kiri? No. Yo tenía unos números y los perdí. En uno estaba el Papa chupándole la pija a Cristo en la cruz, en la tapa. Y en el otro estaba el comisario general de París dándole un beso con lengua a un travesti. ¿Quién dirige el Clinic ahora? Pato Fernández. ¡¿Qué?! ¿Y te dejó entrevistarme? Por qué no. Conversábamos mucho… Del Clinic ya se murieron dos: [Guillermo] Hidalgo y el poeta puto. ¿Lemebel? Sí. Insoportable, en un aspecto. ¿Se llevaban mal? No, nos llevábamos bien, pero cuando él estaba bien. Pero cuando se emborrachaba me quería coger, y no era suave, iba con apriete. ¿Dejaste más amigos o ex amigos en Chile? No, dejé más ex amigos. O enemigos. ¿En Chile o en todos lados? No, en Chile. ¿Supiste que Jorge González tuvo un ACV hace unos meses? ¿Ah, sí? Qué lástima. Cómo la pagamos los hijos de puta… También fui muy amigo de él. ¿Sabés cuál es el problema del tiempo? ¿Cuál? Que el mejor recurso del olvido es el recuerdo. No te acordás de nada: creés que te acordás. Morimos sin saber quiénes fuimos, y eso es terrible. La vida es nefasta, no tiene ningún sentido. Como dijo Heidegger, somos náufragos huérfanos flotando en la nada. ¿No te compensa lo que pudiste dejar? ¿Los libros, tú mismo como pequeña leyenda? Einstein se murió y le abrieron el seso y adentro había porquería y se lo comieron los gusanos. ¿Y? ¿Quién era este? Nadie. Un pedazo de poronga podrida. *Publicado por The Clinic en 2015.
- 20
El juego de la reminiscencia. Se presenta como la punta de un ovillo del cual podríamos tirar hasta deshacerlo y quedar de cara al origen que nos precede, ante el cual descubriríamos su don de dotarnos de sentido. Y nos tomamos de esa punta y remontamos el ovillo, pero cuando hemos terminado seguimos aquí, en la misma existencia opaca de siempre. Y sigue allí, también, la misma reminiscencia, y nosotros insistimos en reverenciarla por si nos suelta otra punta de ovillo, mientras ella insiste, a su vez, en su invitación: ven, ven, ahora sí que sí…
- 19
Una certidumbre monacal, que no se reviste con nada. Una verdad tan delicada que se pronuncia en silencio. Una convicción tan árida que se colma con su propia sed. Una vocación larvaria que prescinde de madurar. Una sobriedad en huelga contra todos estos excesos.
- ¿Todos deliramos?
El filósofo italiano Remo Bodei publicó hace años un libro interesante sobre el delirio, cuestionando radicalmente la tópica polarización convencional entre racionalidad/irracionalidad (delirio, locura). Lo que reivindicaba Bodei es que detrás de cualquier delirio siempre hay una lógica que tiene como función la reconstrucción de un psiquismo devastado. Desde el delirio se quiere sustituir el despedazado mundo mental anterior por algo nuevo que tenga una coherencia. A medida que éste avanza como un alud psíquico, el sujeto se aferra a él como a un clavo ardiendo. En su deriva va aumentando, paradójicamente, la certeza que tiene el sujeto a partir su propia reconstrucción delirante. Es una defensa que le hace atrincherarse cada vez más en su discurso y defenderse desde la falsa evidencia de la certeza absoluta. El delirante puede tener intuiciones muy agudas, pero siempre las sobreinterpreta, de forma que la inteligencia, sin desaparecer, se pone al servicio de una lógica interna sin fisuras que va perdiendo el contacto con la realidad. La paranoia es el ejemplo paradigmático de este proceso, ya que en ella se quiere mantener la integridad del yo sosteniéndolo con sus identificaciones imaginarias que cierra herméticamente. De esta manera va transformando su angustia en una acusación contra un mundo externo que se presenta amenazador, como un Otro perseguidor. El filósofo italiano analizará otros aspectos específicos del delirio: su carácter metafórico, no reconocido como tal por el sujeto del delirio; la lógica excesivamente simétrica, rígida, donde pueden confundirse registros diferentes, con unos conceptos hiperinclusivos (que incluyen aspectos no convencionales a los que se llega por una asociación puramente subjetiva que resulta totalmente arbitraria para los otros.). Hay una gran afinidad entre este planteamiento y el del psicoanálisis de orientación lacaniana, en el que se ha inspirado, en buena parte, Remo Bodei. Freud ya decía que hay en el delirio un núcleo de verdad, y en esta misma línea, Lacan lo concibe como una reconstrucción simbólica del psicótico para defenderse de una destrucción psíquica total. Dice Lacan: “Lejos de ella / la locura / sea un insulto para la libertad, es su más fiel compañera, sigue su movimiento como una sombra. Y el ser del hombre, no sólo no puede ser comprendido sin la locura, sino ¿qué no sería el ser del hombre si no llevara en sí la locura como el límite de su libertad? “ Esta afirmación recoge el gran hallazgo freudiano de romper el límite infranqueable entre el sujeto normal y el anormal. Los mecanismos no son los mismos, pero responden siempre a una lógica que a ningún humano le es ajeno, ya que ni la represión, ni la negación ni la forclusión son exclusivas del neurótico, del perverso y del psicótico. Los sujetos normales quizás no son otra cosa que sujetos adaptados al medio a través de una normalización social, pero tienen implícita una estructura neurótica, psicótica o perversa que está compensada pero que en cualquier momento se puede desencadenar de manera manifiesta. El filósofo Slavoj Žižek planteó que hay en el proceso de constitución del mundo humano, es decir del mundo simbólico, un pasaje por la locura. El gesto que abre el Logos, nos dice siguiendo a Hegel en lo que éste llama “la Noche del mundo”, es un punto de locura total, en el que vagan las apariciones fantasmagóricas de los objetos parciales de las pulsiones. La verdadera pregunta no es entonces cómo pasamos de la normalidad a la locura sino cómo salimos de la locura para pasar a la normalidad. ¿No será la razón normal, como dice Schelling, una forma regulada de locura? Pasamos de la Naturaleza a la Cultura para salir de esta locura traumática, que es lo que precede necesariamente a nuestra socialización primaria. El problema no es perder el principio de realidad sino ganarlo y para ello hay que superar este pasaje por la locura que surge en el tránsito de la constitución de nuestra subjetividad. Este proceso no está vinculado a una determinada sociedad, a una contingencia histórica, puesto que tiene un carácter estructural que afecta a todos los humanos en la medida en que somos seres parlantes. Podríamos afirmar también, siguiendo a Freud, que hay un elemento delirante no sólo en el discurso religioso sino también en el mismo discurso filosófico, que tiene una cierta analogía con el de la paranoia en la medida que es una reconstrucción simbólica de la realidad basada en la omnipotencia de las ideas. Y, por supuesto, hay mucho delirio en el discurso político. La cuestión clave me parece que es la anteriormente mencionada noción de Bodei de sobreinterpretación en el delirio. Quiere decir que aunque por su propia naturaleza el pensamiento interpreta y lo hace siempre desde el imaginario, hay un límite que tiene que estar determinado por la propia experiencia de las identificaciones perceptivas. La sobreinterpretación es una distorsión sistemática de los hechos a partir de una lógica discursiva completamente rígida e independiente de lo que sucede. Fernando Codina, reconocido neuropsiquiatra, se tomará muy en serio el tema de la psicosis universal que insinúa Lacan citando a Pascal: “El hombre está tan necesariamente loco, que no estarlo sería una forma de locura”. Codina mantendrá, sin embargo, la necesidad de diferenciar esta locura intrínseca vinculada a lo humano de la que se da en las psicosis específicas (esquizofrenia, paranoia y maníaco-depresiva). Mantendrá que hay que discriminar entre los delirios normalizados de los delirios psicóticos, ya que estos últimos atrapan de forma absoluta a un sujeto que ya no habla la lengua común sino una lengua propia inventada por él. El discurso simbólico se transforma en delirante, en el sentido fuerte de la palabra, cuando la distorsión es absoluta. Aunque hay que aceptar, como ya hemos señalado, que hay muchos elementos delirantes en los discursos normalizados e incluso de la propia ideología de una sociedad, pero consideremos a éstos como dentro del campo de la ilusión no del delirio para no caer en excesos verbales que por su ambigüedad conducen a la peor de las confusiones. "Todos deliramos" decía también Lacan. Hay un delirio neurótico y un delirio psicótico. El delirio neurótico es reversible, el psicótico, no. La certeza del neurótico obsesivo es defensiva, es un mecanismo para compensar la duda. El neurótico no está atrapado por el delirio. El delirio psicótico se sostiene en la certeza absoluta: el psicótico está atrapado en su delirio. Le lleva a su destrucción si no se le pone un límite. Esta es quizás la manera de diferenciar las formas aceptables e insceptables del delirio: el que es inofensivo y el que es peligroso para uno mismo y para los otros. Luis Roca Jusmet
- 3 fábulas constituyentes
1 La constitución de la ciudad de S hace ya años que resulta anticuada, inadecuada y hasta podría decirse que absurda en su anacronismo. Tras años de discusiones estériles por parte de sus políticos acerca de la conveniencia o inconveniencia de cambiarla, el pueblo finalmente se manifestó en masa a favor de redactar otra, y designó representantes para hacerlo. Los representantes trabajaron por meses y meses, cada uno esforzándose por escribir las leyes que creía que le habían encargado. Cuando se votó el texto resultante, el pueblo lo rechazó por un amplio margen. Los políticos discutieron acaloradamente cómo establecer un proceso adecuado, y se designó una nueva asamblea encargada de redactar un texto que recogiera las aspiraciones del anterior sin parecerse demasiado a él, eliminando todo lo que en la versión previa resultaba exagerado, utópico, extremista, inconveniente, impracticable. El resultado fue un texto razonable hasta el extremo de resultar insípido, que el pueblo nuevamente rechazó. Los políticos, furiosos, se echaron la culpa unos a otros, pero después de un tiempo acordaron iniciar un nuevo proceso legislativo. En el intertanto, la gente había poco a poco dejado de obedecer las leyes de la constitución antigua, ya completamente caduca y desprestigiada, y mientras no había una nueva comenzaron a regir sus relaciones a partir del sentido común. Los abogados se encontraron poco a poco sin trabajo, los juzgados se vaciaron. Dicen que hay todavía un sinnúmero de comisiones encargadas de redactar varias nuevas constituciones, para darle opciones al pueblo para elegir la que más le pareciera, pero nadie sabe cuándo terminen su tarea, ni si para entonces habrá todavía alguien dispuesto a votar. 2 Al cabo de muchas discusiones, en la ciudad de S decidieron que la ciudadanía era incapaz de redactar por sí misma sus leyes. Se convocó entonces a un comité de los más connotados expertos en todo: botánica, cocina, leyes, antropología, ciencias exactas. Los expertos se encerraron durante un año, al cabo del cual anunciaron que habían logrado producir una constitución perfecta. “Podemos garantizar que esta constitución se ajusta a los más altos estándares internacionales en materia de legislación, ha sido escrita a partir de los últimos descubrimientos en ciencias legales y se ciñe con exactitud a los anhelos y necesidades del pueblo de S”, explicaron los expertos. Los políticos y el pueblo se alegraron con la noticia. Se decretó por ley una semana de celebraciones, al cabo de la cual comenzaría a regir la nueva carta magna. Al principio todo el mundo comentaba las virtudes de la legislación de los expertos, pero al poco tiempo comenzaron a surgir problemas de implementación. Las leyes que en el papel parecían irrefutables, al aplicarse se volvían absurdas, abusivas, impracticables. Los propios políticos no comprendían del todo su sentido, los jueces se confundían respecto a su espíritu, y había incluso quien se preguntase si lo poseían. El pueblo comenzó a rebelarse y no acatar las normas. Se produjo una terrible inestabilidad social. Consultados sobre estos problemas, los expertos fueron tajantes: estamos seguros de que las leyes son intachablemente correctas, los problemas que se han producido en su implementación se deben a un pueblo inadecuado, a usuarios que no están todavía en sintonía con la perfección del sistema legal que creamos. Si hay que cambiar algo, no es la constitución, dijeron, sino al pueblo que no sabe cómo regirse por ella. 3 Después de muchos intentos de formular una constitución adecuada para regir su vida en común, los políticos decidieron proponerle a la ciudadanía la opción de carecer por completo de leyes. Los anarquistas no cabían en sí de gozo ante la posibilidad, los conservadores la equipararon al apocalipsis; el resto de la ciudadanía, en cambio, la acogió favorablemente, aunque sin fervor. Cansados de las propuestas constitucionales, cada una más descabellada, utópica, opresiva o aburrida que la otra, la falta de legislación les pareció no una panacea sino un descanso, un alivio, una liberación práctica. Los primeros meses era tópico obligado comentar que cómo no se nos había ocurrido antes, cómo no nos dimos cuenta de que las leyes no eran necesarias, de que la mayoría de las personas espontáneamente se comportan de manera razonable, y quienes no lo hacen no lo harían tampoco si la ley se lo prohíbe. En vez de ir a juicio, había que conversar hasta ponerse de acuerdo; en vez de multarte por infringir alguna regla, la policía apelaba a la consideración y el sentido común. Los crímenes disminuyeron, la gente disfrutó con calma una libertad sin precedentes que, pese a las predicciones de los catastrofistas, no se convirtió en libertinaje. Sin embargo, luego de esos meses de disfrute del nuevo estado de cosas, una sensación opresiva comenzó a instalarse de pronto. En una sociedad en la que no hay nada prohibido, en donde la transgresión ya no es posible, no hay tampoco libertad, sentenció un filósofo. La carencia de Ley a nivel colectivo imposibilita al individuo salir del triángulo edípico y construir una subjetividad adulta, retrucó una conocida psicoanalista. Fuera cual fuera la explicación, la gente se sentía presa de una vaga y persistente inquietud, de una angustia sin nombre. Ascendió la tasa de suicidios, decayeron las artes, aumentó la productividad, ya que gran parte de la ciudadanía optó por enterrarse en el trabajo para escapar a la opresión de la falta de leyes. En el referéndum siguiente, hubo un voto masivo a favor de una constitución conservadora, detallista, que regulaba minuciosamente todos los aspectos de la vida individual y comunitaria. Cuando se proclamó el triunfo de esa opción, un suspiro de alivio recorrió el país.
- Acupuntura
"Usted tiene mucha labia gualdada adentlo", dijo la china con una sonrisa entre tierna y estúpida. "Mucha labia, de muchos años, mucha, mucha labia". Rabia, codifiqué tras el segundo pinchazo. ¿O labia para tapar la bronca? Entonces no sentí las agujas, pero sí los pinchazos que agujereaban mi rabia. La china recorrió mi cuerpo de pies a cabeza, trazando una coordenada sobre la cual intentaba sosegar mis temblores. ¿En qué lugar de esa trayectoria la rabia se convirtió en miedo? ¿En cuál de los meridianos, que, según me explicó, no eran puntos, sino ríos? Hilos de seda, dijo la china. Cada meridiano es un órgano, un elemento, un sentido, una secreción, un sabor, una estación del año, un punto cardinal, un planeta... La rabia está en el hígado, pero de ahí puede pasar al riñón, me dijo. Entonces la sangre se vuelve lenta, uno se congela, le duelen los huesos, le zumban los oídos, no retiene la orina, navega en aguas frígidas y mira hacia el norte bajo una luna mercurial. Rabia tonta, tonto el miedo. Intenté recordar cuántas veces me gritaron ¡tonta! Y se me apareció la cara de mi viejo, esa vez que siendo niña me encaramé para hurgar en su clóset y se me cayó al suelo el whisky que mi padre escondía entre sus calcetines. La botella quedó convertida en trozos y astillas vidriosas. “Etiqueta negra, etiqueta negra”, gritaba él casi llorando. Y el suelo, alfombrado, siguió oliendo por varios días. Tras varias semanas de este memorable accidente, volví a entrar descalza a ese dormitorio prohibido y me enterré una astilla. De todas estas cosas hablé con la china: tal vez sirva de algo. Catalina Mena
- ¿La inteligencia artificial generativa convierte el arte en algo obsoleto?
No sabemos con exactitud qué es el arte. Al fin y al cabo, y como es bien sabido, su significado ha ido cambiando a lo largo del tiempo. Cada nuevo material, herramienta o técnica introducidos extiende su alcance, cuestiona sus límites y cambia su curso. Cuando la fotografía alcanzó el culmen de la reproducción de la naturaleza, Marcel Duchamp y sus contemporáneos reaccionaron convirtiendo los objetos materiales en un vehículo para transmitir conceptos. El objeto en sí había perdido interés. El arte se reinventaba rompiendo sus propias convenciones. Sus avances siempre son controvertidos y la aceptación nunca es inmediata. El arte conceptual de Duchamp sigue siendo incomprendido por muchos, como en su momento lo fuera el impresionismo. Un término que en su origen tenía una connotación peyorativa. La inteligencia artificial generativa es la última de una larga lista de innovaciones que suscita polémica y plantea una pregunta recurrente: ¿Qué es y qué no es arte? En octubre de 2018, un retrato con el título “Edmond De Belamy, from La Famille De Belamy” fue vendido en una subasta en Christie’s a un comprador anónimo por 432,500 dólares. La obra estaba firmada en el extremo inferior derecho por un fragmento del algoritmo que lo había creado. La pregunta sobre a quién atribuir su autoría sigue abierta: ¿es el desarrollador del algoritmo, el usuario de la herramienta o ambos? Simplificando, la inteligencia artificial generativa convierte la descripción verbal de una idea en una imagen. No se requiere ninguna destreza técnica para ello. Está al alcance de cualquiera. La calidad del resultado depende exclusivamente de encontrar las palabras adecuadas que definan lo que se quiere representar. Estas pueden ser tanto una descripción como un conjunto de instrucciones. Pero, comunicarse con la máquina de forma efectiva requiere práctica, incluso se ha desarrollado un mercado - promptsbase - donde comprar y vender descripciones para facilitar la tarea. La herramienta absorbe la complejidad de relacionar lenguaje e imágenes, decidir cómo deben mostrarse y, esta es la parte más difícil, cubrir las expectativas del usuario sobre lo que espera obtener. Para hacer todo esto posible se nutre de una extensa base de datos con millones de imágenes, acompañadas de una descripción, a las que aplica unos algoritmos que evolucionan mediante un proceso de aprendizaje automático. Actualmente, cualquiera que se lo proponga puede crear cientos de versiones de un mismo cuadro en segundos, y entre ellos elegir el que capture la esencia de lo que quiere transmitir. La herramienta disminuye el coste de experimentar y con ello aumenta la productividad del proceso creativo. Además, ocasionalmente y de forma accidental, ofrece resultados inesperados debido a sesgos en su programación, lagunas en la base de datos o interpretaciones incorrectas de algún término ambiguo. Aunque también pueden buscarse de forma deliberada introduciendo negaciones o exclusiones en las descripciones. Por ejemplo, si esta contiene “hombre sin rostro”, el algoritmo tendrá que encontrar la forma de representar esa ausencia. En el lenguaje de la máquina será el término que se encuentre a una mayor distancia matemática de la palabra rostro. Es decir, el resultado puede ser cualquier cosa. Las máquinas no tienen creatividad, esa es una capacidad intrínseca al ser humano. Sin embargo, al ofrecernos resultados sorprendentes tenemos la tentación de caer en el antropomorfismo y llamarlo creatividad. Lo que sí que consigue esta inteligencia es embeberse en el proceso de creación. La máquina se convierte en una extensión de la persona que crea, haciendo que la línea que los separa se difumine. De hecho, se corre el riesgo de que la persona termine siendo un mero filtro aplicado sobre el producto de la máquina; es decir, que se convierta en herramienta de su herramienta. Si el riesgo de instrumentalizar al artista ocupa mis pensamientos es porque resuenan en mi cabeza las palabras del historiador E.H. Gombrich: “no existe, realmente, el Arte. Tan sólo hay artistas”. Bajo esta perspectiva el peligro de esta herramienta no está en su producto, sino en el uso que hace de ella el artista. La inteligencia artificial generativa está todavía en su infancia. Su adopción no ha hecho más que empezar. Pero a medida que soluciones como Dall-E2, Midjourney o Stable Diffusion aumenten el número de usuarios, y se multipliquen sus creaciones, estas herramientas experimentarán una mejora exponencial. Cada vez será más difícil separar al hombre de la máquina. Dentro de cinco, diez o cincuenta años tendremos que recordar las palabras de David Holz, fundador de Midjourney: “Cuando creas imágenes, estás convirtiendo el lenguaje hablado en un lenguaje visual, no estás creando arte”. La historia del arte es una historia de innovación y controversia. Pero esta vez la pregunta de qué es y qué no es arte adquiere un carácter trascendente. En el fondo lo que nos estamos preguntando es qué es lo que nos hace humanos. Fernando Maldonado Edmond De Belamy (de la Famille De Belamy). Cuadro realizado en 2018 por el colectivo Obvious utilizando inteligencia artificial generativa (GAN - generative adversarial network). En la esquina inferior, la firma de autor corresponde a una parte del algoritmo que procesó la creación. La obra fue subastada y vendida en Christie´s por 432.500 dólares. Tyler Hobbs - artista visual (Austin, Texas) Desarrolla y programa algoritmos y combina el trabajo computacional con plotters y pintura. Botto Project Botto es un proyecto experimental dirigido por el artista alemán Mario Klingemann que integra diversas inteligencias generativas. Consiste en un desarrollo de algoritmos en el que una inteligencia artificial genera un título a partir de lo que lee en internet. A continuación, una segunda IA crea una imagen. Una tercera genera la descripción del cuadro. Finalmente se producen 20 cuadros y una comunidad (humana) elige uno de ellos. La imagen elegida por la comunidad se incorpora en formato NFT y sale a subasta. Según avanza el proceso de creación, la máquina va incorporando (aprendiendo, detectando) los gustos de la comunidad y a partir de los mismos genera nuevas pinturas/imágenes. Los beneficios obtenidos por la ventas de obra se reinvierten en la continua evolución de la máquina pues el proyecto tiene como objetivo final convertirlo en un ente/sistema de creación autónomo. Los primeros cuatro trabajos de Botto subastados a través de la plataforma de arte digital SuperRare recaudaron 1.1 millones de euros. Propuestas experimentales de Mario Klingemann se exhiben en Espacio SOLO Madrid. Obra y proyectos en Quasimondo.com IG @quasimondo IG @BottoProject Asymmetrical Liberation - BottoProject Sara aka Parametrip - ingeniera de diseño industrial (Barcelona) Tutorial Magnetic fields in Grasshopper 3D Más sobre arte generativo en > GENERATIVE HUT
- La dictadura de la belleza
"Justicia Facial" es una novela distópica del escritor británico Leslie Poley Hartley, publicada en 1960. La novela describe una sociedad postapocalíptica que ha buscado desterrar los privilegios y la envidia, hasta el punto de que a las personas se les cambia el rostro mediante cirugía para no parecer demasiado hermosas ni demasiado feas. Hartley describe tres tipos de mujeres, según el valor estético de su rostro: -Las alfa, que eran las hermosas; -Las beta, que eran las regulares; -Las gamma, que eran las feas. A su vez, dentro de cada plano existían subdivisiones; por ejemplo, en el plano gamma existía la «gamma plus» o tolerablemente fea y la «gamma minus» o extremadamente fea. Pues bien, la mujer que poseía un rostro alfa plus (la belleza despampanante) tenía la obligación de transformar su rostro mediante la cirugía estética, para acceder a un beta artificial. Para eso existía un “Centro de Igualamiento Facial” (Equalization) Y lo mismo debía hacer la que tenía un rostro gamma minus (la espantosamente fea). La protagonista, Jael, que poseía un rostro de belleza moderada (alpha minor) es envidiada por las otras mujeres. Intenta igualarse cortándose la cara, pero no basta. Después de un accidente Joel cae al hospital y los doctores aprovechan la ocasión de operar su rostro y transformarlo en beta artificial media. Al salir del hospital es felicitada por todos. Este régimen igualitario era dirigido por un "darling dictador" una voz anónima preocupada que no hubiese ninguna diferencia entre sus miembros. Finalmente el dictador cae y deja ver su figura. Es una mujer vieja obsesionada con la belleza femenina que no posee. El tema de la belleza de los rostros y su imposibilidad de igualarlos se aborda en diversos relatos de la historia, Aristófanes en "La asamblea de las mujeres", Charles Fourier en sus utopías sexuales igualitarias, en "Harrison Bergeron" de Kurt Vonnegut, que debió de leer a Hartley por lo parecido de sus tramas y especialmente en un perturbador episodio de La dimensión desconocida llamada "El ojo del observador". Allí una mujer espera vendada el resultado de una cirugía plástica para remediar su fealdad, es su undécimo tratamiento (el número máximo permitido legalmente) En un ambiente de alta tensión y penumbras, el personal médico va descubriendo poco a poco su rostro. El resultado muestra una belleza sublime, que sin embargo es rechazada con mucho escándalo por el personal. Nos damos cuenta que el mundo estaba poblado por seres horrendos, con cejas grandes, arrugas y rostros de cerdos. Esa era la norma de belleza. La mujer huye por los pasillos del hospital. Finalmente un hombre guapo, pero horrendo para la norma del Estado, sale a su encuentro y le pide que la siga al exilio, a una aldea donde podrá compartir con seres de su misma especie. En una sociedad más justa se pueden igualar las oportunidades, blindar el mérito, combatir la desigualdad económica, incluso para esto se puede utilizar la fuerza ¿pero que hacer con las diferencias de belleza? Algo que nunca en la historia pudo ser resuelto sin llegar a situaciones verdaderamente perturbadoras. La igualdad coercitiva de la belleza. La dictadura perfecta.
- Documento Territorial: Santiago II y Lima
Durante el año 2016 comencé a registrar con una cámara digital de video, distintos acontecimientos sucedidos en espacios arquitectónicos de la ciudad de Santiago, para luego crear un montaje con varios planos (entre 25 a 40 planos) unidos simultáneamente en un solo video. Ahí surgió la idea expandir esta noción de documentar el territorio, comencé a registrar imágenes, escenas cotidianas, a lo largo de todo el territorio nacional, de esta forma ir documentando fragmentos arquitectónicos de norte a sur que dan cuenta de la curiosa geografía, el paisaje y los distintos modelos de organización urbana y social que surgen en cada ciudad (entendida como territorio). El eje estructural que compone visualmente estos videos son edificaciones de un pasado medio, principalmente edificaciones que corresponden a un modernismo arquitectónico: recovecos, puentes, plazas, ascensores, escaleras, fabricas, estaciones de ferrocarril, etc. En estos videos, aparentemente inmóviles, se pueden observar acciones cotidianas de personas, animales, plantas, maquinas que espontáneamente entran, salen o circulan por estos volúmenes urbanos. En cada plano se desarrolla una acción, que compuesta junto a la totalidad de planos simultáneos conforman por medio del loop de video una infinita repetición. Noción de la vida contenida en el territorio (ciudad). DOCUMENTO TERRITORIAL: SANTIAGO II DOCUMENTO TERRITORIAL: LIMA
- Salvaje Millennial
Capítulo 1: Reflexión en la acción en Sanhattan “Acaba siempre, así, con la muerte, pero antes, ha estado la vida, escondida bajo el “bla, bla, bla”. Todo está sedimentado bajo la cháchara y el ruido. El silencio y el sentimiento. La emoción y el miedo. Los escuálidos, inconstantes, destellos de belleza. Y también, la sordidez desgraciada y la humanidad miserable. Todo sepultado bajo el manto de la molestia de estar en el mundo, bla, bla, bla. Lo que hay más allá de eso es otro lugar. Yo no me intereso por otros lugares. Por tanto, que comience esta novela. En el fondo es solo un truco. Sí, es solo un truco.” Paolo Sorrentino, La grande bellezza Observas tu figura desnuda en un espejo de cuerpo entero y detectas la irrupción de nueva grasa abdominal. Tienes apenas 30 años. Te cuestionas el problema de la fealdad. En algún momento se puso de moda que los humanos debían ser bellos, los mamíferos más hermosos sobre la Tierra. Tersos y brillantes como una escultura del empresario estadounidense Jeff Koons. No hay oxígeno en la belleza, por el contrario, vives encerrado en una barrica hecha con tu propia piel y de la cual intentas escapar usando uñas y dientes. Sabes que entre tu cuerpo y el placer hay un hilo roto, un cortocircuito que no impide el orgasmo. Estás tranquilo. Todavía follas pese a que vives en primera persona el crepúsculo del machismo interseccional. Una cantidad importante de hombres viejos y no tan viejos, como tú, cogen haciendo uso de artefactos sagrados y primitivos que son sustitutos perfectos de la disfunción eréctil y simbólica. Te ves a ti mismo tratando de ganar dinero con las criptomonedas; te gusta imaginar que eres Di Caprio en el Wolf of Wall Street. Mezclas cocaína y viagra todos los sábados a la misma hora. Te repites constantemente que eres tu propio jefe. Te miras en el espejo del GYM. Estás solo. Estás dispuesto a todo. Lo decretas. Eres un emprendedor de verdad. Pero no tienes puta idea de finanzas internacionales, muchas veces no se te para y ya has subido 5 kilos en los últimos meses. No entiendes la heterogeneidad de criterios que influyen hoy en día en las distintas generaciones al momento de elegir sus parejas sexuales, en especial las lolitas, que las ves muy frágiles y enfadadas. No entiendes porunqué la última chica joven que te follaste ahora prefiere tener sexo con sus amigas. Sientes que se te exige una dimensión de más. Ser más seductor, pero cada vez en una versión más blanda. Y ahí estás tú, perdido en la complejidad líquida del mundo, cuando lo único que realmente quieres es follarte el cuerpo sólido de una mujer. Has escuchado que para las mujeres es más difícil ejercer ciertas libertades. Siempre lo ha sido. Pero conceptualmente no lo entiendes. Para ti muchos han reducido la discriminación sexual a una sofocante culpa identitaria, en especial tus amigos universitarios, burgueses y ex-católicos. Es más, has visto a los intelectuales de tu generación transformarse en una especie de párrocos ateos que cambiaron las misas por asambleas. Ese fétido olor progre. Para ti es terrible elucubrar la vida de las futuras hijas imaginarias de nuestra sociedad. Has visto cómo algunas corrientes feministas más puritanas las han reducido a víctimas infollables -¿cuál es el antónimo de “erótico”?-. No entiendes las manifestaciones estéticas que derivan de la furia al macho. Solo sabes que tú eres muy macho, aunque no entiendas la carga semántica de esa palabra. Te cuestionas si acaso estás en peligro. Te has topado con chicas que no se depilan las axilas ni el coño, pero eso no te importa mucho cuando se trata de follar. Eres pragmático. Hasta el momento solo has descartado a una chica que escribió con su menstruación frases incendiarias en los muros de alguna institución gubernamental. Tú solo anhelas la simplicidad que emite una línea blanca sobre la mesa. Para ti es infinitamente mejor una sociedad de jóvenes que jalan cocaína en fiestas electrónicas que esta nueva generación de debiluchos que se muestran a sí mismos llorando vía streaming. Para ti, experto en marcas y marketing, en esa histeria digital no hay dolor real, solo un espectáculo. Es como esa amiga que tenías y que nunca quiso follar contigo. Se hizo una cuenta en Onlyfans y obviamente eres suscriptor de ella. Te dices a ti mismo que tú apoyas todo emprendimiento, pero en verdad solo buscas la sensación de poder que te otorga el pagar 5 USD/mes por espiarla remotamente. Abres una foto de ella en cuatro y haces zoom en su ano. Recuerdas que por ahí la querías penetrar, pero no logras fantasear nada. Te masturbas con esa foto, pero no se te para. Ya no hay erotismo, es todo burdamente explícito. Eres incapaz de conceptualizarlo, pero para ti todo se ha tornado más sexual que el sexo. Ves tetas y culos en todas partes, en cada esquina de la ciudad, como las grandes cadenas de farmacias de Santiago. Una frente a otra. Una junto a otra. Compitiendo. Coludidas. Te joden casi a diario, pero te sientes en Disney cada vez que entras en ellas. Han logrado construir experiencias de clientes cada vez más memorables al mismo tiempo que te cobran sobreprecios. Si hubieses leído algo más que Padre Rico, Padre Pobre pensarías: el sexo, como el mercado, no tiene nada que ver con una estrategia de dominación foucaultiana, todo se reduce a transacciones y mercancías. Y ni eso. Hasta el fetichismo con las mercancías/cuerpos se desvanece. Pero tú no lees mucho. Solo intuyes, como experto en startups, que más pronto que tarde todos terminarán follando en el metaverso. Sin cuerpos. Sin fracturas. Para ti Chile es un país mal follado. Primero, nos follaron los incas, luego los españoles y finalmente EEUU vía la CIA. Somos una cultura que nació de sucesivas violaciones. He ahí nuestra dificultad para decir “no”. Tú lo ves cada día en las reuniones de trabajo. Los complejos y el uso excesivo de diminutivos: “agüita”, “correito”, “poquito”, “chiquitito”. También lo ves en los happy hour cuando tus colegas se transforman en incompetentes acosadores. Ellos vivieron su despertar sexual, al igual que tú, en una época donde el sexo circulaba en forma de soft porn en revistas de moda que venían como suplemento del periódico, quizá El Mercurio. Hablamos de finales de los noventa. Aparecían jovencitas con rostros ABC1 en ropa interior o traje de baño posando en posiciones ridículas. Luego, conforme el acceso a internet se democratizó, complementaron sus fantasías con porno cada vez más hardcore y con mayor resolución. Esa fue toda la educación sexual recibida: revistas con cuicas semidesnudas y videos pornos sádicos. Cuando hace unas semanas vomitabas en un paradero de Av. Providencia a las 4 AM aprendiste que el sexo es mucho más complejo de lo que creías. Es sábado y dos chicas transexuales intentan convencerte de pagar por una mamada, al ver lo borracho que estás se aburren de ti y te revelan algunos secretos. Sus clientes frecuentes suelen pertenecer a dos arquetipos de hombres heterosexuales: 1.Jóvenes universitarios del barrio alto que cuando vienen de vuelta de la fiesta, usualmente borrachos o drogados, tienen una insospechada y retorcida necesidad de verga. Ya sea tocarla, mamarla o sentirla. La mayoría prefieren follarse a las chicas mientras les frotan el pene con la mano. Al parecer, la mayoría tienen miedo de ser penetrados, aunque algunos lo intentan. 2. Cincuentones casados, con hijos y excelente nivel socioeconómico. Usualmente altos ejecutivos de empresas que están en búsqueda de, según ellos, “nuevas experiencias”. Aquí se dividen mitad y mitad. Algunos prefieren penetrar. Otros son versátiles y gustan de ambas posiciones. A todos, sin excepción, les gustan las vergas. Esa noche descubres algo nuevo. Realmente no conoces a los hombres. Tampoco te conoces a ti mismo. Independiente de ello, crees que algo fascinante se esconde detrás del deseo de algunos tipos, que vienen de familias conservadoras y “bien constituidas”, por los penes. Ese mismo lunes, a la hora de almuerzo, bajas de tu oficina y caminas por Isidora Goyenechea, en las cercanías de Plaza Perú. Ves una multitud de nanas paseando a los hijos de sus patronas, como si hubieran salido de un nido o colmena todas al mismo instante. También observas a los esposos, hijos e hijas de las madres de esas patronas deambulando por el sector, impecablemente vestidos, firmes y brillantes como diamantes humanos. Te llama la atención lo fácil que convergen todos en sus elecciones. Por ejemplo, muchos usan variaciones de camisas celestes y dockers beige. A su vez, muchos eligen los mismos lugares para ir a almorzar o pasar un rato después del horario de oficina, como, por ejemplo, el Tiramisú. Para ti es totalmente aceptable pagar un precio infladísimo por un pedazo de pizza mediocre si a cambio pareces ser uno de ellos. No hay nada como el calor de la tribu. A veces observas tus ojos negros en el espejo. Se te pone la piel de gallina. Un sociópata crece en ti como un pequeño brote que emerge accidentalmente en el fértil jardín de la clase media. En tus huesos, músculos y estómago sientes la potencia de matar a un hombre, engañar a tu mujer, estafar a tu padre o hurtar la lapicera Montblanc de tu jefe. Y luego, consumado el infame acto, dormir como un bebe que descansa sobre la teta de su madre. Dormir por fin después de mucho tiempo sin dormir. Después de todo, “el que puede, puede”. Pero aún no sabes que un hombre como tú no es más que la suma de todos los hombres pequeñitos y aterrados. Algo en ti lleva años quebrándose. Primer capítulo de Salvaje Millennial
- Marylinne Robinson: “La experiencia es evidencia” *
Marylinne Robinson (Idaho, Estados Unidos, 1943) obtuvo dos de los premios más ansiados por todo escritor: el Pulitzer y el PEN/Hemingway. Autora de Gilead y Cuando era niña me gustaba leer, entre otros, en La mente ausente: la desaparición de la interioridad en el mito moderno del yo la autora estadounidense se embarca ahora en un ensayo sobre la identidad, la subjetividad, la religión y la ciencia. Temas sobre los que ha reflexionado desde la literatura y desde una mirada sociológica. En una entrevista con la revista Barbarie.lat, Robinson expresa su optimismo respecto del presente del clásico enfrentamiento entre ciencia y religión, se muestra preocupada por los avances fanáticos de ciertos sistemas de creencias y propone pensar a la experiencia como evidencia. por Valeria Sol Groisman VG: ¿Cómo surgió la idea de este libro? MR: Mis libros de no ficción son colecciones de conferencias que he dado en universidades y otros lugares. Generalmente responden a las preguntas sugeridas. Mis intereses son bastante conocidos ahora, por lo que generalmente me piden que hable sobre temas relacionados con ellos. Este libro refleja un período de tiempo en el que ciertos temas estaban en mi mente y en la mente de mi audiencia. VG: ¿Cuál es la definición de "mente" que se acerca más a una concepción del concepto que no es del siglo XIX? ¿Cuál considerás más adecuada? MR: Aprendemos lo que es la mente viendo lo que hace. Parece no tener límites reales. Es la creadora del mundo en el que vivimos. Da forma a nuestro entorno y define nuestro trabajo, encarna la belleza y el valor para nosotros, nos engaña y nos derrota, preserva la idea de la verdad a pesar de su propia lucha por llegar a la verdad. La tendencia a asociar la mente con el cerebro y luego hacer una descripción simplista del cerebro ha dejado de lado la cultura y la civilización, así como las absorciones de cualquier vida individual, despierta y dormida. VG: En su libro dice que considera la ciencia y la religión como conceptos antagónicos. Sin embargo, como aclaras, la ciencia es algo bastante reciente si pensamos en la historia de la humanidad. Antes de que surgiera la ciencia, ¿Había alguna concepción del mundo que se opusiera efectivamente a la religión? ¿Cuál? MR: El antagonismo entre ciencia y religión surgió de una concepción errónea de la naturaleza de la ciencia. Se pensó en el período moderno temprano como (potencialmente) una explicación final y suficiente de todo. La realidad se resiste por completo a una explicación de este tipo. La ciencia contemporánea describe misterio tras misterio. Esto significa que es altamente compatible con el pensamiento religioso. Por supuesto, la religión puede ser cruda, indigna de sí misma y, por lo tanto, una fuente de conflicto con la ciencia y mucho más. Escritores como Platón y Cicerón dejan en claro que en la Antigüedad muchas personas objetaron el politeísmo homérico y algunos descartaron la religión por completo. Siempre es difícil saber qué se acepta o se rechaza, ya sea la religión o una imitación corrupta de la religión que la gente no acepta. Si mi único conocimiento del cristianismo proviniera de la representación que ofrecen algunos de los fanáticos mezquinos que están entre nosotros en estos días, no puedo imaginar la idea de aceptarlo. VG: En su libro Nostalgia for the Absolute, George Steiner da por sentado que las grandes narraciones han perdido su fuerza y que existe una nostalgia por tales explicaciones totales. Por eso surgen lo que él llama metarreligiones. ¿Estás de acuerdo con esta idea? MR: Tal vez porque mi experiencia ha sido casi totalmente del Nuevo Mundo, nunca he experimentado un entorno en el que parecía haber "explicaciones totales". Como protestante, siempre he asociado a la religión con el debate en curso, un debate muy apasionante que implica pensar y que siempre he disfrutado. Las personas para quienes la religión ha afirmado una certeza elaborada, una suficiencia doctrinal para casi todas las cuestiones, han sufrido una pérdida por la que no he sentido equivalente. Estados Unidos, en este momento, está plagado de metanarrativas extrañas y de nostalgia, por razones que pueden ser en gran medida económicas y necesitan rectificarse. Podemos ser un contraejemplo a la tesis de Steiner. VG: ¿Cuál es el lugar que ocupa la religión en la actualidad? ¿Qué ocurre con la creencia versus la evidencia? MR: Esta es una pregunta difícil, en parte porque el papel de la religión es diferente en diferentes culturas y sociedades. Aquí y en Occidente, en general, muchas de las instituciones responsables de enseñar la fe y fomentar su práctica han fracasado gravemente, y las consecuencias han sido graves y predecibles. Muchas personas se han retirado de la adoración organizada. Esto no significa que no sean religiosos, pero sí significa que sus hijos podrían no serlo. Los intentos de apuntalar la religión asociándola con la política o el nacionalismo simplemente la comprometen o la suplantan. En la medida en que la religión se asocia con hacer justicia y amar la misericordia, se presenta un hermoso caso para ello. Considero que esto es una evidencia. Siendo yo misma religiosa, veo el mundo bajo esta luz. La experiencia es evidencia, para mis propósitos. Y leo cosmología científica contemporánea, cuántica, que encuentro completamente compatible con la metafísica religiosa. Es una "evidencia" más fuerte de lo que hubiera pensado esperar. VG: Es interesante la discusión acerca de si la religión es un fenómeno de orden individual o social. ¿Cuál es su posición sobre esto? MR: Otra pregunta difícil. Las religiones parecen, por naturaleza, formar comunidades, atraer adeptos. Luego, los individuos o grupos más pequeños se separan para adoptar una práctica más rigurosa. Algunas comunidades, la mía, por ejemplo, fomentan el individualismo. La paradoja puede tener el efecto de resolución. VG: Volviendo a la mente, ¿por qué creés que cuando hablamos de ella la pensamos como un objeto de estudio científico y no espiritual? MR: Este es un sesgo moderno. Mis escritores favoritos, Emerson, Melville, Thoreau, Dickinson, Whitman, todos escritores del siglo XIX, exploran la conciencia y la percepción como metafísicas, en cierto sentido como reveladoras. La ciencia puede decirnos cosas útiles sobre el cerebro, por ejemplo, que es el objeto más complejo que se sabe que existe en el universo. Me parece extraño que su complejidad como objeto no anime a prestar atención a lo que hace, cómo se expresa esa complejidad. Es como excluir el concepto de vuelo del estudio del ala de un pájaro. VG: ¿Cree que es posible que la ciencia y la religión puedan llegar a algún consenso en algún momento? MR: Ya no siento que haya ningún conflicto entre ellos como modos de pensamiento. Es decir, no veo nada en la ciencia contemporánea que impida una comprensión religiosa del mundo. Tampoco, por supuesto, la ciencia obliga a la comprensión religiosa. Pero la cuestión siempre ha sido si la fe ha sido desacreditada y desplazada por la ciencia. A medida que la ciencia se ha vuelto más profunda y perspicaz, la respuesta que emerge es claramente no. No ha sido desacreditada y no lo será. *Entrevista publicada en Revista BeCult











