top of page

Resultados de la búsqueda

Search this site

Se encontraron 1250 resultados sin ingresar un término de búsqueda

  • Consideraciones sobre la inactividad *

    *Extracto de Vida contemplativa (Taurus), el libro más reciente del filósofo alemán-surcoreano Byung-Chul Han. Nos estamos asemejando cada vez más a esas personas activas que «ruedan como rueda la piedra, conforme a la estupidez de la mecánica». Dado que solo percibimos la vida en términos de trabajo y de rendimiento, interpretamos la inactividad como un déficit que ha de ser remediado cuanto antes. La existencia humana en conjunto está siendo absorbida por la actividad. Como consecuencia de ello, es posible explotarla. Vamos perdiendo el sentido para la inactividad, la cual no implica una incapacidad para la actividad, o su rechazo, o su mera ausencia, sino que constituye una capacidad autónoma. La inactividad tiene su lógica propia, su propio lenguaje, su propia temporalidad, su propia arquitectura, su propio esplendor, incluso su propia magia. No es una forma de debilidad, ni una falta, sino una forma de intensidad que, sin embargo, no es percibida ni reconocida en nuestra sociedad de la actividad y el rendimiento. No estamos accediendo ni a los dominios de la inactividad ni a sus riquezas. La inactividad es una forma de esplendor de la existencia humana. Hoy se ha ido difuminando hasta volverse una forma vacía de actividad. En las relaciones de producción capitalistas, la inactividad regresa como un afuera cerrado. La llamamos «tiempo libre». Dado que este es útil para el descanso del trabajo, permanece presa de su lógica. En cuanto derivado del trabajo, es un elemento funcional en el seno de la producción. Con ello se hace desaparecer el tiempo realmente libre, que no pertenece al orden del trabajo y la producción. Ya no conocemos aquel reposo sagrado y festivo que «reúne intensidad vital y contemplación y que incluso es capaz de reunirlas cuando la intensidad vital llega al desenfreno». El «tiempo libre» carece tanto de la intensidad vital como de la contemplación. Es un tiempo que matamos para impedir que surja el tedio. No es un tiempo realmente libre, vivo, sino un tiempo muerto. Una vida intensa hoy implica, sobre todo, más rendimiento o más consumo. Hemos olvidado que la inactividad, que no produce nada, constituye una forma intensa y esplendorosa de la vida. A la obligación de trabajar y rendir se le debe contraponer una política de la inactividad que sea capaz de producir un tiempo verdaderamente libre. La inactividad forma lo humanum. Lo que vuelve auténticamente humano al hacer es la cuota de inactividad que haya en él. Sin un momento de vacilación o de interrupción, la acción [Handeln] se rebaja a ciega acción [Aktion] y reacción. Sin calma, se produce una nueva barbarie. El callar le da profundidad al habla. Sin silencio no hay música, sino nada más que ruido y alboroto. El juego es la esencia de la belleza. Allí donde solo reina el esquema de estímulo y reacción, necesidad y satisfacción, problema y solución, propósito y acción, la vida degenera en supervivencia, en desnuda vida animal. La vida solo recibe su resplandor de la inactividad. Si se nos pierde la inactividad en cuanto capacidad, nos pareceremos a una máquina que solo tiene que funcionar. La verdadera vida comienza en el momento en que termina la preocupación por la supervivencia, la urgencia de la pura vida. El fin último de los esfuerzos humanos es la inactividad. La acción es constitutiva de la historia, sin duda, pero no es una fuerza formadora de cultura. El origen de la cultura no es la guerra, sino la fiesta; no es el arma, sino el adorno. La historia y la cultura no son coincidentes. La cultura no se forma con caminos que van directos hacia la meta, sino por digresiones, por excesos y desvíos. La esencia de la cultura es ornamental. Tiene su sede por fuera de la funcionalidad y de la utilidad. Con lo ornamental, que se emancipa de toda meta y todo uso, la vida insiste en que es más que la supervivencia. La vida recibe su resplandor divino de aquella decoración absoluta que no adorna nada: «Que el [B]arroco sea decorativo no lo dice todo. Es decorazione assoluta, como si esta se hubiera emancipado de todo fin, incluso del teatral, y desarrollado su propia ley formal. La decoración absoluta ya no adorna nada, sino que no es nada más que adorno». En el sabbat toda actividad debe reposar. No está permitido proseguir con ningún negocio. La inactividad y la suspensión de la economía son esenciales para la fiesta del sabbat. El capitalismo, por el contrario, transforma incluso la fiesta en mercancía. La fiesta se transforma en eventos y espectáculos. Carecen del reposo contemplativo. En cuanto formas de consumo de la fiesta, no establecen una comunidad. En su ensayo La sociedad del espectáculo, Guy Debord describe el presente como una época sin fiestas: «Esta época, que exhibe ante sí misma su tiempo como si fuera el retorno precipitado de una multitud de festividades, es también una época sin fiestas. Lo que en el tiempo cíclico era el momento de participación de una comunidad en la dilapidación lujuriosa de la vida, es imposible en una sociedad sin comunidad y sin lujo». La época sin fiestas es una época sin comunidad. Hoy se evoca por todas partes la community, pero esta es una forma mercantil de comunidad. No permite que surja ningún nosotros. El consumo desatado aísla y aleja a las personas. Los consumidores están solos. También la comunicación digital resulta ser una comunicación sin comunidad. Los medios sociales aceleran la desintegración de la comunidad. El capitalismo transforma el propio tiempo en una mercancía. Con lo cual, este pierde toda festividad. A propósito de la comercialización del tiempo, Debord señala que «la realidad del tiempo ha sido sustituida por la publicidad del tiempo». Junto con la comunidad, otro rasgo constitutivo de la fiesta es el lujo. Este último anula las limitaciones económicas. En su calidad de vivacidad reforzada, de intensidad, el lujo es un luxarse, es decir, un salirse, un desviarse de la necesidad y de las necesidades de la pura vida. El capitalismo, por el contrario, absolutiza la supervivencia. Y cuando la vida degenera en supervivencia, el lujo desaparece. Ni siquiera el más alto rendimiento llega hasta él. El trabajo y el rendimiento pertenecen al orden de la supervivencia. No existe una acción que tenga la forma del lujo, puesto que la acción se basa en una carencia. En el capitalismo incluso el lujo se consume: adopta la forma de una mercancía y pierde su carácter festivo y su resplandor. Byung-Chul Han Elogio de la inactividad Vida Contemplativa Byung-Chul Han Editorial Taurus 2023

  • Yo no fui

    Hace un tiempo leí un libro sobre las misiones suicidas de los musulmanes radicales. No son personas locas o deprimidas. De hecho los eligen muy bien, descartando alguna patología de ese estilo. Ningún soldado del estado islámico, si sobrevive o lo atrapan en flagrancia, niega su atentado, es más lo exhibe con orgullo. Solo en el occidente burgués predomina el "yo no fui" del extremista. La razón es simple. Estos últimos no creen en la vida tras la muerte. Hay que aprovechar como sea. A los musulmanes los espera un paraíso lleno de mujeres y vinos. Al extremista del sistema burgués el absurdo de la nada. En una conversación que se dio a mediados del siglo XIX, Blanc le dice a Herzen: “La vida es un gran deber social, el hombre debe constantemente sacrificarse por la sociedad. —¿Por qué? —pregunta Herzen —¿Cómo puede preguntar eso? Es claro que todo el propósito y toda la misión del hombre es el bienestar de la sociedad. Herzen no se convence y replica un poco irónico: "—¡Pero no lo alcanzaremos nunca si todos hacen sacrificios y nadie disfruta!." El musulmán puede disfrutar después de la bomba. Tiene otra vida. El extremista sumido en la mentalidad burguesa no. De ahí que se justifique siempre ese constante "yo no fui". No es un nihilista ruso, vive como en el cuerpo de Darth Vader, a mitad de ser un humano y una máquina. Y la parte humana le exige un asado más con los amigos, un fin de semana con los hijos. Solo el "yo no fui" lo salva del precipicio de la nada. Imaginen como reaccionaría un grupo de musulmanes radicales al ver que uno de su comando es liberado, y que declara al occidente burgués: "yo no he hecho nada, solo quiero disfrutar de mi familia y de la vida tranquila". ¡Cómo vas a disfrutar de este mundo indeseable negando la Yihad! Pero veo avanzar poco a poco un movimiento nihilista local, ya no en el cuño marxista latino (que siempre goza un poquito del mundo) sino en la oscura ecología antihumanista. Estos van a empezar a hacer atentados sin miedo a perder el goce. Van a renegar del "yo no fui" (ya han empezado a hacerlo con orgullo) y exhibirán como musulmanes desatados el reconocimiento de su obra al mundo. La única forma de generar escuela de una moral insurrecta en los niños es el autosacrificio. Los que disfrutan de este mundo no son ejemplos de nada. Toda la genialidad de la serie del Unabomber se concentra en el momento en el que el policía convence a Theodore Kaczynski que el "yo no fui", para su obra de arte ideológica, es totalmente pernicioso y absurdo.

  • La pareja que busca trabajo y el Dr. Williams

    Pensar en el invierno en pleno verano, en lo hermosas que se ven las santiaguinas en el Metro con esos abrigos, abatidas pero con ganas de llegar a casa y tomar un té con una tostada. Es invierno. Hay una pareja sentada en un banco. Están cada uno dándose calor y contención. Sus ropas son de segunda o prestadas. Se nota el enorme esmero y la actuación por parecer formales y buscar trabajo todo el día en lo que sea. Tal como en estos momentos, en donde escucho a la gente en el patio del edificio hablar de platas, de pegas. Las mujeres son siempre las que dimensionan el desastre. Hay una pareja. Mi pareja invernal está ahí, esmeradamente formal. Pero una mirada ligeramente detenida delata su condición de cuasi homeless, cierta ternura, cierta piedad. Y esa relación cercana a la libertad que sólo tienen los sin techo y que provoca la envidia de alguna gente. Quienes escriben poesía también padecen esa envidia, ese filisteísmo. Sobrevivir es difícil ante tanta celada, marginación y menosprecio. En cuando a los homeless también hay cierto miedo, porque –muchas veces, se sabe-- tarde o temprano te pueden cagar. Nadie conoce la ciudad y la noche como ellos. Bueno, sucede que no encontraron pega de nada, ni de copero, ni de conserje, ni en el aseo en los subterráneos. Muchos queremos eso, lavar wáteres y una especie de servicio militar, el milico interno lo pide. Y mandar a la cdsm definitivamente al bullicio, a la provincia con sus consentidos eternos, a la trampa, al cogoteo campante en el campo cultural. En tanto, las voces más afinadas de la poesía chilena recogen cosas de la feria cuando esta se va para hacer un potaje, comer algo. Santidad, ecología, ese vivir súper extremo en el que nos involucramos. Curioso es que algunes quieran pedir tarjeta para ese club. No existe tal cosa. Y el talento genuino desprecia el esmero premiado por el poder, aunque sean un par de delincuencillos menores en alguna institución estatal. No, nada tienen que ver con esa institucionalidad. Volvamos a la pareja. Quizás por ese olor a nomadía y esa aura principesca provocan odio. También tienen ese aspecto que avisa que se van a equivocar en algo, que no van a dar una buena imagen de la empresa, que no serán capaces de sostenerse en pie en ese trabajo porque no van a soportar una humillación, no van a transar. Eso provoca más envidia aún. Quizás son sólo pobres, pero todos lo somos. Es otra cosa la que hay en su aura. Se dice que serán inconstantes. Y ese prejuicio prolonga su vida cesante. Una marraqueta con mortadela lisa y un té en un vaso sintético y las caminatas los salvaron del frío santiaguino. No son de Santiago, deben ser de algún lugar cercano. Se quedaron en un asilo que recibe a los que están un pequeño paso más arriba de los homeless ya que tienen que pagar una suma casi simbólica por una pieza en donde las frazadas tienen un olor tóxico a desinfectante. Una especie de asilo temporal. En esos lugares abundan los tránsfugas que tienen algo en común con la pareja: intentan pasar por ciudadanos normales en tenida formal, pero al reparar un poco en su mirada o su ropa uno se da cuenta de que son de la calle. No le importan a nadie, así que a ellos tampoco les importa nada. La pareja sólo busca trabajo y hoy no lo encontró. Imaginé todo su día, todo ese día una novela extensa pero sólo me tocó una página: los vi en el momento en que estaban abatidos y se cobijaron el uno con el otro en un banco. Empezaba a hacer frío. Se quedaron abrazados así para siempre en mi memoria. Tendría que resucitar Miguel Ángel para congelarlos en mármol y dejarlos para siempre abrazados, ya libres de intentar sobrevivir o luchar por el pan. Eran una pareja feliz. Cuando el clima era más favorable, buscaban trabajo, duraban uno o dos meses, pero luego terminaban recorriendo la Quinta Normal o el Santa Lucía. Los santiaguinos no recuerdan lo hermoso que es ese cerro, sus caminos de adoquines, sus plazas, la vista de Santiago, sus sombras, sus komorebis, sus quioscos de niño feliz aunque de padres pobres. Ellos mismos pensaban eso con cada quiosco, cada paleta de caramelo, no tenían hijos. Pensaban tener un trabajo y un lugar donde vivir en Santiago, y no en una provincia en donde el trabajo haciendo de todo y a toda hora con los nuevos parceleros y sus vehículos desproporcionados no les agradaba. Cada vez que paso por ese lugar en el banco donde quedaron inmortalizados en mármol por, digamos, Miguel Ángel, veo el banco vacío y los recuerdo. Cómo logró el escultor italiano transmitir la dignidad de sus ropas de segunda en mármol, su abrigarse el uno con el otro en un perfecto equilibro abatido. Abatido pero sin grito de socorro. No les nace ese descontrol, ese quiebre estridente que rompería un equilibrio, el grito desconsolado de la quimera en el funeral, el caos. Su elegancia les prohíbe la queja. Además, nadie escucharía entre las cohortes de ángeles si gritaran, pero no por ceden a una desesperación evidente. Habían entrado a la iglesia a rezar a Santa Rita de Casia, y quizás ahí fue donde sus ángeles los abandonaron. Sus ángeles los abandonaron y se quedaron en la iglesia convertidos en el sonido aterrador y hermoso de un órgano a tubos, se quedaron dentro del sonido, habitando el sonido de ese órgano colosal que fue por un momento la música terrible de la pareja, no una música nupcial tenue sino la explosión del pathos, la única voz alta permitida, quizás la de lo que concebimos y nombramos como Dios. La pareja parece retratada por la tocata y fuga y luego esculpida en el banco en donde se refugiaban el uno en el otro. No, ellos no tienen ángeles, al parecer hasta los ángeles gentelindistas despreciaron a esta pareja y se quedaron leyendo a Rilke con café y pastelitos en el Tavelli, un boulevard provinciano en cuyas cercanías también buscaron trabajo pero sentían la mirada sobre sus ropas y gestos como un peso. Los de ese lugar los miraban con sospecha de robo o simplemente los miraban porque cambiaban la fisonomía del lugar. Cuando entendieron lo siguiente, se enamoraron, yo ahora recién comprendo: él es ángel de ella y ella ángel de él. La anterior prosa está basada en una escena vista, fui testigo de ese momento pero podría haberlo inventado porque suceden a cada rato cosas así. Además, cualquier persona con una mirada medianamente sensible y adiestrada a mirar sin agredir, ve esas escenas. Me pareció que la cultura alta tenía que estar ahí, no es una ninguna tilingada lo de poner a Miguel Ángel retratando a dos personas en situación de calle que resisten y sobreviven pesar de todo. Pero esta misma escena habría sido solucionada por William Carlos Williams con cinco o siete versos de muy pocas sílabas cada uno, quizás. Un poeta expresionista y barroco no habría reparado en la escena. A los poetas barrocos les gusta el oro y la exuberancia, los caireles de una lámpara y el habla desbordante del barroco no rima con nuestros modelos. No los habrían visto y no les gustan los pobres. William Carlos Wiliams tenía sentido de la medida, no impostaba voz de barítono ni gritaba ni performeaba ni meaba como profeta de barrio hípster. Hay quien afirma que Williams concibe el poema como un diseño. El poema debe lucir natural aunque haya trabajo en sus bambalinas. Pero, se pregunta el lector, ¿por qué esta escena proletaria es un poema? ¿Qué los distingue del habla normal? Pues nada, un pacto distinto con el tiempo, el mismo pacto con el tiempo que tiene la pareja pobre. La frase “el empleo del tiempo” tiene, al menos tres lecturas (tres marcadores de frase, tres árboles o arañas distintos). Pero para eso el lector también debe establecer un pacto y aceptar las siguientes escenas como poemas: en un paradero de micro una anciana se saca la piedra de un zapato y se lo vuelve a poner. Eso es todo. Quizás alguien habría ocupado una página de prosa para decir lo mismo. O una anciana también en un paradero (oye, qué onda Williams con los paraderos de micro; no sé, me imagino que son estaciones, cobijos, tambos, lugares de exposición a la impunidad de la mirada) abre una bolsa y saborea unas ciruelas con mucho placer. A ella le gustan mucho (lo repite tres veces, encabalgando la frase) Eso es todo, el Dr. Williams presenta y no da ningún juicio. La influencia del Doctor se convirtió en un tic explotado hasta reventarlo. Páginas y ladrillos de situaciones cotidianas con supuesto sabor a haikú o a retrato proletario que nunca debieron salir de la cajonera. Yo, sin embargo, sigo pensando en mi pareja ¿Dónde estarán? ¿Seguirán juntos? ¿Seguirán vivos? Germán Carrasco

  • Cuando Ratzinger olvidó a Hipatia

    El miércoles 3 de octubre de 2007, en una audiencia general, Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, recordó y elogió al santo y «doctor de la Iglesia» Cirilo de Alejandría. «También hoy, continuando nuestro camino siguiendo las huellas de los Padres de la Iglesia, nos encontramos con una gran figura: san Cirilo de Alejandría. Vinculado a la controversia cristológica que llevó al concilio de Éfeso del año 431 y último representante de relieve de la tradición alejandrina, san Cirilo fue definido más tarde en el Oriente griego como “custodio de la exactitud” —que quiere decir custodio de la verdadera fe— e incluso como “sello de los Padres”», dijo el entonces monarca católico. «San Cirilo de Alejandría fue un incansable y firme testigo de Jesucristo». Nacido el año 370 o 373, y muerto en 444, Cirilo también fue quien ordenó el secuestro, tortura y masacre de la filósofa Hipatia, el año 415. Eso no lo dijo Ratzinger. Según cuenta Sócrates el Escolástico —un historiador griego del siglo IV—, Hipatia era hija del filósofo Teón y se formó en las ideas de Platón y Plotino, o sea, en el neoplatonismo. Tal era su sabiduría y elocuencia que incluso llegaban personas de fuera de Alejandría para oírla, «consiguió tales logros en literatura y ciencia que sobrepasó a todos los filósofos de su propio tiempo», cuenta Sócrates. «Como muestra del dominio de sí misma y la sencillez de maneras que adquirió como consecuencia de cultivar su mente, solía no poco frecuentemente aparecer en público frente a los magistrados. Nunca se sintió intimidada por acudir a una asamblea de hombres. A causa de su extraordinaria dignidad y virtud, todos los hombres la admiraban sobremanera». Esa figuración la hizo enredarse en «las intrigas políticas» de Alejandría, en particular en la disputa de poder entre Orestes, el prefecto imperial de la ciudad, y Cirilo, el patriarca cristiano. La disputa entre ambas autoridades incluye asesinatos y saqueos; el propio Orestes fue apedreado y, en represalia, ordenó que se apresara y se torturara al monje responsable del ataque. Hipatia, que nada tenía que ver con el asunto, pero cuya inteligencia y carisma causaban resquemores entre los cristianos, pagó con su cuerpo las luchas de poder. «Como tenía frecuentes entrevistas con Orestes —cuenta Sócrates—, fue proclamado calumniosamente que ella era la responsable de que Orestes no se entendiera con el obispo [Cirilo]. Algunos de ellos [los cristianos], formando parte de una fiera y fanática turba cuyo líder era un tal Pedro, la vigilaron mientras regresaba a su casa. La sacaron de su carruaje y la arrastraron hasta la iglesia llamada Cesarión, donde la desnudaron y la asesinaron con fragmentos de cerámica [o sea, la cortaron hasta matarla]. Después de descuartizarla, llevaron sus restos a un lugar llamado Cinaron, y allí los quemaron. Este asunto dejó caer el mayor de los oprobios, no sólo sobre Cirilo, sino sobre toda la iglesia de Alejandría». La historia de Hipatia la recuperó el director chileno-español Alejandro Amenábar en la película Ágora, de 2009, con Rachel Weisz en el papel de la filósofa. Creo que fue la primera vez que oí de esta mártir del conocimiento. Volví a encontrarme con ella diez años después, esta vez en un libro de Michel Onfray, Decadencia. Vida y muerte del judeocristianismo. El francés cuenta que para Hipatia, al igual que para todos los filósofos de la época, la filosofía no era pura teoría, sino «una invitación a llevar una vida filosófica». Hipatia también cultivó la astronomía y las matemáticas y fue diseñadora de instrumentos de navegación. Como en la filosofía, su acercamiento a las matemáticas también era práctico —moral y político—, pues creía que su dominio «aseguraba una verdadera sabiduría que abría la posibilidad de ejercer el poder», escribe Onfray. No extraña, entonces, que se involucrara en los asuntos públicos, terreno vedado por entonces a las mujeres. No extraña, tampoco, que Ratzinger omitiera esa parte fea de la vida de aquel «custodio de la exactitud»; la iglesia católica suele hacerlo, ocultar sus crímenes, el propio Ratzinger enfrentaba en Alemania un juicio por encubrimiento de abusos sexuales contra decenas de niños. ¿Qué significa el olvido de Hipatia? ¿También es un encubrimiento? Y si lo es, ¿qué se encubre? ¿El crimen de Cirilo? Puede ser, pero es poco probable, porque basta con googlear para descubrirlo. ¿Qué, entonces? No sé. Tal vez esta anécdota dé pistas, y si no, igual vale contarla: un día, en una clase, imaginemos que mientras hablaba de Platón, un alumno le declaró su amor a Hipatia. Ella respondió al inflamado estudiante entregándole un paño, quizás el que usaba entre las piernas, manchado con la sangre de su menstruación. ¿Qué quiso enseñarle?, ¿qué descubrió ese joven?

  • Lo que veo para el 2023

    En el lenguaje tradicional del Tarot, que tiene al menos siete siglos, el 2023 habla de una necesaria integración entre lo femenino y lo masculino, como sensibilidades complementarias en cada persona, pero también como necesidad de un nuevo pacto afectivo: amor por la mezcla y lo heterogéneo. El 2023 es un año que requerirá hacerle caso a la intuición: lo que dicen las tripas, eso es. En esta tirada la carta de El Mundo se ha reiterado. Es la carta más auspiciosa del Tarot, la que refiere a la totalidad integrada. El 2023 viene difícil y el egoísmo ya no sirve. Se requerirá de acciones decididas y eficaces, realizadas en colaboración generosa con los demás. En el centro de esta carta está el símbolo de lo femenino elevado: sus pies levantan el polvo de la Historia. Son los seres que portan capacidad de intuición y cuidado. Los sufíes los llamaban qutubs, o los “pilares de una época”. Muchos se asustan cuando aparece El Diablo pero en el Tarot el aspecto negativo de esta figura no existe. No olvidemos que Lucifer significa “portador de la luz”. En la tradición cristiana, Lucifer representa al ángel caído, ejemplo de belleza e inteligencia a quien la soberbia le hizo perder su posición en el cielo, transformándose en Satanás (Isaías 14). En su cabeza El Diablo lleva un tocado con antenas, indicando un vínculo con lo que sobrepasa al intelecto. El diablo llama a combinar lo intelectual, lo espiritual y lo emocional: otra vez se trata de integrar. Es también la figura de la hibridación, símbolo hermafrodita, pues tiene senos de mujer y genitales masculinos. El 2023 requerirá las artes de El Mago, la tercera carta de esta tirada. La forma de su sombrero evoca el símbolo del infinito, que es una mezcla de incertidumbre y esperanza. Todo es posible todavía, pero nadie puede predecir cómo evolucionarán las cosas. En su mano izquierda el mago porta una vara que, nuevamente, simboliza el poder de la intuición. Aplicaos, 2023 dependerá de vosotros.

  • Escribir desde el arte - por Catalina Mena

    Estos talleres tratan de disparar una escritura desde el Arte ("desde", porque el Arte puede también ser un pretexto). 2 talleres breves de 3 sesiones cada uno en enero. Esta vez en formato on-line. Los días lunes 16, 23 y 30 de enero y los martes 17, 24 y 31 de enero. Abierto a todxs quienes quieran participar. No necesita saber nada de Arte, tampoco haber escrito antes. Interesadxs pueden escribir a info@barbarie.cl Las sesiones son de 7 a 9 pm. Valor: $60.000

  • Sonrisas telefónicas

    Sonrisas telefónicas Estoy comiendo papas fritas plásticas con sabor artificial a crema y ciboulette, mientras espero como puta parada en la esquina a que me llegue un cliente. Soy una mala suerte de puta moderna: vendo mi tiempo sentada en un cubículo de varios computadores conectados a Internet, las pantallas siseando y sillas deformes de tanto uso. En el día tengo dos breaks ratones de 15 minutos, media hora de almuerzo y esa luz mierdosa sobre mis ojos, que me hacen encandilar y tropezar cuando salgo al exterior. Topo humano, todo el día, de 11 de la mañana a 9 de la noche. Puta topo humano, vendiendo mi tiempo y energía por un poco más del sueldo mínimo, lo suficiente como para pagar mis medicamentos, cigarrillos y una que otra salida en los pocos días libres que tengo. Esclava del horario generado por un programa, 6x1, 5x2. Seis días de trabajo, uno de descanso. Cinco días de trabajo, dos de descanso. Descanso que no es tanto, que es para escapar con el humo del verde que me hace reír un poco entre tanta mierda. Manos aceitosas de aceite hidrogenado con sal y sulfitos, manos brillosas y el trasero cuadrado de tanto estar sentada. Me llevo un buen trago de papas fritas en la mano, abro la boca y engullo como el Lobo Feroz a la Caperucita Roja. Engullo un puñado de papas que parecen hojas secas entre mis dedos. La sal hace brillar mis dedos. Mi piel tiene el brillo del hidrogenado. El resto de la manada sigue en sus cubículos, viendo YouTube o una serie de moda. Yo miro fijo a la pantalla, deseando ser tragada por ella y empujada por el museo hasta el mar. El mar. Tiempo sin verte. Plata, dinerosh, trabajos mal pagos, dolor de orejas por las mascarillas, los ojos rojos por dormir y levantarse, aunque lo que deseas es seguir en cama, soñando con el mar y despertar en la ciudad. Micros, metro, subir y bajas escaleras con las manos congeladas metidas en los bolsillos. Cargar la Bip, pasar la Bip por el validador, $720 por viaje en horario valle, ni hablar del horario punta cuando pagas $800 y fracción por ir atrapada en un vagón con más personas que el máximo, haciendo piruetas de yoga para entrar y mantener la respiración apretada hasta la próxima estación. Me duelen las orejas, me duele el orgullo, me duele sentirme tan bien en soledad. Me duele no ser como el resto, que tiene sus parejas, amantes, amigues con ventaja, hijos, perro, gato, plantas, plata. Y que están agotadas y felices, con una cama de dos plazas y scaldasonno prendido cuando llega la noche. Me alegra estar sola, escuchar mis vinilos mientras juego después de fumar verde en la impunidad de mi pieza. Me alegra no tener hijos, no tener tantas responsabilidades, tener una cama de plaza y media donde entro yo y solo yo, donde puedo relajarme tirándome un pedito solitario, donde puedo rascarme sin tener que esconderme, donde duermo con calcetines de polar de colores fuertes con dibujos de patitos amarillos. No tener la obligación de llamar a otro, donde no recibo miradas y mi cama me ama y amo mi cama. Sigo en el trabajo y he botado a la basura la bolsa vacía de papas fritas. Compré una bolsa enorme y le he convidado a mis compañeros de trabajo, esclavos igual que yo que a esta hora grata charlan de sus respectivos divorcios, sus hijos que no ven a su padre, pensiones alimenticias y demandas, chimuchinas de oficina regular y yo aquí, estirando las piernas en las horas extras de un viernes. Voy a hacer un Cenicienta: salgo a las 12 en punto de la noche. Nos llevaran en van a casa, llegaremos tarde, tomaremos un café, comeremos un pan con mortadela y queso, nos fumaremos un cigarro en el baño y después al piyama porque mañana parte todo de nuevo y hay que levantarse, ir al baño y todo eso de todos los días camino a la oficina. Y soñaremos con el mar, con viajes al Caribe, algunos conque el papito corazón pague la pensión alimenticia y todo eso que conlleva la doméstica felicidad de la pequeña clase media chilena. O clase baja aspirando a ser media, con departamentos enanos en La Florida o en Maipú o en cualquier parte menos Providencia o el barrio alto, porque el sueldo de call center aspira a mucho y alcanza a poco: a lo más dos días con efectivo y el resto estirando el chicle, mascando arroz con huevo y vienesa industrial marca PF. No digo que PF sea malo a todo esto, solo digo que cuando uno compra vienesa de kilo no es la misma calidad que comprar en un lindo localcito de Lastarria que trae la real mortadela de Italia. A veces la clase mía parte a esos lados de paseo, pi pi pi, en una micro vieja, pi pi pi, tomando el metro lleno, pi pi pi, pagando tres veces el precio de un servicio porque está en Bellas, pi pi pi. Y tomando selfies y fotos que sube a Instagram para recordar la felicidad de tener cash en la billetera, de pagar y dejar propina del 30 % a la garzona que te guiñó el ojo, pi pi pi. Y a veces compra todo en el Erbi porque es más barato y son las mismas huevadas que en el Jumbo te da más y te cobra más, pi pi pi, pero cuando hay que rascar el tarro de monedas para cargar la puta Bip es otra cosa mariposa. Sábado, 22:36 pm Modo Cenicienta. Termino turno a las 12:00, después marco la salida en el primer piso y tomo la van que me dejara en casa. Hay pocas llamadas y ahora que lo pienso, este segundo piso parece una ratonera humana: una entrada, una salida, escaleras y aire acondicionado que te hace cagar de calor cuando afuera está rico y cagarte de frío en la noche. Es una ratonera, sí. Todos abrigados, en su cubículo blanco con azul y la pantalla reventando los ojos. La mascarilla de rigor hace que dé más sueño de lo habitual, el hecho de estar sentada sin mucho por hacer y los restos de la bolsa de Doritos tamaño familiar en la esquina. Hoy fueron Doritos, galletas y una Pepsi Zero de litro y medio. Uno parece cabro chico con tanto dulce, con tanta sal entre los dedos y el piso asqueroso de restos de migas de galletas y Doritos. El sueño acumulado, las ganas de estar en cama, modo pijamas con el scaldasonno prendido en nivel 2. En uno de los breaks llame a un amigo: iba camino a un cumpleaños. Que ganas de no estar acá, que ganas de ser dueña de mi tiempo pero como buena puta del sistema, vendo mi tiempo útil atendiendo llamadas de personas que no están contentas con el servicio. Me hago lo más fuerte y amable posible: me obligo a sonreír debajo de la mascarilla. Jueves, 11 pm Ha renunciado mucha gente del equipo, así que nos están pidiendo horas extras. Entraba a las 11 am y salía a las 7 pm (lo que es una excelente cantidad de horas) pero como la última semana se han ido 6 u 9 personas de un equipo de 15, están desesperados por alguien que atienda el turno de medianoche. Así la cosa, salgo a las 12. Entré a las 11 am: una maravilla del sistema, que acoge a unos y aplasta a otros. Ya son las 11 pm y estoy agotada. La luz artificial, la pantalla frente a los ojos, las orejas con la mascarilla K95 apretando la piel como si fuera una hoja de afeitar, los pies algo hinchados de tanto sodio y Pepsi Zero todo el día. Tengo sueño. Tal vez me haga otro café plástico con agua tibia de la máquina enfriadora/calentadora, que nunca es igual al agua hervida. Es un café engendro bastardo, en el que el Nescafé de Nestlé está tibio y uno aun así, se lo toma, porque la máquina del pasillo vale $400 el vasito. Y uno a veces quiere ser menos rata, pero si tomas los pinches $400 y los multiplicas por el café que tomas en el día, hace doler el orgullo. Así que acepto con humildad y rencor el café helado, pensando que pronto llegare a casa a ponerme pijamas y acostarme en mi cama caliente por el scaldasonno. Está jodida la cosa. Si lo vemos desde fuera, estamos mejor que Ucrania, sin duda. Pero ver tanto cabro chico embalsamándose en el sistema del trabajo, escuchando su puto reggaetón a todo chancho y pensando en que a fin de mes se van a comprar un par de pantallas de PC de última generación en vez de, no sé, ahorrar o viajar o estudiar o carretear o disfrutar o escribir o pintar o lo que sea que se te pare en gana, es triste. Yo veo algunos que estudian y trabajan y se sacan la cresta porque creen firmemente que el cartoncito les solucionará la vida. Y no, no suele ser así la cosa. El cartoncito suele quedar guardado en alguna carpeta y en alguna ocasión, se viste de gala de vidrio y masilla al encuadrarse para quedar instalado en el living comedor junto con las fotos escolares y los peluches de los niños. Es rico estudiar. La Universidad parece infinita en su momento pero luego no te das ni cuenta y todos tus amigos están bien instalados en sus vidas, con sus parejas, matrimonios y un departamento hermoso con hipotecario a 40 años. Y una ahí, adolescente, compartiendo casa con la familia y trabajando en una pega de adolescentes, siendo la más grande y regia de todos, pero también un poco cansada de tanto esperar a que las cosas por alguna vez resultan. Se acaba de caer el sistema principal, que horror. Lo bueno es que nadie llama a esta hora. 23:27 pm, qué sueño, bostezo bajo la mascarilla. Tal vez un cigarrillo. Uno solo. Preguntarle a mi supervisor de 22 años si puedo ir afuera por 5 minutos resulta tan extraño. Es como, no sé cómo explicarlo. Déjame intentar. Mi supervisor usa ropa con las colores del arcoíris, con frases como love is love ahora que ser LGBTI+ está de moda. Pero yo estuve ahí, yo sé lo que es andar con miedo por la calle. Con el miedo que un grupo de nazis baratos te agarren y te hagan mierda. Cierto, nunca pasé por eso. Siempre he andado a la defensiva y nunca me ha pasado nada. Pero a otres les ha pasado. Y sigue pasando. Y mi supervisor usa los colores del arcoíris porque está de moda o es un puto revival de los 90. Faltan 20 minutos para las 12. La sala de computación está con la ventilación prendida, hace algo de frio y me puse la chaqueta. Salí a fumar un cigarrillo y volví. Afuera frío, adentro las maquinas encendidas permanente y un horrible reguetón sonando de fondo. Se escuchan los murmullos de las conversaciones y uno se entera de muchas cosas sin desearlo. A las 12 están todos con las mochilas listas para salir y no falta la llamada odiosa que cae a las 11:58 y que se extiende por 15 minutos. A las 12 en punto parece Año Nuevo: tres, dos, uno, cerrar sistemas y ponerse el bolso al hombro para partir a la van que nos lleva a casa y que casi siempre necesita una buena limpieza. O al menos una pasadita de aspiradora. O una higienización, si hemos de ser correctos. Los asientos húmedos de la van, el olor a encierro y el tío que la conduce como una serpiente arrepentida por la ciudad a oscuras mientras el tío de la van se toma una Coca cola con azúcar mientras rogamos por llegar sanos y salvos a la cama scaldasomneada. Viernes, 22:22 pm Hoy ha sido un día largo en la pega. Muchas incidencias, muchas llamadas pero ahora dejaron de llamar y mi vecina de cubículo está viendo videos en Tik Tok mientras yo trato de no quedarme dormida, arrollada por el zumbido incesante de los equipos y el aire acondicionado. Salgo a las 12, querida Cenicienta, y no hay hada madrina ni príncipe azul en este cuento. A lo más hay una que otra pregunta en el chat del grupo y una que otra persona atendiendo a alguien que se quedó sin Internet en su casa a esta hora non grata. Llovió esta mañana. Mucho. Así que salí con mis bonitas botitas de goma y enfrenté al frío. La mascarilla hace que dé más sueño que el habitual y los pocos tecleos hacen un zum zum que invita a recostarse en el cubículo. Estuve de cumpleaños hace poco. Mis compañeros de pega me dejaron el escritorio lleno de dulces y globos y doritos y fue really nice. Me sentía como la Bolocco recibiendo la corona, con las manos cubriendo la mascarilla y mi sonrisa embobada mientras todos cantaban cumpleaños feliz. El globo que dice “Feliz cumpleaños a ti” en rosa, dorado y blanco decora mi cubículo. Me da energía para seguir cuando dan ganas de mandar todo a la real mierda. 22:50. Estoy pensando en levantar mi culo aplastado e ir por un café. Mis piernas quedan flotando en la silla y siento como se hinchan mis pies en las botas de goma. La calefacción es como un Scaldasonno que invita a recostarse y descansar. “Me quiero ir2, me dice mi compañera. “Yo también”, respondo. “¿Quieres un café?”, ofrezco. “Ya”. “Voy por dos”. Viernes, 23:00 Estoy en teletrabajo, al lado de la estufa y casi no caen llamadas. Tengo un café en el escritorio, un vaso con Coca Zero y mis cigarrillos. Hace frío pero al menos ya dejó de llover en exceso. Los vecinos tienen un carrete piola en su casa y a través de la pared escucho sus risas ebrias de sociedad. Estoy hasta las 12, Cenicienta y la verdad, extraño mi cama. En el servicio somos 3 personas ahora y yo soy la única que está en casa. Ellos van a tener que hacer el viaje en van a las 12 pasaditas, Cenicientes y yo acá, viendo el living y comedor vacíos. Mi familia está durmiendo y yo aquí, en vigilia por si algún desubicado llama al servicio. Nunca se sabe Me ofrecieron un trabajo en mi área. Más lucas, más responsabilidades, más salir de casa todos los días. No es malo. Lo único lata es que vivo lejos lejos, donde cagan los conejos y cada noche suenan fuegos artificiales u otras cosas que la verdad, me da lata comentar. Nunca pensé vivir acá. Antes vivía en un barrio pro, con un sueldo que me permitía llegar apenas a fin de mes, pero con depa propio y libertad y todas esas cosas que ya no tengo. Es extraño como una se acostumbra tanto a los cambios. Esta la real zorra en el mundo, pero uno es una hormiguita que piensa puras huevadas mientras el planeta se desarma en medio de las crisis y una se pregunta, ingenuamente, si mañana habrá alguna liquidación o si llegarán los bonos del gobierno. Ya no escucho reguetón de millennials, a Diosito lindo gracias por eso. En la oficina ponían esa musiquita de mierda todo el día. Ahora, silencio interrumpido por las risas de los vecinos. La luz tenue de la lámpara hace pensar en dormir y ahora la estufa me dice que me ronda. Cabronas. Un sorbo de café y pasará. Hoy dormí hasta tarde. Incluso pensé en decir que estaba enferma para no trabajar, pero luego se me pasó. Así que me puse mi mejor sonrisa plástica en la cara y afronté la realidad. Qué mierda. En septiembre se vota la nueva Constitución. Está bien interesante, que quieres qué te diga. Están todos vueltos locos porque dicen que la gente va a votar que la rechazan. Huevadas. Es porque no se han dado la paja de revisarla. Somos un país de pajeros mentales, si he de serte franca. ¿Y quién no? Si podemos elegir entre hacer algo y sacrificarnos y no hacer nada y dejar que la desidia gobierne, gana la desidia. Idiosincrasias. Formas de ser. Miércoles, 22:26 Silencio. Sólo el tic tac del segundero del reloj del comedor. Un cigarrillo, Coca Zero y la estufa. Este es uno de esos inviernos jodidos en la ciudad. Mucho frío, algo de lluvia y pandemia, más los horarios extraños del trabajo = ser un eremita post modernoide, conectado a las redes pero sin contacto humano externo superficial. Como antes, como hace ya tres años antes. O más. Hay un rumor de que nuestro monitor de la capacitación tiene onda con una chica del equipo. Bien por ella, mal por él. Tiene partner el niño y la verdad es algo bastante común en estos trabajos de cuarentena el que se armen parejas disparejas: gente que nunca pensaste que iban a estar junta termina estando. Y no sé si será verdad o no, pero la chimuchina se multiplicó y ahora parece que es verdad. La verdad es que ella es más interesante que él. Aparte, tiene el bonus que no tiene pareja y el cabro sí, lo que para mí es una bandera roja en cualquier pseudo relación. O sea, si tienes pareja, ¿para qué diablos coqueteas con otra? No sé, no le encuentro sentido. Hueá de ella. Si quiere estar con él niño, ella es quien elige. Simple. Queda una hora de espera. Fui por más Coca Zero y ahora estoy en silencio frente a la estufa, mientras mi mamá me recuerda que hay jugo en la cocina y que no tome tanta Coca Zero. Me acomodo en mi silla y estiro. Uso mi uniforme de teletrabajo: pantalón de polar, polera y polerón de polar, todos de colores horrendos, pero cálidos. No sé por qué no hacen ropa de polar de colores más alegres. Debe ser porque estamos en Chile, acá todo es gris y no somos tan felices como en, no sé, países caribeños o con el mar tibio. El mar chileno es helado como la mirada de tu ex cuando te ve con otro. O más feliz que cuando estabas con elle. Somos un país triste, qué duda cabe. Melancólico es lo menor. Triste es todo nuestro pueblo, triste es la memoria y con algo de suerte, también nuestros sueños. Hace poco estaba hablando con un amigo por WhatAapp. Decía que sigue en lo mismo, que casi no sale por la delincuencia, la pandemia y la recesión. Yo no salgo por mis horarios extraños, porque tengo a mi madre en casa y porque estoy en un trabajo de pandemia que no me permite pagarme un depita propio donde tirarme mis peditos a gusto. Pronto, espero, pronto todo cambiará. No sé cuándo cresta, pero hay que tener algo de esperanza, dicen los optimistas. Todo mejora, dicen otros. Pero lo cierto es que cada día es igual al otro, con pequeñas diferencias que te hacen dudar acerca de todo. Viernes, 23:39 Me está dando acidez tomar tanta Coca Zero. Sé que es tóxica, como muchas personas, dirás tú, pero es agradable, hasta que llegue al punto de ser insoportable y tenga que dejarla por algo menos tóxico. Otra cosa rica y tóxica es el pollito del KFC. No quiero ni saber qué lleva, algo ilegal debe ser, porque es demasiado adictivo. Como que dices que comes uno y al final terminas comiéndote las minutas fritas. Paz y pollo, decía Homero Simpson. Paz y pollo. Me estiro un poco y necesito un masaje de la Sofi. Ella me pone estirada en el piso y me tira los brazos, me masajea la espalda y termino raja durmiendo en el piso, modo babeando. No hay como un buen masaje. Mi espalda parece tabla, dura y llena de nudos. Necesito un Sofi masaje. Recién estaba hablando con una compañera de trabajo acerca de la depresión. Yo le explique que somos un país deprimido, que tal ve sea culpa del clima o el mar frío. Que se tomara religiosamente las pastillas. Que hace efecto recién después de 15 días sin parar. Que no las dejara. Aunque quisiera, porque la depresión es jodida y que es mejor ser una dopada feliz que una persona infeliz. Martes, 23:24 Me he puesto algo gourmet con los refrigerios. Recién estaba picoteando unas papas modo hippie chic, con camote y papas chilotas y sal de mar de marca (no diré cual) en un tazón de sopa junto con mi Coca Zero habitual. Ayer fui a la oficina porque se me cayó internet en la casa y hay que laborar, compañere, aunque una no tenga ganas. Volver fue lindo, pero extraño: de verdad parece una jaula de ratón de citas, con la calefacción a tope y todos cagados de calor y muy pocos con mascarillas. Igual rico ver a los conocidos y abrazarlos un poco. Me echaban de menos, así que cuando me baje del metro compré muchos dulces y huevadas que hace mucho no compraba. A ellos les gustó eso y la verdad, hay menos demanda que hace dos semanas atrás de la pega. Incluso salí a fumar mientras configuraban mi compu. Aplasto la colilla de cigarrillo en el cenicero. Estoy en casa, sin mascarilla y con mis lentes viendo todo perfectamente claro. Falta poco para salir y apagar los equipos, poner el scaldasonno y dormir a su amparo eléctrico, para despertar ahogada de calor a las 2 de la mañana. Gran invento el scaldasonno. Ese tipo debe haberse forrado. Se lo merecía: con eso no dan ganas de tener pareja ni nada. Miércoles, 21:53 Solo se oye el segundero del reloj, la gata bajando de la silla donde durmió buena parte del día camino a su cama en el dormitorio de mi hermana, algunas sirenas de bomberos a lo lejos y yo aquí, preguntándome qué chucha estoy haciendo por mí. Trabajar no es una buena respuesta. Dormir es una buena excusa para matar el tiempo. Salir de vez en cuando hace grata las cosas, pero disponer del tiempo que le vendes al sistema suena como una utopía de película Disney, con la gran salvedad que una nunca fue la princesa ni su mejor amigo, sino sólo un extra que nadie recuerda. La vacuidad, el vacío, el estar sintiendo pasar cada segundo en el reloj con su pinche tic tac que va ahuyentando la vida, jirón a jirón, piel rasgada bajo uñas afiladas de artificio. Con este trabajo he engordado algo y la verdad me da un poco lo mismo. Sólo deseo que pasen rápidos los segundos, se transformen en horas y finalice el mes con números azules en la cuenta bancaria. Utopía, sin duda. Ilusión, de más está decir. Martes, 22:10 Me acabo de terminar un café que estaba frío, uno de tantos que me hice hoy y ahora estoy acá, con la estufa mientras la gata pasea frente a mí, buscando el calor de estufa a gas que satura el aire mientras afuera llueve. Tengo sueño. Mucho sueño. Pero hay que pagar los cigarrillos y ya sabes, nada es gratis. Así que me encomiendo al universo, Dios o como quieras llamarle para que la medianoche llegue rápido, Cenicienta querida del Príncipe Azul. Siempre nos meten en la cabeza que uno debe sentar cabeza, tener una casa, hijos, quizás casarse por la iglesia y todas esas cosas. Yo no sé si sirva para eso y la verdad, no sé si tenga la energía para hacerlo. Después de todo, paso más tiempo frente al teclado que socializando y cuando salgo es solo por algunas horas, a cosas específicas. “Esta pega mata tu vida social”, me decía un compañero. “Nadie puede tener una vida normal. No puedes organizarte, terminas agotado y lo único que deseas es dormir”, decía otro. Y tienen razón: 5x2 y 6x1 matan el corazón solitario. Comencé turno de 9 am a 7 pm. Modo 3 de la tarde me habla mi supervisor, que si puedo hacer horas extras. “OK, de qué hora necesitas?”. Lo que puedas. Y como mi supervisor es otro esclavo como yo, me da penita y le digo que sí, porque si falta uno de nosotros se los putean a ellos. Y hay que apoyar la causa. Así que le dije que sí, que podía de 9 a 12. Y aquí estoy. Son las 23:42 y estoy en la modorra de no recibir llamadas porque hay que cumplir contrato y las cláusulas de servicio 24/7 de lunes a domingo así lo dictan. 24:52. Una compañera me dice por WhatsApp que se está quedando dormida, que mañana tiene clases. Que quiere mimir, término adolescente para dormir y no despertar. Todos somos adolescentes, todos somos mitad humano, mitad ratitas, todos queríamos ser felices y aquí estamos, viendo fijamente el reloj para poder apagar los equipos, fumarse un cigarrillo y dormir en la cama con scaldasonno. Tiempos felices los de la melancolía. Martes, 22:09 Hace unos minutos estaba todo tan en pausa que hasta podía sentir como la vida se me iba entre los dedos, con las orejas conectadas a los audífonos, la mirada fija en la pantalla brillante y el frío revoloteando en el living de mi casa. Estoy harta. Quiero mandar todo a la chucha. Quiero dormir hasta muy tarde, tomar desayuno, volver a la cama y seguir durmiendo al menos un par de días. Quiero dejar de ser amable por teléfono IP, quiero dejar de sonreír telefónicamente al contestar las llamadas, quiero irme al mar un par de días y beber y fumar y dormir y comer y caminar otro poco. Creo que necesito vacaciones. O ir al mar, fumarme un verde y sentarme a ver como la vida pasa frente al mar. No soy la única. Todos soñamos con el mar, una cervecita sentados en la arena, un verdecito o dos corriendo de mano en mano, reírnos un poco sin pensar en sonreír telefónicamente. Una compañera de pega me manda una selfie con carita de poto/stress. Me recuerda a Daria. Cuando era más pendeja me encantaba esa serie de animación de MTV. Luego MTV se fue a la mierda, eso lo sabemos todos, pero qué se le va a hacer. He engordado más que la cresta en esta pega. Todo el día en mi silla, contestando llamadas y comiendo normal, pero sin salir de casa. Agota. Y más de un idiota ingenuo dirá que haga ejercicio en casa y yo solo me reiré un poco: no hay energía, no hay ganas, cero cero, compañero. Y la verdad es que me tomo las putas pastillas todos los días, que gasto un buen porcentaje de mi sueldo ratonil en medicación, que lo intento y lo intento cada día, pero a veces esto es peor y solo deseas que termine el puto turno de 2 pm a 12 pm para ponerte pijama y relajarte en un sueño extraño, pero agradable. Hay días y días y a veces me sorprendo a mí misma animando al resto pero guardando mi tristeza en el fondo de mis botas. Escondidas, retraídos, execradas y a pesar de todo, amadas. A veces me gustaría simplemente seguir durmiendo. Una cura de sueño tal vez sea positiva. Nah. Mis horarios extraños se confabulan contra mí. Mierda. Viernes, 21:13 Cuatro meses, diez horas al día sentada contestando llamadas. Sonrisa telefónica, pies hinchados y pañoleta para proteger la garganta que a veces se queda a medio camino y no puede hablar. Cuatro meses siendo amable con desconocidos telefónicos, a quienes les tomó los datos, reviso en sistemas y ayudo con el cintillo y el micrófono frente a la boca. Cuatro meses y con dos días libres a la semana, cuando aprovecho de escapar y caminar por Bellas Artes, juntarme un rato con amigas, fumar una que otra cosita y tomar algo por ahí antes de subir al metro y volver a la periferia del centro centro, yeah yeah. Volver a casa, dormir con scaldasonno y soñar con no estar acá. Levantarse, ir al baño, fumar el primer cigarrillo del día mientras reviso mi celu y me doy ánimos solita que hoy pasara rápido el día noche, Cenicienta. Turnos de 2 pm a 12 pm, dos breaks de 15 minutos, una hora de colación que pasa volando y una ahí, manteniéndose firme porque hay que pagar las cosas y nadie caga plata, cariña. Hay gente peor, sin duda. Me autoconsuelo y suspiro. Mañana será otro día, decía la Scarlet. Los puchos son pa fumarlos, decía el Pedro. Párate derecha, como una persona decente, dice mi mamá. Se fuerte, me digo a mí misma. No con convicción, sino con el conchito que me queda de esperanza. Juegue, decía un amigo. Y todos dicen diferentes cosas y a veces siento que nadie escucha a nadie, que nadie comprende esto más que las personas como yo, que tienen que hacer este trabajo de ratoncito y abeja que muere para ser reemplazada por otro, porque los empleos como estos te absorben la energía y cuando ya estas mustio, se deshacen de ti y contratan a otro. En ningún trabajo eres imprescindible. Cualquiera te puede reemplazar, con otra voz, otra historia, otro país, otra sonrisa telefónica, otra energía nueva que de a poco va absorbiendo la pantalla incandescente y los oídos sordos de estar conectados al computador. No hay mal que dure cien años, ni tonto que lo aguante. Mentira. Bullshit. Mucha gente hace esto y no por gusto, sino porque hay que pagar y pagar, gastar y gastar y nadie piensa en su propio yo. O si lo hace lo dopa con pastillas o con weed o con copete o con otras drogas. Y uno aquí, sintiendo como la pantalla se burla de ti. Brillando. Y una de a poco apagándose, hasta que sea el momento en que otra abeja ratona te reemplace, porque nadie dura mucho, nadie piensa jubilar en esto. Y son todos a los principios enérgicos y felices, con ganas de salir y carretear y después los horarios extraños y el sueño acumulado hacen que sea una utopía juntarse, porque mañana toca turno, cariño, y no puedes faltar. Vil. Uno se siente envilecido. Algo imbécil a veces, es cierto. Pero mientras tanto la pantalla frente a tus ojos va tomando otro retazo de tu energía y se va evaporando lo que queda de rebeldía, cariño. Viernes, 23:00 Falta una hora. Una hora. Recién me cayó una llamada y ahora estoy frente a la estufa con mucho frío. Estamos formalmente en invierno (aún) pero hoy estuvo lindo el día. De noche el frío es atroz y aunque uses uniforme de teletrabajo (pantalón de polar, polera ídem, calcetas y polerón) el frio te hace mierda. Pasé a indefinido, lo que en esta pega significa algo. Una pequeña estabilidad dentro del caos, un sueldo pequeño a fin de mes que estiras lo máximo y un almuerzo de sushi para mi familia. Uno que otro gasto extra. Algo rico, algo costoso que desagravie el estar diez horas seguidas frente a la pantalla. Igual es piola. Hay trabajos peores y peor pagados. Y sí, hay cosas mejores, pero necesitas un jodido milagro o un contacto que te asegure el cargo. Mis compañeros de trabajo están igual o peor que yo. A una de ellas no le renovaron contrato y no sabe cómo chucha va a pagar el arriendo y la comida y la arena de sus gatos. Otra anda con ataques de pánico y está a base de un cuarto de clonazepam diarios. Medio o más si anda muy mal. Otros pagan apenas las deudas básicas; otros compran moto nueva y muchos se dan ánimo cada día para no decaer y que el puto TMO no se lo cague con el bono ratón que a veces llega, a veces no. El TMO es el tiempo que dura una llamada. Se supone que la llamada promedio dura 4 o 5 minutos. Mentira. Una llamada promedio dura 8 o 10 minutos. A veces más. Pero los indicadores tmosísticos no consideran que los seres humanos son complejos, que aunque uno haga de maravillas el trabajo siempre va a haber algo que delate el mal funcionamiento del sistema. Estoy frente a la estufa y como hace frío esta con dos quemadores prendidos. El aire está helado. La casa está en silencio. Mi familia está acostada y pronto comenzarán a roncar. Tradición familiar. Todas roncamos, que se le va a hacer. Me dio gastritis de tanto café, Coca Zero y comer pésimo y apurada. Los cigarrillos al lado del mouse, los lentes puestos para ver los números pequeños de la pantalla brillosa. Yo estirada en el asiento, tratando de acoger el calor de la estufa a gas. La pantalla se va a negro por la inactividad y debo mover un poco el mouse. Si no lo hago, se bloquea y tal vez, si me descuido, puedo caer dormida. Como un montañista bajo la nieve, durmiendo el frío mientras cae el frío de tormenta y muero congelada. Van a ser cinco meses y sigo aquí, intentándolo. Cada día me lo tomo esperando a que me llamen de otro trabajo, pendiente de LinkedIn y postulando a trabajos donde ven tus antecedentes, pero jamás llaman. A veces me llegan correos, meses después del proceso, en los cuales la empresa X agradece mi participación en el proceso pero que ya encontraron a la persona “compatible con el cargo”. Huevadas. Pero aun así sigo aplicando, como si fuera un juego de Kino en el que tienes nulas posibilidades de ganar. Pero la puta esperanza me dice que siga, que lo intente. Y yo, ilusa tonta y débil, le hago caso a la ingenua. El domingo tengo libre. Iré a ver a un amigo, fumaré un poco, tomaremos un jugo y comeremos algo. Después iré a ver a una amiga, misma secuencia. Finalizo todo tomando el metro hasta llegar a la comuna y de ahí micro, taxi o Didi a casa. Tomar té, ponerse el pijama, tomar la pastilla y buenas noches, los pastores. Volver a lo mismo, seguir nadando contra todo, contra el todo y de vez en cuando viendo algo de South Park o Los Simpson en YouTube. Y así, así como así, pasa otro día. Jueves, 22:22 pm Estaba viendo un capítulo de Los Simpson. Un clásico: cuando Krusty finge su muerte por deuda con los impuestos. El domingo tengo libre y suena una bocina de bomberos o carabineros o ambulancia o que se yo. Mi familia está durmiendo y yo aquí, frente al teclado, como casi todos los días. Ya estamos en septiembre y sigue el suena que suena de la bocina indeterminada. Se siente cercana, como si fuera en la esquina o algo así. Pienso en el Pedro, en tantas noches en que antes uno salía y ahora son los bomberos los que suenan la alarma. Así cada noche: ruidos, ruidos y más ruidos. Una se acostumbra, pero no deja de ser extraño que cada noche sea muy parecida a la anterior. Me pica la mano derecha y se supone que eso significa algo así como que voy a recibir dinerosh. You never knows. Los últimos días han sido de apatía, dormir, despertar, desear seguir durmiendo, pero no se puede evadir esto. Deseo, deseo tanto un poco de mar. Un poco de escapismo salvaje, de andar por las calles, fumando, caminando y bebiendo en algún bar, riendo. Ya perdí la cuenta de cuando fue que vi a algunos amigos. Extraño eso. Mi vida social es miserable y la verdad, solo deseo dormir hasta que me dé hipo. La verdad no tengo muchas ganas de escribir hoy. Más que nada lo hago para estampar un poco a la desolación que siento, que estrangula pero no mata, que es como la mano de Dios riéndose de una mientras patalea por respirar.

  • Mundo Tal

    DISCURSOS SOBRE LO INERTE I Varios discursos sobre lo inerte. Una cajetilla de cigarros reacondicionada, cubierta de huincha aisladora, adaptada como faro del pesebre, con el switch encendido, liberando pulsos rítmicos de un rojo alarmante sobre la cara de loza del niño Jesús. Al año siguiente, desempolvando cajas que reanudan su utilidad estacional, el faro se encuentra prendido debajo de las luces navideñas. El ritmo insistente se ha repetido una y otra vez, 3 veces por segundo, 94.608.000 veces en el año. Voluntad increíble de lo que no tiene voluntad, como el divertimento del azar, la crueldad del chicote o la colilla encendida en la carrera de galgos. DISCURSOS SOBRE LO INERTE II Varios discursos sobre lo inerte. El muñeco tiene un corazón de cobre, válvulas de plástico, piel de trapo. Como un juglar de la corte, recita si se le golpea. Sus movimientos torpes terminan en una esquina, contra la muralla, de bruces recitando su eterna composición. Parece un colibrí que se ha estrellado contra la ventana ¿De dónde esta ternura por lo inútil? Lo mecánico, lo que se describe a sí mismo, lo que justifica su utilidad. Sobre todo, lo que imita la vida sin amenazarla. Un muñeco de trapo que consola, se hereda y nos hace recordar. Su piel grisácea, sus ojos trizados de color caramelo. La costura en la axila rota que invoca lágrimas de infancia y un cumpleaños tullido. Sus labios en V invertida, rojos, como un beso, melancólicos, tristes y muertos. Lo miro apoyado contra la pared blanca. Borracho, se ha deslizado en diagonal. Parece cansado, como un guardia de turno. Mi cara se desfigura en sus ojos rotos. La pieza se curva. El frío se condensa en su chaleco verde. Absorbe mi temperatura. Mi mal humor. Mi frustración. La soledad fundamental y la tragedia de la vida obtusa. Quedo ahí, sentado, casi sin vida, excepto por la organización de mis órganos, su manía compulsiva. El muñeco se incorpora. Respira y habla. Me mira. Sus palabras mueren al final de este poema. UNO MÁS, POR FAVOR El trago tirita en el vaso como un ojo inquieto. Una burbuja se golpea contra los contornos. En una pieza inmóvil, tras un oficio inmóvil salvo la curiosidad de seguir viviendo, la burbuja parece un explorador de otro mundo. O bien un exabrupto que termina en catástrofe. Me trago ambas intenciones y me sacudo el nervio. La burbuja explora el terror, mi vergüenza, todo mi “proceso de aceptación”. Pero atiendo, la veo dibujar su ruta por mis intestinos, sé cómo disloca mi tino, cómo colabora con la aceptación, cómo finalmente me embriaga sin glamour o propósito. La intoxicación culpa ahí donde la cristiandad me ha abandonado. Los valores del vigor son lo único que demanda. El trago es un mirage o el reflejo en el espejo que tanto asustaba a JLB. Duplica los esfuerzos, pero también extiende la noche. De pronto amanece, como amenazaba, y se devora el fin de semana. Otro trago corona el rocío en el patio contiguo. Choca contra las ventanas del departamento. Se quiebra en el parquet. Me arrastro como una cinta magnética, perdiendo poco a poco algo de lo que solía ser. Una última duda en el umbral del sueño forzado, ¿qué hace una burbuja en un vaso de bourbon? Alas, todo lo que aceptamos por renunciar a la ansiedad… MAELSTROM Lucifer, el ángel, la luz que ilumina la caída, se define por lo que opone y ensombrece. Sus alas se tullen con el roce del viento cálido y la sombra que proyectan se va concentrando en un punto en específico, haciéndose espesa, negra, absoluta. Cala un espacio entre el espacio, una palabra indefinida (como el nombre de su padre), una mitología de lo de abajo. Su luz se concentra, como un agujero negro, para luego atraer a toda la creación. Es la tentación. Gravita hacia el centro, curva las espaldas, vuelve magnética las aceras. Escogemos ese lugar y nos asentamos (algunos incluso hacen patria), porque mirar hacia arriba nos provoca vértigo, y si ya estamos en altura, nos invoca al suicidio involuntario. Agachado o agazapado son poses de las bestias. “Tiritando de miedo en las cavernas”. La tentación es la promesa del control que se sostiene del vigor moral y su desilusión puertas adentro. Manchar el bodegón a manotazos pero reconocer la manzana, el cristal, la tela que se pliega. El ciclo de la derrota y la mitología del dolor. Pero entre las puertas asoman ruidos y gritos que caen de bruces y no vuelven a ponerse de pie. Tienta el dolor pero en la amputación se desea. Se apila la carroña a los pies del cernícalo que la mira con indiferencia. Mientras, la vida ya ha hecho lo suyo. Todo se pudre. Todo se nutre. Terca insistencia. Si vemos desde abajo, quien cae se nos aproxima. Desde arriba, el abismo que nos separa solo desalienta. TO BE CONCLUDED Sostener cualquier imagen como un pedazo de madera que flota. La cascada de neblina desciende desde el San Cristóbal hasta la fachada de nuestro departamento. La mañana se dibuja fantástica, decapitada por las bocinas. Sensaciones lideran el plagio. Colores que riman con la angustia. Una flor despierta en la infusión, pero la losa la triza. Reposo en el descanso, la somnolencia, los ojos apenas abiertos. Arrulla el tráfico las pesadillas. Los sueños reparan la vigilia. Largas historias intrincadas, vanidad decimonónica, compulsión de soledad y rebeldía. De la cofa a la costa, solo una mirada. Repartiéndose las tierras antes del saqueo. Triunfos firmados por el rey de turno. Histeria de peste y asedio. La madre se despide de su amante mascando el muslo sangrante de su primogénito. Banderas blancas teñidas de semen y bilis. Debajo de la cruz, la sangre coagula la arcilla. Nosotros dormimos bajo el arcoiris, contando doblones y manzanas verdes. Una ofrenda del enemigo divide las aguas. La estría que se abrió trajo el éxodo bajo el diluvio. Viajes hacia el origen. Nuez moscada que alucina olores y recuerdos difusos. Nos encontramos a la orilla del tiempo, abrazados, escurriendo como gotas de aceite, nunca dejando de caer. Ahora que camino con el abolengo de la madrugada, desprecio la aventura. Cala el ardor y se estaciona el síntoma. Mis consignas son planas. El mundo es débil. Se despeja la bruma empinada. Florecen edificios. Se encumbran antenas, cables, semáforos. Toallas húmedas cuelgan de las ventanas. Miradas indiferentes transitan. Y todo intenta llegar a donde debe estar. VIERNES “hay que amar a los hombres o a las mujeres como a un precipicio” P.Q. Nadie vio cómo te escondías. Si alguien lo vio no estabas oculto, solo huías. Se confirma la ignorancia de nuestro origen. Y ahora, cada momento es otro testamento al olvido. Queda fijar recuerdos que fueron invisibles y solo se comunicaron en confianza vulgar. La vergüenza es siempre retrospectiva. Leyendo Robinson Crusoe, las huellas en la arena de la isla, los cuerpos capturados y los torsos desnudos. Esas sillas que aún conserva mi padre en el living. ¿Cómo era que me amarraba a ellas, desnudo, y sentía el placer sensual de escapar? Si lo cuento es porque lamento que nadie me haya visto. La idea permanece como retrato de otro. Pero era yo, confirmo, somos nosotros. Un viernes opaco y vibrante que me castiga en la orilla. BODEGÓN Mi envidia es acaso lo más sagrado que se obtiene de mí. Es una hoja seca de invierno. Todo lo que cruje y se enmarca. No como el sol que se adivina en sombras. Como la vecindad del amor, los abrazos o las copas que intercambian. Uno se clava a desear, otros a desearlo, y nada se obtiene. Esa nada es el fruto que me escoge. Aquí lo ofrezco.

  • Carta abierta a mi padre encerrado con demencia en pandemia:“No te he abandonado, papá”

    Se llama Carlos pero no lo recuerda. Vive en el último piso de un asilo y no sé cómo explicarle que no lo he abandonado. Hoy en la mañana me llamaron del piso; tienes fiebre, treinta y siete y medio, tos seca y obstrucción. Van a hacerte el test. Nadie aún se ha contagiado ahí dentro, pero hay tanto asintomático, tanta superficie donde el virus puede vivir. No sé qué pasaría si tienes, no sé si te aislarían o mandarían a un hospital. No sé qué día es, tengo la raíz crecida una cuarta de canas que no me había visto en el cuarto de siglo que me tiño. Uso buzo casi todos los días, pantuflas. Tiempos tan extraños éstos que nos han caído encima, papá. Esta es una carta abierta a mi padre encerrado. Se llama Carlos pero no lo recuerda. Vive en el último piso de un asilo y no cómo explicarle que no lo he abandonado, que estamos en pandemia. Se parece a lo que me pasó a mí, yo nací coja y cuando empezaba a dar mis primeros pasos lo descubrieron. Me inmovilizaron por doce meses en una incómoda posición que me impedía levantarme y caminar detrás de mis hermanos. No hubo modo de explicarme que era un remedio, una cura, y no una tortura, un castigo, una penitencia. Eso ocurre contigo hoy, papá. Tu mente es como un calcetín huacho, encogido; no le alcanzan las explicaciones. Célebre punto final a nuestra relación padre hija. Célebre y simbólico. Ahora tú eres el que crees que yo te abandoné. La próxima vez que pueda entrar al piso quinto, si es que la hay, quizá tú consigues irte antes de que la pandemia termine, seguramente no te vas a parar de la cama. Es muy probable, en un buen escenario, que hayas pasado a ingresar el conjunto de los postrados que las cuidadoras, cuando les alcanza el tiempo, levantan con grúa para llevar al comedor a recibir cucharadas de sopa verdeamarilla. *** Soy la única hija mujer que tuviste, pero los padres son siempre mucho más importantes que los hijos. Todos seremos hijos antes que nada, antes que madres o padres, hijos antes que médicos o abogados o amantes. Es lo primero que fuimos, es lo que somos, es lo que seremos. Hijos de nuestros padres. Un hijo puede doler, pero no duele lo que un padre, lo que una madre. No se sabe cuánta conciencia tienes hoy a mano, papá. La ciencia no lo sabe a ciencia cierta y no hay modo de averiguarlo con certeza. Los cuidadores se contradicen, los médicos no tienen claridad. El día que llegamos aquí, por ejemplo, al abrirse la puerta del ascensor del piso quinto y cruzar su dintel los dos bien tomados del brazo, dos moribundas células de tu cerebro también se dieron la mano como nosotros, hicieron la luz por un instante y me dijiste al oído: de aquí no se sale. El 14 de marzo los administradores nos clausuraron la entrada a todos los familiares, papá. Amaneció la cerradura puesta, quedaron a solas como a oscuras, como a las escondidas, esperando que termine este bombardeo mundial que promete larga vida. La última vez que te vi me había tenido que saltar una de mis visitas semanales que venía realizándote con regularidad desde hacía unos meses. Te encontré durmiendo frente a un televisor encendido, junto a la mujer que se come las manos. Me senté a tu lado, te saludé y me preguntaste qué me había hecho. Y como siempre que te apareces por tu cuerpo, te festejé con algarabía, besos y abrazos. Cariños que no te di hasta ahora… Es un golpe bajo esta pandemia, papá; nos arrebató lo que recién amasábamos. *** Eres el hombre que más he odiado y el que más he amado. Tenía dieciocho cuando me dejaste dando bote con un certero derechazo que me mandó las siguientes décadas al diván. Hace 30 años, un lunes, el último de febrero, llegaste como a diario, minutos antes de la una y media. Mi madre aporreaba carne con los nudillos y preparaba arroz graneado que almorzó sola a la mesa, porque ni tú ni yo nos sentamos. Tú estabas de pie frente a tu clóset y yo te miraba, los iris azules detrás de los lentes, tu figura quijotesca como pidiendo disculpas por un crimen de lesa humanidad. Si no hubiera tenido dieciocho años, papá, si no hubiera sido tu hija, te habría abrazado. Cuando arrancó tu auto ese último lunes de febrero, papá, eran poco más de las dos de la tarde, hacía calor, vestías unos pantalones delgados color crema y una camisa celeste de manga corta, los dos primeros botones abiertos, ninguna corbata. Carlos Enrique, hijo de Simón y Elcira, nacido en Rancagua, criado en Viña, primogénito de tres, ese día de finales del verano eras un hombre pisando el medio siglo en busca de la felicidad. Un romántico que arrojó una bomba en nuestra casa en nombre del amor. Avanzabas por la avenida con el vidrio abajo y el codo afuera, te esperaba un departamento arrendado apenas a unas cuadras y la mujer de tu vida. Te imagino en el auto, con la cabellera al viento, aliviado, creyendo haber pasado lo más difícil, pellizcándote en los semáforos como presidiario en libertad. Te encaramabas al medio siglo y gozabas de un merecido prestigio profesional, eras un hombre satisfecho en ese aspecto de tu vida y partías en busca del que te faltaba. Con los hijos fuera del colegio, tu tarea como padre podía darse por concluida, pensabas, y te reforzabas diciéndote que tú mismo te habías ido de tu casa en tren a los diecisiete a estudiar a Concepción. Yo tenía dieciocho, mis hermanos veintiuno y veintidós. Estábamos sobrados, te dijiste. Te veo convenciéndote, con elegancia; era tu turno, te tocaba a tí, no podías continuar postergándote, había llegado tu tiempo. Nunca regresaste a buscar nada. Ni un cuadro, ni un sofá, ni un hijo. *** Te fuiste de nuestra casa, papá, como si hubieras vivido de invitado por más de dos décadas. Con tu salida se hizo la luz, vivíamos en ruinas, prácticamente en la intemperie, nuestra casa era una ciudad de postguerra: seres famélicos y sucios, retraídos, rondando sin tocarse ojos ni manos, sin mandarse palabras ni como mensajes en barquitos de papel. Nuestra casa era un pueblo fantasmal de mendigos y desquiciados. No sacabas nada con gritar socorro. Salimos de tu rutina, de tus horas, de tus noches, de tus días, de tus meses, de tus años, de tus décadas. Nos diste la espalda a los perros rabiosos en que nos convertimos, quizá yo la peor. Habíamos extraviado el diamante del anillo. A un padre no se lo pierde; si se lo pierde, no se lo tuvo. La separación de ustedes circuló largo tiempo en boca de la colonia de judíos de Santiago. Fuimos los sobrevivientes de Hiroshima. Corrió sangre en pueblo chico y bien dotado para el pelambre. Por treinta años sólo nos vimos al interior de tu consulta. El cumplimiento del pacto invisible fue celoso. Nada, ni un almuerzo, comida, café, ni un vaso de agua fuera de tu consulta. Por tres décadas mantuvimos una relación delimitada a los muros donde te ganabas la vida, un pediatra cuyos pacientes, ya crecidos, repiten con los ojos húmedos que eres el mejor. Hay madres que todavía te visitan para seguir manifestándote su agradecimiento. A veces me las topo por ahí afuera, a ellas y a los ex niños, y me detienen, necesitan decirme muchas veces: “Tu padre es maravilloso”. Cuando mis hijos enfermaban me comía el orgullo y los conducía a tu consulta, como al oráculo de Delfos, para que dieras inicio a la exploración que los traería de regreso la salud. Tú examinando a mis hijos, mis hijos en tus manos, mi porción de padre. *** Hasta que una noche fría, treinta años después de ese último almuerzo de febrero, reapareciste. Necesitabas a los hijos de sangre que antes habías corrido por incómodos. El padre ido, ahora perdido, pasadas las once de la noche, al teléfono. Mi nombre en tus labios, alargabas las tres vocales que lleva, te demorabas en él. De inmediato, el balde de agua fría: no sabías dónde estabas. O sea, sí sabías, dijiste, que era una calle conocida pero ay, no podías acordarte cuál era y habías pinchado un neumático. Me mordí los labios, te pedí que buscaras un local abierto, lo encontraste, fuiste a preguntar disimuladamente el nombre de la calle. Cuando llegué a buscarte revolvías el asiento trasero de un auto de carabineros que se había detenido a acompañarte. Tú buscabas, decías, la herramienta que te faltaba para cambiar el neumático que habías pinchado. La calle era Vitacura, estabas a dos cuadras de nuestra casa y el neumático pinchado no tenía reparación. Hay reparaciones imposibles. ¿Qué hacías ahí esa noche si vivías en otro barrio? ¿Volvías a descansar? ¿El reposo del guerrero? Volvías cuando nuestra casa era un local comercial frente a un restorán de sushi. Tenías las manos frías y las mejillas también, te toqué aunque muy lejos de los besos y los abrazos a los que llegué hasta el virus de Wuhan. Entraste al asilo. Fui a verte cada vez más seguido; cuando ya no supiste tu nombre, que eras doctor ni que tenías hijos, regularicé mis visitas una vez por semana. Tocaba el timbre, me abrían sin necesidad de preguntas y subía. Ni me di cuenta como tu cuerpo se me hizo familiar, te daba besos en las mejillas, te las ensuciaba de mi rouge, te hacía reír diciéndote tu nombre en diminutivo, con cosquillas en las axilas. Te compraba un par de latas de Coca Cola normal que fue tu favorita porque ya tampoco pareces disfrutar. No hay salida aquí, papá. Ésta es una esquina que no lleva a ninguna parte. La demencia es sin compasión: el miembro que la padece es el ser y lo estruja hasta transformarlo en un estropajo. Por las mañanas despiertas como metido en una cuna, no puedes bajarte, tocar el timbre que hay sobre el velador, llamar a viva voz, nada. Sólo esperas. El día que llegamos al piso, te traje conmigo en auto. Se te veía estresado, el cinturón atravesado, la cara de terror como si cruzáramos el estrecho de Magallanes en una canoa de pino. Todo le resulta extraño a tu mente: calles, autos, buses, bocinas, gente, hasta tu propia imagen en el espejo. *** Llevábamos seis meses, papá, contra marea haciendo recuerdos en el piso quinto, y el virus llegó a suspender la incipiente corriente. No nos alcanzó la vida, papá. La bancarrota es con fanfarria, globos y serpentinas. Íbamos a la cafetería del asilo ubicada en el primer piso del edificio. Fue la cafetería de nuestra vida, papá. Bajábamos, ocupábamos una mesa, comíamos o tomábamos algo, nos decíamos algo, como si la vida nos fuera normal a los dos. Costaba físicamente llegar contigo allí, tu verdugo te ha achicado los pasos y los tuyos fueron siempre largos, felinos. A veces estabas somnoliento, y aunque te alegrabas, no podías evitar dormirte sentado con la boca abierta. Otros días tenías más empuje y empezabas con la letanía ininteligible que le he escuchado similar a otros residentes, un idioma propio, personalísimo. Yo creo que me voy a ir de aquí también dijiste un día, esas mismas nueve palabras. Y yo me levanté para gritar que era muy buena idea y darte besos y abrazos. Te pusiste feliz y dijiste más palabras que no entendí y te di más abrazos y más besos. Tienes que irte te dije con seriedad, pensando en que aprovecharas los moretones que nos avisaron que te habían aparecido. En el piso transcurre la vida de los que se han quedado sin yo, lo bauticé el piso de la última esperanza, es el lugar de hombres y mujeres devenidos sombras de sí mismos, pálidas réplicas de quienes alguna vez fueron. Pertenece a aquellos a los que se les desapareció la información del disco duro, toda, un imposible en ingeniería de software; es de los que viven a solas y al fondo de su cuerpo, asustados, en el suelo boca abajo. El pasillo central del piso quinto tiene forma de U y los veintitantos dormitorios se van sucediendo a ambos lados como si uno paseara por un corredor de salas rotativas. Las puertas permanecen día y noche abiertas, la intimidad abolida como en un orfanato de menores, pero a ningún residente le preocupa. Sin necesidad de asomar la nariz a las piezas, uno se topa con televisores hablando solos y camas clínicas, de lánguidas sábanas blancas, sosteniendo humanidades semidesnudas. Es un espectáculo el desfile de extremidades en desuso, piernas y brazos desnutridos, deformados. Conjuntos de huesos humanos petrificados, puñados de pellejo desecado… y en medio de esa tormenta, entre las ruinas como un sol a mediodía, los brazos fuertes y saludables de alguna cuidadora, luminosos, desentonando el panorama, armados por una cuchara y un plato de espesa sopa verdeamarilla. Alguna vez tuve ganas de preguntar a los familiares de los residentes por sus historias, pero no me atreví. No son dementes felices; quizá los haya, pero contigo no están. Hay quienes dicen que se trata de niños felices, no es cierto. Nadie es feliz en el piso quinto. Miradas azoradas, abatidas, enojadas, eso sí prolifera en él como las bolsas de pañales. *** Cuando te sientas, tu tronco largo de Quijote se te escapa; el torso largo se inclina, con el pecho hacia adelante. Tienes la boca medio abierta y en los ojos azules de siempre, la mirada del que no entiende. ¿Hay vida en el piso quinto? En tu habitación, la 511, el reloj que no tiene pila marca las doce veinte desde hace largo tiempo y da igual, es irrelevante actualizarlo. Ese diálogo permanente con uno mismo que caracteriza la vida humana se ha extinguido, son vidas que todo lo ignoran, vidas de soledad. ¿Dónde ha ido el ser del demente? Ha ido a ningún lado, ésa es la tragedia. Tu ser, papá, está ahí dentro de ese cuerpo, pasándola de terror, contemplando sin recursos como una plaga cada día le asesina nuevos miembros. Estás arrinconado, papá, empobrecido. La última vez que te visité, que no sabía por supuesto que lo sería, nos sentamos uno al lado del otro en el borde del catre. Me aguanté de llorar para no asustarte y entonces recibí un suave golpe de tu cabeza contra la mía y pareció un cariño a propósito; me conmoví y recordé a alguno de mis amados gatitos cuando me hace un gesto amoroso con intención. Te hice cariño en tu pelo suave que te cubre toda la cabeza, largo y gris; y algo deforme me surgió bajo la mano: un hueco, una cavidad inesperada. Tu cráneo tiene una extraña y profunda hendidura, papá, por la parte de arriba. Debe ser la llave abierta por donde se te escapó todo. Mi papá lindo te dije, mi papá tan alto, los ojos azules, tan inteligente, tan buenmozo, tan buen médico, mi papá, el mejor. Algún día clamé venganza, algún día te deseé un dolor equivalente al mío por tu ausencia. Ahora vives en el piso de los torturados y yo quiero ir a abrir la puerta para que salgas tú y los demás, papá. Pero vino la cuarentena y nos quedamos los dos encerrados, tú allá y yo acá, todo en pausa aunque ustedes ya estaban en una pausa cruel y sinrazón, una espera con bien poco de vida humana. Y ese poco que restaba, ese poco, se lo robó el virus. Te volví a perder, como se corta un cable de un tirón, de bruces. A tu mente no la tocan las explicaciones. No llegué más no más, desaparecí de tu vida como tú mucho antes de la mía, papá. Una vez traté de que habláramos por Skype, pero te asustaste; ¿qué hijos? le preguntaste a la enfermera que te decía que tu hija quería hablarte. Miraste un segundo con cara de desconfianza y no quisiste seguir. Se acabaron mis visitas semanales, nuestra cafetería, tus Coca Colas. Me acuerdo de nuestra última vez en la cafetería, sonreías, diciéndome que no nos vayamos todavía, que estaba rico. El virus llegó a confirmar la verdad tipo catedral de que todo puede siempre empeorar. Seguirás aún más encerrado y solo junto a aquellos para los que, como a ti, vivir se les convirtió en algo peor que morir. Suspendidos en un limbo, un purgatorio, un eterno principio sin pasado, sin futuro, un tiempo sin tiempo donde esperan a la caprichosa, a esa que no gusta de ir donde se la llama y quiere. Te abrazaba fuerte, abrazaba huesos, un esqueleto, el esternón, te tomaba la mano, larga y delgada de siempre, y nos quedábamos así, sin movernos sin hablar, como enamorados, como nunca. Se acabó el tiempo, lo con sumimos en un acuerdo envenenado. ¿Cómo te explico que no te abandoné, que es pandemia? Esta vez yo falté a la cita, esta vez tú te quedaste esperando, sin entender, navegando encerrado en un Arca de Noé sin mañana. Ximena Hinzpeter

  • 4D

    Juan Malebrán (Iquique, Chile 1979). Ha publicado los poemarios Reproducción en curso (2008), Bozal (2014, 2015), Entretenciones mecánicas (2016) y Trópico (2019). SU MUJER JAMÁS CONOCERÁ SEVILLA Cruzó el atlántico en un mercante, porque su sueño era ser un gran libertario indigenista y aquí lo tienes en plena gloria, bajo la luz de un fluorescente, reducido a la culata de una sartén al interiorde una caseta de salchipapas. Esclavo de la fritanga. Noche tras noche hasta el domingo, reflejando la gratitud de su cara en la hediondez negra del aceite. El sueldo que apenas le alcanza para pagar el techo, la luz, el agua y la comida de las tres crías que nunca quiso tener, se lo paga un indio con diente de oro que secretamente cobra venganza. CALIBRACIÓN Tal vez así las cosas sepan irse solas o por lo menos encontrarnos en su deriva Juan Cristóbal MacLean Igual que proponerse ajustar el ojo para dar con el borde de las cosas antes de que estas comiencen a difuminarse como lo hace ahora mismo nuestro vaho contra el ventanal o como intentar una réplica de los gestos ejecutados por un sordo en pleno insulto: ceño, puños, muecas y la rabia de una performance ensayada frente al espejo solitario Similar al ejercicio puesto en práctica por quienes buscaron refugio en un pequeño albergue hasta aprender a entenderse en la más completa de las cegueras o como esos otros dos en la barraca colina arriba al oír cada noche roedores en los pasillos hasta que el ruido del correteo un día también desapareció. «Intentar traducir el mundo es un asunto a largo plazo» — repetían todos — cual mantra a modo de consuelo que obligaba a mantener los cuerpos a salvo lejos del contacto, precisamente, con el bordede las cosas. Breve anotación sobre un reptilal caer la tarde el gecko no es más que un lagarto que atraviesa claros y cambures una sombra entregada al ruido que los grillos proyectan entre la hiedra una silueta invertida contrariando la gravedad o un cuerpo inmóvil frente al cálculo previo al impulso y la embestida parecido a la imagen que guardamos de él siendo niños cuando el mundo se mostrabaajeno debajo de las piedras un pequeño reptil transparente en su tibieza mínimo en su quietud como el viraje del girasol bajo el que ahora mismo reposa. Inútil como la cornamenta del pudú allá arriba el inuit se mantiene inmóvil sin embargo su espera es otra a ras de hielo la luz del cebo cautivará a su presa encandilada por el canto de las focas y el fraseo de los peces vuelto cardumen bajo la tundra poco importa volver la vista al cielo reflejado en los manantiales cuando se construye un mundo a pedazos poco importa asomar la cabezadesde el bordeen los farellones porque la gracia es apenas un soplo hibernando en las cuerdas vocales el rebote de una piedra sobre el lago la habitual letanía que nos ciega tras la grasa tras la espina tras la escama en la carne magra como bolillo cubierto de arena no existe atardecer comparable para nosotros allá arriba a lo mucho un trozo de hielo donde reposar la cabeza paciencia hay está claro opacidad por supuesto

  • Manifiesto de la jefa de hogar

    Y si la Jefa de Hogar redactara su manifiesto, sería por la ausencia de un formato que la ampare. Y porque esa misma ausencia, la dejó a la deriva. Estampada como una fórmula en los papeles del censo chileno. Allí decía que la Jefa de Hogar era la protagonista de la historia patria. Pero eso era la estadística. Siempre lijando los bordes de unas palabras que no se dicen. La Jefa de Hogar no es jefa en el sentido más común de la palabra. Es otra la autoridad que la inviste, cifrada en su imaginario delantal de cocina: ella administra el trajinar caótico de los días. El hogar es un fuego que siempre se está extinguiendo. Ya no esa tribu unida por la sobrevivencia. Ya no la hoguera crujiendo su insistente esplendor. Ahora el hogar es una llamita que titila su fragilidad en un departamento de un barrio residencial. Se alimenta de soplidos y balbuceos, de sudores, sonrisas y sillones, de amores, rabias y flores. Tambaleando los mecanismos alimenticios, callejeando los zaguanes y los pasillos, negociando palabradas sobre orígenes y culpas. Catalina Mena

  • Paradojas del deseo

    [-] Esta ausencia espesa que se llama deseo. J. LACAN Qué difícil hablar del deseo sin confundirlo con la vivencia subjetiva de las ganas. De modo casi imperceptible, la idea del sujeto deseante se nos desliza hacia la figura de un muchacho entusiasta, ávido, incansable, siempre proclive al movimiento, sea en la dirección que sea. Y no es que la cosa no pueda tomar ese sesgo. El problema, en todo caso, es con qué concepción de deseo (y, fundamentalmente, de sujeto) estamos operando. Lo cual habrá de determinar nuestras lecturas, nuestras puntuaciones, nuestras intervenciones. Si el psicoanálisis postula que el deseo es inconsciente, acaso haya que tomar este postulado de un modo fuerte, alejado de cualquier anhelo consciente: se trata de algo extraño, enigmático. A tal punto que la posición del sujeto ante el deseo no es la de ir a abrazarlo, es más bien la de poner en marcha todo un dispositivo defensivo. Es que no solamente no sabemos de nuestro deseo (la “nesciencia”, dice Lacan, la ignorancia, el desconocimiento), sino que, de manera más radical, no queremos saber. De ahí que este huésped extraño genere conflicto, tensión, inquietud. Y de ahí, también, que favorezca la formación de síntomas, que devienen la máscara del deseo, y que el analista está invitado a leer, descifrar, para encontrar las huellas, las pistas de ese vector inasible. Inspirado en el célebre y hegeliano deseo de reconocimiento, Lacan llega a invertir la fórmula para hablar del reconocimiento del deseo: es el deseo (no el sujeto) el que busca hacerse reconocer. Si a esto le sumamos el hecho de que el deseo se presenta como algo no articulable, no decible, o que solo puede decirse entre líneas, entonces ya asistimos a una noción más que problemática. Que no hace más que poner en cuestión nuestra idea más cotidiana del asunto, nuestra pregnancia ante esa palabra tan cautivante y prometedora. Son tantas las vicisitudes del deseo, tan variados y hasta antagónicos los empleos del término, que su manifestación clínica admite diferentes escenarios. Por ejemplo, hay quienes consultan porque su deseo ha desaparecido del mapa, o está bloqueado, aplastado, y viven en una suerte de inercia cotidiana. Como esos estados de inhibición, parientes de la depresión, cuyo signo más saliente es la inmovilidad. De alguna forma, vienen a análisis para lograr despertar. Pero hay quienes acuden al analista justamente porque han despertado… Porque el deseo ha irrumpido, ha perturbado la homeostasis, y no saben qué hacer. O porque han aparecido síntomas de esa irrupción, y aquí el deseante puede confundirse con el insomne. Como señala Lacan en su seminario consagrado al tema, el deseo se presenta ante todo como un “trastorno”; incluso, como “el tormento del hombre”. Hay una variante todavía más delicada. Es la que presenta Freud en 1916 a propósito de ciertos tipos de carácter. Así como nos habíamos habituado a entender las neurosis como el resultado de un deseo que no se había realizado, aquí nos encontramos con una sorpresa algo embarazosa: muchas neurosis se desencadenan porque el deseo se ha realizado! En el momento en que “por fin se le dio”, el sujeto sucumbe, se cae de la escena… Y no es un mero tropiezo, algo que permitiría volver a incorporarse y seguir andando, es un “vuelco trágico”. Por eso Freud los bautiza como “los que fracasan cuando triunfan”. Pero no siempre el destino es tan funesto. Muchas veces el deseo trae consigo una marea de angustia que, si se la puede atravesar, abre un territorio auspicioso, novedoso. Como el caso de aquella mujer que acababa de recibir un regalo extraordinario e inesperado: su pareja la invitaba a recorrer Europa, el sueño de toda su vida (y de la de sus padres). Tras los festejos, la euforia, la ilusión, algo comienza a virar, como esos acordes disonantes que asoman en las películas para anunciar un cambio de atmósfera. Y aparece algo ominoso, el vértigo, la culpa, que declinan prontamente en un miedo intenso a subirse al avión. A ese avión, no a otros, a los que podía subir con total tranquilidad en situaciones eventuales de su trabajo. Pero el avión del deseo tenía muchas más chances de sufrir un infortunio. Sobrevolaría en una zona incierta, sin garantías. Y ahí no había manual de autoayuda que ayudara. Tampoco la receta racional: “¿Sabías que es el medio de transporte más seguro del mundo?”. Finalmente, el viaje pudo acontecer, no sin una dosis previa de temor y temblor, un auténtico peaje de angustia. Una vez franqueado ese borde, la escena soñada. Y, como suele ocurrir en estas circunstancias, el viaje de vuelta ya era infinitamente más “seguro” que el de ida, la vuelta al territorio familiar, algo patente en algunas configuraciones fóbicas. Así, pues, el deseo nos interpela, nos divide, nos “castra”. Y no podemos soslayar, en este sucinto recorrido, algo central, otra perla que Lacan extrae de la dialéctica hegeliana: el deseo es el deseo del Otro. Por cierto, no es lo mismo desear al Otro que desear el deseo del Otro. Dicho en freudiano antiguo, no es lo mismo que el niño desee a la madre a que desee su deseo. O, en un lacanés más moderno, no es lo mismo hacer el duelo por un objeto que se pierde que por un Otro en el que ya no se tiene lugar. Hay algo más que se desprende de la fórmula del filósofo alemán: es en cuanto Otro que deseamos. Lo que vuelve complicado, casi imposible, concebir al deseo en primera persona. Y éste ha sido, en la tradición analítica sobre el tema, un notable cambio de acento por parte de Lacan: la cuestión no es tanto qué desea el sujeto como desde dónde se le plantea el problema del deseo. Que es, a fin de cuentas, lo que más se le escapa. Por eso hablar de las paradojas del deseo, como hemos titulado estas líneas, no puede sino constituir una redundancia. El deseo es, por estructura, paradojal. Algo que, a la vez, dice que sí y que no, que nos moviliza y también nos paraliza, que nos lleva al pasado (la nostalgia, el matiz tanguero) pero que no deja de mirar al futuro, que es incompatible con la palabra pero que no podría surgir sin la palabra, que se fija a determinados objetos aunque siempre es “deseo de otra cosa”, que puede resultar tan vacilante como decidido, que nos liga al Otro y también nos separa del Otro. Y a las paradojas, como aconsejaba Winnicott, mejor no intentar “resolverlas” o tratarlas como contradicciones, porque ahí las perdemos como paradojas. Que tanto nos ayudan a pensar. Juan de Olaso Psicoanalista, doctor en psicología por la Universidad de Buenos Aires, profesor regular adjunto de la Cátedra I de Psicoanálisis: Escuela Francesa y docente de la Maestría en Psicoanálisis (Facultad de Psicología, UBA). Autor del libro Paradojas de la inhibición - Ediciones Manantial, 2015

bottom of page