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  • El cansancio de la crítica

    ¿Puede el pensamiento crítico actual desarrollar elementos reflexivos emancipatorios, que permitan a cualquiera apropiarse de sus saberes y exponer sus deseos y proyecciones vitales? Esta es una de las preguntas fundamentales que plantea el texto El cansancio de la crítica. (Edit. Qual Quelle, 2022). Este libro es el primer texto de una trilogía sobre el pensamiento poscrítico. Se inicia, no sin dejos deliberados y herejes, con una reflexión sobre la crítica y su historia; el efecto de esta indagación histórica y filosófica sobre el pensamiento crítico tuvo como resultado la posibilidad de establecer un pensamiento poscrítico. Esto quiere decir: un análisis acucioso sobre la actualidad del pensamiento crítico como elemento estético-político medular para pensar las escenas intelectuales, artísticas y decoloniales contemporáneas. Sumado a esta búsqueda y apología de la experiencia poscrítica, toda la reflexión se articula como modo de comprensión del ejercicio crítico inserto y dinamizado por diversos sistemas de rendimientos que hacen de la práctica crítica intelectual contemporánea un campo de creación de dispositivos reproductores del capitalismo cognitivo, en vez de responder a las potencias emancipatorias que históricamente servían como hilo conductor para la existencia del pensamiento crítico como tal. Así, la experiencia crítica se analiza a la luz de los cansancios corporales y conceptuales que se experimentan con las dinámicas temporales establecidas por el axioma capitalista de la vida entendida como elemento resultante de una vida productiva. Ahora bien, estos saberes comienzan a traslucirse una vez que el dispositivo crítico tradicional ha entrado en una fase de desgaste evidente; esto quiere decir, el cansancio que todo cuerpo maquínico y productivo experimenta como elemento de producción de la realidad. La sobreacumulación de elementos de estudios críticos, tanto en las ciencias sociales como en las artes y las humanidades, dan cuenta de un exceso de reflexiones y elementos que interpelan al discurso crítico como procedimiento epistemológico y metodológico del saber cooptado por las lógicas del capital. En consecuencia, estas lógicas del saber-capital logran capturar y fagocitar las reflexiones críticas en su proceso plástico de abstracción de lo real. Eso quiere decir, que la musculatura del capital se engrandece a partir de la serie de discursos crítico que velan por las deficiencias mismas del capital, aunque su circulación y exposición sólo sea posible a través de los mecanismos submediales mismos dispuestos por el entramado de abstracción del capital. Así, en el proceso de abstracción de lo real del capital, los discursos críticos configuran una imagen deficiente del capital, con el costo de distanciarse de las injerencias con la realidad en el modo de una mercancía discursiva sobre la miseria del mundo y las catástrofes existenciales de los individuos. Al abstraerse el saber crítico, su imagen se deplora, logrando ser cooptado como elemento matriz del propio capitalismo cognitivo. Pues, esta maquinaria de abstracción del discurso crítico ha logrado desgastar la eficacia del propio pensamiento crítico debido a la creciente elocuencia de los aparatajes de sobrevivencia que no logran ‘transformar’ la realidad, sino que la reproducen eficientemente en el modo de un mercado sintético del saber hospitalario. De esta manera, una verdadera crítica ocurriría mediante la creación de reflexiones inútiles al capitalismo cognitivo, incapaces de ser reconocidas por el mercado del saber. En otras palabras, la poscrítica se instala como la búsqueda de una contra-abstracción de lo real no-capitalista, capaz de abstraerse a la forma mercancía del discurso crítico hospitalario. A esto lo llamaremos cansancio de la crítica, es decir, la reivindicación de los saberes improductivos a partir de una actitud crítica radicalizada de la sobrevida en el saber edificado para la producción de conocimiento intercambiable, ocurrido tras el desgaste de la tradición crítica como elemento emancipador exclusivo ante las formas de dominación global. Esta reivindicación conlleva el desafío de reexaminar la existencia de la crítica a partir de sus rivalidades con las ideologías, o bien, mediante la tensión en la distribución del saber entendida como una deconstrucción de la diferencia ontológica sobre los saberes. No obstante, la diferencia ontológica del ‘saber’ es un asunto estético, y no epistemológico, como suele creerse. Así, la diversidad de saberes, junto a sus ecosistemas de perdurabilidad, se sostienen a través de la práctica del disenso. Por ‘disenso’ debemos comprender, de manera general, la diversidad de percepciones y sensibilidades que existen para diagramar sentidos de mundo. Pero, para ser más precisos, disenso es el desacuerdo perceptivo que se tiene sobre algo, cualquier cosa, cualquier asunto. Esto ocurre, fundamentalmente, producto de que dicho desacuerdo se genera a través de la confrontación de las maneras diversas de hacer mundos sensibles, o, mejor dicho, de saberes, de pasiones, de experiencias, de trayectorias, de trazos, de vidas, que entran en un colapso inevitable con los procesos informacionales, algorítmicos y axiomáticos del saber. De este modo, saberes, tiempo y sentido, son los conceptos vitales que se despliegan en una polifonía de voces y reflexiones, y que tienen como propósito revindicar la experiencia temporal del saber mediante una expropiación polémica de las sabidurías ejecutadas, intensivamente, por las diagramaciones formales y oficiales del mercado del conocimiento. El ingreso del pensamiento crítico dentro de las dinámicas hiperactivas del mercado de conocimiento académico y político, contrajo la extirpación de la experiencia contemplativa que comportaba la tarea crítica. Pues, la experiencia contemplativa se sedimenta sobre determinada ralentización del tiempo para el saber, que es excluida por la crítica tradicional al adjuntarse con cierta dinámica acelerada del capital. La experiencia crítica, de este modo, se instala como objetivo de reflexión mayor, a propósito de los vínculos que puedan aún existir entre pensamiento, emancipación y tiempo, cuya performatividad es, generalmente, polémica. Pues, ¿quién aceptaría rápidamente el fin de la crítica sin ser reaccionarios, o bien, su absolutización, sin ser neoilustrado? Sin duda hay una dimensión de la realidad que no se puede explicar. No por falta de elementos que no puedan identificar los nuevos fenómenos políticos ni la emergencia de nuevas fronteras epistemológicas. Si no, en cambio, por la extrema singularidad de los fenómenos respectivos que, por su contingencia, al fin y al cabo, alteran las lógicas interpretativas que explican la existencia de dichos fenómenos. Es decir, poseen estructuras lógicas que se autoexplican en su pura puesta-en-escena. La mezcla entre singularidad y contingencia no permiten a la maquinaria anticipante de la crítica y el conocimiento acceder a la plenitud del fenómeno. De este modo, la tarea de la poscrítica al respecto es doble: por un lado, desarticular la máquina anticipadora y explicadora de eventos movimentales sociopolíticos y nuevas formas de saber, para que de esa forma emerja toda la materialidad autónoma y fáctica del movimiento y el saber en sí; y, por otro lado, busca cuidar, o velar, por aquellas formas ambientales que permiten y promueven el desarrollo de nuevas formas y lógicas de expresión políticas y de saber. Por lo tanto, la poscrítica implica, a su vez, el sucesivo desmantelamiento de la vieja crítica explicadora de la realidad, transformada, ahora, en una novedosa forma de automeditación de la realidad misma. Una nueva ocupación imprime la poscrítica en las formas intelectuales contemporáneas: como toda ocupación, exige la formación y creación de un tiempo y un espacio habitable por cualquiera. Este tiempo-espacio, se presenta como una novedosa estética igualitaria de los pensamientos y las aventuras del saber. La poscrítica abre el mundo de las ocupaciones-de-uno-y-de-una al azaroso mundo de las virtudes cualquiera, virtudes anónimas. En fin, la crítica se desembaraza del antiguo ‘drama’ que la cobijaba: la tensión entre la pasión por entregar las coordenadas de sentido ante la debilidad e ignorancia del otro, confrontadas, conjuntamente, con la sed y el placer individual del conocimiento por saber, adelantándose, antes que nadie, a las lógicas que sostienen la realidad de todos y todas. Es así́ como la poscrítica se vincula directamente con la necesidad ociosa de crear mundos y estructuras temporales diseñadas por cualquiera. El ocio es ese resto temporal, esa historia-otra, el “tiempo-basura” (Nick Land), habitable por cualquiera.

  • 4D

    Joaquín Rebolledo Aladro nació en Curicó en 1990 en una familia de imprenteros. Estudió en Santiago periodismo y publicidad. No ejerció y volvió a vivir a su pueblo. Allá escribe poesía y cuentos. Actualmente prepara su primer libro. Jan, el técnico es un belga que viaja por todo el mundo enviado por una empresa llamada XEIKON (nombre de empresa con ansias de dominación mundial) para ensamblar y poner a punto la impresora digital de cuatro colores en rollo adhesivo modelo: XEIKON 3050 conoce la máquina de memoria: sus circuitos sus engranajes sus cilindros perfectos lisos y electrificados todos sus 2.746 pernos trae sus propias herramientas y una botella de agua atornilla dos cosas a la vez sin nunca abrir el manual de instrucciones una máquina que sólo su limpieza semanal toma 6 horas arma dos máquina por mes trabaja solo sin ayudante no habla español ni lo intenta responde con movimientos de cabeza o se encoge de hombros se lleva dos dedos a los labios para avisar que saldrá a fumar hoy está en Curicó mañana en Persia en otro país, en otro tiempo la máquina siempre es la misma el lugar donde la instala siempre cambia una tarde mientras caminaba por Curicó me lo topé en la terraza de un bar tomaba una cerveza llevaba un sombrero y una incipiente barba canosa sonreía poema a la señora en silla de ruedas que se tiró a la línea del metro mientras esperaba en el andén el cuerpo es una casa deshabitada que intercepta la trayectoria del mundo morir como se vive un obstáculo al destino devorado por el silencio la paradoja de la fuerza imparable y el objeto inamovible avance de vagones enfrentado a un deseo de reposo hay una guerrilla interior ruido y furia en una jaula una promesa de sosiego abandonarse a la corriente desaparecer bajo el peso de la multitud hazte ver una última vez los parlantes repiten la palabra sigma la gente busca una solución no le incumben las razones no serás noticia esto es más común de lo que parece pero tal vez y esto no es un consuelo te conviertas en un punto de fuga para todos los que te vimos desaparecer la moral de los cóndores un cóndor planea y proyecta su sombra sobre mi ruta carroñero implacable omnipresente y distante un cóndor planea mientras busco camino espera paciente una palabra errada para devorar mi cadáver alimentarse de mis dudas yo mismo soy el cadáver de un cóndor que se alimenta de gestos ajenos majestuoso a la distancia repugnante en la proximidad goteras toda inundación comienza con una gota infiltrada que reordena toda tu casa hay que mover la cama correr la mesa correr con las toallas y el diario guardado bajo el sillón los vasos y las ollas se vuelven estanques todo puede convertirse en un trapo los maceteros regados por el suelo todo está empapado los libros florecidos y las palabras que se pegan a palabras más grandes ahora duermo con un ojo abierto parché el techo y las goteras solo cambiaron de ubicación incluso se reprodujeron la luz solo se mueve en línea recta y la lluvia siempre encuentra la fisura antes que uno la lluvia expone todas las grietas que intento olvidar en vano se aguantan las lágrimas el agua siempre debe fluir toda inundación comienza con una gota hay que estrujar la toalla hay que estrujarse a sí mismo hay que tirar la toalla el sonido de una gotera es similar al de un reloj y su cuenta siempre es hacia atrás

  • 14

    Para proteger del espanto, un mundo que se desmorona genera, al mismo tiempo, una morbosa expectación.

  • 13

    De golpe, sin aviso previo nos vemos atenazados por un solipsismo en que cualquier grito de auxilio se vuelve hacia adentro y aumenta la sordera. Buscamos, con desesperación, la manilla de una ventana, y una vez encontrada, girarla antes de que se nos vuelva otro invento de nuestro hermetismo interior y le ponga otro candado más por dentro. Una ventana que comunique de manera inmediata a algo que parezca un afuera o un cielo, y que más vale no llamarlo bóveda celeste.

  • Literatura y fealdad

    Literatura y fealdad Escribe Lichtenberg en sus cuadernos: "Las personas más sanas, las más apuestas, las mejor constituidas, son las que aceptan cualquier cosa en el mundo. En cuanto la gente empieza a tener defectos, tiene opiniones personales." Siempre me pregunto ¿Existen más escritores bellos que escritoras bellas? ¿Será que la excesiva belleza atenta indistintamente a ambos sexos contra el foco de una carrera literaria? Martín Amis, Sam Shepard, Rimbaud, Lord Byron, Kerouac, la lista de escritores guapos es interminable. Sylvia Plath, Clarice Lispector, Anne Sexton de las más famosas escritoras bellas. De ahí el número de escritoras realmente hermosas decrece. Marina Tsvetáyeva escribe en sus diarios: "Mi alma es monstruosamente celosa: no me habría soportado bella." La belleza o la falta de esta, golpea muy distinto a ambos sexos y por ende debe afectar también la elección de una vida creativa. No es que una mujer excesivamente bella sea tonta (el caso de la aguda inteligencia de Marilyn Monroe es emblemático) es que el hombre crece escuchando que es feo de la boca bromista del compañero de turno y termina asumiendo esta condición como una llave existencial más. Hasta el guapo cree que igualmente participa, por ser hombre, de la fealdad. La fealdad para el hombre es como el alcohol. El que no lo toma es sospechoso. A la mujer no se le puede decir ni en broma que es fea. Se hunde ¿por qué? Por eso ellas han inventado que la fealdad no existe y que el espíritu viene siempre en su rescate. De ahí que la belleza excesiva sea determinante para no ser nadie en el mundo, o en su defecto aceptarlo todo como dice Lichtenberg, y alguien que acepta todo no puede escribir. Alejandra Pizarnik escribe en sus diarios, como si la fealdad fuese la soga de un ahorcado: "Creo que mi aspecto físico es una de las razones por las que escribo: tal vez me creo fea y por ello mismo eximida del exiguo rol que toda muchacha soltera debe jugar antes de alcanzar un lugar en el mundo, un marido, una casa, hijos. Pero a veces, mirándome bien, veo lúcidamente que no soy nada fea y que mi cuerpo, aunque no intachable, es muy bello. Pero yo amo tanto la belleza que cualquier aproximación a ella, en tanto no sea su consumación perfecta, me enerva. Y que mi rostro sea interesante no me consuela."

  • Armando Uribe: “Los antipoemas de Parra tenían más que gracia, tenían sus desgracias”

    Armando Uribe conoció a Nicanor Parra en los años 50 del siglo pasado y tenía buena memoria. De ahí que pudiera recrear anécdotas y hasta conversaciones con el antipoeta que revelarían influencias nunca explicitadas. Concedió esta entrevista (publicada por The Clinic en 2014, para el centenario de Parra) con una condición: no estaba disponible para criticar al cumpleañero. A una persona de esa edad se la respeta, decía él a sus 81, longevidad que asumía como un castigo insoportable. En vísperas del quinto aniversario de la muerte de Parra, y del tercero de la muerte de Uribe, nada mejor que leer a uno hablando sobre el otro. ¿Cuándo conoció a Nicanor Parra? Creo que el año 54. Él estaba haciendo un hoyo para enterrarse. ¿Cómo? Mire, yo fui a verlo a su casa porque Jorge Elliott, traductor de Parra al inglés y también amigo suyo –hijo de inglés y de peruana, pero vivía en Chile–, me pasó la dirección de Parra con el recado de su parte de que fuera a verlo. Entonces fui a esa dirección, que quedaba a un par de cuadras del Canal San Carlos hacia arriba, en un barrio indistinto, con casas hechas en planes de ministerio, todas idénticas, pegadas por lo demás una a la otra... todo bastante modesto en mi opinión, pero en fin. Toqué el timbre en la supuesta dirección de Parra pero no abría nadie. Así que caminé a la muralla y como era baja, pude asomarme al patio de tierra que había, porque no era un jardín. Y cuando me asomo, veo a una persona con una pala haciendo un hoyo en la tierra, en la pura tierra, francamente. “Bueno, usted es Nicanor Parra”, pregunté. “Sí, y aquí estoy haciendo un hoyo y cuando lo termine me voy a tirar de cabeza”. Eso fue literal. ¿Y qué pasó ahí? Le dije que yo era tal, fue a abrir la puerta y estuvimos conversando. Le repito que era por iniciativa de Parra, yo soy contrario a las amistades con escritores, sobre todo si son mayores que uno. Usted habrá tenido 20 años y él 40. ¿Por qué lo citó Parra? Había salido una antología de poetas chilenos que hizo el propio Elliott, en la que Parra adelantó textos de Poemas y antipoemas, y por mis poemas en ese libro él se habría interesado... Incluso hubo, ahora me acuerdo, una especie de concurso hecho por una revista literaria que dirigía la Esther Matte Alessandri, una señora muy dedicada a cuestiones artísticas, hija del político Matte y nieta del viejo Alessandri Palma. En ese concurso los poetas jóvenes de la revista leíamos nuestros textos, con Parra y dos más en el jurado. El premio lo sacó Enrique Lihn, pero apenas se lo dan, los del jurado avisan que Nicanor Parra entregaba lo que le pagaban por estar ahí –unos diez mil pesos de la época– para el ganador de un premio llamado “Pablo Neruda”, inventado por él en ese mismo momento. Y que el jurado acordaba dármelo a mí. ¿Qué otros recuerdos tiene? Me acuerdo que en esa época, o poco tiempo después, andando en uno de esos Volkswagen escarabajo, iba yo sentado en la parte de atrás, muy incómodo por lo demás, y Parra iba manejando conversando con alguien sentado al lado suyo. Y dijo que no le gustaban nada los poemas muy cortos, refiriéndose a mí en forma directa, pero sin nombrarme. Entonces me hizo un gesto con la mano izquierda, como señalando un espacio muy corto entre el índice y el pulgar. A mí no me molestó, la verdad. ¿Por qué no? Porque no nomás. ¿Recuerda alguna otra anécdota? Mire, la verdad no me he dedicado a hacer catálogos de las gracias de Parra. ANTIPOESÍA Parra llega a los 100 años, entre otras cosas, por haber sido muy sobrio, a diferencia de otros poetas. ¿Usted percibía en él esa contención? Él tenía una noción de portarse bien, de tener que portarse bien. Creo que él se dominó bastante, quizás en contraste con el padre, que entiendo era bastante de tomar y perderse. También puede hablarse de que existe en Parra una cierta inseguridad psicológica de fondo, que por lo demás se advierte en esos primeros antipoemas, en mi opinión lo mejor que hizo. Los poemas de ese libro tenían gracia, en cambio los antipoemas tenían más que gracia, tenían las desgracias de la vida real de este hombre. ¿Qué fue más determinante para Parra en la invención de la antipoesía, venir del sur o viajar al extranjero? No, viajar. Porque no sólo viajó, sino que vivió en Inglaterra, y esa estada le influyó enormemente por el conocimiento que profundizó de poesía inglesa. Y específicamente de un poeta que él, en conversación conmigo, reconoció que era en realidad el que más lo había influido, pero jamás lo ha dicho en público, quizás precisamente porque está muy presente en su mejor poesía. ¿Qué poeta? Browning, un poeta del siglo XIX inglés. Nunca lo ha dicho en público, pero hablando con Parra apareció esto y tuvimos una conversación detallada sobre textos de Browning que él había leído. Entonces ahí me confesó que Browning para él era esencial, y sobre todo un poema del que ahora no sé si me voy a acordar... Bueno, sigamos hablando o hábleme algo usted a ver si me acuerdo. ¿Se acuerda del título? No. Voy a tratar de recordar el comienzo, espérese un momento... “I only knew one poet in my life”. “Solo conocí un poeta en mi vida”. Y luego dice que ese poeta, el único que conoció en su vida, era una especie de espía social. Creo que eso le importó mucho a Parra. Y curiosamente, Browning también era muy aficionado a las anécdotas en verso, en un estilo de conversación, con gran libertad de giros verbales, etc. Esto de que Parra poco menos que habría inventado la poesía coloquial son patillas, la poesía siempre ha acogido lo coloquial. Hasta la más rebuscada, con ánimo más refinado, también tiene presentes las formas de hablar y de pensar, porque corresponden al pensamiento, no sólo a lo que se habla. Ahora, sí hago la distinción de que las maneras coloquiales varían enormemente de un autor a otro según el medio social en que han usado y han vivido el lenguaje, sobre todo en el país Chile. Por eso Huidobro, que es de otro medio social que Parra –no le digo que muy refinado tampoco, de hecho su francés es bien dudoso, un francés de Alameda esquina San Martín, donde él vivía–, tiene por ahí un par de frases que, siendo muy coloquiales en su medio social, contrastan notablemente con el lenguaje coloquial que usa Parra. ¿En qué creía Parra? No sé, pero el cura José Miguel Ibáñez [Ignacio Valente] creyó que Parra podía convertirse en católico. Estoy hablando del año 55, cuando Ibáñez todavía no era cura. ¿Se lo dijo a usted? No literalmente, pero para mí era evidente que quería eso. Y le corresponde porque parte de la vocación de cura es convertir, o reunir conversos. Yo creo que fui el primero que le mencioné a Parra, y le mostré algo de Parra, a Ibáñez. Él no lo reconoce, cuenta otra manera por la que tuvo acceso, pero me consta que fue a través de conversaciones conmigo y textos que yo tengo que haberle mostrado en el colegio. ¿En el colegio? En el colegio Saint George. ¿Eran compañeros? No, yo estaba dos cursos más arriba, pero nos veíamos en unas reuniones que dirigía Roque Esteban Scarpa. Después Scarpa publicó nuestros primeros libros, con títulos elegidos por él, que tenía bastante tendencia a la cursilería. El de Ibáñez se llamaba Qué palabras qué lágrimas, y al mío le puso Transeúnte pálido. Gracias a eso Teófilo Cid pudo hacer el mejor artículo que se ha escrito sobre un libro mío. Se reía del título y terminaba diciendo: “Me dicen que tiene 20 años. Pobre joven, cuántos años de tontería por delante”. Tenía toda la razón con esa frase, era la pura verdad. ¿Usted también quiere cumplir 100 años? ¡No, oiga, si ya estoy desesperado por la edad que tengo! ¡No, no, no, no! ¡Es detestable! Este aumento de los promedios de edad es un absurdo, se vive mucho más de lo necesario, es uno de los peores castigos de lo que llaman “lo moderno”. Francamente, es insoportable. ¿A partir de cierta edad ya no vale la pena? No es que no valga la pena, sino que es excesivo. Y en mi caso personal, en términos de escribir, mejor sería haberse muerto mucho antes y no haber escrito las leseras de los años sucesivos. Pero de todos modos una persona merece cierto respeto por la edad. ¿Es una constante que los poetas, al envejecer, escriban peor? Hay que hablar francamente: la edad avanzada entontece sin duda ninguna a todos. “Que tiene la cabeza muy buena”, ¡no es cierto! Hay que pasar por esas edades para darse cuenta que son mentiras, puras leyendas nomás. Nadie se libra de esta tontería.

  • Listas recomendadas: Jazz y Pop chileno

    Yo crecí en los 90, que fue el periodo en que la Concertación tomó el poder. Y esta le pagó a los artistas encargados de visibilizar lo que pasaba en la dictadura agarrando a una camarilla a las que se les ofreció agregadurías culturales y algunos lugares donde se pudieron hacer fiestas. Hasta que llegaron los alcaldes reaccionarios de mediados de los 90 y los ingenieros comerciales consideraron que las creaciones artísticas simplemente no eran buenas porque "no sonaban en Estados Unidos" o que no iban a pegar porque "eran muy comunistas”, y la gente no quiere escuchar más comunistas con charango. A pesar de eso hubo escritores, músicos y artistas visuales que supieron adaptarse e hicieron creaciones que fueron parte de la generación de los 90. La cosa es que igual el criterio "ingeniero comercial" predominante en esa década desvalorizó todo lo hecho por nosotros. Al punto que uno podía llegar a una fonda el 18 y escuchar a Soda Stereo (Porque Gustavo Cerati al parecer en esa época hizo lo mejor que se podía hacer siendo chileno, que era no ser chileno). Por eso, hice este homenaje de hacer dos listas en el campo en el que me muevo, que es la música. Donde según mi criterio puse a los artistas de música Pop y de Jazz de estas últimas décadas que si no marcaron una época, al escucharlos esta vez quizás marquen una ahora. Y si no lo hacen, al menos removerán ese prejuicio impuesto de que el arte en Chile no es tan bueno....Porque al final lo quiera o no es nuestro Juancristóbal Aliaga Músico y compositor Lista recomendada: Jazz chileno Yo Creo en el Jazz Lista Recomendada: Pop chileno Yo creo Si quieres recomendar una lista para la sección Jukebox de Barbarie escríbenos a: info@barbarie.cl Envíanos el link de tu lista y una nota contándonos por qué la recomiendas. Síguenos en Spotify

  • Lista recomendada: Las Perfectas

    Me costó mucho comenzar a escribir esto. Estaba absolutamente bloqueada y empecé a forzar un texto que mientras avanzaba lo iba sintiendo cada vez más torpe y poco fluido. No sé si habrá sido tan así, pero sí sé que la frustración me fue generando una ansiedad innecesaria y fundamentalmente contraproducente, así que paré. Paré y tuve una conversación en la que me desahogué y que me trajo de vuelta algo que con el tiempo he concientizado, pero no por eso incorporado en un 100%. Tengo claro que soy muy autoexigente y siempre siento que podría ser mejor. Lo que escribo, cómo me veo, cómo me relaciono, siempre pienso que podría haber sido algo superior. Eso no quiere decir que sea insegura ni que sienta que yo no sea suficiente, pero sí que soy perfectible. Al decirlo me doy cuenta de que es absurdo, porque sé que lo que pretendo es un ideal imposible y porque también sé que no hago las cosas mal, que soy responsable, que me cuido y trato de cultivar vínculos valiosos, pero tengo algo incrustado en la mente que cada cierto tiempo aparece y me boicotea. Creo que he avanzado y que se ha atenuado, pero en mis bloqueos me pongo ansiosa y me nublo en la autocrítica. Como decía, tuve una conversación que me ayudó a frenar al hámster frenético que se instala a correr en una rueda en mi cabeza en estos casos, y me puse a pensar en qué es lo perfecto. La palabra perfecto viene del latín perfectus, que se refiere a algo completamente hecho, terminado, acabado. Esa es la sensación que me toma cuando creo que algo puede ser mejor: no está listo, falta. El tema es que es tan subjetivo. Por ejemplo, hay canciones que para mí son perfectas y que probablemente para muchos no significan nada, no les genera lo que me causa mí; por otra parte, existen las que son consideradas obras maestras, pero con las que no logro enganchar y que incluso me aburren. Podría decir un montón, pero voy con algunas pocas: Imagine de John Lennon, Wish You Were Here de Pink Floyd, cualquiera de Bob Dylan (de hecho, mi favorita es la versión de los Rolling Stones de Like a Rolling Stone), Stairway To Heaven de Led Zeppelin, entre muchísimas otras. Algo que también me pasa seguido es tener debates sobre una banda indiscutiblemente virtuosa y con seguidores muy apasionados: Radiohead. Sencillamente no me genera nada, sólo un poco de tedio. Mis únicas excepciones -que me parecen extraordinarias, en todo caso- son Just y House Of Cards. Quiero recalcar que en ningún caso estoy juzgando, no tengo autoridad alguna para ello, sólo digo que es tan relativo, tan individual. Me cuesta explicar cuáles son las canciones que para mí son perfectas, no creo que tengan una fórmula. Creo que son mis clásicos personales, con los que he logrado una verdadera relación histórica, que representan momentos y logran en mí un impacto no sólo emocional, sino que incluso físico, porque se sienten en el cuerpo. Eso es lo que me cierra, esas son mis canciones completas. Tal vez esa sea la clave, quizás lo perfecto no puede ser y lo que lo es, es el efecto; porque a lo que conmueve no se le discute. Es esa marca lo que causa esa sensación de completitud a la que es inútil aspirar, porque sólo se puede experimentar. Una antojadiza playlist con sólo algunas de mis canciones perfectas: Si quieres recomendar una lista para la sección Jukebox de Barbarie escríbenos a: info@barbarie.cl Síguenos en Spotify Las Perfectas, de Rosario Grez 1- A Song For The Lovers, Richard Ashcroft 2- Ain’t No Mountain High Enough, Marvin Gaye & Tammi Terrell 3- At Last, Etta James 4- Before Today, Everything But The Girl 5- Being Boring, Pet Shop Boys 6- Bitches Broken Hearts, Billie Eilish 7- Blow, Beyonce 8- Can’t Get Enough Of Your Love, Babe, Barry White 9- Can’t Help Loving That Man, Björk Guðmundsdóttir & Tríó Guðmundar Ingólfssonar 10- Carta de Amor, Juan Luis Guerra 11- Cheek To Cheek, Ella Fitzgerald & Louis Armstrong 12- Come Undone, Duran Duran 13- Dancing Queen, ABBA 14- Delicate, Taylor Swift 15- Digsy’s Diner, Oasis 16- Dreaming, Blondie 17- Este Último Momento, Alejandro Sanz 18- Everybody Wants To Rule The World, Tears For Fears 19- Exile, Taylor Swift Feat. Bon Iver 20- Fastlove, George Michael 21- Father Figure, George Michael 22- Fly Me To The Moon, Frank Sinatra 23- Getting Away With It, Electronic 24- Gypsy (Early version), Fleetwood Mac 25- Hazel, Junior Boys 26- Hentai, Rosalía 27- Heroes, David Bowie 28- House Of Cards, Radiohead 29- How Deep Is Your Love, Bee Gees 30- If You Leave, OMD 31- In My Arms, Kylie Minogue 32- Inner Smile, Texas 33- I Wanna Be Your Lover, Prince 34- I Won’t Change You, Sophie Ellis-Bextor 35- I Won’t Dance, Ella Fitzgerald & Louis Armstrong 36- Just Like Honey, The Jesus And Mary Chain 37- La Chica De Humo, Emmanuel 38- Last Dance, Donna Summer 39- Let Me Roll It, Wings 40- Like A Friend, Pulp 41- Love At First Sight, Kylie Minogue 42- Love Comes Quickly, Pet Shop Boys 43- Loverboy, Mariah Carey & Da Brat, Ludacris, Twenty II, Shawnna 44- Make Believe Mambo, David Byrne 45- Maybe I’m Amazed, Paul McCartney 46- Mint Car, The Cure 47- Movin’ On Up, Primal Scream 48- Never Never Love, Simply Red 49- Never Tear Us Apart, INXS 50- Nothing’s Gonna Stop Us Now, Starship 51- Pagan Poetry, Björk 52- Possibly Maybe, Björk 53- Out Of The Woods, Taylor Swift 54- Pray, Take That 55- Querida, Juan Gabriel 56- Romix, Miranda 57- Setting Sun, The Chemical Brothers 58- She’s A Star, James 59- Siempre Es De Noche, Alejandro Sanz 60- Silent All These Years, Tori Amos 61- Slide Away, Oasis 62- Something, The Beatles 63- Standing Next To Me, The Last Shadow Puppets 64- Strangelove, Depeche Mode 65- Sunshower, Chris Cornell 66- Take a Bow, Madonna 67- That’s The Way Love Goes, Janet Jackson 68- The Girl From Ipanema, Antonio Carlos Jobim & Frank Sinatra 69- The Lady Is A Tramp (Live At Madison Square Garden), Frank Sinatra 70- The Most Beautiful Girl In The World, Prince 71- The Real Thing, Lisa Stansfield 72- There’s More To Live Like This, Björk 73- Tonight Tonight, The Smashing Pumpkins 74- Too Much, Spice Girls 75- To The End, Blur 76- Tráeme La Noche, Gustavo Cerati & Andy Summers 77- True, Spandau Ballet 78- True Faith, New Order 79- Tu Pirata Soy Yo, Chayanne 80- Waterfalls, TLC 81- What The World Needs Now (Is Love), Dionne Warwick 82- Whatever, Oasis 83- Wild Forever, Sophie Ellis-Bextor 84- You’re So Great, Blur 85- Your Song, Elton John

  • Lista recomendada: Nostalgia de la luz

    Advertencia. Las siguientes imágenes son lugares comunes. Clichés cuya función adaptativa es aferrarnos a algo lo suficientemente estable como para sobrevivir a un presente insípido. A veces, solo hay consuelo en volver atrás sobre recuerdos inventados. 1.- Te observas a ti mismo años después de esa foto que encontraste en alguna carpeta de tu computador. Es probable que con algunos kilos menos, antes de que se propagara parcialmente tu calvicie y que las arrugas de tu cara comenzarán a hundirse en tu piel como un ancla milimétrica. Entre los registros fotográficos digitales encuentras una fotografía donde apareces con un fantasma. Recuerdas tu obsesión con la versión en vivo de Cómo eran las cosas de los Babasónicos durante esa época. 2.- Escuchas una canción mucho más vieja que tú y que no te trae ningún recuerdo en particular. Pienso, por ejemplo, en Ne Me Quitte Pas de Nina Simone lanzada en 1965. No viviste esa época ni te imaginas a nadie en particular, pero sientes que has perdido algo. Sientes la textura del tiempo agujereado en la garganta. Esa canción te permite acceder a una tristeza impropia. 3.- La aceleración del tiempo tiene impacto en la materia. Todo cuerpo, gigante o corpuscular, se deforma al alcanzar ciertas velocidades. La luz también se deforma al pasar cerca de cuerpos masivos. Tú, que estás con tus auriculares detenido en un paso peatonal en plena Avenida Providencia sientes el calor del sol en tu rostro. Temes que el diminuto agujero negro que has logrado simular durante tantos años tenga la capacidad de absorber toda la luz que te rodea. Escuchas Nothing Compares 2 U de Sinéad O`Connor. Los primeros 10 segundos de la canción te imaginas viajando en el espacio sideral. Puedes ver la Tierra desde la distancia. Eres tú. 4.- Un encuentro sexual desfragmentado en la memoria. Hentai de Rosalía. Cuatro tiempos. Primero, intervalos pequeños sin saltos de acordes. Segundo, intervalos grandes y altos, muchas extensiones. Tercero, una sucesión rápida de tonos ascendentes. Cuarto, la misma sílaba con diferentes acordes. Luego, la dulzura de su voz como lengua en la oreja. Finalmente, los drums de metralletas, secos y duros. Los violentos movimientos entre los cuerpos. La nostalgia por la solitaria libertad postcoital que tenías antes de ser feliz junto a tu nueva familia. Esta es una playlist que induce a la experiencia sensitiva de volver atrás e iluminar los rostros, escenas y objetos que ahora están apagados. Si quieres recomendar una lista para la sección Jukebox de Barbarie escríbenos a: info@barbarie.cl Síguenos en Spotify

  • Las ropas son demonios: una felicidad sensible

    En este texto, el filósofo italiano ensaya sobre la relación que tenemos con nuestras ropas, sobre cuánto hay de nosotros en ellas, o incluso sobre cómo nos poseen. «En la mitología antigua, los demonios eran egos que venían de fuera y eran capaces de penetrar en los cuerpos e influir en sus identidades», dice. Se encuentran entre los espacios más ocultos y protegidos de una casa. Son, literalmente, cajas cerradas, cofres del tesoro: poco importa que sean habitaciones, baúles o armarios. Los armarios son lugares que tienen algo mágico. No contienen herramientas –como las cajas de herramientas– ni fuentes de placer inmediato –como los frigoríficos o los armarios de cocina–. Contienen, en letras, formas de ser, nuestro «yo» prêt-à- porter (listo para llevar) que cada mañana sacamos de la caja y dejamos salir al mundo Es difícil describir lo que ocurre cada vez que las abrimos. De hecho, no solo tenemos ante nosotros un colorido conjunto de apariciones. La ropa, las camisas, las faldas, los pantalones, no son solo colores y formas que colocamos sobre nuestros cuerpos para que parezcan diferentes. Precisamente por eso no tiene sentido hablar de la ropa como una máscara. Las ropas nunca son máscaras, son demonios: espíritus, personajes, formas del ego que solo esperan entrar en nuestros cuerpos para hacernos vivir, por un momento, su destino. En la mitología antigua, los demonios eran egos que venían de fuera y eran capaces de penetrar en los cuerpos e influir en sus identidades: como personajes de película en busca de un cuerpo o un actor, eran capaces de dar un curso diferente a las acciones de quienes estaban sometidos a ellos. La ropa no es más que eso: compramos esa chaqueta a rayas desaliñada o esa falda de seda porque parecen encarnar una forma de ser, mejor dicho, la historia de un personaje con el que, al llevarla, queremos y podemos identificarnos. Al fin y al cabo, llevar un vestido es siempre convertirse en el actor o la actriz de la historia que encarna. A la inversa, gracias a la ropa, es nuestra vida la que se convierte en una especie de escenario donde pueden suceder historias que no necesariamente pueden leerse una detrás de otra: puedo ser princesa y vaquero, como si la magia de Cenicienta se hubiera multiplicado infinitamente y trasladado el hechizo a cualquier tela. Tras las puertas de nuestros armarios acechan, pues, infinitos demonios que toman posesión diaria de nuestros cuerpos y nuestras vidas. No hay exorcismo posible, no hay magia reparadora: cada prenda nos obliga, al menos durante unas horas, a ser una vida que no tendríamos ni la fuerza ni la imaginación para ser sin ella. Y lo que acumulamos en nuestros armarios es la multitud de demonios a los que, de una vez por todas, nos hemos rendido. Por eso la relación que podemos tener con ellos es siempre y únicamente de pura adivinación, y en un doble sentido. Solo podemos comprender si somos capaces de vivir la historia que encarna un vestido llevándolo puesto y no contemplándolo desde fuera: lo que hacemos en el probador cada vez que nos probamos un vestido no es tanto cerciorarnos de que la talla o el ajuste son los adecuados, sino de que la historia que encarna el vestido es capaz de habitar nuestras vidas. Y no es posible hacerlo sin intentar que nuestro cuerpo coincida por un momento con ese demonio. Por eso no hay nada más aterrador que una cabina de prueba: no hay nada más doloroso que la experiencia de no poder encarnar una determinada historia que creíamos que podía pertenecernos. Por otra parte, y esta es quizá́ la verdadera razón por la que nos disfrazamos, solo a través de estos demonios podemos comprender realmente quiénes somos. Necesitamos dejar que estos personajes entren en nuestros cuerpos y en nuestras vidas para sacar a la superficie partes de nuestra personalidad que no sabíamos que teníamos, formas del yo que estaban olvidadas o que nunca comprendimos realmente. Es como si en realidad, en lugar de permitirnos expresar y hacer alarde de algo que siempre hemos sido o sabemos que somos, cada camisa, cada par de zapatos, cada jersey que compramos sirviera para que finalmente una parte de nosotros se exprese gracias al descubrimiento de ese vestido. La ropa de un armario no son solo objetos, sino también, y sobre todo, instrumentos de adivinación psíquica: es como si nuestro yo no pudiera hablar y actuar sin un demonio que lo sostenga, es decir, sin una cierta vestimenta que nos permita hacerlo visible, también y sobre todo para nosotros mismos. Desde el exterior, para quienes no habitan en nuestro hogar, los objetos encerrados en los armarios tienen un aspecto fantasmal. Apiñados en el mismo espacio, estos demonios pueden dar de hecho la impresión de una compañía de viejas actrices y actores en busca de un teatro que los escriba. Para los habitantes de las casas, en cambio, visitar estos espacios es como permanecer un segundo en una forma paradójica de paraíso terrenal: cada una de las prendas que hemos decidido llevar con nosotros encarna y expresa una parte de nuestro yo que nos asegura, cada vez, una forma de felicidad totalmente sensible. *Emanuele Coccia es filósofo, autor de libros como Metamorfosis, donde plantea que la vida es una continuidad de la que el ser humano es una forma más; y La vida de las plantas, en el que, a partir de una reflexión sobre la vida vegetal, comprende el mundo como mixtura. Es uno de los invitados a La noche de las ideas, encuentro organizado por el Instituto Francés, la Embajada de Francia y Santiago a Mil. El sábado 21 de enero a las 20 horas, en el Centro Cultural La Moneda, será parte de «¿Más diseño en un planeta dañado?», una conversación con la artista y arquitecta Cazú Zegers, moderada por el sociólogo Martín Tironi. Programa e inscripciones para La noche de las ideas > AQUÍ

  • Lo que las cartas me dicen de Barbarie y una recomendación

    Pura carta buena veo aquí. Alto astral. Un grupo de gente con ganas de hacer cosas y cinco figuras poderosas: La rueda de la fortuna dice que hay que entregarse al azar pero no ser azaroso. El rey de oros promete que el proyecto llegará a buen puerto, y a muchos puertos de aquí y de allá. El mago habla de transformación, de catarsis, de energía. El loco es el que se lanza sin miedo. Porque quien no arriesga no gana. Mientras escuche a su intuición encontrará el buen camino. La reina de bastos es cara de palo, y dice que al que le guste bien y al que no, también. Para los que no me creen, la mayoría, les dejo esta otra lectura:

  • Una tirada sobre el tiempo

    En el eje horizontal se desenvuelve la percepción del tiempo y esta tirada de tres cartas pregunta por lo alcanzado y lo que está por venir. Las dos primeras cartas ubican en lo que ya está y la tercera es la tendencia. La carta del Sol simboliza resurrección y fertilidad en muchas culturas. Su elemento es el fuego, que vehiculiza la fuerza vital y el deseo. En varias tradiciones místicas el sol representa la conciencia, versus la opacidad de lo inconsciente. Es un signo de claridad mental. También refiere a lo que brilla con luz propia e irradia su brillo hacia afuera. Por otra parte, esta carta habla de enfrentar la vida con una confianza y honestidad casi infantil. El riesgo que plantea, porque todo tiene su riesgo, es el de emprender proyectos que estén por encima de nuestras capacidades, sobreestimar nuestra energía y caer en la vanidad y el exhibicionismo. En el presente este entusiasmo se modula por la figura del Emperador, que es orden, equilibrio y estabilidad. Representa los límites y el ajustarse a los propios los recursos y a las normas sociales. Es una figura institucional, que entiende, cumple y hace cumplir las reglas. Es el signo de consolidación, principio activo de la energía masculina, que prefigura al padre, la autoridad y la protección. Habla también de quien ha conquistado un lugar. En su lado oscuro, advierte sobre caer en el autoritarismo y la rigidez. La tendencia, era que no, vuelve a lanzarnos a la Rueda de la Fortuna: vienen cambios y se inician nuevos ciclos. Estos cambios son inevitables y operarán más allá de nuestros deseos y voluntad. Son transformaciones que alteran nuestra relación con el entorno y con nosotros mismos. Esta carta obliga a aceptar la incertidumbre y renunciar a la tentación de dirigir la velocidad o la dirección de las cosas. Hablando de tiempo, mi recomendación en este año que recién comienza, es que quizá sea una buena idea que para el 2023 te propongas leer, o releer si ya lo hiciste, En busca del tiempo perdido. Aquí os dejo un fragmento: "Sí, esta idea del Tiempo que yo acababa de formarme decía que ya era hora de ponerme a la obra. Ya era hora, desde luego; pero, y esto justificaba la ansiedad que se había apoderado de mí desde que entré en el salón, cuando las muecas de los rostros me dieron la noción del tiempo perdido, ¿tenía todavía tiempo y me encontraba además en estado de hacerla? El espíritu tiene sus paisajes para cuya contemplación sólo se le da un tiempo. Yo había vivido como un pintor subiendo por un camino que bordea un lago cuya vista le oculta una cortina de roca y de árboles. De pronto, lo divisa por una brecha que le permite verlo entero, y coge los pinceles. Pero se acerca ya la noche y no puede pintar, una noche tras la cual no se levanta el día. Al principio, como yo no había empezado nada, podía estar inquieto, aunque, por mi edad, creyese tener por delante algunos años, pues podía llegarme la hora a los pocos minutos. Había, en efecto, que partir de esto, de que tenía un cuerpo, es decir, que estaba perpetuamente amenazado por un doble peligro, exterior, interior. Además, hablaba así por comodidad de lenguaje, pues el peligro interior, como el de la hemorragia cerebral, es también exterior, puesto que es del cuerpo. Y tener un cuerpo es la gran amenaza para el espíritu, la vida humana y pensante, de la que debemos decir no precisamente que es un milagroso perfeccionamiento de la vida animal y física, sino más bien que es una imperfección, todavía tan rudimentaria como la existencia común de los protozoarios en políperos, como el cuerpo de la ballena, etc., en la organización de la vida espiritual. El cuerpo encierra al espíritu en una fortaleza; pronto la fortaleza queda sitiada por todas partes y el espíritu, al fin, tiene que rendirse". Marcel Proust

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