Barbarie pensar con otros
Revista de pensamiento y cultura
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Mi miedo a los umbrales que separan esta realidad de las tantas otras, va de la mano con mi curiosidad por atravesarlos. Desafortunada contradicción: me atrae el misterio, pero flaquea mi confianza para resistir el desorden de energía o el vértigo en la pasada. Un terco catastrofismo me impide augurar que el coraje de cruzar el umbral será retribuido, del otro lado, con inesperada hospitalidad.
- ¿Qué nos lega Bruno Latour?
En enero de este año junto al doctorante de Sociología Nikolaj Schultz, Latour publicó Mémo sur la nouvelle classe écologique. Sin duda es su obra testamentaria, pese a que su forma y escritura son los de un llamado a la acción política. El diseño editorial rememora los documentos que circulaban en los buenos tiempos de la I, II y III Internacional. Como Tolstoi nos legó El camino de la vida para ayudarnos en ese difícil siglo XX, Bruno Latour ha escrito una obra de agit-prop para los terráneos que no hemos sido presa de las pasiones tristes y que luchamos por una vida más alta, esto es, más ecológica, menos productivista, menos economizada, menos consumida y menos consumada, sino más bien por consumar. Latour fue un explorador exactísimo de los tiempos actuales, alguien que leía entre líneas el presente. Supo hacerlo con aguda precisión en Nunca fuimos modernos, identificando las líneas gruesas de lo que se abría tras el colapso del socialismo tanto en epistemología como en política. Los textos en que despliega con agudeza la lectura del siglo XXI; Investigación sobre los modos de existencia o Facing Gaia, nos han provisto de un horizonte conceptual para comprender qué puede ser acción en estas décadas. El llamado de este último libro - Mémo sur la nouvelle classe écologique- por hacer emerger una clase ecológica no tiene nada de las propiedades emergentes que gustan tanto a los teóricos de la complejidad. Es un llamado gramsciano y thompsoniano, a constituir, a conectar multiplicidades, a redescribir problemas, a crear y organizar. Un llamado a dejar de pensar al modo moderno nuestras cuestiones principales. Por ejemplo, volver la espalda a la naturaleza como algo exterior a la sociedad, que ingresa al mundo colectivo como fuente de recursos. Latour propone varias inversiones del orden conceptual occidental, que significan dejar de sentarnos alrededor del fogón de la producción/desarrollo/economía como foco/centro y mirar lo biológico, lo viviente, el engendramiento, aquello que hasta ahora consideramos externo, contexto o alrededor, como la materia misma de nuestro vivir. Centrarnos en aquello que llama las condiciones de habitabilidad. Recuperando la tradición de los movimientos sociales de los últimos siglos, la constitución de una clase ecológica es una convocatoria a constituir una alianza entre todos quienes se oponen o se han opuesto a la economización de las vidas. Un movimiento que irrumpa en las universidades y las religiones, las ciencias y las artes, proponiendo una forma de comprensión verdaderamente materialista del mundo, en que la fotosíntesis, el bioma y las ecologías de ecologías, sean el punto de definición de lo político y de las clases, de una rearticulación distinta de los órdenes. Apurados de tiempo, apuradísimos a partir de la guerra en Europa, ahorquillados por una política no sólo vaciada de sentido, sino abrumada de brutalidad, las 95 páginas de este llamado atraviesan conceptualmente la densidad de su obra de varias décadas, expuestas como si del panfleto Junius se tratase. Su labor intelectual se actualiza con la insistencia en la necesidad de un trabajo de esclarecimiento, dado que el orden actual (orden cada día más caótico) se sostiene justamente en distinciones conceptuales transmitidas por todas las vías: educación, publicidad, juegos, artes. Sin ir más lejos, la defensa de la naturaleza nos acaba de jugar una oscura pasada en el reciente debate constitucional chileno. La defensa de la naturaleza divide, dice Latour, pues expulsa los problemas al exterior, los vuelve una abstracción ante la cual afloran las divergencias. ¡Cuántas penas nos habríamos ahorrado si hubiésemos sido capaces de realizar ese esclarecimiento de forma adecuada! Nuestra situación actual es comparable a la de los tripulantes del Apolo XIII cuando comunicaron a Houston que tenían un problema. La verdad es que ni siquiera sabían de qué se trataba ese problema. El Mémo puede ser como el manual de instrucciones para naves en apuros. Muy sencillo, muy básico. Pero supone pilotos entrenados o diestros al menos. Las condiciones de habitabilidad de la nave están en riesgo y es necesario centrarse en el aire y el agua, que se han vuelto el objetivo de la misión. La luna pasa a ser un simple medio para cumplir el propósito de habitabilidad. Aunque me gusta más pensarnos como Yaganes en Isla Dawson, en manos de unos salesianos que nos impiden navegar, mientras las pestes nos diezman; en el encierro obligado para civilizarnos, el Mémo puede ser un canto ancestral que nos vuelve a dar confianza en nuestras capacidades navegantes. Yuri Carvajal Bañados, médico cirujano, editor.
- Ecología, política, clase. La última caricia de Latour.
Tal vez uno de los legados más decisivos -y más incomprendidos- del pensamiento de Latour es su resistencia a reducir la política a una instancia centrada en el logos y gobernada por voluntades humanas en tensión. Ya en el año 2000, en un diálogo crítico con la noción foucaulteana de biopoder, Latour advertía que la filosofía política se había simplificado la vida al poner de protagonista exclusivo de todas las luchas políticas y de poder, al ser humano en cuanto hablante y por cierto en cuanto animal racional. En ese sentido, el gran aporte de la biopolítica, había sido el de recordar a los teóricos que los humanos siempre habían estado acompañados por algo más que palabras, voluntades y razones. Tomando una opción vecina a la de Michel Serres, Latour baja el perfil a la relevancia fundante del contrato social, no para simplemente menospreciar su importancia ni para obstaculizar los cambios, sino para subrayar los componentes naturales, animales, geológicos, químicos, biológicos y atmosféricos que, entre otros, son también parte de la política como actores de pleno derecho. Sin estas incorporaciones parece ser que las transformaciones sucumben ante las mismas mecánicas que impone la fricción entre política y “desarrollo”. Así también la cuestión de lo social acusa un carácter especial en Latour. Lejos de ser un telón de fondo o una constante que ondula tras las vicisitudes y la coyuntura de los acontecimientos, lo social es ante todo un efecto que se construye y compone en una polifonía de funciones. Esta resultante es fruto de un ensamblaje que debe ser descrito y explicado en cada caso, más que una instancia a la cual apelar para frenar y finiquitar el análisis. Lo social no explica nada, es más bien lo que debe ser ex-plicado en sus componentes y conexiones. Por cierto, en el carácter artefactual de estos ensamblajes, lo no humano tiene un lugar tan gravitante como muchas veces no advertido: ¿qué sería la opinión pública sin la serie de artefactos técnicos y complicidades léxicas que dan vida a los medios de comunicación? ¿qué sería de las identidades nacionales de no ser por todos aquellos dispositivos que la implementan, dando una lectura de conjunto a la heterogeneidad de nuestras prácticas? Es en este conjunto de interrogantes que Latour forjó la noción de “actante”, como aquel elemento que, sin definirse por su condición de humanidad, es también capaz de agencia, o si se prefiere, de acción y convergencia dentro de un tejido social que opera como un paisaje en despliegue. Buena parte de nuestros universales: la sociedad, el estado, el mercado, derivan de estas conexiones y su efecto de univocidad persistente. Estas cuestiones se disponen a título de una apuesta ontológica que el autor muestra en La esperanza de pandora: la denuncia de la ficción que organiza a un sujeto y un objeto como dos momentos autónomos que pre-existen a su puesta en relación. Latour arremete contra esta esquemática en favor de mediaciones efectivas en que los sujetos no existen -y no pueden siquiera pensarse a sí mismos- si no es por el contrato de sentido que establecen con la serie de objetos que los anteceden y circundan. Lejos del lamento que acusa a la técnica como un territorio de alienación en que a los sujetos no les queda más que subordinarse, Latour muestra la interferencia bastarda en la que ambos -sujeto y objeto-, anidan desde todo posible inicio. De este modo, tanto la enajenación en la técnica como la pretendida soberanía del individuo comparten un supuesto de pureza hacia el cual Latour dirige su ofensiva y que resquebraja en nombre de un realismo no moderno. No se re-organiza entonces la política si no se dispone una nueva significación de la materialidad. Así visto, no sorprende que, en sus últimos escritos junto a Nikolaj Schultz, Latour levante la pregunta por la posibilidad de organizar la política en torno de la ecología, vista esta, no como uno de los tantos pendientes que dejan las promesas incumplidas de las democracias liberales, sino como aquel conflicto que reclama una serie de redefiniciones y una redistribución de prioridades de la misma política. Ante todo, la ecología, como vocablo, está lejos de una pacificación consensuada: “hablar de naturaleza, no significa firmar un tratado de paz sino reconocer la existencia de una multitud de conflictos” heterogéneos, distintos, en todos los rincones y a toda escala. La naturaleza divide y en ningún caso es una bandera de armonía, nos dirá el autor. Para trazar un mapa de este conflicto, Latour invita a una revisión interesada de la noción de clase. Reconociendo el valor y la fuerza que esta etiqueta tuvo para las luchas de los últimos dos siglos, hoy este concepto se abre a una dislocación en la que la producción ha entrado en una nueva relación con la materialidad, según la cual ni siquiera es funcional a la mera reproducción, sino que se ha implementado como un “sistema de destrucción”. En tanto que la causa medioambiental se resiste a la economización de todos los ámbitos de la vida, ella se suma, por cierto, a las luchas que tradicionalmente abanderan a la izquierda. Pero al mismo tiempo, cuando la materialidad ya no se manifiesta simplemente como un recurso sino como el sostén mismo de una habitabilidad que condiciona nuestra existencia, la conciencia de clase -que se ganaba principalmente en virtud de las condiciones materiales- debe dar un rodeo y evaluar cuáles son hoy las mutaciones que permiten una “conciencia de clase ecológica” tan material como apremiante. Entre muchos otros aportes, Latour nos dejó algunas notas para insistir en estas cuestiones. Sobre todo a quienes hoy nos parecen jóvenes y por tanto inexpertos. Al parecer la envergadura de estos desafíos es además inversamente proporcional al tiempo que se tiene para enfrentarlos. Que un pensamiento haya tenido la sutileza de dejar algo para ese cuidado futuro, que haya brindado esa caricia a un mundo del que se despide, es algo a lo que vale la pena dar una atenta y cariñosa consideración. Tuillang Yuing-Alfaro Profesor de Filosofía, Universidad Academia de Humanismo Cristiano
- Expiación
En mis investigaciones directas e indirectas, (he preguntado muchísimo) me di cuenta de algo muy perturbador. No poca gente (y me cuido de exagerar y no poner derechamente mucha) me contó entre molesta y sorprendida, como hombres que ellos daban fe de que trataban "muy mal" (por decir un eufemismo) a sus parejas en la intimidad podían, sin ningún tipo de culpa (más bien con un entusiasmo de guerrillero), lanzar proclamas públicas, muy vehementes, a favor de la causa femenina de turno, y de paso ser muy crítico con sus pares masculinos poco sensibles al tema. Principalmente, y esto era lo sospechoso, se preocupaban más de denunciar con rigor la falta de sensibilidad, la violencia y el deterioro moral masculino, que visibilizar el discurso que les convocaba. Una imagen muy parecida al del cachorro que antes de siquiera encontrar la tetilla para amamantarse, empuja a los demás integrantes de su camada exigiendo un espacio privilegiado. Debe ocurrir en ellos una especie de expiación psíquica muy profunda de catalogar, como para no meditar sobre lo excéntrico de su comportamiento. Uno con la edad puede llegar a la más terrible conclusión filosófica, aunque la evite (¿o cabe en el campo de la etología?) Toda lucha social, toda empatía por el débil, todo altruismo, se basa en primera instancia en una necesidad de satisfacer un profundo y desconocido placer individual del que goza. Luego de satisfecho el placer originario, muy inconsciente, se puede profundizar y seguir en inercia hacia un discurso coherente, muchas veces mecánico. Todos esos hombres enarbolando banderas por una causa que ellos mismos en su más oscuro secreto infringían, en primera instancia querían, como un adicto a la heroína, sentir ese inmemorial y desconocido placer que les invitaba simplemente a gozar de una forma novedosa y muy afín a los tiempos. Se expiaban. No es casual que las ideas más altruistas de la historia se hayan transformado a los pocos años en simples cultos yoicos, desde el cristianismo, pasando por el Stalinisno hasta las deificaciones de comunismos orientales. En la escala de la selección sexual, estos hombres quizás instauran un nuevo modelo de seducción, inédito hasta ahora en la naturaleza y aún desconocido en las construcciones culturales de género. Una especie de Maquiavelismo sexual. Una reorganización y evolución de las jerarquías en las estrategias de (post) seducción. La culpa expiada como un falo aún mas poderoso.
- Trabajar
Lema de los "vivos" del hampa: "los weones trabajan". Por esto los vecinos de las poblaciones que trabajan, son tiránicos con los delincuentes: "Puta que les tengo bronca a estos chuchadesumadre", lo he escuchado cientos de veces. Matarlos a todos dicen. Los progresistas más cuicos, iluminados por la siempre comprensiva racionalidad, intentan explicar la delincuencia sociológicamente mientras degustan una cerveza artesanal, llegando a cuotas de ternura sorprendentes. Esto es fácil de explicar. Nunca han padecido en su cara, la burla que el delincuente le hace constantemente al obrero de la pobla: "los weones trabajan". Este fenómeno lo ha captado con maestría el cine mafioso. En la película Heat de Michael Mann , a la banda que va a asaltar un banco le falta un chofer, van a buscar a un negro que recién había salido de la cárcel, este para rehabilitarse ante la sociedad trabajaba como cocinero en una comida rápida, su jefe lo gritoneaba como a un niño. Recibe la oferta de estos caballeros elegantes (los vivos que no trabajan), ve la horrible cocina donde tiene que estar más de 10 horas. El jefe lo grita, será la última vez. Le saca la cresta. Acepta la oferta. En Scarface la escena es similar, Al Pacino, cubano exiliado, antes de convertirse en el zar de la cocaína de Miami, trabaja con un amigo en un carrito de Hot Dog. Nuevamente la humillación de un jefe ignorante. Viene la oferta de traficar. Nuevamente a la cresta el jefe. En los Buenos muchachos, Scorsese idealiza a estos vivos que no trabajan, los muestra como aristócratas, los burgueses les tienen miedo, no hacen filas en los restaurantes. Son importantes siempre y cuando no trabajen. Si trabajan se convierten automáticamente en weones. Y de aquí viene la rabia de los autodenominados "trabajadores honrados" de la población. Han escuchado toda su vida por parte de los delincuentes que son weones. Quizás sea verdad.
- Taller de Poesía y Creación - impartido por Germán Carrasco
FECHAS: Enero - Febrero 2023 MODALIDAD ONLINE - VÍA ZOOM: Jueves a las 19 horas (Chile) MODALIDAD PRESENCIAL: Martes a las 19 horas Metro Santa Isabel MÁS INFORMACIÓN E INSCRIPCIONES: gercarrasvielma@gmail.com En este taller se realizarán ejercicios, poemas clave y revisión de manuscritos. No hay requisitos pero es deseable el envío previo de una muestra de creación. De 5 a 15 páginas.
- Ambulancias
Raúl balbuceaba. Nunca se le había dado muy bien la expresión oral, pero esa vez, ese martes a la noche, superó todos los límites, todos sus límites. Raúl, junto a seis sesentones más, se juntaban para jugar al póker con mi viejo todos los martes desde hacía más de treinta años. Siempre existieron muchas historias alrededor de este grupo y de su juego sacrosanto de las cuales se vanagloriaban. Según cuenta la leyenda, o sea ellos siete, cuando a Pepe Rebagliatti lo internaron un lunes por un infarto de miocardio, los otros seis al día siguiente, se las ingeniaron para pasar disfrazados de médicos burlando la seguridad del Hospital Británico y así jugar una partida, literalmente clandestina, en la sala de terapia intermedia. Mi celular se iluminó con un número desconocido en la pantalla: Santiago, soy Raúl, tu papá no puede respirar, vení urgente. Estamos en lo de Luis Farid, la dirección es… Colgué. Sabía la dirección, soy amigo de Maximiliano, su hijo. En esa casa de principios del Siglo XX pasé tardes eternas y hermosas; enajenados, mirábamos a Los Cebollitas en el televisor de tubo mientras mojábamos ansiosamente las vainillas en tazones repletos de café con leche; después, jugábamos al fútbol con una media mientras Claudia, la madre de Maxi, se dejaba meter los goles en un arco formado por dos bibliotecas enormes; esas tardes pletóricas de felicidad y despreocupación en Díaz Colodrero 2541, siempre van a estar ahí: entre la memoria y la imaginación. Esa noche se la había dedicado exclusivamente a Onetti; estaba terminando Los adioses, uno de mis libros preferidos. No puedo explicar por qué seguí leyendo hasta terminar la novela después del llamado sorpresivo y desesperado de Raúl. Tampoco podría explicar por qué empecé a musitar Construcción de Chico Buarque mientras sacaba la ropa del armario con una lentitud preocupante. Ni bien la puerta del edificio se cerró violentamente y una ráfaga de viento frío me impactó de lleno en la cara, me invadió la opresiva sensación de no llegar, de no poder llegar. Fue un sueño recurrente en mi adolescencia, aunque hacía tiempo que no revoloteaba por mis sábanas. Las pesadillas eran siempre idénticas, solo rotaba la persona exánime; por ahí desfilaron mis viejos, mis abuelas, mis abuelos que nunca conocí, mis tías y mis amigos más cercanos. Me llamaban y yo, por situaciones tan cotidianas como idiotas, no podía llegar: se terminaba la batería de mi celular y no recordaba la dirección; el taxista que me llevaba se agarraba a trompadas con un peatón por cruzar mal la calle, y así. Mi demorado arribo solo me hacía sentir más culpable; todos, sin excepción, ya habían muerto. Hacía un frío de esos dolorosos, de esos que molestan, de esos que matan a los invisibles, de esos que conmueven y hacen que un grupo de personas lave sus pecados y sus penas prosaicas donando camperas olvidadas en sus armarios desbordantes y colosales. Esos inviernos también provocan querer entrar a cualquier café para, entre otras cosas, preguntarnos qué sería de esta ciudad y del mundo sin ellos; pienso que un lugar aún peor. Me abrigué, como siempre, de una manera paupérrima: un sweater, una campera de media estación, un jean viejo y gastado con algunas roturas y unas zapatillas de lona que casi no le presentaban batalla a aquella helada invernal. Vivía en el barrio de Chacarita, sobre Avenida Dorrego. De noche pasaban pocos taxis, pero en ningún momento reparé en eso. Tuve suerte; no pasaron más de cinco minutos cuando frenó un Fiat Tempra: el auto de mi viejo que más quise; siempre, antes de subir, le daba un beso a la ventanilla y un abrazo al capó. Hace varios años, cuando mi papá contó en una cena de fin de año que lo había vendido, fui corriendo a mi habitación al grito de: ¡Nunca más vamos a encontrar otro auto como Chichilo! Las risas estruendosas de los invitados todavía hoy las recuerdo como pequeñas dagas; también me acuerdo de la patente de Chichilo: RYJ 863. Llegué bastante rápido a la casa de Luis Farid, Lito para sus amigos timberos; solo ellos le decían así, creo que por una historia con Lito Cruz en Valeria del Mar que nunca me interesó demasiado escuchar de la boca de mi viejo, el recuerdo menos sustancioso y entretenido podía durar horas. La nimiedad de mis pensamientos durante el trayecto del taxi me desesperaba y, al mismo tiempo, me tranquilizaba. La ciudad se presentó ante mis ojos anestesiados de una forma apoteósica. Sentí que nunca había estado en otro lugar más hermoso que en esa Buenos Aires congelada de agosto. Le dejé al taxista todo lo que tenía en mi enjuta billetera de fin de mes; un poco por su celeridad al volante, otro poco por nervios, pero principalmente por no ser el conductor tan ominoso de mis pesadillas. Bajé, y todo cambió. Tal vez para siempre. La vista se me empezó a nublar, mis ojos necesitaban descargar de alguna manera todas las lágrimas que se habían acumulado y no caían. No cayó ni una. Ni una sola. En la calle estaban esperándome Luis y Horacio López, que con un gesto bastante torpe intentó abrazarme. Horacio fue ludópata durante toda su vida; solo sabía que tenía una remisería en Villa Crespo y que había entrado a la mesa de los martes por ser amigo de la infancia de Mario Stalleri. La historia la escuché de su boca en la confitería del Hospital Durand; ambos habíamos ido a donar sangre para mi abuela Lita que, un poco en serio y otro poco en chiste, me pedía que la desconectara cada vez que la iba a visitar. Tenía dos horas libres antes de ir al dentista y me pareció interesante hablar con él durante ese rato; tal vez porque Horacio parece ser de esas personas que vinieron al mundo para hacer, única y simplemente, un poco de tiempo. Sin querer romantizar sus existencias, dolorosas en su mayoría, siempre me parecieron las personas más interesantes a priori; como si fuesen novelas caminando entre nosotros que, por alguna razón, nadie quiere o se anima a leer. Horacio construyó, muy a su pesar, una vida literaria justamente. Tristemente literaria. Vi ojos tristes, muchos más de los que me hubiese gustado ver, pero como los de Horacio nunca. La tristeza de los ojos es la única tristeza que no se puede disimular o camuflar, incluso en fiestas o eventos aparentemente alegres. Lo ves. Los ves. Y cuando se dan cuenta de eso, sencillamente van a buscar otros ojos que no los puedan identificar; sienten vergüenza y quieren estar solos, inundados y solos. Su madre murió en el parto y su padre cinco años después, según Horacio, de tristeza. Su tío materno lo descuidó hasta los diecisiete: Se fue a vivir a Chubut tengo entendido, pero nunca supe más nada. La verdad, mejor; era un hijo de puta, me dijo mientras se intentaba limpiar con saliva una mancha de su camisa color ocre. Durmió en pensiones de Constitución, en plazas y en pisos de Libertador –cuando estaba de racha– con la misma facilidad. Nunca tuve problemas para dormir. Apoyaba la cabeza en la almohada y dormía. Ah! –me asustó– ,escuchá ésta: en la ruleta de Mar del Plata gané setecientas lucas, hasta Sofovich, Gerardo, no Hugo, que estaba ahí dando vueltas, me felicitó; al día siguiente volví y le jugué todo al mismo número: el quince negro. Perdí y tuve que volver a Capital haciendo dedo; nunca más volví a pisar esa casino de mierda, me contó risueñamente y con un dejo de autocompasión. Tuvo un hijo. Solamente pude elegir el nombre: Fernando, por Pessoa; nunca me dejaron verlo. Creo que vive en Olavarría o en Tandil, no sé bien. Deben pensar que no tengo nada bueno para ofrecerle, y es cierto. Me dijo, y automáticamente pensé en todos los padres que ofrecen sin tener nada bueno que ofrecer; ofrecen por compromiso, ofrecen con desgano, ofrecen con resentimiento. Ofrecen con una única ilusión: que pronto puedan dejar de hacerlo. Cuando pedimos la cuenta me apoyó suavemente la mano en el hombro, como se apoya un gorrión en una rama, y con los ojos algo vidriosos me confesó: Los muchachos de los martes son todo; sin ellos, hoy estaría al lado de mi vieja. Me sorprendió que no haya mencionado también a su papá, no sé por qué. Entré corriendo aparatosamente sin mirar a nadie. Está en el sillón; la ambulancia debe estar por llegar, me informó Horacio con una voz tan triste como sus ojos. Le costaba respirar y temblaba; me saqué la campera y lo tapé un poco, aún sabiendo que no temblaba por el frío. Y me miraba, como podía, pero me miraba. Tiernamente. Con amor y con miedo, esa combinación tan perfecta hacía de esa mirada algo único. Me agarró el dedo índice y apretó con fuerza; con esa mano débil y suave, cómo la de un recién nacido, pero con las ineludibles manchas de la vejez. El siguiente recuerdo que tengo es en la ambulancia. Según me dijo Luis después, ayudé a los enfermeros y los abracé muy fuerte cuando llegaron; sinceramente, no me acuerdo. El destino era el Sanatorio Otamendi en Recoleta. Nunca más amé a nadie como a mi viejo en esa ambulancia. Mi viejo, nuestro viejo, el viejo de casi todos los hijos, ese viejo que arranca como Superman pero termina adicto a la criptonita; ese viejo que repite, en mayor o menor medida, las mismas virtudes y miserias casi como fotocopias: dulces, opresores, tolerantes, egoístas, bondadosos, machistas, comprensivos, violentos, tiernos. Nuestros. Son unos pelotudos. Veinte veces pedí que cambiaran la sirena– le dijo con voz aflautada el enfermero/conductor a su copiloto de no más de veinticinco años y gesto adusto. Pensar en una ambulancia sin sirena me angustió todavía más. Ese cuerpo frágil pidiendo que se terminara el mundo con un grito ahogado me dolía y me enternecía a cada segundo; todos esos segundos que en esa Renault Traffic acondicionada a medias estuvieron cargados de despedida y de un amor completo; un amor que no necesitó más demostraciones, palabras, gestos, miradas, caricias ni ninguna de todas esas cosas que vamos mendigando por la vida silenciosamente y que, en su mayoría, nos llegan muy a cuentagotas. Esa ambulancia, durante el trayecto Villa Urquiza-Recoleta, se transformó en un genuino reducto de amor. Pienso en todas las cosas que lo son y lo van a seguir siendo, aunque también pienso en las que no lo fueron ni serán, en las que no llegaron como yo no llegaba nunca en mis sueños de adolescente. Pienso en cómo deben sentirse esas ambulancias; fracasadas y tristes por no haber podido cumplir con su misión, única y final. Gonzalo Fudim
- El fracaso
La tentación del fracaso es el nombre de los magníficos diarios de Julio Ramón Ribeyro. La senda del perdedor una novela de Bukowski. El derrumbe otra de Scott Fitzgerald ("hablo con la autoridad del fracaso") El "Fracasa mejor" de Beckett. Curiosamente en los años noventas, el fracaso se encarnó en un popular estilo de rock. El grunge. Se instauró una moda. Incluso hubo un momento, en medio de esos poderosos riffs de Nirvana, en que a los jóvenes ya no molestaba (al contrario surgía un morboso orgullo) autoproclamarse un fracasado. ¿Qué es el fracaso? No es simplemente un estado de mal ánimo de escritores mimados. Su etimología no se remonta más alla de quinientos años atrás, probablemente francés o italiano. Es estrellarse contra algo. Los historiadores han identificado el momento en el que la palabra fracasar deja de ser un término naval (naufragio o choque de barcos) a convertirse en un sustantivo cotidiano de cambio: la derrota de la Armada Invencible en 1588. Juan José Saer identifica el origen de la moral occidental del fracaso en El Quijote de la mancha, el antihéroe épico . El destacado historiador de las mentalidades Philippe Ariès dice calcado lo que Michel Houellebecq había escrito en su libro "Ampliación del campo de batalla" (probablemente Houellebecq haya leído con pasión "La muerte en Occidente"): "Observo que en nuestros días todo el mundo tiene forzosamente la impresión, en un momento u otro de su vida, de ser un fracasado.." Ariès precisa esta sentencia aún más al contextualizarla, y aquí lo impresionante, nuestro gran historiador destaca con elocuencia que esta sensación de fracaso no se conocía en la primera edad media. Esto es revelador. ¿De qué se fracasa? ¿Cómo ? ¿Por qué hoy esta sensación se volvió global? No es simplemente una reacción a la pobreza. Fracasan emocionalmente también los ricos, los medianos, los cultos, los famosos o las personas físicamente bellas, nadie está libre de tan moderno mal. ¿Por qué la primera edad media desconocía tal sentimiento? Una explicación preliminar: en esos tiempos los hombres no tenían el timón de la vida en sus manos. El que se sume en una Providencia no fracasa. Es por esto que aún hay resabios de esta disposición en algunos modernos: Los religiosos "no fracasan". El "fracaso" es hijo de la modernidad y el individuo. Alivia pensar que hombres no conocieron este sentimiento, esto nos hace entender a la Historia como una terapia. Los griegos clásicos no conocieron la compasión a la manera cristiana. Podrían ser racionales, justos, pero ese lenguaje meloso e inofensivo de la compasión paulina les era desconocida. Por eso hasta Aristóteles suena duro en algunos ejemplos sociales. Así mismo los primeros medievales se asombrarían de toda esta moderna literatura y música devota del fracaso. Y no sólo esto, se asombrarían también de que todos los hombres alguna vez en su vida se hayan sentido fracasados. ¿Cómo puede un moderno transformar su nefasto estado de ánimo? Leyendo Historia, estudiando las arbitrariedades de los sentimientos sociales, refugiándose en los cambios, descomprimiendo los temores. Riéndose de las esperanzas de artificio. Desmontando los (auto)castigos. ¿Qué es en definitiva esta sensación moderna del fracaso? Es la respuesta contingente e inmediata a la gigantesca presión que ejerce la existencia, de un determinado grupo humano y un periodo histórico, frente al vacío de poder para ejercer su propia vida.
- Los oídos no tienen párpados
Puse en google Bach y me arroja bachata. Me tomo un shop y se me instala el evangélico más integrista con un altavoz al lado. Algo pasa. Estoy a algunas cuadras del Hipódromo y el Estado Santa Laura. En el Hipódromo tocan varias bandas que hace veinte o treinta años me habrían hecho pasar la noche fuera del recinto para ocupar un buen lugar. La gente viaja de países vecinos para asistir. En esta ocasión me resulta todo ruidoso. Por el hecho de vivir cerca, tuve que escuchar por obligación. Hace veinte años habría trabajado de copero para comprar la entrada, pero en este caso tuve que ponerme tapones de espuma y unos audífonos encima, tratando de sellar. Solo entraría a la íntima oscuridad de mi cuerpo y muy despacio la música que yo eligiera. Procedí. Pensé en poner sonidos de lluvia, último recurso. Luego pensé que era una blasfemia ocupar algo como el concierto A la memoria de un Angel de Alban Berg pero esa fue mi opción. Pedí perdón a la imagen en la pantalla de Berg. Luego de haber escuchado por tercera vez el concierto y de haber visto las entrevistas a Boulez sobre el tema, me saqué los audífonos torturantes y luego los tapones: el concierto en el Hipódromo continuaba. Un verdadero trabajo estar de pie toda la tarde viendo a las bandas. Pensé en las cosas que hace uno cuando adolescente, en mi generación al menos, de suerte que varios estamos vivos. El recital continuaba pero esta vez me hicieron cierta gracia unos bronces con guiños humorísticos, una mezcla entre Bobby Lappointe y Bregovic. Era risa, humor: las dos características más ausentes y más castigadas en el arte y la literatura chilena. La música, el arte y la poesía pueden ser una invasión. No me gustan las invasiones. Huyo corriendo del neobarroco, del carpetazo académico, de la ocupación de espacio, la toma a mano armada del auditorio, la performance alharaca, el poema avasallador, la policía en que se convirtió lo que debía ser una herramienta emancipatoria que nos liberaría del patriarcado. La sed desmedida de poder y el afán enfermo de figuración. El ruido. Prefiero la palabra que se conquista a sí misma, hacia adentro, el puma que hace cripsis en las rocas, la lechuza blanca que hace cripsis en la nieve. La piolez. Paréntesis sobre la cripsis. Mimetismo y cripsis. La diferencia entre estos dos conceptos está en que en el mimetismo un ser vivo se asemeja a otros de su entorno y en la cripsis el ser vivo se asemeja al propio entorno donde vive. Ambas son estrategias de supervivencia. Encriptar. El puma no tiene ningún tipo de poema en su piel. Su piel es gris, llana y silenciosa como las rocas en las que se confunde en el silencio de la montaña. No hay ningún poema ahí. Hay silencio. El puma, a diferencia del tigre, no tiene la caligrafía de dios en su pelaje. Tampoco manchas de leopardo que también podrían ser la puntuación o algún tipo de timbraje divino. No hay ningún poema en la piel de los pumas que hacen cripsis para sobrevivir. Para evitar la masacre. Si uno vive cerca de un Estadio necesariamente escucha, le guste o no, desde el descerebrado de Tom Araya hasta alguna cosa de protesta deprimente o ridícul o un predicador estilo Rex Humbard a un festival de cumbia o trap. Cualquiera que no viva en un barrio residencial sabe cómo hay que tragarse inevitablemente la salsa de los hermanos centroamericanos. Y no se trata de Colón con Lavoe o Fania All Stars, que sería genial. Lo que escuchan es otra cosa. Mi consumo de tapones de espuma se triplica, son desechables, su mal uso crea un tapón interno en el oído que produce un dolor de cabeza insoportable. Averigüé en la desesperación que habían algunas especialistas que van a domicilio con una jeringa descomunal estilo medioevo y una bandeja en forma de riñón a sacarle el tapón de cera que alguna gente produce. ¿Por qué hay gente que produce más cera en los oídos que otra? ¿Acaso porque la sabia madre natura no quiere que escuchen barbaridades por el solo hecho de caminar un poco o toparse en una shopería con un televisor encendido? Recuerdo un poema de Hernán Miranda El vecino ciego se esmera en dejar relucientes los vidrios de la ventana como yo nunca lo he hecho. Pasa el paño escrupulosamente una y otra vez y luego palpa con la mano. Y al parecer por el tacto (o quizás por el oído) descubre dónde queda suciedad y vuelve a pasar el paño limpiador. La ventana al fin resplandeciente dejará pasar ahora toda la luz hasta el reino de las tinieblas. Hay cierta sabiduría de la natura y cierta belleza en el Alzheimer, en no recordar. En esas ancianas que se pierden en sus rosales. Conocí una, divina, sin alzheimer, que disfrutaba las galletas de cannabis que su hijo le conseguía para los dolores y se quedaba en diálogo con sus plantas. Era de apellido intimidante y le gustaba ir a güeviar a sus parientes pidiéndole a su hijo, un militante comunista, una polera o algún distintivo del PC. Me ofrecía cerveza o tintito o blanquito apenas llegaba a esa casa. Hay algo bello en el alzheimer o en perder algún sentido, en no querer cargar la pesada carga de recuerdos. O en una anciana volada en diálogo con sus plantas. Borges decía que su ceguera había operado como una antología que sólo le permitía releer lo que de verdad le interesaba, y que lo demás era macana, esa fue la palabra que usó en un encuentro en México. Mi hermana me preguntó preocupada un día, “¿por qué no llevas las gafas puestas?” Le dije que no quería ver tanto, y sonrió. Pero no por misantropía. No es en absoluto esa amargura que se nota en directores de cine o teatro, actores o lo que sea que desde los cuarenta y tantos años dicen en sus entrevistas que ya no quieren escribir ni filmar ni trabajar en equipo, que están decepcionados de esto y lo otro, que no les gustan los graffitis en no sé dónde y poco menos que quieren pasear en victoria por Viña en donde se perdió el café Samoyedo y no sé qué más. Aparecen sus entrevistas en la prensa cada tanto. El famoso viejoculiadismo. No, lo mío nada tiene que ver con esa actitud melindrosa, donosiana. Supieran lo que es trabajar duro en un restaurante, en un jardín no domesticado, lo que trabaja una compañía de cineastas de guerrilla en una pobla, las profes que hacen clases en colegios con niño en riesgo social. Sacar a un solo niño del riesgo social y dejarlo adicto a la biblioteca vale más que una performance hecha, muchas veces, con aviones y sumas millonarias del Estado. De hecho, es de esa actitud apática de no querer vivir o viejoculiadismo pero en otro contexto donde nace la misoginia. Hagamos un paréntesis sobre la misoginia. El cuento es corto: Había una vez una pareja. Ambos tenían belleza e impulso y se casaron. Habría servido tener buenos hábitos de consumo cultural para ambos pero no era el caso. Ella quería un estilo de vida que vio en la televisión o en alguna parte y que él no puede darle. El se frustra. Se pone a beber con sus amigos que comparten la misma experiencia y, lamentablemente --habría servido tener ayuda en salud mental pero ni pensaron en el tema- dejan de hacerse cariño, abandonan –pésima idea- las artes de la carne. Ninguno de los dos tiene apetito. El comete el error, un acto bastante poco varonil para mi gusto, de comentar el tema entre varones. Juegan pool en una catacumba oscura. Se secan, les sale joroba. Se convierten en reptiles que no creen en los cambios políticos –han sido decepcionados demasiadas veces- ni en el amor ni en absolutamente nada. La búsqueda de silencio no tiene que ver con ningún tipo de misantropía porque todos disfrutamos los sonidos de los niños en una plaza, el canto del chercán, el Charlie Parker de los pájaros, las instrucciones a grito pelado en un sparring, las conversaciones en el Metro que escuchamos sin ser descubiertos. Es simplemente un amor al silencio y al sonido natural de la ciudad que John Cage amaba más que una sinfonía. Un amor al silencio generador del poema, al silencio propicio al beso de los amantes en la plaza o a la salida del Metro, escena que se ve cada vez menos. Vayamos a la poética. El poema es una partitura para no ser interpretada ya que la música sublime es mental. Cualquier lectura de un poema es una traición a esa partitura. Las melodías que se escuchan son hermosas, pero las que no se escuchan lo son más aún. Hasta uno de los poemas más perfectos de la poesía chilena, “Preguntas a la hora del té” de Nicanor Parra, pierde gracia cuando lo escuchamos leído por él. No sé qué voz imaginamos cuando leemos un poema, pero ninguna voz real pareciera alcanzar lo que imaginamos. No existe, sólo podemos acercarnos a ella. No existe la representación, sólo el intento de acercarse a contar lo que vimos. Claro, es grato escuchar a veces a alguna gente leer, saber cómo era la voz de las poetas de las que nos enamoramos. Se imposta un poco para que la lectura no sea una lata o, peor aún, una invasión. Recuerdo en dictadura cuando habían recitales de poesía mixtos (en Chile ya casi no existen) y en donde todo era amistad. Hoy sólo asisto a casas de amigos cuando alguien quiere compartir sus versos. El poema es sólo una partitura y debe haber un nivel mínimo de intimidad para sacarlo de ahí, tiene que ver con la voz baja y cifrada de los delincuentes y de los amantes, con la meditación y el rezo, con la creencia de que una palabra errónea puede hacer que la montaña se enoje y envíe un desprendimiento. La gente que lee partitura clásica o clave americana con una sola ojeada puede vacilar sin sonido, leyendo sólo la partitura. He espiado a algunos. Algunos hacen un conteo con las yemas de los dedos. A uno lo descubrí una vez en el Metro haciendo el golpeteo con el pie hasta que, como que no quiere la cosa y con el Metro lleno, me di cuenta que venía leyendo una partitura de uno de mis saxos tenores vivos favoritos. Me llenó de alegría por dentro, como cuando el poeta Francisco Ide me dijo que había visto a un oficinista leyendo un libro de poemas míos en un lugar del centro. II Cripsis y aposematismo El rumor y el susurro son cripsis y algunas visualidades son aposematismo. Por eso muchas veces en las cinematografías es siempre un problema mezclar texto e imagen, poema e imagen. El rumor y el susurro son cripsis, intentan confundirse con el viento. Son áfonos. Son poéticas que aspiran al silencio. El aposematismo es de colores vivos, como un pavo real. Barroco. La cripsis consiste en fundirse en el contexto para ojalá pasar desapercibido y salvar la vida. Está relacionada con el poema en voz baja, con la palabra leve que se confunde con una nota hecha a mano alzada, con una palabra que aspira a la levedad, a la nota o boceto. Usa verbos modales y potenciales y ante la afirmación antepone un quizás o un tal vez. Carece de la asertividad valorada en territorios que adoran y extrañan el cepo y el látigo, en países donde se rinde culto a la autoridad y el poder. Lo asertivo es palabra dictadurizada, pero es muy poco lo que podemos afirmar con certeza: somos estúpidos y moriremos. Ni siquiera nuestra pertenencia a un lugar. En nuestro sueño, nos convertimos en drones que recorren la ciudad. Clasificar y fijar identidades es depredación La cripsis es poesía que nace de ciertos estados de alerta ante las amenazas de los depredadores o de quienes intentan exterminar algunas especies. De quienes quiere eliminarnos. Ante eso se guarda silencio estricto y nos fundimos en la natura que se hace una con nosotros. A veces confundimos a la muerte con un gran recreo a la esclavitud de los sentidos o con los íntimos y plácidos estados de quietud. El aposematismo, proceso contrario a la cripsis, también es un mecanismo de defensa, pero su estrategia es distinta: hace gala de todos los colores vivos que señalan contenido venenoso. Los colores vivos suelen ser veneno en algunas especies.Cuando una especie hace aposematismo está diciendo: “soy tóxica, si me comes, te mueres”. Algunas ranas y mariposas se defienden de esa manera, como quien se comunica con una prenda de vestir. Alguna gente señala con su atuendo ciertas prácticas sexuales extremas para buscar aliados. El rojo-peligro o rojo-puto es su signo. Pero hay un tercer tipo de especie que sin poseer la toxicidad de ciertas especies como ranas y mariposas, imitan a estas para hacer creer a los depredadores que son tóxicas. Pero no lo son. Y logran confundir a los depredadores. Este proceso se llama mímesis. Es como cuando Juan va a un barrio extremadamente peligroso y se pone una polera que dice bjj o mma. Aunque Juan no posea ningún conocimientos de bjj o mma, atraviesa ese lugar sin problemas, fingiendo no prestar atención a la polera, que advierte: “sé bjj o mma, así que no te acerques.” Aunque Juan no sepa absolutamente nada de esas disciplinas, camina de una manera relajada, firme y segura. Esto último se llama actuación. La cripsis es áfona. Es el lenguaje que se ocupa en las situaciones de muerte y amor. El aposematismo es estridente. La cripsis es cromática a niveles imperceptibles y por lo general usa los colores del desierto o la nieve. El aposematismo usa colores vivos y se da mucho en ranas y mariposas tropicales. Algunos caminantes observadores y cineastas utilizan la cripsis. Es su manera de poder filmar lo que es casi imposible de filmar. No ser advertidos ni visibilizados. Afirma Nelly Sachs, citada por Patricio Pron: “Usted comprenderá mi deseo tantas veces repetido de desaparecer detrás de mi trabajo, de permanecer en el anonimato. Quiero ser eliminada por completo: solo una voz, un suspiro para aquellos que deseen escuchar atentamente”. O John Cage: “Ser un animal blanco, en el invierno, cuando cae la nieve, entonces subirse a un árbol, sabiendo que tus pasos son cubiertos por la nieve nueva, ¡de manera que nadie sabe dónde estás! Ese es uno de los ideales. Otro ideal es encontrar el vacío” El narrador argentino Oliverio Cohelo tenía un cuento con la vieja fantasía de retiro y renuncia del escritor. Un escritor lo deja todo y se dedica a reparar tocadiscos. Pero un día llega a su taller el más concienzudo estudioso de su obra porque quería simplemente reparar su tocadiscos. Ambos saben quién es quién. Pero el estudioso, que había dedicado su vida y conocía cada detalle del escritor, respetó la renuncia del este. Ambos se despiden sin decir nada, aunque el académico había dedicado su vida al hoy en día reparador de tocadiscos. Algunos voyeurs, cineastas y dramaturgos utilizan algo similar al aposematismo, al hacerse ver y no esconderse: dejan en claro que están filmando, que lo que hacen es solo una tentativa de representar ciertos eventos elusivos. Solo se puede intentar representarlos con la esperanza de que tengan un leve aroma a lo que fueron. Sucede con las imágenes demasiado milagrosas que nos presenta la realidad. Porque la realidad es milagrosa, de eso no cabe duda. El problema es cómo hacer pasar de polizonte el susurro y lo áfono —o sea, el poema— hacia el mundo de la representación y las visualidades. O cómo traficar esa cripsis hacia la relación con un otro. Sólo te ama quien logra verte aunque los demás no adviertan tu presencia. Cuando en una pareja alguien deja de ver al otro, se acaba la relación. Sólo puede acceder a tu alma quien logra advertir tu presencia, como esas sensibilidades especializadas capaces de distinguir una liebre blanca en la nieve o un puma en la montaña.
- Hechizas. Conversación con Demian Schopf
Lo que sigue es una conversación con el artista Demian Schopf a propósito de su exposición Hechizas, exhibida en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago hasta el 21 de enero del 2023. Título obra: Hechizas Año obra: 2022 Materialidades: armas hechizas en vitrina Dimensiones: vitrina de 2660 x 90 x 224 cm. Foto: Marcelo Cruzat Hechizas es una instalación de más de 1.600 armas recuperadas de distintos centros penitenciarios. Las armas están además acompañadas por una serie de teléfonos celulares donde, entre otras cosas, el espectador puede saber, mediante un GPS, el lugar exacto donde tú te encuentras mientras recorre la instalación. Antes de pasar a las armas, que han generado harto debate en las redes, cuéntame un poco del uso de las pantallas, algo recurrente en tu trabajo. Tengo una unidad, en un curso que doy hace años, donde enseño sobre la cámara oscura desde la antigüedad –la primera se construyó en China– hasta la era actual. Siempre le pregunto a mis alumnos ¿cuál es hoy el principal lugar de las imágenes? Creo que el celular es el gran cuadro contemporáneo y universal. Yo le doy dos usos. Bien lo dejo aparecer en toda su materialidad, manteniendo la pantalla en negro para que se vea su superficie trizada en dos casos. Ahí se ve el cronómetro –que es el tiempo acelerado y una vanitas como un cráneo barroco– junto a los textos que tratan sobre las cárceles y la hipervigilancia extrapolada a la totalidad de los social en la era de las redes planetarias informatizadas, destacándose uno que trata de En la colonia penitenciaria de Kafka. En el otro hago pública mi propia geolocalización, citando a la tobillera electrónica, pese a que el celular es un dispositivo panóptico mucho más feroz: todos tus datos, toda tu vida. Este también está trizado. Aparece el glitch. Así como en los casos de los celulares negros, éste le devuelve al cuerpo a lo que se quiere incorpóreo, liso y cada vez más flaco. Además, puede entenderse como un ejercicio de forma y color, es decir de pintura (tal como lo entendía Nam June Paik con su Televisión abstracta o sus Televisores preparados). Se relaciona con un gesto materialista, propio de un artista de vanguardia como Malevich con su cuadrado blanco. Ahí se pueden ver las trizaduras de ese gran cuadro contemporáneo que es el celular. De algún modo se replica la máxima de McLuhan: "el medio es el mensaje". Muchas veces se le pide a la obra que sea algo así como un dato verificable y no una lectura mediada de los “hechos reales”. En ese gesto no solo se desvaloriza el efecto de realidad que produce una ficción, sino que se le pide a la obra y al artista que se limiten a tocar solo asuntos que les serían “propios”. ¿Qué piensas de eso a propósito de la recepción de Hechizas en la redes sociales, donde se te acusa de apropiación? Claude Lanzmann, en su documental sobre el Holocausto Shoah, sostiene la tesis de que el horror de los campos de exterminio nazi sólo es “presentable” mediante el relato de los sobrevivientes. Sin embargo, Lanzmann no es un sobreviviente (tampoco lo es Alfredo Jaar, que en algunas obras adopta la tesis de Lanzmann). Es evidente que el valor del testimonio en primera persona, sea de un sobreviviente o una persona privada de libertad, es extremadamente valioso, pero no es el único valor. Si, por ejemplo, sólo a los Afroestadounidenses se les permitiera hablar sobre la esclavitud, los mismos esclavos desaparecerían en tal paradoja (pues ahí la esclavitud se abolió en 1865). Si se asume a todo ser vivo como sintiente, el problema se hace extensivo no sólo a las ciencias humanas, sino también a las biológicas. Si de acuerdo a ciertas epistemologías recientes que, dicho sea de paso, también se “apropiarían” de lo “ancestral”, se asume que seres que no se reproducen en al menos un ciclo de trabajo termodinámico –esa es la definición de vida del exobiólogo Stuart Kauffman– pueden ser igualmente considerados entidades vivas, desaparecerían simplemente todas las ciencias en el vórtice del yo-testigo como único ente válido. Además, si se asume que existe el inconsciente, ni siquiera el testigo podría hablar con plena propiedad. Sería el fin de la representación sin más, algo que en términos antropológicos, culturales y semióticos es imposible. No podemos vivir sin representaciones. Incluso los animales operan con signos: objetos que están donde están representando otra entidad. Piénsese en la marca de un perro o la danza de la abeja. Eso que llamas representación es otra forma de decir que las lecturas, el artificio, la ficción son formas de producir realidad. Incluso uno podría decir que sin ellas quedaríamos atados a las “cadenas de lo verificable”, como si supiéramos de antemano cómo y de qué está hecha la realidad. El arte, decía Saer, multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento de la realidad. Es muy limitante la exigencia de que la obra y el artista solo hablen en clave testimonial. Se me ha acusado de apropiación. Si eres artista, profesor universitario, blanco y de clase media y si no estuviste preso no estarías autorizado para hablar, por ejemplo, de la cárcel y los sufrimientos que ella produce. Así es. Con respecto a la apropiación, pienso que cada caso se ve en su mérito. En algunos casos, cuando se terminan los argumentos, se apela a una especie de epistemología y estética de los afectos –un campo mucho más difuso y complicado de evaluar– recurriendo a la empatía que el autor debería tener y suponiendo a priori que carece de ella. Eso se conoce como pre-juicio. Emerge entonces una especie de fascismo irracional que no es más que pura emoción –me atrevería a decir condensación– algo muy propio de las redes sociales, donde se reclama lo empático de modo antipático. El sujeto se desliga de toda responsabilidad con la propia empatía y se queja de que el otro (supuestamente) carece de ella. Hacerse parte de una lluvia de mierda dice mucho más de quién lo hace, de su empatía, ética y moral que del linchado de turno. Hay que ser muy miserable: un sujeto repelente, tóxico e intoxicado. Hay gente, sobre todo adolescentes y niños, que se suicidan por cyberbullying. Éticamente para mí no es un interlocutor válido el que quiere lucirse frente a los amigos por 15 minutos de fama a cualquier costo. Eso no es más que hedonismo, narcisismo psicopático y frivolidad. Las redes son, por definición, frívolas. Es el triunfo del hedonismo, del mercado del insulto y de los datos que tan bien funciona en las redes sociales. Se me acusa de lucro. Aquí el único que está lucrando es Instagram. Me parece una jibarización de toda forma de pensamiento crítico. Veo este fenómeno replicado en estudiantes. Me preocupa mi futuro como profesor. Temo que se vuelva algo desagradable. También me hago preguntas acerca del futuro de este país y del mundo. Ahí se cumple una de las tesis de Hechizas: la violencia carcelaria no es más que un reflejo de una violencia generalizada que recorre el mundo. Nombre archivo: Hechizas_Demian-301 Hechizas, 2022, Instalación, antesala de la Sala zócalo iluminada que muestra en vitrinas algunas armas hechizas y otros objetos propios del mundo carcelario como la termita, un anafre hechizo, dos arañas y un afilador hechizo. Foto: Marcelo Cruzat. “Bocas abiertas y hambrientas esperando morder la carne del otro, esperando deglutirse a alguien”, dijo Alexandra Kohan a propósito de esta cultura de la cancelación que muchas veces termina ejerciendo violencia en nombre de causas nobles, en nombre del bien. Totalmente, y lo que no se entiende es que yo no estoy en representación de nadie. No pretendo representar a las personas privadas de libertad. Simplemente invoco la presencia de estos objetos –los excepcionalizo sacándolos de su estado de normalidad, como diría Calabrese– para que algo se “muestre” en ellos sin la necesidad de yo “decirlo” explícitamente. Se opone el sujeto estético del mostrar al sujeto lógico del decir. Llevo años trabajando en este proyecto. Leí que te acusaban no solo de apropiación sino de ser un artista que no trabaja, porque nada de lo expuesto está hecho por tus propias manos. ¡Parece que Duchamp, el ready made no hubieran existido! Claro, el ready made es apropiación, pero acá hay una vuelta de tuerca más: Si un curador, a petición mía, certifica que un cuchillo hechizo, fabricado en una cárcel de Santiago, es una escultura abstracta constituida por un poliedro irregular y hueco de acero de 16 caras dispuesto sobre un plinto y un galerista lo pone a la venta, ¿ante qué estamos sino ante un problema de lógica modal? (de hecho, ese argumento forma parte de mi tesis doctoral de 2014 y es anterior a cualquier intención de hacer algo artístico con esos cuchillos que colecciono desde 2010). Eso que cuentas es efectivamente una obra que hiciste Así es, envié un estoque penitenciario –titulado Escultura#1– a pasear por 16 países y transportado por un funcionario del Reino de España entre 2015 y 2016 como valija diplomática en cabina. Fue parte de la exposición colectiva Valija diplomática low cost comisariada por Nilo Casares, que constituye el antecedente directo de Hechizas y cuyo certificado –donde la agregada cultural del Reino de España en Chile certifica que el curador certifica– también forma parte de ésta junto a una foto con la maleta y el estoque expuesta en el Immigration Museum de Melbourne. El cuchillo funciona como ready-made, objeto encontrado y escultura (aunque hecha por otro). Al ingresar al museo, uno se encuentra con objetos que son a priori lo que son, como el cuchillo penitenciario devenido en escultura abstracta. Su devenir certificado constituye, como en Manzoni, una declaración de arte. Un arma ilegal ingresa al mundo de los objetos permitidos por el arte, y por la ley, teniendo que haber sido legalizado para abandonar su lugar de origen (y aquí tenemos una diferencia importante con Duchamp, Manzoni o los conceptuales de los 70-80). Es un ready-made asistido, en este caso por un recluso anónimo y por los procedimientos efectuados con Gendarmería, el museo y el curador de la muestra. Es una redundancia leguleya de la función declarativa inventada por Duchamp. La ley se transforma en medio y el comodato posibilita la materialización de la obra. En este caso, no es el artista sino el aparato legal el que produce el ready-made. Hay una anécdota: un día a alguien se le cayeron sus anteojos en el MOMA y la gente empezó a sacarle fotos pensando que era una obra. Si hubiera habido 1.300 armas hechizas habría llegado la policía y esta exposición no habría sido posible. Tuve –y quise– apelar al conducto regular y legalizar la exposición a través de la figura del comodato entregada por Gendarmería. Lógicamente no me voy a poner a explicar esto en un posteo. Se hace imposible discutir con gente pre duchampiana, que son hijos de lo instantáneo. Por algo su medio se llama Instagram. Y pre freudiana, que olvidan que el sujeto no es algo soldado a sí mismo, que no es traslúcido para sí. Hay deseo de transparencia en muchas de las posiciones que exigen una suerte de identidad plena: la del preso, la del artista y podemos seguir. Quien se sorprenda de que no haga todo artesanalmente simplemente desconoce el arte moderno, la vanguardia y el arte contemporáneo. Quién confunde el sublime kantiano con la sublimación freudiana sigue pegado en la estética de lo bello. Es increíble que haya que explicar estas cosas a estas alturas de la historia. No sé bien que estará pasando con la educación artística en este país, supongo que a nivel escolar. Si elegí esos objetos (esas armas) es porque están llenos de significado, encierran un enigma, aparte de su belleza cruda, simple y a la vez complejísima. Hay un trabajo de repujado en algunas piezas que es sorprendente e indica una gran sistematización en su producción. Existen instrumentos para producir estos estoques, por ejemplo una hoja de sierra incrustada en un bloque de madera que sirve para cortar en silencio durante las noches. En coa se lo conoce como la termita. Hay algo contemporáneo y a la vez arcaico ahí. Es muy raro que se lea como una ofensa en clave de apropiación, cuando es todo lo contrario. Pensaba que en esa acusación se cuela otro asunto que me viene inquietando hace tiempo. Además de existir allí un reclamo de pureza, hay algo que tiene que ver con las identidades. Si hace un tiempo atrás la identidad era un lastre, algo de lo que había que huir, hoy parece ser que se critica lo identitario pero para afirmar una suerte de yo más sólido, más rígido, más definido. Hay demasiados “soy” circulando por todas partes, como si ya nadie fuera un enigma para sí mismo. Pasolini lo dice mejor: “En la tolerancia se definen las diversidades, se analizan y aíslan las anomalías, se crean los guetos”. Es interesante pensar la tolerancia como una lógica del capitalismo tardío, como una gran productora de vigilancia. Efectivamente, detecté, el otro día, también un reproche de un colega no tan joven (que no había visitado la muestra). No sé ni por qué lo menciono, prefiero mantenerlo en el anonimato, pero quiero advertir lo peligroso de la cultura de la cancelación que está contaminando ya directamente al medio artístico. Si se observan los perfiles de los trolls en el muro del MAC, donde empezó la polémica, la mayoría pareciera estar vinculada al mundo del arte autodidacta o a estudiantes y ex estudiantes de arte. No es gente del ámbito penitenciario. En contraste, hay un grupo de colegas muchísimo mayor preocupado por la libertad de expresión y creación frente a estos pequeños nuevos inquisidores que opinan de cosas que no han visto desde el anonimato de las redes sociales y escondidos tras un teclado. El colega se expresó con mayor amabilidad que los usuarios de Instagram. Sin embargo, su base fue el mismo argumento ya tratado: la apropiación. Lo presentó como un argumento moral, ético y hasta epistémico que exige una experiencia con y en la cárcel. El asunto se extrema: hay que haber estado preso para hablar de la prisión. Esa posición, para mí neoconservadora, reclama el valor del testigo como único valor y, mucho peor, relega al artista a ser un mero operador formal condenado a los confines de su propia experiencia del mundo. Ese argumento supondría que Marx debió ser obrero o Lenin, Fidel Castro y Che Guevara de origen proletario. Sabemos que no lo eran. La postura supone la cancelación de todo sujeto que no sea él mismo (el yo o un conjunto de yoes articulados en una comunidad o patrón identitario). Si se radicalizara terminaríamos en un mundo de yoes encapsulados hablando cada uno su idiolecto, una figura digna de un cuento de Borges o de los eternos monólogos de los personajes de Thomas Bernhard. No me parece convincente en términos éticos o morales, porque limita mucho la comunicación entre yoes y comunidades. No tiene uso posible en términos políticos. Esas hordas funámbulas no son más que una nueva cara del fascismo más rancio. Un fascismo sin rostro ni nombre, y además cobarde. Título obra: Hechizas Año obra: 2022 Materialidades: Esto, que parece una escultura abstracta, puede ser un insumo para la fabricación de armas hechizas o puede formar parte de una araña (un objeto utilizado para recoger "pelotas" lanzadas desde la calle por "peloteros"). Dimensiones: 60 x 60 x 224 cm. Foto: Marcelo Cruzat ¿Por qué le pusiste a tu muestra Hechizas? Existen arreglos hechizos, maestros chasquilla. Esto también ocurre en los penales, pero bajo una determinante esencial: la extrema violencia y la supervivencia. Respecto al título, pensé que Hechizas sonaría mejor que Hechizos que conserva demasiada relación con lo mágico-animista del hechizo entendido como encantamiento. Existen armas hechizas. Es un juego de lenguaje, a fin de cuentas, no una confusión. La exposición, decía al comienzo, no solo está compuesta de cuchillos y estoques sino también de pantallas de celular. Los primeros objetos están asociados al bricollage del arma hechiza, los segundos a la gran ingeniería de la vigilancia, presente en la muestra a través de un celular que muestra en tiempo real mi geolocalización. El celular cita a la tobillera electrónica, pero es un aparato de control mucho más efectivo. Todo está ahí. Te cuento una anécdota: la última vez que fui a Supermercados Jumbo compré un pack de cerveza Sol y pagué con mi tarjeta de débito del Banco de Chile. Unas horas después entré a YouTube y lo primero que vi fue un comercial de Sol. Mis familiares más cercanos no saben lo que busco, como, leo o escucho. Google Maps, Uber, Waze, Amazon y Spotify, sí. Por eso Cambridge Analytica sabe, o puede saber, qué debo leer para que elija a Trump, Macri o al Brexit (las tres campañas fueron exitosas). Las fake news, en ocasiones, además son generadas por programas. Nadie las escribe. Te cito algo (acerca del Caso Cambridge Analytica-Trump): “con más de diez ‘me gusta’ el modelo puede deducir el carácter de una persona mejor que un colega, con setenta mejor que un amigo, con ciento cincuenta mejor que sus padres, con trecientos mejor que su pareja y con más de 300 mejor que ella misma” (Das Magazin citado por Anderson y Horvath, 2017). Todo esto mientras la policía china se jacta de poder identificar a cada persona que camina por la calle usando solamente cámaras. ¿Quisiste eludir la correspondencia entre encantamiento y mundo carcelario? DS: Me interesa el asombro, y no el morbo, como me han dicho. El asombro es una de las cualidades más importantes que debe poseer un artista. Sea en el taller o afuera de él. Por otra parte, ¿fueron morbosos quienes documentaron el Holocausto? ¿Es morboso Jaar y una serie de artistas avalados que también han trabajado con la cárcel o con imágenes de delincuentes como Dittborn? ¿Díaz disfrazado de Abimael Guzmán? ¿Es morbo o interés por eso que no podemos terminar de conocer ni de explicar completamente? ¿Goya con sus Desastres de la guerra? ¿Debió ser neurodiverso Delacroix para retratar a pacientes en esa condición? ¿Debería yo –nacido en el exilio– enojarme con alguien que trabaja la problemática del exilio sin haberlo vivido? Respondo con una pregunta muy simple: ¿Por qué la gente ve películas de terror? ¿Invalida eso a Hitchcock? Es extraño que a querer pensar se le llame morbo. Da la sensación de que el mundo para algunos ya está completamente comprendido y cerrado. Es cierta intensidad la que parece incomodar o presentarse como incómoda. Un colega me dijo algo interesante: no hablas el lenguaje de ahora, sino uno anterior. Supongo que el de ahora presupone la cancelación de todo individuo que no sea él mismo, de toda comunidad que no sea ella misma. Supone, en suma, un énfasis excesivo en la identidad y la diferencia que lamentablemente a veces funcionan como activos económicos y económico-simbólicos. “Mi cultura”, “mi etnia”, “mi disidencia sexual”, “mi comunidad”, frecuentemente en oposición o disputándose algo con otras en lugar de unírseles para reclamar derechos humanos que les conciernan a todos. Como dice el escudo del Estado Plurinacional de Bolivia: la unión es la fuerza. Título obra: Hechizas Año obra: 2022 Materialidades: mural de sables (vista lateral) y parte de mural de lanzas y celulares con micro ensayos. Dimensiones. Dimensiones variables Foto: Jorge Gronemeyer A propósito del mundo carcelario, la redes mismas han ido configurando una suerte de sociedad del prontuario y la intimidación. Recuerda a la ideología TERF. Un término del cual incluso su inventora dice “no tengo control sobre cómo otros usan una palabra que surgió simplemente para ahorrar escribir una frase más larga una y otra vez", escribió Viv Smythe en una columna de opinión en The Guardian en 2018. Las TERF radicales son mujeres que abominan de las mujeres trans por haber “sufrido menos” o “no haber sufrido lo que una mujer”. ¿En qué andan esas TERF que ni Smythe avala? Capitalizan para sí el sexo biológico con fines excluyentes. Estas no son ideologías, son meras consignas sin sentido, irracionalismo político o en verdad muy malas ideologías. Bien harían en leerse la Declaración Universal de Derechos Humanos. Es el triunfo del idiolecto y el egoísmo. Curiosamente se acerca a la idea clásica del liberalismo, esa que proclama al egoísmo como motor del bien común –lo que Smith llamaba “la mano invisible”–, pero mucho peor articulada, o para ser sincero pre-articulada o no articulada. El liberalismo al menos tiene una base teórica sólida. Lleva trescientos años pensándose. Hace poco Carolina Sanín, una escritora colombiana, denunció en twitter que la editorial Alamadía le había cancelado el contrato por sus declaraciones sobre las identidades de género. Mariana Enríquez y Alexandra Kohan solidarizaron con ella llamando a evitar la censura y la cancelación, incluso cuando no necesariamente compartían la postura de Sanín. Resultado, ambas cerraron sus cuentas, acusadas de TERF. El problema, me parece, es hacer callar, hacer desaparecer lo que incomoda en vez de disponerse a pensar juntos. En el fondo es el triunfo del mercado por sobre toda identidad que no sea susceptible de ser capturada como valor y capitalizada exclusivamente por su portador original, originario y autoproclamado propietario al que todos le deberíamos algo. Claramente la democracia representativa atraviesa una crisis, si es que no su final. El proletariado organizado, es devorado por la figura individual del enojado. Hay gente que le hace un gran favor a este movimiento –necropolítico a estas alturas– de manera inconsciente y creyéndose opositor a él. Capitalizar yoes es dividir, no incluir, y esto, debilitar a una mayoría potencialmente organizada en torno a ejes comunes como los derechos civiles de todas esas minorías. Algo que Chile reclama con urgencia. Este nuevo sujeto es un híbrido y en parte producto de ese sistema –vamos a llamarle así irónicamente– de capitalización individual o microcomunitaria. Sus contradicciones son innumerables. Una de ellas es decirse de izquierdas o disidente de todo tipo y actuar, por ejemplo, como alumno-cliente. Algo de lo que dices se expresa en la pregunta ¿y qué reciben los presos a cambio? La primera respuesta es que reciben una donación de herramientas para los talleres de las cárceles donde se enseñan oficios, posibilitando así la reinserción. Sin esa proposición Gendarmería jamás habría accedido a ceder los estoques. La rehabilitación no es ningún mito. Aunque no siempre funcione, uno de los montajistas de las vitrinas dispuestas en la antesala había estado preso y un tío de uno de mis asistentes también ha logrado rehabilitarse. Otro asistente había dado talleres de carpintería en el SENAME y me decía que un buen porcentaje de sus alumnos había tenido una recepción muy positiva de esa experiencia. En el caso de las herramientas, la comunidad de las personas privadas de libertad es vista como un colectivo, no como un individuo. Entiendo que cueste entender eso en un país arrasado por la cultura del consumo, el individualismo y el cobrar por todo, hábito que lamentablemente hemos visto replicándose como un virus en sujetos –del medio o no– que inundan las redes sociales y que contradictoriamente reivindican la inclusión. Además, la producción de estoques se realiza con propiedad pública de manera ilegal. Si pidiera antecedentes acerca de quién fabricó qué estoque, estaría exponiendo al fabricante a que le imputen un delito. No es un ready made cualquiera. Es ilegal debiendo ser legalizado. He ahí mi modesto aporte a la técnica declarativa inventada por Duchamp, profundizada por Manzoni y repensada por Kosuth, cuyo origen data además de 2015, cuando envié un estoque legalizado en una valija diplomática a España, como lo expliqué antes. Quisiera agregar qué el martes 15/11 visité la exposición con un ex preso: César Pizarro de @81razones. El dirige una ONG cuyo tema son las 81 personas privadas de libertad que murieron en un incendio en la cárcel de San Miguel en 2010. Otras personas afines al mundo carcelario se han mostrado más bien empáticas con el proyecto. Llama la atención su falta de gravedad en oposición a esos críticos ocultos tras un teclado, un nombre de fantasía y una foto de perfil con un personaje de manga. Paz López Título obra: Hechizas Año obra: 2022 Materialidades: armas hechizas en vitrina Dimensiones: vitrina de 2660 x 90 x 224 cm. Dos sables escondidos en un travesaño de catre Foto: Marcelo Cruzat Título obra: Hechizas Año obra: 2022 Materialidades: Celular que muestra geolocalización levemente alterada del artista por razones de seguridad personal Dimensiones: 8 x 16 cm. Foto: Marcelo Cruzat Título obra: Hechizas Año obra: 2022 Materialidades: celular con micro ensayo. Dimensiones. Dimensiones variables Foto: Jorge Gronemeyer Título obra: Hechizas Año obra: 2022 Materialidades: mural de lanzas y celular con micro ensayo. Dimensiones. Dimensiones variables Foto: Jorge Gronemeyer
- Anna María Maiolino: “Hacer arte como quien sirve una mesa” *
1. La disposición en sala es una llave. Esa decisión, nunca inocente, está en la base del armado de esta exhibición antológica que reúne más de 300 obras de Anna María Maiolino, artista nacida en Italia, radicada en los sesenta, con solo dieciocho años, en Brasil. Lo que hoy vemos en el Malba es el resultado de un trabajo-conversación de tres años junto a Paulo Mayada –curador en jefe del Instituto Tomie Ohtake de San Pablo-- para una muestra que se exhibió este año en San Pablo, y ahora, en Buenos Aires. ¿Cómo presentar esta trayectoria de más de cincuenta años? Artista y curador convinieron en que el ejercicio no sería el de una retrospectiva (lineal, cronológica), sino el de una antología o colección a través de capas o círculos concéntricos. Puede que en su versión del Malba, también talle algo de la circulación del propio museo: una línea de escaleras mecánicas que se suceden siempre ascendentes bajo la caparazón vidriada sobre un vacío lateral –una diagonal como una flecha–, propiciando el asombro frente al universo a descubrir. En la pared exterior de la sala, el texto curatorial nos recibe: Esta muestra fue concebida como una espiral. 2. Frente la forma lineal y organizadora de una cronología, entonces, se opta para esta muestra por la vía conceptual y rizomática: una selección de obras, textos, fotos, momentos y acontecimientos que son retomados a lo largo de la obra-vida de Maiolino, como gusta definir su experiencia indiscernible la propia artista. Una y otra vez volverán la curiosidad, el deseo de experimentación, el encuentro con el otro, el goce, la memoria, la naturaleza, la política, la (resistencia a la) violencia. Y atravesando todos ellos, el cuerpo. Un cuerpo que no distingue entre funciones o momentos –el tiempo tampoco es lineal– y abraza, a la vez, a la madre, la artista, la niña, la abuela, la militante, la migrante, la amante. Un cuerpo que se forja a la par de una experiencia que siempre es política. “Soy una y soy muchas, y existo segmentada”. Y si hay registro de la primera persona, no hay búsqueda de una imagen de sí única o idealizada. 3. Maiolino, de ochenta años, no pudo asistir a la inauguración de la muestra en el MALBA. Pero envío una grabación que preparó para proyectar ante los asistentes. La vemos en un cuarto austero con una mesa, un bolígrafo, una par de hojas que leerá en español frente a cámara: un texto que hará las veces de presentación y manifiesto. La obra de Maioilino no puede pensarse sin esa constante reflexión lúcida, sensible y programática. Con voz suave pero firme, explica el sentido de los títulos jocosos Psiuuu y Schhhiiii –respectivamente, de la muestras realizadas en San Pablo y Buenos Aires–. Dos onomatopeyas que tienen la finalidad de llamar la atención, pero que, al igual que muchas de sus obras, también son significantes para abordar su obra. Se puede hablar de una carga performática en Maiolino, un trabajo sobre la materialidad del lenguaje: sus obras, también buscan hacer cosas con palabras. Desde el los jeroglíficos de la serie Marcas de la gota, a las repeticiones de comas de la serie Aleph, organizadas en cuadrículas. En la obra de Maiolino, la repetición acontece hasta que se confirma el error, que es siempre (bien) recibido como parte de la obra. 4. Nacida en Scalea (Calabria), Italia, en 1942, Maiolino tuvo una infancia marcada por la guerra, el hambre y la pobreza. Hasta la adultez, la falta fue el adobo de mis necesidades básicas y anímicas, nunca debidamente satisfechas y llenadas. El problema de la comida, del alimento, y el hambre vuelve cíclicamente en la obra de la artista. Del Happening-instalación Arroz & Feiijao (1979,) en tiempos de censura y represión, a la instalación In Materia, de la serie Tierra Modelada, que se recicla en cada exhibición de Maiolino desde 1994. También retornará como un principio ético: lo que se tiene se comparte. Y trasladado a su vida-obra toda, nunca alejada de lo cotidiano, dirá que se trata de hacer arte como quien sirve la mesa. 5. Digresión o asociación libre. Pienso en otro italiano que hizo un recorrido semejante al de Maiolino: el escritor y psicoanalista Contardo Caligaris (1948-2021). Como Maiolino, Caligaris dejaría Italia para adoptar Brasil como lugar de residencia. En ambos, el desplazamiento como constitutivo de una subjetividad que lidiará con lenguajes, acentos, pérdidas y apropiaciones. Entre sus citas más populares, trascendió –se viralizó en redes– una idea de la felicidad: No quiero ser feliz, quiero tener una vida interesante. Porque, aclara, el sentido de la vida no está “más allá”: es la propia vida concreta. Mi cuerpo –sostiene hoy a los 80 años Maiolino– es el soporte de mi trabajo ya que es parte de la naturaleza real y no se lo puede olvidar. 6. Dice Maiolino que a partir de 1973-1974, con su primer video In-Out (Antropofagia), su producción se divide en dos ejes: por un lado, la propia del taller y sus soportes artesanales (grabados, dibujos, telas, esculturas). Por otro, y totalmente desvinculada de la primera, que realizará a partir del trabajo con “nuevos medios” o medios audiovisuales, los que le aportarán un nuevo alfabeto de imágenes, nuevos paisajes sonoros y un nuevo discurso hecho de imágenes-signos de matriz lúdica y potencial irónico para responder a las ideologías imperantes. Es en torno de estos nuevos lenguajes que aparece la idea de lo amateur. Trabajo con estos soportes como prácticas para la experimentación y movida por un gran deseo de libertad. Los resultados son estratagemas de trabajo o maniobras para la creación que me apartan del eslogan tiránico: el profesional. Usando estos medios me siento especialmente libre, como un amateur –que significa, literalmente, “aquel que ama”–. 7. Maiolino vivió en la Argentina entre 1985 y 1989 junto al artista conceptual Víctor Grippo. En ese momento, fue testigo de la lucha de las Madres de Plaza de Mayo. Era una democracia aún joven y con muchos claroscuros, como recuerda por estos días el film Argentina, 1985. Desde ese tiempo y esa estadía data el deseo de plasmar alguna forma de acción poética y política sobre las Madres. En 1992 realiza los primeros bocetos de la instalación “Las locas - El amor se vuelve revolucionario” que recién en 2022 se concretaría en la muestra de San Pablo, primero, y ahora, en la de Buenos Aires. Alejada del registro más documental que había imaginado en un primer momento, en la sala-instalación que ahora se presenta se reemplazan fotos de los desaparecidos por retratos trabajados en arcilla a partir de pequeños gestos. En lo semejante está lo diferente, dice. Por sobre el de la documentación, el tiempo abre el registro de la evocación. 8. Para alguien que atravesó múltiples desplazamientos y desarraigos, no resulta extraño que se recurra a los mapas como un modo de registro, una herramienta para reconocer itinerarios, zonas, límites. Sin embargo, el trabajo que Maiolino hará con la cartografía no será el de los mapas civilizatorios, si no, más bien, un ejercicio analítico y paradójico. Se trata de otras cartografías que habrán de mapear territorios emocionales y afectivos, más o menos subjetivos, más o menos caprichosos. Sobre su serie de Mapas Mentales, dice Othake que registran impermanencias de una existencia ambivalente, que no se deja resumir por el saber racionalista y tecnocrático. En ese sentido, en la vida-obra de Maiolino, la familia puede ameritar un mapa, un tablero/juego, tanto como un dibujo o una foto. Todos esos registros son plausibles, conceptuales, necesarios, y complementarios. 9. Tierra modelada es una gran instalación que acompaña cada muestra de Maiolino desde 1994. (Tuvo una gran versión en la Documenta XIII, con el nombre de Aquí y Allá.) Suerte de muestra dentro de la muestra, site-specific o work in progress, compone una escena como si se tratara de un escenario teatral. Recubiertas por cientos o miles de pequeños bloques de arcilla comprimidos manualmente, las paredes del espacio expositivo dejan de ser soporte para tornarse una especie de piel, con sus accidentes, texturas, fisuras y relieves. La tres paredes que la enmarcan se preparan con una trama de alambre en la que se insertan pequeñas masas de arcilla configurando dibujos que podrían resonar con cartografías de geografías inexistentes. Sobre una mesa larga, la arcilla modela alimentos de diferentes formas: una mesa nutrida. En la cuarta pared, abierta, quedamos nosotros: los visitantes, la sociedad, la cultura antes de servirse, del reparto. La mano que da forma a la arcilla como gesto atávico que nos conecta con los albores de la humanidad. La arcilla y el cuerpo se tornan UNO en la intimidad de la obra. Yo soy arcilla. 10. La muestra de Maiolino despliega un llamativo recorrido de vitalidad, poesía, potencia, materia. En sus diferentes épocas-registros-lenguajes, hallamos hilos conectores de una obra-vida siempre en construcción; una mujer-artista que se sorprende, se redefine, que aprende del error, incorporándolo a la trama, haciendo sentido en círculos concéntricos. Tras recorrerla, nos queda, además, la invitación a pensar la (propia) vida como un laberinto. Sensible, lúdica y honesta, interpela, generosa, nuestras fibras íntimas: el registro de la memoria, las identidades (múltiples, incompletas o fragmentadas), y una cultura que nunca puede ser tal sin el registro del otro. Natalia Ginzburg * Las citas incluidas en la nota en bastardilla corresponden al catálogo de la muestra Anna Maria Maiolino SCHHHIII... Exposición originalmente organizada por el Instituto Tomie Ohtake (mayo-junio 2022, San Pablo, Brasil). La muestra podrá visitarse en el MALBA (Buenos Aires) hasta febrero de 2023.
- ¿Qué hacer con la memoria de “octubre”?[1]
“Si algo había que aprender, no lo aprendimos” A. Zambra: Formas de volver a casa ¿Qué es el 18-O? ¿Lo “vimos venir”? El carácter inanticipable de la revuelta es ahora esencial a este acontecimiento cuya magnitud no deja de ser paradójica. Existe a partir de la revuelta un “antes” y un “después”; sin embargo, no corta la historia en dos, incluso permanece pendiente su estatura histórica. Con toda su imponencia, la revuelta no ha sido hasta ahora el inicio ni tampoco el fin de algo (aunque se anunciaba camino al plebiscito que “el neoliberalismo terminará en el mismo lugar donde comenzó”). Existe eso sí un después del 18-O: es un tiempo -el nuestro- en que tenemos memoria(s) de aquello. La revuelta es ante todo acontecimientalidad, a la que es inherente un núcleo de ininteligibilidad, pues su desatada facticidad no deja de emerger e imponerse sobre las tramas de sentido que van tejiendo las interpretaciones. Reflexionar hoy el 18-O implica necesariamente considerar lo que habría sido su desenlace: el triunfo de la opción “Rechazo” en el denominado Plebiscito de Salida el 4 de septiembre de 2022. ¿Se impuso la gobernabilidad sobre el malestar insurrecto? Acaso sea todo lo contrario: asistimos a la deflación de la política cuando el conflicto no es simplemente entre “el pueblo” y el Estado, sino que emerge el territorio de una realidad paralela al Estado. A la revuelta reaccionó el Gobierno con fuerza de Estado: “estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable”, dijo el presidente el 20 de octubre desde la Guarnición Santiago del Ejército. Si la revuelta fue expresión de una radical impugnación al régimen mercantilizado de la existencia, entonces debía corresponder a ella una transformación igualmente radical del orden social, lo cual exigía -supusimos- llegar al Estado, es decir, cambiar la Constitución. Más tarde el abrumador triunfo de la opción “Rechazo” significó el regreso a la política. Como señala Badiou, el poder establecido se legitima apelando no a la verdad del orden imperante, sino a que este es el único posible. Una cuestión poco advertida: ¿el devastador acontecimiento de la revuelta fue la demanda de una transformación total, un envión hacia la revolución? La exigencia de una “transformación revolucionaria” supone que en las acciones y expresiones en que reconocemos esa exigencia tiene lugar un nosotros transversal. Una gran cantidad de relatos nos sugiere que ese “nosotros” aconteció en ese momento. Una rescatista voluntaria de la Brigada Cascos Rojos testimonia: “aquí hemos visto la oposición al horror mediante la producción de alternativas que se encarnan en la resistencia cotidiana a la violencia, forjándose vínculos que buscan refugiarse y cuidarse mutuamente”[2]. La pregunta es si acaso ese “sujeto colectivo” trascendió los acontecimientos mismos de la revuelta. Octubre puede ser considerado desde “lejos” con entusiasmo o, desde muy “cerca”, con espanto. El 20 de enero del 2020, en un medio digital extranjero, se lee: “La revuelta social iniciada el 18 de octubre en Chile se ha caracterizado por la ausencia de banderas de partidos y agrupaciones políticas. El emblema mapuche y el chileno se han mezclado a otras banderas y símbolos, como las de las llamadas barras bravas del fútbol. Los hinchas se han tomado la escena de las protestas, sumando también sus elementos de entretención característicos”[3]. Una fiesta. Sin embargo, pocos días antes el periodista Juan Cristóbal Guarello escribía en un periódico local: “no resulta creíble que estos grupos sin ideología, dios ni ley, en menos de un mes y como un acto de magia, se hayan reconvertido en conscientes luchadores sociales cuyo único norte es la justicia, la igualdad y la dignidad. Los mismos que hace tan poco tiempo andaban a palos en la tribuna por un simple paño y amenazando con sodomizar y balear a quien se cruzara en su camino, ahora son la vanguardia popular democrática, inclusiva, con tintes de feminismo y veganismo”[4]. Ninguno de estos dos momentos es más verdadero que el otro. Ha sido recurrente la metáfora de una “energía volcánica” que se acumula, como recurso para comprender la destrucción en tanto expresión de una supuesta “rabia” contenida y creciente. ¿Dónde y cómo “se acumula” el malestar? Se señala la falta de expectativas de la ciudadanía respecto a la política y, en general, a las instituciones. Las personas perciben un régimen naturalizado de desigualdad y, a la vez, el orden mismo de las cosas… ¡funcionando!; es decir, la realidad no estaría “funcionando mal”, sino que así funciona. El 9 de octubre de 2019 Sebastián Piñera se refirió a Chile como un oasis: “porque tenemos una democracia estable, la economía está creciendo, estamos creando puestos de trabajo, estamos elevando los salarios y mantenemos un equilibrio macroeconómico”. Pues bien, esto significa todo lo contrario a una simple realidad “insular”. En efecto, la imagen de Chile como “un oasis” implicaba criterios de rendimiento y salud financiera que inscribían al país en un orden mundial. Es decir, el juicio favorable al “oasis chileno” viene dictaminado por entidades internacionales: el Banco Mundial, el FMI y el BID, la Unión Europea y los Estados Unidos, que ubicaban a Chile en puestos de excelencia en los rankings económicos mundiales. La revuelta ocurrió en varios lugares del Planeta simultáneamente, pero por su propia naturaleza no podía ser global. Es como si el capital financiero operara en y desde una dimensión de realidad que es paralela a la concreta cotidianeidad de las personas. La filósofa italiana Donatella Di Cesare señala: “si se observan las condiciones en las que está ahora el mundo debería sorprender la obediencia”[5]. Es como si se hubiesen agotado las posibilidades de la política, no quedando otra opción que resignarse a vivir las paradojas de la democracia representativa, lo cual nos deja ante una “revuelta sin revolución”, es decir, una “revuelta sin futuro”. El pensamiento no sabe de su propia impotencia allí donde viejas preguntas lo dejan insistiendo en viejas respuestas. ¿Nos encontramos viviendo un tiempo de irónico y simple escepticismo, en total ausencia de alguna verdad? Si así fuera, ¿cómo entender que la subjetividad se aferre a un orden que parece naufragar? El orden en situación de colapso encuentra su asidero en la propia subjetividad que lo padece; no es el orden lo que mantiene capturada a la subjetividad, sino al revés y esta es la gran paradoja: para no hundirse en el miedo, la subjetividad se aferra a un orden que se hunde. El asentimiento sin convicciones con que se acepta el orden es proporcional a la fuerza de una verdad otra que amenaza con manifestarse tras un eventual derrumbe de ese orden: la hobbesiana “guerra de todos contra todos”. A partir de esta se establece una forma de vida ordenada por el miedo y donde no dejamos de percibir injusticia, indignidad, inseguridad. Pero el orden instituido nos protege del caos; consentimos entonces que el régimen de la democracia representativa -actualmente en crisis- es el único posible, la única forma “viable” de imaginarnos todavía como sociedad. Donatella Di Cesare enuncia el dilema al que nos enfrenta la revuelta: “si la revuelta es pura, inmanejable, renuncia al poder, se entrega a la impotencia [se hunde en sí misma]; si trata con el poder es ya inmediatamente sumisa [genera representantes que dialogan, acuerdan y pactan con la institución]”[6]. En esta perspectiva, el verdadero dilema no es revuelta o sumisión, sino revuelta o revolución. Pues bien, ¿existió un coeficiente revolucionario en la revuelta? El sociólogo Manuel Canales sostiene que: “Octubre es la repulsa de la vida cotidiana existente y de las circunstancias vitales, no el anuncio de lo deseable. Existe desde la negatividad”[7]. La negatividad es una especie de condición de origen de lo que sucedió en octubre de 2019. La violenta irrupción de lo reprimido hacia el espacio público no significa que se han franqueado los límites de la opresión, sino que se emprende una directa confrontación con estos, se trata de ejercer presión sobre el orden de la prohibición. La revuelta no es, pues, un “salto al vacío”, sino todo lo contrario: entrar en la revuelta es hundirse en el lleno de un “mundo” en el que el individuo no encuentra un lugar. Y no es “la masa” aquello que se manifiesta, sino que aquella, lo masivo, pertenece a la manifestación misma; hay algo que se manifiesta masivamente. Es decir, la masa como tal no existe en la silenciosa invisibilidad que antecede a su “irrupción”; nace recién a la existencia con su visibilidad, para luego “disolverse”, porque es parte de ese acontecimiento que consiste en estrellarse contra los límites. Los oprimidos devienen “masa” no para saludar el amanecer y cruzar juntos el umbral desde la oscuridad hacia una “nueva época”, sino porque de pronto tienen conciencia de que el orden que los oprime también los ignora. Por lo tanto, es el poder mismo lo que dispone la “masificación” de los individuos oprimidos; el poder transforma a los oprimidos en un “ellos” o en un “nosotros los oprimidos”; es así como estos reciben del poder una identidad y una memoria. El neoliberalismo como mercantilización total de la existencia implica la extinción del sentido mismo del concepto de pueblo, más precisamente, su disolución. “Pueblo” es una forma de identidad múltiple, heterogénea y de gran plasticidad, que nombra a un sujeto aconteciente, internamente relacionado con las luchas del momento. Entonces, cuando el adversario no es un sujeto determinado (el gobierno, la policía, los partidos políticos, etc.), sino más bien una forma de vida, ¿contra qué se constituye el pueblo? El neoliberalismo no hace mundo: “mientras que el neoliberalismo se ha reforzado en y mediante la crisis, no puede pasar lo mismo con quienes lo combaten: lejos de reforzarse mecánicamente con la crisis, ésta únicamente puede debilitarlos”[8]. El plebiscito del 4 de septiembre no habría sido una instancia para que se pronunciara el “pueblo” como sujeto, sino que fueron los individuos, condicionados en cada caso por sus particulares circunstancias, quienes votaron. Si en febrero de 2020 la pandemia devolvió imperativamente a las personas desde la calle a sus casas, el Plebiscito de septiembre las hizo regresar a sus individuales temores y expectativas. La incertidumbre que este plebiscito iba a despejar era si acaso esas individualidades optarían desde sus particulares intereses, desconfianzas, resentimientos, etc., o más apostarían por trascender esa circunstancialidad, para constituirse en el agente infrapolítico de una realidad aun inexistente, todavía políticamente imposible. Un salto al vacío que inspira miedo en un tiempo en que la política se ha disociado de la imaginación. El borrador constitucional apuntaba, por una parte, a una transformación de las condiciones de desarrollo social y económico, poniendo en cuestión el actual régimen de endeudamiento y competencia con base en el emprendimiento individual; pero también comprendía la imaginación de una forma otra de vivir, poniendo en relevancia una cultura de la igualdad y la inclusión. Considero esto último especialmente relevante. Un ex funcionario de la dictadura calificó el borrador constitucional como “texto ideologizado y aberrante”. Es necesario tomar en serio y analizar en profundidad el carácter “refundacional” que se le atribuye y en el que algunos creen encontrar la explicación de su fracaso plebiscitario. Consideremos la siguiente hipótesis: dicho “proyecto refundacional” habría sido la traducción política de la revuelta que se desencadenó el 18 de octubre de 2019 y consistió en el proceso de hacer ingresar la revuelta en la política. Esto la condujo hacia su agotamiento. La revuelta fue la expresión de la imposibilidad que toda política instituida contiene, como administración y contención de la desigualdad. En el proceso constitucional esa imposibilidad ingresó en la política escrituralmente como una política imposible. El 9 de septiembre, bajo el título “Entre la urgencia y la paciencia”, la escritora Alia Trabucco Zerán escribe: “Me acerqué a mi estantería y fui acomodando los libros leídos en su lugar: la novela irlandesa con los irlandeses, la mexicana con los mexicanos, los ensayos con los ensayos, pero me quedé con la nueva constitución incómodamente en la mano. ¿Ficción especulativa? ¿No ficción? ¿Novela utópica? No, no. Por supuesto que no. (…) La Constitución del 2022 quiso ser libro y no fue más que borrador”[9]. Es como si algo hubiese quedado detenido en el momento de su escritura, y ahora se nos develara que se trató de algo que, sin ser literatura, nació para ser ante todo escrito, es decir, para que su existencia fuese escritural. El borrador nos envía a reflexionar la naturaleza del texto rechazado. Con el borrador no se trata de una obra simplemente incompleta o imperfecta. En la escritura de un borrador toda autoría -individual o colectiva- se sabe exigida por circunstancias que la desbordan. En el tiempo de la indignación, las redes sociales y las imágenes digitales, la revuelta de octubre trasciende su concreta facticidad para constituirse en la caleidoscópica imagen de una sociedad en situación de colapso. No se trataba de un acontecimiento “revolucionario”, sino del fondo de la catástrofe neoliberal. Entonces parecía ser urgente la construcción de una nueva forma de convivencia, de un nuevo orden social, pero ¿cómo hacerlo en el tiempo del fin de la hegemonía, del descrédito de los grandes relatos y del agotamiento de la imaginación política? Lo que habría sucedido es que la fuerza detonante de la revuelta –fuerza “destituyente” la denominaron algunos- fue interpretada como expresión de una voluntad colectiva refundacional. Por una parte, esto la hacía desde un principio políticamente inviable; sin embargo, paradójicamente, el acontecimiento de la revuelta solo podía comprenderse políticamente constituyéndose en la demanda de otra forma de vivir, he aquí su esencial carácter refundacional. Era inevitable interpretarlo así, pues no se incendiaba el país para “terminar con las AFP”. La traducción de la revuelta en proyecto político se inicia con el “Acuerdo por la paz social y la nueva Constitución”, el 15 de noviembre de 2019; luego vino la Convención Constitucional, más tarde la elección presidencial de Gabriel Boric y “finalmente” el borrador que resultó del trabajo de la Convención. El Rechazo de la ciudadanía a ese borrador hizo manifiesto que la supuesta voluntad de un “modo de vida distinto” era, como proyecto político, algo imposible. No se trataba, después de todo, de algo así como un sueño colectivo reñido con el “principio de realidad”, sino de una voluntad que al parecer no existía. La revuelta era producto de un malestar encapsulado en el individuo. ¿Qué es lo tremendo de Octubre? Hubo una legitimidad de facto en el acaecer de la revuelta. Las imágenes y el ruido daban a entender que lo que estaba aconteciendo era un gran “¡NO!”, pero esto mismo nos abismaba ante un contenido todavía ausente por develar. Nos parecía evidente en ese momento el repudio al régimen neoliberal hegemónico, pero ¿cuál era el contenido del 18-O? Se anticipaba en todo caso que lo único que podría detener o conducir hacia su consumación lo que estaba sucediendo era precisamente ese “contenido” desconocido. El entusiasmo al que dio lugar Octubre vino no sólo de su magnitud, sino también y esencialmente del suspenso en torno a ese “contenido” y de la dificultad de traducirlo a discurso político, a representación. Tal vez no existió contenido alguno, porque el 18-O fue justamente el efecto de una incontención, y ha sido más bien la inevitable pregunta por “el significado de Octubre” lo que ha hecho de este una especie de respuesta cifrada a la pregunta por una voluntad colectiva que pudiera traer de regreso al “pueblo”. El origen del 18-O no fue la esperanzada convicción de que “algo distinto es posible”, sino la desesperada experiencia de un modo de vida que se ha tornado imposible. Esto implica la percepción de que no hay alternativa, en el sentido de que no existiría un tránsito político desde el estado actual de cosas hacia algo radicalmente distinto. Por definición la política y la institucionalidad no son la vía de lo imposible, y especialmente en el presente la política opera como la contención de lo imposible. Mientras tanto, no podemos dejar de preguntarnos qué hacer con la memoria de la revuelta, la memoria de un lleno que divide nuestro tiempo entre un “antes” y un “después”. [1] Texto base de mi intervención el 01 de diciembre de 2022 en el Coloquio “Insumisiones: Subjetividades frente al límite”, organizado por el Departamento de Psicología de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile. [2] “De la esperanza: tejiendo resistencias”, en Violencias y contraviolencias. Vivencias y reflexiones sobre la revuelta de octubre en Chile, Raúl Zarzuri (coord.), Santiago de Chile, Lom, 2022, p. 55. [3] https://www.larazon.cl/2020/01/20/las-barras-bravas-del-futbol-chileno-estan-en-paz-gracias-al-estallido-social/ [4] Juan Cristóbal Guarello: “Emprendedores”, Diario La Tercera, 21 de noviembre de 2019, citado en País barrabrava, Santiago de Chile, Debate, 2021, p. 97. [5] Donatella Di Cesare: El tiempo de la revuelta, Madrid, Siglo XXI, 2021, p. ,83. [6] Donatella Di Cesare: El tiempo de la revuelta, Madrid, Siglo XXI, 2021, p. 48 (he añadido los paréntesis). [7] Manuel Canales: La pregunta de octubre, Santiago de Chile, Lom, p. 150. [8] Christian Laval y Pierre Dardot: La pesadilla que no acaba nunca, Barcelona, Gedisa, 2017, pp. 156-157. [9] https://www.revistaanfibia.cl/entre-la-urgencia-y-la-paciencia/ *El crédito de la imagen es: "Obelisco Plaza Italia, enero 2020", de Juan Pablo Vildoso.












![¿Qué hacer con la memoria de “octubre”?[1]](https://static.wixstatic.com/media/66ef13_67d8752c4366400ea9f6cbb0cfdb6a8b~mv2.jpg/v1/fit/w_176,h_124,q_80,usm_0.66_1.00_0.01,blur_3,enc_auto/66ef13_67d8752c4366400ea9f6cbb0cfdb6a8b~mv2.jpg)