Barbarie pensar con otros
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- Cáncer veintitrés años después
La palabra me da tanto miedo que prácticamente soy yo quien la dice. -¿Y esto es quirúrgico? -Sí. -¿Qué tipo de cirugía? -Mastectomía. La doctora acaba de terminar el estudio para confirmar lo que ya había mostrado una mamografía. Estamos paradas entre un montón de equipos, yo todavía a medio vestir, ella me trata de igual a igual tal vez porque soy amiga de dos amigas suyas, porque tenemos más o menos la misma edad; tal vez porque pregunto con distancia, como si no hablara de mí, como si estuviera averiguando datos para una nota. “Mastectomía”, dice y en realidad no hay sorpresa. Porque esto empieza unos días antes, en el living de casa. Son las ocho de la mañana, estoy sentada para empezar a trabajar en una punta de la mesa –es 2021, todavía hacemos home office- y en la otra está mi mujer, lista para empezar su día. Abro el mail y en la pestaña de Notificaciones, esa que uno casi nunca mira, veo que llegaron los resultados de los estudios y los abro sin mayor preocupación: ya pasaron 22 años desde que otra mamografía dio mal y después de eso vino la cirugía, los rayos, la quimio, quedarme pelada hasta las cejas y los pelitos de los brazos, bajar más de 10 kilos, tener llagas hasta el esófago y la mirada triste. Pasaron 22 años y ningún problema, tanto que me gusta decir que no aprendí nada, que no quise aprender del dolor, que no quise saber ocuparme de “lo importante”, que volví a llorar y desesperarme por tonterías, que volví a ser la misma boluda de siempre. Pasaron 22 años, mucho más de 22 mamografías, y si al principio vivía cada control con tensión y cada “todo bien” como un indulto, después se hizo rutina y se hizo certeza: el cáncer era algo del pasado pisado. Pero acá estamos, pandemia y un resultado de esos que necesitan “mayor evaluación”. Así que levanto la cabeza por sobre la notebook y digo: -Esto no está bien. Y cuando Olga entiende de qué le estoy hablando viene hacia mi lado de la mesa, lee con sus ojos el informe. BI RADS IV C dice la clasificación. Alcanza un golpe de Google para decodificar de qué se trata: “Lesiones de alta sospecha de malignidad”. Se entiende. Es demasiado temprano para llamar a nadie, así que reenviamos el mail a María, mi oncóloga, y a Ale, nuestra amiga que es una ginecóloga de trayectoria. Y ahí nomás aparece el tema. -Lo único que me da miedo es la mastectomía -le digo a Olga-. Prefiero la quimioterapia. Olga me abraza. Ella, que también estuvo ahí conmigo hace 22 años, sabe como yo lo que fue la quimioterapia. Sabe que –esto ya lo escribí- iba al remedio como imaginaba que se va al cadalso. Sabe del miedo, la desesperación del viaje hasta el lugar donde tenía que tirarme en la camilla y poner el brazo. Del pozo de los días que seguían, las náuseas, la angustia. La quimioterapia me agarró a las piñas desde la primera vez pero al final directamente me pateó en el suelo. Sin embargo, cuando me levanté estaba limpia. Veintidos años. Con música de Vangelis, me alzaban el brazo en el centro del ring. Todo eso decía cuando decía “prefiero la quimioterapia”: un trámite espantoso que un día termina. En cambio, si la teta se va, adiós forever. Y lo primero que había hecho en aquella remota primera cirugía, al despertarme de la anestesia, había sido verificar que las dos tetas estaban en su lugar. Me importaba. Muchísimo. El mail El mail de las 8 de la mañana tiene respuesta minutos después. María pide detalles, hablemos. Hay que ver mejor, bla bla. En un rato tengo la orden para una punción que se hace con “aguja gruesa” y con otra mamografía. Ale, con su experiencia encima, casi no tiene palabras. “No puedo decirte otra cosa mejor”. Y me recomienda, como para ir preparando el terreno, unos globulitos de nosequé que por suerte consigo en una farmacia cercana. Globulitos y una buena venda elástica, porque de la punción ya salís herida. Herida y con la palabrita: “mastectomía”. A la noche, ruido (mental) de sierra de carnicero. Frío del cuchillo naranja de la cocina bien pegado a las costillas y tajeando de abajo para arriba. Es hora de buscar un cirujano. Más temprano que tarde, María hace una hipótesis. Piensa que se trata de un carcinoma in situ, es decir, que las células han comenzado a malignizarse pero todavía no son malignas. No se han dispersado porque no tienen la capacidad de hacerlo. A tiempo, como decía la canción que mi amiga Moni compuso para mí cuando todavía me estaba recuperando de aquella paliza y antes de enfermarse ella misma de un cáncer que no le dio segundo round. A tiempo como no fue a tiempo para ella, ni para mi amada Yanina ni para mi mamá. Esta vuelta del cáncer viene con el bonus track de todas estas derrotas. Pero a la hora de mirar mi estudio María es optimista y lo dice: in situ, “técnicamente no es cáncer”. Nada es cierto hasta no ver la biopsia pero de esta idea partimos. Entonces, si es “in situ”, si es muchísimo menos agresivo que el cáncer aquel que se había venido con todo, si todo es tan optimista, ¿por qué (carajo) me van a sacar la teta? Bueno, porque aquel cáncer ocurrió, porque no soy virgen del tratamiento, porque no se puede irradiar una mama ya irradiada me dicen todos y no tengo interés científico para entender las causas. Así que un par de semanas después del mail de las 8 am estamos con la ecuación al revés: la mastectomía es un hecho, lo importante es que no haya quimioterapia. Por lo menos. Ruido de sierra de carnicero. Frío de cuchillo de la cocina. No sé cómo espero, cómo esperamos la cirugía. Ale y María llegan a un cirujano de consenso, lo vemos y nos gusta. Dice que va a tratar de conservar el pezón, que cree que no habrá problemas, que en la misma operación pone la prótesis nueva y bonita y ya está. Y que voy a perder sensibilidad. Del todo, o casi, bueno: del todo. Hago terapia, hablamos con nuestros hijos, que son adultos, con mi hermana, con mi prima, con mis sobrinos; cuando me animo, con mi papá. Peleo un poco con la prepaga, que se demora en autorizar la prótesis, y eso me pone combativa y me distrae de la sierra, la vida y la muerte, esas cuestiones. Vienen amigas, vienen amigos, nos vamos a la costa. Pienso en amazonas, pienso en vacío. Me enojan las bromas compensatorias, los chistes de “hacerse las tetas”. No, muchachos, no quiero hacer ninguna teta, no la quiero levantada ni más grande ni más chica ni nada. La quiero mía, ahí donde estuvo siempre, todos estos 55 años. Pero soy occidental y racional y le juego un pleno a la vida, aunque sabemos que esto es una ruleta. Esos días, hasta la cirugía, tengo una tristeza que no puedo remontar. Otra vez, como hace 22 años, estoy volcada hacia adentro. Aunque somos optimistas, in situ corazón. Así que vamos y Martín me opera y cuando abro los ojos me duele mucho –o al rato me duele mucho- y estoy muy vendada y no toco, así que al principio no sé cómo es. Sé que duermo, y después algo como y después duele más y me pinchan y duermo y así se va la noche y mañana es mejor. Y nos dedicamos al whatsapp y pregunto qué dijo Martín después de la operación y Olga me dice algo así como que lo de quedarme con mi pezón no pudo ser y tampoco lo de poner la prótesis porque sarasa. Entonces me pusieron un expansor –algo más burdo y provisorio- que dentro de unos meses se cambia. Y pasa el día y mucho no puedo mover el brazo derecho así que todavía no veo cómo es pero algo siento, el expansor. Y no pregunto ni me pregunto nada. Hasta que, aleluya, llega Martín y bla bla que el pezón y si quiero saber algo más. Sí, claro. -¿Cáncer? Bueno, dice Martín. La verdad, la verdad, encontró algo que no le gustaba. Venía cortando como un campeón y zas, apareció ese “algo” y tuvo que recalcular y tirar el pezón al carajo y sacar una muestra y bueno. ¿Bueno? Hay que esperar la biopsia. Son diez, quince días de terror. Un terror blanco, quieto, de visitas amorosas con sandwichitos de miga, de alguna vuelta lenta a la manzana, de recuperarme de la herida, de sacarme por fin ese corpiño con el que salí del quirófano y ver. Cuando me animo me planto sola frente al espejo y, la verdad, no es para tanto. Me miro de frente, con ese coso que si lo apretás hace ruido a plástico en el lugar de mi bella teta. ¿Salgo gritando horrorizada? ¿Caigo desmayada por el espanto de la mutilación? La verdad que no. Es feo, pero no pasa nada. Puedo vivir así, quiero la prótesis perfecta pero esto no me quita el sueño y a medida que pase el tiempo más bien me voy a olvidar del asunto la mayor parte del día. Vuelta a lo de Martín y entiendo que me tengo que preparar para la quimioterapia. Y aunque la optimista pelotuda que llevo dentro siempre se considere candidata al milagro, me digo y digo que eso es lo que va pasar. Que así como la punción confirmó lo que decía la mamografía, la biopsia confirmará lo que vio el cirujano. Lo que me da miedo, explico, es la cadena de las malas noticias. Que hayamos salido de la cirugía con un panorama peor que el que teníamos al entrar. Que la biopsia siga por ese camino, que no sólo se sabe dónde termina sino, sobre todo, el dolor que causa. Moni hecha un esqueleto, Yanina que ya no era ella, Pablo cayendo en el comedor de su casa, el Colo semanas sin poder hablar, mi mamá inflada y atontada. Conozco cadenas de malas noticias y esto parece el comienzo de una. Eso me preocupa y me preocupa tanto que no hay sierra ni cuchillo naranja ni amazonas ni ocho cuartos. Hay que esperar, es urgente esperar, como decía el Colo. Mientras tanto, busco corpiños para mastectomía, uno con agujerito para el drenaje, otro de una tela más finita, otro más duro que me trae Virginia y que, cuando todo mejore, será indispensable. La mastectomía es ahora esta herida que duele y duele y no parece acomodarse en ninguna parte. Es urgente esperar. Un día, dos, tres, cinco, diez, en fin. María va a llamar directamente al laboratorio a ver si hay algún resultado. Hoy, en algún momento del día. Olga está en una punta de la mesa, yo en la otra. El celular se enciende: “¡Es María!”, le grito y viene y atendemos juntas. Y es María, no con la voz de esa mujer que me conoce hace tanto y a la que quiero, sino con voz de oncóloga que dice que bueno, está todo bien, es in situ, listo, no hay que hacer nada más. -¡Boluda no me lo digas así!, grito otra vez y ella que bueno, ya había dicho que era optimista. ¿Y lo que vio Martín? Nada, era un resto de la operación anterior. Feo, pero no maligno. Entonces nos abrazamos en el patio y saltaríamos si yo pudiera, pero la herida no da para tanta efusividad. Salto por dentro, porque no hay que hacer quimio, no hay que someterse a esa tortura salvadora, no hay cadena de malas noticias. Todo lo que queda es en subida. De a poco, el cirujano “infla” el expansor y va tomando forma. Un día vuelvo a manejar. Un día cualquier corpiño sirve y estoy bien. Un día corro. Un día vuelvo a dormir boca abajo. Me pongo vestidos: con muchos, lo que llaman “la asimetría” (una teta en Ushuaia y otra en La Quiaca) es muy evidente. Depende el día, me cambio o no me importa. Decidimos dejar pasar el verano antes de hacer “la reconstrucción” para no estar con heridas en tiempo de playa. Vamos a la playa, uso bikini. ¿Se nota? Ni idea. A veces mi nieto -10 años- me hace, con las manos, el gesto de una diagonal. Nos reímos. No me siento rara, fea, nada: otra vez arriba del ring con el brazo en alto. Cuando se acerca el otoño y hay que pensar en poner la prótesis pregunto qué riesgo tiene la otra teta y si no hay que pensar en sacarla. María dice que sí, definitivamente. Que por A y B y el resultado del estudio tal, sería mejor. Lo dice y deja la pelota en mi cancha. Siempre se pude decir “no”, pero ahora lo difícil es ser yo quien diga “sí”. Si hasta ahora corrimos al cáncer de atrás, se trata de tomar la delantera; de conocer su juego y cortarle el paso antes de que pueda desplegarlo. Como cuando se paga un seguro, se trata de perder algo para no perder más si pasa algo que quién sabe si iba a pasar. Y el precio es mi teta izquierda. El órgano. El calorcito. Las sensaciones. “Podés decidir no ponerte nada”, me dice una amiga. Puedo, pero no. Ya cumplí 56 y todavía me gusta verme con corpiño y usar escote. Me gustaban así como eran, nada del otro mundo: yo. ¿Tamaño deseado para la prótesis? Le digo al cirujano que me quiero comprar los corpiños en Coto, es decir, standard. Otra amiga, que sabe, se ríe: “Corpiño no vas a necesitar más”. Ay. Cáncer o teta es el dilema o, peor, tal vez cáncer o teta. ¿Hay algo de omnipotencia en esto de cortarme para parar la muerte? ¿Hay algo religioso, mágico, en hacer una ofrenda para calmar la ira incomprensible de un dios que no creo que exista? María y sus estadísticas dicen que está bien, que así evitamos “un episodio”. Pienso en la suerte de que haya sido “in situ”. En la quimioterapia que acechaba. Eso no. No quiero esperar con angustia otra biopsia ni volver a esas drogas: paclitaxel, doxorrubicina, veintitrés años y me las acuerdo de memoria. “Yo sé perder, yo se perder”, dice la canción que me suena en el Spotify interno. Perder la teta para esquivar la aguja, la camilla, el desconsuelo, la pelada. Jugar un pleno. Así que veintitrés años después de aquel diagnóstico sorprendente allá vamos otra vez: ahora preventivamente, ahora sin correr. Porque ya sé que me llevo bien con el espejo y nos llevamos bien con el amor después de sacar la teta. Y mejor hacerle un ole a la muerte y, ojalá, a la quimioterapia. Patricia Kolesnicov * Patricia Kolesnicov es autora del libro “Biografía de mi cáncer”, disponible gratis en Bajalibros, clickeando acá. Publicado por Infobae * Patricia Kolesnicov es autora del libro “Biografía de mi cáncer”, disponible gratis en Bajalibros, clickeando acá.
- Elogio del sótano
Las casas donde viví no tenían sótano. El sótano es de casa rica. Es eso o una buhardilla. Las casas menos ostentosas se contentan con una bodega en el patio trasero[1]. Recuerdo la de una amiga en Valparaíso. Una noche, cuando sus padres no estaban y la fiesta se desbordaba como espuma por esos techos altos, escaleras de madera y fachadas de latón, ella abrió una compuerta escondida bajo una alfombra para refugiarnos del carnaval y besarnos con cierta intimidad. Debajo de la casa había una especie de búnker. Jamás le pregunté su motivo, pero por las proporciones (era del tamaño de casi toda la casa) podía uno estar un tiempo prolongado allí sin incomodidades. Incluso vi cajas con víveres, comida enlatada y frascos de conservas. Ahora que lo escribo, me paso películas: ¿y si moraron ahí perseguidos políticos? Pienso en las escenas mudas de la segunda mitad de El pianista de Polanski o en Un viaje a los sótanos de la dictadura del ex mirista Horacio Marotta donde realiza una panorámica sobre este tipo topológico de vida fugitiva.[2] A la urgente pregunta, ¿dónde esconderse? El sótano es una respuesta usual. Su oscuridad protege y mimetiza. El negro abriga, a veces es cálido. En EEUU[3] la amenaza de tornados y huracanes los empuja a huir a sus sótanos, pues la catástrofe siempre se cierne sobre la superficie. La cáscara es devastada, no así la pulpa. Gaston Bachelard dice que a pesar de instalar luz eléctrica en los sótanos jamás perderá su oficio de tiniebla y abyección. En su novela homónima, el austriaco Thomas Bernhard enlista los cinco temas de conversación del sótano: la comida, el sexo, la guerra, los americanos y los efectos de la bomba atómica. No llega allí la civilización. Es pura barbarie. Permite. Es el domicilio fijo del ello[4]. Enlistaré ejemplos: Yace ahí el cadáver vestido de la madre del asesino protagonista de Psycho de Hitchcock. En Gummo, Salomon, el niño protagonista, ejercita su fantasmal musculatura ante un espejo con un fondo de montañas de ropa americana mientras su madre lo amedrenta con un revólver. En Breaking Bad, Walter White comete su primer homicidio en él. Michael Townley tortura a desaparecidos políticos bajo los talleres literarios que impartía su esposa Mariana Callejas, ambos agentes de la DINA. “En el sótano se mueven seres más lentos, menos vivos, más misteriosos”, agrega Bachelard. De ser entonces un sitio de recreo moral, ¿dónde hallar su pulso amoroso? Qué otro sentido no feísta tiene su figura, más allá de la clásica Memorias del subsuelo de Dostoievski. Creo que el inconsciente no es sólo un basural o tarima de números macabros, en él hay también apariciones maravillosas. En el sótano se encuentra el Aleph de Borges, por ejemplo. Por el mismo motivo, es curioso constatar este fulgor, cuando fue en las catacumbas del metro que se instaló la dinamita del estallido. Quisiera hacer una transfusión de sangre llegado este punto, pues si bien la melancolía del subsuelo dostoievskiano es espesa, babosa, estanca, la naturaleza del subsuelo del estallido chileno es pirotécnica, incandescente. En este sentido se parece más al agitamiento de Los demonios cuya subversión es carnavalesca. O como describe en este pasaje de sus Memorias de ultratumba el escritor francés François-René de Chateaubriand: “Del fondo de los sótanos del Palais Marchand salían estallidos de música, acompañados del bordón de grandes tambores: quizás era allí donde vivían esos gigantes que yo buscaba y que debían de haber producido por fuerza grandes acontecimientos. Bajaba a ellos; reinaba allí la agitación de un baile subterráneo en medio de unos espectadores sentados que tomaban cerveza.” El estallido fue un carnaval interrumpido. Un destello. Un brote. Se inicia con multitudes de escolares que invaden las estaciones de metro. Se reúnen en sus inmediaciones y dada cierta señal acuden en masa, como locomotoras, a calar en las catacumbas. Allá abajo, los guardias de seguridad se rinden ante tamaña proeza de la ciencia política. Hermosos saltos olímpicos de gacela sobre torniquete. Los escolares dan el ritmo, el de la evasión. Una profanación sutil. De las entrañas de nuestras ciudades surge la piel que vestirá al mundo. Es clara la analogía con el brote de la primavera. El brote psicótico de la primavera. La simiente subterránea[5]. En los vegetales podemos observar una estrategia. Las modulaciones de la raíz que avanza bajo tierra cargan ese rumor erógeno. La cinta incesante. Ahora, tal como emergen las flores de entre las grietas de una roca, los poemas sobre el metro abundan. Citaré tres: La aparición de estas caras entre la multitud, pétalos en una rama negra y mojada.[6] Nunca se ve la misma cara dos veces en el río del subway Millones de rostros planctónicos que se hunden en el centelleo de la oscuridad o cristalizan al contacto de la luz fría de la publicidad a un extremo y otro de lo desconocido[7] para acabar en una estación con corrientes de aire y luz de lámparas cuando los trenes ya se han ido, las vías húmedas desnudas y tensas como yo, todo atención por si tus pasos me siguen, pero antes muerto que mirar atrás.[8] Marc Augé en El viajero subterráneo dice que ciertamente hay algo poético tanto en el primero como en el último tren. Son la cabeza y los pies del día. Organizan el ritmo laboral y sentimental. Son el circulante, la sangre del sistema sanguíneo. El cuesco de la fruta. ¿No es alma el cuesco de uno? De otro modo se asemejaría al amor sin entrañas, aquel que es una pura fachada. El amor liberal. Pero volviendo al tema, ¿no se parece el metro a un trozo de metraje? El arte de la sucesión es interesante de analizar bajo la rizomática del metro. ¿Cómo originar una secuencia? ¿Cómo generar un relato? “Antes muerto que mirar atrás”, escribe Heaney. Hoy en Chile el underground no existe. La literatura es estatal y tercerizada en ciertas mal denominadas editoriales independientes, cuya gasolina son los fondos ministeriales. Esto ha provocado un fenómeno curioso en el cual la batalla se libra en la cobertura, relegando el texto a un quinto plano. No hay poema. Hay pymes, marcas, personalidades. No hay réplica ni quiebre sino un prolongado y hostigoso monólogo, capturado por tesorerías y lobbistas expertos. ¿Quién saborea la pulpa? ¿A qué cocina fue a parar el poema? Marcelo Cohen, escritor y traductor argentino, dice que la literatura española carece de inconsciente. En Chile se corre un riesgo similar al apegarse a la carcasa y no jugosear con las vísceras. Inconsciente en el sentido de fango donde uno baila con sus pies descalzos o las paladas de arena mojada necesarias para elevar un castillo con las manos. La mancha de la materia y los elementos. Veamos un ejemplo claro de cómo un arte sin raíz, sin napas subterráneas, está condenado a la estampa o sticker. En el cine el arte del montaje nació en un sótano. En sus comienzos la del montajista se consideraba una labor femenina. Era lo más parecido a tejer o costurear. Ir cuadro a cuadro, pacientemente, tejiendo la trama que es la secuencia y la urdimbre que es la concatenación de cuadros. Esto explica que los montajistas de la época dorada de Hollywood[9] fueran casi todas mujeres, cubiertas por la burka de una labor mecánica y sin incidencias en el film. La película como tal se monta en un calabozo. Sitios oscuros en los que cuelgan metrajes de cordeles como mambas bebés. Tijeras y pegamento. La grabación de las escenas no sostienen un relato por sí mismas, exigen sintaxis. Sin estas mujeres el cine estaba condenado a la fotografía móvil. Sebastián Diez Fotogramas de "Im Keller" (2014), documental de Ulrich Seidl. [1] A todo esto, ¿no es la nota al pie el sótano del texto? [2] En Parasite del coreano Bong Joon-ho, el protagonista acaba viviendo en el sótano de la mansión millonaria, donde antes moraba el esposo de la ama de llaves, en una perfecta comunión oculta con sus dueños. Tiene algo de fuga el sótano, en el sentido de ser utilizado como escondite. [3]Mi relación afectiva con los sótanos también estuvo mediada por la húmeda oscuridad de los estacionamientos subterráneos, donde se resguarda el valor de la máquina automotriz, uno de los bienes muebles más caros. Por ello resulta curioso que la pobreza se viva en EEUU de este modo: utilizan el automóvil como casa. Así mismo, los estacionamientos se han convertido en poblaciones callampas. Hay un documental en Youtube de la DW que exhibe este panorama. [4] C. G. Jung, en sus Ensayos de psicología analítica, pide a su lector que considere esta comparación: “Tenemos que descubrir un edificio y explicarlo: su piso superior ha sido construido en el siglo XIX, la planta baja data del XVI y un examen minucioso de la construcción demuestra que se erigió sobre una torre del siglo II. En los sótanos descubrimos cimientos romanos, y debajo de éstos se encuentra una gruta llena de escombros sobre el suelo de la cual se descubren en la capa superior herramientas de sílex y en las capas más profundas restos de fauna glaciar. Ésta sería más o menos la estructura de nuestra alma”. [5] Germán Carrasco en La mantis en el metro (2021) dice algo al respecto: “Hay una similitud en los siguientes versos: ‘The force that through the green fuse drives the flower’ de Dylan Thomas y ‘La savia empuja subiendo a la rosa’ de Mistral. Probablemente son muchos quienes pensaron en esa fuerza erótica lenta, paciente y poderosa que sube por el tallo y hace crecer a la flor o la rosa, símbolo de la obsolescencia de la belleza.” [6] “En una estación del metro” de Ezra Pound. [7] “En el río del subway” de Enrique Lihn. [8] “El metro” de Seamus Heaney. [9] El editor de películas como Apocalipsis now o esa joya del montaje, The conversation, dice que el hombre hace ingreso a labores apenas se introduce el sonido en el cine, ya algunas décadas luego de su origen, pues involucraba electricidad y ya no sólo una labor manual, de tacto, cuidado.
- Sobre el beber
El capítulo donde Kingsley Amis intenta hacer un análisis de la resaca en su libro Sobrebeber es imperdible. Lo primero, y lo más importante frente a la resaca, es tener en cuenta la paradoja de George Gale, ésta se centra en la evidencia de que si no te encuentras fatal después de una gran juerga, es que sigues borracho, por lo que deberás estar sobrio y despierto cuando ataque la resaca. Amis distingue, y esto es muy importante porque ambas se deben abordar de distinta forma, la resaca física de la resaca metafísica. Más allá del humor, que me saca carcajadas, los consejos son muy fiables. Por ejemplo da tres remedios infalibles para afrontarla (para la resaca física no confundir con la metafísica que se aborda de otra forma que Amis explica más adelante) aunque recalca que él no ha probado ninguno (y yo creo que nadie de ustedes) -Bajar a una mina de carbón con el turno de madrugada. -Darse una vuelta en una avioneta abierta, aunque no hace falta aclarar aquí que el piloto no debe tener resaca. -El tercer remedio, conocido como el brebaje de Donald Watt, consiste en sustituir el desayuno por un buen vaso de algún licor dulce, como el Bénédictine o el Grand Marnier. Yo, en parte, he experimentado la lógica del consejo 2. Una vez, un domingo en la mañana, con una resaca enorme tuve que ir a algún lugar, que hoy no recuerdo (debió ser un compromiso bien importante para enfrentarlo en esas condiciones) en una antigua camioneta luv doble cabina. Éramos muchos y no cabíamos todos adelante. Decidí irme atrás en la parte de la carga. Cuarenta y cinco minutos de aire a gran velocidad, el mismo efecto a menor escala que el de la avioneta, pero muy eficaz. La resaca desapareció mágicamente. Otro consejo de Amis, ahora para enfrentar la resaca metafísica (recomiendo leer todo el capítulo, si es todo el libro mejor) refiere a la lecturas de poemas y novelas livianas y divertidas. La resaca metafísica es más compleja y requiere soluciones más elaboradas que recibir viento en la cara. El primer consejo ya da susto: "Afronta con coraje la RM" Ponte con una buena novela policía, dice Amis, después de eso, ya puedes pasarte a la comedia, pero que sea de humor blanco: P. G. Wodehouse, Stephen Leacock, el capitán Marryat, Anthony Powell o Peter De Vrie. Aquí me detengo porque me acordé de que cuando he visto videos en Youtube de Felipe Avello, sorprendentemente en sus comentarios hay mucha gente que confiesa que siempre los ve para pasar la caña. Encuentro increíble que los consejos de Amis, al parecer tan dispares como lejanos, sean abordados intuitivamente por gente que jamas leyó sus libros, y lo más sorprendente, que sean exitosos. La Chevrolet Luv reemplaza a la avioneta y Felipe Avello a P. G. Wodehouse. Amis comienza el abordaje de la resaca metafísica (el pueblo acá la llama caña moral pero son sinónimos) con estas palabras que retumbarían en el alma de cualquier bebedor herido: "Cuando esa mezcla inefable de depresión, tristeza (no son lo mismo), angustia, desprecio de uno mismo, sensación de fracaso y miedo al futuro empiece a imponerse, recuerda que lo que tienes es resaca. No te estás poniendo enfermo, no has sufrido una leve lesión cerebral, no haces tan mal tu trabajo, tu familia y tus amigos no han tramado una conspiración de silencio a tu alrededor para que no descubras que eres un mierda, no estás viendo por fin cómo es realmente la vida y no hay por qué llorar por la leche derramada. Si esto funciona, si puedes convencerte a ti mismo, no tienes que hacer nada más".
- La rebelión de los públicos: apuntes de una experiencia etnográfica
Quienes estamos por más tiempo del que quisiéramos confesar del lado oscuro de la sala, como denomina la antropóloga mexicana Lucina Jiménez al trabajo con los públicos, lidiamos a diario con fuertes resistencias del ámbito de las artes frente a un campo todavía incipiente en Chile. Sin embargo, poco a poco ha ido ganando espacio, y ciertas prácticas -como las colaborativas- se van poniendo de moda. Frente a ello es necesario distinguir las diferentes perspectivas que en este campo existen. Podemos extrapolar las diversas miradas (que pueden ser complementarias) del campo patrimonial, de las que habla Jean Davallon, al ámbito de las artes quien distingue entre una sustancialista que piensa que la obra de arte contiene en sí un valor y que el trabajo con los públicos se restringe a generar estrategias de difusión, comunicación y marketing. Por otro lado, la extremo-relativista que confiere valor a los sujetos, y pondrá énfasis en el trabajo territorial y la participación directa de las comunidades. Y la intermedia, que entrelaza ambas posturas confiriéndole valor a la relación entre las obras y los públicos. Nos situamos en esta mirada relacional, desde una perspectiva antropológica, influida por la ética de los cuidados feminista. Desde esta perspectiva, compartimos algunos apuntes que intentan explicar dicha resistencia por medio de la experiencia etnográfica con el Comité Ciudadano de Programación del Festival de Teatro de Quilicura. Conformado por Julia González, Carmen Tolmos y Catalina Espinoza, de edades entre 18 a 54 años: dueña de casa, trabajadora y estudiante de secundaria, quienes desde mayo a octubre de 2022 se han dedicado a ver todos los jueves obras de teatro en distintas salas de la capital, para seleccionar la programación del Festival de 2023. 1. En más de una instancia me ha tocado discutir con colegas de otras partes sobre la dificultad de este tipo de trabajo en Chile. Comentándoles que hace algunos años manejo la hipótesis que dicha dificultad está estrechamente relacionada con el olvido de lo que implica, significa y representa el concepto de lo público. Es difícil para quien no vive en nuestro país comprender que se haya transformado en sinónimo de gratuidad. Desde una perspectiva antropológica lo público, así como el hecho teatral, se ha abordado a partir del concepto de espacio liminal de Víctor Turner caracterizado por relaciones anónimas entre los sujetos, son espacios de suspensión de todo estatus, identidad o rango, diferenciándose así tanto de la cotidianidad y su normatividad, como de toda territorialidad. Por ello son transicionales, efímeros y ambiguos por definición. Su carácter ritual está en relación con los rituales de pasaje entre un lugar o situación y otra (Delgado, M. 1999; Turner V., 1982, 1988). En el caso del teatro, la liminalidad no es sólo característica de los actores en escena, postula Dubatti, sino que también del público que participa, dado que al atravesar dicho espacio dejan de ser lo que eran, pero todavía no son lo que pueden llegar a ser, su objetivo es la conformación del lazo colectivo invisible entre los sujetos o, como lo denomina Turner: la communitas. El carácter ritual de la asistencia al teatro, nos la explicita Julia González: Esto a mí me ha ayudado a desenvolverme espiritualmente (…) yo ahora digo las cosas con claridad, sin faltar el respeto, con empatía. Todo esto me ha ayudado a liberarme un poquito, porque estaba demasiado restringida. El día de la obra toda gira en ese sentido: todo lo hago temprano para estar tranquila, para salir tranquila y estar bien en la obra, es como un rito. El rito empieza el día anterior y después espero uno o dos días. Analizo todo, trato de buscar las palabras y tomo el cuaderno y me siento en el comedor con mi computador, mi teléfono, porque voy buscando cosas referentes a la obra, voy analizando, estudiando. No es que escriba me gustó la obra, no…analizo la situación, me relajo, y no sé, estaré media hora, escribo y me ven haciendo esto y nadie me molesta. 2. “El liberalismo político ha glorificado a los sujetos libres, olvidando que la autonomía no se decreta”, dice Fabienne Brugère. Dejando “las relaciones de interdependencia debidamente encerradas en el oscuro espacio del trabajo doméstico, del trabajo de cuidados y reproducción de la vida”, enfatiza Marina Garcés. La ética del cuidado feminista aparece en los años ochenta como resistencia a la eliminación de todas las políticas de protección social del neoliberalismo, apunta Brugère. Trasladado al campo de las artes esto lo podemos ver claramente en la creencia que el gusto por las artes, la literatura, el teatro, etc. es un “don” con el que se nace. No se educa, no se forma, ni se hereda, por ende, no se puede enseñar ya que dependen únicamente del sujeto. Sin embargo, la antropóloga francesa Michèle Petit lo ha estudiado, haciendo notar que se transmite, haciendo aparecer el rol fundamental que cumplen los y las mediadores, así como el carácter relacional que la formación en artes tiene. “Toda la parte de cultura es por mi papá, la primera obra que vi fue La Remolienda, me llevó a verla él hace unos cinco-seis años. Tendría como trece o catorce, en el Mori del Parque Arauco”, nos cuenta Catalina Espinoza. “Yo anteriormente no viví aquí, viví en Conchalí, después en Puente Alto y en Puente Alto, nunca supe de obras de teatro en la comuna, hasta cuando llegué acá por Juan Radrigán, que Iván – su marido- me hablaba de Juan Radrigán. Entonces, él me empezó a llevar y yo iba al principio estaba como reacia y después era la que decía: ¡a qué hora nos vamos!”, nos dice Carmen Tolmos. “En séptimo, yo estaba era una escuela de monjas, abría la puerta que daba al gimnasio y miraba como actuaban los del Liceo, los niños que eran del otro lado, de primero a cuarto medio. Después en octavo yo miraba y ahí me asomaba más y miraba cómo el profesor de arte que hacia el taller de teatro. Un año entré y me puse a mirar y el profesor me preguntó si iba a estudiar en ese liceo (…) entonces me dice que cuando entre a primero medio venga a estudiar teatro, ahí fue el primer puntapié”. Nos cuenta Julia González. 3. El desplazamiento de las artes hacia el ámbito del conocimiento, la racionalización y teorización de las obras, ha distanciado aún más a los públicos. No porque no lo entiendan, como se suele pensar, sino porque le exigen al arte otra cosa: “el discurso a mí como que no me dice nada, es como leer un libro de historia”, me señala Catalina. Julia, por otro lado, dice que: “hay obras en las que entiendo que se quiere entregar un mensaje, pero se enredan demasiado y …se vuelve todo muy extraño. Mezclan demasiadas cosas”. La experiencia estética, la participación a través de las artes, señala Michèle Petit efectivamente permite al sujeto hacerse cada día más dueños de sí mismos. Pero es partiendo del cuerpo, sin quedarse en él, sino que a partir de las posibilidades que otorgan las sensaciones, desarrollan la capacidad de imaginar, lo que permite cambiar la relación de los sujetos consigo mismo y con los otros, aprendiendo a vivir juntos (Petit, 2015). Julia apunta en esta misma dirección cuando nos cuenta cuál es el rol del Comité: Nosotras nos fijamos más en la parte emocional de la obra, es que la obra puede ser genial puede tener muchas cosas, pero si no te llega emocionalmente, si no hay algo que te toque, entonces la obra no te deja…No es una categorización específica, estas obras son las que llegan y están no, no, sino que hay algo en la obra que como que te remueve, toca algo íntimo tuyo, alguna percepción, algún sentimiento específico: nostalgia, alegría, desilusión, etc. Todos esos sentimientos que a veces uno no los expresa (…) entonces cuando ese sentimiento es tocado por una obra, por un guión, por un baile, por una canción, a veces una canción te toca, y ahí es como que uno se libera y empieza a experimentar esta sensación como de…a ver, no es alegría, es una sensación de satisfacción. Como que eso te llena, te completa en tus sentimientos y ahí es cuando uno dice: ah esta obra sí, esta obra me gusta. Carmen Menares Referencias : Davallon, Jean (2014). El juego de la patrimonialización. En: Construyendo el patrimonio cultural y natural: parques, museos y patrimonio rural / coord. por Xavier Roigé, Joan Frigolé, Camila del Mármol, 2014, págs. 47-76. Brugère, Fabienne (2022). La ética del cuidado. Santiago de Chile, Ediciones Metales Pesados. Delgado, M. (1999). El animal público. Barcelona: Editorial Anagrama. Dubatti, J. (2018). Teatralidad, teatro, transteatralización: redefiniendo las acciones de actuación y expectación. La Escalera, n°28, 11-34. Garcés, M. (2013). Un Mundo en común. Barcelona: Ediciones Bellaterra. (2020). Escuela de aprendices. Barcelona: Galaxia Gutenberg. Petit, M. (2001). Lecturas: del espacio íntimo al espacio público. México: Fondo de Cultura Económica. (2015). Las palabras habitables (y las que no lo son). (4. F. Aires, Entrevistador) (2015). Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural. México: Fondo de Cultura Económica. Turner, V. (1982). From ritual to theatre. The human seriousness of play. New York: PAJ, Publications. (1988). El proceso ritual, estructura y antiestructura. Madrid: Taurus, Alfaguara. S.A.
- El sacrificio
Una joven testigo de Jehová, tras sufrir un derrame cerebral, se opone a recibir transfusiones de sangre por un mandato de dios que su religión así ha interpretado (Levítico 17:14). Este episodio no es nuevo, ha sucedido en muchas épocas y países. Las religiones, especialmente las cristianas, tienen incrustadas inconscientemente la costumbre del martirio. Una religión es básicamente obediencia, no lo dice el pastor de la esquina, sino grandes pensadores como Kierkegaard o Simone Weil. Para Kierkegaard el acto más grande del ser humano, no está en haber escrito la Crítica de la razón pura, sino en obedecer ciegamente el mandato de dios que pide sacrificar a un hijo. ¿Quién es Kant al lado de Abraham? La obediencia está por sobre la insignificante práctica médica que podría salvar la vida. El doctor, sabio terrenal, no puede entender lo que quiere decir el Levítico. Solo entiende el Levítico el que cree, no el que reflexiona. Recibir una transfusión es pecado. Pero para pecar hay que estar vivo. El yo no es más que la sombra proyectada por el pecado y el error -escribe Simone Weil en la Gravedad y la Gracia- los cuales se interponen ante la luz de Dios, y a los que yo tomo por un ser. Aunque pudiéramos ser como Dios, más valdría formar parte del barro que le obedece. Pero mi punto no es religioso, es el giro (neo) liberal de la sociedad frente a este asunto. Antiguamente estos casos indignaban a la ciudadanía que aún izaba la bandera victoriosa de la razón, frente a la oscuridad medieval de la religión. Antes se denunciaba la barbarie de dejar morir a un hijo, se buscaban mecanismos jurídicos para frenar tal aberración. Hoy, a juzgar por los comentarios de la noticia que ya es viral en muchos sitios, el sentimiento pasó de la antigua indignación ilustrada (Voltaire sí que se hubiese indignado mucho con este caso) a la indiferencia total. La mayoría de la gente opinaba que si esa era su creencia había que respetarla, otros más pragmáticos decían que dejara luego el cupo de la cama del hospital. Ya nadie lucha por la laicización de la sociedad, si alguien quiere casarse con una lechuga está perfecto, si hacemos una iglesia que adore a Elvis o Maradona ¿que daño hacen? Si una joven no quiere recibir transfusiones bien por ella, mañana saldrá otra que no quiera recibir oxígeno, mejor para el hospital. Es la japonización del mundo. El neoliberalismo de hoy prefiere los actos más absurdos en nombre de dios a que el Estado se vaya a involucrar con las excéntricas creencias de los fieles. Mientras su acto no atente contra mi domingo libre todo está bien. Que cada uno haga lo que quiera y que me deje tranquilo. En una sociedad así, el martirio, tan efectivo en los primero años del cristianismo, pierde su sentido. Hoy existe el Jackass. Los jóvenes se hacen sangrar en cámara por aplausos. En Japón si alguien se mata en el metro, los familiares deben pagar el costo de limpieza y logística para sacar el cuerpo de allí. Hay que habilitar rápidamente las líneas porque mañana se debe trabajar. Somos la primera generación educada sin religión, decía un capítulo de Douglas Coupland en La vida después de dios. Somos la primera generación que le importa un comino si Abraham degüella a Isaac. Cosa de él...
- La cama
Me creerán que quedé impactado muchos minutos frente a esta obra de Delacroix “Cama deshecha “ (1827) y sentí que era la mayor expresión espiritual del mundo actual. Ni la ultima cena me produciría tal impacto si la viese en vivo. Leo los diarios de Delacroix (que pudiese haberse solamente dedicado a la escritura y le bastaba para ser un gigante), en los que cuenta que anotaba después de haber pintado a sus modelos: “dolce chiavatura”: doble polvo, cuando sus servicios eran dobles no solo los de modelo acompañado de las correspondientes tarifas, pero le parecía ridículo estar atornillado al mundo por el sexo, que decía era “una broma del cielo”. Protesta por el cuerpo: la cruel y única ventana al mundo. Claro que el hombre ha luchado por la emancipación del cuerpo, su gloria y dignidad, atrás quedaron las querellas platónicas y medievales ¿pero quedaron tan atrás? Delacroix agrega: “He estado en el estudio. Grandes ganas de sexo. Me siento completamente abandonado…”. La cama de Delacroix no muestra para lo que está hecha, el cuerpo y sus recreos, el sexo y el sueño, sino simplemente es el discurso más triste y real que alguien pudo pintar. La soledad no se pinta, parece decir un decálogo artístico, solo se pintan sus consecuencias, esa cama es mucho más tormentosa que la soledad, ni los cuadros de Cristo crucificado muestran tanta rebeldía para con el mundo y el cuerpo. Por eso es inexplicable que Cristo en la cruz diga: "Eli Eli lama sabactani” ("¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?"), más bien suena arrogante, pero si un pobre artista insomne lo hubiese pensado mientras pintaba su cama en la soledad más absoluta de la noche, lo hubiese creído de inmediato. Un día tras una fiesta, unos amigos siguieron a Delacroix que se retiraba solo y meditabundo por las calles trasnochadas. Llegó caminando hasta su antigua casa, pensando que aún era de él, luego en total estado de meditación se dio cuenta que ya no vivía ahí y retomo el rumbo a su casa actual. Ese viaje producto de la distracción, de la meditación más absoluta, que él no se dio cuenta que hacía y que sus amigos escondidos documentaron, es una obra de arte en si misma. La más triste y genuina obra de arte de Delacroix, después de eso se entiende por fin el valor espiritual de la cama, que es la misma cama que atraviesa la historia. Y si ponemos un poco más de atención, nos damos cuenta que es la nuestra.
- Nunca jamás y la memoria de los niños perdidos
Notas sobre una investigación de la niñez en el Sename. Parte 1 - Si ahora ya no vives en los jardines de Kensington... - Todavía vivo allí a veces. - ¿Pero dónde vives más ahora? - Con los niños perdidos. - ¿Quiénes son esos? - Son los niños que se caen de sus cochecitos cuando la niñera no está mirando. Si al cabo de siete días nadie los reclama se los envía al País de Nunca Jamás para sufragar gastos. Yo soy su capitán. - ¡Qué divertido debe de ser! - Sí -dijo el astuto Peter-, pero nos sentimos bastantes solos. Es que no tenemos compañía femenina. (Extracto de Peter Pan, de J.M. Barrie). Hay una referencia constante a la desafortunada vida de los huérfanos en los cuentos infantiles. Quedarse solos, tras la muerte de uno de los progenitores o tras el fantasma del abandono, permite muchas veces comenzar una aventura cuyo desenlace en las versiones originales de los cuentos –que no son las de Disney– no siempre es el mejor. Peter Pan es sistemáticamente ubicado como una historia para niños. Nunca he estado de acuerdo con las utilizaciones del constructo “Peter Pan” en la psicología, por ejemplo, en el “síndrome Peter Pan”; creo que simplifican y destruyen algo esencial de la obra de J.M. Barrie: que la vida de los niños perdidos es una vida muy difícil, plagada de peligros y en permanente búsqueda de cuidado. Los niños perdidos son niños para siempre porque en realidad han sido abandonados y crecer es algo que se hace para y con otros. Acudir a la biografía del autor de Peter Pan entrega algunas pistas sobre esto. Al parecer, de niño Barrie pierde a su hermano en un accidente mientras patinaba sobre el hielo; la madre sumida en un profundo dolor es incapaz de superarlo, adentrándose en una depresión tan profunda por la que diríamos “abandona” a James sin piedad. Tan difícil fue este episodio que Barrie habría llegado al punto de intentar convertirse en su hermano, para poder iluminar de nuevo la mirada de la madre, incluso vistiéndose con las ropas de aquél. Lamentablemente, la madre nunca habría reconocido este esfuerzo pues cuando Barrie toma esa decisión ya era mayor, y el recuerdo que dolía a su madre era el de un niño de 13 años que permanecería en su memoria sin variación alguna. 1- Sobre la memoria de los niños perdidos La memoria no existe. No hay nada más dúctil, acomodaticio y flexible que la memoria. Finalmente, eso a lo que llamamos memoria se trata de una narración, es decir, de palabras, y las palabras son un conjunto de lexemas organizados en una frase cuya estructura está establecida en un código ajeno –ajeno para todos y, más aún, para los niños. Hay recuerdos de infancia; yo no diría que son memorias. Los recuerdos de infancia son escenas que permanecen a lo largo del tiempo y que trascienden las distintas transformaciones identitarias que un ser humano sufre a lo largo de su vida. Esos recuerdos de infancia suelen estar imaginarizados y, en mi experiencia, no necesitan del paso por el otro para existir: no pueden ser desmentidos, aunque sí pueden ser sentidos de otro modo, por ejemplo, cuando alguien hace un zoom sobre una parte de la imagen poco vista o amplifica el contexto de la escena para observar el recuerdo desde otra escala. Una de las características de los recuerdos de infancia es que permiten un viaje en el tiempo en el que nos vemos desde afuera, como un desdoblamiento, como el texto de una hipnosis. 2- Sobre la violencia y la infancia ¿Qué es la violencia en la vida de los niños? Para los analistas, devenir ser humano, es decir incorporarse en el lenguaje es ya un acto de violencia. Nombrar a un niño, depositar en él expectativas, obligarlo a decir en nuestra lengua lo que siente, rutinizarlo, ingresarlo en la Ley, todo es un acto de violencia primaria. El hecho de cuidar también contiene algo que transgrede. Según Piera Aulagnier, la violencia primaria es "una primera violación de un espacio y de una actividad que obedece a leyes heterogéneas al yo”, sin embargo, necesaria en tanto contribuye a la futura constitución de un yo. En ese acto de violencia primaria se entrelaza el deseo de uno (de ser el deseo del otro) y la (supuesta) necesidad del otro, dando lugar a la demanda, en un circuito infinito que permite y que estructura el lazo social. La infancia es una etapa en la que se sufre mucha violencia. No puede idealizarse la infancia. Nadie tuvo una infancia sin violencia. Nadie que viva en sociedad al menos. Quizás la mayor violencia que recibieron los niños perdidos reside en todos los momentos en los que nadie hizo el ejercicio de imponerles una respuesta a su supuesta necesidad, o cuando alguien lo hizo, pero sin deseo de ser su deseo, es decir, sin amor. También fueron víctimas de otras violencias, esas que Aulagnier llama violencia secundaria: un exceso que no tienen ninguna finalidad, que no surge del deseo sino de la crueldad, de la venganza, del sadismo, como dice Cristian, uno de los participantes de esta investigación: “La crianza que nosotros tuvimos aquí fue en base al amor y al odio que tenían los mismos encargados” (Cristian). 3- Sobre el sujeto de la anunciación en el que recuerda El psicoanalista Néstor Braunstein (2008) propone la existencia de una paradoja en el funcionamiento de la memoria, como afirmación de un cierto saber sobre algo vivido, visto u oído en el pasado, y es que se aprecia mejor cuando el episodio en cuestión resulta doloroso o vergonzoso. Uno llega a recordar… a pesar de uno mismo. Sin embargo, ello no significa que ese recuerdo remita a la totalidad de la experiencia subjetiva traída al presente a través del recuerdo, pues generalmente el “yo” de alguien habla en presente y evoca una experiencia previa. El sujeto de la enunciación está falsa e incompletamente representado por el yo del enunciado, que sabe la dificultad para circunscribir cualquier recuerdo y de las necesarias falsificaciones que ese recuerdo debe sufrir para ser apalabrado y transmitido a otro en una irrepetible experiencia de diálogo (p.17). Para Braunstein (2008), existe en el recuerdo narrado una dimensión que escapa a la dinámica del enunciado y de la enunciación. Se trataría del sujeto de la anunciación el cual “realiza” su memoria al articularla en un discurso, al exhibirla en una experiencia dialéctica que no reproduce, ni repite el pasado vivido, sino que lo constituye como pasado al historizarlo ante un oyente. “El recuerdo es construido desde el futuro que le aguarda” (p.18). El presente es entonces causa de ese recuerdo y no a la inversa. 4- ¿Tu vienes de Nunca Jamás? Cuando Nunca Jamás llegó a los medios muchas cosas pasaron. Antes de 1990, la prensa se ocupaba más de los Niños Perdidos que de Nunca Jamás. Sin embargo, la necesidad de hacer de esto un problema público significó develar una realidad cruda e insoportable pero en ningún caso nueva: en Nunca Jamás habían situaciones de grave maltrato, a veces con resultado de muerte. La reacción pública y ciudadana indignada exigió la disolución del Sename, la desinstitucionalización de las/os niñas/os, y la búsqueda de formas alternativas de cuidado y atención. El Comité de los Derechos del Niño declaró que Chile había violado sistemáticamente, durante 40 años, los principios rectores contenidos en la convención y que de hecho “las violaciones descritas no son producto de circunstancias puntuales de personas concretas o de una determinada coyuntura si no que su mantenimiento a lo largo de casi 40 años y la falta de corrección ante las reiteradas denuncias y constataciones demuestra que existen unas causas estructurales que han permitido esta situación” (Comité de los Derechos del Niño, 2018, p.17). Esas causas estructurales refieren al modo como el sistema de protección de la niñez pobre se volvió un lucrativo negocio; siempre había sido un negocio, pero durante la dictadura se transformó en el mejor ejemplo de la acumulación por desposesión, cuestión que se consolida y crece en democracia, cuando se instalan verdaderos holding proveedores de toda clase de programas sociales, de reparación, de rehabilitación, etcétera. El Estado chileno se vio así compelido a transformar su sistema de protección dirigido a la niñez. Sin embargo, no tiene intenciones de dejar morir el holding y, por ello, el énfasis de la cobertura mediática ha estado orientada en torno a la denuncia respecto a las prácticas de negligencia y maltrato existente en los centros, imputable a funcionarios y funcionarias, pero no al sistema en general. Con la urgencia de la denuncia, a nadie le importó que los niños perdidos hubieran vuelto a Kensington, donde ahora tenían que dar muchísimas explicaciones ante las miradas horrorizadas de una ciudadanía que les supone a todos y todas los peores dolores. Ese es el precio de salir en la televisión. ¿Pero qué tienen para decir los niños perdidos? En estos artículos trataremos de reflexionar sobre esas voces. Voces que nos hablan de abandonos, violencias, cuidado y resistencia. Nunca Jamás tiene muchas capas, en las que no sólo están los niños del Sename. Patricia Castillo
- Ni la FIFA ni el emir y sus esclavos
El tiempo pasa y otra forma de medirlo es ese período de cuatro años que media entre Mundial y Mundial. Entre el de Rusia 2018 y este de 2022, más que años, nos pasó una ola por encima. El país que lo albergó como una fiesta está metido en una guerra de la que no parece saber cómo salir. Vimos pasar y las continuaremos viendo, nubes de humo transoceánicas, rescoldos de fuegos sin control que suceden a miles de kilómetros. En la región reventó el consenso. Y sobre todo fuimos presa fácil para un virus que aparte de matar reveló nuestras miserias, recordándonos que a pesar de la tecnología no somos mucho más que un mono con bolígrafo aún perplejo y aterrado ante la soledad y el misterio de vivir. Llegó la hora y de nuevo estamos en tiempo de Mundial. Esta vez como una fiesta macabra que arrastra seis mil trabajadores muertos en la construcción de estadios e instalaciones, oscuras historias de corrupción y soborno en la elección de sede y acciones ridículas como mostrar por televisión grupos de hinchas ficticios cantando por las calles de Doha. Tal vez piensa el monarca que puede contar al mundo lo que quiere y hacer y deshacer a su antojo de la misma forma que maneja las cosas en su país. Así es la ceguera y la falta de límites de quienes están acostumbrados al poder absoluto y la impunidad. La FIFA, esa organización siempre turbia que hoy se dice qatarí hasta el tuétano, es cómplice confesa. Todo esto servirá a los detractores del deporte para reafirmar sus ideas y despotricar en las redes. Con el desprecio legendario que asiste a su superioridad moral, de nuevo nos llamarán monos y nos enviarán a ver el Mundial mientras ellos se dedican a tareas de homínido elevado. Pero el fútbol no es la FIFA ni el emir y sus esclavos. No es la miseria de Maradona y sí la grandeza de levantarle el alma a un país entero con la magia de un único gol. Son las fotos de Pasolini concentrado en el juego, esas donde se le ve más relajado y entrañable, su pasión por el deporte y el Bolonia o aquella frase suya que dice que el goleador de la temporada es siempre el mejor poeta del año. Es la ilusión de los niños en las canchas de barrio soñando que algún día jugarán en los estadios que ven en la televisión. La emoción de las niñas que hoy pueden proyectarse en las futbolistas de élite. El humor de las historietas y los cuentos de Fontanarrosa y su condición de canalla ilustre devoto de Rosario Central. Las ligas de jogo de botão en las plazas de Brasil y los partidos y las altinhas en sus playas, el único lugar donde la favela y el resto del mundo convergen. Para mí el fútbol es memoria, familia, raíz y un máster en lealtad. Con tres generaciones por ambas partes de seguidores de un equipo bregado en el absurdo y las derrotas épicas, de este deporte rescato haber aprendido algo de las exigencias que impone la lealtad y de cómo el sufrimiento, sí, también el deportivo, fortalece el carácter y templa el espíritu. Es recordar a mi madre las tardes de domingo preparando bocadillos para el entretiempo en el estadio. Escuchar a mi padre contar por enésima vez que cuando viajó de Canarias a Madrid para estudiar ingeniería, lo primero que hizo al poner pie en la península fue ir a hacerse socio del Atlético. Ver a mi abuelo siempre tan medido, celebrar desatado y feliz alguna de las escasas victorias de aquellos tiempos. Es el vértigo efímero del ‘casi fue’ compartido con miles de personas fundiéndose en un solo eco que recorre y rebota en las tribunas. Creer y volver a creer por más que no tenga sentido. Hace muchos años que vivo fuera de España. Mi hijo nació en este continente. Aparte del nombre, he procurado no imponerle nada. Ni ideología, ni dios ni religión. Pero admito que he hecho a conciencia un trabajo de hormiga para que se prendiera a ese hilo familiar, para que de algún modo siguiera y compartiera ese lazo de emoción y pertenencia con los abuelos que no conoció, una forma de unirlo a lo que yo viví y quedó tan lejos. He comprado bufandas y camisetas de todas las edades. Cada vez que fuimos de vacaciones lo llevé al estadio cuando coincidíamos con algún partido. Un año tras otro hemos pasado horas en el museo del viejo Calderón viendo trofeos, equipaciones de otros tiempos y documentales. Admito sin pudor que le he rayado el espíritu con franjas rojiblancas. Guardo como un recuerdo precioso el carnet de socia de mi madre de la temporada 1976. Será para él y como para mí será valioso. Significará más que un balón, que un gol, que una victoria o que la sombra y decepción de una derrota. Saber de qué equipo soy es una de las pocas certezas que tengo. Los detractores pueden decir misa porque el fútbol no es la FIFA ni el emir y sus esclavos. Silvia Veloso
- 23 de noviembre de 2022
Ernest Hemingway se separa de su segunda esposa Pauline Pfeiffer, para casarse de nuevo con Martha Gellhorn a las tres semanas del divorcio. En el futuro Pauline, devota católica, encontraría el consuelo en numerosas relaciones lésbicas. El hijo de ambos, Gregory Hemingway, era obligado por su padre desde los 10 años a beber whisky diariamente “como todo un hombre”. En 1995 Gregory cambia de sexo y pasa a llamarse Gloria Hemingway. El 2001 moriría en el Centro de Detención para Mujeres de Miami. La literatura es una fiesta. Escribo mucho. Corrijo, más bien tomo nota todo el día. En su mayoría nimiedades, chismes. Publico muy poco de aquello, pero incluso esto poco, es harto. El irónico Joubert da cuenta: escribir con facilidad genera la creencia de que se escribe bien. Falsedad absoluta. Algo que refuerza lo anterior y es más insolente aún: creer que porque se escribe mucho y fácilmente se tiene el derecho a recibir cierta remuneración (económica o sentimental) por ello. Esto es aún más falso. Se escribe fácil y mucho, y no por esto uno va a ser bueno ni merecer nada. Es lo primero que debe grabarse en nuestra interna subsecretaría de vanidad. Así, el escribir rebasa el talento, siempre externo y ajeno, muchas veces incómodo, y se transforma en función orgánica, cómoda e imperceptible de cualquier otro metabolismo. Metaboliteratura... Todos los órganos humanos son iguales, máquinas desoladas. Ignoran la vida que generan.
- Pablo
Muchas culturas -desde la japonesa hasta la árabe- pensaron que la vida humana estaba compuesta de tres elementos: las entrañas -vinculadas no sólo a las pasiones sexuales, sino que también a la búsqueda y lucha por la justicia-, el corazón -relacionado con los afectos “ágape”- y la cabeza -donde reposaba la razón-. Muchas de esas culturas sostenían que cada persona puede elegir máximo dos de ellos, siempre quedando esta mesa de tres patas que es la vida, coja. La mayoría de las canciones de amor, las baladas, narran eventos en que el elemento predominante son las entrañas, desde el originario rock & roll, hasta el reguetón; algunas pocas, combinan esas entrañas con el corazón. Pero solo conozco una canción, esta, en que el amor deja fuera a las propias entrañas. Una vez hace ya casi demasiados años leí una interpretación de este “Para Vivir” que entendía que trataba de aquellos amores intelectuales y de cariño amable, en que la pasión sexual había sido dejada de lado desde el principio: “Muchas veces te dije Que, antes de hacerlo, había que pensarlo muy bien Que a esta unión de nosotros Le hacía falta carne y deseo también Que no bastaba que me entendieras y que murieras por mí Que no bastaba que en mis fracasos yo me refugiara en ti”. Pablo Milanés, que se formó en el bolero filin, que hizo sus armas en el Primer Encuentro Internacional de la Canción de Protesta, que exploró la vanguardia con la composición musical al alero del Grupo de Experimentación Sonora (por ejemplo, con la musicalización del poema “Masa” de César Vallejo), todo en la Cuba revolucionaria, logró con esta canción, una de las más desgarradoras jamás escritas en la música popular, cuadrar el círculo que tantos lamentos le había traído a su camarada Silvio Rodríguez cuando no sabia este último si decantarse hacia la balada o hacia la canción comprometida, cuando musitaba aquello de, “Debo partirme en dos”. Transitando ese espectro que lleva desde el romanticismo (“El breve espacio en que no estás”, “Yolanda”) hasta la lucha social (“Yo pisaré las calles nuevamente”), de la mano de un puñado de temas melódicos y emocionales que nunca olvidaremos (“Años”), Milanés nos enseñó que debajo de la elección que todas, todos, todes, debemos tomar al elegir aquellos dos elementos máximo de tres, habita un dolor universal de saber que jamás se llega a casa, que la vida, aunque no “valga nada”, atesora un beso triste, para quienes tiran sus cartas al juego y quiebran una lanza por vivirla. Descansa en paz, querido Pablo. Ricardo Martínez-Gamboa Ricardo Martínez-Gamboa es lingüista . Autor de Clásicos AM. Para vivir - Pablo Milanés y Amaya Uranga Escúchalo aquí Más canciones de Pablo Milanés:
- Béigel
Durante los primeros meses, no tenía cabeza para nada que no fuera mi hijo. Cuando tenía un rato para descansar, leía sobre guaguas, sobre los avances que correspondían a cada semana, sobre cómo hacer masajes anticólicos o lograr siestas largas. No podía hablar de otra cosa —ni siquiera del virus que tenía al mundo de cabeza—, quizá porque tenía que aprenderlo todo. Era una mujer unidimensional —una mujer en el sentido biologicista más puro— y había peleado toda la vida por no serlo. Mis primeros meses de puérpera fueron así: una batalla desesperada contra las fuerzas que me arrastraban a las cavernas de la maternidad. La sensación de pérdida, de perderse; el traslado del centro de gravedad desde el cuerpo propio hacia el del hijo. Nunca fui dada a escribir desde el yo, imagino que por deformación profesional, pero la hoja en blanco pasó a ser la trinchera del ego; el espacio donde sentí que podía ser otra vez una. Pésimo cálculo: yo más yo más yo es igual a nosotros. *** La escritura fragmentaria es la única escritura posible de la maternidad temprana, de esos días entrampados en el torbellino de pañales, las malas noches, el cansancio y el etcétera que no acaba. Pienso en Marie Darrieussecq, Jazmina Barrera, Marina Yuszczuk, Sarah Manguso, Rivka Galchen; madres que han escrito sobre sus experiencias a cuentagotas, juntando párrafos, hilando frases cada vez que tienen un descanso. Darrieussecq, si no me equivoco, corría al computador cada vez que su guagua dormía para ir agregando ideas a lo que después se convirtió en El bebé, y Barrera cuenta que Línea negra lo hizo tomando apuntes en su teléfono mientras amamantaba. Es raro el impulso de querer escribir sobre maternidad cuando el deseo es escapar de ella. Tener un hijo es parecido a la explosión de una bomba atómica: nada queda en su lugar —basta con mirarse el cuerpo—, el paisaje alrededor desaparece y la vida antigua vuela por los aires. Escribir es mirar la nube de hongo desde el aire. Una nube tan hermosa como destructiva. *** «Yo parto de la base de que todo lo que está pasando no se puede escribir», dice un verso de Marina Yuszczuk en Madre soltera. No se puede escribir y no se puede comunicar. Lo único leíble son las huellas que deja la experiencia en la carne —la piel caída, los ojos cansados, el cuerpo quebrado—; todo lo demás son metáforas truncadas. Una de las revelaciones de convertirse en madre es que solo existimos porque alguien antes que nosotros vivió el mismo trauma—la bomba que hace estallar la vida: otra metáfora fallida—, pero los lamentos no se oyen, o no se oyen con la intensidad suficiente. Pienso en ese pasaje de Pobreza y experiencia en el que Walter Benjamin cuenta que los soldados que pelearon en la Gran Guerra volvían mudos del campo de batalla, pobres en experiencia comunicable. Gente, dice, que «se encontró indefensa en un paisaje en el que todo menos las nubes había cambiado, y en cuyo centro, en un campo de fuerzas de explosiones y corrientes destructoras estaba el mínimo, quebradizo cuerpo humano». *** Hemos pasado tardes enteras repitiendo el ritual: yo apilo cubitos y él derriba las torres. Las armo con esmero y dedicación, clasificando las figuras por color (en el orden del arcoiris) o por tamaño (de la más grande a la más chica), pero cuando hay cinco o seis montadas, aparece la mano destructora. Trato de apurarme, de ser más ágil, pero la mano me derrota y todo el esfuerzo cae al suelo. La destrucción es una pasión, y por lo mismo, creo, la teoría del buen salvaje solo se le podía haber ocurrido a un tipo que nunca jugó a los bloques con una guagua. Porque Rousseau, como se sabe, abandonó a sus cinco hijos en un orfanato antes siquiera de ponerles un nombre. No hace falta estudiar ética ni filosofía para entender que eso de que nacemos buenos y la sociedad nos corrompe es una estupidez. La pulsión por destruir viene de fábrica, y lo digo después de meses de trabajo de campo, de mirar con ojos de antropóloga la sonrisa enorme de mi hijo cuando derriba cualquier cosa. En realidad, el asunto no tiene que ver con el bien o el mal, sino con el poder. María Moreno lo dice en A tontas y a locas: ningún niño juega al no poder. Romper, arrugar y botar es parte del desarrollo de la motricidad, pero como dice Moreno, también es el primer paso antes de convertirse en bombero, superhéroe, princesa o lo que sea. De ahí el gusto de tenerme en cuatro patas recogiendo chupetes: es el placer de hacer algo por el hecho de poder hacerlo o, mejor dicho, el goce de ejercer dominio. El mismo goce, supongo, que sienten los dictadores, que como dice Philippe Katerine en una de sus canciones delirantes, alguna vez también fueron bebés hermosos. *** Me pregunto si la primera palabra de una guagua revelará algo sobre su personalidad. Mi mamá no se acuerda de cuál fue la mía —a estas alturas, le perdono todo—, tampoco sé de otros casos ni de estudios al respecto. Imagino que si la primera palabra de alguien es ‘mamá’, no significa que será mamón o que tendrá alguna carencia afectiva. Este análisis burdo viene a cuento porque mi hijo dijo su primera palabra intencionada: más. Más juego, más plátano, más cosquillas, más cuentos, más galletas, más queque, más pan, más canciones. Le he dado vueltas al asunto porque me pregunto si esto será la sinopsis de un drama futuro —un novelón titulado El insaciable, El chupasangre—, o solo la primera palabra de mil más que vendrán. Por ahora, el drama me tiene, entre otras cosas, con las rodillas adoloridas de tanto repetir: guau, guau, dónde está la guagua, que me la quiero comer. *** Se nos despedaza el departamento. Hay guardapolvos sueltos, marcos de puertas descuadrados. La malla anticaídas está cubierta con una reja de gallinero para frenar los arrebatos suicidas del gato y hay varias ampolletas quemadas. La despensa está apestada de larvas y mi hijo juega con bolas de pelo que encuentra en el piso. Descubrimos una filtración en el techo y la madera del mueble del lavaplatos está podrida. Es el paisaje que ha dejado la falta de sueño y el cansancio. Para ser justos, es el paisaje que dejó el año aciago que recién acabó, con esa cuarentena criminal de siete meses que nos dejó a la deriva con un recién nacido. Lo cierto es que tampoco ayuda mucho que hoy las construcciones sean tan desechables. Mis recuerdos de infancia, en cambio, están resguardados por la arquitectura firme de los edificios viejos. Esos que aguantaron dignos los terremotos de 1985 y 2010. *** El cuerpo se acostumbra a no dormir, me dijo una amiga de infancia, madre de dos niños, cuando yo estaba embarazada. Sacas energías nuevas, insistió. Hoy me río cuando me acuerdo del día en que mi papá —cruel, como buen cirujano— le dijo a mi amiga que se le iba a caer la nariz por hacerse un piercing. “Como a Michael Jackson”, le insistió. *** Alguna vez fui a una charla de Boris Groys sobre arte soviético y me quedó dando vueltas una de las imágenes que proyectó. Era una foto de Heinrich Himmler, líder de las SS, visitando una celda ínfima para prisioneros muy parecida a un cuadro de Kandinsky. Adentro era casi imposible caminar, porque del suelo se asomaban cubos de varios tamaños que entorpecían el desplazamiento. La cama estaba inclinada de costado para que el preso resbalara y no pudiera dormir, y en los muros, cóncavos, había figuras geométricas que creaban ilusiones ópticas y mareaban hasta la náusea. La “celda psicotécnica” fue inventada por el artista francés Alfonso Laurencic y era un mecanismo de tortura usado por los bandos de izquierda durante la Guerra Civil Española. Himmler, cerebro del genocidio nazi, quedó pasmado: esto es una prueba de la crueldad soviética, se supone que dijo. La afirmación es insólita no solo porque los alemanes usaron la privación de sueño como forma de tortura —en Dachau había celdas tan estrechas que los prisioneros no tenían espacio para sentarse a dormir—, sino también porque la dijo un experto mundial en suplicios y sufrimiento humano. *** Mientras amamantaba a mi hijo por quinta vez en la madrugada, me acordé que mi abuelo, que trabajaba haciendo cureñas para cañones, tenía en su escritorio unos pesos de calibración de hierro fundido hechos por él. Eran unos cilindros negros de unos pocos centímetros de diámetro, con los que apisonaba las hojas para que no se volaran con el viento. Me gustaba sostenerlos con las manos, ver cómo la gravedad hacía resistencia y me doblaba las muñecas. Me fascinaba que algo tan minúsculo pudiera tener un peso tan grande, que tan poca materia fuera capaz de condensar tanta densidad. *** Quien haya crecido en los años noventa se acordará de esa secuencia de fotos que aparecía en los Icarito y con la que se enseñaban los efectos nocivos de las drogas. El retratado era un tipo —supongo que un pastabasero— que a medida que se hacía más adicto, más se le desfiguraba la cara. Era el derrumbe moral de un hombre en un par de imágenes, una campaña del terror que, creo, funcionó, porque nunca la olvidé. Me acordé de eso después de ver en Twitter un hilo que decía: “¿Todas las madres tienen una foto de sí mismas cuando acaban de dar a luz con ojos que gritan qué mierda?”. *** En estos últimos meses, mi hijo aprendió muchas palabras —caco/auto, papa/comida, tuto/sueño—, pero lo más lindo es que aprendió a usarlas. Va a cumplir un año y cinco meses y recién dice mamá a conciencia: mamá, mamá, mami, grita. Todavía vivo en una nube de irrealidad, o quizá en una lucha extraña entre el yo-viejo y el yo-madre: no me siento tan madre porque todavía soy joven, porque estúpidamente las mamás siempre son viejas en el imaginario de los hijos. O como dice Terry Tempest Williams, el orgullo de las madres es ocultar la juventud y existir solo para los hijos. Es vivir el duelo —y superarlo— luego de la pérdida —de perderse—. Lo que me recuerda que en los partos y funerales judíos de antaño se repartían béigels —panes circulares— en alusión al viaje circular en el que se nos van los días: no hay vida sin muerte y no hay muerte sin vida.
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No hay sonrisas falsas, sino el rictus de sonrisas cuyo molde acartonado marca la distancia, pero también el vínculo, con la autenticidad de la sonrisa original.












