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- Ladridos - Encuentro Interdisciplinario
Other People (0p__0__) Plataforma Grieta @plataformagrieta Ladridos l@adr1d0s El 4 Y 5 DE MARZO SE CELEBRÓ LADRIDOS 2023: ENCUENTRO MULTIDISCIPLINARIO Y GRATUITO QUE INAUGURAN EL SELLO OTHER PEOPLE Y PLATAFORMA GRIETA Talleres, conversatorios, instalaciones y música en vivo, así será Ladridos, encuentro gratuito, impulsado por el sello de música Other People, y el proyecto chileno, Plataforma Grieta, con el que debuta en Chile para presentar a una veintena de artistas de Latinoamérica y el mundo. Con entrada gratuita, en el Galpón 5, del Persa Víctor Manuel, y bajo el nombre de LADRIDOS, el sello Other People, y Plataforma Grieta, traerán a Chile la primera versión del encuentro que cobijará diálogos sobre inteligencia artificial, sonido, artes visuales, cultura, política, instalaciones, performance y, por supuesto, música en vivo. LADRIDOS contará con una selección de artistas realizada especialmente por Nicolás Jaar, Laura Estévez y Sebastián Herrera de Plataforma Grieta, la que, a partir de diferentes miradas disciplinares, intentará dar respuesta a la pregunta de esta primera versión: ¿QUÉ SIGNIFICA SER DE AQUÍ? La interrogante buscará tensionar las maneras de concebir el territorio, sus límites, y las formas que entendemos lo latinoamericano, nuestra relación con el mundo, el cosmos, y nuestras nociones personales, utilizando como herramientas el mundo de las ideas, la cultura, política, género, arte y música. 5 artistas internacionales, 7 nacionales y 8 residentes provenientes de diversas partes de América, serán quienes conformen el programa del encuentro, y quienes desde sus trabajos sonoros, musicales, visuales y performáticos, visibilizarán los procesos y formas de dar respuesta a la pregunta de esta inédita iniciativa que se realizará en Santiago de Chile. PRESENTACIÓN EN VIVO DE NICOLÁS JAAR Y 10 AÑOS DE OTHER PEOPLE El 2017 fue la última presentación oficial de Nicolás Jaar en nuestro país, a 6 años de su visita y con dos discos publicados en solitarios tras Sirens (Telas y Cenizas), el músico llegará a nuestro país, no solo para presentar un show gratuito en el marco de LADRIDOS, sino también para comenzar la celebración de los 10 años de su sello Other People. La casa discográfica creada por Jaar, en una década, se ha destacado por la búsqueda de nuevos horizontes en el sonidos y sus discursos, colaborando con artistas y agrupaciones como Tomaga, Pierre Bastien, Weavings (Angel Bat Dawid, Resina, Ellen Fullman, Rully Shabara, Wukir Suryadi, Księżyc, Juliana Huxtable, entre otrxs) Lucrecia Dalt, John Wall, Laraaji, Lydia Lunch, Dj Slugo, Terepa (Kouhei Matsunaga, Laurel Halo, Lucrecia Dalt, Rashad Becker, Charlotte Collin, Grégoire Simon, Julia Holter), Jan Jelinek, Estado Unido, Stéphanie Janaina, Against All Logic, Aho Ssan, Patrick Higgins, Sary Moussa, Fka Twigs, Dave Harrington, o Teenage Jesus And The Jerks, Vtgnike, entre múltiples otros proyectos. Para este año, el sello con base en Nueva York y Berlín, preparará varias sorpresas, siendo la inaugural, el encuentro que se llevará a cabo en Santiago. RESIDENTES Lxs artistas y productorxs Sukubito y Aria, de Chile; Merma Suelo, de México; QOA, de Argentina; Brigitte Olivares, de Venezuela; Astro Melou y Josef Paternina, de Colombia; y marchani, de Perú; son los 8 músicxs provenientes de diversas partes del continente, y que fueron seleccionados, durante el 2022, para ser parte del programa LADRIDOS. Becas, talleres de producción musical, y sesiones de conversaciones con filósofos, artistas, actores culturales y políticos fueron parte del apoyo que brindó el proyecto y que tendrá su cierre en Santiago; ciudad donde tendrán una residencia artística, de una semana, dirigida por Nicolás Jaar, plataforma Grieta y la presentación en vivo de sus propuestas musicales durante el encuentro. INVITADXS NACIONALES Dar visibilidad a referentes locales, al trabajo experimental y a las nuevas búsquedas sonoras es parte de lo que resalta la programación, que contará con artistas sonoros y músicxs de diversas ciudades de Chile, quienes destacan principalmente por desarrollar proyectos que permiten poner en discusión diferentes formas de entender el “Aquí” que está presente en la pregunta de esta primera versión del encuentro. El dúo de Concepción compuesto por Valentina Villarroel y Camila Cijka; músicx y artista transdiciplinarix de la octava región, Cristián Reinas; la artista sonora de Valdivia, Georgina Canifrú y la banda experimental de Santiago Lavina Yelb serán las apuestas locales para el encuentro, el que además contará con intervenciones visuales de los nacionales hypereikon, la muestra artística de Seba Calfuqueo, y la ya mencionada presentación de Nicolás Jaar. INVITADXS INTERNACIONALES Poner en relieve las problemáticas de Latinoamérica, sus revueltas sociales, conflictos ecológicos, coloniales, culturales, económicos, además de poner en valor nuestra identidad y rescatar nuestra memoria, son parte de las características que unen a lxs invitadxs internacionales. Las artistas y músicxs mexicanxs, Chantal Peñaloza; hexorcismos y Stéphanie Janaina, la investigadora y dj colombiana, Edna Martínez; además de la participación del músico iraní-francés, Cinna Peyghamy, son los invitados que, a partir de sus trabajos, permitirán descubrir las diferentes nociones y miradas del “Aquí” alrededor del continente. LOS ESPACIOS Dos espacios y casi una veintena de invitados, es lo que nos espera en esta primera versión de Ladridos. El Persa Victor Manuel será el lugar donde el 4 y 5 de marzo podrán ver a músicos de diferentes partes del mundo. Mientras que, el Subterráneo Providencia, acogerá la fiesta que servirá como celebración a este encuentro. SOBRE OTHER PEOPLE Sus Inicios se remontan al año 2013 en Nueva York, sus trabajos más destacados incluyen Terepa, una colaboración "telepática" dirigida por Kohei Matsunaga (también conocido como NHK'Koyxen) con Rashad Becker, Charlotte Collin, Lucrecia Dalt, Laurel Halo, Julia Holter, Grégoire Simon y el mismo Kohei; Caves, una recopilación de silencios protagonizada por Laraaji, Aho Ssan, Ana Quiroga y más; Weavings, una pieza en vivo colaborativa con Juliana Huxtable, Ellen Fullman, Wukir Suryadi y Rully Shabara de Senyawa, Angel Bat Dawid y otros; Conspiracy of Women, la pieza de palabra hablada de 1990 de Lydia Lunch; el álbum colaborativo de Tomaga & Pierre Bastien, Bandiera di Carta; el lanzamiento de Esotro/Veta de Lucrecia Dalt con remixes de William Basinski y John Wall; lanzamientos de Against All Logic, FKA Twigs, Darkside, Nicolás Jaar; obras visuales de Maziyar Pahlevan, Africanus Okokon, Jena Myung, Abeera Kamran y Somnath Bhatt. SOBRE PLATAFORMA GRIETA Fundada el 2017, por la artista visual, Laura Estévez, y el periodista, Sebastián Herrera, la plataforma busca generar espacios de acceso gratuito, a través de proyectos que cruzan la música, el arte, la cultura y política, con proyectos como Estrategias Oblicuas, encuentro independiente que, con 4 versiones, se ha consolidado como una nueva forma de entender la música, generando, a partir de conversatorios, exposiciones, instalaciones y shows en vivo, cruces disciplinares entre el sonido, la danza, la escritura, y el pensamiento crítico; Coloquio de Perros, encuentros realizados durante el estallido social de 2019, y que puso en discusión las formas de entender y pensar Chile, proponiendo diálogos transversales entre los principales actores políticos, culturales, y artísticos del país y la ciudadanía; Mala Memoria, encuentro realizado el 2021, en conjunto con el Museo de la Memoria y Los Derechos Humanos, y que buscó rescatar y visibilizar, a partir de la música, testimonios y archivos sonoros recopilados desde el golpe de Estado perpetrado en Chile en 1973, hasta la llegada a la democracia; CANVAS, podcast que, con casi un centenar de episodios, propuso dejar al descubierto los procesos creativos relacionados al arte, innovación, tecnología, arte, política y cultura; Grieta Mag, revista digital enfocada en la música experimental y electrónica, que busca visibilizar a artistas de Chile y el mundo. La plataforma, además, ha realizado una serie de colaboraciones con artistas como Raymond Pettibon, Soundwalk Collective, y Atom TM, entre muchos más.
- Thomas Porcher: “El servicio público es el patrimonio del pobre”
En entrevista para Barbarie, el economista francés explicó porqué seguirá oponiéndose a la reforma de las pensiones en Francia. Tal como ha dicho en los programas de televisión: “El movimiento tiene que mantenerse unidos y seguir presionando para que esta reforma no pase”. por Maria José Pavlovic - desde Paris para Barbarie Con la llegada del 2023, el gobierno del presidente Emmanuel Macron dio a conocer su nuevo proyecto para reformar las pensiones. Y desde entonces, en Francia no se habla de otra cosa. Ya se han convocado dos jornadas de manifestaciones a nivel nacional, y tres nuevas fechas para la segunda semana de febrero. Multitudinarias, con los sindicatos unidos, las huelgas buscan que el presidente desista. 64% de los franceses apoya el movimiento anti reforma. El macronismo argumenta que existe un déficit en el sistema de pensiones y que la única manera de recuperarlo es que las personas trabajen hasta los 64 años. Dentro de los que se oponen a la iniciativa, está el economista Thomas Porcher (45 años) quien es académico de la Paris Business School ubicada en el distrito 13 de la capital. Su último libro Mi Diccionario de Economía (Editorial Bayard) ha vendido más de 15.000 ejemplares. Criado en la banlieu (periferia) norte de Paris, Porcher se forjó en la educación pública. Integra “Les Economistes Aterrés”, un colectivo de economistas que surgió tras la crisis del 2008 y que se opone a los recortes budgetarios en Europa. Aparece casi a diario en los programas de debate por la televisión y radio. Tiene un espacio por internet que se llama “El instante Porcher”. Desde esa tribuna critiica abiertamente las políticas económicas lideradas por Macron, a quien califica de “Thatcher francés”. Hijo de un padre de origen vietnamita, fue al liceo en La Courneuve, territorio de inmigrantes y de conflictos con la policía. Allí vio la realidad de los que habitan en las viviendas sociales y tienen que tomar el transporte público para ir a trabajar. Lejos de la torre Eiffel y del Elíseo, Porcher se identificó con los padres de sus amigos con los que iba al liceo, los que buscaban trabajo y vivían del seguro de desempleo. Quizás fue entonces que se convirtió en lo que es hoy, un defensor casi religioso del modelo social francés y un opositor a las políticas neoliberales. A pesar de ello no le gusta que lo llamen “economista de izquierda” porque dice que a los economistas de derecha, no les ponen esta etiqueta. Cuando le preguntan qué significa ser un economista de izquierda se pone pensativo. En esta entrevista trata de descifrarlo. ¿Cómo influyó en su mirada sobre la economía el hecho de haber crecido en La Courneuve, un lugar con fuertes tensiones sociales? Hay muchos economistas que apoyan a Macron, que piensan que al cambiar una cifra sobre un papel, se resuelve todo. Que al cambiar la edad para jubilar, de 62 a 64 años, todo va estar bien y no tendrá consecuencias en el mundo real. Y es que no conocen a las personas. El ministro de economía nació en Neuilly sur Seine, un suburbio muy caro, estudió en colegios privados, nunca se ha relacionado con los pobres. A ese tipo de gente no les importa el modelo social. El servicio público es el patrimonio del pobre. Cuando yo era joven, vivía en la banlieue (periferia) y comenzaba la globalización. Nos dijeron que todos podrían beneficiarse de ella. Pero alrededor mío, yo veía los efectos negativos de esa globalización. Las fábricas de la periferia de Saint Denis empezaron a cerrar e impactó todo el cordón industrial. Los padres de mis compañeros de colegio quedaron desempleados. Varios terminaron alcohólicos. Venían a cobrarles deudas y tenían que esconderse. Sentían vergüenza. Si hubiesen crecido en barrios como Neuilly o al Oeste de Paris, no habría estado en contacto con esta realidad. ¿Cómo cree Ud. que los que están en el gobierno ven esa realidad de Francia? Las elites desconocen Francia. Basta con leer el último libro del ministro de economía, Bruno Lemaire. Allí cuenta que en uno de sus viajes por las provincias, conoció a una señora que tenía problemas para pagar sus facturas. Entonces él le dio algunos consejos técnicos para solucionar su problema. Años después, vio que la misma señora estaba protestando junto con los “Chalecos Amarillos”. Y hablando de los “Chalecos Amarillos”, que aparecieron en el 2018, ¿por qué cree que surgió ese movimiento que impactó tanto? Fue un año en que hubo una baja de los impuestos sobre la gente que pagaba por su fortuna. Esto equivale a 1% de los franceses, los más ricos y que son los que poseen el 25% del patrimonio francés. Estamos hablando de los que poseen fortunas enormes. Y un año después, el gobierno aumentó un impuesto a la tasa de hidrocarburos y subió el precio de la bencina. Como la gente detrás de estas medidas viven en Paris y son muy ricos, se dijeron que 2 a 3 céntimos más no significan gran cosa. Pero lo que pasa es que fuera de Paris no hay transportes como en la capital. El uso de los autos fuera de Paris es de un 90%. Esto fue lo que generó el movimiento de los Chalecos Amarillos. En el pasado se hizo un sondeo en el que mostraba que uno de cada dos franceses, veía como su voto podía cambiar en función del precio de la bencina. Entonces yo dije que cuando el precio de la bencina empieza a subir, hay que bloquearlo porque impacta en el poder adquisitivo. Esto fue en el 2012. A la gente aquí en Paris parecía no importarle. Y es que no conocen bien la realidad. Unos años más tarde explotó el movimiento de los Chalecos Amarillos por el precio de la bencina por unos céntimos de más. Fue algo que sorprendió a toda la elite parisina. Macron tenía mucho miedo, fue la primera vez que sintió miedo. La situación comenzó a hacerse incontrolable. ¿Qué es lo que se quiere reformar en las pensiones? Hemos agregado 4 años en relación a la edad para jubilar. Antes era a los 60, luego pasamos a 62 años. Después empezamos a cotizar más y ahora se quiere pasar de 62 a 64 años. En una década, se han agregado cuatro años más de trabajo. La esperanza de vida no ha aumentado en cuatro años. En general aumenta 3 años cada 2 décadas. Luego hay que pensar en la esperanza de vida gozando de buena salud. Hay que pensar en las desigualdades. Las clases populares. Los obreros recibirán diez años de jubilación antes de morir. Con esta reforma le están tomando dos de esos diez años, es decir un 20%. Lo que quiero decir es que hay una desigualdad muy fuerte entre los trabajos, entre los obreros, los que hacen trabajos en fábricas y el resto. Y se presenta como algo neutro para todo el mundo, como si solo se estuvieran agregando dos años. Los que defienden esta reforma y dicen son solo dos años, no son obreros. 40% de los empleados, de los obreros, dicen que el trabajo los desgasta. Esa reforma degrada las políticas públicas al cambiar las reglas del juego. Y es completamente injusta para las personas más pobres. El modelo social francés que Ud. defiende está en declive Claro. A causa de las políticas que se han ido aplicando. ¿Por qué la extrema derecha sigue creciendo en Francia? Y es un fenómeno que se está dando en toda Europa. Si formas parte de una familia, tienes un hijo, vas a buscar un lugar en la sala cuna pública, la respuesta es “no habrá lugar para todo el mundo”. Si la persona va a hacer la demanda para una vivienda social, la respuesta es la misma: no hay lugar para todos. Vas al hospital, hay que esperar largas horas. Vas al doctor y es lo mismo. Entonces, dentro de esta debilidad del modelo social, es muy simple que lleguen los políticos a decirles que las esperas en el hospital y que la falta de cupos en las salas cunas es por el exceso de inmigrantes que vienen a Europa. Pero no, el problema no son los inmigrantes. El verdadero problema es que desde hace años que se está recortando ingresos al servicio público. Francois Hollande, presidente socialista, le bajó los impuestos a las empresas. Fue un regalo fiscal muy grande. Para compensar eso, bajó el presupuesto para las colectividades locales, el dinero que va a las ciudades, a los pueblos, a las periferias. Economías sobre la pequeña infancia: las salas cunas, los casinos escolares, las actividades después de la escuela. También recortes en cultura y los pasatiempos para las comunidades. Entonces se ve bien que se le entregó dinero a las empresas, las que prometieron 1 millón de empleos y se crearon 100.000 solamente. Se observa un desfase entre la Francia que fue potencia mundial y la Francia de los problemas actuales ligados a las falencias en la salud (falta de personal en los hospitales, colas para la atención) , en educación y en servicios, las huelgas en distintos sectores, los problemas que enfrentan las personas todos los días y las frustraciones que eso crea. Francia fue muy innovadora en varias áreas, gracias al modelo social que se hacía cargo de los más débiles. Esto no fue en caso del Reino Unido ni de los Estados Unidos. Fue una decisión francesa por la que deberíamos estar orgullosos. Hoy en la universidad las ideas se uniformizaron con los americanos. Las políticas liberales. Esto es bastante nuevo, no era el caso de antes. Muchos salieron y obtuvieron puestos importantes, y en general, vienen de clases ricas. Ellos empezaron a unirse en la manera de pensar del empresariado, que ya no quieren este modelo social. Y no lo quieren porque no quieren pagar impuestos. Entonces el modelo social es el que sustenta los hospitales, las carreteras, las escuelas y la gratuidad de las universidades. Eso se financia con los impuestos de los más ricos y de las grandes empresas. Hay una parte importante de nuestras elites, de derecha y de izquierda - Francois Hollande - que han dicho que el problema está en este modelo social y que hay que reducirlo. Nosotros teníamos unos de los mejores servicios de salud en los años 2000, y entonces decían que había que reformarlo, aplicar técnicas de management y manejarlo como una empresa. Lo mismo para las escuelas y para todo. Mientras más baja el modelo social, más se desarrolla el sector privado hasta desplazarlo. Y más sube la extrema derecha a nivel político. El presidente Macron y su gobierno dicen estar determinados en cambiar el sistema de jubilación. ¿Qué cree Ud que va a pasar? Dos de cuatro franceses están en contra la reforma de las pensiones. Hace dos días atrás el presidente Macron se mostraba con una estrella de la música, Pharrel Williams, eso demuestra una falta de sintonía con la gente. ¿Cuál es el impacto de esta reforma en la vida de Macron? Ninguno. Él no usa transporte público, su sueldo no va a cambiar. ¿Cuál es el desafío democrático para Macron? Ninguno. Porque no se va a presentar nuevamente. Lo que quiere hacer es algo en el estilo de Thatcher en Inglaterra. Thatcher logró poner de rodillas a los mineros y esta fue la razón por la que entró en la historia de la derecha. Macron quiere hacer algo parecido. Hacer la ley de reforma de las pensiones y pasar a la historia de la derecha europea. Es por eso que va a insistir, incluso si todos se oponen.
- La crueldad
I “La crueldad no es otra cosa que la energía del hombre”, define el marqués de Sade, reconocido experto en la materia; “el niño rompe su sonajero, muerde la teta de su nodriza y estrangula a su pájaro mucho antes de entrar en razón”. La energía que nos habita, la fuerza que pone en movimiento la vida, está intrínsecamente asociada al goce destructivo. Tal impulso se orienta a transgredir una prohibición, un límite, un velo –prohibición que según Sade procede de afuera, de la sociedad, pero que Bataille ha mostrado ya en su carácter constitutivo del ser humano–. La crueldad consiste entonces en desgarrar el velo que cubre desde el origen lo que no soportamos ver o saber: nacemos con los ojos cerrados. En un sentido literal y simbólico, se trata de la sangre, que debe permanecer en el interior, y cuya visión produce el desvanecimiento de los corazones piadosos. En efecto la crueldad se vincula etimológicamente con lo cruento (lo sangriento) y lo crudo: la crueldad es recrearse en la sangre, divertirse o gozar con la sangre. Cuando el velo-piel se rompe, esta se derrama y la morbosidad se relame. Así sucede cuando herimos, pero también cuando hurgamos, espiamos, exhibimos, chusmeamos, provocamos, aguijoneamos, desafiamos. Esas son las delicias de la crueldad, que atraviesan con mayor o menor intensidad a todo aquel que esté vivo. La sangre es precisamente la cifra de la vida, lo saben los vampiros y también sus presuntos enemigos cristianos, que la beben en la eucaristía como alimento vital. Cuanto más íntimo es aquello que se exhibe al rasgarse el velo, mayor es la crueldad, mayor la profanación del espacio sagrado que delimita la intimidad. II Concebida como desgarramiento de velos, la crueldad revela su profunda afinidad con la curiosidad. Cualquiera que haya visto a un niño desarmar un juguete comprende el sesgo destructivo del acto curioso. La gran cantidad de mitos y relatos que nos advierten sobre el carácter destructivo de la curiosidad da cuenta del asunto: si se transgrede el límite, no hay vuelta atrás. Pandora, Eva, Psique, la mujer de Barba Azul, Orfeo, todos han conocido las consecuencias de violar la prohibición: el estado de cosas existente no podrá conservarse. La curiosidad mueve y transforma, y por lo tanto pierde y destruye. La curiosidad supone la persecución de alguna verdad o conocimiento que es por necesidad una cruda verdad (no hay verdades piadosas). Esa persecución requiere más coraje que inteligencia. La fórmula ilustrada sapere aude supo captar esa relación del saber con el atrevimiento, con el arrojo. No hay curiosidad sin coraje, ni coraje sin crueldad: el gesto consiste en soportar la pérdida para saber, investigar, destapar, desvelar. III La ética sadiana propone no hacer caso a ningún freno en el ejercicio de la crueldad, pero tal exigencia entraña una contradicción evidente: si no consideramos ningún límite, la transgresión se desvanece. El gusto de Sade por la blasfemia expresa esta tensión de manera elocuente: para que haya profanación hace falta sacralidad. El velo y su desgarramiento (así como la prohibición y la transgresión) conforman un único mecanismo que define la estructura de nuestro modo de ser y de actuar en el mundo. En este sentido, quizás no convenga asumir una definición materialista ontologizante como la sadiana, que concibe la crueldad como “energía”, ni tampoco pensarla como una pasión: más bien se trata de un gesto (de desgarrar el velo), de un acto. Lo mismo vale para el gesto que se le contrapone, el piadoso, que sostiene el velo y se priva de las delicias de la crueldad. La piedad no consiste primeramente en una com-pasión, en sufrir con otro –en la escultura de Miguel Ángel que lleva ese nombre se destaca la ausencia total de sufrimiento en el rostro de María–, sino que cumple la doble función de decir no a la crueldad (el freno) y de sostener lo que carece de vitalidad. El acto piadoso en su aspecto positivo es en extremo sutil: consiste en sostener la escena cuando el deseo –perteneciente por principio a la lógica curiosa y erótica de la crueldad y proclive siempre a caer desfallecido, como Jesús en la escultura– se ha retirado. Si la crueldad es hermana del coraje, de la verdad y la franqueza, la piedad tiene como parientes a la cobardía, la mentira y la hipocresía. Sin un poco de cobarde piedad, no hay freno para la crueldad intrínseca a la vida humana. La cobardía no es tanto el miedo, como el acto que cede ante el miedo, y al ceder se priva también de gozarlo, de enfrentarlo, de vencerlo. La hipocresía, por su parte, tiene la virtud de la humildad: no provoca, no lucha, sostiene la escena, cede el protagonismo. La soberbia es entre los griegos la acción de extralimitarse (la hybris), es decir, de no aceptar el límite, el carácter limitado de la humanidad frente a los dioses. Tomar el cielo por asalto, no bajar la cabeza: la curiosidad no juega otro papel desde el Génesis. La advertencia de los mitos es clara: la crueldad permite el movimiento vital creador, pero sin piedad no puede haber supervivencia de lo creado. IV La ética de la crueldad insiste con el siguiente argumento: el freno a la crueldad procede de la debilidad, los fuertes en cambio son aquellos que carecen de piedad y de (mala) conciencia; los débiles buscan debilitar a los fuertes, que deben liberarse del yugo de la conciencia. William Shakespeare ha colocado parte de este argumento en boca de Ricardo III, el rey sanguinario de crueldad irrefrenable: “La conciencia es solo una palabra que usan los cobardes, inventada para asustar a los fuertes”. Por su parte, el asesino mercenario contratado por Ricardo lanza esta jocosa invectiva contra la conciencia: “No quiero tratos con ella; a cualquiera lo vuelve un cobarde. Uno no puede robar sin que lo acuse, no puede jurar sin que le tape la boca, no puede acostarse con la mujer del vecino sin que los pesque. Es un espíritu ruboroso y vergonzante que se amotina en el pecho del hombre. Te llena de obstáculos: una vez hizo que devolviera una bolsa de oro que encontré por casualidad. Deja en la ruina a cualquiera que la conserve; la destierran de los pueblos y las ciudades por ser cosa peligrosa, y todo el que pretenda vivir bien, se esfuerza por fiarse de sí mismo y vivir sin ella”. Fiarse de sí mismo, del propio impulso inmediato o instinto, y no someterse a la voz consciente, duplicadora, reflexiva, aquella que engendra la culpa: esa es la ética soberana de Sade. Bataille tiene el mérito de haberla expuesto en su verdad y también en su mentira. Las dos mentiras de Sade pueden resumirse así: la soledad es indefectible (no habiendo lazo posible entre personas), y existe la posibilidad de un hombre soberano cuya fuerza no se detiene ante ningún límite y por tanto ningún otro. Como ha mostrado Bataille, ni estamos solos ni existe tal ser soberano: aún reconociendo la relación entre soberanía, egoísmo y fuerza, lo cierto es que no disponemos de esa fuerza de la que nos quiere hacer dueños el marqués. La cobardía es constitutiva del ser humano y contribuye a hacerle frente al gesto cruel con siempre relativo éxito. Bataille define al ser humano a partir de las prohibiciones; en nuestros términos, el velo y la crueldad son dos caras de una misma moneda. V Shakespeare sugiere que la crueldad de Ricardo está ligada a un coraje que roza lo maravilloso: “El rey ha hecho más prodigios que un hombre, osando enfrentarse con todos los peligros. Su caballo ha caído y sigue el combate a pie, buscando a Richmond en las fauces de la muerte”, comenta su consejero Catesby. Ese arrojo desmedido no es humano. “¿Tener compasión? No, eso es de cobardes y mujeres”, exclama el asesino del cristiano Clarence, a lo que este responde: “No tener compasión es de bestias, salvajes y demonios”. Shakespeare supo mostrar que ambas afirmaciones son ciertas.
- Por qué la razón es importante para la democracia
Se me permitirá que empiece dejándole claro al lector, por pura honestidad intelectual, que la pregunta del título constituye el vínculo entre mi último libro, El Gran Apagón (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2022), y el anterior, Democracia: la última utopía (Madrid, Espasa, 2021). No se trata de un vínculo imaginario, sino que emerge con toda claridad cuando nos formulamos la pregunta ¿de qué arma se sirven quienes en nuestros días tanto se esfuerzan en intentar dañar a la democracia? La respuesta, a mi juicio, es la siguiente: los enemigos de la democracia, sea cuales sean los ropajes con los que se revistan y las consignas que manejen (porque, sin duda, los ataques que aquella recibe provienen de más de un frente), persiguen partir el espinazo deliberativo-racional que constituye la sustancia última del sistema democrático. A poco que se piense, el empeño tiene todo el sentido del mundo. Porque esa dimensión deliberativo-racional no se postula en tanto que valor abstracto ni, menos aún, como un fin en sí misma, sino en tanto constituye una pieza fundamental para organizar la vida en común. Con otras palabras: la reivindicación de la racionalidad aquí implícita se encuentra al servicio de la materialización de los valores-marco, de los valores fundacionales de la democracia moderna, la cual, precisamente porque es argumentativa y racional, es ilustrada. La desactivación de la razón por parte de quienes quieren dañar a la democracia se despliega desde un doble punto de vista. No ya solo desde el punto de vista formal, intentando neutralizar los mecanismos y estructuras que garantizan la mencionada dimensión deliberativo-argumentativa de la democracia, sino también, desde el punto de vista del contenido, desdeñando el valor de lo racional en beneficio de lo emotivo-sentimental, como prueba bien a las claras el resurgimiento de los identitarismos de variado pelaje. En todo caso, los ataques que últimamente viene sufriendo la democracia certifican, por contraste, que, en efecto, su fundamento se encuentra en los valores ilustrados recién aludidos. Un fundamento, dicho sea de paso, frágil en la medida en que son diversos los frentes desde los que puede ser dañada, según cual de sus tres valores fundacionales se pretenda poner en cuestión. El valor de la igualdad, por ejemplo, puede ser puesto en cuestión desde la esfera económica, a través de la intervención de poderes económicos, a menudo en la sombra, que perciben como un obstáculo para el desarrollo de sus intereses la existencia de una democracia constitucional comprometida con las clases trabajadoras, con la ciudadanía. También se impone mencionar los ataques que puede sufrir la democracia por parte de quienes, apelando a una libertad mal entendida, pretenden dañar a aquella desde dentro, esto es, llevando a cabo una utilización torticera de sus propios valores. La célebre argumentación popperiana acerca de la tolerancia y su afirmación de que no cabe ser tolerante con los intolerantes vendría, a este respecto, al pelo. Todos los dispositivos formales desdeñados por los enemigos de la democracia lo que precisamente persiguen es, si se puede hablar así, protegerla de sí misma, de manera que cualesquiera cambios legales que se quisiera introducir se ajustaran a derecho en forma y fondo, esto es, siguieran los cauces establecidos en las mismas leyes que se pretenda cambiar. No en otra consiste la función protectora que desarrollan los contrapesos materiales y formales característicos de nuestras democracias. Por último, la democracia puede verse dañada desde la perspectiva de la desatención al valor de la fraternidad. Aunque, en este caso, con un matiz diferencial ciertamente importante. Porque, a diferencia de la libertad y de la igualdad, que en gran medida pueden venir garantizadas por el Estado, la fraternidad necesita, en una proporción mayor, el concurso de los propios ciudadanos. Lo que no significa, claro está, que se deba desdeñar su inesquivable dimensión política. Yo mismo he afirmado en más de una ocasión que el federalismo constituye la forma política de la fraternidad. Pero eso no quita para que haya otras dimensiones de la misma que solo pueden ser activadas desde la esfera individual. De ahí que en alguna ocasión me haya atrevido a afirmar, parafraseando -respetuosamente- a Wittgenstein, que la democracia no es solo una caja de herramientas: es también una caja de valores. Y, por si hace falta dejarlo claro, de unos valores que urge materializar. Lo formulo así, con una cierta rotundidad, porque durante demasiado tiempo tendimos a entender la democracia como una condición de posibilidad para la materialización de los grandes relatos (de emancipación), sin darnos cuenta de que ella era ya uno, solo que parcialmente alcanzado y, en esa misma medida, naturalizado. Ahora, que amenaza con escapársenos, estamos en condiciones de reconocerle su carácter emancipatorio, tanto tiempo minusvalorado. Sentado lo cual, una última puntualización valdrá la pena introducir, no fuera a ser que la reivindicación de los valores ilustrados y de la dimensión deliberativa-racional planteados hasta aquí pudieran ser interpretados en términos de un alineamiento con lo científico entendido como la única forma de conocimiento capaz de resultar de utilidad en la defensa y desarrollo de la democracia. Una tal interpretación, más que restrictiva, resultaría directamente equivocada. Porque, de hecho, en muchas ocasiones la función que cumplen la representaciones artísticas o literarias es la de llevar las emociones en la dirección correcta. De ahí que tenga perfecto sentido criticar determinadas exaltaciones estéticas por representar, pongamos por caso, valores o actitudes que propician cualquier forma de fanatismo irracional. De cualquier forma, una vez reorientadas en la dirección correcta y llegada la hora de pasar a la acción, todas esas emociones decaen desde el punto de vista práctico y acostumbran a constituir un factor retardatario para cualquier avance, utilizado especialmente por los puristas maximalistas. A este respecto, se me permitirá que en relación con esto último señale tan solo un extremo, formulado en términos de pregunta (algo retórica, lo reconozco). Los avances, por no decir progresos, en la historia de la humanidad, y concretamente los que vienen representados por una ampliación de derechos o la generalización de estructuras democráticas, ¿acaso se han producido porque hemos conseguido embridar nuestras emociones y encauzarlas hacia objetivos racionalmente deseables o porque hemos dado rienda suelta a las mismas? Ahora bien, tras todo lo anterior resultará poco menos que ineludible dejar señalado que las contraposiciones exageradamente rotundas, excluyentes por tajantes -como, sin ir más lejos, esta que enfrenta a la razón con las emociones- resultan de poca utilidad a la hora del análisis. A este respecto, algunos recordarán que, hace no tanto tiempo, se utilizaba como expresión habitual para designar la función del arte o la literatura como reveladora de la condición -por ejemplo, injusta- de determinadas situaciones la de "tomar conciencia", de inequívoca vocación abarcadora tanto del registro racional como del emotivo. De la misma forma que la expresión "estar concienciado" designaba la actitud de quien no solo tenía ciertas ideas sino que también era sensible ante determinadas situaciones. Se desprende de todo ello entre otras cosas que ese entrar en razón a cuyas puertas nos deja la emoción adecuada no podrá equivaler en ningún caso a ingresar en ningún universo de certezas incontrovertibles (ni siquiera científicas). Por el contrario, como le gusta afirmar a Fernando Savater, no se trata de salir de dudas sino de entrar en dudas. Hace ya muchos años que el poeta español Blas de Otero escribió aquello, luego tan citado, de “Dios me libre de ver lo que está claro”, dudoso privilegio este de dogmáticos y fanáticos, capaces de dar incluso la vida por sus cegadoras evidencias. La filosofía, por el contrario, tiene una peculiar manera de manejarse en medio de la oscuridad de los tiempos que nos ha tocado vivir, por formularlo en términos decididamente arendtianos. De la articulación de ambas afirmaciones saldría una provisional indicación acerca de cómo hacerlo: entrar en razón es entrar en dudas. Dudas que, por supuesto, no excluyen alguna certeza, no necesariamente estimulante. Como, por ejemplo, la meta-certeza que formulaba Yeats en unos versos de su poema “La segunda venida” con los que me tropezaba el otro día, leyendo un texto de David Rieff, que dicen así: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores/ están llenos de apasionada intensidad”. Manuel Cruz Catedrático de Filosofía y expresidente del Senado de España
- Jennifer Coolidge: de musa de la comedia sexual a actriz de culto
Para la muchachada de mi generación American Pie es un clásico del cine pochoclero. Era ver la película y entonces entender (quizás no del todo) muchas de las cosas que ni nuestros padres ni nuestros docentes nos habían explicado nunca. La trama era lo de menos: lo que importaba de verdad era sucumbir ante las grotescas escenas de sexo, dejarse llevar por la sucesión de manidos recursos donde el humor iba de la mano de la torpeza de las primeras veces. En ese sentido, y solo en ese sentido, la saga dirigida por los hermanos Paul y Chris Weitz podría considerarse una especie menor de algo así como un cine de educación sentimental o novelas de aprendizaje (si trasladamos el concepto de Bildungsroman de la literatura a la pantalla): el tipo de historia que sigue a un/a joven o a unos/as jóvenes mientras va o van descubriendo de qué va la vida. Claro está que en este tipo de obras suele aparecer por lo menos un personaje que ejerce el rol de educador, y ahí es donde entra la actriz Jennifer Coolidge y su mítico papel de Jeanine o, mejor dicho, “la mamá de Stifler”. Voluptuosa, sexy, desprejuiciada, libre y madre: una MILF (Mother I Like to Fuck), un concepto que a pesar de su carácter altamente estereotipante sigue en boga. Esa es Jeanine en American Pie. Pero ¿es esa Jennifer Coolidge? Lo cierto es que en 2022, durante una entrevista concedida a la revista Variety, la protagonista de The White Lotus (HBO), serie que la consagró como actriz “seria”, confesó que luego de rodar American su vida sexual cambió por completo: su personaje la convirtió en objeto de deseo y llegó a acostarse con 200 hombres, algo que cuenta sin rodeos: “Jugué mucho a ser una MILF y conseguí mucha acción sexual de American Pie. Hubo tantos beneficios al hacer esa película”. Pero Coolidge es mucho más que Jeanine y las estelas que ese papel de comediante supo alzar: sus apariciones en Legalmente Rubia (2001) y Testoterone (2003), por ejemplo, donde interpreta a una Jeanine con mínimas desviaciones. Ahora, a sus 61 años, la actriz logra cosechar elogios del Hollywood que importa a los críticos gracias al personaje de Tanya McQuaid en una serie de humor pero esta vez del negro, el que, dicen, hace pensar (aunque según ella misma advierte fue su participación en el videoclip Thank u, next, de Ariana Grande, lo que la devolvió a la escena pública ya que su carrera estaba “en declive”). McQuaid (de aquí en más usaré nombre y apellido como equivalentes en nombre de lo no repetición desmedida) es una adinerada y muy solitaria mujer que llega al hotel The White Lotus en plan de mucho más que descansar: en realidad su vida no es más que descanso. Todo lo que hay que hacer alguien lo hace por ella: así vivió y así vive. Sin embargo, y ahí reside lo paradojal de su rol, la plata no ha regado lo suficiente la raíz de su felicidad. Lo que McQuaid busca, ante todo, es ser querida, valorada (quizás, después de todo, el personaje no esté tan lejos de la intérprete si de lo que se trata es de cumplir deseos). Si bien ya en la primera temporada Tanya se destaca de entre los demás personajes, es en la segunda vuelta que logra despegarse de su afamada Jeanine y generar en el público algo parecido a una profunda empatía; afecto, tal vez. Su logradísimo trabajo, que va in crescendo a medida que avanza la historia y que concluye con una escena tan triste como magistral (perdón por spoilear), es la muestra de que sus años en el American Academy of Dramatic Arts no fueron en vano. Cuenta Coolidge que fue mientras estudiaba que reconoció su facilidad para hacer comedia y hacia ahí encaró su futuro, pero qué difícil desensillarse de un rótulo una vez que se adhiere con fuerza y se vuelve pegote. Coolidge navegó con una brújula de inercia durante años, casi toda su carrera, bah. Parecía que ya todo estaba escrito: recrearía a Jeanine las mil y una veces, incluso más allá del hartazgo. Pero no hay destino sino destinos. Podría ser este, podría ser aquel. Tanya le llegó a Coolidge en el momento justo y ella supo exprimir la salvia. Es que si volvemos a los primeros capítulos de The White Lotus será difícil no evocar a Jeanine (George Lakoff escribió en su mítico libro que si nos piden que no pensemos en un elefante lo más probable es que lo hagamos). ¿Ocurre lo mismo en la serie en cuestión, o todo lo contrario? ¿Su director nos ruega: “no pienses en Jeanine, no pienses en Jeanine” para que ella se nos venga a la mente? ¿Es un dulce o un truco? El destino muta en destinos cuando Coolidge se sale de su clásico physique du rol para calzarse uno bien distinto. Quisiera creer que fue su idea, que ella animó al director para que le permitiera correr el riesgo de ser, por una vez, otra. Si así fuera, me permito imaginarme el diálogo: -¡Basta de Jeanine! -diría a los gritos-. Ella o yo. Vos elegís. El director, temeroso, le respondería que ella, que la elige a ella, que sin ella no hay serie. Entonces le propone que su transmutación, la de Jennifer (pero también la de Jeanine y la de Tanya, of course), se produzca en el plano de la ficción. Y eso es lo que ocurre. Somos testigos de una explosión estelar. Una supernova. Valeria Sol Groisman
- Contra la literalidad de la vida
¿adónde irás ahora, expoliado de sombra, a dónde? Paul Celan 1 «No existen los sinónimos» decía en una entrevista la cronista y editora argentina Leila Guerriero. Para ilustrar su punto, daba el siguiente ejemplo: las palabras oscuro y lúgubre suelen tenerse como sinónimos. Ambas refieren a la falta de luz y al predominio de las tinieblas en un espacio determinado. Sin embargo, a pesar de que sean vistas como similares, no quieren decir exactamente lo mismo. Lúgubre viene acompañado de todo un significado fantasmal, sombrío, tenebroso, que se aleja bastante de un término mucho más neutro como lo es oscuro. Además, esa tilde en la "u" hace de lúgubre una palabra pesada, con gravedad propia, capaz de modificar radicalmente el significado de una oración. De modo que un «sinónimo» no refleja otra cosa que un campo semántico en común que pueden compartir dos o más palabras de una misma lengua, pero más que eso, nada. No hay, por tanto, igualdad entre ellas. 2 Que ninguna palabra tiene su doble exacto en una lengua es algo que bien saben los traductores. Las sucesivas modificaciones en el tiempo que han sufrido las traducciones de el «Ulises» o «La fenomenología del espíritu» reflejan, de manera elocuente, no sólo los constantes esfuerzos por dar con la palabra exacta, sino también con el sentido exacto de un sintagma. La cosa se pone peliaguda cuando hablamos de poesía: ahí la cadencia, el ritmo, la respiración, los silencios y la diferencia sonora entre una palabra y otra, a veces hacen imposible la tarea de trasladar a otra lengua lo que aparece en un texto. Por eso, cuando los traductores se ven enfrentados a estos dilemas, toman decisiones difíciles, como la de privilegiar alguno de estos aspectos en desmedro de otros. Ahora bien: las traducciones también reactualizan los textos; ante palabras o términos que han caído en desuso, los traductores vuelven a la obra y la "actualizan" para hacer de su lectura una tarea menos complicada. Y aunque son conscientes de que reemplazar una palabra por otra modificará en algo su sentido, tratan de que la nueva vaya hacia la misma dirección que la antigua. En el fondo, hacen lo posible por no modificar la esencia del texto, pues cada palabra está ahí por algo. Fue producto de una decisión. 3 Hace algunos días, la editorial Puffin Books (perteneciente al grupo de Penguin Random House) comunicó a la comunidad lectora que varios de los textos infantiles escritos por Roald Dahl, célebre autor británico, serían modificados en alguna de sus expresiones para no incurrir en ofensas hacia la corporalidad, la salud mental o la raza de las personas. De esta manera, "gordo" se reemplazaría por "enorme", "fea” y “bestial" se reemplazaría por sólo "bestial", entre muchos otros cambios. ¿Cómo se llevó a cabo este proceso? El diario The Telegraph contrató a lectores "sensibles" para que leyeran los textos de Roald Dahl e identificaran pasajes ofensivos, lo que terminó en una propuesta de modificación de las obras en sus partes más complicadas. La determinación ha sido tan celebrada como resistida, sobre todo por escritores de distintas partes del mundo. Sin embargo, más allá de la evidente censura y ahistoricidad de la decisión, este intento de leer las obras literarias bajo el lente de la corrección política se alinea con naturalidad a un fenómeno que ya es un síntoma de nuestra época: la literalidad de toda la experiencia de vida. 4 En su ensayo El narrador, Walter Benjamin anunciaba ya que, en la modernidad, la invención de la imprenta y la idea de progreso minarían cada vez más la experiencia de la vida. Si narrar fue para un momento de la historia un componente fundamental de las comunidades, donde quien narraba hacía de ese acto una acción común, de invención y glosa, de tradición y actualización, la modernidad con sus fines y sus instrumentos, sus datos y estadísticas, despojarían a la vida de la experiencia que se obtiene con la narración. Lo que en principio fue una práctica comunitaria, después de la imprenta pasaría a ser una acción individual. Escuchar a alguien lo que le contaron desde lejos, una historia increíble digna de ser referida, no es lo mismo a leerla en una pieza, solo con un libro. Es una diferencia radical que encuentra ejemplos hasta el día de hoy. No por nada la muerte y la enfermedad en tiempos de pandemia comenzaron a transformarse con el paso del tiempo en simples números y estadísticas. Reducidos a una cifra, la experiencia de la muerte y el sufrimiento ajeno cada vez empezó a ceder terreno a la normalización, de modo tal que ya no eran personas con sus historias particulares las fallecidas, sino simplemente números que integraban un porcentaje. La cosa cambiaba, sin embargo, cuando escuchábamos a un personal de la salud o algún vecino contándonos lo de un pariente o quizá lo vivido por ellos mismos. Ahí no sólo el miedo retornaba a nuestra mente, sino también la compasión y el sentido de la responsabilidad. Son estas diferencias las que, en un mundo moderno, y aún más en un mundo tardo moderno, se acentúan hasta el paroxismo. Huir de la cifra, la estadística o los estudios científicos, con su pretendida objetividad, es lo que tal vez subyace entre quienes aún gustan de escuchar historias en la calle o en un bar; es el sustrato que está detrás de los relatos de cuchilleros y bandidos de Borges y Manuel Rojas. Pero también, es lo que ya comienza irremediablemente a perderse en el mundo. 5 Pues bien, ¿por qué la vida se vuelve cada vez más literal? Benjamin adelantaba una respuesta: por la preeminencia en el mundo moderno de la cifra, el dato duro, la estadística. En definitiva, por la excesiva importancia de la información. En la modernidad tardía, el derrumbe de los grandes relatos, de la tradición, la familia, la religión y el Estado de bienestar, han depositado toda narrativa hacia lo individual. Pero no cualquier individualidad: una colonizada por el consumo y los números. Nos entendemos a través de lo literal, los significados cristalizados. Si escapamos a lo binario, la respuesta es crear más categorías cerradas, los que están ahí a lo más para migrar de una a otra. Pero sigue siendo una hipertrofia de lo literal: significados cerrados e incuestionables, con características ya establecidas por otros, donde la posibilidad de la experiencia singular no tiene cabida. A esto se refiere Miquel Missé cuando habla en su texto A la conquista del cuerpo equivocado sobre la urgencia de muchas personas de identificarse con lo trans, ante la imposibilidad de soportar la incertidumbre y la angustia que generan las legítimas dudas sobre el propio cuerpo. Para Missé, las redes sociales funcionan en este sentido como un lugar donde el individuo se identifica con identidades ya cerradas, ya caracterizadas, ante lo cual el o la joven se calma y se dice a sí mismo: «Al fin lo encontré. ¡Esto es lo que soy!». Sin embargo, cabe preguntarse, ¿es posible narrarse con dudas, con contradicciones, con fisuras, sin necesidad de identificarse en alguna categoría? Muchas de estas nuevas identidades son descritas como un check list que las personas se obligan a cumplir para definirse prontamente. Somos individuos con dificultades para soportar la duda y la contradicción. Buscamos lo fijo, lo coherente. Somos individuos en extremo literales. 6 Es común escuchar por parte de artistas, filósofos o críticos literarios opinar que el arte no sirve para nada. Y aunque aquí cabría hacer una pausa para discutir qué significa servir, me apresuro a responder que me opongo a aceptar esa sentencia. El arte sí sirve, y es para hacer de nuestra existencia una vida menos literal. Digo menos, porque es imposible escapar a aquello que se presenta con violencia todos los días, en una época donde la lógica contable ha permeado las propias subjetividades. Pero el arte en general, y la literatura en particular, pueden hacer de los individuos personas menos literales. Una pedagogía que transmita la diferencia entre función referencial y función poética del lenguaje, en vez de cambiar palabras y términos de un texto literario porque son "ofensivas", produce subjetividades capaces de soportar la contradicción. Lo literal, como decíamos, es incuestionable; informa sobre algo, ofrece un dato. Si en el informe del tiempo dice que mañana habrá chubascos, salgo al otro día con chaqueta y paraguas. La literatura, en cambio, pertenece a otra esfera: a la del lenguaje poético, a lo simbólico. Aquí, no se habla de verdades o mentiras, sino de verosimilitud; en la literatura, no existen pretensiones de objetividad (aunque la idea de transmitir objetividad podría ser un propósito deliberado), sino que hay distintos tonos, puntos de vista, personas gramaticales. Por eso, una palabra como "gordo" para hablar de algún personaje depende del tono que el autor o autora quiera imprimirle a la narración. El nivel de compostura o insolencia que posea ese narrador determina las palabras utilizadas, la rapidez del relato, el grado de introspección, etcétera. Modificar textos literarios con los lentes de la corrección política produce la eliminación de toda esa complejidad de la literatura. Pero, lo más preocupante, es que confunde función referencial y función poética del lenguaje. Si los textos literarios ofrecen información de la época en que fueron producidos, no es sino a través de lecturas críticas donde el lector, como un detective, busca pistas y huellas que aparecen en mayor o menor medida escondidas en las obras. La literatura produce pensamiento por sí misma. La información no: es instrumental. 7 La literatura acerca a los individuos a la experiencia de la contradicción. Los textos de Freud sobre Dostoievski son solo una pequeña muestra de esta particularidad. Sin embargo, en nuestros tiempos, esta cualidad se ve amenazada por miradas que buscan hacer de todo algo literal, incluso si eso implica amputar una parte de la experiencia humana. Si en vez de eliminar palabras de textos literarios enseñáramos a nuestros niños a diferenciar las funciones del lenguaje mediante ejemplos concretos, enfrentándolos desde ya a las contradicciones de la vida que ofrece el arte en general, tal vez tendríamos adolescentes y jóvenes capaces de sortear con menos dificultad la incertidumbre y la angustia, jóvenes menos literales y capaces de permanecer en esta vida que es una constante caída del paraíso. Marcelo Ortiz Lara
- Imago: variaciones sobre la metamorfosis[1]
“En cada hombre hay un animal encerrado en una cárcel, como un preso, y hay también una puerta, y si entreabrimos la puerta, el animal se abalanza hacia afuera como el preso que encuentra la salida; entonces, provisoriamente, el hombre cae muerto y el animal se comporta como animal, sin preocupación alguna por suscitar la admiración poética del muerto”, Georges Bataille, Metamorfosis (en Documents, 1929). I. Una criatura se desplaza, se adentra en la penumbra. Atrás, la luz –limpia, vertical, tajante- establece una jerarquía espacial a la que aquella criatura se niega. Un adentro, y un afuera. Hay, entonces, un orden subvertido, vaciado por obra de un movimiento: lo que debería permanecer, se fuga. Y lo hace ganando lo oscuro, retaceando sus propios contornos para conquistar una ambigüedad que nos permite, precisamente, un nombre vago y sugestivo: criatura. La palabra, como un espejito roto, podría evocar simultáneamente una tierna inocencia, y la cara del horror. Hay, también, otro desplazamiento: la mirada oblicua, fragmentaria, que –nosotros, el público- somos. Dibujo errabundo en un territorio tenebroso. Siluetas opacas, imprecisas, flotando en las sombras. Presencias espectrales. Crossfade: ¿De qué lado está lo vivo? ¿Y dónde lo muerto? Doce ojos nos observan, en el umbral de este bestiario. Al abrirnos las puertas de su mundo, nos sitúan e instituyen un régimen inesperado de visibilidad: sujeto y objeto no serán en este reino lo que esperaríamos que sean. No seremos lo que creíamos ser. II. En 1939 Walter Benjamin, en su ensayo Sobre algunos temas en Baudelaire, analiza la poesía del autor francés a la luz de la violencia que la modernidad imprime sobre la mirada a través del shock urbano. Allí vuelve a la noción de aura, que ya había propuesto en trabajos anteriores: “La experiencia del aura reposa (…) sobre la transferencia de una reacción normal en la naturaleza con el hombre. Quien es mirado o se cree mirado levanta los ojos. Advertir el aura de una cosa significa dotarla de la capacidad de mirar” (Benjamin, W., 2001, p.36). Poco después, recupera la referencia de Baudelaire a la mirada del transeúnte en la ciudad moderna: “Si en esos ojos hay una vida, es la de la fiera que atiende al peligro[2]mientras mira en torno en busca de una presa. (…) Es evidente que el ojo del habitante de las grandes ciudades se halla sobrecargado por actividades de seguridad”. Si el aura, para Benjamin, es lo lejano e irrecuperable, propio de la imagen de culto, y se puede asociar con la memoria involuntaria proustiana (que azarosa y fugazmente asalta al poeta/escritor), la pérdida del valor cultual de la obra de arte, y su recuperación por el campo de lo político parece reedificar sobre la mirada un entrecruzamiento de tensiones y amenazas. Desde este punto se despliega una parábola que nos lleva a la consideración de la male gaze, recuperada por Rita Segato (2010) para analizar la dimensión simbólica de la violación. La mirada fija masculina, sostiene Segato, desarrolla en el plano simbólico la depredación del cuerpo femenino. “Este tipo de intervención visual procede al escrutinio de su objeto sin que pueda deducirse la conmutabilidad de posiciones entre observador y observado, y en esta característica se diferencia del mirar: éste se intercambia, mientras que la mirada fija es imperativa, sobrevuela la escena y captura a su presa” (p.41). Como en el caso de Benjamin, un espectro específico de las teorías de género atiende a la fotografía como dispositivo técnico de regulación de la mirada: es especialmente fértil el análisis de la male gaze en el abordaje feminista del cine, por ejemplo. “Lo que en la daguerrotipia debía ser sentido como inhumano, y diría como asesino, era la circunstancia de que la mirada debía dirigirse hacia la máquina (y por añadidura durante largo tiempo), mientras que la máquina recogía la imagen del hombre sin devolverle siquiera una mirada” (Benjamin, 2001, p. 36). Hay, en el ojo moderno, una reconfiguración del orden de lo vivo, sus poderes y sus violencias. III. Dos citas: La primera es de Georges Bataille: “El hombre civilizado se caracteriza por la agudeza de unos horrores a menudo poco explicables. El temor a los insectos es sin duda uno de los más singulares y de los más desarrollados de esos horrores, entre los cuales nos sorprende encontrar el temor al ojo. (…) Al respecto, el ojo podría ser relacionado con lo cortante[3], cuyo aspecto provoca igualmente reacciones agudas y contradictorias…” (Bataille, G., 2008, p. 37). La segunda, corresponde a Leonardo da Vinci, para quien el ojo constituía la ventana del alma: “Al hacer la anatomía del ojo, para poder ver bien el interior sin derramar el humor acuoso, tenemos que colocar todo el ojo en clara de huevo y cocerlo hasta que se solidifique, para luego cortar el huevo y el ojo transversalmente, de suerte que no se derrame nada de la parte seccionada” (Da Vinci, L., 1995, p. 62). Espanto y pasión entomológica, pues, para volver a nuestro bestiario. El ojo cortado, y el ojo que corta. Doble trazo para una sensibilidad extemporánea, arcaica o corrida de tiempo. Laboratorio, pequeña morgue, museo del horror… espacio atravesado por una curiosidad entre ingenua y perversa: nos acercamos a los pequeños cuerpos seccionados, eviscerados, florecientes, para atisbar en esas existencias monstruosas una sed que ignorábamos, o preferíamos desconocer. IV. “El poeta habla en el umbral del ser”, dice Gastón Bachelard (2000, p. 8). Zona de pasaje, de indeterminación, en la que la imagen poética encuentra, paradójicamente, su pleno estatuto ontológico. La imagen poética existe, para él, en la repercusión y en la resonancia, y no en la línea de una causalidad psicológica o psicoanalítica: “No es el eco de un pasado”. Bachelard se pregunta por la transubjetividad de esta imagen: su capacidad de “ejercer acción –sin preparación alguna- sobre otras almas”. Sólo una “fenomenología microscópica”, propone, sería capaz de dar respuesta a esa pregunta. “Al nivel de la imagen poética, la dualidad del sujeto y del objeto es irisada, espejeante, continuamente activa en sus inversiones” (Bachelard, 2000, p. 9). Se ubican, estas definiciones, en una zona próxima a la concepción materialista de la mímesis (o mimikry), opuesta a la de la mímesis como representación: las nociones de resonancia y –especialmente- repercusión aludidas por Bachelard nos llevan con facilidad a la idea del contagio mimético que –como señala Florencia Abadi- atendieron trabajos como los de Benjamin y Roger Caillois (Abadi, 2020). Por otra parte, es especialmente interesante el carácter súbito que, tanto Benjamin como Bachelard, reconocen en el fenómeno de la significación: “Así el nexo significativo de las palabras y de las proposiciones es el portador en el cual únicamente, en un rayo, se enciende la semejanza. (…) Pasa en un instante. No es improbable que la rapidez en el escribir y en el leer refuerce la fusión de lo semiótico y de lo mimético en el ámbito de la lengua”, dice Benjamin (2001, p. 107). Acaso el núcleo atemorizante de la imagen poética concebida de este modo, sea su posicionamiento inmediato en una zona de ambigüedad: del no ser, del no saber. De ahí su potencia de réplica o multiplicación. Situada en el instante de existencia abierta, en el que la forma permanece suspendida, cobijando una simultaneidad, la imagen poética, tal vez, alumbre un monstruo. V. Detengámonos en este estadio embrionario, entonces. “En ninguna parte ni jamás la forma es resultado adquirido, terminación, conclusión. Es preciso considerarla como génesis, como movimiento. Su ser es el devenir y la forma como apariencia no es más que una maligna aparición[4], un peligroso fantasma”, escribía Paul Klee (2015, p. 60). La dialéctica entre formación y forma ocupa un lugar central en su filosofía de la creación. En el núcleo de esa dialéctica, Klee ubica el punto gris: “punto fatídico entre lo que deviene y lo que muere”, simbolizando la idea de un caos imponderable e inconmensurable (no antitético del orden). “Afectar un punto de una virtud central es hacer de él el lugar de la cosmogénesis. A este advenimiento corresponde la idea de todo Comienzo (concepción, soles, irradiación, rotación, explosión, fuegos de artificio, haces de luces) o, mejor: el concepto de huevo[5]” (p. 56). Una dialéctica cercana a la de formación y forma podemos encontrar entre las nociones de lenguaje y lengua tal como las pone en juego Roland Barthes en su Lección inaugural de la cátedra de Semiología Literaria del College de France (Barthes, 2014). Designa al lenguaje como un “organismo transocial”, del que el poder se alimenta, como un parásito, a través de la lengua. Si el lenguaje es una legislación, la lengua es su código de clasificación. Una estructura de semejanzas y diferencias, gregaria, que al afirmar, nos obliga a repetir. La lengua, dice Barthes, es fascista. “Si se llama libertad no sólo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces no puede haber libertad sino fuera del lenguaje”, sugiere Barthes. Pero el lenguaje, advierte, “es un a puertas cerradas”, no tiene exterior. Sólo nos queda, entonces, hacerle trampas a la lengua. “A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura[6]” (Barthes, 2014, p. 97). VI. La mímesis, entonces, entendida como un movimiento desde la forma hacia la formación. La energía de una libertad que se hace cuerpo a través de la forma, sin congelarse en ella, (re)inaugurando una instancia de formación. “Mi cuerpo trans es una institución insurgente sin constitución”, escribe Paul B. Preciado (2020), como un Tiresias contemporáneo, y sigue: “Una paradoja epistemológica y administrativa. Devenir sin teleología ni referente, su existencia inexistente es la destitución al mismo tiempo de la diferencia sexual y de la oposición homosexual/heterosexual. Mi cuerpo trans se vuelve contra la lengua de aquellos que lo nombran para negarlo. Mi cuerpo trans existe, como realidad material, como entramado de deseos y prácticas, y su inexistente existencia pone todo en jaque: la nación, el juzgado, el archivo, el mapa, el documento, la familia, la ley, el libro, el centro de internamiento, la psiquiatría, la frontera, la ciencia, dios. Mi cuerpo trans existe” (p. 218). Libertad-cuerpo, inclaudicable, avasallante, conmovedora. Inscripta siempre en subjetividades reales. Corte que detiene un despliegue: movimiento súbito, tajo, en el que una existencia se deslocaliza, se extrae de la prisión de una sintaxis normalizadora, se resitúa o –mejor- se ve resituada. Imagen poética, punto gris, metamorfosis… El fenómeno, como vemos, no ocurre sin violencia. VII. “No es cierto, como se afirma, que la Caligo asuste porque no se puede creer que un insecto tenga semejantes ojos. No se trata de ojos, sino de algo brillante, enorme, inmóvil, circular, llevado por un ser viviente, y que, en efecto, sin ser un ojo, parece mirar”, escribía Caillois, analizando las relaciones entre mimetismo animal e intimidación (Caillois, 1962, p. 112). En el centro de un bestiario necroviviente, entonces, la imagen que nos mira nos retrotrae a una vibración primigenia, ancestral. Imagos, nos agitamos en el último tramo de la metamorfosis, y emergemos como insectos ya formados, para ser abiertos en canal por el bisturí de una observación meticulosa. ¿Cuál es la materia que se pudre? ¿De qué lado queda la memoria? Transmutamos hacia una reminiscencia fantasmal para un conjunto de autómatas. Nuestros mundos se contemplan desde la distancia aurática: ahora somos, para ellos, una lejanía. Somos, acaso, el temblor que dejan. Referencias Abadi, F. Mímesis y terror. La Plata y Santiago de Chile: Oficina Perambulante y Bulk editores, 2020. Bachelard, G. (1965) La poética del espacio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000. Barthes, R. El placer del texto y Lección inaugural de la cátedra de Semiología Literaria del College de France. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2014. Bataille, G. La conjuración sagrada: ensayos escogidos 1929-1939. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2008. Benjamin, W. (1967) Ensayos escogidos. México DF: Ediciones Coyoacán, 2001. Caillois, R. Medusa y Cía. Pintura, camuflaje, disfraz y fascinación en la naturaleza y el hombre. Barcelona: Editorial Seix Barral, 1962. Da Vinci, L. Cuaderno de notas. Barcelona: Planeta-De Agostini, 1995. Klee, P. Teoría del arte moderno. Buenos Aires: Cactus, 2007. Preciado, P. B. (2019) Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce. Barcelona: Anagrama, 2020. Segato, R. Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2010. [1] Una versión inicial –y reducida- del presente ensayo se escribió a propósito de la instalación visual Bestiario Necroviviente, propuesta por Martín Pereyra y Leonardo Polito en la sala teatral Cuatro Elementos, de Mar del Plata, en febrero de 2021. Está en preparación una segunda instalación del Bestiario, que se abrirá al público en mayo de 2023. [2] La cursiva es mía. [3] En cursiva en el original. [4] En cursiva en el original. [5] En cursiva en el original. [6] En cursiva en el original.
- Psicoanálisis y Feminismos. Una lectura tópica y política.
Freud elevó palabras provenientes de la política o ligadas a ella, como resistencia, represión, defensa, censura, lucha, conflicto, a conceptos teóricos y herramientas de trabajo, creando un nuevo discurso. Sacó al “médico”, analista decimos hoy, del lugar de espectador de “la locura” y la enfermedad, le retiró el poder de la manipulación, por empezar del cuerpo de la histérica, y del campo de la hipnosis y la sugestión; sacó al sufrimiento del mundo del espectáculo, lo volvió texto, mensaje, escritura, enigma a escuchar-leer, e interpretar o develar, no algo a extirpar, controlar o erradicar. Enlazó palabra a intimidad. Indagó los modos en los que se forjan las escrituras sintomáticas en esa materia hecha de discurso y de cuerpo. Y buceando en esas escrituras aprendió y enseñó (en simultaneo) a leerlas. Freud –por todo ello y por tantas cosas más- construyó una teoría política. Quiero decir, brevemente, que le importó situar una determinada posición respecto de la subjetividad y los sufrimientos humanos. No restringió sus herramientas ni sus fuentes al campo de la medicina o la psicología de su tiempo. Sus insumos pertenecen a los más diversos campos de la cultura del siglo XX, y sus desarrollos teóricos interpelaron a la cultura. Nos siguen –aún hoy- interpelando. Los feminismos también son una teoría política. Son el bisturí con el que podemos analizar y recorrer las determinaciones y desigualaciones patriarcales en todas nuestras herencias y todas nuestras realidades. Son también un conjunto de teorías y de acciones dirigidas a batallar contra las opresiones de género, a identificarlas, visibilizarlas, analizarlas y combatirlas. Freud, y luego el psicoanálisis en general, se dedicó a pensar de qué estamos hechos los sujetos, así como a abordar nuestros conflictos y sufrimientos, que no son separables o independientes del mundo que nos toca. Los feminismos se dedican a iluminar y desnaturalizar el mundo que conocíamos y en el que nos forjamos, con sus conflictos y sufrimientos, así como crear otros mundos posibles, otras existencias posibles. El feminismo me permitió preguntarme acerca del mundo en el que nos formamos y nos definimos como psicologues y psicoanalistas, y los materiales teóricos con los que lo hicimos (eurocéntricos en su gran mayoría, hay que decirlo). Ese mundo que distribuyó ciertos pensables y ciertos impensables en los campos de conocimiento que se dedicaron a pensarnos y los sistemas que se han dedicado a gobernarnos. Son tres los niveles de preocupaciones y reflexiones en las que vengo trabajando en los últimos años. Los voy a agrupar de este modo: una política del sueño, una política del síntoma, y una política del trauma. Son mi forma de desplegar una lectura política del psicoanálisis. En cuanto a la política del sueño, hago referencia a la dimensión singular de los sueños, pero también al soñar que las multitudes encarnan y que posibilitan verdaderos acontecimientos y revueltas, el sueño como bastión de la vida psíquica y de la colectiva, sitio de libertad inalienable. Allí me dediqué también a diferenciar a las multitudes de las masas. Y las implicancias que tiene situar esa diferencia si se trata también de pensar una “psicología del yo”, y de las identificaciones que nos constituyen. Por último, con política del sueño incluyo a los desarrollos que hice y hago en torno a la escritura, y su gigantesca potencia, en el campo de la salud mental. El sueño es un tipo particular de escritura, un género literario en sí mismo. Los materiales clínicos psicoanalíticos también son un género literario particular. ¿Escribimos les analistas nuestra clínica, nuestra experiencia? En cuanto a la política del síntoma, hago referencia a los síntomas como fenómenos de resistencia y desobediencia, aunque sean fallidos contienen mensajes, los síntomas para nosotres no son des-adaptaciones a reencauzar, sino textos a leer. Pero también en este punto incluyo a las limitaciones y problemas presentes en una cantidad significativa de conceptos que nos son centrales, y que creo urge revisar, reescribir, incluso desechar: castración, complejo de Edipo, envidia del pene, nombre del padre, metáfora paterna y tantos otros, que operan en la clínica y en nuestra comprensión de la psicopatología. Todos aquellos conceptos deudores de y funcionales a la heterosexualidad y el cis-sexismo erigidos en régimen político obligatorio. Me importa situar los síntomas de la propia teoría psicoanalítica, esas formaciones de compromiso entre el deseo y la búsqueda de saber, y las omisiones o silencios que contribuyeron a enmascarar u oscurecer. Me importa que los cimientos también puedan ser puestos en cuestión, revisar los mitos que abrazamos como incuestionables. Me importa avanzar por la línea de desvío que todo síntoma porta, posibilitando creaciones y cuestionamientos fructíferos. En cuanto a la política del trauma, me refiero a la cantidad nada pequeña, de violencias, abusos y traumatismos que sucedieron y suceden en nuestro territorio profesional. Los silencios y complicidades que los permiten o amparan. Las naturalizaciones que los perpetúan. El campo de los Derechos Humanos en nuestro país y en nuestras disciplinas no pueden disociarse de este conjunto inmenso de cosas que ocurren, todos los días. En consultorios, instituciones, universidades. Con un colectivo de compañeras nos hemos dedicado a escribir y batallar al respecto, y yo en lo personal a escribir: nombrando y poniendo de relieve nuestras políticas del trauma. El silencio y la complicidad son una determinada política. Memoria, Verdad y Justicia configuran –lo sabemos- otra política bien distinta. ¿Podría decir todo esto, podría haberme dedicado a trabajarlo sin los feminismos? De ninguna manera. Es que no se trata de pensar las opresiones de género que ocurren y que podemos abordar en nuestra práctica asistencial solamente, sino porque me interesa pensarlas al interior de nuestro edificio teórico, y de nuestras propias y cotidianas prácticas profesionales e institucionales. Me interesa pensarlas, por empezar, en mí. No creo que las herramientas con las que trabajo cada día estén disociadas de la mujer que soy, y de la que intento llegar a ser. ¿Qué quiere decir poner al Poder como punto de vista, situarlo como punto de vista? Tanto el psicoanálisis como los feminismos me han brindado y ampliado las posibilidades de detectar, ver, conocer las formas en las que el poder opera al interior de la subjetividad y de la cultura. Ahora bien, el mismo psicoanálisis y los propios feminismos también deben ser objeto de revisiones y de trabajo de pensamiento. Importa lo que decimos, e importa lo que hacemos. Así como hice hasta aquí la propuesta de una lectura política, que es al mismo tiempo una toma de posición, quiero hacer ahora lo que me gusta nombrar como una lectura tópica. Una lectura tópica en psicoanálisis es aquella que permite delimitar fronteras entre espacios psíquicos, sus leyes de funcionamiento específicos, los conflictos que organizan y desorganizan la vida psíquica. Una lectura tópica es una construcción teórica que propone una particular relación con el espacio, y con el tiempo, añadiría. Aquí, hoy, me interesa tomar lo trabajado por Suely Rolnik a partir de desarrollos de Guattari en torno a la idea de un “inconciente colonial capitalístico” y agreguemos patriarcal, dentro de una tópica (arbitraria y feminista por supuesto) que lo delimite y al mismo tiempo lo vincule con la denominada “conciencia feminista”. La conciencia feminista que se constituye cada vez que visibiliza a lo patriarcal cómo instancia represora internalizada y presente a su vez en lo intersubjetivo. La conciencia feminista des-coloniza al inconsciente, libera a los conceptos de sus pactos con prejuicios, estereotipos y clises; recupera y relanza su eficacia en tanto producción de verdades, combate los sepultamientos que han pasado desapercibidos aun cuando generaban estragos y dolorosos efectos. La conciencia feminista antagoniza, batalla, visibiliza al inconciente colonial en tanto instancia represora y arraigada en nuestra experiencia humana. Descolonizar el deseo, significa liberarlo, emanciparlo, de su condición servil, a veces muy visible, otras enmascarada. Des-colonizar al inconciente supone advertir las tramas en las que la dominación y subordinación de género, raza, clase, etc- echaron raíz en nuestros conflictos y en las maneras de pensarlos así como de abordarlos. Una lectura tópica consiste también en poner al poder como punto de vista, configurar una epistemología crítica de los mecanismos que perpetúan al poder como organizador prínceps de lo pensable y lo invisible y lo prohibido de pensar, en nuestro campo de conocimiento. Consiste en afirmar que nuestra vida psíquica pensada por fuera de una mirada que atienda al poder (experto en no mostrarse nunca como tal) es básicamente una prueba de ingenuidad. Si hablar de vida psíquica es hablar de represiones, defensas, conflictos, vasallajes, censuras, resistencias, investiduras y contrainvestiduras… no estamos hablando de otra cosa que del poder, de poderes en disputa. ¿Pensamos les psicoanalistas y los trabajadores del campo de la salud mental que aquello que ocurre al interior de nuestra estructuración psíquica, es independiente del campo social? Una lectura tópica me interesa en tanto permite investigar las configuraciones que las desigualaciones patriarcales y coloniales operan al interior de los sujetos, entre los sujetos entre sí, entre, con, desde, hacia cada une de nosotres y la cultura. Me importa realizar alguna lectura que discuta las leyes desigualantes y naturalizadas que han gobernado y aun gobiernan nuestra existencia. Porque nos importa pensar y transformar el mundo tal como nos fue y nos es dado. Nos concierne decidir cómo lo habitamos. Lila María Feldman
- Ventana al Báltico: Noticias en la niebla
Esta mañana el termómetro marca 6 grados bajo cero. Ha sido un invierno suave, en comparación con años anteriores. Mi viejo cacharro parte casi siempre, es fiel, no me deja botado, aunque debo calentar el motor por varios minutos antes de echarlo a andar, no sea que se rompa. Es un truco de precaución que me enseñó un mecánico ya desdentado en la Patagonia chilena. Conduzco a baja velocidad no sólo por la niebla espesa de la mañana, o las curvas que se hacen más peligrosas por el hielo, sino también porque son altas las posibilidades de que se atraviese en el camino un alce con sus crías. Mientras voy en camino a mi estudio, en la asociación de artistas de la isla, que ocupa una vieja escuela algo destartalada, escucho las noticias por la radio: hablan de la situación en Ucrania. Desde el comienzo de la guerra, el conflicto ha ocupado la primera plana de los periódicos. El enfoque se centra en el desequilibrio mental de Putin. La mayoría de los analistas piensan que la ofensiva rusa es un fracaso y que, pasado el invierno, las tropas ucranianas recuperarán territorio, con apoyo de nuevo y moderno armamento y municiones entregados por occidente. Aunque no es tan fácil, porque la subida de la temperatura de los últimos días en la zona este de Ucrania hacen el terreno fangoso y dificultan el desplazamiento de tropas y tanques. Vivo en el norte del archipiélago de Estocolmo, junto al mar báltico. Al frente tengo a Finlandia, Estonia y, más atrás, Sant Petersburgo. En caso de extensión de la guerra, esta será una zona clave de operaciones militares. Desde ya, el servicio de inteligencia noruego ha denunciado la excursión de varios submarinos rusos con ojivas nucleares en la zona. No sabemos si esto es verdad o parte de la propaganda de desinformación de los miembros de la organización militar OTAN. (Noruega tiene 196 kilómetros de frontera con Rusia y pertenece a la OTAN desde 1949) Fotografías: Patricio Salinas A. Acaban de cumplirse 37 años desde la muerte de Olof Palme, quien fuera Primer Ministro de Suecia. Pero ya nadie habla de eso. Un caso cerrado, que nunca se esclareció definitivamente. Son muchas las sospechas que apuntan a la colaboración en su asesinato de la policía sueca de un distrito de Estocolmo. Palme era reconocido internacionalmente por ser unos de los líderes del movimiento por el desarme nuclear y tenía avanzadas conversaciones con Rusia e India sobre iniciar un proceso de desarme. El asesinato de Palme, no fue casualidad, fue realizado unas semanas antes de su viaje a Moscú. Muchos cambios se produjeron en la sociedad sueca desde entonces. En la admirada sociedad del bienestar, el discurso socialdemócrata de solidaridad e igualdad se fue desdibujando, para ceder protagonismo a las iniciativas individuales y el mercado. Hoy tenemos un gobierno apoyado y sostenido por un partido de extrema derecha (muchos de sus miembros de origen fascista). La acción de Rusia, de invadir Ucrania, jugó en las manos de las fuerzas de derecha, que solicitaron el ingreso a la OTAN de inmediato, abandonando la política de neutralidad de más de 200 años. Suecia y Finlandia ya no son territorios neutrales y libres de armas nucleares, por mucho que los gobiernos de ambos países aseguren que no se permitirán en sus territorios. A Suecia le bajó el apuro de ingresar en la alianza militar de la OTAN. Incluso firmó un tratado con esta organización, de defensa aérea, antes de ingresar a ella. La reciente propuesta de plan de paz de China, para el conflicto en Ucrania, se mira con desconfianza, no tiene credibilidad. Al llegar a la asociación de artistas de Björkö-Arholma, paso a la cocina por un café. Al poco rato llegan otros artistas, alojados aquí por dos o tres meses para llevar a cabo sus proyectos. Vienen de Ucrania, Rusia, Portugal, Irlanda, Polonia y España, cada uno con sus historias. Aquí no se habla de la guerra, a pesar de que algunos están afectados directamente por ella y que ocurre a pocos kilómetros, al otro lado del Báltico. Todos se respetan y tratan de colaborar, unos más, otros menos, en las tareas cotidianas: limpiar los baños y pisos, lavar la vajilla, sacar la basura, planificar las compras de enceres y utensilios. Luego, cada uno trabaja en sus estudios. La mayoría son artistas plásticos. Algunos trabajamos con fotografía y hemos logrado construir dos cuartos oscuros: uno pequeño, para experimentar con vegetales como alternativa al revelador químico y otro tradicional en el segundo piso. También montamos una sala de tratamiento digital de la imagen. Casi todo se hizo con muy pocos recursos, básicamente con donaciones de la comunidad. Hace un año no teníamos nada y estos logros nos hace felices. A la hora de cenar, comentamos nuestros proyectos y a fin de mes, los que parten, muestran lo que han logrado en el periodo de residencia. Esta isla tiene poco más de 300 habitantes. Salvo en la temporada de verano, que es muy corta, los turistas invaden el lugar y pueden llegar a 5 mil personas. Las casas están alejadas unas de otras y tenemos sólo un almacén, bastante caro, donde podemos realizar las compras básicas e incluso cargar los vehículos con nafta. El camino central que atraviesa la isla es asfaltado, pero todos los caminos laterales, que llevan al mar, son de tierra. En primavera tardía, en mayo, explota toda la vegetación. Bosques de abedules y pinos, arbustos de frutos silvestres, que los suecos se divierten en recoger. El verano es el periodo más bello y durante la celebración del solsticio (midsommarafton, que a Borges le encantaba) la población baila a ritmo de polka en torno a una especie de falo gigante enterrado en la tierra y recubierto de flores. Una tradición campesina que viene del 300 dC y que se celebra para desear buenas cosechas. El archipiélago de Estocolmo es uno de los más grande del mundo. Tiene 221.800 islas, pero muchas están despobladas. A comienzos del 1700 la población del archipiélago era de 2.800 personas, la mayoría pescadores. La ciudad misma de Estocolmo se alza sobre alrededor de 14 islas. Toda esta área de islas, al norte de Estocolmo, se llama Roslagen, desde finales del 1400, aunque entonces se escribía Rodzlagen. En sus comienzos era conocida como Roden, nombre de la población costera. Toda su historia está ligada a los pueblos del este. La ciudad más importante se llama Norrtälje, que fue quemada junto a varios poblados costeros por bárbaros de Rusia en 1719. Quizás en venganza por los atropellos cometidos por los vikingos en siglos anteriores. El nombre finlandés de Suecia, Routsi, tiene su origen etimológico en Roslagen. Tanto Rusia como Biorusia obtuvieron su nombre de los vikingos que en los siglos IX y X viajaron al este desde Roslagen y formaron asentamientos en lo que actualmente es Rusia y Ucrania, incluso alcanzaron Constantinopla. Se los conocía como los varegos, un pueblo de comerciantes que acabaron convertidos en mercenarios. El trato hacia los pueblos eslavos era brutal. El nombre, Roslagen, finalmente llegó a denotar a los pueblos eslavos de la zona y se trasladó a la formación estatal de Rusia (tierra de Rus) Desde la época de la revolución en 1917, Suecia ha vivido de espaldas a los acontecimientos en la zona del este. Y desde la guerra de invierno en Finlandia, (30 de noviembre de 1939 hasta el 12 de marzo de 1940) adoptaron el lema “el enemigo viene del este”. Ha existido siempre un menosprecio y desconocimiento hacia la cultura rusa y soviética. Pero también hacia Finlandia que hasta finales de los años 80 se le consideraba menos desarrollada que el resto de los países escandinavos. Durante la época de Palme se normalizaron las relaciones, en particular con Rusia, en el periodo de Gorbachov. Durante los años 90 hasta el 2020 muchas industrias suecas se establecieron en Rusia y el comerció entra ambos países escalo. Con la crisis de Ucrania, las relaciones se han vuelto a enfriar y ambas naciones se vuelven a mirar con ojos rencorosos y desconfiados. ¿Será algo coyuntural o se convertirá en una nueva visión estratégica? Patricio Salinas A.
- El hombre bolsa*
Tarde, con sudor, el anotador y el bolígrafo en la mano, llego a la función privada. Fuera de la sala, Louis-Do, el actor francés protagonista de la peli, posa para algunos fotógrafos. Al lado suyo, Marine me hace señas para que me apure a entrar, que vaya directo, que después hablamos. Todavía le echo una mirada a Louis-Do: algo en él me llama la atención, o simplemente es muy guapo, pienso, mientras me escabullo a la sala. Adentro, lo reencuentro en el papel de Grégoire: maneja un Citroën C4 plateado, la mano izquierda en el volante, el celular sostenido entre la cabeza y el hombro, un cigarrillo en la derecha. Es fácil darse cuenta de que la cámara lo ama. No me toma mucho tiempo volver a sentirme atraída por él, ahora en el celuloide. Me odio un poco por esto, porque sé que nubla mi mirada crítica, así que me siento derecha a modo de correctivo. Me esfuerzo por conectar con la escena: Grégoire habla por teléfono con su mujer; le dice que está entrando en la autopista para ir hacia la casa del campo, pero aún lo vemos en plena ciudad. Miente. ¿Por qué le miente? Tiene una amante, pienso. Ahora seguro irá a la casa de su amante. Pero no. Acelera, enciende otro cigarrillo, sigue hablando por teléfono. Es productor de cine, nos enteramos. Muchos negocios a la vez, bastantes problemas económicos, un director sueco que se hace la estrella y lo tortura, un equipo de producción que le monta una huelga y le hace desperdiciar una millonada por día de filmación perdido. A Grégoire nada de eso le preocupa demasiado. Más bien lo excita, parece. Sigue hablando, sigue fumando, hasta que lo detiene la policía por exceso de velocidad. Entonces aparece la familia para rescatarlo: la bella esposa –latina, anoto– viene con sus hijas, dos criaturas y una tercera, adolescente, que lo recibe de mal humor. Ella quiere quedarse en la ciudad; no entiende por qué tiene que ir al campo todos los fines de semana. Es una casa que pensaron como un oasis. Una bella casa. Pero ahora Grégoire, no sabe desde cuándo, la ciudad penetra y envenena los días de campo. Algo no está bien en su vida. Entre el campo y la ciudad, escribo. Ahí me doy cuenta: la cara de Grégoire –o su porte, o su traje oscuro y su camisa blanca– me recuerdan a Sebastián. Las chicas de la revista lo bautizaron “El hombre de la bolsa” ni bien supieron que trabajaba en la Bolsa de Valores. A mí el apodo me dio mala espina. Nos conocimos en una despedida de solteros. Él iba por el novio y yo por la novia, Javi, la hermanita de mi amiga Sabina que se casaba antes que todas nosotras. Yo había caído un poco de colada, pero en las despedidas todos están felices o borrachos así que fui sin pensarlo mucho. Como faltaban bebidas, Sebastián y yo nos ofrecimos casi al unísono para ir a buscar refuerzos a un súper cercano. Nos miramos. “Vamos en mi auto”, dijo. “¿Te parece? Son cinco cuadras…” “Sí, dale, y de paso damos una vuelta.” Y allá fuimos. El auto era un modelo deportivo, negro por fuera e impecable por dentro. Me abrió la puerta para que pasara, y me senté: olor a nuevo, olor a perfume. Cuando se sentó y vi tan cerca su camisa blanca radiante como su sonrisa supe que estaba en problemas. En la pantalla, la vida de Grégoire se complica –las deudas se multiplican, la hipoteca es irreversible, el banco le suelta la mano–, pero él no parece activar ningún cambio. Tampoco preocuparse. Solo camina, fuma, y se pierde en la ciudad. Vuelve a su estudio y toma una siesta, vestido, así nomás, sin sacarse los zapatos. Cuando despierta, como si algo de un sueño lo hubiera alertado, llama por teléfono a su mujer y le dice que no puede más, que fracasó. Le pide que no lo abandone... Ella le dice que no lo hará. En la siguiente escena, lo contiene, lo abraza, y solo entonces él puede llorar. Después de la despedida, Sebastián se ofreció a llevarme a casa. Me dijo que no podía subir, pero estacionó ligeramente pasada la puerta de entrada. Ahí me explicó que su oficio no es meramente especulativo: no es una timba... El trabajo financiero supone un alto razonamiento analítico, abstracto, buenos reflejos matemáticos y un mapa mental de las relaciones internacionales. Hasta entonces, la idea que yo tenía de la Bolsa se reducía a un monitor registrando alzas, bajas y papeles sin cambio, o el hormiguero de hombres trajeados en el microcentro porteño, camino a mi clase de natación. Le digo –exagero– que me parece fascinante. Y le cuento que mi trabajo también me gusta. ¿A qué te dedicás? Soy periodista, cine, teatro y danza. Aaah, responde sin mucha emoción, mientras me acaricia la pierna, y agrega lo genial que le parece habernos conocido en la despedida de solteros, ahora podremos ir al casamiento de los chicos juntos. Pienso que ahora es él quien exagera. Le sonrío mientras siento que su mano avanza, pero no le digo que en realidad no sé si estoy invitada a la fiesta. Un rato más tarde, cuando bajo del auto y me descubro en el espejo del edificio, veo que estoy hecha un desastre. Giro una vez más y veo a Sebastián sonreír impecable detrás de la ventanilla oscura que sube hasta ocultar su rostro. En la pantalla, sin mediar aviso, Grégoire se pega un tiro. ¿Qué pasó? Miro a los costados en la medialuz de la sala a ver si los otros están tan sorprendidos como yo: López mira el celular; Betina está abrazada a sus rodillas. No te distraigas, me reprendo. En una esquina cualquiera de París: Grégoire se bajó del auto con unos papeles y un arma. Primero quemó los papeles, después pisó las cenizas, después caminó unos metros y adiós. Voilá! Un movimiento corto, sin anuncio. En el piso su cuerpo inmóvil parece una “S”. La angustia me da hipo. Lo siento nacer de una contracción del diafragma, y tarda hasta que se expresa, sonoro. Me avergüenzo del sonido y mis movimientos espasmódicos. ¿Estará Louis-Do mirando el film? Mientras tanto, la mujer de Grégoire y las niñas se pierden entre cajas, escritorios y agendas buscando las razones del suicidio: necesitan saber si hay un secreto. ¡La amante, recuerdo! ¿Había una amante, entonces? Pero pronto intuyen que esa búsqueda no tiene sentido. Algunas búsquedas no lo tienen. Que, sea cual sea la razón de su marido, se llevó el secreto a la tumba. Cuando salgo al hall, me sorprendo al ver a Grégoire nuevamente vivo. Es ridículo, pero me da cierto alivio verlo en pie en ese interregno que sucede al terminar una peli. Escucho un par de preguntas de los colegas pero sobre todo me dedico a mirarlo. Todavía me cuesta separar a Louis-Do de Grégoire. La noche del casamiento volví a cruzar a Sebastián: llevaba el mismo saco negro y camisa blanca, ahora con lentes oscuros. Yo había elegido un vestido strapless turquesa y una tiara de princesa, un accesorio quizá excesivo para alguien que es invitado después de las doce. Me saludó con la mano, no creo que haya sonreído, y siguió de largo. Me quedé sin habla. Bebí un poco, hasta que me animé a preguntarle a Javi en qué andaba él. Me dijo que la semana siguiente se volvía a Suiza, donde vivía hacía un año contratado por un banco y... Lo demás, ya no lo escuché. Marine y Louis-Do siguen con las preguntas cuando decido abandonar la conferencia de prensa: sigue mi malestar y empiezo a sentirme francamente mal. Marine hace un gesto para que la espere, y hasta me parece que él, Louis-Do-Grégoire me observa detrás de sus lentes negros. Yo bajo la mirada y escapo avergonzada. Entrada la noche, zigzagueo por la recova de Libertador, doblo en la esquina de Montevideo, compro un atado de Gitanes en un 24 hs y enciendo un cigarrillo, resignada y liberada, como cada vez que vuelvo a fumar. Natalia Ginzburg * Este relato fue publicado hace varios años en la antología La mano que mece, de la editorial digital Outsider. La semana pasada, en la sobremesa abombada de un mediodía de cumpleaños, tirados en el césped, mi amiga Carolina mencionó su encuentro con el director de cine Bruno Dumont. Más bien, narraba una falta –contábamos anécdotas de cuando no suena el despertador–: ella oficiaba de traductora, y llegaba tarde a la cita. Casi el motivo de un sueño. Su mención evocó el recuerdo de este texto, que tenía por completo olvidado. Intenté comenzar a glosarlo y me di cuenta que confundía lo que había realmente sucedido, y lo que hubo de ficción en él. Me gustó la sensación de lo que el tiempo produce en los escritos, y en la memoria (la mía, particularmente frágil).
- Poética de la playa
Ilustración: Libro "La playa" (Ed. Saposcat). Sol Undurraga La playa es un límite entre dos elementos: el mar y la tierra. Es un umbral, una zona indecisa, que no es ya propiamente tierra ni mar todavía. Es, en estricto rigor, la franja en que coexisten mar y tierra alternados, la zona que el mar puede cubrir cuando sube la marea pero que normalmente moja solo de manera intermitente. La arena típica de la playa vacila entre la solidez de la tierra y la fluidez del agua. Seca o bajo el agua, cede ante el peso de nuestro cuerpo. Saturada de agua, pero no cubierta por ella, se vuelve sólida, firme, por la resistencia de la película de agua que la cubre. Moldeable, la arena permite edificar en ella castillos y toda suerte de figuras torpes o virtuosas, escribir y dibujar en ella, sabiendo que todo trazo o edificación es transitorio y será borrado por el viento o la marea alta. Encarnación de lo provisorio, según el Evangelio cristiano, la arena se opone a la roca, fundamento sólido esta última sobre la que el hombre prudente debe edificar su casa, mientras que la del necio que edifica sobre arena cae cuando llega la tormenta. Alzada por el viento, se introduce en todo lo que se expone a ella: se entromete entre las páginas de los libros, en los alimentos, en los pliegues más recónditos de nuestros cuerpos, en los intersticios de nuestros juguetes y dispositivos electrónicos. La arena se presta con facilidad al simbolismo y a la imaginación literaria: para Borges, se asemeja al infinito, y las páginas de su libro de arena están en constante cambio, como el paisaje de un desierto. En La mujer de arena, Kobo Abe construye un escenario de un erotismo asfixiante, un amor encerrado entre muros que se desmoronan, mientras que El hombre de arena que inspiró a E.T.A. Hoffman amenaza con cegar a los niños que se resisten a quedarse dormidos. Todas estas fantasías podrían pensarse como elaboraciones de las experiencias cotidianas en la playa, que en principio por su cercanía al agua parece opuesta al desierto pero comparte varios rasgos con él: el sol implacable, la sed (el agua del mar no la calma) y la topografía ondulante. Sobre esta capa de arena se disponen cuerpos, en sillas de playa, toallas, pareos, al sol o cubiertos por coloridos quitasoles. La mayoría están casi desnudos, mirando en dirección al mar: a nadie se le ocurre sentarse dándole la espalda. La playa es una gradería, un palco desde el que se mira el espectáculo de las olas golpeando la orilla y la inmensidad de las aguas que se extienden hasta el horizonte, aunque también podríamos pensar que es una suerte de vitrina en la que nos disponemos para que el mar nos mire, nos exponemos al mar y al sol como cuadros de una exposición o mercancías en un escaparate que ellos contemplan con interés variable. Periódicamente alguna de las personas instaladas en su sitio contemplando el mar desciende hasta el borde del agua y se introduce en ella gradualmente, caminando. Pocas llegan a nadar, la mayoría entra hasta la cintura y vuelve a salir, ya refrescada, para tenderse nuevamente al sol. Algunos se zambullen en la curva de las olas antes de que rompan, otros se agachan para mojarse el cuerpo completo aunque el agua les llegue solo hasta la cintura. A veces entran en parejas o grupos, otras corren desde la arena hasta el agua como para no perder el impulso de mojarse. De vez en cuando alguno se aleja por la superficie espumosa hasta cruzar el rompeolas y agitar una mano en saludo, reducido a un punto del tamaño de una cabeza de alfiler. Cuando campea la bandera roja, los salvavidas pueden amonestar al imprudente y conminarlo a regresar a punta de pitazos, gritos, gestos agitados. En el mar no hay que confiarse, nos decían de chicos, y en efecto el tranquilo espectáculo puede en cualquier momento volverse épico rescate o terrible tragedia. Los cuerpos que salen del nado respiran agitados, y se tumban tiritando sobre su toalla a recuperar el aliento y la temperatura. Las playas están siempre ahí, pero las invadimos en masa durante el verano, en particular en febrero. Acudimos a ellas para descansar. Vacacionar, decimos, veranear, curioso verbo formado a partir del nombre de una estación, que no existe para las otras: hibernar no es pasar el invierno en algún sitio, es entrar en un estado especial de adormecimiento durante ese período del año, y que yo sepa no se puede otoñear o primaverar, aunque debería poderse. Nos tomamos fotos, nos cubrimos de cremas para protegernos la piel de la radiación solar, tratamos de vernos bien o no tan mal en traje de baño. Aparte de la zambullida periódica, a veces pateamos una pelota en un círculo o la nos la pasamos con paletas. Llevamos calzado especial para caminar sobre la arena, diferentes tipos de chalas, sandalias, hawaianas, alpargatas. Las toallas nos sirven para secarnos, pero también para tendernos sobre la arena sin que ella se adhiera a nuestros cuerpos mojados (lo que, sin embargo, ocurre igual). La banda sonora de la playa es el rumor constante pero nunca monótono del mar que golpea la orilla a intervalos y luego se retira, las voces de los niños jugando, el canto de las gaviotas y otros pájaros que merodean por la orilla, a veces vendedores ambulantes (como el inolvidable canturreo "pan de huevo barquillo cuchuflí" de mi infancia), y si tienes mala suerte altoparlantes con música invasiva. Mi película favorita sobre playas es Balnearios (2002), de Mariano Llinás, en la que se superpone una narración ominosa y bizarra a imágenes anodinas de bañistas llevando a cabo actividades completamente normales. Me sucede a ratos en la playa desear una voz de ese tipo, que torne la normalidad en novela de misterio o suspenso. Imposible olvidar también La muerte en Venecia de Visconti, con su creciente desborde de un deseo prohibido en un hotel junto al mar, hasta el punto en que el protagonista se deshace ante nuestros ojos, con el pelo teñido y el maquillaje corrido, en una de esas playas europeas cubiertas de sillas y equipadas con pequeñas carpas a rayas que sirven como camarines, que aparecen también en El tiempo recobrado de Ruiz. O en clave más pop, la serie Guardianes de la bahía con sus cuerpos atléticos mostrados en cámara lenta y argumentos que eran una tenue excusa para mostrar a mujeres corriendo en bikini, en cámara lenta, un espectáculo turbadoramente hipnótico para el adolescente que yo era, y que los observaba tensado entre el tedio televisivo y la calentura difusa de los catorce años. Hace poco, en el Festival Teatro a Mil, fui a ver Sun & Sea, un espectáculo teatral en que el piso del Centro Cultural La Moneda se cubría de arena para figurar una playa iluminada con luz suave en la que bañistas comunes y corrientes realizaban ante nuestros ojos las actividades corrientes de ese lugar: asolearse, echarse bloqueador solar, comer sándwiches, conversar, estar tendidos, dormir, jugar a lanzarse una pelota plástica sin que toque el suelo. De vez en cuando este murmullo anodino era interrumpido por arias y coros, una música minimalista compuesta ajustada perfectamente a la falta de dramatismo del libreto, en el sentido estricto: se trata de una obra sin más acciones que las mencionadas, en que los textos son monólogos interiores de personajes que no están haciendo nada más que recordar, imaginar, cavilar. El libreto es ingenioso en su capacidad de entrelazar lo leve y lo existencial, lo mundano y lo trascendente, pero al mismo tiempo llama la atención hasta qué punto anula lo que tradicionalmente impulsa todo espectáculo teatral: la acción, el conflicto, la interacción. Aquí no hay más que un conjunto de conciencias paralelas que observamos, y que permanecen aisladas, incluso cuando cantan en coro, armonizados, al unísono. La obra es tal vez un buen retrato de lo que sucede en las playas en las que descansamos juntos pero no revueltos, simultáneamente pero cada uno absorto en su tiempo propio, solitario, personal. Nunca constituimos un verdadero coro como el de una tragedia o una cantata barroca, un coro que comente las acciones presentadas por la obra desde el punto de vista de la colectividad, porque esa colectividad está dispersa, atomizada como granos de arena que se mueven al antojo del viento. Volvemos de la playa a la ciudad tostados, arrastrando maletas cargadas de ropa sucia, baldes plásticos, toallas de las que cae arena al introducirlas a la lavadora, patas de cangrejo, conchitas y otros cachureos, pero persiste por un tiempo en nosotros su ritmo, su rumor, su atmósfera marina, que poco a poco va borrando el mes de marzo a medida que nuestra piel palidece de nuevo y nuestros cuerpos se abrigan para recibir al otoño, preguntándonos si realmente está la playa por debajo de los adoquines sobre los que caminamos otra vez hacia la pega.
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Versión apócrifa sobre la fe eficaz: un felino sólo podría llegar a saltar sobre ti si previamente lo supones agazapado en alguna parte.







![Imago: variaciones sobre la metamorfosis[1]](https://static.wixstatic.com/media/66ef13_14049c1650f64795b43a60d2d795f8e1~mv2.jpg/v1/fit/w_176,h_124,q_80,usm_0.66_1.00_0.01,blur_3,enc_auto/66ef13_14049c1650f64795b43a60d2d795f8e1~mv2.jpg)




