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  • Lista recomendada: Ver o no ver

    Billie Eilish se hizo conocida cuando a los 13 años publicó Ocean Eyes en Soundcloud. Compuesta por su hermano Finneas, la canción habla de cómo los ojos, la mirada de otro, puede transformarse en algo tan profundo que hasta es posible sumergirse en ella e incluso ser abducido sin darse cuenta, pensarlo o quererlo. Los ojos de océano de los que canta Eilish tienen dentro suyo 15 bengalas. Un mar intimidante que se vuelve aún más peligroso por lo hipnótico de sus llamas. Verse a los ojos es un acto inusual. La gente no se anda mirando a los ojos cotidianamente porque ello implica un encuentro íntimo y sospecho que también es por su poder, porque siempre tiene un efecto. Si la mirada se mantiene puede ser desafiante o, al contrario, una señal de sometimiento. Puede llegar a destruir, desarmar y también convertirse en la conexión más fuerte de todas; injusto, porque es precisamente ahí cuando la voluntad empieza a debilitarse. No es de extrañar que una de las acepciones del verbo fascinar sea “ejercer sobre una persona o animal un dominio irresistible con la mirada”. No todas las miradas son iguales y tengo la sensación de que algunas están hechas para otras aunque sea por un momento acotado, porque hay unas que son magnéticas para otras en particular e indiferentes para la mayoría; como si estuvieran compuestas sólo de protones y su contraparte únicamente de electrones. La mirada también sugiere. Es un tipo de lenguaje, pero como no todos hablamos el mismo idioma, hay veces en que se transforma en un nexo en el que se quiere indagar, ahondar en esa familiaridad que mantiene cierta intriga. O viceversa. Y es por todo esto que una mirada puede estimular, pero al mismo tiempo atemorizar; por eso el dilema de encontrarse o no con ojos que, se presume, puedan generar ese impacto. Y si ese cruce intenso sucede, llega un momento en el que hay que entregarse. La mirada propia delata y -como dice Billie Eilish en Ocean Eyes - en esos casos aunque dé miedo hay que rendirse y sólo dejarse caer en el acantilado. Y eso ni siquiera es por arriesgarse, es porque simplemente no hay más alternativa. Canciones sobre miradas que desarman Ocean eyes, Billie Eilish Friends to lovers, AlunaGeorge Eyes without a face, Billy Idol Like someone in love, Björk Gypsy, Fleetwood Mac Hazel, Junior Boys The look of love, Nina Simone In your eyes, Peter Gabriel Hypnotized, Simple Minds Catch, The Cure Does everyone stare, The Police Si quieres recomendar una lista para la sección Jukebox de Barbarie escríbenos a: info@barbarie.cl Síguenos en Spotify

  • Una falsa integridad - entrevista a Pablo Ferrer

    “Las cosas más importantes son siempre las más difíciles de contar. Son cosas de las que uno se avergüenza, porque las palabras las degradan. Al formular de manera verbal algo que mentalmente nos parecía ilimitado, lo reducimos a tamaño natural. Claro que eso no es todo, ¿verdad? Todo aquello que consideramos más importante está siempre demasiado cerca de nuestros sentimientos y deseos más recónditos, como marcas hacia un tesoro que los enemigos ansiaran robarnos. Y a veces hacemos revelaciones de este tipo y nos encontramos solo con la mirada extrañada de la gente que no entiende en absoluto lo que hemos contado, ni por qué nos puede parecer tan importante como para que casi se nos quiebre la voz al contarlo. Creo que eso es precisamente lo peor. Que el secreto lo siga siendo, no por falta de un narrador, sino por falta de un oyente comprensivo.” Stephen King. El otoño de la inocencia. Durante su infancia, en los años ochenta, entre los cinco y los catorce años, Pablo Ferrer vivió en un departamento que quedaba en José Pedro Alessandri con Quilín, en la comuna de Macul. El patio del edificio tenía una pandereta de ladrillo colindante con un eriazo que era el territorio misterioso y prohibido donde Ferrer jugaba con sus amigos del barrio. Ese lugar estaba repartido en espacios definidos: la higuera, el pequeño bosque, la zona de excavaciones que se llenaba de cerros de tierra y hoyos, como trincheras de guerra. Era una especie de ciudadela que estaba bajo la ley de los niños, un lugar ajeno a lo que sucedía bajo el yugo paterno, algo propio del siglo 20, donde los niños casi no tenían importancia social. Después del colegio, y sobre todos los fines de semana, el peladero era el espacio donde Ferrer y su pandilla provocaban incendios, profanaban casas, robaban, y se dedicaban a jugar entre las ruinas bajo la luz plomiza de la dictadura. Como en esa época aún no se habían construido las piscinas de resguardo de la Quebrada de Macul, cuando había temporales, el agua corría por las calles, los autos se hundían, el sector se inundaba convirtiéndose en una isla, y, los Ferreres, anegados, no podían ir al colegio. Esos paisajes atmosféricos, esos recuerdos enigmáticos recurrentes, son los que el pintor evoca en Repeticiones, su exposición en el Museo de Artes Visuales, una muestra de veintidós pinturas cuyo concepto unificador es la capacidad que tiene la memoria para poner en escena los recuerdos. El árbol de la memoria La caída de una higuera es una de las pinturas que más se repiten. Ferrer dice que esa imagen es una cita que la sacó de un grabado de Goya. “Cuando vi ese grabado por alguna razón dije: “esto es”. Y he visto cientos de imágenes de hombres cayendo. Para mí no era un dios que cae del olimpo, ni los hombres que se caían de las Torres Gemelas”. Pero tú te caíste de un árbol cuando eras cabro chico. Me lancé mientras un amigo me miraba. Quería que viera cómo yo era capaz de darme una vuelta en el aire saltando desde el árbol y me saqué la chucha. Quedé sin respiración harto rato. Y mi amigo me miraba no más. Entonces mi propia caída me llevó a imaginar muchas veces ese accidente. Ese recuerdo alimenta la imagen de la caída que al mismo tiempo tiene esta cuestión que me parece pictórica. Es una imagen propensa a transformarse en una pintura. ¿Cuándo empezaste a volver a esa imagen? Aparecieron esas imágenes frente a la pregunta de qué hacer. ¿Qué hago, qué pinto? Permiso para pintar Ferrer cuenta que Repeticiones surgió porque quería cambiar de modelo creativo. Reconocido rápidamente por el medio artístico debido a su virtuosismo técnico, Ferrer se alejó del realismo espectacular de sus primeros trabajos al óleo, cuando recreaba pinturas clásicas como El Juramento de los Horacios, pero, en vez de estar protagonizadas por seres humanos, eran encarnadas por juguetes de plástico. “Tenía ganas de trabajar con otro tipo de modelo que no tuviera esa cualidad fotográfica, esa superficie, esa apariencia, esos juegos de simulación. Entonces me di cuenta de que estas imágenes del pasado tenían una intensidad, estaban cargadas, y al mismo tiempo tenían otra nitidez que las imágenes fotográficas”, reflexiona. Cuando era estudiante de Licenciatura en Artes en la Facultad de Bellas Artes de la Chile, Ferrer estaba pegado con la construcción de la escena. Le interesaba la idea de crear una imagen suspendida en el tiempo de algo que estaba aconteciendo. Por eso trabajó con oficio la construcción de maquetas, creando escenificaciones para emplearlas como modelos. “Pero lo que me pasó es que empecé a sentir que todo este armatoste que tenía para trabajar, estableciendo un sistema crítico con los procedimientos de montaje, era una manera con la que yo me daba permiso para pintar, respondiendo a las exigencias que sentía del entorno crítico. Y en un momento me pareció que no iba a seguir pidiendo permiso para pintar”. ¿Cómo lograste esa libertad? Después de 10 años de trabajar con maquetas me di cuenta que lo que estaba haciendo había tomado una especie de inercia. La propia lógica de mi construcción se había alejado de lo que me animaba a trabajar en pintura. Entonces ahí empecé a trabajar con estas otras imágenes. De alguna manera fue estimulante partir de nuevo. Tener que aprender. No saber hacer las cosas. ¿Para esta muestra los modelos provenían de tus recuerdos o salieron de imágenes construidas? Yo diría que todas son imágenes construidas. Hay algunas que están mucho más cercanas al recuerdo. Luego hay otras en que uso la combinación de un inventario de cosas que para mí están muy cargadas, asociadas a la memoria. Entonces se encuentran diferentes mezclas en las imágenes de la muestra. Por ejemplo, yo vi a la persona que le tiraba un ladrillo a otra en la cabeza; el que la tiraba era un niño y el que la recibía era mi hermano. Yo vi esa escena, pero, al mismo tiempo, traté de hacerle el quite a las intenciones documentales de reconstrucción de época, de reconstrucción de vestuarios, porque no he querido construir las imágenes como en la serie los 80. En una pintura aparece un personaje encaramado arriba de una pandereta tratando de sacar un nido. Lo que pasa es que, si pienso en un recuerdo, te puedo relatar lo que pasó. Te puedo contar esa historia, esa anécdota. Pero ese relato es adecuado para un cuento o para una novela. Lo que a mí me interesa es la luz de ese lugar, la atmósfera. La luz es lo que lo vincula. Digamos que, en general, la atmósfera incluye el ruido ambiente, el olor, todo lo que uno tiene conectado a ese recuerdo. Y eso permite informar la imagen. Entonces lo que alimenta la construcción de una imagen es como dar con esa atmósfera que uno vincula a esos recuerdos. En muchas pinturas está presente la incidencia del sol que no dejaba ver bien. El momento en que el que el sol bajaba y de repente uno veía todo muy nítido, pero ya sin el cromatismo. Todo cambiaba, y al mismo tiempo, se reconocía la bulla del ojo. Esas son las cuestiones que pueden alimentar la forma en cómo armas una imagen. Yo he leído descripciones que evocan de manera muy maravillosa y precisa una hora del día. ¿Como qué descripciones? Por ejemplo, el libro Mundos habitados de (Roberto) Merino. Hace meses me dijiste que ese libro estaba escrito de una forma que a ti te gustaría pintar. ¿Qué querías decir con eso? El recorrido de ese libro va por años. Pero, sin embargo, los elementos que toma Merino para construir esa atmósfera, ese espacio de los años, no son tanto un inventario preciso e informado de lo que pasó -cuestión que si ocurre a veces- sino que, me parece, que son los destellos de una presencia que hicieron que ciertas cosas quedaran grabadas en su memoria con una riqueza propicia para el acto literario. Similar al procedimiento que hiciste tú con las pinturas de Repeticiones. La lectura de Merino a mitad del período de trabajo de las pinturas me hizo tomar conciencia. Creo que más que una especie de nostalgia por la pérdida al retornar a ciertos momentos de mi biografía, es el reconocimiento de un estado particular de atención y lucidez que permite destacar unas cosas sobre otras de la realidad. Y esa conciencia da cuenta de una mirada, de una individualidad. En el eriazo encontraron unos restos y pensaron que se trataba de un cuerpo humano. Me recuerda la película Cuenta Conmigo basada en un cuento de Stephen King. Jugando en el eriazo, dentro de un hoyo, encontramos unas vísceras. Todos los amigos quedamos muy impresionados. Entonces, como corría el rumor de que había desaparecidos, altiro nos pasamos la paranoia de que eran restos humanos. Fuimos a buscar a mis papás y les contamos. Además, el papá de uno de los amigos era policía. Finalmente partimos con la comitiva y se cachó que eran los restos de una oveja o una cabra que había sido faenada por los cuidadores. Espeluznante. Esos momentos tenían la intensidad y la adrenalina con la que se viven esas cuestiones a esa edad. Jugar a la guerra en el eriazo era frecuente. O sea, yo me escondía del terrón de tierra como si me estuviera escondiendo de un balazo. Tienes varias pinturas sobres las inundaciones de los 80. Lo que me interesa es la intensidad de esas imágenes. Y, por eso mismo, funcionan como material para trabajar. Están cargadas. Y, al mismo tiempo, ese tipo de imágenes conservan algo no resuelto. Por alguna razón para mi guardan una especie de misterio. Siento que en ellas hay un secreto guardado, algo enigmático. Cuando llovía se hacían posas y de ellas salían lombrices de la tierra porque no podían respirar. ¿Qué importancia tuvo para ti la lectura de Una memoria demencial de Louis-René des Forêts? Hace muchos años atrás yo me rayé con Pierre Klossowski y, viendo cosas de él, me encontré con una serie de dibujos que se llama Una memoria demencial. Y, en esa serie de dibujos, torpes e infantiles, encontré este germen. Era una secuencia. El primer dibujo era el reencuentro con la madre y aparecía un niño que abrazaba a su mamá que se bajaba del tren. La otra era sobre unos niños molestando a otro en el patio del colegio. Y había un dibujo de un cura retando a un niño. Todas estas imágenes eran un enigma para mí. Hasta que, por casualidad, me encontré con el libro de Des Forêts y descubrí que Una memoria demencial era el título de un cuento suyo. Llegué ansioso a leerlo, con los dibujos al lado, y efectivamente el cuento es muy notable porque trata de un sujeto obsesionando con un recuerdo de infancia: un bullying que le hacen en el colegio. Y el autor se dedica a dar cuenta del proceso de reconstrucción del recuerdo. Empieza a mostrar cómo, por ejemplo, cuando hay lagunas, la invención mete algo, tal vez más real que el propio recuerdo. Muestra cómo el mismo recuerdo se va modificando a través del artificio, del juego de representación que tienen. Y el relato termina cuando él declara: “yo soy ese escritor, yo soy ese maníaco. Pero quizás fui aquel niño.” Des Forêts es un tipo obsesionado con darle forma a la memoria. Habla de cómo cada recuerdo es una reconstrucción. La memoria opera como un mecanismo de ficción. Claro. Tiene que ver con esta idea de que, para ser exacto y decir la verdad, hay que mentir, hay que inventar. Y eso es una característica propia de la pintura. La pintura hace un artificio, una reconstrucción, para darle verosimilitud a estas imágenes. La otra posibilidad es pensar que el recuerdo es como el grabado, como algo que se te grabó. Alguien dice: “se me grabó en la mente”. Como si fuera algo que quedó rayado en el disco de la memoria. Pero, en realidad, basta prestarle un poco de atención y, no hay ninguna raya en el disco, sino que, lo que hay, es un intercambio de funciones de varias partes. Por un lado está el relato oral y la novela biográfica que uno se inventa. Y por el otro, los pequeños destellos de realidad que muchas veces pertenecen al mundo de las fotos o a imágenes que convertiste en equivalentes a recuerdos. La memoria es vaporosa. Uno dice frases hechas como “lo vi con mis propios ojos”. Y la neurociencia ha desmentido esa creencia. Exacto. O, esa otra frase: “es como si lo estuviera viendo”. Todo esto tiene que ver con lo que hemos estado hablado. Si uno quisiera hacer una pintura de un recuerdo tendría que hacer algo que sería muy fragmentario, lleno de vacíos, tendría que tener diferentes registros de lenguaje, porque hay partes que son narrativas más que visuales, y otras más olfativas. Etcétera. Sería una cosa media descompuesta. Por partes. Pero lo que yo quería lograr con esta exposición es que las pinturas fueran hechas con ese material. Entonces le otorgué una falsa integridad a esas imágenes. Una integridad que, en realidad, tiene que ver con la construcción pictórica de recuerdos, lo que implica necesariamente la invención. Daniel Rozas Repeticiones - Pablo Ferrer Museo de Artes Visuales Santiago Fotografías: Jorge Brantmayer

  • 12

    ¿Cómo burlar este fundamento que nos yergue al precio de anclarnos? Tal vez sea un mal menor, ante el cual un mal mayor sería colgar de un fundamento. Aunque con el tiempo y múltiples ensayos quizás podamos colgar de ese fundamento con relativa holgura, tirar de él, estirarlo hacia abajo, volverlo un poco elástico, balancear el cuerpo con los brazos y descansarlos de sostener el fundamento, tomar un último impulso con las piernas y desprenderse, saltar lejos.

  • 11

    El inconsciente como atavismo heredado del reino vegetal: todo lo magnetiza, succiona y torna indescifrable. Nutre su hormigueo con la memoria del mundo. Confunde las raíces con los bajos fondos.

  • El retraso de la especie humana*

    ¿De dónde viene ese sentimiento confuso, cada vez más opresivo y compartido, de un retraso generalizado, reforzado por el mandato permanente de tener que adaptarse para evolucionar? “La evolución”, dicen, requiere de “mutaciones” que permitan “sobrevivir” y “adaptarse” a un nuevo “ambiente”, hoy por hoy descrito como inestable, complejo e incierto, respecto del cual se señala que nuestras sociedades manifiestan un “retraso” constante. ¿Cómo explicar la colonización progresiva del campo económico, social y político por parte de este léxico biológico de la evolución? Para entender este evolucionismo difuso y para explicar su hegemonía, no podemos conformarnos con el hecho de invocar la aceleración de las innovaciones tecnológicas. Pero tampoco podemos explicarlo todo en virtud del tenor revolucionario del capitalismo, de ese “rol eminentemente revolucionario” de la burguesía, que Marx ya había descrito al comienzo del Manifiesto del Partido Comunista. Porque, en efecto, ni la tecnología ni el capitalismo producen discursos sobre la especie humana y su evolución. Detrás de la constante lamentación por nuestro supuesto retraso y detrás del llamado permanente a nuestra readaptación, este libro revela que existe otra cosa: un pensamiento político, a la vez poderoso y estructurado, que propone un relato bien articulado sobre el retraso de la especie humana y sobre su futuro, que depende, a su vez, de cierta concepción del sentido de la vida y de la evolución. Este pensamiento político dominante es aquel que, a partir de un famoso coloquio celebrado en París, en agosto de 1938, en torno a la obra de Walter Lippmann, se ha dado en llamar “neoliberalismo”[1]. Si el neoliberalismo se ha vuelto hegemónico en el ámbito político contemporáneo, su historia, paradójicamente, ha sido poco estudiada y sus vínculos originales con la revolución darwiniana, completamente olvidados. Mientras que las doctrinas neoliberales conocieron un irresistible ascenso desde hace al menos medio siglo, fue necesario esperar la publicación en 2004 de los cursos de Michel Foucault sobre el neoliberalismo en el Collège de France, a fines de los años 1970, para que finalmente se comenzara a considerar en serio lo que había de auténticamente nuevo en ese neo-liberalismo[2]. Hasta esta fecha reciente, ha sido confundido sistemáticamente ya sea con la economía neoclásica, con el capitalismo financiarizado y desregulado, o con el ultraliberalismo que preconizaba el Estado minimalista y la privatización mercantil de todos los servicios. Le debemos a Michel Foucault el haber establecido, contra todas estas confusiones, que uno de los puntos de ruptura principales entre el liberalismo clásico y el “nuevo liberalismo” consistía, por el contrario, en el retorno invasivo de la acción del Estado en todas las esferas de la vida social. Mientras que los liberales del siglo xviii y los ultraliberales de fines del xix preconizaban un laisser-faire que se apoyaba en la buena naturaleza de nuestra especie y de sus inclinaciones, las que supuestamente contribuían de manera espontánea al buen funcionamiento del mercado, los neoliberales emergieron como consecuencia de la Gran Depresión de los años 1930, rechazando precisamente ese naturalismo ingenuo para apelar a los artificios del Estado (derecho, educación, protección social), encargados de construir artificialmente el mercado y de asegurar permanentemente su arbitrio conforme a reglas leales y no adulteradas. Pero al interesarse principalmente en el ordoliberalismo, esa variante alemana del neoliberalismo tan profundamente implicada en la construcción europea, Michel Foucault creyó poder concluir que el neoliberalismo era esencialmente un antinaturalismo. Esto lo llevó a ignorar las fuentes americanas y evolucionistas del neoliberalismo, que dependían directamente de la revolución darwiniana. Al hacerlo, dejó de lado el pensamiento de Friedrich Hayek, cuyo evolucionismo se había construido en diálogo permanente con el darwinismo, como así también el pensamiento de Walter Lippmann, del que había retenido, sin embargo, el rol central en el nacimiento del neoliberalismo. Estaban allí, no obstante, los elementos para identificar una nueva versión propiamente neoliberal de lo que el mismo Foucault había denominado la “biopolítica”: una política orientada, como en el siglo xviii, hacia la vitalidad de la especie humana, pensada en relación con su medio de vida, pero apoyándose esta vez sobre los nuevos conocimientos de la revolución darwiniana. La nueva genealogía del neoliberalismo que aquí proponemos parte de la centralidad de la obra de Walter Lippmann, gran inspirador del coloquio de 1938, pero develando todo lo que su nuevo liberalismo le debe a la teoría de la evolución. Diplomático, periodista y ensayista político norteamericano, Lippmann (1889-1974) tuvo una influencia considerable, desde la Primera Guerra Mundial hasta la guerra de Vietnam, sobre la historia política de los Estados Unidos. Entre sus diversos legados, es él, en efecto, quien le ha proporcionado al neoliberalismo su matriz teórica, gracias a su obra de 1937, titulada The Good Society, en torno a la cual convergirán todos los “nuevos liberalismos” del Coloquio Lippmann de 1938. Ahora bien, esta obra es en sí misma el resultado de una larga meditación política sobre la nueva situación de la especie humana, que Lippmann juzga como completamente inédita en la historia de la vida. En efecto, por primera vez en su evolución y en la de los seres vivos, una especie, la nuestra, se encuentra en una situación de desadaptación completa con respecto a su ambiente. Para Lippmann, esta situación se explica por el desfase entre las inclinaciones naturales de la especie humana heredadas de una larga historia evolutiva, que se modifican al ritmo, muy lento, de la historia biológica, y las exigencias de nuestro nuevo entorno, impuestas brutalmente por la revolución industrial. Esta conclusión le proporciona su problemática a toda la obra de Lippmann: ¿cómo readaptar la especie humana a un ambiente inestable, en constante cambio y completamente abierto, cuando en toda su historia evolutiva ha habido una adaptación a un entorno estable y relativamente cerrado, que va desde la comunidad rural hasta la ciudad-estado teorizada por los griegos? ¿Cómo conciliar su necesidad vital de estabilidad y de barrera con la aceleración de todos los flujos y la destrucción de todas las fronteras que impone la globalización? ¿A qué ritmo es necesario reformar la especie humana para conciliar su lenta historia evolutiva con las nuevas exigencias de la “gran revolución industrial”? Bajo la influencia de Darwin, las grandes filosofías de la vida y de los seres vivos que se despliegan en la transición de los siglos xix y xx meditan acerca de la crisis desencadenada por esta revelación de un flujo absoluto, respecto del cual toda forma de permanencia o incluso de estabilidad resulta ficticia[3]. La tensión entre flujo y “estasis” ―término genérico con el que me propongo designar todo lo relacionado con el esfuerzo de los vivos para ralentizar o estabilizar artificialmente el flujo del devenir― alimenta cuestiones inéditas para la especie humana y renueva completamente el campo de lo político. Para Lippmann, la cuestión, en definitiva, es la siguiente: ¿cómo evitar que esta nueva tensión entre flujo y estasis, apertura y barrera, no alimente, del lado de las masas, el ascenso de los nacionalismos, los fascismos y, de un modo más general, de todas las formas de repliegue que intentan, en contra del sentido de la evolución, restaurar las estasis y reforzar las barreras? Esta nueva problemática política, que al parecer no hemos superado, y que Lippmann comparte con otros teóricos políticos prominentes, se dirige explícitamente contra el naturalismo de Herbert Spencer y sus excesos ultraliberales, los cuales se basan, según ellos, en una comprensión errónea de la revolución darwiniana. Para Spencer y para aquellos mal llamados “darwinistas sociales”, que triunfan en América desde comienzos del siglo xx, las leyes de la evolución aseguran, supuestamente de manera mecánica, el pasaje de la materia inerte a la sociedad industrial, seleccionando automáticamente a los más aptos. En el campo político, basta entonces con dejar que la naturaleza siga su curso y con ella las tendencias naturales del capitalismo, lo que implica rechazar categóricamente toda perturbación artificial por parte del Estado. Para Lippmann, al igual que para muchos de sus contemporáneos progresistas que pretenden, precisamente, combatir a estos ultraliberales, la revolución industrial ha creado, por el contrario, una situación completamente inédita de desadaptación que explica todas las patologías sociales y políticas de nuestra época, agravadas por el laisser-faire. Por lo tanto, es preciso repensar la acción política como una intervención artificial, continua e invasiva sobre la especie humana, con el fin de readaptarla a las exigencias de su nuevo ambiente. Con la ayuda de los nuevos expertos en ciencias humanas y sociales, el gobierno debe dirigir un conjunto de experiencias de largo alcance, que permitan superar, finalmente, el retraso de la especie humana en su propia evolución. Ahora bien, en ese esfuerzo por repensar la acción política a partir de las cuestiones de la evolución, del retraso y de la readaptación al ambiente, Lippmann encontró en su camino a uno de los más grandes pensadores norteamericanos del siglo xx: el filósofo pragmatista John Dewey, quien también se ocupó de reflexionar sobre las consecuencias políticas de la revolución darwiniana, para arribar, empero, a conclusiones estrictamente opuestas. Mientras que Lippmann y todos los neoliberales norteamericanos que vinieron después teorizan sobre una regulación de la sociedad que combina el saber de los expertos y los artificios del derecho, Dewey no reconoce ninguna experimentación como verdadera si no es conducida por la inteligencia colectiva de los públicos, a su vez inseparable de la dimensión afectiva de toda experiencia. Mientras que para Lippmann, y posteriormente para los neoliberales norteamericanos, adjudicar ese rol a la supuesta inteligencia de los públicos niega la realidad de los procesos evolutivos, en relación con los cuales la afectividad de las masas y la inteligencia humana aparecen como rígidas, retardatarias e inadaptadas, para los pragmatistas, por el contrario, esa interpretación conjunta de la afectividad y de la inteligencia colectiva como órgano funcional de control es lo que más se acerca a la lógica darwiniana. Para unos, la inteligencia es una facultad planificadora que, como niega la realidad de la evolución, debe quedar fuera de circulación. Para los otros, ella es el órgano por excelencia del reajuste, el único capaz de mantenerse en la tensión irreductible entre el flujo de lo nuevo y las estasis de lo viejo, lo que le permite relevar y amplificar, a la vez, la lógica evolutiva de los seres vivos. De este largo debate entre Lippmann y Dewey, la historia norteamericana retuvo principalmente el conflicto sobre la democracia durante los años 1920, que resurgió en la actualidad estadounidense alrededor de los años 2000, oponiendo los defensores de una democracia representativa, gobernada desde arriba por los expertos (Lippmann), a los promotores de una democracia participativa que fomenta la implicación continua de los ciudadanos en la experiencia colectiva (Dewey). Ahora bien, al demostrar que ese famoso “Debate Lippmann-Dewey” tuvo, en realidad, una amplitud mucho más grande, ya que vinculó la cuestión del devenir de la democracia con la del futuro del liberalismo, repensándolos en función de la revolución darwiniana, la nueva genealogía del neoliberalismo que propongo revela que el pensamiento político de John Dewey constituye la primera gran crítica filosófica al neoliberalismo. Ese diagnóstico lippmanniano sobre el desajuste de la especie humana, que lo lleva a descalificar la inteligencia de los públicos, reducidos al estatus de masas ineptas cuyo control debería ser ejercido nuevamente desde arriba, explica el sentimiento actual y difuso de un eterno retraso, susurrado permanentemente por el mundo de los dirigentes. Los requerimientos de adaptación, de sortear los retrasos, de acelerar los ritmos, de salir de la inmovilidad y protegernos de toda ralentización, el descrédito general de todas las estasis en nombre del flujo, y la valoración de la flexibilidad y la adaptabilidad en todos los ámbitos de la vida, encuentran tal vez aquí sus fuentes más poderosas y, al mismo tiempo, las más ambivalentes, de legitimación. Y su fuerza reside, probablemente, en que ellas se enraízan, no en una teoría económica abstracta de la selección racional, sino en cierta concepción de la vida, de los vivos y de la evolución. Ahora bien, en este sentido, el conflicto político entre Lippmann y Dewey abre una brecha en la que resulta, al parecer, urgente precipitarse para renovar la cuestión de los vínculos entre flujo y estasis. ¿Qué es lo que atrasa en la especie humana y qué es lo que hace que esta se retrase? ¿Es preciso pensar que se trata de disposiciones naturales que provocan el atraso sobre el entorno industrial (Lippmann)? ¿No es más bien el entorno industrial mismo, anquilosado y degradado bajo el impacto del capitalismo y sus relaciones de dominación, lo que atrasa sobre las potencialidades de nuestra especie (Dewey)? A la luz de este conflicto entre Lippmann y Dewey, la apreciación negativa del retraso debe ser problematizada. ¿Todo retraso es en sí mismo una descalificación? ¿Debemos desear que todos los ritmos se ajusten y se encaminen hacia una reforma gradual de la especie humana con miras a su aceleración? ¿No habría, por el contrario, que respetar las irreductibles diferencias de ritmo que estructuran toda la historia evolutiva? La cuestión radica, en definitiva, en saber si el nuevo liberalismo está acertado en querer licuar todas las estasis en favor del flujo, o si acaso la tensión entre flujo y estasis, junto con la multiplicación de las situaciones de retraso, de tensión y de conflicto, no son constitutivas de la vida misma. Por último, la cuestión es saber, en el caso de la segunda hipótesis, cómo repensar el campo de lo político como un campo en el cual se debe afrontar, no solo el conflicto de intereses, sino también la divergencia de ritmos evolutivos que estructura toda entidad viva. Cualquiera sea la respuesta a estos interrogantes, resulta comprensible cómo el neoliberalismo, basándose en un relato preciso y poderoso sobre el sentido de la evolución, ha podido acaparar tanto el discurso de la reforma como el de la revolución, condenando a sus adversarios ya sea a la reacción, a la conservación de las ventajas adquiridas, o bien a la esperanza nostálgica de un retorno (del Estado-Providencia, de la comunidad, de la autosuficiencia), encerrándolos, en todos los casos, en el campo del retraso. En este contexto político tan particular, cuando los conflictos en torno a un gobierno democrático de la vida y de los vivos nunca fueron tan intensos, ha llegado el momento de cuestionarse acerca de las fuerzas respectivas del neoliberalismo y del pragmatismo estadounidense para afrontar las tensiones de la evolución y pensar los retrasos de la especie humana. En este largo conflicto olvidado de nuestra historia reciente entre el pragmatismo y el neoliberalismo, ¿existen recursos políticos fecundos y aún no explorados para construir otra interpretación del sentido de la vida y de sus evoluciones? * Introducción del libro de Bárbara Stiegler "Hay que adaptarse. Tras un nuevo imperativo político." Ed. Palinodia, Kaxilda, La Cebra, 2023. [1]  Para una reedición comentada de este coloquio, véase: Audier, Serge. Le Colloque Lippmann. Aux origines du néo-libéralisme [El coloquio Lippmann. En los orígenes del neoliberalismo], Lormont: Le Bord de l’eau, 2008. [2]  Foucault, Michel. Naissance de la biopolitique. Cours au Collège de France. 1978-1979, París: Seuil/ Gallimard, 2004 [edición castellana: Nacimiento de la biopolítica. Curso en el Collège de France (1978-1979), traducción de Horacio Pons, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2007. En adelante, todas las citas de esta obra corresponden a esta edición. (Nota de los traductores)], al igual que mi comentario: “Qu’y a-t-il de nouveau dans le néo-libéralisme ? Vers un nouveau gouvernement du travail, de l’éducation et de la santé ?” [¿Qué hay de nuevo en el neoliberalismo? ¿Hacia un nuevo gobierno del trabajo, la educación y la salud?], en: Brugère, Fabienne & Le Blanc, Guillaume. Le nouvel esprit du libéralisme [El nuevo espíritu del liberalismo] Lormont: Le Bord de l’eau, 2011, pp. 106-148. [3]  Pienso particularmente en Nietzsche y en Bergson, quienes tuvieron, por otra parte, una influencia decisiva en el pensamiento de Lippmann. Sobre la importancia de esta tensión en la obra de Nietzsche, véase: Nietzsche et la biologie [Nietzsche y la biología], París: Puf, 2001 y Nietzsche et la critique de la chair. Dionysos, Ariane, le Christ [Nietzsche y la crítica de la carne. Dionisos, Ariadna, el Cristo], París: Puf, 2005. Acerca de la proximidad entre Nietzsche y Bergson en relación con estas cuestiones, véase: “Flux et Réalité. Une lecture croisée de Nietzsche et Bergson” [Flujo y realidad, una lectura cruzada de Nietzsche y Bergson], Quaestio. Yearbook of the History of Metaphysics, 17, 2017, pp. 341-366.

  • Anarquismo de plataforma: contra Bezos, Musk y Zuckerberg

    En su libro Esperando a los robots, el sociólogo italiano Antonio A. Casilli descubre el trabajo humano y precario que hay detrás de la inteligencia artificial y muestra la distancia que existe entre el ideal de la «economía colaborativa» y la realidad de los «proletarios del clic». Invitado a La noche de las ideas el sábado 21 de enero, en estas respuestas el autor reflexiona sobre «trabajo fantasma», pandemia y digitalización, el sueño de un internet democrático, la retórica de la automatización, el extractivismo y otros costos ocultos, y sobre qué hacer frente al dominio de los oligopolios digitales. La inteligencia artificial actual se basa en una economía política capitalista que existe hace varios siglos. La novedad reside en su tamaño e intensidad. La ancestral deslocalización de procesos industriales a países de renta baja se ha modernizado y realizado a una velocidad y escala que habrían sido inimaginables hace uno o dos siglos. Es el capitalismo con esteroides y, a través del trabajo del clic genera «trabajo fantasma». En los años 80, Ivan Illic introdujo este concepto, y a finales de la década de 2010 la antropóloga Mary Gray lo amplió para describir el trabajo necesario para entrenar algoritmos, para asegurarse de que el asistente vocal de su smartphone entiende lo que usted dice, etcétera. No es el trabajo de ingenieros y desarrolladores de software muy bien pagados, sino el trabajo no reconocido de millones de trabajadores del clic repartidos por todo el mundo. * Cuando titulé mi libro Esperando a los robots (En attendant les robots, en francés) no estaba pensando en Constantino Kavafis y «Esperando a los bárbaros», sino en Esperando a Godot, de Samuel Beckett. El protagonista del poema de Kavafis espera a una horda de extranjeros peligrosos. Los bárbaros representan un enemigo amenazador. No es lo que yo pretendía transmitir. Al elegir el título, pensé en algo mesiánico y trascendente, como la promesa de la tecnología. Beckett describe a sus personajes como vagabundos, dos marginales, a la espera de una figura paterna. El nombre Godot implica la anticipación de algo trascendente («God»). La tecnología actual se ha convertido en un juego de espera, una anticipación de algo grandioso que nunca llega a suceder. Toda automatización es incompleta. La inteligencia artificial es siempre menos inteligente de lo esperado. El cumplimiento de cada promesa siempre se pospone. Por ahora, las tecnologías autónomas siguen siendo horizontes lejanos. Como sociedad, se nos vendió la promesa de la tecnología para calmar nuestra frustración existencial colectiva. Pero también para calmar las quejas y reivindicaciones de quienes sufren injusticias y explotación. Nuestro sueño robótico es el opio moderno de las masas, una manera de pacificarlas para que no luchen por sus derechos. Es necesaria una distribución más equitativa de la riqueza producida por estas tecnologías. * Un tipo especial de digitalización, la plataformización, coincidió con la crisis sanitaria. Los grandes oligopolios centralizados impulsan esta visión. Empresas como Amazon, PedidosYa, TikTok, Zoom, etcétera, han ofrecido soluciones comerciales fácilmente reconocibles. Estas marcas se han convertido en sinónimo de digitalización, oscureciendo así otros enfoques. Por ejemplo, la crisis no coincidió con grandes inversiones gubernamentales en infraestructura digital. Tampoco se produjeron grandes esfuerzos de la sociedad civil para crear soluciones digitales populares y no comerciales. Por el contrario, triunfaron las aplicaciones comerciales, anunciadas por las grandes plataformas. Por ello, la adopción de estas tecnologías ha sido profundamente desigual. No todo el mundo se beneficia de estas tendencias tecnológicas. Un ejemplo perfecto es el teletrabajo. En primer lugar, el trabajo a distancia no se ha generalizado. De hecho, la pandemia ha demostrado que la mayoría de los trabajos no pueden realizarse a distancia. Durante los periodos de confinamiento más graves, solo el 25% de los trabajos podían realizarse desde casa. Estas cifras son las mismas en Sudamérica, Europa y Norteamérica. Como resultado, existe una desigualdad entre quienes pueden trabajar desde casa y aquellos cuyos empleos requieren proximidad física, que se ven más perturbados por los medidas de contención. Los empleos que entran en esta última categoría son los esenciales: trabajadores de hospitales, de la construcción, de la producción alimentaria, etcétera. Cuanto más vitales son, más vulnerables parecen ser. Hay otros tipos de desigualdades que también pueden agravarse. Para teletrabajar se necesita internet estable y una vivienda cómoda, por lo que las personas de barrios empobrecidos o zonas rurales están en desventaja. En segundo lugar, existe una desigualdad entre sexos: las mujeres siguen realizando más tareas domésticas y de crianza que los hombres. Conciliar el trabajo y la vida familiar es extremadamente difícil para una mujer que trabaja a distancia. * Aunque se anuncian como limpias y ecológicas, estas tecnologías se basan en costosas y largas cadenas de suministro. Contribuyen a un sistema económico de desigualdad y explotación no solo de los recursos naturales, sino también de los humanos. Digamos que producen varios tipos de residuos, unos medioambientales y otros sociales. La contaminación informática también puede considerarse un problema: spam, fake news, ciberanzuelos. Los movimientos sociales que luchan contra estos costos ocultos de nuestras tecnologías surgen en los países que se encuentran en la encrucijada de estas cadenas de suministro de datos, trabajo y recursos naturales. Las huelgas en China, en 2022, en la mayor fábrica de iPhone del mundo, dan un claro ejemplo de un país que acoge a grandes masas de trabajadores que producen equipos y objetos tecnológicos como smartphones y tabletas. Dada la explotación de estos trabajadores, es inevitable que surjan conflictos laborales. Además, surgen tensiones políticas, sociales y económicas en los países que albergan los «sustratos minerales» de estas tecnologías. Me refiero a los minerales estratégicos situados en el Sur global. Por ejemplo, el triángulo del litio entre Chile, Argentina y Bolivia. O el cobalto, extraído en países africanos como la República Democrática del Congo y Madagascar. Estos minerales son vitales, porque son esenciales para la producción de baterías, dispositivos y equipos. * No hay por qué considerar a la Unión Europea la única campeona de la regulación de internet. Varios países asiáticos y africanos han promulgado recientemente leyes antimonopolio y de protección de la intimidad. Sin embargo, la Unión Europea es muy eficaz a la hora de publicitar sus propios esfuerzos para regular el poder excesivo de las multinacionales de internet. La supuesta primacía europea es muy paternalista. Europa no es un faro de integridad. Sus leyes están destinadas en gran medida a proteger a las empresas europeas de los competidores estadounidenses y chinos. Si a las empresas europeas se les exigieran los mismos niveles de responsabilidad y transparencia que a sus homólogas extranjeras, ¿qué gracia tendría? La pregunta «¿qué hay que hacer ahora?» no puede responderse con una regulación desde arriba, sino reconociendo las luchas en curso. Los conflictos y las formas de solidaridad entre usuarios no solo se dan en Europa, sino también en Sudamérica o Asia. No siempre las reconocemos, ya que no siempre adoptan la forma de un manifiesto o una carta. Mis colegas y yo realizamos recientemente un análisis comparativo de los trabajadores de plataformas en México, Venezuela y Argentina. Fue sorprendente ver cómo el trabajo informal es también un lugar de resistencia y lucha para un gran porcentaje de latinoamericanos. Buenos Aires, por ejemplo, ha ilegalizado Uber, por lo que los conductores se ven obligados a idear estrategias políticas encubiertas. No pueden votar a sus representantes ni pedir directamente mejoras salariales. Sus quejas deben expresarse de manera clandestina e informal: creando cuentas falsas, aceptando solo pagos en efectivo que no puedan ser rastreados por Uber, etcétera. Estas actividades pueden interpretarse como sabotajes suaves, o incluso como formas embrionarias de conflicto. Sin embargo, son métodos de acción política en toda regla. La razón por la que no podemos reconocerlos es que nuestra sensibilidad política sigue dominada por las ideas de acción industrial del siglo XX: un conflicto organizado con reivindicaciones explícitas y un repertorio claro de argumentos. Quizá deberíamos actualizar nuestro software político, por así decirlo. Tenemos que empezar a identificar la acción política entre los usuarios no organizados de plataformas como un movimiento. Aunque no tengan reivindicaciones claras y no se guíen por una estrategia estable, son movimientos de trabajadores. Su trabajo es atípico, no clásico, barroco, y su acción política refleja estas características. * Condenar las ideologías explotadoras de las plataformas digitales no significa apelar a una estéril política del resentimiento. De hecho, la aparición de una vasta subclase global de trabajadores digitales nos ayuda a detectar nuevas experiencias políticas en todo el mundo. Utilizar estas tecnologías para un futuro más justo e igualitario abre nuevas posibilidades. Es fascinante ver cómo toman forma enfoques conceptuales y prácticos originales sobre las tecnologías. Por ejemplo, en todo el mundo, científicos y activistas se preguntan si el conocimiento de los pueblos aborígenes puede dar forma a nuestra visión de la inteligencia artificial. Otras veces, las luchas de las mujeres han influido en las tendencias tecnológicas recientes. Además se ha pedido a la comunidad informática que aborde las desigualdades sistémicas y estructurales hacia las personas de color. Todos estos movimientos son bastante visibles. También tienden puentes hacia movimientos ajenos al sector tecnológico, que cada vez se relacionan más con él. Antes de internet, ya existían movimientos para la protección de la privacidad, la garantía de la libertad de expresión y la inclusión de las minorías y los grupos marginados; ahora han encontrado nueva vida. Y está el movimiento obrero: pensemos en cómo los repartidores, los trabajadores de la tecnología y los de la logística han protagonizado acciones sindicales en los últimos años. El trabajo basado en aplicaciones representa una frontera apasionante para los sindicatos. No es raro que aparezcan en sectores inesperados: sindicatos de creadores de YouTube, sindicatos de privacidad de usuarios de Facebook, etcétera. Todos estos ejemplos pueden parecer muy interesantes, aunque también bastante fragmentarios. Pero, en mi opinión, indican una tendencia global hacia una gobernanza tecnológica federada y basada en la comunidad. Me refiero a esta tendencia como «anarquismo de plataforma». Al igual que los movimientos anarquistas históricos, estas nuevas iniciativas abogan por la autogestión y la autonomía. Las plataformas digitales deben ser gobernadas por los usuarios, no por empresarios dementes como Bezos y Zuckerberg. En los últimos años han surgido modelos alternativos de gobernanza popular, cooperativas digitales, procomunes de datos, etcétera. Internet se ha convertido en un archipiélago de plataformas y aplicaciones gestionadas democráticamente por sus usuarios. Necesitamos federarlas en infraestructuras más grandes, propiedad de los usuarios. ¿Y si la campaña #WeAreTwitter que intentó comprar la plataforma en 2017 hubiera tenido éxito? ¿Podríamos tener un «Twitter del pueblo» en lugar de la versión distópica del servicio de Elon Musk? Antonio A. Casilli es uno de los invitados a La noche de las ideas. Es sociólogo, profesor del Instituto Politécnico de París e investigador de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París, investiga el impacto de la cultura digital en la vida cotidiana. Su libro Esperando a los robots fue publicado en Chile, en 2022, por Lom Ediciones. El sábado 21 de enero, a las 16 horas, en el Centro Cultural la Moneda, participará en «¿Qué esconde la inteligencia artificial?», una conversación con el artista visual José Ulloa y la psicoanalista y escritora Constanza Michelson, moderada por la periodista Paula Escobar. Inscripciones y programa de La noche de las ideas aquí [https://www.institutofrances.cl/eventos/la-noche-de-las-ideas-2023/#/].

  • Nueva revista Estudios Posthumanos

    La crisis ambiental planetaria ante la cual nos encontramos en la actualidad demanda una respuesta urgente por parte de los Estados, las industrias, la academia –y todxs–. La explotación de combustibles fósiles, la deforestación y la contaminación producida por el modo de producción y de consumo no solo lleva a la extinción de diferentes especies sino que también pone en riesgo la continuidad de la propia humanidad. Las ciencias humanas y sociales en todo el globo parecen no encontrar una voz autorizada para incidir sobre las agendas políticas en relación con el problema ambiental. Sin perder de vista este contexto, durante la pandemia y ante las limitaciones del distanciamiento social, se fue gestando la necesidad y el deseo de generar un espacio colectivo para pensar las consecuencias del colapso ambiental en el mismo momento en que nos encontrábamos aisladxs. Gabriela Balcarce y Juan Pablo Sabino (secretario de la revista) comenzaron a imaginar y dar forma a una instancia comunitaria que habilite el pensar juntxs una serie de eventos que ya estaban atravesando nuestras formas de vida y convivencia y que, sin embargo, no entraban en los cánones de las humanidades y de sus publicaciones. Y este impulso que comenzó en enero del 2021 nos condujo también a repensar las condiciones de producción de nuestros textos académicos, siempre tan aislados del mundo de todos los días. Así surgió la revista Estudios Posthumanos, un proyecto editorial colectivo dirigido por Gabriela Balcarce y Andrea Torrano, ambas Dras. en Filosofía e investigadoras del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina), que salió a la luz en la primavera de 2021. Integrado por un numeroso grupo de investigadorxs, docentes y alumnxs de diferentes universidades del país que hoy conforman el comité académico de la Revista. En esa búsqueda colectiva de pensar crítica y reflexivamente la vida que acontece, nos propusimos abordar las problemáticas urgentes del siglo XXI: cambio climático, antropoceno, la pregunta por nuevos colonialismos, la tecnología, los nuevos materialismos, entre otros tópicos que aparecen bajo el abanico de lo posthumano, es decir, del cuestionamiento del hombre occidental (blanco, varón cis, propietario, heterosexual, del norte global, urbano) como centro del escenario teórico de enunciación de las ciencias y del conocimiento en general. En el transcurso del siglo XX tanto la filosofía como algunas de las ciencias sociales fueron configurándose en espacios exclusivos para eruditxs de alta alcurnia agraciadxs por el ocio creativo necesario para poder hacer teoría. Hoy nos encontramos frente a un escenario acuciante, impostergable, de preguntas y replanteos acerca de nuestro presente, ya no tan certero como esperábamos, ya no tan claro ni normal, como muchxs deseaban. Es allí donde lo posthumano abre paso no solo al giro animal, vegetal, mineral y a tantas otras aperturas contemporáneas sumamente recientes. También abre paso a cuestionar nuestro lugar y la heredada “cultura de la recepción” que nos fuerza repetir acríticamente las voces de lxs autorxs del norte global para renovar nuestra condición de colonizadxs, sumisxs, es decir, de repetidorxs. Escribir en español –la lengua en la que escribimos y pensamos– desde el sur del continente invita a repensar las estrategias de diálogo y de crítica, a abrazar la interdisciplinariedad y ampliar la epistemología hacia otros pensamientos, postergados, silenciados por los saberes hegemónicos, así como los cruces con el arte. El primer número de Estudios Posthumanos está dedicado al problema de la extinción: de la extinción de las diferentes formas de vida en tiempos de catástrofe ambiental, pero también a la extinción de nuestros sistemas teóricos a la hora de abordar nuestro presente. Este número se inicia con una solarigrafía de la artista visual Natacha Ebers cuya imagen evoca la idea de una huella, a través de la técnica estenopeica y el proceso de un material fotográfico que acompañó durante dos meses el correr de los días desde una pequeña caja, como testigo del pasado, como mirada no humana, como huella que se imprime para mostrarnos aquello que sucedió sin que estuviéramos allí. Andrea Torrano, Juan Pablo Sabino y Gabriela Balcarce www.estudiosposthumanos.com.ar

  • PROGRAMA

    ACTIVIDADES MESA REDONDA : TEATRO HOY: ¿SIGUE SIENDO UN ACTO POLÍTICO? 20 de enero, 18h Centro cultural La Moneda, Plaza de la Ciudadanía 26 Santiago Entrada gratuita con inscripción previa : https://www.cclm.cl/ticketera/?pid=262852 ¿De qué forma el teatro funciona como herramienta eficaz para cuestionar las realidades de nuestras sociedades y así contribuir a su transformación? Las reivindicaciones sociales y políticas en Chile y en Haití han llevado a los dramaturgos a visibilizar las violencias de nuestro tiempo a través de nuevos ejercicios escénicos; Carla Zúñiga (Chile) y Guy Régis Junior (Haití) conversan acerca de ello. Expositores Guy Régis Nacido en Haití, Guy Régis Jr. es guionista y director de teatro. Muchos de sus textos incluyen teatro, novela y poesía. Publicó Les cinq fois où j'ai vu mon père y Goebbels, juif et footballeur. En 2001, lanzó el Mouvement NOUS Théâtre, que sacudió los códigos del teatro contemporáneo de su país, en particular con la creación de Service Violence Série (2005). Carla Zúñiga Dramaturga, directora, actriz y docente teatral. Directora de Prefiero que me coman los perros (Mejor dramaturgia por el círculo de críticos 2018); Yo también quiero ser un hombre blanco heterosexual (Mejor obra literaria 2019), Un montón de brujas volando por el cielo (Mejor dramaturgia por el círculo de críticos 2020). Sus textos han sido traducidos al inglés, francés, polaco y alemán y sus obras han sido montadas en Argentina, España, Inglaterra y México. Denisse Espinoza Periodista y licenciada en Comunicación Social de la Universidad de Santiago de Chile en 2008. Durante una década se desempeñó como reportera en la sección Cultura del diario La Tercera, donde cubrió temas de artes visuales, arquitectura y fotografía. Escribió para las revistas de corte cultural Palabra Pública y Agua Derramada. Trabajó en la Vicerrectoría de Extensión de la Universidad de Chile y fue asesora de comunicaciones de la Orquesta Clásica de la Universidad de Santiago. Actualmente es jefa de contenidos y difusión de Fundación Teatro a Mil. MESA REDONDA : AUTOMATIZACIÓN : ¿EL FIN DEL HUMANO ? 20 de enero, 20h Centro Cultural de la Moneda, Plaza de la Ciudadanía 26 Santiago, Entrada gratuita con inscripción previa : https://www.cclm.cl/ticketera/?pid=262869 La Inteligencia Artificial se vuelve gravitante en diversas disciplinas e incide cada vez más en nuestra vida. Su adopción no está libre de debate, especialmente por las proyecciones de sustitución laboral que plantean algunos análisis y las disyuntivas éticas que genera su uso. No obstante, también se hace visible el potencial práctico y creativo que conlleva. ¿Alcanzamos un nuevo umbral en el desarrollo de la IA? Expositores Paola Tubaro Socióloga económica, profesora en la Escuela Nacional de Estadística y Administración Económica de París. Utiliza la ciencia de las redes, la simulación informática basada en agentes y el análisis del lenguaje automatizado para arrojar nueva luz sobre las transformaciones de los mercados y las organizaciones. Trabaja sobre la economía de las plataformas digitales, la inteligencia artificial, el papel del trabajo humano en el desarrollo de la automatización y las desigualdades digitales. Publicó en numerosas revistas científicas internacionales como Sociology, Big Data & Society, y Internet Policy Review, y editó números especiales en Revue française de sociologie, Social Networks, y Sociological Research Online. Denis Parra Doctor en Ciencia y Tecnología de la Información. Dirige el Exploratorio en Ciencias de la Computación. Investiga el diseño y conducción de estudios de usuario, el análisis de comportamiento de usuarios usando minería de datos y visualizaciones para crear aplicaciones y analizar los datos. Moderador : Javier Ibacache Crítico y programador de artes escénicas. Docente de postgrado de gestión cultural en Chile y Argentina. MESA REDONDA : ¿QUÉ ESCONDE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL? 21 de enero, 16h Centro Cultural de la Moneda, Plaza de la Ciudadanía 26 Santiago Entrada gratuita con inscripción previa : https://www.cclm.cl/ticketera/?pid=262880 Rappi, Uber, Deliveroo, Didifood. ¿Quién no ha utilizado al menos una vez en su vida estas plataformas digitales. ¿Quién está detrás de la inteligencia artificial? ¿Quién está detrás de los algoritmos? En el cruce entre sociología, psicoanálisis y arte, se analizará la matriz de los sistemas de inteligencia artificial y sus efectos, entre la extracción de recursos, el trabajo humano, el tratamiento de datos y el impacto en los cuerpos y los deseos. Expositores Antonio Casilli Profesor de sociología en Télécom Paris. Su trabajo se centra en los usos digitales, el trabajo y las libertades públicas. Desde sus primeros trabajos sobre el impacto de las tecnologías industriales en el imaginario del cuerpo, ha estudiado la violencia comunicacional y las culturas digitales. Fue coordinador editorial de la serie documental de France Télévisions "Invisibles - Les travailleurs du clic". José Ulloa Artista visual y docente. Desde la escultura investiga el mundo de la minería en Chile. Problematiza el accionar político de los productores de materias primas en el territorio chileno y analiza cómo éstos utilizan el campo de la cultura como medidas compensatorias. Constanza Michelson Psicóloga clínica y psicoanalista. Junto al trabajo clínico se ha dedicado a la escritura y el pensamiento crítico. Es autora de Capitalismo del Yo (2021) y Hacer la noche (Paidós, 2022), entre otros libros. Paula Escobar Es periodista y columnista dominical de La Tercera. Conductora de Influyentes en CNN Chile, y panelista de Tolerancia Cero desde el 2020. Profesora Titular de la Escuela de Periodismo UDP y fundadora y directora de la Cátedra Mujeres y Medios UDP. Publicó, entre otros libros, Un mundo incierto: conversaciones con 30 intelectuales globales. Laureada con los premios Young Global Leader por el Foro Económico Mundial de Davos (2006), Poynter Fellow in journalism (2020) y designada como una de las 100 mujeres inspiradoras del año por la BBC (2015). MESA REDONDA : DEMOCRACIA: ¿CADA VEZ MÁS ? 21 de enero, 18h Centro Cultural La Moneda, Plaza de la Ciudadanía 26 Santiago Entrada gratuita con inscripción previa : https://www.cclm.cl/ticketera/?pid=262888 La democracia se asocia a menudo con un régimen de abundancia: cada vez más derechos, libertades individuales y prosperidad. Como si fuera un proceso interminable. A finales del siglo XX, incluso se asoció a la sociedad de mercado, concebida como un régimen de abundancia. Unas décadas más tarde, cuando el crecimiento cedió el paso a la restricción, la confianza en la democracia se vio alterada. ¿No será hora de reexaminar estas identificaciones? ¿Más y más? ¿Será éste el verdadero motor de la democracia? Barbara Stiegler Profesora de filosofía política en la Universidad Montaigne de Burdeos. Especialista en el neoliberalismo, destaca sus fuentes evolutivas por las que la especie humana debe aprender a vivir en un nuevo entorno y adaptarse mediante políticas de salud y educación dirigidas por expertos. Ha dejado atrás su prudencia académica para manifestarse con los chalecos amarillos, marchar con los trabajadores de la salud para defender el hospital público o para criticar la gestión neoliberal de la pandemia. Es autora de Il faut s'adapter : Sur un nouvel impératif politique (2019); Du cap aux grèves, Récit d'une mobilisation (2018); De la démocratie en pandémie : santé, recherche, éducation, (2021); Santé publique année zéro (2022); Nietzsche et la vie Une nouvelle histoire de la philosophie, (2022). Christophe Pébarthe Profesor de la Universidad Montaigne de Burdeos, es especialista en Historia de la Grecia Antigua. Desde 2009 hasta 2020, dirigió la Revue des études anciennes. En 2002, defendió su tesis sobre los usos de la escritura y la conservación de los documentos escritos en la Atenas arcaica y clásica. De esta tesis surgió el libro Cité, démocratie et écriture. Histoire de l'alphabétisation d'Athènes à l'époque classique (2006). Actualmente imparte conferencias en la Universidad Popular de Burdeos (UPB) desde 2019 en la Cátedra de Democracia, Verdad y Ciencias Sociales. Publicó Cité, démocratie et écriture : Histoire de l'alphabétisation d'Athènes à l'époque classique (Broché, 2006); Monnaie et marché à Athènes à l'époque classique (Paris 2008) y Athènes, l'autre démocratie. Vème siècle av. J.-C. (Paris 2022). Moderadora : Emmanuelle Barozet Socióloga Investigadora principal de la línea Conflicto Político y Social de COES y profesora titular del Departamento de Sociología de la Universidad de Chile. Sus líneas de investigación son por un lado estratificación social, clases medias, justicia social por otro lado, instituciones informales en política, política local y vinculaciones sociales. MESA REDONDA : ¿MÁS DISEÑO EN UN PLANETA DAÑADO? 21 de enero, 20h Centro Cultural de la Moneda, Plaza de la Ciudadanía 26 Santiago Entrada gratuita con inscripción previa : https://www.cclm.cl/ticketera/?pid=262892 Se abordarán las discusiones que emergen de la crisis socioambiental que atravesamos y que demandan nuevas formas de vivir y habitar la Tierra. Estos retos serán analizados desde el cruce de la destacada arquitecta Cazú Zegers y el pensamiento material del filósofo Emanuelle Coccia, poniendo énfasis en el lugar del diseño o des-diseño para pensar y abrir futuros para una habitabilidad terrestre. Expositores Emanuele Coccia Doctor en filosofía medieval de la Universidad de Florencia y profesor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París y de la Universidad de Friburgo en Alemania, Emanuele Coccia es considerado como uno de los filósofos más influyentes de la actualidad. Su obra ha sido traducida a una decena de idiomas y reconocida como una de las más originales dentro del pensamiento contemporáneo por su innovadora aproximación al vínculo entre las teorías de la imaginación y la naturaleza de los seres vivos. Autor de La vida de las plantas y Metamorfosis, su trabajo se sitúa en el cruce entre la filosofía y la etología. En Metamorfosis, la hipótesis de una única y misma vida que se despliega en variación continua a través de las formas es retomada para pensarlo todo en la clave de una multiplicidad multiespecífica. Entre sus publicaciones figuran, La Vie sensible (La vida sensible), 2010 (traducido a 6 idiomas), Le Bien dans les choses (el Bien de las cosas), Payot et Rivages, 2013 (traducido a 5 idiomas), La Vie des plantes. Une métaphysique du mélange (La vida de las plantas. Una metafísica de la mezcla), 2016 (traducido a 10 idiomas), Métamorphoses (Metamorfosis) 2020, Philosophie de la maison. L'espace domestique et le bonheur (Filosofía de la casa. El espacio doméstico y la felicidad), 2022. Cazú Zegers Artista y arquitecta. Nombrada entre las arquitectas latinoamericanas que derriban barreras por Forbes Magazine 2020. Su práctica tiene un fuerte enfoque social y arraigo al lugar y sus procesos locales. Laureada con la distinción Dora Riedel, hoy lidera como experta en etno arquitectura y etno ingeniería en América Latina. Sus obras han sido acreedoras del Grand Prix de Versalles, del Premio National Geographic Unique Lodge of the World y el Gran premio Latinoamericano de Arquitectura (1994), entre otros. El año 2021 es premiada por la innovación en arquitectura al recibir la Distinción Dora Riedel y hoy lidera como experta en etnoarquitectura y etno ingeniería en América Latina. “El territorio es a América, como los Monumentos son a Europa” frase que acuña el concepto que defiende Cazú Zegers a través de su arquitectura. Moderador : Martín Tironi Director de la Escuela de Diseño UC. Sociólogo. Junto a un equipo curatorial, obtuvo la medalla en la London Design Bienale (2021) con el Pabellón titulado Resonancias Tectónicas: del diseño centrado en el humano al diseño centrado en el planeta.

  • Juan Pablo Escobar: “El amor de mi padre me salvó de ser como él”

    Si Pablo Escobar se buscó una vida legendaria, su hijo Juan Pablo no tuvo elección: nació condenado a una biografía excepcional. Creció rodeado de sicarios (“fueron mis niñeras”), lujos, armas, animales exóticos y montañas de billetes. Los enemigos de su padre trataron de matarlo y/o secuestrarlo al menos cinco veces. Tenía 16 años cuando Escobar fue acribillado y tuvo que arrancar de su escolta policial para viajar en secreto a Cali, donde los capos del cartel vencedor lo esperaban para matarlo, porque ir a entregarse era su única esperanza de sobrevivir. Convertido en un paria mundial que había resuelto morir sin descendencia, se cambió el nombre a Sebastián Marroquín –su identidad legal hasta hoy– para vivir de incógnito en Buenos Aires, donde estudió Diseño Industrial e inició una carrera laboral ganando lo mismo que a sus 15 años se gastaba en dos propinas. Un día decidió enfrentar a la sociedad y desde entonces se dedica a crear conciencia sobre los pecados de su padre, a quien ama sin reservas y define como “el mejor papá del mundo”. De todas esas contradicciones habla en esta entrevista (publicada en 2017 en el semanario The Clinic) a propósito de Pablo Escobar in fraganti, su segundo libro. Además, explica por qué su papá “se dejó matar” y critica a la serie Narcos: “Netflix ha creado un desastre”. ¿Te llamo Sebastián, como firmas los correos, o Juan Pablo como firmas el libro? –Me es indiferente, se trata de la misma persona. Muchos se toman el cambio de nombre como algo muy personal, cuando en realidad para los que nacimos en la mafia cambiarse de nombre es como cambiarse de ropa. En este caso, hubo que hacerlo por la discriminación que sufríamos como familia y para poder escapar de Colombia, porque ya las aerolíneas no nos vendían pasajes y ningún país aceptaba recibirnos. No fue una renuncia al parentesco. Para ti no es un estigma llevar el apellido Escobar... –Lo fue en el pasado, sí. Pero si antes la gente se moría de miedo, ahora te piden una selfie. Así ha cambiado la historia. De donde antes me expulsaban por ese apellido, ahora me invitan a dar conferencias. Es una cosa muy loca, muy influida por las series de televisión pero también por el hecho de que yo me he atrevido a contar mi historia. Eso nos ha permitido, como familia, acercarnos a la sociedad desde lo que somos, no desde el mito. Pero claro, esto recién ha sido posible a 23 años de la muerte de mi padre. No pasó de un día para otro. *** Juan Pablo Escobar tenía cinco o seis años el día que su padre lo invitó a ver cómo un “gringo loco” aterrizaba sobre la pista de la hacienda Nápoles, la mítica fortaleza del capo en el valle del río Magdalena que llegó a tener 1700 empleados y en cuyas dos mil hectáreas había espacio para todos los excesos imaginables. Hasta para un zoológico de animales salvajes ingresados al país de contrabando, con dinosaurios esculpidos a escala real mucho antes de que Spielberg imaginara un parque jurásico. Fue en Nápoles –bautizada así en homenaje a Al Capone– donde Grégory, como lo llamaba su padre, pasó buena parte de su infancia, jugando Nintendo con sus guardaespaldas y sin amigos de su edad. A los cuatro años tuvo su primera moto. A los ocho, Pablo Escobar le mostró todas las drogas disponibles en el mercado –coca, LSD, crack, unas diez en total– y le dijo: “Cuando tengas deseo de probar alguna, prefiero que la probemos juntos. Porque valiente es aquel que nunca la prueba”. De un momento a otro, padre e hijo vieron precipitarse a un enorme Douglas DC-3, avión para el cual los 900 metros que tenía esa pista no son una alternativa de aterrizaje. Cuando la nave ya derrapaba en tierra con los frenos al rojo vivo, en plena carrera hacia el abismo que lo esperaba al final, Juan Pablo asumió que sería testigo de una tragedia. Justo a tiempo, sin embargo, el piloto giró sobre su rueda trasera para hacer un espectacular trompo y perderse en la polvareda que levantó la maniobra. El gordo que se bajó sonriendo de ese avión era Barry Seal, un ex piloto comercial que fue agente encubierto de la CIA en operaciones aéreas ilegales, luego estuvo preso en Honduras por narcotráfico y ahora trabajaba para Escobar volando aviones repletos de cocaína a Estados Unidos. Ese día, el Douglas DC-3 también venía cargado al tope, pero de animales para el zoológico de la hacienda, incluida una pareja de rinocerontes. El problema fue que Barry Seal también se puso a trabajar para la DEA –la agencia antidrogas norteamericana– y en 1984 fotografió a Escobar en Nicaragua cargando 600 kilos de coca en su aeronave. Las fotos se publicaron en Estados Unidos y la suerte de Barry Seal quedó sellada. Él mismo debió saberlo, pues alcanzó a redactar su epitafio: “Un aventurero rebelde de la talla de los que en días anteriores hicieron grande a América”. En febrero de 1986, mientras estacionaba su Cadillac blanco en Luisiana, tres sicarios de Escobar lo abatieron a tiros. La historia viene al caso porque en el primer capítulo de Pablo Escobar in fraganti (Planeta) Juan Pablo Escobar se entrevista con Aaron Seal. Ambos tenían nueve años cuando el papá de uno hizo matar al papá del otro y la conversación que sostienen, de emotiva complicidad, nos introduce en un drama poco conocido: el de los hijos de capos mafiosos, nacidos para cargar en silencio con una herencia tortuosa. Desde que rompió ese silencio, Juan Pablo recibe cartas de hijos de mafiosos de Italia, India, Grecia, México, Turquía y otros tantos países. En este libro cuenta que en Varsovia, tras presentar su documental Pecados de mi padre, se le acercó “un joven que no paraba de llorar y me dijo al oído que era hijo del jefe de algún cartel polaco y que se debatía entre el amor y el rechazo a su padre; le compartí que a mi juicio nosotros los hijos no venimos al mundo con la misión de ser jueces de nuestros padres [...] y que si él recibía amor genuino de su padre, era menester que se lo correspondiera”. El estreno de ese documental, en 2009, le permitió regresar por primera vez a Colombia, viaje que aprovechó para visitar la tumba de Pablo Escobar “y poder decirle entre lágrimas que lo amaba antes de darle el último adiós. Necesitaba llorar a mi padre, para desprenderme definitivamente de su legado del mal”. En Pablo Escobar in fraganti también se entrevista con el hijo de Miguel Rodríguez Orejuela, jefe del cartel de Cali y contra quien su padre libró aquella guerra descomunal que se inició, cómo no, por un lío de faldas. Pero el momento más tenso del libro es su encuentro con Ramón Isaza, el temerario jefe paramilitar que enfrentó a Escobar en su propio territorio, con resultados fatales para ambos bandos. “La verdad, fue un riesgo que corrí”, asegura Juan Pablo, con un don de autoridad que no ha perdido, vía Skype desde su casa en Buenos Aires. “Cuando vas a ver a ese tipo de personas no sabes cómo puedes salir de la reunión: si en una bolsa y en pedacitos o tranquilo y contento”. ¿Todavía ese riesgo existía? –Por lo menos el miedo, sí. Porque hubo mucha violencia entre las familias, y los hijos fuimos heredando esos odios y esas guerras. Por suerte, no nos lo tomamos tan personal como nuestros padres, pero entre la valentía y la estupidez la línea es demasiado delgada. Y cuando llegas a ver a un hombre como Ramón Isaza, sabiendo que mi padre le mató un hijo, que le hizo montones de atentados, no sabes cómo puede reaccionar. Es un hombre que ya pagó una pena, confesó sus crímenes y tiene otra actitud frente a la vida. Pero uno que ya es padre sabe lo difícil que es no reaccionar ante el dolor de un hijo. Entonces, cuando me empieza a contar cómo quedó su hijo después de que mi padre lo mandó a matar, y a describirme cuántos atentados le hizo... ya era tarde para arrepentirme, pero se la piensa uno, “¿debí venir aquí?”. Porque en Colombia siempre hemos tenido la triste cultura de que esto hay que resolverlo a los tiros. Pero yo había hecho una apuesta fuerte por el diálogo y creo que al final triunfó eso, ¿no? Triunfó la intención de contar estas historias. Yo pensé que este segundo libro, para saber quién fue Pablo Escobar en su completa dimensión, tenía que darles la voz a quienes más lo odiaron, a quienes más dinero invirtieron para que muriera, y que jamás habían dicho una sola palabra sobre él. La única vez que han hablado es ahora, con y a través de su propio hijo. ¿Te pareció que todos ellos podían evitar sentir rabia hacia ti? –El cien por ciento. No tengo hasta ahora ni una sola historia que lamentar, o decir “hombre, qué pena, no se pudo hacer la paz con tal persona”. Nadie me insultó, ni me maltrató, ni me amenazó. Y creo que eso también refleja el hartazgo con la violencia que vivimos en el pasado. Y desde el amor de hijo, ¿a ti tampoco te queda rabia hacia quienes se preocuparon de liquidar a tu papá? –Hermano, no. ¿Sabes por qué? Porque yo también viví la traición de la familia: ver cómo tus familiares traicionaron a tu propio padre, el hombre que en vida les dio todo, bien o mal habido, pero se los dio todo. Entonces, cuando tú caes en la cuenta de que los peores enemigos, los más sanguinarios, terminaron mostrando más caballerosidad y más respeto hacia la familia, al final te sentís más cercano –mira qué paradoja– a los enemigos. Y con mucha más confianza. O sea, yo le recibo más fácil un vaso de agua al hijo de Rodríguez Orejuela que a mi tío Roberto. Mejor dicho, el de mi tío Roberto ni lo toco. Cuentas que en tus conferencias, incluso en los países más lejanos, al final siempre se acercan víctimas de tu padre a hablar contigo, gente que perdió familiares. Debe ser una experiencia fuerte. –No hay forma de prepararse para hablar con una víctima, eso te lo garantizo. Y cuando estás delante de mil personas, y de repente una se pone de pie y te empieza a decir el daño que sufrió por tu padre... son momentos difíciles. Pero creo que, cuando me han escuchado, al final me reconocen como individuo. Entienden la diferencia entre ser un victimario y ser el hijo de alguien que lo fue. Y aunque tengan dentro de sí un legítimo odio hacia todo lo que tenga que ver con Pablo Escobar, valoran que yo esté utilizando su historia –que es también la de todo un país– para mostrarles a los jóvenes que ese no es el camino. Pero a la vez, tú reclamas tu derecho a querer a Pablo Escobar como hijo y dices que fue el mejor papá del mundo. Eso podría generar rechazo, pero no te abstienes de decirlo. –No me abstengo por varias razones. Primero, porque es cierto. Yo lo viví así, así lo sentí. A mi padre como ser humano hay que dividirlo en varias etapas. Pablo Escobar no fue terrorista, secuestrador, asesino y bandido toda su vida. Y realmente él cumplió su papel de padre a cabalidad. Creo que los resultados están a la vista, ¿no? Yo podría ser un bandido diez veces peor que él. Pero me educaron, tanto él como mi madre, en una familia llena de amor y con los valores humanos necesarios para que yo, muy a pesar del mal ejemplo que mi padre me daba, no me convirtiera en ese 2.0 que todo el mundo estaba esperando, y que hasta casi yo me la creo... Yo me crié entre bandidos, nací y viví hasta los 16 años en ese mundo lleno de armas, de dinero, de tantos excesos. Y son tus años más vulnerables, si te entrenan para talibán te conviertes en un talibán. Hermano, pude haber sido el peor. Pero el amor de mi padre me salvó de ser como él. La gran diferencia entre los peores bandidos de Colombia, que fueron todos mis niñeras, y yo, es la ausencia de amor que hubo en sus familias, la gran violencia en la que crecieron. En todo sentido, porque violencia también es aguantar hambre. Súmale a eso las golpizas de sus padres a ellos, a sus hermanas, a sus mamás... Chicos que crecieron pensando que todo se resolvía a los golpes. Y los agarra mi papá, les ofrece un montón de dinero, los trata como un padre y ellos se hacen matar por él. Te cuento todo esto porque era lo que me decían a mí los bandidos con los que me crié: que lo mejor que habían aprendido de mi papá era la forma como vieron que él me crió a mí. Eso les dio el ejemplo para criar así a sus propios hijos, y fíjate que ninguno de ellos se convirtió en bandido. ¿De dónde crees que salió la inmisericordia que terminó mostrando tu papá? –Mi padre, por la gran cantidad de historias que sé sobre él y que él mismo me contaba en vida, era un hombre extremadamente rencoroso. No olvidaba fácilmente y el que se la hacía se la tenía que pagar, con intereses. Hay varios casos que reflejan ese rencor. En tus libros cuentas algunos terribles. ¿Recuerdas otro, pero relacionado con su niñez? –Sí. Él me contaba que tenía que agradecer que iba al colegio en mi propio automóvil con mis guardaespaldas, porque a él le tocaba caminar dos horas y media todos los días. Y le tocaba caminar por pantanos, así que llegaba empantanado y así recibía la clase. Pero resulta que un vecino suyo iba a la misma escuela y esa familia tenía vehículo, pero nunca lo llevaron, le pasaban por el lado todos los días. Mi padre creció, tuvo el poder y el dinero, designó a un grupo de bandidos y les dijo: “Van a ir donde esa familia y cualquier vehículo que tengan, se lo queman. Si el seguro les da otro nuevo, van y se lo queman. Si les compran otro, vuelven y se lo queman. No maten a nadie, sólo les queman los vehículos, que quiero que caminen lo que yo caminé cuando era niño y no me quisieron llevar”. Ahí te das cuenta del nivel de rencor. Ni siquiera las de pequeño las olvidó. Y eso mismo fue lo que lo hundió. –Cuando ingresó a la política, que fue su gran error. ¿Por qué? –Porque esa era una mafia mucho más organizada que la suya, como lo prueba el hecho de que no hace muchos años, con mi padre ya muerto, Colombia tuvo a la mitad de los congresistas presos por sus nexos con el narcotráfico, el paramilitarismo, la guerrilla y tal. Pero él creyó que podía llegar a presidente si quería, y se sintió muy humillado por Luis Carlos Galán [candidato presidencial asesinado por orden de Escobar en 1989] cuando empezó a oler feo entre los políticos y lo expulsaron del movimiento. ¿Alguna vez viste que alguien cercano lo cuestionara por esa violencia indiscriminada? ¿O eso nunca pasó? –Eso pasó conmigo y con mi madre, éramos los únicos que le decíamos eso. De resto él tenía un séquito de aduladores que le aplaudían todo lo que hacía. Los bandidos a toda hora le hacían creer que estaba haciendo muy bien las cosas, y obviamente hacer bien las cosas era meter más violencia, y más plata para los bandidos que cobraban por esa violencia. EL DESASTRE DE NETFLIX A medida que se entrevista con quienes conocieron a su padre, el propio Juan Pablo se sorprende de descubrir que “sus alcances como delincuente no tenían límite alguno”. El hombre que en su juventud había dicho “si a los 30 no he conseguido un millón de pesos, me suicido”, y que se inició en el delito vendiendo lápidas que robaba en los cementerios cercanos a Medellín, llegó a tener coimeada a la policía antidrogas del aeropuerto de Miami. El “Quijada”, su recaudador en Estados Unidos, recuerda que en los años de gloria compró hasta 50 autos para no ser reconocido y 17 casas en Miami, Nueva York y Los Ángeles –a todas las cuales se les construía una caleta subterránea con ascensor– sólo para almacenar los billetes. “En una sola casa llegué a tener 25 millones de dólares en un fin de semana. Yo llamaba al Patrón y le decía ‘¿qué voy a hacer?’”, cuenta el “Quijada”, que hoy no tiene casa propia y a veces se mueve a pie porque no le alcanza para la micro. “No conozco narco jubilado ni viviendo en paz. Están todos muertos o presos”, escribe Juan Pablo, partidario de legalizar las drogas para acabar con el negocio y con la violencia que genera prohibirlas. En el libro te quejas con impotencia de las series de TV que han mostrado a tu papá como un superhéroe atractivo, antisistémico. –Han barrido con todo lo que yo intenté construir, para aprender las lecciones que nos quedaron de esas historias y no repetirlas. Obviamente, yo debo decir “gracias Netflix, me has ayudado a vender un montón de libros”, pero no puedo comparar la cantidad de gente que ha visto “Narcos” con la que ha leído mis libros. Por desgracia, la historia que cuentan ellos es muy rentable. De alguna manera muy extraña, la gente se vuelve adicta al personaje de mi padre, por morbo, por la atracción del poder y la violencia, no sé… Aunque lo odien, ahí están pegados al televisor. Y ya todos los medios captaron que ensalzando su actividad criminal, agregándole glamour, generan mucho más público. Yo vendería el triple si mi libro se llamara “Viva Pablo Escobar”. Acá también se generó una cierta idolatría cuando dieron “El patrón del mal” en la tele. –El impacto de esa serie en la sociedad chilena fue tremendo. Lo tomaron por un héroe tragicómico y hasta la publicidad lo usaba para vender productos. Yo he ido a Chile para hablar de todo lo contrario, pero con eso no tengo tanto éxito, al menos no en tu país. En España, por ejemplo, mis dos libros han llegado a ocupar los dos primeros lugares de ventas. En México pasa algo similar, en Brasil también, en Italia, en Lituania, en Noruega, en Turquía, en Serbia… Es evidente que las narcoseries han generado un boom increíble. Yo miro las estadísticas en el mapa de Google y es increíble cómo lo buscan en todas partes, millones de personas cada semana. Así que gracias, Netflix, porque tendremos más trabajo por hacer gracias al desastre que ellos han creado, malcontando la historia. Tú trataste de ayudar a Netflix pero no te pescaron. –Seis meses antes de que comenzaran a filmar, me acerqué y les dije: “Les ofrezco lo que quieran. ¿Quieren ver todas las cartas? Se las muestro. ¿Quieren ver las fotos? Son todas suyas. ¿Quieren ver los videos caseros, los testimonios, los libros? Lo que quieran. Ya que van a contar la historia, pues hagámosla bien”. Me dijeron que ellos sabían más de Pablo Escobar que su familia. Es increíble la lista de países desde los cuales te ha escrito gente para que la ayudes a ser como tu papá: Kenia, Marruecos, Filipinas, Rusia, Afganistán, Irán, Palestina, muchos de América Latina… –No, una locura. Cada día me mandan sus fotos con mi padre tatuado, con mensajes imitando su voz, diciendo “plata o plomo”, o disfrazados con el bigote diciendo “quiero ser narco”. Un hombre pobre de África, que no sé ni cómo accede a Internet, me escribe diciéndome que mi padre era el más bravo y que por favor lo ayude a entrar a ese mundo. Algunos ya son narcos y me dicen que no pueden creer que están hablando conmigo, que su sueño es llegar a ser como él... Yo los trato de orientar para mi lado, “no, hermano, así no funciona, ni te creas que esto te va a traer la felicidad”. Pero no lo entienden, no lo entienden... Y me sorprende mucho más cuando me escriben de lugares como Australia, donde los muchachos tienen seguro, si no trabajan el gobierno les paga, nunca estás perdido. Incluso en esas culturas, la serie ha creado jóvenes dispuestos a ser como Pablo Escobar. Tu principal reclamo es que la serie no muestra que el dinero del narco está maldito. Ustedes siempre se esconden en mansiones y la realidad es que muchas veces durmieron en pisos de tierra, a veces sin agua ni luz. –Mientras más dinero teníamos, más libertad perdíamos. Pero si te están contando la historia al revés, pues al revés vas a aprender las lecciones. Ellos se excusan en que la historia está ficcionada, pero al momento de vendérsela al mundo es “la verdadera historia”. Al enfrentar un reclamo, “no, es que es una ficción”. En este libro reconstruyes los últimos días de tu papá. Lo muestras angustiado, sin salida, y dices que prácticamente se dejó matar para salvarlos a ustedes. –Prácticamente no: literalmente. Porque ya no había otra salida para él ni para nosotros. Él entendió esto cuando llegamos escapando a Alemania [con su madre y su hermana] y nos obligaron a regresar en el mismo avión a Colombia, aun sabiendo que allá nos esperaba una muerte segura. Ni siquiera nos dejaron tomar un avión a otro destino. Eso nos demuestra cuán comprometida está ya nuestra vida y que mi padre ya no puede salir airoso de la pelea en la que está metido. Entonces él decide aparecer, y comete a propósito el error que nunca había cometido en su vida: utilizar el teléfono. Cuentas que tú mismo le colgabas el teléfono cuando los llamaba. –Están las grabaciones, hermano, yo ni siquiera lo tengo que contar. Ahí están las grabaciones donde yo le cuelgo el teléfono reiteradas veces, no una ni dos. ¿Por qué lo hago? Porque él mismo me había entrenado diciéndome “el teléfono es la muerte”. Me decía “todas las personas que yo capturé o que maté, lo hice por el teléfono”. Entonces, ¿un hombre que duró veinte años en el poder va a venir a ahogarse en la orilla, pudiendo poner al Limón a que llamara para hacer las mismas preguntas, o a la otra señora que estaba con él? ¿Lo iba a hacer él y desde su misma guarida? Ese no era Pablo Escobar. Tomó la decisión: “Hasta aquí llegué y la manera de que me maten es llamando a la familia. Aprovecho de despedirme y aquí vendrán por mí, aquí me bato en duelo con ellos”. Y fue lo que hizo. “USTED YA MURIÓ” Muerto Pablo Escobar, para su esposa e hijos comenzó otro infierno, narrado vertiginosamente en Pablo Escobar mi padre, el primer libro de Juan Pablo (y por el cual recomendamos partir). Convertidos en botín de guerra, despojados por los tíos paternos y por casi todos los cercanos al difunto (“sobran dedos en una mano para contar a los amigos que no se aprovecharon”), apenas les quedó dinero para enfrentar la avalancha de sicarios que exigían una indemnización por los servicios prestados. Y faltaba lo más duro. Victoria Henao, viuda de Escobar, debió realizar dos viajes clandestinos a Cali para negociar la paz con la mafia vencedora en reuniones al estilo de El padrino, con unos 30 jefes, cada uno de los cuales detallaba qué le hizo Pablo Escobar y cuánto pedía a cambio. Para complacerlos, Victoria tenía poco más que su colección de arte, que había contado con obras de Dalí, Guayasamín, Claudio Bravo y Botero (una estatua de Botero, de hecho, los salvó a ella y a sus dos hijos de morir aplastados cuando el mismo cartel de Cali hizo explotar un coche bomba en el edificio que habitaban en Medellín, en 1988). Finalmente, Victoria logró un acuerdo con los narcos de Cali para salvar su vida y la de su pequeña hija Manuela. Pero pese a todos sus ruegos, “a su hijo”, le dijeron las dos veces, “se lo vamos a matar”. Con 16 años tuviste que eludir la protección policial del Estado para ir a hablar con la mafia que mató a tu papá y que te iba a matar a ti… Suena muy loco. –Pues sí. Y lo más loco era que ese Estado que me cuidaba también estaba esperando la orden del cartel de Cali para asesinarme. A mí me tenían bajo custodia para eso, no para cuidarme. Así que me fui de una jaula de lobos que me querían comer para meterme en otra, literalmente. Lo más loco, me pareció a mí, fue que en Cali los jefes te recibieran acompañados por tu propia familia Escobar –abuela, tíos, primos–, que se había aliado con ellos para quedarse con los bienes que les quedaban a ustedes. –Claro, la que amaestraba a los lobos era mi familia. Mira, yo no me equivoco cuando digo que en mi familia paterna el buena gente era mi padre, ahí no me equivoco. Y si el buena gente era mi papá, te imaginarás qué sería el resto. Pero sí, llegar ahí fue una locura y una decisión muy difícil de tomar. A mí me amenazaron para que fuera, me dijeron que tenía que ir a besar el anillo de todos los jefes nuevos y que igual me iban a matar, pero iba o me llevaban, no era que tenía opción. Lo que ocurre es que tu instinto de supervivencia no te permite tomar esas decisiones tan fácilmente, así que primero me negué. ¿Cómo fue, entonces? –Pasó que yo visité a una persona en la cárcel para ese efecto. Y cuando ya me echó de la celda, porque me insultó y me amenazó de mil maneras, otro tipo al que yo jamás había conocido se me acercó y me dijo “mire, venga, hablemos”. Y me habló muy diferente, ya sin insultos, sin amenazas. Me dijo unas palabras que si bien decían lo mismo que había escuchado en la celda, llegaban de otra manera a mi conciencia: “Mire, muchacho, usted tiene que ir a esa reunión donde lo van a matar, porque es la única posibilidad que tiene de salir con vida. Si no lo hace usted, ellos lo van a ir a matar igual. Usted ya está muerto, no tiene nada que hacer, ¿me entiende? Usted ya murió”. Cuando me la pintó de esa manera, yo dije “tiene éste razón, vamos a hablar ya con esta gente, si me han de matar que lo hagan rápido. Y si no, pues me salvo”. Y aquí estamos… Me la jugué toda, hermano. El problema, para ellos, era que tú tarde o temprano ibas a querer vengar a tu padre. Por eso te perdonaron a cambio de dejarte sin plata y que te fueras del país. –Claro, porque culturalmente en Colombia siempre ha sido así. El hijo tiene que llevar adelante la venganza, salir a matar a todo el mundo que tuvo que ver con la muerte del padre. Pero en este caso la historia la escribimos al revés, hermano: en vez de salir a matarlos a todos, salí a hablar con todos, a hacer la paz con todos, y con todos me llevo bien. No hay rencor, y tampoco me vendí. Nunca tuve que vender a mi padre y nunca lo haría, lo defendería también con mi vida. Pero creo que también valoran y respetan eso, porque en el resto de la familia todos estuvieron dispuestos a venderlo y entregarlo. En todo caso, cuando matan a Pablo Escobar tu primera reacción fue prometer venganza por los medios. ¿La decisión de no vengarte la tomaste antes de ir a hablar a Cali o después? –No, yo me retracté de la amenaza diez minutos después de que la hice. Además, esta fue una periodista que me llamó y nunca me informó que me estaba grabando, siendo que en Colombia no puedes grabar a un menor de edad sin el consentimiento de sus padres y del menor. Eso no me exculpa de mis dichos, pero muestra la mala intención de esta señora. Esos cinco segundos de amenazas me han hecho mucho daño, me han hecho pagar un exilio muy largo que todavía sigo pagando. Pero yo me demoré diez minutos en llamar a los medios y decir “me equivoqué, reaccioné en caliente como lo haría cualquiera”. Lo que pasa es si vos dices “los voy a matar a todos” no es lo mismo a que lo diga el hijo de Pablo Escobar. A mí me podían tomar un poquito más en serio, y eso es lo que no calculé. Después vino tu reinserción en el mundo legal, en Argentina, y llega a dar pena la torpeza de tu familia para moverse en ese mundo. En la mafia se las sabían todas y ahora hasta el contador más ordinario se daba el lujo de estafarlos. –Éramos experimentados marineros de altamar y nos ahogamos en un estanque. Pero eso fue algo bonito, lo tomamos para bien. Ante semejantes experiencias, o te pones a llorar y te suicidas o sales fortalecido, y a nosotros nos ayudó a agachar la cabeza, a entender la vida como es y no como el poder de mi padre nos había hecho creer que era. Nos permitió reinventarnos en todos los sentidos. Ya soplan otros vientos. Le dedicas este último libro a tu hijo, después de que habías decidido no traer al mundo nietos de Pablo Escobar. Y se te lee muy orgulloso de ser alguien respetable para el mundo de la ley, de haber llegado a hablar en la ONU. –Bueno, sí. Y aunque no las publico, tengo muchas fotos con policías. Vos ves una foto de esas y dirías “lo tienen detenido”, pero me las piden ellos, porque valoran la actitud que elegí tomar frente a la vida. Y así con todo tipo de autoridades: policías, militares, políticos… No me pasa esto en Colombia, ojo, me pasa en todas partes del mundo menos en Colombia. Pero en general son muy positivos los comentarios, hasta de los bandidos que se acercan. ¿En tus conferencias? –Sí. En todas mis conferencias se acercan mil personas para una foto, y cada uno mientras se toma la foto te cuenta su historia: “que yo hacía esto”, “que mi papá es alcohólico”. Y no falta el bandido que aparece ahí, a saludar o a buscar su foto. Y a pesar de dedicarse a lo que se dedicaba mi padre, entienden el mensaje y agradecen que uno se atreva a compartirlo. ¿Qué te pareció el triunfo del No en el plebiscito para firmar la paz con las FARC? –La verdad, es una locura ver cómo 50 mil colombianos decidieron que era mejor seguir matándonos por los próximos 50 años. Y mira la paradoja: los que más violencia sufrimos, incluyendo a las víctimas más sufridas, en general somos los más dispuestos a hablar del diálogo y de la reconciliación. Los que la sufrieron desde el escritorio son los que quieren que nos sigamos matando. Dicen que no se puede hacer concesiones. –Para tener paz hay que negociarla, y negociar implica ceder, nos guste o no. Si no, no hay paz. Y si no hay paz, hay exterminio, así de simple. Y ojo, las FARC no son el único actor de este conflicto. Hay otros grupos con los que también hay que hacer la paz, para que verdaderamente la conozcamos por primera vez.

  • 'Sergio Larraín. La foto perdida' de Catalina Mena entre los mejores 20 libros del año A&L

    Lee la nota completa en Litoralpress | Artes y Letras Reseñas Con los años, Sergio Larraín no sólo se ha convertido en un fotógrafo esencial en la historia del arte chileno, sino también en un enigma envuelto en varias capas de leyendas. De la glamorosa agencia Magnum a la reclusión en el Valle de Limarí, su biografía aparece en este libro como un eco hecho de rumores familiares que la autora desmonta con sutileza y convicción. Sobrina de Larraín, Catalina Mena documenta la genial trayectoria del artista, ala vez que narra un tránsito íntimo que lo llevó a romper con su círculo social y buscar en la meditación una forma de vida alternativa. Que Mena también diseccione su obra con ojo crítico le suma densidad y valor al libro. Más aun, según el crítico Pedro Gandolfo, esta biografía también es *una de las aproximaciones literarias más agudas y complejas a la élite social chilena". LITORALPRESS SERGIO LARRAÍN, LA FOTO PERDIDA Catalina Mena. Ediciones UDP, 152 páginas, $14.000. BIOGRAFÍA

  • Daniel Mansuy conversa con Catalina Mena sobre su libro 'Sergio Larraín. La foto perdida'

    Puedes escuchar la entrevista aquí | Tele13 Radio En una nuevo episodio de Réplica, Daniel Mansuy conversa con la periodista Catalina Mena sobre su libro “Sergio Larraín. La Foto Perdida”, publicado este año por Ediciones UDP. Según cuenta la crítica de arte, la obra es una biografía creada a través de los ecos de relatos familiares que escuchó desde su infancia de aquel distante tío, con el que casi no tuvo contacto, y que es considerado como uno de los fotógrafos más importantes de Chile. Sergio Larraín - La foto perdida Catalina Mena Ediciones UDP 2021

  • La insignificancia genética

    Steven Pinker hablando de las jerarquías de dominio en la naturaleza, hace notar que en EEUU la mayoría de los móviles de los homicidios no son el robo ni el tráfico de drogas, sino los llamados "altercados de origen relativamente tribal: un insulto, la ofensa, un simple empujón". Por ejemplo, dos jóvenes se pelean por quien usará la mesa de pool primero, se insultan y se empujan, uno sale gritando y llega con un arma (no se imaginan cuanto vi repetida esta escena en mi niñez) La explicación de este fenómeno la dan los psicólogos evolucionistas Margo Wilson y Martin Daly en su libro titulado precisamente Homicidio. En la mayoría de los medios sociales, la reputación de un hombre depende en parte del mantenimiento de una amenaza creíble de violencia y esta se asocia en primera instancia a personas desposeídas de cualquier poder social. "Los hombres atraen a las mujeres por su riqueza y prestigio social -escribe Pinker—, por tanto si un hombre carece de lo uno y lo otro y no tiene modo de conseguirlo se halla en un camino sin salida que conduce a la insignificancia genética. Al igual que sucede con las aves que se adentra en territorio peligroso cuando están apunto de morir por inanición, un hombre que no está casado y no tiene un futuro estará dispuesto a asumir cualquier riesgo." Que la violencia este asociada a la gente de los suburbios, que no tiene nada más que un estatus forjado a punta de garrote y a los lugares donde el Estado no brinda su protección consensuada, es casi la norma, esto no quiere decir que en el ámbito universitario, más culto, no se produzcan luchas jerárquicas a nivel simbólico para preservar el estatus. En el mundo académico también hay duelo de navajas, por ejemplo en un congreso la pregunta picante, la réplica, la ofensa moral, la ironía. Una tarde de 1946, en el Cambridge Moral Science Club, se reunieron por primera y última vez tres eminencias de la filosofía del circuito. Popper, Russell y Wittgenstein, este último como presidente del club y estrella de la filosofía del momento. Cuando Popper empezó a lanzar sus ácidas críticas a su extraño colega, que se proponía repensar lo que era filosofía y lo que no, Wittgenstein comenzó a subir el tono y a mover el fierro atizador de la chimenea del lugar. Entre más mordaz la crítica del joven Popper, el atizador de Ludwing se alzaba temerariamente. Cuando surgió una pregunta sobre la consideración que merecía la ética, Wittgenstein (que decía que de Ética no se podía hablar sin caer en la falta de sentido) retó a Popper a que pusiera un ejemplo de principio moral. La respuesta de Popper fue: "No amenazar con un atizador a los profesores visitantes". Wittgenstein tiró el fierro y se retiró indignado. El animal hombre necesita estar en la cima, obtener reputación, ya sea disputando una mesa de pool en una población o una idea filosófica en una universidad. Alguien puede ofenderse por una tontera pero el ofenderse mismo no es una tontera, es un mecanismo evolutivo que dice: tu patrón genético esta perdiendo terreno. De ahí que las peleas de flaites sean del mismo origen que las peleas de poetas. Está en su naturaleza. Y en el fondo, bien el fondo, el móvil de esta disputada reputación, es simplemente estar a salvo de la insignificancia genética. El animal hombre quiere reproducirse siempre.

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